17 de abr. de 2015

Descarga: H. P. Lovecraft - El alquimista y otros relatos

No hay comentarios. :

Descarga: H. P. Lovecraft - El alquimista y otros relatos

Este libro de recopilaciones incluye El alquimista, Dagón, Más allá del muro del sueño, Polaris, El caos reptante, Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su familia, La tumba y Celephaïs.

Es una recopilación de los primeros relatos de terror escritos por H. P. Lovecraft y presagios de lo que después conseguiría con toda su obra. Los ocho relatos son de los primeros que escribió antes de llegar a novelas largas e historias más curradas como Los mitos de Cthulhu. El alquimista, escrito en 1908, a la edad de 17 años, es el primer relato conocido de Lovecraft.

Descarga: Robert Graves - Dioses y héroes de la antigua Grecia

No hay comentarios. :

Descarga: Robert Graves - Dioses y héroes de la antigua Grecia

Robert Graves pone al alcance de todos, jóvenes y mayores, los mitos griegos, imprescindibles para comprender no sólo la civilización griega y aun la romana, sino también para disfrutar en toda su riqueza del arte y la cultura occidentales. Las entretenidas historias protagonizadas por dioses como Zeus, Hera, Hermes o Poseidón, o por héroes como Heracles y Perseo, se trasforman, gracias a la maestría de Graves, en ágiles relatos llenos de sabiduría, en ocasiones hilarantes, en una obra destinada a acercar a los lectores a seres tan fascinantes como el caballo alado Pegaso, la hermosa Andrómeda, el cazador Orión o el centauro Quirón, y deleitarse con narraciones como las de los Siete contra Tebas, Leda y el cisne, Orfeo y Eurídice, o las orejas del rey Midas.

Charles Baudelaire - El cuarto doble

No hay comentarios. :
   
Charles Baudelaire - El cuarto doble


   Un cuarto que parece un desvarío, un cuarto verdaderamente espiritual, donde la atmósfera estancada está ligeramente teñida de rosa y de azul.

  El alma allí toma un baño de pereza, aromatizado por el remordimiento y el deseo. Hay algo de crepuscular, de azulado y de rosado, un delirio de deleite durante un eclipse.

  Los muebles tienen formas alargadas, postradas, lánguidas. Los muebles tienen aire de soñar; se dirá dotados de una vida sonámbula, como lo vegetal y lo mineral. Las materias hablan una lengua muerta como las flores, como los cielos, como los soles ponientes.

  Sobre los muros ninguna abominación artística. Relativamente al sueño puro, a la impresión sin analizar, el arte definido, el arte positivo es una blasfemia. Así, todo tiene la suficiente claridad y la deliciosa obscuridad de la armonía.

  Un aroma infinitesimal de la elección más exquisita, a la que se mezcla una muy ligera humedad, nace en esta atmósfera donde el espíritu durmiente es mecido por sensaciones de sofocación.

  La muselina cae abundantemente delante de las ventanas y delante de la cama; se expande en cascadas nevosas. Sobre esa cama está acostado el Ídolo, la soberana de los sueños. ¿Pero cómo está ella ahí? ¿Quién la ha traído? ¿Qué poder mágico la ha instalado sobre ese trono de desvarío y deleite? ¡Qué importa! ¡Allá está! Yo la reconozco.

  ¡Vean bien esos ojos cuya llama atraviesa el crepúsculo; esos sutiles y terribles mirones, que reconozco por su tremenda malicia! Atraen, subyugan, devoran la mirada del imprudente que los contempla. Frecuentemente los he estudiado, esas estrellas negras que comandan la curiosidad y la admiración.

  ¿A qué demonio benevolente debo el estar así rodeado de misterio, de silencio, de paz y de perfumes? ¡Oh Beatitud! Eso que nombramos generalmente la vida, aún en su expansión más feliz, no tiene nada en común con esa vida suprema de la que ahora tengo conocimiento y que saboreo minuto por minuto, segundo por segundo.

  ¡No! ¡No hay más minutos! ¡No hay más segundos! El tiempo ha desaparecido: es la Eternidad que reina, una eternidad de delicias.

  Pero un golpe terrible, torpe, resuena en la puerta, y, como en los sueños infernales, me ha parecido que recibía un golpe de azadón en el estómago.

  Y luego un Espectro ha entrado. Es un oficial que viene a torturarme en nombre de la ley; una infame concubina que viene a gritar miseria y a agregar las trivialidades de su vida a los dolores de la mía; o bien el testaferro de un director de diario que reclama el término de un manuscrito.

El cuarto paradisíaco, el ídolo, la soberana de los sueños, la Sílfida, como decía el gran René, toda esa magia ha desaparecido al golpe brutal asestado por el Espectro.

  ¡Horror! ¡Me acuerdo! ¡Me acuerdo! ¡Sí! Esa choza, esa estancia del eterno tedio, es bien la mía.

  ¡He aquí los muebles fatuos, polvorientos, descornados; la chimenea sin llama y sin brasa, manchada de escupidas; las ventanas tristes donde la lluvia ha trazado surcos en la polvareda; los manuscritos, tachados o incompletos; el almanaque donde el crayón ha marcado las fechas siniestras!

  Y ese perfume de otro mundo, en el que me embriago con una sensibilidad perfeccionada, ¡ay! Ha sido reemplazado por un fétido olor a tabaco mezclado con no sé qué nauseabundo moho.

  Se respira aquí ahora lo rancio de la desolación.

  En ese mundo estrecho, más sí pleno de disgusto, un solo objeto conocido me sonríe: el frasco del láudano; un viejo y terrible amigo; como todos los amigos, ¡ay! fecundo en caricias y en traiciones.

  ¡Oh! ¡Sí! El Tiempo ha reparado; el Tiempo reina soberano ahora; y con el horroroso viejo ha vuelto todo su demoníaco cortejo de Recuerdos, de Remordimientos, de Espasmos, de Pavor, de Angustias, de Pesadilla, de Cóleras y de Neurosis.

  Yo les aseguro que los segundos ahora están fuertemente y solemnemente acentuados, y cada uno, saltando del péndulo, dice: «¡Yo soy la Vida, la insoportable, la implacable Vida!».

  No hay más que un Segundo en la vida humana que tenga la misión de anunciar una buena nueva, la buena nueva que causa a cada uno un inexplicable pavor.

  ¡Sí! El Tiempo reina: ha retomado su brutal dictadura. Y me empuja con su doble aguijón. «¡Y arre así! ¡borrico! ¡Suda así, esclavo!, ¡Vive así, maldito!».


En La Fanfarlo y otras narraciones
Traducción: Aurora Bernárdez
Imagen: Nadar


Abelardo Castillo – Vivir es fácil, el pez está saltando

No hay comentarios. :

Abelardo Castillo – Vivir es fácil, el pez está saltando


Merde a Dieu!
RIMBAUD


Ha ido hacia la ventana y la ha abierto de par en par. Antes bostezó. Después ha hecho girar entre sus dedos el sobre, un expreso escrito a máquina en uno de cuyos ángulos se lee, en grandes letras azules, la palabra urgente. No abrió el sobre. Con indiferencia lo ha dejado sin abrir entre las cartulinas de dibujo y bocetos publicitarios que se amontonan sobre la mesa, una vasta y severa mesa española, maciza, de apariencia monacal. Vuelve a la ventana. Ha cruzado los brazos y no mira afuera. Ahora, furtivamente, echa una mirada de reojo hacia la pared del otro cuerpo del edificio. La pared es violeta. Gira la cabeza, observa la pared. Va achicando los párpados hasta cerrarlos. Rápidamente, abre un ojo. Luego se encoge de hombros y se pone a mirar una paloma que, un poco más abajo, da vueltas alrededor de otra en el alféizar de la ventana del sexto piso. Escupe. Ha escupido con naturalidad y se ha quedado a la expectativa: unos segundos después se alcanza a oír el lejano plic en el patio de la planta baja. Va hacia el tablero de dibujo, no alcanza a llegar: ha hecho una especie de paso de baile, y ahora, de perfil a un espejo, está inmóvil junto a la biblioteca. Mete la mano en el hueco de uno de los ladrillones blancos que soportan los estantes, deja un momento la mano ahí, como si dudara, y saca por fin un frasquito. “Aunque lo que me vendría mejor”, habla en voz alta, mientras con un dedo lucha por quitar el algodón que tapona el gollete del frasquito, “sería un buen Alka-Seltzer”. Dice que, además, le vendría bien no comerse las uñas. Ha sonreído. “Ni hablar en voz alta”, ha dicho y se miró en el espejo. “Ves, Van Gogh, ves alma de cántaro, en momentos como éste uno siente lo amarillo que va a ser vivir sin la dulce Úrsula Loyer, ángel de los bebés; o sin sus uñas”. Se ha acercado un poco más al espejo, después, bruscamente, hasta casi tocarlo con la cara. Tiene aún el dedo dentro del frasco, pero es como si hubiera olvidado qué estaba haciendo. Ha dicho que no es el mejor modo de empezar el día darse cuenta, de golpe, que una pared es violeta y que hace una semana se han cumplido treinta y tres años.

El teléfono sonó cuando iba hacia la cocina. Ya había conseguido sacar una cápsula del Frasquito y el timbre le cortó el silbido, pero no se detuvo. Cambió de rumbo y fue hacia un bargueño, un mueble colonial, con herrajes. Ha abierto uno de los cajones y busca algo. Bajo unos papeles hay una pistola Browning.9. Junto a ella, una tira de Alka-Seltzer. El teléfono sigue llamando. Un ser negro y pequeño grita en la nieve, murmura. Corta un sobrecito de Alka-Seltzer, lo abre con los dientes y se mete en la cocina. El teléfono sigue llamando. Pone a calentar café y echa una tableta de Alka-Seltzer en un vaso con agua. Cuando la tableta se ha disuelto, el teléfono deja de llamar. Se toma, juntos, la cápsula que sacó del frasquito y el contenido del vaso. Ha vuelto a la pieza. Va hacia el teléfono. Al pasar levanta del suelo un escalímetro, y en el mismo movimiento, con la otra mano, enciende el tocadiscos. Ahora pone con mucho cuidado una grabación: después de un silencio se escucha, cóncava, la voz de Ertha Kit. Summertime, canta la voz viniendo como por una calle larga, and the livin'is easy, fish are jumpin’... Después un coro. Después vuelve a sonar el teléfono: él ya tenía la mano sobre el tubo desde hacía unos segundos.

—Sí, hola —ha dicho. Su voz es tranquila, quizá impersonal—. No, Napoleón habla: acabo de volver de Santa Elena y vengo a salvar el país... Sí, está bien. Perdón. Pero quién puede hablar si no hablo yo —ha bajado el volumen del tocadiscos—. Café. Y tomando un Dexamil para estar lúcido, porque me he decidido a trabajar. También he recitado a William Blake y le escupí el gato a mi vecina de la planta baja... No, acá no sonó... Que-acá-no-sonó... Sí, yo te escucho, siempre te escucho, podría decir que vivo escuchándote —ha estado tratando de encender un cigarrillo; ahora deja el tubo a un lado y lo enciende—. Hola. Lo que pasa es que quería acomodarme el tubo entre el hombro y el pescuezo, operación que nunca me resulta. Yo no sé cómo hacen en las películas, realmente. ¿Notaste lo bien que sale todo en las películas...? No, no estoy contento. Como podrás suponer no estoy contento, no estoy nada, digamos. Soy así y me parece que vos tendrías que dormir un poco. Son las nueve de la mañana. Ya sé, ya sé —ha dicho y ha cerrado los ojos—. Ya sé. Pero igual, trata de descansar un poco. No se puede así —repentinamente grita—. ¡Vivir! Que así no se puede vivir. Vos, quiero decir —ha vuelto a hablar con naturalidad, con el tono impersonal del principio—. Que te vas a enfermar. Sí, te escucho. Ya sé. Eso es exactamente lo mismo que dijiste anoche, y yo te contesté que el amor no tiene nada que ver. Tiene que ver, sí, pero lo importante... La convivencia, eso. Soportarse. Y lo triste de esta melancólica historia es que ya no nos soportamos. Sí, querida, vos tampoco a mí. Y hasta sospecho que sobre todo vos no a mí. Pero no pienso volver a hablar de esto. Por si te interesa: estoy a punto de ponerme a trabajar. He tomado un Alka-Seltzer para desembotarme y un Dexamil Spansule de 15 miligramos para estar lúcido todo el día. Ne-ce-si-to trabajar —cerró los ojos y se llevó el cigarrillo a la boca, una mezcla de suspiro y pitada—. No soy frío, ni te engañé. Y te juro que siempre fuiste una muchacha maravillosa y tampoco me estoy riendo. Pero, insisto: son cosas distintas. ¡El café! —grita—. Espera un poco.

En la cocina, al sacar la cafetera del fuego se quema los dedos. Sacude la mano y se la pasa por el pelo. Sirve una gran taza de café, va hacia la pileta y le echa un chorrito de agua. Estaba revolviendo el azúcar cuando suena el timbre de la puerta. Levemente, se sobresalta. “Macanudo”, murmura, “ahora resulta que también soy nervioso”. Vuelve a sonar el timbre.

—Momento —dice en voz muy baja.

Sin apuro, termina de revolver el café. Deja la taza sobre el mármol de la cocina y va a abrir la puerta. Una alta señorita mayor, vestida con un traje sastre gris, está sonriendo en el pasillo. Tiene el pelo rubio y los ojos intensamente azules. Buenos días, hermano, le dice. Y señalando un enorme portafolio agrega que viene a traerle la palabra de Dios. Tiene un leve acento extranjero. El está mirando, como fascinado, sus redondos botincitos negros. La señorita sigue hablando:

—A usted seguramente le extrañará que a esta hora, y en estos tiempos, alguien venga a su casa a traerle la palabra de Dios. El sacude la cabeza.

— De ninguna manera —dice.

Después le cierra la puerta en la nariz. Va hacia el teléfono.

—Hola, íbamos por la parte en que no tengo sentimientos, por mi corazón de trapo. Y yo argumentaba que sos maravillosa, irrepetible seguramente, pero que la vida y esas cosas. También decíamos que ahora estás demasiado alterada, que tenés que dormir, que no se puede vivir así. ¿Por qué no lo dejamos para mañana? Vamos a hacer una cosa, vos tratas de serenarte, te acostás y mañana, suculenta como una panadería, te encontras conmigo en el Jardín Botánico bajo las araucarias. Y con sol. Hoy está nublado: nadie puede razonar claramente en un día nublado, mañana en cambio, con sol... Cierto, sí, es inconcebible que alguien se pueda poner a tomar café en un momento como éste. Cuando lo ha abandonado la única mujer que quiso en su vida. Porque debo recordarte que...

Bueno, pongamos que sí, que yo te obligué. Que en mi caída traté de hacerte a un lao... Te fijaste, entre paréntesis, de qué modo bárbaro se parece Confesión al diario de Kierkegaard, para salvarte sólo supe hacerme odiar, qué tal. Y a propósito del café: en cualquier momento voy a tener que ir a buscarlo, porque me lo olvidé en la cocina. Ponerse a tomar café, sí, en vez de escucharte a vos. Y no sólo en vez de escucharte a vos, no te podes dar una idea. Quiero decir que vino Dios, un Mensajero de Dios. Tenía los ojos imposiblemente azules y usaba botincitos. Tuve que mirarle los botincitos para no ahogarme de azul. Extrañas formas que asume la Salvación, mi madre.

Deja el auricular colgando del cable; del otro lado se oye la voz. Va a la cocina y vuelve con la taza de café. Toma el teléfono, arrima un sillón y se sienta. Antes ha echado una mirada furtiva al sobre que quedó sin abrir sobre la mesa. Súbitamente parece muy cansado.

—Vas a tener que repetirme todo de nuevo, porque no oí nada. Sí, que no va a haber mañana con sol: eso lo oí. O ni mañana ni sol, es lo mismo. Pero yo te prometo que va a haber... No entiendo —había cerrado los ojos; de golpe los abrió, echando violentamente la cabeza hacia atrás—. Ya sé. Matarte. Vas a matarte. ¿Acerté? Acerté. No va a haber mañana ni sol, porque ella, que sufre, ha comprendido que vivir ya no tiene sentido. Ustedes tienen... ¡Hablo en plural porque se me antoja! —lo ha gritado, acercando mucho la boca al tubo—. Tienen, todas, la cualidad extraordinaria de ser los únicos seres que sufren. Pero, sabes lo que te digo, lo que te aconsejo —se ha puesto de pie y habla nuevamente en voz muy baja; al levantarse, el café se derrama sobre su pantalón—, te voy a decir lo que te aconsejo: matate.

Y ha colgado.

Va hacia el baño, se moja la cara y el pelo, silbando se peina con las manos. Vuelve a la pieza y toma la carta. La deja y va a cambiarse el pantalón. Vuelve, toma la carta, abre cuidadosamente el sobre, lo abre con una minuciosidad casi delicada y comienza a leer. Su cara no cambia de expresión, sólo la vena de su frente parece ahora más pronunciada. Deja de leer. Va hasta el tablero de dibujo, despliega una cartulina y la sujeta con dos chinches: al soltarla, la cartulina se enrosca sobre sí misma. “Epa”, dice, y va a cambiar el disco. Se oye un fagot y se oyen unas cuerdas. Recomienza a leer la carta, paseándose. Está junto a la ventana abierta. Sin mirar, arroja el pucho del cigarrillo hacia la planta baja. Vuelve a la mesa. Pliega lentamente la carta, la pone otra vez dentro del sobre, mira hacia el teléfono y con gesto distraído (sólo la vena de su frente vive, y su boca, que se ha alargado curvándose hacia abajo) rompe en pequeños pedazos el sobre y coloca los pequeños pedazos en un cenicero, formando un montículo, una diminuta pira. Arrima el encendedor y se queda mirando la pequeña fogata.

Repentinamente va hacia el teléfono y marca un número.

—Y si te ibas a matar —dice después de un momento—, si te ibas o te vas a matar, ¿me querés explicar para qué me lo contaste? Yo te voy a decir para qué. Para ajusticiarme. Callate, Yo, culpable; vos te vengas de mí, ¿no? Ah, no, querida. No acepto. Me parece injusto cargar, yo solo, con tu muerte. Lo que hay que hacer, lo que tenés que hacer, es lo siguiente: llamar por teléfono a todos, a todos quiere decir a todos, a tus amigos y a tu viejo papá, callate, a tus compañeritas de la primaria y del Sagrado Corazón y a tus conocidos lejanos: a todos. No sólo a mí. Al señor que se cruzó con vos en la calle el día cinco o catorce de cualquier mes de cualquier año y te vio esa única vez en tu vida. Y al que ni siquiera te miró, especialmente a ése. A todos. Lo que hay que hacer es agarrar la Guía de la Capital, del país, del planeta entero, y llamar y llamar y llamar por teléfono a todos y decirles, mis queridos hermanos, cuando muere asesinado un hombre siempre es culpable toda la humanidad, pichón de frase. O suicidado, en tu caso. Y también a mí, sí, pero no a mí solo. Ya me crucificaron la otra vez, hace como dos mil años; yo no cargo más con los líos de ustedes, amor. O quién sabe. Quién sabe ni siquiera me llamaste para que te expíe... ¡con equis!, por ahí me llamaste para no matarte, para que te salvara. Lástima que se fue la inglesa que estuvo hoy, la de los ojos. Tenía los ojos del color justo, una cruza de ópalo y zafiro soñada por Kandinsky. La mirabas un rato y era como caer para arriba. Como zambullirse de cabeza en el cielo. Daban vértigo de azules. Yo la neutralicé por el lado de los zapatitos, redondos en la punta, que si no. Y debe ser, sí, seguro que me llamaste para eso. Y ahora yo tengo potestad de vida y muerte sobre la Adolescente Engañada, yo, el Gran Hijo de una Gran Perra, todo con mayúscula. Y sí, soy... ¡Callate! Soy justamente eso. Y acertaste. No tengo sentimientos, ni alma, y me divertí con vos a lo grande, nos divertimos, porque debo reconocer que en la cama vos eras también bastante mozartiana y con tu buena dosis de alegría de vivir. ¿O no? Si era el único lugar donde... Y a lo mejor está bien; a lo mejor eso es lo cierto. Lo digo en serio. Y no hables ni una sola palabra porque... Horroroso. El recuerdo que tendrás de mí será horroroso, parecemos Tania y Discépolo. Oíme, llama; haceme caso. Te fijas en la Guía y marcas un número, o ni te fijas. Llamas al azar y decís señor, a que no sabe quién le habla, le habla una muchacha de dieciocho años que va a matarse dentro de un rato, ¿no le parece inmundo no poder hacer nada por salvarme? Y le cortas. Le cortas. Le-cor-tás.

Ha vuelto a colgar el tubo. Prende un nuevo cigarrillo, va hasta el tablero de dibujo, desenrolla con brusquedad la cartulina y, en dos golpes, la clava secamente a la madera. Toma un tiralíneas y una regla milimetrada. Los deja. Echa una mirada al cenicero donde se ve la ceniza del sobre que ha quemado. Va hasta la ventana. Mira el teléfono.

Nieve, dice. Grita en la nieve.

Cuando suena otra vez el teléfono, sonríe. Hace un movimiento hacia el teléfono o hacia el tablero de dibujo y se detiene. Nieve, dice. Vuelve a mirar de reojo la pared color violeta. El teléfono sigue llamando.

Finalmente, deja caer el cigarrillo hacia la planta baja. Antes le ha dado una larga pitada; después, como si el cigarrillo lo arrastrara en su caída, se tira por la ventana.


En Cuentos completos
Imagen: Martín Felipe


16 de abr. de 2015

Descarga: Roberto Bolaño - El secreto del mal

No hay comentarios. :

Descarga: Roberto Bolaño -  El secreto del mal

Este volumen viene a ser la armadura inevitablemente incompleta del que iba a ser el cuarto libro de relatos de Roberto Bolaño. Las piezas y esbozos narrativos aquí reunidos tienen por base un archivo de texto muy tardío, en el que Bolaño trabajó hasta poco antes de su muerte. El título que engloba el conjunto es el mismo que el de un cuento que comienza así: «Este cuento es muy simple aunque hubiera podido ser muy complicado. También: es un cuento inconcluso, porque este tipo de historias no tienen un final.» Palabras que ilustran el carácter que comparten todas estas piezas, acerca de las cuales escribe Ignacio Echevarría, responsable de la edición: «Es toda su narrativa, y no sólo El secreto del mal, la que parece regida por una poética de la inconclusión.» Como ya ocurría en Putas asesinas y en El gaucho insufrible, de nuevo se entremezclan aquí, junto a relatos propiamente dichos, textos de naturaleza no narrativa, conforme a la cada vez más acusada tendencia de Bolaño a confundir las fronteras genéricas con el propósito de fecundarlas.

Roberto Bolaño – Derivas de la pesada

No hay comentarios. :

Roberto Bolaño – Derivas de la pesada


Es curioso que fueran unos escritores burgueses los que elevaran el Martín Fierro, de Hernández, al centro del canon de la literatura argentina. Este punto, por supuesto, es materia discutible, pero lo cierto es que el gaucho Fierro, paradigma del desposeído, del valiente (pero también del matón), se alza en el centro de un canon, el canon de la literatura argentina, cada vez más enloquecido. Como poema, el Martín Fierro no es una maravilla. Como novela, en cambio, está viva, llena de significados a explorar, es decir, conserva su atmósfera de viento o más bien de ventolera, sus olores de intemperie, su buena disposición para los golpes del azar. Sin embargo es una novela de la libertad y de la mugre, no una novela sobre la educación y los buenos modales. Es una novela sobre el valor, no una novela sobre la inteligencia, mucho menos sobre la moral.

  Si el Martín Fierro domina la literatura argentina y su lugar es el centro del canon, la obra de Borges, probablemente el mayor escritor que haya nacido en Latinoamérica, es sólo un paréntesis.

  Es curioso que Borges escribiera tanto y tan bien del Martín Fierro. No sólo el Borges joven, que en ocasiones suele ser, en el ámbito puramente verbal, nacionalista, sino también el Borges adulto, que en ocasiones se queda extasiado (extrañamente extasiado, como si contemplara las gesticulaciones de la Esfinge) ante las cuatro escenas más memorables de la obra de Hernández, y que en ocasiones incluso escribe cuentos, desganados y perfectos, argumentalmente epigonales de la obra de Hernández. Cuando Borges glosa a Hernández no lo hace con el cariño y la admiración con los que se refiere a Güiraldes, ni con la sorpresa y la resignación que emplea al evocar a aquel monstruo familiar que fue Evaristo Carriego. Con Hernández, o con el Martín Fierro, Borges da la impresión de estar actuando, de estar actuando a la perfección, por otra parte, pero en una obra de teatro que le parece desde el principio, más que detestable, equivocada. Pero, detestable o equivocada, también le parece irremediable. Su muerte silenciosa en Ginebra es, en este sentido, harto elocuente. Vaya, no sólo es elocuente, su muerte en Ginebra, de hecho, habla hasta por los codos.

  Con Borges vivo, la literatura argentina se convierte en lo que la mayoría de los lectores conoce como literatura argentina. Es decir: está Macedonio Fernández, que en ocasiones parece un Valéry porteño, está Güiraldes, que está enfermo y es rico, está Ezequiel Martínez Estrada, está Marechal, que luego se hace peronista, está Mujica Láinez, está Bioy Casares, que escribe la primera novela fantástica y la mejor de Latinoamérica, aunque todos los escritores latinoamericanos se apresuren a negarlo, está Bianco, está el pedante Mallea, está Silvina Ocampo, está Sábato, está Cortázar, que es el mejor, está Roberto Arlt, que fue el más ninguneado de todos. Cuando Borges se muere, se acaba de golpe todo. Es como si se muriera Merlín, aunque los cenáculos literarios de Buenos Aires no eran ciertamente Camelot. Se acaba, sobre todo, el reino del equilibrio. La inteligencia apolínea deja su lugar a la desesperación dionisiaca. El sueño, un sueño muchas veces hipócrita, falso, acomodaticio, cobarde, se convierte en pesadilla, una pesadilla muchas veces honesta, leal, valiente, que actúa sin red de protección, pero pesadilla al fin y al cabo, y, lo que es peor, literariamente pesadillesca, literariamente suicida, literariamente callejón sin salida.

  Aunque con el paso de los años es legítimo preguntarse hasta qué punto la pesadilla o la piel de la pesadilla es tan radical como enunciaban sus cultores. Muchos de ellos viven mucho mejor que yo. En este sentido me puedo permitir afirmar que yo soy una rata apolínea y que ellos cada día se asemejan más a unos gatos de angora o gatos siameses despulgados eficientemente por un collar marca Acmé o marca Dionisos, que a esta altura de la historia viene a ser lo mismo.

  La literatura argentina actual, lamentablemente, tiene tres puntos de referencia. Dos de ellos son públicos. El tercero es secreto. Los tres, de alguna manera, son reacciones antiborgeanas. Los tres, en el fondo, representan un retroceso, son conservadores y no revolucionarios, aunque los tres, o al menos dos de ellos, se postulen como alternativas de un pensamiento de izquierda.

  En el primero reina Osvaldo Soriano, que fue un buen novelista menor. Con Soriano hay que tener el cerebro lleno de materia fecal para pensar que a partir de allí se pueda fundar una rama literaria. No quiero decir que Soriano sea malo. Ya lo he dicho: es bueno, es divertido, es, básicamente, un autor de novelas policiales o vagamente policiales, cuya principal virtud, alabada con largueza por la crítica española, siempre tan perspicaz, fue su parquedad a la hora de adjetivar, parquedad que por otra parte perdió a partir de su cuarto o quinto libro. No es mucho para iniciar una escuela. Sospecho que el influjo de Soriano (aparte de su simpatía y generosidad, que dicen fue grande) radica en las ventas de sus libros, en su fácil acceso a las masas de lectores, aunque hablar de masas de lectores cuando en realidad estamos hablando de veinte mil personas es, sin duda, una exageración. Con Soriano los escritores argentinos se dan cuenta de que pueden, ellos también, ganar dinero. No es necesario escribir libros originales, como Cortázar o Bioy, ni novelas totales, como Cortázar o Marechal, ni cuentos perfectos, como Cortázar o Bioy, y sobre todo no es necesario perder el tiempo y la salud en una biblioteca guaranga para que encima nunca te den el Premio Nobel. Basta escribir como Soriano. Un poco de humor, mucha solidaridad, amistad porteña, algo de tango, boxeadores tronados y Marlowe viejo pero firme. ¿Pero firme en dónde?, me pregunto de rodillas y sollozando. ¿Firme en el cielo, firme en el retrete de tu agente literario? ¿Pero vos sos tonto, piltrafilla, vos tenes agente literario? ¿Y un agente literario argentino, para mayor inri?

  Si el escritor argentino contesta afirmativamente esta última pregunta podemos tener la certeza de que no va a escribir como Soriano sino como Thomas Mann, como el Thomas Mann de Fausto. O, ya mareados por la inmensidad de la pampa, directamente como Goethe.

  La segunda línea es más compleja. La segunda línea se inicia con Roberto Arlt, aunque es muy probable que Arlt sea totalmente inocente de este desaguisado. Digamos, modestamente, que Arlt es Jesucristo. Argentina, por supuesto, es Israel y Buenos Aires Jerusalén. Arlt nace y vive una vida más bien corta. Si no me equivoco, cuarentaidós años. Es un contemporáneo de Borges. Éste nace en 1899 y Arlt en 1900. Pero, al contrario que Borges, la familia de Arlt es una familia pobre y cuando él es adolescente no se va a Ginebra sino que se pone a trabajar. El oficio más frecuentado por Arlt es el periodismo y a la luz del periodismo es dable ver muchas de sus virtudes, pero también muchos de sus defectos. Arlt es rápido, arriesgado, moldeable, un sobreviviente nato, pero también es un autodidacta, aunque no un autodidacta en el sentido en que lo fue Borges: el aprendizaje de Arlt se desarrolla en el desorden y el caos, en la lectura de pésimas traducciones, en las cloacas y no en las bibliotecas. Arlt es un ruso, un personaje de Dostoievski, mientras que Borges es un inglés, un personaje de Chesterton o Shaw o Stevenson. Incluso a veces, pese a él mismo, Borges parece un personaje de Kipling. En la guerra entre los grupos literarios de Boedo y Florida, Arlt está con Boedo, aunque tengo la impresión de que su ardor guerrero no fue nunca excesivo. Su obra se compone de dos libros de cuentos y de tres novelas, aunque lo cierto es que escribió cuatro novelas y que los cuentos no recogidos en libro, cuentos aparecidos en periódicos y revistas y que Arlt era capaz de escribir mientras hablaba de mujeres con sus compañeros de redacción, dan por lo menos para otros dos libros. También es autor de unos Aguafuertes porteños, en la mejor tradición impresionista francesa, y de unos Aguafuertes españoles, estampas de la vida cotidiana de la España de los años treinta, en donde abundan los gitanos, los pobres y las personas generosas. Intentó hacerse rico con negocios que nada tenían que ver con la literatura argentina de entonces, aunque sí con la ciencia ficción, y fracasó siempre, y siempre de forma inapelable. Después se murió, a los cuarentaidós años, y, como él hubiera dicho, se acabó todo.

  Pero no se acabó todo, porque, al igual que Jesucristo, Arlt tuvo a su San Pablo. El San Pablo de Arlt, el fundador de su iglesia, es Ricardo Piglia. A menudo me pregunto: ¿qué hubiera pasado si Piglia, en vez de enamorarse de Arlt, se hubiera enamorado de Gombrowicz? ¿Por qué Piglia no se enamoró de Gombrowicz y sí de Arlt? ¿Por qué Piglia no se dedicó a publicitar la buena nueva gombrowicziana o no se especializó en Juan Emar, ese escritor chileno similar al monumento al soldado desconocido? Misterio. Pero en cualquier caso es Piglia quien eleva a Arlt dentro de su propio ataúd, sobrevolando Buenos Aires, en una imagen muy pigliana o muy arltiana, pero que, en rigor, sólo sucede en la imaginación de Piglia y no en la realidad. No fue una grúa la que bajó el ataúd de Arlt, la escalera era lo suficientemente ancha como para maniobrar, el cadáver de Arlt no era el de un campeón de los pesos pesados.

  Con esto no quiero decir que Arlt sea un mal escritor, al contrario, es buenísimo, ni tampoco pretendo decir que Piglia lo sea, al contrario, Piglia me parece uno de los mejores narradores actuales de Latinoamérica. Lo que pasa es que se me hace difícil soportar el desvarío —un desvarío gangsteril, de la pesada— que Piglia teje alrededor de Arlt, probablemente el único inocente en este asunto. No puedo estar, de ninguna manera, a favor de los malos traductores del ruso, como le dijo Nabokov a Edmund Wilson mientras preparaba su tercer martini, y no puedo aceptar el plagio como una de las Bellas Artes. La literatura de Arlt, considerada como armario o subterráneo, está bien. Considerada como salón de la casa es una broma macabra. Considerada como cocina, nos promete el envenenamiento. Considerada como lavabo nos acabará produciendo sarna. Considerada como biblioteca es una garantía de la destrucción de la literatura.

  O lo que es lo mismo: la literatura de la pesada tiene que existir, pero si sólo existe ella, la literatura se acaba.

  Como la literatura solipsista, tan en boga en Europa, hoy que el joven Henry James vuelve a cabalgar a sus anchas. Una literatura del yo, de la subjetividad extrema, claro que tiene que existir y debe existir. Pero si sólo existieran literatos solipsistas toda la literatura terminaría convirtiéndose en un servicio militar obligatorio del miniyo o en un río de autobiografías, de libros de memoria, de diarios personales, que no tardaría en devenir cloaca, y la literatura también entonces dejaría de existir. ¿Porque a quién demonios le interesan las idas y venidas sentimentales de un profesor? ¿Quién puede decir, sin mentir como un verraco, que es más interesante el día a día de un triste profesor madrileño, por muy atildado que sea, que las pesadillas y los sueños y las ambiciones del insigne y ridículo Carlos Argentino Daneri? Nadie con tres dedos de frente. Ojo: no tengo nada contra las autobiografías, siempre y cuando el que la escriba tenga un pene en erección de treinta centímetros. Siempre y cuando la escritora haya sido una puta y a la vejez sea moderadamente rica. Siempre y cuando el pergeñador de semejante artefacto haya tenido una vida singular. De más está decir que entre los solipsistas y los chicos malos de la pesada me quedo con estos últimos. Pero sólo como un mal menor.

  La tercera línea en juego de la literatura argentina actual o post-Borges es la que inicia Osvaldo Lamborghini. Esta es la corriente secreta. Tan secreta como fue la vida de Lamborghini, que murió en Barcelona en 1985, si no recuerdo mal, y dejó como albacea literario a su discípulo más querido, César Aira, que viene a ser lo mismo que si una rata deja como albacea testamentario a un gato con hambre.

  Si Arlt, que como escritor es el mejor de los tres, es el sótano de la casa que es la literatura argentina, y Soriano es un jarrón en la habitación de invitados, Lamborghini es una cajita que está puesta sobre una alacena en el sótano. Una cajita de cartón, pequeña, con la superficie llena de polvo. Ahora bien, si uno abre la cajita lo que encuentra en su interior es el infierno. Perdonen que sea tan melodramático. Con la obra de Lamborghini siempre me pasa lo mismo. No hay cómo describirla sin caer en tremendismos. La palabra crueldad se ajusta a ella como un guante. La palabra dureza también, pero sobre todo la palabra crueldad. El lector no avisado puede vislumbrar un juego sadomasoquista propio de esos talleres literarios que las almas caritativas y de vocación pedagógica organizan en los manicomios. Es posible, pero se queda corto. Lamborghini siempre va dos pasos más adelante (o más atrás) que sus perseguidores.

  Es extraño pensar en Lamborghini ahora. Murió a los cuarentaicinco años, es decir que yo ahora soy cuatro años más viejo que él. A veces abro alguno de sus dos libros, editados por Aira, lo cual es un decir porque lo mismo los pudo haber editado el linotipista o el portero del edificio donde estaba la editorial, la editorial Serbal, de Barcelona, y a duras penas puedo leerlo, no porque me parezca malo sino porque me da
miedo, sobre todo la novela Tadeys, una novela insoportable, que leo (dos o tres páginas, ni una más) sólo cuando me siento particularmente valiente. De pocos libros puedo decir que huelan a sangre, a vísceras abiertas, a licores corporales, a actos sin perdón.

  Hoy, que está tan de moda hablar de los nihilistas, aunque cuando se habla de éstos la gente se refiere a los terroristas musulmanes, que precisamente de nihilistas no tienen nada de nada, no estaría de más visitar la obra de un verdadero nihilista. El problema con Lamborghini es que se equivocó de profesión. Mejor le hubiera ido trabajando como pistolero a sueldo, o como chapera, o como sepulturero, oficios menos complicados que el de intentar destruir la literatura. La literatura es una máquina acorazada. No se preocupa de los escritores. A veces ni siquiera se da cuenta de que éstos están vivos. Su enemigo es otro, mucho más grande, mucho más poderoso, y que a la postre la terminará venciendo, pero ésa es otra historia.

  Los amigos de Lamborghini están condenados a plagiarlo hasta la náusea, algo que acaso haría feliz al propio Lamborghini si pudiera verlos vomitar. También están condenados a escribir mal, pésimo, excepto Aira, que mantiene una prosa uniforme, gris, que en ocasiones, cuando es fiel a Lamborghini, cristaliza en obras memorables, como el cuento «Cecil Taylor» o la nouvelle Cómo me hice monja, pero que en su deriva neovanguardista y rousseliana (y absolutamente acrítica) la mayor parte de las veces sólo es aburrida. Prosa que se devora a sí misma sin solución de continuidad. Acriticismo que se traduce en la aceptación, con matices, ciertamente, de esa figura tropical que es la del escritor latinoamericano profesional, que siempre tiene una alabanza para quien se la pida.

  De estas tres líneas, las tres líneas más vivas de la literatura argentina, los tres puntos de partida de la pesada, me temo que resultará vencedora aquella que representa con mayor fidelidad a la canalla sentimental, en palabras de Borges. La canalla sentimental, que ya no es la derecha (en gran medida porque la derecha se dedica a la publicidad y al disfrute de la cocaína y a planificar el hambre y los corralitos, y en materia literaria es analfabeta funcional o se conforma con recitar versos del Martín Fierro) sino la izquierda, y que lo que pide a sus intelectuales es soma, lo mismo, precisamente, que recibe de sus amos. Soma, soma, soma Soriano, perdóname, tuyo es el reino.

  Arlt y Piglia son punto y aparte. Digamos que es una relación sentimental y que lo mejor es dejarlos tranquilos. Ambos, Arlt sin la menor duda, son parte importante de la literatura argentina y latinoamericana y su destino es cabalgar solos por la pampa habitada por fantasmas. Allí, sin embargo, no hay escuela posible.

  Corolario. Hay que releer a Borges otra vez.



En El origen del mal

Descarga: Günter Grass - Mi siglo

No hay comentarios. :

Descarga: Günter Grass - Mi siglo

Para cada año que finaliza, Grass levanta una historia desde perspectivas diversas y desde el punto de vista de diferentes personajes. Habla de los grandes acontecimientos, de aparentes banalidades, de descubrimientos científicos y técnicos, de eventos culturales y deportivos, de persecuciones y asesinatos, de las guerras y de las grandes catástrofes, pero también de los nuevos comienzos. Un vivaz y sorprendente retrato de este siglo tan rico en maravillas, pero también abundante en horrores.

Antonin Artaud – El pesa-nervios

No hay comentarios. :

Antonin Artaud – El pesa-nervios


De verdad he sentido que partías la atmósfera a mi alrededor, que hacías el vacío para permitirme avanzar para hacer el lugar de un espacio imposible a lo que en mí se encontraba todavía sólo en potencia, a toda una virtual fecundación y que debía nacer atraída por el lugar que se le ofrecía.

  A menudo me he puesto en ese estado de absurdo imposible, para intentar que el pensamiento nazca en mí. En esta época somos sólo algunos los empecinados en atentar contra las cosas, en crear espacios para la vida en nosotros, espacios que no había ni parecía que tenían que encontrar lugar en el espacio.

  Siempre me resultó sorprendente esa obstinación del espíritu que pretende pensar en espacios y en dimensiones y afincarse en algunos estados arbitrarios de las cosas para pensar; en pensar en tramos, en cristaloides y que cada forma del ser quede solidificada desde el principio, que el pensamiento no esté en conexión apremiante y permanente con las cosas, sino que esa fijeza y ese hielo, esa suerte de colocación en movimiento del alma se produzca, por decirlo de alguna manera, ANTES DEL PENSAMIENTO. Evidentemente ésa es la condición adecuada para crear. Pero más me sorprende esa incansable, esa meteórica ilusión que nos sugieren ciertas arquitecturas circunscritas, pesadas; esos tramos de alma cristalizados como si fueran una gigante página plástica y en ósmosis con el resto de realidad. Y la surrealidad es como un angostamiento de la osmosis, una especie de comunicación verbal replegada hacia atrás. Sin embargo no veo en eso un decrecimiento del control, por el contrario veo un mayor control pero que en lugar de actuar, desconfía, un control que obstaculiza los encuentros de la realidad corriente y da lugar a encuentros más sutiles y enrarecidos, encuentros afinados como la soga que se enciende y nunca se corta.

  En virtud de esos encuentros, imagino un alma elaborada y como sulfurada y fosforosa, como si no hubiera otro estado aceptable de la realidad.

  Pero no sé que clase de lucidez innominada, extraña, es la que me da el tono y el grito de aquéllos y hace que los sienta en mí mismo. Los advierto a causa de una insoluble totalidad, quiero decir que no tengo dudas acerca de su sensación. Y ante esos agitados encuentros yo estoy en un estado de mínima alteración, quisiera que uno pudiera imaginar una nada detenida, una masa de espíritu recluida en algún sitio, transformada en virtualidad.

  A un actor se lo ve como detrás de un vidrio.

  La inspiración graduada. No debe dejarse demasiado lugar a la literatura.

Sólo me he referido a la relojería del alma, sólo transcribí el dolor de un ajuste malogrado. Soy un total abismo. Aquellos que me creían capaz de un dolor íntegro, de un hermoso dolor, de angustias completas y carnosas, de angustias que son una combinación de objetos, una pulverización efervescente de fuerzas y no un punto detenido —y sin embargo con impulsos agitados, desarraigantes que provienen de la confrontación de mis fuerzas con esos abismos de un absoluto ofertado,

  (de la confrontación de fuerzas de volumen poderoso)

  y no hay ya más que abismos voluminosos, la detención, el frío,

  —aquellos que me han atribuido más vida, que me han imaginado en un menor grado de mi caída, que han supuesto que me encontraba como sumergido en un impulso torturado, en una tenebrosa oscuridad con la que me debatía,

  —están extraviados en las tinieblas del hombre.

  Los nervios tensos a lo largo de las piernas en el sueño.

  El sueño se generaba en un desplazamiento de creencia, el abrazo se ablandaba, lo insólito andaba por los pies.

  Es preciso que se comprenda que toda la inteligencia no es otra cosa que una extensa eventualidad, y que se la puede perder ya no como el alienado inerte, sino como el ser vivo que está en la vida y que sobre él recae la atracción y el soplo (no de la vida, sino de la inteligencia).

  Los parpadeos de la inteligencia y ese repentino trastocamiento de las partes.

  Las palabras a medio camino de la inteligencia. Esa suerte de poder pensar hacia atrás y de invectivar repentinamente su pensamiento.

  Ese diálogo en el pensamiento.

  La asimilación, la fractura de todo.

  Y de pronto esa línea de agua sobre un volcán, la caída leve y demorada del espíritu.

  Encontrarse otra vez en un estado de máxima conmoción, despejado de irrealidad, con trozos del mundo real en un rincón de sí mismo.

  Pensar sin mínima fractura, si artilugios de pensamiento, sin uno de esos abruptos escamoteos a los cuales mis médulas están habituadas como columnas transmisoras de corrientes.

  A veces mis médulas se entretienen con esos juegos, se satisfacen en esos juegos, se satisfacen en esos raptos sigilosos a los que gobierna la cabeza de mi pensamiento. Sólo me bastaría una palabra, a veces nada más que una sílaba sin importancia para ser grande, para hablar con la voz de los profetas, una sílaba testimonio, una sílaba precisa, sutil, una sílaba bien añejada en mis médulas, surgida de mí mismo, que permaneciera en el punto máximo de mi ser y que no significara nada para todo el mundo. Soy testigo de mí mismo, el único testigo. De esa cubierta de palabras, esas casi imperceptibles trasmutaciones de mi pensamiento en voz baja, de esa mínima zona de mi pensamiento que yo hago parecer que estaba formulada y que aborta, soy el único juez capaz de suponer su alcance.

  Una especie de mengua constante del nivel normal de la realidad.

  Bajo esta cáscara de hueso y de piel que es mi cabeza hay una constante de angustias, no como un asunto moral, como los razonamientos de una naturaleza estúpidamente puntillosa, o acostumbrada por un sedimento fermentado de

  ambiciones en el sentido de la altura, sino como una

  (decantación)

  en el interior,

  como el despojamiento de mi sustancia vital, como el extravío de la fuerza física esencial (digo extravío por parte de la esencia) de un sentido.

  Una impotencia para cristalizar de manera inconsciente el punto partido del automatismo sea cual fuere su grado.

  Lo difícil es encontrar su lugar adecuado y volver a establecer la comunicación con uno mismo. El todo está en una especie de floculación de las cosas, en la unión de toda ese pedregullo mental que gira en torno a un punto que es precisamente el que hay que encontrar.

  Y lo que yo pienso del pensamiento es:

  CIERTAMENTE EXISTE LA INSPIRACIÓN.

  Y hay un punto fosforoso donde se recupera toda la realidad, pero distinta, metamorfoseada, —¿y por qué?—, un punto de uso mágico de las cosas. Y yo creo en aerolitos mentales, en cosmogonías individuales.

  Saben en qué consiste la sensibilidad suspendida, esa especie de vitalidad terrorífica y partida en dos, ese punto de aglutinación necesaria a la que el ser ya no se eleva más, ese sitio amenazante, ese lugar que horroriza.

  Queridos amigos:

  Lo que ustedes han tratado como mis obras eran sólo los deshechos de mí mismo, esos arañazos del alma que el hombre común no acoge.

  Que desde entonces mi mal haya retrocedido o avanzado, no es donde está para mí la cuestión, sino en el dolor y la sideración persistente de mi espíritu.

  Ahora estoy de regreso en M., donde he recuperado la sensación de embotamiento y de vértigo, esa necesidad impostergable y alocada de dormir, esa pérdida repentina de mis fuerzas con un sentimiento de enorme dolor de embrutecimiento instantáneo.

  Hay aquí alguien en cuyo espíritu no se endurece ningún sitio y no siente de repente su alma a la izquierda, a un costado del corazón. Alguien para quien la vida es un punto y para quien el alma no tiene fragmentos, ni el espíritu tiene comienzos.

  Por supresión del pensamiento soy imbécil, por malformación del pensamiento, estoy vacío por estupefacción de mi lengua. Mal-formación, mal-aglutinación de un cierto número de esos corpúsculos vítreos de los cuales tú haces un uso tan poco considerado. Un uso que desconoces, del que nunca has tomado parte. Todos los términos que selecciono para pensar son para mí TÉRMINOS en el propio sentido de la palabra, auténticas terminaciones, lindes de mi mente, de todos los estados por los que hecho pasar mi pensamiento.

  Estoy auténticamente LOCALIZADO por mis términos, y si afirmo que estoy localizado por mis términos, es porque no los considero como válidos en mi pensamiento. Estoy verdaderamente congelado por mis términos, por una serie de terminaciones. Y por FUERA que ande en este momento mi pensamiento, sólo puedo hacerlo pasar por esos términos, tan controvertidos para él, tan paralelos, tan confusos como puedan ser, con el riesgo de dejar, en esos momentos, de pensar.

  Si uno al menos pudiera disfrutar de su nada, si uno pudiese reposar en su nada y que esa nada no fuera una especie de ser pero tampoco la muerte total.

  Es tan tortuoso no existir más, dejar de ser en alguna cosa. El dolor verdadero es sentir en uno mismo cómo se desplaza el pensamiento. Pero el pensamiento en sí no es un sufrimiento. Estoy en el punto en que la vida ya no me concierne, pero con todos los apetitos y el parpadeo insistente del ser dentro de mí. Sólo tengo una ocupación, rehacerme.

  No hay una concordancia de las palabras con el minuto de mis estados.

  «Pero si es algo normal, pero si a todo el mundo le faltan palabras, usted es demasiado duro con usted mismo, al escucharlo no da esa impresión, usted se expresa perfectamente en francés, pero le da una importancia excesiva a las palabras».

  Son todos unos farsantes, desde el inteligente hasta el obtuso, desde el astuto hasta el torpe, son unos cretinos, quiero decir que ustedes son todos unos perros, quiero decir que ladran hacia fuera, que se empecinan en no comprender. Me conozco y eso me es suficiente, y eso debe ser suficiente, me conozco porque asisto a mí mismo, asisto a Antonin Artaud.

  —Usted se conoce pero lo vemos, vemos perfectamente lo que hace.

  —Sí, pero ustedes no ven mi pensamiento.

  En cada uno de los estados de relojería pensante hay agujeros, detenciones, entiéndanme bien, no quiero decir en el tiempo, quiero decir en una cierta clase de espacio (yo me entiendo); no me refiero a un pensamiento en extensión, un pensamiento en duración de pensamientos, quiero decir UN pensamiento, uno solo, y un pensamiento EN INTERIOR, pero no quiero decir un pensamiento de Pascal, un pensamiento filosófico, quiero decir la detención deformada, la esclerosis de cierto estado. ¡Y entiende! Me considero en mi nimiedad. Pongo el dedo en el punto exacto de la grieta, del desplazamiento inconfesado. Ya que el espíritu es más reptiloide que ustedes mismos. Señores, se esconde como la serpiente, se esconde hasta amenazar a nuestras lenguas, quiero decir hasta dejarlas en suspenso. Soy ése, el que mejor ha sentido el asombroso desconcierto de su lengua en sus relaciones con el pensamiento. Soy el que mejor ha ubicado el punto de sus más secretos, de sus más insospechables desplazamientos. Me extravío auténticamente en mis pensamientos, como en un sueño, como se introduce súbitamente en su pensamiento.

  Yo soy el que conoce los escondrijos de la pérdida.

  Toda escritura es una cochinada.

  Los que salen de la vaguedad para querer determinar lo que sea de lo que pasa en su pensamiento son unos cochinos. Todos los literatos son cochinos y en especial los de esta época.

  Todos los que en su espíritu tienen hitos, en cierto lugar de la cabeza es lo que quiero decir; en lugares bien localizados de su cerebro, todos esos que son amos de su lengua, todos esos para quienes las palabras tienen algún sentido, para quienes existen niveles en el alma y corrientes en el pensamiento, aquellos que se consideran el espíritu de su época, y que han encasillado esas corrientes de pensamiento; pienso en sus tareas específicas, y en ese rechinar de autómata que causa su espíritu en cualquier parte;

  —son unos cochinos.

  Esos que creen que las palabras tienen un sentido y ciertas maneras de ser, esos que tan bien hacen cumplidos, ésos para quienes hay en los sentimientos clases y discuten sobre un grado cualquiera de sus absurdas clasificaciones, los que todavía creen en «términos», esos que agitan ideologías que se van establecido en la época, esos cuyas mujeres hablan tan correctamente y que hablan de las ideas del momento, esos que todavía creen en una dirección del espíritu, esos que siguen caminos, que elevan nombres, que hacen vociferar las páginas de los libros,

  —ésos son los peores cochinos. ¡Muchacho, eres arbitrario! No, pienso en críticos barbudos.

  Y ya se los he dicho: nada de obras, nada de lengua, ninguna palabra, nada de espíritu, nada. Nada, sólo un hermoso Pesa-nervios.

  Una especie de zona incomprensible y bien erecta en el centro de todo el espíritu.

  Y no esperen que les nombre ese todo, en cuántas partes se divide, que les diga cuánto pesa, que marche, que me preste a discutir sobre ese todo y que en la disputa me pierda y me ponga así sin saberlo a PENSAR —y que se esclarezca, que viva, que se cubra de infinidad de palabras todas bien saturadas de sentido, todas diversas y capaces de echar luz sobre las actitudes, todos los matices de un muy sensitivo y penetrante pensamiento.

  ¡Ah! esos estados que nunca se nombran, esos eminentes estados del alma, ¡ah! esos intervalos del espíritu, ¡ah! ínfimos frustrados que son el pan cotidiano de mis horas, ah, ese pueblo rumiante de datos, —siempre son las mismas palabras las que me sirven y en verdad no parezco desplazarme demasiado en mi pensamiento, pero me muevo más que ustedes en la realidad, cabezas de asnos, cochinos pertinentes, maestros del fraudulento verbo, cachivacheros de retratos, folletinistas, rastreros, entomólogos, herboristas, llaga de mi lengua.

  Ya les he dicho: que yo ya no tenga mi lengua no es una razón para que ustedes persistan, para que se obstinen con la lengua.

  Dentro de diez años seré comprendido por esos que hoy harán lo que ustedes hacen. Se conocerán entonces mis témpanos, se verán mis hielos, habrán aprendido a desnaturalizar mis venenos, se descubrirán los juegos de mi alma.

  Entonces todos mis cabellos estarán condensados en cal, todas mis venas mentales, entonces se observará mi bestiario, y mi música se habrá transformado en un sombrero. Entonces se verá salir humo de las juntas de las piedras y ramos umbríos de ojos mentales se solidificarán en glosarios, se verán entonces caer aerolitos de piedras, entonces se verán sogas, entonces se comprenderá la geometría sin espacios y se aprenderá lo que es la disposición del espíritu y también se comprenderá por qué mi espíritu no está aquí, entonces verán agotarse todas las lenguas, disecarse todos los espíritus, entumecerse la totalidad de las lenguas, las figuras humanas se achatarán, se consumirán como siendo chupadas por ventosas secantes, y esa tela lubricante seguirá dotando en el aire, esa tela lubricante y cáustica, esa membrana de doble espesor, de múltiples grados, de incontables grietas, esa membrana melancólica y vítrea, pero tan sensible, tan adecuada también, tan capaz de multiplicarse, de desmontarse, de volverse sobre sí con sus reverberaciones de grietas, de sentidos, de estupefacientes, de irrigaciones penetrantes y venosas, entonces todo esto les parecerá bien, y ya no será preciso que yo hable.

Descarga: Italo Calvino - Cuentos populares italianos, 2 volúmenes

No hay comentarios. :

Descarga: Italo Calvino - Cuentos populares italianos, 2 volúmenes

«Si en una época de mi actividad literaria me atrajeron los “folk-tales”, los “fairy-tales”, no era por fidelidad a una tradición étnica ni por nostalgia de las lecturas infantiles, sino por interés estilístico y estructural, por la economía, el ritmo, la lógica esencial con que son narrados».

Sólo un escritor tan sabio y versátil como Italo Calvino podía llevar a buen término la tarea de seleccionar los doscientos mejores cuentos de la tradición popular italiana, aquí publicados íntegramente acompañados de un extenso prólogo y anotados por el propio Calvino. A lo largo de dos años Calvino escogió, entre un cúmulo de narraciones recopiladas durante casi dos siglos, las versiones más bellas y originales y las tradujo al italiano a partir de los dialectos en que habían sido compiladas y en algún caso, enriqueció la versión con ayuda de sus variantes, enlazando con ligeras invenciones las partes aparentemente eludidas o mutiladas.

Osvaldo Soriano – Julio Cortázar: un escritor, un país, un desencuentro

No hay comentarios. :

Osvaldo Soriano – Julio Cortázar: un escritor, un país, un desencuentro


Pocos días después de la muerte de Julio Cortázar escribí este artículo y unas líneas a mis amigos José María y Sonia Pasquini. Con su consentimiento transcribo parte de esa carta, que me parece hoy una crónica más o menos exacta de aquel rigor mortis. Los puntos suspensivos indican la supresión de párrafos inútiles o menciones a personas a las que no he podido consultar esta publicación.

   
      «París, 20 de febrero de 1984

      Negro, Sonia: […] Estoy abatido por la muerte de Cortázar, por la tremenda soledad que lo rodeaba pese a los amigos; debe ser una ilusión mía, un punto de vista personal y persecutorio, pero era la muerte de un exiliado. El cadáver en su pieza, tapado hasta la mitad con una frazada, un ramo de flores (de las Madres de Plaza de Mayo) sobre la cama, un tomo con la poesía completa de Rubén Darío sobre la mesa de luz. Del otro lado, en la gran pieza, algunos tenían caras dolidas y otros la acomodaban; nadie era dueño de casa —Aurora Bernárdez asomaba como la responsable, el más deudo de los deudos, la pobre— y yo sentí que cualquier violación era posible: apoderarse de los papeles, usar su máquina de escribir, afeitarse con sus hojitas o robarle un libro. Supongo que no habrá ocurrido, pero la tristeza me produjo luego un patatús al hígado […] y tuve que dormir un día entero con pesadillas diversas. En el entierro no éramos muchos; los nicas y los cubanos llegaron con un par de horas de retraso y tuvieron que conformarse con inclinarse ante la tumba que comparte con Carol […] Escribí para Humor una nota que, creo, no es mala, tratando de ser distante y evitando los chimentos, esa violación a la que él escapó siempre. Yo no sabía, pero en el último libro me había dedicado un cuento y apenas pude dejarle un gracias en el respondedor telefónico un día antes de su muerte. Se pensaba que podría salir del hospital el lunes, pero el domingo se terminó todo. El gran hombre estaba ahí y me acordé de la descripción macabra y poética de Víctor Hugo sobre el cadáver de Chateaubriand. […] Me imagino que una vez que uno pasó al otro lado todo da lo mismo, pero el telegrama de Alfonsín, que tardó veinticuatro horas, era de una mezquindad apabullante. Hubo que sacar a empujones a la televisión española que quería filmar el velorio (que no era tal) e impedir que M. […] sacara una foto del cadáver (y no estoy seguro de que no lo haya hecho).

      La gata de Aurora estaba perdida en la casa entre tanta visita (aunque no exageremos, nunca fue una multitud y casi no había franceses) y a la noche se abrieron las alacenas y la heladera y, como pasa en la casa de los muertos solitarios, no había nada de comer y no sé si nadie hizo café o no había; lo que no había era quién lo hiciera en nombre suyo, creo.

      […] De pronto alguien tomaba la iniciativa; uno atendía el teléfono, otro abría la puerta, otro facilitaba el acceso a la pieza donde él estaba a oscuras por eso de la conservación. Dos días así. De pronto yo me encontré ordenando los telegramas y anotando mensajes en su escritorio y se me vino el mundo encima. La violación. No me atreví ni a encender la lámpara. Recibí al embajador (provisional) que le dijo cosas de circunstancia a Aurora, un poco temeroso de que no se dieran cuenta de que representaba al gobierno constitucional y repitió varias veces que el canciller Caputo le había encargado […]».
   

    Hasta aquí la carta. El artículo apareció en Humor y fue reproducido en varios periódicos del exterior.

Dijo que estaba enfermo y que volvería en febrero. Quería eludir a la prensa y escaparle a la admiración beata. Temía que no lo dejaran andar en paz por esas veredas y aquellas plazas que recordaba con la memoria de un elefante herido.

  Pero creo que como todos nosotros le temía, sobre todo, al olvido.

  No fue a la Argentina a recibir homenajes, pero se conmovió hasta las lágrimas la noche en que una multitud reunida en Teatro Abierto lo aplaudió de pie, interminablemente.

  Le dolió, en cambio, la indiferencia del electo gobierno democrático, tan lleno de intelectuales, de escritores, de artistas, de humanistas.

  Le hubiera gustado saludar al presidente Alfonsín. Frente al hotel, la medianoche antes de su partida, le dijo a Hipólito Solari Yrigoyen: «Mandale un abrazo; ojalá que todo le salga bien».

  Hacía veinticinco años que había adherido al socialismo y con ello irritaba —cada uno lo manifestaba a su manera— a militares, peronistas y radicales argentinos. No a todos, claro, pero a los suficientes como para vedarse el camino de los elogios públicos. A su muerte, el gobierno se tomó casi veinticuatro horas para enviar a París un telegrama seco, casi egoísta: «Exprésole hondo pesar ante pérdida exponente genuino de la cultura y las letras argentinas».

  No había en el texto juicio de valor que dejara entrever acuerdos o celebraciones compartidas. Apenas un reconocimiento de argentinidad («genuino») sin mengua. Habrá que reconocer que es un paso adelante respecto de quienes lo habían considerado francés creyendo que con eso lo insultaban.

  Sería una necedad desconocer que Cortázar amaba a Francia, sobre todo a París, y que tenía motivos profundos para vivir allí.

  Llegó a los treinta y siete años y escribió toda su obra en medio de «una gran sacudida existencial». Y lo explicó muchas veces: «Con ese clima particularmente intenso que tenía la vida en París —la soledad al principio; la búsqueda de la intensidad después (en Buenos Aires me había dejado vivir mucho más)—, de golpe, en poco tiempo, se produce una condensación de presente y pasado; el pasado, en suma, se enchufa, diría, al presente y el resultado es una sensación de hostigamiento que me exigía la escritura».

  Así, en tres décadas escribe doce libros de cuentos y cuatro novelas además de una multitud de textos breves y poemas que reunirá en diferentes volúmenes. Su obra mayor, la que iba a conmocionar las letras castellanas, está allí: Bestiario (1951), Final del juego (1956), Las armas secretas (1959), Los premios (1960), Historias de Cronopios y de Famas (1962), Rayuela (1963), Todos los fuegos el fuego (1966), La vuelta al día en ochenta mundos (1967), 62/ Modelo para armar (1968), Último round (1969), Libro de Manuel (1973), Octaedro (1974), Alguien que anda por ahí (1977), Un tal Lucas (1979), Queremos tanto a Glenda (1980), Deshoras (1982).

  Era inevitable: el chauvinismo, la mezquindad de los argentinos —sobre todo de sus intelectuales— se manifestó desde que Cortázar se convirtió en un autor de éxito en el mundo entero. Como no era fácil discutirle su literatura, se cuestionó al hombre indócil y lejano en una suerte de juego de masacre que el propio Cortázar llamaba «parricidio».

  «Lo que siempre me molestó un poco fue que los que me reprochaban la ausencia de la Argentina fueran incapaces de ver hasta qué punto la experiencia europea había sido positiva y no negativa para mí y, al serlo, lo era indirectamente por repercusión, en la literatura de mi país, dado que yo estaba haciendo una literatura argentina: escribiendo en castellano y mirando muy directamente hacia América Latina».

  Desde que conoció la revolución cubana, Julio Cortázar hizo política a su manera; generoso, pero nunca ingenuo, adhirió al socialismo y apoyó a la izquierda, de Fidel Castro a Salvador Allende, de François Mitterrand a los sandinistas de Nicaragua, de los insurgentes de El Salvador a los patriotas de Puerto Rico.

  No fue, sin embargo, un incondicional. Si nunca lo explicitó públicamente, sus desacuerdos con los revolucionarios aparecían cada vez que predominaba el dogmatismo ideológico y las libertades eran conculcadas. Pero Cortázar, al evitar la ambigüedad, supo impedir que sus críticas fueran recuperadas por el imperialismo, al que tanto había combatido.

  Desde 1979 dedicó lo mejor de su asombrosa fuerza física y moral a apoyar y servir a la revolución sandinista.

  Cometió errores, por supuesto, pero fue el primero en criticarse y aceptar sus equivocaciones. Fue leal con sus ideas y con sus amistades. No quiso regalarle su literatura a nadie y por eso la preservó renovadora y libre hasta el final.

  Su combate contra la dictadura argentina le ganó otros adversarios, además de los militares que lo habían amenazado de muerte. No era antiperonista, como se dijo, sino que detestaba los métodos fascistas de cierto «justicialismo» autoritario.

  De joven —y lo explicó mil veces—, no entendió el fenómeno de masas que se aglutinó en torno a Perón como tampoco había comprendido, de estudiante, el populismo democrático de Yrigoyen. Ya maduro se pronunció por una ideología, una manera de interpretar el mundo que, cuando no está encaminada o dirigida desde un partido, suele ser vista como pura utopía o snobismo.

  En 1973, cuando viajó a la Argentina, compartió las mejores horas con Rodolfo Walsh, Paco Urondo y otros intelectuales que desde el peronismo combativo creían posible la edificación de una sociedad más justa.

  Cortázar compartió ese entusiasmo pero desconfiaba de las intenciones de Juan Perón y su entorno de ultraderecha: la masacre de Ezeiza y la ofensiva lopezreguista lo hicieron desistir de su idea de volver al país por un tiempo prolongado para ponerse a disposición de la juventud.

De aquellos sueños pronto convertidos en pesadilla habló brevemente en Buenos Aires en noviembre de 1983. La llegada al gobierno de Raúl Alfonsín le parecía un paso adelante, una barrera contra el autoritarismo. Veía en el pensamiento del nuevo Presidente la esperanza de una vida democrática por la que él había luchado desde el extranjero.

  No podía ser radical, como muchos intelectuales de turno lo hubieran querido, porque conocía las flaquezas de las clases medias (de las que él había surgido), sobre todo cuando tienen el poder. Pero quería, como todos sus amigos, que Alfonsín y los suyos tuvieran éxito.

  Como todos los grandes, Cortázar se ganó la admiración de los jóvenes, de los que no han negociado sus principios ni declinado su fe en un mundo mejor, menos acartonado y solemne. Este hombre, su obra colosal, los representará más allá de la coyuntura política: mientras otros vacilaban ante la dictadura, él dio el ejemplo de un compromiso que le acarreó prohibición, desdén, olvido, injusticia.

  Casi nunca hablaba de sí mismo sino en función de los otros. Era tímido y parecía distante. Quería y se dejaba querer sin andar diciéndolo, con ese pudor tan orgulloso que lo hacía escapar a la veneración y sorprenderse de su propia fama.

  Tenía nostalgia de una nueva novela que nunca escribiría porque Latinoamérica le quitaba dulcemente el tiempo.

  Solía trabajar entre dos aviones, en París, en Managua, en Londres, en Nairobi o en la autopista del sur. «Me consideraré hasta mi muerte un aficionado, un tipo que escribe porque le da la gana, porque le gusta escribir, pero no tengo esa noción de profesionalismo literario, tan marcada en Francia, por ejemplo».

  Sus novelas, poemas, ensayos, tangos y hasta una historieta-folletín de denuncia (Fantomas contra los vampiros multinacionales) muestran hasta qué punto su arte consistió en tratar las obsesiones del alma, el impiadoso destino de los hombres, como un juego permanente, como una profanación saludable y revitalizadora.

  Si Arlt y Borges habían dado vida a la literatura argentina, Cortázar le agregó alegría, desenfado, desparpajo para sondear el profundo misterio del destino humano.

  «La violación del hombre por la palabra, la soberbia venganza del verbo contra su padre, llenaban de amarga desconfianza toda meditación de Oliveira, forzado a valerse de su propio enemigo para abrirse paso hasta un punto en que pudiera licenciarlo y seguir —¿cómo y con qué medios, en qué noche blanca o en qué tenebroso día?— hasta una reconciliación total consigo mismo y con la realidad que habitaba». (Rayuela, cap. 19).

  No le disgustaba que calificaran su literatura de «fantástica», aun cuando es tanto más que eso. Deploraba la solemnidad y el realismo y polemizaba con los cultores de la literatura «útil». Me dijo un día: «Te cambio Rayuela, Cien años de soledad y todas las otras por Paradiso».

  Escribió, sin embargo, varios textos «comprometidos» de notable eficacia, porque eran perfectas metáforas: «Graffitti», «Recortes de prensa», «Segunda vez» y también una novela, Libro de Manuel, que en 1973 fue como una bofetada para muchos guerrilleristas solemnes que, de inmediato, renegaron del Padre literario. Cortázar no lograba ser ceremonioso ni siquiera con los revolucionarios, quizás el futuro de las revoluciones se lo agradecerá.

  Los derechos de autor de Libro de Manuel fueron destinados a la ayuda de los presos políticos de la Argentina; los de su reciente (con Carol Dunlop) Los autonautas de la cosmopista son para el sandinismo nicaragüense. Sus amigos saben que muchos otros dineros, que pudo haber guardado, fueron a alimentar causas populares, periódicos, necesidades comunes.

  Para vivir se conformaba con lo necesario: «Mis discos, un poco de tabaco, un techo, una camioneta para gozar del paisaje».

  Tres mujeres contaron en su vida. Enterró a la última, Carol, de quien estaba enamorado y murió en brazos de la primera, Aurora Bernárdez. La otra, Ugné Karvelis, fue durante años su agente literaria.

  Sus amigos lo despedimos en el cementerio de Montparnasse, una radiante mañana de febrero.

  No tenía hijos, lo sobreviven su madre y una hermana en Buenos Aires. En la historia entran sus libros, los ecos de una vida digna.

  Lo heredarán por generaciones millones de lectores y un país que nunca terminó de aceptarlo porque le debía demasiado.

  Las citas han sido extraídas de Conversaciones con Cortázar, de Ernesto González Bermejo (Edhasa, Barcelona, 1978) y de reportajes y conversaciones con el autor de este artículo.



En Rebeldes, soñadores y fugitivos

13 de abr. de 2015

Descarga: Günter Grass - El tambor de hojalata, prólogo de Mario Vargas Llosa

1 comentario :

Descarga: Günter Grass - El tambor de hojalata

El tambor de hojalata fue considerado de difícil lectura cuando se publicó en 1959. El tiempo le ha otorgado la facilidad de las obras maestras, la indiscutible afirmación de su propio genio, la talla enorme de su desmesurada inventiva, la clara penetración de su crítica cruel, casi masoquista (de alemán sobre Alemania). La historia de Óscar, el pequeño que no quería crecer, es uno de los símbolos literarios más entrañables de nuestro tiempo. El tambor de hojalata es, sin ninguna exageración, uno de los libros que el siglo XX dejará en la Historia de la Literatura. Nadie sabrá leer nuestro presente sin haberlo leído.

El día de su tercer cumpleaños es un fecha determinante en la vida de Oscar, el pequeño que no quería crecer. No sólo es el día en que toma la decisión de dejar crecer, sino que recibe su primer tambor de hojalata, objeto que habrá de convertirse en compañero inseparable para el resto de sus días.

La crítica mordaz, la ironía despiadada, el espectacular sentido del humor y la libertad creadora con que Günter Grass construye esta obra maestra convierten a El tambor de hojalata en uno de los títulos más destacados de la historia de la literatura.

Con prólogo de Mario Vargas Llosa, semblanza biográfica de Francisco J. Satué y una ojeada retrospectiva de Günter Grass.

Anton Chejov - El arte no debe resolver los problemas

No hay comentarios. :

Anton Chejov - El arte no debe resolver los problemas


A veces profeso la herejía, pero aún no he llegado al extremo de renegar por completo de los problemas del arte. En mis conversaciones con mis colegas escritores insisto siempre en el hecho de que no corresponde al artista resolver problemas específicos. Un artista no debe ocuparse de cosas que no comprende. Para los problemas especiales existen entre nosotros especialistas; a ellos corresponde juzgar las comunidades rurales, las suertes del capital, los daños del alcoholismo, las botas, las enfermedades femeninas… El artista, por su parte, sólo debe juzgar lo que comprende; su campo es limitado, como el de cualquier otro especialista: es algo que repito y sobre lo que insisto siempre. Sólo quien no ha escrito nunca y no se ha ocupado nunca de las imágenes puede decir que en su esfera no hay problemas, sólo respuestas. El artista observa, elige, intuye, asocia; ya de por sí esos actos presuponen, en principio, un problema; si desde el inicio uno no se plantea un problema, no tiene nada que intuir ni que elegir. […]

Tiene usted razón cuando exige del artista la conciencia de la propia labor, pero confunde usted dos conceptos: la solución del problema y su planteamiento justo. Para el artista sólo esto último es obligatorio. En Anna Karénina y en Onieguin no se resuelve ningún problema; ahora bien, esas obras son plenamente satisfactorias porque en ellas todas las cuestiones están planteadas justamente. Un tribunal tiene la obligación de hacer preguntas; luego deciden los miembros del jurado, cada uno según su parecer.

  (A Alekséi Suvorin, Moscú, 27 de octubre de 1888)

En Sin trama y sin final, 99 consejos para escritores