Roland Barthes - Fotos-impactos

23 de julio de 2014 · 0 Comentarios




Geneviéve Serreau, en su libro sobre Brecht, recordaba aquella fotografía de Match en la que se ve una escena de ejecución de comunistas guatemaltecos; señalaba correctamente que esa fotografía no es terrible en sí y que el horror proviene del hecho de que nosotros la miramos desde el seno de nuestra libertad; una exposición de fotos-impactos en la galería d'Orsay, de las cuales muy pocas, precisamente, lograron impactarnos, dio razón, paradójicamente, a la observación de Geneviéve Serreau: no es suficiente que el fotógrafo signifique lo horrible para que nosotros lo experimentemos como tal. La mayoría de las fotografías reunidas en la exposición para chocarnos no nos produce ningún efecto, precisamente, porque el fotógrafo nos ha sustituido de modo demasiado generoso en la conformación de su tema: en casi todos los casos sobreconstruyó el horror que nos propone añadiendo al hecho, por contrastes o aproximaciones, el lenguaje intencional del horror. Una fotografía, por ejemplo, coloca un grupo de soldados al lado de un campo cubierto de cabezas de muertos; otra nos presenta a un joven militar mirando un esqueleto; otra, en fin, capta una columna de condenados o de prisioneros en el momento en que se cruza con un rebaño de carneros. Pero ninguna de esas fotografías, realizadas con tanta destreza, nos llega. Frente a ellas estamos como desposeídos de nuestro juicio: alguien se ha estremecido por nosotros, alguien ha reflexionado por nosotros, alguien ha juzgado por nosotros; el fotógrafo no nos ha dejado nada, salvo un simple derecho de aceptación intelectual. Lo único que nos vincula a esas imágenes es un interés técnico; cargadas de sobreindicación por parte del artista, no tienen ninguna historia para nosotros, no podemos inventar nuestra propia recepción a ese alimento sintético, ya totalmente asimilado por su creador.

Otros fotógrafos quisieron sorprendernos, a falta de impactarnos, pero el error de principio es el mismo; se esforzaron, por ejemplo, en captar con gran habilidad técnica el momento más extraño de un movimiento, su situación extrema, el planeo de un jugador de fútbol, el salto de una deportista o la levitación de los objetos en una casa encantada. Pero también en este caso el espectáculo, aunque directo y para nada compuesto por elementos contrastados, sigue siendo demasiado construido; la captación del instante único se presenta como gratuita, demasiado intencional, surgida de una voluntad de lenguaje que molesta y esas imágenes bien logradas no tienen ningún efecto sobre nosotros; el interés que pueden despertar no sobrepasa el tiempo de una lectura fugaz, no resuena, no perturba y nuestra recepción se concentra en seguida sobre un signo puro; la legibilidad perfecta de la escena, su conformación, nos dispensa de captar lo escandaloso que la imagen tiene profundamente; reducida al estado de puro lenguaje, la fotografía no nos desorganiza.

Algunos pintores tuvieron que resolver ese mismo problema de lo extremo, del apogeo del movimiento, pero lo lograron mucho mejor. Los pintores del imperio, por ejemplo, al tener que reproducir instantáneamente (caballo encabritándose, Napoleón extendiendo el brazo sobre el campo de batalla, etcétera) confiaron el movimiento al signo amplificado de lo inestable, lo que podría llamarse el numen, el estremecimiento solemne de una pose que, sin embargo, resulta imposible de instalar en el tiempo; este aumento inmóvil de lo imperceptible —lo que más tarde se llamará fotografía en el cine— es el lugar mismo donde comienza el arte. El leve escándalo de esos caballos exageradamente encabritados, de ese emperador congelado en un gesto imposible, esa terquedad de la expresión, que también se podría llamar retórica, añade a la lectura del signo una especie de captación turbadora que arrastra al lector de la imagen hacia un asombro visual más que intelectual, porque lo pega a las superficies del espectáculo, a su resistencia óptica y no inmediatamente a su significación.

La mayoría de las fotos-impactos que nos mostraron son falsas, porque han elegido precisamente un estado intermedio entre el hecho literal y el hecho aumentado: demasiado intencionales para fotografía y demasiado exactas para pintura, carecen a la vez del escándalo de la letra y de la verdad del arte; quisieron hacer signos puros, sin consentir en otorgar a esos signos, por lo menos, la ambigüedad, la lentitud de lo denso. Es lógico, pues, que las únicas fotos-impactos de la exposición (cuyo principio sigue siendo muy loable) resulten ser, precisamente, las fotografías de agencia, en las que el hecho sorprendido estalla en su terquedad, en su literalidad, en la evidencia misma de su naturaleza obtusa. Los fusilados guatemaltecos, el dolor de la novia de Aduan Malki, el sirio asesinado, el machete amenazante del policía, estas imágenes asombran porque parecen, a primera vista, extranjeras, casi calmas, inferiores a su leyenda: están visualmente disminuidas, desposeídas de ese numen que los pintores de composición no hubieran dejado de añadirles (y con todo derecho puesto que se trataba de pintura). Carente tanto de alegato como de explicación, lo natural de esas imágenes obliga al espectador a una interrogación violenta, lo encamina a un juicio que él mismo elabora sin ser molestado por la presencia demiúrgica del fotógrafo. Se trata, exactamente, de la catarsis crítica pregonada por Brecht y ya no de una purga emotiva, como en el caso de la pintura temática. Quizás aquí se vuelvan a encontrar las dos categorías de lo épico y de lo trágico. La fotografía literal introduce al escándalo del horror, no al horror mismo.


En Mitologías
Traducción: Héctor Schmucler
Imagen: Vanityfair


Julio Cortázar - La tos de una señora alemana

22 de julio de 2014 · 0 Comentarios




La mentalidad científica quiere que todo tenga explicación, incluso lo maravilloso. Qué le vamos a hacer, tal vez sea así; pero entonces, apenas se acepta resignadamente esta supuesta conquista total de la realidad, lo maravilloso vuelve desde pequeñas cosas, lo insólito resbala como una gota de agua a lo largo de una copa de cristal, y quienes merecen el comercio con esas mínimas presencias olvidan la sapiencia y la conciencia para pasarse a otro lado y hacer cosas como por ejemplo escuchar la tos de una señora alemana.

En 1947, poco después del fin de la guerra, Wilhelm Furtwangler dirigió un concierto entre las ruinas de una Alemania derrotada, que la mayoría de sus vencedores empezaba a rehabilitar al Oeste después de haberla repudiado al Este. También Furtwangler había sido repudiado en un principio por su condescendencia frente a la me(ga)lomanía de Adolfo Hitler, tras de lo cual parecía de buen tono rehabilitarlo; así terminan muchas guerras, lo cual explica que un tiempo después vuelvan a desatarse, pero no es de eso que vamos a hablar sino del concierto en el que Yehudi Menuhin, invitado por las fuerzas de ocupación, tocó esa noche el Concierto en Re de Beethoven que el ilustre Furtwangler sacaba una vez más de su jaula para mostrar lo que era capaz de hacer con ese imperecedero leopardo de la música. La Rias (sigla de la radio alemana) difundió el concierto y además lo grabó con los medios técnicos disponibles en ese momento, que no eran muchos. La grabación (¿disco, alambre, cinta magnetofónica?) quedó en los archivos hasta que el otro día, más de treinta años después, fue prestada a la radio francesa que la prestó a su vez a mi receptor sintonizado en France-Musique. Un argentino en París escuchó así a una orquesta alemana y a un violinista judío que tocaban bajo la batuta de un muerto; todo eso, que hubiera sido perfectamente incomprensible hace menos de un siglo, formaba y forma parte de lo ordinario, de lo que la ciencia explica a los niños en las escuelas; todo eso era cotidiano, simplemente apretar unos botones e instalarse en un sillón.

Tal vez Menuhin no tocó jamás el concierto de Beethoven como esa noche; le sobraban razones para hacerlo tan prodigiosamente en el mismo lugar donde habían sido exterminados siete millones de judíos y donde acaso algunos de sus exterminadores se sentaban en las plateas del teatro y lo aplaudían frenéticamente. Del concierto en sí, de su intérprete y de su director sólo puede hablarse con admiración, pero no es de eso que hablamos sino de ese instante, creo que en el segundo movimiento, en que un pianissimo de la orquesta dejó pasar una tos, un solo golpe seco y claro de tos que no habría de repetirse, una tos de mujer, la tos de una señora que cualquier cálculo de probabilidades definiría como la tos de una señora alemana.

Durante más de treinta años esa pequeña tos anónima había dormido en los archivos de la radio; ahora reiteraba su diminuto fantasma en millares de oídos que escuchaban un concierto en otro tiempo y otro espacio. Imposible saber quién tosió así esa noche; ninguna ciencia, ningún caballero Dupin podría rastrear su origen. Sin la menor importancia, sin la más pequeña significación, esa tos se repitió multiplicada por infinitos altavoces para recaer instantáneamente en la nada; pero alguien que acaso nació para medir cosas así con más fuerza que las grandes y duraderas cosas, oyó esa tos y algo supo en él que lo maravilloso no había muerto, que bastaba vivir porosamente abierto a todo lo que habita y alienta entre lo concreto y lo definible para resbalar a otro lado donde de pronto, en la enorme masa catedralicia de un concierto beethoveniano, la breve tos de una señora alemana era un puente y un signo y una llamada. ¿Quién fue esa mujer, dónde se sentó esa noche, está aún viva en alguna parte del mundo? ¿Por qué esa tos hace nacer estas líneas en otro tiempo, bajo otro cielo? ¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que lo maravilloso no es más que uno de los juegos de la ilusión?

1979


En Papeles inesperados
Imagen: © Bettmann/CORBIS

Anna Ajmátova - Todo me ha sido arrebatado

21 de julio de 2014 · 0 Comentarios




Todo me ha sido arrebatado: el amor y la fuerza.
Mi cuerpo, precipitado dentro de una ciudad que detesto,
no se alegra ni con el sol. Siento que mi sangre
congelada está.

Burlada estoy por el ánimo de la Musa
que me observa y nada dice,
descansando su cabeza de oscuros rizos,
exhausta, sobre mi pecho.

Sólo la Conciencia, más terrible cada día,
enfurecida, exige cuantioso tributo.
Y para responder, me cubro el rostro con las manos,
porque he agotado mis lágrimas y mis excusas.

(Sebastopol, octubre de 1916)


Traducción. Kyra Galván
Imagen: Nathan Isaevich Altman, óleo sobre tela, 1914

Umberto Eco: Llorando por Ana Karenina

20 de julio de 2014 · 0 Comentarios





En 1860, cuando estaba a punto de navegar por el Mediterráneo para seguir la expedición de Garibaldi a Sicilia, Alexandre Dumas padre hizo escala en Marsella y visitó el Château d’If, donde su héroe Edmond Dantès, antes de convertirse en el conde de Montecristo, estuvo encarcelado durante catorce años y fue instruido por su compañero de celda, el abad Faria[18]. Estando allí, Dumas descubrió que a los visitantes les mostraban regularmente lo que se conocía como la «verdadera» celda de Montecristo, y que los guías hablaban constantemente de Dantès, Faria y el resto de personajes de la novela como si hubieran existido de verdad[19]. En contraste con ello, los mismos guías nunca mencionaban que el Château d’If había acogido como prisioneros a algunas figuras históricas importantes, como Honoré Mirabeau.

Así, Dumas comenta en sus memorias: «Crear personajes que matan a los de los historiadores es privilegio de los novelistas. El motivo es que los historiadores evocan a simples fantasmas, mientras que los novelistas crean a personas de carne y hueso»[20].

En cierta ocasión, un amigo me instó a organizar un simposio sobre el siguiente tema: si sabemos que Ana Karenina es un personaje de ficción que no existe en el mundo real, ¿por qué lloramos por su difícil situación?, o, en todo caso, ¿por qué nos conmueven sus desgracias?

Hay probablemente muchos lectores muy cultivados que no derraman lágrimas por el destino de Scarlett O’Hara, pero les conmociona el de Ana Karenina. Sin embargo, he visto a sofisticados intelectuales llorando a mares al final de Cyrano de Bergerac, un hecho que no debería sorprender a nadie, porque cuando una estrategia dramática pretende inducir al público a derramar lágrimas, la gente llora independientemente de su nivel cultural. Esto no constituye un problema estético: las grandes obras de arte pueden no provocar una respuesta emocional, mientras que muchas películas malas y noveluchas lo consiguen[21]. Y recordemos que madame Bovary, un personaje por el que muchos lectores han llorado, solía llorar con las historias de amor que leía.

Le dije a mi amigo que este fenómeno no tenía relevancia ontológica ni lógica, y que solo podía interesar a los psicólogos. Podemos identificarnos con personajes de ficción y con sus hazañas porque, según un acuerdo narrativo, empezamos a vivir en el mundo posible de sus historias como si fuera nuestro propio mundo. Pero esto no sucede solamente cuando leemos ficción.

Muchos de nosotros hemos pensado alguna vez en la posible muerte de un ser querido y nos hemos visto profundamente afectados, si es que no hemos incluso llorado, aun sabiendo que el acontecimiento era imaginado y no real. Esos fenómenos de identificación y proyección son absolutamente normales y (repito) son un asunto para los psicólogos. Si hay ilusiones ópticas en las que vemos una forma determinada más grande que otra aun sabiendo que son exactamente del mismo tamaño, ¿por qué no puede haber asimismo ilusiones emocionales?[22]

También traté de explicar a mi amigo que la capacidad de un personaje ficticio para hacer llorar a la gente depende no solo de sus cualidades, sino también de los hábitos culturales de los lectores, o de la relación entre sus expectativas culturales y la estrategia narrativa. A mediados del siglo XIX, la gente lloraba, sollozaba incluso, por el destino de la Fleur-de-Marie de Eugène Sue, mientras que hoy, los infortunios de la pobre muchacha nos dejan cínicamente indiferentes. En contraste con ello, hace décadas mucha gente se vio conmocionada por el destino de Jenny en Love Story de Erich Segal, tanto la novela como la película.

Con el tiempo, me di cuenta de que no podía despachar el asunto con tanta facilidad. Tuve que admitir que hay una diferencia entre llorar por la muerte imaginaria de un ser querido y llorar por la muerte de Ana Karenina. Es cierto que en ambos casos damos por sentado lo que sucede en un mundo posible: el mundo de nuestra imaginación en el primer caso y el mundo creado por Tolstói en el segundo. Pero si luego nos preguntan si nuestro ser querido ha muerto realmente, podemos decir con gran alivio que no es así; es la forma de alivio que sentimos cuando despertamos de una pesadilla. En cambio, si nos preguntan si Ana Karenina ha muerto, siempre tenemos que responder que sí, ya que el hecho de que Ana se suicidara es cierto en todos los mundos posibles.

Sin embargo, cuando se trata de amor romántico, sufrimos al imaginarnos que la persona que nos ama nos abandona, y algunas personas que han sido realmente abandonadas se ven empujadas al suicidio. Pero no sufrimos demasiado si unos amigos nuestros son abandonados por las personas que les quieren. Simpatizamos con ellos, ciertamente, pero no he oído hablar nunca de alguien que se suicidara porque uno de sus amigos hubiera sido abandonado. De modo que parece extraño que cuando Goethe publicó Las tribulaciones del joven Werther, donde el héroe, Werther, se suicida por su amor de destino enfermizo, muchos jóvenes lectores románticos hicieran lo mismo. El fenómeno fue conocido como «el efecto Werther». ¿Qué podemos pensar cuando la gente se siente solo ligeramente inquieta por la muerte de hambre de millones de individuos reales —incluidos muchos niños— y sienten en cambio una gran angustia personal por la muerte de Ana Karenina? ¿Qué podemos pensar cuando compartimos profundamente el dolor de una persona que sabemos que jamás existió?


Notas

[18] Existió, por cierto, un Faria de verdad, y Dumas se inspiró en ese curioso cura portugués. Pero el Faria de verdad era aficionado al mesmerismo y tenía muy poco que ver con el mentor de Montecristo. Dumas solía sacar algunos de sus personajes de la historia (como hizo con D’Artagnan), pero no esperaba que sus lectores estuvieran familiarizados con los atributos de esos personajes reales.

[19] Hace años visité la fortaleza y, además de lo que llamaban La celda de Montecristo, vi también el túnel que supuestamente cavó el abad Faria.

[20] Alexandre Dumas, Viva Garibaldi! Une odysée en 1860, París, Fayard, 2002, cap. 4.

[21] Un amable y sensible amigo mío solía decir: «Lloro cada vez que veo una bandera al viento en una película, independientemente de la nacionalidad». En cualquier caso, el hecho de que los seres humanos se emocionen con los personajes ficticios ha dado pie a una vasta bibliografía, tanto en psicología como en narratología. Para una exhaustiva visión de conjunto, véase Margit Sutrop, «Sympathy, Imagination, and the Reader’s Emotional Response to Fiction», en Jürgen Schlaeger y Gesa Stedman, eds., Representations of Emotions, Tubinga, Günter Narr Verlag, 1999, pp. 29-42. Véanse también Margit Sutrop, Fiction and Imagination, Paderborn, Mentís Verlag, 2000, 5.2; Colin Radford, «How Can We Be Moved by the Fate of Ana Karenina?», Proceedings of the Aristotelian Society, 69, suplemento (1975), p. 77; Francis Farrugia, «Syndrome narratif et archétipes romanesques de la sentimentalité: Don Quíchotte, Madame Bovary, un discurs du pape, et autres histories», en Farrugia et al., Emotions et sentiments: Une construction sociale, París, L’Harmattan, 2008.

[22] Véase Gregory Currie, Image and Mind, Cambridge, Cambridge University Press, 1995. La catarsis, tal como la define Aristóteles, es una especie de ilusión emocional: depende de nuestra identificación con los héroes de una tragedia, de manera que sentimos pena y terror al presenciar lo que les pasa.


Título original: Confessions of a Young Novelist
Umberto Eco, 2011
Traducción: Guillem Sans Mora
Foto: Umberto Eco at the College de France 1992 © Martine Franck-Magnum Photos

Christopher Hitchens - Una coda sobre la cuestión del suicidio

19 de julio de 2014 · 0 Comentarios





A lo largo de las últimas cuatro décadas, me he sumergido intermitentemente en deprimentes intentos de imaginar o «meterme» en el estado de ánimo de mi madre cuando decidió que no merecía la pena vivir el resto de su vida. Hay una literatura considerable sobre el tema y me he esforzado en escudriñarla, pero toda me ha parecido demasiado pesada, general y sociológica como para servir de mucha ayuda. Además, la escritura sobre el suicidio en nuestra época se ha producido generalmente mucho después de que el propio acto dejara de ser considerado ipso facto inmoral o merecedor de una ronda extra de dolor y castigo post mórtem en la eternidad. Yo mismo me quedé bastante atónito, cuando trataba con el capellán anglicano del cementerio protestante de Atenas (que era el único lugar de descanso acorde con los deseos de mi madre), al descubrir que esa época no había terminado del todo. El reverendo, con rostro de cordero, no quería hacer su trabajo. Farfulló algo sobre la dificultad de enterrar a los suicidas en suelo sagrado, y puede que tuviera algo que decir acerca de que mi madre hubiera cometido adulterio… En todo caso, extendí algo de dinero hacia él y se volvió mohínamente obediente como suele hacer el clero. Aunque tuvo suerte, porque yo no podía sentir más antipatía y desprecio por su enfermiza religión de lo que ya sentía. Si hubiera sido un protestante genuino de cualquier convicción, habría aprendido pronto cuál es el tacto de una bota estampada en su marchito trasero. (Al salir, a través de los circundantes recintos ortodoxos, me detuve para dejar unos claveles rojos en la enorme pila de tributos que había sobre la tumba del gran Giorgos Seferis, poeta nacional griego y enemigo de toda superstición, cuyo funeral en 1971 había propiciado una silenciosa manifestación masiva contra la junta.

En un grado extraordinario, la moderna escritura sobre el suicidio asume como punto de partida la muerte de Sylvia Plath. Cuando leí por primera vez La campana de cristal, la frase que más me impactó era la que utilizaba para describir la ciudad de su padre. Otto Plath había nacido en Grabow, un lugar aburrido en lo que solía llamarse «el corredor polaco». La mujer enferma de angustia que era su hija describió el lugar como «una aldea maníaco-depresiva en el negro corazón de Prusia». Su poema «Papi» debe de ser el veredicto más estricto de una hija a un progenitor masculino desde la última reunión de la casa de Atreo, e incluye la opinión especialmente perturbadora de que, a causa del maltrato paterno, «toda mujer ama a un fascista […] la bota en la cara».[5]

Los antepasados de mi madre procedían de una localidad pequeña y definitivamente bastante angustiada de la Prusia germano-polaca, y su padre había hecho sufrir a su madre terriblemente antes de desmaterializarse en la niebla de la guerra, pero Yvonne no era una de esas personas que, después de que otros les hagan daño, hacen el «daño a cambio». Más bien esperaba que recayera sobre ella la tarea de proteger a otros frente a ese dolor. No creo, por llamativa que sea la imagen, que toda una «aldea» pueda ser maníaco-depresiva. Sin embargo, puedo perdonar a la Plath su metáfora posiblemente subconsciente porque la mayor parte de lo que aprendí sobre el trastorno bipolar lo aprendí de Hamlet.

«Desde hace un tiempo —nos cuenta el príncipe de Dinamarca—, no sé la razón, he perdido la alegría.» Todo el que vive ha experimentado en ocasiones esa sensación, pero los versos que la acompañan son la mejor definición de la tristeza que se ha hecho nunca. («Cansado de vivir, con miedo a morir» es la segunda mejor condensación, y aparece en «Old Man River».) ¿Quién continuaría con el infinito tedio y la potencial desgracia si no pensara que la extinción es todavía menos deseable o que —como se dice en otro de los volubles monólogos de Hamlet— «el Dios eterno» no ha «dictado su ley contra el suicidio»?

Según el estudio de Giles Romilly Fedden, hay catorce suicidios en ocho obras de Shakespeare, entre los cuales se incluyen los deliberados y en apariencia nobles finales de Romeo, Julieta y Otelo. Es interesante que solo Ofelia, cuya muerte por mano propia no es estrictamente intencionada, sea objeto de la condena del clero. Mi indiferencia hacia la religión y mi rechazo a dar crédito a todo parloteo sobre una vida después de la muerte me han privado, por desgracia, de la sincera satisfacción que disfruta Laertes, hermano de Ofelia, cuando planta cara al clérigo moralista y dice:

Y a ti, cura brutal, te digo:
ángel intercesor será mi hermana mientras tú aúlles
en los infiernos.

Memorable, sin duda, pero demasiado dependiente de la maldad y estupidez del dualismo cielo/infierno, y de poca utilidad para mí a la hora de entender cómo una persona considerada, afectuosa y alegre como Yvonne, que gozaba de una salud razonable, quería dejarlo todo. Pensé que podría tener algo que ver con lo que los especialistas llaman «anhedonia», o la repentina incapacidad de obtener placer de nada, especialmente de lo placentero. Al Álvarez, en su arduo y exigente estudio del tema, El dios salvaje, vuelve a menudo al suicidio de Cesare Pavese, que se quitó la vida en la aparente plenitud de sus facultades. «El año antes de morir entregó dos de sus mejores novelas. […] Un mes antes del final, recibió el Premio Strega, el mayor homenaje que puede obtener un escritor italiano. “Nunca he estado tan vivo como ahora», escribió, «nunca he sido tan joven.” Unos días después estaba muerto. Quizá la propia dulzura de sus poderes creativos hiciera que su depresión innata fuera más difícil de soportar.»

Eso es casi lo mismo que me dijo William Styron en una cena grasienta en Hartford, Connecticut, sobre un momento dorado en París en el que esperaba recibir un enorme premio en metálico, una medalla y una insignia por sus logros literarios y una cena estupenda a la que estaban invitados todos sus amigos. «Miré anhelante desde el vestíbulo a la calle. Y digo anhelante de verdad. Pensé: si pudiera lanzarme a través de esas pesadas puertas giratorias podría meterme bajo las ruedas de ese autobús misericordioso. Y entonces la agonía podría terminar».[6]

Pero mi pobre Yvonne nunca había sufrido un exceso de recompensas y reconocimiento, del tipo que a veces hace que la gente honrada se sienta avergonzada o incluso indigna. Sin embargo, lo que había hecho era enamorarse, algo por lo que suspiraba desde hacía mucho, e incluso entonces había descubierto que en parte era demasiado tarde para eso. En teoría tenía todo lo que podría haber deseado: un hombre encantador que la adoraba; un intervalo en el que sus hijos habían crecido y no necesitaba guardar un nido; una perspectiva de ociosidad y un marido que no querría vengarse. Muchas mujeres inglesas de su clase y su época se habrían considerado afortunadas en su situación. Pero en la práctica estaba al borde de la menopausia, había cambiado un marido servicial, ahorrador y devoto por un hombre imprevisor y voluble, para acabar descubriendo que «voluble» significaba en realidad… maníaco-depresivo. Quizá mi madre no necesitaba ni deseaba morir, pero necesitaba y deseaba a alguien que necesitaba y deseaba morir. Eso va más allá de la anhedonia.

Casos como el de mi madre también se apartan del amplio panorama que trazó Émile Durkheim sobre el lugar del suicidio en sociedades alienadas, desarraigadas e impersonales. Siempre he admirado a Durkheim por señalar que el pueblo judío inventó su propia religión (en oposición a la opinión absurda y totalitaria de que fue justo al revés), pero su categorización del suicidio no incluye el nicho del tamaño de Yvonne que llevo tanto tiempo intentando identificar y localizar. Clasificó la acción bajo las tres cabeceras de egoísta, altruista y anómico.

El «egoísta» tiene un título confuso, porque en realidad se refiere al suicidio como reacción a la fragmentación o atomización social: a períodos en que las viejas certezas o solidaridades se descomponen y la gente siente pánico, inseguridad y soledad. (Así, un corolario sería el hecho observable de que la tasa de suicidios cae en tiempos de guerra, cuando la gente se agrupa en torno a una bandera y también ve las propias pequeñas miserias en mejor proporción.) El «altruista» tiene asimismo una connotación que remite a los tiempos de guerra, porque denota la disposición a entregar la propia vida por el bien de un colectivo mayor, o posiblemente un colectivo menor como la familia o —el capitán Oates en la expedición condenada al fracaso de Scott— el grupo. Albert Camus aportó un bello resumen de este fenómeno al decir: «Lo que se llama razón para vivir también es una excelente razón para morir». Álvarez extiende los tropos de Durkheim para incluir fanatismos tribales y religiosos, como los pilotos kamikazes o los hindúes que estaban extáticamente dispuestos a arrojarse bajo las ruedas del Juggernaut impulsado por la divinidad. El suicidio «anómico», finalmente, es el resultado de un cambio súbito y estridente en la posición social de una persona. «Un divorcio doloroso o una muerte en la familia» se encuentran entre los ejemplos que Álvarez presenta como típicos.

Resulta interesante que esta taxonomía parece no decir nada sobre el «tipo» de gente que tiende al suicidio. Por experiencia diría que quizá existe ese tipo de personas, y que puede ser peligrosamente frívolo decir que quienes intentan suicidarse solo piden «ayuda». Sé de algunos que, tras una o incluso varias «tentativas» desganadas, pusieron fin a su vida de forma decidida. Pero, siguiendo cualquier medida imaginaria, Yvonne no pertenecía al «tipo». Aborrecía la auto-compasión y sospechaba de todo lo que era demasiado ostentoso o efusivo. Sin embargo, también había encontrado a alguien que tal vez era bipolar o pertenecía en otros sentidos al «tipo», y sin duda había sufrido una pérdida desgarradora, brusca y súbita de la posición social y seguridad (y respetabilidad) que siempre habían sido muy importantes para ella. Si a esto se une el miedo corrosivo a perder el atractivo… en todo caso, para mí, una lacerante separación matrimonial había llevado indirectamente a «una muerte en la familia».

Las categorías de Durkheim parecen casi demasiado grandiosas para el suicidio (cómo nos gustaría a todos que nuestras muertes poseyeran algo de sentido). El egoísta no lo cubre todo; ni tampoco lo hizo el altruista cuando leí sobre él; para mi oído marxista, la «anomia» solía ser lo que los meros individuos tenían en vez de lo que, con una mejor comprensión de su posición de clase, habrían reconocido como alienación. Yvonne era «anómica» entonces, pero también tenía un toque de altruista. De las dos notas que dejó, una (que, con perdón, no pienso citar) era para mí. La otra era para quien tuviera que cargar con la responsabilidad de encontrarla, o más bien encontrarlos. También me sentí bastante deshecho por la segunda nota: esencialmente, se disculpaba por el desorden y la incomodidad. Oh, mami, tan típico tuyo. En su comunicación privada daba la impresión de pensar que eso era lo mejor para todos, y que era en cierto modo un pequeño sacrificio que a largo plazo acabaría beneficiando a todos los que la adoraban. Se equivocó.

Para el anómico, es casi seguro que Pavese aportó el mejor texto al observar con bastante sequedad que «a nadie le falta una razón lo bastante buena para el suicidio». Y Álvarez proporciona a los suicidas el epitafio más amable, escribiendo que, al convertir la muerte en una elección consciente, «una suerte de libertad mínima —la libertad de morir de la manera que uno decide y en el momento que uno elige— es rescatada del naufragio de todas esas necesidades no deseadas».

Una vez hablé en una reunión en memoria de un suicida altruista: el estudiante checo Jan Palach, que se prendió fuego en la plaza Wenceslas de Praga para desafiar a los rusos que invadían su país. Pero desde entonces he tenido muchas oportunidades de sentir náuseas ante la mera idea del «martirio». Las mismas religiones monoteístas que condenan el suicidio individual tienen una tendencia a exaltar y elogiar en exceso a quienes se matan a sí mismos (y a otros) con un himno o una oración en los labios. Como casi todos los demás autores, Álvarez malinterpreta la Masada: dice que «cientos de judíos se suicidaron» allí «en vez de someterse a las legiones romanas». En realidad, unos fanáticos religiosos que habían sido expulsados incluso de otras comunidades judías asesinaron primero a sus propias familias y después se echaron a suertes el elevado deber de asesinarse unos a otros. Solo los últimos tuvieron que matarse a sí mismos.

Así, con la mente dividida una vez más, a menudo quiero estar de acuerdo con Augie March, el personaje de Saúl Bellow. Cuando sus mayores lo reprenden y le ordenan que se conforme y «acepte los datos de la experiencia», responde: «Nunca puede estar bien ofrecerse a morir, y, si eso es lo que te ofrecen los datos de la experiencia, entonces debes seguir adelante sin ellos». Sin embargo, mi siguiente tema es un hombre que durante mucho tiempo se ganó la vida enfrentándose a la muerte y que habría estado perfectamente dispuesto a ofrecerse a morir por una causa que consideraba (y que era) más grande que él.


Notas

[5] La escuela feminista ha mirado a menudo con clara desaprobación a su marido, Ted Hughes. Me resulta difícil imaginarlo maltratando a Sylvia físicamente, pero no hay duda de que podía mostrarse fabulosamente falto de sensibilidad. Una vez fui a tomar unas copas con él en el apartamento de mi amigo y editor Ben Sonnenberg, que por entonces estaba casi paralizado por completo a causa de la esclerosis múltiple. Hughes habló de forma monótona durante un tiempo lacerantemente largo sobre los poderes de un curandero de la aldea (quizá algo maníaco-depresiva) de Devonshire donde vivía. Al parecer, el chamán era inefablemente bueno con los lisiados. El encomio siguió y siguió. Yo no podía mirar a los ojos a Ben, pero desde su silla de ruedas preguntó por fin con loable ligereza: «¿Qué tal es con los enfermos de esclerosis múltiple». «Oh, no es nada malo», contestó Hughes, antes de retomar alegremente su relato, con la información de que ese chalado también podía curar a los animales de granja.


[6] En esa cena nos atendía un joven de rostro granujiento, cabello descuidado y conducta espantosamente pegajosa. Al devolver la tarjeta de crédito de Bill comentó que el nombre era casi el mismo que el de un escritor famoso. Bill no dijo nada. Atonalmente, el joven continuó: «Se llama William Styron». Dejé el asunto a Bill, que de nuevo esperó hasta que el chico dijo con naturalidad: «Bueno, el libro de ese tío me salvó la vida». En ese momento, Bill lo invitó a sentarse, y quedó finalmente convencido de que estaba en la misma mesa que el autor de Esa visible oscuridad. Parecía la escena de una transformación. Con voz entrecortada, nos contó cómo había buscado y encontrado la ayuda que necesitaba. «¿Esto te pasa mucho?», le pregunté más tarde a Styron. «Todo el tiempo. Hasta me llama la policía y me pide que me ponga y hable con el tío que quiere saltar.» 


En Hitch 22 - Confesiones y contradicciones
Título original: HITCH-22: A memoir
Christopher Hitchens, 2010
Traducción: Daniel Rodríguez Gascón
Foto: Christopher Hitchens, Washington 2011 © Brooks Kraft / Corbis

Junichirô Tanizaki: Un puñado de cabellos

18 de julio de 2014 · 0 Comentarios






—A ver, Mr. Dick, cuénteme su historia, por favor, que afortunadamente no hay nadie ahora…

Era una noche fría. Dick y yo estábamos frente a frente, sentados en la sala de fumadores de un hotel tranquilo. Mientras le animaba a romper su empecinado silencio, yo avivaba las brasas de la estufa.

—¿Quiere tomar un té negro?

—No, gracias, no hace falta.

Al decirlo, Dick recibía en su cara el reflejo caluroso del fuego que hacía resaltar su frente ancha y sólida. Después de haber contemplado la silueta de la llama oscilante como si estuviera meditando, empezó a contar la historia en un inglés que tenía un acento extrañamente japonés.

—Mire, me gustaría contarle algo que nunca antes se lo había contado a nadie. ¿Sabe que pronto me tengo que ir de este país? Mi pierna, gracias a las aguas termales de este balneario, ha mejorado muchísimo. Ya puedo caminar en el campo sin bastón. Puedo decir que ya me curé de la lesión física. A más tardar, dentro de una semana me estaré yendo de aquí, pero no pienso volver a Yokohama…

—¿A dónde iría entonces? Usted tiene su casa en Yokohama.

—Sí, mi casa está en Yokohama, y mis dos padres viven allá. Yo nací en Japón; además de que mi madre es japonesa, no tengo más país natal que Japón. Sin embargo, me quiero ir de este país para vivir por largo tiempo en un lugar como Shangai. Recuperado de la lesión de la pierna, mi cuerpo estará de nuevo fuerte, y ante todo todavía soy joven.

—¿Cuántos años tiene, Mr. Dick?

—Según la cuenta japonesa, veintisiete. Diciéndolo a la manera occidental, voy a cumplir veintiséis el próximo diciembre. Pero esto no importa, escúcheme la historia que le voy a contar. Me iba a ir de aquí sin contársela a nadie, pero ya que usted me ha tratado de una manera tan cordial desde que nos conocimos en este mismo hotel, he llegado a pensar que será bueno contársela a usted. No se preocupe, que no hay necesidad alguna de guardar el secreto, ya que, fuera de mí, ninguno de los que se vio involucrado en aquel asunto está vivo hoy día. Y ahora que me voy de aquí, si le interesa la historia, al terminar de escucharla tiene toda la libertad de escribir un cuento con base en mis experiencias. Es más, puedo decirle que me agradaría que usted, con sus extraordinarias habilidades de escritor, convirtiera ese suceso tan horrible en material de lectura para mucha gente. Tendré que confesar, para empezar, que le mentí una vez sobre la lesión de mi pierna, diciéndole que se me había aplastado en el momento del terremoto. En realidad, fue a causa de un disparo…

Dick habló observando mi reacción de sorpresa, y sacó del bolsillo una pipa para llenarla de tabaco. Se sentó holgadamente en el sillón como preparándose para hablar con calma.

—Bueno, me dispararon en el momento del terremoto, pero no fue a causa del terremoto sino por una mujer. Usted, que frecuentaba el baile del Jardín Flor de Luna o del Hotel Grand, tal vez se acuerde de una rusa, como de veintiocho o veintinueve años, llamada Mrs. Orlov, que llegaba ahí de vez en cuando con uno que otro hombre rubio o con algún mestizo para maravillarnos no sólo con su extraño encanto, un poco salvaje se podría decir, sino con su vestido llamativo que se combinaba fabulosamente con su figura esbelta y blanca. Ya le contaré más en detalle quién era esa mujer y cómo era su carácter, pero déjeme decirle primero que en las fiestas de esa época no había ninguna mujer que la superara en cuanto a la belleza exótica y al lujo en la forma de vivir. Muchas damas y caballeros la evitaban diciendo que era una mujer peligrosa o deshonrada, pero para nosotros ésas no eran más que reacciones originadas en celos o antipatías sin fundamento, ante una rusa exiliada y de origen desconocido, que tenía una gracia fascinante, poco común en Yokohama. Usted sabe que en Yokohama —bueno, no sólo en Yokohama, sino que puede ser común en la mayoría de los puertos del mundo oriental o, mejor dicho, de las colonias de los países occidentales—, los extranjeros residentes tienen la odiosa costumbre de excluir unánimemente de su comunidad, como si formaran un frente común ante un invasor, a cualquier extranjero poco familiar que les parezca sospechoso. Este carácter exclusivista, tan desagradable, que no se mostraba con tanta fuerza antes de la Guerra Mundial, se intensificó en la posguerra con la llegada de los americanos e ingleses, que trataron de eliminar a los demás países para monopolizar sus negocios en el Extremo Oriente. Para ellos, todos los que no son anglosajones, sean orientales u occidentales, son enemigos, o mejor dicho, bárbaros. A los franceses, que fueron sus aliados en la Guerra, no los tratan con tanta antipatía, pero a los alemanes y a los rusos los tratan con abierto desprecio. En el caso de una persona con virtudes superiores, es aún peor, porque le tienen envidia, y seguro la convierten en objeto de calumnias. De manera que la comunidad extranjera ignoraba a la señora Orlov, lo cual me pareció una suerte, conveniente para mí, ya que a nosotros, los mestizos, también nos detestaban, sea abiertamente o a escondidas, aun cuando tuviéramos la nacionalidad anglosajona, por no tener sangre pura.

»A ver, ¿qué opina usted —permítame una desviación— de los que tenemos doble nacionalidad, o sea, los que estamos destinados a no pertenecer a ninguno de los dos países? Hay gente que dice, como criticando mi actitud rencorosa, que la discriminación social no se debe a la impureza de la sangre sino al hecho de que hay muchos niños de escasa inteligencia o de tendencia criminal entre los mestizos. Pero en tal caso, ¿quién se responsabiliza del pecado de haber criado niños tan inmorales como nosotros? La mayoría de nosotros, que no conocemos bien la moral japonesa, aunque vivimos aquí en Japón, pero que tampoco nos educamos completamente al estilo occidental, pareciera que estamos destinados a no poseer un suficiente nivel intelectual o a ser unos vagos en esta sociedad. No sé si sea culpable la sociedad o los padres, pero en cualquier caso la culpa no es nuestra. Bueno, no niego que haya unos cuantos que se han ganado el respeto y la confianza de mucha gente, pero en general nos enfrentamos a los tratos despectivos que nos impiden mantener relaciones igualitarias, ya sea entre los occidentales o los japoneses, y que nos obligan a sentirnos inferiores. Fue por esta razón que, después de conocer a la señora Orlov, muchos de nosotros, congregados a su alrededor, terminamos adorándola como si fuéramos un enjambre de abejas que apuntaran hacia una misma jugosa y suculenta flor. Cuánto más hablaban mal esas damas y caballeros “chic” de nuestra rusa, más nos atraía su belleza. Creo que nos llevaba en realidad más de diez años, o sea que tendría unos treinta y cinco, pero nunca se sabe con precisión la edad de una mujer bien formada físicamente, con una textura de piel tan elástica. Le dije que lucía como de veintiocho o veintinueve años, pero cambiando un poco de maquillaje podía pasar por una chica de veinte, y fijándonos solamente en la superficie tan lisa de esa piel blanca que le cubría el pecho y los hombros, podríamos estar seguros de que su cuerpo era el de una muchacha de diecisiete o dieciocho años. En su cara redonda, la boca era ancha y la barbilla bastante cuadrada, y se notaba su nariz corta, típica de los rusos, que se abría ampliamente hacia adelante, con las fosas nasales como las de un perro venteando la presa. Cuando digo “encanto bestial” y “belleza exótica”, me refiero principalmente a la barbilla y la nariz, pero debo añadir aquí que, si no hubiera sido por la extraordinaria fuerza que emanaba de sus ojos, su figura hubiera sido de una bestialidad más bien ordinaria, y lo exótico simplemente habría degenerado hacia lo grotesco. En realidad, sus ojos despedían un brillo demasiado fuerte, que rebasaba la mera acción de mirar, y parecían dos cristales, grandes y azules, que a veces se iluminaban con un fuego fosforescente y que otras se desbordaban como el mar infinito. Solía hacer una mueca arqueando las cejas como si estuviera molesta, pero, en esas ocasiones, sus pupilas, que se volvían más sensibles y profundas, se veían húmedas como si estuvieran a punto de exhalar rocíos brillantes. Pero toda esta descripción no es suficiente para expresar plenamente su belleza salvaje. Hay una obra de teatro japonés, llamada Puente de piedra, en la que las mujeres bailan sacudiendo locamente sus cabellos rojos y blancos, y al ver por primera vez a la señora Orlov, me acordé justamente del Espíritu del León que aparece en esa obra. El color rojo de su cabello era idéntico al del personaje de la obra. Aunque el cabello natural de color rojo no es tan raro entre las mujeres occidentales, y yo mismo lo he visto algunas veces, nunca había observado un lustre tan intensamente rojo, así como este carbón ardiente de la estufa, en el cabello humano. Su cabello corto, con una raya en el medio, era tan abundante y encrespado que hasta se resistía al peine, y caía ampliamente hacia ambos lados de la cabeza como si fuera un halo de la luna. La cara se le agrandaba debido a ese cabello voluminoso, y se asemejaba a la cabeza de un león. El cuello no demasiado largo, el cuerpo exquisitamente formado, los senos amplios y sensuales, los brazos esbeltos que armonizaban con el cuerpo, las caderas bien asentadas, y las piernas que oscilaban como los suaves vaivenes de las olas… No piense que exagero con esta pintura pletórica, tan llena de palabras poéticas. Bueno, nunca faltó quien dijera maliciosamente que se trataba de una simple lujuriosa, alejada de la belleza, pero dejemos tranquila a esa clase de gente sin sentido de la estética. No estoy exagerando para nada, al contrario, al describirla de esta manera, delante de usted, me la puedo imaginar ahora mismo, tan hermosa como si estuviera aquí presente.

»En esa época, los más fanáticos admiradores de la señora Orlov éramos Jack, Bob y yo. Desde que los tres la empezamos a cortejar con tan fervorosa devoción, los otros pretendientes, quizás fatigados por esta competencia inútil, se retiraron diciendo que estábamos locos. Y nosotros tres, cada quien deseando que los otros renunciaran a la amada, nos hundíamos más y más en el abismo del amor, con una pasión exagerada, ya imposible de frenar. Jack y Bob también eran mestizos, detestados en este país por su sangre impura, y desde pequeños esta coincidencia nos unía en una estrecha amistad; por lo tanto, no nos peleábamos abiertamente de forma deshonrosa, pero nos vigilábamos mutuamente por si alguno madrugaba a los demás, y ninguno podía ocultar sus celos. Pronto, la señora Orlov comenzó a adornarse de objetos de lujo, y su casa se llenó de prendas suntuosas y artículos valiosos. Obviamente, era porque los tres competíamos por medio de los regalos más costosos, como si fuéramos siervos que trataran de ganarse la simpatía de la reina con ofrendas cada vez más atractivas: un día uno le obsequia un vestido de piel, y al día siguiente otro le ofrece una joya… Ella solía decir: “Yo no soporto la vida miserable, ya que la he sufrido en demasía antes de exiliarme en Japón. Siempre me ha gustado disfrutar del lujo de la vida, pero mi esposo murió en la Revolución y ya no puedo regresar a mi país. Estaría dispuesta a casarme si encontrara un hombre capaz de dedicarme todo su amor, alguien que comprenda mis gustos e inclinaciones y que me ofrezca una vida lujosa que me satisfaga…” Incluso llegó a preguntarnos a cada uno de nosotros, en tono de broma: “¿Cuánta fortuna tiene tu familia?”, “¿Heredarás toda esa fortuna?” o “¿Me permitirías toda clase de lujos si me casara contigo? Pero ¿tus padres me aceptarían como tu esposa?” No me acuerdo desde cuándo ni cómo, pero empecé a sentir que, entre los tres, yo era su predilecto. Le contaba que al morir mi padre me quedaría con la mayor parte de la herencia, que me agradaba también la vida lujosa y más aún si fuera para vestirla a ella elegantemente y contemplarla siempre joven y bella, que me preocupaba un poco por el permiso del matrimonio debido a mi juventud pero que dentro de uno o dos años ya no habría problemas, y que no sería difícil ablandar a mi madre… Con estas confidencias trataba de conquistarla cada vez que podía, insistiendo en que dentro de uno o dos años todo sería suyo y que estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa por ella en este tiempo de espera.

»Por supuesto que jamás se me ocurrió contarle estas intimidades a mis dos amigos, pero, intuitivamente, tanto Jack como Bob sospechaban algo. Apasionados, ambos maquinaban maneras para dejar fuera de juego a los otros, y la lucha amorosa se tornó intensa, algunas veces con susurros melifluos, otras con apelaciones dramáticas. Mientras tanto, nuestra amada comenzó gradualmente a mostrar su carácter salvaje: bebía mucho, fumaba, y a medida que ganaba confianza, nos trataba con actitudes y palabras cada vez más groseras. Aunque me colmó de felicidad cuando consintió en casarse conmigo, ¿cómo podía yo estar seguro de que no hiciera lo mismo con los otros dos? De hecho, cada día crecía a su alrededor una cantidad de prendas de lujo poco comunes, tales como anillos, collares y vestidos de gala, y no podía yo confiar tan fácilmente en que sólo mis labios estuvieran gozando del sabor de los suyos. Seguro que los otros dos se veían acosados por los mismos recelos e incertidumbres, puesto que ya casi nos odiábamos, a tal grado que ni siquiera nos dirigíamos la palabra en nuestros encuentros casuales. Cada uno tenía su propia estrategia para cortejarla, tratando de superar a los demás.

»Durante más de un año mantuve una relación secreta con la señora Orlov bajo estas circunstancias. Como trabajaba en Yamashita, en la Corporación B.M., cuyo dueño era mi padre, yo tenía bastante disponibilidad de tiempo y creía que frecuentaba más que los otros a la señora Orlov, ya que Bob trabajaba en el centro de Tokio y Jack tenía que viajar muy seguido a Kôbe por sus negocios. Pero eso duró sólo hasta el año 12 de Taishô, o sea, 1923, año del terremoto. Al terminar agosto, llegó esa mañana tan funesta del 1° de septiembre. Déjeme hacer un paréntesis ahora, antes de relatar los acontecimientos de ese día tan horrible, para explicarle someramente sobre la residencia donde vivía ella. Seguramente usted también conoce más o menos la ciudad de Yokohama, y recordará que la zona más afectada por el terremoto fue justamente el barrio de Yamashita, que no sólo se desplomó casi de manera inmediata sino que fue también arrasado por el incendio. Pero el desastre originado en la colonia extranjera, conocida como “Bluff”, que queda hacia la parte alta, no fue nada inferior. Esa zona de Yokohama, una de las más pobladas por extranjeros, estaba formada por unas cuadras tranquilas con abundantes árboles, pero en su origen había sido una montaña, y desde la construcción del puerto los extranjeros habían venido edificando una casa tras otra sin preocuparse mucho por pendientes ni ondulaciones, hasta llegar a formar una zona residencial.

De manera que, a pesar de su apariencia lujosa, se trataba de simples casas viejas de madera y ladrillos, y como estaban ubicadas en medio de las pendientes y cuestas, no resistieron mucho los derrumbes y desprendimientos causados por el terremoto. Los árboles no sirvieron de gran cosa para detener el incendio ante los fuegos provenientes de varias casas que tenían en sus cocinas carbones listos para preparar la comida. A diferencia de la cocina japonesa en que se prepara la comida en pequeñas estufas con carbón, los hornos al estilo occidental de esas casas, en medio del terremoto, explotaron en una lluvia de carbones encendidos que derramaban relámpagos de fuego, y el incendio arrasó inmediatamente el barrio entero con remolinos de llamas que se formaban en todos los rincones. Bueno, en realidad, esto sucedió un poco más tarde. La señora Orlov vivía en un apartamento, en el segundo piso de un edificio con una hermosa vista, ubicado en el tope de una colina, ahí mismo en Bluff. Ese edificio, una construcción de madera, amplia pero desolada, estaba ahí desde cuando yo era pequeño, y creo que fue originalmente una escuela católica o una residencia estudiantil, o quizá el hospital Santa Clara, algo así. No sé exactamente cómo había sido el interior, ya que lo conocí sólo cuando la señora Orlov estaba viviendo ahí, pero ahora sus paredes estaban totalmente despintadas y desde adentro se veía aún más arruinado. Los que vivían ahí eran los extranjeros pobres y detestados entre los europeos residentes, que no podían vivir en hoteles o casas normales; es decir, era un nido de rusos exiliados. Pero la señora Orlov, a pesar de estar viviendo en esa mugre, llevaba una vida lujosa, nada comparable con la de los otros rusos. El apartamento que alquilaba estaba en el segundo piso, al cual se llegaba subiendo una escalera de mano con peldaños antiguos, al fondo de un pasillo, sucio y oscuro, que tenía puertas alineadas a ambos lados, pero una vez dentro, uno se sorprendía al encontrar habitaciones lujosas, imposibles de imaginar desde la fachada lúgubre del edificio. A pesar de que la mayoría de los rusos vivían apretados en apartamentos pequeños, una familia de cinco o seis miembros en una misma habitación, la señora Orlov ocupaba holgadamente un apartamento de dos habitaciones y lo amoblaba con artículos muy refinados. Una de las habitaciones, del tamaño como de una sala, tenía una chimenea bastante grande, y la otra, también espaciosa, le servía de aposento privado al estar equipada con un baño completo y una pequeña cocina. Se llevaba muy bien con la pareja que trabajaba como conserjes, hasta el punto de utilizarlos como si fueran sus propios sirvientes, y la vida solitaria, bien atendida por la pareja, le aseguraba, en lugar de incomodidad, condiciones envidiables para disfrutar del placer de estar soltera.

»Bueno, esa mañana del 1° de septiembre, justo una hora antes del terremoto, yo estaba en su cuarto. Como ella se levantaba muy tarde, normalmente la visitaba en las tardes, pero ese día, como era sábado, la iba a invitar a un paseíto a Kamakura para pasar la noche allá. Por lo tanto, llegué temprano, pero ella acababa de levantarse y se estaba bañando. Cuando pasé a su aposento, le oí decir desde el baño: “Hey, Dick, llegaste muy temprano hoy. Espera un momentito, que ya salgo”, y efectivamente salió pronto exhibiendo una figura tan sensual, vestida con un kimono ligero que le cubría apenas la piel fresca y acalorada. Permítame aclararle que no era nada raro entre nosotros que yo pasara a su cuarto cuando se estaba bañando o que ella me recibiera medio desnuda, pero a esa altura de nuestra relación, las coqueterías que utilizaba, aun en gestos triviales de su rostro o en los mínimos movimientos de su cuerpo, se asemejaban en todos los aspectos a los trucos de las prostitutas. Recuerdo muy bien que esa mañana, su cabello cálidamente mojado, adherido como un casco a su cabeza, lucía hermoso como si fuera una tela de satén. Encendió el ventilador eléctrico para secarse el cabello, y mientras fumaba un cigarrillo, acostada boca arriba, echando bocanadas redondas de humo hacia el cielo raso, me hizo sentar al lado de sus piernas. Ignorando mi pregunta sobre el viaje a Kamakura que le quería proponer, ……………, ……………, …………… “Oye, Dick, si me quieres llevar a Kamakura, ¿por qué no me regalas el anillo que te mostré el otro día? Anda, ve a comprarlo inmediatamente. Me lo prometiste tú mismo. Si no, no voy a ningún lado”. Lo dijo agarrándome por la nuca para sacudirme la cabeza. Cuanto más fuerte me la sacudía, más ……………, ……………, ……………, ……………, ……………, me respondía rápido para no permitirme ninguna objeción. “Bueno, te lo regalo, claro, pero no me apures tanto. Te estás portando grosera conmigo, ¿no crees, Katinca?”, le dije al fin —Katinca se llamaba la señora Orlov—, “Déjame estar a tu lado hasta las doce, y seguro voy por tu anillo”. “Está bien, tú eres un buen muchacho, lo sabía, entonces te voy a consentir hasta las doce”, al decirlo Katinca se puso de buen humor, y ……………, …………… “Mira, Dick, pero sólo hasta las doce en punto, eh. Te vas a las doce, y luego vuelves por ahí a las cuatro o cinco. De día hace demasiado calor para salir a Kamakura. Pero vuelves sin falta con el anillo, que no te recibo sin el anillo. ¿Entendido?”

»En veinte, treinta minutos, en el momento culminante y dulce del goce amoroso, fuimos sacudidos por ese tremendo temblor. Reaccioné de manera inmediata, tomándole la mano a Katinca, como si tuviera un resorte en mi cuerpo, pero a duras penas logré levantarme, el piso que nos sostenía se levantó y me devolvió con tremendos empujones a la cama. No sé si fue por una ilusión originada por el pánico o porque de verdad tembló así de fuerte, pero en ese momento sentí que las cuatro paredes del cuarto se inclinaban perpendicularmente ante mis ojos y que el cielo raso se convertía en la pared vertical. La cama se deslizaba sobre el piso que se levantaba casi verticalmente y rodaba con velocidad impresionante hacia una de las paredes que ya se situaba en un plano horizontal. Todo el piso nos estuvo empujando y tirando con tanta frecuencia e intensidad, como si fuera un caballo indómito y enceguecido. Lo único que me quedó grabado de ese momento como una imagen visual fue la confusión caleidoscópica de líneas y figuras, como la vista que uno tiene desde la ventana de un tren a toda velocidad al tratar de observar objetos cercanos. Luego, de eso sí me acuerdo con una claridad espantosa, la chimenea de la sala se desplomó hecha añicos con tremendo estrépito y los pedazos de ladrillos cayeron en lluvia vertical. Escuchamos, fuertemente abrazados encima de la cama, ese ruido infernal con los ojos bien cerrados, pero afortunadamente no llegó ni un pedazo de ladrillo al cuarto, porque la chimenea cayó hacia la otra dirección. “Dick, Dick, alcánzame la ropa que está en el armario, esa…”, pude apenas oír su chillido en ese instante. Como sólo me había quitado la chaqueta de mi traje al entrar a su cuarto, pensé que nos podríamos escapar fácilmente cuando ella estuviera vestida. Pero seguía temblando sin cesar —hay gente que dice que hubo una sacudida fuerte al inicio y que sólo después de una pausa llegó la segunda, tercera oleada, pero para mí fue un solo oleaje largo y continuo—. Como el piso quedó totalmente volcado, tal como le acabo de relatar, no pude levantarme bien de la cama, y cuando traté de caminar un poco, me tambaleé como si sintiera un vértigo repentino, cayéndome de bruces a unos dos metros. Mientras avanzaba a gatas cuidadosamente sobre el piso inclinado en dirección al armario, observé que ese armario tan resistente, casi de dos metros de altura, con espejos incrustados en los batientes, no se mantenía quieto ni un segundo, moviéndose constantemente de un lado a otro. Sin poder hacer nada ante ese armario movedizo, yo también estuve vagando, atontado en el espacio. Pero eso no duró nada, porque en el momento en que lo vi moverse con mayor intensidad, me cayó encima como un bloque de piedra. Con un golpe terrible en la columna vertebral, me desmayé luego de lanzar un débil gemido, y ya no me acordé de más…

»No sé cuánto tiempo había pasado cuando escuché una voz que me decía: “Oye, despierta, Dick, soy yo, Jack… ¡Dick! ¡Dick, por favor! Saliste ileso, anímate”. Al recuperar la conciencia, me encontré entre los brazos de Jack, que sostenía mi cabeza sobre sus rodillas. Jack estaba sentado a mi lado, haciéndome tragar brandy de boca a boca. Mi mente estaba tan confundida que no llegué a entender sino hasta después de un buen rato por qué estaba en los brazos de Jack y dónde me encontraba. “Dick, por fin despertaste. Sólo recibiste un golpe en la espalda, y no tienes ninguna lesión grave. Párate firme, aquí tienes un paraguas que te servirá de bastón para caminar. Escápate de aquí cuanto antes, que si te demoras, vas a perder la vida en el incendio. Toda la ciudad de Yokohama se ha convertido en un mar de fuego”, al escucharlo hablarme de esa manera, me di cuenta de que el armario caído estaba a mi lado y que me encontraba en el cuarto de Katinca, pero no llegaba a comprender cómo y por qué estaba ahí Jack. “Jack…”, le dije, “¿Cómo y cuándo llegaste aquí?” “Yo venía subiendo la cuesta de allí abajo cuando tembló, y me vine corriendo derecho hasta aquí para salvar a Katinca.” “¿Cómo está Katinca? ¿Qué le pasó?” Al escuchar esta pregunta, Jack soltó una carcajada espantosa, señalando hacia atrás con el índice: “No te preocupes. Mírala, ahí está”. Traté de fijar mi vista, nublada levemente todavía por el efecto del vértigo, en la dirección señalada por Jack. Al comienzo, sólo logré ver el terrible desorden del cuarto, como si un monstruo gigante lo hubiera pisoteado ciegamente. Luego, poco a poco, me fui dando cuenta con mis propios ojos del inmenso poder destructivo del terremoto que acababa de azotarnos. El cuarto que me servía de nido de amor se había convertido en una ruina de un momento a otro, y ya no quedaba nada que me permitiera reconocer la antigua habitación de lujo. En la pared que separaba el cuarto de la sala, la chimenea había dejado un enorme hueco al desplomarse en pedazos, formando una montaña de ladrillos que se veía a través del mismo hueco, y el piano, que había ocupado el rincón de la sala, yacía de bruces con las patas quebradas después de haberse deslizado hasta el centro. El piso, terriblemente ladeado, mostraba en varias partes grandes boquetes, producidos por los quiebres y rajaduras de las tablas. Se habían caído todos los cuadros de las paredes, así como los estantes; las porcelanas, copas y botellas de licor se habían dispersado por doquier, y todo lo que había estado de pie se había volcado, incluyendo las sillas, las mesas y el tocador. No estaba exagerando cuando le dije hace unos minutos que la cama se deslizaba sobre el piso, puesto que efectivamente estaba en el otro extremo del cuarto, casi hundida en la pared, y su figura deformada me recordó un escenario creado por los artistas expresionistas. Y Katinca estaba parada, recostada en una de las esquinas de la cama como si fuera una estaca, pero lucía pálida, tan pálida como el color de sus ojos que se posaban en mí. Pronto me di cuenta de que había visto mal; en realidad, ella no estaba simplemente parada, sino amarrada a la cama con las manos atadas hacia atrás, y sus pies, también atados, se veían espantosos. “Caramba, Katinca, ¿qué te pasó?”, al oírme hablar así, Katinca, quizá por la insoportable humillación de estar amarrada o tal vez por el peligro inminente, permaneció como desmayada; sus pupilas, que en otras ocasiones habían sido más elocuentes que millones de palabras, ahora apenas se mantenían abiertas con indiferencia. “Pero, Jack, ¿qué quieres hacer con Katinca? ¿No la piensas salvar?” En cuanto grité enloquecido estas palabras, me levanté olvidando los dolores que me atormentaban. “Espera, Dick, que no hay motivo para escandalizarse. Yo simplemente decidí no salvar a esta mujer”, dijo Jack, sosteniéndome fuertemente con sus brazos, porque todavía yo estaba como aturdido, “Escúchame, hermano, la voy a dejar aquí atada para que muera en el incendio. Pero no va a morir sola, puesto que yo me quedo para morir con ella. Anda, Dick, vete inmediatamente y no digas más nada”. “No”, dije yo, tratando de escaparme de los brazos de Jack, “La voy a desatar. Por más que te opongas, la voy a salvar”. “Deja de hablar tonterías”, al decirlo burlonamente, Jack me sujetó todavía con más fuerza y continuó luego, casi pegando su boca a mi oído, con un tono calmado y persuasivo: “Dick, te salvaste de milagro, gracias a mi ayuda. Por más que te resistas, no me podrás vencer. Si te demoras, corres el riesgo de perder la vida. Mira, que el fuego ya está encima. Asómate a esa ventana y verás que estamos rodeados de humo, ves cómo sale por todos lados. Ya no tienes tiempo que perder. ¿Vas a morir por esta tipa? ¿Para qué? Vete, por favor. Te lo aconsejo, no quiero involucrarte en este embrollo. Te lo suplico, hazme caso”. “Jack, no seas cobarde. ¿Vas a matarla sólo porque no pudiste conquistar su amor?” Venciendo mi desesperación, Jack me llevó a la fuerza hasta la ventana de la habitación y me sujetó el cuello con sus manos poderosas para despojarme del ímpetu ciego e incontrolable de mi locura. “Ya que voy a morir pronto, te hablaré con toda franqueza. ¿Sabes qué estaba haciendo la fulana mientras estabas desmayado? Yo entré aquí justo cuando intentaba huir con todas las joyas de valor puestas, en lugar de ayudarte a salir de este peligro. Si yo no te hubiera quitado ese armario de encima, Katinca te habría dejado morir. ¿Conquistar el corazón de una mujer así de descarada? Date cuenta de que a ti también te engañaba. En lo que a mí respecta, te cuento que ya estoy jodido. Cometí un error imperdonable, y para mí ya no tendría ningún sentido seguir viviendo en este mundo. Le prometí que nos iríamos a vivir al extranjero, pero como ves ya no hay remedio; al enamorarme de una mujer tan desalmada, me condené a este final trágico, y debo morir llevándomela como sacrificio. Pero tú no mereces ser víctima de esa ingrata que te iba a dejar abandonado. Te suplico que nos demos la mano sin rencor, como los amigos que siempre hemos sido, y que te vayas rápido de aquí. Siento mucho no poder ver a Bob, dale saludos de mi parte, por favor”. Jack parecía estar dispuesto a arrojarme por la ventana si no aceptaba su propuesta. Pero ¿cómo me podría ir dejando a la mujer que me importaba más que mi propia vida? Bueno, ella me iba a abandonar, y nos había engañado con la falsa promesa de matrimonio a Jack y a mí, y seguramente también a Bob. Sin lugar a duda, era una tipa de lo más odiosa, pero el que se buscó este destino terrible al enamorarse de ella no había sido solamente Jack, sino también yo. Dije: “Mira, Jack, te agradezco la atención, pero yo también le hice una promesa, por lo tanto tengo el derecho de sacrificar mi vida por ella. Si me voy de aquí, eso equivale a perder su amor. No quiero ser un fracasado sin dignidad. Si crees que todavía mantenemos la misma amistad, lo que debemos hacer es morir los dos juntos al lado de esta mujer. No voy a pelear contigo, pero de aquí no me voy a ningún lado. Además, ya es tarde para huir”. A estas palabras mías, sobrevino un largo y pesado silencio. Jack fijó en mí su mirada feroz, encendida por la llama de los celos, para acosarme con evidente repugnancia, pero al fin me soltó. Se levantó decididamente y empezó a caminar con impaciencia sobre el piso inclinado, dando vueltas interminables.

Más allá de la ventana ya se veía el humo que salía en abundancia desde algún lugar cercano. Fuera porque todos los residentes del edificio hubieran muerto o porque ya habían huido, no se sentía ninguna presencia humana en los apartamentos ni en los pasillos. A lo lejos se escuchaban explosiones esporádicas y el ruido crepitante de los incendios que acababan con las casas de madera, y se palpaba en el aire el alboroto y la desesperación, pero ese desorden exterior sólo servía para resaltar el silencio funesto del cuarto. Pronto Jack, que seguramente logró dominar al fin la violencia de sus celos, me enfrentó con calma para ofrecerme su mano y dijo con una voz lastimosa: “Dick, discúlpame por haber tratado de sacarte de aquí a la fuerza. Tienes razón, ya no hay tiempo para escapar. Quedamos empatados en este juego de amor. Te pido disculpas y quiero que seamos amigos de nuevo. Y le daremos el último beso a Katinca”. Después de sostenerme largamente la mano, Jack avanzó algunos pasos firmes hacia Katinca que seguía amarrada en el rincón. “Katinca”, le dijo, “me gustaría soltarte, pero si lo hago, seguro que vas a intentar inútilmente escapar. Hasta el momento en que el fuego llegue hasta aquí y el cuarto se llene completamente de humo, no te voy a soltar. Lo siento mucho, pero resígnate. Ya no hay remedio. Acabas de escuchar toda la historia. Dick y yo vamos a morir juntos. Consuélate por haber tenido en esta vida a dos hombres enamorados de ti hasta la locura”. Fue justo en el momento en que Jack se puso de rodillas para abrazarle las piernas, como si dedicara una oración a una estatua sagrada, o mejor dicho, como si tratara de aplacar la ira de una diosa, cuando los labios de Katinca esbozaron una sonrisa maliciosa, que se proyectó hasta sus pálidas mejillas. “Mira, Jack, si sólo ustedes dos mueren conmigo, Bob les guardará rencor. ¿Por qué no lo traes hasta acá?” Hablando así en un tono solemne, movió nerviosamente los hombros como si estuviera oponiendo la última resistencia a la muerte inminente. “Bueno, lástima no poder ver a Bob, pero ¿qué se puede hacer?” “Sí, puedes hacer algo, lo puedes traer inmediatamente”. Al escuchar estas palabras enigmáticas, Jack me miró y, compadecido, empezó a escrutar el rostro de Katinca. “Estás loca, pobre Katinca. ¿De dónde puedo sacar a Bob?” “No estoy loca. El loco serás tú, que me tratas de esta forma tan terrible. Bob está aquí abajo, justo debajo del piso donde estoy parada”. Su voz sonaba tranquila aunque un tanto fingida, y tenía un tono helado que nos espantó con su poder sombrío. “Sí, Bob está en el apartamento de aquí abajo, pero debe estar aplastado. Si estuviera vivo, habría venido a salvarme, pero seguro que ya está muerto. Anda, Jack, quita esas tablas del piso y tráeme al pobre Bob. Quiero darle un beso al primero de los tres hombres que me han amado hasta la muerte”. Sólo al escuchar estas palabras, me di cuenta de que había desaparecido un piso entero del edificio y que el segundo piso donde estábamos había quedado a nivel del suelo. Pero ¿cómo es posible que Bob esté en el apartamento de abajo? ¿No será que Katinca, después de mandar a Jack en busca de Bob, intentará salvarse seduciéndome con sus artimañas? A Jack también le entró la misma duda, pero permaneció perplejo ante las palabras inesperadas de Katinca. “Te lo voy a contar sin ningún cuidado, ya que vas a morir pronto”, empezó a decir Katinca con su risa descarada. “No sabes todavía cuánto te he engañado hasta ahora. Bob está aquí abajo, porque yo tenía también ese apartamento alquilado, para así poder manejar a los tres a mi antojo”.

»Esta revelación desvergonzada, que terminó confirmando la sospecha que nos había acosado todo el tiempo, nos cayó literalmente como un golpe de gracia. Pálido y tembloroso, Jack se quedó sin palabras, y con los puños apretados me hizo pensar que iba a golpear a Katinca, pero se alejó al tiempo que me dirigía estas palabras: “Dick, te encargo a esta traidora. Que jamás se te ocurra desatarla”. Después de romper varias tablas del piso para agrandar el boquete, Jack pasó al apartamento de abajo. Al mismo tiempo, de la ventana abierta entró un torbellino de chispas. Katinca, que se encontraba en medio de las chispas que le quemaban la cara y la cabeza, cuyo cabello, rojo por naturaleza, parecía realmente tomar el color rojo del fuego, seguía atada a la cama como una estatua sagrada. ¿Quién habría visto en este mundo una escena tan bella pero, a la vez, tan espantosa? “Anda, Dick, no pierdas tiempo”, me azuzó mi amada bajo el humo, “¡Suéltame, y llévame hasta donde puedas! Si nos sigue Jack, mátalo sin vacilar con la pistola”. “Pero ¿dónde está la pistola?”, la pregunta me salió espontáneamente, porque la palabra pistola me había desconcertado durante unos segundos. “Ahí en el cajón del tocador…” No sé si me poseyó algún demonio o si me empujó una fuerza superior a mi voluntad, pero lo cierto fue que saqué la pistola después de haber gateado unos pasos bajo el humo asfixiante. Y justo en ese momento, Jack regresó, cargando sobre la espalda el cuerpo ya totalmente frío de Bob, con el rostro desgarrado por un golpe y manchado por un chorro de sangre que le salía de la herida abierta en la mejilla…

»Lo que sucedió después es algo que aún me horroriza al tratar de contarlo. Le dije a Jack: “Oye, Jack, nosotros no podemos ser amigos. Decidámoslo todo en un duelo. Si gano yo, suelto a Katinca para salvarla, a ver si podemos atravesar la barrera de fuego”. “Bueno, pero entonces, me toca a mí primero”, al decirlo, Jack me arrebató la pistola, pero apenas me apuntó, cambió rápidamente la dirección para disparar varias veces sobre Katinca. Una de las balas alcanzó mi rodilla cuando traté de protegerla…

»Me preguntará usted: ¿cómo pude salvarme? Después de matar a Katinca, Jack, gritando: “¡Yo gané!”, se dio muerte a sí mismo con un disparo en el pecho. Al quedarme solo, habiendo perdido en un segundo a mis tres amigos, repentinamente me sentí apegado a la vida. Con un cuchillo le corté un puñado de cabellos a Katinca. Con los cabellos bien guardados dentro de mi ropa, comencé a huir del fuego creciente, arrastrando la pierna lesionada, pero fue por puro milagro que logré salvarme. 

Dick esculcó en el interior de su traje, y agregó:

—¿Sabe? Todavía guardo bien los cabellos. Mire este puñado rojo de fibras sedosas, tan bonitas…

Abrió un sobre cuadrado para dejar caer sobre la palma de la mano un puñado de cabellos.

Contemplé el objeto en su palma, y me pareció que el color rojo reflejaba todavía el fuego de su pasado. Tuve un escalofrío repentino y doblé más el cuerpo encima de la estufa.


En Historia de la mujer convertida en mono - Siete cuentos japoneses
© 2007
Traducción: Ryukichi Terao
Revisión y prólogo: Ednodio Quintero
Foto: s-d

Oliverio Girondo - Hay que buscarlo

17 de julio de 2014 · 0 Comentarios





En la eropsiquis plena de huéspedes entonces meandros de espera ausencia
enlunadados muslos de estival epicentro
tumultos extradérmicos
excoriaciones fiebre de noche que burmúa
y aola aola aola
al abrirse las venas
con un pezlampo inmerso en la nuca del sueño hay que buscarlo
                                                                                                              al poema

Hay que buscarlo dentro de los plesorbos de ocio
desnudo
desquejido
sin raíces de amnesia
en los lunihemisferios de reflujos de coágulos de espuma de medusas de arena de los senos o tal vez en andenes con aliento a zorrino
y a rumiante distancia de santas madres vacas
hincadas
sin aureola
ante charcos de lágrimas que cantan
con un pezvelo en trance debajo de la lengua hay que buscarlo
                                                                                                              al poema

Hay que buscarlo ignífero superimpuro leso
lúcido beodo
inobvio
entre epitelios de alba o resacas insomnes de soledad en creciente
antes que se dilate la pupila del cero
mientras lo endoinefable encandece los labios de subvoces que brotan del intrafondo eufónico
con un pezgrifo arco iris en la mínima plaza de la frente hay que buscarlo
                                                                                                              al poema


En En la masmédula (1953)
Imagen: s/d

Nadine Gordimer - La suave voz de la serpiente

16 de julio de 2014 · 0 Comentarios




Tenía veintiséis años, estaba muy sano y pronto se encontró con fuerza suficiente para que le sacaran en su silla de ruedas al jardín. Como todos, tenía una grande y curiosa fe en el jardín. «Bueno, pronto te levantarás y te sentarás ahí fuera en el jardín», le dijeron, mirándole con simpatía, con pequeños movimientos comprensivos de cabeza. Sí, pronto estaría fuerte... en el jardín. Era un jardín grande, cerrado por unos abetos viejos, oscuros, sedosos, aguzados, y él podría sentarse aislado, a la sombra de su follaje escalonado. Tenía la sensación de que allí, en el jardín, llegaría a un entendimiento; que allí le sería más fácil. Tal vez alentara en ello la vieja idea del Edén; el frágil ser humano hace las paces consigo mismo ante la presencia impersonal y apaciguadora de los árboles, la hierba y la tierra, antes de salir a mostrarse a los ojos del mundo.

La primera vez resultó muy extraño; su esposa le llevó por el sendero de grava bajo el sol y la sombra, y se sintió exactamente como cuando era un niño pequeño y se agachaba y daba la vuelta para mirar el mundo al revés, por entre sus tobillos. Todo era vasto y abierto, el cielo, el viento que soplaba sobre el césped oscilante y trémulo, las flores que se movían como si negasen con vehemencia. El movimiento...

Un primer golpe de brisa volvió a levantar el flojo y abolsado velamen de su ser; sintió que se combaba suavemente, tan suavemente que pudo sentir de algún modo que algo se hendía en su interior.
  
Así pues, ella le llevó empujándole con fuerza y no muy bien, con sus brazos delgados y hermosos, pero a él no se le hubiera ocurrido decir ni palabra por la forma en que lo hacía, ni insinuar siquiera que una enfermera lo haría mejor, porque sabía que eso le dolería, y cuando llegaron a un lugar que a él le gustó, puso el freno a la silla y le acomodó allí para pasar la mañana. Esa fue la primera vez, y ahora se sentaba allí todos los días. Leía mucho, pero su atención quedaba en suspenso de cuando en cuando, súbita y apremiante, por el hueco que había bajo la manta donde una pierna estaba allí, en su sitio, y a su lado, la manta caía flácida. Luego, mirando, se daba cuenta de que su pierna no estaba allí; la sentía desvanecerse, desde los dedos del pie hasta el muslo. Se daba cuenta de que no tenía pierna. Al cabo de unos minutos volvía a la lectura. Nunca dejaba que le alcanzase una comprensión plena; se permitía darse cuenta físicamente, pero no dejaba que esa sensación le dominara. Sentía que le presionaba, que venía, oscura, aplastante, a punto de estallar; pero siempre retrocedía, en el último momento, para volver a su libro. Ese era su sistema; así se había propuesto hacerlo. Consentía que se acercara extremadamente cerca, una y otra vez, dispuesta a atraparla allí, a solas en el jardín, y una y otra vez la rechazaba en el último momento. Lentamente se convertiría en hábito, cobraría la fuerza tranquilizadora del hábito. Se convertiría en hábito el no llegar al punto de darse cuenta de que nunca se daría cuenta de ello. Y un buen día descubriría que había conseguido su propósito: se sentiría como si hubiera estado siempre así. Luego, pasaría el peligro definitivamente.

Al cabo de una o dos semanas ya no tenía que leer a todas horas; podía dejar el libro y mirar alrededor, ver moverse sedosamente los abetos como el pelo liso y fino de un niño al viento, ver los pajaritos que andan por la cuerda floja de los cables del teléfono, ver al viejo y gordo palomo perseguir a sus refinadas y patricias hembras grises, zureando con lujuria. Su esposa venía y se sentaba con él, cosiendo, y a veces hablaban, pero con frecuencia pasaban las horas sentados, la mañana entera; los movimientos de ella en su quehacer, breves y discretos como los de los pájaros; él echaba la cabeza hacia atrás y miraba el borrón del cielo a través de los ojos semi-cerrados. De vez en cuando, los ojos de ella, habitualmente vueltos hacia su interior, captaban la señal de cualquier pequeño acontecimiento, un punto de color en el jardín, y, acto seguido, su risa o exclamación con la que procuraba hacérselo notar, y despejar así, de súbito, el silencio. A las once, ella se levantaba, dejaba su costura e iba a la casa a recoger la bandeja del té; caminaba despacio bajo el sol, por el sendero, con facilidad, más fortalecida por el sol que por sus propios músculos. La miraba irse... Se estaba curando. En la estática cualidad de su mirada, en el sentimiento de sosiego de su boca, en la palma de la mano descansando hacia arriba, notaba un fortalecimiento...

Un día, una langosta pasó zumbando secamente junto a la cabeza de su esposa, y ella se levantó de un salto, gritando, tirando la costura. Se echó a reír mirándola mientras ella se agachaba para recogerla, temblorosa. Se fue a la casa a buscar el té y él comenzó a leer. Pero pronto dejó el libro y, bostezando, se fijó en una madeja de algodón de color rosado, que ella no había visto, caída en un rosal. Se sonrió al recordarla y luego se fijó en una cara diminuta y curiosa, de viejo, que le miraba sin quitarle ojo, con una especie de temor hipnótico. Allí, absolutamente paralizada por el miedo, bajo su mirada, estaba agazapada una langosta muy grande. ¡Qué rostro tan gracioso tenía aquella cosa! Un rostro largo y lúgubre, que parecía sugerir una cabeza calva y una boca triste. Parecía un personaje de una película de dibujos animados de Disney. Se movía ligeramente, mirándole aún con miedo. Extraño cuerpo encapsulado en una especie de armadura anticuada y chirriante. ¡No se había dado cuenta hasta entonces de qué insectos tan ridículos eran las langostas! Bueno, naturalmente no; aparecen como una plaga, colectivamente, como un todo, y nadie se para a mirar sus rostros.

Pero este, desde luego, era curiosamente humano y hasta expresivo, aunque al mirar el cuerpo pensó que, en realidad, a eso no se le podía llamar cuerpo. El parentesco de aquella criatura con los seres humanos terminaba en el rostro. El cuerpo era papel fino desplegado sobre un armazón hecho de cerillas, como el avión casero de un chiquillo. Y no podía pensar en las patas como si fueran verdaderas patas traseras aserradas, más bien parecían piezas de una vieja grúa, y las delanteras, como las horquillas de su mujer, estaban dobladas en dos. Y en aquel momento, el animal levantó levemente una de las patas delanteras y se la pasó temblando sobre la cabeza, haciendo bajar suavemente la antena izquierda. Al igual que un hombre que saca un pañuelo y se lo pasa por la frente.

Comenzó a sentir un enorme interés por el bicho, y se inclinó en su silla para observarlo más de cerca. El bicho se percató de su presencia; bajo sus costados tiesos y chapeados, le sorprendió ver las pulsaciones de un corazón. Con qué rapidez respiraba... Se alejó un poco para asustarlo menos.

Mirándola con detenimiento e intentando pasar inadvertido, sin moverse, fue consciente de que en la cosa se estaba produciendo una lucha. Parecía hacer un esfuerzo de concentración muscular: esa fuerza coordinada pasó por su cuerpo en una especie de temblor que disminuía lentamente y terminó con un estremecimiento en la parte de arriba de las grandes patas traseras. Pero la langosta se quedó donde estaba. Varias veces le atravesó esa oleada de esfuerzos para desaparecer acto seguido, pero la vez siguiente dio por sorpresa unos cuantos pasos tambaleantes e inseguros, y su tren de aterrizaje, también como el de un avión, se arrastró por la tierra.

Luego el animal se posó, cayendo sobre un costado, las antenas vueltas hacia él. Tanteó con las patas, buscando un asidero en la tierra blanca, doblando sus articulaciones y esforzándose. Con un impulso, se enderezó y en ese momento vio —al inclinarse de nuevo hacia delante— lo que ocurría. Era el mismo problema. Su problema. El animal había perdido una pata. Sólo le quedaba la alargada parte superior de la izquierda, con una abertura redonda y clara donde, sin duda, encajaba la otra sección de la pata.

Mientras miraba a la langosta, que se esforzaba una y otra vez en aquella concentración de músculos, agotándose una y otra vez en enviar un mensaje que nunca era obedecido, supo exactamente lo que sentía el animal. ¡Claro que conocía ese sentimiento! La absoluta certeza de que la pierna estaba ahí, lo único que tenía que hacer era levantarla... La parte superior de la pata de la langosta vibraba, se levantaba, luego ¿por qué no podía andar? Lo intentó de nuevo. El mensaje llegó, pasó por ella, la pata se alzó, estaba lista ¡ya! La parte que quedaba permaneció en el aire, sin nada, nada en que apoyarse.

Se rio y movió la cabeza: Sabía... Por Dios, sabía exactamente cómo; llamó hacia la casa:

—¡Ven rápido! ¡Ven a ver! ¡Aquí tienes otro enfermo!

—¿Qué? —gritó ella—. ¡Estoy haciendo el té!

—¡Ven a ver! —gritó él—. ¡Ahora!

—¿Qué es? —preguntó ella, acercándose a la langosta con repugnancia.

—Tu langosta —dijo él.

Ella se apartó de un salto, dando un chillido.

—No te preocupes, no puede moverse. Es tan inofensiva como yo. ¡Debiste arrancarle la pata al golpearla!

Se reía de ella.

—¡Oh, no fui yo! —dijo en tono de reproche. Le parecía repugnante, pero más repugnante aún le parecía hacer daño a nadie—. No la toqué. Le di al aire. No es posible que la haya golpeado, que le arrancara la pata.

—Está bien, como quieras. Debe ser otra langosta. Pero de todas formas ha perdido la pata. Debes observarla... No sabe que su pata ya no está ahí. Dios, sé exactamente cómo se siente uno así. La he estado mirando y de verdad es increíble. ¡Me doy cuenta de que se siente igual que yo!

Ella sonrió, mirando de reojo; parecía repentinamente contenta por algo. Luego, volviendo en sí, avanzó, inclinada, las manos en las caderas.

—Bueno, si no puede moverse —dijo ella, inclinándose más.

—No tengas miedo —dijo él—. Tócala.

—Ah, la pobrecita —dijo reteniendo el aliento compasivamente—. No puede andar.

—No la animes a compadecerse de sí misma —le dijo tomándole el pelo.

Miró hacia arriba y se rio.

—Ah, eres... —dijo ella evitando una respuesta directa, frunciendo el ceño. La langosta seguía con su rostro tonto y solemne vuelto hacia ella.

—Qué lástima, parece un viejecillo —dijo ella—. Pero ¿qué le va a pasar?

—No lo sé —dijo él, pues, como corría la misma suerte, eso le absolvía de responsabilidad o de misericordia—. A lo mejor le crece otra. A los lagartos les salen colas nuevas, si las pierden.

—Ah, los lagartos —dijo ella—. Pero a estas no. Me temo que la va a coger el gato.

—Manda que le hagan una sillita. Podrás sacarla de paseo aquí, conmigo.

—Sí —se rio ella—. Sólo que tendría que hacerle una especie de carrito con ruedas.

—O a lo mejor le pueden enseñar a usar muletas.

Estoy seguro de que a los granjeros les gustaría saber que seguía en actividad.

—¡Pobrecita! —dijo ella inclinándose de nuevo sobre la langosta. Y retrocediendo a algún momento de su infancia, tomó una ramita y rozó muy suavemente a la langosta.

—Qué extraño que hasta sea la misma pata: la izquierda.

Volvió la cabeza hacia él y sonrió.

—Lo sé —dijo él moviendo la cabeza—. Los dos... —y luego, sonriendo, volvió a decir—: Nosotros dos.

Ella se rio y, justamente al mover la rama con más fuerza de lo previsto, la tocó y hubo como un repentino crujir de papeles, y la langosta se alejó volando.

Se quedó con la rama en la mano, recuperándose del miedo, y preguntó acobardada como una niña.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?

Hubo un momento de silencio.

—No seas tonta —dijo él, irritado.

Habían olvidado que las langostas pueden volar.


En Ningún lugar semejante
Traducción: Barbara McShane
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

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