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5 may. 2019

William Faulkner - Una rosa para Emily

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William Faulkner - Una rosa para Emily


I

  Cuando murió la señorita Emily Grierson fuimos todo el pueblo a su entierro: los hombres fueron por una especie de respetuoso afecto por un monumento caído, y las mujeres sobre todo por la curiosidad de ver el interior de su casa, que nadie, salvo su viejo criado —mezcla de hortelano y cocinero—, había visto en los últimos diez años.

  Era una construcción de madera, grandona y tirando a cuadrada, que en sus buenos tiempos fue blanca, adornada con cúpulas y torretas y balcones con volutas, muy del orden recargadamente liviano que se estilaba en la década de 1870, erigida en la que había sido en su día nuestra calle más selecta, sólo que los talleres de automoción y las desmotadoras de algodón habían ido multiplicándose hasta borrar incluso los augustos nombres de ese barrio, donde sólo quedó en pie la casa de la señorita Emily, que aún ostentaba su terca y coqueta decadencia por encima de los remolques cargados de algodón en rama y los surtidores de gasolina: un adefesio entre tantos adefesios. Y así llegó el día en que la señorita Emily fue a reunirse con los representantes de aquellos augustos nombres allí donde descansaban, en el cementerio que desconcertaban los cipreses, entre las hileras de tumbas anónimas en las que yacían los soldados de la Unión y también los confederados que perdieron la vida en la batalla de Jefferson.

  En vida, la señorita Emily fue una tradición, un deber, una devoción, una suerte de obligación hereditaria que el pueblo había asumido, y que se remontaba al día de 1894 en que el coronel Sartoris, a la sazón el alcalde que promulgó la ordenanza en virtud de la cual ninguna negra podía pisar la calle si no llevaba el delantal puesto, le condonó los impuestos que adeudaba al municipio, dispensa vigente desde el día en que falleció su padre y a perpetuidad. No es que la señorita Emily hubiese aceptado una obra de caridad. El coronel Sartoris inventó una complicada historia con el fin de que se supiera que el padre de la señorita Emily había prestado dinero a las arcas municipales, y que el municipio, por su propio bien y el de sus habitantes, prefirió devolverlo de esta manera. Sólo un hombre de la generación del coronel Sartoris, sólo un hombre que pensara como él, pudo inventar semejante historia; sólo una mujer como ella pudo creérsela.

  Cuando llegó la siguiente generación con sus ideas más modernas, cuando les tocó a los jóvenes ser alcaldes y concejales, esta disposición dio pie a ciertas insatisfacciones. El primero de año se le envió una notificación fiscal. Llegó febrero sin que se recibiera respuesta. Le escribieron una carta en términos formales, con la cual se le pidió que tuviera la amabilidad de pasar por el despacho del oficial del juzgado cuando a ella le resultara más conveniente. Al cabo de una semana le escribió el alcalde en persona, que se ofreció a visitarla en su domicilio o a mandarle un coche a que la recogiera, y recibió por respuesta una nota en un tarjetón de tamaño arcaico, escrita con trazos finos, continuados, con tinta desleída, para comunicarle que ya nunca salía de casa. La notificación fiscal iba adjunta al tarjetón sin el menor comentario.

  Se convocó una reunión especial del consistorio. Fue a visitarla una delegación, que llamó a la puerta que no había franqueado un solo visitante desde que ella dejó de impartir clases de pintura sobre porcelana unos ocho o diez años antes. Les hizo pasar el viejo negro a un recibidor en penumbra, del cual arrancaba una escalera que se perdía en más sombras. Olía a cerrado, a falta de uso: un olor a humedad. El negro los condujo a la sala. Estaba amueblada con muebles recargados, tapizados en cuero. Cuando el negro abrió los postigos de una de las ventanas vieron que el cuero estaba resquebrajado; cuando tomaron asiento, un tenue polvillo ascendió perezoso para posarse sobre sus muslos, motas que giraban lentas al sesgo del único rayo de luz. En un caballete sobredorado, sin lustre, ante la chimenea, reposaba un retrato a carboncillo del padre de la señorita Emily.

  Se pusieron en pie cuando entró ella, una mujer menuda, entrada en carnes, con una fina cadena de oro que descendía hasta su cintura y desaparecía por dentro del cinturón, apoyada en un bastón de ébano con empuñadura de oro, sin brillo. Su esqueleto era menudo y cenceño; tal vez por eso, lo que hubiera sido mera gordura en otra persona era en ella obesidad. Parecía hinchada, como un cuerpo que llevara mucho tiempo sumergido en agua estancada, y era de esa misma tonalidad pálida. Sus ojos, perdidos entre los gruesos pliegues del rostro, parecían dos pedazos de carbón apretados en un montón de masa de harina según fueron pasando de un rostro a otro, a la vez que los visitantes le comunicaban su recado.

  No les ofreció que tomaran asiento. Permaneció en la puerta y escuchó en silencio hasta que el portavoz hizo un alto en su trompicada exposición. Oyeron entonces el reloj invisible que emitía un tic-tac al término de la cadena de oro.

  Habló con mordaz frialdad.

  —Yo no pago impuestos en Jefferson. El coronel Sartoris me lo aclaró. Tal vez alguno de ustedes pueda acceder a los archivos municipales para satisfacerse.

  —Pero es que ya lo hemos hecho. Somos las autoridades municipales, señorita Emily. ¿No recibió usted una notificación del oficial del juzgado, firmada por él?

  —He recibido un papel, en efecto —dijo la señorita Emily—. Es posible que se considere el oficial del juzgado, pero… yo no pago impuestos en Jefferson.

  —En los archivos no hay nada que lo indique, dese cuenta. Hemos de cumplir con la…

  —Vayan a ver al coronel Sartoris. Yo no pago impuestos en Jefferson.

  —Pero verá usted, señorita Emily…

  —Vayan a ver al coronel Sartoris —dijo. (El coronel Sartoris llevaba casi diez años muerto)—. Yo no pago impuestos en Jefferson. ¡Tobe! —apareció el negro—. Acompaña a estos señores a la puerta.

  II

  Así los derrotó, a caballo y a pie, tal como había derrotado a sus padres treinta años antes por aquello del olor. Fue dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido —el que pensamos que había de casarse con ella— la abandonase. Tras la muerte de su padre apenas salió a la calle; tras el abandono de su prometido prácticamente no la vio nadie una sola vez. Algunas de las señoras del pueblo tuvieron la temeridad de visitarla, pero no fueron recibidas; la única señal de vida en la casa era el negro, que entonces era joven, cuando entraba y salía con un cesto de la compra.

  —Como si un hombre, el hombre que sea, supiera mantener una cocina como es debido —dijeron las señoras, y por eso no les sorprendió cuando empezó a notarse el olor. Fue otro lazo de unión entre la grosería y el bullicio del mundo y los encumbrados y poderosos Grierson.

  Una vecina, una mujer, fue a quejarse al alcalde, el juez Stevens, que tenía ochenta años.

  —¿Y qué pretende que yo le haga, señora? —dijo.

  —Pues mandarle aviso para que ponga fin a eso —dijo la mujer—. ¿O no hay una ordenanza que lo prohíba?

  —Estoy seguro de que no será necesario —dijo el juez Stevens—. Seguramente será una culebra o una rata que habrá matado en el jardín ese negro que tiene. Yo hablaré con él.

  Al día siguiente recibió más quejas, una de un hombre que le manifestó su tímida reprobación.

  —La verdad es que algo tenemos que hacer con esto, señor juez. Por nada del mundo quisiera yo molestar a la señorita Emily, pero algo tenemos que hacer.

  Esa misma noche se reunió el consistorio, tres hombres que lucían barba entrecana y uno más joven, perteneciente a la nueva generación.

  —Es muy sencillo —dijo—. Basta con mandarle aviso de que limpie su parcela. Se trata de darle un plazo razonable, y caso de que no lo haga…

  —No me venga con pamplinas, caballero —dijo el juez Stevens—. ¿Acusaría usted a una dama de oler mal, y además diciéndoselo a la cara?

  Al día siguiente, pasada la medianoche, cuatro hombres atravesaron la parcela de la señorita Emily y a hurtadillas recorrieron los cimientos de la casa como si fueran ladrones, olisqueando el enladrillado y los ventanucos del sótano al tiempo que uno de ellos gesticulaba continuamente como si sembrase, introduciendo la mano en un saco que llevaba al hombro. Abrieron la portezuela del sótano y allí, así como en los cobertizos anexos, rociaron el suelo con cal viva. Cuando atravesaron la parcela para marcharse, una ventana que había estado a oscuras se iluminó, y en ella apareció enmarcada la señorita Emily, con la luz a su espalda, el torso erguido e inmóvil como el de un ídolo. Sigilosos, a gachas, se alejaron por el césped hasta la sombra de los algarrobos que jalonaban la calle. Pasada una semana, o dos a lo sumo, desapareció el olor.

  Fue entonces cuando los del pueblo empezaron a tener verdadera lástima de ella. Tras recordar cómo se había vuelto completamente loca, muy al final, la vieja señora Wyatt, que era su tía abuela, los del pueblo dieron en pensar que los Grierson realmente se daban demasiadas ínfulas teniendo en cuenta quiénes eran en realidad. Ninguno de los jóvenes daba del todo la talla para la señorita Emily y sus semejantes. Desde mucho antes los considerábamos figuras estáticas en un cuadro, la señorita Emily con su esbeltez, de blanco, al fondo, su padre una silueta espatarrada en primer plano, de espaldas a ella, con una fusta en la mano, enmarcados los dos por la puerta de la casa, abierta de par en par. Cuando ella cumplió treinta años y seguía soltera no es que nos alegrase exactamente, aunque sí nos confirmó nuestra impresión; a pesar de la locura hereditaria que asolaba su familia, nunca habría rechazado ella a sus pretendientes si realmente se hubieran llegado a materializar.

  Con la muerte de su padre, se corrió el rumor de que la casa era todo lo que a ella le quedaba, y en cierto modo la gente del pueblo se alegró. Por fin podrían compadecerse de la señorita Emily. Al quedarse sola, y en la indigencia, se había tornado humana. También habría de conocer ella esa antigua emoción, esa desesperación antigua que se vive con un centavo de más o de menos.

  Al día siguiente de su muerte, todas las damas se dispusieron a visitarla y a darle el pésame y a ofrecerle ayuda, según es costumbre entre nosotros. La señorita Emily las recibió en la puerta vestida como de costumbre, sin rastro de pena en la cara. Les dijo que su padre no había muerto. Eso mismo hizo a lo largo de tres días, con los clérigos que fueron a verla, con los médicos que trataron de persuadirla de que les permitiese ocuparse del difunto. Cuando a punto estaban de recurrir a la fuerza de la ley, se vino abajo y pudieron enterrar rápidamente a su padre.

  No dijimos entonces que estuviera loca. Creímos que no le quedó más remedio que hacer lo que hizo. Recordamos a todos los jóvenes a los que su padre echó de su casa sin contemplaciones, y supimos que como ya no le quedaba nada hubo de aferrarse con uñas y dientes a lo que precisamente la desposeyó de todo, como suele suceder.

  III

  Estuvo mucho tiempo enferma. Cuando volvimos a verla apareció con el pelo muy corto, con un aire de muchachita, con un vago parecido con los ángeles de las vidrieras en la iglesia, entre trágica y serena.

  El municipio acababa de contratar la pavimentación de las aceras; el verano siguiente a la muerte de su padre comenzaron las obras. La empresa constructora apareció con negros, mulas, máquinas, y con un capataz llamado Homer Barron, un yanqui robusto, moreno, bien dispuesto, con un vozarrón tonante y los ojos más claros que la cara. Los niños lo seguían en grupos para oír cómo insultaba a los negros y para oír a los negros cantar a la vez que levantaban los picos y los hundían en tierra. No tardó en conocer a todo el pueblo. Siempre que se oían risas por la plaza estaba Homer Barron en el centro del corro. A su debido tiempo empezamos a verle con la señorita Emily los domingos por la tarde en la calesa de ruedas amarillas, con la pareja de caballos bayos alquilados en la caballeriza.

  Al principio nos alegró que alguien se interesara por la señorita Emily, porque las señoras dijeron que, «como es natural, una Grierson no tomará en serio a un norteño, a un jornalero». Pero hubo otros, personas de mayor edad, que afirmaron que ni siquiera la pena bastaría para que una verdadera dama olvidase eso del noblesse oblige, aunque sin llamarlo noblesse oblige.

  —Pobre Emily —se limitaron a decir—. Sus parientes deberían echarle una mano.

  Tenía familia en Alabama, aunque años atrás su padre había reñido con ellos por la herencia de la vieja señora Wyatt, la loca, y ya no existía comunicación entre ambas ramas de la familia. Ni siquiera mandaron representación al entierro.

  Y tan pronto dijeron los viejos «pobre Emily», empezaron a circular los murmullos.

  —¿Usted supone que es así? ¿De veras? —se decían unos a otros.

  —Pues claro. ¿Qué otra cosa podría ser?

Y todo esto con la mano delante de la boca, con el susurro de la seda y el raso al estirar el cuello tras las celosías cerradas al sol del domingo por la tarde, a la vez que pasaba leve y ágil el clop-clop-clop de los caballos emparejados.

  —Pobre Emily.

  Ella iba con la cabeza bien alta, incluso cuando creímos que había caído en desgracia. Era como si más que nunca exigiera el reconocimiento de su dignidad en su condición de última Grierson, como si necesitara ese roce con lo terrenal para reafirmar su carácter inexpugnable. Como cuando compró el veneno para las ratas, el arsénico. Eso fue más de un año después de que comenzaran a decir «pobre Emily», mientras sus dos primas la visitaron.

  —Quiero veneno —dijo al droguero. Pasaba ya de los treinta y seguía siendo una mujer enclenque, más delgada entonces que de costumbre, con una mirada fría y altiva, en un rostro cuya carne se tensaba sobre los pómulos y en las cuencas de los negros ojos, como cabría suponer que ha de ser la cara del vigilante de un faro—. Quiero veneno.

  —Sí, señorita Emily. ¿De qué tipo? ¿Para las ratas y así? Le recom…

  —Quiero el mejor que tenga. El tipo me da igual.

  El droguero le enumeró varios.

  —Podrían acabar incluso con un elefante. Pero lo que usted necesita es…

  —Arsénico —dijo la señorita Emily—. ¿Ése es bueno?

  —¿Bueno? ¿El arsénico? Sí, señorita. Pero lo que usted necesita…

  —Quiero arsénico.

  El droguero la miró de hito en hito. Ella le devolvió la mirada sin inmutarse, el rostro como una bandera tensada.

  —Pues claro, cómo no —dijo el droguero—. Si es lo que desea… No obstante, la ley exige que indique en qué lo va a utilizar.

  La señorita Emily se limitó a mirarle con el mentón alzado para mejor clavar los ojos en los suyos, hasta que el droguero apartó la mirada y trajo el arsénico y se lo envolvió. El chico negro de los recados fue quien le llevó el paquete; el droguero no volvió al mostrador. Cuando lo abrió, ya en casa, encontró escrito en la caja, bajo la calavera y los huesos cruzados: «Para ratas».

  IV

  —Se va a matar —dijimos todos al día siguiente, y dijimos que además sería lo mejor.

  —Se va a casar con él —dijimos cuando empezamos a verla con Homer Barron.

  —Aún le sabrá convencer —dijimos cuando el propio Homer, a quien le gustaba salir con hombres e ir a beber con los jóvenes en el Elks Club, comentó que no era un hombre con ganas de casarse.

  —Pobre Emily —dijimos más adelante tras las celosías cuando pasaban los domingos por la tarde en la calesa reluciente, la señorita Emily con la cabeza bien alta y Homer Barron con el sombrero calado y un puro entre los dientes y las riendas y la fusta en un puño, en el guante amarillo.

  Algunas de las señoras empezaron entonces a decir que era una deshonra para el pueblo y un mal ejemplo para los jóvenes. Los hombres no quisieron entrometerse, pero las señoras al final obligaron al pastor baptista —la familia de la señorita Emily era episcopaliana— a que le hiciera una visita. Nunca divulgó éste lo sucedido durante la entrevista, pero se negó a repetirla. Al domingo siguiente volvieron a salir en calesa por las calles; al día siguiente, la esposa del pastor escribió a los parientes que tenía la señorita Emily en Alabama.

  Así volvió a tener bajo su techo a su parentela, y nosotros esperamos a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Al principio no pasó nada. Luego tuvimos la certeza de que se iban a casar. Supimos que la señorita Emily había estado en la joyería y había encargado varios artículos de tocador para hombre, de plata, con las iniciales H. B. grabadas en cada uno de ellos. Dos días después nos enteramos de que había comprado un traje completo de hombre, e incluso un camisón. «Se van a casar», nos dijimos. Nos alegramos de veras. Nos alegramos además porque las dos primas eran aún más Grierson de lo que nunca fue Emily.

  Así que no nos sorprendió que Homer Barron —las aceras estaban terminadas desde algo antes— se marchara. Nos decepcionó un poco que no hubiese aviso público del fin de la relación, y por eso se pensó que se había marchado para preparar la llegada de la señorita Emily, o para darle la ocasión de librarse de las primas. (Para entonces había una conjura; todos éramos aliados resueltos a ayudar a la señorita Emily a que burlase a las primas.) Y, cómo no, al cabo de una semana más se marcharon. Y, tal como habíamos supuesto, en sólo tres días Homer Barron había vuelto al pueblo. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina cuando ya anochecía.

  Y ésa fue la última vez que se supo de Homer Barron. Y de la señorita Emily durante algún tiempo. El negro entraba y salía con la cesta de la compra, pero la puerta de la casa permanecía cerrada. De cuando en cuando se le veía a ella en una de las ventanas un instante, como les sucedió a los hombres que aquella noche fueron a rociar los cimientos de la casa con cal viva, pero pasó casi seis meses sin aparecer por la calle. Supimos entonces que eso era lo que cabía esperar, como si aquella cualidad de su padre que tantas veces desbarató su vida de mujer hubiera sido demasiado virulenta, demasiado furiosa para morir del todo.

  La próxima vez que vimos a la señorita Emily había engordado y peinaba canas. Con los años siguientes el cabello se le volvió cada vez más grisáceo, hasta alcanzar ese tono gris plomo, uniforme, y ya no le clareó más. Hasta el día mismo de su muerte, a los setenta y cuatro años, siguió teniéndolo de ese gris mate, plomizo, como el de un hombre todavía activo.

  A partir de entonces, la puerta de su casa permaneció siempre cerrada, salvo durante un período de unos seis o siete años, cuando tendría ella cerca de cuarenta y daba clases de pintura en porcelana. Apañó un estudio en una de las habitaciones de la planta baja, en donde las hijas y las nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris se prestaban a escucharla con la misma asiduidad, con el mismo espíritu con que acudían a la iglesia los domingos, con una moneda de veinticinco centavos para dejar de limosna en el cepillo. Entre tanto, se le dispensó de pagar impuestos.

  La nueva generación pasó a ser entonces la espina dorsal y el espíritu del pueblo, y las alumnas de pintura que tuvo en su día crecieron y dejaron de acudir a sus clases, además de no enviar a sus hijas con sus cajas de colores, con los tediosos pinceles, con las ilustraciones recortadas de las revistas para mujeres. La puerta de la casa se cerró por última vez y quedó cerrada para siempre. Cuando se implantó en el pueblo el reparto gratuito de correo, sólo la señorita Emily, entre todos los vecinos, se negó a permitir que colocasen los números metálicos encima de su puerta y no dio permiso para que le instalaran allí un buzón. No les hizo caso.

  A diario, mes a mes, año tras año, vimos al negro envejecer, encanecer, encorvarse, entrando y saliendo con la cesta de la compra. Todos los meses de diciembre le enviamos una notificación fiscal, que era devuelta a la oficina de correos al cabo de una semana porque nadie la había recogido. De cuando en cuando la veíamos en una de las ventanas de la planta baja; era evidente que había cerrado la primera planta, como el torso tallado de un ídolo en un nicho; nos miraba o no nos miraba, nunca lo supimos del todo. Así fue pasando de generación en generación, querida por todos, ineludible, inexpugnable, tranquila y perversa.

  Y así murió. Enfermó en la casa llena de polvo y sombras, con la sola asistencia de un criado negro que ya estaba gagá. Ni siquiera supimos nosotros que había enfermado; tiempo atrás habíamos dejado de intentar recabar alguna información por medio del negro. No hablaba con nadie, seguramente ni siquiera con ella, pues la voz se le había vuelto ronca y herrumbrosa, como si nunca la utilizase para nada.

  Murió en una de las habitaciones de la planta baja, en una cama recia, de nogal, con dosel, la cabeza de cabellos grises apoyada en una almohada amarillenta y mohosa por la edad y por la falta de luz del sol.

  V

  El negro recibió a las primeras señoras en la puerta de la casa y las dejó pasar con sus voces calladas y sus cuchicheos, con sus miradas rápidas, movidas por la curiosidad, y desapareció. Atravesó despacio la casa entera y salió por la puerta de atrás. No se le volvió a ver.

  Las dos primas llegaron de inmediato. El entierro se celebró al segundo día, y todo el pueblo fue a ver a la señorita Emily bajo una masa de flores compradas, con el retrato a lápiz de su padre meditabundo y ensimismado sobre el féretro y las señoras con sus cuchicheos, macabras, y los hombres más viejos con sus uniformes de confederados bien cepillados para la ocasión, en el porche y en el césped de la entrada, hablando de la señorita Emily como si hubiera sido coetánea de todos ellos, creyendo incluso, alguno, que había bailado con ella y que acaso la llegó a cortejar, confundiendo el tiempo con su progresión matemática, como les suele pasar a los viejos, para los cuales el pasado no es una carretera que disminuye poco a poco, sino una enorme pradera que ni siquiera el invierno roza, separada de ellos tan sólo por el cuello de botella que forma la decena de años más recientes.

  Ya sabíamos que había una habitación en esa región, en lo alto de las escaleras, que nadie había visto en cuarenta años, y que habría que forzar. Esperaron a que la señorita Emily estuviera decentemente enterrada antes de abrirla.

  La violencia con que se echó abajo la puerta pareció impregnar la habitación de un polvo que todo lo impregnara. Una capa fina, acre, como de ultratumba, parecía haberse posado en la habitación entera, amueblada y adornada como para una noche de bodas: sobre la cenefa de cortinas de un color rosa apagado, sobre las lámparas de pantalla rosada, sobre la delicada disposición de los frascos de cristal y sobre los efectos de tocador para hombre, de mangos de plata bruñida, una plata tan bruñida que las iniciales inscritas apenas se veían. Entre todos ellos había un cuello duro y una corbata que parecía que alguien se acabase de quitar, que al tomarlos alguien dejaron en la superficie un pálido creciente inscrito en la fina capa de polvo. Sobre una silla estaba colgado el traje, doblado con todo esmero; debajo, los dos zapatos callados y los calcetines olvidados.

  El hombre yacía en la cama.

  Durante un buen rato allí nos quedamos, contemplando la sonrisa profunda y descarnada. El cadáver aparentemente había yacido alguna vez en la actitud de un abrazo, pero el largo sueño que sobrevive al amor, que conquista incluso la mueca del amor, le había puesto los cuernos. Lo que de él quedaba, podrido bajo lo que quedaba del camisón de dormir, era ya inseparable de la cama en que yacía; sobre él, y sobre la almohada, se había posado esa capa de polvo paciente e inmisericorde.

  Vimos entonces que en la otra almohada quedaba la oquedad dejada por una cabeza. Uno de nosotros tomó algo de ella, y al inclinarse, con el polvo seco y acre en las fosas nasales, vimos una hebra de largos cabellos grises como el plomo.

29 abr. 2019

Domingo 8 de mayo a las 17:30 hs. Encuentro de lectura: William Faulkner

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Domingo 8 de mayo a las 17:30 hs. Encuentro de lectura: William Faulkner


El domingo 5 de mayo a las 17:30 hs vamos con uno de los más grandes escritores de todos los tiempos, el premio Nobel William Faulkner. Inventor del territorio mítico de Yoknapatawpha e innovador de la técnica narrativa, cuya influencia sigue presente en nuestros días. Una buena oportunidad de volver a disfrutar de esta alta prosa y para los que todavía no lo leyeron, una excelente aproximación a este universo.

El costo es de 300 pesos por reunión, la reunión dura aproximadamente 2 hs

Whatsapp: 1145793836

Están cordialmente invitados

2 jul. 2018

William Faulkner: Ninfolepsia



William Faulkner: Ninfolepsia


Pronto su sombra se vio descabezada por la cortante línea de la cima de la colina; empujada ante él como si fuera una serpiente, la vio gradualmente convertirse en nada. Al final se quedó sin sombra alguna. Sus pesados e informes zapatos, grises en el camino polvoriento; su mono de trabajo, gris por el polvo: el polvo era como una bendición sobre él y sobre el día de trabajo que dejaba tras él. No recordaba la caída del trigo muerto, y sus músculos habían olvidado las estocadas y el levantamiento de horca y grano, y sus manos habían olvidado la sensación de un mango gastado de madera, suave y dulce al tacto como seda; y había olvidado el abrirse de un pajar y la suerte de danza inmortal de la paja girando en el aire a la luz del sol.

Detrás quedaba un día de faena; ante él, la burda comida y el torpe sueño en cualquier ocasional casa de huéspedes. Y al día siguiente, otra vez el trabajo y otra vez su siniestra sombra rotatoria señalando el paso de un nuevo día. Pronto, breve y bruscamente, la colina llegó a su fin: la cima dejó de ser una línea cortante. Allí estaba el valle en sombras, y la colina opuesta, en dos dimensiones y dorada por el sol. Y en el interior del valle, la ciudad, entre sombras de color lila. Entre sombras de color lila se hallaban los alimentos que comería y el sueño que lo aguardaba; acaso una chica, como música fúnebre y húmeda por el calor y vestida de algodón azul, se cruzaría en su camino fatalmente; y también él, en aquella tierra lunar, sería uno más entre los hombres jóvenes que con su sudor hacen saltar oro del trigo.

Pero allá estaba la ciudad. Por encima de los muros grises había ramas de manzano un día dulces y floridas y hoy todavía verdes; los establos y las casas eran colmenas de donde habían huido las abejas de la luz del sol. Desde allí, el Palacio de justicia era un sueño soñado por Tucídides: uno no llegaba a ver que las pálidas columnas jónicas estaban accidentalmente manchadas de tabaco. Y del taller del herrero llegaba un acompasado tañido de yunque y martillo, como una llamada a vísperas.

Privado de movimiento, su cuerpo sintió la sangre, que se apaciguaba por momentos, sintió la tarde, que fluía y se iba como agua; sus ojos vieron la sombra de la aguja de la iglesia, como un prodigio en medio de aquella tierra. Miró el polvo que se derramaba de sus zapatos invertidos. Sus pies estaban veteados y mugrientos por el polvo; apacigua- do, agradeció la humedad placentera y caliente de sus zapatos. 

El sol era la boca roja y descendente de un horno; su sombra, que él creía perdida, se agazapaba a sus pies como un perro que trata de esconderse. El sol estaba en los árboles, goteando de hoja en hoja; el sol era como una pequeña llama de plata que se moviera entre los árboles. Oh, era algo vivo, pensó al mirar una luz dorada entre los pinos oscuros: una pequeña llama que, habiendo perdido de algún modo su vela, anduviera buscándola.

Cómo supo a aquella distancia que era una mujer o una chica, no habría podido decirlo, pero lo sabía; y durante un tiempo miró con curiosidad vacía los movimientos sin objeto de la figura. La figura se detuvo, recibió el último fulgor del rojo sol en un plano delgado y dorado que, retornando el movimiento, desapareció.

En el curso de un nítido instante hubo una. vieja y aguda belleza detrás de sus ojos. Luego, sus un día limpios instintos, groseros después, lo hicieron ponerse bruscamente en movimiento. Saltó una cerca ante la mirada contemplativa y fija del ganado y corrió torpemente hacia los bosques a través de un campo de maíz recolectado. Viejos y blandos surcos se deslizaban bajo sus zancadas, haciendo que sus rodillas martilleantes entrechocaran, y quebradizos tallos de maíz obstaculizaban su veloz marcha con sensual y estática indiferencia.

Alcanzó los bosques después de saltar otra cerca, y se detuvo un instante y el oeste transmutó alquímicamente el plomizo polvo que lo cubría, dorando las puntas de su barba sin afeitar. Los árboles, los troncos de arces y hayas eran franjas gemelas de oro rojo y de lavanda erguidas en la tierra, y las ramas extendidas conferían al ocaso colores indecibles; eran como manos de avaro derramando a regañadientes monedas doradas de crepúsculo. Los pinos eran mitad hierro, mitad bronce; esculpidos en símbolo de quietud eterna, derramaban también oro sobre la hierba rala, que lo hacía correr de árbol en árbol como fuego que se extiende, para apagarse luego en la sombra de los pinos. Sobre una rama oscilante, un pájaro lo miró brevemente, cantó y se alejó volando.

Ante la verde catedral de árboles se quedó quieto unos instantes, vacío como una oveja, percibiendo cómo el día moribundo se iba del mundo como agua de una bañera o de un cuenco rajado; y oyó al día repetir lentas plegarias en la nave verde. Luego volvió a moverse hacia adelante, lentamente, como si esperara que fuera a surgir ante él un sacerdote para detenerlo y descifrar su alma.

Pero nada sucedió. El día fue lentamente muriendo sin un ruido en torno a él, y la gravedad lo condujo colina abajo entre apacibles sendas de árboles. Pronto lo envolvió la sombra violeta de la colina. No había sol allí, aunque las copas de los árboles seguían siendo como maleza bañada en oro, y los troncos de los árboles de la cima eran como una verja listada más allá de la cual la tarde se consumía lentamente. Y él se detuvo de nuevo, y sintió el miedo.

Recordó fragmentos del día: los tragos de agua fresca de una jarra, mientras otro esperaba su turno, el trigo rompiéndose ante la hoja de la segadora mientras los caballos de tiro hacían fuerza contra la collera, los caballos que soñaban con avena en un establo dulce por el amoníaco y el olor de los arneses sudorosos, los mirlos que sesgaban el aire sobre el trigo como trozos de papel quemado. Pensó en el haz de músculos bajo una camisa azul mojada por el sudor, y en alguien a quien atender o con quien hablar. Siempre alguien, algún otro miembro de su raza, de su género. El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio conoció el miedo. 

Porque había algo que ni siquiera el deseo del cuerpo de una mujer tenía en cuenta. O que, al utilizar tal instinto con el propósito de apartarlo de los caminos de la seguridad, en donde otras gentes de su género comían y dormían, lo había traicionado. «Si la encuentro, estoy a salvo», pensó, sin saber si lo que quería era la cópula o compañía. Allí no había nada para él: las colinas, que descendían en ambos lados, que se aproximaban, que sin embargo se hallaban separadas por un pequeño arroyo. El agua discurría parda bajo alisos y sauces, sin luz, y parecía inhóspito y oscura. Como la mano del mundo, como una línea en la palma de la mano del mundo, una arruga insignificante. «¡Sin embargo podía ahogarse en ella!», pensó con terror, mientras miraba revolotear sobre ella a los mosquitos, mientras miraba los árboles calmos e indiferentes como dioses y el remoto cielo, que era como un sedoso paño mortuorio que ocultara su disolución repulsiva.

Había pensado que los árboles eran una cantidad determinada de madera, pero aquéllos tan silenciosos eran más que eso. La madera había servido para hacer casas que lo protegían, la madera había alimentado el fuego que lo calentaba, le había dado calor para cocinar su comida; la madera había servido para hacer barcos que surcaban las aguas de la tierra. Pero no estos árboles. Estos lo miraban fija e impersonalmente, tomándose una venganza lenta. El ocaso era un fuego que ningún combustible había alimentado jamás; el agua emitía un murmullo en un oscuro y siniestro sueño. Ninguna embarcación surcaría estas aguas. Y sobre todo ello se cernía algún dios a cuyas compulsiones él debía responder mucho después aún de que sus más cómodas creencias se hubieran gastado como una prenda de uso diario.

Y ese dios ni lo reconocía ni lo ignoraba: ese dios parecía no tener conciencia de su entidad, salvo para considerarlo un intruso en un lugar donde nada tenía que hacer. Se agachó, sintió la tierra áspera y cálida contra sus rodillas y sus palmas; y, arrodillándose, esperó una brusca y horrenda aniquilación.

Nada sucedió, y abrió los ojos. Por encima de la cumbre de la colina, entre los troncos de los árboles, vio una única estrella. Fue como si allá a lo lejos hubiera visto un hombre. Era algo familiar, algo demasiado remoto para preocuparse por lo que él hiciera. Así que se levantó y, con la estrella a su espalda, empezó a caminar en dirección a la ciudad. Allí estaba el arroyo que había de cruzar. La demora al buscar un vado engendró de nuevo en él el miedo. Pero lo apartó mediante un acto de voluntad, pensando en la comida y en su esperanza de encontrar una mujer.

Apartó de sí aquella sensación de inminente disgusto y cólera de un Ser a quien había ofendido. Pero seguía en torno, suspendida sobre él como unas alas niveladas. Su miedo primero había desaparecido, pero pronto se encontró a sí mismo corriendo. Habría deseado convertir la carrera en paso, siquiera para probarse la firmeza de su integridad integral, pero sus piernas se negaban a detener su carrera. Allí, en el crepúsculo evasivo, había un tronco que hacía de puente en el arroyo. ¡Camina sobre él! ¡Camina sobre él!, le dijo su sentido común. Pero sus piernas le impelieron a tomarlo a la carrera.

La corteza podrida se escurrió bajo sus pies y se desprendió y cayó sobre el oscuro y susurrante arroyo. Fue como si él, aún en la orilla, hubiera resbalado y se debatiera por, mantener el equilibrio mientras maldecía su cuerpo torpe. Vas a morir, dijo a su cuerpo, y volvió a sentir en torno aquella inminente Presencia, una vez que su concentración mental se vio vencida por la gravedad. Durante un fragmento detenido de tiempo sintió, a través de la vista, sin mediación del intelecto el agua oscura a la espera, el tronco engañoso, los troncos de los árboles latiendo y respirando y las ramas como una invocación a un dios oscuro y oculto; luego los árboles y el cielo exaltado de estrellas describieron un arco ante sus ojos. En su caída estaba la muerte, y una risa triste y burlona. Murió una y otra vez, pero su cuerpo se negaba a morir. Entonces lo aprehendió el agua.

Entonces lo aprehendió el agua. Pero era algo más que agua. El agua se deslizó oscuramente entre su cuerpo y el mono de trabajo y la camisa, y él sintió que su pelo se escapaba hacia atrás húmedamente. Pero sintió que un muslo sobresaltado se escurría bajo su mano como una serpiente, sintió una pierna veloz entre oscuras burbujas; y, hundiéndose ya, la punta de un pecho le raspó la espalda. En medio de una conmoción de agua agitada vio la muerte como una mujer ahogada y rutilante y a la espera, vio un cuerpo brillante y atormentado por el agua; y sus pulmones vomitaron agua y tragaron aire húmedo.

Agua turbada golpeaba contra su boca, tratando de entrar en ella, y la luz del día aprisionada bajo el arroyo saltó de nuevo sobre la superficie en forma de ondas. Relucientes planos de luz incidían y quebraban la superficie, y se alejaban de él; y, pisoteando agua, sintiendo los zapatos empapados y el pesado mono de trabajo, sintiendo pegado a la cara el pelo, vio cómo ella, chorreando, ascendía oscilante por la orilla.

El avanzó agitando el agua, persiguiéndola. Nunca parecía alcanzar la orilla opuesta. Sus ropas, pesadamente empapadas, se pegaban a él como sirenas importunas, como mujeres; vio el agua quebrada de su empeño coronada de estrellas. Al fin se vio a la sombra de los sauces, y sintió bajo su mano la tierra húmeda y resbaladiza. Aquí y allá, raíces y ramas. Se incorporó mientras el agua chorreando de la ropa, mientras sentía que la ropa se volvía primero liviana y pesada luego. Sus zapatos avanzaban aplastándose blandamente y su indumentaria anodina y adherida a la piel obstaculizaba pesadamente su carrera. Podía ver cómo su cuerpo, fantasmal en el crepúsculo sin luna, ascendía por la colina. Y él corrió, maldiciendo, con el agua chorreándole del pelo, con el lamento húmedo de ropas y zapatos, maldiciendo su suerte y su destino. Creyó desenvolverse mejor sin los zapatos, y, mientras seguía mirando la apagada llama de la mujer corriendo, se los quitó y prosiguió la marcha en pos de ella. La ropa mojada le pesaba como plomo; jadeaba cuando alcanzó la cima de la colina. Y allí estaba ella, en un campo de trigo, bajo la ascendente luna llena del equinoccio de otoño, como un barco en un mar de plata.

Echó a correr tras ella. El surco de su marcha hacía saltar plata en el trigo, bajo la insensible luna; plata que se alejaba de él en ondas y se apagaba y volvía a ser el oro intocado y sin brillo del grano erguido. Ella estaba ya lejos, y la perturbación de su paso por el trigo se esfumaba siempre antes de que él llegara. Más allá de la onda que el paso de la mujer levantaba en arco a ambos lados, él vio cómo su cuerpo se internaba en una franja boscosa, como la llama de una cerilla; luego ya no la vio más.

Sin dejar de correr, cruzó el trigo dormido sobre la tierra lunar, y se adentró entre los árboles, fatigado ya. Pero ella había desaparecido, y él, en una oleada recurrente de desesperación, se echó a tierra boca abajo. «¡Pero yo la toqué!», pensó sumido en una auténtica agonía de decepción, sintiendo la tierra a través de sus ropas húmedas, sintiendo las pequeñas ramas bajo los brazos y la cara.

La luna seguís ascendiendo, la luna navegaba como un barco cargado y grueso ante un alisio azur, mirándole con rotunda complacencia. Y él se retorció pensando en el cuerpo de ella bajo su cuerpo, en el oscuro bosque, en el ocaso y en el camino polvoriento, que deseó no haber dejado. ¡Pero yo la toqué!, se repitió, tratando de levantar sobre tal certeza una consumación incontrovertible. Sí, su muslo veloz y asustado y la punta de su seno; pero el recordar que ella había huido de él impulsivamente le resultaba más insufrible que nunca. No te hubiera hecho ningún daño, gimió, no te hubiera hecho daño en absoluto.

Sus músculos laxos, vaciados, sintieron un rumor de trabajo pasado y de trabajo futuro, compulsiones de horca y grano. La luna lo apaciguaba, examinando detenidamente su pelo húmedo, experimentando con sombras; y él, al pensar en el día siguiente, se levantó. Aquella perturbadora Presencia se había alejado, y la oscuridad y las sombras ya sólo se mofaban de él. La luz de la luna se deslizó a lo largo de una cerca de alambre, y él supo que allí estaba el camino.

Sintió cómo a su paso se agitaba el polvo, vio el maíz de plata en los campos, los árboles oscuros como tinta derramada. Pensó en cómo había sido ella cual movedizo mercurio, en cómo había huido de él cual moneda echada al aire; pero pronto se hicieron visibles las luces de la ciudad; el reloj del Palacio de justicia y una luminosidad sugerente de calles; era, pese a su pequeñez, como una tierra encantada. Pronto quedó en el olvido la mujer, y él pensó sólo en un cuerpo relajado en una cama triste, y en el despertar y en el hambre y en el trabajo.

El largo y monótono camino se extendía ante él bajo la luna. Ahora su sombra iba a su espalda, como un perro tras su amo, y más allá de ella quedaba un día de sudor y de trabajo. Y ante él esperaba el sueño y la ocasional comida y otra vez el trabajo; y acaso una chica, cual fúnebre música, vestida de calicó frente al calor. Al día siguiente su sombra siniestra volvería a describir un círculo en torno a él, pero el día siguiente quedaba aún muy lejos.

La luna navegaba cada vez más alto: pronto se deslizaría por la colina del cielo, recuperando con creces la plata que hubo prestado a árbol y trigo y colina y ondulada y monótona tierra fecunda. Abajo, un establo tomó un perfil de plata de la luna, un silo se convirtió en un sueño soñado en Grecia, los manzanos lanzaron plata como fontanas gesticulantes. La ciudad, planos de luz de luna; las luces del Palacio de justicia, fútiles ante la luna.

Tras él, trabajo; ante él, trabajo; en torno, todas las viejas desesperanzas del aliento y del tiempo. Las estrellas eran como flores hechas añicos que flotaban en agua oscura y que engullían el oeste; el polvo seguía pegado a sus pies aún húmedos, y descendió lentamente por la colina.


8 may. 2018

William Faulkner - Claro de luna



William Faulkner © Bettmann/CORBIS


La casa de su tío, al acercarse a ella por detrás, aparecía vacante y sin luz bajo la luna de agosto, porque sus tíos habían salido hacía dos días a pasar sus vacaciones estivales.

Cruzó el ángulo del camino, apresurada y furtivamente a un tiempo, con el whisky de maíz agitándose con apagado borboteo en la botella, bajo su camisa. Al otro lado del césped (lo veía por encima de la silueta baja del tejado, como punteado sobre el cielo, sólido y pesado y sin profundidad) había un magnolio, y sobre él, probablemente sobre la rama más alta, cantaba un sinsonte, muy próximo a la luna, y él entraba rápida y solapadamente por la puerta y se internaba en las sombras de los árboles. Ahora no podría ser visto mientras avanzaba de prisa por el césped moteado y cuajado de rocío, sobre sus suelas de goma, y alcanzaba el santuario del mirador, cercado de enredaderas y negro como tinta. Temía menos a cualquier posible y fortuito viandante que a un vecino que pudiera estar mirando desde alguna ventana oblicua o incluso desde otro porche umbroso; una mujer, una mujer de edad que, en representación de la totalidad de la clase y casta de las madres, de los progenitores, se erigiera en su enemigo mortal por puro instinto reflejo.

Pero alcanzó el mirador sin ser visto. Ahora ya nadie conseguiría verlo; ahora empezaba a creer, por vez primera desde que recibió la nota, en su buena suerte. Había una fatalidad en todo aquello; la casa vacía, el hecho de haber llegado al mirador sin ser visto. Era como si al ganar aquel abrigo sin que lo descubrieran hubiera oficiado de augur, hubiera sangrado el ave, y ello significara suerte, fortuna: ese instante en que el deseo y la circunstancia coinciden. Era como si no sólo coincidieran, como si la circunstancia no sólo autorizara el deseo, sino que lo forzara de modo ineludible: pensaba que, si fracasaba ahora, si aquello no tenía lugar esa noche, si algo acontecía en aquel momento capaz de traicionarlo y de frustrarlo, él se vería automáticamente dispensado de todo vasallaje para con cualquier comportamiento, mandato e incluso aliento.

Había una puertaventana que daba al interior oscuro de la casa; estaba cerrada. Sacó del bolsillo la hoja rota del cuchillo de cocina, fruto y símbolo de la espera interminable de aquella tarde, la licuación de sus entrañas, convertidas una y otra vez en agua salada mientras esperaba la llegada de la noche, del instante de templar la carne muda y esclavizada con los vivos y dulces fuegos de la esperanza. Mientras se apoyaba en la puertaventana y trataba de introducir la hoja en la rendija, bajo el pestillo, temblando ya, sentía la botella dentro de la camisa, entre la tela y la carne. Antes, al colocársela allí dentro, había estado fría, pesada y fría entre la camisa y la piel; la carne se había encogido ante ella.

Pero ahora estaba caliente, ahora no la sentía siquiera porque otra vez, con el solo pensamiento sus entrañas volvían a licuarse, a hacerse líquidas como el alcohol de la botella: su epidermis sólo un recipiente muerto, como el vidrio pegado a ella. La botella era un frasco medicinal de media pinta, vaciado y enjuagado y lleno de whisky de maíz del barril que su padre creía oculto en el desván. Encorvado en el caluroso y mal ventilado desván, bajo el techo bajo caldeado por el sol, con los ojos escocidos y todo su ser asqueado, retrocediendo ante el acre olor del whisky al trasegarlo torpemente al frasco de boca angosta, había pensado en que debería haber sido champaña. Naturalmente, debería haber tenido un largo y delicado dos plazas y un traje de etiqueta y el océano Pacífico allende los eucaliptos (tenían un coche, su padre tenía un traje de etiqueta, pero las posibilidades de conseguir el uno eran tan escasas como las de conseguir el otro, y lo había olvidado todo acerca del océano y los árboles, y ni siquiera había sabido ni pretendido descubrir el nombre de cualquiera de ambos), pero en cualquier caso debería haber sido champaña, que en su vida había probado: tampoco, empero, había probado el whisky sino una vez, y no le había gustado. Pero no había sitio alguno donde conseguir el champaña; al pensar en el whisky, en aquel ardiente licor casero al que se veía limitado, pensó, con una suerte de desesperación, en las angustias de esa duda de uno mismo, de ese sentimiento de que no merecemos tanto cuando, sin previo aviso, nos llega a las manos el deseo de nuestro corazón (o de nuestro cuerpo): “Puede que ahora vaya a perderlo sólo porque no he tenido tiempo de trabajar y hacerme rico”.

Pero aquello había sido a primeras horas de la tarde. Así hubo de ser mientras su madre echaba la siesta, antes de que su padre hubiera tenido tiempo de llegar a casa de la tienda.

A partir de entonces estuvo libre para leer la nota una y cien veces. Era mucho mejor que cualquier cosa que jamás hubiera visto en la pantalla:

Querido mío. Perdona a mi guardián es viejo y no se da cuenta de que soy tuya. Haz que Skeet me pida salir con él esta noche y nos encontraremos en alguna parte y seré tuya esta noche aunque mañana no sea adiós pero hasta siempre. Destruye esta nota. S.

No la destruyó. Aún la llevaba consigo en el bolsillo trasero abotonado, y bien podría servir asimismo de alimento a aquel vampiro que se nutría de la ignominia y del ultraje. Le habría gustado que el señor Burchett la leyera. Mientras manipulaba y hurgaba con la hoja del cuchillo debajo del pestillo, imaginaba que, si no fuera por Susan, no dudaría en enviar la nota por correo al día siguiente al señor Burchett. Imaginaba al señor Burchett recibiendo la nota; al leer cómo Susan se refería a él no como a un “tío” sino como a un “guardián”, caería en la cuenta de su error irreparable al creer que se enfrentaba a niños a quienes castigar. Porque era eso: la ignominia, el ultraje, no el daño en sí. Sabía perfectamente que el señor y la señora Burchett no le tenían en mucha estima, pero tampoco él tenía un alto concepto de ellos.

De hecho, sólo reparaba en su existencia cuando se cruzaban en su camino, en el suyo y en el de Susan, y aun entonces sólo pensaba en ellos tal como pensaría en sus propios padres: como en el natural y perturbador añadido a su existencia, el obstáculo inexplicable a sus deseos. Él y Susan estaban echados en una hamaca en el lado oscuro del jardín del señor Burchett. Susan había dicho: “Tengo que estar en casa para las diez y media”, y había oído sonar las diez y trataban de calcular cuándo se agotarían los treinta minutos restantes.

(Él llevaba su reloj, pero eso se explicará más adelante). Pero habían perdido tiempo -él, cuando menos- en algún lugar de aquella oscuridad estival perfumada por el aroma joven y dulce de la invisible carne femenina, en algún lugar entre los labios de ella y el tímido manoseo, rechazado a medias, de las manos de él, de modo que la primera noticia de la situación le llegó a él en forma de un traumático y terrorífico golpe en el trasero, que partió de debajo de la malla de la hamaca y lo lanzó fuera de ella y lo hizo caer sobre manos y rodillas en tierra, desde donde al mirar hacia arriba airadamente vio al hombre hecho una furia, con el pelo desgreñado y un anticuado camisón hasta la rodilla y una linterna, agachándose ya ágilmente para pasar por debajo de la cuerda de la hamaca. El señor Burchett le propinó una nueva patada antes de que pudiera levantarse, pues se había pisado el cordón desanudado de un zapato; sin embargo, con el primer grito de Susan aún resonando en sus oídos, logró dejar fácilmente atrás al agresor antes de las primeras diez yardas. Era la ignominia, el amargo escarnio. “No tenía pistola, ni siquiera tenía una estaca”, pensó. “Ni llegó a decir nada. Se limitó a darme patadas como a un perro callejero que hubiera subido al mirador y se hubiera orinado en él”. Durante las diez horas de sufrimiento atroz que siguieron pensó sólo en la venganza. Pero la única venganza que lograba visualizar era la de sí mismo dando de puntapiés al señor Burchett, y sabía que para hacerlo sin ayuda habría de esperar como mínimo diez años. La única persona a quien podía pedir ayuda era a Skeet, aunque sabía antes incluso de pensar en ello que tal petición resultaría vana. Trató de exorcizar, mediante operaciones matemáticas, no exactamente al señor Burchett, sino el ultraje. Tendido en la cama, (tenía la impresión de que entre él y la cama se hallaba aquel pie de carne y hueso, inevitable y ultrajante, como el símbolo de una maldición, como si estuviera ligado a su trasero para siempre, al modo de albatros del Viejo Marino, por mucho que cambiara de postura), sumaba por escrito su edad y la de Skeet, 16 más 16: 32, y el señor Burchett tenía como mínimo cuarenta. Luego sumó su peso y el de Skeet, en libras, y el resultado le pareció más satisfactorio. Pero aún quedaba la incógnita del propio Skeet. O mejor, el dato conocido, pues -se preguntó a sí mismo- supón que Skeet viene y te dice: Quiero que me ayudes a dar de puntapiés al doctor West o al señor Hovis. Y sabía que se habría negado. Más tarde recibió la nota, y todo aquello se esfumó. Se evaporó: el señor Burchett, los puntapiés, la ignominia, todo quedaba exorcizado por un trozo de rosa y fragante papel barato sobre el que se habían garabateado pródigos trazos de tinta color púrpura. Agachado ante la puertaventana oscura, manipulando con la hoja rota en el pestillo, pensaba únicamente -con la misma desesperación una vez más- en lo difícil que era en verdad la seducción. Porque también él era virgen. Skeet y la mayoría de los otros bajaban a veces por la noche a la hondonada del Negro, e intentaban hacer que fuera con ellos, pero él no había accedido nunca. No sabía por qué; no había ido nunca, sencillamente. Y ahora, probablemente, era ya demasiado tarde. Era como el cazador que al fin tropieza súbitamente con la pieza, y entonces cae en la cuenta de que jamás aprendió a cargar el arma; ni siquiera la otra noche, cuando estuvo tendido con Susan en la hamaca, confuso y ofuscado por aquella ineptitud suya blanco de fácil rechazo, había pensado mucho en ello.

Pero ahora sí. “Tal vez debería haber practicado antes con negras”, pensó.

El pestillo cedió; la oscura puertaventana se abrió hacia el interior; la casa, vacía y clausurada y secreta, parecía hablar en susurros de un millar de actitudes de amor. Porque su tío y su tía eran jóvenes aún. Su padre y su madre, por supuesto, eran viejos. Enérgicamente (y sin dificultad) se negó a imaginarlos juntos en el lecho. Pero sus tíos eran diferentes, eran jóvenes, amén de que los lazos que los unían a él no eran tan próximos. “Si al menos consiguiera que entrara aquí conmigo”, pensó.

“Aquí han yacido ya el uno con el otro, acaso hace tan sólo dos noches, antes de partir”.

Cerró la puertaventana de forma que pudiera abrirse luego con un empujón leve, y una vez más avanzó rápida y sigilosamente por el patio y cruzó el sendero y torció y bajó por él con aire despreocupado, sin ocultarse ya, hasta el cruce con la calle, donde se detuvo y permaneció bajo la corroída sombra de los robles de agosto. El sinsonte seguía cantando en el magnolio; no había dejado de hacerlo en ningún momento; en cada mirador, a derecha e izquierda de la calle, podían adivinarse mecedoras y borrosas y susurrantes formas. No tuvo que esperar mucho.

- Hola, cara de caballo -dijo Skeet-. ¿Dónde la tienes?

- ¿Dónde tengo qué?

- Ya sabes.

Skeet le tocó la camisa, agarró la botella por encima de la tela con una mano y con la otra trató de abrirle los botones. Él apartó de un golpe la mano de Skeet.

- ¡Vete! -dijo-. Primero vete a buscarla.

- Eso no es lo que dijiste -dijo Skeet-. No voy a llevar los asuntos de nadie con el estómago seco.

Desanduvieron, pues, el sendero y entraron en el patio de la casa de su tío y dieron un rodeo hasta el magnolio, a cuyo pie había una boca de riego; el sinsonte seguía cantando en la copa.

- Dámela -dijo Skeet.

Le pasó a Skeet la botella.

- Bebe con tiento -dijo-. Voy a necesitarla.

Skeet se llevó la botella a la boca. Al poco él se agachó, y vio la cabeza roma de Skeet y la botella inclinada recortadas contra el cielo; luego se levantó y le quitó la botella de las manos.

- ¡Ten cuidado! -gritó-. ¿No te he dicho que voy a necesitarla? Vete a buscarla; ya llegas tarde.

- Está bien -dijo Skeet. Se levantó de la boca de riego, del hueco del agua tibia estancada, con sabor a herrumbre, y caminó por el césped en dirección a la calle.

- Date prisa -le urgió cuando le vio alejarse.

- ¿Qué crees que voy a hacer? -dijo Skeet sin volverse-. ¿Sentarme y darle a la lengua con el viejo Burchett? Yo también tengo un culo; también a mí puede soltarme una patada.

Volvió a quedarse esperando a la tupida sombra del magnolio. Ya no le debería resultar difícil hacerlo, pues había tenido la tarde entera para practicar, para habituarse a la espera. Pero ahora se le antojaba más enojoso: allí de pie, al abrigo de la sombra, bajo el pájaro de plata indiferente e incansable. La botella, de nuevo oculta bajo la camisa, le producía ahora una sensación de auténtico calor, pues su carne, su ser se había vuelto repentinamente frío; una suspensión semejante al agua, de atónita y ensoñadora incredulidad: le resultaba difícil creer que era en verdad él quien esperaba allí a la chica, con aquella puertaventana a la espalda tan hábilmente dispuesta. Maquinalmente levantó el brazo para mirar el reloj de pulsera, pero sabía que aunque el tiempo hubiera importado no habría podido verlo; el reloj que su madre le había regalado el verano pasado, cuando aprobó los exámenes de su primer año con los boy scout. La esfera -tenía en ella el emblema de los scout- había sido entonces luminosa, pero un día lo olvidó y se metió en el agua con el reloj en la muñeca. Aún seguía funcionando bien de vez en cuando, pero ahora la oscuridad le impedía ver tanto la esfera como las manecillas. “Eso es todo lo que quiero”, pensó. “Lo único que quiero es seducirla. Hasta me casaría con ella luego, aunque no sea del tipo de hombre que se casa”.

Luego la oyó -la alta y dulce risa atolondrada y sin sentido, como un relincho, que hacía que sus entrañas se volvieran agua-, vio el vestido claro, el cuerpo delgado como un junco; venía con Skeet por el césped, en dirección al magnolio.

- Muy bien, cara de pez -dijo Skeet-. ¿Dónde la tienes?

- Te lo tomaste ya.

- Me dijiste que me darías un trago cuando la trajera.

- No, no es cierto. Te dije que esperaras a traerla para tomarte el trago que te prometí esta tarde. Pero no esperaste.

- No es así. Esta tarde te dije que si me dabas un trago iría a buscarla, y tú dijiste que muy bien, y esta misma noche me has dicho que me darías un trago cuando te la trajera; aquí está, pues, ¿y el trago?

Skeet intentó agarrar de nuevo la botella; de nuevo él le apartó la mano de la camisa bruscamente.

- Está bien -dijo Skeet-. Si no me das un trago no me voy.

Así que él volvió a ponerse en cuclillas, volvió a ver la botella inclinada y el perfil romo y engullidor de Skeet recortados contra el cielo; y de nuevo le arrebató la botella, esta vez con auténtica ira.

- ¿Quieres bebértela entera? -clamó, con un hilo de voz exasperado y silbante.

- Claro -dijo Skeet-. ¿Por qué no? Ella no quiere. Y a ti no te gusta.

- Ya basta -dijo él, temblando-.

Es mía, ¿no es cierto? ¿No es mía?¿Qué?

- Está bien, está bien, no te enfades. -Los miró-. ¿Venís a la ciudad?

- No.

- Vaya, le he dicho a tía Etta que iba a ir al cine -dijo Susan.

- No -volvió a decir él-. No vamos a la ciudad. Vete ya. Vete.

Skeet siguió mirándolos unos instantes más.

- De acuerdo -dijo al cabo. Y lo vieron alejarse por el césped.

- Creo que será mejor que vayamos al cine -dijo ella-. Le he dicho a tía Etta que iba a ir, y alguien puede…

Él se volvió hacia ella; estaba temblando; al tocarla sintió sus manos extrañas y torpes.

- Susan -dijo-. Susan…

La abrazó; tenía las manos entumecidas: no fueron, por tanto, sus manos las que le hicieron darse cuenta de que ella estaba tensa y un poco echada hacia atrás, mirándole con curiosidad.

- ¿Qué te pasa esta noche? -dijo ella.

- Nada -dijo él. La soltó y trató de que cogiera la botella-. Toma -dijo-. Allí, en la boca de riego, tienes aguas; puedes beber directamente…

- No quiero -dijo ella-. No me gusta.

- Por favor, Susan -dijo él-. Por favor.

Volvió a abrazarla; estaba echada hacia atrás e inmóvil, con el cuerpo arqueado y tenso; luego cogió la botella. Durante un instante él pensó que iba a beber: una caliente y viva oleada de triunfo henchió todo su ser.

Luego oyó el débil sonido sordo del frasco al golpear contra la tierra, e instantes después estaba abrazándola; el cuerpo familiar y delgado como un junco, la boca, los frescos y tranquilos besos carentes de lujuria de la adolescencia, ante los que sucumbió como solía, y se dejó llevar flotando sin esfuerzo a unas aguas frescas y oscuras que olían a primavera; momentáneamente entregado, como rapado por Dalida, aunque no por mucho tiempo; tal vez fuera la voz de ella, tal vez lo que dijo:-Venga, vamos al cine.

- No. Al cine no.

Y sintió cómo se quedaba quieta, atónita por completo.

- ¿Es que no me vas a llevar?

- No -dijo él.

Estaba gateando en busca de la botella. Pero debía darse prisa de nuevo y no logró encontrarla en seguida; no importaba. Se levantó. Le temblaba el brazo que había puesto en torno a ella; tuvo la repentina convicción de que entonces, en el último momento, podía perderla a causa de su temblor y embotamiento.

- Oh -dijo ella-. ¡Me estás haciendo daño!

- Está bien -dijo él-. Vamos.

- ¿Adónde?

- Ahí -dijo él-. Allí cerca.

La condujo hacia los escalones, hacia el mirador oscuro. Ella se resistía, le tiraba incluso del brazo y de los dedos, pero él no lo advertía porque tenía el brazo insensible. Siguió adelante, tropezando un poco en los escalones, medio arrastrándola, diciendo: -Me sentía morir, y entonces recibí tu nota. Creí que tendría que morirme y entonces llegó la nota -y luego algo más hondo, incluso mudo-: “¡Susan! ¡Susan! ¡Susan! ¡Susan!” En un ángulo del porche había una tumbona de columpio. Ella intentó detenerse allí; imaginaba sin duda que aquél era el punto de destino. Cuando vio la tumbona dejó incluso de resistirse, y cuando vio que él pasaba de largo lo siguió dócilmente, como en actitud pasiva no ya fruto de la sorpresa sino de la viva curiosidad al ver que la conducía hasta la puertaventana y empujaba las hojas hacia dentro. Entonces se detuvo y empezó a forcejear.

- No -dijo-. No. No. No. No.

- Sí. Están fuera. Será sólo… - dijo él, forcejeando a su vez, arrastrándola hacia la puertaventana. Entonces ella empezó a llorar: un gemido fuerte de conmocionado asombro, como un niño a quien han golpeado.

- ¡Calla! -exclamó él-. ¡Dios, calla! -Ella, con la espalda contra la pared, junto a la puertaventana,gemía con la ruidosa inconsciencia de los niños-. ¡Por favor, Susan! -dijo él-. ¡Deja de berrear! ¡Nos van a oír! ¡Silencio!

La agarró y trató de taparle la boca con la mano.

- ¡Quítame tus sucias manos de encima! -gritó ella dabatiéndose.

- Está bien, está bien.

La abrazó. La apartó de la puertaventana y la condujo hasta la tumbona y la hizo sentarse en ella, sin dejar de abrazarla.

- ¡Calla, calla! ¡Dios, calla!

- ¡Déjame en paz! -gimió ella-.

¡Quieto! -Pero ya no gritaba; seguía llorando con aquel enorme abandono, sin debatirse ya, sin forcejear con él, que la abrazaba y trataba de que no alzara la voz.

- No pretendía nada -dijo él-. Era sólo lo que decía tu nota. Pensé que…

- ¡Yo no dije nada! -gimió ella-.

¡Yo no dije nada!

- De acuerdo, de acuerdo -dijo él.

La abrazó. La abrazó torpemente; al poco cayó en la cuenta de que se estaba aferrando a él. Se sentía como una masa de madera; un soporte corpóreo del que han huido la sensación, la percepción, la sensibilidad junto con los dulces y desbocados fuegos de la esperanza. Pensó, con apacible asombro: “No le habría hecho ningún daño. Lo único que quería era seducir a alguien”.

- Me asustaste tanto -dijo ella, aferrándose a él.

- Sí, de acuerdo. Lo siento. Jamás pretendí asustarte. Ahora chssssss…

- Quizá quiera mañana por la noche.

Pero me has asustado tanto.

- De acuerdo, de acuerdo.

La abrazó. Ya no sentía nada en absoluto; ni pesar, ni desesperación, ni siquiera sorpresa. Pensaba en Skeet y en él en el campo, tendidos allá en una colina bajo la luna, con la botella entre ambos, sin hablar siquiera.


En Relatos
Traducción: Jesús Zulaika
Imagen: © Bettmann/CORBIS

9 abr. 2018

Un poema de William Faulkner - Mississippi Hills: mi epitafio



Un poema de William Faulkner - Mississippi Hills: mi epitafio


Lejanas colinas azules, en las que me he deleitado,
a las que sigue la primavera con pies de plata y el manto
de los cornejos floridos, entonando el «¡Amante!» del pájaro azul,
mientras me dirijo al divisado final del camino.
Que esta suave boca, moldeada para la lluvia,
no sea, por todo dolor, sino áureo dolor,
y que estos verdes bosques sueñen aquí con despertarse
en mi corazón cuando regrese.
¡Y regresaré! ¿Dónde está la muerte,
si en estas azules y soñolientas colinas, allí en lo alto,
tengo yo, como el árbol, mi raíz? Aunque esté muerto,
este suelo que me ciñe me ha de dar el aliento.
El árbol herido no alberga un verde nuevo para llorar
los años dorados que gastamos en comprar dolor.
Que esta sea mi condena, si olvido
que aún queda primavera para agitar y quebrar mi sueño.


Mississippi Hills: My Epitaph. Far blue hills, where I have pleasured me, / Where on silver feet in dogwood cover / Spring follows, singing close the bluebird's "Lover!" / When to the road I trod an end I see. // Let this soft mouth, shaped to the rain, / Be but golden grief for grieving's sake, / And these green woods be dreaming here to wake / Within my heart when I return again. // Return I will! Where is there the death / While in these blue hills slumbrous overhead / I'm rooted like a tree? Though I be dead, / This soil that holds me fast will find me breath. // The stricken tree has no young green to weep / The golden years we spend to buy regret. / So let this be my doom, if I forget / That there's still spring to shake and break my sleep.


En Poesía reunida
Traducción de Eduardo Moga y Daniel C. Richardson



21 feb. 2015

Harold Bloom - William Faulkner: Mientras agonizo

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Harold Bloom


El mejor comienzo de toda la novela norteamericana del siglo veinte pertenece a Mientras agonizo (1930), la obra maestra de William Faulkner. El libro consiste de cincuenta y nueve monólogos interiores, cincuenta y tres de ellos de miembros de la familia Bundren. Los Bundren son un orgulloso clan de blancos pobres que entre inundaciones y fuegos pugnan heroicamente por llevar el ataúd que contiene el cadáver de Addie, la madre, al cementerio de Jefferson, Mississippi, donde ella deseaba que la enterraran junto a su padre. Diecinueve secciones, incluida la primera, son habladas por el notable Darl Bundren, un visionario que finalmente cruza la frontera de la locura. Al comienzo de la novela oímos la conciencia de Darl mientras va con su hermano enemigo, Jewel, hasta la casa en donde está muriendo Addie:

Jewel y yo subimos del campo, siguiendo el sendero en fila de uno. Aunque yo voy cinco metros por delante, cualquiera que nos mire desde la barraca del algodonal verá el raído y roto sombrero de paja de Jewel una cabeza por encima de la mía.

Al subir la cuesta, Darl oye a su hermano carpintero, Cash, serrando madera para el ataúd de la madre y hace esta observación desapasionada:

Buen carpintero. Imposible que Addie Bundren encuentre uno mejor ni una caja mejor donde estar. Le dará confianza y consuelo.

Sin el amor de Addie, el disociado Darl insiste en que él no tiene madre y su extraordinaria conciencia refleja la convicción. Severo, sencillo, digno, sugestivo, el comienzo de Mientras agonizo presagia la originalidad de la novela más sorprende del autor. Los rivales de Faulkner no escribieron nada parecido. El gran Gatsby de Scott Fitzgerald empieza con el padre de Nicle Carraway diciéndole: "Sólo recuerda que no todos en este mundo han tenido las ventajas que tuviste tú", admonición muy saludable de no criticar a los demás pero francamente lejana a la sublimidad de Faulkner. Por su pare, Hemingway empieza Fiesta con la siguiente ironía: "En un tiempo Robert Cohn había sido en Princeton campeón de boxeo peso mediano". Faulkner también está mucho más allá de esto. Creo que el único rival posible para el comienzo de Mientras agonizo, dentro de su tipo, es el de la pasmosa Meridiano de sangre (1985), de Cormac McCarthy, donde el narrador nos presenta al Chico, protagonista trágico a quien finalmente destruirá el siniestro y "yaguesco" juez Holden:

Vean al niño. Es pálido y flaco, lleva una camisa de hilo delgada y harapienta. Alimenta el ruego de la cocina. Afuera se extienden campos ensombrecidos con jirones de nieve y más allá bosques oscuros que todavía albergan algunos de los últimos lobos. Viene de una familia de talladores de madera y constructores de acequias pero en verdad su padre ha sido maestro. Se apoya en la bebida, cita poetas que ya nadie conoce. Acuclillado frente al fuego el muchacho lo mira.

En esta gran prosa se funden los acentos de Hermán Melville y de William Faulkner. Pero, como me ocupo de Meridiano de sangre al final de esta serie, vuelvo de momento a Mientras agonizo. El título se refiere a Addie Bundren, que muere poco después de que empiece el libro — un deliberado tour-de-force —, pero Faulkner citaba de memoria las amargas palabras que el espectro de Agamenón dice a Ulises en la Odisea (libro XI, el Descenso a los muertos):

Y la cara de perra, enviándome al Hades, no se dignó siquiera cerrarme los ojos mientras agonizaba.

Asesinado por su mujer y el amante de ésta, tanto Agamenón como su destino tienen poco que ver con la novela. Faulkner quería más la frase que el contexto y la tomó, aunque acaso también haya querido sugerir que la falta de amor entre Addie Bundren y su hijo tiene alguna semejanza con la relación de Clitemnestra con Orestes y Electra. Clitemnestra es la "cara de perra" que envía a Agamenón al Hades sin cerrarle los ojos, y en todo caso Addie es más desagradable aún que ella.

Aunque Faulkner no numera los cincuenta y nueve monólogos interiores que constituyen el libro, sugiero al lector que por comodidad, y en bien de las referencias bibliográficas, lo haga en su ejemplar de bolsillo. Addie sólo dice una sección, la cuadragésima, pero le alcanza para enajenar a cualquiera:

Me acuerdo que mi padre siempre decía que la razón de vivir era prepararse a estar mucho tiempo muerto. Y como yo tenía que mirarlos un día tras otro, cada cual con su secreto y su pensamiento egoísta, y con la sangre extraña a la sangre del otro y a la mía, y pensaba que al parecer para mí ese era el único modo de prepararme para estar muerta, odiaba a mi padre por haber tenido la idea de plantarme. No veía la hora de que cometieran una falta para poder azotarlos. Cuando caía el látigo lo sentía en mi carne; cuando abría y laceraba la que corría era mi sangre, y con cada latigazo pensaba: ¡Ahora os enteráis de que existo! Ya soy algo en vuestra vida secreta y egoísta, ahora que os he marcado la sangre con mi sangre para siempre...

Uno empieza a comprender por qué esta mujer sádicamente perturbada quiere que la entierren junto al padre. Muerta, Addie es una maldición mayor aún que cuando vivía; esto vemos a medida que se nos cuenta la saga grotesca, heroica, a veces cómica y siempre atroz de los cinco hijos y el marido que cruzan fuegos y torrentes para llevar el cadáver hasta el deseado lugar de reposo. Farsa trágica, Mientras agonizo tiene, no obstante, inmensa dignidad estética y es una sostenida pesadilla de lo que, sombríamente, Freud llamó "novela familiar". Ciertos críticos píos han tratado de interpretarla como afirmación de los valores familiares cristianos, pero creo que semejante juicio dejará al lector perplejo. Como en otros momentos de su gran década (1929 — 1939), la visión novelística de Faulkner se basa en un horror de familias y comunidades y ofrece como valor único la paciencia estoica, que en este caso no basta para salvar al dotado Darl Bundren del loquero.

Las tonalidades de los monólogos interiores — sobre todo de los diecinueve de Darl — son tan irónicas, que al principio el lector puede sentir que Faulkner prescinde demasiado de guiarle la respuesta. No hay género que pueda asistirnos para comprender esta epopeya de blancos pobres de Mississippi cumpliendo el último deseo de una madre espantosa. Prácticamente el único principio que une a los Bundren es el honor familiar, ya que el padre, Anse, es a su modo tan destructivo como Addie. Los tres monólogos que se le dan a Anse — los número 9, 26 y 28 (si uno los numera) — lo establecen como un manipulador caprichoso, terco y taimado, tan egoísta como la mujer.

Dewey Dell, única hija, tiene su dignidad; pero no encuentra fuerzas para llorar a la madre porque, como blanca pobre soltera y embarazada, está obligada a buscar en vano un modo de abortar en secreto. El niño Vardaman simplemente niega la muerte de Addie; hace agujeros en el ataúd para que respire y al fin la identifica con un gran pez que atrapó mientras ella agonizaba: "Mi madre es un pez". Faulkner centra la novela en la conciencia de Darl Bundren y en los actos heroicos de los otros hijos, Cash el carpintero y Jewel el jinete (hijo natural de Addie, fruto de una relación adúltera con el reverendo Whitfield).

Jewel es feroz, temerario y sólo capaz de expresarse mediante la acción intensa. Su único monólogo (el 4), una protesta contra Cash por la confección del ataúd, concluye con una visión posesiva: él protegerá a la madre moribunda de la familia y el mundo entero:

... no será con todos los cabrones de la comarca viniendo a mirarla porque si hay un Dios para qué demonios está. Será con ella y yo solos en lo alto de una colina y yo tirándoles a la cara las piedras de la colina, levantando piedras y arrojándoselas colina abajo a la cara y los dientes y todo por Dios hasta que ella esté tranquila...

Jewel y Darl se odian con pasión mutua y entre Darl y Dewey Dell hay una hostilidad oscura, implícitamente incestuosa. Cash, que mantiene un vínculo cálido con todos los hermanos, es simple, directo y heroicamente resistente, y como Jewel un hombre de valor físico irreflexivo. Pero Darl es el corazón y la grandeza de Mientras agonizo, y claramente el narrador sustituto de Faulkner.

Darl acaba en algo parecido a la esquizofrenia, pero es de una singularidad y un poder visionario imposibles de reducir a la locura. Todos los monólogos interiores son notables. He aquí el final del décimo séptimo de los diecinueve:

...y como el sueño es no — es y la lluvia y el viento son era, eso no es. Pero la carreta es, porque cuando la carreta sea era, Addie Bundren no será. Y Jewel es, así que Addie Bundren tiene que ser. Y entonces yo tengo que ser, si no no podría vaciarme para dormir en una habitación extraña. Y entonces si todavía no me he vaciado es que soy es.

Cuántas veces me he acostado con lluvia bajo un techo extraño, pensando en casa.

Dudoso de su identidad, Darl tiene una percepción shakesperiana de la nada que es una versión del nihilismo de Faulkner (siempre en la gran etapa de 1929 — 1939), y de su experiencia durante la guerra, que consistió en entrenarse como piloto de la Fuerza Aérea Británica pero no volar nunca. A Darl, que estuvo en la Primera Guerra Mundial, la experiencia apenas le ha marcado la conciencia. Como le repugna la terrible odisea de llevar el cadáver en carreta hasta donde Addie nació, casi sabotea el esfuerzo prendiendo fuego a un granero; pero sólo consigue inspirar en Jewel un heroísmo renovado.

Faulkner hace continuo hincapié en que Darl es un sabedor. Sabe que su hermana está embarazada, que Jewel no es hijo de Anse, que en el verdadero sentido su madre no es su madre y que la actitud humana es una especie de desastre aborigen. Y sabe que hasta el paisaje es un vacío, una caída desde una realidad previa. Así en la sección 34:

... Sobre la superficie incesante se alzan — árboles, cañas, enredaderas — sin raíces, cercenadas de la tierra, espectrales sobre una escena de desolación inmensa pero circunscrita llena de la voz del agua yerma y doliente.

Poeta y metafísico intuitivo, Darl se encuentra peligrosamente cerca de un precipicio al cual debe caer. Las heridas psíquicas que lleva son el legado de la frialdad de Addie y el egoísmo de Anse; está destinado a la demencia. Para él no hay salida; sólo siente deseo sexual por la hermana y la familia es su condena.

En el último monólogo (57) que le oímos está tan disociado que todas sus percepciones, más anómalas que nunca, lo observan en tercera persona. Dos guardias lo escoltan en tren al manicomio del estado, y la voz interior nos hace añicos:

Uno se sentó a su lado y el otro se sentó enfrente de él de espaldas al viaje. Uno tenía que viajar de espaldas porque el dinero del estado tenía una cara para cada reverso y un reverso para cada cara y ellos viajan con el dinero del estado lo cual es incesto. Las monedas tienen una mujer de un lado y un búfalo del otro; dos caras y ninguna espalda.

Partido en dos, Darl conversa consigo mismo pero no deja de ver: "el dinero del estado lo cual es incesto". Acecha este pasaje la rabelesiana burla de Yago del amor heterosexual — el amor es una bestia de dos espaldas —, pero hay una consideración más profundamente shakesperiana en el dinero del estado visto como incesto; no estamos muy lejos de Medida por medida.

Puede que Mientras agonizo se le haga difícil al lector. Bien, es difícil; pero legítimamente. Faulkner, que tenía una aguda necesidad de ser su propio padre, exaspera a ciertas feministas con su identificación implícita pero obsesiva de la sexualidad femenina con la muerte. La cordura de Darl muere con la madre, y en cierto sentido su trastorno explícita lo que en los hermanos permanece mudo. En este libro la naturaleza es en sí misma una herida. André Gide hizo la extraña observación de que los personajes de Faulkner carecían de alma; lo que quería decir es que los Bundren, como los Compson de El ruido y la furia, no tenían esperanza, no podían creer que alguna vez fueran a levantarles la condena. Dios se niega a entablar alianza alguna con los Bundren o los Compson, tal vez porque vienen de un abismo y a él deben regresar. Quizá por eso Dewey Dell grite que cree en Dios con tanta desesperación. Mientras agonizo hace un retrato catastrófico de la condición humana, con la familia nuclear como la catástrofe más terrible.


En Cómo leer y por qué
Traducción de Marcelo Cohen
Imagen: © Nancy Kaszerman/ZUMA/Corbis