23 de mayo de 2008

Blanca Varela - Sin fecha


                  a Kafka

Suficientes razones, suficientes razones para colocar primero
un pie y luego otro.
Bajo ellos, no más grande que ellos ni más pequeña, la
inevitable sombra que se adelanta y      voltea la esquina, a
tientas.
Suficientes razones, suficientes razones para desandar,
descaer, desvolar.
Suficientes razones para mirar por la ventana. Para observar
la mano que cuenta a oscuras los dedos de otra mano.

Poderosas razones para antes y después. Poderosas razones
durante.
La hoja de afeitar enmohecida es el límite.
Lasciate ogni speranza voi ch'entrate.
No se retorna de ningún lugar. Y la regla torcida lo confirma
sobre el aire totalmente recto,      como un cadáver.
Y hay otras.
Palidez, sobresalto, algo de náusea.
Misterioso, obsceno chasquido del vientre que canta lo que
no sabe.
La luz a pleno cuerpo, como un portazo. Adentro y afuera.
No se sabe dónde.
Y las demás. ¿Existen?  
            

Infinitas para la duda, evidentes para la sospecha.
Dejarse arrastrar contra la corriente, como un perro.
Aprender a caminar sobre la viga podrida.
En la punta de los pies. Sobre la propia sombra.
No más grande que ellos ni más pequeña.

Uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno.
Uno atrás, otro adelante.
Contra la pared, boca abajo, en un rincón.
Temblando, con un lívido resplandor bajo los pies, no más
grande que ellos ni más      pequeño.
Tal vez, tal vez la estancada eternidad que algún alma
inocente confunde con su      propio excremento.

Malolientes razones en la boca del túnel.
Y a la salida.
A la postre tantas razones como cuellos existen.

Defenderse del incendio con un hacha. Del demonio con
un hacha, de dios con      un hacha.
Del espíritu y la carne con un hacha.

No habrá testigos.
Se nos ha advertido que el cielo es mudo.

A la más se escribirá, se borrará. Será olvidado.
Y ya no existirán razones suficientes para volver a colocar
un pie y luego el      otro.
No obstante, bajo ellos, no más grande que ellos ni más
pequeña, la      inevitable sombra se adelantará.
Y volteará la misma esquina. A tientas.

 

 

Lima, Perú, 1926

Cortesía de Isla Negra

 

 

19 de mayo de 2008

Lie Zi - Sombra


El maestro Lie Zi fue discípulo de Hu Qiu Zi Lin. Éste le dijo: "Si sabes mantenerte detrás, se podrá decir que conservas tu persona". Lie Zi le preguntó: "Me gustaría conocer qué es eso de mantenerse detrás.""Mira tu sombra y lo sabrás." Lie Zi se volvió y contempló su sombra. Cuando su cuerpo se inclinaba, la sombra se curvaba, y cuando se tenía erguido, la sombra aparecía recta. "De modo que la inclinación y la rectitud dependen del cuerpo y no de la sombra. Plegarse y estirarse debe hacerse en función de las circunstancias y no del propio yo: a esto se llama mantenerse detrás y encontrarse delante".

Del Libro de la Perfecta Vacuidad (Shuo Fu: Descifrar el mensaje)

18 de mayo de 2008

Luciano Tanto - Mujeres y supersticiones, por qué no




 

 

 Cualquier gas, suficientemente comprimido, se transforma en otra cosa.

                                                                       Pero Grullo, Obras completas



 

       Sophie-Victoire Delaborde, cuando no bailaba en teatros ínfimos, se dedicaba, lisa y llanamente, a la prostitución.

       Más tarde prosperó, y se hizo amante de gente importante, y en todo caso ya sólo debía prostituirse con una sola persona, su legítimo marido, protector y amante.

        De allí que le resultara fácil, llegado el momento, darle un buen consejo a su hija, empeñada en triunfar en el periodismo como medio de vida, aunque obligada -en cuanto mujer, en la París de 1830- a gastar una fortuna en lavandería y planchadoras, sin olvidar los sombreros, la colección de faldas, blusas, chaquetas y vestidos.

 

        -  "¿Por qué no te vistes de varón, como hacían conmigo cuando era niña? Es mucho más barato" (*)

        Su hija, Aurore Dupin, luego célebre como George Sand, entendió perfectamente la idea.    

        También el precio que implicaba y el reconocimiento de un hecho: ser varón, de los géneros posibles, era sin duda el más útil.        

 

         Esta breve y verídica historia ofrece una primera y clara pista encaminada a funcionar como respuesta a la pregunta de "por qué las mujeres...", que Isaías Garde tuvo la audacia de proponer como coartada para machacarnos con el Malleus..., esa invención de los esbirros de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, equivalente en su finalidad a lo que fue la invención de parte de la policía secreta de la Rusia zarista de "Los protocolos de los sabios ancianos de Sión", para culpabilizar a los judíos y usarlos como chivos expiatorios, pero en este caso dedicada a las mujeres. 

         

         Para comprender todas las implicaciones y significados de este episodio de la vida de George Sand -una mujer que elige ser hombre para disminuir el costo del peaje que la cultura masculina dominante le impone a su condición de género- lo primero que hay que decir es que hechos similares se repiten en todos los períodos de la historia. 

         El mito fundacional hay que rastrearlo sin embargo en la nebulosa de los momentos originarios de Occidente, en Grecia, y en una figura concreta, Clitemnestra: cruel, pérfida, violenta, adúltera y asesina.

         O sea, como dice Eva Cantarella(**), el prototipo de la infamia femenina.

          Así lo entendían los griegos, y así lo confirmó Esquilo 458 años antes de la era común, con la reducción de ese mito en forma de tragedia, La Orestíada, y su primera puesta en escena en Atenas.  

          Damos por cierto que los participantes de esta lista y ocasionales lectores conocen La Orestíada y las complicadas alternativas que se desarrollan a lo largo de sus tres partes, de lo que originalmente era una tetralogía.

          Pasemos directamente a su apoteosis (en su tercera acepción), cuando la diosa Atenea instituye el primer tribunal de la historia ateniense, el Areópago.

          Como sostienen los historiadores y ensayistas más ilustres, con esto concluye la era de le venganza y se inicia el mundo del derecho. 

          Pero, curiosamente, esto que debería ser un momento de alta civilización política, lo que hace en realidad es confirmar que el escenario donde la Humanidad seguirá desarrollando el interminable drama de su existencia, es básicamente un club de hombres.

          La violencia que induce Clitemnestra a través de su espíritu sediento de venganza es violencia de género, ya que se opone a la infelicidad que los hombres de la "polis" le imponen a las mujeres: esto determina ¿para siempre? las relaciones entre hombres y mujeres.

          Así lo determina la primera sentencia del Areópago, que absuelve a Orestes ya que "no es la madre la generadora de ese a quien se conoce comosu hijo; ella sólo es la nutriente del germen en ella inseminado. El generador, es aquel que la insemina...".

         Ya está: la mujer como contenedor, vehículo sin voluntad propia, instrumento al servicio del hombre en su noble tarea de asegurar la perpetuación de la especie.

          Este es el insigne fruto cultural de una convicción que venía serpeando a través de la historia. Desde los albores tribales y prácticamente hasta el presente.

           Por si no bastara, a la potencia de la dramaturgia de Esquilo se une el saber de Aristóteles. Es obvio, dice el filósofo, que las mujeres “también”  participan en la procreación: para la formación del embrión, junto al esperma concurre la sangre menstrual, pero con rol diverso. El esperma es sangre como el residuo menstrual pero más elaborado. Y sigue: la sangre no es otra cosa que el alimento que el organismo no expulsa; pero la mujer, con menor temperatura corporal, no logra cumplir la última transformación, que da origen al esperma. En la reproducción, es el semen masculino el que lleva su punto de "cocción" al residuo femenino, transformándolo así en un nuevo ser.

           A ver si nos entendemos, la mujer es indispensable, sí, pero como la carretilla que lleva los ladrillos para la construcción de una casa. 

           En síntesis, la mujer es materia, el hombre infunde el espíritu. Se oficializa de este modo la subalternidad de la mujer, teorización sobre la que se funda el nacimiento del derecho y del Estado.

           Otros "clubes masculinos", las religiones, se apropian y fomentan esta visión de la organización social. Sobre todo las iglesias "del libro" o "monoteístas" (una falsedad en lo que se refiere al Cristianismo, que canibaliza tradiciones romanas y propone una interminable colección de dioses menores en la figura de los santos y -de hecho- la multiplicidad de vírgenes, todos con idéntico poder para hacer milagros, sin olvidar esa idea fascinante y absurda generada por la escolástica medieval, la Trinidad que es una sola cosa).

            La idea es básicamente simple, fácil de entender. En las sociedades primitivas, el brujo, el científico, el sanador y el rey son la misma persona. El fundamento es la fuerza física y la ambición de poder, ejercidos con pertinaz exclusión de las mujeres, "subalternizadas" por la maternidad y amenidades afines.

            La mujer puede ser madre, esposa, amante, virgen, diosa, pero de ninguna manera persona.

            El espacio que le deja la civilización (el vocablo más equívoco de la historia), está perfectamente acotado, su rol es preciso, sus derechos específicos desconocidos.

            Condenada a la dependencia económica, a la ignorancia y la eterna amenaza de la desprotección, potencia sus dotes naturales -la compasión, el amor por la vida, la atención del enfermo y los hijos pequeños, etc.- transformados en virtudes curativas y de consolación. Significa que el enemigo asoma nuevamente bajo nuevas formas y actos, que habrá que transformar en delito.

             El poder criminaliza entonces estas dotes femeninas, invirtiendo su significación: la mujer se transforma en bruja, hechicera (que "hace cosas"), aliada del demonio y motivo lujurioso de la perdición del hombre, según explica la Biblia. 

             Los últimos juicios de la Inquisición española en América, se llevan a cabo a fines del s. XVIII en el norte de la Argentina (Tucumán). En la mayor parte de los casos son contra prácticas de medicina entendidas como brujería.

              A este punto es importante consignar la relación mujer-brujería-sexualidad. 

              Muy ilustrativo es un libro que deberían leer todas las mujeres, en especial las pías y creyentes devotas: Eunucos para el reino de los cielos. La Iglesia Católica y la sexualidad, Editorial Trotta, España (Eunuchen für das Himmelreich. Katholische Kirche und sexualitat). Lo publicó en 1988 la teóloga católica alemana Uta Ranke-Heinemann.

              Fue la primera(!) mujer habilitada por el Vaticano para enseñar teología en la Universidad, pero también la primera en ser alejada del magisterio por su interpretación histórica de los hechos de la iglesia, y su explicación de la concepción virginal de María en sentido estrictamente teológico y no biológico.

              El título del libro alude a la respuesta que la Biblia le atribuye a san Pablo -un encallecido misógino- sobre los motivos de la abstinencia sexual de los fundadores del Cristianismo, "eunucos" celestiales que cercenaban su sexualidad en beneficio de la divinidad.

              Una actitud que evoca la conocida opinión de Aldous Huxley sobre el tema: “de las perversiones sexuales, la abstinencia es sin dudas la peor”, posición que puede compartirse o no, pero que enfoca claramente lo antinatural del insólito sacrificio.

              Uta Ranke H. reúne material histórico sobre las raíces del pesimismo pre-cristiano en materia sexual (Grecia, como ya vimos, pero también Roma), que de su carácter médico y filosófico inicial (la abstinencia como templanza y virtud moral), pasa a ser motivo de pecado, por lo general provocado... por las mujeres.                        

              La guetización femenina (algo más de la mitad de la humanidad) es uno de los hechos más relevantes y negativos de la historia, que sólo en el s. XX logró alcanzar el necesario grado de escandalosa denuncia pública.

              Mientras la historia es un escenario masculino, y la presencia de la mujer es preferentemente crítica, o alude a su idealización, sólo las personas con cierto grado de instrucción conocen los nombres y los hechos de mujeres de altísimo valor intelectual, artistas, literatas, científicas. etc. 

               Un ejemplo. En ocasión del Bicentenario de la Revolución Francesa, y como tardío pero útil signo de los tiempos, a alguien se le ocurrió hacer una primera, tímida lista de mujeres (¡sólo escritoras!) importantes para la historia de Francia, una realidad obvia para cualquier otra especialidad, cultura o país, si las condiciones hubieran sido las necesarias. 

                Esta realidad fue recopilada y analizada en el excelente libro Writings by Pre-Revolutionary Women. From Marie de France to Elizabeth VGigée-Le Brun, editado por Anne R. Larsen & Colette H. Winn (Rutledge, 2000). 

               La lista siguiente alcanza para confirmar dos cosas: la “cultura” ignora estos nombres, y mucho más el gran público; cubre un amplísimo arco histórico, durante el cual y según los libros de historia corrientes, prácticamente todo lo que se escribió y que valió la pena fue hecho por hombres.  

                (Los años señalan el momento de publicación de la obra más importante de cada autora, o el período de mayor actividad): Marie de France (1150 - 1200), Gormonda de Monpeslier (1227 - 1229), Marguerite de Navarre (1531), Hélisenne de Crenne (1540), Charlotte de Bourbon (1565 - 1582), Georgette de Montenay (1571),  Marie de Romieu (1581), Catherine de Roches (1583), Gabrielle de Coignard (1594), Anne de Marquets (1605), Madame de Mornay (Charlotte Arbaleste de la Borde, 1595 - 1605), Marie de Gourbay (1616), Madeleine de Scudéry (1642), Madame de Saint-Balmon (Alberte-Barbe d'Ernecourt, 1650), Françoise Pascal (1669), Françoise d'Aubigné, marquis de Maintenon (1694 - 1716), Madame de Sévigné (Marie de Rabutin-Chantal, 1648 - 1696), Madame de Villedieu (Marie-Caterine Desjardins, 1672 - 1674), Cathwerine DFurand (1699), Anne-Marguerite Du Noyer (1704), Anne Thérèse de Lambert (1690 - 1700), Madame de Gomez (Madeleine-Angelique Poisson, 1724), Marie-Anne Fiquet Du Boccage (1749), Françoise de Graffigny (1750), Marie-Jeanne Riccoboni (1757), Louise d'Epinay (1792), Isabel de Charrière (1785 - 1787), Charlotte Elisabeth Aïssé (1787), Olympe de Gouges (1792), Elisabeth Vigée-Le Brun (1835-1837) (1835 - 1837).

                A esta lista extraordinaria hay que agregar -saltando un siglo y medio- por amplísimo derecho propio, y por cumplirse este año el centenario de su nacimiento, a Simone de Beauvoir, que con El segundo sexo y al decir del filósofo Bernard-Henry Lèvy (“La mujer que mató a Madame Bovary”, artículo periodístico de mayo 2008), cumplió la única revolución exitosa del sXX, en un período de cruciales revoluciones "masculinas" que por lo general terminaron en feroces dictaduras.

                "El segundo sexo" (1949) también debería ser de lectura obligatoria para las mujeres, ya que hizo por ellas y su colocación en el centro de atención de la historia, lo que nunca se había conseguido hasta ese momento.  

                 Volviendo a la superstición y su presunta filiación femenina, es interesante mencionar por último un exquisito relato breve de Marguerite Yourcenar, Maleficio, de su libro Cuento azul, Alfaguara 1995, (Conte blue, Gallimard, 1993).

                 La autora francesa, haciendo gala de su indiscutible talento y  más allá de su capacidad, termina pagando el precio que impone el prejuicio que la "cultura" le exige de tantas maneras a las mujeres: una joven, en un lugar lejano de toda lejanía, "descubre" en sí misma "el alfabeto de las brujas", ofrecido aquí como presunto premio secreto a su condición de género.  

                 La mujer como protagonista y presa de la "superstición", no es entonces otra cosa que la representación de un escenario –abundantemente  negativo- donde millones y millones de mujeres a través del tiempo y  escondidas detrás de la flor venenosa de la falta de educación y la negación de su derecho al propio espacio, hacen su obligada ofrenda a la subordinación en la que las instaló la historia en la versión escrita por la otra mitad de la humanidad. (Eleté).  

 


(*) Fernando Díaz Plaja: George Sand y Frédéric Chopin, (Plaza & Janés, 1999)

(**) Eva Cantarella: Mujeres contra, entre arte y memoria, conferencia (Florencia, 2008) 



 

Luciano Tanto, nacido el 11 de abril de 1942 en Verona (Italia), radicado en Salta (República Argentina). Periodista, colaborador en diferentes medios locales y nacionales, corresponsal en Europa a fines de los años 70 y principio de los 80. Conferencista, autor de ensayos sobre cultura, política y periodismo. Fundador y co-fundador de entidades culturales y publicaciones de interés general. Actualmente edita una página de opinión, cultura, política local, nacional e internacional y participa como columnista en una radio local.




17 de mayo de 2008

Paul Johnson - El undécimo mandamiento de Karl Popper




Los filósofos no nos han servido de mucho en este siglo. Idealmente, un filósofo debería ser un pensador de inteligencia pura y penetrante que la usa tanto para buscar la verdad y adquirir sabiduría como para comunicarlas a los demás de maneras que podamos usar en la vida y el trabajo. Según esta definición, hemos recibido un pésimo servicio.

Bertrand Russell escribió muchos libros y artículos dirigidos al público general, pero es imposible señalar un mensaje destacado de él que haya resistido la prueba del tiempo. La mayoría de sus asertos están en contradicción con otras declaraciones, producto de sus repentinos cambios de opinión. Y sostenía altivamente que su trabajo serio, con lo cual se refería a sus Principia Mathematica, no tenía nada que ver con la gente común. Durante setenta años nos entretuvo como uno de los actores protagonistas de la telenovela cultural "¿Qué pasa entre los intelectuales?" pero, en cuanto a transmitir sabiduría, es como si nunca hubiera existido.

Jean-Paul Sartre era menos esnob y trató genuinamente de elaborar una filosofía de vida para los jóvenes. Pero medio siglo después lanzó el existencialismo, y nada queda de él salvo el rancio aroma del aire caliente. Luego se esforzó por predicar una mala moralidad, sobre todo en el uso de la violencia: uno de sus más capaces discípulos del Tercer Mundo, Pol Pot, todavía está matando gente.

Lo mejor que puede decirse de Russell y de Sartre es que despreciaron los trucos académicos de salón que han ocupado a la mayoría de los filósofos del siglo veinte. Wittgenstein y Freddie Ayer, los más famosos de ellos, hicieron grandes esfuerzos para convencernos de que la filosofía moderna era una empresa frivola, un refinado juego de preguntas y respuestas que no tenía relación con las grandes tragedias de nuestro tiempo. El mensaje que recibí de Wittgenstein es que nada podía demostrarse. Ayer, en la medida en que tuvo alguna influencia, causó daño. Como señala lord Hailsham en su nuevo libro -un esfuerzo notable en un hombre de ochenta y seis años, bellamente impreso en su letra manuscrita-. Ayer convenció a muchos lectores de que la mayoría de las grandes verdades morales y estéticas de las que depende la civilización son meros juicios de valor, imposibles de validar filosóficamente, y en consecuencia, insignificantes.

Sin embargo, existe una maravillosa excepción en el lamentable desfile de los filósofos profesionales de nuestro tiempo. Karl Popper, que falleció en Londres durante el fin de semana, no sólo era un hombre auténticamente sabio sino que logró difundir esclarecimiento donde realmente importa: entre los hombres y mujeres de negocios, los poderosos e influyentes. Uno tendría que regresar a Locke, o al menos a Adam Smith, para encontrar un filósofo que fuera más leído y asimilado por los políticos y funcionarios, los empresarios y científicos, los escritores y periodistas. Popper no pudo impedir las monumentales catástrofes del siglo veinte, pero sus enseñanzas fueron decisivas para ponerles fin y contribuirán a evitar que se repitan.

Los mensajes que transmitió cubren una amplia zona y se entrelazan con fuerza impresionante. No fue hombre de un solo libro. Su obra más famosa, La sociedad abierta y sus enemigos (1945), constituye la más devastadora denuncia jamás escrita de los crímenes del totalitarismo, y tendría que haber anulado para siempre la vena absolutista que mancha la filosofía desde Platón en adelante. Pero la continuó en su notable La pobreza del historicismo (1957), que expone la locura de todos los intentos grandilocuentes de explicar el mundo, la historia y la conducta humana con un sesgo determinista. Todos los jóvenes inteligentes deberían leer estos dos libros al finalizar la enseñanza secundaria o al comenzar la universidad, antes de ser víctimas del ismo de moda. Popper es una vacunación múltiple, una potente inyección que debería proteger a los jóvenes brillantes de la mayoría de las enfermedades intelectuales.

Sin embargo, estos libros se apoyan en otro que en cierto sentido es más importante, la Lógica del descubrimiento científico (1934), que encarna su enfoque de la evidencia y la prueba. Popper aprendió de Einstein, el héroe de su juventud, a ser cauto con el entusiasmo del descubrimiento. Cuando estamos trabajando en un problema, científico o de otra índole, formulamos una hipótesis y procuramos verificarla empíricamente. Siendo la naturaleza humana como es, si la hipótesis es interesante porque abraza una verdad nueva e importante, o si concuerda con nuestras ideas preconcebidas, tendemos a buscar pruebas que la respalden, y a ignorar o desechar las pruebas que la refutan. Peor aún, si surgen pruebas negativas, modificamos descaradamente la teoría para acomodarla, en lugar de admitir valerosamente que la hipótesis es falsa y comenzar de nuevo.

Popper citaba a Marx y Freud como ejemplos destacados de seudocientíficos que lucharon a muerte por sus falsas hipótesis en vez de admitir el peso de la prueba contra ellas. En cambio, Einstein construyó su teoría general de la relatividad de tal manera que resultaba fácil verificarla empíricamente, y no se podía considerar válida hasta que aprobara los tres exámenes vitales que él fijó. Aun así, era sólo una teoría provisional, sujeta a verificación constante. Popper nos enseñó que todo conocimiento empírico es provisional, que la soberbia de la certeza es un pecado mortal y que la búsqueda incesante de la verdad requiere un valor intelectual heroico.

Estas son lecciones que todos podemos aprovechar y que se aplican a casi todas las formas elevadas de la actividad humana, desde el arte del gobierno y la legislación hasta la escritura de la Historia. Como historiador, me he adherido a la metodología de Popper, aunque requiere una autodisciplina tremenda. Una vez que hemos corroborado que determinada interpretación de la Historia es correcta, nada es más difícil que buscar sistemáticamente pruebas para refutarla. Pero es preciso hacerlo si deseamos ser científicos según la definición de Popper.

El papel que valoro por encima de todo los demás es una carta que me escribió el año pasado, con las más generosas alabanzas para mi libro Tiempos modernos. Lo he hecho enmarcar y cuelga en mi estudio encima de donde escribo, para recordarme diariamente que los principios de falsificación y verificación que Popper defendía son el undécimo mandamiento, y que un escritor sólo puede ignorarlos por su cuenta y riesgo.

24 de septiembre de 1994

En Al diablo con Picasso y otros ensayos
Buenos Aires, Javier Vergara Editor, 1997



15 de mayo de 2008

Luis Roca Jusmet - Nietzsche y la política

Las doctrinas de Nietzsche tienen esto de raro: que no se las puede seguir. Sitúan ante nosotros luminosidades imprecisas, a menudo deslumbradoras: ningún camino lleva en la dirección indicada.

Georges Bataille

Hoy ya es un tópico hablar de las múltiples lecturas políticas de Nietzsche, que irían desde el anarquismo hasta el fascismo. Aunque no todos estén de acuerdo con esta afirmación, como es el caso de Antoni Doménech, que afirma en su excelente libro El Eclipse de la Fraternidad, que Nietzsche forma parte de la juventud dorada que reacciona contra el avance revolucionario la tradición republicana-socialista obrera y popular.

En todo caso este supuesto pluralismo no es un producto de la ambigüedad del autor, ya que Nietzsche se define por su determinación, por su rechazo visceral de las medias tintas. Se atribuye más bien al carácter contradictorio de su obra, ya que Nietzsche, como muchas veces se ha dicho, lo afirma y al mismo tiempo lo niega todo y por tanto cada cual puede elegir lo que más le interese. Esta salida es, en todo caso solo parcialmente cierta, porque si bien es cierto porque si bien tiene en su pensamiento elementos muy contradictorios hay unas líneas fundamentales que no admiten rodeos. Vale la pena entonces ser rigurosos y huir del relativismo para afirmar que, nos guste o no, Nietzsche dice lo que dice y que a ello hay que atenerse si hablamos de él. Por lo tanto no hay que hacer trampas para llevarlo donde más nos convenga porque hay que hacer emerger la verdad política del autor, si esta existe. Otro tema es que vale la pena detenerse en algunas de las lecturas que se han hecho desde los que se reclaman de la izquierda, ya que esta reflexión nos permite profundizar sobre lo que significa hoy ser de izquierdas.

Nietzsche niega reiteradamente que tenga una posición política en el sentido convencional de la palabra, aunque el año 1888, al borde ya de la locura, anuncia a su amigo el teólogo Overbeck una futura declaración política (que en todo caso nunca realizará). Lo que sí podemos hacer es articular lo que hay de políticamente significativo en Nietzsche, Si analizamos el contexto en el que se mueve Nietzsche comprobamos que ya existen las primeras semillas de los movimientos nacionalistas y antisemitas que cristalizará históricamente en el nacionalsocialismo. Estos círculos tienen miembros destacados muy próximos a Nietzsche que le presionan reiteradamente para que se adhiera explícitamente al grupo del que forman parte. Vienen del que fue su editor hasta el año 1844, Enst Schmeitzner y sobre todo de su hermana, Elisabeth y del marido de esta, el dirigente antisemita Bernhard Förster. Nietzsche no solo no cederá sino que se manifestará activamente en contra de este movimiento, como pone claramente de manifiesto la carta que envía a su hermana en diciembre de 1887 expresándole la repugnancia que le produce este partido antisemita. En Ecce Homo, testamento personal y filosófico de Nietzsche éste ya manifiesta que considera a su hermana, que entregará personalmente a Hitler el bastón de su hermano ya muerto y manipulará sus escritos póstumos, como pura escoria. Nietzsche está preocupado porque no se confundan sus ataques al judeocristianismo con el antisemitismo emergente en aquellos momentos en Alemania y se dedica a criticar explícitamente a los alemanes y a sus proclamas nacionalistas. Si repasamos la obra de Nietzsche constatamos que el único cambio radical de su obra es el paso del entusiasmo a la decepción por la cultura alemana de su época, liderada por Schopenhauer y Wagner. En El origen de la tragedia confía en que esta sea capaz de regenerar la cultura trágica nacida en la Grecia presocrática. Pero como constatará en Ecce Homo aquello fue una ilusión, ya que pronto se dará cuenta que tanto Wagner como Schopenhauer no son más que nuevas manifestaciones del nihilismo más decadente. La postura de Nietzsche sí es cada vez más europeísta y menos chovinista.

Lo que más bien plantea Nietzsche en su propuesta no es una opción política sino una transformación de valores que podríamos considerar, con algunas reservas, como cultural. Ahora bien, Nietzsche sí que ilustra a nivel sociopolítico sobre quién estaría del lado de los valores que defiende y quién en contra. En este sentido el libro más sistemático de Nietzsche, que es la Genealogía de la Moral nos muestra unos ejemplos que son bastante inquietantes para un lector de izquierdas. En este libro plantea que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de los nobles contra los siervos. Si bien su definición de aristocracia es planteada en términos de carácter, que sería el de la persona libre, generosa, feliz y creativa si que en algún momento identifica estos valores con los de la nobleza aria, romana o feudal. Y no solo esto sino que nos plantea un análisis tan preciso como reaccionario de la Revolución francesa. La nobleza francesa del S.XVIII es la mejor expresión de los valores que defiende y Napoleón un claro ejemplo de lo que él entiende por superhombre. En este punto no hay ambigüedades: el lenguaje de Nietzsche no es metafórico, lo que defiende es coherente con su posición aristocrática y su odio a la democracia. Este odio a la democracia representa el desprecio por dar el poder, la capacidad de decisión a cualquiera y aquí Nietzsche coincide con uno de sus principales adversarios, que es Platón. Por otra parte Nietszshe plantea que el anarquismo y el socialismo son versiones desacralizadas del cristianismo, en la medida que lo que defiende este es una moral igualitaria. La antropología de Nietzsche tiene como núcleo duro su concepción jerárquica del hombre y esta significa que los hombres son constitucionalmente diferentes y que esta diferencia lo es de grado, es decir que los divide en superiores e inferiores. Y este constitucionalismo tiene un carácter biologista, ya que cada cual nace con una naturaleza que lo sitúa cualitativamente en el lugar que le corresponde ( y aquí coincide otra vez con Platón).

Todo esto no quiere decir que una persona de izquierdas no pueda valorar aspectos que plantea Nietzsche, pero solo en la medida que aceptemos que la dicotomía política izquierda-derecha no lo abarca todo y evitemos tanto las teorías de la que pretende situar cualquier pensamiento en la órbita exclusivista de la lucha de clases ideológica como los cómodos relativismos que nos llevan a situar un pensador en el lugar que nos interesa. Nietzsche ha seducido desde los años 50 a una buena parte de la izquierda heterodoxa y supuestamente radical, sobre todo de Francia y por mimetismo de España. Y la seducción siempre es peligrosa porque es una pasión que distorsiona, que crea espejismos en nombre del amor.

Me parece aquí que es interesante analizar una línea de influencia de Nietzsche sobre la izquierda francesa ( que se inicia con Georges Bataille y que continuará con Michael Foucault y Gilles Deleuze) y también en autores contemporáneos del país como Pere Saborit.

Bataille escribe el año 1944 Sobre Nietzsche, que tiene un carácter especialmente significativo, ya que lo hace en plena ocupación alemana, cuando se le asocia claramente con el nazismo de Hitler. Bataille intentará recuperar a Nietzsche desde una lectura inédita, en la que planteará lo siguiente : 1) Nietzsche nunca tuvo una actitud política desde su desilusión juvenil con Wagner. La propaganda pangermanista y antisemita le asqueaba. 2) Nietzsche no era un predicador ni quería seguidores. No exhortaba a la lucha, no era propagandístico. Estas afirmaciones son, como hemos dicho al principio ciertas y por tanto desvinculan a Nietzsche del nazismo hitleriano.

Pero lo que defiende Bataille de Nietzsche es 1) El carácter benéfico de la guerra, que según él, es común con Proudhon y Marx, como emancipación de la humanidad de las servidumbres morales del pasado. 2) Paradójicamente a lo anterior, el carácter cultural y nomilitar del mensaje de Nietzsche. Aquí encontramos un elemento fundamental que es un cierto culto a la violencia y a una lucha radical contra la moral burguesa. Este culto a la violencia es el que liga a Nietzsche con el fascismo original de Georges Sorel y más tarde, Benito Mussolini, Hay aquí un fondo común que hará que Walter Benjamín, que aún siendo admirador protegido de Bataille en París, le advirtiera con una gran dureza: “Usted trabaja para el fascismo”.Y lo decía precisamente porque lo que combatía Benjamín (como podemos leer en sus Iluminaciones) era el culto a la guerra y el esteticismo de la violencia. Precisamente en este grupo influenciado por Nietzsche estaba no solo Bataille l sino también Ernst Jünger. . Y aunque éste nunca fue un nazi sí manifiesta en su época juvenil esta ética y estética fascista (en el sentido amplio de la palabra) de fascinación por la violencia, por la destrucción redentora. El Jünger juvenil formulará en su texto clave El Trabajador que la Movilización total que creará el Orden nuevo oscurecerá la diferencia entre la revolución y la reacción. Ideología confusa que ya sabemos como acabará: en un movimiento aparentemente anticapitalista y radical que no será sino un nuevo rostro de las formas políticas del capitalismo. Lo que atacan, tanto Bataille como Jünger, aunque sea desde perspectivas diferentetes la moral burguesa y todos el sistema de valores a él vinculado Pero la historia del capitalismo nos muestra que esta moral burguesa es solo una de sus máscaras. Porque como nos ha mostrado Zizek la ideología actual del capitalismo tiende a ser cada vez más la de la transgresión. Es curioso que en su interesante libro El siglo de las ideologías Jean Pierre Faye plantee ( para mí de una forma totalmente errónea) un antagonismo entre estos dos autores, ambos bajo la influencia de Nietzsche, como la oposición entre la servidumbre sin fin del fascismo ( Jünger) y la soberanía de la izquierda (Bataille). Y aquí Faye reivindica este hombre soberano defendido por Bataille (que sería complementaria, dice, de la soberanía popular de Locke y Rousseau) como una herencia de Nietzsche. Pero aquí volvemos a la crítica anterior: este hombre libre y soberano que propone Nietzsche no es cualquiera, es una minoría aristrocrática. Y aquí también vale la pena mencionar la crítica de Zizek a la idea troskysta de Revolución permanente en el sentido que la revolución no es una aventura sino una transformación social radical que necesita consolidarse. Aquí hay que abandonar los aspectos románticos y heroicos que plantean la revolución como una experiencia estimulante basada en el exceso y la transgresión que llevaría al peor callejón sin salida de un izquierdismo esteticista.

Si continuamos por la línea abierta por Bataille nos encontramos con otras dos figuras muy potentes que son Michael Foucault y y Gilles Deleuze. Foucault, con sus contradicciones, tiene una clara trayectoria de intelectual de izquierdas y es uno de los responsables de situar a Nietzsche como maestro de la sospecha junto a Marx en Freud. Esta idea, compartida con Paul Ricoeur, abrió en su momento un punto de vista interesante pero es inaceptable en los términos de tópico en que se ha mantenido. En todo caso la forma en que Nietzsche influyó a Foucault es implícita y nunca se presentó como un seguidor suyo. En cuanto a Deleuze hay que contemplar un doble aspecto. Por una parte en su libro Nietzsche y la filosofía Deleuze no plantea explicitament ninguna reflexión política y sí, en cambio, una reflexión muy sugerente sobre la filosofía a partir de una lectura muy personal sobre Nietzsche. Por otro lado tenemos el Anti-Edipo, escrito en colaboración con Guatari, que sí es un libro político que plantea un proyecto basado en una supuesta alianza entre Marx y Nietzsche contra Marx-Freud. Me parece un libro poco consistente, escrito con una retórica confusa que solo la moda del momento convirtió coyunturalmente en un libro de culto.

Tenemos finalmente el planteamiento de lo que podríamos llamar con reservas un nuevo nietzscheanismo de izquierdas, línea que encontramos en el sugerente libro de Pere Saborit titulado La política de la alegría o los valores de la izquierda. La idea de Saborit es que la izquierda debe ser la transmisora de los valores afirmativos de la vida, de la alegría y la generosidad mientras que a la derecha le corresponde por su propia naturaleza una concepción nihilista, negadora de la vida. La crítica que hace Saborit a la izquierda convencional, es que adopta una perspectiva dominada por el resentimiento y la envidia, que les lleva muchas veces a una posición como la de derecha, en la que la defensa de una utopía futura que no es más que una continuación de la óptica nihilista del cristianismo con su negación de la vida presente con su promesa de una salvación futura. Saborit defiende también una solidaridad fuerte frente a la solidaridad débil o compasiva de carácter cristiano que combate Nietzsche y que pertenece a la derecha. La solidaridad que debe reivindicar la izquierda deriva del fondo irracional y contingente de la existencia humana, del enorme peso del azar por encima del mérito, de la contingencia que nos iguala a todos. Por el contrario la derecha intenta justificar que la posición de cada cual se corresponde con sus méritos y que, por tanto, la única solidaridad que los ricos deben a los pobres es la caridad. Finalmente relaciona también el Amor Fati nietzscheano (que sería la aceptación de la propia vida, de lo real) como ligado a la Democracia que defiende la izquierda, que muestra los antagonismos sociales frente al consenso falsamente democrático de la derecha, que anula las diferencias y oculta los conflictos. La conclusión es clara : la izquierda debe ser alegre, vital y generosa aceptando una perspectiva trágica que nos lleva a afirmar la vida asumiendo la parte de dolor que necesariamente conlleva. La derecha conservadora, en cambio, es cobarde, triste y nihilista, se aferra a sus privilegios y a su miedo a la vida.

La vida, en su sentido más pleno y afirmativo, está del lado de la revolución y así debe asumirla sin complejos. Aquí habría todo un debate sobre el significado de la palabra revolución en todos sus múltiples aspectos. Ha habido revoluciones culturales, artísticas, intelectuales desvinculadas de la política o incluso vinculadas a movimientos políticamente reaccionarios. Y aquí podemos volver a Jünger, un autor que en ningún momento puedo considerarse de izquierdas, que sigue una trayectoria que va desde el fascismo juvenil hasta una especie de anarquismo conservador, que me parece que representa esta voluntad afirmativa en el mejor sentido nietzscheano. La forma como relaciona Saborit los valores de izquierda con la política de la alegría me parece muy forzada aunque introducen una reflexión a partir de elementos nietzscheanos que sí es interesante para la izquierda. Y aquí hay sobre todo un aspecto que me parece fundamental. Hay en Nietzsche un carácter intempestivo contra el humanismo moralizante y hipócrita de su época que vale la pena recuperar. Y vale la pena recuperarlo porque este moralismo tiene hoy una actualidad en la forma de consenso y de corrección política. Y la corrección política es hoy la ideología del capitalismo porque justamente lo que hace es ocultar los conflictos, los antagonismos radicales de la propia sociedad con un discurso bienpensante es importante cuestionar críticamente su lenguaje. Lo que pasa con la palabra jerarquía, por ejemplo, es muy significativa, ya que en una sociedad como la nuestra en la que se van profundizando las desigualdades y se consolidan las élites de todo tipo es un término que resulta incómodo mencionar. Y negándolo no es que eliminemos la realidad sino su posibilidad de transformación, ya que para cambiar algo primero hay que aceptarlo como real.Y es evidente que la supuesta democracia en la que vivimos es tremendamente jerárquica, ya que hay una oligarquía burocrática en el Estado y en los partidos que es quién toma las decisiones políticas. Quizás valdría la pena recuperar esta palabra en la medida en que expresa una realidad y a partir de aquí discutir cuales son las jerarquías que funcionan para contraponerlas a la que defiende Nietzsche. Hay que cuestionar desde la izquierda esta corrección política que muchas veces nos atrapa en la trampa de la derecha, que es la de un consenso que en definitiva solo beneficia a los privilegiados, que como también nos enseña Nietzsche, no son necesariamente los fuertes en el sentido vital.

Pero también desde la izquierda me parece importante considerar que si bien la política es por supuesto fundamental, no todo es política. Una lectura política literal de Nietzsche me parece nefasta, ya que como decía Thomas Mann quien se toma a Nietzsche al pie de la letra está perdido. Ahora bien, pienso que para una persona crítica (y una personas de izquierdas debe serlo, por supuesto) es muy interesante leer a Nietzsche, porque su lectura es un revulsivo que nos hace pensar y salir de los tópicos de la comodidad intelectual. Y esto vale la pena, porque aunque sea para llegar a la conclusión que no estamos de acuerdo, esta aventura intelectual vale la pena.


Luis Roca Jusmet

Barcelona, 1954

Profesor de Filosofía. Colaborador de la revista El Viejo Topo y el sitio Rebelión

Lroca13@menta.net