Roland Barthes – La muerte del autor

23 de noviembre de 2009 · 0 Comentarios

 

 

Roland Barthes Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: «Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos.» ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas «literarias» sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica? Nunca jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe.

Siempre ha sido así, sin duda: en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura. No obstante, el sentimiento sobre este fenómeno ha sido variable; en las sociedades etnográficas, el relato jamás ha estado a cargo de una persona, sino de un mediador, chamán o recitador, del que se puede, en rigor, admirar la «performance» (es decir, el dominio del código narrativo), pero nunca el «genio». El autor es un personaje moderno, producido indudablemente por nuestra sociedad, en la medida en que ésta, al salir de la Edad Media y gracias al empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, descubre el prestigio del individuo o, dicho de manera más noble, de la «persona humana». Es lógico, por lo tanto, que en materia de literatura sea el positivismo, resumen y resultado de la ideología capitalista, el que haya concedido la máxima importancia a la «persona» del autor. Aún impera el autor en los manuales de historia literaria, las biografías de escritores, las entrevistas de revista, y hasta en la misma conciencia de los literatos, que tienen buen cuidado de reunir su persona con su obra gracias a su diario íntimo; la imagen de la literatura que es posible encontrar en la cultura común tiene su centro, tiránicamente, en el autor, su persona, su historia, sus gustos, sus pasiones; la crítica aún consiste, la mayor parte de las veces, en decir que la obra de Baudelaire es el fracaso de Baudelaire como hombre; la de Van Gogh, su locura; la de Tchaikovsky, su vicio: la explicación de la obra se busca siempre en el que la ha producido, como si, a través de la alegoría más o menos transparente de la acción, fuera, en definitiva, siempre, la voz de una sola y misma persona, el autor, la que estaría entregando sus «confidencias».

Aunque todavía sea muy poderoso el imperio del Autor (la nueva crítica lo único que ha hecho es consolidarlo), es obvio que algunos escritores hace ya algún tiempo que se han sentido tentados por su derrumbamiento. En Francia ha sido sin duda Mallarmé el primero en ver y prever en toda su amplitud la necesidad de sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario; para él, igual que para nosotros, es el lenguaje, y no el autor, el que habla; escribir consiste en alcanzar, a través de una previa impersonalidad – que no se debería confundir en ningún momento con la objetividad castradora del novelista realista – ese punto en el cual sólo el lenguaje actúa, «performa», y no «yo». Toda la poética de Mallarmé consiste en suprimir al autor en beneficio de la escritura (lo cual, como se verá, es devolver su sitio al lector). Valéry, completamente enmarañado en una psicología del Yo, edulcoró mucho la teoría de Mallarmé, pero, al remitir por amor al clasicismo, a las lecciones de la retórica, no dejó de someter al Autor a la duda y la irrisión, acentuó la naturaleza lingüística y como «azarosa» de su actividad, y reivindicó a lo largo de sus libros en prosa la condición esencialmente verbal de la literatura, frente a la cual cualquier recurso a la interioridad del escritor le parecía pura superstición. El mismo Proust, a pesar del carácter aparentemente psicológico de lo que se suele llamar sus análisis, se impuso claramente como tarea el emborronar inexorablemente, gracias a una extremada sutilización, la relación entre el escritor y sus personajes: al convertir al narrador no en el que ha visto y sentido, ni siquiera el que está escribiendo, sino en el que va a escribir (el joven de la novela – pero, por cierto, ¿qué edad tiene y quién es ese joven’? – quiere escribir, pero no puede, y la novela acaba cuando por fin se hace posible la escritura), Proust ha hecho entrega de su epopeya a la escritura moderna: realizando una inversión radical, en lugar de introducir su vida en su novela, como tan a menudo se ha dicho, hizo de su propia vida una obra cuyo modelo fue su propio libro, de tal modo que nos resultara evidente que no es Charlus el que imita a Montesquiou, sino que Montesquiou, en su realidad anecdótica, histórica, no es sino un fragmento secundario, derivado, de Charlus. Por último, el Surrealismo, ya que seguimos con la prehistoria de la modernidad, indudablemente, no podía atribuir al lenguaje una posición soberana, en la medida en que el lenguaje es un sistema, y en que lo que este movimiento postulaba, románticamente, era una subversión directa de los códigos – ilusoria, por otra parte, ya que un código no puede ser destruido, tan sólo es posible “burlarlo”-, pero al recomendar incesantemente que se frustraran bruscamente los sentidos esperados (el famoso «sobresalto» surrealista), al confiar a la mano la tarea de escribir lo más aprisa posible lo que la misma mente ignoraba (eso era la famosa escritura automática), al aceptar el principio y la experiencia de una escritura colectiva, el Surrealismo contribuyó a desacralizar la imagen del Autor. Por último, fuera de la literatura en sí (a decir verdad, estas distinciones están quedándose caducas), la lingüística acaba de proporcionar a la destrucción del Autor un instrumento analítico precioso, al mostrar que la enunciación en su totalidad es un proceso vacío que funciona a la perfección sin que sea necesario rellenarlo con las personas de sus interlocutores: lingüísticamente, el autor nunca es nada más que el que escribe, del mismo modo que yo no es otra cosa sino el que dice yo: el lenguaje conoce un «sujeto», no una «persona», y ese sujeto, vacío excepto en la propia enunciación, que es la que lo define, es su6ciente para conseguir que el lenguaje se «mantenga en pie», es decir, para llegar a agotarlo por completo.

El alejamiento del Autor (se podría hablar, siguiendo a Brecht, de un auténtico «distanciamiento», en el que el Autor se empequeñece como una estatuilla al fondo de la escena literaria) no es tan sólo un hecho histórico o un acto de escritura, transforma de cabo a rabo el texto moderno (o – lo que viene a ser lo mismo – el texto, a partir de entonces, se produce y se lee de tal manera que el autor se ausenta de él a todos los niveles). Para empezar, el tiempo ya no es el mismo. Cuando se cree en el Autor, éste se concibe siempre como el pasado de su propio libro: el libro y el autor se sitúan por sí mismos en una misma línea, distribuida en un antes y un después: se supone que el Autor es el que nutre al libro, es decir, que existe antes que él, que piensa, sufre y vive para él; mantiene con su obra la misma relación de antecedente que un padre respecto a su hijo. Por el contrario, el escritor moderno nace a la vez que su texto; no está provisto en absoluto de un ser que preceda o exceda su escritura, no es en absoluto el sujeto cuyo predicado sería el libro; no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora. Es que (o se sigue que) escribir ya no puede seguir designando una operación de registro, de constatación, de representación, de «pintura» (como decían los Clásicos), sino que más bien  es lo que los lingüistas, siguiendo la filosofía oxfordiana, llaman un performativo, forma verbal extraña (que se da exclusivamente en primera persona y en presente) en la que la enunciación no tiene más contenido (más enunciado) que el acto por el cual ella misma se profiere: algo así como el Yo declaro de los reyes o el Yo canto de los más antiguos poetas; el moderno, después de enterrar al Autor, no puede ya creer, según la patética visión de sus predecesores, que su mano es demasiado lenta para su pensamiento o su pasión, y que, en consecuencia, convirtiendo la necesidad en ley, debe acentuar ese retraso y «trabajar» indefinidamente la forma; para él, por el contrario, la mano, alejada de toda voz, arrastrada por un mero gesto de inscripción (y no de expresión), traza un campo sin origen, o que, al menos, no tiene más origen que el mismo lenguaje, es decir, exactamente eso que no cesa de poner en cuestión todos los orígenes.  

Hoy en día sabemos que un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura. Semejante a Bouvard y Pécuchet, eternos copistas, sublimes y cómicos a la vez, cuya profunda ridiculez designa precisamente la verdad de la escritura, el escritor se limita a imitar un gesto siempre anterior, nunca original; el único poder que tiene es el de mezclar las escrituras, llevar la contraria a unas con otras, de manera que nunca se pueda uno apoyar en una de ellas; aunque quiera expresarse, al menos debería saber que la «cosa» interior que tiene la intención de “traducir” no es en sí misma más que un diccionario ya compuesto, en el que las palabras no pueden explicarse sino a través de otras palabras, y así indefinidamente: aventura que le sucedió de manera ejemplar a Thomas de Quincey de joven, que iba tan bien en griego que para traducir a esa lengua ideas e imágenes absolutamente modernas, según nos cuenta Baudelaire, «había creado para sí mismo un diccionario siempre a punto, y de muy distinta complejidad y extensión del que resulta de la vulgar paciencia de los temas puramente literarios» (Los Paraísos Artificiales); como sucesor del Autor, el escritor ya no tiene pasiones, humores, sentimientos, impresiones, sino ese inmenso diccionario del que extrae una escritura que no puede pararse jamás: la vida nunca hace otra cosa que imitar al libro, y ese libro mismo no es más que un tejido de signos, una imitación perdida, que retrocede infinitamente.  

Una vez alejado el Autor, se vuelve inútil la pretensión de «descifrar» un texto. Darle a un texto un Autor es imponerle un seguro, proveerlo de un significado último, cerrar la escritura. Esta concepción le viene muy bien a la crítica, que entonces pretende dedicarse a la importante tarea de descubrir al Autor (o a sus hipóstasis: la sociedad, la historia, la psique, la libertad) bajo la obra: una vez hallado el Autor, el texto se «explica», el crítico ha alcanzado la victoria; así pues, no hay nada asombroso en el hecho de que, históricamente, el imperio del Autor haya sido también el del Crítico, ni tampoco en el hecho de que la crítica (por nueva que sea) caiga desmantelada a la vez que el Autor. En la escritura múltiple, efectivamente, todo está por desenredar, pero nada por descifrar; puede seguirse la estructura, se la puede reseguir (como un punto de media que se corre) en todos sus nudos y todos sus niveles, pero no hay un fondo; el espacio de la escritura ha de recorrerse, no puede atravesarse; la escritura instaura sentido sin cesar, pero siempre acaba por evaporarlo: procede a una exención sistemática del sentido. Por eso mismo, la literatura (sería mejor decir la escritura, de ahora en adelante), al rehusar la asignación al texto (y al mundo como texto) de un «secreto», es decir, un sentido último, se entrega a una actividad que se podría llamar contrateológica, revolucionaria en sentido propio, pues rehusar la detención del sentido, es, en definitiva, rechazar a Dios y a sus hipóstasis, la razón, la ciencia, la ley.  

Volvamos a la frase de Balzac. Nadie (es decir, ninguna «persona») la está diciendo: su fuente, su voz, no es el auténtico lugar de la escritura, sino la lectura. Otro ejemplo, muy preciso, puede ayudar a comprenderlo: recientes investigaciones (J.-P. Vernant) han sacado a la luz la naturaleza constitutivamente ambigua de la tragedia griega; en ésta, el texto está tejido con palabras de doble sentido, que cada individuo comprende de manera unilateral (precisamente este perpetuo malentendido constituye lo «trágico»); no obstante, existe alguien que entiende cada una de las palabras en su duplicidad, y además entiende, por decirlo así, incluso la sordera de los personajes que están hablando ante él: ese alguien es, precisamente, el lector (en este caso el oyente). De esta manera se desvela el sentido total de la escritura: un texto está formado por escrituras mú1tiples, procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, una contestación; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino, pero este destino ya no puede seguir siendo personal: el lector es un hombre sin historia, sin biografía, sin psicología; é! es tan sólo ese alguien que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen el escrito. Y ésta es la razón por la cual nos resulta risible oír cómo se condena la nueva escritura en nombre de un humanismo que se erige, hipócritamente, en campeón de los derechos del lector. La crítica clásica no se ha ocupado nunca del lector; para ella no hay en la literatura otro hombre que el que la escribe. Hoy en día estamos empezando a no caer en la trampa de esa especie de antífrasis gracias a la que la buena sociedad recrimina soberbiamente en favor de lo que precisamente ella misma está apartando, ignorando, sofocando o destruyendo; sabemos que para devolverle su porvenir a la escritura hay que darle la vuelta al mito: el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor.

 

 

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Albrecht Durer (1471-1528) – Pequeña galería

22 de noviembre de 2009 · 0 Comentarios

 

 

 

Durero autorretrato 1500 Autorretrato (1500)

 

 

Durero Autorreatrto a los 14 años 1484  Autorretrato (1484)

 

 

Durero Hands 1506 Manos (1506)

 

 

Durero manos dibujo sobre papel 1508

Manos (1508)

 

 

Durero Rinoceronte 1515 Rinoceronte (1515)

 

 

Durero San Jerónimo en su celda 1521  San Jerónimo en su celda (1521)

 

 

Durero Retrato de la madre 1524 carbonilla sobre papel Retrato de su madre (1524)

 

 

Durero Melencolia 1514 Melancolía (1514)

 

 

Durero Retrato de hombre 1524 Retrato de hombre (1524)

 

 

Durero Retrato de Agnes como Santa Ana 1519 Retrato de su esposa Agnes

como Santa Ana (1519)

 

 

Durero Dragon 1512

Dragón (1512)

 

 

Durero Fiesta de la guirnalda de rosas 1506 Fiesta de la guirnalda de rosas (1506)

 

 

Durero Erasmo 1526

Erasmo (1526)

 

 

Durero Burkhard of Speyer 1506 Burkhard of Speyer (1506)

 

 

Durero - Melanchton 1526

Retrato de Melanchton (1526)

 

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1512c_universe_(Horus_Apollo)

Universo (Horus Apolo) (1512)

 

 

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Walter Benjamin – El narrador (1936)

20 de noviembre de 2009 · 0 Comentarios

 

 

 

 

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El narrador —por muy familiar que nos parezca el nombre no se nos presenta en toda su incidencia viva. Es algo que de entrada está alejado de nosotros y que continúa a alejarse aún más. Presentar a un Lesskow como narrador, no significa acercarlo a nosotros. Más bien implica acrecentar la distancia respecto a él. Considerado desde una cierta lejanía, riman los rasgos gruesos y simples que conforman al narrador. Mejor dicho, estos rasgos se hacen aparentes en él, de la misma manera en que en una roca, la figura de una cabeza humana o de un cuerpo de animal, se revelarían a un espectador, a condición de estar a una distancia correcta y encontrar el ángulo visual adecuado. Dicha distancia y ángulo visual están prescritos por una experiencia a la que casi cotidianamente tenemos posibilidad de acceder. Es la misma experiencia que nos dice que el arte de la narración está tocando a su fin. Es cada vez más raro encontrar a alguien capaz de narrar algo con probidad. Con creciente frecuencia se asiste al embarazo extendiéndose por la tertulia cuando se deja oír el deseo de escuchar una historia. Diríase que una facultad que nos pareciera inalienable, la más segura entre las seguras, nos está siendo retirada: la facultad de intercambiar experiencias.

Una causa de este fenómeno es inmediatamente aparente: la cotización de la experiencia ha caído y parece seguir cayendo libremente al vacío. Basta echar una mirada a un periódico para, corroborar que ha alcanzado una nueva baja, que tanto la imagen del mundo exterior como la del ético, sufrieron, de la noche a la mañana, transformaciones que jamás se hubieran considerado posibles. Con la Guerra Mundial comenzó a hacerse evidente un proceso que aún no se ha detenido. ¿No se notó acaso que la gente volvía enmudecida del campo de batalla? En lugar de retornar más ricos en experiencias comunicables, volvían empobrecidos. Todo aquello que diez años más tarde se vertió en una marea de libros de guerra, nada tenía que ver con experiencias que se transmiten de boca en boca. Y eso no era sorprendente, pues jamás las experiencias resultantes de la refutación de mentiras fundamentales, significaron un castigo tan severo como el infligido a la estratégica por la guerra de trincheras, a la económica por la inflación, a la corporal por la batalla material, a 1a ética por los detentadores del poder. Una generación que todavía había ido a la escuela en tranvía tirado por caballos, se encontró súbitamente a la intemperie, en un paisaje en que nada había quedado incambiado a excepción de las nubes. Entre ellas, rodeado por un campo de fuerza de corrientes devastadoras y explosiones, se encontraba el minúsculo y quebradizo cuerpo humano.

 

II

 

La experiencia que se transmite de boca en boca es la fuente de la que se han servido todos los narradores. Y los grandes de entre los que registraron historias por escrito, son aquellos que menos se apartan en sus textos, del contar de los numerosos narradores anónimos. Por lo pronto, estos últimos conforman do grupos múltiplemente compenetrados. Es así que la figura de narrador adquiere su plena corporeidad sólo en aquel que en carne a ambas. «Cuando alguien realiza un viaje, puede contar algo», reza el dicho popular, imaginando al narrador como alguien que viene de lejos. Pero con no menos placer se escucha al, que honestamente se ganó su sustento, sin abandonar la tierra de origen y conoce sus tradiciones e historias. Si queremos que estos grupos se nos hagan presentes a través de sus representantes arcaicos, diríase que uno está encarnado, por el marino mercante y el otro por el campesino sedentario. De hecho, ambos estilos de vida han, en cierta medida, generado respectivas estirpes de narradores. Cada una de estas estirpes salvaguarda, hasta bien entrados los siglos, algunas de sus características distintivas. Así es que, entre los más recientes narradores alemanes, los Hebel y Gotthelf proceden del primer grupo, y los Sealsfield y Gerstäcker del segundo. Pero, como ya se dijo, estas estirpes sólo constituyen tipos fundamentales. La extensión real del dominio de la narración, en toda su amplitud histórica, no es concebible sin reconocer la íntima compenetración de ambos tipos arcaicos. La Edad Media, muy particularmente, instauró una compenetración en la constitución corporativa artesanal. El maestro sedentario y los aprendices migrantes trabajaban juntos en el mismo taller, y todo maestro había sido trabajador migrantes antes de establecerse en su lugar de origen o lejos de allí. Para el campesino o marino convertido en maestro patriarcal de la narración, tal corporación había servido de escuela superior. En ella se aunaba la noticia de la lejanía, tal como la refería el que mucho ha viajado de retorno a casa, con la noticia del pasado que prefiere confiarse al sedentario.

 

III

 

Lesskow está tan a gusto en la lejanía del espacio como en la del tiempo. Pertenecía a la Iglesia Ortodoxa Griega, mostrando además un sincero interés religioso. No por ello fue un menos sincero opositor de la burocracia eclesiástica. Y dado que no se llevaba mejor con la burocracia temporal, las funciones oficiales que llegó a desempeñar no fueron duraderas. En lo que respecta a su producción, el empleo que probablemente le resultó más fructífero, fue el de representante ruso de una empresa inglesa que ocupó durante mucho tiempo. Por encargo de esa empresa viajó mucho por Rusia, y esos viajes estimularon tanto su sagacidad en asuntos del mundo como el conocimiento del estado de cosas ruso. Es así que tuvo ocasión de familiarizarse con el sectarismo del país, cosa que dejó huella en sus relatos. Lesskow encontró en las leyendas rusas aliados en su lucha contra la burocracia ortodoxa. De su cosecha puede señalarse una serie de narraciones legendarias, cuyo centro está representado por el justo, rara vez por el asceta, la mayoría de las veces por un hombre sencillo y hacendoso que llega a asemejarse a un santo de la manera más natural. Es que la exaltación mística no es lo suyo. Así como a veces Lesskow se dejaba llevar con placer por lo maravilloso, prefería aunar una firme naturalidad con su religiosidad. Su modelo es el hombre que se siente a gusto en la tierra, sin entregarse excesivamente a ella. Actualizó una actitud similar en el ámbito profano, que se corresponde bien con el hecho de haber comenzado a escribir tarde; a los 29 años. Eso fue después de sus viajes comerciales. Su primer trabajo impreso se titula «¿Por qué son caros los libros en Kiev?» Una serie adicional de escritos sobre la clase obrera, sobre el alcoholismo, sobre médicos policiales, sobre comerciantes desempleados, son los precursores de sus narraciones.

 

IV

 

Un rasgo característico de muchos narradores natos es una orientación hacia lo práctico. Con mayor constancia que en el caso de Lesskow, esto puede apreciarse, por ejemplo, en un Gotthelf, que daba consejos relativos a la economía agraria a sus campesinos; volvemos a discernir ese interés en Nodier que se ocupó de los peligros derivados del alumbrado a gas; así como en Hebel que introducía aleccionamientos de ciencias naturales en su «Pequeño tesoro». Todo ello indica la cualidad presente en toda verdadera narración. Aporta de por sí, velada o abiertamente, su utilidad; algunas veces en forma de moraleja, en otras, en forma de indicación práctica, o bien como proverbio o regla de vida. En todos los casos, el que narra es un hombre que tiene consejos para el que escucha. Y aunque hoy el «saber consejo» nos suene pasado de moda, eso se debe a la circunstancia de una menguante comunicabilidad de la experiencia. Consecuentemente, estamos desasistidos de consejo tanto en lo que nos concierne a nosotros mismos como a los demás. El consejo no es tanto la respuesta a una cuestión como una propuesta referida a la continuación de una historia en curso. Para procurárnoslo, sería ante todo necesario ser capaces de narrarla. (Sin contar con que el ser humano sólo se abre a un consejo en la medida en que es capaz de articular su situación en palabras.) El consejo es sabiduría entretejida en los materiales de la vida vivida. El arte narrar se aproxima a su fin, porque el aspecto épico de la verdad es decir, la sabiduría, se está extinguiendo. Pero éste es un proceso que viene de muy atrás. Y nada sería más disparatado que confundirla con una «manifestación de decadencia», o peor aún considerarla una manifestación «moderna». Se trata, más bien de un efecto secundario de fuerzas productivas históricas seculares, que paulatinamente desplazaron a la narración del ámbito del habla, y que a la vez hacen sentir una nueva belleza en lo que desvanece.

 

V

 

El más temprano indicio del proceso cuya culminación es el ocaso de la narración, es el surgimiento de la novela a comienzo de la época moderna. Lo que distingue a la novela de la narración (y de lo épico en su sentido más estricto), es su dependencia esencial del libro. La amplia difusión de la novela sólo se hizo posible gracias a la invención de la imprenta. Lo oralmente transmisible, el patrimonio de la épica, es de índole diferente a 1o que hace a una novela. Al no provenir de, ni integrarse en la tradición oral, la novela se enfrenta a todas las otras formas de creación en prosa como pueden ser la fábula, la leyenda e, incluso, el cuento. Pero sobre todo, se enfrenta al narrar. El narrador toma lo que narra de la experiencia; la suya propia o la transmitida, la toma a su vez, en experiencias de aquellos que escuchan su historia. El novelista, por su parte, sé ha segregado. La cámara de nacimiento de la novela es el individuo en su soledad; es incapaz de hablar en forma ejemplar sobre sus aspiraciones más importantes; él mismo está desasistido de consejo e imposibilidad de darlo. Escribir una novela significa colocar lo inconmensurable en lo más alto al representar la vida humana. En medio de 1a plenitud de la vida, y mediante la representación de esa plenitud la novela informa sobre la profunda carencia de consejo, del des concierto del hombre viviente. El primer gran libro del género Don Quijote, ya enseña cómo la magnanimidad, la audacia, el altruismo de uno de los más nobles —del propio Don Quijote están completamente desasistidos de consejo y no contienen ni una chispa de sabiduría. Si una y otra vez a lo largo de los siglos se intenta introducir aleccionarnientos en la novela, estos intentos acaban siempre produciendo modificaciones de la forma misma de la novela. Contrariamente, la novela educativa [Bildungsroman, novela de formación] no se aparta para nada de la estructura fundamental de la novela. Al integrar el proceso social vital en la formación de una persona, concede a los órdenes por él determinados, la justificación más frágil que pueda pensarse. Su legitimación está torcida respecto de su realidad. En la novela educativa, precisamente lo insuficiente se hace acontecimiento.

 

VI

Es preciso pensar la transformación de las formas épicas, como consumada en ritmos comparables a los de los cambios que, en el transcurso de cientos de milenios, sufrió la superficie de la Tierra. Es difícil que las formas de comunicación humanas se hayan elaborado con mayor lentitud, y que con mayor lentitud se hayan perdido. La novela, cuyos inicios se remontan a la antigüedad, requirió cientos de años, hasta toparse, en la incipiente burguesía, con los elementos que le sirvieron para florecer. Apenas sobrevenidos estos elementos, la narración comenzó, lentamente, a retraerse a lo arcaico; se apropió, en más de un sentido, del nuevo contenido, pero sin llegar a estar realmente determinado por éste. Por otra parte, nos percatamos que, con el consolidado dominio de la burguesía, que cuenta con la prensa como uno de los principales instrumentos del capitalismo avanzado, hace su aparición una forma de comunicación que, por antigua que sea, jamás incidió de forma determinante sobre la forma épica. Pero ahora sí lo hace. Y se hace patente que sin ser menos ajena a la narración que la novela, se le enfrenta de manera mucho más amenazadora, hasta llevarla a una crisis. Esta nueva forma de la comunicación es la información.

Villemessant, el fundador de Le Figaro, caracterizó la naturaleza de la información con una fórmula célebre. «A mis lectores», solía decir, «el incendio en un techo en el Quartier Latin les es más importante que una revolución en Madrid». De golpe queda claro que, ya no la noticia que proviene de lejos, sino la información que sirve de soporte a lo más próximo, cuenta con la preferencia de la audiencia. Pero la noticia proveniente de lejos —sea la espacial de países lejanos, o la temporal de la tradición— disponía de una autoridad que le concedía vigencia, aun en aquellos casos en que no se la sometía a control. La información, empero, reivindica una pronta verificabilidad. Eso es lo primero que constituye su «inteligibilidad de suyo». A menudo no es más exacta que las noticias de siglos anteriores. Pero, mientras que éstas recurrían de buen grado a los prodigios, es imprescindible que la información suene plausible. Por ello es irreconciliable con la narración. U escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo jugado por la difusión de la información.

Cada mañana nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables. Esto se debe a que ya no nos alcanza acontecimiento alguno que no esté cargado de explicaciones. Con otras palabras: casi nada de lo que acontece beneficia a la narración, y casi todo a la información. Es que la mitad del arte de narrar radica precisamente, en referir una historia libre de explicaciones. Ahí Lesskow es un maestro (piénsese en piezas como El engaño o El águila blanca). Lo extraordinario, lo prodigioso, están contados con la mayor precisión, sin imponerle al lector el contexto psicológico de lo ocurrido. Es libre de arreglárselas con el tema según su propio entendimiento, y con ello la narración alcanza una amplitud de vibración de que carece la información.

 

VII

 

Lesskow se remitió a la escuela de los antiguos. El primer narrador de los griegos fue Herodoto. En el capítulo catorce del tercer libro de sus Historias, hay un relato del que mucho puede aprenderse. Trata de Psamenito. Cuando Psamenito, rey de los egipcios, fue derrotado por el rey persa Cambises, este último se propuso humillarlo. Dio orden de colocar a Psamenito en la calle por donde debía pasar la marcha triunfal de los persas. Además dispuso que el prisionero vea a su hija pasar como criada, con el cántaro, camino a la fuente. Mientras que todos los egipcios se dolían y lamentaban ante tal espectáculo, Psamenito se mantenía aislado, callado e inmóvil, los ojos dirigidos al suelo. Y tampoco se inmutó al ver pasar a su hijo con el desfile que lo llevaba a su ejecución. Pero cuando luego reconoció entre los prisioneros a uno de sus criados, un hombre viejo y empobrecido, sólo entonces comenzó a golpearse la cabeza con los puños y a mostrar todos los signos de la más profunda pena.

Esta historia permite recapitular sobre la condición de la verdadera narración. La información cobra su recompensa exclusivamente en el instante en que es nueva. Sólo vive en ese instante, debe entregarse totalmente a él, y en él manifestarse. No así la narración pues no se agota. Mantiene sus fuerzas acumuladas, y es capaz de desplegarse pasado mucho tiempo. Es así que Montaigne volvió a la historia del rey egipcio, preguntándose: ¿Por qué sólo comienza a lamentarse al divisar al criado? Y el mismo Montaigne responde: «Porque estando tan saturado de pena, sólo requería el más mínimo agregado, para derribar las presas que la contenía.» Eso según Montaigne. Pero asimismo podría decirse: «No es el destino de los personajes de la realeza lo que conmueve al rey, por ser el suyo propio». 0 bien: «Mucho de lo que nos conmueve en el escenario no nos conmueve en la vida; para el rey este criado no es más que un actor.» 0 aún: «El gran dolor se acumula y sólo irrumpe al relajamos. La visión de ese criado significó la relajación.» Herodoto no explica nada. Su informe es absolutamente seco. Por ello, esta historia aún está en condiciones de provocar sorpresa y reflexión. Se asemeja a las semillas de grano que, encerradas en las milenarias cámaras impermeables al aire de las pirámides, conservaron su capacidad germinativa hasta nuestros días.

 

VIII

 

Nada puede encomendar las historias a la memoria con mayor insistencia, que la continente concisión que las sustrae del análisis psicológico. Y cuanto más natural sea esa renuncia a matizaciones psicológicas por parte del narrador, tanto mayor la expectativa de aquélla de encontrar un lugar en la memoria del oyente, y con mayor gusto, tarde o temprano, éste la volverá, a su vez, a narrar. Este proceso de asimilación que ocurre en las profundidades, requiere un estado de distensión cada vez menos frecuente. Así como el sueño es el punto álgido de la relajación corporal, el aburrimiento lo es de la relajación espiritual. El aburrimiento es el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia. Basta el susurro de las hojas del bosque para ahuyentarlo. Sus nidos —las actividades íntimamente ligadas al aburrimiento—, se han extinguido en las ciudades y descompuesto también en el campo. Con ello se pierde el don de estar a la escucha, y desaparece la comunidad de los que tienen el oído atento. Narrar historias siempre ha sido el arte de seguir contándolas, y este arte se pierde si ya no hay capacidad de retenerlas. Y se pierde porque ya no se teje ni se hila mientras se les presta oído. Cuanto más olvidado de sí mismo está el escucha, tanto más profundamente se impregna su memoria de lo oído. Cuando está poseído por el ritmo de su trabajo, registra las historias de tal manera, que es sin más agraciado con el don de narrarlas. Así se constituye, por tanto, la red que sostiene al don de narrar. Y así también se deshace hoy por todos sus cabos, después de que durante milenios se anudara en el entorno de las formas más antiguas de artesanía.

 

IX

 

La narración, tal como brota lentamente en el círculo del artesanado —el campesino, el marítimo y, posteriormente también el urbano—, es, de por sí, la forma similarmente artesanal de la comunicación. No se propone transmitir, como lo haría la información o el parte, el «puro» asunto en sí. Más bien lo sumerge en la vida del comunicante, para poder luego recuperarlo. Por lo tanto, la huella del narrador queda adherida a la narración, como las del alfarero a la superficie de su vasija de barro. El narrador tiende a iniciar su historia con precisiones sobre las circunstancias en que ésta le fue referida, o bien la presenta llanamente como experiencia propia. Lesskow comienza El engaño con la descripción de un viaje en tren, durante el cual habría oído de parte de un compañero de trayecto los sucesos repetidos a continuación. En otro caso rememora el entierro de Dostoyevski, ocasión a la que atribuye su conocimiento de la heroína de su narración «Con motivo de la Sonata Kreuzer». O bien evoca una reunión en un círculo de lectura en que se formularon los pormenores reproducidos en «Hombres interesantes». De esta manera, su propia huella por doquier está a flor de piel en lo narrado, si no por haberlo vivido, por lo menos por ser responsable de la relación de los hechos.

Por lo pronto, Lesskow mismo reconoce el carácter artesanal del arte de narrar. «La composición escrita no es para mí un arte liberal, sino una artesanía». En consecuencia, no debe sorprender que se haya sentido vinculado a la artesanía, en tanto se mantenía ajeno a la técnica industrial. Tolstoi, necesariamente sensible al tema, en ocasiones toca el nervio del don de narración de Lesskow, como cuando lo califica de ser el primero, «en exponer las deficiencias del progreso económico... Es curioso que se lea tanto a Dostoyevski... En cambio, no termino de comprender por qué no se lee a Lesskow. Es un escritor fiel a la verdad». En su solapada e insolente historia «La pulga de acero», a medio camino entre leyenda y farsa, Lesskow rinde homenaje a la artesanía local rusa, en la figura de los plateros de Tula. Resulta que su obra maestra, «La pulga de acero», llega a ser vista por Pedro el Grande que, merced a ello, se convence de que los rusos no tienen por qué avergonzarse de los ingleses.

Quizá nadie como Paul Valéry haya jamás circunscrito tan significativamente la imagen espiritual de esa esfera artesanal de la que proviene el narrador. Habla de las cosas perfectas de la naturaleza, como ser, perlas inmaculadas, vinos plenos y maduros, criaturas realmente bien conformadas, y las llama «la preciosa obra de una larga cadena de causas semejantes entre sí». La acumulación de dichas causas sólo tiene en la perfección su único límite temporal. «Antaño, esta paciente actuación de la naturaleza», dice Paul Valéry, «era imitada por los hombres. Miniaturas, marfiles, extrema y elaboradamente tallados, piedras llevadas a la perfección al ser pulidas y estampadas, trabajos en laca o pintura producto de la superposición de una serie de finas capas translúcidas... —todas— estas producciones resultantes de esfuerzos tan persistentes están por desaparecer, y ya ha pasado el tiempo en que el tiempo no contaba. El hombre contemporáneo ya no trabaja en lo que no es abreviable.» De hecho, ha logrado incluso abreviar la narración. Hemos asistido al surgimiento del «short story» que, apartado de la tradición oral, ya no permite la superposición de las capas finísimas y translúcidas, constituyentes de la imagen más acertada del modo y manera en que la narración perfecta emerge de la estratificación de múltiples versiones sucesivas.

 

X

Valéry termina su reflexión con la frase: «Es casi como si la atrofia del concepto de eternidad coincidiese con la creciente aversión a trabajos de larga duración.» Desde siempre, el concepto de eternidad tuvo en la muerte su fuente principal. Por consiguiente, el desvanecimiento de este concepto, habrá que concluir, tiene que haber cambiado el rostro de la muerte. Resulta que este cambio es el mismo que disminuyó en tal medida la comunicabilidad de la experiencia, que trajo aparejado el fin del arte de narrar.

Desde hace una serie de siglos puede entreverse cómo la conciencia colectiva del concepto de muerte ha sufrido una pérdida de omnipresencia y plasticidad. En sus últimas etapas, este proceso se ha acelerado. Y en el transcurso del siglo diecinueve, la sociedad burguesa, mediante dispositivos higiénicos y sociales, privados y públicos, produjo un efecto secundario, probablemente su verdadero objetivo subconsciente: facilitarle a la gente la posibilidad de evitar la visión de los moribundos. Morir era antaño un proceso público y altamente ejemplar en la vida del individuo (piénsese en los cuadros de la Edad Media en que el lecho de muerte se metamorfosea en trono, sobre el que se asoma apretadamente el pueblo a través de las puertas abiertas de par en par de la casa que recibe a la muerte) —morir, en el curso de los tiempos modernos, es algo que se empuja cada vez más lejos del mundo perceptible de los vivos. En otros tiempos no había casa, o apenas habitación, en que no hubiese muerto alguien alguna vez. (El Medioevo experimentó también espacialmente, lo que en un sentido temporal expresó tan significativamente la inscripción del reloj solar de Ibiza: Ultima multis.) Hoy los ciudadanos, en espacios intocados por la muerte, son flamantes residentes de la eternidad, y en el ocaso de sus vidas, son depositados por sus herederos en sanatorios u hospitales. Pero es ante nada en el moribundo que, no sólo el saber y la sabiduría del hombre adquieren una forma transmisible, sino sobre todo su vida vivida, y ése es el material del que nacen las historias. De la misma manera en que, con el transcurso de su vida, se ponen en movimiento una serie de imágenes en la interioridad del hombre, consistentes en sus nociones de la propia persona, y entre las cuales, sin percatarse de ello, se encuentra a sí mismo, así aflora de una vez en sus expresiones y miradas lo inolvidable, comunicando a todo lo que le concierne, esa autoridad que hasta un pobre diablo posee sobre los vivos que lo rodean. En el origen de lo narrado está esa autoridad.

 

XI

 

La muerte es la sanción de todo lo que el narrador puede referir y ella es quien le presta autoridad. En otras palabras, sus historias nos remiten a la historia natural. En una de las más hermosas del incomparable Johan Peter Hebel, esto es expresado de forma ejemplar. Aparece en el Pequeño tesoro del amigo íntimo renano, se llama «Inesperado reencuentro», y comienza con el compromiso matrimonial de un joven que trabaja en las minas de Falun. En vísperas de su boda, la muerte del minero lo alcanza en las profundidades de la galería. Aun después de esta desgracia, su prometida continúa siéndole fiel, y vive lo suficiente como para asistir, ya convertida en una madrecita viejísima, a la recuperación, en la galería perdida, de un cadáver perfectamente conservado por haber estado impregnado en vitriolo verde, y que reconoce como el cuerpo de su novio. Al cabo de este reencuentro, la muerte la reclama también a ella. Dado que Hebel, en el transcurso de la historia, se ve en la necesidad de hacer patente el pasaje de los años, lo resuelve con las siguientes líneas: «Entretanto la ciudad de Lisboa en Portugal fue destruida por un terremoto, y la Guerra de los Siete Años quedó atrás, y el emperador Francisco I murió, y la Orden de los Jesuitas fue disuelta y Polonia dividida, y murió la emperatriz María Teresa, y Struensee fue ejecutado, América se liberó, y las fuerzas conjuntas de Francia y España no lograron conquistar Gibraltar. Los turcos encerraron al general Stein en la cueva de los Veteranos en Hungría, y también el emperador José falleció. El rey Gustavo de Suecia conquistó la Finlandia rusa, y la Revolución Francesa y la larga guerra comenzaron, y también el emperador Leopoldo Segundo acabó en la tumba. Napoleón conquistó Prusia, y los ingleses bombardearon Copenhague, y los campesinos sembraron y segaron. Los molineros molieron, y los herreros forjaron, y los mineros excavaron en pos de las vetas de metal en sus talleres subterráneos. Pero cuando los mineros de Falun en el año 1809 ... ». Jamás ningún narrador insertó su relación más profundamente en la historia natural que Hebel con su cronología. Léasela con atención: la muerte irrumpe en ella según turnos tan regulares como el Hombre de la Guadaña en las procesiones que a mediodía detienen su marcha frente al reloj de la catedral.

 

XII

 

Todo examen de una forma épica determinada tiene que ver con la relación que esa forma guarda con la historiografía. En efecto, hay que proseguir y preguntarse si la historiografía no representa acaso, el punto de indiferencia creativa entre todas las formas épicas. En tal caso, la historia escrita sería a las formas épicas, lo que la luz blanca es a los colores del espectro. Sea corno fuere, de entre todas las formas épicas, ninguna ocurre tan indudablemente en la luz pura e incolora de la historia escrita como la crónica. En el amplio espectro de la crónica se estructuran las maneras posibles de narrar como matices de un mismo color. El cronista es el narrador de la historia. Puede pensarse nuevamente en el pasaje de Hebel, tan claramente marcado por el acento de la crónica, y medir sin esfuerzo la diferencia entre el que escribe la historia, el historiador, y el que la narra, es decir, el cronista. El historiador está forzado a explicar de alguna manera los sucesos que lo ocupan; bajo circunstancia alguna puede contentarse presentándolos como muestras del curso del mundo. Pero eso es precisamente lo que hace el cronista, y más expresamente aún, su representante clásico, el cronista del Medioevo, que fuera el precursor de los más recientes escritores de historia. Por estar la narración histórica de tales cronistas basada en el plan divino de salvación, que es inescrutable, se desembarazaron de antemano de la carga que significa la explicación demostrable. En su lugar aparece la exposición exegética que no se ocupa de un encadenamiento de eventos determinados, sino de la manera de inscribirlos en el gran curso inescrutable del mundo.

Da lo mismo si se trata del curso del mundo condicionado por la historia sagrada o por la natural. En el narrador se preservó el cronista, aunque como figura transformada, secularizada. Lesskow es uno de aquellos cuya obra da testimonio de este estado de cosas con mayor claridad. Tanto el cronista, orientado por la historia sagrada, como el narrador profano, tienen una participación tan intensa en este cometido, que en el caso de algunas narraciones es difícil decidir si el telar que las sostiene es el dorado de la religión o el multicolor de una concepción profana del curso de las cosas. Piénsese en la narración «La alejandrita», que transfieren al lector «a ese tiempo antiguo en que las piedras en el seno de la tierra y los planetas en las alturas celestiales aún se preocupaban del destino humano, no como hoy en que tanto en los cielos como en la tierra todo ha terminado siendo indiferente al destino de los hijos del hombre, y de ninguna parte una voz les habla o les presta obediencia. Los planetas recientemente descubiertos ya no juegan papel alguno en los horóscopos, y una multitud de nuevas piedras, todas medidas y pesadas, de peso específico y densidad comprobados, ya nada nos anuncian ni nos aportan utilidad alguna. El tiempo en que hablaban con los hombres ha pasado».

Tal como lo ilustra la narración de Lesskow, es prácticamente imposible caracterizar unívocamente el curso del mundo. ¿Está acaso determinado por la historia sagrada o por la natural? Lo único cierto es que está, en tanto curso del mundo, fuera de todas las categorías históricas propiamente dichas. La época en que el ser humano pudo creerse en consonancia con la naturaleza, dice Lesskow, ha expirado. A esa edad del mundo Schiller llamó el tiempo de la poesía ingenua. El narrador le guarda fidelidad, y su mirada no se aparta de ese cuadrante ante el cual se mueve esa procesión de criaturas, y en la que, según el caso, la muerte va a la cabeza, o bien es el último y miserable rezagado.

 

XIII

 

Rara vez se toma en cuenta que la relación ingenua del oyente con el narrador está dominada por el interés de conservar lo narrado. El punto cardinal para el oyente sin prejuicios es garantizar la posibilidad de la reproducción. La memoria es la facultad épica que está por encima de todas las otras. Unicamente gracias a una extensa memoria, por un lado la épica puede apropiarse del curso de las cosas, y por el otro, con la desaparición de éstas, reconciliarse con la violencia de la muerte. No debe asombrar que para el hombre sencillo del pueblo, tal como se lo imaginara un día Lesskow, el Zar, la cabeza del mundo en que sus historias ocurren, disponga de la más vasta memoria. «De hecho, nuestro Zar y toda su familia gozan de una asombrosa memoria.»

Mnemosyne, la rememoradora, fue para los griegos la musa ,de lo épico. Este nombre reconduce al observador a una encrucijada de la historia del mundo. 0 sea que, si lo registrado por el recuerdo —la escritura de la historia— representa la indiferencia creativa de las distintas formas épicas (así como la gran prosa es la indiferencia creativa de las distintas medidas del verso), su forma más antigua, la epopeya, incluye a la narración y a la novela, merced a una forma de indiferencia. Cuando con el transcurso de los siglos, la novela comenzó a salirse del seno de la epopeya, se hizo patente que el elemento músico de lo épico en ella contenido, es decir, el recuerdo, se pone de manifiesto con una figura completamente diferente a la de la narración.

El recuerdo funda la cadena de la tradición que se retransmite de generación en generación. Constituye, en un sentido amplio, lo músico de la épica. Abarca las formas músicas específicas de la épica. Y entre ellas, se distingue ante nada, aquélla encarnada en el narrador. Funda la red compuesta en última instancia por todas las historias. Una se enlaza con la otra, tal como todos los grandes narradores, y en particular los orientales, gustaban señalar. En cada uno de ellos habita una Scheherezade, que en cada pasaje de sus historias, se le ocurre otra. Esta es una memoria épica y a la vez lo músico de la narración. A ella hay que contraponer otro principio igualmente músico en un sentido más restringido que, en primera instancia, se esconde como lo músico de la novela, es decir, de la epopeya, aún indistinto de lo músico de la narración. En todo caso, se vislumbra ocasionalmente en las epopeyas, sobre todo en los pasajes festivos de las homéricas, como la conjuración de la musa que les da inicio. Lo que se anuncia en estos pasajes, es la memoria eternizadora del novelista en oposición a la memoria transitoria del narrador. La primera está consagrada a un héroe, a una odisea o a un combate; la segunda a muchos acontecimientos dispersos. En otras palabras, es la rememoración, en tanto musa de la novela, lo que se separa de la memoria, lo músico de la narración, una vez escindida la unidad originaria del recuerdo, a causa del desmoronamiento de la epopeya.

 

XIV

 

«Nadie», dice Pascal, «muere tan pobre que no deje algo tras sí.» Lo que vale ciertamente también para los recuerdos -aunque éstos no siempre encuentren un heredero. El novelista toma posesión de este legado, a menudo no sin cierta melancolía. Porque, tal como una novela de Arnold Bennett pone en boca de los muertos, «de ningún provecho le fue la vida real». A eso suele estar condenado el legado que el novelista asume. En lo que se refiere a este aspecto de la cuestión, debemos a Georg Lukács una clarificación fundamental, al ver en la novela «la forma trascendental de lo apátrida». Según Lukács, la novela es a la vez la única forma que incorpora el tiempo entre sus principios constitutivos. «El tiempo», se afirma en La teoría de la novela, «sólo puede hacerse constitutivo cuando cesa su vinculación con la patria trascendental... Unicamente en la novela... sentido y vida se disocian y con ello, lo esencial de lo temporal; casi puede decirse que toda la acción interna de la novela se reduce a una lucha contra el poderío del tiempo... Y de ello... se desprenden las vivencias temporales de origen épico auténtico: la esperanza y el recuerdo... Únicamente en la novela... ocurre un recuerdo creativo, pertinente al objeto y que en él se transforma... Aquí, la dualidad de interioridad y mundo exterior» sólo «puede superarse para el sujeto, si percibe la unidad de la totalidad de su vida desde las corrientes vitales pasadas y condensadas en el recuerdo... El entendimiento que concibe tal unidad... será el presentimiento intuitivo del inalcanzado, y por ello inarticulable, sentido de la vida».

De hecho, el «sentido de la vida» es el centro alrededor del cual se mueve la novela. Pero tal planteamiento no es más que la expresión introductoria de la desasistida falta de consejo con la que el lector se ve instalado en esa vida escrita. Por un lado «sentido de la vida», por otro «la moraleja de la historia»: esas soluciones indican la oposición entre novela y narración, Y en ellas puede hacerse la lectura de las posiciones históricas radicalmente diferentes de ambas formas artísticas.

Si Don Quijote es la primera muestra lograda de la novela, quizá la más tardía sea Education Sentimentale. En sus palabras finales, el sentido con que se encuentra la época burguesa en el comienzo de su ocaso en su hacer y dejar de hacer, se ha precipitado como levadura en el recipiente de la vida. Frédéric y Deslauriers, amigos de juventud, rememoran su amistad juvenil. Ello hace aflorar una pequeña historia; de cómo un día, a escondidas y medrosos, se presentaron en la casa pública de la ciudad natal, sin hacer más que ofrecer a la patrona un ramillete de flores que habían recogido en su jardín. «Tres años más tarde se hablaba aún de esta historia. Y uno al otro la contaban detalladamente, ambos contribuyendo a completar el recuerdo. "Eso fue quizá lo más hermoso de nuestras vidas", dijo Frédéric cuando terminaron. "Sí, puede que tengas razón", respondió Deslauriers, "quizá fue lo más hermoso de nuestras vidas".» Con este reconocimiento la novela llega a su fin, que en un sentido estricto es más adecuado a ella que a cualquier narración. De hecho, no hay narración alguna que pierda su legitimación ante la pregunta: ¿cómo sigue? Por su parte, la novela no puede permitirse dar un paso más allá de aquella frontera en la que el lector, con el sentido de la vida pugnando por materializarse en sus presentimientos, es por ello invitado a estampar la palabra «Fin» debajo de la página.

 

XV

 

Todo aquel que escucha una historia, está en compañía del narrador; incluso el que lee, participa de esa compañía. Pero el lector de una novela está a solas, y más que todo otro lector. (Es que hasta el que lee un poema está dispuesto a prestarle voz a las palabras en beneficio del oyente.) En esta su soledad, el lector de novelas se adueña de su material con mayor celo que los demás. Está dispuesto a apropiarse de él por completo, a devorarlo, por decirlo así. En efecto, destruye y consume el material como el fuego los leños en la chimenea. La tensión que atraviesa la novela mucho se asemeja a la corriente de aire que anima las llamas de la chimenea y aviva su juego.

La materia que nutre el ardiente interés del lector es una materia seca. ¿Qué significa esto? Moritz Heimann llegó a decir: «Un hombre que muere a los treinta y cinco años, es, en cada punto de su vida, un hombre que muere a los treinta y cinco años.» Esta frase no puede ser más dudosa, y eso exclusivamente por una confusión de tiempo. Lo que en verdad se dice aquí, es que un hombre que muere a los treinta y cinco años quedará en la rememoración como alguien que en cada punto de su vida muere a los treinta y cinco años. En otras palabras: esa misma frase que no tiene sentido para la vida real, se convierte en incontestable para la recordada. No puede representarse mejor la naturaleza del personaje novelesco. Indica que el «sentido» de su vida sólo se descubre a su muerte. Pero el lector de novelas busca efectivamente, personas en las que pueda efectuar la lectura del «sentido de la vida». Por lo tanto, sea como fuere, debe tener de antemano la certeza de asistir a su muerte. En el peor de los casos, a la muerte figurada: el fin de la novela. Aunque es preferible la verdadera. ¿Cómo le dan a entender que la muerte ya los acecha, una muerte perfectamente determinada y en un punto determinado? Esa es la pregunta que alimenta el voraz interés del lector por la acción de la novela.

Por consiguiente, la novela no es significativa por presentar un destino ajeno e instructivo, sino porque ese destino ajeno, por la fuerza de la Dama que lo consume, nos transfiere el calor que jamás obtenemos del propio. Lo que atrae al lector a la novela es la esperanza de calentar su vida helada al fuego de una muerte, de la que lee.

 

XVI

 

Gorki escribió: «Lesskow es el escritor más profundamente arraigado en el pueblo y está libre de toda influencia foránea.» El gran narrador siempre tendrá sus raíces en el pueblo, y sobre todo en sus sectores artesanos. Pero según cómo los elementos campesinos, marítimos y urbanos se integran en los múltiples estadios de su grado de evolución económico y técnico, así se gradúan también múltiplemente los conceptos en que el correspondiente caudal de experiencias se deposita para nosotros. (Sin mencionar el nada despreciable aporte de los comerciantes al arte de narrar; lo suyo tuvo menos que ver con el incremento del contenido instructivo, y más con el afinamiento de las astucias con que se hechiza la atención del que atiende. En el ciclo de historias Las mil y una noches dejaron una honda huella.) En suma, sin perjuicio del rol elemental que el narrar tiene en el buen manejo de los asuntos humanos, los conceptos que albergan el rendimiento de las narraciones, son de lo más variado. Lo que en Lesskow parece asociarse más fácilmente a lo religioso, en Hebel encaja mejor en las perspectivas pedagógicas de la Ilustración, en Poe aparece como tradición hermética, encuentra un último asilo en Kipling en el ámbito vital de los marinos y soldados coloniales británicos. Ello no impide la común levedad con que todos los grandes narradores se mueven, como sobre una escala, subiendo y bajando por los peldaños de su experiencia. Un escala que alcanza las entrañas de la tierra y se pierde entre las nubes, sirve de imagen a la experiencia colectiva a la cual, aun el más profundo impacto sobre el individuo, la muerte, no provoca sacudida o limitación alguna.

«Y si no han muerto, viven hoy todavía», dice el cuento de hadas. Dicho género, que aun en nuestros días es el primer consejero del niño, por haber sido el primero de la humanidad, subsiste clandestinamente en la narración. El primer narrador verdadero fue y será el contador de cuentos o leyendas. Cuando el consejo era preciado, la leyenda lo conocía, y cuando el apremio era máximo, su ayuda era la más cercana. Ese era el apremio del mito. El cuento de hadas nos da noticias de las más tempranas disposiciones tomadas por la humanidad para sacudir la opresión depositada sobre su pecho por el mito. En la figura del tonto, nos muestra cómo la humanidad se «hace la tonta» ante el mito; en la figura del hermano menor nos muestra cómo sus probabilidades de éxito aumentan a medida que se distancia del tiempo mítico originario; en la figura del que salió a aprender el miedo nos muestra que las cosas que tememos son escrutables; en la figura del sagaz nos muestra que las preguntas planteadas por el mito son simples, tanto como la pregunta de la Esfinge; en la figura de los animales que vienen en auxilio de los niños en los cuentos, nos muestra que la naturaleza no reconoce únicamente su deber para con el mito, sino que prefiere saberse rodeada de seres humanos. Hace ya mucho que los cuentos enseñaron a los hombres, y siguen haciéndolo hoy a los niños, que lo más aconsejable es oponerse a las fuerzas del mundo mítico con astucia e insolencia. (De esta manera el cuento polariza dialécticamente el valor en subcoraje, es decir, la astucia, y supercoraje, la insolencia.) El hechizo liberador de que dispone el cuento, no pone en juego a la naturaleza de un modo mítico, sino que insinúa su complicidad con el hombre liberado. El hombre maduro experimenta esta complicidad, sólo alguna que otra vez, en la felicidad; pero al niño se le aparece por vez primera en el cuento de hadas y lo hace feliz.

 

XVII

 

Pocos narradores hicieron gala de un parentesco tan profundo con el espíritu del cuento de hadas como Lesskow. Se trata de tendencias alentadas por la dogmática de la Iglesia grecoortodoxa. Como es sabido, en el contexto de esta dogmática, juega un papel preponderante la especulación de Orígenes sobre la apokastasis —el acceso de todas las almas al paraíso— que fuera rechazada por la Iglesia romana. Lesskow estaba muy influido por Orígenes. Se proponía traducir su obra Sobre las causas primeras. Empalmando con la creencia popular rusa, interpretó la resurrección, no tanto como transfiguración, sino como desencantamiento. Semejante interpretación de Orígenes está basada en «El peregrino encantado». En ésta, como en otras muchas historias de Lesskow, se trata de una combinación de cuento de hadas y leyenda, bastante similar a la mezcla de cuento de hadas y saga a la que se refiere Ernst Bloch cuando explica a su manera el ya mencionado divorcio entre el mito y el cuento de hadas. Una «mezcla de cuento de hadas y saga», dice, «contiene algo propiamente amítico; es mítica en su incidencia hechizante y estática, y aun así no está fuera del hombre. "Míticas" en este sentido son las figuras de corte taoísta, sobre todo las muy antiguas como la pareja Filemón y Baucis: como salidos de un cuento aunque posando con naturalidad. Y esta situación se repite ciertamente en el mucho menos taoísta Gotthelf; a ratos extrae a la saga de la localidad del embrujo, salva la luz de la vida, la luz de la vida propia al hombre que arde tanto dentro como fuera». «Como salidos de un cuento» son los personajes que conducen el cortejo de las criaturas de Lesskow: los justos, PavIin, Figura, el artista de los peluquines, el guardián de osos, el centinela bondadoso. Todos aquellos que encarnan la sabiduría, la bondad, el consuelo del mundo, se apiñan en derredor del que narra. No puede dejar de reconocerse que la imagen de su propia madre los atraviesa a todos. «Era de alma tan bondadosa», así la describe Lesskow, «que no era capaz infligir el menor sufrimiento a nadie, ni siquiera a los animales. No comía ni carne ni pescado porque tal era la compasión que sentía por todos los seres vivientes. A veces mi padre se lo reprochaba ... pero ella contestaba: "...yo misma he criado a esos animalitos, y son para mí como hijos míos. ¡No iba a comerme a mis propios hijos!" Tampoco comía carne en casa de los vecinos. "Yo he visto a los animales cuando aún estaban vivos", explicaba, "son conocidos míos, no puedo comerme a mis conocidos"»

El justo es el portavoz de la criatura, y a la vez, su encarnación suprema. Adquiere con Lesskow un fondo maternal, que a veces se crece hasta lo mítico (con lo que hace peligrar la pureza de lo fantástico). Indicativo de esto es el protagonista de su narración «Kotin, el alimentador y Platónida». Dicha figura protagónica, el campesino Pisonski, es hermafrodita. Durante doce años su madre lo educó como mujercita. Sus partes viriles y femeninas maduran simultáneamente y su doble sexualidad «se convierte en símbolo del hombre-dios».

Con ello, Lesskow asiste a la culminación de criatura y a la vez al tendido de un puente entre el mundo terrestre y el supraterrestre. Pues resulta que estas figuras masculinas, maternales y poderosamente terrestres, que una y otra vez se apropian de una plaza en el arte fabulador de Lesskow, son arrancadas del dominio del impulso sexual en la flor de su fuerza. Pero no por eso encarnan un ideal propiamente ascético; la continencia de estos justos tiene tan poco de privación, que llega a convertirse en el polo opuesto elemental de la pasión desenfrenada, tal como el narrador la encamó en «Lady Macbeth de Mzensk». Así como la extensión del mundo de las criaturas está comprendida entre Pawlin y la mujer del comerciante, en la jerarquía de sus criaturas, Lesskow no renunció a sondearlas en profundidad.

 

XVIII

 

La jerarquía del mundo de las criaturas, encabezada por los justos, desciende escalonadamente hasta alcanzar el abismo de lo inanimado. Sin embargo, hay que tener en mente una circunstancia particular. La totalidad de este mundo de las criaturas no es vocalizado por la voz humana, sino por una que podríamos llamar como el título de una de sus más significativas narraciones: «La voz de la naturaleza». Esta refiere la historia del pequeño funcionario Filipp Filippowitch, que mueve todos los hilos para poder hospedar en su casa a un mariscal de campo que está de paso en su localidad. Y lo logra. El huésped, inicialmente asombrado por lo insistente de la invitación, pasado un tiempo cree reconocer en su anfitrión a alguien con quien ya se hubiera encontrado antes. ¿Pero quién es? Eso no lo recuerda. Lo curioso es que el anfitrión no tiene intención de dejarse reconocer. En cambio, consuela diariamente a la alta personalidad asegurándole que «la voz de la naturaleza» no dejará de hablarle un día. Y todo sigue igual hasta que el huésped, poco antes de proseguir su viaje, concede al anfitrión el permiso, pedido por éste, de hacerle oír <da voz de la naturaleza». En eso, la mujer del anfitrión se aleja, «para volver con un cuerno de caza de cobre relucientemente bruñido y se lo entrega a su marido. Este coge el cuerno, lo acerca a sus labios y parece instantáneamente transformado. Apenas hubo inflado las mejillas y extraído el primer sonido, potente como un trueno, el mariscal de campo exclamó: "¡Detente, ya lo tengo, hermano, ahora te reconozco! Tú eres el músico del regimiento de cazadores, al que encomendé vigilar, por su honorabilidad, a un intendente bribón." "Así es, su señoría", respondió el amo de la casa. "Antes que recordárselo yo mismo, preferí dejar hablar a la voz de la naturaleza".» La manera en que el sentido profundo de la historia se esconde detrás de su puerilidad nos da una idea del extraordinario humor de Lesskow.

Ese humor vuelve a confirmarse en la misma historia de manera aún más subrepticia. Habíamos oído que el pequeño funcionario había sido delegado para «vigilar, por su honorabilidad, a un intendente bribón.» Eso es lo que se dice al final, en la escena del reconocimiento. Pero apenas iniciada la narración oíamos lo siguiente sobre el anfitrión: «Todos los habitantes de la localidad conocían al hombre, y sabían que no gozaba de un rango de importancia, que no era ni funcionario estatal ni militar, sino apenas un insignificante inspectorcillo en la administración de víveres, donde, junto a las ratas, roía las galletas y las botas estatales, con lo que.... pasado el tiempo llegó a juntar lo suficiente como para instalarse en una bonita casa de madera.» Como puede verse, esta historia coloca en su justo lugar a la tradicional simpatía que une a los narradores con pillos y bribones. Toda la literatura picaresca da testimonio de ello. Tampoco reniega de ello en las cumbres del género: personajes como los Zundelfrieder, Zundelheiner y Dieter El Rojo, son los que con mayor fidelidad acompañan a un Hebel. No obstante, también para Hebel, el justo tiene el papel protagónico en el theatrum mundi. Pero por no haber nadie que esté a la altura de ese papel, éste pasa de uno a otro. Ora es el vagabundo, ora el trapichero judío, ora el tonto, quien salta a asumir el papel. Se trata siempre, de caso en caso, de una actuación extraordinaria, de una improvisación moral. Hebel es un casuista. Por nada del mundo se solidariza con principio alguno, aunque tampoco rechaza ninguno, porque cualquiera de ellos podría llegar a convertirse en instrumento del justo. Compárese con la actitud de Lesskow. «Soy consciente», escribe en «Con motivo de la sonata Kreutzer», «de que mi línea de pensamiento está más fundada en una concepción práctica de la vida que en una filosofía abstracta o una moral elevada, sin embargo, no por ello estoy menos inclinado a pensar como lo hago.» Por lo demás, las catástrofes morales de Lesskow, guardan la misma relación con los incidentes morales de Hebel, que la de la gran corriente silenciosa del Volga con el precipitado y charlatán arroyo que mueve el molino. Entre las narraciones históricas de Lesskow, existen muchas en las que las pasiones puestas en movimiento son tan aniquiladoras como la cólera de Aquiles o el odio de Hagen. Es asombrosa la manera terrible en que el mundo de este autor puede llenarse de tinieblas, así como la majestad con que el Mal se permite allí alzar su cetro. Lesskow —este sería uno de los pocos rasgos en que coincide con Dostoyevski— ostensiblemente conoció estados de ánimo que mucho lo acercaron a una ética antinómica. Las naturalezas elementales de sus «Narraciones de los viejos tiempos» se dejan llevar por su pasión desenfrenada hasta el final. Pero precisamente ese final es el que los místicos tienden a considerar como punto en que la acabada depravación se toma en santidad.

 

XIX

 

Cuanto más profundamente Lesskow desciende en la escala de las criaturas, tanto más evidente es el acercamiento de su perspectiva a la de la mística. Por lo demás, y como podrá verse, mucho habla a favor de que también aquí se conforma un rasgo que reside en la propia naturaleza del narrador. Ciertamente sólo pocos osaron internarse en las profundidades de la naturaleza inanimada, y en la reciente literatura narrativa poco hay que, con la voz del narrador anónimo anterior a todo lo escrito, pueda resonar tan audiblemente como la historia «La alejandrita» de Lesskow. Trata de una piedra, el pyropo. Desde el punto de vista de la criatura, la pétrea es la capa más inferior. Pero para el narrador está directamente ligada a la superior. A él le está dado atisbar, en esta piedra semipreciosa, el pyropo, una profecía natural de la naturaleza petrificada e inanimada, referida al mundo histórico en que vive. Es el mundo de Alejandro II. El narrador —o mejor dicho, el hombre al que atribuye el propio saber— es un orfebre de la piedra llamado Wenzel y que llevó su oficio a niveles artísticos apenas imaginables. Se lo puede colocar junto a los plateros de Tula y decir que, de acuerdo a Lesskow, el artesano consumado tiene acceso a la cámara más recóndita del reino de las criaturas. Es una encarnación de lo piadoso. De este orfebre se cuenta: «De pronto cogió mi mano, la mano en que tenía el anillo con la alejandrita, que, como es sabido, da destellos rojos bajo iluminación artificial, y exclamó: "...Mirad, he aquí la piedra rusa profética ... ! ¡Oh, siberiana taimada! Siempre verde como la esperanza, y sólo cuando llegaba la tarde se inundaba de sangre. Así fue desde el origen del mundo, pero durante mucho tiempo se escondió en el interior de la tierra, y no permitió que se la descubriese hasta que llegó a Siberia, un gran hechicero, un mago, para encontrarla, justo el día en que el zar Alejandro fue declarado mayor de edad..." "Qué disparates dice", le interrumpí. "Esa piedra no fue descubierta por ningún hechicero, ¡sino por un sabio llamado Nordenskjóld!" "¡Un hechicero le digo! ¡Un hechicero!" gritaba Wenzel a toda voz. "¡No tiene más que fijarse en la piedra! Contiene una verde mañana y una tarde sangrienta ... Y ese es el destino, ¡el destino del noble zar Alejandro!" Dichas esas palabras, el viejo Wenzel se volvió hacia la pared, apoyó su cabeza sobre el codo y comenzó a sollozar.»

Difícilmente podríamos acercarnos más al significado de esta importante narración, que esas pocas palabras que Paul Valéry escribiera en un contexto muy alejado de éste.

Al considerar a un artista dice: «La observación artística puede alcanzar una profundidad casi mística. Los objetos sobre los que se posa pierden su nombre: sombras y claridad conforman un sistema muy singular, plantean problemas que le son propios, y que no caen en la órbita de ciencia alguna, ni provienen de una práctica determinada, sino que deben su existencia y valor, exclusivamente a ciertos acordes que, entre alma, ojo y mano, se instalan en alguien nacido para aprehenderlos y conjurarlos en su propia interioridad.»

Con estas palabras, alma, ojo y mano son introducidos en el mismo contexto. Su interacción determina una práctica. Pero dicha práctica ya no nos es habitual. El rol de la mano en la producción se ha hecho más modesto, y el lugar que ocupaba en el narrar está desierto. (Y es que, en lo que respecta a su aspecto sensible, el narrar no es de ninguna manera obra exclusiva de la voz. En el auténtico narrar, la mano, con sus gestos aprendidos en el trabajo, influye mucho más, apoyando de múltiples formas lo pronunciado.) Esa vieja coordinación de alma, ojo y mano que emerge de las palabras de Valéry, es la coordinación artesanal con que nos topamos siempre que el arte de narrar está en su elemento. Podemos ir más lejos y preguntamos si la relación del narrador con su, material, la vida humana, no es de por sí una relación artesanal. Si su tarea no consiste, precisamente, en elaborar las materias primas de la experiencia, la propia y la ajena, de forma sólida, útil y única. Se trata de una elaboración de la cual el proverbio ofrece una primera noción, en la medida en que lo entendamos como ideograma de una narración. Podría decirse que los proverbios son ruinas que están en el lugar de viejas historias, y donde, como la hiedra en la muralla, una moraleja trepa sobre un gesto.

Así considerado, el narrador es admitido junto al maestro y al sabio. Sabe consejos, pero no para algunos casos como el proverbio, sino para muchos, como el sabio. Y ello porque le está dado recurrir a toda una vida. (Por lo demás, una vida que no sólo incorpora la propia experiencia, sino, en no pequeña medida, también la ajena. En el narrador, lo sabido de oídas se acomoda junto a lo más suyo.) Su talento es de poder narrar su vida y su dignidad; la totalidad de su vida. El narrador es el hombre que permite que las suaves llamas de su narración consuman por completo la mecha de su vida. En ello radica la incomparable atmósfera que rodea al narrador, tanto en Lesskow como en Hauff, en Poe como en Stevenson. El narrador es la figura en la que el justo se encuentra consigo mismo.

 

 

Traducción de Roberto Blatt

Madrid, Taurus, 1991

 

 

Stephen Jay Gould – La sabiduría orgánica o por qué debe una mosca comerse a su madre desde dentro

18 de noviembre de 2009 · 0 Comentarios

 

 

Stephen Jay Gould Desde que el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza, la doctrina de la creación especial jamás ha dejado de explicar aquellas adaptaciones que comprendemos intuitivamente. ¿Cómo podemos dudar de que los animales estén exquisitamente diseñados para los papeles que tienen asignados cuando, vemos cazar a una leona, correr a un caballo o refocilarse en el agua a un hipopótamo? La teoría de la selección natural jamás hubiera reemplazado a la doctrina de la creación divina si los diseños admirables fueran patrimonio de todos los organismos. Charles Darwin así lo comprendió, y por consiguiente se concentró en aquellos rasgos que estarían fuera de lugar en un mundo construido por una perfecta sabiduría. ¿Por qué; por ejemplo, iba a crear un diseñador sensato una serie de marsupiales exclusivamente en Australia para ocupar los mismos puestos que los mamíferos placentarios ocupan en todos los demás continentes? Darwin llegó incluso a escribir todo un libro sobre orquídeas para argüir que las estructuras desarrolladas para garantizar la fecundación están construidas a partir de partes ya existentes utilizadas por sus antecesores para fines diferentes. Las orquídeas son máquinas de Rube Goldberg; un ingeniero perfecto habría diseñado sin lugar a dudas algo más eficaz.

Este principio sigue estando vigente hoy en día. La mejor ilustración de la adaptación por evolución es aquella que impacta sobre nuestra intuición por su extrañeza o peculiaridad. La ciencia no es el “sentido común organizado”; en su mejor faceta, reformula nuestra visión del mundo imponiendo poderosas teorías sobre los antiguos prejuicios antropocéntricos que nosotros denominamos intuición.

Consideremos, por ejemplo, el caso de los cínifes cecidómidos de las agallas. Estos diminutos mosquitos llevan una vida que tiende a evocar en nosotros sentimientos de dolor o repugnancia cuando nos sentimos inclinados a empatizar con ellos evocando los inadecuados estándares de nuestros propios códigos sociales.

Los cínifes de las agallas pueden crecer y desarrollarse siguiendo uno o dos senderos. En algunas situaciones ponen huevos, atraviesan la secuencia normal de mudas larvaria y pupal, y emergen como adultos normales de reproducción sexual. Pero en otras circunstancias, las hembras se reproducen por partenogénesis, dando a luz a su descendencia sin el auxilio del macho. La partenogénesis es bastante común entre los animales, pero los cecidómidos le añaden una variante de interés. En primer lugar, las hembras partenogenéticas detienen su desarrollo en una etapa temprana de éste. Jamás llegan a ser adultos normales, sino que se reproducen mientras son aún larvas o pupas. En segundo lugar, estas hembras no ponen huevos. La descendencia se desarrolla dentro del cuerpo de la madre -no abastecida de nutrientes y empaquetada dentro de un útero protegido, sino dentro de los propios tejidos de la madre, llegando eventualmente a llenar por completo su cuerpo. Para poder crecer, los jóvenes devoran a su madre desde su interior. Pocos días más tarde, emergen dejando tan sólo una carcasa quitinosa como restos mortales de su progenitora. Y en el transcurso de dos días sus propios hijos empiezan a comérselos literalmente a su vez.

El Micromalthus debilis, un escarabajo que no tiene parentesco alguno con los cínifes, ha desarrollado un sistema casi idéntico con una macabra variante. Algunas hembras partenogenéticas dan a luz a un único descendiente macho. Esta larva se aferra a la cutícula de su madre durante cuatro o cinco días, después inserta su cabeza en la abertura genital y la devora. Jamás mujer alguna disfrutó de amor más apasionado.

¿Cómo pudo evolucionar tan peculiar modo de reproducción? Porque resulta insólita incluso desde la perspectiva de los insectos, y no sólo según los patrones típicos de nuestras propias percepciones. ¿Cuál es el significado adaptativo de un modo de vida que tan bárbaramente viola nuestras intuiciones acerca del buen diseño?

Para dar respuesta a estas cuestiones, debemos proceder a lo largo del proceso de argumentación habitual de los estudios evolutivos: el método comparativo. (Louis Agassiz no actuó caprichosamente al darle al edificio en el que trabajó el nombre que tanto ha desconcertado a tantas generaciones de visitantes de Harvard Museo de Zoología Comparativa). Debemos encontrar un objeto de comparación que sea genéticamente similar, pero que esté adaptado a un modo de vida diferente. Afortunadamente, el complejo ciclo vital de los cecidómidos nos da una pista. No tenemos necesidad de comparar la madre asexual, larvaria, con una especie relacionada de incierta afinidad y parecido genético; podemos compararla con la forma genéticamente idéntica alternativa de la misma especie, el adulto sexual normal. ¿Cuál es entonces la diferencia entre la ecología de las formas partenogenética y normal?

Los cecidómidos viven y se alimentan de hongos, normalmente setas. La forma móvil, normal, actúa como exploradora: encuentra la nueva seta. Sus descendientes, al vivir ahora sobre una fuente de alimentos superabundante, se reproducen asexualmente como larvas o pupas y se convierten en la forma no voladora, de alimentación, de la especie (una seta puede sustentar centenares de estos diminutos animales). Sabemos que la reproducción partenogenética continuará mientras la comida resulte abundante. Un investigador llegó a obtener 250 generaciones larvarias consecutivas aportando el alimento suficiente y evitando que se produjeran apiñamientos. En la naturaleza, no obstante, la seta queda eventualmente consumida.

H. Ulrich y sus colaboradores han estudiado la secuencia de cambios en respuesta a la disminución de los alimentos en la especie Mycophyla speyeri. Cuando disponen de alimento en abundancia, todas las madres partenogenéticas generan camadas femeninas entre cuatro y cinco días. Al ir disminuyendo los suministros de alimento, surgen camadas de machos y mixtas. Si las larvas hembra no reciben nada de alimento se transforman en adultos normales.

Estas correlaciones tienen una base adaptativa razonablemente poco ambigua. La hembra partenogenética no voladora permanece en la seta y se alimenta. Cuando agota su alimento, produce descendientes alados para la búsqueda de nuevas setas. Pero esto tan sólo araña la superficie de nuestro dilema, ya que no tiene relevancia con respecto a nuestra interrogante central: ¿Por qué reproducirse tan deprisa como larva o pupa y por qué la auto-destrucción en un supremo sacrificio en favor de los descendientes?

En mi opinión la solución al dilema yace en la frase “tan deprisa”. La teoría evolutiva clásica se concentraba en la morfología a la hora de buscar explicaciones adaptativas. ¿Cuál, en este caso, es la ventaja que tiene para los consumidores de setas la existencia de una morfología juvenil persistente en las hembras reproductoras? La teoría tradicional jamás fue capaz de encontrar una respuesta porque había planteado la pregunta equivocada. En el transcurso de los últimos quince años, el surgimiento de la ecología teórica de poblaciones ha transformado el estudio de las adaptaciones. Los evolucionistas han descubierto que los organismos se adaptan no sólo alterando su tamaño y su forma sino también ajustando la temporización de sus vidas y la energía invertida en diferentes actividades (alimentación, crecimiento y reproducción, por ejemplo). Estos ajustes son denominados “estrategias de la historia vital”.

Los organismos desarrollan diferentes estrategias de su historia vital para que encajen en diferentes tipos de entornos. Entre las teorías que correlacionan la estrategia con el entorno, la teoría de la selección r y K, desarrollada por R. H. MacArthur y E. O. Wilson a mediados de los sesenta, ha sido sin duda la de mayor éxito.

La evolución, tal y como viene habitualmente ilustrada en los libros de texto y reseñada en la prensa popular, es un proceso de inexorable depuración de las formas: los animales son delicadamente “sintonizados” a su medio ambiente a través de una constante selección de formas mejor adaptadas. Pero existen varios tipos de ambiente que no hacen aparecer tal tipo de respuesta evolutiva. Supongamos que una especie vive en un entorno que impone sobre ella una mortalidad irregular y catastrófica (por ejemplo, estanques que se secan, o mares poco profundos sacudidos por tormentas). O supongamos que los alimentos resultan efímeros y difíciles de encontrar, pero que son superabundantes una vez localizados. Los organismos no pueden sintonizar delicadamente con semejantes entornos, ya que no existe nada lo suficientemente estable a lo que ajustarse. Lo mejor en tal situación será invertir toda la energía posible en la reproducción -fabricar todos los descendientes posibles, a la mayor velocidad posible, para que alguno sobreviva a la catástrofe. Reproducirse como locos mientras se dispone del efímero recurso, ya que no durará mucho y parte de la progenie deberá sobrevivir para localizar la siguiente fuente de alimentos.

Cuando hablamos de presiones evolutivas orientadas a la maximización del esfuerzo reproductivo a expensas de delicados ajustes morfológicos, las denominamos selección r; los organismos así adaptados son r-estratégicos (r es la medida tradicional de la “tasa intrínseca de incremento del volumen de la población” en una serie de ecuaciones ecológicas básicas). Las especies que viven en entornos estables, en poblaciones de volumen cercano al máximo que su medio ambiente puede sustentar, no obtendrían beneficio alguno produciendo hordas de progenie malamente adaptadas. Sería mejor para ellas criar unos pocos descendientes exquisitamente sintonizados. Tales especies son de estrategia K (K es la medida de la “capacidad de sustentación” ambiental en la misma serie de ecuaciones).

Los cínifes partenogenéticos de las agallas viven en un medio ambiente r clásico. Las setas son escasas y están muy separadas entre sí, pero resultan superabundantes cuando son localizadas por un mosquito tan pequeño. Los cecidómidos obtienen por lo tanto una ventaja selectiva si utilizan las setas recién descubiertas para aumentar el volumen de su población a toda velocidad. ¿Cuál es entonces el modo más rápido de multiplicar rápidamente una población? ¿Deberían acaso los adultos poner más huevos o deberían tal vez reproducirse lo antes posible en el transcurso de sus vidas? Esta cuestión ha inspirado muchas obras entre los ecólogos inclinados hacia las matemáticas. En la mayor parte de las situaciones, la clave para un crecimiento rápido es una reproducción temprana. Una reproducción de un 10 por ciento en la edad de la primera reproducción puede dar como resultado en muchos casos un incremento de un 100 por ciento en la fecundidad.

Finalmente, podemos comprender la peculiar biología reproductiva de los cínifes cecidómidos de las agallas: simplemente han desarrollado algunas adaptaciones notables orientadas a una reproducción temprana y a unos tiempos de generación extremadamente cortos. Al hacerlo así, se han convertido en consumados estrategas-r en su clásico entorno-r de recursos efímeros y superabundantes. Así pues, se reproducen mientras son aún larvas, y casi inmediatamente después de salir a la luz, empieza a desarrollarse en su interior la siguiente generación. En Micophyla speyeri, por ejemplo, el estratega-r partenogenético sufre una muda, se reproduce como larva verdadera, y produce hasta 38 descendientes en cinco días. Los adultos sexuales normales requieren dos semanas para desarrollarse. Los reproductores larvarios mantienen una capacidad fenomenal para incrementar el volumen de la población. En el transcurso de cinco semanas tras su introducción en un lecho comercial de setas, Micophyla speyeri puede alcanzar una densidad de población de 180.000 larvas reproductoras por metro cuadrado.

Una vez más podemos seguir el método comparativo para convencernos de que esta explicación tiene sentido. El modelo de los cecidómidos ha sido seguido por otros insectos que habitan una serie de entornos similares. Los áfidos, por ejemplo, se alimentan de la savia de las hojas. Una hoja, para estos diminutos insectos, es algo muy parecido a lo que una seta puede representar para un cínife de las agallas, una fuente de alimentos grande y efímera que debe ser convertida todo lo rápidamente que sea posible en todos los áfidos que se pueda. La mayor parte de los áfidos tienen formas partenogenéticas alternativas, sin alas y con alas (tienen también una forma sexual invernal con la que no nos entretendremos aquí). Como probablemente se hayan imaginado, la forma sin alas es una forma comedora. Aunque no es una larva, conserva muchos rasgos morfológicos juveniles. Conserva también una notable capacidad para la reproducción temprana. El desarrollo embrionario comienza de hecho en el cuerpo de la madre antes del nacimiento de ésta, y puede llegar a haber hasta dos generaciones subsiguientes “dentro” de cada “abuela”. (Los áfidos, no obstante, no son devorados por sus descendientes.) Su capacidad para crear grandes poblaciones es legendaria. Si todos sus descendientes llegaran a reproducirse, una sola madre de Aphis fabae podría producir 524 mil millones de descendientes en un solo año. Los áfidos alados se desarrollan más lentamente.Una vez consumida, la hoja vuelan en busca de otra hoja, donde sus descendientes revierten a la forma áptera y recomienzan su rápido ciclo generacional.

Lo que al principio parecía tan peculiar resulta ahora ser eminentemente razonable. Puede incluso resultar una estrategia óptima para ciertos entornos. No podemos afirmarlo con seguridad ya que se desconocen multitud de aspectos de la biología de los cecidómidos. Pero sí podemos subrayar la notable convergencia hacia la misma estrategia de un organismo totalmente diferente, el escarabajo Micromalthus debilis. Este escarabajo vive y se alimenta sobre madera húmeda en putrefacción. Cuando la madera se seca, el escarabajo desarrolla una forma sexual para buscar nuevos recursos alimenticios. La forma comedora que habita en la madera ha desarrollado una serie de adaptaciones que repite las características de los cecidómidos hasta los detalles más complejos y peculiares. También es partenogenética. Se reproduce también en una fase morfológicamente juvenil. Los jóvenes se desarrollan también en el seno de la madre y eventualmente la devoran. Las madres producen también tres tipos de camada: sólo hembras cuando la comida es abundante y sólo machos o machos y hembras cuando escasean los recursos.

Nosotros, los humanos, con nuestro lento desarrollo, nuestra larga gestación y el tamaño mínimo de nuestras camadas somos consumados estrategas- K y podemos sentirnos tentados a mirar con malos ojos las estrategias de otros organismos, pero en su mundo r-selectivo, los cecidómidos están sin duda haciendo lo correcto

 

Desde Darwin, reflexiones sobre Historia Natural

Traducción: Antonio Resines

Hermann Blume Ediciones, Madrid

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Eugenio Montale - Bajo la lluvia

14 de noviembre de 2009 · 0 Comentarios

 

 

 

 

Eugenio Montale

 

Un murmullo; y tu casa se empaña

como en la bruma del recuerdo.

Y gotea la palmera ahora que la sofocación

que retiene el calor de los invernaderos

oprime sordamente incluso las desnudas

esperanzas y los remordimientos.

 

“Por amor de fiebre…”  un remolino

me conduce hacia ti. Brilla, roja,

una cortina, se cierra una ventana.

En la rampa materna ahora camina,

cáscara de huevo que va entre el barro líquido,

poca vida entre un agitar de luz y sombra.

 

Chillaba Adiós muchachos, compañeros

de mi vida, tu disco desde el patio:

y amo la máscara si aún

detrás del molinete del destino,

me queda el salto que conduce

a tu sendero.

 

Contemplo los brillantes chaparrones y al

fondo, como nubes,

el humo extendido de una nave.

Aparece un claro…

Y por ti comprendo

lo que arriesga la cigüeña cuando al alzar vuelo

aletea hacia Ciudad del Cabo.

 

Traducción: Gianni Siccardi

 

 

Sotto la pioggia

Un murmure; e la tua casa s’appanna/ come nella bruma del ricordo/ – e lacrima la palma ora che sordo/ preme il disfacimento che ritiene/ nell’afa delle serre anche le nude/ speranze ed il pensiero che rimorde.// ‘Por amor de la fiebre’... mi conduce/ un vortice con te. Raggia vermiglia/ una tenda, una finestra si rinchiude./ Sulla rampa materna ora cammina,/ guscio d’uovo che va tra la fanghiglia,/ poca vita tra sbatter d’ombra e luce.// Strideva Adiós muchachos, compañeros/ de mi vida, il tuo disco dalla corte:/ e m’è cara la maschera se ancora/ di là dal mulinello della sorte/ mi rimane il sobbalzo che riporta/ al tuo sentiero.// Seguo i lucidi strosci e in fondo, a nembi,/ il fumo strascicato d’una nave./ Si punteggia uno squarcio.../ Per te intendo/ ciò che osa la cicogna quando alzato/ il volo dalla cuspide nebbiosa/ rèmiga verso la Città del Capo.

 

Le occasioni (1939)

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Richard Dawkins - ¿De dónde has sacado esos ojos?

10 de noviembre de 2009 · 0 Comentarios

 

 

Richard Dawkins El creacionismo tiene un atractivo perdurable, y no hay que ir muy lejos para encontrar la causa. Al menos para la mayoría de gente que conozco, no es a causa de un compromiso con la verdad literal del Génesis o alguna otra historia tribal sobre el origen. En cambio, la causa es que la gente descubre por sí misma la belleza y complejidad del mundo vivo y concluye que “obviamente” debe haber sido diseñada. Los creacionistas que reconocen que la evolución darwiniana proporciona algún tipo de alternativa a su teoría escrituraria, recurren a menudo a una objeción algo más sofisticada. Niegan la posibilidad de los intermediarios evolutivos. “X debe haber sido diseñado por un Creador”, dice la gente, “porque medio X no habría funcionado en absoluto. Todas las partes de X deben haberse juntado simultáneamente; no pueden haber evolucionado gradualmente”.

De ahí que la pregunta favorita de un creacionista sea: “¿Para qué sirve medio ojo?”. En realidad, esta pregunta tiene poca fuerza y es muy fácil de responder. Medio ojo es justamente un 1 por ciento mejor que el 49 por ciento de un ojo, que de por sí es mejor que un 48 por ciento, y la diferencia es significativa. Parece que hay una muestra de mayor peso tras la inevitable pregunta suplementaria: “Hablando como un físico, no puedo creerme que haya habido tiempo suficiente para que un órgano tan complicado como un ojo haya evolucionado de la nada. ¿De veras cree que ha habido tiempo suficiente?”. Ambas preguntas surgen del Argumento de Incredulidad Personal. Sin embargo, la audiencia aprecia una respuesta, y a menudo he recurrido al simple hecho de la magnitud del tiempo geológico.

La absurda enormidad del tiempo geológico resulta ser como usar un martillo hidráulico para cascar nueces. Un estudio reciente realizado por dos científicos suecos, Dan Nilsson y Susanne Pelger, sugiere que con una ridícula fracción de ese tiempo habría sobrado. Por cierto, cuando uno dice “el” ojo, implícitamente se refiere al ojo de los vertebrados, pero han evolucionado, de manera independiente y desde cero, entre 40 y 60 ojos útiles para formar imágenes en muchos grupos de invertebrados. Entre estas más de 40 evoluciones independientes, se han descubierto al menos nueve principios de diseño distintos, incluyendo el ojo estenopeico, el ojo lenticular, el ojo reflector curvo (“antena parabólica”), y varios tipos de ojos compuestos. Nilsson y Pelger se han concentrado en los ojos con lentes, como los que se encuentran bien desarrollados en los vertebrados y los pulpos.

¿Cómo se pone uno a estimar el tiempo requerido para una cierta cantidad de cambio evolutivo? Tenemos que encontrar una unidad para medir el tamaño de cada paso evolutivo, y es sensato expresarlo como un cambio porcentual de lo que ya hay. Nilsson y Pelger utilizaron el número de cambios sucesivos de x por ciento como su unidad para medir los cambios en las cantidades anatómicas.

Su tarea era realizar modelos informáticos de la evolución de los ojos para resolver dos preguntas. La primera era: ¿hay un gradiente suave de cambio, desde la piel lisa hasta un ojo lenticular, tal que cada paso intermedio sea una mejora? (A diferencia de los ingenieros humanos, la selección natural no puede ir colina abajo, aunque haya una tentadora colina más alta al otro lado del valle). Segundo: ¿cuánto tiempo tardaría en producirse la cantidad necesaria de cambio evolutivo?

En sus modelos informáticos, Nilsson y Pelger no intentaron simular el funcionamiento interno de las células. Comenzaron su historia a partir de la invención de una célula fotosensible individual –no hay problema en llamarla fotocélula. Estaría bien que en el futuro se diseñe otro modelo informático al nivel del interior de una célula, para mostrar cómo surgió la primera fotocélula a partir de modificaciones paso a paso de una célula más antigua y genérica. Pero hay que comenzar en algún punto, y Nilsson y Pelger comenzaron tras la invención de la fotocélula.

Trabajaron a nivel de los tejidos: el nivel de las cosas hechas de células, en lugar del nivel de las células individuales. La piel es un tejido, y también la funda de los intestinos, el músculo y el hígado. Los tejidos pueden cambiar de muchas maneras bajo la influencia de mutaciones aleatorias. Las láminas de tejido pueden crecer o disminuir en área. Pueden hacerse más gruesas o más delgadas. En el caso especial de los tejidos transparentes, como el tejido lenticular, puede cambiar el índice de refracción (su capacidad para desviar la luz) de partes locales del tejido.

La belleza de simular un ojo en lugar de, digamos, la pata de un guepardo al correr, estriba en que su eficiencia puede medirse fácilmente. El ojo es representado como una sección bidimensional y el ordenador puede calcular fácilmente su agudeza visual, o resolución espacial, mediante un único número real. Sería mucho más difícil averiguar una expresión numérica equivalente para la eficacia de la pata o la columna vertebral de un guepardo. Nilsson y Pelger empezaron con una retina plana encima de una capa plana de pigmento y coronada de una capa protectora transparente y plana. La capa transparente tenía la capacidad de experimentar mutaciones aleatorias localizadas de su índice de refracción. Luego dejaron que el modelo se deformara aleatoriamente, limitado sólo por el requerimiento de que todo cambio debía ser pequeño y debía ser una mejora de lo que había antes.

Los resultados fueron rápidos y decisivos. Una trayectoria de continua mejora de la agudeza condujo directamente, mediante un ligero proceso de depresión, desde el comienzo plano hasta una oquedad cada vez más profunda, al irse deformando el modelo de ojo en la pantalla del ordenador. La capa transparente se hizo más gruesa para llenar la oquedad y combó ligeramente su superficie exterior en una curva. Y luego, casi como por arte de magia, una porción de este relleno transparente se condensó en una subregión local esférica de mayor índice de refracción. No uniformemente mayor, sino con un gradiente de índices de refracción tal que la región esférica funcionaba como una excelente lente de índice graduado.

Los fabricantes de lentes humanos no están familiarizados con las lentes de índice graduado, pero éstas son comunes en los ojos del mundo vivo. Los humanos hacen lentes puliendo el vidrio para que adquiera una forma particular. Hacemos lentes compuestas, como las caras lentes de color violeta de las cámaras modernas, montando varias lentes juntas; pero cada una de las lentes individuales está hecha de un vidrio de grosor uniforme. En contraste, una lente de índice graduado tiene un índice de refracción que varía gradualmente dentro de su propia sustancia. Normalmente tiene un índice de refracción alto cerca del centro de la lente. Los ojos de los peces tienen lentes de índice graduado. Hace tiempo que se sabe que, en una lente de índice graduado, los resultados menos sujetos a aberración se obtienen al alcanzar un valor teórico óptimo para la relación entre la longitud focal de la lente y su radio. Esta relación se conoce como coeficiente de Mattiessen. El modelo informático de Nilsson y Pelger se dirigió de manera infalible hacia el coeficiente de Mattiessen.

Y así llegamos a la cuestión de cuánto pudo haber tardado en producirse todo este cambio evolutivo. Para poder contestar a esto, Nilsson y Pelger tuvieron que hacer algunas suposiciones sobre la genética de las poblaciones naturales. Necesitaban darle a su modelo valores plausibles de magnitudes como la “heredabilidad”. La heredabilidad nos dice en qué medida la variación está gobernada por la herencia. La manera más utilizada de medirla es ver cuánto se parecen dos gemelos monocigóticos (es decir, “idénticos”) comparados con mellizos ordinarios. Un estudió halló que la heredabilidad de la longitud de la pierna en los humanos varones es del 77 por ciento. Un porcentaje de heredabilidad muy alto significaría que se podría medir la pierna de un gemelo idéntico y obtener un conocimiento perfecto de la longitud de la pierna del otro gemelo, aunque los gemelos hubieran crecido separados. Una heredabilidad del 0 por ciento significaría que las piernas de los gemelos monocigóticos no tienen mayor semejanza entre ellas que con las piernas de miembros al azar de una población específica en un ambiente dado. Otras heredabilidades medidas en los humanos son el 95 por ciento para el perímetro de la cabeza, el 85 por ciento para la estatura sentado, el 80 por ciento para la longitud del brazo, y el 79 por ciento para la estatura.

Frecuentemente, las heredabilidades son mayores del 50 por ciento y, por tanto, Nilsson y Pelger introdujeron confiadamente una heredabilidad del 50 por ciento en su modelo del ojo. Esto era una suposición conservadora o “pesimista”. Comparada con una suposición más realista de, digamos, un 70 por ciento, una suposición pesimista tiende a incrementar el tiempo final estimado para que evolucione el ojo. Querían equivocarse por el lado de la sobreestimación, porque intuitivamente somos escépticos ante las estimaciones cortas del tiempo que tarda en evolucionar algo tan complicado como un ojo.

Por esa misma razón, eligieron valores pesimistas para el coeficiente de variación (esto es, cuánta variación hay típicamente en la población) y para la intensidad de la selección (la cantidad de ventaja en la supervivencia que confiere una visión mejorada). Llegaron incluso a suponer que cada generación nueva difería sólo en una parte del ojo al mismo tiempo: los cambios simultáneos en partes diferentes del ojo, algo que habría aumentado mucho la velocidad de la evolución, fueron prohibidos. Pero incluso con estas suposiciones conservadoras, el tiempo que tardó en evolucionar el ojo de un pez a partir de la piel lisa fue minúsculo: menos de 400.000 generaciones. Para el tipo de animales pequeños que estamos tratando, podemos suponer una generación por año, así que parece que tardaría menos de medio millón de años en evolucionar un buen ojo.

Bajo la luz de los resultados de Nilsson y Pelger, no es de extrañar que “el” ojo haya evolucionado al menos 40 veces de manera independiente por todo el reino animal. Ha habido suficiente tiempo para que evolucione desde la nada 1.500 veces en sucesión dentro de cualquier linaje individual. Suponiendo unas duraciones típicas para las generaciones de los animales pequeños, el tiempo que se necesita para la evolución de un ojo, lejos de aumentar la credulidad con su inmensidad, ¡resulta ser demasiado corto para que los geólogos lo puedan medir! Es un abrir y cerrar de ojos geológico.

 

Traducción: Gabriel Rodríguez Alberich

 

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Juan José Arreola – La mígala

9 de noviembre de 2009 · 1 Comentarios

 

 

Juan José Arreola

La mígala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a mi casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el  principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño  ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la mígala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la mi-gala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa mígala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia,  porque yo he consagrado a la mígala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas  más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la mígala.

Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero. Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

 

Confabulario

Editorial Planeta Mexicana, S.A. de C.V.

 

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Marcel Schwob – Palabras de Monelle

7 de noviembre de 2009 · 0 Comentarios

 

Leonor Fini - Monelle

 

Monelle me halló en el páramo en donde yo erraba y me tomó de la mano.

–No debes sorprenderte –dijo–, soy yo y no soy yo.

Volverás a encontrarme y me perderás;

Regresaré una vez más entre los tu­yos; pues pocos hombres me han visto y ninguno me ha comprendido;

Y me olvidarás, y me reconocerás, y me olvidarás.

Y Monelle dijo: Te hablaré de las pequeñas prostitutas, y conocerás el comienzo.

A los dieciocho años, Bonaparte el asesino se encontró a una pequeña prostituta bajo las puertas de hierro del Palais Royal. Tenía el semblante pálido y temblaba de frío. Pero "había que vivir", dijo. Ni tú ni yo conocemos el nombre de aquella pequeña que Bonaparte llevó a su cuarto del hotel de Cherbourg, en una noche de noviembre. Ella era de Nantes, en Bretaña. Estaba débil y can­sada, su amante la había abandonado. Era simple y buena; un sonido muy dul­ce tenía su voz: de todo eso se acordó Bonaparte. Y pienso que después el re­cuerdo del sonido de su voz lo emocio­nó hasta las lágrimas, y que la buscó lar­go tiempo en las noches de invierno, pero no volvió a verla jamás.

Pues tienes que saber que las peque­ñas prostitutas no salen más que una vez de la muchedumbre nocturna por una tarea de bondad. La pobre Anne se acercó a Thomas de Quincey, el come­dor de opio, que desfallecía en Oxford Street bajo las grandes lámparas de aceite. Húmedos sus ojos, ella le acercó a los labios un vaso de vino dulce, lo abrazó y lo mimó. Después se sumió otra vez en la noche. Quizá murió al poco tiempo. Tosía, dice De Quincey, la última noche que la vi. Tal vez vagaba todavía por las calles; no obstante la pa­sión de su búsqueda, y por mucho que soportó las risas de aquellos a quienes se dirigía, Anne se había perdido para siempre. Cuando tuvo más tarde una casa caliente, a menudo pensó, entre lá­grimas, que la pobre Anne habría podi­do vivir allí a su lado; en lugar de ello se la representaba enferma, o moribunda, o desamparada, en la insondable ne­grura de un burdel londinense, y se ha­bía llevado consigo todo la amorosa piedad de su corazón.

Mira, ellas profieren un grito de compasión por ustedes, y les acari­cian la mano con su mano descarna­da. No los comprenden a menos que sean muy desdichados; lloran con us­tedes y los consuelan. La pequeña Nelly vino hacia el convicto Dostoievski desde su casa abyecta; de­sahuciada de fiebre, lo miró largo ra­to con sus grandes y negros ojos trémulos. La pequeña Sonia (existió, como todas las otras) abrazó al asesi­no Rodión después de la confesión de su crimen: "¡Usted está perdido!", di­jo con un acento desesperado. Y de pronto se alzó para arrojarse a su cuello y abrazarlo... "¡No, no hay ahora mismo sobre la tierra un hom­bre más desgraciado que tú!", gimió en un arranque de piedad, y estalló de repente en sollozos.

Como Anne y como aquella que ca­rece de nombre y se acercó al joven y triste Bonaparte, la pequeña Nelly se hundió en la niebla. Qué fue de la pe­queña Sonia, pálida y descarnada, Dostoievski no lo ha dicho. Ni tú ni yo sa­bemos si pudo ayudar a Raskolnikov hasta el final en su expiación. Yo no lo creo. Se fue muy dulcemente entre sus brazos, tras demasiado sufrir y dema­siado amar.

Ninguna de ellas, debes saberlo, puede quedarse con ustedes. Estarían demasiado tristes y les da vergüenza quedarse. Cuando ustedes ya no lloran, ellas no se atreven a mirarlos. Les enseñan la lección que han de ense­ñarles, y se van. Vienen a través del frío y la lluvia a besarlos en la frente y enjugar sus ojos y las horribles tinie­blas vuelven a atraparlas. Pues deben tal vez irse a otra parte.

Ustedes no las conocen sino mientras ellas los compadecen. No hay que pensar otra cosa. No hay que pensar en lo que ellas han podido hacer en las tinieblas. Nelly en la horrible casa, Sonia borracha en un banco del bulevar, Anne devol­viendo el vaso vacío al tabernero en una calleja obscura tal vez fueran crueles, obs­cenas. Son criaturas de carne. Han salido de un sombrío callejón para dar un beso bajo la lámpara encendida de la calle. En ese momento eran divinas.

Todo lo demás hay que olvidarlo.

Monelle guardó silencio y me miró: Yo he salido de la noche, dijo, y a ella regresaré. Porque yo también soy una pequeña prostituta.

Y Monelle dijo:

Tengo piedad de ti, tengo piedad de ti, amado mío.

Sin embargo, volveré a entrar en la noche; pues es preciso que me pierdas, antes de recobrarme. Y si me recuperas, otra vez escaparé de ti.

Porque soy la que está sola.

Y Monelle dijo:

Debido a que estoy sola, me darás el nombre de Monelle. Pero tendrás pre­sente que tengo todos los otros nombres.

Y soy esta y aquella, y la que no tie­ne nombre.

Y te llevaré entre mis hermanas, que son yo misma, y se asemejan a prostitu­tas sin inteligencia;

Y las verás atormentadas de egoís­mo, de voluptuosidad, de crueldad y de orgullo, de paciencia y piedad, pues no se han hallado todavía;

Y las verás ir a buscarse a lo lejos;

Y tú mismo me encontrarás y yo me encontraré a mí misma; y me perderás y te perderé.

Pues soy la que se ha perdido no bien es encontrada.

Y Monelle dijo:

Ese día una mujercita te tocará con su mano y huirá;

Porque todas las cosas son fugiti­vas; pero Monelle es la más fugitiva de todas.

Y antes de que vuelvas a encontrar­me, en este páramo te enseñaré y tú es­cribirás el libro de Monelle.

Y Monelle me tendió una tablilla ahuecada en la que ardía una brizna rosada.

–Toma esta antorcha –dijo– y quema. Quema todo sobre la tierra y en el cielo. Y quiebra la tablilla y apágala cuando todo esté quemado, pues nada debe ser transmitido;

A fin de que seas el segundo nartecóforo y que destruyas por el fuego y que el fuego descendido del cielo vuel­va a ascender al cielo.

Y Monelle dijo: Te hablaré de la destrucción.

Esa es la palabra: Destruye, destruye, destruye. Destruye en ti mismo y a tu alrededor. Haz lugar para tu alma y pa­ra las otras almas.

Destruye todo bien y todo mal. Los escombros son semejantes.

Destruye los antiguos domicilios de hombres y los antiguos domicilios de almas; las cosas muertas son espejos que deforman.

Destruye, porque toda creación pro­cede de la destrucción.

Y para la bondad superior hay que aniquilar la bondad inferior. Y así el nuevo bien se presenta saturado de mal.

Y para imaginar un nuevo arte, hay que quebrantar el arte antiguo. Y así el arte nuevo parece una suerte de iconoclastia.

Porque toda construcción está hecha de vestigios, y en este mundo no hay nada nuevo excepto las formas.

Y Monelle dijo: Te hablaré de la formación.

El deseo mismo de lo nuevo no es si­no la ambición del alma que anhela formarse.

Y las almas rechazan las formas an­tiguas, lo mismo que las serpientes su antigua piel.

Y los pacientes recolectores de viejas pieles de serpiente afligen a las jóvenes serpientes porque poseen un poder mágico sobre ellas.

Porque aquel que detenta las anti­guas pieles de serpiente impide a las jó­venes serpientes transformarse.

Es por eso que las serpientes desollan sus cuerpos en el verde socavón de una profunda espesura; y una vez al año se reúnen las jóvenes en círculo y queman las viejas pieles.

Parécete, pues, a las estaciones des­tructoras y formadoras.

Construye tú mismo tu casa y qué­mala tú mismo.

No arrojes escombros a tus espaldas; que cada uno se valga de sus propios despojos.

No construyas jamás en la noche pa­sada. Deja que tus edificios escapen a la deriva.

Contempla nuevos edificios en los más mínimos impulsos de tu alma.

Para todo deseo nuevo, engendra dio­ses nuevos.

Y Monelle dijo: Te hablaré de los dioses.

Deja morir a los dioses antiguos; no te quedes sentado, como una plañidera al lado de sus tumbas;

Porque los antiguos dioses se levan­tan de sus sepulcros;

Y no protejas a los dioses jóvenes envolviéndolos en cintas;

Que todo dios se alce, no bien creado;

Que toda creación perezca, no bien creada;

Que el viejo dios ofrezca su creación al dios joven para que sea triturada por él;

Que todo dios sea dios del momento.

Y Monelle dijo: Te hablaré de los momentos.

Mira todas las cosas bajo el aspecto del momento.

Deja ir tu yo a merced del momento.

Piensa en el momento. Todo pensa­miento que perdura es contradicción.

Ama el momento. Todo amor que perdura es odio.

Sé sincero con el momento. Toda sin­ceridad que perdura es mentira.

Sé justa para con el momento. To­da justicia que perdura es injusticia.

Actúa para con el momento. Toda acción que perdura es un reino muerto.

Sé feliz con el momento. Toda felici­dad que perdura es desventura.

Ten respeto por todos los momen­tos, y no tiendas lazos entre las cosas.

No retrases el momento: extenuarías una agonía.

Observa: todo momento es una cu­na y un ataúd: que toda vida y toda muerte te resulten extrañas y nuevas.

Y Monelle dijo: Te hablaré de la vida y de la muerte.

Los momentos se asemejan a basto­nes mitad blancos y mitad negros;

No arregles tu vida mediante dibu­jos hechos con las mitades blancas. Pues de inmediato toparás los dibujos con las mitades negras;

Que cada negrura esté transida de la espera de la blancura futura.

No digas: vivo ahora, moriré maña­na. No partas la realidad entre vida y muerte. Di: ahora vivo y muero.

Escancia en cada momento la totali­dad positiva y negativa de las cosas.

La rosa del otoño prevalece una es­tación; cada mañana se abre; todas las noches se cierra.

Aseméjate a las rosas: ofrece tus ho­jas al arrebato de las voluptuosidades, al pisoteo de los dolores.

Que en ti todo éxtasis esté moribun­do, que toda voluptuosidad aspire a la muerte.

Que todo dolor pase por ti como un insecto que ha de levantar el vuelo. No te cierres sobre el insecto que carcome. No te enamores de esos cárabos negros. Que todo gozo pase por ti como un insecto que ha de levantar el vuelo. No te cierres sobre el insecto que succio­na. No te enamores de esas cetonias doradas.

Que toda inteligencia centellee y se apague en ti en el lapso de un relámpago.

Que tu dicha se divida en fulgura­ciones. Así tu parte de gozo será igual a la de los otros.

Ten del universo una contemplación de atomista.

No te resistas a la naturaleza. No apoyes contra las cosas los pies de tu al­ma. Que tu alma no dé vuelta la cara como el niño malo.

Anda en paz con la luz roja de la mañana y el resplandor gris del ano­checer. Sé el alba mezclada al ocaso.

Mezcla la vida con la muerte y diví­delas en momentos.

No esperes la muerte: ella está en ti. Sé su camarada y tenia contra ti; es co­mo tú mismo.

Muere de tu muerte; no codicies las muertes antiguas. Varía los géneros de muerte con los géneros de vida.

Ten por viva toda cosa incierta, y to­da cosa segura, por muerta.

Y Monelle dijo: Te hablaré de las co­sas muertas.

Quema cuidadosamente a los muer­tos, y desparrama sus cenizas a los cua­tro vientos del cielo.

Quema cuidadosamente las acciones pasadas, y apisona las cenizas; pues el fé­nix que renacería de ellas sería el mismo. No juegues con los muertos y no acaricies sus rostros. No te rías de ellos y no llores sobre ellos: olvídalos.

No te fíes de las cosas pasadas. No te ocupes para nada en construir be­llos ataúdes para los momentos pasa­dos: piensa en matar los momentos porvenir.

Desconfía de todos los cadáveres.

No abraces a los muertos: ellos as­fixian a los vivos.

Consagra a las cosas muertas el res­peto que se debe a las piedras de cons­trucción.

No manches tus manos en la exten­sión de las líneas gastadas. Purifica tus dedos en aguas nuevas.

Respira el hálito de tu boca y no as­pires los alientos muertos.

No contemples las vidas pasadas más que tu vida pasada. No colecciones sobres vacíos.

No lleves en ti ningún cementerio. Los muertos producen pestilencia.

Y Monelle dijo: Te hablaré de tus acciones.

Que toda copa de barro transmitida se pulverice entre tus manos. Rompe toda copa en la que hayas bebido.

Sopla sobre la lámpara de vida que el corredor te alcanza. Pues toda lám­para antigua hace humo.

No te legues nada a ti mismo, ni pla­cer, ni dolor.

No seas esclavo de ninguna vesti­menta, ni de alma ni de cuerpo.

No golpees nunca con la misma cara de la mano.

No te contemples en la muerte; deja ir tu imagen en el agua que corre.

Huye de las ruinas y no llores en me­dio de ellas.

Cuando por la noche te quites tus ropas, desvístete de tu alma de la jor­nada; desnúdate en todos los mo­mentos.

Toda satisfacción te parecerá mortal. Azótala de antemano.

No digieras los días pasados: nútrete de las cosas futuras.

No confieses las cosas pasadas, por­que están muertas; confiesa ante ti las cosas futuras.

No desciendas a recoger las flores junto al camino; conténtate con toda apariencia. Pero abandona la aparien­cia, y no te vuelvas.

Nunca te vuelvas: detrás de ti llega el jadeo de las llamas de Sodoma, y muda­rías en estatua de lágrimas petrificadas.

No mires detrás de ti. No mires de­masiado adelante. Si miras en ti, que todo sea blanco.

No te sorprendas de nada por la comparación del recuerdo, sorpréndete de todo por la novedad de la ig­norancia.

Sorpréndete de todo; pues todo es diferente en la vida y semejante en la muerte.

Construye en las diferencias; destru­ye en las similitudes.

No te dirijas hacia permanencias; no están ni en la tierra ni en el cielo.

Siendo la razón permanente, tú la destruirás, y dejarás que tu sensibilidad se transforme.

No tengas miedo de contradecirte: no existe contradicción en el momento.

No ames tu dolor; pues no durará.

Considera tus uñas que crecen, y las pequeñas escamas de tu piel que caen.

Sé olvidadizo de todo.

Con un punzón acerado te ocuparás de matar pacientemente tus recuerdos, tal como el antiguo emperador mataba las moscas.

No hagas durar tu felicidad por el recuerdo hasta el porvenir.

No te acuerdes y no preveas.

No digas: trabajo para adquirir; tra­bajo para olvidar. Sé olvidadizo de la adquisición y del trabajo.

Álzate contra todo trabajo; contra toda actividad que exceda el momento, álzate.

Que tu marcha no vaya de un lado a otro; porque no existe tal cosa; pero que cada uno de tus pasos sea una pro­yección restablecida.

Borrarás con tu pie izquierdo la huella de tu pie derecho.

Desconócete a ti mismo.

No te preocupes por tu libertad: ol­vídate de ti mismo.

Y Monelle dijo: Te hablaré de mis palabras.

Las palabras son palabras mientras son dichas.

Las palabras conservadas están muer­tas y producen pestilencia.

Escucha mis palabras habladas y no ac­túes de acuerdo con mis palabras escritas.

Después de hablar así en el páramo, Monelle calló y se puso triste: porque debía sumirse otra vez en la noche.

Y de lejos me dijo: Olvídame y te se­ré restituida.

Miré por la planicie, y vi alzarse a las hermanas de Monelle.

 

 

 

En El libro de Monelle

Trad. Ariel Dilon

Buenos Aires, Lonseller, 2005

Imagen: Monelle de Leonor Fini

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Georges Bataille – El lenguaje de las flores

6 de noviembre de 2009 · 0 Comentarios

 

 

 

Georges Bataille Es vano considerar en el aspecto de las cosas únicamente los signos inteligibles que permiten distinguir elementos diversos. Lo que afecta a los ojos humanos no determina solamente el conocimiento de las relaciones entre los diferentes objetos, sino también cierto estado mental decisivo e inexplicable. De modo que la visión de una flor denota, es verdad, la presencia de esa parte definida de una planta; pero es imposible detenerse en ese resultado superficial: en efecto, la visión de la flor provoca en la mente reacciones de consecuencias mucho mayores debido a que expresa una oscura decisión de la naturaleza vegetal. Lo que revelan la configuración y el color de la corola, lo que descubren las máculas del polen o la lozanía del pistilo, sin duda no puede ser expresado adecuadamente por medio del lenguaje; sin embargo, es inútil desatender, como generalmente se hace, esa inexpresable presencia real y rechazar como un absurdo pueril ciertas tentativas de interpretación simbólica.

Que la mayoría de las yuxtaposiciones del lenguaje de las flores tienen un carácter fortuito y superficial es algo que se podría prever aun antes de consultar la lista tradicional.

Si el diente de león significa expansión, el narciso egoísmo o el ajenjo amargura, vemos la razón con demasiada facilidad. Obviamente no se trata de una adivinación del sentido secreto de las flores, y de inmediato discernimos la propiedad bien conocida o la leyenda que se debió utilizar. Por otro lado, en vano buscaríamos aproximaciones que manifiesten de una manera contundente la inteligencia oscura de las cosas que estamos considerando. Poco importa, en suma, que la aguileña sea el emblema de la tristeza, el dragón de los deseos, el nenúfar de la indiferencia... Parece oportuno reconocer que esas aproximaciones pueden ser renovadas a voluntad, y basta con reservar una importancia primordial a interpretaciones mucho más simples: como las que vinculan la rosa y el euforbio con el amor. Sin duda, no es que esas dos flores exclusivamente puedan designar el amor humano: aun si hay una correspondencia más exacta (como cuando se le hace decir al euforbio esta frase: "Usted ha despertado mi corazón", tan conmovedora, expresada por una flor tan equívoca), es a la flor en general, antes que a tal o cual de las flores, a la que se ha intentado atribuir el raro privilegio de declarar la presencia del amor.

Pero tal interpretación corre el riesgo de parecer poco sorprendente: en efecto, el amor puede ser considerado desde el principio como la función natural de la flor. De modo que la simbolización se debería también en este caso a una propiedad precisa, no al aspecto que afecta oscuramente la sensibilidad humana. No tendría entonces sino un valor puramente subjetivo. Los hombres habrían relacionado la eclosión de las flores y sus sentimientos debido a que en ambos casos se trata de fenómenos que preceden a la fecundación. El papel otorgado a los símbolos en las interpretaciones psicoanalíticas co-rroboraría además una explicación de ese orden. En efecto, casi siempre es una relación accidental lo que da cuenta del origen de las sustituciones en los sueños. Es bastante conocido, entre otros, el sentido dado a los objetos según sean puntiagudos o huecos.

Nos libraríamos así fácilmente de una opinión según la cual las formas exteriores, ya sean seductoras u horribles, revelarían en todos los fenómenos algunas decisiones capitales que las decisiones humanas se limitarían a amplificar. De modo que se debería renunciar inmediatamente a la posibilidad de sustituir la palabra por el aspecto como elemento del análisis filosófico. Pero sería sencillo mostrar que la palabra sólo permite considerar en las cosas los caracteres que determinan una situación relativa, es decir, las propiedades que permiten una acción exterior. No obstante, el aspecto introduciría los valores decisivos de las cosas...

En lo que concierne a las flores, se advierte en primer término que su sentido simbólico no deriva necesariamente de su función. Es evidente, en efecto, que si se expresa el amor por medio de una flor, será la corola, antes que los órganos útiles, la que se vuelva signo del deseo.

Pero también puede oponerse una objeción capciosa a la interpretación a partir del valor objetivo del aspecto. En efecto, la sustitución de elementos esenciales por elementos yuxtapuestos concuerda con todo lo que sabemos espontáneamente sobre los sentimientos que nos animan, ya que el objeto del amor humano nunca es el órgano, sino la persona que le sirve de soporte. Así sería fácilmente explicable la atribución de la corola al amor: si el signo del amor es desplazado del pistilo y de los estambres a los pétalos que los rodean, es porque la mente humana está habituada a realizar ese desplazamiento cuando se trata de personas. Pero aunque haya un paralelismo indiscutible entre ambas sustituciones, habría que imputarle a alguna Providencia pueril una preocupación singular por responder a las manías de los hombres: cómo explicar en efecto que esos elementos de ostentación que automáticamente sustituyen en la flor a los órganos esenciales se hayan desarrollado precisamente de una manera brillante. Evidentemente sería más simple reconocer las virtudes afrodisíacas de las flores, cuyo aroma y cuya contemplación despiertan desde hace siglos los sentimientos amorosos de las mujeres y los hombres. En la primavera algo se propaga en la naturaleza de una manera rebosante, de la misma manera que los estallidos de risa aumentan progresivamente, cada uno provocando o haciéndose eco del otro. Muchas cosas pueden transformarse en las sociedades humanas, pero nada prevalecerá contra una verdad tan natural: que una hermosa muchacha o una rosa roja significan el amor.

Una reacción totalmente inexplicable, totalmente inmutable, atribuye a la muchacha y a la rosa un valor muy diferente: el de la belleza ideal. Existe en efecto una multitud de flores bellas, incluso la belleza de las flores es menos rara que la de las muchachas y es característica de ese órgano de la planta. Sin duda, es imposible dar cuenta por medio de una fórmula abstracta de los elementos que pueden darle esa cualidad a la flor. Sin embargo, no deja de ser interesante observar que cuando se dice que las flores son bellas es porque parecen conformes a lo que debe ser, es decir, porque representan, porque son el ideal humano.

Al menos a primera vista y en general: en efecto, la mayoría de las flores sólo tienen un desarrollo mediocre y apenas se distinguen del follaje, algunas incluso son desagradables cuando no repulsivas. Por otra parte, las flores más bellas se deslucen en el centro por la mácula velluda de los órganos sexuados. De modo que el interior de una rosa no se corresponde para nada con su belleza exterior, y si uno arranca hasta el último de los pétalos de la corola, no queda más que una mata de aspecto sórdido. Es cierto que otras flores presentan estambres muy desarrollados, de innegable elegancia, pero si una vez más apeláramos al sentido común, notaríamos que esa elegancia es demoníaca: como ciertas orquídeas carnosas, plantas tan ambiguas que se ha intentado atribuirles las más turbias perversiones humanas. Pero aun más que por la suciedad de los órganos, la flor es traicionada por la fragilidad de su corola: de modo que lejos de responder a las exigencias de las ideas humanas, es el signo de su fracaso. En efecto, tras un período de esplendor muy corto, la maravillosa corola se pudre impúdicamente al sol, convirtiéndose así para la planta en una escandalosa deshonra. Extraída de la pestilencia del estiércol, aunque haya parecido escapar de allí en un impulso de pureza angelical y lírica, la flor parece bruscamente retornar a su basura primitiva: la más ideal es rápidamente reducida a un andrajo de inmundicia aérea. Porque las flores no envejecen honestamente como las hojas, que no pierden nada de su belleza aun después de que han muerto: se marchitan como viejas remilgadas y demasiado maquilladas y revientan ridículamente sobre los tallos que parecían llevarlas a las nubes.

Es imposible exagerar las oposiciones tragicómicas que se destacan a lo largo de ese drama de la muerte indefinidamente representado entre tierra y cielo, y es evidente que sólo podemos parafrasear ese duelo irrisorio introduciendo, no tanto como una frase sino más exactamente como una mancha de tinta, esta empalagosa banalidad: que el amor tiene el aroma de la muerte. En efecto, pareciera que el deseo no tiene nada que ver con la belleza ideal, o más exactamente que se ejerce únicamente para ensuciar y ajar esa belleza que para tantas mentes sombrías y ordenadas no es más que un límite, un imperativo categórico. Concebiríamos así la flor más admirable, sin seguir el palabrerío de los viejos poetas, no como la expresión más o menos insulsa de un ideal angélico, sino todo lo contrario, como un sacrilegio inmundo y resplandeciente.

Hay que insistir en la excepción que al respecto representa la flor en la planta. Efectivamente, en su conjunto, la parte exterior de la planta -si seguimos aplicando el método de interpretación que introdujimos aquí- reviste una significación sin ambigüedad. El aspecto de los tallos cubiertos de hojas suscita generalmente una impresión de potencia y de dignidad. Sin duda, las locas contorsiones de los zarcillos, los singulares desgarramientos del follaje, atestiguan que no todo es uniformemente correcto en la impecable erección de los vegetales. Pero nada contribuye más fuertemente a la paz del corazón, a la elevación espiritual y a las grandes nociones de justicia y de rectitud que el espectáculo de los campos y de los bosques, y las partes ínfimas de la planta, que manifiestan a veces un verdadero orden arquitectónico, contribuyen a la impresión general. Pareciera que ninguna fisura, podríamos decir estúpidamente que ningún gallo, perturba de manera notable la armonía decisiva de la naturaleza vegetal. Las mismas flores, perdidas en ese inmenso movimiento del suelo hacia el cielo, quedan reducidas a un papel episódico, a una diversión además aparentemente incomprendida: no pueden más que contribuir, rompiendo la monotonía, a la seducción ineluctable producida por el impulso general de abajo hacia arriba. Y para destruir la impresión favorable, haría falta nada menos que la visión fantástica e imposible de las raíces que hormiguean bajo la superficie , repugnantes y desnudas como lombrices.

En efecto, las raíces representan la contrapartida perfecta de las partes visibles de la planta. Mientras que éstas se elevan noblemente, aquéllas, innobles y viscosas, se revuelcan en el interior del suelo, enamoradas de la podredumbre como las hojas de la luz. Hay que señalar además que el valor moral indiscutido del término bajo es solidario con esta interpretación sistemática del sentido de las raíces: lo que está mal es necesariamente representado en el orden de los movimientos por un movimiento de arriba hacia abajo. Es un hecho imposible de explicar si no se atribuye una significación moral a los fenómenos naturales, de los cuales se ha tomado dicho valor precisamente en razón del carácter evidente del aspecto, signo de los movimientos decisivos de la naturaleza.

Por otra parte, parece imposible eliminar una oposición tan flagrante como la que diferencia el tallo de la raíz. Una leyenda en particular comprueba el interés mórbido que siempre existió, más o menos acentuado, hacia las partes que se hundían en la tierra. Sin duda, la obscenidad de la mandrágora es fortuita, como lo son la mayoría de las interpretaciones simbólicas particulares, pero no es casual que una acentuación de ese orden que tiene como consecuencia una leyenda de carácter satánico se refiera a una forma evidentemente innoble. Por otro lado, son conocidos los valores simbólicos de la zanahoria y del nabo.

Era más difícil mostrar que la misma oposición aparecía en un punto aislado de la planta, en la flor, donde adquiere una significación dramática excepcional.

No puede presentarse duda alguna: la sustitución por formas naturales de las abstracciones generalmente empleadas por los filósofos parecerá no solamente extraña, sino absurda. Probablemente importe bastante poco que los mismos filósofos a menudo hayan debido recurrir, si bien con repugnancia, a términos que toman su valor de la producción de esas formas en la naturaleza, como cuando hablan de bajeza. Ninguna obcecación estorba cuando se trata de defender las prerrogativas de la abstracción. Esa sustitución correría además el riesgo de llevar muchas cosas demasiado lejos: en primer lugar, de allí resultaría una sensación de libertad, de libre disponibilidad de uno mismo en todos los sentidos, absolutamente insoportable para la mayoría; y un escarnio perturbador de todo aquello que, gracias a miserables elusiones, aún es elevado, noble, sagrado... Todas esas cosas bellas, ¿no correrían el riesgo de verse reducidas a una extraña puesta en escena destinada a consumar los sacrilegios más impuros? Y el gesto inquietante del marqués de Sade encerrado con los locos, que se hacía llevar las más bellas rosas para deshojar sus pétalos sobre el estiércol de una letrina, ¿no cobraría en tales condiciones un alcance abrumador?

 

Extraído de Bataille, Georges (2003): La conjuración sagrada: ensayos 1929-1939, Buenos Aires, Adriana Hidalgo.

 

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Malleus Maleficarum – Sobre la manera en que se establece el pacto formal con el Demonio

1 de noviembre de 2009 · 0 Comentarios

 

 

 

El método con que profesan su sacrilegio mediante un franco pacto de fidelidad a los demonios varia según las distintas prácticas a que son adictas las diferentes brujas. Y para entender esto debe señalarse, ante todo, que existen, como se mostró en la Primera Parte de este Tratado, tres tipos de brujas, a saber: las que dañan pero no pueden curar; las que curan, pero, por algún extraño pacto con el diablo, no pueden dañar; y las que dañan y curan. Y entre quienes dañan, se destaca una clase en especial, que puede ejecutar todo tipo de brujerías y encantamientos, que abarcan todo lo que las otras, cada una por separado, pueden hacer. Por lo tanto, si describimos el método de profesión en su caso, también bastará para todos los otros tipos. Y esta clase está compuesta de aquellas que, contra todos los instintos de la naturaleza humana o animal, tienen la costumbre de comer y devorar a los niños de su propia especie.

 

malleus

Y esta es la clase más poderosa de brujas, que practica además muchísimos otros encantamientos Pues provocan granizo y graves tempestades y rayos; causan esterilidad en los hombres y animales; ofrecen a los demonios, o matan de otras maneras, los niños que no devoran. Pero éstos son sólo los niños que no han renacido por bautismo en la fuentes porque no pueden devorar a los bautizados, ni a ninguno sin permiso de Dios. Además, y a la vista de sus padres, y cuando nadie más está presente, pueden arrojar al agua a los niños que caminan junto a ella; hacen que los caballos enloquezcan bajo sus jinetes; pueden trasportarse de lugar en lugar, por el aire, en el cuerpo o en la imaginación; pueden afectar a jueces y magistrados, de manera que no les hagan daño; pueden hacer que ellas mismas y otros guarden silencio bajo tortura; pueden provocar un gran temblor en las manos y horror en la mente de quienes quieran arrestarlas; pueden mostrar a otros cosas ocultas y ciertos acontecimientos futuros, por información de los demonios, aunque a veces esto tenga una causa natural (véase la pregunta: de si los diablos pueden predecir el futuro, en el Segundo libro de sentencias); pueden ver cosas ausentes como si estuviesen presentes; pueden llevar la mente de los hombres hacia un amor u odio desmesurado; en ocasiones pueden herir con un rayo a quien les plazca, e inclusive matar a algunos hombres y animales; pueden eliminar el efecto de los deseos de engendrar, e inclusive el poder de copulación, provocar abortos, matar a los niños 'en el útero materno por un simple contacto exterior; en oportunidades pueden embrujar a hombres y animales con una simple mirada, sin tocarlos, y causar la muerte; dedican sus propios hijos a los demonios; y en una palabra, como se dijo, pueden provocar todas las pestes que las otras brujas sólo pueden causar en parte, es decir, cuando la Justicia de Dios así lo permite. Esta, la más poderosa de todas las clases de brujas, puede hacer todas esas cosas, pero no deshacerlas.

Pero es común en todas ellas practicar la copulación carnal con los demonios; por lo tanto, si mostramos el método que usa esta clase principal en su profesión de su sacrilegio, cualquiera puede entender con facilidad el método de las otras clases.

Existían tales brujas últimamente, hace treinta años, en el distrito de Saboya, hacia el Estado de Berna, como nos lo dice Nider en su Formicarius. Y ahora hay algunas en el distrito de Lombardía, en los dominios del duque de Austria, donde el Inquisidor de Como, como dijimos en la parte anterior, hizo quemar a cuarenta y una brujas en un año; y tenía cincuenta y cinco de edad, y aún sigue trabajando en la Inquisición.

Ahora bien, el método de protección es doble. Uno es una ceremonia solemne, como un voto solemne. El otro es privado y puede ser hecho al demonio a cualquier hora, a solas. El primer método es cuando las brujas se reúnen en cónclave, en un día prefijado, y el demonio se les aparece en el cuerpo de un hombre, y las insta a tener fe en él, y les promete prosperidad mundana y larga vida; y ellas recomiendan a una novicia a su aceptación. Y el demonio pregunta si abjurará de la Fe, y abandonará la santa religión cristiana y la adoración de la Mujer Anómala (pues así llaman a la Santísima Virgen MARIA), y jamás venerará los Sacramentos; y si ve que la novicia o el discípulo se muestran dispuestos, el demonio extiende la mano, lo mismo que la novicia, y ésta jura, con la mano levantada, cumplir con el pacto. Y hecho esto, el diablo agrega en seguida que no es suficiente; y cuando el discípulo pregunta qué más debe hacerse, el diablo exige el siguiente juramento de homenaje: que ella se le entregue en cuerpo y alma, para siempre, y que haga lo posible por atraer a otras de su sexo a su poder. Y por último añade que debe preparar ciertos ungüentos con los huesos y miembros de niños, en especial de los que han sido bautizados; por todos cuyos medios podrá cumplir con todos sus deseos, con la ayuda de él.

Los Inquisidores hemos tenido experiencias creíbles acerca de este método en el pueblo de Breisach, en la diócesis de Basilea, y recibimos plena información de una joven bruja que había sido convertida y cuya tía también fue quemada en la diócesis de Estrasburgo. Y añadió que se había convertido en bruja por el método con que su tía trató primero de seducirla.

Porque un día su tía le ordenó que subiese con ella, y por su orden entrara en una habitación en la cual encontró a quince jóvenes ataviados con ropas verdes, según la manera de los caballeros alemanes. Y la tía le dijo: elige a quien quieras de entre estos jóvenes, que yo te lo daré; y él te tomará por esposa. Y cuando dijo que no quería a ninguno de ellos, fue castigada con brutalidad y después se la inició según la mencionada ceremonia. También dijo que con frecuencia se la transportaba de noche con su tía, a lo largo de enormes distancias, aun desde Estrasburgo hasta Colonia.

Cuando se le preguntó si viajaban sólo en imaginación y fantasía, por una ilusión de los demonios, respondió que lo hacían de las dos maneras. Dijo también que los mayores daños eran los infligidos por las comadronas, porque estaban obligadas a matar u ofrecer a los demonios tantos niños como fuese posible; y que había sido castigada intensamente por su tía porque abrió un jarro secreto y encontró las cabezas de muchos niños. Y mucho más nos relató, luego de jurar que decía la verdad, como era adecuado.

Y su relato sobre el método de profesar la fe del demonio coincide sin duda con lo que escribió el eminentísimo doctor Johann Nider, quien aun en nuestra época ha escrito en forma muy esclarecedora; y puede señalarse en especial que nos dice lo siguiente, que supo por un Inquisidor de la diócesis de Edua, quien llevó a cabo muchas inquisiciones de brujas en ésa diócesis, e hizo quemar a muchas.

Pues dice que este Inquisidor le dijo que en el ducado de Lausanne ciertas brujas habían cocido y comido a sus propios hijos, y que el siguiente era el método en que se iniciaban en tales prácticas. Las brujas se reunían, y por sus artes convocaban a un demonio en forma de hombre, a quien la novicia era obligada a jurar que renegaba de la religión cristiana, que jamás adoraría la Eucaristía, y a pisar la Cruz siempre que pudiese. hacerlo en secreto.

He aquí otro ejemplo de la misma fuente. Hace poco hubo un informe general, llevado a conocimiento de Pedro, el Juez de Boltingen, de que trece niños habían sido devorados en el Estado de Berna, y que la justicia pública ejerció una venganza total sobre los asesinos. Y cuando Pedro preguntó a una de las brujas cautivas de qué manera comían a los niños, ella respondió: "Esta es la manera. Ante todo tendemos nuestras trampas. a niños no bautizados, e inclusive a los bautizados, en especial cuando no han sido protegidos por el signo de la Cruz y las oraciones (lector, advierte que, por orden del demonio, toman ante todo a los no bautizados, para que no puedan llegar a serlo), y con nuestros hechizos los matamos en la cuna, o aun cuando duermen junto a sus padres, de tal modo que después se cree que han fallecido o muerto de alguna muerte natural. Entonces, en secreto, los sacamos de sus tumbas, y los cocemos en un caldero, hasta que toda la carne se desprende de los huesos para hacer una sopa que puede beberse con facilidad. Con la sustancia más sólida hacemos un ungüento, que tiene la virtud de ayudarnos en nuestras artes y placeres, y de nuestros viajes, y con el liquido llenamos un frasco u odre, y quien bebe de él, con el agregado de algunas otras ceremonias, adquiere en seguida muchos conocimientos y se convierte en jefe de nuestra secta".

He aquí otro ejemplo muy claro y concreto. Un joven y su esposa, ambos brujos, fueron encarcelados en Berna; y el hombre, encerrado a solas, aparte de ella, en otra torre, dijo: "Si pudiese obtener perdón por mis pecados, declararía de buen _a gana todo lo que conozco sobre la brujería; pues veo que debería morir. Y cuando los escribientes, informados que se encontraban allí le dijeron que podía obtener el perdón total si me arrepentía de veras, con alborozo se resignó a la muerte, y reveló el método por medio del cual había sido afectado por su herejía. "La siguiente -dijo- es la manera en que se me sedujo. Primero es necesario que, un domingo antes de la consagración del Agua Bendita, el novicio entre en la iglesia con los maestros, y en su presencia niegue a Cristo, su Fe, el bautismo y la iglesia toda. Y luego debe rendir homenaje al Pequeño Maestro, pues así, y no de otro modo, llaman al demonio." Aquí es preciso advertir que este método coincide con los ya narrados; pues carece de importancia que el diablo esté presente o no, cuando se le rinde homenaje. Pues lo hace en su astucia, al percibir el temperamento del novicio, quien podría asustare con su presencia y retractarse de sus votos, en tanto que quienes lo conocen encuentran más fácil persuadirlo. Y por lo tanto lo llaman Pequeño Maestro cuando está ausente, para que, por el aparente desdén a su Maestro, el novicio experimente menos temor. "Y luego bebe del odre, que ya se mencionó, y en el acto siente dentro de sí un conocimiento de todas las nuestras artes, y el entendimiento de nuestros ritos y ceremonias. -Y de este modo se me sedujo. Pero creo que mi esposa es tan obstinada, que preferirá ir a la hoguera antes que confesar la menor parte de la verdad: mas, ¡ay!, los dos somos culpables." -Y como dije el joven, así ocurrió en todos los aspectos.

Pues el joven confesó y fue visto morir en la máxima contrición; pero la esposa, aunque convicta por los testigos, no quiso confesar la verdad, ni bajo tortura ni en la muerte misma, y cuando en hoguera fue preparada por el carcelero, lo maldijo con las palabras más terribles, y así ardió. Y con estos ejemplos resulta claro su método de iniciación en cónclave solemne.

El otro método privado se ejecuta de diversas maneras. Pues a veces, cuando los hombres o las mujeres han padecido alguna dolencia corporal o temporal, se les aparece el demonio, en ocasiones en persona, y en oportunidades les habla por boca de otro; y promete que, si aceptan sus consejos, hará por ellos lo que deseen. Pero empieza por cosas pequeñas, como se dijo antes, y pasa poco a poco a las cosas mayores. Podríamos mencionar muchos ejemplos que han llegado a nuestro conocimiento en la Inquisición, pero como este tema no ofrece dificultad, se lo puede incluir brevemente con los temas anteriores.

 

Heinrich Kramer y Jacob Sprenger

Malleus Maleficarum (El martillo de las brujas), 1486

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