30 de mar. de 2015

Descarga: Howard Mumma - El existencialista hastiado - Conversaciones con Albert Camus

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Hace ya 50 años, en París, el existencialista Albert Camus entabló amistad con el reverendo Howard Mumma: el nobel francés añoraba una trascendencia que alejase al mundo del sinsentido, y en su búsqueda puso en juego toda la racionalidad que desplegó en sus obras.

Editado por primera vez en castellano, el extraordinario testimonio de Mumma recoge extensos y profundos diálogos con Camus y Sartre, y muestra hasta qué punto un existencialista hastiado luchó por alcanzar una fe que le diese aquello que el mundo no le daba.

Descarga: Ochenta poemas de la Generación del 27

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Ochenta poemas de la Generación del 27 es una antología dirigida al alumnado de Primaria que ve la luz gracias a la colaboración entre la Consejería de Educación y la Diputación de Málaga. 

Las dos instituciones unen sus esfuerzos con ocasión de la celebración del ochenta aniversario de la constitución del grupo poético del 27, en recuerdo del acto de homenaje a Góngora que estos poetas llevaron a cabo en el Ateneo de Sevilla en aquel año de 1927.

Descarga: Peter Singer - Liberación animal

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Esta revolucionaria obra ha inspirado un movimiento mundial de defensa de los derechos de los animales que aspira a transformar nuestra actitud y eliminar la crueldad que se les inflige. Peter Singer niega el «especismo», es decir, la creencia de que la especie humana es superior a todas las demás. Expone la escalofriante realidad de las granjas y los procedimientos de experimentación, destrozando las justificaciones que los defienden y ofreciendo alternativas a un dilema moral, social y medioambiental.

26 de mar. de 2015

Alessandro Baricco – Agamenón

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Alessandro Baricco – Agamenón


Lloraron sobre aquel cuerpo durance toda la noche. Le habían lavado la sangre y el polvo, y en las heridas habían echado un ungüento delicadísimo. Para que no perdiera su belleza, le habían introducido por la nariz ambrosía y néctar. Luego depositaron el cuerpo sobre el lecho fúnebre, envuelto en una delgada tela de lino, y cubierto con una túnica blanca. Patroclo. Era sólo un muchacho, ni siquiera estoy seguro de que fuera un héroe. En esos momentos habían hecho de él un dios.

Surgió el alba, sobre sus lamentaciones, y llegó el día que para siempre iba a recordar como el día de mi final. Le llevaron a Aquiles las armas que los mejores artesanos aqueos había fabricado para él, aquella misma noche, trabajando con arte divina. Las depositaron a sus pies. Él seguía abrazado al cuerpo de Patroclo y estaba sollozando. Volvió su mirada hacia las armas. Y los ojos le brillaron con una luz siniestra. Eran armas como nadie había visto o había llevado nunca. Parecían hechas por un dios para un dios. Eran una tentación a la que de ninguna manera podría resistirse Aquiles.
De modo que se levantó, al final, se alejó de aquel cuerpo y, gritando y moviéndose a grandes pasos entre las naves, llamó a los guerreros a la asamblea. Comprendí que nuestra guerra iba a decidirse allí cuando vi llegar, corriendo, incluso a los timoneles de las naves o a los despenseros de las cocinas, gente que nunca participaba en las asambleas. Pero aquel día vinieron ellos también, apiñándose junto a los héroes y a los príncipes, para conocer su propio destino. Yo esperé a que estuvieran todos sentados. Esperé a que llegara Ayante y a que Ulises ocupara su lugar, en primera fila. Los vi llegar renqueantes a causa de sus heridas. Luego, en último lugar, entré en la asamblea.
Aquiles se levantó. Todos callaron. «Agamenón», dijo, «No fue una gran idea que tú y yo nos peleáramos por una muchacha. Ojalá hubiera muerto de inmediato, en cuanto subió a mi nave, así tantos aqueos no habrían mordido la tierra infinita mientras yo permanecía sentado lejos, prisionero de mi cólera. Pero, sea como sea, ya es hora de dominar el corazón dentro del pecho y de olvidar el pasado. Hoy abandono yo mí ira y vuelvo a luchar. Reúne tú a los aqueos y exhórtalos para que combatan junto a mí, para que así los troyanos dejen de dormir junto a nuestras naves.»

Por todas partes los guerreros estaban exultantes. En medio de todo aquel gran clamor yo tomé la palabra. Permanecí en mi asiento y pedí que guardaran silencio. Yo, el rey de reyes, tuve que pedir que guardaran silencio. Luego dije: «Mucho me habéis reprochado que aquel día arrebatara yo a Aquiles su presente de honor. Y hoy sé que me equivoqué. Pero ¿no se equivocan también los dioses? La estupidez tiene los pies ligeros y ni siquiera roza el suelo, pero camina sobre la cabeza de los hombres para su perdición: y se apodera de ellos, uno tras otro, cuando más le apetece. Se apoderó de mí ese día y me arrebató el juicio.

Hoy quiero compensar aquel error ofreciéndote infinitos regalos, Aquiles.»
Estuvo escuchándome atentamente. Luego dijo que aceptaba mis regalos, pero no ese día, ese día debía entrar en combate sin más dilación, porque una gran empresa lo estaba esperando. Estaba tan locamente ávido de guerra que no habría sido capaz de esperar ni una hora siquiera.

Entonces se levantó Ulises. «Aquiles», dijo, «no puedes llevar a un ejército en ayunas al combate. Tendrán que luchar durante todo el día, hasta la puesta de sol: y sólo quien haya comido y bebido podrá perseverar en la batalla con corazón audaz y miembros resistentes. Escúchame: haz que los guerreros regresen a las naves para prepararse una comida. Y, mientras tanto, hagamos que Agamenón traiga sus regalos hasta aquí, en medio de la asamblea, para que todos puedan verlos y admirarlos. Y luego deja que delante de todos Agamenón jure de manera solemne que no se ha unido a Briseida del modo en que se unen hombres y mujeres. Tu corazón estará más sereno cuando entres en combate. Y tú, Agamenón, organiza un rico banquete en tu tienda para Aquiles, de manera que la justicia que se le debe sea completa. Es digno de un rey pedir excusas, si es que ha ofendido a alguien.»

Así habló. Pero Aquiles no quería ni oír hablar de todo aquello. «La tierra está cubierta por los muertos que Héctor ha sembrado tras de sí, ¿y vosotros queréis comer? Ya comeremos cuando el sol se ponga: yo quiero que este ejército luche hambriento.
Patroclo yace cadáver y espera venganza: yo os digo que ni comida ni bebida pasarán por mi garganta antes de que se la haya proporcionado. En este momento, a mí qué me importan los banquetes o los regalos. Yo lo que quiero es sangre, y catástrofes, y lamentos.»

Así habló. Pero Ulises no era alguien que diera su brazo a torcer. Otro cualquiera hubiera agachado la cabeza, yo lo habría hecho, pero él no lo hizo. «Aquiles, el mejor de todos los aqueos, tú eres más fuerte que yo manejando la lanza, eso es seguro, pero yo soy más sabio que tú, porque soy viejo y he visto muchas cosas. Acepta mi consejo. Será una dura batalla y nos espera un enorme esfuerzo antes de ganarla. Justo es que lloremos a nuestros muertos, pero ¿acaso tenemos que hacerlo con el estómago? ¿No es también nuestro derecho reponernos del cansancio y, con comida y con vino, recuperar ¡as fuerzas? A los que mueran enterrémoslos con el ánimo fuerte, y llorémosles desde el alba hasta la puesta del sol. Pero luego pensemos cambien en nosotros, para que podamos volver a perseguir al enemigo con vigor, sin tregua, sin desmayo, bajo nuestras armas de bronce. De manera que yo ordeno que nadie vaya hasta el campo de batalla sin antes haber comido y bebido: todos juntos, más tarde, nos lanzaremos sobre los tróvanos, desencadenando atroz combate.»

Así habló. Y lo obedecieron. Y Aquiles lo obedeció. Ulises se hizo acompañar de algunos jóvenes y se fue a mí tienda. Fue sacando, uno a uno, los regalos que había prometido: trípodes, caballos, mujeres, oro. Y Briseida. Lo llevó todo al centro de la asamblea y luego me miró. Me levanté. La herida del brazo me estaba haciendo enloquecer, pero me levanté. Yo, el rey de reyes, elevé los brazos al cielo y delante de todos ruve que decir estas palabras: «Yo juro ante Zeus, y cambien ante la Tierra y el Sol, y ante las Erinies, que nunca he puesto mi mano encima de esta muchacha que se llama Briseida, y que nunca he compartido el lecho con ella. Ha permanecido en mi rienda, y ahora la restituyo intacta. Que los dioses me inflijan penas terribles si lo que he dicho no es cierto.»

No mentía. Yo me había apoderado de aquella muchacha, pero no de su corazón. La vi llorar sobre el cuerpo de Patroclo y la oí hablar como nunca la había oído: «¡Patroclo, tú que eras tan amado por mí! Cuando te dejé estabas vivo y ahora, al volver, te hallo muerto. No hay fin para mis desventuras. Vi morir a mi marido, desgarrado por la lanza de Aquiles; y vi morir a todos mis hermanos delante de las murallas de mi ciudad. Y cuando lloraba por ellos tú me consolabas y con dulzura me decías que me llevarías a Fría y que allí Aquiles me tomaría por esposa, y que todos juntos celebraríamos las bodas, con gran alegría. Aquella dulzura es la que lloro ahora al llorar por tí, Patroclo.» Y abrazaba aquel cuerpo, sollozando, entre los lamentos de las otras mujeres.

Aquiles esperó a que el ejército se alimentara. El no quiso tocar ni la comida ni el vino. Cuando los hombres empezaron a salir de nuevo de sus tiendas y de las naves, preparados para la batalla, él se colocó sus nuevas armas. Las hermosas espinilleras, con refuerzos de plata para los tobillos; la coraza, alrededor del pecho; la espada, colgada al hombro; el yelmo, en la cabeza, refulgente como una estrella. Y la lanza, la famosa lanza que su padre le había entregado para dar muerte a los héroes. Por último, embrazó el escudo: era enorme y poderoso, despedía un resplandor como el de la luna. El cosmos entero estaba allí representado: la tierra y las aguas, los hombres y los astros, los vivos y los muertos. Nosotros luchábamos empuñando nuestras armas: aquel hombre iría al combate aferrando el mundo entero.

Lo vi, resplandeciente como el sol, subir a su carro y gritar a sus caballos inmortales que lo llevaran a la venganza. Los culpaba de no haber sido capaces de evitarle la muerte a Patroclo, marchándose rápidamente de la batalla. Por ello les gritaba e insultaba. Y dice la leyenda que ellos respondieron: bajando el hocico y arrancándose (as riendas, le respondieron con voz humana. Y le dijeron: correremos veloces como el viento, Aquiles, pero más veloz que nosotros corre tu destino, al encuentro con la muerte.



En Homero, Ilíada

Friedrich Nietzsche – Bello y feo

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Friedrich Nietzsche – Bello y feo


Bello y feo. Nada está más condicionado, o, digamos, limitado, que nuestro sentimiento de lo bello. Quien desease pensarlo separado del placer del hombre en el hombre perdería inmediatamente el suelo en que asienta sus pies. Lo «bello en sí» es meramente una palabra, ni siquiera un concepto. En lo bello el hombre se pone a sí mismo como medida de la perfección; en casos escogidos se adora a sí mismo ahí. Una especie no puede menos de decir «sí» de esa manera a sí misma, y solo a sí misma. 

Su instinto más bajo, el de autoconservación y autoampliación, sigue haciéndose sentir en esas sublimidades. El hombre cree que el mundo mismo está repleto de belleza, pero se olvida a sí mismo como su causa. Él y solo él le ha conferido belleza, solo que, ¡ay!, una belleza muy humana demasiado humana… En el fondo, el hombre se refleja en las cosas, tiene por bello cuanto le devuelve reflejada su imagen: el juicio «bello» es su vanidad de la especie… En efecto, al escéptico una pequeña desconfianza puede lícitamente susurrarle al oído: ¿está realmente embellecido el mundo por el hecho de que precisamente el hombre lo toma por bello? Lo ha humanizado: eso es todo. Pero nada, absolutamente nada nos garantiza que precisamente el hombre constituya el modelo de lo bello. ¿Quién sabe qué aspecto presenta él a ojos de un juez más alto en materia de gusto? ¿Quizá atrevido?, ¿quizá incluso hilarante?, ¿quizá un poco arbitrario?… «Oh, Dioniso, divino, ¿por qué me tiras de las orejas?», preguntó Ariadna una vez a su filosófico amante, en uno de aquellos famosos diálogos de Naxos. «Encuentro algo humorístico en tus orejas, Ariadna: ¿por qué no son todavía más largas?».


En El crepúsculo de los ídolos

Traducción: José Carlos Mardomingo Sierra

Jean Cocteau - Situación de Mallarmé

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Jean Cocteau - Situación de Mallarmé


Una juventud apasionada de lo maravilloso y del cinismo prefiere cualquier medium de feria, cualquier estafador, a este tipo de hombre honrado, de burgués íntegro, de aristócrata exquisito, de obrero piadoso, de orfebre: Mallarmé. Humano, demasiado humano. Confieso, por mí parte, una vez desaparecida la sombra que lo aureolaba, que ya no veo más que el modern-style de la orfebrería.

Si Mallarmé talla piedras, es, más bien que un diamante, una amatista, un ópalo, una gema sobre la tiara de Herodías, en el museo Gustave Moreau.

Rimbaud ha robado sus diamantes; ¿pero dónde? He aquí el enigma.

Mallarmé, el sabio, no os cansa. Merece esa dedicatoria sospechosa de Las flores del mal, que Gautier no merece. Rimbaud conserva el prestigio del encubrimiento, de la sangre; en él, el diamante está tallado con vistas a un robo con fractura, con el único fin de cortar un cristal, una luna de escaparate.

Los verdaderos maestros de la juventud, entre 1912 y 1930, fueron Rimbaud, Ducasse, Nerval, Sade.

Mallarmé influye más bien sobre el estilo del periodismo.

Baudelaire presenta arrugas, pero conserva una juventud asombrosa.

Cada verso de Mallarmé fue, desde su origen, una bella arruga, fina, estudiosa, noble, profunda. Este aspecto, más viejo que eterno, impide que su obra envejezca a trozos y la da toda una apariencia arrugada, análoga a la de las líneas de la mano, líneas que serían decorativas en vez de ser proféticas.

Nada más triste que el diario de Jules Renard; nada demuestra mejor el horror a las Letras. Él ha debido decirse: «Todos son bajos, pequeños, arribistas. Nadie se atreve a confesarlo; yo lo confesaré y seré único». Y ello provoca en el lector impío y a quien le gustaba Renard, una opresión insuperable.

Abandona uno ese breviario del hombre de letras, del arrivismo íntegro, con la seguridad de que las ranas han encontrado rey. (Entiendo por ranas lo que se atrapa con un trozo de cinta roja).

Unos pocos polvos insecticidas aniquilarían esos volúmenes que nos escuecen, que nos impiden releer Pelo de zanahoria.

Supongo que muchos periodistas no quieren mentir, pero que mienten por ese mecanismo de la poesía y de la Historia que deforman lentamente para lograr el estilo. Esta deformación aplicada de manera inmediata, produce la mentira. Ahora bien; no sé si esa mentira, gracias a la cual los hechos deben a la larga su relieve, es útil sin la perspectiva. Creo que los hechos relatados con fidelidad, en caliente, al día siguiente tendrían mil veces más fuerza.



En Opio  
Traducción: Julio Gómez de la Serna
Imagen: © Man Ray Trust ARS-ADAGP

Descarga: Dylan Thomas - Manifiesto poético

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En el verano de 1951 un joven de veintiún años que estaba trabajando en una tesis sobre Dylan Thomas le formuló cinco preguntas, que el poeta le pidió le redactase por escrito para poder estudiarlas antes de contestar. Las preguntas eran las siguientes: 1. ¿Por qué empezó a escribir poesía? ¿Cómo empezó y qué poetas o poemas influyeron sobre usted? 2. Se ha dicho que tres influencias dominantes se destacan en su obra: Joyce, la Biblia y Freud. ¿Es cierto? 3. ¿Usa deliberadamente todos los recursos poéticos en sus trabajos? ¿o simplemente "surgen"? 4. ¿Usa usted las combinaciones de palabras de manera surrealista? 5. ¿Cuál es su definición de la poesía. Estas fueron sus respuestas.

25 de mar. de 2015

Carlos Fuentes - Borges. La plata del río

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Carlos Fuentes - Borges. La plata del río


Cuando lo leí por primera vez, en Buenos Aires, y yo sólo tenía quince años de edad, Borges me hizo sentir que escribir en español era una aventura mayor, e incluso un mayor riesgo, que escribir en inglés. La razón es que el idioma inglés posee una tradición ininterrumpida, en tanto que el castellano sufre de un inmenso hiato entre el último gran poeta del Siglo de Oro, que fue una monja mexicana del siglo XVII, Sor Juana Inés de la Cruz, y el siguiente gran poeta, que fue Rubén Darío, un nicaragüense andariego de fines del siglo XIX; y una interrupción todavía más grande entre la más grande novela, la novela fundadora del Occidente, Don Quijote, y los siguientes grandes novelistas, Galdós y Clarín, en el siglo XIX.

Borges abolió las barreras de la comunicación entre las literaturas, enriqueció nuestro hogar lingüístico castellano con todas las tesorerías imaginables de la literatura de Oriente y Occidente, y nos permitió ir hacia adelante con un sentimiento de poseer más de lo que habíamos escrito, es decir, todo lo que habíamos leído, de Homero a Milton y a Joyce. Acaso todos, junto con Borges, eran el mismo vidente ciego.

Borges intentó una síntesis narrativa superior. En sus cuentos, la imaginación literaria se apropió todas las tradiciones culturales a fin de darnos el retrato más completo de todo lo que somos, gracias a la memoria presente de cuanto hemos dicho. Las herencias musulmana y judía de España, mutiladas por el absolutismo monárquico y su doble legitimación, la fe cristiana y la pureza de la sangre, reaparecen, maravillosamente frescas y vitales, en las narraciones de Borges. Seguramente, yo no habría tenido la revelación, fraternal y temprana, de mi propia herencia hebrea y árabe, sin historias como En busca de Averroes, El Zahir y El acercamiento a Almotásim.

Decidí también nunca conocer personalmente a Borges. Decidí cegarme a su presencia física porque quería mantener, a lo largo de mi vida, la sensación prístina de leerlo como escritor, no como contemporáneo, aunque nos separasen cuatro décadas entre cumpleaños y cumpleaños. Pero cuatro décadas, que no son nada en la literatura, sí son mucha vida. ¿Cómo envejecería Borges, tan bien como algunos, o tan mal como otros? A Borges yo lo quería sólo en sus libros, visible sólo en la invisibilidad de la página escrita, una página en blanco que cobraría visibilidad y vida sólo cuando yo leyese a Borges y me convirtiese en Borges…

Y mi siguiente decisión fue que, un día, confesaría mi confusión al tener que escoger sólo uno o dos aspectos del más poliédrico de los escritores, consciente, de que al limitarme a un par de aspectos de su obra, por fuerza sacrificaré otros que, quizás, son más importantes. Aunque quizás pueda reconfortarnos la reflexión de Jacob Bronowsky sobre el ajedrez: Las movidas que imaginamos mentalmente y luego rechazamos son parte integral del juego, tanto como las movidas que realmente llevamos a cabo. Creo que esto también es cierto de la lectura de Borges.

Pues en verdad, el repertorio borgeano de los posibles y los imposibles es tan vasto, que se podrían dar no una sino múltiples lecturas de cada posibilidad o imposibilidad de su canon.

Borges el escritor de literatura detectivesca, en la cual el verdadero enigma es el trabajo mental del detective en contra de sí mismo, como si Poirot investigara a Poirot, o Sherlock Holmes descubriese que Él es Moriarty.

Pero a su lado se encuentra Borges el autor de historias fantásticas, iluminadas por su celebrada opinión de que la teología es una rama de la literatura fantástica. Ésta, por lo demás, sólo tiene cuatro temas posibles: la obra dentro de la obra; el viaje en el tiempo; el doble; y la invasión de la realidad por el sueño.

Lo cual me lleva a un Borges dividido entre cuatro:

Borges el soñador despierta y se da cuenta de que ha sido soñado por otro.

Borges el filósofo crea una metafísica personal cuya condición consiste en nunca degenerar en sistema.

Borges el poeta se asombra incesantemente ante el misterio del mundo, pero, irónicamente, se compromete en la inversión de lo misterioso (como un guante, como un globo), de acuerdo con la tradición de Quevedo: «Nada me asombra. El mundo me ha hechizado»

Borges el autor de la obra dentro de la obra es el autor de Pierre Menard que es el autor de Don Quijote que es el autor de Cervantes que es el autor de Borges que es el autor de…

El viaje en el tiempo, no uno, sino múltiples tiempos, el jardín de senderos que se bifurcan, «infinitas series de tiempo… una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos…».

Y finalmente, el doble.

«Hace años —escribe Borges y acaso escribo yo— yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas», escribe él, escribo yo y escribimos los dos, Borges y yo, infinitamente: «No sé cuál de los dos escribe esta página».

Es cierto: cuando Borges escribe esta célebre página, Borges y yo, el otro Borges es otro autor —la tercera persona, él— pero también es otro lector —la primera persona, yo— y el apasionado producto de esta unión sagrada a veces, profana otras: Tú, Lector Elector.

De esta genealogía inmensamente rica de Borges como poeta, soñador, metafísico, doble, viajero temporal y poeta, escogeré ahora el tema más humilde del libro, el pariente pobre de esta casa principesca: Borges el escritor argentino, el escritor latinoamericano, el escritor urbano latinoamericano. Ni lo traiciono ni lo reduzco. Estoy perfectamente consciente de que quizás otros asuntos son más importantes en su escritura que la cuestión de saber si en efecto es un escritor argentino, y de ser así, cómo y por qué.

Pero toda vez que se trata de un tema que preocupó al propio Borges (testigo: su célebre conferencia sobre El escritor argentino y la tradición) quisiera acercarme, de pasada, a Borges hoy, cuando los linajes más virulentos del nacionalismo literario han sido eliminados del cuerpo literario de la América Latina, a través de unas palabras que él escribió hace unos cincuenta años: «Todo lo que hagamos con felicidad los escritores argentinos pertenecerá a la tradición argentina».

En Argentina, circundado por la llanura chata e interminable, el escritor sólo puede evocar el solitario ombú. Borges inventa por ello un espacio, el Aleph, donde pueden verse, sin confundirse, «todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos».

Yo puedo hacer lo mismo en la capilla indobarroca de Tonantzintla, sin necesidad de escribir una línea. Borges debe inventar el jardín de senderos que se bifurcan, donde el tiempo es una serie infinita de tiempos. Yo puedo mirar eternamente el calendario azteca en el Museo de Antropología de la Ciudad de México hasta convertirme en tiempo —pero no en literatura.

Y sin embargo, a pesar de estas llamativas diferencias que, prima facie, me exceptúan de tener que imaginar a Tlön, Uqbar u Orbis Tertius pero que imponen la imaginación de la ausencia a un escritor argentino como Borges, un mexicano y un argentino compartimos un lenguaje, sin duda, aunque también compartimos un ser dividido, un doble dentro de cada nación o, para parafrasear a Disraeli, las dos naciones dentro de cada nación latinoamericana y dentro de la sociedad latinoamericana en su conjunto, del Río Bravo al Estrecho de Magallanes.

Dos naciones, urbana y agraria, pero también real y legal. Y entre ambas, a horcajadas entre la nación real y la nación legal, la ciudad, partícipe así de la cultura urbana como de la agraria. Nuestras ciudades, compartiendo cada vez más los problemas, pero intentando resolverlos con una imaginación literaria sumamente variada, de Gonzalo Celorio en México a Nélida Piñon en Brasil, de José Donoso en Chile a Juan Carlos Onetti en Uruguay.

Sin embargo, consideremos que acaso todos los proyectos de salvación del interior agrario —la segunda nación— han provenido de la primera nación y sus escritores urbanos, de Sarmiento en la Argentina a Da Cunha en Brasil a Gallegos en Venezuela. Cuando, contrariamente, tales proyectos han surgido, como alternativas auténticas, de la segunda nación profunda, la respuesta de la primera nación centralista ha sido la sangre y el asesinato, de la respuesta a Túpac Amaru en el Alto Perú en el siglo XVIII, a la respuesta a Emiliano Zapata en Morelos en el siglo XX.

Consideremos entonces a Borges como escritor urbano, más particularmente como escritor porteño, inscrito en la tradición de la literatura argentina.

Entre dos vastas soledades —la pampa y el océano—, el silencio amenaza a Buenos Aires y la ciudad lanza entonces su exclamación: ¡Por favor, verbalícenme!

Borges verbaliza a Buenos Aires en una breve narración, La muerte y la brújula, donde, en pocas páginas, el autor logra entregarnos una ciudad del sueño y la muerte, de la violencia y la ausencia, del crimen y la desaparición, del lenguaje y el silencio…

¿Cómo lo hace?

Borges ha descrito a la muerte como la oportunidad de redescubrir todos los instantes de nuestras vidas y recombinarlos libremente como sueños. Podemos lograr esto, añade, con el auxilio de Dios, nuestros amigos y Guillermo Shakespeare.

Si el sueño es lo que, al cabo, derrota a la muerte dándole forma a todos los instantes de la vida, liberados por la propia muerte, Borges naturalmente emplea lo onírico para ofrecernos su propia, y más profunda, visión de su ciudad: Buenos Aires. En La muerte y la brújula, sin embargo, Buenos Aires nunca es mencionada. Pero —sin embargo seguido— es su más grande y más poética visión de su propia ciudad, mucho más que en cuentos de aproximación naturalista, como Hombre de la esquina rosada.

Él mismo lo explica diciendo que La muerte y la brújula es una especie de súcubo en la que se hallan elementos de Buenos Aires, pero deformados por la pesadilla… «Pese a los nombres alemanes o escandinavos, ocurre en un Buenos Aires de sueños: la torcida Rue de Toulon es el Paseo de Colón». Borges piensa en las casas de campo de Adrogué y las llama Triste-le-Roy. Cuando la historia fue publicada, sus amigos le dijeron que en ella encontraron el sabor de los suburbios de Buenos Aires. Ese sabor estaba allí, dice Borges, porque él no se propuso meterlo allí de la misma manera que El Corán es un libro árabe aunque en él no aparece un solo camello. Borges se abandonó al sueño. Al hacerlo, logró lo que, nos dice, durante años había buscado en vano…

Buenos Aires es lo que había buscado, y su primer libro de poemas nos dice cómo lo había buscado, con fervor, Fervor de Buenos Aires. Pero la realidad de Buenos Aires sólo se ha hecho presente, al cabo, mediante un sueño, es decir, mediante la imaginación. Yo también busqué, siendo muy joven, esa ciudad y sólo la encontré, como Borges, en estas palabras de La muerte y la brújula: «El tren paró en una silenciosa estación de cargas. [Él] bajó. Era una de esas tardes desiertas que parecen amaneceres».

Esta metáfora, cuando la leí, se convirtió en la leyenda de mi propia relación con Buenos Aires: el instante delicado y fugitivo, como diría Joyce, la súbita realidad espiritual que aparece en medio del más memorable o del más corriente de nuestros días. Siempre frágil, siempre pasajera: es la epifanía.

A ella me acojo, al tiempo que, razonablemente, digo que a través de estos autores argentinos, A de Aira, B de Bianco, Bioy y Borges —las tres Bees, aunque no las Tres Abejas— y C de Cortázar, comprendo que la presencia bien puede ser un sueño, el sueño una ficción y la ficción una historia renovable a partir de la ausencia.

La ficción argentina es, en su conjunto, la más rica de Hispanoamérica. Acaso ello se deba al clamor de verbalización que mencioné antes. Pero al exigir palabras con tanto fervor, los escritores del Río de la Plata crean una segunda historia, tan válida como y acaso más que la primera historia. Esto es lo que Jorge Luis Borges logra en La muerte y la brújula, obligándonos a adentrarnos más y más en su obra.

¿Cómo procede Borges para inventar la segunda historia, convirtiéndola en un pasado tan indispensable como el de la verdadera historia? Una respuesta inmediata sería la siguiente: Al escritor no le interesa la historia épica, es decir, la historia concluida, sino la historia novelística, inconclusa, de nuestras posibilidades y ésta es la historia de nuestras imaginaciones.

La ensayista argentina Beatriz Sarlo sugiere esta seductora teoría: Borges se ha venido apropiando, sólo para irlas dejando atrás, numerosas zonas de legitimación, empezando con la pampa, que es la tierra de sus antepasados: «Una amistad hicieron mis abuelos / con esta lejanía / y conquistaron la intimidad de la pampa». En seguida la ciudad de Buenos Aires: «Soy hombre de ciudad, de barrio, de calle…», «Las calles de Buenos Aires ya son la entraña de mi alma» para culminar con la invención de las orillas, la frontera entre lo urbano y lo rural que antes mencioné y que le permite a Borges instalarse, orillero eterno, en los márgenes, no ya de la historia argentina, sino de las historias europeas y asiáticas también. Ésta es la legitimación final de la escritura borgeana.

Pero si esta trayectoria es cierta en un sentido crítico, en otro produce un resultado de coherencia perfecta con la militancia de Borges en la vanguardia modernista de su juventud: El proyecto de dejar atrás el realismo mimético, el folklore y el naturalismo.

No olvidemos que Borges fue quien abrió las ventanas cerradas en las recámaras del realismo plano para mostrarnos un ancho horizonte de figuras probables, ya no de caracteres clínicos. Éste es uno de sus regalos a la literatura hispanoamericana. Más allá de los sicologismos exhaustos y de los mimetismos constrictivos, Borges le otorgó el lugar protagónico al espejo y al laberinto, al jardín y al libro, a los tiempos y a los espacios.

Nos recordó a todos que nuestra cultura es más ancha que cualquier teoría reductivista de la misma —literaria o política—. Y que ello es así porque la realidad es más amplia que cualquiera de sus definiciones.

Más allá de sus obvias y fecundas deudas hacia la literatura fantástica de Felisberto Hernández o hacia la libertad lingüística alcanzada por Macedonio Fernández, Borges fue el primer narrador de lengua española en las Américas (Machado de Assis ya lo había logrado, milagrosamente, en la lengua portuguesa del Brasil) que verdaderamente nos liberó del naturalismo y que redefinió lo real en términos literarios, es decir, imaginativos. En literatura, nos confirmó Borges, la realidad es lo imaginado.

Esto es lo que he llamado, varias veces, la Constitución Borgeana: Confusión de todos los géneros, rescate de todas las tradiciones, creación de un nuevo paisaje sobre el cual construir las casas de la ironía, el humor y el juego, pero también una profunda revolución que identifica a la libertad con la imaginación y que, a partir de esta identificación, propone un nuevo lenguaje.

Borges nos enseñó a comprender, en primer lugar, la realidad relativista aunque incluyente del tiempo y el espacio modernos. No puede haber sistemas de conocimiento cerrados y autosuficientes, porque cada observador describirá cualquier acontecimiento desde una perspectiva diferente. Para hacerlo, el observador necesita hacer uso de un lenguaje. Por ello, el tiempo y el espacio son elementos de lenguaje necesarios para que el observador describa su entorno (su «circunstancia» orteguiana).

El espacio y el tiempo son lenguaje.

El espacio y el tiempo constituyen un sistema descriptivo abierto y relativo.

Si esto es cierto, el lenguaje puede alojar tiempos y espacios diversos, precisamente los «tiempos divergentes, convergentes y paralelos» del Jardín de senderos que se bifurcan, o los espacios del Aleph, donde todos los lugares son y pueden ser vistos simultáneamente.

De este modo, el tiempo y el espacio se convierten, en las ficciones de Borges, en protagonistas, con los mismos títulos que Tom Jones o Anna Karenina en la literatura realista. Pero cuando se trata de Borges, nos asalta la duda: ¿son solamente todo tiempo y todo espacio —inclusivos— o son también nuestro tiempo y nuestro espacio —relativos?

Borges, escribe André Maurois, se siente atraído por la metafísica, pero no acepta la verdad de sistema alguno. Este relativismo lo aparta de los proponentes europeos de una naturaleza humana universal e invariable que, finalmente, resulta ser sólo la naturaleza humana de los propios ponentes europeos —generalmente miembros de la clase media ilustrada—. Borges, por lo contrario, ofrece una variedad de espacios y una multiplicación de temas, cada uno distinto, cada uno portador de valores que son el producto de experiencias culturales únicas pero en comunicación con otras. Pues en Europa o en América —Borges y Alfonso Reyes lo entendieron inmediatamente en nuestro siglo, a favor de todos nosotros—, una cultura aislada es una cultura condenada a desaparecer.

En otras palabras: Borges le hace explícito a nuestra literatura que vivimos en una diversidad de tiempos y espacios, reveladores de una diversidad de culturas. No está solo, digo, ni por sus antepasados, de Vico a Alberdi, ni por su eminente y fraternal conciudadano espiritual, Reyes, ni por los otros novelistas de su generación o próximos a ella. Borges no alude a los componentes indios o africanos de nuestra cultura: Miguel Ángel Asturias o Alejo Carpentier se encargan de eso. Pero quizás sólo un argentino —desesperado verbalizador de ausencias— pudo echarse a cuestas la totalidad cultural del Occidente a fin de demostrar, no sé si a pesar de sí mismo, la parcialidad de un eurocentrismo que en otra época nuestras repúblicas aceptaron formalmente, pero que hoy ha sido negado por la conciencia cultural moderna.

Pero aun cuando Borges no se refiere temáticamente a este o aquel asunto latinoamericano, en todo momento nos ofrece los instrumentos para re-organizar, amplificar y caminar hacia adelante en nuestra percepción de un mundo mutante cuyos centros de poder, sin tregua, se desplazan, decaen y renuevan. Qué lástima que estos mundos nuevos rara vez estén de acuerdo con la tierna aspiración borgeana: «Una sociedad secreta, benévola… surgió para inventar un país».

Entretanto, enigmática, desesperada y despertante, la Argentina es parte de la América española. Su literatura pertenece al universo de la lengua española: el reino de Cervantes. Pero la literatura hispanoamericana también es parte de la literatura mundial, a la que le da y de la cual recibe.

Borges junta todos estos cabos. Pues cuando afirmo que la narrativa argentina es parte de la literatura de Hispanoamérica y del mundo, sólo quiero recordar que es parte de una forma incompleta, la forma narrativa que por definición nunca es, sino que siempre está siendo en una arena donde las historias distantes y los lenguajes conflictivos pueden reunirse, trascendiendo la ortodoxia de un solo lenguaje, una sola fe o una sola visión del mundo, trátese, en nuestro caso particular, de lenguajes y visiones de las teocracias indígenas, de la contra-reforma española, de la beatitud racionalista de la Ilustración, o de los cresohedonismos corrientes, industriales y aun post-industriales.

Todo esto me conduce a la parte final de lo que quiero decir: el acto propiamente literario, el acontecimiento de Jorge Luis Borges escribiendo sus historias.

El crítico ruso Mijail Bajtin, quizás el más grande teórico de la novela en el siglo XX, indica que el proceso de asimilación entre la novela y la historia pasa, necesariamente, por una definición del tiempo y el espacio. Bajtin llama a esta definición el cronotopo —cronos, tiempo y topos, espacio—. En el cronotopo se organizan activamente los acontecimientos de una narración. El cronotopo hace visible el tiempo de la novela en el espacio de la novela. De ello depende la forma y la comunicabilidad de la narración.

De allí, una vez más, la importancia decisiva de Borges en la escritura de ficción en Hispanoamérica. Su economía e incluso su desnudez retórica, tan alabadas, no son, para mí, virtudes en sí mismas. A veces sólo se dan a costa de la densidad y la complejidad, sacrificando el agustiniano derecho al error. Pero esta brevedad, esta desnudez, sí hacen visibles la arquitectura del tiempo y del espacio. Establecen al cronotopo, con la venia del lector, como la estrella del firmamento narrativo.

En El Aleph y en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, el protagonista es el espacio, con tantos méritos como el de la heroína de una novela realista. Y el tiempo lo es en Funes el memorioso, Los inmortales y El jardín de senderos que se bifurcan. Borges, en todas estas historias, observa un tiempo y un espacio totales que, a primera vista, sólo podrían ser aproximados mediante un conocimiento total. Borges, sin embargo, no es un platonista, sino una especie de neoplatonista perverso. Primero postula una totalidad. En seguida, demuestra su imposibilidad.

Un ejemplo evidente. En La Biblioteca de Babel, Borges nos introduce en una biblioteca total que debería contener el conocimiento total dentro de un libro total. En primer término, nos hace sentir que el mundo del libro no está sujeto a las exigencias de la cronología o a las contingencias del espacio. En una biblioteca están presentes todos los autores y todos los libros, aquí y ahora, cada libro y cada autor contemporáneos en sí mismos y entre sí, no sólo dentro del espacio así creado (el Aleph, la Biblioteca de Babel) sino también dentro del tiempo: los lomos de Dante y Diderot se apoyan mutuamente, y Cervantes existe lado a lado con Borges. La biblioteca es el lugar y el tiempo donde un hombre es todos los hombres y donde todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare son Shakespeare.

¿Podemos entonces afirmar que la totalidad de tiempo y espacio existe aquí, dentro de una biblioteca que idealmente debería contener un solo libro que es todos los libros, leído por un solo lector que es todos los lectores?

La respuesta dependería de otra pregunta: ¿Quién percibe esto, quién puede, simultáneamente, tener un libro de Cervantes en una mano, un libro de Borges en la otra y recitar, al mismo tiempo, una línea de Shakespeare? ¿Quién posee esta libertad? ¿Quién es no sólo uno sino muchos? ¿Quién, incluso cuando el poema, como dijo Shelley, es uno y universal, es quien lo lee? ¿Quién, incluso cuando, de acuerdo con Emerson, el autor es el único autor de todos los libros jamás escritos, es siempre diverso? ¿Quién, después de todo, los lee: al libro y al autor? La respuesta, desde luego es: , el lector. O Nosotros, los lectores.

De tal forma que Borges ofrece un libro, un tiempo, un espacio, una biblioteca, un universo, únicos, totales, pero vistos y leídos y vividos por muchos lectores, leyendo en muchos lugares y en tiempos múltiples. Y así, el libro total, el libro de libros, justificación metafísica de la biblioteca y el conocimiento totales, del tiempo y el espacio absolutos, son imposibles, toda vez que la condición para la unidad de tiempo y espacio en cualquier obra literaria es la pluralidad de las lecturas, presentes o futuras: en todo caso, potenciales.

El lector es la herida del libro que lee: por su lectura se desangra toda posibilidad totalizante, ideal, de la biblioteca en la que lee, del libro que lee, o incluso la posibilidad de un solo lector que es todos. El lector es la herida de Babel. El lector es la fisura en la torre de lo absoluto.

Borges crea totalidades herméticas. Son la premisa inicial, e irónica, de varios cuentos suyos. Al hacerlo, evoca una de las aspiraciones más profundas de la humanidad: la nostalgia de la unidad, en el principio y en el fin de todos los tiempos. Pero inmediatamente, traiciona esta nostalgia idílica, esta aspiración totalitaria, y lo hace, ejemplarmente, mediante el incidente cómico, mediante el accidente particular.

Funes el memorioso es la víctima de una totalidad hermética. Lo recuerda todo. Por ejemplo: siempre sabe qué hora es, sin necesidad de consultar el reloj. Su problema, a fin de no convertirse en un pequeño dios involuntario, consiste en reducir sus memorias a un número manejable: digamos, cincuenta o sesenta mil artículos del recuerdo. Pero esto significa que Funes debe escoger y representar. Sólo que, al hacerlo, demuestra estéticamente que no puede haber sistemas absolutos o cerrados de conocimiento. Sólo puede haber perspectivas relativas a la búsqueda de un lenguaje para tiempos y espacios variables.

La verdad es que todos los espacios simultáneos de El Aleph no valen un vistazo de la hermosa muerta, Beatriz Viterbo, una mujer en cuyo andar había «una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis», aunque también había en ella «una clarividencia casi implacable», compensada por «distracciones, desdenes, verdaderas crueldades».

Borges: La búsqueda del tiempo y el espacio absolutos ocurren mediante un repertorio de posibilidades que hacen de lo absoluto, imposible o, si se prefiere, relativo.

En el universo de Tlön, por ejemplo, todo es negado: «el presente es indefinido… el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente… el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente». Pero esta negación de un tiempo tradicional —pasado, presente y futuro—, ¿no le da un valor supremo al presente como tiempo que no sólo contiene, sino que le da su presencia más intensa, la de la vida, al pasado recordado aquí y ahora, al futuro deseado hoy? El repertorio es inagotable.

En Las ruinas circulares, pasado, presente y futuro son afirmados como simultaneidad mientras, de regreso en Tlön, otros declaran que todo tiempo ya ocurrió y que nuestras vidas son sólo «el recuerdo o reflejo crepuscular, y sin duda falseado y mutilado, de un proceso irrecuperable».

Estamos en el universo borgeano de la crítica creativa, donde sólo lo que es escrito es real, pero lo que es escrito quizás ha sido inventado por Borges. Por ello, resulta tranquilizador que una nota a pie de página recuerde la hipótesis de Bertrand Russell, según la cual el universo fue creado hace apenas algunos minutos y provisto de una humanidad que «recuerda» un pasado ilusorio.

Sin embargo, pienso que la teoría más borgeana de todas es la siguiente: «La historia del universo… es la escritura que produce un dios subalterno para entenderse con un demonio».

Todo lo cual quiere decir, en última instancia, que cada uno de nosotros, como Funes, como Borges, tú y yo, sus lectores, debemos convertirnos en artistas: escogemos, relativizamos, elegimos: somos Lectores y Electores. El cronotopo absoluto, la esencia casi platónica que Borges invoca una y otra vez en sus cuentos, se vuelve relativo gracias a la lectura. La lectura hace gestos frente al espejo del Absoluto, le hace cosquillas a las costillas de lo Abstracto, obliga a la Eternidad a sonreír. Borges nos enseña que cada historia es cosa cambiante y fatigable, simplemente porque, constantemente, está siendo leída. La historia cambia, se mueve, se convierte en su(s) siguiente(s) posibilidad(es), de la misma manera que un hombre puede ser un héroe en una versión de la batalla, y un traidor en la siguiente.

En El jardín de senderos que se bifurcan, el narrador concibe cada posibilidad del tiempo, pero se siente obligado a reflexionar que «todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos».

Sólo en el presente leemos la historia. Y aun cuando la historia se presente como la única versión verdadera de los hechos, nosotros, los lectores, subvertimos inmediatamente semejante pretensión unitaria. El narrador de El jardín…, por ejemplo, lee, dentro de la historia, dos versiones «del mismo capítulo épico». Es decir: lee no sólo la primera versión, la ortodoxa, sino una segunda versión heterodoxa. Escoge «su» capítulo épico o coexistente, si así lo desea, con ambas, o con muchas, historias.

  En términos históricos latinoamericanos, esto quiere decir que el lector de Borges no sólo lee la Conquista sino la Contraconquista, no sólo la Reforma, sino la Contra Reforma y ciertamente, en términos aún más borgeanos, no sólo lee la Revolución, sino también la Contra Revolución.

El narrador de El jardín… en verdad, no hace más que definir a la novela en trance de separarse de la épica. Pues la novela podría definirse, por supuesto, como la segunda lectura del capítulo épico. La épica, según Ortega y Gasset, es lo que ya se conoce. La novela es el siguiente viaje de Ulises, el viaje hacia lo que se ignora. Y si la épica, como nos dice Bajtin, es el cuento de un mundo concluido, la novela es la azarosa lectura de un mundo naciente: la renovación del Génesis mediante la renovación del género.

Por todos estos impulsos, la novela es un espejo que refleja la cara del lector. Y como Jano, el lector de novelas tiene dos caras. Una mira hacia el futuro, la otra hacia el pasado. Obviamente, el lector mira al futuro. La novela tiene como materia lo incompleto, es la búsqueda de un nuevo mundo en el proceso de hacerse. Es el mundo de Napoleón Bonaparte y sus hijos, Julien Sorel, Rastignac, Becky Sharp. Son los hijos de Waterloo. Pero a través de la novela, el lector encarna también el pasado, y es invitado a descubrir la novedad del pasado, la novedad de Don Quijote y sus descendientes: somos los hijos de La Mancha.

La tradición de La Mancha es la otra tradición de la novela, la tradición oculta, en la que la novela celebra su propio génesis gracias a las bodas de tradición y creación. Cervantes oficia en el inicio mismo de esta ceremonia narrativa, que alcanza una de sus cumbres contemporáneas en la obra de Jorge Luis Borges gracias a una convicción y práctica bien conocidas de sus ficciones: la práctica y la convicción de que cada escritor crea sus propios antepasados.

Cuando Pierre Menard, en una famosa historia de Borges, decide escribir Don Quijote, nos está diciendo que en literatura la obra que estamos leyendo se convierte en nuestra propia creación. Al leerlo, nos convertimos en la causa de Cervantes. Pero a través de nosotros, los lectores, Cervantes o, en su caso, Borges, se convierten en nuestros contemporáneos, así como en contemporáneos entre sí.

En la historia de Pierre Menard autor de Don Quijote, Borges sugiere que la nueva lectura de cualquier texto es también la nueva escritura de ese mismo texto, que ahora existe en ese anaquel junto con todo lo que ocurrió entre su primer y sus siguientes lectores.

  
Lejos de las historias petrificadas que con los puños llenos de polvo archivado lanzan anatemas contra la literatura, la historia de Borges le ofrece a sus lectores la oportunidad de re-inventar, re-vivir el pasado, a fin de seguir inventando el presente. Pues la literatura se dirige no sólo a un futuro misterioso, sino a un pasado igualmente enigmático. El enigma del pasado nos reclama que lo releamos constantemente. El futuro del pasado depende de ello.

Creo, con Borges, que el significado de los libros no está detrás de nosotros. Al contrario: nos encara desde el porvenir. Y tú, el lector, eres el autor de Don Quijote porque cada lector crea su libro, traduciendo el acto finito de escribir en el acto infinito de leer.


En La gran novela latinoamericana
Imagen: Francisco Gómez

Descarga: Franz Kafka - Aforismos, visiones y sueños

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Kafka se ha convertido en el autor del mundo moderno por antonomasia. Su obra refleja los temores, las inseguridades y la alienación psicológica del ser humano en la sociedad industrializada y secularizada. No obstante, Kafka no alcanzó el éxito literario en vida: su dedicación a la literatura tenía algo de compulsivo, siniestro, como si al escribir fundiera el camino de la salvación y el de la condenación. A pesar de ello, el éxito literario póstumo del que ha gozado demuestra la profunda convicción del hombre moderno de que su obra ha captado elementos esenciales de nuestra existencia. Para facilitar al lector un acercamiento al universo de Kafka, acometemos con la presente selección la empresa de sistematizar algunos de los aforismos, visiones y sueños principales que fecundaron su obra: los elementos esenciales que determinan el mundo kafkiano, que pueden servir tanto de introducción para los neófitos, como de profundización para los ya iniciados.

20 de mar. de 2015

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Los Cuentos Fantásticos (cuatro volúmenes publicados entre 1814 y 1815, de los que aquí se incluye una selección), llevaban un prefacio de Jean Paul, el famoso autor de Los sueños y popularizador del romanticismo. Están escritos a la manera de «Los Marchen», bajo la influencia de Novalis. Son la obra más completa de Hoffmann y tuvieron un enorme éxito a partir de la composición de Offenbach. En estos cuentos «von Callots Manier», Hoffmann se plantea su obsesión primordial, la posibilidad de dominar los dos principios antagonistas del arte: el sueño y la realidad.

Osvaldo Soriano – Borges, el símbolo de un encono permanente

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Osvaldo Soriano – Borges, el símbolo de un encono permanente


Este es un réquiem a Jorge Luis Borges, escrito el mismo día de su muerte a pedido de Il Manifesto. El diario quería que yo intentara explicar lo inexplicable: por qué el más grande escritor de este siglo había preferido vivir en Buenos Aires, pero morir y ser sepultado en Suiza.

En la Argentina, Borges tiene demasiados estudiosos de su obra y nadie espera que un novelista que ni siquiera lo conoció le rinda homenaje sin ir a hurgar en las tripas de sus cuentos y poemas inolvidables. Recién al cumplirse el primer aniversario del fallecimiento, Jorge Lanata me pidió que publicara el artículo en el suplemento Culturas, de Página/12.

De cuantos he leído, mi cuento preferido es «El muerto». Siempre pensé que la peor desgracia que puede ocurrirle a un escritor es intentar escribir a la manera de Borges, Cortázar o Bioy Casares. Si uno siente la necesidad de tomar prestada una voz hasta afinar la propia, lo mejor es acudir a una de tono menor. Por eso de las estridencias y los vecinos.


Cuando supo que iba a morir, Borges debe haber sentido un irrefrenable deseo de reencontrar su lejanísima juventud en Ginebra. De un día para otro levantó su casa de la calle Maipú, en Buenos Aires, despidió a Fanny, la mucama que lo había cuidado durante treinta años, y se casó con María Kodama, que era su asistente, su lazarillo, su amiga desde hacía más de una década.

Como lo había hecho Julio Cortázar en Buenos Aires dos años antes, Borges fue a mirarse al espejo que reflejaba los días más ingenuos y radiantes de su juventud. Cortázar, en cambio, necesitaba asomarse al sucio Riachuelo que Borges había mistificado en poemas y cuentos donde los imaginarios compadritos del arrabal asumían un destino de tragedia griega.

Curiosa simetría la de los dos más grandes escritores de este país: Cortázar, espantado por el peronismo y la mediocridad, decidió vivir en Europa desde la publicación de sus primeros libros, en 1951. Fue en París que asumió su condición de latinoamericano por encima de la mezquina fatalidad de ser argentino.

Borges, en cambio, no pudo vivir nunca en otra parte. Tal vez porque estaba ciego desde muy joven y se había inventado una Buenos Aires exaltante y épica que nunca existió. Un universo donde sublimaba las frustraciones y el honor perdido de una clase que había construido un país sin futuro, una factoría próspera y desalmada.

Borges se creía un europeo privilegiado por no haber nacido en Europa. Aprendió a leer en inglés y en francés pero hizo más que nadie en este siglo para que el castellano pudiera expresar aquello que hasta entonces solo se había dicho en latín, en griego, en el árabe de los conquistadores o en el atronador inglés de Shakespeare.

De Las mil y una noches y La Divina Comedia extrajo los avatares del alma que están por encima de las diferencias sociales y los enfrentamientos de clase. De Spinoza y Schopenhauer dedujo que la inmortalidad no estaba vinculada con los dioses y que el destino de los hombres solo podía explicarse en la tragedia. De allí llegó al tango y a los poetas menores de Buenos Aires, los reinventó y les dio el aliento heroico de los fundadores que han cambiado la espada por el cuchillo, la estrategia por la intriga, el mar por el campo abierto. El Rey Lear es Azevedo Bandeira, degradado y oscuramente redimido en «El muerto». Goethe está en el perplejo alemán de «El sur» que va a morir sin esperanza y sin temor en una pulpería de la pampa.

En cada uno de sus textos magistrales, con los que todos tenemos una deuda, un rencor, un irremediable parentesco bastardo, Borges plantea la cuestión esencial —dicotómica para él—, de la deformación argentina: la civilización europea enfrentada a la barbarie americana. Como el escritor Sarmiento y el guerrero Roca, que fundaron la Argentina moderna y dependiente sobre el aniquilamiento de indios, gauchos y negros, Borges vio siempre en las masas mestizas y analfabetas una expresión de salvajismo y bajeza. Pertenecía a una cultura que estaba convencida de que Europa era la dueña del conocimiento y de la razón. Con las ideas de Francia, las naves de Inglaterra y las armas de Alemania se llevó adelante el genocidio «civilizador», la pacificación de esas tierras irredentas. De aquí, de los criollos, solo podía emanar un discurso salvaje, retrógrado, sin sustento filosófico, enigmático frente a la consagrada palabra de Rousseau y Montesquieu.

Borges es el atónito liberal del siglo XIX que se propone poetizar antes que comprender. La ciencia no está entre sus herramientas: ni Hegel, ni Marx, ni Freud, ni Einstein son dignos de ser leídos con el mismo fervor que Virgilio, Plinio, Dante, Cervantes, Schiller o Carlyle. El único mundo posible para Borges era el de la literatura bendecida por cien años de supervivencia. De modo que se dedicó a recrearla, a reescribir enigmas y epopeyas, fantasías y evangelios que iban a contracorriente de las escuelas y las grandes mutaciones de las ideas y las letras. Fue un renovador del estilo, el más colosal que haya dado la lengua española, y esa forma, fluida y asombrosa, nos devolvía a las incógnitas y los asombros de las primeras civilizaciones. Unió, desde su biblioteca incomparable, las culturas que parecían muertas con los estallidos de Melville, Joyce y Faulkner. Su genio consistió en transcribir a una lengua nueva los asombros y los sobresaltos de los papiros y los manuscritos fundacionales. No amaba la música ni el ajedrez, no lo apasionaban las mujeres, ni los hombres, ni la justicia. El día que lo condecoró en Chile la dictadura de Pinochet, el escritor reclamó para estas tierras feroces «doscientos años de dictadura» como medio de curar sus males. Más tarde, cuando Alfonsín derrotó al peronismo, es decir a la barbarie americana, escribió un poema de regocijo y esperanza.

En esos días, Julio Cortázar había retornado a Buenos Aires para verse a sí mismo entre las ruinas que dejaba la dictadura. Iba a morir muy pronto y volvía a reconocer el suelo de su infancia, los zaguanes de sus cuentos y las arboledas de las calles por donde había paseado sus primeros amores. El gobierno lo ignoró (su modelo de intelectual es Ernesto Sabato) y Borges se molestó porque creía que el único contemporáneo al que admiraba no había querido saludarlo.

En verdad, Cortázar —tímido y huidizo— no se atrevió a molestarlo y temía que las diferencias políticas, ahondadas por la distancias, fueran insalvables. Él le debía tanto a Borges como cualquiera de nosotros, o más aún, porque el autor de «El Aleph» le había publicado el primer cuento en la revista Sur.

Muchas veces, en París, evocamos a Borges. Cuando aparecía uno de sus últimos libros o alguna declaración terrible de apoyo a la dictadura. Cortázar sostenía —como todos los que lo admiramos— que había que juzgar al escritor genial por un lado, al hombre insensato por otro. Había que disociarlos para comprenderlos, ir contra todas las reglas de razonamiento para crear otra que nos permitiera amarlo y sentirlo como nuestro a pesar de él mismo.

Porque ese creador de sofismas, que pensaba como el último de los antiguos, nos ha dejado la escritura más moderna y perfecta que se conoce en castellano. La que ha sido más imitada y la que ha dejado más víctimas, porque hoy nadie puede escribir, sin caer en el ridículo, «una vehemencia de sol último lo define», o rematar un cuento con algo que se parezca a «Suárez, casi con desdén, hace fuego», o «En esa magia estaba cuando lo borró la descarga» o «el sueño de uno es parte de la memoria de todos» o «No tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre».

Esta contundencia viene de las lecturas de Sarmiento, pero no tiene continuadores porque la Argentina que ellos imaginaron se fue enfermando a medida que crecía, como los huesos sin calcio. El sueño del conocimiento se convirtió en la pesadilla de la falsificación y varias generaciones de intelectuales escamotearon la realidad o se quedaron prisioneros de ella. La literatura de Borges es la última elegía liberal, el canto del cisne de una inteligencia restallante pero ajena. No por nada los jóvenes de las últimas generaciones quisieran haber escrito El juguete rabioso o Los siete locos, de Roberto Arlt, aunque admiren la simétrica perfección de «Funes el memorioso» y «Las ruinas circulares».

Es que la perfección está tan alejada de lo argentino como el futuro o el pensamiento de los gatos. Borges no es grandilocuente, los argentinos sí. Arlt lo era, también Sarmiento y Cortázar, que se interna, como Borges, en lo fantástico. Pero Cortázar suena a amigo, a compañero, y Borges a maestro, a sabio cínico.

Así como Cortázar había asumido su destino latinoamericano pero no podía separarse de París, Borges vivía en Buenos Aires porque creía que así estaba más cerca de Europa. Antes de morir, ambos fueron a cumplir con el juego de los espejos y las nostalgias: uno en los corralones de Barracas y el empedrado de San Telmo; otro en los parques nevados de Ginebra donde había escrito en latín sus primeros versos y en inglés su primer manual de mitología griega.

Borges fue a morir lejos de Buenos Aires y pidió ser sepultado en Ginebra, como antes Cortázar había preferido que lo enterraran en París.

Fue, quizás, un postrero gesto de desdén para la tierra donde imaginó indómitos compadritos que descubrían la clave del universo, gauchos que temían el castigo de la eternidad, califas que leían el destino en la cara de una moneda china, bibliotecas circulares que descifraban el secreto de la creación.

Pocos son los hombres que han hecho algo por este país y han podido o querido descansar en él. Mariano Moreno, el revolucionario, murió en alta mar; San Martín, el libertador, en Francia; Rosas, el dictador, en Inglaterra; Sarmiento, el civilizador, en Paraguay; Alberdi, el de la Constitución, en París; Gardel, que nos dio otra voz, en Colombia; el Che de la utopía, en la selva de Bolivia.

Es como si el país y su gente no fueran una misma cosa, sino un permanente encono que empuja a la separación, al exilio o al desprecio.



En Rebeldes, soñadores y fugitivos
Imagen: Alejandra López

Roberto Bolaño – El secreto del mal

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Roberto Bolaño – El secreto del mal


Este cuento es muy simple aunque hubiera podido ser muy complicado. También: es un cuento inconcluso, porque este tipo de historias no tienen un final. Es de noche en París y un periodista norteamericano está durmiendo. De pronto suena el teléfono y alguien, en un inglés sin acento de ninguna parte, le pregunta por Joe A. Kelso. El periodista responde que es él y luego mira el reloj. Son las cuatro de la mañana y no ha dormido más de tres horas y está cansado. La voz al otro lado del teléfono le dice que tiene que verlo para transmitirle una información. El periodista pregunta de qué se trata. Como suele suceder con este tipo de llamadas, la voz no suelta prenda. El periodista le pide, al menos, una pista. La voz, en un inglés correctísimo, mucho mejor que el de Kelso, le dice que prefiere verlo personalmente. De inmediato, añade, no hay tiempo que perder. ¿En dónde?, inquiere Kelso. La voz menciona un puente de París. Y añade: En veinte minutos puede llegar caminando. El periodista, que ha tenido cientos de citas semejantes, contesta que en media hora estará allí. Mientras se viste piensa que es una manera bastante torpe de arruinarse la noche, pero al mismo tiempo se da cuenta, con un ligero asombro, de que ya no tiene sueño, que la llamada, pese a su previsibilidad, lo ha desvelado. Cuando llega al puente, cinco minutos más tarde de lo convenido, sólo ve coches. Durante un rato permanece quieto en un extremo, esperando. Luego cruza el puente, que sigue solitario, y tras aguardar unos minutos en el otro extremo finalmente vuelve a cruzarlo y decide dar por concluida la noche y volver a casa y dormir. Mientras camina de regreso a casa piensa en la voz: no era un norteamericano, de eso está seguro, tampoco era un inglés, aunque eso ya no podría asegurarlo. Tal vez un sudafricano o un australiano, piensa, o puede que un holandés, o alguien del norte de Europa que aprendió inglés en la escuela y que luego lo ha ido perfeccionando en distintos países angloparlantes. Cuando cruza una calle oye que alguien lo llama. Señor Kelso. De inmediato se da cuenta de que quien lo ha llamado es la persona que lo ha citado en el puente. La voz sale de un zaguán oscuro. Kelso hace el ademán de detenerse, pero la voz lo conmina a seguir caminando. Cuando llega a la siguiente esquina el periodista se da vuelta y ve que nadie lo sigue. Está tentado a volver sobre sus pasos, pero tras vacilar un instante decide que lo mejor es continuar su camino. De pronto un tipo surge de una bocacalle y lo saluda. Kelso devuelve el saludo. El tipo le tiende una mano. Sacha Pinsky, dice. Kelso estrecha su mano y dice, a su vez, su nombre. El tal Pinsky le palmea la espalda. Le pregunta si le apetece tomar un whisky. En realidad dice: un whiskycito. Le pregunta si tiene hambre. Asegura conocer un bar abierto a esa hora que vende croissants calientes, acabados de hacer. Kelso lo mira a la cara. Pinsky lleva sombrero pero aun así se puede apreciar una jeta blanca, pálida, como si hubiera estado muchos años recluido. ¿Pero en dónde?, piensa Kelso. En una cárcel o en una institución para enfermos mentales. De todas maneras, ya es tarde para echarse atrás y los croissants calientes seducen a Kelso. El local se llama Chez Pain y pese a estar en su barrio, si bien en una calle pequeña y poco frecuentada, es la primera vez que entra y posiblemente la primera vez que lo ve. Los establecimientos a los que suele acudir el periodista están, en su mayoría, en Montparnasse y son lugares aureolados con una cierta ambigua leyenda: el bar donde comió alguna vez Scott Fitzgerald, el bar donde Joyce y Beckett bebieron whisky irlandés, el bar de Hemingway y el bar de John Dos Passos y el bar de Truman Capote y Tennessee Williams. En Chez Pain los croissants son, efectivamente, buenos y están recién hechos y el café no está nada mal. Lo que lleva a Kelso a pensar que el tal Pinsky probablemente sea, posibilidad horrenda, un vecino del barrio. Mientras sopesa esta posibilidad, Kelso se estremece. Un pesado, un paranoico, un loco que observa sin ser, a su vez, observado, alguien a quien le costará sacarse de encima. Bien, dice finalmente, usted dirá. El tipo pálido, que no come y bebe a sorbitos una taza de café, lo mira y sonríe. Su sonrisa es, de alguna manera, una sonrisa en extremo triste, y también cansada, como si sólo con ella se permitiera exteriorizar el cansancio, el agotamiento y la falta de sueño. Cuando deja de sonreír, sin embargo, sus facciones recobran instantáneamente la gelidez.



En El secreto del mal
Imagen: Alejandro Yofre

Adolfo Bioy Casares – El viaje inesperado

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Adolfo Bioy Casares – El viaje inesperado


En la desventura nos queda el consuelo de hablar de tiempos mejores. Con la presente crónica participo en el esfuerzo de grata recordación en que están empeñadas plumas de mayor vuelo que la mía. Para tal empresa no me faltan, sin embargo, títulos. En el año ochenta yo era un joven hecho y derecho. Además he conversado a diario con uno de los protagonistas envueltos en el terrible episodio. Me refiero al teniente coronel (S.R.) Rossi.

A simple vista usted le daba cincuenta y tantos años; no faltan quienes afirman que andaba pisando los noventa. Era un hombre corpulento, de cara rasurada, de piel muy seca, rojiza, oscura, como curtida por muchas intemperies. Alguien comparó su vozarrón, propio de un sargento acostumbrado a mandar, con un clarín que desconocía el miedo.

Inútil negarlo, ante el coronel Rossi me encontré siempre en situación falsa. Le profesaba un vivo afecto. Lo tenía por un viejo pintoresco, valiente, una reliquia de los tiempos en que no había criollos cobardes. (Advierta el lector: lo veía así en el ochenta y en años anteriores). Por otra parte no se me ocultaba que sus arengas por radio, de las 7 a.m., alentaban torvos prejuicios, alardeaban de una suficiencia del todo injustificada y socavaban nuestras convicciones más generosas. A lo mejor por la manía suya de repetir una máxima favorita («Medirás tu amor al país, por tu odio a los otros») dieron en apodarlo el Caín de antes del desayuno. Me cuidé muy bien de protestar por esas burlas. Lo cierto es que si yo estaba con él, trabajábamos y no había terceros; y si estaba con terceros, no estaba con él para sentir su ansiedad por el apoyo de los partidarios más leales (he descubierto que tal ansiedad es bastante común entre gente peleadora). Yo solía decirme que mi deber hacia el viejo amigo y hacia la verdad misma, reclamaba una reconvención de vez en cuando, un toque de atención por lo menos. Nunca fui más allá de poner sobre las íes puntos tan desleídos que ni el coronel ni nadie los notó; y si en alguna ocasión él llegó a notarlos, mostró tanta sorpresa y desaliento, que me apresuré a repetirle que sus exhortaciones eran justas. A veces me pregunté si el que pecaba de soberbia no sería yo; si no estaba tratando a un viejo coronel de la patria como a un niño al que no debe uno tomar en serio. A lo mejor me calumnio. A lo mejor entonces me pareció una pedantería apelar a un ser humano en aras de la verdad, que no era más que una abstracción.

El coronel vivía en una casa modesta, de puertas y ventanas altas, muy angostas, en la calle Lugones. Para ir al baño o a la cocinita había que atravesar un patio con plantas en tinajas y en latas de querosene, si mal no recuerdo. Cuando pienso en Rossi, me lo figuro con el saco de lustrina para el trabajo de escritorio, siempre aseado, activo, frugal.

Todos los días compartíamos el mate y la galleta; los domingos, el mate y los bollitos de Tarragona. Puntualmente, a la misma hora, creo que serían las siete de la tarde, bolsiqueaba la pitanza que me correspondía por las tareas de escribiente y corrector. Debo admitir que la suma, en las anteriores épocas de grandeza y plata fuerte en las que mentalmente él vivía, hubiera significado una retribución magnífica. En resumen, y sobre todo si lo comparo con otros personajes de nuestro gran picadero político, tan diligentes para llenarse las alforjas, tan rumbosos con lo mal habido, no puedo menos que felicitarme por haber hecho mis primeras armas de trabajo al lado de aquel viejo señor despótico, pero recto.

Ahora hablaré del mes de marzo del ochenta y de su terrible calor. Éste nos pareció tan extraordinario que en todo el país fue popular el dístico de mano anónima:

 
    Hay algo cierto, y lo demás no cuenta:
    el calor apretó en el año ochenta.
 

«La ola», como entonces decíamos, sorprendió al coronel en medio de una de esas campañas radiales en que arremetía contra los países hermanos, el blanco predilecto, y contra los extranjeros en general, que sin empacho nos confunden con otros países, como en el ejemplo clásico de cartas, verdaderas o imaginarias, dirigidas a «Buenos Aires, Brasil», y como en el caso del francés que se mostraba escéptico sobre nuestra primavera y nuestro otoño y que por último declaró: «Ustedes tendrán seguramente dos estaciones, la de lluvias y el verano, pero calor todo el año». De la boca para afuera y ante los amigos yo desaprobaba a Rossi; pero en mi fuero interno solía acompañarlo de corazón porque sus peroratas daban rienda suelta a sentimientos que trabajosamente y de mala gana reprimíamos. Rossi rechazaba la idea de que algún país del hemisferio pudiera aventajarnos. Un día me armé de coraje y observé:

—Sin embargo los números cantan. La ciencia estadística no deja lugar a fantasías.

Lo recuerdo como si fuera hoy. En días de gran calor se ponía bajo la papada un pañuelo de inmaculada blancura, a modo de babero para proteger la corbata. Exagerada precaución: mentiría si dijera que alguna vez lo vi sudar. Pasándome un amargo, preguntó:

—¿Desde cuándo, recluta, las estadísticas le merecen tanta confianza?

Amistosamente me llamaba recluta. Insistí:

—¿No es raro que todas coincidan?

—Unas se copian de otras. No me diga que no sabe cómo las confeccionan. El empleado público se las lleva para su casita, donde las llena a piacere, cargando este renglón, raleando aquél, de manera de satisfacer los pálpitos y las expectativas del jefe.

—No le niego —concedí— que las reparticiones públicas trabajen sin la debida contracción; pero hay que rendirse a la evidencia.

—¿Rendirse? Lo que es yo, nunca.

—Y el petróleo venezolano, el oro negro ¿no le dice nada?

—Salga de ahí. No lo va a comparar con nuestra riqueza nacional.

—¿Y el volumen de la producción brasilera?

—Embustes de los norteamericanos, que no nos quieren. ¿O usted me va a negar, recluta, que existe una conjura foránea, perfectamente orquestada, contra los criollos?

—¿No le convendría darse una vuelta y mirar con sus propios ojos? Hoy por hoy, con el costo de la vida, resulta más acomodado tomarse un avión y visitar Río, que no salir de estas cuatro paredes. Dicen que en las playas de Copacabana se ven cositas interesantes.

—No embrome. ¿Quién, en su sano juicio, va a pagar un pasaje para ir a sudar la gota gorda? Si me quedo acá, sé por lo menos que un día de éstos viene un chaparrón y al minuto sopla la fresca viruta.

La gota gorda y la fresca viruta eran dos expresiones típicas del coronel. Cuando uno oía la primera, sabía que poco después vendría la segunda. ¡Qué buenos tiempos!

A pesar de su aguante, en aquel marzo inolvidable el mismo Rossi flaqueó por momentos. Sentía el calor como un insulto. Le molestaba patrióticamente el hecho de que en esos días tan luego visitaran Buenos Aires no recuerdo qué político inglés y qué elenco francés de cómicos de la legua. Se sinceró conmigo:

—Si no viene una refrescada, ¿quién le saca de la cabeza a esa pobre gente que somos un país del trópico? Basta haber ido al cine para comprobar con qué soltura el extranjero nos enjareta un color local rigurosamente latinoamericano.

Como todos nosotros, Rossi vivía entonces con el pensamiento fijo en la situación meteorológica. Aunque a la otra mañana tuviera que madrugar, por nada se tiraba en el catre sin oír el último boletín de media noche. Por aquellos días los boletines hablaban mucho de una batalla celestial entre dos masas de aire, una caliente y otra del polo sur. Noté que para describir el fenómeno, a diferencia de los civiles, en particular de los periodistas, Rossi evitaba los términos militares. Así, en una de sus charlas de las 7 a.m. aseguró: «Del resultado de esta pulseada titánica depende nuestro destino».

Pulseada, nada de batalla. Por cierto si la afirmación concernía fenómenos del cielo era, como se comprobaría demasiado pronto, errónea. El lector sabe que entre el 9 de aquel marzo y el 4 de abril, una serie famosa de movimientos de tierra sacudió, noche a noche, a los argentinos. Tales golpes de traslación, como se les llamaba, alarmaron al país entero, salvo al coronel, a quien distraían de la invariable temperatura agobiadora y lo arrullaban hasta dormirlo agradablemente. Acunado por el sismo soñó con los largos viajes en tren de su infancia. Es claro que no tan largos como los que estaba cumpliendo ahora.

Porque seguía el calor, el despertar fue siempre cruel; pero el peor de todos llegó esa terrible mañana en que el diario trajo una noticia ocultada hasta entonces por el gobierno, en salvaguarda de legítimas susceptibilidades de la población. Según se comentó después, alguien en Informaciones tuvo la idea, para prepararnos un poco, de llamar golpes de traslación a los fenómenos de la corteza terrestre que todas las noches nos fastidiaban; para prepararnos y porque eso, cabalmente, eran: sucesivas traslaciones de la masa continental, de sur a norte, que finalmente dejaron a Ushuaia más arriba del paralelo 25, al norte de donde estuvo antes el Chaco, y a Caracas más arriba del paralelo 50, a la altura de Quebec.

Sin negar que el dolor moral nos alcanzaba a todos, me hice cargo de lo que significaba aquello para un hombre de los principios de Rossi. Por un sentimiento de respeto no quise presentarme en la calle Lugones. Poco después, con apenada sorpresa, oí de boca de uno de los tiranuelos de la radio:

—Lo que amarga a Rossi es que algunos, que se dicen amigos, al suponerlo en situación comprometida, ya no quieren verlo.

No me ofendí. Como si nada, puse a la noche el despertador a las siete y, cuando sonó, a la mañana, prendí la radio. La inconfundible voz del coronel, con su temple y su brío invariables, me probó que el programa se mantenía. Me embargó la emoción. Cuando logré sobreponerme, el vozarrón tan querido estaba diciendo que la Argentina, «después de muchos años de provocación gratuita, en un simple movimiento de mal humor, manifestado en un pechazo titánico, había empujado a sus hermanos linderos hasta el otro hemisferio». Se refirió también a los maremotos, vinculados con nuestro sismo, que produjeron desastres y cobraron vidas en las costas de Europa, de los Estados Unidos y del Canadá. Por último se dolió de la durísima prueba que soportaban los antiguos habitantes del trópico, por su repentino traslado al clima frío. Morirían como moscas. En el fondo de mi corazón yo sabía que mi viejo amigo, dijera lo que dijera, estaba demasiado golpeado, para hallar consuelo. Por desgracia, no me equivocaba. De buena fuente supe que poco después, al ver en una revista una fotografía de brasileros, abrigados con lanas coloradas y entregados con júbilo a la práctica del esquí en laderas del Pan de Azúcar, no pudo ocultar su desaliento. El tiro de gracia le llegó en un misterioso despacho telegráfico, fechado en La Habana, donde el intenso frío habría producido espontáneamente renos, de menor tamaño que los canadienses. Nuestro campeón comprendió entonces que toda lucha era inútil y renunció a la radio. Alguien, que lo había seguido siempre desde el anonimato de la audiencia multitudinaria, se enteró de que Rossi quería retirarse para sobrellevar el dolor a solas y le dio asilo en sus cafetales de Tierra del Fuego. Sobre el escritorio tengo la última fotografía que le tomaron. Se lo ve con una casaca holgada, tal vez de lino, y con un sombrero de paja, de enorme ala circular. Vaya uno a saber por qué, aunque la expresión del rostro no parezca demasiado triste, la fotografía me deprime.



En Historias desaforadas
Imagen: Sara Facio