Descarga: Edgar Allan Poe - Aventuras de Arthur Gordon Pym

15 de abril de 2014 · 0 Comentarios



La única novela de Poe, que tantos y tan intensos cuentos escribió, es un verdadero friso de atrocidades: a un ritmo vertiginoso, en una atmósfera agobiante, se suceden tempestades, naufragios, hambre y canibalismo, matanzas, gritos, silencios opresores… En estas páginas obsesivas, recargadas, barrocas, no hay un momento de respiro para el lector, que se ve literalmente asediado —y acaso fascinado— por la destrucción y muerte que rezuman. Y no menos sorprendente es su misterioso final, en el que aparece esa inesperada figura velada que tenía «la perfecta blancura de la nieve». Verne no se resignó a ignorar el destino de Pym y lo imaginó en La esfinge de los hielos.

Vizconde de Lascano Tegui - Un cocodrilo

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He visto caer a mi familia, como un leproso ve caer por segmentos sus manos frías hinchadas. Mi padre trajo del Amazonas un cocodrilo que guardábamos en una piscina cubierta por un enrejado de alambre. El cocodrilo pasaba varios meses dormido y los tábanos y los mosquitos habitaban sobre su lomo escarpado. Contraían al chupar su sangre la enfermedad del sueño. El cocodrilo se despertaba de un solo lado, casi siempre abría el ojo de esa región y nos miraba melancólicamente. Todavía tenía sueño. El ruido de la calle, el trepidar de los carros cargados de legumbres, aceleraban sus pesadillas. Un mosquito que había logrado escapar de su letargo ese día —el cocodrilo tenía un ojo abierto—, picó a mi hermano menor, que recorría con un dedo la extensa dentadura de nuestro huésped, y mi hermano conoció por esa picadura casual el placer inenarrable de servir de experimento. Murió de sueño.

La tumba de mi hermano quedaba en la parte más baja y húmeda del cementerio. El Sena la cubría durante las crecientes periódicas del invierno. Entre el lodo y el limo, recogíamos luego la cruz que la corriente había llevado lejos. La tumba parecía seguirla y arrastrarse y volver al lecho del río, como si en aquel cajón de pino con manijas de plomo no estuvieran ya los huesos descarnados de mi hermano, sino el alma divina y egipcia del cocodrilo sagrado.


En De la elegancia mientras se duerme, 1925
Imagen s/d

Jean Baudrillard: El exotismo radical

14 de abril de 2014 · 0 Comentarios





A la luz de todo cuanto se ha hecho por exterminarlo, se aclara la indestructibilidad del Otro, y por tanto la fatalidad indestructible de la Alteridad.
Poder de la idea, poder de los hechos.
La Alteridad radical resiste a todo: a la conquista, al racismo, al exterminio, al virus de la diferencia, al psicodrama de la alienación. De una parte, el Otro siempre está muerto; de la otra, es indestructible.
Así es el Gran Juego.

Impenetrabilidad última de los seres como de los pueblos.
«La impenetrabilidad de las razas no es más que la extensión a las razas de la impenetrabilidad de los individuos» (Segalen).
El exotismo sólo sobrevive de la imposibilidad del encuentro, de la fusión, del intercambio de las diferencias. Afortunadamente, todo eso es una ilusión, la misma de la subjetividad.
Solo queda la extrañeza del extranjero, el irredentismo del objeto.
Nada de psicología, siempre es lo peor.
Eliminar todas las formas psicológicas, ideológicas y morales del Otro. Eliminar la metáfora del Otro, el Otro como metáfora.
Buscar su «crueldad», la ininteligibilidad del Otro, su obsesión. Forzarle a la extrañeza, forzarle en su extrañeza.
Agotamiento de la metáfora; forma sublime de violación metafórica.
Antietnología radical, antiuniversalismo, antidiferencialismo.
El exotismo radical contra el proxenetismo de la diferencia.

Segalen lo había dicho en lo que se refiere al descubrimiento del mundo y de las otras culturas: una vez delimitada la Tierra como esfera, como espacio acabado por la omnipotencia de los medios de comunicación, sólo queda la fatalidad del turismo circular, que se agota en la absorción de todas la diferencias, en el exotismo más trivial. Sin embargo, una vez localizada esta fatalidad entrópica de la nivelación de todas las culturas y, por tanto, de la imposibilidad del lenguaje, Segalen resucita de todos modos la gran perspectiva del Exotismo Esencial, del Exotismo Radical.

«El exotismo es la percepción aguda e inmediata de una incomprensibilidad eterna.»
Lo que domina no es el régimen de la diferencia y la indiferenciación, sino la incomprensibilidad eterna, la extrañeza irreductible de las culturas, de las costumbres, de los rostros, de los lenguajes.

«Si el sabor aumenta en función de la diferencia, ¿qué más sabroso que la oposición de los irreductibles, el choque de los contrastes eternos?»
El irredentismo del objeto: «El exotismo esencial es el del Objeto para el Sujeto.» El exotismo como la ley fundamental de la intensidad de la sensación, de la exaltación del sentir y, por tanto, del vivir…

«Todos los hombres están sometidos a la ley del exotismo…»
¿Es una ley? ¿La teoría del exotismo es ética, estética, una filosofía, un arte de vivir, una visión del mundo, impresionista o doctrinal? Para Segalen, es una hipótesis ineluctable y una fuente de placer.
La alteridad radical es a la vez inencontrable e irreductible. Inencontrable como alteridad en sí (evidentemente un sueño), pero irreductible como regla de juego simbólico, como regla de juego del mundo. La promiscuidad y la confusión general de las diferencias no alteran esta regla de juego en tanto que regla de juego. No es una ley racional, ni un proceso demostrable. Jamás dispondremos de pruebas, ni metafísicas ni científicas, de este principio de extrañeza y de incomprensibilidad; hay que tomar partido por él.
Lo peor es la comprensión, que sólo es una función sentimental e inútil. El auténtico conocimiento es el de que jamás nos comprenderemos en el otro, lo cual hace que este otro no sea uno mismo y, por consiguiente, no pueda ser separado de sí, ni alienado por nuestra mirada, ni instituido en su identidad o en su diferencia. (No plantear jamás a los demás la pregunta de su identidad: así, en el caso de América, jamás se ha planteado la cuestión de la identidad americana, es la extrañeza de América lo que está en juego.) Si no entendemos al salvaje, es por la misma razón por la que él no se entiende a sí mismo (el término «salvaje» traduce esta extrañeza mucho mejor que todos los eufemismos posteriores).
Así pues, esta regla del exotismo obliga a no engañarse con la comprensión, ni con la intimidad, ni con el país, ni con el viaje, ni con lo pintoresco, ni con uno mismo. La dimensión del Exotismo Radical no es, por otra parte, obligatoriamente la del viaje: «No era necesario para obtener la impresión (del exotismo) recurrir al episodio obsoleto del viaje… Pero el episodio y la puesta en escena del viaje permiten, mejor que cualquier otro subterfugio, ese cuerpo a cuerpo brutal, rápido, despiadado, y señala mejor cada uno de los golpes.» El viaje es un subterfugio, pero el más adecuado de todos.


Poder de la antípoda, poder crítico del viaje. Es el período más hermoso del Otro: Jean de Lhéry, Montesquieu, Segalen.
Es el momento sublime de irrupción de la alteridad. Siglo XVIII. Hay que mantener al otro en su extrañeza. Barthes y el Japón. América. No intentar entenderlo como diferencia. Es el principio del Exota de Segalen. Ninguna pretensión a la verdad. Repugnancia del exotismo trivial. Tampoco intentar abolirse delante del otro. Es la tentación de Isabelle Eberhardt: forma fusional, confusión mística. Ella responde al interrogante: ¿cómo se puede ser árabe?, volviéndose árabe, renegando de la propia extrañeza. Sólo consigue morir. Y es un árabe el que la arroja a la corriente, para aniquilar esta apostasía. Rimbaud, en cambio, no fusiona jamás. Su extrañeza respecto a su propia cultura es demasiado grande, no tiene ninguna necesidad de diversión mística.
Patagonia. Fantasía de desaparición. La de los indios, la tuya, la de toda cultura, la de todo paisaje en la indiferenciación de las brumas y los hielos. Pero en el fondo, todo eso desaparece también aquí en Europa, todos somos alakaluves. ¿Por qué esta diversión geográfica? La clave está en que es mejor acabar con una forma rastrera de desaparición (la nuestra) mediante un tránsito rápido hacia la desaparición visible. Todo paso a la acción es una solución imaginaria. Por esta razón «Patagonia» rima tan bien con «Patafísica», la ciencia de las soluciones imaginarias. Patafísica y agonista. La Patagonista.

Lo que buscamos en el viaje no es el descubrimiento ni el intercambio, sino una desterritorialización blanda, una posesión por el mismo viaje, y por tanto por la ausencia. En los vectores metálicos que trascienden los meridianos, los océanos, los polos, la ausencia adopta una cualidad carnal. Al secreto del enterramiento en la vida privada sucede el aniquilamiento por la longitud y la latitud. Pero al final el cuerpo está fatigado de no saber dónde está, en tanto que el espíritu se exalta con esta ausencia como con una cualidad que le es propia.

A fin de cuentas, en los demás tal vez buscamos la misma desterritorialización blanda que buscamos en el viaje. El deseo propio y el descubrimiento es sustituido en la tentación del exilio por el deseo del otro y su travesía. Ya muchas veces las miradas y los gestos amorosos tienen la distancia del exilio, el lenguaje se expatria en palabras que tienen miedo a significar, los cuerpos son como un holograma blando a la vista y al tacto, sin resistencia y propicio, por consiguiente, a ser estriado en todos los sentidos por el deseo como un espacio aéreo. Nos desplazamos con circunspección en un planeta mental hecho de circunvoluciones. Y traemos de nuestros excesos y de nuestras pasiones los mismos recuerdos transparentes que de nuestros viajes.

Ocurre con el viaje lo mismo que con la relación con los otros. El viaje como metamorfosis, como anamorfosis de la Tierra. Lo femenino como metamorfosis, como anamorfosis de lo masculino. La transferencia como liberación de nuestro propio sexo y de nuestra cultura. Esa forma, la de la expulsión y la liberación, es la que domina hoy sobre el viaje clásico, el del descubrimiento. Viaje espacial y orbital, vectorial, aquel que, junto a la velocidad, es también un juego con el tiempo. Viaje de la era de Acuario, en la versatilidad, en la reversibilidad de las estaciones, de las culturas. Escapar a la ilusión de la intimidad.

Anteriormente extensión periférica de una actividad central y diversión del lugar de origen, el viaje cambia de sentido de repente: se convierte en una dimensión original, la del no-retorno, la nueva escena primitiva. Entonces se vuelve realmente exótico y equivale en el futuro al descentramiento en el pasado de las sociedades primitivas. Al mismo tiempo, mientras anteriormente consistía en comprobar la monotonía creciente de los países y las culturas, la erosión planetaria de las mentalidades —con esta especie de masoquismo que caracteriza la ilusión turística—, lo que surge hoy del viaje es, por el contrario, el exotismo radical, la incompatibilidad de todas las culturas.

Viajar era la manera de estar fuera, o de no estar en ninguna parte. Hoy es la única manera de experimentar la sensación de estar en alguna parte. En casa, rodeado de todas las informaciones, de todas las pantallas, ya no estoy en ninguna parte, estoy en todas las partes del mundo a un tiempo, estoy en la banalidad universal. Es la misma en todos los países. Aterrizar en una ciudad nueva, en una lengua extranjera, es reencontrarme de repente aquí y en ninguna parte. El cuerpo recupera su mirada. Liberado de las imágenes, recupera la imaginación.

¿Qué hay más próximo al viaje, a la anamorfosis del viaje, que la fotografía? ¿Qué hay más próximo a su origen? De ahí su afinidad con todo lo salvaje y primitivo, con el exotismo más esencial, el del Objeto, el del Otro.
Las fotos más hermosas son las que se hicieron a los salvajes en su lugar natural. El salvaje siempre planta cara a la muerte y afronta el objetivo exactamente igual que a la muerte. No es farsante, ni indiferente. Posa siempre, da la cara. Su victoria consiste en transformar una operación técnica en un cara a cara con la muerte. Es lo que le convierte en un objeto fotográfico tan fuerte y tan intenso. Cuando el objetivo ya no capta esta pose, la obscenidad provocadora del objeto ante la muerte; cuando el sujeto se vuelve cómplice del objetivo y también el fotógrafo se vuelve subjetivo, ha terminado el gran juego fotográfico. El exotismo ha muerto. Actualmente, es muy difícil encontrar un sujeto, o incluso un objeto, que no sea cómplice del objetivo.

Para la mayoría, el único secreto consiste en no saber cómo viven. Este secreto les aureola de un cierto misterio, de un cierto salvajismo que si la foto es buena consigue captar. Captar en los rostros el fulgor de ingenuidad y destino que traiciona el hecho de que no saben quienes son, que no saben cómo viven. El brillo de impotencia y de estupefacción del que carece por completo la raza mundana, taimada, conectada, introspectiva, que está en el meollo de sí misma y, por consiguiente, sin secreto. Para esos, la foto es despiadada.

Sólo es fotográfico lo que es violado, sorprendido, desvelado, revelado a pesar suyo, lo que jamás habría debido ser representado porque carece de imagen y de conciencia de sí mismo. El salvaje, o lo que nosotros tenemos de salvaje, no se refleja. Es salvajemente extraño a sí mismo. La mujeres más seductoras son las más extrañas a sí mismas (Marilyn). La buena fotografía no representa nada, capta esta no-representatividad, la alteridad de lo que es extraño a sí mismo (al deseo y a la conciencia de sí), el exotismo radical del objeto.

Los objetos, al igual que los primitivos, tienen un cuerpo fotogénico de ventaja sobre nosotros: están liberados de entrada de la psicología y la introspección. Así que mantienen toda su seducción frente al objetivo.
La fotografía explica el estado del mundo en nuestra ausencia. El objetivo explora esta ausencia. Incluso en los rostros o los cuerpos cargados de emoción y de patetismo, sigue explorando esta ausencia. Así, lo que mejor se retrata son los seres para los cuales no existe el otro, o ya no existe (los primitivos, los miserables, los objetos). Sólo lo inhumano es fotogénico. A este precio funciona una estupefacción recíproca, y por consiguiente una complicidad nuestra con el mundo y del mundo con respecto a nosotros.

La fotografía es nuestro exorcismo. La sociedad primitiva tenía sus máscaras, la sociedad burguesa sus espejos, nosotros tenemos nuestras imágenes.
Creemos forzar el mundo mediante la técnica. Pero mediante la técnica es el mundo lo que se nos impone, y el efecto sorpresa debido a esta inversión es considerable.
Creemos fotografiar determinada escena por placer —en realidad, ella es la que quiere ser fotografiada— y no somos más que el figurante de su puesta en escena. El sujeto no es más que el agente de la aparición irónica de las cosas. La imagen es, por excelencia, el médium de la publicidad gigantesca que se hace el mundo, que se hacen los objetos, forzando a nuestra imaginación a borrarse, a nuestras pasiones a extrovertirse, rompiendo el espejo que les ofrecíamos hipócritamente para captarlas.
El milagro actual es que las apariencias, largo tiempo reducidas a una servidumbre voluntaria, se vuelven hacia nosotros y contra nosotros, soberanas, a través de la técnica con que las habíamos expulsado. Vienen hoy de fuera, de su lugar propio, desde el centro de su banalidad, desde el centro de su objetualidad; irrumpen por todas partes, multiplicándose a sí mismas con alegría (la alegría de fotografiar es un júbilo objetivo; aquel que jamás ha experimentado el arrebato objetivo de la imagen, de mañana, en una ciudad, en un desierto, jamás entenderá nada de la delicadeza patafísica del mundo).
Si una cosa quiere ser fotografiada, es precisamente porque no quiere entregar su sentido, porque no quiere reflejarse. Es porque quiere ser captada directamente, violada allí mismo, iluminada en su detalle, en su cualidad fractal. Sentimos que una cosa quiere ser fotografiada, quiere volverse imagen, y no para durar; al contrario, es para desaparecer mejor. Y el sujeto sólo es un buen médium fotográfico si entra en este juego, si exorciza su propia mirada y su propio juicio estético, si disfruta de su propia ausencia.

Es preciso que una imagen tenga esa cualidad, la de un universo del que se ha retirado el sujeto. La propia trama de los detalles del objeto, de las líneas, de la luz, es lo que debe significar la interrupción del sujeto y, por consiguiente, también la interrupción del mundo, que constituye el suspense de la foto. Mediante la imagen, el mundo impone su discontinuidad, su fragmentación, su amplificación, su instantaneidad artificial. En dicho sentido, la imagen fotográfica es la más pura, porque no simula el tiempo ni el movimiento y se ciñe al más riguroso irrealismo. Todas las restantes formas de imagen (cine, por ejemplo), lejos de constituir progresos, quizá no son más que formas atenuadas de la ruptura de la imagen pura con lo real. La intensidad de la imagen es proporcional a su discontinuidad y a su abstracción máxima, es decir, a su idea preconcebida de denegación de lo real. Crear una imagen consiste en quitar al objeto todas sus dimensiones, una tras otra: el peso, el relieve, el perfume, la profundidad, el tiempo, la continuidad y, evidentemente, el sentido. Sólo a cambio de esta desencarnación, de este exorcismo, la imagen gana un incremento de fascinación, de intensidad, se vuelve el médium de la objetualidad pura, se vuelve transparente a una forma de seducción más sutil. Volver a añadir una tras otra todas estas dimensiones, el relieve, el movimiento, la emoción, la idea, el pathos, el sentido, el deseo, para que salga mejor, para que salga más real, o sea, mejor simulado, es un contrasentido total en términos de imagen. Y la propia técnica cae en su propia trampa.

En la fotografía, las cosas se encadenan mediante una operación técnica que corresponde al encadenamiento de su banalidad. Vértigo del detalle perpetuo del objeto. Excentricidad mágica del detalle. Lo que es una imagen para otra imagen, una foto para otra foto: contigüidad fractal, nada de relación dialéctica. Nada de «visión del mundo», nada de mirada —la refracción del mundo, en su detalle, con armas iguales.
La imagen fotográfica es dramática. Por su silencio, por su inmovilidad. Aquello con que las cosas sueñan, con que nosotros soñamos, no es el movimiento, es esa inmovilidad más intensa. Fuerza de la imagen inmóvil, fuerza de la ópera mítica. El propio cine cultiva el limite del ralentí y de la detención de la imagen como el punto más alto del dramatismo. Y la paradoja de la televisión habrá consistido sin duda en devolver todo su encanto al silencio de la imagen.
La imagen fotográfica también es dramática por la lucha entre la voluntad del sujeto de imponer un orden, una visión, y la voluntad del objeto de imponerse en su discontinuidad y su inmediatez. En el mejor de los casos vence el objeto, pues la imagen-foto es la de un mundo fractal del que o existe ecuación ni suma en ninguna parte. Diferente del arte, de la pintura, del propio cine, que, por la idea, la visión o el movimiento, esbozan siempre la figura de una totalidad.
No el desapego del sujeto en relación con el mundo, sino la desconexión de los objetos entre sí, la sucesión aleatoria de los objetos parciales y los detalles. Tanto de la síncopa musical como del movimiento de las partículas. La foto es lo que más nos acerca a la mosca, a su ojo con facetas y a su vuelo en líneas quebradas.
Es posible que el deseo de fotografiar provenga de esta verificación: visto en una perspectiva de conjunto; por el lado del sentido, el mundo es muy decepcionante. Visto en detalle, y por sorpresa, siempre resulta de una evidencia perfecta.
Reconstituir, como en la anamorfosis, a partir de sus fragmentos, y siguiendo su línea quebrada, sus líneas de fractura, la forma secreta del Otro.


En La transparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos (1990)
Traducción: Joaquín Jordá
Foto Jean Baudrillard at home, 1996, by Gueorgui Pinkhassov / Magnum

Charles Bukowski - Los asesinos

13 de abril de 2014 · 0 Comentarios




Harry acababa de abandonar la carga de camiones, se había largado porque no podía aguantar más, y ahora iba bajando por la calle Alameda hacia el bar Pedro's para tomarse una taza de café de a níquel. Era de madrugada pero él recordaba que solían abrirlo a las cinco de la mañana. Te podías sentar en Pedro's un par de horas por un níquel. Podías pensar un rato. Podías hacer memoria de las cosas que habías hecho mal, o las que habías hecho bien.

Estaba abierto. La chica mexicana que le sirvió el café le miró como si fuera un ser humano. Los pobres sabían de la vida. Una buena chica. Bueno, una chica bastante agradable. Todas ellas significaban problemas. Cualquier cosa significaba problemas. Recordaba una frase que había oído en alguna parte: La Definición de la Vida es Problemas.

Harry se sentó en una de les desvencijadas mesas. El café era bueno. Treinta y ocho años y estaba acabado. Miró fijamente el café y recordó las cosas que había hecho mal -o bien-. Simplemente se había cansado del juego idiota de los seguros, de las pequeñas oficinas y altos compartimientos de cristal, de los clientes; simplemente se había cansado de estar engañando a su esposa, de que ella le engañara a él, de apretujar secretarias en los ascensores y pasillos; se había cansado de las fiestas de Navidad y las fiestas de Año Nuevo y de los cumpleaños, y pagos de plazos de coches nuevos, y pagos de muebles, y luz, y gas, y agua -todo el condenado tinglado de necesidades.

Se había cansado y lo había abandonado, eso era todo. El divorcio llegó lo suficientemente pronto y la bebida llegó lo suficientemente pronto y, de repente, se vio fuera. No tenía nada, y descubrió que tampoco era muy bonito no tener nada. Era otro tipo de carga insoportable. Si por lo menos hubiera otros caminos más agradables. Parecía como si sólo hubiese dos elecciones: vivir dentro de la carrera de atropellos o ser un marginado hundido.

Mientras Harry levantaba la mirada, un hombre se sentó enfrente de él, también con una taza de café. Aparentaba tener alrededor de cuarenta años. Iba vestido tan pobremente como Harry. Lió un cigarrillo, y mientras lo encendía miró a Harry.

- ¿Cómo va?

- Esa es una buena pregunta -dijo Harry.

- Sí, ya lo creo que sí.

Allí sentados bebieron su café.

- Un hombre se pregunta cómo ha podido caer aquí.

- Sí, dijo Harry.

- Por si interesa, mi nombre es William.

- Yo me llamo Harry.

- A mí me puedes llamar Bill.

- Gracias.

- Tienes una cara como si hubieses llegado al final de algo.

- Sólo pasa que estoy cansado de estar marginado y de estar pasado. Estoy hecho una mierda.

- ¿Quieres volver a la sociedad, Harry?

- No, no es eso. Pero me gustaría salirme de todo esto.}

- Está el suicidio.

- Lo sé.

- Escucha -dijo Bill- lo que necesitamos es un poco de pasta fácil para tener un respiro.

- Sí, claro. ¿Pero cómo?

- Bueno, tiene sus riesgos.

- ¿Como qué?

- Yo solía hacer robos en casas. No está mal. Ahora podría tener un buen compañero.

- De acuerdo, estoy dispuesto a intentar lo que sea. Estoy ya enfermo de judías aguadas, rosquillas de una semana, el albergue de la Misión, las lecturas de la biblia, los ronquidos…

- Nuestro principal problema es cómo llegar a donde podamos actuar.

- Yo tengo un par de pavos.

- Está bien, nos encontraremos a medianoche. ¿Tienes un lápiz?

- No.

- Espera, pediré uno prestado.

Bill volvió con un trozo de lápiz. Cogió una servilleta y escribió en ella.

- Coges el autobús de Beverly Hills y le dices al conductor que te deje aquí ¿ves? Entonces caminas dos manzanas hada el norte. Yo estaré esperando. ¿Lo harás?

- Estaré allí.

- ¿Tienes mujer, tío? -preguntó Bill.

- La tuve -contestó Harry.

Hacía frío aquella noche. Harry bajó del autobús y subió las dos manzanas hacia el norte. Estaba oscuro, muy oscuro. Bill estaba allí fumando un cigarrillo liado. No estaba muy a la vista, estaba apoyado en un gran arbusto.

- Hola, Bill.

- Hola, Harry. ¿Estás listo a empezar tu nueva y lucrativa carrera?
- Estoy listo.

- Muy bien. He estado echando una ojeada por estos lugares. Creo que he elegido un buen sitio. Aislado. Huele a dinero. ¿Estás asustado?

- No. No estoy asustado.

- Perfecto. Ten sangre fría y sígueme.

Harry siguió a Bill por la acera a lo largo de una manzana y media, entonces Bill se metió entre dos arbustos que daban a un gran jardín con césped. Caminaron sigilosamente hacia la parte trasera de la casa, un gran chalet de dos pisos. Bill se paró en una ventana. Entreabrió la persiana con su cuchillo, entonces escucharon inmóviles. No se oía ni una mosca. Bill desmontó la persiana y la quitó. Empezó a trabajar en la ventana. Estuvo manipulando en la ventana por largo rato y Harry empezó a pensar: Dios, estoy con un aficionado. Estoy con una especie de loco. Entonces se abrió por fin la ventana y Bill subió por ella. Harry pudo ver su culo colarse dentro bamboleando. Esto es ridículo, pensó. ¿Hacen esto los hombres?

- Vamos, entra -le dijo Bill en voz baja.

Harry trepó hasta dentro. Olía de verdad a dinero, y a barniz de muebles.

- Cristo, Bill. Ahora sí que estoy asustado. Esto no tiene sentido.

- No hables tan alto. Tú quieres librarte de esas judías aguadas, ¿no?

- Sí.

- Bueno, entonces sé un hombre.

Harry se quedó quieto mientras Bill abría lentamente cajones y metía cosas en sus bolsillos. Parecía que estaban en un comedor. Bill se estaba llenando los bolsillos de cucharas, cuchillos y tenedores.

¿Cómo vamos a sacar algo con eso?, pensó Harry.

Bill siguió metiéndose los cubiertos de plata en los bolsillos de su abrigo. Entonces se le cayó un cuchillo. El suelo era duro, sin alfombra, y el sonido se produjo fuerte y claro.

- ¿Quién anda ahí?

Bill y Harry no contestaron.

- ¡Dije que quién anda ahí!

- ¿Qué pasa, Seymour? -dijo una voz femenina.

- Me ha parecido oír algo. Algo me ha despertado.

- ¡Oh, duérmete!

- No. He oído algo.

Harry escuchó el sonido de una cama y a continuación los pasos de un hombre. El hombre entró por la puerta del comedor y se encontró con ellos. Iba con un pijama, era un hombre joven, de unos 26 o 27 años, con el pelo largo y una perilla.

- Muy bien, vosotros, capullos, ¿qué estáis haciendo en mi casa?

Bill se volvió hacia Harry.

- Entra en el dormitorio. Seguro que hay un teléfono allí. Asegúrate de que ella no lo utilice. Yo me ocupo de éste.

Harry se fue hacia el dormitorio, vio la puerta, entró, vio a una chica rubia de unos 23 años, con el pelo largo y suelto, con un camisón de fantasía, sus pechos transparentándose a través de él. Había un teléfono en la mesita de noche y ella no estaba utilizándolo. Se llevó asustada el dorso de la mano a la boca. Estaba erguida en la cama.

- No grite -dijo Harry- o la mato.

Se quedó allí de pie mirándola, pensando en su propia mujer, pero nunca en la vida había tenido una mujer como aquélla. Harry empezó a sudar, sentía vértigo, se miraban fijamente el uno al otro.

Harry se sentó en la cama.

- ¡Dejad tranquila a mi mujer, si no os mataré! -dijo el joven. Bill acababa de entrar con él. Lo llevaba agarrado por el cuello con su cuchillo apoyado en medio de la espalda.

- Nadie va a hacer daño a tu mujer, tío. Sólo dinos dónde tienes tu apestoso dinero y nos iremos.

- Te he dicho que todo el que tengo está en mi cartera.

Bill apretó su brazo contra el cuello y clavó el cuchillo un poco más. El joven hizo una mueca de dolor.

- Las joyas -dijo Bill-, llévame a donde estén las joyas.

- Están arriba…

- Muy bien. ¡Llévame allí!

Harry vio cómo Bill se lo llevaba fuera. Harry siguió mirando fijamente a la chica y entonces ella le miró. Unos ojos azules, con las pupilas dilatadas de terror.

- No grite -le dijo- o la mato. ¡Así que pórtese bien o la mato!

Ella estaba paralizada, sus labios empezaron a temblar. Eran del más puro rosa pálido, y entonces, la boca de Harry se pegó a la suya. Estaba bebido y su boca sucia, rancia; la de ella era blanda, fresca, delicada, temblorosa. El la cogió de la cabeza con sus manos, apartó la suya hacia atrás y la miró a los ojos.

- Tú, puta -dijo-. ¡Tú, maldita puta!

La besó de nuevo, más fuerte. Cayeron juntos en la cama, bajo el peso de Harry. El se estaba quitando los zapatos, manteniéndola sujeta debajo suyo. Empezó a quitarle las bragas, bajándoselas a lo largo de las piernas, todo el tiempo sujetándola y besándola.

- Tú, puta, condenada puta…

- ¡Oh NO! ¡Cristo, NO! ¡Mi mujer NO, cabrones!

Harry no los había oído entrar. El joven dio un grito. Luego Harry oyó un gorgoteo sordo. Se incorporó y miró a su alrededor. El joven estaba en el suelo con la garganta cortada; la sangre surgía rítmicamente a borbotones que iban encharcando el suelo.

- ¡Lo has matado! -dijo Harry.

- Estaba gritando.

- No tenías por qué matarlo.

- No tenías por qué violar a su mujer.

- Yo no la he violado y tú lo has matado.

Entonces ella empezó a gritar. Harry le tapó la boca con su mano.

- ¿Qué vamos a hacer? -preguntó.

- Vamos a matarla también. Es un testigo.

- Yo no puedo matarla -dijo Harry.

- Yo la mataré -dijo Bill.

- Pero no deberíamos desperdiciarla así.

- Bueno, pues ve y tómala.

- Ponle algo en la boca.

- Ya me ocupo de eso -dijo Bill. Cogió un pañuelo de la cómoda y lo introdujo en la boca de la chica. Luego rasgó la funda de la almohada en tiras y la amordazó.

- Vamos, tío, empieza.

La chica no se resistió. Parecía encontrarse en estado de coma.

Cuando Harry acabó, Bill se montó encima de ella y la poseyó también. Harry miró. Esto era. Era así allí y en el resto del mundo. Cuando un ejército conquistador entraba en las ciudades, poseían a las mujeres. Ellos eran el ejército conquistador.

Bill acabó y se levantó.

- Mierda, esto sí que estuvo bien.

- Escucha, Bill, vamos a dejarla viva.

- Hablará. Es un testigo.

- Si le perdonamos la vida, no hablará. Esa será nuestra condición.

- Hablará. Conozco la naturaleza humana. Más tarde hablará.

- ¿Para qué va a decir nada a gente que hace lo mismo que nosotros? Y en caso de que hablara ¿por qué no va a hacerlo, después de lo que hemos hecho?

- Eso es lo que quiero decir -dijo Bill-. ¿Para qué dejarla viva?

- Vamos a preguntarle. Vamos a hablar con ella. Vamos a preguntarle qué piensa.

- Yo sé lo que piensa. La voy a matar.

- Por favor, no lo hagas, Bill. Vamos a mostrar un poco de decencia.

- ¿Mostrar un poco de decencia? ¿Ahora? Es demasiado tarde. Si hubieses sido lo suficientemente hombre como para haberte guardado tu estúpida polla lejos de ella…

- No la mates, Bill, no puedo… soportarlo…

- Vuélvete de espaldas.

- Bill, por favor…

- ¡Te digo que te vuelvas de espaldas, imbécil!

Harry se dio la vuelta. No pareció que hubiera el menor sonido. Los minutos pasaron.

- ¿Bill, lo has hecho?

- Lo he hecho. Date la vuelta y mira.

- No quiero mirar. Vámonos. Vámonos de aquí.

Salieron por la misma ventana que habían entrado. La noche estaba más fría que nunca. Bajaron por la parte oscura de la casa y salieron a la calle a través del seto.

- ¿Bill?

- ¿Sí?

- Ahora me siento bien, como si no hubiese pasado nunca.

- Pero pasó.

Fueron caminando hacia la parada del autobús. Los servicios nocturnos pasaban muy de tarde en tarde, probablemente tendrían que esperar cerca de una hora. Llegaron a la parada y se examinaron mutuamente en busca de manchas de sangre y, extrañamente, no encontraron ninguna. Liaron dos cigarrillos y se pusieron a fumar.

Entonces Bill, de repente, escupió su pitillo.

- Maldita sea. Maldita suerte la nuestra.

- ¿Qué pasa, Bill?

- ¡Nos olvidamos de coger su cartera!

- Oh, mierda -dijo Harry.


En Se busca una mujer
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

Arthur Rimbaud - Infancia

12 de abril de 2014 · 0 Comentarios




I
Este ídolo, ojos negros y crin amarilla, sin parientes ni corte, más noble que la fábula, mexicano y flamenco; sus dominios, azul y verdura insolentes, discurren por playas nombradas, por olas sin navíos, de nombres ferozmente griegos, eslavos, celtas.

En la linde del bosque — las flores de ensueños tintinean, resplandecen, iluminan, — la muchacha del labio naranja, las rodillas cruzadas en el claro diluvio que brota de l os prados, desnudez que sombran, que traspasan y visten los arcos iris, la flora, el mar.

Damas que revolotean en terrazas contiguas al mar; niñas y gigantas, soberbias negras en el musgo verde grisáceo, joyas erguidas en el suelo graso de los bosquetes y jardincillos deshelados, — jóvenes madres y hermanas mayores con la mirada llena de peregrinaciones, sultanas, princesas de andar y de vestir tiránicos, pequeñas forasteras y personas suavemente desdichadas.

Qué aburrimiento, la hora del «querido cuerpo» y «querido corazón».

II
Es ella, la pequeña muerta, detrás de los rosales. — La joven mamá difunta bajo las escalinatas. — La calesa del primo grita en la arena. — El hermano pequeño (¡está en las Indias!) ahí, delante del crepúsculo, en el prado de claveles. — Los viejos enterrados de pie en el bastión de los alhelíes.

El enjambre de las hojas de oro rodea la casa del general. Están en el sur. — Tomando por el camino rojo se llega al albergue vacío. El castillo está en venta; las persianas están arrancadas. — El cura se habrá llevado la llave de la iglesia. — Alrededor del parque, las garitas de los guardas están deshabitadas. El vallado es tan alto que sólo se ven las cúspides rumorosas. Aunque nada hay que ver, ahí adentro.

Los prados ascienden hacia las aldeas sin gallos, sin yunques. La esclusa está levantada. ¡Oh los Calvarios y los molinos del desierto, las islas y las muelas!

Flores mágicas zumbaban. Los taludes lo acunaban. Animales de una elegancia fabulosa circulaban. Las nubes se acumulaban en la alta mar hecha con una eternidad de cálidas lágrimas.

III
En el bosque hay un pájaro, su canto te detiene y te ruboriza.
Hay un reloj que no da las horas.
Hay una hoyada con un nido de animales blancos.
Hay una catedral que baja y un lago que sube.
Hay un cochecito abandonado en el boscaje, o que baja por el sendero corriendo, adornado con cintas.
Hay una compañía de cómicos en traje de función, vistos en la carretera por entre el lindazo del bosque.
Hay finalmente, cuando tenemos hambre y sed, alguien que te ahuyenta.

IV
Soy el santo rezando en la terraza, — mientras los animales mansos pacen hasta el mar de Palestina.

Soy el sabio en el sillón sombrío. Las llamas y la lluvia se arrojan contra la ventana de la biblioteca.

Soy el peatón de la carretera entre bosques enanos; el rumor de las esclusas ahoga mis pasos. Miro largamente la melancólica colada de oro del crepúsculo.

Sería con gusto el niño abandonado en el embarcadero que la corriente ha arrastrado a alta mar, el paje que camina por la alameda, tocando el cielo con la frente.

Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retama. El aire está inmóvil. ¡Qué lejos están los pájaros y las fuentes! Tan sólo puede haber el fin del mundo, camino adelante.

V
Que me alquilen por último esta tumba, blanqueada con cal, con las líneas del cemento en relieve — muy lejos bajo la tierra.

Me acodo en la mesa, la lámpara ilumina muy vivamente los periódicos que releo porque soy idiota, los libros sin interés. –

A una distancia enorme por encima de mi salón subterráneo, las casas se implantan, las brumas se congregan. El fango es rojo o negro. ¡Ciudad monstruosa, noche sin fin!

Menos arriba, están las cloacas. A los lados, nada más que el espesor del globo. Quizá los abismos azules, los pozos de fuego. Es quizá en tales planes donde se encuentran lunas y cometas, mares y fábulas.

En las horas de amargura me imagino bolas de zafiro, de metal. Soy dueño del silencio. ¿Por qué un atisbo de tragaluz habría de palidecer en el rincón de la bóveda?


En Iluminaciones
Traducción: Ramón Buenaventura
Imagen: Frédéric Auguste Cazals

Ray Bradbury - Tal vez nos vayamos

11 de abril de 2014 · 0 Comentarios




Era algo extraño que no se podía contar. Se le deslizaba por el pelo del cuello mientras despertaba. Con los ojos cerrados, apretó las manos contra el polvo.

¿Era la tierra que sacudía un viejo fuego bajo la corteza, volviéndose en sueños?

¿Eran los búfalos en las praderas polvorientas, en la hierba sibilante, que ahora pisoteaban la tierra, moviéndose como nubes oscuras?

No.

¿Entonces, qué, qué era?

Abrió los ojos y era Ho-Awi, el niño de una tribu con nombre de pájaro, en las colinas con nombre de sombras de lechuzas, cerca del gran océano, en un día que era malo sin ningún motivo.

Ho-Awi miró la cortina de la tienda que se estremecía como una gran bestia que se acuerda del invierno.

Dime, pensó, ¿de dónde viene la cosa terrible? ¿A quién matará?

Se volvió lentamente, un niño de pómulos oscuros y afilados como quillas de pajaritos que vuelan. Los ojos castaños vieron un cielo colmado de oro, colmado de nubes; el cuenco de la oreja recogió el golpeteo de los cardos en los tambores de batalla, pero el misterio mayor lo llevó al borde de la aldea.

Allí, decía la leyenda, la tierra continuaba como una ola hasta otro mar. Entre aquí y allá había tanta tierra como estrellas en el cielo de la noche. En alguna parte de toda aquella tierra, tormentas de búfalos negros segaban la hierba. Y aquí estaba Ho-Awi, el estómago apretado como un puño, preguntándose, buscando, esperando, asustado.

—¿Tú también? —dijo la sombra de un halcón.

Ho-Awi se volvió.

Era la sombra de la mano del abuelo que escribía en el viento.

No. El abuelo señaló silencio. La lengua se movió en la boca desdentada. Los ojos eran pequeñas caletas detrás de las capas de carne hundida, las arenas resquebrajadas de la cara.

Ahora estaban de pie al borde del día, juntos a causa de algo que no conocían. Y el viejo hizo lo que había hecho el muchacho. La oreja momificada se volvió; las aletas de la nariz se le estremecieron. El viejo esperaba también, dolorosamente, algún gruñido de respuesta, que viniera de cualquier dirección, y que les anunciara al menos que desde un cielo distante venía un trueno como madera que se desploma. Pero el viento no respondió, hablaba sólo de sí mismo.

El abuelo hizo la señal de que debían ir a la Gran Cacería. Este, dijeron sus manos como bocas, era un día para el conejo joven y el viejo desplumado. Que ningún guerrero fuera con ellos. La liebre y el cuervo moribundo tenían que viajar juntos. Porque sólo los muy jóvenes veían la vida adelante, y sólo los muy viejos veían la vida detrás; los del medio andaban tan ocupados con la vida que no veían nada.

El viejo giró lentamente en todas las direcciones.

¡Sí! ¡Sabía, estaba seguro! Para encontrar esa cosa de oscuridad se necesitaba la inocencia del recién nacido, y para ver muy claro la inocencia del ciego.

¡Ven!, dijeron los dedos temblorosos.

Y el conejo que husmeaba y el halcón apegado a la tierra dejaron la aldea desvaneciéndose como sombras en el día inestable.

Buscaron las colinas altas para ver si las piedras estaban una encima de la otra, y así era. Escrutaron las praderas, pero sólo encontraron vientos que juegan allí todo el día como los niños de la tribu. Y encontraron puntas de flechas de antiguas guerras.

No, escribió la mano del viejo en el cielo, los hombres de esta nación y de aquella más allá fuman junto a las hogueras del verano mientras las mujeres indias cortan leña. No son flechas en vuelo las que casi oímos.

Por fin, cuando el sol se hundió en la nación de los cazadores de búfalos, el viejo miró hacia arriba.

¡Los pájaros, le exclamaron las manos de pronto, vuelan hacia el sur! ¡El verano ha terminado!

¡No, dijeron las manos del niño, el verano acaba de empezar! ¡No veo los pájaros!

Están tan altos, dijeron los dedos del viejo, que sólo un ciego puede sentir como pasan. Ensombrecen el corazón más que la tierra. Siento en la sangre que cruzan hacia el sur. El verano se va. Podemos ir con él. Tal vez nos vayamos.

—¡No! —exclamó el muchacho en voz alta, asustado de pronto—. ¿A dónde ir? ¿Por qué? ¿Para qué?

—¿Quién sabe? —dijo el viejo—, y tal vez no nos moveremos. Pero aun sin movernos tal vez nos vayamos.

—¡No! ¡Vuelve! —gritó el muchacho al cielo vacío, a los pájaros invisibles, al aire sin sombras—. ¡Verano, quédate!

Es inútil, dijo el viejo con una mano que se movía sola. Ni tú ni yo ni nuestra gente puede soportar este clima. La estación ha cambiado, viene para quedarse en la tierra para siempre.

¿Pero de dónde viene?

De aquí, dijo el viejo al fin.

Y en la penumbra miraron las grandes aguas del este que cubrían el borde del mundo, donde nadie había ido nunca.

Allí. La mano del viejo se cerró y se tendió rápidamente. Allí.

Muy lejos, una sola luz ardía en la orilla.

Al salir la luna, el viejo y el niño conejo caminaron por la arena, oyeron extrañas voces en el mar, olieron el fuego salvaje, de pronto cercano.

Se arrastraron boca abajo. Tendidos miraban la luz.

Y cuanto más miraban, más frío sentía Ho-Awi, y sabía que todo lo que el viejo había dicho era cierto.

Porque reunidos junto al fuego de ramas y musgo, que brillaba vacilando en el suave viento vespertino, más frío ahora, en el corazón del verano, estaban esas criaturas que nunca había visto.

Eran hombres con caras como carbones encendidos, con ojos a veces azules como el cielo. Todos esos hombres tenían pelo reluciente en las mejillas y el mentón. Un hombre levantaba una luz en la mano y tenía en la cabeza una luna de materia dura como la cara de un pez. Los otros tenían placas brillantes y redondas que tintineaban adheridas al pecho, y resonaban ligeramente cuando se movían. Mientras Ho-Awi observaba, algunos hombres se levantaron los gongos brillantes de las cabezas, se quitaron los caparazones de cangrejo que les cegaban los ojos, los estuches de tortuga que les cubrían el pecho, los brazos, las piernas, y arrojaron todas esas vainas a la arena riendo. Entretanto, en la bahía, una forma negra flotaba en el agua, una canoa oscura con cosas como nubes desgarradas que colgaban de unos postes.

Después de contener el aliento un largo rato, el viejo y el niño se fueron.

Desde una colina observaron el fuego que ahora no era mayor que una estrella. Se lo podía tapar con una pestaña. Si uno cerraba los ojos, el fuego desaparecía.

Sin embargo, seguía allí.

 —¿Es este el gran acontecimiento? —preguntó el niño.

La cara del viejo era la de un águila caída, una cara de años terribles y de sabiduría involuntaria. Los ojos eran de un brillante resplandor, como llenos de una marea de agua clara y fría en la que se podía ver todo, como un río que bebiera el cielo y la tierra y lo supiese, lo aceptara en silencio, y no negase la acumulación de polvo, tiempo, forma, sonido y destino.

El viejo asintió una vez.

Este era el clima terrible. Así es como terminaría el verano. Esto era lo que llevaba a los pájaros hacia el sur, sin sombras, a través de una tierra de dolor.

Las manos gastadas dejaron de moverse. El momento de las preguntas había pasado.

Muy lejos, el fuego se sobresaltaba. Una de las criaturas se movió. La materia brillante del caparazón de tortuga que le cubría el cuerpo relampagueó de pronto. Era como una flecha que abría una herida en la noche.

Luego el niño desapareció en la oscuridad, siguiendo al águila y al halcón que vivían en el cuerpo pétreo del abuelo.

Abajo el mar se levantaba y arrojaba otra ola salada que se hacía trizas y silbaba como cuchillos innumerables a lo largo de las costas del continente.


En Las maquinarias de la alegría
Traducción de Aurora Bernárdez
Imagen: Ray Bradbury 1975 - Los Angeles Times


Roberto Bolaño - El gusano

10 de abril de 2014 · 0 Comentarios




Demos gracias por nuestra pobreza, dijo el tipo vestido con harapos.
Lo vi con este ojo: vagaba por un pueblo de casas chatas,
hechas de cemento y ladrillos, entre México y Estados Unidos.
Demos gracias por nuestra violencia, dijo, aunque sea estéril
como un fantasma, aunque a nada nos conduzca,
tampoco estos caminos conducen a ninguna parte.

Lo vi con este ojo: gesticulaba sobre un fondo rosado
que se resistía al negro, ah, los atardeceres de la frontera,
leídos y perdidos para siempre.
Los atardeceres que envolvieron al padre de Lisa
a principios de los cincuenta.
Los atardeceres que vieron pasar a Mario Santiago,
arriba y abajo, aterido de frío, en el asiento trasero
del coche de un contrabandista. Los atardeceres
del infinito blanco y del infinito negro.
Lo vi con este ojo: parecía un gusano con sombrero de paja
y mirada de asesino
y viajaba por los pueblos del norte de México
como si anduviera perdido, desalojado de la mente,
desalojado del sueño grande, el de todos,
y sus palabras eran, madre mía, terroríficas.

Parecía un gusano con sombrero de paja,
ropas blancas
y mirada de asesino.
Y viajaba como un trompo
por los pueblos del norte de México
sin atreverse a dar el paso,
sin decidirse
a bajar al D.F.

Lo vi con este ojo
ir y venir
entre vendedores ambulantes y borrachos,
temido,
con el verbo desbocado por calles
de casas de adobe.
Parecía un gusano blanco
con un Bali entre los labios
o un Delicados sin filtro.
Y viajaba de un lado a otro
de los sueños,
tal que un gusano de tierra,
arrastrando su desesperación,
comiéndosela.

Un gusano blanco con sombrero de paja
bajo el sol del norte de México,
en las tierras regadas con sangre y palabras mordaces
de la frontera, la puerta del Cuerpo que vio Sam Peckinpah,
la puerta de la Mente desalojada, el puritito
azote, y el maldito gusano blanco allí estaba,
con su sombrero de paja y su pitillo colgando
del labio inferior, y tenía la misma mirada
de asesino de siempre.

Lo vi y le dije tengo tres bultos en la cabeza
y la ciencia ya no puede hacer nada conmigo.
Lo vi y le dije sáquese de mi huella so mamón,
la poesía es más valiente que nadie,
las tierras regadas con sangre me la pelan, la Mente desalojada
apenas si estremece mis sentidos.
De estas pesadillas sólo conservaré
estas pobres casas,
estas calles barridas por el viento
y no su mirada de asesino.

Parecía un gusano blanco con su sombrero de paja
y su pistola automática debajo de la camisa
y no paraba de hablar solo o con cualquiera
acerca de un poblado que tenía
por lo menos dos mil o tres mil años,
allá por el norte, cerca de la frontera
con los Estados Unidos,
un lugar que todavía existía,
digamos cuarenta casas,
dos cantinas,
una tienda de comestibles,
un pueblo de vigilantes y asesinos
como él mismo,
casas de adobe y patios encementados
donde los ojos no se despegaban
del horizonte
(de ese horizonte color carne
como la espalda de un moribundo).
¿Y qué esperaban que apareciera por allí?, pregunté.
El viento y el polvo, tal vez.
Un sueño mínimo
pero en el que empeñaban
toda su obstinación, toda su voluntad.

Parecía un gusano blanco con sombrero de paja y un Delicados
colgando del labio inferior.
Parecía un chileno de veintidós años entrando en el Café La Habana
y observando a una muchacha rubia
sentada en el fondo,
en la Mente desalojada.
Parecían las caminatas a altas horas de la noche
de Mario Santiago.

En la Mente desalojada.
En los espejos encantados.
En el huracán del D.F.
Los dedos cortados renacían
con velocidad sorprendente.
Dedos cortados,
quebrados,
esparcidos
en el aire del D.F.


En Los perros románticos
Imagen: New Directions

Charles Baudelaire: El poseso (1859) [bilingüe: dos versiones]

9 de abril de 2014 · 0 Comentarios






XXXVII - El poseso (versión Enrique López Castellón)

Se ha cubierto con un crespón el sol. Imítale,
Oh luna de mi vida, arrópate con sombras.
Duerme o fuma a tu gusto; sé muda, sé sombría,
y húndete por entero en la cima del Tedio.

¡Así te quiero yo! Pero si hoy prefieres,
como un astro eclipsado que sale de las sombras,
exhibirte en lugares que llena la Locura,
¡está bien! Puñal encantador, sal de tu vaina.

¡Enciende tus pupilas con luz de las arañas!
Haz arder en deseo los ojos del gañán!
Todo en ti me entusiasma, petulante o morboso.

¡Sé lo que quieras: negra noche, roja aurora!
No hay una sola fibra de mi trémulo cuerpo
que no grite: ¡Te adoro, querido Belcebú!


XXXVII - El poseso (versión E. M. S. Canero)

El sol se ha cubierto con un crespón. Como él,
¡Oh, Luna de mi vida! arrópate de sombra;
Duerme o fuma a tu agrado; permanece muda, sombría,
Y húndete íntegra en el abismo del Hastío;

¡Te amo así! Sin embargo, si hoy tú deseas,
Como un astro eclipsado que sale de la penumbra,
Pavonearte en los lugares que la Locura obstruye,
¡Está bien! Delicioso puñal, ¡surge de tu vaina!

¡Ilumina tu pupila a la llama de los candelabros!
¡Ilumina el deseo en las miradas de los rústicos!
Todo lo tuyo para mí es placer, morboso o petulante;

Sé lo que quieras, noche negra, roja aurora;
No hay una fibra en todo mi cuerpo palpitante
Que no exclame: ¡Oh mi querido Belcebú, te adoro!


XXXVII - Le Possédé

Le soleil s'est couvert d'un crêpe. Comme lui,
O Lune de ma vie! emmitoufle-toi d'ombre
Dors ou fume à ton gré; sois muette, sois sombre,
Et plonge tout entière au gouffre de l'Ennui;

Je t'aime ainsi! Pourtant, si tu veux aujourd'hui,
Comme un astre éclipsé qui sort de la pénombre,
Te pavaner aux lieux que la Folie encombre
C'est bien! Charmant poignard, jaillis de ton étui!

Allume ta prunelle à la flamme des lustres!
Allume le désir dans les regards des rustres!
Tout de toi m'est plaisir, morbide ou pétulant;

Sois ce que tu voudras, nuit noire, rouge aurore;
II n'est pas une fibre en tout mon corps tremblant
Qui ne crie: O mon cher Belzébuth, je t'adore!


En Las flores del mal (1861)
Imagen: Autorretrato de Charles Baudelaire (RMN)

Gabriel García Márquez: Eva está dentro de su gato (1948)

8 de abril de 2014 · 0 Comentarios





De pronto notó que se le había derrumbado su belleza que llegó a dolerle físicamente como un tumor o como un cáncer. Todavía recordaba el peso de ese privilegio que llevó sobre su cuerpo durante la adolescencia y que ahora había dejado caer -¡quién sabe dónde!- con un cansancio resignado, con un último gesto de animal decadente. Era imposible seguir soportando esa carga por más tiempo. Había que dejar en cualquier parte ese inútil adjetivo de su personalidad; ese pedazo de su propio nombre que a la fuerza de acentuarse había llegado a sobrar. Sí; había que abandonar la belleza en cualquier parte; a la vuelta de una esquina, en un rincón suburbano. O dejarla olvidada en el ropero de un restaurante de segunda clase como un viejo abrigo inservible. Estaba cansada de ser el centro de todas las atenciones, de vivir asediada por los ojos largos de los hombres. En la noche, cuando clavaba en sus párpados los alfileres del insomnio, hubiera deseado ser mujer ordinaria, sin atractivos. Dentro de las cuatro paredes de su habitación todo le era hostil. Desesperada, sentía prolongarse la vigilia por debajo de su piel, por su cabeza, empujando la fiebre hacia arriba, hacia la raíz de su cabello. Era como si sus arterias se hubieran poblado de unos insectos diminutos y calientes que con la cercanía de la madrugada, diariamente, se despertaban y recorrían con sus patas movedizas, en una desgarradora aventura subcutánea, ese pedazo de barro frutecido donde se había localizado su belleza anatómica. En vano luchaba por ahuyentar aquellos animales terribles. No podía. Eran parte de su propio organismo. Habían estado allí, vivos, desde mucho antes de su existencia física. Venían desde el corazón de su padre que los había alimentado dolorosamente en sus noches de soledad desesperada. O tal vez habían desembocado a sus arterias por el cordón que la llevó atada a su madre desde el principio del mundo. Era indudable que esos insectos no habían nacido espontáneamente dentro de su cuerpo. Ella sabía que venían de atrás, que todos los que llevaron su apellido tuvieron que soportarlos, que tuvieron que sufrirlos como ella cuando el insomnio se hacía invencible hasta la madrugada. Eran esos insectos los mismos que pintaban ese gesto amargo, esa tristeza inconsolable en el rostro de sus antepasados. Ella los había visto mirar desde su apagada existencia, desde su retrato, antiguo, víctimas de esa misma angustia. Todavía recordaba el rostro inquietante de la bisabuela que desde su lienzo envejecido pedía un minuto de descanso, un segundo de paz a esos insectos que allá, en los canales de su sangre, seguían martirizándola y embelleciéndola despiadadamente. No; esos insectos no eran suyos. Venían transmitiéndose de generación a generación sosteniendo con su diminuta armadura todo el prestigio de una casta selecta; dolorosamente selecta. Esos insectos habían nacido en el vientre de la primera madre que tuvo una hija bella. Pero era necesario, urgente, detener esa herencia. Alguien tenía que renunciar a seguir transmitiendo esa belleza artificial. De nada valía a las mujeres de su estirpe admirarse de sí mismas al regresar del espejo, si durante las noches esos animales hacían su labor lenta y eficaz, sin descanso, con una constancia de siglos. Ya no era una belleza, era una enfermedad que había que detener, que había que cortar en forma enérgica y radical.

Todavía recordaba las horas interminables en aquel lecho sembrado de agujas calientes. Aquellas noches en que ella trataba de empujar el tiempo para que con la llegada del día esas bestias dejaran de doler. ¿De qué servía una belleza así? Noche a noche, hundida en su desesperación, pensaba que más le hubiera valido ser una mujer vulgar, o ser hombre; pero no tener esa virtud inútil, alimentada por insectos de remotos orígenes que le estaban precipitando la llegada irrevocable de la muerte. Tal vez sería feliz si tuviera el mismo desgarbo, esa misma fealdad desolada de su amiga checoslovaca que tenía nombre de perro. Más le hubiera valido ser fea, para tener un sueño apacible como el de cualquier cristiano.

Maldijo a sus antepasados. Ellos tenían la culpa de su vigilia. Ellos, que habían transmitido esa belleza invariable, exacta, como si después de muertas las madres sacudieran y renovaran las cabezas para injertarlas en los troncos de las hijas. Era como si la misma cabeza, una cabeza sola, hubiera venido transmitiéndose, con unas mismas orejas, con igual nariz, con idéntica boca, con su pesada inteligencia, en todas las mujeres, quienes tenían que recibirla irremediablemente como un doloroso patrimonio de belleza. Era allí, en la transmisión de la cabeza, donde venía ese microbio eterno que a través de las generaciones se había acentuado, había tomado personalidad, fuerza, hasta convertirse en un ser invencible, en una enfermedad incurable que al llegar a ella, después de haber pasado por un complicado proceso de censuración, ya ni podía soportarse y era amarga y dolorosa… Exactamente como un tumor o como un cáncer.

En esas horas de desvelo era cuando se acordaba de las cosas desagradables a su fina sensibilidad. Recordaba esos objetos que constituían el universo sentimental donde se habían cultivado, como en un caldo químico, aquellos microbios desesperantes. En esas noches, con los redondos ojos abiertos y asombrados, soportaba el peso de la oscuridad que caía sobre sus sienes como un plomo derretido. En derredor suyo dormían todas las cosas. Y desde su rincón, ella trataba de repasar, para distraer su sueño, sus recuerdos infantiles.

Pero siempre esa recordación terminaba con un terror por lo desconocido. Siempre su pensamiento, después de vagar por los oscuros rincones de la casa, se encontraba frente a frente con el miedo. Entonces empezaba la lucha. La verdadera lucha contra tres enemigos inconmovibles. No podría -no, no podría jamás- sacudir el miedo de su cabeza. Tenía que soportarlo apretado a su garganta. Y todo por vivir en ese caserón antiguo, por dormir sola en aquel rincón, apartada del resto del mundo.

Siempre su pensamiento se iba por los húmedos pasadizos oscuros sacudiendo de los retratos el polvo seco cubierto de telarañas. Ese polvo inquietante y tremendo que caía de arriba, desde ese sitio en que se estaban deshaciendo los huesos de sus antepasados. Invariablemente se acordaba de “el niño”. Allá lo imaginaba, sonámbulo, debajo de la hierba, en el patio, junto al naranjo con un puñado de tierra mojada dentro de la boca. Le parecía verlo en su fondo arcilloso, cavando hacia arriba con las uñas, con los dientes, huyéndole al frío que le mordía la espalda; buscando la salida al patio por ese pequeño túnel donde lo habían metido con los caracoles. En el invierno lo oía llorar con su llanto chiquito, sucio de barro, traspasado por la lluvia. Lo imaginaba completo. Tal como lo habían dejado cinco años atrás, en aquel hueco lleno de agua. No podía pensar que se hubiera descompuesto. Al contrario, debía de ser bellísimo navegando en esa agua espesa como en un viaje sin salida. O lo veía vivo pero asustado, miedoso de sentirse solo, enterrado en un patio tan sombrío. Ella misma se había opuesto a que lo dejaran allí, debajo del naranjo, tan cercano a la casa. Le tenía miedo. Sabía que en las noches en que la persiguiera la vigilia él lo adivinaría. Regresaría por los anchos corredores a pedirle que lo acompañara, a pedirle que lo defendiera de esos otros insectos que se estaban comiendo la raíz de sus violetas. Volvería a que lo dejara dormir a su lado como cuando era vivo. Ella tenía miedo de sentirlo de nuevo a su lado después de haber saltado el muro de la muerte. Tenía miedo de robar esas manos que “el niño” traería siempre cerradas para calentar su pedacito de hielo. Ella quería, después de que lo vio convertido en cemento como la estatua del miedo tumbada sobre el lino, quería que se lo llevaran lejos para no recordarlo en la noche. Y sin embargo lo habían dejado allí donde ahora estaba imperturbable, astroso, alimentando su sangre con el barro de las lombrices. Y ella tenía que resignarse a verlo regresar desde su fondo de tinieblas. Porque siempre invariablemente, cuando se desvelaba se ponía a pensar en “el niño” que debía estar llamándola desde su pedazo de tierra para que lo ayudara a fugarse de esa muerte absurda.

Pero ahora, en su nueva vida intemporal, inespacial, estaba más tranquila. Sabía que allá, fuera de su mundo, todo seguía marchando con el mismo ritmo de antes; que su habitación debía de estar aún sumida en la madrugada y que sus cosas, sus muebles, sus trece libros favoritos, permanecían en su puesto. Y que en su lecho, desocupado, apenas empezaba a desvanecerse el aroma corpóreo que ocupaba ahora su vacío de mujer entera. Pero, ¿cómo pudo suceder “eso”? ¿Cómo ella, después de ser una mujer bella, con la sangre poblada de insectos, perseguida por el miedo en la noche total, había dejado la pesadilla inmensa, insomne, para ingresar ahora a un mundo extraño, desconocido, en donde habían sido eliminadas todas las dimensiones? Recordó. Aquella noche -la de su tránsito- hacía más frío que de costumbre y ella estaba sola en la casa, martirizada por el insomnio. Nadie perturbaba el silencio, y el olor que subía del jardín, era un olor a miedo. El sudor brotaba de su cuerpo como si la sangre de sus arterias se estuviera derramando con su carga de insectos. Deseaba que alguien pasara por la calle, alguien que gritara, que rompiera aquella atmósfera detenida. Que se moviera algo en la naturaleza, que volviera la tierra a girar alrededor del sol. Pero fue inútil. Ni siquiera despertarían esos hombres imbéciles que se habían quedado dormidos debajo de su oreja, dentro de la almohada. Ella también estaba inmóvil. Las paredes manaban un fuerte olor a pintura fresca, ese olor espeso, grande, que no se siente con el olfato sino con el estómago. Y sobre la mesa el reloj único, golpeando el silencio con su máquina mortal. “¡El tiempo… oh, el tiempo…!”, suspiró ella recordando a la muerte. Y allá, en el patio, debajo del naranjo, seguía llorando “el niño” con su llanto chiquito desde el otro mundo.

Acudió a todas sus creencias. ¿Por qué no amanecía en aquel momento o se moría de una vez? Nunca creyó que la belleza fuera a costarle tantos sacrificios. En aquel momento -como de costumbre- seguía doliéndole por encima del miedo. Y por debajo del miedo seguían martirizándola esos implacables insectos. La muerte se le había apretado a la vida como una araña que la mordía rabiosamente, dispuesta a hacerla sucumbir. Pero estaba demorando el último instante. Sus manos, esas manos que los hombres apretaban imbécilmente, con manifiesta nerviosidad animal, estaban inmóviles, paralizadas por el miedo, por ese terror irracional que venía de adentro, sin ningún motivo, sólo por saberse abandonada en aquella casa antigua. Trató de reaccionar y no pudo. El miedo la había absorbido totalmente y continuaba allí, fijo, tenaz, casi corpóreo; como si fuera una persona invisible que se había propuesto no salir de su habitación. Y lo que más la intranquilizaba era que ese miedo no tuviera justificación alguna, que fuera un miedo único, sin razón; un miedo porque sí.

La saliva se había vuelto espesa en su lengua. Era mortificante entre sus dientes esa goma dura que se le pegaba al paladar y fluía sin que ella pudiera contenerla. Era un deseo distinto a la sed. Un deseo superior que estaba experimentando por primera vez en su vida. Por un momento se olvidó de su belleza, de su insomnio y de su miedo irracional. Se desconoció a sí misma. Por un instante creyó que habían salido los microbios de su cuerpo. Sentía que se habían venido pegados a su saliva. Sí; todo eso estaba muy bien. Bien que los insectos la hubieran despoblado y que ahora pudiera dormir. Pero era necesario encontrar un medio para disolver aquella resina que le embotaba la lengua. Si pudiera llegar hasta la despensa y… ¿Pero en qué estaba pensando? Tuvo un golpe de sorpresa. Nunca había sentido “ese deseo”. La urgencia de la acidez la había debilitado, volviendo inútil la disciplina que había seguido fielmente durante tantos años, desde el día en que sepultaron a “el niño”. Era una tontería, pero sentía asco de comerse una naranja. Sabía que “el niño” había subido hasta los azahares y que las frutas del próximo otoño estarían hinchadas de su carne, refrescadas con la tremenda frescura de su muerte. No. No podía comerlas. Sabía que debajo de cada naranjo, en todo el mundo, había un niño enterrado que endulzaba las frutas con la cal de sus huesos. Sin embargo ahora tenía que comerse una naranja. Era el único remedio para esa goma que la estaba ahogando. Era una tontería pensar que “el niño” estaba dentro de una fruta. Aprovecharía ese momento en que la belleza había dejado de dolerle para llegar hasta la despensa. Pero… ¿no era raro aquello? Era la primera vez en su vida que sentía verdaderos deseos de comerse una naranja. Se puso alegre, alegre. ¡Ah, qué placer! ¡Comerse una naranja! No sabía por qué, pero nunca tuvo un deseo más imperativo. Se levantaría. feliz de ser otra vez una mujer normal; cantando alegremente llegaría hasta la despensa; cantando alegremente, como una mujer nueva, recién nacida. Llegaría inclusive hasta el patio y…

Su recuerdo se tronchaba de pronto. Recordaba que había tratado de levantarse y que ya no estaba en su cama, que había desaparecido su cuerpo, que no estaban allí sus trece libros favoritos y que ella no era ya ella. Ahora estaba incorpórea, flotando, vagando sobre una nada absoluta, convertida en un punto amorfo, pequeñísimo, sin dirección. No podía precisar lo sucedido. Estaba confundida. Sólo tenía la sensación de que alguien la había empujado al vacío desde lo alto de un precipicio. Y nada más. Pero ahora no sentía ninguna reacción. Se sentía convertida en un ser abstracto, imaginario. Se sentía convertida en una mujer incorpórea; algo como si de pronto hubiera ingresado en ese alto y desconocido mundo de los espíritus puros.

Volvió a tener miedo. Pero era un miedo distinto al del momento anterior. Ya no era el miedo al llanto de “el niño”. Era un terror por lo extraño, por lo misterioso y desconocido de su nuevo mundo. ¡Y pensar que después todo eso había sucedido tan inocentemente, con tanta ingenuidad de su parte! ¿Qué iba a decir a su madre cuando al llegar a la casa se iba a enterar de lo acontecido? Empezó a pensar en la alarma que se produciría en los vecinos cuando abrieran la puerta de su habitación y descubrieran que el lecho estaba vacío, que las cerraduras no habían sido tocadas, que nadie había podido entrar o salir y que sin embargo ella no estaba allí. Imaginó el gesto desesperado de su madre buscándola por toda la habitación, haciendo conjeturas, preguntándose a sí misma “qué habría sido de esa niña”. La escena se le presentaba clara. Acudirían los vecinos y empezarían a tejer comentarios -algunos maliciosos- sobre su desaparición. Cada cual pensaría según su propio y particular modo de pensar. Cada cual trataría de dar la explicación más lógica, la más aceptable al menos, en tanto que su madre correría por los pasadizos del caserón, desesperada, llamándola por su nombre.

Y ella estaría allí. Contemplaría el momento detalle a detalle desde su rincón, desde el techo, desde las hendiduras del muro, desde cualquier parte; desde el ángulo más propicio, escudada en su estado incorpóreo, en su inespacialidad. La intranquilizaba pensarlo. Ahora se daba cuenta de su error. No podría dar ninguna explicación, aclarar nada, consolar a nadie. Ningún ser vivo podría ser informado de su transformación. Ahora -quizás la única vez que los necesitaba- no tendría una boca, unos brazos, para que todos supieran que ella estaba allí, en su rincón, separada del mundo tridimensional por una distancia insalvable. En su nueva vida estaba aislada, totalmente impedida de captar sensaciones. Pero a cada momento algo vibraba en ella, un estremecimiento que la recorría, inundándola, la hacía saber de ese otro universo físico que se movía fuera de su mundo. No oía, no veía, pero sabía de ese sonido y de esa visión. Y allá, en la altura de su mundo superior, empezó a saber que un ambiente de angustia la rodeaba.

Hacía apenas un segundo -de acuerdo con nuestro mundo temporal- que se había realizado el tránsito, de manera que sólo ahora empezaba ella a conocer las modalidades, las características de su nuevo mundo. En torno suyo giraba una oscuridad absoluta, radical. ¿Hasta cuándo durarían esas tinieblas? ¿Tendría que acostumbrarse a ellas eternamente? Su angustia aumentó de concentración al saberse hundida en esa niebla espesa, impenetrable: ¿estaría en el limbo? Se estremeció. Recordó todo lo que había oído decir alguna vez sobre el limbo. Si en verdad estaba allí, a su lado flotaban otros espíritus puros de niños que murieron sin bautismo, que habían estado muriendo durante mil años. Trató de buscar en la sombra la vecindad de esos seres que debían de ser mucho más puros, mucho más simples que ella. Aislados por completo del mundo físico, condenados a una vida sonámbula y eterna. Tal vez estaba “el niño” persiguiendo una salida para llegar hasta su cuerpo.

Pero no. ¿Por qué tendría que estar en el limbo? ¿Acaso había muerto? No. Simplemente fue un cambio de estado, un tránsito normal del mundo físico a un mundo más fácil, descomplicado, en el que habían sido eliminadas todas las dimensiones.

Ahora no tenía que sufrir esos insectos subcutáneos. Su belleza se había derrumbado. Ahora, en esa situación elemental, podía ser feliz. Aunque… -¡oh!- no completamente feliz porque ahora su más grande deseo, el deseo de comerse una naranja, se había hecho irrealizable. Era por lo único que hubiera querido estar todavía en su primera vida. Para poder satisfacer la urgencia de la acidez que persistía aún después del tránsito. Trató de orientarse a fin de llegar hasta la despensa y sentir, siquiera, la fresca y agria compañía de las naranjas. Fue entonces cuando descubrió una nueva modalidad de su mundo: estaba en todas partes de la casa, en el patio, en el techo, hasta en el propio naranjo de “el niño”. Estaba en todo el mundo físico más allá. ¡Y sin embargo no estaba en ninguna parte! De nuevo se intranquilizó. Había perdido el control sobre sí misma. Ahora estaba sometida a una voluntad superior, era un ser inútil, absurdo, inservible. Sin saber por qué empezó a ponerse triste. Casi comenzó a sentir nostalgia por su belleza: por esa belleza que ella había desperdiciado tontamente.

Pero una idea suprema la reanimó. ¿No había oído decir acaso que los espíritus puros pueden penetrar a voluntad en cualquier cuerpo? Después de todo, ¿qué perdía con intentarlo? Trató de recordar cuál de los habitantes de la casa podría ser sometido a la prueba. Si lograba realizar su propósito quedaría satisfecha: podría comerse la naranja. Recordó. A esa hora la gente del servicio no acostumbraba estar allí. Su madre no había llegado todavía. Pero la necesidad de comerse una naranja unida ahora a la curiosidad de verse encarnada en un cuerpo distinto al suyo, la obligaba a actuar cuanto antes. Pero no había allí nadie en quien encarnarse. Era una razón desoladora: no había nadie en la casa. Tendría que vivir eternamente aislada del mundo exterior, en su mundo adimensional, sin poder comerse la primera naranja. Y todo por una tontería. Hubiera sido mejor seguir soportando unos años más esa belleza hostil y no anularse para siempre, inutilizarse como una bestia vencida. Pero ya era demasiado tarde.

Iba a retirarse, decepcionada, a una región distante del universo, a una comarca donde pudiera olvidarse de todos sus pasados deseos terrenos. Pero algo la hizo desistir bruscamente. En su comarca desconocida se abrió la promesa de un futuro mejor. Sí: había alguien en la casa en quien podría reencarnarse: ¡en el gato! Vaciló luego. Era difícil resignarse a vivir dentro de un animal. Tendría una piel suave, blanca, y habría en sus músculos concentrada una gran energía para el salto. En la noche sentiría brillar sus ojos en la sombra como dos brasas verdes. Y tendría unos dientes blancos, agudos, para sonreírle a su madre desde su corazón felino con una ancha y buena sonrisa animal. ¡Pero no…! No podía ser. Se imaginó de pronto metida dentro del cuerpo del gato, recorriendo otra vez los pasadizos de la casa, manejando cuatro patas incómodas y aquella cola se movería suelta, sin ritmo, ajena a su voluntad. ¿Cómo sería la vida desde esos ojos verdes y luminosos? En la noche se iría a maullarle al cielo para que no derramara su cemento enlunado sobre el rostro de “el niño” que estaría bocarriba bebiéndose el rocío. Tal vez en su situación de gato también sienta miedo. Y tal vez, al fin de todo no podría comerse la naranja con esa boca carnívora. Un frío venido de allí mismo, nacido en la propia raíz de su espíritu tembló en su recuerdo. No. No era posible encarnarse en el gato. Tenía miedo de sentir un día en su paladar, en su garganta, en todo su organismo cuadrúpedo, el deseo irrevocable de comerse un ratón. Probablemente cuando su espíritu empiece a poblar el cuerpo del gato ya no sentiría deseos de comerse una naranja sino el repugnante y vivo deseo de comerse un ratón. Se estremeció al imaginarlo preso entre sus dientes después de la cacería. Lo sintió debatirse en sus últimos intentos de fuga, tratando de liberarse para llegar otra vez hasta su cueva. No. Todo menos eso. Era preferible seguir allí eternamente, en ese mundo lejano y misterioso de los espíritus puros.

Pero era difícil resignarse a vivir olvidada para siempre. ¿Por qué tenía que sentir deseos de comerse un ratón? ¿Quién primaría en esa síntesis de mujer y gato? ¿Primaría el instinto animal, primitivo, del cuerpo, o la voluntad pura de mujer? La respuesta fue clara, cristalina. Nada había que temer. Se encarnaría en el gato y se comería su deseada naranja. Además sería un ser extraño, un gato con inteligencia de mujer bella. Volvería a ser el centro de todas las atenciones… Fue entonces, por primera vez, cuando comprendió que por sobre todas sus virtudes estaba imperando su vanidad de mujer metafísica.

Como un insecto cuando pone en guardia sus antenas así orientó ella su energía por toda la casa en busca del gato. A esa hora debía de estar aún sobre la estufa soñando que despertará con un tallo de valeriana entre los dientes. Pero no estaba allí. Volvió a buscarlo, pero ya no encontró la estufa. La cocina no era la misma. Los rincones de la casa le eran extraños; ya no eran aquellos oscuros rincones llenos de telaraña. El gato no estaba en ninguna parte. Buscó por los tejados, en los árboles, en los canales, debajo de la cama, en la despensa. Todo lo encontró confundido. Donde creyó encontrar, otra vez, los retratos de sus antepasados, no encontró sino un frasco con arsénico. De allí en adelante encontró arsénico en toda la casa, pero el gato había desaparecido. La casa no era ya la misma de antes. ¿Qué había sido de sus cosas? ¿Por qué sus trece libros favoritos estaban cubiertos ahora de una espesa capa de arsénico? Recordó el naranjo del patio. Lo buscó y trató de encontrar otra vez “el niño’’ en su hueco de agua. Pero no estaba el naranjo en su sitio y “el niño” no era ya sino un puño de arsénico con ceniza bajo una pesada plataforma de concreto. Ahora sí dormía definitivamente. Todo era distinto. Y la casa tenía un fuerte olor arsenical que golpeaba el olfato como desde el fondo de una droguería.

Sólo entonces comprendió ella que habían pasado ya tres mil años desde el día en que tuvo deseos de comerse la primera naranja.



En Todos los cuentos 
Cuarta edición colombiana, 1973
Foto: GGM recibe el Premio Nobel 1982 (Getty Images)

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