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4 sep. 2019

Gustav Meyrink - Enfermo

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Gustav Meyrink - Enfermo


La sala de espera del sanatorio estaba concurrida, como siempre; todo el mundo permanecía quieto, esperando a la salud.

  La gente no se hablaba por temor de oír la historia de la enfermedad del otro, o dudas acerca del tratamiento.

  Todo era indeciblemente desolado y aburrido, y las insulsas sentencias y máximas, fijadas en letras negras de brillo sobre cartulinas blancas, obraban como un emético.

  Junto a una mesa, enfrente de mí, estaba sentado un chico, al que yo miraba sin cesar, pues de otro modo tendría que colocar la cabeza en una postura aun más incómoda.

  Vestido con mal gusto parecía infinitamente estúpido, con su frente baja. En sus bocamangas y pantalones puso la madre adornos de encaje blancos.

  * * *

  El tiempo pesaba sobre todos nosotros, nos succionaba como un pulpo.

  No me extrañaría si de pronto toda esa gen-te se levantase de un salto y, sin motivo justificado, lo destruyese todo —mesas, ventanas, lámparas—, como un solo hombre delirante.

  El porqué yo mismo no obraba así me resultaba, en verdad, inexplicable; probablemente dejé de hacerlo por temor de que los demás no me secundaran al mismo tiempo, y de que tuviese que volver a sentarme, avergonzado, después.

  Volví a mirar los adornos de encaje blancos y sentí que el tedio se había hecho aún más torturador y deprimente. Tuve la sensación de soportar en la cavidad bucal una gran esfera gris de caucho, que se hacía cada vez más grande y me estaba desplazando el cerebro.

  En tales momentos de desolación, incluso la idea de cualquier cambio le causa a uno horror.

  El chico iba alineando fichas de dominó en su estuche, pero las sacaba de nuevo con un miedo febril, para volverlas a colocar de otro yodo. Pues, aunque no le sobraba ninguna ficha, el estuche seguía sin llenarse del todo; como él lo esperaba, le faltaba todavía una hilera entera para llegar al borde.

Por fin agarró violentamente el brazo de su madre, señaló con fiera desesperación aquella asimetría, y balbució solamente:

—¡Mamá, mamá!

La madre estaba, precisamente, conversando con su vecina acerca de las sirvientas y otras cosas serias por el estilo, que conmueven el corazón femenino, y dirigió una mirada sin brillo, como un caballo de balancín, al estuche.

—Pon las fichas de través —dijo, finalmente.

En la cara del niño brilló un rayo de esperanza, y de nuevo se puso a la obra con voluptuosa lentitud.

Otra vez transcurrió una eternidad.

Junto a mí crujió un periódico.

Otra vez las máximas se me metieron por los ojos, y me sentí próximo a enloquecer.

¡Ahora! ¡Ahora! La sensación me llegó desde afuera, me saltó a la cabeza, como el verdugo.

Miré fijamente al chico: la cosa venía de él. El estuche estaba lleno ahora, pero, ¡sobraba una ficha!

El chico por poco arrastró a la madre de la silla. Esta, que estaba ya de nuevo hablando de criadas, se levantó y dijo:

—Ahora vamos a la cama, ya has jugado bastante.

El chico no profirió una palabra, sólo miraba alrededor con los ojos dementes, la más salvaje desesperación que jamás había visto.

Me revolví en mi sillón y crispé las manos. ¡Me había contagiado!

Los dos salieron, y vi que afuera estaba lloviendo. Ya no sé más cuánto tiempo quedé sentado todavía. Soñé con todas las tristes experiencias de mi vida; me miraban con ojos negros de dominó, como si buscaran algo indefinido, y yo quería alinearlas en un ataúd verde, pero siempre sobraban o faltaban algunas.

27 ago. 2019

Ingeborg Bachmann - La sonrisa de la Esfinge

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Ingeborg Bachmann - La sonrisa de la Esfinge


En un tiempo en el que todos los gobernantes estaban amenazados —excuso decir en qué consistía la amenaza, porque las amenazas pueden tener muchas causas y, a la vez, ninguna—, el soberano del país de que se trata empezó a sufrir inquietud e insomnio. La amenaza no venía «de abajo», es decir, del pueblo, sino de arriba, de unos mandamientos y preceptos desconocidos que él creía deber cumplir.

Y cuando vinieron a poner en conocimiento del monarca que en las avenidas de palacio había aparecido una sombra, él se dijo que quizá en aquella sombra estuviera la amenaza y que, para combatirla, debía desafiarla a materializarse. Sin demora, el Rey fue en busca de la sombra cuya llegada le habían anunciado. Era una sombra tan grande que no podía abarcarse con la mirada, y se hacía difícil adivinar qué figura la proyectaba. Al principio, el soberano no distinguió sino una especie de animal monstruoso que se arrastraba lentamente por la tierra; después, allí donde se adivinaba la cabeza, creyó descubrir la faz plana y ancha de aquella criatura que, en cualquier momento, podía abrir la boca y hacer las preguntas para las que desde hacía siglos nadie había hallado respuesta, lo cual causaba la perdición: el Rey había reconocido a la singular y temible Esfinge, con la que tendría que habérselas para defender la existencia del reino y sus habitantes. De modo que, adelantándose a hablar, la desafió a desafiarlo.

—El interior de la Tierra escapa a nuestra mirada —empezó ella—. Debéis explorarlo y mostrarme todas las cosas que encierra y darme cuenta de su fuego y su dureza.

El Rey sonrió y ordenó a sus sabios y a sus obreros que atacasen el cuerpo de la Tierra, que lo abriesen, que le arrancasen sus secretos, midiéndolo todo y cifrándolo en sutilísimas fórmulas de exquisita precisión. Él personalmente siguió el curso de los trabajos, que quedaban registrados en minuciosas tablas y gruesos libros.

Llegó el día en el que el soberano pudo invitar a sus dignatarios a mostrar el fruto de su labor. La Esfinge no pudo sino reconocer que el trabajo era perfecto, impecable; pero a muchos les pareció que no se mostraba muy impresionada por los resultados. Desde luego, nadie pudo reprocharle que no se comportara con corrección.

Quienes temían que ahora se descubriera que la Esfinge no pretendía sino dar al Rey una falsa sensación de seguridad, para luego revelar la trampa que encerraba su demanda, comprobaron que su temor era injustificado. La segunda petición fue hecha en términos no menos claros y simples. El monstruo, imperturbable —por no decir desencantado—, exigió ahora que todos se aplicaran a hacer la descripción de las cosas que cubrían la superficie de la Tierra, incluidas las esferas que la circundaban. Esta vez los sabios llegaron aún más lejos con sus instrumentos. Llevaron a cabo un estudio increíblemente minucioso del universo, que abarcaba las órbitas de los planetas y los cuerpos celestes, así como las edades pretéritas y futuras de la materia, movidos por la secreta ansia de anticiparse a una tercera petición de la Esfinge.

También el Rey estaba seguro de que ya nada podía quedar por preguntar, y presentó la respuesta, confiado en el triunfo. ¿Había cerrado los párpados o estaba ciega la Esfinge? Cautelosamente, el monarca trataba de leer en su rostro.

Tanto tardaba la Esfinge en hacer la tercera pregunta que ya todos empezaban a creer que el celo que habían puesto en la respuesta a la segunda realmente les había hecho ganar aquella partida a vida o muerte. Pero entonces, observando en los labios de la Esfinge un ligero temblor, se quedaron petrificados, aunque no habrían sabido decir por qué.

—¿Qué puede haber en el interior de las gentes sobre las que reinas? —preguntó ella, y el Rey quedó pensativo. El monarca estuvo tentado de tratar de escabullirse respondiendo con una agudeza, pero se contuvo a tiempo y se retiró a deliberar. Puso a trabajar a sus hombres y se enojó con ellos, porque se dejaban intimidar por la resistencia de la población. Para el experimento, se dividió en series a los habitantes del reino, y se empezó por desnudarlos; una vez se les hubo quitado el pudor, se les obligó a hacer confesiones que sacaban a la luz las miserias de su vida y se analizaron sus pensamientos, que eran clasificados y marcados con centenares de cifras y símbolos.

No se veía el final de aquellas indagaciones, pero nadie se atrevía a decirlo, porque el Rey, a pesar del empeño que todos ponían en la labor, se paseaba por los laboratorios como si sus sabios no le merecieran confianza y estuviera ideando un método más rápido y eficaz. Esta sospecha se confirmó un día en que el monarca llamó a los sabios más eminentes y a los funcionarios más competentes y ordenó la inmediata interrupción del trabajo, y, reuniéndolos en secreto, les expuso unas ideas que no debían ser reveladas a nadie, pese a que muy pronto sus efectos alcanzarían a todos.

Poco tiempo después, los habitantes del reino fueron enviados, en grupos, a lugares en los que se habían levantado sofisticadas guillotinas, a las que eran llamados por riguroso orden para pasar de la vida a la muerte.

Las revelaciones que se obtuvieron con este procedimiento fueron tan espectaculares que superaban las expectativas del Rey, el cual, no obstante, para rematar la operación, conminó a los hombres que le habían ayudado en la organización del proceso y la instalación de las guillotinas a librarse también a las máquinas, para no poner en peligro la solución del enigma.

El Rey, sobrecogido y expectante, se presentó ante la Esfinge. Vio cómo la sombra se extendía como un manto sobre los muertos, que ahora no decían lo que hubiera que decir, porque la sombra los cubría, para protegerlos.

Jadeante, el Rey pidió a la Esfinge que se levantara para recibir su respuesta, pero ella, con un ademán, le dio a entender que ya no le interesaba; él había encontrado también la tercera respuesta, era libre, suyas eran su vida y la de su país.

Cruzó el rostro de la Esfinge una ola venida de un mar de secretos. Entonces sonrió y se alejó, y cuando el Rey pensó en todo lo ocurrido ella ya había cruzado la frontera y abandonado el reino.


26 jun. 2019

Gustav Meyrink - La esfera negra

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Gustav Meyrink - La esfera negra


La noticia llegó al principio como una leyenda, un rumor. De Asia penetró a los centros de cultura occidentales, y decía que en Sikkhim, al Sur del Himalaya, unos penitentes totalmente incultos y semibárbaros, los llamados gosaines, habían hecho un descubrimiento realmente fabuloso.

   Aunque los diarios anglo-hindúes publicaron el rumor, parecían estar peor informados que los rusos, pero los entendidos no se extrañaban de ello, pues es sabido que Sikkhim elude con asco a todo lo inglés.

   Ese sería, sin duda, el motivo por qué el misterioso descubrimiento llegase a Europa dando rodeo a través de San Petersburgo-Berlín.

A los círculos científicos de Berlín por poco les dio el baile de San Vito al serles presentados los fenómenos.

   La gran sala, destinada exclusivamente a conferencias científicas, estuvo totalmente llena.

   En el centro, sobre un estrado, estaban los dos experimentadores hindúes: el gosain Deb Shumsher Dshung, con la cara hundida, cubierta de sagrada ceniza blanca, y el moreno brahmán Radshendralamitra, sólo identificable como tal por el delgado cordel de algodón que le colgaba sobre la mitad izquierda del pecho.

   Desde el techo de la sala pendían de alambres, a la altura de un hombre, matraces químicos de vidrio en los que podían verse huellas de un polvo blancuzco, presumiblemente yoduros, según explicaba el intérprete.

   Entre el silencio del auditorio el gosain se acercó a uno de los matraces, ató una delgada cadenilla de oro al cuello del recipiente y enlazó los extremos alrededor de las sienes del brahmán. Después se puso detrás de aquél, lanzó los brazos y murmuró los mantrams, fórmulas mágicas, de su secta.

   Las dos ascéticas figuras parecían estatuas, con esa inmovilidad que sólo se encuentra en los arios asiáticos cuando se entregan a sus meditaciones religiosas.

   Los negros ojos del brahmán miraban fijamente al «matraz. La multitud estaba como hechizada.

Muchos tuvieron que cerrar los ojos o mirar a otra parte para no desmayarse. La visión de tales figuras petrificadas tiene algo de hipnótico, y más de uno preguntó en un susurro a su vecino si no le parecía a él también que la cara del brahmán se desvanecía a veces, como envuelta en niebla.

   Esta impresión, sin embargo, la producía tan sólo el aspecto del signo sagrado del Tilak sobre la oscura piel del hindú, una gran U blanca, que todo fiel lleva en la frente, el pecho y los brazos, como símbolo de Vichnú, el sostenedor.

   De súbito brilló en el matraz de vidrio una chispa que hizo explotar la pólvora. Un instante: humo, después apareció en el frasco un paisaje indio de indescriptible belleza. ¡El brahmán había proyectado sus pensamientos!

   Era el Tadj-Mahal de Agrá, aquel castillo encantado del Gran Mogol Aurungzeb, donde éste hizo encerrar a su padre hace cientos de años.

   La construcción de la cúpula, de un blanco azulenco como nieve cristalina —con esbeltos alminares a los lados—, de un esplendor que obliga al hombre a ponerse de rodillas, se reflejaba en una infinita vía de agua reluciente, entre cipreses mecidos por el ensueño.

   Una imagen que despierta una oscura nostalgia de campiñas olvidadas en el hondo sueño de la transmigración de las almas.

   * * *

Rumor de voces de los espectadores, asombro e interrogación. El frasco fue destapado e iba de mano a mano.

   —Tales imágenes del pensamiento fijadas se mantienen durante meses —tradujo el intérprete—, sobre todo por proceder de la inmensa fuerza de imaginación permanente de Radshendralamitra. Las proyecciones de los cerebros europeos, en cambio, no tienen ni aproximadamente tal duración ni esplendor de colorido.

   Se hicieron muchos más experimentos todavía, y en parte fue de nuevo el brahmán, en parte éste u otro de les sabios solicitados que se anudaba la cadenilla alrededor de las sienes.

   Sólo las proyecciones de la imaginación de los matemáticos fueron realmente claras; bastante extraños fueron, en cambio, los resultados salidos de las cabezas de las lumbreras de la jurisprudencia. Y la esforzada proyección del pensamiento del famoso profesor de psiquiatría, consejero de Sanidad, Chacharero, causó general asombro. Incluso los solemnes asiáticos se quedaron con la boca abierta: una cantidad increíble de migas incoloras, seguidas de un conglomerado de grumos y carámbanos desvaídos, se habían formado en el matraz mágico.

   —Parece ensaladilla rusa —dijo, desdeñosamente, un teólogo, que por precaución se abstuvo de participar en los experimentos.

   Sobre todo en el centro, donde, según lo subrayó el intérprete, se precipitaban, en los pensamientos científicos, las imágenes relativas a la física y la química, había una materia gelatinosa del todo.

Los hindúes no se dejaron inducir a dar explicaciones acerca de cómo se producían propiamente los fenómenos. «Más tarde, más tarde», decían en su alemán chapurrado.

   * * *

   Dos días más tarde hubo otra presentación de los aparatos —esta vez semipopular— en otra metrópoli europea.

   De nuevo la tensión del público, el aliento suspendido y las mismas exclamaciones de admiración, cuando, bajo la influencia del brahmán, apareció la imagen de la extraña fortaleza tibetana Taklakot.

   De nuevo siguieron las proyecciones del pensamiento de los notables de la ciudad que, más o menos, no decían nada.

   Los médicos sonreían con superioridad, pero esta vez fueron inconmovibles en su negativa de trasegar su imaginación a la botella.

   Cuando, finalmente, se acercó un grupo de oficiales de la milicia, todo el mundo les hizo sitio respetuosamente. ¡Vaya, es natural!

   —Qué te parece, Gustavín, si pensaras algo —dijo un teniente, con peinado de raya, engominado, a su compañero.

   —No, hombre, con todos estos civiles por aquí…

   —Pero, caballeros, uno de ustedes… —les conminó, irritado, el mayor.

   Un capitán salió al frente:

—A ver, usted, intérprete, ¿se puede pensar algo ideal? ¡Me gustaría pensar algo ideal!

   —¿Y qué será, mi capitán? («A ver, a ver, lo que piensa la fuerza armada», gritó uno de la multitud.)

   —Bueno —dijo el capitán—; pues nada, que voy a pensar en las disposiciones del nuevo código de honor. ¡Esto es!

   —Ejem —el intérprete se sobaba la barbilla—. Ejem, yo, ejem, yo pienso, mi capitán, ejem, que las botellas, ejem, no sean tal vez lo bastante resistentes para esto.

   Un teniente primero se abrió paso:

   —Entonces, déjeme a mí, compañero.

   —Sí, sí, que vaya Kátchmatchek —gritaron todos—. Es un pensador de primera.

   El teniente primero se anudó la cadenilla alrededor del cráneo.

   —Por favor —el intérprete, turbado, le alcanzó un paño—, por favor…, es que la gomina actúa como aislante.

   Deb Shumsher Dshung, el gosain, con su taparrabo rojo y la cara embadurnada de blanco, se puso detrás del oficial. Parecía aún más lúgubre que en Berlín.

   Después levantó los brazos.

   Cinco minutos…

   Diez minutos…, nada.

   El gosain apretó los dientes con el esfuerzo. Gotas de sudor le corrían por la cara.

   ¡Ahora! Por fin. La pólvora, ciertamente, no hizo explosión, pero una esfera de color negro terciopelo, del tamaño de una manzana, flotaba libremente dentro del frasco.

—Este chisme no sirve para nada —se disculpó, con una risa forzada, el oficial, y descendió del estrado.

   La multitud bramaba de risa.

   El estupefacto brahmán tomó el frasco. ¡Ahí va! Apenas lo miró cuando la esfera que flotaba adentro tocó la pared de vidrio. Esta saltó al instante, y los cascos, cual atraídos por un imán, volaron hacia la esfera para desaparecer en ella sin dejar rastro.

   Ahora el cuerpo redondo de color negro terciopelo flotaba libremente, inmóvil, en el espacio.

   Propiamente dicho, la cosa no parecía en absoluto una esfera, y daba, más bien la impresión de un agujero. Y, en realidad, no era otra cosa que un agujero.

   Era la «nada» absoluta, matemática.

   Lo que ocurrió después no fue sino el fenómeno necesariamente consecuente de esa «nada». Toda cosa colindante con esa «nada» se precipitaba inexorablemente adentro, para convertirse a su vez en «nada», es decir, desaparecer sin dejar rastro.

   Efectivamente se produjo en seguida un fuerte zumbido, que cobraba una violencia cada vez mayor, ya que el aire de la sala era absorbido por la esfera. Trozos de papel, guantes, velos de señora, todo lo arrastraba consigo en la succión.

   Y cuando uno de los militares pinchó la misteriosa esfera con su sable, la hoja desapareció como si se hubiese fundido.

   —Esto pasa de castaño oscuro —exclamó el mayor, a la vista de ello—. Esto no lo puedo tolerar. Vámonos, señores, vámonos. Por favor.

—¿Y qué es lo que has pensado, Kátchmatchek? —preguntaron los caballeros al abandonar la sala.

   —¿Quién, yo? Bueno…, lo que uno puede pensar así…

   * * *

   La multitud, que no sabía explicarse el fenómeno y sólo oía el terrorífico zumbido que crecía sin cesar, se apretujaba, asustada, junto a las puertas.

   Los únicos que se quedaron fueron los dos hindúes.

   —Todo el universo que Brahma creara, que Vichnú sostiene y Siva destruye, se precipitará, poco a poco, en esta esfera —dijo, solemnemente, Radshendralamitra—. ¡Es la maldición de haber ido a los países del Occidente, hermano!

   * * *

   —¿Qué importa? —murmuró el gosain—. Una vez hemos de llegar todos al reino negativo del ser.

20 nov. 2018

Ingeborg Bachmann - Miriam


Ingeborg Bachmann - Miriam


¿De dónde has sacado tu cabello oscuro,
el dulce nombre con sonido de almendra?
No porque seas joven brillas tanto—
amanecer es tu país, hace mil años ya.

¡Despierta los salterios y prométenos Jericó,
que fluyan de tu mano las fuentes del Jordán
y haz que los asesinos se petrifiquen sorprendidos
y también por un instante tu segunda patria!

Toca los pechos de piedra, haz el milagro,
que la piedra sea empapada por la lágrima.
Deja bautizarte con su agua caliente.
Extráñanos, hasta que nos seamos más extraños.

A menudo caerá una nieve en tu cuna.
Bajo los patines habrá un sonido de hielo.
Mas cuando duermas, será vencido el mundo.
¡El Mar Rojo retirará sus aguas de nuevo!

En Últimos poemas

5 nov. 2018

Ingeborg Bachmann - Una especie de pérdida


Ingeborg Bachmann - Una especie de pérdida


Usados en común: estaciones del año, libros y una música.
Las llaves, los boles de té, la panera, sábanas y una cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados, gastados.
Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y siempre alargada la mano.

De inviernos, de un septeto vienés y de veranos me he enamorado.
De mapas, de un pueblito de montaña, de una playa y de una cama.
Con fechas he hecho un culto, promesas he declarado irrevocables,
he adorado un algo y he sido devota delante de una nada,

(—de un periódico doblado, de las cenizas frías, del papel con un apunte)
impávida ante la religión, porque la iglesia era esta cama.

De la vista de un lago surgió mi pintura inagotable.
Desde el balcón había que saludar a los pueblos, mis vecinos.

Junto al fuego de la chimenea, en la seguridad, mi cabello tenía su color más intenso.
La llamada a la puerta era la alarma para mi alegría.

No te he perdido a ti,
sino al mundo

En Últimos poemas

1 nov. 2018

Georg Trakl - Canción del solitario


Georg Trakl - Canción del solitario


A Karl Borromaus Heinrich

Pleno de armonías es el vuelo de las aves. Los verdes bosques.
se han reunido al atardecer en cabañas silenciosas;
las praderas cristalinas del ciervo.
Lo oscuro atenúa el murmullo del arroyo, las húmedas sombras

y las flores del estío, que suenan bellas al viento.
Ya anochece sobre la frente del hombre pensativo.

Y alumbra una lamparilla, lo bueno, en su corazón,
y la paz de la cena; porque benditos son pan y vino
por las manos de Dios, y te contempla desde ojos nocturnos
silencioso el hermano, que pueda descansar del peregrinaje espinoso.
Oh, vivir en el azul animado de la noche.

Amoroso abraza también el silencio en el cuarto las sombras de los antepasados,
los tormentos purpúreos, queja de una magna estirpe,
que piadosamente se extingue ahora en el nieto solitario.
Porque siempre más resplandeciente despierta de los negros minutos de la locura
el paciente en el umbral de piedra;
y lo abrazan poderosamente la frescura azul y el luminoso fin del otoño,

la casa silenciosa y las leyendas del bosque,
medida y norma y las sendas lunares de los solitarios.



Gesang des Abgeschiedenen

Voll Harmonien ist der Flug der Vögel. Es haben die grünen Wälder
Am Abend sich zu stilleren Hütten versammelt;
Die kristallenen Weiden des Rehs.

Dunkles besänftigt das Plätschern des Bachs, die feuchten Schatten
Und die Blumen des Sommers, die schön im Winde läuten.
Schon dämmert die Stirne dem sinnenden Menschen.

Und es leuchtet ein Lämpchen, das Gute, in seinem Herzen
Und der Frieden des Mahls; denn geheiligt ist Brot und Wein
Von Gottes Händen, und es schaut aus nächtigen Augen
Stille dich der Bruder an, daß er ruhe von dorniger Wanderschaft.

O das Wohnen in der beseelten Bläue der Nacht.
Liebend auch umfängt das Schweigen im Zimmer die Schatten der Alten,
Die purpurnen Martern, Klage eines großen Geschlechts,
Das fromm nun hingeht im einsamen Enkel.

Denn strahlender immer erwacht aus schwarzen Minuten des Wahnsinns
Der Duldende an versteinerter Schwelle
Und es umfangt ihn gewaltig die kühle Bläue und die leuchtende Neige des Herbstes,
Das stille Haus und die Sagen des Waldes,
Maß und Gesetz und die mondenen Pfade der Abgeschiedenen.


En Poemas
Traducción de: Rodolfo Modern

12 sep. 2018

Gustav Meyrink - El miedo


Gustav Meyrink - El miedo


Rechinan las llaves y una cuadrilla de presos baja al patio. Son las doce del mediodía y tienen que ir dando vueltas en círculo, en filas de a dos, para respirar un poco de aire.

  El patio está pavimentado. Sólo en el centro hay unas cuantas manchas de césped oscuro, como otras tantas tumbas. Cuatro árboles delgados y un seto de ligustro melancólico.

  Alrededor, los viejos muros amarillos con pequeñas ventanas de presidio provistas de rejas.

  Los presos, con sus trajes grises de presidiarios, apenas hablan y sólo dan vueltas en círculo, uno tras otro. Casi todos están enfermos: escorbuto, articulaciones inflamadas. Los rostros grises como de masilla, los ojos apagados. Con los corazones sin alegría guardan el mismo paso. El vigilante con gorra y sable está de pie junto a la entrada y mira inexpresivamente delante de sí.

  A lo largo de los muros la tierra está desnuda. Nada crece allí: la pena se filtra a través de las paredes amarillas.

  —¡Lukawsky acaba de estar con el presidente! —un preso comunica la noticia a media voz a los demás, asomado a la reja de su ventana.

  La cuadrilla sigue dando vueltas.

  —¿Qué le pasa a ése? —pregunta un novato a su vecino.

  —Lukawsky, el asesino, está condenado a la horca, y hoy, me parece, debe decidirse si se cumple la sentencia o no. El presidente le leyó en su despacho la confirmación del fallo. Lukawsky no dijo palabra, sólo se tambaleó. Pero una vez fuera empezó a rechinar los dientes y le dio un ataque de furia. Los vigilantes le pusieron la camisa de fuerza y le ataron con correas al banco, de manera que no pueda moverse hasta mañana por la mañana. También le pusieron un crucifijo al lado. —El preso se lo ha ido diciendo a los demás, fragmentariamente, a medida que pasaban delante de él.

  —Está en la celda 25 el Lukawsky ése —dice uno de los presos más antiguos. Todos miran hacia arriba, a la ventana enrejada del N.° 25.

  El vigilante sigue junto la puerta sin pensar en nada; aparta con el pie un trozo de pan duro que le estorba en medio del camino.

  * * *

  En los estrechos pasillos de la vieja cárcel las puertas de las celdas están muy juntas. Son puertas bajas de roble, empotradas en el muro, con flejes de hierro y fuertes cerrojos. Cada puerta tiene una mirilla enrejada, apenas un palmo cuadrado. A través de ellas penetró la nueva y ahora corre a lo largo de las rejas, de boca en boca:

  —¡Mañana le cuelgan!

  En los pasillos, como en toda la casa, reina el silencio, pero, sin embargo, se percibe como un leve ruido. Quedo, inaudible. Sólo puede sentirse. Penetra a través de los muros y juguetea en el aire, como un enjambre de mosquitos. ¡Es la vida, la vida maniatada, enjaulada!

  En medio del pasillo principal, allá donde éste comienza a ensancharse, hay un arca vieja y vacía, casi oculta por la oscuridad.

  Despacio, sin un ruido, se levanta la tapadera. Algo como un mortal terror atraviesa a la casa entera. Los presos se quedan con la palabra en la boca. Ningún sonido en los pasillos: se oye palpitar el corazón y zumbar los oídos.

  Los árboles y los arbustos en el patio no mueven ni una hoja; sus ramas otoñales se estiran en el aire nublado. Es como si se tornasen aún más oscuros.

  La cuadrilla de presos se detiene como a una señal dada: ¿No ha gritado alguien?

De la vieja arca se arrastra despacio un gusano asqueroso. Una sanguijuela de formas gigantescas. De color amarillo oscuro con motas negras, se arrastra, succionando el suelo, a lo largo de las celdas. Tan pronto se vuelve gruesa, como otra vez delgada. Así sigue adelante y palpa y busca. A cada lado de la cabeza cinco ojos de mirada fija, muy juntos, sin párpados e inmóviles. Es el miedo. Se arrastra hacia los condenados y les chupa la sangre caliente debajo de la laringe, allí donde la gran vena lleva la vida del corazón a la cabeza. Y con sus anillos escurridizos se enrosca alrededor del tibio cuerpo humano.

  Ahora ha llegado a la celda del asesino.

  Un grito largo, espantoso, sin interrupción, como un solo sonido sin fin, penetra al patio.

  El vigilante, junto a la entrada, se sobresalta y abre de golpe las dos hojas de la puerta.

  —¡En marcha, todos, a sus celdas! —grita, y los presos suben corriendo, sin mirarle, las escaleras de piedra. Tap, tap, tap, con sus burdos zapatos claveteados.

  Todo vuelve a estar en silencio. El viento baja al patio desierto y arranca un viejo tragaluz que cae, saltando en pedazos, con un ruido de vidrios rotos, sobre el mugriento suelo.

  El condenado sólo puede mover la cabeza. Mira delante de sí, a la pared encalada de la prisión. Impenetrable. Mañana, a las siete, vendrán por él. Quedan todavía diez y ocho horas hasta entonces. Siete horas más y será de noche. Pronto llegará el invierno, después la primavera y el verano caluroso. Entonces se levantará temprano, ya al amanecer, y saldrá a la calle, a mirar el viejo carro lechero y al perro delante… ¡La libertad! Como que puede hacer lo que quiera.

  Ahora siente de nuevo un nudo en la garganta: si tan sólo pudiera moverse. ¡Maldita sea, maldita sea!, y golpear las paredes con los puños. ¡Salir! Romperlo todo, morder las correas. No quiere morir ahora, no quiere, ¡ahora no! Podrían haberlo colgado entonces, cuando mató al viejo, que ya estaba con un pie en la tumba. ¡Ahora ya no volvería a hacerlo! El defensor no lo dijo. ¿Por qué no lo habrá dicho él mismo a los jurados? Entonces le juzgarían de otro modo, muy distinto. Tiene que decírselo todavía al presidente. El vigilante tiene que llevarle. Ahora mismo. Mañana será demasiado tarde; mañana estará el presidente de uniforme y él no podrá acercársele. Y el presidente no le escucharía. Mañana sería demasiado tarde. ¿Quién les diría a tantos policías que se fueran? El presidente no haría eso.

  El verdugo le ajusta el nudo corredizo, tiene los ojos pardos y le mira severamente a la boca. Ahora tiran de la cuerda: todo está dando vueltas: paren, paren, él quiere decir todavía algo, algo muy importante.

  ¿Vendrá todavía el vigilante a desatarle del banco? El no puede quedarse así las diez y ocho horas enteras. No puede ser. Claro que no, si todavía tiene que venir el confesor; ha leído que siempre es así. Es la ley. El no cree en nada, pero lo va a exigir, es su derecho. Y le romperá la cabeza al fraile descarado: con este botijo se la romperá. Tiene la lengua como de corcho. Quiere beber, tiene sed. ¡Por Dios Santo! ¿Por qué no le dan nada de beber? Se quejará. Se saldrá al frente y presentará la reclamación la semana que viene, cuando pase la inspección. ¡Ya le pondrá él las peras a cuatro al vigilante, al perro piojoso ése! Se pondrá a gritar y gritará hasta que vengan a desatarle, dará voces y más voces hasta que se caigan las paredes. Y entonces se pondrá a descansar, al aire libre, arriba, bien alto, para que no puedan encontrarle cuando estén husmeando y dando vueltas alrededor de él.

  Tendrá que haberse caído en alguna parte, piensa; le dio una estrepada el cuerpo…

  ¿O se habrá dormido? Está anocheciendo.

  Quiere agarrarse de la cabeza: sus manos están atadas. Desde la vieja torre retumba el tiempo, un, dos… ¿Qué hora será? Las seis. ¡Padre en los cielos, sólo quedan trece horas!, y le quitan el aliento del pecho. Van a ejecutarle, despiadadamente; le van a ahorcar. Los dientes le castañetean de frío. Algo le está chupando el corazón, no puede verlo. Ahora le sube al cerebro, negro, negro. Grita y no se oye gritar; todo grita en él: los brazos, el pecho, las piernas, el cuerpo entero, sin cesar, sin cobrar aliento.

  * * *

  Un hombre se acerca a la ventana del despacho, la única que no tiene reja. Es un hombre viejo, con barba blanca y un rostro duro y adusto. Se asoma y mira al patio. Los gritos le molestan, frunce el ceño, murmura algo y cierra la ventana de golpe. Algunas nubes cruzan el cielo y forman ganchudos jirones. Jeroglíficos desgarrados, como una vieja escritura extinguida: «No juzguéis si no queréis ser juzgados».

En La esfera negra y otros cuentos extraños


6 ago. 2018

Stefan Zweig - Sueños olvidados

 
Stefan Zweig - Sueños olvidados

 La villa se hallaba muy cerca del mar.

  En los paseos silenciosos y umbríos de los pinos alentaba la fuerza saturada del aire salado del mar y una ligera y constante brisa jugueteaba entre los naranjos y hacía caer aquí y allá delicadamente una flor de ricos colores. La lejanía, luminosa de sol, las colinas, sobre las que destacaban diminutas casas como perlas blancas, un faro a varias millas, que se erguía como una vela, todo relumbraba con contornos precisos y bien definidos y se incrustaba como un mosaico brillante en el azul profundo del éter. El mar, en el que de vez en cuando caían lejos, muy lejos, las chispas blancas de las velas rutilantes de barcos solitarios, lamía con el movimiento de sus olas la terraza escalonada sobre la que se levantaba la villa, que se volvía hacia el verde de un amplio y sombreado jardín y se perdía allí en un parque vetusto y silencioso como un cuento.

  Desde la casa que sesteaba en el pesado calor de la mañana conducía un estrecho camino de grava como una línea blanca hacia el fresco mirador bajo el que las olas rompían con fiero y constante bramido y lanzaban aquí y allá refulgentes átomos de agua pulverizados, que en la cegadora luz del sol se revestían del fulgor del arco iris como diamantes. Allí las flechas luminosas del sol se quebraban en los plumeros de los pinos, que formaban un grupo nutrido como si charlaran amigablemente, o chocaban con un parasol japonés de gran diámetro adornado con alegres figuras de colores fuertes y desagradables.

  En la sombra de este parasol una figura femenina ocupaba un confortable sillón de paja, acomodando con placer sus bellas formas al tejido maleable. Su mano fina, sin anillo, colgaba distraída y jugueteaba con insistencia suave y apacible con el pelo sedoso y brillante de un perro, mientras que la otra sostenía un libro sobre el que los ojos oscuros, de negras pestañas, en los que parecía asomar una sonrisa, concentraban toda su atención. Eran unos ojos grandes, inquietos, cuya belleza se veía realzada por un brillo mate y velado. El poderoso y atractivo efecto, que ejercía el rostro oval y bien cortado, no era natural y total, sino que se basaba en un refinado predominio de detalles bellos individuales, realzados con cuidadosa e intuitiva coquetería. La anárquica confusión aparente de los perfumados y sedosos rizos era la trabajosa construcción de una artista, y también la leve sonrisa, que danzaba alrededor de los labios durante la lectura y descubría el esmalte blanco y lustroso de los dientes, era el resultado de años de ensayos ante el espejo, que ya se había convertido en una costumbre fija e inamovible.

  Un leve crujido en la arena.

  La dama levanta los ojos sin cambiar de postura, como un gato, que tumbado en los cálidos y cegadores raudales de luz del sol entreabre perezoso los ojos fosforescentes para recibir al visitante.

  Los pasos se acercan apresuradamente y un criado de librea se inclina ante ella para presentarle una pequeña tarjeta de visita y luego apartarse un poco, en actitud de espera.

  Ella lee el nombre con esa expresión de sorpresa en el rostro, que solemos tener cuando en la calle nos saluda un desconocido en los términos más familiares. Durante un instante aparecen pequeñas arrugas grabadas encima de las cejas perfiladas y negras, que indican la reflexión intensa, y de pronto el rostro se ilumina con un alegre resplandor, los ojos lanzan chispas regocijadas al recordar días de juventud ya lejanos, por completo olvidados, cuyas imágenes risueñas ha despertado en ella el nombre. Siluetas y sueños adquieren de nuevo formas concretas y se vuelven diáfanas como la realidad.

  —Ah, claro —recuerda de pronto la dama, volviéndose hacia el criado—, el caballero desea verme, naturalmente.

  El criado se alejó con pasos discretos y devotos. Durante un minuto reinó el silencio, únicamente el incansable viento cantaba en las copas de los árboles, vencidas por el pesado oro de mediodía.

  Y entonces, pasos elásticos, que resonaron enérgicos en el camino de grava, una sombra alargada, que se acercó hasta sus pies y una figura alta de hombre se materializó ante ella, que se había levantado impulsivamente de su mullido sillón.

  Primero se encontraron sus ojos. Él recorrió con una rápida mirada la elegancia de la figura femenina, cuya sonrisa levemente irónica se encendió también en sus ojos.

  —Es muy amable por su parte acordarse todavía de mí —dijo ella alargándole su fina y bien cuidada mano nacarada, que él rozó respetuosamente con los labios.

  —Mi querida amiga, quiero ser sincero con usted, ya que éste es un reencuentro tras muchos años y, como temo, también para muchos años. Mi visita se debe más bien a una casualidad, el nombre del propietario de ese palacete cuya magnífica situación me ha incitado a interesarme por él, me recordó su propiedad. Y así estoy aquí en calidad de arrepentido.

  —No por ello menos bienvenido, porque tampoco yo podía recordar, en un primer momento, su existencia, a pesar de que una vez fue bastante importante para mí.

  Ahora ambos sonrieron. El dulce y leve perfume del primer amor de juventud semisecreto había renacido en ellos con toda su dulzura embriagadora, como un sueño, que al despertar nos provoca una mueca de desdén, aunque desearíamos soñarlo o vivirlo una vez más. El bello sueño de la insinuación, que sólo desea y no se atreve a exigir, que sólo promete y no da.

  Siguieron conversando. Sus voces tenían un tono de cordialidad, de una tierna confianza, como sólo la puede otorgar un secreto casi desvanecido. Con palabras reposadas, en las que una risa alegre lanzaba de vez en cuando sus perlas redondas, hablaron de cosas pasadas, de poesías olvidadas, flores marchitadas, cintas perdidas o destruidas, pequeños signos de amor, que habían intercambiado en la pequeña ciudad en la que habían pasado su juventud. Las viejas historias que, como leyendas remotas, despertaban en sus corazones campanas hacía años enmudecidas y cubiertas de polvo, se llenaron lenta, muy lentamente, de una solemnidad dolorida y cansada, el epílogo de su amor de juventud muerto confería a su diálogo una gravedad profunda, casi triste.

  Y la voz de él, de timbre oscuro y melódico, vibró suavemente cuando relató:

  —Allá en América recibí la noticia de su compromiso, cuando sin duda ya se había llevado a cabo el matrimonio.

  Ella no respondió nada. Sus pensamientos se hallaban diez años atrás.

  Durante unos largos minutos se hizo un espeso silencio entre ellos.

  Y entonces ella preguntó en voz muy baja, casi sin voz:

  —¿Qué pensó usted de mí, entonces?

  Él alzó los ojos sorprendido.

  —Puedo decírselo sin circunloquios, ya que mañana parto hacia mi nuevo lugar de residencia. No se ofenda, pero no viví momentos llenos de decisiones confusas y hostiles, porque la vida ya había reducido la colorida fogata del amor a una tenue llama de simpatía. Simplemente, no la comprendí; la compadecí.

  Una ligera sombra color púrpura voló sobre las mejillas de la dama y el brillo de sus ojos se intensificó al exclamar alterada:

  —¡Compadecerme! ¡No sabría por qué!

  —Porque pensé en su futuro marido, ese hombre de dinero, indolente, siempre dispuesto a adquirir más (no, no me contradiga, no pretendo en absoluto ofender a su marido, al que siempre he respetado) y porque pensé en usted, la muchacha como yo la dejé. Porque era incapaz de admitir que usted, la solitaria, la ideal, que no tenía más que ironía displicente para la vida cotidiana, pudiera convertirse en la respetable mujer de un hombre corriente.

  —¿Y por qué habría de haberme casado con él si las cosas eran como usted dice?

  —No estaba seguro de estar en lo cierto. Quizá él tenía cualidades secretas que escapan a una mirada superficial y sólo empiezan a brillar en el trato íntimo. Ésta fue para mí la solución simple del enigma, porque había algo que no podía ni quería creer.

  —¿Qué?

  —Que usted le hubiera escogido por su título de conde y sus millones. Ésa era para mí la única imposibilidad.

  Fue como si ella no hubiera oído las últimas palabras, pues bajo la protección de los dedos, que en la luz del sol irradiaban un rosa sangre oscuro como una concha de púrpura, miró hacia la lejanía, hasta el horizonte velado donde el cielo sumergía su vestido azul pálido en la oscura magnificencia de las olas.

   También él estaba perdido en consideraciones profundas y había casi olvidado las últimas palabras cuando ella, apartándose de él, dijo, apenas perceptiblemente:

  —Y sin embargo, así ha sido.

  Él miró asombrado, casi asustado, hacia ella que, con parsimonia estudiada y a todas luces artificial, había tomado de nuevo asiento en su sillón y que con serena tristeza continuó hablando monótonamente y sin apenas mover los labios:

  —Nadie me entendió entonces, cuando todavía era la niña pequeña de tímidas palabras infantiles, tampoco usted, que tan cerca estaba de mí. Quizá tampoco yo misma. Aún hoy pienso a menudo en ello y no me comprendo, pues ¿qué saben las mujeres de sus almas crédulas de adolescentes, cuyos sueños son como delicadas pequeñas flores blancas, que se lleva el primer aliento de la realidad? Y yo no era como las otras muchachas, que soñaban con héroes de arrojada masculinidad y vigorosa juventud, que convertirían su deseo incierto en brillante felicidad, su callada intuición en sublime conocimiento y las liberarían de la angustia vaga, oscura, imposible de definir, pero por ello no menos atormentadora, que echa su sombra sobre sus días de adolescencia y se vuelve cada vez más negra, más amenazante y más opresora. Nunca conocí esos sentimientos; mi alma bogaba a bordo de otras barcas de sueños hacia la secreta fronda del futuro que se escondía tras las nieblas envolventes de los días venideros. Mis sueños eran míos. Soñaba siempre que era una princesa, como las que aparecen en los viejos libros de cuentos, que juegan con deslumbrantes piedras preciosas de irisados colores, cuyas manos se sumergen en el resplandor dorado de tesoros fabulosos y cuyos recargados vestidos tienen un valor inestimable.

  »Soñaba con el lujo y la riqueza porque los amo. ¡Qué placer cuando podía acariciar con mis manos la seda temblorosa, de melodía casi inaudible; cuando mis dedos reposaban como dormidos en el blando y ensoñado plumón de un pesado terciopelo! Era feliz cuando podía llevar como una cadena joyas en las delicadas falanges de mis dedos temblorosos de alegría, cuando gemas blancas relucían en la densa masa de mis cabellos como aljófar, mi máxima ambición era descansar en los asientos muelles de un coche elegante. Entonces estaba loca por la belleza artificial que me hacía despreciar mi vida real. Me odiaba a mí misma cuando llevaba mis vestidos de diario, modesta y sencilla como una monja, y permanecía días enteros sin salir de casa, porque me avergonzaba de mí en mi vulgaridad, me escondía en mi estrecha y fea habitación, yo, cuyo sueño más bello era vivir sola junto al inmenso mar, en una mansión lujosa y al mismo tiempo exquisita, con pérgolas sombreadas y verdes, en las que la bajeza del día de trabajo no asoma sus sucias garras, donde reina la paz plena… casi como aquí. Porque lo que mis sueños desearon lo ha hecho realidad mi marido, y por eso, porque era capaz de hacerlo, es mi marido.

  La dama guarda silencio y su rostro arde con la belleza de una bacante. El brillo de sus ojos es ahora profundo y peligroso, y el rubor de sus mejillas adquiere una intensidad llameante.

  Reina un completo silencio.

  Sólo allá abajo el canto rítmico y monótono de las relucientes olas, que se arrojan contra los peldaños de la terraza como contra un pecho amado.

  Entonces él dice en voz baja, como si hablara consigo mismo:

  —¿Y el amor?

  Ella le ha oído. Una ligera sonrisa asoma a sus labios.

  —¿Posee usted aún hoy todos sus ideales, todos aquellos que llevó consigo al lejano mundo? ¿Los ha conservado todos, indemnes, o se le han muerto algunos, marchitados? ¿O quizá se los han arrancado del pecho por la fuerza y los han tirado al barro, donde han perecido destrozados por los miles de ruedas cuyos carruajes persiguen el objetivo de la vida? ¿O no ha perdido ninguno?

  Él inclina la cabeza entristecido y calla.

  Y de pronto lleva la mano de la dama a sus labios, la besa en silencio. Luego dice con voz cordial:

  —¡Adiós!

  Ella le responde con vehemencia y sinceridad. No se siente avergonzada por haber revelado a un hombre, ajeno a ella durante años, su secreto más profundo y haberle desvelado su alma. Con una sonrisa le sigue con la mirada y piensa en las palabras que ha dicho sobre el amor, y el pasado se interpone nuevamente con pasos sigilosos, inaudibles, entre ella y el presente. Y de repente piensa que aquel hombre podría haber guiado su vida, y los pensamientos dan color a esta insólita idea.

  Y despacio, muy despacio, sin que ella se dé cuenta, la sonrisa se apaga sobre sus soñadores labios…

30 jul. 2018

Georg Trakl - Cantar de Kaspar Hauser



Georg Trakl - Cantar de Kaspar Hauser


Para Bessie Loos

El amaba sin duda el sol que por la colina bajaba purpúreo,
los caminos del bosque, el negro pájaro cantor
y el verdor alegre del follaje.

Gravemente moraba a la sombra del árbol
y era puro su rostro.
Dios habló, dulce llama, a su corazón:
¡Oh criatura!

Al caer de la tarde encontraron en calma sus pasos la ciudad;
el oscuro reclamo de su boca:
Quiero ser un jinete.

Lo seguían empero el árbol y la bestia,
la casa, el jardín vespertino de hombres blancos
y su asesino iba en su busca.

Primavera y verano y hermoso el otoño
del justo, su leve paso
al lado de las oscuras alcobas de los hombres que sueñan.
De noche se quedaba solo con su estrella;

vio que caía la nieve en la rama desnuda
y en la sombra vespertina del zaguán la sombra del asesino.

Plateada cayó la cabeza del que no nació.



Kaspar Hauser Lied          

Für Bessie Loos

Er wahrlich liebte die Sonne, die purpurn den Hügel hinabstieg,
Die Wege des Walds, den singenden Schwarzvogel
Und die Freude des Grüns.

Ernsthaft war sein Wohnen im Schatten des Baums
Und rein sein Antlitz.
Gott sprach eine sanfte Flamme zu seinem Herzen:
O Mensch!

Stille fand sein Schritt die Stadt am Abend;
Die dunkle Klage seines Munds:
Ich will ein Reiter werden.

Ihm aber folgte Busch und Tier,
Haus und Dämmergarten weißer Menschen
Und sein Mörder suchte nach ihm.

Frühling und Sommer und schön der Herbst 
Des Gerechten, sein leiser Schritt
An den dunklen Zimmern Träumender hin.
Nachts blieb er mit seinem Stern allein;

Sah, daß Schnee fiel in kahles Gezweig
Und im dämmernden Hausflur den Schatten des Mörders.

Silbern sank des Ungebornen Haupt hin.


Versión de Américo Ferrari


18 jun. 2018

Ingeborg Bachmann: Salmo (bilingüe)


Ingeborg Bachmann: Salmo (bilingüe)



1

¡Callad conmigo, como callan todas las campanas!

En la placenta de los horrores
buscan las sabandijas alimento nuevo.
Públicamente, cuelga los Viernes Santo una mano
en el firmamento, le faltan dos dedos,
y no puede jurar que todo,
todo, no haya sido y que nada
será. Se hunde en las nubes pardas,
arroba a los nuevos asesinos
y sale absuelta.

De noche, sobre esta tierra,
forzar ventanas, darle para atrás a las sábanas,
que quede al descubierto el embozo de los enfermos,
una llaga llena de alimento, infinitos dolores
para todos los gustos.

Enguantados contienen los carniceros
el aliento de los desembozados,
la luna en la puerta cae al suelo,
no recojas los fragmentos, la cinta de la que colgó...

Todo estaba preparado para la extremaunción.
(El sacramento no puede llevarse a cabo).


2

Qué vanidad de vanidades.
Arrastra una ciudad hasta ti,
levántate del polvo de esa ciudad,
toma posesión de un cargo
y enmascárate
para no ser desenmascarado.

Cumple las promesas
delante de un espejo ciego en el aire,
delante de una puerta cerrada en el viento.

Intransitados están los caminos sobre la pared a plomo del cielo.


3

Oh ojos, que la tierra, almacén solar, quemó,
con la carga de lluvia de todos los ojos cargados,
cubiertos ahora de hilos, de telas
hiladas por las arañas trágicas
del presente...


4

En la cuenca de mi mudez
pon una palabra
y levanta grandes bosques a ambos lados,
que mi boca
entera quede en la sombra.



Psalm

1

Schweig mit mir, wie alle Glocken schweigen!

In der Nachgeburt der Schrecken
sucht das Geschmeiß nach neuer Nahrung.
Zur Ansicht hängt karfreitags eine Hand
am Firmament, zwei Finger fehlen ihr,
sie kann nicht schwören, daß alles,
alles nicht gewesen sei und nichts
sein wird. Sie taucht ins Wolkenrot,
entrückt die neuen Mörder
und geht frei.

Nachts auf dieser Erde
in Fenster greifen, die Linnen zurückschlagen,
daß der Kranken Heimlichkeit bloßliegt,
ein Geschwür voll Nahrung, unendliche Schmerzen
für jeden Geschmack.

Die Metzger halten, behandschuht,
den Atem der Entblößten an,
der Mond in der Tür fällt zu Boden,
laß die Scherben liegen, den Henkel …

Alles war gerichtet für die letzte Ölung.
(Das Sakrament kann nicht vollzogen werden.)


2

Wie eitel alles ist.
Wälze eine Stadt heran,
erhebe dich aus dem Staub dieser Stadt,
übernimm ein Amt
und verstelle dich,
um der Bloßstellung zu entgehen.

Löse die Versprechen ein
vor einem blinden Spiegel in der Luft,
vor einer verschlossenen Tür im Wind.

Unbegangen sind die Wege auf der Steilwand des Himmels.


3

O Augen, an dem Sonnenspeicher Erde verbrannt,
mit der Regenlast aller Augen beladen,
und jetzt versponnen, verwebt
von den tragischen Spinnen der Gegenwart...


4

In die Mulde meiner Stummheit
leg ein Wort
und zieh Wälder groß zu beiden Seiten,
daß mein Mund
ganz im Schatten liegt.



Ingeborg Bachmann: Die gestundete Zeit, 1953

16 mar. 2018

Ingeborg Bachmann - Ya nada me gusta


Ingeborg Bachmann - Ya nada me gusta

¿Debo
ataviar una metáfora
con una flor de almendro?
¿crucificar la sintaxis
sobre un efecto de luz?
¿Quién se romperá la cabeza
por cosas tan superfluas-?

En Nada de delikatessen

16 mar. 2015

Thomas Bernhard – Quiero rezar en la piedra ardiente

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Thomas Bernhard – Quiero rezar en la piedra ardiente


Quiero rezar en la piedra ardiente
y contar las estrellas que nadan
en mi sangre
Señor
Dios mío
quiero ser olvidado
ya no temo el día
que vendrá mañana
ya no temo la noche
que me tolera
Señor
Dios mío
ya no temo
lo que pueda venir aún
mi hambre se ha aplacado ya
y el tormento negro
ha sido apurado.

Quiero alabarte Dios mío
en el abandono
y todo miedo se borra
y toda muerte me regala la luz de mis ojos
Dios mío te alabo
por mucho que el tiempo dure
no estaré ya solo
estaré contigo
y alegre
las aves han revoloteado en vano
negras
y otra vez
negras
la cifra revienta
la luna grita
pero yo
ya no soy.

Señor haz que olvide
mi alma
y el tormento de mis ojos
y el puñal de los labios cansados
y el fuego verde de cabañas lejanas
el hocico de cada charca
que olvide
Señor
Dios mío
el día
que me divide el grito
que di y el paso de muchas aves
mi cólera está en pedazos
y libre mi sangre
en torrentes.

trinchado
ay
ay
ay
mi
ay.

Las aves ay las aves
negra la noche
mi sangre
oh Señor
han sido trinchadas
todas las aves
grito que amarillo
quema la lengua
trinchadas
ay en sangre
los cuchillos Dios
bebo mi carne
los cuchillos
hace tiempo están muertos
mi rojo
mi verde
mi aguijón pincha
trinchado
ay
trinchado
ay


En In hora mortis
Traducción: Miguel Sáenz
Imagen: © Josef Dreissinger


10 may. 2014

Georg Trakl - Día de muertos

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a Karl Hauer

Hombres y mujeres, tristes compañeros,
Esparcen hoy flores rojas y azules
Sobre tumbas tenuemente iluminadas.
Van como pobres marionetas antes de morir.

Y cómo se ven llenos de miedo y humildad,
Cual sombras, de pie tras negros arbustos.
Los lamentos del nonato penan en el viento otoñal,
Y las luces van a la deriva, confundidas.

Las quejas de los amantes respiran entre las ramas
Donde los cuerpos de una madre y su hijo se descomponen.
La danza de los vivos parece irreal
Y extrañamente dispersa en el viento vespertino.

Su vida es tan atribulada, llena de plagas desoladoras.
Dios tenga piedad del infierno femenino y su tormento
Y esos lamentos de muerte sin esperanza alguna.
Los solitarios vagan en silencio en el gran salón de las
estrellas.


Traducción: Pura López Colomé
Imagen: Georg Trakl en 1914

4 mar. 2014

Ingeborg Bachmann: Curriculum vitae (bilingüe)

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Larga es la noche,
larga para el hombre
que no puede morir, largamente
se tambalea bajo farolas
su ojo desnudo y su ojo
cegado por el aliento de aguardiente, y el olor
a carne mojada bajo sus uñas
no siempre le aturde, oh dios,
larga es la noche.

Mi cabello no se encanece
porque salí del vientre de las máquinas,
Rosarroja* me untó de alquitrán la frente
y los mechones, habían estrangulado
a su hermana, blanca como la nieve. Pero yo,
el jefe de la tribu, pasé por la ciudad
de diez veces cien mil almas, y mi pie
pisaba las cucarachas del alma bajo el cielo de cuero, del cual
pendían diez veces cien mil pipas de la paz,
frías. Una calma de ángeles
deseé a menudo para mí
y cotos de caza llenos
de los gritos impotentes
de mis amigos.
Con las piernas y las alas abiertas
subía la sabihonda juventud
sobre mí, sobre el estiércol, sobre el jazmín,
hacia las inmensas noches del secreto
de la raíz cuadrada, la leyenda de la muerte
empaña mi ventana cada hora,
dadme euforia y verted
la risa en mi garganta
de los viejos que nos antecedieron, cuando
caiga yo sobre los infolios
en el sueño vergonzoso,
para que no pueda pensar,
para que juegue con flecos
de los que cuelgan serpientes.

También nuestras madres
soñaron con el futuro de sus maridos,
los vieron poderosos,
revolucionarios y solitarios,
pero después del retiro los han visto encorvados en el huerto
sobre las llameantes malas hierbas,
mano a mano con el fruto charlatán
de su amor. Triste padre mío,
¿por qué callasteis entonces
y no habéis seguido pensando?

Perdido en las cascadas de fuego,
En una noche junto a un cañón
que no dispara, condenadamente larga
es la noche, bajo el esputo
de una luna enfermiza, su luz
biliosa, pasa volando sobre mí
el trineo con la historia
embellecida,
en la vía del sueño de poder (lo cual no impido).
No era que yo durmiese: estaba despierto,
entre esqueletos de hielo buscaba el camino,
volvía a casa, me ceñía el brazo
y la pierna con hiedra y con restos de sol blanqueaba las ruinas.
Respeté los días festivos,
y sólo si mi pan estaba bendecido
lo comía.

En una época arrogante
hay que pasar de prisa
de una luz a otra, de un país
a otro, bajo el arco iris,
con la punta del compás en el corazón,
tomando la noche por radio.
Abierto de par en par. Desde las montañas
se ven lagos, en los lagos
montañas, y en el armazón de las nubes
se balancean las campanas
de un mundo. Saber de quién
es ese mundo, me está prohibido.

Ocurrió un viernes:
-yo estaba ayunando por mi vida,
el aire chorreaba del zumo de los limones
y la espina estaba clavada en mi paladar¬
entonces saqué del pez abierto
un anillo que lanzado
al nacer yo, cayó en el río
de la noche y se hundió.
Yo volví a lanzarlo a la noche.

Oh ¡si no tuviera miedo a la muerte!
Si tuviera la palabra
(y no la errase)
si no tuviera cardos en el corazón
(y rechazara el sol),
si no tuviera avidez en la boca
(y no bebiera el agua salvaje),
si no abriera el párpado
(y no hubiera visto la cuerda).
¿Están tirando del cielo?
Si no me sostuviera la tierra
hace tiempo que yacería quieta,
hace tiempo que yacería
donde me quiere la noche,
antes de que hinche las narices
y levante su casco
para nuevos golpes,
siempre para golpear.
Siempre la noche.
Y nunca el día.


En Invocación a la Osa Mayor
Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García (2001)
* Rosarroja y Blancanieves son hermanas en el cuento

Lang ist die Nacht,
lang für den Mann,
der nicht sterben kann, lang
unter Straßenlaternen schwankt
sein nacktes Aug und sein Aug
schnapsatemblind, und Geruch
von nassem Fleisch unter seinen Nägeln
betäubt ihn nicht immer, o Gott,
lang ist die Nacht.

Mein Haar wird nicht weiß,
denn ich kroch aus dem Schoß von Maschinen,
Rosenrot strich mir Teer auf die Stirn
und die Strähnen, man hatt' ihr
die schneeweiße Schwester erwürgt. Aber ich,
der Häuptling, schritt durch die Stadt
von zehnmalhunderttausend Seelen, und mein Fuß
trat auf die Seelenasseln unterm Lederhimmel,
aus dem
zehnmalhunderttausend Friedenspfeifen
hingen, kalt. Engelsruhe
wünscht' ich mir oft
und Jagdgründe, voll
vom ohnmächtigen Geschrei
meiner Freunde.

Mit gespreizten Beinen und Flügeln,
binsenweis stieg die Jugend
über mich, über Jauche, über Jasmin ging's
in die riesigen Nächte mit dein Quadrat-
wurzelgeheimnis, es haucht die Sage
des Tods stündlich mein Fenster an,
Wolfsmilch gebt mir und schüttet
in meinen Rachen das Lachen
der Alten vor mir, wenn ich in Schlaf
fall über den Folianten,
in den beschämenden Traum,
dass ich nicht taug für Gedanken,
mit Troddeln spiel,
aus denen Schlangen fransen.

Auch unsere Mütter haben
von der Zukunft ihrer Männer geträumt,
sie haben sie mächtig gesehen,
revolutionär und einsam,
doch nach der Andacht im Garten
über das flammende Unkraut gebeugt,
Hand in Hand mit dem geschwätzigen
Kind ihrer Liebe. Mein trauriger Vater,
warum habt ihr damals geschwiegen
und nicht weitergedacht?

Verloren in den Feuerfontänen,
in einer Nacht neben einem Geschütz,
das nicht feuert, verdammt lang
ist die Nacht, unter dem Auswurf
des gelbsüchtigen Monds, seinem galligen
Licht, fegt in der Machttraumspur
über mich (das halt ich nicht ab)
der Schlitten mit der verbrämten
Geschichte hinweg.
Nicht dass ich schlief: wach war ich,
zwischen Eisskeletten sucht' ich den Weg,
kam heim, wand mir Efeu
um Arm und Bein und weißte
mit Sonnenresten die Ruinen.
Ich hielt die hohen Feiertage,
und erst wenn es gelobt war,
brach ich das Brot.

In einer großspurigen Zeit
muss man rasch von einem Licht
ins andre gehen, von einem Land
ins andre, unterm Regenbogen,
die Zirkelspitze im Herzen,
zum Radius genommen die Nacht.
Weit offen. Von den Bergen
sieht man Seen, in den Seen
Berge, und im Wolkengestühl
schaukeln die Glocken
der einen Welt. Wessen Welt
zu wissen, ist mir verboten.

An einem Freitag geschah's
- ich fastete um mein Leben,
die Luft troff vom Saft der Zitronen
und die Gräte stak mir im Gaumen -
da löst' ich aus dem entfalteten Fisch
einen Ring, der, ausgeworfen
bei meiner Geburt, in den Strom
der Nacht fiel und versank.
Ich warf ihn zurück in die Nacht.

O hätt ich nicht Todesfurcht!
Hätt ich das Wort,
(verfehlt ich's nicht),
hätt ich nicht Disteln im Herz,
(schlüg ich die Sonne nicht aus),
hätt ich nicht Gier im Mund,
(tränk ich das wilde Wasser nicht),
schlüg ich die Wimper nicht auf',
(hätt ich die Schnur nicht gesehn).

Ziehn sie den Himmel fort?
Trüg mich die Erde nicht,
läg ich schon lange still,
läg ich schon lang,
wo die Nacht mich will,
eh sie die Nüstern bläht
und ihren Huf hebt
zu neuen Schlägen,
immer zum Schlag.
Immer die Nacht.
Und kein Tag.


Aufnahme 1957
Anrufung des Grossen Bären
Foto: Ingeborg Bachmann por Barbara Pflaum , 1971
Recibe el Anton Wildgans Premio de la Industria Austríaca

28 feb. 2014

Hermann Broch: Mitad de la vida

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Nunca reconozco el lenguaje en mi boca ni las palabras escritas,
y lo que digo sucede en un discurso perdido
en uno futuro, no es sino seducción, seducción y ser seducido,
y ese miedo que invade al hombre cuando descubre
que grito y eco, gesto y comprensión, todo lo habitual,
es como algo regalado para siempre que de repente puede
        extinguirse, y que él está solo
en la mitad de la vida.
Constantemente nos atrapa el río del principio y del fin, una y otra vez,
apenas ya un río, ya sólo una corriente, apenas ya una corriente,
ya sólo una caída, pues sin orilla, sin desembocadura, sin fuente
se echa a rodar vacilante el silencioso murmullo,
ningún cielo lo cubre con su bóveda y ningún suelo lo sostiene,
ninguna mirada divina descansó jamás sobre él: ni principio ni fin,
        más allá terrible
del alma, su luz, su oscuridad, fundidas en la ola de lo indistinguible.
¿Dónde se separan la desembocadura y la fuente?, ¿dónde el ser
        y el no ser?
¿allí donde Jacob liberó al ángel?
Oh, hombre en mitad de la vida,
nadie se lamenta contigo por el lenguaje perdido,
nadie, por el mundo creado, por el regalado y roto de nuevo,
nadie se lamenta contigo por el amor, por el regalado y huido de nuevo,
por la estrella apagada, por la sonrisa apagada. Pues ya ni siquiera
        nadie es,
ni nada ha sido. Tú, sin embargo, cegado y empujado por las olas,
no oyes ya tu propia queja, tan mudo es su lamento,
y más mudo aún su eco en las paredes y los barrancos de las aguas.
¿Por qué, oh, por qué sigues luchando contra las olas que ruedan?,
¿tienes esperanza y aún esperas, como si hubiera espera
        en el tiempo sin tiempo?,
¿por qué no desfalleces feliz y cansado, hundiéndote feliz
        en el silencio que fluye?
¿Sigues espiando, ciego, a la estrella apagada?
Nunca centellea para ti,
de ninguna orilla llega respuesta y en ningún astro se te hace visible el cielo,
ninguno te satisface el anhelo ciego con la mirada que conoce, ninguno
la esperanza en la agitada soledad.
Feliz y doloroso fue tu primer despertar, fue el primer don del resplandor,
más doloroso y más feliz fue el nuevo enlace del día con la oscuridad
        de la noche,
feliz fue quien retornó a la ceguera.
Pero más poderosa es la certeza, inexplicable el destino humano
de engendrarse a sí mismo, divino el ojo del ser, y separar de nuevo
        en el latido del corazón su luz, sus tinieblas,
        la esfera sublime de los patriarcas.
Pues preñado del tiempo está lo intemporal y preñada del renacer,
el alma intemporal. Y sobre el seno infinito de las aguas, más infinito aún,
se arquea el espejo de lo incomprensible para siempre, el espejo del origen
        y del paisaje entretejido, recibiendo y ofreciendo en la calma tardía
        del mediodía la copa dorada del otoño. Mutismo de la madurez,
        el silencio del que conoce. Y tú ya no entiendes
el lenguaje en tu boca ni las palabras de otro tiempo, pero tan clara
e intacta, como si fuera un grito desde la otra orilla del lago,
sopla expuesta al sol del mediodía la voz olvidada de la niñez, y desde una
sombra más fresca, desde el espejo oscuramente verdoso bajo las montañas
suena la canción de la vejez, la agitación sosegada.
Desembocadura y fuente del alma, su pregunta y su respuesta intemporal,
        así caen
los días y las olas giratorias de la noche en la copa dorada, y, apacible,
en el arco de siete colores se tensa el borde celestial sobre el paisaje
de la mañana a la noche sagradamente renovado, creado de nuevo,
creación de los amantes
que caminan en él. Sólo entonces, terrenal su luminosidad
        a pesar del luminoso universo,
descubres la muerte casada con tu vida, aunque separada de la vida,
        la descubres
como una estrella de la sublime esfera infinita, eco de tu ser que
        sonriente satisface tu anhelo,
transformado en sosegado mirar: y mano con mano del alma amada y amante,
oh, mitad de la vida, escuchas contemplando la canción de tu vejez:
el lenguaje reencontrado.




En mitad de la vida. Poesía completa 
Hermann Broch, 1913
Igitur, 2007. (Zürich 1953, edición Erich von Kahler)
Trad.: Montserrat Armas y Rafael-José Díaz
Foto: HB en 1909 (sin crédito)


29 ene. 2014

Hermann Broch según Elías Canetti

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Discurso pronunciado en su quincuagésimo aniversario: Viena, noviembre de 1936

Es tarea grata y relevante aprovechar el quincuagésimo cumpleaños de un hombre para dirigirle la palabra en público, arrancarlo casi a la fuerza de la serie de circunstancias estrechamente concatenadas que constituyen su vida y presentarlo, realzado y visible a todo el mundo desde ángulos muy diversos, como si estuviera totalmente solo, condenado a una soledad pétrea e inalterable, aunque la soledad real y secreta de su vida le ocasione, aún con toda su humildad y su blandura, padecimientos más que suficientes. Es como si con este discurso le dijésemos: no te angusties más, que ya te has angustiado bastante por nosotros. Todos nosotros hemos de morir; pero aún no es seguro que tú también debas morir. Tal vez tus palabras tengan que representarnos precisamente ante las generaciones futuras. Nos has servido leal y honestamente. Nuestra época no te abandonará.

Para asegurar a estas palabras, como a un ensalmo, su plena efectividad, se les aplica el sello de los cincuenta años. Pues para nuestra forma de pensar, el pasado se ha dividido en siglos: nada tiene cabida al lado de los siglos. Y en la medida en que a la humanidad le interesa conservar el enorme arsenal de su memoria, va echando todo cuanto le parece peculiar e importante en el saco de los siglos. Incluso la palabra que designa este lapso ha adquirido una connotación venerable. Se habla de lo secular como en un misterioso lenguaje sacerdotal. El poder mágico que antiguamente, entre los pueblos primitivos, se asignaba a números más modestos —el tres, el cuatro, el cinco o el siete—, ha sido transferido a la centuria. Sí, incluso la numerosa grey de los que frecuentan el pasado sólo para reencontrar en él la insatisfacción con el presente, incluso el grupo de quienes recogen la amargura de todos los siglos conocidos, se complacen en jalonar el futuro de sus sueños con siglos mejores.

No hay duda: el siglo abarca un lapso temporal suficiente para los anhelos del ser humano. Pues cuando la suerte le es realmente propicia, llega a los cien años. Esto sucede de vez en cuando, aunque es improbable. Los pocos que de verdad cumplen un siglo se ven rodeados de asombro y de un sinnúmero de historias. En las antiguas crónicas eran enumerados expresamente con su nombre y posición social. Como objeto de atención superaban incluso a los ricos. El ferviente deseo de dominar un lapso de vida tan largo es, sin duda, lo que tras la adopción del sistema decimal elevó al siglo a su alto rango.

Sin embargo, cuando una época celebra a algún quincuagenario, le sale al encuentro a mitad de camino. Lo presenta a quienes vendrán luego como alguien digno de ser preservado. Lo hace resaltar claramente, quizá contra su voluntad, entre el escaso número de quienes han vivido más en función de ella que de sí mismos. Se alegra de la cima redonda a la que lo ha encumbrado y une a ello una leve esperanza: tal vez el personaje en cuestión, que no puede mentir, haya columbrado alguna Tierra prometida y esté incluso dispuesto a hablar de ella. A él le creería.

Sobre esta cima se halla ahora Hermann Broch. Pues bien, digámoslo sin rodeos y atrevámonos a afirmar que hemos de venerar en él a uno de los poquísimos escritores representativos de nuestro tiempo; afirmación ésta que sólo cobraría toda su fuerza si yo pudiera enumerar aquí la larga lista de personas que, aunque pasen por escritores, en realidad no lo son. Pero más importante que ejercer este presuntuoso oficio de verdugo me parece que es encontrar los atributos que han de coexistir en el interior de un escritor para que pueda ser considerado representativo de su tiempo. Y quien emprenda a conciencia una indagación de este tipo verá surgir una imagen nada cómoda y aún menos armónica.

La enorme y aterradora tensión en que vivimos —y de la que no ha podido liberarnos ninguno de los ansiados temporales—, se ha apoderado de todas las esferas, incluso de una esfera tan pura y libre como la del asombro. Pues si tuviéramos que resumir muy brevemente nuestra época, podríamos definirla como la época en que es posible, asombrarse simultáneamente de las cosas más opuestas: de la influencia milenaria de algún libro, por ejemplo, y de que no todos los libros sigan ejerciendo su influencia. De la fe en los dioses y, al mismo tiempo, de que cada hora no caigamos de rodillas ante nuevos dioses. De la separación en sexos que nos ha tocado en suerte, y de que la escisión no sea todavía más profunda. De la muerte, que siempre rechazamos, y al mismo tiempo de que no hayamos muerto ya en el seno maternal, de pesadumbre por todo cuanto habría de ocurrirnos. En otra época, el asombro era sin duda aquel espejo del que suele hablarse tan a gusto y que convocaba las imágenes en una superficie más lisa y tranquila. Hoy en día este espejo se ha roto y las astillas del asombro se han reducido. Pero incluso en la astilla más pequeña no se refleja ya una imagen sola: arrastra a su contraria implacablemente. Veas lo que veas, y por mínimo que esto sea, se anula por sí mismo mientras lo estás viendo.

Y tampoco hemos de esperar, cuando intentemos atrapar al escritor en el espejo, que su destino sea diferente al de los torturados guijarros de la cotidianidad. Opongámonos desde un comienzo a aquel error tan difundido según el cual los grandes escritores se hallan por encima de su tiempo. Nadie se halla espontáneamente por encima de su tiempo. Los "sublimes" no están en él, simplemente. Tal vez estén en la antigua Grecia o entre algunos pueblos bárbaros. Concedámosles esta prerrogativa: es preciso ser ciego ante muchas cosas para estar tan lejos, y a nadie puede negársele el derecho a anular todas sus facultades sensitivas. Pero un individuo así no se halla por encima de nosotros, sino por sobre la suma de recuerdos —de la antigua Grecia, por ejemplo— que llevamos en nuestro interior; es, como quien dice, un historiador de la cultura a título experimental que, con gran ingenio, pone a prueba en su persona lo que su certera intuición juzga necesariamente verdadero. El "sublime" es aún más impotente que el físico experimental, pues si bien éste se mueve sólo en un sector delimitado de su campo de estudios, siempre tiene la posibilidad de ejercer un control. El "sublime" hace su aparición con algo más que reivindicaciones de orden científico: con reivindicaciones de orden abiertamente cultural. Y la mayoría de las veces ni siquiera es un fundador de sectas: sacerdote para sí solo, celebra también para sí solo y es al mismo tiempo su único creyente.

El verdadero escritor, sin embargo, tal como nosotros lo entendemos, vive entregado a su tiempo, es su vasallo y su esclavo, su siervo más humilde. Se halla atado a él con una cadena corta e irrompible, adherido a él en cuerpo y alma. Su falta de libertad ha de ser tan grande que le impida ser trasplantado a cualquier otro lugar. Y si la fórmula no tuviera cierto halo ridículo, me atrevería a decir simplemente: es el sabueso de su tiempo. Recorre una por una sus motivaciones, deteniéndose aquí y allá: arbitrariamente en apariencia, pero sin tregua; atento, aunque no siempre, a los silbidos que vengan de lo alto; fácil de azuzar, reacio a volver cuando lo llaman, impulsado por una inexplicable propensión al vicio. Sí, ha de meter en todas partes su húmedo hocico sin que se le escape nada, hasta que al final regresa y comienza de nuevo, insaciable. También come y duerme pero esto no lo diferencia de los otros seres. Lo que le distingue es la siniestra perseverancia en su vicio, este goce íntimo y prolijo interrumpido por sus carreras. Y así como nunca recibe en cantidades suficientes, tampoco recibe nada con la suficiente presteza; es un poco como si hubiera aprendido a correr expresamente en atención al vicio de su hocico.

Les pido disculpas por un símil que sin duda encontrarán indigno en grado sumo del tema que ahora nos ocupa. Pero es mi intención poner precisamente a la cabeza de los tres atributos propios del escritor representativo de esta época Aquel del que nunca se habla, Aquel que da origen a los restantes, ese vicio tan concreto y peculiar que yo le exijo, y sin el cual sólo es penosamente mimado y sobrealimentado, como un triste engendro prematuro, hasta que se convierte en lo que en realidad no es.

Este vicio une al escritor con el mundo que lo rodea en forma tan directa e inmediata como el hocico une al sabueso con su coto de caza. Es un vicio distinto en cada caso, único, novedoso dentro de la nueva situación que plantee la época. No hay que confundirlo con el funcionamiento normal de los sentidos que cada cual tiene. Por el contrario, cualquier alteración en el equilibrio de este funcionamiento, la pérdida de algún sentido, por ejemplo, o el excesivo desarrollo de otro, puede dar origen a la formación del vicio necesario. Éste es siempre inconfundible, violento y primitivo. Se pone de manifiesto tanto en los rasgos corporales como en los fisionómicos. El escritor que se deja poseer por él acaba luego debiéndole lo esencial de su experiencia creativa.

Mas también el problema de la originalidad, sobre el que tanto se ha discutido y se ha dicho tan poco, ingresa a partir de aquí en un campo lumínico distinto. Como es sabido, la originalidad nunca debe exigirse. El que la persigue, jamás la obtiene; y las payasadas vanas y bien calculadas que muchos nos presentan con la pretensión de ser originales figuran aún, sin duda alguna, entre nuestros recuerdos más penosos. Pero entre el rechazo de este necio afán de originalidad y la torpe afirmación de que un escritor no necesita ser original hay, claro está, un paso gigantesco. Un escritor es original o no es escritor. Lo es de un modo profundo y simple, en virtud de aquello que hemos dado en llamar su vicio. Y lo es a un grado tal que él mismo ni lo sospecha. Su vicio lo impulsa a agotar el mundo, tarea que nadie podría hacer por él. Inmediatez y riqueza inagotable, los dos atributos que siempre se le han exigido al genio y que él, además, siempre posee, son los hijos de este vicio. Ya tendremos oportunidad de poner el ejemplo a prueba y averiguar, en el caso concreto de Broch, de qué vicio se trata.

El segundo atributo que ha de exigírsele ahora a un escritor representativo es la voluntad seria de sintetizar su época, una sed de universalidad que no se deje intimidar por ninguna tarea aislada, que no prescinda de nada, no olvide nada, no pase por alto nada ni realice nada sin esfuerzo.

A cultivar esta universalidad se ha dedicado Broch solícita y reiteradamente. Más aún: podemos decir que su voluntad de escritor se encendió sobre todo al contacto con esta exigencia de universalidad. Hombre estrictamente filosófico en sus comienzos y durante largos años, no se permitió tomar demasiado en serio las tareas propias de un escritor. Demasiada concreción y exclusivismo veía en ellas, obras incompletas e irrelevantes en las que el todo nunca hallaba cabida. En la época en que Broch empezó a filosofar, la filosofía aún solía complacerse a veces en su antigua pretensión de universalidad; tímidamente, claro está, pues tal pretensión había caducado mucho tiempo atrás. Pero él, espíritu magnánimo y vuelto hacia todo lo que aspirara a infinitud, se dejó iluminar con gusto por esta pretensión. A ello se sumó la profunda impresión que le causara la rotundidad espiritual y universal de la Edad Media, impresión que nunca ha superado totalmente. Sostiene que en esa época existió un sistema de valores cerrado y espiritual, y ha dedicado una gran parte de su vida a investigar la "desintegración de los valores", que para él comienza en el Renacimiento y sólo llega a su final catastrófico con la Guerra Mundial.

En el curso de este trabajo, el componente literario fue prevaleciendo poco a poco en Broch. Su primera obra extensa, la trilogía novelesca Los sonámbulos, constituye, bien mirado, la realización literaria de su filosofía historicista, aunque limitada a su propia época, la que va de 1888 a 1918. La "desintegración de los valores" ha sido realizada aquí en figuras nítidas y muy literarias. No logramos liberarnos de la sensación de que lo plenamente válido —y a veces, incluso, ambiguo— que tienen todas ellas, ha ido cristalizando contra la voluntad o, al menos, bajo la pudorosa resistencia de su autor. Nunca dejará de extrañarnos el que, en este caso, alguien haya intentado ocultar aquello que le es más propio y personal bajo una montaña de recuerdos. A través de Los sonámbulos ha encontrado Broch una posibilidad de acceso a la universalidad justamente donde menos lo hubiera imaginado: en esa forma irrelevante y laberíntica que es la novela. Y sobre ella nos habla luego en muy diversos pasajes: "La novela ha de ser espejo de todas las otras visiones del mundo", dice en una ocasión. "La obra literaria ha de aprehender en su unidad al mundo entero", o bien: "La novela moderna ha llegado a ser polihistórica." "La escritura es siempre una impaciencia del conocimiento." Pero donde más claramente formula su nueva concepción es en el discurso sobre James Joyce y el presente:


La misma filosofía ha puesto fin a su era de universalidad, a la era de los grandes compendios; se ha visto obligada a alejar de su espacio lógico sus preguntas más candentes, o, como dice Wittgenstein, a transferirlas al espacio de la mística.

Y es aquí donde comienza la misión de lo literario, misión de un conocimiento totalizador y ecuménico que se halla por encima de cualquier condicionamiento empírico o social, y al que le es indiferente que el hombre viva en una época feudal, burguesa o proletaria: compromiso de la literatura con el carácter absoluto y esencial del conocimiento.

La tercera exigencia que habría que plantearle al escritor es la de estar en contra de su época. Y en contra de toda su época, no simplemente contra esto o aquello: contra la imagen general y unívoca que de ella tiene, contra su olor específico, contra su rostro, contra sus leyes. Su oposición habrá de manifestarse en voz alta y cobrar forma, nunca anquilosarse o resignarse en silencio. Tendrá que berrear y patalear como un niño pequeño, pero ninguna de las leches del mundo, ni siquiera las que emanen del seno más bondadoso, deberá acallar su protesta y mecerlo hasta que se duerma. Podrá desear el sueño, mas nunca deberá alcanzarlo. Si olvida su postura de protesta será un renegado, como podía serlo todo un pueblo contra su Dios en los tiempos en que el sentimiento religioso aún era importante.

Es ésta una exigencia cruel y radical al mismo tiempo. Cruel por oponerse en forma tan tajante a lo anterior. Pues el escritor no es en absoluto un héroe que deba someter a su época y tenerla sojuzgada. Por el contrario, hemos visto que ha de vivir entregado a ella, ser su esclavo más humilde, su sabueso. Y este mismo sabueso, que se pasa la vida entera siguiendo los dictados de su hocico, sibarita y víctima abúlica a la vez, libertino y presa de otros al mismo tiempo, esta misma criatura ha de estar constantemente contra todo, tomar postura contra sí misma y contra su vicio, sin poder liberarse nunca de él, proseguir su tarea, indignarse y encima estar consciente de su propia disyuntiva. Es una exigencia realmente cruel, y es también una exigencia radical, tan cruel y radical como la muerte misma.

Pues del hecho mismo de la muerte se deriva esta exigencia. La muerte es el hecho primero y más antiguo, y casi me atrevería a decir: el único hecho. Tiene una edad monstruosa y es sempiternamente nueva. Su grado de dureza es diez, y corta también como un diamante. Tiene la gelidez absoluta del espacio cósmico: doscientos setenta y tres grados bajo cero. Tiene la fuerza del huracán, la máxima. Es el superlativo absoluto de todo. Infinita sí que no es, pues cualquier camino lleva a ella. Mientras exista la muerte, toda opinión será una protesta contra ella. Mientras exista la muerte, toda luz será un fuego fatuo, pues a ella nos conduce. Mientras exista la muerte, nada hermoso será hermoso y nada bueno, bueno.

Los intentos por avenirse a ella —¿qué otra cosa son las religiones?— han fracasado. La conciencia de que después de la muerte no hay nada —una conciencia terrible y que nunca será agotada totalmente—, ha arrojado una sacralidad nueva y desesperada sobre la vida. El escritor, que en virtud de aquello que algo sumariamente hemos denominado su vicio tiene la posibilidad de tomar parte en muchas vidas, participa también en todas las muertes que amenazan a esas vidas. Su propio miedo —¿quién no le teme a la muerte?— ha de convertirse en la angustia mortal de todos. Su propio odio —¿quién no aborrece a la muerte?— deberá convertirse en el odio que todos sentimos por la muerte. Ésta y no otra es su oposición contra la época, que se va llenando de miríadas y miles de miríadas de muertes.

De este modo el escritor recibe una parte de la herencia legada por la esfera religiosa, y sin duda la mejor parte. De todas formas, las herencias que le tocan no son pocas: la filosofía le ha legado, como vimos, su exigencia de universalidad en el conocimiento; la religión, la problemática depurada de la muerte. La vida misma, la vida tal como existía antes de toda religión y de toda filosofía, la vida animal, no consciente de sí misma ni de su propio fin, le ha otorgado, bajo la forma concentrada y felizmente canalizada de la pasión, su avidez insaciable.

Nuestra tarea consistirá ahora en indagar qué forma reviste la conjunción de estos legados en un hombre único y concreto, precisamente en Hermann Broch. Pues sólo en su correlación adquieren importancia: su unidad informa la representatividad del escritor que es Hermann Broch. La pasión muy concreta por la que se halla poseído ha de ofrecerle el material que luego él condensará en una imagen universal y comprometida de su tiempo. Pero esa pasión tan concreta habrá de reflejar también, en forma natural e inequívoca y en cada una de sus oscilaciones, el fantasma de la muerte. Pues de esta manera alimentará la oposición incesante e inexorable contra una época que, a su vez, mima a la muerte.

Y ahora permítanme dar un salto al elemento que habrá de ocuparnos casi exclusivamente en lo sucesivo: el aire. Tal vez les sorprenda que el discurso pueda recaer en algo tan común como el aire. Sin duda esperaban oír algo sobre la especificidad de nuestro escritor, sobre el vicio por el que se halla poseído, sobre su terrible pasión. Tal vez sospechen algo doloroso detrás de ella, o bien, en la medida en que sean de temperamento menos desconfiado, al menos algo muy misterioso. Pues bien: debo desilusionarlos. El vicio de Broch es totalmente cotidiano, más cotidiano que fumar tabaco, ingerir alcohol y jugar a las cartas, pues es más antiguo: el vicio de Broch es la respiración. Respira con fruición apasionada, y nunca lo suficientemente. Y tiene a la vez una manera inconfundible de sentarse, dondequiera que esté: ausente en apariencia, porque sólo reacciona raras veces y a disgusto con los medios corrientes del lenguaje; ausente, en realidad, como ningún otro, pues siempre está comprometido con la totalidad del espacio en que se encuentra, con una especie de unidad atmosférica.

En ésta no basta con saber que aquí hay una estufa y más allá un armario; no basta con escuchar lo que alguien dice y lo que otro, sabiamente, le contesta, como si ambos se hubieran puesto ya de acuerdo antes de hablar; tampoco basta con registrar el curso y las dimensiones del tiempo, cuándo llega alguien, cuándo aquél se pone en pie, cuándo se va un tercero: de todo eso se encarga el reloj. Hay mucho más que sentir en un espacio donde haya hombres reunidos que respiren. El espacio bien puede estar lleno de aire puro y con las ventanas abiertas. Puede haber llovido. La estufa puede despedir ondas de aire caliente y ese calor llegar desigualmente a los presentes. El armario puede haber permanecido mucho tiempo cerrado, y el aire extraño que despida al ser abierto tal vez modifique el comportamiento de los presentes entre sí. Éstos hablan, desde luego, también tienen cosas que decir; pero forman sus palabras con aire y, a medida que las dicen, van llenando el cuarto de nuevas y extrañas vibraciones, de catastróficas modificaciones del estado anterior. Y el tiempo, el verdadero tiempo psíquico por lo que menos se orienta es por el reloj; es más bien y en gran parte una función de la atmósfera en la cual transcurre. De ahí que sea increíblemente difícil determinar, incluso a título aproximativo, cuándo una persona llega realmente a una reunión, cuándo otra se levanta y cuándo una tercera se va de verdad.

Cierto es que todo esto resulta simplista, y un maestro experimentado como Broch bien puede sonreír ante tales ejemplos. Pero éstos no tienen más pretensión que insinuar la importancia que para él mismo ha cobrado todo cuanto se relaciona con la economía de la respiración; insinuar cómo ha hecho totalmente suyas las condiciones atmosféricas de modo que, desde su óptica personal, pueden sustituir muchas veces y en forma inmediata las relaciones humanas; cómo escucha mientras respira y palpa mientras respira, cómo subordina todos sus sentidos a su sentido respiratorio, llegando a parecer a veces un ave grande y hermosa a la que le han cortado las alas pero han dejado en libertad. En lugar de encerrarla cruelmente en una sola jaula, sus perseguidores le han abierto todas las jaulas del mundo. Y aún la sigue espoleando el hambre insaciable de aire de aquel tiempo veloz y sublime: para saciarlo va de jaula en jaula. En cada una recoge una muestra de aire que la llene y se la lleva consigo. Antes era un ladrón muy peligroso y el hambre lo hacía atacar todo lo que estuviera vivo; ahora, el aire es el único botín que le apetece. En ningún sitio permanece mucho rato; se va con la misma rapidez con la que llega. Evade a los verdaderos dueños y propietarios de las jaulas. Sabe que nunca, ni siquiera en todas las jaulas del mundo, volverá a respirar en su conjunto lo que antes tenía. Siempre conserva su nostalgia de aquella gran cohesión, de aquella libertad por sobre todas las jaulas. Y así sigue siendo el mismo pájaro grande y hermoso que fue en otra época; los demás lo reconocen por los bocados de aire que les quita, y él, a sí mismo, por su inquietud.

Pero la sed de aire y el constante cambio de espacios atmosféricos no son suficientes para Broch. Sus capacidades van más allá; retiene perfectamente lo que ha respirado y lo retiene en la forma única y exacta en que lo ha vivido. Y por más que se vayan sumando muchos elementos nuevos y quizás más poderosos, en él no se da el peligro de una confusión de impresiones atmosféricas, tan natural para todos nosotros. Nada se le confunde, nada pierde su claridad para él; posee una experiencia muy rica y ordenada en cuanto a espacios atmosféricos. De su voluntad depende hacer uso de esta experiencia.

Debemos, pues, suponer que Broch se halla dotado con algo que sólo puedo calificar de memoria respiratoria (Atemgedächtnis). La pregunta: ¿qué es realmente esta memoria respiratoria, cómo funciona y dónde tiene su sede?, surge por sí sola. Me la plantearán y yo no podré darle una respuesta precisa. Sin embargo, y pese al riesgo de ser tildado de charlatán por los científicos especializados, me veo obligado a deducir la existencia de este tipo de memoria a partir de ciertos efectos que de otra manera resultarían inexplicables. Para dificultarle a la ciencia su opinión despreciativa, debiéramos recordar aquí hasta qué punto la civilización occidental se ha alejado de toda la sutil problemática del respirar y de la experiencia respiratoria. La psicología exacta más antigua y casi experimental, que, como sabemos, cabe calificar con más derecho de psicología de la autoobservación y de la experiencia interior, la psicología de los hindúes, tenía justamente este tema por objeto. Nunca dejará de asombrarnos que la ciencia, esta arribista de la humanidad que en el curso de los últimos siglos se ha ido enriqueciendo sin escrúpulos a costa de todo el mundo, haya olvidado precisamente aquí, en el ámbito de la experiencia respiratoria, lo que ya una vez fue muy conocido en la India, constituyendo el ejercicio cotidiano de innumerables adeptos.

En el caso de Broch entra también en juego, por cierto, una técnica inconsciente que le facilita la aprehensión de impresiones atmosféricas, así como su retención y posterior reelaboración. El observador ingenuo notará en él una serie de elementos que podrían formar parte de esta técnica. Así, por ejemplo, los diálogos brochianos tienen una puntuación muy peculiar e inolvidable. No le agrada responder con un sí o un no, que serían tal vez cesuras demasiado violentas. Divide arbitrariamente el discurso de su interlocutor en períodos absurdos en apariencia, identificables por una entonación característica que se debería reproducir fielmente en un fonógrafo, que el otro interpreta como una aprobación y que, en realidad, transmite tan sólo el registro de lo hablado. Apenas se escuchan negaciones. El interlocutor es menos percibido en su forma de hablar y de pensar: a Broch le interesa mucho más captar de qué modo específico el otro hace vibrar el aire. Él mismo emite poco aliento y da una impresión de insensibilidad y ausencia cuando se muestra parco con las palabras.

Mas dejemos estas cosas personales, que requerirían un tratamiento más detallado para alcanzar un valor real, y preguntémonos qué intenta hacer Broch en su arte con la rica experiencia atmosférica de la cual dispone. ¿Le ofrece ésta la posibilidad de expresar algo que sería inexpresable de otro modo? Y un arte que proviene de ella ¿ofrece una imagen nueva y distinta del mundo? ¿Es concebible una escritura que pueda crearse a partir de la experiencia atmosférica? ¿De qué medios se sirve entonces en el ámbito de la palabra?

A esto habría que responder, ante todo, que la multiplicidad de nuestro mundo se compone en buena parte de la multiplicidad de nuestros espacios respiratorios. El espacio en que ustedes están ahora aquí, sentados en un orden perfectamente prescrito y separados del mundo circundante en forma casi total, la manera como el aire que respiran se va integrando en una atmósfera común con todos ustedes y choca luego contra mis palabras, los ruidos que los molestan y el silencio al que después revierten, los movimientos que ustedes reprimen, de aprobación o de rechazo, son todos elementos que van instituyendo, desde el punto de vista del que respira, una situación única, irrepetible, apoyada en sí misma y muy bien delimitada. Pero avancen ustedes unos cuantos pasos y se encontrarán con una situación totalmente distinta, en un espacio respiratorio diferente: quizá en una cocina o en un dormitorio, en el bar de una calleja, en un tranvía; y siempre habrá que pensar en una constelación concreta e irrepetible de seres que respiran en una cocina, en un dormitorio, una taberna o un tranvía. La gran ciudad está tan llena de espacios respiratorios de este tipo como de individuos aislados; y así como la diseminación de estos individuos, ninguno de los cuales es igual al otro —una especie de callejón sin salida de cada cual—, constituye el principal encanto y la desgracia fundamental de la vida, así también podríamos quejarnos de la disgregación de la atmósfera.

La multiplicidad del mundo y su disgregación individual, verdadera materia prima del quehacer artístico, se da también para el que respira. ¿Hasta qué punto estaba consciente de esto el arte de otros tiempos?

No puede decirse que lo atmosférico no haya sido objeto de atención para el pensamiento humano de otras épocas. Los vientos se cuentan entre las figuras más antiguas de la mitología. Todos los pueblos han pensado en ellos: pocos espíritus o dioses han alcanzado su popularidad. Los oráculos de los chinos dependían en gran medida de los vientos. Las tormentas, tempestades y huracanes constituyen un elemento fundamental de la acción en las epopeyas más antiguas. Han sido luego y siguen siendo un accesorio eternamente recurrente; se les extrae de preferencia de los cajones de sastre del Kitsch. Una ciencia que hoy en día se presenta con reivindicaciones muy serias, pues hace pronósticos, se ocupa en gran medida con los desplazamientos de aire: es la meteorología. Pero todo esto es, en el fondo, muy genérico, pues se trata siempre del elemento dinámico de la atmósfera, de modificaciones que casi podrían matarnos, de asesinatos y homicidios cometidos en el aire: grandes fríos, grandes calores, velocidades demenciales, récords delirantes.

¡Imagínense que la pintura moderna consistiera en la representación simple y grosera del Sol o el arco iris! La visión de tales cuadros tendría que despertar en nosotros una sensación de barbarie sin precedentes. Nos sentiríamos tentados de agujerearlos. No tendrían valor alguno. Se les denegaría de entrada el atributo de "cuadro". Pues una larga práctica ha enseñado a los hombres a configurar, a partir de la multiplicidad y variabilidad de los colores que contemplan, una serie de superficies estáticas y bien delimitadas, aunque infinitamente diferenciadas dentro de su imperturbabilidad, que denominan cuadros.

La literatura de lo atmosférico como algo estático se halla sólo en su fase inicial de evolución. El espacio respiratorio estático apenas ha sido configurado. Denominemos lo que haya que crear en este campo "imagen respiratoria" (Atembild), en contraposición a la imagen cromática del pintor, y, dado el enorme parentesco existente entre la respiración y el lenguaje, atengámonos a la suposición de que el lenguaje es un medio apropiado para la realización de la imagen respiratoria. Y entonces tendremos que reconocer en Hermann Broch al fundador de este nuevo arte, a su primer representante consciente y al que, además, ha logrado crear el paradigma clásico en su género. De texto clásico y grandioso hay que calificar El retorno (Die Heimkehr), un relato de unas treinta páginas en el que se cuenta cómo un hombre, que acaba de llegar a una ciudad, sale a la plaza de la estación y alquila una habitación en casa de una anciana que vive con su hija. Éste es el contenido en el sentido del antiguo arte narrativo: el argumento. Lo que en realidad se describe es la plaza de la estación y el apartamento de la anciana. La técnica que Broch emplea en él es tan novedosa como perfecta. Estudiarla requeriría un ensayo aparte y, como habría que profundizar mucho en el detalle, estaría fuera de lugar aquí, sin duda alguna.

Para él sus personajes no son cárceles. Suele escaparse de ellos muy a gusto. Tiene que hacerlo y, sin embargo, permanece mucho en las inmediaciones. Son personajes instalados en aire: él ha respirado por ellos. La circunspección del autor es un temor ante el aliento de su propia respiración, que afecta la tranquilidad de los demás.

No obstante, su sensibilidad lo separa asimismo de los hombres de su época que, en resumidas cuentas, aún creen en seguridad. Y no es que sean precisamente torpes. La suma total de sensibilidad ha aumentado considerablemente en el mundo de la cultura. Pero esta sensibilidad tiene también, por extraño que esto suene, su propia tradición ya fijada y absolutamente inconmovible. Se halla determinada por lo que ya nos es bien conocido. Las torturas que nos han sido transmitidas, de las cuales suele hablarse a menudo y de las que se hablaba igualmente en otros tiempos, como las de los mártires, por ejemplo, provocan en nosotros la repulsa más profunda. La impresión que nos dejan los relatos e ilustraciones sobre el tema es tan fuerte que muchas épocas llevan impreso, en su totalidad, el estigma de la crueldad. Así, la Edad Media es para la inmensa mayoría de todos los que leen y escriben, la época de las torturas y de las quemas de brujas. Incluso la afirmación comprobada de que las quemas de brujas son, en realidad, invención y práctica de una época posterior, no logran modificar mucho esta imagen. El hombre promedio piensa con horror en la Edad Media, sobre todo en la torre de las torturas, cuidadosamente conservada, de alguna ciudad medieval que él mismo haya visitado (tal vez en su viaje de bodas). El hombre promedio se horroriza más, en definitiva, ante la remota Edad Media que ante la Guerra Mundial que ha vivido en carne propia. Podemos resumir esta idea en una sola frase fulminante y desconsoladora: en la actualidad sería más difícil condenar públicamente a un solo hombre a la hoguera que desencadenar una guerra mundial.

La humanidad se halla, pues, desamparada sólo cuando no posee experiencia ni recuerdo alguno. Los nuevos peligros pueden ser tan grandes como quieran: la encontrarán mal preparada o, a lo sumo, armada exteriormente. Pero el mayor de todos los peligros que haya surgido jamás en la historia de la humanidad ha elegido a nuestra generación como víctima.

Y es de este desamparo de la respiración del que aún deseo hablar al final. Es difícil hacerse una idea demasiado grande de él. A nada se halla el hombre tan abierto como al aire. En él sigue moviéndose como Adán en el Paraíso, puro, inocente y sin contar con ningún animal perverso. El aire es la última propiedad comunal. Les corresponde a todos los miembros. No ha sido previamente repartida: incluso el más pobre puede hacer uso de ella. Y aunque alguien tuviera que morirse de hambre, hasta el final habrá podido respirar, lo que sin duda es poco.

Y este bien último que ha sido propiedad de todos, ha de envenenarnos a todos juntos. Lo sabemos, pero aún no lo sentimos, pues nuestro arte no es la respiración.

La obra de Hermann Broch se halla entre guerra y guerra, entre guerra química y guerra química. Es posible que aun descubra hoy día en más de un sitio las partículas venenosas de la última guerra. De todos modos, esto es improbable. Lo seguro es que él, que sabe respirar mejor que nosotros, se empieza a ahogar ahora con el gas que quién sabe cuándo nos impedirá respirar a todos los demás.


En La conciencia de las palabras
Primera edición en español, de la segunda en alemán, 1981
Título original: Das Gewissen der Worte
Traducción de Juan José del Solar
Foto de archivo La Nación