Tulzail despertó la mañana
del día de su cumpleaños
número setecientos treinta y cuatro mil
doscientos ochenta y siete,
pensando, angustiado,
en la brevedad de la vida.
Ya no era joven,
aunque tampoco un viejo,
y si bien todavía podía vivir
medio millón de años más,
sentía que el tiempo
había pasado demasiado rápido
y que la nada lo esperaba
a la vuelta de la esquina.
Como muchos de su especie
había viajado frecuentemente
por nuestra galaxia
(sin necesidad de naves espaciales),
y había vivido las vidas
de los seres más diversos.
entrando en sus cuerpos
y permaneciendo en ellos
desde que nacían hasta que morían.
Las travesías por el espacio
y la ocupación de cuerpos
formaban parte de la educación de su especie,
y una vez concluida, se retiraban a una estrella,
donde se dedicaban, en soledad, a multiplicarse.
Pronto, como era costumbre,
las crías que Tulzail había engendrado
se marcharon para emprender sus viajes de formación
hacia los más remotos destinos del Universo.
Recordando sus propios viajes de juventud,
Tulzail se acordó, para consolarse,
de la visita que había hecho a un planeta
habitado por criaturas, cuyas vidas
duraban apenas cien años, y menos aún.
Había vivido dentro de una de ellas
-un cuerpo diminuto, aferrado por la gravedad
a la estrechez de su propio mundo-,
y según sus parámetros temporales,
la vida entera de ese ser
equivalía a un día de la suya.
Aun así, el recuerdo no le produjo
el efecto consolador que hubiera deseado.
Cien años, un millón de años...
Quizá, cuando su tiempo se acabase -sospechó-
tendría la misma sensación
que tuvo aquella vez,
en ese cuerpo efímero:
la de haber vivido un solo día,
y en ese día, haber nacido por la mañana,
y morir, poco después,
al caer la noche.
En Late Blooming




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