José Lezama Lima - Cangrejos, golondrinas

5 de febrero de 2012 · 0 Comentarios





Eugenio Sofonisco, herrero, dedicaba la mañana del domingo a las cobranzas del hierro trabajado. Salía de la incesancia áurea de su fragua y entraba con distraída oblicuidad en la casa de los mayores del pueblo. No se podía saber si era griego o hijo de griegos. Sólo alcanzaba su plenitud rodeado por la serenidad incandescente del metal. Guardaba un olvido que le llevaba a ser irregular en los cobros, pero irreductible. Volvía siempre silbando, pero volvía y no se olvidaba. Tenía que ir a la casa del filólogo que le había encargado un freno para el caballo joven del hijo de su querida, y aunque el ayuda de cámara le salía al paso, Sofonisco estaba convencido de que el filólogo tenía que hacer por la mano de su ayuda de cámara los pagos que engordaban los días domingos. Para él, cobrar en monedas era mantener la eternidad recíproca que su trabajo necesitaba. 

Mientras trabajaba el hierro, las chispas lo mantenían en el oro instantáneo, en el parpadeo estelar. Cuando recibía las monedas, le parecía que le devolvían las mismas chispas congeladas, cortadas como el pan. Agudo y locuaz, le gustaba aparecer como lastimero y sollozante. El domingo que fue a casa del filólogo se entró al ruedo, oblicuo como de costumbre, y al atravesar el largo patio que tenía que recorrer antes de tocar la primera puerta, vio en el centro del patio una montura con la inscripción de ilustres garabatos aljamiados. Ilustró la punta de sus dedos recorriendo la tibiedad de aquella piel y la frialdad de los garabatos en argentium de Lisboa. Apoyado en su distracción avanzaba convencido, cuando la voz del mayordomo del filólogo llenó el patio, la plaza y la villa. Insolencia, decía, venir cuando no se le llama, nos repta en el oído con la punta de sus silbidos y se pone a manosear la montura que no necesita de su voluptuosidad. Orosmes, soplillo malo. No vienes nunca y hoy que se te ocurre, mi señor el filólogo fue a desayunar a casa del tío de un meteorólogo de las Bahamas que nos visita, y no está ni tiene por qué estar. Usted viene a cobrar y no a acariciar la plata de las monturas que no son suyas. Empieza por hacer las cosas mal, y después acaricia su maldad. Un herrero con delectación morosa. Te disfrazas de distraído amante del argentium, pero en el puño se te ve el rollo de los cobros, las papeletas de la anotación cuidadosa. Te finges distraído y acaricias, pero tu punto final es cerrar el pañuelo con arena aún más sucia y con las monedas en que te recuestas y engordas. No te quiero ver más por aquí, te presentas en el instante que sólo a ti corresponde, alargas la mano y después te vas. No tienes por qué acariciar la plata de ninguna montura. La voz se calló, desaparecieron los carros de ese Ezequiel, y Sofonisco saltó de su distracción a una retirada lenta, disimulada. 

El domingo siguiente se levantó con una vehemencia indetenible para volver a repetir la cobranza en casa del filólogo. Se sentía avergonzado de los gritos del mayordomo, vaciló, y le dijo a su mujer la urgencia de aquel cobro y el malestar que lo aguantaba en casa. La mujer de Sofonisco se cambió los zapatos, se alisó, mientras adoptaba la dirección de la casa del filólogo. Se le olvidó acariciar la montura antes de que su mano cayese tres veces en el aldabón. 

No le salió al paso el mayordomo, sino la esposa del filólogo. Insignificante y relegada cuando su esposo estaba en casa, si éste viajaba adquiría una posición rectificadora y durante la ausencia del esposo presumía de modificar y humillar al mayordomo. Le había mandado que ayudase a fregar la loza, que abandonase el plumerillo y sus insistentes acudidas a la más lejana insinuación a su presencia, llenada con mimosas vacilaciones. Había visto la humillación de la noble distracción de Sofonisco, anonadado por la crueldad y los chillidos del mayordomo. Y ahora quería limpiarle el camino, reconciliarse. 

A la presentación del deseo de cobranza, contestó con muchas zalemas que su esposo continuaba las visitas dominicales al meteorólogo de las Bahamas, ya que tenían mucho que hablar acerca de la influencia de la literatura birmana en el siglo II de la Era Cristiana. Ella no tenía dinero en casa, pero se afanaría por hacer el pago en cualquier forma. Sorprendió una indicación lejana. Ah, sígame, le dijo. La traspasó por pasadizos hasta que llegaron como a un oasis de frío, estaban en la nevera de la casa. Le enseñó colgada una buena pierna de res. Es suya, le dijo, se la cambio por el recibo. No tengo por ahora otra manera de pagarle. Quizás el domingo siguiente el mayordomo le entregue unas cuantas monedas que le envía mi esposo el filólogo. Pero no, dijo como iluminada, prefiero pagarle yo ahora mismo. Es suya, llévesela como quiera, pero no la arrastre, requiere un buen hombro. Vaya a buscar a su esposo. Las puertas quedarán abiertas para que no se moleste. Dispense, adiós. 

Al llegar a su casa el herrero descansó la pierna de la res cerca del baúl, indeciso ante la situación definitiva del nuevo monumento que se elevaba en su cámara. Tenía unos fluses que nunca usaba, esperando una solemnidad que nunca lo saludaba, los empapeló y los llevó hasta una esquina donde fueron desenvueltos en un cromatismo xántico. Izó la pierna y la situó en el respeto de una elevación que no evitase la tajada diaria al alcance de la mano, y salió a airearse, el olor penetrante de la res le había comunicado una respiración mayor que necesitaba de la frecuencia de los árboles en el aire que él iba a incorporar. 

La esposa se desabrochó, esperando el regreso del herrero para hacer cama. Desnuda se acercó a la pierna de la res, la contempló, acariciándola con los ojos desde lejos. La pierna trasudó como una gota de sangre que vino a reventar contra su seno. No reventó; al golpe duro de la gota de sangre en el seno sintió deseos de oscurecer el cuarto antes de que regresase el herrero. Sintió miedo de verse el seno y miedo de ver al esposo. El sueño, uno al lado del otro, los distanció por dos caminos que terminaban en la misma puerta de hierro con inscripciones ilegibles. Cierto que ella era analfabeta; él, había comenzado a leer en griego en su niñez; a contar los dracmas limpiando calzado en Esmirna y había hecho chispas en los trabajos de la forja colada en la villa de Jagüey Grande. Cuando dormía, después que había penetrado con su cuerpo en su esposa, diversificaba su sueño, ocurriéndosele que recibía un mensaje de Lagasch, alcalde de Mesopotamia, comprando todas sus cabras. Al terminar el sueño, soñaba que estaba en el principio de la noche, en el sitio donde se iniciaba la inscripción de los soplos benévolos. 

Al despertar la esposa tuvo valor para contemplarse el seno. Había brotado una protuberancia carmesí que trató de ocultar, pero el tamaño posterior la llevó a hablar con Sofonisco de la nueva vergüenza aparecida en su cuerpo. Él no le dijo lo que tenía que hacer. Se sintió tan indeciso, después consideró la aparición de algo sagrado, luego respetaba más que nunca a su mujer, pero no la tocaba ya. Todos los vecinos le hablaron del negro Tomás, cuyo padre había alcanzado una edad que los abuelos del pueblo en su niñez ya lo recordaban como viejo. Había curado viruelas, andaba con largo cayado de rama de naranjo, cuando se tornaban negras, abrazándose con blancas. Allí fue y el negro le habló con sílaba lenta, de imprescindible recuerdo: me alegra el herrero y me voy a entretener en devolverle a su esposa como un metal. Hay que hacer primero túnel y después salida. Yo tengo el aceite del túnel, no preveo la salida que Dios tiene que ayudar. Hay un aceite de nueces de Ipuare, en el Brasil, que es caliente y abre brecha e inicia el recorrido. Con esa dinamita aceitada su pelota desaparecerá, no desaparecer, va hacia dentro, buscando una salida. Se lo pone una semana, dejando caer la gota de aceite hirviendo a la misma altura donde cayó la gota de sangre. Después, vuelva. Algo tiene que ocurrir. Ya no se espera que algo ocurra. Antes, cuando tocaban la puerta, se sentía que podía ser Dios. Ahora se piensa que sea un cobrador y no se abre. Mientras se aplica el aceite hirviendo, tiene que tocarla su esposo todos los días. Ya tiene túnel, ahora espere salida.

Se sentía penetrada, la penetración estaba en tan mínima dosis en su recorrido que no sentía dolor. El topo seguido de la comadreja, el oso hormiguero seguido de una larga cadena la recorrían. Buscaban una salida, mientras sentía que la protuberancia carmesí se iba replegando en el pozo de su cuerpo. Un día encontró la salida: por una caries se precipitó la protuberancia. Desde entonces empezó a temblar, tomar agua —orinar— tomar agua, se convirtió en el terrible ejercicio de sus noches. Estaba convencida que había sanado. ¿Acaso no había visto ella misma la protuberancia caer en el suelo y desaparecer como una nube que nunca se pudo ver? Tuvo que ir de nuevo a ver al negro Tomás. Hubo túnel y salida, le dijo, ésta la ganó usted. Yo no podía prever que una caries sería la puerta. Ahora le hace falta no el aceite que quema, sino el que rodea la mirada. Yo no podía ver a una caries como una puerta, pero conozco ese aceite de calentura natural que se va apoderando de usted como un gato convertido en nube. Vaya a ver al negro Alberto, y él, que ya no baila como diablito, le ofrecerá los colores de sus recuerdos, las combinaciones que le son necesarias para su sueño. Usted fue recorrida por animales lentos, de cabeceo milenario. Ahora salga, siga con sus pasos la lección que le va a dictar su mirada. Tiene que convertir en cuerda floja todo cuanto pise. 

Fue a ver al negro Alberto. Vivía en una casa señorial de Marianao, la casa solariega de los Marqueses de Bombato había declinado lentamente hacia el solar. En 1850, los Marqueses daban fiestas nocturnas, maldiciendo la llegada de la aurora. En 1870, se había convertido en una casona gris de cobrar atribuciones. En 1876, era el estado ciudad de un solar de Marianao. Ahora se guardaba una colilla para ser fumada tres horas después, en el blasón de una puerta de caoba. La pila bautismal recibía diariamente la materia que hace abominables a las pajareras. El negro Alberto estaba sentado en una pieza que tenía la destreza de trabajo de un sillón de Voltaire con la destreza simbólica de un sillón Flaubert. Al verla se levantó para otorgarle las primeras palmatorias. 

¿Ya hubo túnel?, le preguntó con una solemnidad jacarandosa. Con una elasticidad madura que guardaba la enseñanza de sus gestos. 

Lo hubo y la caries sirvió de puerta. Pero a pesar de que yo vi, estaba muy despierta, rebotar la bolita contra el suelo que todos los días abrillanto, no me siento bien y sufro. 

Alberto había sido diablito en su juventud. Cuando era adolescente bailaba desnudo, a medida que recorría los años iba aumentando su colección de túnicas. Cuando se retiró, mostraba sus colecciones a los enviados por el negro Tomás con fines curativos. Transcurría diseñando los vestidos que ya no podía ponerse para ninguna fiesta, y su mujer costurera copiaba como si en eso consistiese su fidelidad. Algunos se complicaban en laberintos de hilos, sedas y cordones, que rememoraban a Nijinsky entrevisto por Jacques Emile Blanche. Otros se aventuraban en el riesgo sigiloso de dos colores contrastados con una lentitud de trirreme. Los fue entreabriendo en presencia de la esposa de Sofonisco. Las correas con campanillas que ceñían sus brazos y piernas estaban invariablemente resueltas siguiendo las vetas de oro en el fondo verde oscuro del cobre. Las más retorcidas combinaciones dejaban impávida a la mujer del griego. Parecía que ya Alberto tocaría el final de su colección de túnicas y ni él se intranquilizaba ni la visitante mostraba la serenidad que había ido a rescatar. Por fin, mostró entre las últimas túnicas, la lila que mostraba grabada en sus espaldas una paloma. Los collares que ceñían sus brazos y sus piernas ya no eran circulares. En la boca de la paloma no se observaban ramas de trigo o aceitunas, sino muy roja, mostraba su boca en doble rojez. Alberto anotó fríamente en su memoria: blanco, lila y rojo. Como quien vuelve del sueño aparta los pañuelos que se le tienden, la esposa del herrero dijo: ya estoy en la orilla. 

Fue a pagarle los servicios suntuosos del negro Alberto. Recordó lo horrible que era para ella cobrar, llevar a su casa aquella enorme pierna de res. Pensó que pagar era como lanzar una maldición a un rostro que no la había provocado. 

No busque, le dijo Alberto, coja el hueso de la pierna y entiérrelo. Recuérdelo, pero no lo mire. La ironía del túnel es la paloma, siempre encuentra salida. Yo creí que había que despertarla, pero su propia sangre la llevaba a poner la mano en un cuerpo blanco. La paloma blanca y la lengua roja colocan su mirada en lo cotidiano de la mañana. 

Sin embargo, le contestó, el negro Tomás me aconsejaba que Sofonisco me tocara y yo comprendía que él me tenía miedo. Me pasaban cosas extrañas y él huía. Me abrazaba, pero mostraba en el fondo de sus averiguaciones carnales una indiferencia, como si me hubiese convertido en una imagen desatada de la carne. Ahora me recordará con más precisión y podré caber de nuevo dentro de él sin atemorizarlo. Entonces se sacó del seno un hilo que el negro Alberto, siempre avisado, fue tirando, cuando todo el hilo estaba desconcertado por el suelo, lo cogió y lo lanzó en la saya de su mujer que seguía cosiendo, recorriendo mansamente sus diseños. 

Habían pasado los años que ya mostraba el hijo de Sofonisco y el pitagórico siete se mostraba con el ritmo que golpeaba la pelota contra el suelo. Su frenesí lo llevaba a golpear tan rápidamente que parecía que en ocasiones la pelota buscaba su mano como si fuera un muro, con la confianza de ser siempre interrumpida. Otras veces, después de tropezar con el suelo la pelota se levantaba como si fuese a trazar la altura de un fantasma imposible. La madre contemplaba con una lánguida extrañeza aquel frenesí de su hijo. Crecía, se volvía rojo como cuando el padre martillaba las chispas. Parecía estar ciego en el momento en que le pegaba a la pelota contra el suelo y luego, casi con indiferencia, no recobraba el orgullo de la mirada al ver la altura alcanzada. Al alcanzar una altura increíble para el golpe de su pequeña mano, alcanzó una altura misteriosa que ya más nunca podría rebasar. La pelota vaciló, recorrió una canal invisible y al fin se quedó dormida en la pantalla de grueso cartón verde que cubría el bombillo. La madre del nuevo Sofonisco, se movilizó jubilosa para entregarle a su hijo la alegría del reencuentro. Como si hubiese resuelto la invención de poblar el aire de peces, fue al patio y cogió la vara que alzaba a la tendedera lo más alto posible de las manchas de la tierra. Le dio un golpe muy ligero a la pelota para ver que rodase por la pantalla. No pudo prever la velocidad devoradora que adquiriría la pelota, muy superior a la huida de sus piernas. Le cayó en la nuca. El niño escondió la pelota para que llenase el mismo tiempo que le estaba dedicado al día siguiente. El herrero se fue a dormir, sus músculos estaban muy espesos por su ración diaria de martillazos y necesitaba del aceite flexible del sueño. El niño necesitaba esconder algo para dormirse. Ella ocupó su lugar: dormir sin despertar al que estaba a su lado. Soñó que por carecer de piernas, circulizada, se movía pero sin poder definir ningún camino. Con una lentitud secular soñó que le iban brotando retoños, después prolongaciones, por último, piernas. Cuando iba a precisar que caminaba se encontró la entrada de un túnel. Ya ella sabía, el sueño era de fácil interpretación llevado por sus recuerdos y se sintió fatigada al sentirse la más aburrida de las aburridas. 

Dejó el sueño en el momento en que entraba en el túnel, pero al despertar se llevó la mano a la nuca y allí estaba de nuevo la protuberancia carmesí. Ya está ahí, dijo, como quien recibe lo esperado. 

Viene como siempre, contestó Sofonisco despertándose, a hacer su mal y lo peor es que tenemos que salir con él. Cualquiera que se quede sin el otro hasta el último momento, hasta entrar, es el que no podrá recordar. 

Hay que averiguarlo, seguirlo, dijo ella, ya es la segunda vez y ahora viene a destruir como quien trabaja sobre un cuerpo relaxo que no tiene prolongaciones para atraer o rechazar. Puerta, túnel, caries, la paloma encuentra salida, todo eso está ya desinflado. Y no sé si el negro Tomás, al surgir el nuevo hecho en la misma persona no se distraerá, fingirá que se pone al acoso para descansar. Yo misma he borrado la posibilidad de la sorpresa que mi cuerpo recién lavado puede ofrecer. Me veo obligada a recorrer un camino donde los deseos están cumplidos. 

Sí, dijo Sofonisco, que ya no se rodeaba de un halo de chispas, pero eso sucede delante de mí y no puedo contemplar un espectáculo tan terrible cuando estoy dormido y siento que te acuestas a mi lado. 

Entonces, dijo ella, tengo que buscar tu salud y aunque estoy ya convertida en cristal, tengo que girar para que tus ojos no se oscurezcan. 

De pronto, cuando llega el cangrejo, dijo el herrero tiritando, me veo obligado a retroceder y ya no puedo tocarte. Cuando tú luchas con esas contradicciones que te han sido impuestas, me asomo y veo que lo que me transparentaba se borra, que es necesario reencontrarlo después de un paréntesis peligroso. Aunque tú ya no tengas curiosidad, me es necesario comprender una destreza, la forma que tú adquieres para caer en tu separación de mi cuerpo. Esa monotonía que tú esbozas, esa impertinencia para comprobar tus deseos, revela un endurecimiento que yo disculpo, pues en los caminos que te van a imponer, requieres una gran opacidad, ya que la luz te iría reduciendo, descubriéndote en un momento en que ya tú no puedes ser conocida por nadie. 

Ah, tú, silabeó la esposa, ahora es cuando surges y ya no necesitas tocarme. Cuando surge ese escorpión sobre mi cuerpo te entretienes con los esfuerzos que yo hago para quitármelo de encima. Cuando veas que ya no puedo quitármelo entonces empezará tu madurez. Al día siguiente, con la flor del aretillo sobre el seno, fue a ver al negro Tomás. 

Atravesó la bahía. El negro la situó entre una esquina y un farol que se alejaba cinco metros. 

Precipitadamente le dejó el frasco con aceite y el negro se hizo invisible. La esposa del herrero distinguió círculos y casas. El semicírculo de la línea de la playa, el círculo de los carruseles que lanzaban chispas de fósforo y latigazos, y más arriba las casas en rosa con puertas anaranjadas y las verjas en crema de mantecado. Negros vestidos de diablito avanzaban de la playa a los carruseles y allí se disolvían. Empezaban desenrollándose acostados en el suelo, como si hubiesen sido abandonados por el oleaje. Se iban desperezando, ya están de pie y ahora lanzan gritos agudos como pájaros degollados. Después solemnizan y cuando están al lado de los carruseles las voces se han hecho duras, unidas como una coral que tiene que ser oída. Los carruseles como si mascasen el légamo de ultratumba cortan sus rostros con cuchilladas que dejan un sesgo de luna embetunada con hollín y calabaza. La calabaza fue una fruta y ahora es una máscara y ha cambiado su ropa ante nuestro rostro como si la carne se convirtiese en hueso y por un rayo de sol nocturno el esqueleto se rellenase con almohadas nupciales. Aquellas casas girando parecen escaparse, y golpean nuestro costado. Es lo insaciable; los diablitos avanzan hasta los carruseles y éstos los rechazan otra vez y otra hasta la playa. Los soldados momificados soportan aquella lava. Uno saca su espada y surge una nalga por encantamiento y pega como un tambor. Un negrito de siete años, hijo de Alberto el de las túnicas, vestido de marinero veneciano, empina un papalote para conmemorar la coincidencia de la espada y la nalga. La esposa, portadora del cangrejo, acostumbrada a las chispas del herrero griego, retrocede de la esquina hasta el farol. Cuando los diablos son botados hasta la playa, ella avanza cautelosamente hasta la esquina. Cuando los diablitos llegan hasta los bordes del carrusel, ella retrocede hasta el farol. Sintió pánico y la voz le subía hasta querer romper sus tapas, pero el cangrejo que llevaba en la nuca le servía de tapón. Las grandes presiones concentradas en los coros de los negros se sintieron un poco tristes al ver que nada más podían trasladarla de la esquina hasta el farol. Y a la limitación, a la encerrona de su pánico oponían la altura de sus voces en un crescendo de mareas sinfín. Después supo que un poeta checo que asistía para hacer color local, acostumbrado a los crepúsculos danzados en el Albaicín, había comenzado a tiritar y a llorar, teniendo un policía que protegerlo con su capota y llevarlo al calabozo para que durmiese sin diablos. Al día siguiente, las páginas de su cuaderno lucían como pétalos idiotas entre el petróleo y la gelatina de las tambochas, devueltas por los pescadores eruditos a las aguas muertas de la bahía. 

Y más allá de los carruseles, las casas pobladas hasta reventar, con las claraboyas cerradas para evitar que la luz subdivida a los cuerpos. Bailándole a las esquinas, a los santos, al fango tirado contra cualquier pared, en cada casa apretada se repite la caminata de la playa hasta el carrusel. De pronto, un cuerpo envuelto en un trapo anaranjado es lanzado más allá de las puertas. Los soldados enloquecidos lanzan tiros como cohetes. Pero las casas cerradas, llenas hasta reventar, desdeñan el fuego de la fiesta. Recibe una claridad, la mañana comienza a acariciarla. Empieza a sentir, a recuperar y sorprende que el frasco de aceite del Brasil hierve queriendo reventar. Cree que aún separa a los grupos, pide permiso y nadie la rodea. La lancha que la devuelve como única tripulante, le permite un sueño duro que galopa en el petróleo. Sale de la lancha con pasos raudos, como si la fuese a tripular de nuevo. Cuando llega a su casa percibe a su esposo y a su hijo respetuosos de las costumbres de siempre. Y lleva el aceite hirviendo hasta su nuca. Ya encontró camino, le dice de nuevo el negro Tomás cuando lo visita, y saldrá más allá del túnel. Por la mañana lanza de nuevo la protuberancia carmesí. Ahora ha saltado por el túnel de la cuenca del ojo izquierdo. Pero la zozobra que la continúa es insoportable. El esposo alejado de ella, en una soledad duplicada se lleva de continuo el índice a los labios. Y aunque está solo y muy lejos de ella, repite ese gesto, que la vecinería a su vez comenta y repite. Y el hijo, más huraño, antes de entrar en el sueño, se obstaculiza a sí mismo en tal forma que la pelota rueda como si fuese agua muerta o una cucaracha despreciada cuyo vuelo es seguido con indiferencia. 

¿Qué les pasa a ustedes?, dice después de la sobremesa, lanzándole la pelota a su hijo, que la deja correr, importándole nada su desenvolvimiento. 

Estás en vacaciones, ahora se dirige al esposo, para ver si tiene mejor suerte, no quieres hacer nada y las monturas de hierro van formando por toda la casa una negrura que será imposible limpiar cuando nos mudemos. 

Nos mudaremos, le contesta casi por añadidura y los hierros se quedarán, ya con ellos no se puede hacer ni una sola chispa. Me gusta más ver una luciérnaga de noche que arrancarles una chispa a esos hierros de día. 
Ahora, le decía días más tarde el negro Tomás, no puedo predecir el combate de la golondrina y la paloma. Ni en qué forma le hablarán. Sé que la golondrina no puede penetrar en la casa y conozco la sombra de la paloma. Sin embargo, una golondrina se obstinará en penetrarla y la paloma le hará daño. Siempre que pelean la golondrina y la paloma se hace sombra mala. 

Buscaba la huida de su casa. Con un paquete a su lado, por si tenía que permanecer en los parques a la noche, mostraba aún sobre su seno la flor del aretillo. En varias ocasiones la flor rodaba, queriendo escapársele, pero su indiferencia aún podía extender la mano y recuperarla. Su atención fue indicando los carros de golondrinas que borraban las nubes. No era su intención, hasta donde su mirada podía extenderse, poner la mano en el cuello de ninguna de ellas. El verso de Pitágoras, domésticas hirundines ne habeto, que aconseja no llevar las golondrinas a la casa, existía para ella. Observaba sus perfectas escuadras, sus inclinaciones incesantes y geométricas. Apenas pudo hacer un vertiginoso movimiento con la mano derecha para ahuyentar a una golondrina que se apartaba de la bandada y había partido como una flecha marcada a hundirse en su rostro. Rechazada, volvió un instante a la estación de partida como para no perder la elasticidad que la lanzaba de nuevo, como el rayo se hace visible mientras la nube retrocede. Aterrorizada asió a la golondrina por el cuello y comenzó a apretarla. Cuando sintió la frialdad de las plumas, asqueada abrió las manos para que se escapase. Entontada, el ave ya no tenía fuerza para alejarse y la rondaba a una distancia bobalicona. Le hacía señas y gritos a la golondrina para que huyese, pero ella insistía, idiotizada como en las caricias de un borracho. Tuvo que huir volviendo el rostro para asegurar que el ave ya no tenía fuerzas para perseguirla. A la otra mañana, como sucede siempre en la vergüenza de la conciencia, repasó aquel sitio donde se había manifestado el conjuro. Al lado del paquete, la golondrina lucía con sofocada torpeza la última frialdad. Pudo oír los comentarios de las esquinas que le indicaban que la golondrina había hecho esfuerzos contrahechos para acercarse al paquete. Esa misma noche soñó, mientras el herrero y su hijo guardaban de ella una distancia regida por la prudencia: la golondrina era de cartón mojado; el rocío había traspasado los papeles del paquete y algodonado los cordeles que lo custodiaban. Dentro, un niño gelatinoso, deshuesado en una herrería que manipulaba con martillos de agua, ofrecía un ombligo con una protuberancia carmesí para que abrevase el pico de caoba de la golondrina. 

Después de tanto guerrear había ido volviendo a sus paseos del crepúsculo. Tuvo deleite de atar dos recuerdos, entremezclándolos y separándole después sus pinzas irónicas. Creían que la habían dejado serena, no la huían, pero ya a su lado nada se le ponía en marcha para su destino. Creía recordar las cosas que pasaban a su lado con una dureza de arañazo. Alejaba tanto el rostro que se le acercaba o la mano que se le tendía que los gozaba como una estampa borrosa. Podía reducir el cielo al tamaño de una túnica y la paloma que le echaba la sombra a la otra inmovilizada con su lengua de rojez contrastada en la túnica lila. Gozaba de una sombra que enviaba la paloma que no se acerca nunca tanto como la golondrina cuando está marcada. La luz la iba precisando cuando ya el herrero y su hijo no sentían el paseo del cangrejo por su nuca o por el seno que había impulsado con levedad acompasada la flor del aretillo. El cangrejo sentía que le habían quitado aquel cuerpo que él mordía duro y que creía suyo. Le habían quitado aquel cuerpo que él necesitaba para lo propio suyo, semejante al enconado refinamiento de las alfombras cuando reclaman nuestros pies.



Cuentos
Editorial Letras Cubanas, 1987 
Edición: Miriam Martínez 
Foto: Lezama Lima por Iván Cañas circa 1969

Antón Chéjov - Consejos a un escritor

4 de febrero de 2012 · 0 Comentarios





A Alexéi M. Peshkov (Máximo Gorki). Yalta, 3 de diciembre de 1898

Me pregunta cuál es mi opinión sobre sus cuentos. ¿Qué opinión tengo? Un talento indudable, y además un verdadero y gran talento. Por ejemplo, en el cuento "En la estepa crece" con una fuerza inhabitual, e incluso me invade la envidia de no haberlo escrito yo. Usted es un artista, una persona sabia. Siente a la perfección. Es plástico, es decir, cuando representa algo, lo observa y lo palpa con las manos. Eso es arte auténtico. Esa es mi opinión y estoy muy contento de poder expresársela. Yo, repito, estoy muy contento, y si nos hubiésemos conocido y hablado en otro momento, se hubiese convencido del alto aprecio que le tengo y de qué esperanzas albergo en su talento.

¿Hablar ahora de los defectos? No es tan fácil. Hablar sobre los defectos del talento es como hablar sobre los defectos de un gran árbol que crece en un jardín. El caso es que la imagen esencial no se obtiene del árbol en sí, sino del gusto de quien lo mira. ¿No es así?

Comenzaré diciéndole que, en mi opinión, usted no tiene contención. Es como un espectador en el teatro que expresa su entusiasmo de forma tan incontinente que le impide escuchar a los demás y a sí mismo. Especialmente esta incontinencia se nota en las descripciones de la naturaleza con las que mantiene un diálogo; cuando se leen, se desea que fueran compactas, en dos o tres líneas. Las frecuentes menciones del placer, los susurros, el ambiente aterciopelado y demás, añaden a estas descripciones cierta retórica y monotonía, y enfrían, casi cansan. La falta de continencia se siente en la descripción de las mujeres ("Malva", "En las balsas") y en las escenas de amor. Eso no es oscilación y amplitud del pincel, sino exactamente falta de continencia verbal. Después es frecuente la utilización de palabras inadecuadas en cuentos de su tipo. Acompañamiento, disco, armonía: esas palabras molestan. [...] En las representaciones de gente instruida se nota cierta tensión, como si fuera precaución; y esto no porque usted haya observado poco a la gente instruida, usted la conoce, pero no sabe exactamente desde qué lado acercarse a ella. ¿Cuántos años tiene usted? No lo conozco, no sé de dónde es ni quién es, pero tengo la impresión de que aún es joven. Debería dejar Nizhni [Nizhni-Novgorod] y durante dos o tres años vivir, por así decirlo, alrededor de la literatura y los círculos literarios; esto no para que nuestra generación le enseñe algo, sino más bien para que se acostumbre, y siente definitivamente la cabeza con la literatura y se encariñe a ella. En las provincias se envejece pronto. Korolenko, Potapenko, Mamin [Mamin-Sibiriak], Ertel, son personas excelentes; en un primer momento, quizás le resulte a usted aburrido estar con ellos, pero después, tras dos años, se acostumbrará y los valorará como merecen, y su compañía le servirá para soportar la desagradable e incómoda vida de la capital.


A Mijail P. Chéjov, Taganrog, 6 y 8 de abril de 1879

Haces bien en leer libros. Acostúmbrate a leer. Con el tiempo, valorarás esa costumbre. ¿La señora Beecher Stow [novelista norteamericana, autora de La cabaña del tío Tom] te ha arrancado unas lágrimas? La leí hace tiempo y he vuelto a leerla hace unos seis meses con un fin científico, y después de la lectura sentí la sensación desagradable que sienten los mortales que comen uvas pasas en exceso... Lee los siguientes libros: Don Quijote (completo, en siete u ocho partes). Es bueno. Las obras de Cervantes se encuentran a la altura de las de Shakespeare. Aconsejo a los hermanos que lean, si aún no lo han hecho, Don Quijote y Hamlet, de Turguéniev. Tú, hermano, no lo entenderás. Si quieres leer un viaje que no sea aburrido, lee La fragata Palas, de Goncharov.


A Dmitri V. Grigoróvich, Moscú, 28 de marzo de 1886

Su carta, mi querido y buen bienhechor, me ha impactado como un rayo. Me conmovió y casi rompo a llorar. Ahora pienso que ha dejado una profunda huella en mi alma. [...]

Todas las personas cercanas a mí siempre han menospreciado mi actividad de escritor y no han cesado de aconsejarme amistosamente que no cambiara mi ocupación actual por la de escritor. Tengo en Moscú cientos de conocidos, entre ellos dos decenas que escriben, y no puedo recordar ni a uno sólo que haya visto en mí a un artista. En Moscú existe el llamado “círculo literario”. Talentos y mediocridades de cualquier pelaje y edad se reúnen una vez por semana en el reservado de un restaurante y dan rienda suelta a sus lenguas. Si fuera allí y les leyera una parte de su carta, se reirían de mí. Tras cinco años de deambular por los periódicos he logrado compenetrarme con esa opinión general de mi insignificancia literaria. En seguida me acostumbré a mirar mis trabajos con indulgencia y a escribir de manera trivial. Esa es la primera razón. La segunda es que soy médico y siento una gran pasión por la medicina de modo que el proverbio sobre las dos liebres [“El que sigue dos liebres, tal vez cace una, y muchas veces, ninguna”] nunca quitó tanto el sueño a nadie como a mí. Le escribo todo esto sólo para justificar un poco ante usted mi gran pecado. Hasta ahora he mantenido, respecto a mi labor literaria, una actitud superficial, negligente y gratuita. No recuerdo ni un solo cuento mío en el que haya trabajado más de un día. "El cazador", que a usted le gusta, lo escribí en una casa de baños. He escrito mis cuentos como los reporteros que informan de un incendio: mecánicamente, medio inconsciente, sin preocuparme para nada del lector ni de mí mismo... He escrito intentando no desperdiciar en un cuento las imágenes y los cuadros que quiero y que, sabe Dios por qué, he guardado y escondido con mucho cuidado. [...]

Disculpe la comparación, pero ha actuado en mí como la orden gubernamental de “abandonar la ciudad en 24 horas”, esto es, de pronto he sentido la imperiosa necesidad de darme prisa, de salir lo antes posible del lugar donde me hallo empantanado... Estoy de acuerdo en todo con usted. El cinismo que me señala, lo sentí al ver publicado "La bruja". Si hubiera escrito ese cuento no en un día, sino en tres o cuatro, no lo tendría... Me libraré de los trabajos urgentes, pero me llevará tiempo... No es posible abandonar el carril en el que me encuentro. No me importa pasar hambre, como ya pasé antes, pero no se trata de mí. Dedico a escribir mis horas de ocio, dos o tres por día y un poco de la noche, esto es, un tiempo apenas suficiente para pequeños trabajos. En verano, cuando tenga más tiempo libre y menos obligaciones, me ocuparé de asuntos serios.

No puedo poner mi verdadero nombre en el libro, porque ya es tarde: la viñeta ya está preparada y el libro, impreso. Mucha gente de Petersburgo me ha aconsejado, antes que usted, no echar a perder el libro con un pseudónimo, pero no les he hecho caso, probablemente por amor propio. No me gusta nada mi libro [Cuentos abigarrados se publicó bajo el pseudónimo de Antosha Chejonté]. Es una vinagreta, un batiburrillo de trabajos estudiantiles, desplumados por la censura y por los editores de las publicaciones humorísticas. Creo que, después de leerlo, muchos se sentirán decepcionados. Si hubiera sabido que usted me lee y sigue mis pasos, no lo habría publicado. La esperanza está en el futuro. Sólo tengo 26 años. Quizás me dé tiempo a hacer algo, aunque el tiempo pasa deprisa. Le pido disculpas por esta carta tan larga. [...] Con profundo y sincero respeto y agradecimiento.


Imagen: © Bettmann/CORBIS


Richard Dawkins - Virus de la mente

3 de febrero de 2012 · 0 Comentarios





El puerto del cual todos los memes dependen es la mente humana, pero la mente humana es, ella misma, un artefacto que se crea cuando los memes reestructuran un cerebro humano, para hacer de él un hábitat más apropiado para sí mismos. Las vías de entrada y salida son modificadas para ajustarse a las condiciones locales y son fortalecidas por diversos dispositivos artificiales que mejoran la fidelidad y la minuciosidad de la replicación: las mentes de los chinos nativos difieren dramáticamente de las mentes de los franceses nativos y las mentes alfabetizadas difieren de las mentes analfabetas. Lo que, a cambio, le proveen los memes al organismo en el cual residen es un incalculable bagaje de ventajas, con algún que otro caballo de Troya, como para completar la cosa...

Daniel Dennett


Pasto de duplicación

Una hermosa pequeña de seis años cercana a mí, la niña de los ojos de su padre, cree que Tomás, el trencito, realmente existe. Cree en Papá Noel y su ambición es ser un hada madrina cuando sea grande. Ella y sus amigas de la escuela creen en las solemnes palabras de adultos respetables que afirman que las hadas y Papá Noel realmente existen. Esta pequeña tiene edad para creerse cualquier cosa que se le diga. Si se le dice que las brujas transforman en ranas a los príncipes, lo creerá. Si se le dice que los niños malos se cocinan para siempre en el infierno, tendrá pesadillas. Acabo de descubrir que, sin el consentimiento de su padre, se envía a esta dulce, confiada y crédula niña de seis años a catecismo semanal con una monja católica. ¿Qué posibilidades tiene?

Una niña humana es moldeada por la evolución para sumergirse en la cultura de su pueblo. Lo más obvio es que aprenda lo fundamental de su idioma en cuestión de meses. Un gran diccionario de palabras para hablar, una enciclopedia de información de la cual hablar, complicadas reglas sintácticas y semánticas, todo ello se transfiere de cerebros de más edad al de la niña mucho antes de que ella alcance el tamaño de un adulto. Cuando se está preprogramado para absorber información útil a un ritmo elevado, es difícil excluir al mismo tiempo la información perjudicial o dañina. Con tantos bytes mentales para ser «descargados», tantos codones mentales para ser duplicados, no es sorprendente que los cerebros de los niños sean crédulos, estén abiertos a casi cualquier tipo de sugestión, sean vulnerables a la subversión y sean fácil presa de moonies, cienciólogos y monjas. Como si fuesen pacientes con deficiencias inmunológicas, los niños son vulnerables a infecciones mentales que los adultos podrían repeler sin esfuerzo.

También el ADN incluye códigos parasíticos. La maquinaria celular es extremadamente buena copiando ADN. Allí donde haya ADN, la maquinaria celular parece tener ansiedad por copiarlo, igual que los niños al imitar el lenguaje de sus padres. Concomitantemente, el ADN parece ansioso de ser copiado. Para el ADN, el núcleo de la célula, con su bullente maquinaria de sofisticada, veloz y precisa duplicación, es el paraíso.

La maquinaria celular está tan acomodada a la duplicación de ADN que no sorprende que las células sean anfitrionas de ADN parásito: virus, viroides, plásmidos y una morralla de otros compañeros de viaje genéticos. El ADN parásito puede, incluso, lograr ser empalmado en los cromosomas sin «costuras» aparentes con el resto del material genético. Los «genes saltadores» y trozos de «ADN egoísta» se cortan o se copian y se pegan a sí mismos en otros sitios. Los mortales oncogenes son casi imposibles de distinguir de los genes legítimos entre los cuales se introducen. En tiempo evolutivo, probablemente haya un tráfico continuo desde los genes «decentes» a los «rebeldes» que se hallan «fuera de la ley» y viceversa. El ADN es eso, solamente ADN. Lo único que distingue al ADN viral del ADN huésped es el método de transmisión a las generaciones futuras. El ADN huésped «legítimo» es sólo ADN que aspira a transmitirse a la generación siguiente a través de la ruta ortodoxa del huevo o el semen. El ADN «rebelde» o «parasítico» sólo es ADN que busca una ruta más veloz y menos cooperativa hacia el futuro, a través de una gota de estornudo o una mancha de sangre, en lugar de por medio del semen o el huevo.

Para los datos contenidos en un disquete, un ordenador es un bullente paraíso, del mismo modo en que el núcleo celular bulle en su ansiedad por duplicar ADN. Los ordenadores y los lectores de discos y cintas que están asociados a ellos están diseñados para mantener una gran fidelidad de copiado. Al igual que las moléculas de ADN, los bytes magnetizados no «quieren» realmente ser copias fidedignas. Sin embargo, se puede escribir un programa informático que ejecute ciertos pasos para duplicarse a sí mismo. No solo para duplicarse a sí mismo dentro del ordenador original, sino también para difundirse a otros ordenadores. Los ordenadores son tan buenos copiando bytes y obedeciendo de manera fidedigna las instrucciones contenidas en esos bytes, que son fáciles presas para los programas autorreplicadores: son muy vulnerables a los programas parásitos. Cualquier cínico que estuviese familiarizado con la teoría de los genes y los memes egoístas hubiese sabido que los ordenadores personales modernos, con su promiscuo tráfico de disquetes y vínculos de correo electrónico, simplemente estaban buscándose un problema. Lo único sorprendente acerca de la actual epidemia de virus informáticos es que haya tardado tanto en llegar.


La mente infectada

Ya me he referido a la preprogramada credulidad de los niños, tan útil para aprender la lengua y la sabiduría tradicional y tan fácilmente subvertida por las monjas, los moonies y otros de su clase. En términos más generales, todos intercambiamos información unos con otros. No se trata precisamente de que nos insertemos disquetes unos a otros en ranuras de nuestros cráneos, sino de que intercambiamos oraciones, tanto a través de nuestros oídos como de nuestros ojos. Nos percatamos del estilo de moverse y de vestirse de cada uno y somos influidos por ello. Prestamos atención a los estribillos de los anuncios publicitarios y, presumiblemente, somos persuadidos por ellos; de otro modo, los prácticos hombres de negocios no gastarían tanto dinero en contaminar el aire con publicidad.

Piénsese acerca de las dos cualidades que un virus -o cualquier tipo de replicador parásito- requiere de un medio amigable, las dos cualidades que hacen a la maquinaria celular tan favorable para el ADN parásito y que hacen a los ordenadores tan adecuados para los virus informáticos. Estas cualidades son: primero, cierta facilidad para replicar información de manera precisa, tal vez con algunos errores que luego son reproducidos también de manera precisa; y segundo, cierta facilidad para obedecer instrucciones codificadas en la información que de ese modo se replica. La maquinaria celular y los ordenadores electrónicos son sobresalientes en ambas cualidades. ¿Cómo les va, en comparación, a los cerebros? Como replicadores fidedignos, son, por cierto, menos perfectos que las células o los ordenadores electrónicos. Sin embargo, son bastante buenos, tal vez tan buenos como los virus de ARN, aunque no tanto como los de ADN con todas sus elaboradas medidas contra la degradación textual. Las pruebas acerca de la fidelidad de los cerebros, especialmente en los niños, como duplicadores de datos, las da el lenguaje mismo. Sólo con su oído, el profesor Higgins de Bernard Shaw era capaz de reconocer en qué calle había crecido un londinense en particular. La ficción no prueba nada, pero todos sabemos que la habilidad de Higgins es sólo una exageración de algo que todos podemos hacer. Cualquier estadounidense puede distinguir entre el acento del Sur y el del Medio Oeste, y entre el de Nueva Inglaterra y el de las colinas. Todo neoyorquino puede distinguir entre el acento del Bronx y el de Brooklyn. Pueden hacerse afirmaciones equivalentes para cada país. Lo que ese fenómeno significa es que el cerebro humano es capaz de copiar de manera bastante precisa (de lo contrario, el acento de New Castle, por ejemplo, no sería lo suficientemente estable como para ser reconocido), pero con algunos errores (de lo contrario, la pronunciación no evolucionaría y todos los hablantes de un idioma heredarían sin modificación los acentos de sus ancestros remotos). El lenguaje evoluciona, a causa de que posee tanto una gran estabilidad como una ligera capacidad de cambiar: ambos, prerrequisitos de todo sistema en evolución.

El segundo requisito de un ambiente favorable a los virus -que debe obedecer un programa de instrucciones codificadas— es, una vez más, solo cuantitativamente menos válido en los cerebros que en las células o los ordenadores. En ocasiones obedecemos las órdenes de otros, pero en ocasiones no lo hacemos. Con todo, es un factor revelador que en todo el mundo la vasta mayoría de niños sigan la religión de sus padres en lugar de cualquier otra religión disponible. Las instrucciones para persignarse, inclinarse hacia la Meca, asentir con la cabeza hacia la pared en forma rítmica, sacudirse como un maniático, «hablar en lenguas» —la lista de tales arbitrarios patrones motores sin sentido, ofrecida solo por la religión, es amplia— se obedecen, si bien no como si se tratase de esclavos, al menos con cierta elevada probabilidad estadística.

De modo menos portentoso y, otra vez, especialmente notable en los niños, las «manías» constituyen un ejemplo asombroso de la conducta que debe más a la epidemiología que a la elección racional. Yo-yos, anillos de hula hula y bastones saltarines, junto con sus acciones comportamentales fijas asociadas, se difunden por las escuelas y, más esporádicamente, saltan de una a otra, en patrones que no presentan diferencias importantes con una epidemia de sarampión. Hace 10 años, se podría haber viajado por todo Estados Unidos y no ver nunca una gorra de béisbol con la visera hacia atrás. Hoy en día, la gorra vuelta hacia atrás se encuentra en todas partes. No sé cuál fue el preciso patrón de dispersión geográfica de la gorra con la visera volteada, pero la epidemiología está, por cierto, entre las profesiones más adecuadas para estudiarlo. No necesitamos ponernos a discutir acerca del «determinismo»; no necesitamos afirmar que los niños están obligados a imitar lo que hacen sus compañeros.

Por más que sean triviales, las modas nos proveen aun más pruebas circunstanciales de que las mentes humanas -tal vez especialmente las mentes juveniles— poseen las cualidades que hemos reconocido como deseables para un parásito informático. Como mínimo, la mente es un candidato plausible para la infección de algo semejante a los virus informáticos, incluso cuando no se trate del ambiente de los sueños de un parásito, a diferencia de lo que ocurre con los núcleos celulares y los ordenadores electrónicos. Resulta intrigante preguntarse cómo podríamos sentirnos si nuestra mente fuese víctima de un «virus». Podría tratarse de un parásito diseñado deliberadamente, como los virus informáticos actuales. O podría tratarse de un parásito que haya mutado accidentalmente y evolucionado en forma inconsciente. En ambos casos, especialmente si el parásito evolucionado era el descendiente memético de una larga línea de exitosos ancestros, tenemos derecho a esperar que el típico «virus mental» sea bastante bueno en la tarea de lograr ser replicado exitosamente.

La evolución progresiva de los parásitos mentales más efectivos tendrá dos aspectos. Los nuevos «mutantes» (ya sea que hayan sido producidos al azar o que hayan sido diseñados por seres humanos) que se dispersen mejor se tornarán más numerosos. Y habrá un agrupamiento de ideas que florecerán unas en presencia de las demás, ideas que se apoyarán mutuamente unas a otras, del modo en que lo hacen los genes y -según mis especulaciones- tal como es posible que hagan, algún día, los virus informáticos. Esperamos que los replicadores vayan juntos de cerebro en cerebro, en bandas mutuamente compatibles. Estas bandas terminarán transformándose en un paquete, el cual puede ser lo bastante estable como para recibir el nombre colectivo de catolicismo o vudú. No importa mucho si en nuestra analogía comparamos todo el paquete con un virus solo, o cada una de las partes componentes a un único virus. La analogía no es tan exacta. De todos modos, al igual que al distinguir entre un virus informático y un gusano informático, no es algo como para ponerse nervioso. Lo que importa es que las mentes son ambientes favorables para las ideas o para la información autorreplicadora parasítica, y que, de manera típica, son infectadas en forma masiva.

Al igual que los virus informáticos, los virus mentales exitosos tenderán a ser difíciles de detectar para sus víctimas. Si el lector es víctima de un virus mental, lo más probable es que no lo sepa y hasta es posible que lo niegue vigorosamente. Aceptando que un virus ubicado en nuestra mente podría ser difícil de detectar, ¿qué signos delatores podríamos buscar? Responderé imaginando cómo un libro de texto de medicina podría describir los síntomas característicos de una víctima (que supondré masculina, de manera arbitraria):

1. De modo típico, el paciente se siente compelido por una convicción interior muy profunda a creer que algo en particular es verdad, correcto o virtuoso, convicción esta que nada parece tener que ver con las pruebas o la razón, pero que, de todos modos, el paciente siente de manera imperativa y convincente. Los médicos se refieren a tales creencias con el nombre de «fe».

2. De modo característico, los pacientes consideran una virtud positiva que la fe sea intensa y sólida a pesar de no estar basada en pruebas. En efecto, pueden pensar que mientras menos pruebas haya, más virtuosa es la creencia (véase más adelante). Esta paradójica idea de que, en todo lo referente a la fe, la falta de pruebas es una positiva virtud tiene algo de las características de un programa autosustentable, a causa de que es autorreferencial. Una vez que se cree en la proposición, esta socava automáticamente cualquier posibilidad de oposición. La idea de que «la carencia de pruebas es una virtud» constituiría un admirable camarada, formando con la fe una gavilla de programas virales que se apoyarían mutuamente.

3. Un síntoma relacionado, que también puede presentar la víctima de la fe, es la convicción de que el «misterio» por sí mismo es algo bueno. No es una virtud resolver misterios. En lugar de ello, deberíamos disfrutar de los misterios y hasta regocijarnos por la imposibilidad de resolverlos.

Todo impulso por resolver misterios podría resultar seriamente hostil a la difusión de un virus mental. No debería sorprender, pues, que la idea de que «los misterios están mejor si se los deja sin resolver» fuera un miembro importante de una banda de virus que se apoyen mutuamente. Consideremos, por ejemplo, el «Misterio de la Transustanciación». Resulta fácil y nada misterioso creer que, en un sentido simbólico o metafórico, el vino de la eucaristía se transforma en la sangre de Cristo. La doctrina de la transustanciación católica romana, sin embargo, afirma mucho más. «Toda la sustancia» del vino se transforma en la sangre de Cristo; la apariencia de vino que permanece es algo «meramente accidental», «que no es inherente a la sustancia». En el lenguaje de todos los días, se enseña que la transustanciación implica la conversión del vino en la sangre de Cristo, «de modo literal». Ya sea en su forma aristotélica o en su más sincera forma cotidiana, la afirmación acerca de la transustanciación solo puede hacerse a costa de ejercer gran violencia sobre los significados normales de palabras como «sustancia» y «literalmente». Redefinir las palabras no es pecado, pero si utilizamos términos como «toda la sustancia» o «literalmente» en este caso, ¿qué palabras utilizaremos cuando auténtica y verdaderamente deseemos decir que algo realmente ocurrió? Tal como ha señalado Anthony Kenny acerca de su propio asombro como joven seminarista: «Por lo que sé, mi máquina de escribir podría ser Benjamín Disraeli transustanciado...».

Los católicos, cuyas creencias en la autoridad infalible les obliga a aceptar que el vino se transforma físicamente en sangre, a pesar de todas las apariencias, se refieren al «Misterio» de la transustanciación. Lo ve usted, llamarle Misterio lo arregla todo. Por lo menos lo hace en una mente que ya ha sido bien preparada por un trasfondo de infección. Se ejecuta el mismo truco, exactamente, en el «Misterio» de la Trinidad. Los misterios no están allí para ser resueltos, sino para causar un temor reverencial. La idea de «el misterio es virtud» viene en ayuda del católico, quien de otro modo hallaría intolerable la obligación de creer el obvio absurdo de la transustanciación y de las «tres personas en una». Una vez más, la creencia en que «el misterio es virtud» posee un anillo autorreferencial. Como podría decir Douglas Hofstadter: el propio carácter misterioso de la creencia impulsa al creyente a perpetuar el misterio.

Un síntoma extremo de infección por «el misterio es virtud» es la afirmación de Tertuliano, «Certum est quia impossibile est» (Es cierto porque es imposible). En esa dirección está la locura. Uno se siente tentado de citar a la Reina Blanca de Lewis Carroll. En respuesta a la afirmación «No se puede creer en cosas imposibles...» de Alicia, la reina arguye «Me atrevo a decir que no tienes mucha práctica... Cuando tenía tu edad siempre practicaba durante media hora cada día. ¡Vaya! En ocasiones he creído en seis cosas imposibles antes del desayuno». O el Monje Eléctrico de Douglas Adams, un dispositivo para ahorrar trabajo. Estaba programado para creer en lugar de uno y era capaz de «creer en cosas que la gente encontraría difícil de creer en Salt Lake City» y que, en el momento de ser presentado al lector, creía, contra toda evidencia, que todas las cosas del mundo tenían un tono rosado uniforme. Pero las Reinas Blancas y los Monjes Eléctricos se tornan menos divertidos cuando uno se percata de que estos virtuosos creyentes no pueden distinguirse de los reverenciados teólogos de la vida real. «Hay que creerlo totalmente, porque es absurdo» (otra vez Tertuliano). Sir Thomas Browne cita a Tertuliano con aprobación y va más allá: «Pienso que, para una fe activa, no hay suficientes imposibles en la religión». Y «Deseo ejercitar mi fe en el punto más difícil; puesto que dar crédito a objetos comunes y visibles no es fe, sino persuasión». Tengo la sensación de que aquí está ocurriendo algo más interesante que la pura insania o el absurdo surrealista, algo emparentado con la admiración que sentimos cuando miramos a un malabarista caminar por la cuerda floja. Es como si los creyentes obtuviesen prestigio a través de arreglárselas para creer cosas incluso más ridículas que las que han logrado creer sus rivales. ¿Estas personas están poniendo a prueba —entrenando- sus músculos para creer, entrenándose a sí mismos para creer cosas imposibles de modo tal que les permita superar los obstáculos para creer en las cosas meramente improbables que se les pide que crean?

Mientras estaba escribiendo este artículo, The Guardian (del 29 de julio de 1991) me trajo, en forma fortuita, un buen ejemplo. Se trataba de una entrevista con un rabino que se tomaba el extraño trabajo de controlar la ausencia de alimentos kosher en los productos alimenticios, rastreando sus más ínfimos ingredientes hasta su origen. En aquel momento agonizaba por la cuestión de si debía hacerse el viaje hasta China para examinar el mentol que hay en los caramelos para la tos.

Alguna vez he intentado examinar el mentol chino... fue extremadamente difícil, especialmente a partir de que recibimos la respuesta a la primera carta que enviamos, en el mejor inglés chino, «El producto no contiene ningún kosher»... China ha comenzado a abrirse a los investigadores kosher sólo recientemente. El mentol debería de estar bien, pero no se puede estar absolutamente seguro a menos que se visite el lugar.

Estos investigadores kosher tienen una línea telefónica de emergencias en la cual se registran alertas rojas, actualizadas cada minuto, acerca de sospechas contra las barras de chocolate o el aceite de hígado de bacalao. El rabino suspiraba a causa de que la tendencia verde, alejada de los colores y los sabores artificiales, «hace miserable la vida en el campo kosher, porque hay que rastrear el origen de todas esas cosas». Cuando el entrevistador le preguntó por qué se molestaba en realizar un ejercicio que obviamente no tenía sentido, el rabino respondió en forma muy clara que el sentido era precisamente que no tenía sentido:

El que la mayoría de las leyes Kashrut sean mandamientos divinos sin que se dé ninguna razón es 100% el quid. Es muy fácil no matar gente. Muy fácil. Un poco más difícil es no robar, a causa de que ocasionalmente uno tiene la tentación. Por lo tanto, no es una gran prueba de que creo en Dios o de que estoy realizando Su deseo. Pero, si El me dice que no beba esa taza de café con leche con la que iba a acompañar mis albóndigas con arvejas a la hora del almuerzo, esa sí es una prueba. La única razón de que lo haga es que es lo que se me ha dicho. Se trata de hacer algo difícil.

Helena Cronin me ha sugerido que aquí puede haber una analogía con la teoría de la desventaja de la selección sexual y la evolución de las señales de Amotz Zahavi. Fuera de moda durante mucho tiempo, hasta ridiculizada, la teoría de Zahavi ha sido rehabilitada recientemente con gran agudeza por Alan Grafen, y ahora los biólogos evolutivos la toman en serio. Zahavi sugiere que los pavos reales, por ejemplo, desarrollaron sus abanicos absurdamente estorbosos, con sus colores ridículamente conspicuos (para los predadores), precisamente a causa de que son estorbosos y peligrosos y, por lo tanto, causan impresión en las hembras. El pavo real, en efecto, está diciendo: «Mirad cuán adaptado y fuerte debo ser, puesto que puedo darme el lujo de llevar conmigo esta absurda cola».

Para evitar que se entienda mal el lenguaje subjetivo en el cual Zahavi gusta expresar sus argumentos, debería añadir que aquí se da por sentada la convención de los biólogos de personificar las acciones inconscientes de la selección natural. Grafen ha traducido su argumento a un modelo darwiniano matemático ortodoxo y funciona. No se hace aquí ninguna afirmación acerca de la intencionalidad o la conciencia de los pavos reales machos y hembras. Pueden ser tan automáticos o intencionales como se desee. Más aún, la teoría de Zahavi es lo bastante general como para no depender de un basamento darwiniano. Una flor anunciando néctar a una abeja «escéptica» podría beneficiarse del principio de Zahavi. Pero lo mismo podría ocurrir con un vendedor humano que intente impresionar a su cliente.

La premisa de la idea de Zahavi es que la selección natural favorecerá el escepticismo entre las hembras (o entre los individuos que reciben los anuncios publicitarios en general). La única manera que tiene el macho (o el individuo que se publicita) de certificar la autenticidad de sus alardes de fuerza (calidad o lo que sea) es probar que son verdaderos a través de soportar un costo en desventajas verdaderamente elevado -una desventaja que solo un macho realmente fuerte (o de alta calidad, etc.) pueda soportar-. Podría llamársele el principio de autenticación del costo. Y ahora, al argumento. ¿Será posible que se prefieran algunas doctrinas religiosas, pero no a pesar de ser absurdas, sino precisamente a causa de que lo son? Cualquier inepto en materia de religión puede creer que el pan representa el cuerpo de Cristo en forma simbólica, pero es necesario ser un auténtico católico, hecho y derecho, para creer algo tan bobo como la transustanciación. Si puedes creer en esto, puedes creer en cualquier cosa (recordad la historia de Tomás, el discípulo incrédulo) y estas personas están entrenadas para considerarlo una virtud.

Volvamos, entonces, a nuestra lista de los síntomas que podría esperar experimentar alguien que es víctima del virus mental de la fe y la gavilla de infecciones secundarias que le acompañan.

4. La víctima puede encontrarse a sí misma comportándose de manera intolerante hacia los vectores de fes rivales, llegando, en los casos extremos, hasta matarlos o abogar por sus muertes. Puede ser igualmente violento en su actitud hacia los apóstatas (las personas que alguna vez tuvieron esa fe, pero que luego renunciaron a ella) o hacia los herejes (las personas que han adherido a una versión diferente —a menudo, significativamente, una versión ligeramente diferente— de la fe). Puede sentir hostilidad, también, hacia otros modos de pensamiento que resulten potencialmente hostiles a su fe, tales como el método de razonamiento científico, el cual puede funcionar en forma semejante a un software antiviral.

La amenaza de muerte que pende sobre el distinguido novelista Salman Rushdie es sólo el último de una larga lista de tristes ejemplos. El mismo día que escribo estas palabras, el traductor japonés de Los versos satánicos fue hallado asesinado, una semana después de un ataque casi fatal al traductor italiano de ese libro. A propósito, el aparentemente contradictorio síntoma de «simpatía» por la «herida» musulmana, expresado por el Arzobispo de Canterbury y otros líderes cristianos (bordeando, en el caso del Vaticano, una complicidad directamente criminal) es, desde luego, una manifestación del síntoma que hemos diagnosticado previamente: la ilusión de que la fe, sin importar cuán nociva pueda resultar, debe ser respetada sencillamente porque es una fe.

El asesinato es un extremo, desde luego. Pero hay un síntoma aun más extremo: el suicidio en el servicio militante de la fe. Al igual que una hormiga soldado programada para sacrificar su vida por copias de los genes que la programaron, a un joven árabe se le enseña que morir en la guerra santa es la manera más rápida de llegar al paraíso. El hecho de que los líderes que se aprovechan de ellos lo crean realmente no disminuye el brutal poder que el «virus de la misión suicida» ejerce en nombre de la fe. Por supuesto, el suicidio, como el asesinato, es una espada de doble filo: posibles candidatos a la conversión pueden sentirse repelidos o sentir desprecio por una fe que es lo suficientemente insegura como para necesitar de tales tácticas.

De manera más obvia, si demasiados individuos se sacrifican, la provisión de creyentes podría escasear. Esto ocurrió en un notorio ejemplo de suicidio inspirado en la fe, aunque en este caso no se trataba de muerte «kamikaze» en batalla. La secta del Templo del Pueblo se extinguió cuando su líder, el Reverendo Jim Jones, llevó al grueso de sus seguidores desde Estados Unidos hasta la Tierra Prometida de «Jonestown», en la jungla de Guyana. Allí persuadió a más de 900 de ellos, los niños primero, de que bebieran cianuro. El macabro asunto fue investigado íntegramente por un equipo del San Francisco Chronicle.

Jones, «el Padre», había convocado a su rebaño y les había dicho que era tiempo de partir al paraíso.
«Nos encontraremos», prometió, «en otro lugar.»
Las palabras siguieron saliendo de los altoparlantes del campamento.
«Hay una gran dignidad en morir. Morir es una gran demostración para todos.»

Dicho sea de paso, no escapa a la entrenada mente del alerta sociobiólogo que Jones, dentro de su secta y en los primeros tiempos, «se autoproclamó la única persona a la que le estaba permitido el sexo» (presuntamente sus parejas también lo tenían permitido). Una secretaria arreglaba los encuentros de Jones. Telefoneaba y decía: «El padre detesta hacer esto, pero tiene una tremenda necesidad y, por favor, ¿podrías...?». Sus víctimas no eran sólo mujeres. Un seguidor varón de 17 años, de los días en que la comunidad de Jones aún estaba en San Francisco, ha dicho que se lo llevaban a pasar indecentes fines de semana a un hotel en el que Jones recibía un descuento de «ministro para el Reverendo Jones y su hijo».

El mismo muchacho ha dicho:

Sentía un verdadero temor reverencial hacia él. Era más que un padre. Yo habría matado a mis padres por él.

Lo que resulta notable acerca del Reverendo Jim Jones, no es su propia conducta de autosatisfacción, sino la credulidad casi sobrehumana de sus seguidores. Dada esta prodigiosa credulidad, ¿puede alguien dudar de que las mentes humanas sean terreno maduro para las infecciones malignas?

Hay que admitirlo, el Reverendo Jones engañó sólo a unos pocos miles de personas. Pero su caso es un extremo, la punta del iceberg. La misma ansiedad de ser estafado por los líderes religiosos está muy extendida. La mayoría de nosotros hemos sido preparados para apostar a que nadie podría salirse con la suya yendo a la televisión y diciendo poco más o menos: «Enviadme vuestro dinero, de modo tal que yo pueda utilizarlo para convencer a otros incautos de que también me envíen su dinero». Con todo, hoy en día, en todas las principales urbanizaciones de Estados Unidos, es posible hallar al menos un canal de televisión evangelista completamente dedicado a este transparente engaño a la confianza. Y se salen con la suya fácilmente. Al enfrentar tanta ingenuidad en una escala tan colosal, es difícil no sentir, a regañadientes, cierta simpatía por los estafadores. Hasta que uno se da cuenta de que no todos los incautos son ricos y que, a menudo, los evangelistas se ceban en las migas de las viudas. Hasta he oído a uno de ellos invocar de manera explícita el principio que identifico con el principio del costo de autenticación de Zahavi. Dios aprecia realmente una donación, dijo con apasionada sinceridad, sólo cuando esa donación es tan grande que duele. Ancianos mendigos eran llevados en silla de ruedas como testigos de cuánto más felices eran desde que le habían entregado al Reverendo lo poco que tenían, quienquiera que este fuese.

5. El paciente puede notar que, en tanto que nada tienen que ver con las pruebas, las particulares convicciones que sostiene sí parecen tener mucho que ver con la epidemiología. Uno podría preguntarse, ¿por qué sostengo este conjunto de convicciones en lugar de aquel otro? ¿La razón es que he examinado las diferentes fes del mundo y escogido aquella cuyas afirmaciones me parecían más convincentes? Casi con certeza, no es ese el caso. Si se posee una creencia basada en la fe, es abrumadoramente más probable en términos estadísticos que se trate de la misma fe que profesaban los padres y los abuelos. Sin duda, las encumbradas catedrales, la música estimulante, las historias conmovedoras y las parábolas contribuyen un poco. Pero, con mucho, la variable más importante en la determinación de la religión que se profesa es el accidente del nacimiento. Si, eventualmente, el lector hubiese nacido en un lugar diferente, esas convicciones en las cuales cree tan apasionadamente hubieran sido un conjunto completamente diferente —y en gran medida contradictorio— de convicciones. Epidemiología, no pruebas.

6. Incluso si el paciente es una de esas raras excepciones que profesan una religión diferente a la de sus padres, la explicación puede ser epidemiológica. Seguramente, es posible que haya examinado en forma desapasionada las diferentes creencias religiosas del mundo y haya seleccionado la que resultaba más convincente. Pero desde el punto de vista estadístico es más probable que haya estado expuesto a un agente infeccioso particularmente potente, un John Wesley, un Jim Jones o un San Pablo. Hablamos aquí de transmisión horizontal, como ocurre en el caso del sarampión. Antes, la epidemiología era del tipo de transmisión vertical, como en el caso de la Enfermedad de Huntington.

7. Las sensaciones internas del paciente pueden recordar de manera alarmante a aquellas asociadas ordinariamente al amor sexual. Se trata de una fuerza cerebral extremadamente poderosa y no es sorprendente, pues, que algunos virus hayan evolucionado para hacer uso de ella. La famosa visión orgásmica de Santa Teresa de Ávila es demasiado notoria como para que sea necesario citarla una vez más. De manera más seria y en un plano menos crudamente sensual, el filósofo Anthony Kenny ofrece un conmovedor testimonio del puro deleite que aguarda a aquellos que se las arreglan para creer en el misterio de la transustanciación. Tras describir su ordenación como sacerdote católico, con el poder de imponer las manos para celebrar la Misa, recuerda vívidamente

[...] la exaltación de los primeros meses durante los que tuve el poder de decir Misa. Por más que antes había sido una persona que se levantaba lentamente y con pereza, ahora saltaba de la cama temprano, del todo despierto y pleno de excitación al pensar en el importantísimo acto que yo tenía el privilegio de ejecutar. Rara vez decía la Misa Comunitaria pública; la mayoría de los días celebraba solo, al lado del altar, con un miembro menor del Colegio que hacía las veces de acólito y de congregación. Pero para mí no había diferencia alguna con respecto a la solemnidad del sacrificio o la validez de la consagración.

Era el hecho de tocar el cuerpo de Cristo, de la cercanía del sacerdote a Jesús, lo que más me subyugaba. Después de las palabras de la consagración miraba la hostia con ojos tiernos, como un amante que mira a su amada a los ojos... Aquellos días como sacerdote han quedado en mi memoria como días de plenitud y de trémula felicidad; algo precioso y, con todo, demasiado frágil para durar, como una aventura amorosa truncada por la realidad de un matrimonio equivocado.

El doctor Kenny resulta conmovedoramente creíble cuando dice que, siendo un joven sacerdote, sentía como si estuviera enamorado de la hostia consagrada. ¡Qué virus tan brillantemente exitoso! En la misma página, dicho sea de paso, Kenny muestra también que el virus se transmite por contagio —si bien no en forma literal, al menos en algún sentido- de la infecciosa palma de la mano del obispo a la coronilla de la cabeza del nuevo sacerdote:

Si la doctrina católica es verdadera, todo sacerdote que haya sido ordenado válidamente deriva sus órdenes de una cadena continua de imposiciones de manos, a través del obispo del que recibe las órdenes, hasta uno de los doce Apóstoles... debe de haber siglos de cadenas de imposiciones de manos registradas. Me resulta sorprendente que los sacerdotes nunca parezcan molestarse por rastrear sus antepasados espirituales de este modo, para averiguar quién ordenó a su obispo y quién ordenó a este y así sucesivamente hasta Julio II o Celestino V o Hildebrand o, tal vez, hasta Gregorio el Grande.

También a mí me sorprende.


¿Es la ciencia un virus?

No. No, a menos que todos los programas informáticos sean virus. Los programas útiles se difunden porque ciertas personas los evalúan, los recomiendan y los transmiten. Los virus informáticos se difunden únicamente a causa de que incluyen instrucciones codificadas: «Difundidme». Las ideas científicas, como todos los memes, están sujetas a cierto tipo de selección natural y esto podría parecer, de manera superficial, semejante a los virus. Pero las fuerzas selectivas que examinan las ideas científicas no son arbitrarias ni caprichosas. Son reglas exigentes, bien pulidas y no favorecen las conductas sin más sentido que el beneficio propio. Estas reglas favorecen todas las virtudes que se han mencionado en los libros regulares de metodología: posibilidad de puesta a prueba, apoyo de pruebas, precisión, posibilidad de cuantificación, coherencia, intersubjetividad, repetibilidad, universalidad, carácter progresivo, independencia del medio cultural y otras. La fe se difunde a pesar de la falta total de siquiera una de estas virtudes.

Se pueden hallar elementos de epidemiología en la difusión de las ideas científicas, pero se trata de una epidemiología en gran medida descriptiva. La rápida difusión de una buena idea a través de la comunidad científica puede verse hasta como una epidemia de sarampión. Pero cuando se examinan las razones subyacentes se halla que son buenas razones que cumplen con los exigentes criterios del método científico. En la historia de la difusión de la fe, se hallará poco más que epidemiología, y una epidemiología causal, por añadidura. La razón por la cual la persona A cree una cosa y B cree otra es sencilla y únicamente que A nació en un continente y B en otro. La posibilidad de puesta a prueba, el apoyo de las pruebas y el resto, no son consideradas ni remotamente. Para las creencias científicas, la epidemiología solo aparece después y describe la historia de su aceptación. Para las creencias religiosas, la epidemiología es la causa básica.


Epílogo

Felizmente, los virus no siempre ganan. Muchos niños han salido incólumes de lo peor que las monjas y los mullahs tenían para lanzarles. La propia historia de Anthony Kenny tuvo un final feliz. Eventualmente, Kenny abandonó los hábitos a causa de que ya no podía tolerar más las obvias contradicciones dentro de las creencias católicas. Actualmente es un académico muy respetado. Pero uno no puede evitar señalar que, por cierto, debe ser una infección poderosa ya que zafar de ella le llevó a un hombre de su sabiduría e inteligencia -es actualmente nada menos que presidente de la British Academy— tres décadas de lucha. ¿Soy indebidamente alarmista al temer por el alma de mi inocente niña de seis años?


En El capellán del diablo
Traducción: Rafael González del Solar
Imagen: David Shankbone


Elena Bossi: El erotismo en la literatura

2 de febrero de 2012 · 0 Comentarios






Existe un género dentro del arte definido, por su temática, como erótico: literatura, pinturas o esculturas eróticas. En general, se suele nombrar como arte erótico aquel que provoca un placer que involucra al cuerpo. Sin embargo, nos dice George Bataille:

«La mera actividad sexual es diferente del erotismo; la primera se da en la vida animal, y tan sólo la vida humana muestra una actividad que determina, tal vez, un ‹aspecto diabólico› al cual conviene la denominación de erotismo [...]. Aquellos que tan frecuentemente se representaron a sí mismos en estado de erección sobre las paredes de una caverna no se diferenciaban únicamente de los animales a causa del deseo que de esta manera estaba asociado –en principio– a la esencia de su ser. Lo que sabemos de ellos nos permite afirmar que sabían –cosa que los animales ignoraban– que morirían.»1
Preferimos referirnos aquí al erotismo en un sentido más amplio según el cual el arte siempre es erótico. Resulta difícil separar el placer en «espiritual» y «físico», y el intento de entender el erotismo consiste, en este recorrido, en una búsqueda relacionada con el aspecto estético. En este sentido, reflexionaremos acerca del erotismo con el fin de aproximarnos al arte en general.


Frente a una obra de arte que emociona y conmueve profundamente, uno siente algo parecido al deseo físico: deseamos poseer de algún modo ese cuadro, la música, la obra de arte. Ese deseo proviene de la conciencia de la propia muerte y de nuestra imposibilidad de conocer la realidad.

En una novela de Pierre Klossowski, Roberte, esta noche, Octave, el marido de Roberte, sufre porque no puede poseer a su mujer por completo. No puede conocerla desde el punto de vista de otros. Si para su sobrino, Roberte es «atenta y severa», él no puede actualizar estos aspectos de su mujer. Este hecho la vuelve siempre misteriosa y así, Roberte nunca es poseída del todo y esto lleva a Octave a la perversión de espiarla cuando está con otros hombres para tratar de entrever aquello que le resulta imposible de conocer.

El deseo, el deseo de «poseer» el «secreto» de una obra de arte que nos ha conmovido profundamente, como la obsesión del marido de Roberta, permite establecer un paralelismo: podríamos decir que uno realmente se enamora de las obras, desea contemplarlas desde todos los posibles puntos de vista; siente por ellas una nostalgia premonitoria. Pronto partiremos y el tiempo para conocerla y disfrutarla es breve. Volvemos cada vez que nos es posible a mirar algunos cuadros y lamentamos tener que irnos y dejarlos. Nos resulta penoso pensar que ya no los tendremos cerca como si tuviésemos que abandonar un amor. Lamentamos el final de un concierto y tratamos de prolongar su recuerdo en la memoria. Sentimos pena cuando una obra de teatro que disfrutamos llega a su fin, o cuando terminamos de leer un libro; por eso, volvemos a buscar ciertos fragmentos y a releerlos una y otra vez. Así también nos alegramos al reencontrar en algún museo una obra amada o cuando alguien nos recuerda un libro o una pieza musical. Recorremos los textos leídos en nuestra memoria y hablamos de ellos con lujuria. Y muchas veces asociamos la emoción estética al orgasmo, a esa «pequeña muerte» de los franceses.

Hay un fragmento de La Odisea, muy bello, un momento conmovedor: en el canto VI, Nausica, impulsada por Atenea, pide permiso a su padre para ir a lavar las ropas. Ella menciona las ropas de los demás, pero no los propios vestidos para su boda pues, según se nos dice, tenía pudor de mencionar la boda frente a su padre.2 Este silencio da otro significado a la aparición de Odiseo: mencionar el temor de pronunciar las palabras instala inmediatamente la imagen de lo prohibido. Sin este velo de pudor, sin este silencio, el lavado de las ropas y la boda próxima carecerían de misterio y es ese misterio el encargado de hacer surgir el deseo.

En la playa, Odiseo, náufrago, sucio y exhausto, ve a Nausica con sus compañeras. Primero se detiene a cortar una rama para taparse el cuerpo 3 (otro velo de pudor). Las muchachas huyen al verlo semidesnudo y lleno de sal; pero Nausica permanece quieta pues Atenea le infunde coraje. Odiseo necesita ayuda urgentemente; teme asustar a Nausica y reflexiona acerca de la mejor manera de dirigirse a ella para no atemorizarla. Piensa en rogar aferrándose a sus rodillas, pero luego descarta esa posibilidad y prefiere hablar desde lejos con palabras dulces y sabias.4 La conversación continúa con delicadeza. Ambos personajes cuidan extremadamente sus palabras y evitan todo roce posible. No olvidemos que el tema de la boda está presente desde el principio y permanece en el aire. Cada vez que un personaje evita decir o hacer un gesto, recuerda el hecho prohibido y por lo tanto aviva el deseo. Nausicaa y Odiseo esquivan con sus palabras el deseo que esas mismas palabras provocan. Late en sus discursos todo aquello de lo que no se debe hablar.

Sarmiento, en el Facundo, presenta un fragmento que recuerda el episodio de La Odisea. Me refiero a un fragmento del capítulo VIII de la segunda parte. La escena está precedida por una descripción de Tucumán, su naturaleza, su ciudad y las «beldades tucumanas»:5

«Daos prisa más bien a imaginaros lo que no digo de la voluptuosidad y belleza de las mujeres que nacen bajo un cielo de fuego y que, desfallecidas, van a la siesta a reclinarse muellemente bajo la sombra de los mirtos y laureles, a dormirse embriagadas por las esencias que ahogan al que no está habituado a aquella atmósfera.»6
Luego de esta presentación que permanece en el recuerdo del lector (especialmente por la «voluptuosidad» que afirma no decir y que sin embargo no hace más que detallar), se narra lo siguiente:

«Facundo había ganado una de esas enramadas sombrías, acaso para meditar sobre lo que debía hacer con la pobre ciudad que había caído como una ardilla bajo la garra del león. La pobre ciudad, en tanto estaba preocupada con la realización de un proyecto lleno de inocente coquetería. Una diputación de niñas rebosando juventud, candor y beldad, se dirige hacia el lugar donde Facundo yace reclinado sobre su poncho. La más resuelta y entusiasta camina delante, vacila, se detiene; empújanla las que la siguen; páranse todas sobrecogidas de miedo, vuelven las púdicas caras, se alientan unas a otras y deteniéndose, avanzando tímidamente y empujándose entre sí, llegan al fin a su presencia. Facundo las recibe con bondad; las hace sentar en torno suyo, las deja recobrarse, e inquiere al fin el objeto de aquella agradable visita. Vienen a implorar por la vida de los oficiales del ejército que van a ser fusilados.
Los sollozos se escapan de entre la escogida y tímida comitiva, la sonrisa de la esperanza brilla en algunos semblantes, y todas las seducciones delicadas de la mujer son puestas en requisición para lograr el piadoso fin que se han propuesto. Facundo está vivamente interesado, y por entre la espesura de su barba negra alcanza a discernirse en las facciones la complacencia y el contento. Pero necesita interrogarlas una a una, conocer sus familias, la casa donde viven; mil pormenores que parecen entretenerlo y agradarle, y que ocupan una hora de tiempo, mantienen la expectación y la esperanza; al fin les dice con la mayor bondad: ‹¿No oyen ustedes esas descargas?›
¡Ya no hay tiempo! ¡Los han fusilado! Un grito de horror sale de entre aquel coro de ángeles, que se escapa como una bandada de palomas perseguidas por el halcón.»7
La narración está plagada de veladuras desde la misma imagen de las «enramadas sombrías» que enmarcan de modo premonitorio, hasta el detalle de la oscuridad en la que se encuentra el rostro de Facundo entre sus barbas.

El narrador parece preocupado por probar la inocencia y las pías motivaciones del proyecto. Expresiones como «inocente coquetería», «candor», «púdicas caras», «piadoso fin», «coro de ángeles» intentan desviar lo que la escena sugiere: el sacrificio de las vírgenes. Ese intento de desvío produce un efecto opuesto: echa por tierra cualquier idea ingenua que alguien haya podido suponer. La vacilación, el miedo, la timidez de la avanzada desbaratan la presunta inocencia de la ciudad y de las víctimas ofrecidas. Ellas temen y desean, avanzan y retroceden al igual que el narrador que va y viene sugiriendo y luego tratando de borrar lo que acaba de decir. Esa vacilación produce el erotismo de la escena que mantiene el suspenso al igual que Facundo en lo que respecta a sus intenciones. Las vírgenes que temerosas y fascinadas se acercan al cazador mezclan la gracia y el terror produciendo una tensión sostenida. El placer y el dolor, el pecado y la inocencia. La tensión del fragmento se sostiene hasta el final, con la muerte de los jóvenes.

Nada extraño parece ocurrir entre las niñas y Facundo, todo transcurre entre la amabilidad y la sonrisa; sin embargo, percibimos que, más allá de la muerte de los jóvenes que solo conocemos al final, algo terrible está latente. La «complacencia» y el «contento» que podemos ver gracias al zoom entre la «espesura » de la barba, la conversación «amena» y «agradable» para «entretenerlo» vuelven frívolo cualquier intento de justificación. Aquí, los pormenores de la conversación son actos de sadismo. Y el lector, según se le ordena al principio del párrafo, se da prisa en imaginar lo que el narrador no dice.

En los dos fragmentos hay ciertas similitudes: Odiseo es comparado con un león montaraz que con ojos ardientes se arroja entre vacas, ovejas y ciervas salvajes; y cuyo vientre lo impulsa en busca de rebaños aun a costa de tener que introducirse en recintos cerrados.8 Facundo también es comparado primero con un león y luego con un halcón entre palomas. La idea de la presa y el cazador está muy presente en las escenas. En los dos casos, las jóvenes son vírgenes de esmerada educación, atemorizadas por un hombre mayor que lleva con él la imagen de lo salvaje. El lenguaje del diálogo es tan cuidado que podríamos hablar hasta de un exceso de delicadeza en la elección de los temas y las palabras. Lo que parece imponerse es la idea de una situación que debe mantenerse bajo control sin permitirse ningún exabrupto. Nada puede ser dicho sin reflexión. La carga erótica no está en dejarse llevar por el impulso, sino en la razón que domina al deseo y lo sujeta. No es entonces la realización del deseo lo que produce el placer sino el dominio que se ejerce sobre aquél.

Si definimos un arte como erótico porque hace mayor referencia directa y claramente a aspectos sexuales, no tenemos en cuenta que el erotismo se define más por lo que oculta que por lo que muestra y es mucho más eficaz cuanto más oscuro. El erotismo es un arte del control y no del desenfreno. Y según los ejemplos que hemos visto, ese control es ejercido en el discurso: son las palabras las que se retienen. La voz del narrador de Facundo intenta velar para el lector las intenciones de la ciudad y quizá el propio deseo que instala en el personaje. Surge una contracción oscura que produce el efecto contrario: el lector sospecha a partir de esos elementos que el plan urdido no es inocente. El intento de controlar el discurso desencadena el erotismo pues introduce la idea prohibida. Y aquí, una aparente contradicción: al tratar de oscurecer, aumenta la carga de sentido. Si hay algo que disimular, entonces el lector se dará prisa en imaginar, siguiendo el deseo expresado por la voz que nos describe a esas mujeres bajo la sombra de los mirtos.

En el caso de Facundo, la situación es perversa y sádica pues aparece la idea del sacrificio y el telón de fondo de las descargas de fusil que pasan inadvertidas a las muchachas durante la conversación bajo la enramada. En el juego de seducción, alternan la vida y la muerte de modo dramático. Así, los conceptos erotismo y muerte se vinculan estrechamente pues es la muerte subyacente la que produce la tensión. Ambos, erotismo y muerte, son conceptos que se escapan y que parecen estar omnipresentes en la obra de arte como su parte invisible, como lugar del deseo. El discurso artístico se vuelve un cuerpo erótico cuyo poder de seducción radicaría en la demanda de una interpretación. Lo oculto, lo prohibido, lo invisible, lo reprimido representan la posibilidad de que el lector se vea envuelto y seducido por las palabras y se aproxime al texto con el deseo de descubrir el velo, de transgredir ese discurso, ejercer una violencia sobre él para hacerlo hablar.

Foucault 9 nos enseña que el acto más perverso del hombre es el de hablar y hacer hablar. De este modo, los discursos de la crítica y la teoría se nos muestran como aquellos más perversos por su voyeurismo que se demora amorosamente en torno al objeto y despliega esos espacios prohibidos. El narrador dice: «Daos prisa más bien a imaginaros lo que no digo...» y el crítico se detiene en ese «no digo» y da la voz de alerta. No «obedece» y habla acerca de la negación. Pone límites al desenfreno de la pasión, evita el fin, ejerce su control sobre las sensaciones enfocando el proceso del hacer artístico. Y la pasión parecería no enfriarse por esto sino encenderse. Es más, según Denis de Rougemont en El amor y Occidente,10 la pasión solo permanece encendida en tanto el obstáculo que se levanta frente a su objeto se mantenga. La pasión debe ser defendida a través de pretextos que posterguen el cumplimiento del deseo, el encuentro amoroso, el final feliz. Este texto nos ayuda a comprender con mayor claridad por qué el erotismo contiene al sadismo.

Hay una condición estética en los objetos que definimos eróticos, pues estos deben seducir, conmover nuestros sentidos para atraernos. También hay un elemento trágico. La mayor parte de las aventuras sexuales de los pícaros de Petronio provocan risa; pero no conmueven por su sentido erótico.  Conmueve mucho más, como episodio erótico, el de la matrona de Éfeso, en el cual la escena sexual está menos descripta: allí ronda la muerte. Aunque Bataille establece una relación entre el erotismo y lo cómico, creo, por el contrario, que el grotesco nos aleja del tema. Los episodios humorísticos sexuales de Petronio o de Boccaccio, no son precisamente los más conmovedores en este sentido. Frente a la risa, el efecto erótico desaparece, pues lo erótico tiene un carácter trágico. Si aceptamos la reflexión de Denis de Rougemont de que la felicidad que se obtiene por la posesión del objeto amado es opuesta a la pasión, entonces debemos deducir que sólo será digno de pasión aquel objeto inalcanzable y, por lo tanto, en esa utopía, la risa no tendría lugar.

Nos dice Hegel que en la tragedia el héroe se aísla en su determinación y levanta contra sí la pasión opuesta engendrando los conflictos:

«Lo trágico, originariamente, consiste en que ambas partes opuestas, tomadas en sí mismas, tienen cada una su derecho. Pero por otro lado, no pudiendo realizar lo que hay de verdadero y positivo en su fin y carácter más que como negación y violación de la otra fuerza igualmente justa, pese a su moralidad, o más bien en razón de la misma, se encuentran forzadas a caer en culpa. [...] aunque constituye el fondo sustancial y verdadero de la existencia real, sólo se legitima y justifica (el conflicto) en tanto que se destruye como contradicción.»11
En este sentido, podríamos pensar el erotismo como lugar donde se establece el conflicto (en tanto contradicción y lucha) entre la vida y la muerte.

Lo trágico ha sido definido también como categoría metafísica 12 que indica desorden, fractura, quiebre. Ese desorden supone un recorrido «perverso» en sentido etimológico. Perversus, a, um significa inverso, trastocado y viene de perverto que significa desordenar, echar por tierra. La mirada perversa es aquella que mira de través y no de frente; aquella que anda por lugares oscuros.

La conciencia trágica residiría en el sentimiento de incomprensión frente al orden cósmico que aparece atravesado por eventos irracionales y escandalosos. Si la pasión erótica pone en juego la relación entre el amor y la muerte y la idea de lo inalcanzable, el sentimiento trágico parecería ser el más conveniente para contenerla.

Recordemos que entre las leyes de la tragedia, se exigía que la catástrofe, el punto culminante de la acción exterior al personaje, nunca se representara en escena. Sin embargo, las descripciones de los sucesos sangrientos suscitaban tanto o más horror que si hubieran sido representados. De los dos momentos: tensión y distensión, sólo el primero puede ser erótico. La distensión, la armonía devuelta por la solución del conflicto, es el final del erotismo. Por esta razón, el texto pornográfico que explicita, deja de ser erótico: no hay posibilidad de instalar allí deseo alguno pues éste se resuelve antes de comenzar. La imagen borrosa es inquietante y genera tensiones, no ocurre lo mismo si no se deja al lector (o espectador) nada que imaginar.

Si se trata de prolongar y profundizar las tensiones para que el placer se sostenga, la retórica (que ya es casi un anagrama de erótica) tendría la función de erotizar el lenguaje, obstaculizar, producir misterio, evitar el encuentro con la palabra desnuda, ejercer el control del discurso para seducir.

En el prólogo a Las relaciones peligrosas,13 André Malraux define el erotismo del libro:

«Bajo la palabra misterio cabe todo. Para Laclos sólo pudo significar la parte del hombre incontrolable, que no puede gobernar: su fatalidad. Existe en realidad una sombra de fatalidad que merodea bajo ese juego de ajedrez Luis XVI, pese a los esfuerzos de ambos jugadores para dominarla: es el erotismo.
Hay erotismo en un libro cuando a los amores físicos que presenta se le une la idea de una coacción. [...] A todo lo largo de esta célebre apología del placer, ni una pareja se mete una sola vez en la cama sin una idea preconcebida en la mente.»14
Y un poco más adelante: «El personaje más erótico del libro, la marquesa, es también el más voluntarioso».15

Según Malraux, la diferencia entre la novela de Laclos y las obras eróticas menores que circulaban en ese tiempo estaría precisamente en que la coacción no está producida por la fuerza sino por la sutil persuasión de las mentiras e intrigas.

Contrariamente a lo que suele pensarse, el erotismo surge de la inteligencia, la voluntad, lo que ejerce un control de la mente sobre el cuerpo, y no al revés. Mario, el maestro de Emmanuel,16 que desarrolla toda su teoría acerca del erotismo en el capítulo «La ley», no desmiente esta afirmación. Cuando Emmanuel define el erotismo como un culto del placer de los sentidos liberados de la moral, Mario expresa su contrariedad:

«—No es un culto, sino una victoria de la razón sobre el mito. No es un movimiento de los sentidos, sino un ejercicio del espíritu. No es el exceso del placer sino el placer del exceso. No es una licencia sino una regla. Y es una moral.»17
El erotismo es, para Mario, un progreso de la cultura relacionado con el amor por la belleza que no pertenece al orden de lo natural: es un invento del hombre. El arte, al igual que el erotismo, es antinatural. Emmanuel se somete a un proceso de iniciación para aprender a controlar su cuerpo según las enseñanzas de Mario. La marquesa de Merteuil explica con frialdad, el rigor al que se sometió a sí misma 18 para aprender a controlar sus sentimientos y sus gestos y el Kamasutra (que está escrito en forma de ley) advierte entre otras prohibiciones que no se puede gozar de la mujer que revela secretos o de la que expresa públicamente su deseo.

La conclusión de Mario de que el erotismo es una moral resulta un acierto si pensamos ésta en tanto ejercicio de la voluntad. La voluntad en su relación con el bien constituye la base de las definiciones de la moral, las leyes a las cuales la voluntad se somete, las reglas de la conducta en la vida. La Marquesa de Merteuil determina constante y permanentemente (en forma de ley) su voluntad para adquirir hábitos y costumbres que le permitan controlarse y sobrevivir en sociedad, lo cual es vivido por ella como un bien. La autodisciplina a la que se somete es tan rígida como la que se puede suponer para un convento. En La historia de «O» de Pauline Réage,19 el castillo de Roissy funciona de hecho como una suerte de convento con durísimas reglas disciplinarias a las cuales los personajes se someten por su propia voluntad.20

La palabra «erotismo» nos ha llevado a girar sobre ella con «perversión», es ella la que transmite su poder a las otras palabras como la piedra imantada del Ión. No un objeto sino la palabra misma. La palabra sometida a la coacción de una gramática y una retórica. Y la palabra, en tanto lenguaje articulado, parece ser el resultado de un pecado de soberbia, una mordida a una fruta peligrosa. Es una blasfemia porque separa al hombre del resto de los seres, lo iguala a los dioses asegurándole el conocimiento del bien y del mal. Odiseo y Facundo nos enseñan que el erotismo está ante todo en el control que se ejerce sobre el discurso, y el discurso no se detiene, recupera por un breve instante algunos fragmentos y los pone a dialogar entre sí. Luego las astillas vuelven a dispersarse.

Si la palabra y el saber acerca de nuestra propia muerte son los aspectos que nos separan del resto de la naturaleza, podríamos pensar el erotismo como una moral del lenguaje, una voluntad dirigida hacia el placer por la belleza en tanto modo consciente de apartarnos de la muerte. Una palabra que se controla y se desenvuelve para apartarnos del final.

Para que hayamos podido conocer la belleza, hemos tenido que ser conscientes de su fugacidad, saber que ella no nos pertenece para siempre. La conciencia del instante que huye nos fascina, deseamos aquello que muere; el saber que moriremos nos lleva a la búsqueda de la belleza con la ansiedad de quien se sabe finito. Así, el erotismo se impone como un ejercicio de la voluntad para prolongar el placer que nos causa la belleza. Prolongar el placer es ir en contra de la muerte. Lo inacabado de las obras de arte, aquel elemento que permite la interpretación, que atrae sobre sí el discurso de la crítica, es su defensa contra la muerte. De allí que lo definamos como erótico. Mientras lo pornográfico se esfuerza por eliminar las elipsis, se apresura en llegar a la muerte; lo erótico es una fuerza contraria hacia la vida. La presencia de la muerte en lo erótico es contradictoria pues está allí en tanto algo que se debe evitar. Sin embargo, sin ella, lo erótico sería imposible. Tampoco habría belleza. Ambos conceptos se imbrican y se suponen de una manera extraña: la existencia de uno depende del otro aunque el esfuerzo sea por oponerse.

Octave se equivoca si cree que va a poder poseer finalmente a Roberta. La Roberta que se le escapa, aquella por la cual padece, es el sujeto que sostiene la palabra, el sujeto detrás de las diversas enunciaciones. Lo que Octave quiere poseer no es una mujer, es la palabra del otro. Al igual que el lector. Y si pudieran poseerla, entonces ya no la desearían. Roberta, al igual que el texto artístico, debe su vida a lo inacabado.


Notas

1 Bataille, G. (1997): Las lágrimas de Eros. Trad. David Fernández, España, Tusquets, p. 41
2 Ver los versos 60 a 70 del canto VI
3 Versos 127 a 129
4 Ver versos 135 al 185
5 La edición que estoy consultando es la de la editorial Sopena de 1940
6 Op. cit., p. 127.
7 Op. cit., p. 127
8 Véanse los versos 130 a 136
9 Foucault, M. (1991): Historia de la sexualidad. México, Siglo XXI, pp. 7-64
10 Rougemont, Denis de (1984): El amor y Occidente. Barcelona, Kairos
11 Hegel, G.W.F. (1947): Poética, Buenos Aires, Austral, p. 175
12 Para estas definiciones de lo trágico, véase Max Pohlenz, La tragedia Greca. Brescia, Paideia, 1978. Pohlenz cita a Josef Corner, Goethe, Schiller y Hegel
13 En Chordelos de Laclos, Pierre (1989): Las amistades peligrosas. Barcelona, Tusquets, pp. 9-17
14 Pp. 16-17
15 P. 18
16 Arsan, Emmanuelle (1997): Emmanuel. Barcelona, Tusquets
17 Op. cit., P. 149
18 Véanse las cartas LXXXI y CXIII de Las relaciones peligrosas
19 Réage, Pauline (1975): Histoire d’O. Paris, France Loisirs. Sabemos que el nombre de la autora es un seudónimo al igual que el de Emmanuelle Arsan.
20 Tanto la edición francesa como la española –Barcelona, Tusquets, 1983– se encuentran prologadas por Jean Paulhan: «Le bonheur dans l’eclavage» (La dicha en la esclavitud).



Elena Bossi, Los otros [comentado por Carlos Chernov]
Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 2010


Foto: Tom Langdom

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