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16 mar. 2015

Thomas Bernhard – Quiero rezar en la piedra ardiente

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Thomas Bernhard – Quiero rezar en la piedra ardiente


Quiero rezar en la piedra ardiente
y contar las estrellas que nadan
en mi sangre
Señor
Dios mío
quiero ser olvidado
ya no temo el día
que vendrá mañana
ya no temo la noche
que me tolera
Señor
Dios mío
ya no temo
lo que pueda venir aún
mi hambre se ha aplacado ya
y el tormento negro
ha sido apurado.

Quiero alabarte Dios mío
en el abandono
y todo miedo se borra
y toda muerte me regala la luz de mis ojos
Dios mío te alabo
por mucho que el tiempo dure
no estaré ya solo
estaré contigo
y alegre
las aves han revoloteado en vano
negras
y otra vez
negras
la cifra revienta
la luna grita
pero yo
ya no soy.

Señor haz que olvide
mi alma
y el tormento de mis ojos
y el puñal de los labios cansados
y el fuego verde de cabañas lejanas
el hocico de cada charca
que olvide
Señor
Dios mío
el día
que me divide el grito
que di y el paso de muchas aves
mi cólera está en pedazos
y libre mi sangre
en torrentes.

trinchado
ay
ay
ay
mi
ay.

Las aves ay las aves
negra la noche
mi sangre
oh Señor
han sido trinchadas
todas las aves
grito que amarillo
quema la lengua
trinchadas
ay en sangre
los cuchillos Dios
bebo mi carne
los cuchillos
hace tiempo están muertos
mi rojo
mi verde
mi aguijón pincha
trinchado
ay
trinchado
ay


En In hora mortis
Traducción: Miguel Sáenz
Imagen: © Josef Dreissinger


23 ene. 2014

Thomas Bernhard - In hora mortis (versión de Miguel Sáenz)





I

Salvaje crece la flor de mi cólera
y todos ven cómo la espina
atraviesa el cielo
y gotea la sangre de mi sol
crece la flor de mi amargura
de esta hierba
que lava mis pies
mi pan
oh Señor
la flor necia
que se ahoga en la rueda de la noche
la flor Señor de mi trigo
la flor de mi alma
despréciame Dios
estoy enfermo de esa flor
que se abre roja en mi cerebro
sobre mi pena.

Mis ojos me atormentan Señor
y el tormento convierte mi corazón
en un mirlo
que no canta
y mi escritura en el cielo
en extraña a la hierba
oh Señor me atormenta la estrella
que atraviesa a nado mi sueño
con muerte y mañana de alma pura
Señor mis ojos ven lo que te inquieta
y a mis hijos lleva lágrimas a la sangre
oh Señor mis ojos ven la casa del albañil
y el dolor del mundo exactamente
y no saben qué hacer
como el árbol en invierno
que me derriba en silencio
mi palabra mi dicha mi llanto.

No conozco ya calles que lleven afuera
no conozco ya calles
ven a ayudarme
ya no sé
lo que puede acometerme
esta noche
no sé ya que es la mañana
ni la tarde
estoy tan solo
oh Señor
y nadie bebe mi pena
nadie está junto a mi lecho
y se lleva mi tormento
y me envía a las nubes
y ríos verdes
que ruedan al mar
Señor
Dios mío
estoy expuesto a las aves
al sonido de la hora que estallando
hiere mi alma
y quema mi carne

oh Señor en mi palabra hay tinieblas
la noche que golpea mis peces
bajo el viento
y montañas de tormento negro
oh Señor préstame oído
no quiero aguantar ya solo las náuseas
y este mundo
ayúdame
estoy muerto
y como una manzana
ruedo al valle
y tengo que asfixiarme
bajo la leña del invierno
oh Dios mío no sé ya
adónde me lleva el camino
no sé ya qué es bueno o es malo
en los campos
Señor Dios mío soy débil y pobre
en los miembros
mi palabra arde en tristeza
por ti.

Hay inquietud en las hierbas
las cabañas están llenas de inquietud
me golpea la campana Señor
Dios mío
salvajes son las palomas
inquieta también la luna
y su hoz penetra en mi carne
Señor también hay inquietud en el establo
y al borde de los arroyos
que no evitan la nieve
Dios mío también
el árbol y el pez
están llenos de inquietud.


II

Disgregación Dios mío
que ante el templo
reduce mi tormento a polvo
Señor Dios mío estoy destrozado
triturado ya con hojas
y raíces
destrozado con piedras
destrozado en los campos
los celos me destrozaron
amando
y me salpicaron de sangre
destrozado
no puedo soñar
nadie sueña
no puedo estar ante ti
estoy destrozado en esta época
que me clava en el corazón su cuchillo
oh Señor que me hace arrodillarme en la nieve y el hielo
para una plegaria
y la clemencia del cielo lejano
Señor dame pan y vino
y déjame morir ahora
y flotar en el viento.

Tu voz será mi voz
en la amargura
tu voz que sacude el morir
en surcos rígidos
que me destroza
oh Señor de noche y miedo mi plegaria pisotea
el sol
y la luna
tu voz es mi voz
Señor estoy en ti
aplastado en mi tormento
que me enciende los ojos
de forma que Dios mío ardo en el fuego
de tu cólera
que hunde su aguijón
en mi cerebro de sangre.

A la derecha está el diablo
Señor que me destroza el miembro
y me llena el cerebro
de piedra hierba y fatiga
largo invierno
Señor
en la carne que clama a ti
en el polvo quiero buscarte
júzgame Señor
hace mucho estoy dispuesto
destrózame Dios mío
y no me dejes solo
no puedo descansar en el lecho
no hay sueño que me invada
oh Señor
aniquílame
no me dejes solo ya
no ahora
en este momento
no en la decadencia de la luna
y no Dios mío
antes de las doce.

Veo Señor lo que ahora tengo que ver
esa mañana que no quiere
el tormento ni mi cama
en donde nieva
oh Señor
que no quiere mi plegaria
y devora mi queja
en las espaldas de estrellas cansadas
de campos feraces
de patios oscuros
que abre mi tumba
que me mata con un hacha
oh Señor
el hombre sólo ama
el hacha
y no bebe las canciones como sangre
y muerte en la colina verde
más alto
que el mar
oh Señor
quiero ver lo que ahora ha de venir
mi muerte Señor
y mi desvanecerme en lágrimas.

¿Cuándo Señor se convertirá mi carne
y esa muerte fría en el invierno
noche y fatiga
pedregoso y helado
en las flores del viento puro
la enfermedad
de mis canciones
la enfermedad de estos versos
en las gotas de rocío de verdes colinas?
Señor
¿cuándo será libre
mi muerte más cerca
de tu alma
que tanto me aflige?
¿Cuándo mi camino
que comenzó alegre en la nieve
se abrirá en la lluvia de ángeles petrificados
Señor
en el viento mi tumba?

¿Por qué temo mi envejecer
mi muerte que me acomete
el grito?
Tengo miedo Señor
tengo miedo de mi alma
y del día que se apoya en el muro
y me sierra en dos
oh Señor
tengo miedo
tengo miedo ya de la noche
que está ante los pueblos
y detrás de la casa
que aúlla en las vacas
y baila con las estrellas
oh Dios
tengo miedo
de ti
y de la tristeza
que me destroza la boca
tengo miedo Señor
de mi tumba
y de mi destino en la oscuridad
y de la muerte Señor.

La muerte es clara en el arroyo
y salvaje en la luna
y clara
como la estrella del atardecer tiembla
extraña ante mi puerta
la muerte es clara
como la miel en agosto
tan clara es esa muerte
y me es fiel
cuando llega el invierno
oh Señor
envíame una muerte
para que tenga frío
y el lenguaje me venga en el mar
y cerca del fuego
Señor
la muerte ataca de noche el tronco del árbol
y el sueño de muchos mirlos
en las tinieblas.


III

Señor que no miente ya
oh Señor
que pronuncia mi nombre
y bendice la debilidad de mis canciones
Señor
y la amapola de mis ojos
la tristeza
oh Señor
que me dice cuándo
habré de morir
y dónde
y cómo
y sobresaltado por el vuelo de los ángeles
oh envía Señor
los granos
como tú los has sembrado
a los pobres
que se resguardan
ante fríos graneros
y tienen frío
Señor.

Despierta
despierta
y óyeme
estoy en ti Dios mío
despierta
y escúchame
estoy solo contigo
reducido hace tiempo a cenizas
y muerto en la piedra
que no me da ningún fuego
despierta
y escúchame Dios mío
de tanta helada estoy ya cansado
y triste
porque mi día se marchita
y no volverá
lo que era
oh Señor
tengo frío
mi dolor no tiene fin
la muerte
me llegará pronto.

¿Dónde estás Señor y dónde
mi felicidad?
Mi consuelo
y la cifra de mis ojos acabó
Dios mío
la mañana vino y se fue
fatigosamente
dónde está lo que ya no soy
y dónde el sueño
y el dulce perfume de los miembros
miel
hojas
y viento
del monte de los olivos
Señor
Dios mío
que me describe la luna
hacia medianoche.

El tiempo se ha extinguido
oh Señor
mi palabra que vino amarga
y sombría
Señor
demasiado sombría para el mundo
se ha extinguido mi tormento
se ha apurado mi hambre
y mi corazón en noches
aradas
por el arado de las canciones
el tiempo no tiene fin
pero está lleno de la miseria de los sueños
y no me quiere
en mi piedra del morir.

Mañana Señor estaré contigo
y lejos del mundo
que no me necesita
y que no siembra mi trigo
ni mi pena
que me ha engañado
oh Señor
Dios mío
ahora quiero estar alerta
ante mi muerte
y ante la lluvia
Señor
que ahora me lava
por miedo
mi primavera crece
de este invierno
Señor
la adormidera me gotea de jarros
negros
que hace tiempo son ceniza.


IV

Quiero rezar en la piedra ardiente
y contar las estrellas que nadan
en mi sangre
Señor
Dios mío
quiero ser olvidado
ya no temo el día
que vendrá mañana
ya no temo la noche
que me tolera
Señor
Dios mío
ya no temo
lo que pueda venir aún
mi hambre se ha aplacado ya
y el tormento negro
ha sido apurado.

Quiero alabarte Dios mío
en el abandono
y todo miedo se borra
y toda muerte me regala la luz de mis ojos
Dios mío te alabo
por mucho que el tiempo dure
no estaré ya solo
estaré contigo
y alegre
las aves han revoloteado en vano
negras
y otra vez
negras
la cifra revienta
la luna grita
pero yo
ya no soy.

Señor haz que olvide
mi alma
y el tormento de mis ojos
y el puñal de los labios cansados
y el fuego verde de cabañas lejanas
el hocico de cada charca
que olvide
Señor
Dios mío
el día
que me divide el grito
que di y el paso de muchas aves
mi cólera está en pedazos
y libre mi sangre
en torrentes.

Las aves ay las aves
negra la noche
mi sangre
oh Señor
han sido trinchadas
todas las aves
grito que amarillo
quema la lengua
trinchadas
ay en sangre
los cuchillos Dios
bebo mi carne
los cuchillos
hace tiempo están muertos
mi rojo
mi verde
mi aguijón pincha
trinchado
ay
trinchado
ay
trinchado
ay
ay
ay
mi
ay.


En In hora mortis - Bajo el hierro de la luna
Título original: In Hora Mortis / Unter dem Eisen des Mondes
Thomas Bernhard, 1958
Traducción: Miguel Sáenz
Foto: Thomas Bernhard, Obernathal, Austria, 1966 © Sepp Dreissinger

24 oct. 2013

Thomas Bernhard: En Roma (Ingeborg Bachman)





En un hospital romano ha muerto la poeta más inteligente e importante que nuestro país ha producido en este siglo, de resultas de las escaldaduras y quemaduras que, al parecer, se causó en la bañera, según comprobaron las autoridades.Yo hice viajes con ella y, en esos viajes, compartí muchas de sus opiniones filosóficas, y también sus opiniones sobre la marcha del mundo y el curso de la Historia, que la espantaron durante toda su vida. Muchos intentos por su parte para volver a su patria austriaca fracasaron una y otra vez, por la desvergüenza de sus rivales femeninas y la vulgaridad de las autoridades vienesas.La noticia de su muerte me recordó que fue mi primer huésped en mi casa, todavía totalmente vacía. Estuvo siempre huyendo y vio siempre en los hombres lo que realmente son, una masa obtusa, vulgar y despiadada, con la que realmente, sólo es posible romper. Como yo, descubrió ya muy pronto la entrada del infierno, y penetró en ese infierno, aun a riesgo de perecer muy pronto en ese infierno. Las gentes especulan sobre si su muerte fue sólo un accidente o realmente un suicidio.Quienes creen en el suicidio de la poeta dicen una y otra vez que se quebró por sí misma, cuando en verdad, como es natural, se quebró sólo por su entorno y, en el fondo, por la vileza de su patria, que la persiguió de cerca en el extranjero, como a tantos otros.



IB: Klagenfurt (Austria), 25 de junio de 1926 - Roma (Italia), 17 de octubre de 1973
En El imitador de voces (1978)
Traducción Miguel Sáenz
Madrid, 2010
Ver tambiénThomas Bernhard, una biografía de Miguel Sáenz (Madrid, 1996)
Foto: Ingeborg Bachman en Roma 1973 © Piper Verlag

10 abr. 2012

Thomas Bernhard: El sobrino de Wittgenstein (fragmento)

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En los últimos meses de su vida evité a mi amigo de una forma totalmente consciente, por un bajo instinto de conservación, lo que no me perdono. Lo veía desde el otro lado de la calle, como a alguien que hace ya tiempo ha sido borrado del mundo, pero que sin embargo se ve obligado todavía a estar en él, que no pertenecía ya a él pero tenía que estar aún en él. De sus brazos escuálidos colgaban grotesca, grotescamente, redes de la compra, en las que llevaba la verdura y la fruta que se había comprado y que arrastraba hasta casa, como es natural siempre con miedo de que alguien pudiera verlo en toda su miseria y pobreza y preocuparse por ello, pero quizá era también la razón igualmente penosa para mí de querer protegerlo la que hacía que no le hablase, no sé si era mi miedo de aquel que, en realidad, era ya la muerte misma o mi deseo de evitarle un encuentro conmigo, que todavía no tenía que pasar lo que él, probablemente las dos cosas. Lo observaba y me avergonzaba al mismo tiempo.

Porque sentía como una vergüenza no estar aún en las últimas, mientras que mi amigo lo estaba ya. No tengo buen carácter. Sencillamente, no soy buena persona. Me aparté de mi amigo lo mismo que sus otros amigos, porque, como ellos, quería apartarme de la muerte. Temía enfrentarme con la muerte.

Porque todo en mi amigo era ya la muerte. Como es muy natural, él no se movía ya en los últimos tiempos, era yo quien hubiera tenido que dar señales de vida, lo que hacía efectivamente, pero daba señales de vida cada vez con intervalos más largos y con excusas cada vez más lamentables. De vez en cuando íbamos todavía al Sacher y al Ambassador, y naturalmente, porque era entonces lo que le resultaba más cómodo, también al Bräunerhof. Iba a verlo solo, cuando no tenía otro remedio, pero prefería hacerlo con amigos, para que compartieran conmigo el horror absoluto que ahora se desprendía de mi amigo, porque solo con él no lo hubiera soportado. Cuanto más implacable era su decadencia, tanto más elegante era ahora su atavío, pero precisamente aquellas prendas costosas y al mismo tiempo elegantes de su guardarropa, que había heredado de un príncipe Schwarzenberg muerto un año antes, convertían en tormento la vista de aquella persona ya casi totalmente sin vida. Sin embargo, no era en absoluto una imagen grotesca la que ahora mostraba, sino conmovedora. En verdad, de pronto nadie quería tener ya nada que ver con él, porque aquel que veían ahora a veces caminar por el centro de la ciudad con sus redes de provisiones, o apoyarse contra la pared de una casa, totalmente agotado, no era al fin y al cabo ya el mismo que, durante años, durante decenios, los había atraído, los había entretenido y soportado, el que había distraído su aburrimiento estúpido con sus inagotables locuras del mundo entero y, con sus chistes y anécdotas, había opuesto a su embrutecimiento vienés y de la Alta Austria aquello de lo que nunca habrían sido capaces. Había acabado definitivamente la época de sus absurdos relatos de viaje por todo el mundo, lo mismo que su caracterización despiadada y, por consiguiente, ridiculización real de su familia, que lo despreciaba y, finalmente, realmente lo odiaba, y que él sólo calificaba de museo inagotable de curiosidades católico- judíonacionalsocialistas, con el mayor gusto por la ironía y el sarcasmo y con todas sus dotes innatas para el teatro. Lo que contaba ahora a veces, aquí o allá, no tenía ya el perfume y aroma del gran mundo, como suele decirse, sino más bien el olor de la pobreza y de la muerte. Sus trajes, aunque eran los mismos trajes elegantes de siempre, no producían ya en quien los veía aquel efecto mundano y que, en cualquier caso, inspiraba respeto, sino que de repente eran realmente raídos y pobres, como todo lo que todavía se atrevía a decir. Tampoco iba ya en taxi a París, por no hablar de Traunkirchen o Nathal, sino que, sólo con calcetines de lana en los pies y con una pequeña bolsita de plástico en la que guardaba sus zapatillas de gimnasia sucias, que se convirtieron con el tiempo en su calzado preferido, iba en algún departamento de segunda clase, metido en un rincón, directamente a Gmunden o Traunkirchen. En su última visita a Nathal llevaba una camiseta de polo de la época de la posguerra y pasada de moda hacía ya casi medio siglo, hecha a medida para aquel fanático de la vela pero desde entonces nunca lavada, y además las ya mencionadas zapatillas de gimnasia. Ahora, al entrar en el patio de Nathal, no levantaba ya la vista sino que la mantenía baja. Ni siquiera la más agradable de las músicas que puse para él, un quinteto de viento de Bohemia, pudo librarlo más que un instante de su tristeza absoluta. Surgían una y otra vez los nombres de personas que lo habían acompañado toda su vida, pero que ahora, desde hacía ya tiempo, se habían apartado de él. Sin embargo, no brotó ya ninguna auténtica conversación, no hablaba más que con fragmentos de frases a los que, con la mejor voluntad, no se podía encontrar ninguna coherencia. La mayor parte del tiempo tenía la boca abierta, cuando no se sentía observado, y le temblaban las manos. Cuando lo llevé otra vez en coche a Traunkirchen, a su colina, agarró sin decir palabra su bolsita de plástico blanca con unas manzanas que había recogido en mi huerto de Nathal. En ese viaje recordé cómo se había comportado durante el llamado estreno de mi obra La partida de caza. La pieza, porque el Burg había creado para ello todas las condiciones necesarias, fue un fracaso total sin precedentes, porque los actores que la interpretaron, absolutamente de tercera clase, no apoyaron ni por un instante mi obra, como pronto pude comprobar, porque, en primer lugar, no la comprendían y, en segundo, la estimaban en muy poco y, además, habían tenido que actuar en ella más o menos como sustitutos de emergencia, lo que, como me consta, no fue ni indirectamente culpa suya, después de haber fracasado el plan de estrenar la obra con Paula Wessely y Bruno Ganz, para quienes al fin y al cabo la había escrito. Ninguno de los dos actuó al final en mi Partida de caza porque la compañía del Burg, como se la llama de forma afectuosoperversa, se había opuesto, más o menos unida, a la aparición de Bruno Ganz en el Burgtheater, por decirlo así no sólo por miedo existencial sino también por envidia existencial, porque Bruno Ganz, el mayor actor que Suiza ha producido nunca, había infundido a toda la compañía del Burgtheater nada más que lo que yo llamo un miedo artístico mortal, ese inmenso genio teatral de Suiza, y realmente tengo grabado en la cabeza todavía hoy, como una perversión triste y al mismo tiempo repulsiva de la historia del teatro en Viena, y al mismo tiempo también como una vergüenza irreparable de todo el teatro alemán, el hecho de que los actores del Burgtheater trataran de impedir e impidieraran efectivamente entonces la aparición de Bruno Ganz, incluso redactando por escrito una resolución y amenazando a la dirección, como se decía, en cualquier circunstancia y por todos los medios, como es sabido, porque en Viena, desde que existe el teatro, no decide realmente el director, sino que deciden los actores; el director, y sobre todo el del Burgtheater, no tiene nada que decir, y los llamados actores favoritos del Burgtheater han decidido allí siempre; sólo esos actores favoritos, a los que se puede calificar sin más de imbéciles, porque por una parte no entienden nada de arte teatral, y por otra se dedican a su prostitución teatral con una desvergüenza sin par, en perjuicio del teatro y en perjuicio del público, y tengo que decir que esas prostitutas del Burgtheater actúan desde hace decenios, si es que no desde hace siglos, ofreciendo el más malo de todos los teatros malos; esos, así llamados, actores favoritos, con sus nombres famosos y su débil comprensión del teatro, que sólo mediante el total abandono de sus recursos de actor y mediante la explotación más desvergonzada de su popularidad, por decirlo así en la cumbre de su falta de arte, una vez colocados por el absolutamente estúpido público teatral de Viena en el blanco corcel de la popularidad, se mantienen en el Burgtheater durante decenios y, la mayoría de las veces, hasta su muerte. En el instante en que la aparición de Bruno Ganz resultó imposible por la bajeza de sus colegas vieneses, también Paula Wessely, mi primera y única Generala, se retiró del proyecto, y como yo no podía librarme del contrato firmado, de la forma más disparatada, con el Burgtheater, en relación con La partida de caza, tuve que sufrir finalmente como estreno de mi obra una representación que sólo puedo calificar de asquerosa y que, como ya he señalado, ni siquiera era bien intencionada, como tantas cosas y casi todas en el escenario del Burgtheater de Viena, porque aquellos actores absolutamente carentes de talento que interpretaban los papeles principales confraternizaron a la menor resistencia con el público, exactamente de la misma forma desvergonzada con que los actores vieneses, en conjunto, confraternizan siempre con el público y hacen causa común con él, por tradición, desde hace siglos, en contra de la obra que interpretan y del autor que interpretan, al que inmediatamente y sin el menor escrúpulo atacan por la espalda, cuando se dan cuenta de que al público no le gustan esa pieza y ese autor ya desde los primeros instantes, por que no lo entiende ni entiende su obra, porque obra y autor le resultan demasiado difíciles, y es que los actores vieneses y, sobre todo, los llamados actores del Burgtheater, no hacen lo que sea por un autor y su obra, como sería totalmente lógico y por lo demás hacen los actores en Europa, y más aún si se trata de un autor nuevo, todavía sin foguear, como suele decirse, sino que vuelven instantáneamente la espalda al autor y a su obra en cuanto notan que el público no se entusiasma inmediatamente con lo que puede ver y oír al levantarse el telón. Hacen causa común al instante con el público y se prostituyen y convierten ese llamado primer escenario del área lingüística alemana, como se designa a sí mismo con sobrevaloración infantil, en el primerísimo burdel teatral del mundo, y no sólo en aquella funesta velada del estreno de mi Partida de caza. Aquellos actores del Burgtheater, inmediatamente después de levantarse el telón, como pude ver desde mi asiento en el gallinero, como la obra no llegaba al público enseguida, como suele decirse, se pusieron en contra de mí y de mi obra y por consiguiente actuaron inmediatamente en contra de mí y de mi obra, interpretando mal todo el primer acto de una forma tan burda como si hubieran sido obligados, por decirlo así, por la administración a interpretar mi Partida de caza, y como si quisieran decir: la verdad es que estamos en contra de esta pieza horrible, mediocre y repulsiva, aunque no la dirección, que nos ha obligado a aparecer en esta obra.

Interpretamos esta obra, pero no queremos tener nada que ver con ella, interpretamos esta obra, pero no vale nada, interpretamos esta obra, pero sólo en contra de nuestra voluntad. Al instante hicieron causa común con el público, que no tenía ni idea, y nos dieron el golpe de gracia, como suele decirse, a mí y a mi obra, traicionando también con ello a mi director artístico y despojando a mi Partida de caza, con la mayor desvergüenza, de todo espíritu. Como es natural, yo había escrito una obra totalmente distinta de la que aquellos actores abyectos y, por consiguiente, traidores a su arte, interpretaron en ese estreno. Aguanté apenas el primer acto e, inmediatamente después de caer el telón, me levanté de un salto y salí, con conciencia de haber sido engañado deliberadamente y de la forma más repugnante. Ya a las primeras frases había sabido que los actores actuaban contra mí y aniquilarían mi obra, ya en los primeros minutos la llenaron de su falta de arte y de su oportunismo con el público, y, a su estilo desvergonzado, me traicionaron y ridiculizaron mi obra, que hubieran debido ayudar a nacer con toda pasión. Cuando salí del gallinero y me dirigí al guardarropa, la encargada me dijo: ¿¡Tampoco le gusta al señor, eh!? Furioso por mi perversa tontería de haber confiado La partida de caza al Burgtheater para su estreno y por mi contrato estúpido, bajé corriendo las escaleras y salí del Burgtheater. No hubiera podido permanecer un segundo más en aquel la Partida de caza. Recuerdo que huí del Burgtheater como si escapara no sólo de aquel centro de exterminio de mi obra, sino del centro de exterminio de todo mi patrimonio intelectual, y recorrí todo el Ring y volví al centro de la ciudad, y como es natural no fui capaz de calmarme con ese correr de un lado a otro impulsado sólo por la rabia. Al terminar la representación me encontré con varios amigos míos que habían estado en el estreno, y todos me dijeron que había sido, según sus propias palabras, un gran éxito, y que al final había habido enormes aplausos. Me mintieron. Sabía que sólo había podido ser una catástrofe, porque siempre he tenido un instinto seguro. Un gran éxito. enormes aplausos, seguían diciendo continuamente aún, cuando estábamos sentados ya en un restaurante, y hubiera podido abofetearlos a todos por su falsedad. En efecto, elogiaron hasta a los actores, aunque habían sido de lo más estúpido y de lo más carente de arte, y en fin de cuentas auténticos sepultureros de mi Partida de caza. El único que me dijo la verdad fue mi amigo Paul. Clasificó toda la representación como malentendido total, así como de completamente fracasada y típica desvergüenza cultural vienesa, como un magnífico ejemplo de la bajeza del Burgtheater hacia un autor y su obra.



El sobrino de Wittgenstein
Trad. Miguel Sáenz
Barcelona, Anagrama, 1988
Foto: Helmut Baar (1957) Getty Images


1 mar. 2012

Thomas Bernhard - El malogrado (fragmento)

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A Glenn lo encontré en el Monchsberg en el llamado Alto de los jueces, desde donde se tiene la mejor vista de Alemania. Yo le había dirigido la palabra, le había dicho los dos estudiamos con Horowitz. Sí, había respondido él. Miramos hacia abajo, a las llanuras alemanas, y Glenn comenzó en seguida a ocuparse del Arte de la fuga. He dado con un hombre de ciencia sumamente inteligente, había pensado yo. Él tenía una beca Rockefeller, dijo. Por lo demás, su padre era rico. Cueros, pieles, dijo, y hablaba alemán mejor que nuestros compañeros de las provincias austríacas. Es una suerte que Salzburgo esté aquí y no cuatro kilómetros más abajo, en Alemania, dijo, a Alemania no hubiera ido. Fue, desde el primer momento, una amistad espiritual. La mayoría de los pianistas, incluso los más famosos de todos, no tenían idea de su arte, dijo. Pero así ocurre con todos los papeles artísticos, dije yo, exactamente lo mismo en pintura, en literatura, dije, y tampoco los filósofos saben nada de filosofía. La mayoría de los artistas no saben nada de su arte. Tienen una concepción artística diletante y se quedan durante toda su vida en el diletantismo, hasta los más famosos del mundo. Nos habíamos comprendido en seguida, desde el primer momento, tengo que decirlo, nos habíamos sentido atraídos por nuestras opiniones contrarias, que eran realmente, las más contrarias dentro de nuestra concepción artística, lógicamente igual. Sólo unos días después de ese encuentro en el Monchsberg tropezó Wertheimer con nosotros. Glenn, Wertheimer y yo, que habíamos vivido separados las dos primeras semanas, todos en alojamientos totalmente deficientes de la Ciudad Vieja, alquilamos finalmente para todo nuestro curso con Horowitz una casa en Leopoldskron, en la que podíamos hacer lo que quisiéramos. En la Ciudad Vieja, todo nos había producido un efecto paralizador, el aire no se podía respirar, las personas no se podían soportar, la humedad de los muros nos había debilitado a nosotros y a nuestros instrumentos. En general, sólo habíamos podido continuar el curso con Horowitz porque nos habíamos marchado de la ciudad, que en el fondo es la más hostil al arte y al espíritu que se puede imaginar, un estúpido poblacho de provincia con personas tontas y muros fríos, en el que, con el tiempo, todo se convierte en estupidez, sin excepción. Nuestra salvación fue agarrar lo que poseíamos y mudarnos a Leopoldskron, que en aquella época era todavía una campiña verde, en la que pastaban las vacas y cientos de miles de pájaros tenían su hogar. La ciudad de Salzburgo misma, que hoy, recién pintada hasta el último rincón, es todavía mucho más horrible aún de lo que era entonces, hace veintiocho años, era y es contraria a todo lo que hay en un ser humano y lo aniquila con el tiempo, de eso nos dimos cuenta en seguida y nos fuimos de ella a Leopoldskron. Los salzburgueses fueron siempre horrendos, como su clima, y si hoy llego a esa ciudad no sólo se confirma mi opinión, sino que todo es todavía mucho más horrendo. Pero estudiar con Horowitz precisamente en esa ciudad enemiga del espíritu y del arte era, sin duda, la mayor de las ventajas. Si el entorno en que estudiamos nos es hostil, estudiamos mejor que en un entorno acogedor, y el que estudia hará siempre bien en elegir para sus estudios un lugar que le sea hostil, no uno que le sea acogedor, porque el lugar acogedor le quitará una gran parte de su concentración en el estudio, y en cambio el hostil le permitirá estudiar al ciento por ciento, porque tendrá que concentrarse en ese estudio para no desesperar, y en ese sentido Salzburgo es probablemente, como todas las que se llaman ciudades hermosas, absolutamente recomendable, de todos modos sólo para un carácter fuerte, porque uno débil perecerá irremisiblemente en el plazo más breve. Tres días había estado Glenn, me dijo, enamorado del encanto de esa ciudad, luego había comprendido de pronto que ese encanto, como se dice, estaba podrido, que esa belleza, en el fondo, era repulsiva y que los seres humanos que había en esa belleza repulsiva eran abyectos. El clima prealpino hace apáticos a los hombres, que caen muy pronto ya en el embrutecimiento y, con el tiempo se vuelven malvados, dije yo. Quien vive aquí, lo sabe, si es sincero, quien viene aquí, lo comprende al cabo de poco tiempo y, antes de que sea demasiado tarde para él, tiene que volver a marcharse, si no quiere llegar a ser como esos embrutecidos habitantes, como esos apáticos salzburgueses, que con su embrutecimiento matan lentamente todo lo que no es aún como ellos. Al principio había pensado, dijo, qué hermoso era crecer aquí, pero dos o tres días después de su llegada le pareció ya una pesadilla haber nacido y tener que crecer, hacerse adulto aquí. Este clima y estos muros matan lentamente la sensibilidad, dijo. Yo no había tenido nada más que añadir. En Leopoldskron la falta de espíritu de esta ciudad no podía sernos ya peligrosa, pensé al entrar en el mesón. En el fondo, no era sólo Horowitz quien me enseñaba a tocar el piano con la más alta consecuencia, era el trato diario con Glenn Gould durante mis estudios con Horowitz, pensé. Fueron los dos los que me hicieron posible siquiera la música, el concepto de la música, pensé. Mi último maestro antes de Horowitz había sido Wührer, uno de esos maestros que lo asfixian a uno en la mediocridad, por no hablar de aquellos con los que había estudiado antes, que tienen todos, como suele decirse, nombres destacados, aparecen en público a cada momento en las grandes ciudades y tienen cátedras bien dotadas en nuestras famosas academias, pero no son más que personas que hacen perecer a los que tocan el piano, que no tienen idea del concepto de la música, pensé. Por todas partes tocan y enseñan esos profesores de música y echan a perder a miles y cientos de miles de alumnos de música, como si la labor de su vida fuera ahogar en la cuna los talentos extraordinarios de los jóvenes seres musicales. En ninguna parte reina una irresponsabilidad tan grande como en nuestras academias de música, que recientemente se llaman universidades de música, pensé. Entre veinte mil profesores de música, sólo uno es el profesor ideal. Horowitz era ese profesor ideal, pensé. Glenn hubiera sido, si se hubiera dedicado a ello, uno de esos profesores. Glenn tenía, como Horowitz, la sensibilidad ideal y la comprensión ideal para esa enseñanza, para ese fin de comunicación artística. Todos los años, decenas de millares de alumnos de escuelas superiores de música recorrían el camino del embrutecimiento de las escuelas superiores de música y perecían a causa de sus incompetentes profesores, pensé. Hasta llegan a hacerse famosos y, sin embargo, no han comprendido nada, pensé al entrar en el mesón. Se convierten en Gulda o Brendel y, sin embargo, no son nada. Se convierten en Gilels y, sin embargo, no son nada. También Wertheimer, si no hubiera encontrado a Glenn, se habría convertido sin duda en uno de nuestros más importantes virtuosos del piano, pensé, no habría tenido que abusar de las ciencias del espíritu como yo, por decirlo así, de lo filosófico, porque lo mismo que yo, desde hace decenios, de la filosofía o lo filosófico, abusó Wertheimer hasta el fin de las llamadas ciencias del espíritu. No habría llenado sus papeles con su escritura, pensé, como yo no hubiera llenado mis manuscritos, crímenes del espíritu, como pensé al entrar en el mesón. Comenzamos como virtuosos del piano y nos convertimos en hocicadores y agitadores de las ciencias del espíritu y de la filosofía, y degeneramos. Porque no llegamos hasta lo más extremo y más allá de lo más extremo, pensé, y renunciamos ante un genio en nuestra especialidad. Pero, si soy sincero, la verdad es que tampoco hubiera podido ser jamás un virtuoso del piano, porque en el fondo no quise ser jamás un virtuoso del piano, porque siempre tuve en contra las mayores reservas y sólo abusé de la virtuosidad pianística en mi proceso de atrofia, en efecto, consideré siempre a quien toca el piano, desde el principio, como ridículo; seducido por mi talento totalmente extraordinario para el piano, lo utilicé para tocar el piano y luego, después de decenio y medio de tortura, lo ahuyenté, súbitamente y sin escrúpulos. No es mi estilo sacrificar mi existencia al sentimentalismo. Solté la carcajada e hice llevar el piano a casa del maestro y, durante días enteros, me divertí con mis propias carcajadas por el transporte del piano, ésa es la verdad, me burlé de mi carrera de virtuoso del piano, destrozada por mí en un momento. Y probablemente esa carrera de virtuoso del piano destrozada por mí de repente fue una parte necesaria de mi proceso de atrofia, pensé al entrar en el mesón. Probamos todo lo posible y lo interrumpimos una y otra vez, arrojamos súbitamente decenios al montón de la basura. Wertheimer fue siempre más lento, no tan decidido en sus decisiones como yo, sólo arrojó su virtuosismo• pianístico al montón de la basura años después de mí y, a diferencia de mí, no lo superó, jamás, una y otra vez lo oí lamentarse de que no hubiera debido renunciar a tocar el piano, de que hubiera debido continuar, yo era hasta cierto punto el culpable, había sido siempre su modelo en las cuestiones importantes, en las decisiones existenciales, eso dijo una vez, pensé al entrar en el mesón. La asistencia a las lecciones de Horowitz fue para mí, como para Wertheimer, mortal, para Glenn, sin embargo, lo fue su genio. No había sido Horowitz quien nos había matado a Wertheimer y a mí, en lo referente al virtuosismo pianístico y, en el fondo, a la música en general, sino Glenn, pensé. Glenn nos hizo imposible el virtuosismo pianístico ya en un momento en que los dos habíamos creído aún firmemente en nuestro virtuosismo pianístico. Años aún después de nuestro curso con Horowitz habíamos creído en nuestro virtuosismo, cuando la verdad es que murió ya en el momento en que habíamos conocido a Glenn. Quién sabe si yo, si no hubiera ido a Horowitz, es decir, si hubiera escuchado a mi maestro Wührer, no sería hoy, después de todo, un virtuoso del piano, uno, pensé, de esos famosos que, durante todo el año, viajan de un lado a otro entre Buenos Aires y Viena con su arte. Y también Wertheimer. En seguida, sin embargo, me dije a mí mismo un no decidido, porque yo odiaba desde el principio el virtuosismo con sus fenómenos concomitantes, odiaba sobre todo presentarme ante la multitud y odiaba más que nada los aplausos, no los soportaba, durante mucho tiempo no supe si no soportaba el aire viciado de las salas de conciertos o los aplausos o ninguna de las dos cosas, hasta que me resultó evidente que no podía soportar el virtuosismo en sí y, sobre todo, el virtuosismo pianístico. Porque odiaba más que nada al público y a todo lo relacionado con ese público y, por consiguiente, odiaba 'también al virtuoso (y a los virtuosos). Y la verdad es que Glenn sólo tocó dos o tres años en público, luego no lo soportó más y se quedó en casa, convirtiéndose allí, en su casa de Norteamérica, en el mejor y más importante de todos los pianistas. Cuando, hace doce años, lo visitamos por última vez, llevaba ya diez años sin dar conciertos en público. Entretanto, se había convertido en el más clarividente de todos los bufones. Había alcanzado la cumbre de su arte y era sólo cuestión del plazo más breve que le diera un ataque cerebral. Wertheimer tuvo entonces la misma sensación de que a Glenn sólo le quedaba el tiempo de vida más breve, de que le daría un ataque, me había dicho. Estuvimos dos semanas y media en casa de Glenn, en donde él se había arreglado un estudio. Lo mismo que durante el curso con Horowitz en Salzburgo, tocaba el piano más o menos día y noche. Durante años, durante un decenio. He dado treinta y cuatro conciertos en dos años, eso me basta para toda la vida, había dicho Glenn. Wertheimer y yo tocamos con Glenn Brahms, desde las dos de la tarde hasta la una de la madrugada. Glenn había situado tres guardianes alrededor de su casa, que le mantenían a la gente alejada. Al principio no habíamos querido molestarlo quedándonos a dormir ni una sola noche, pero luego nos quedamos dos semanas y media y a Wertheimer y a mí nos resultó otra vez evidente lo acertado que había sido renunciar al virtuosismo pianístico. Mi querido malogrado, había saludado Glenn a Wertheimer, con frialdad norteamericano canadiense, siempre había calificado a Wertheimer de malogrado , y a mí siempre, muy secamente, de filósofo, lo que no me importaba. Wertheimer, el Malogrado, se malograba siempre para Glenn, se malograba ininterrumpidamente, y yo, para Glenn, tenía siempre en los labios y probablemente con insoportable regularidad, la palabra filósofo, de forma que éramos para él, de forma muy natural, el Malogrado y el Filósofo, pensé al entrar en el mesón. El Malogrado y el Filósofo habían ido a Norteamérica para volver a ver a Glenn, virtuoso del piano, y con ningún otro fin. Y para pasar cuatro meses y medio en Nueva York. En gran parte, con Glenn. De Europa no sentía ninguna nostalgia, había dicho Glenn en seguida como saludo. Para él, Europa no se planteaba ya. Se había parapetado en su casa. Para toda la vida. El deseo de parapetarnos lo habíamos tenido siempre los tres durante toda la vida. Los tres éramos fanáticos natos del parapeto. Glenn, sin embargo, era el que había llevado más lejos su fanatismo del parapeto. En Nueva York vivíamos cerca del Hotel Taft, mejor situación para nuestros fines no había. Glenn se había hecho colocar en una habitación interior del Taft un Steinway, y tocaba allí diariamente de ocho a diez horas, a menudo también de noche. No pasaba día sin tocar el piano. A Wertheimer y a mí nos gustó Nueva York desde el principio. Es la ciudad más hermosa del mundo, y al mismo tiempo tiene el aire más puro, decíamos una y otra vez, en ninguna parte del mundo hemos respirado un aire más puro. Glenn confirmó lo que nosotros sentíamos: Nueva York es la única ciudad del mundo en que un hombre de espíritu respira sin trabas en cuanto la pisa. Cada tres semanas, Glenn venía a vernos, y nos enseñaba los rincones escondidos de Manhattan. El Mozarteum .era una mala escuela, pensé al entrar en el mesón, pero por otra parte, precisamente para nosotros, la mejor, porque nos abrió los ojos. Todas las escuelas superiores son malas y aquella a la que acudimos es siempre la peor, si no nos abre los ojos. Qué profesores más detestables tuvimos que soportar, y maltrataron nuestras cabezas. Exorcistas del arte eran todos, aniquiladores del arte, asesinos de espíritus, verdugos de estudiantes. Horowitz era una excepción, Markewitsch, Vegh, pensé. Pero un Horowitz no basta para hacer una academia de primera clase, pensé. Los chapuceros dominaban en el edificio, que era más famoso que cualquier otro del mundo y lo es aún; si digo que procedo del Mozarteum, a la gente se le saltan los ojos. Wertheimer, como Glenn, era hijo de padres ricos, no sólo acomodados. Yo mismo tampoco tenía ninguna clase de preocupaciones económicas. Siempre es ventajoso tener amigos del mismo ambiente y de la misma situación económica, pensé al entrar en el mesón. Como, en el fondo, no teníamos preocupaciones de dinero, nos fue posible dedicarnos exclusivamente a nuestros estudios, impulsarlos tan radicalmente como era posible, tampoco teníamos nada más en la cabeza, sólo teníamos que apartar continuamente de nuestro camino a los que estorbaban nuestro desarrollo, a nuestros profesores y sus mediocridades y atrocidades. El Mozarteum sigue siendo hoy mundialmente famoso, pero es la peor escuela superior de música imaginable, pensé. Pero si no hubiera ido al Mozarteum, no habría conocido nunca a Wertheimer y a Glenn, pensé, los amigos de toda mi vida. Hoy no puedo decir ya cómo llegué a la música, todos en mi familia eran poco musicales, antiartísticos, nada habían odiado más durante toda su vida que el arte y el espíritu, eso, sin embargo, fue probablemente lo decisivo para mí, enamorarme un día del piano que al principio sólo odiaba y cambiar un viejo Ehrbar familiar por un Steinway realmente maravilloso, para dar una lección a mi odiada familia y seguir el camino que, desde el principio, los había estremecido. No había sido el arte, ni la música, ni el tocar el piano, sino sólo la oposición a los míos, pensé. Había odiado tocar el piano en el Ehrbar, mis padres me lo habían impuesto como a todos los demás de la familia, el Ehrbar había sido su centro artístico y habían llegado en él hasta las últimas piezas de Brahms y de Reger. A ese centro artístico familiar lo había odiado yo, pero al Steinway arrancado por mí a mi padre y hecho venir de París en las circunstancias más horribles lo había amado. Tuve que ir al Mozarteum para darles una lección, la verdad es que no tenía absolutamente ninguna concepción de la música y tocar el piano no fue nunca para mí una pasión, pero lo utilicé como medio con el fin de actuar contra mis padres y contra toda mi familia, lo aproveché contra ellos y comencé a dominarlo en contra de ellos, de día en día más, de año en año con virtuosismo mayor aún. Fui contra ellos al Mozarteum, pensé en el mesón. Nuestro Ehrbar estaba en la llamada sala de música y era su centro artístico, en el que triunfaban las tardes de los sábados. El Steinway lo evitaron, la gente no venía, el Steinway había acabado con la época del Ehrbar. Desde el día en que empecé a tocar el Steinway, no hubo ya en casa de mis padres ningún centro artístico. El Steinway, pensé de pie en el mesón y mirando a mi alrededor, estaba dirigido contra los míos. Fui al Mozarteum para vengarme de ellos, por ninguna otra razón, para castigarlos por el crimen que habían perpetrado contra mí. Ahora tenían por hijo un artista, un personaje execrable desde su punto de vista. Y abusé del Mozarteum, en contra de ellos, utilicé todos sus medios contra ellos. Si me hubiera hecho cargo de sus fábricas de ladrillos y hubiera tocado toda la vida su viejo Ehrbar, habrían estado contentos, por eso me había separado de ellos mediante el Steinway colocado en la sala de música, que había costado una fortuna y, realmente, había habido que transportar de París a nuestra casa. Al principio, había insistido en el Steinway, luego, como correspondía al Steinway, en el Mozarteum. No toleraba, como hoy tengo que decir, ninguna contradicción. Me había decidido de la noche a la mañana a ser artista y lo exigía todo. Les había ganado por la mano, pensé, mirando a mí alrededor en el mesón. El Steinway era mi baluarte contra ellos, contra su mundo, contra la estupidez familiar y contra la del mundo. Yo no había nacido, como había nacido Glenn y quizá incluso Wertheimer, lo que no puedo decir con toda seguridad, para ser virtuoso del piano, pero sencillamente me obligué a ello, me convencí, me acostumbré, tengo que decir, con la mayor brutalidad hacia ellos. Con el Steinway me fue posible de pronto actuar contra ellos. Por desesperación contra ellos me había convertido en artista, que había sido lo más fácil, en virtuoso del piano, a ser posible en seguida en virtuoso mundial del piano, el odiado Ehrbar de nuestra sala de música me había dado la idea y desarrollé esa idea provechosamente, como arma contra ellos, hasta la más alta y más altísima perfección. Pero en el caso de Glenn no ocurrió de otro modo, y tampoco en el de Wertheimer, que sólo estudió arte y, por consiguiente, música para herir a su padre, como me consta, pensé en el mesón. Que yo estudie piano es una catástrofe para mi padre, me dijo Wertheimer. Glenn lo decía más radicalmente: me odian a mí y a mi piano. Si hablo de Bach, están a punto de vomitar, decía Glenn. Cuando era ya mundialmente famoso, sus padres seguían irreconciliables. Pero mientras él fue consecuente y, en fin de cuentas aunque no hasta dos o tres años antes de su muerte, pudo convencerlos de su genio, Wertheimer y yo les habíamos dado la razón a nuestros padres, al fracasar en nuestro virtuosismo, y fracasamos ya muy pronto, de la forma más vergonzosa, como tuve que oír a menudo de mi padre. Pero a mí la circunstancia de mi fracaso como virtuoso del piano no me oprimía tanto como le oprimía a Wertheimer, que durante toda su vida, hasta el final, sufrió por haber renunciado, por haberse entregado a las ciencias del espíritu, de las que hasta el final no supo qué eran realmente, lo mismo que hasta hoy no sé qué es lo filosófico, la filosofía en general. Glenn es el triunfador, nosotros somos los fracasados, pensé en el mesón. Glenn terminó su existencia en el único momento acertado, pensé. Y no la extinguió por sí mismo, es decir, por su propia mano, como Wertheimer, que no tenía otra elección y que tuvo que ahorcarse, pensé. Lo mismo que el final de Glenn había podido preverse desde hacía tiempo, también el final de Wertheimer pudo preverse desde hacía tiempo, pensé. Glenn sufrió al parecer un ataque en mitad de las variaciones Goldberg. Wertheimer no soportó la muerte de Glenn. Se• avergonzaba después de la muerte de Glenn de seguir con vida, de haber, por decirlo así, sobrevivido al genio, eso lo atormentó todo el último año, como me consta. Dos días después de haber leído en el periódico que Glenn había muerto, recibimos telegramas del padre de Glenn en los que nos comunicaba la muerte de su hijo. Apenas se sentaba Glenn al piano, se encogía sobre sí mismo, pensé, parecía un animal, mirándolo mejor, un inválido, pero mirándolo mejor aún, la persona inteligente y hermosa que siempre fue. De su abuela materna aprendió él, Glenn, el alemán, que, como ya he señalado, hablaba de corrido. Avergonzaba con su pronunciación a todos nuestros compañeros de estudios alemanes y austríacos, que hablaban un alemán totalmente desastrado y que hablan ese alemán totalmente desastrado durante toda su vida, porque no tienen sensibilidad para su idioma. ¡Pero cómo puede un artista no tener sensibilidad para su idioma materno!, decía Glenn a menudo. Llevaba año tras año pantalones iguales, aunque no los mismos, sus andares eran ágiles, mi padre hubiera dicho: señoriales. Le gustaban las definiciones claras y odiaba lo impreciso. Una palabra favorita suya era la palabra autodisciplina, la pronunciaba una y otra vez, también durante las lecciones con Horowitz, como recuerdo. Lo que más le gustaba era andar todavía por las calles poco después de medianoche o, en cualquier caso, salir de casa, eso lo había observado ya en Leopoldskron. Tenemos que proporcionarnos continuamente aire puro, decía, si no, no podremos avanzar, nos veremos paralizados en nuestro propósito de alcanzar lo más alto. Era el hombre más despiadado hacia sí mismo. No se permitía ninguna imprecisión. Sólo a partir del pensamiento desarrollaba su discurso. Aborrecía a los hombres que decían lo que no habían pensado hasta el fin, es decir, aborrecía a casi toda la humanidad. Y de esa humanidad aborrecida se apartó finalmente hace ya más de veinte años. Era el único virtuoso del piano de importancia mundial que aborrecía a su público y que, real y definitivamente, se apartó de ese público aborrecido. No lo necesitaba. Se compró la casa del bosque y se instaló en esa casa y se perfeccionó. El y Bach vivieron en esa casa de Norteamérica hasta su muerte. Era un fanático del orden. Todo era orden en su casa. Cuando entré en ella por primera vez con Wertheimer, no pensé más que en su propio concepto de la autodisciplina. Después de haber entrado nosotros en su casa, no nos preguntó, por ejemplo, si teníamos sed, sino que se sentó al Steinway y nos tocó la parte de las variaciones Goldberg que nos había tocado en Leopoldskron un día antes de su marcha al Canadá. Su forma de tocar era ahora tan perfecta como entonces. En ese instante me resultó evidente que nadie más que él tocaba así en el mundo entero. Se encogió sobre sí mismo y comenzó. Tocaba de abajo arriba, por decirlo así, y no, como todos los demás, de arriba abajo. Ese era su secreto. Durante años me había torturado yo con el pensamiento de si sería acertado visitarlo en Norteamérica. Un pensamiento lastimoso. Wertheimer no quería al principio, y en definitiva tuve que convencerlo. La hermana de Wertheimer estaba en contra de que su hermano visitara al mundialmente famoso y para él, como ella opinaba, peligroso Glenn Gould. Wertheimer, sin embargo, se impuso finalmente a su hermana y fue conmigo a Norteamérica y a ver a Glenn. Una y otra vez me había dicho yo que era la última posibilidad de ver a Glenn. Realmente esperaba su muerte y había querido verlo sin falta otra vez, oírlo tocar, pensé, mientras estaba de pie en el mesón, respirando el mal olor del mesón, que conocía de antes. Conocía Wankham. Siempre me había alojado en Wankham en aquel mesón, cuando visitaba a Wertheimer, porque en casa de Wertheimer no podía pasar la noche, él no soportaba huéspedes que pasaran la noche. Miré a mi alrededor buscando a la patrona, pero no se oía nada. Wertheimer odiaba a los huéspedes que pasaban la noche, los aborrecía. A los huéspedes en general, daba igual quienes fueran, los recibía y, apenas estaban allí, volvía a acompañarlos a la puerta, no es que me hubiera acompañado a mí también en seguida a la puerta, para eso era yo demasiado amigo suyo, pero al cabo de unas horas prefería que yo desapareciera en lugar de quedarme y pasar la noche. Nunca pasé la noche en su casa, no se me hubiera ocurrido nunca, pensé, buscando con la vista a la patrona.



Título original: Der Untergeher
1983, Thomas Bernhard
Traducción: Miguel Sáenz
Imagen: Editorial Alfaguara


7 dic. 2011

Thomas Bernhard - Fertilidad

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En Portugal,  los perros aplastados o reventados no son enterrados como en nuestro país, sino que se descomponen y secan al aire libre. En el Alentejo, por ejemplo, yacen, si es que los sacan siquiera arrastrando de la carretera, a derecha e izquierda de las carreteras, con las patas abiertas y la cola rígida. Hemos encontrado campesinos previsores que arrojan a esos perros muertos bajo sus naranjos, cuyo rendimiento es entonces doble al menos que el de los otros.


En El imitador de voces
Traducción: Miguel Sáenz
Imagen: FOTO: PICTURE-ALLIANCE / IMAGNO/NACHLA/IMAGNO


5 nov. 2011

Thomas Bernhard: El aliento (in fine)

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No habiendo podido los hombres remediar la muerte, la miseria y la ignorancia,
 han imaginado, para ser felices, no pensar en absoluto en ellas
Pascal


En fin de cuentas, para todos nosotros, aunque habíamos tenido que pensar en ello, lo más sensato había sido no hablar de ello. Aquel lugar idílico en que yo, desgraciadamente como enfermo y no como hombre sano, había vivido en aquella época, sin poder disfrutar de las ventajas de aquella comarca protectoramente rodeada de montañas ni aprovechar aquella Naturaleza todavía totalmente intacta en aquel lugar, en todos los aspectos, tenía en su centro, como es natural oculto al público en lo posible y por todos los medios, lo mismo que todo lugar idílico, su reverso, su contradicción, su Boca del Infierno. Quien miraba dentro de aquella Boca del Infierno, tenía que guardarse de no perder mortalmente el equilibrio. Por lo que a mí se refiere, sin embargo, aquí, en el Vötterl, después de haber atravesado el infierno del hospital regional de Salzburgo, no estaba ya expuesto a ese peligro mortal. Sencillamente, había pasado en efecto lo peor, y mis recursos eran ya numerosos. Desde hacía tiempo, las iniciativas surgían de mi mente. La biblioteca de mi habitación había crecido hasta varias docenas de libros, había leído Hambre de Knut Hamsun, El adolescente de Dostoyevski y Las afinidades electivas y, como mi abuelo, que lo había practicado toda su vida, había tomado notas de mis lecturas. Al intento de llevar un diario había renunciado en seguida otra vez. Hubiera podido establecer contacto en el Vötterl con todas las gentes imaginables, pero no había deseado ningún contacto, el trato con mis libros y mis prolongadas expediciones por los anchos y, en gran parte, todavía inexplorados continentes de mi fantasía me habían bastado. Apenas me había levantado y había cumplido a conciencia, como todas las mañanas desde hacía meses, la prescripción de tomarme la temperatura, estaba ya en compañía de mis libros, mis amigos más íntimos e inseparables. Sólo en Grossgmain había llegado a la lectura, de pronto y de forma decisiva para mi vida ulterior. Ese descubrimiento, que la literatura puede ofrecer la solución matemática de la vida y, en todo instante, también de la propia existencia, si se pone en marcha y se practica como una matemática, o sea, con el tiempo, como un arte matemático bastante alto y, finalmente, como el más alto, que sólo podemos calificar de lectura cuando lo dominamos por completo, sólo lo había podido hacer después de la muerte de mi abuelo, ese pensamiento y ese conocimiento se los debía a su muerte. Así pues, me había hecho los días útiles e instructivos, y pasaban también más rápidamente. Con la lectura pude atravesar los abismos abiertos también aquí en todo momento, y salvarme de los estados de ánimo inclinados sólo a la destrucción. Los domingos tenía visita y estaba entonces en compañía de aquellas personas que esperaban mi regreso y mi salud tanto como los temían, porque ese regreso, así habían tenido que pensar, como es natural, tenía que conducir a una catástrofe renovada en su existencia, totalmente destruida por los acontecimientos y sucesos de los últimos meses. Para ellos había sido evidente que yo tendría que dedicar ahora toda mi atención más al comerciante que había en mí que al cantante, o sea, en cualquier caso a la profesión de comerciante y no a la música, e intentaban ininterrumpidamente, durante sus visitas a Grossgmain, de forma directa o indirecta, dirigirme hacia el comerciante y apartarme del cantante, como es natural, tenía que haberles parecido evidente que con mis pulmones quedaba excluida una carrera de cantante, de forma que comenzaban a apostarlo todo otra vez a mis talentos comerciales y a las posibilidades mayores y más lucrativas, como habían creído siempre, del comerciante. Tan pronto como fuera posible, en seguida, en cuanto volviera de Grossgmain a casa y, por consiguiente, estuviera sano de nuevo, había escuchado una y otra vez, debía presentarme al llamado examen de dependiente de comercio, al que al fin y al cabo estaba admitido desde hacía tiempo, y terminar como era debido mi aprendizaje. Cuando ese aprendizaje haya terminado, nos quitaremos un peso de encima, debían de haber pensado con razón, y sus intentos, ahora incesantes, de empujarme a la profesión de comerciante no había que tomarlos a mal. Sin embargo, por mi parte, no tenía ya ningún interés en la profesión de comerciante, había estado dispuesto a pasar el examen de dependiente de comercio, pero nada más. Estaba dispuesto a volver a mi trabajo con Podlaha, pero no pensaba ya, ni de muy lejos, en hacerme comerciante, eso, en el fondo, no lo había pensado jamás, eso no fue jamás para mí un pensamiento serio, porque el que me hubiera marchado del instituto y luego, durante años, hubiera trabajado para Podlaha como aprendiz no había sido algo inspirado, jamás, por el pensamiento de convertirme en comerciante, para eso hubiera tenido que tomar un camino muy distinto, mi acto, mi revolución, los habían comprendido los míos radicalmente mal, naturalmente, y ahora se aferraban al hecho de que había sido aprendiz con Podlaha. El descubrimiento de que todavía no se habían retractado de su error, al contrario de que todavía ahora, como me pareció, lo aprovecharan desvergonzadamente, me repelió. El problema de qué debía ser de mí cuando recobrara la salud, y, por consiguiente, de qué sería de mí, no era en absoluto, desde mi punto de vista, su problema, sino exclusivamente mi problema. Yo no había querido ser nada y, naturalmente, jamás tener una profesión, sólo había querido ser siempre yo. Eso, sin embargo, precisamente con esa sencillez y, al mismo tiempo, brutalidad, no lo habían comprendido nunca. En Pascua de Resurrección vino mi madre con mis hermanos, los últimos días de Grossgmain habían comenzado. Recuerdo que, desde un balcón situado en el primer piso del Vötterl, en compañía de mi madre y mis hermanos, había observado varias bandas de música que pasaban bajo ese balcón, nunca había podido sufrir desfiles de esa clase y también la música de esas bandas me había molestado y herido siempre más de lo que había podido atraerme, lo mismo que, al fin y al cabo, durante toda mi vida, he sido enemigo de toda clase de desfiles y de marchas. Por mis hermanos, probablemente, porque sencillamente había que complacer su deseo de ver esas bandas de música que pasaban por debajo, habíamos salido al balcón y habíamos mirado hacia abajo, a mí, el desfile de esas bandas de música, de esos cientos de hombres con sus uniformes que pasaban por trajes regionales, hombres que, estúpidamente y como enloquecidos, golpeaban sus instrumentos de percusión y, de forma igualmente estúpida y como embrutecidos, soplaban sus instrumentos de viento, me recordó inmediatamente la pasada guerra, yo había odiado ya siempre todo lo militar, y por consiguiente, como es natural, tenía que sentirme repelido por aquel desfile pascual de tropas, y precisamente había destestado siempre profundamente esos pretenciosos desfiles rurales. Al pueblo, sin embargo, le gustan esos desfiles más que nada, y se apresura a ir en tropel a esos desfiles, siempre se ha sentido atraído, en todas las épocas, por lo militar y por la brutalidad militar, y la perversidad en esa esfera es en los países alpinos, donde la estupidez se ha hecho pasar siempre por diversión, incluso por arte, una perversidad máxima. Apenas había pasado la última banda de música y había quedado satisfecha la curiosidad de mis hermanos, mi madre me había hecho una confidencia, informándome de una operación que iban a hacerle ya en los próximos días. Se veía obligada a ir mañana ya al hospital, la fecha no se podía aplazar, ella misma me había hablado de una dolencia cancerosa. La fiesta de Pascua había terminado, mi madre y mis hermanos volvieron a Salzburgo poco después del desfile de bandas de música y trajes regionales, dejándome en un estado de profunda depresión. Cuando llegué a mi casa, a un piso, como recuerdo, frío y sin nadie y totalmente abandonado, en el que podía verse por todos los rincones la catástrofe que se había abatido sobre nosotros, hacía ya tiempo que mi madre había sufrido su operación. Ella ya había tenido conocimiento de su enfermedad dos semanas antes de que me hablase de ella, así pues, me había visitado más de una vez en Grossgmain sin haber tenido valor para decirme esa verdad. Cuando llegué a casa, en el autobús, los míos estaban en el hospital con mi madre. Yo mismo había traído de Grossgmain otra noticia poco agradable con la que, sin embargo, no había querido enfrentar en seguida a los míos: después de todo, mis pulmones se habían visto afectados al final de mi estancia en Grossgmain, el radiólogo había descubierto lo que se llama una infiltración en el lóbulo inferior del pulmón derecho, y el internista de Grossgmain había confirmado su descubrimiento. Mi temor se había confirmado, en Grossgmain había enfermado de repente del pulmón. El mismo día en que salí de Grossgmain visité a mi madre en el hospital regional. Ella había soportado bien la operación. Pero el médico no nos había dado ninguna esperanza. Durante días enteros estuve primero sentado en el cuarto del abuelo y luego andando de un lado para otro por la ciudad, como puede imaginarse, en medio de la mayor desesperación. No había querido ver a nadie, y por consiguiente no había visitado a nadie. Dos semanas después de salir de Grossgmain, el seguro de enfermedad me había enviado un, así llamado, boletín de hospitalización en el sanatorio de Grafenhof. Con el billete de ferrocarril que venía cosido a ese boletín de hospitalización, había podido emprender el viaje.



El aliento. Una decisión (1978)
Trad. Miguel Sáenz
Barcelona, Anagrama, 1986
Imagen: Bernhard por David Levine



1 oct. 2011

Thomas Bernhard: Poemas (Así en la Tierra como en el Infierno)

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En el jardín de la madre

En el jardín de la madre
junto con mi rastrillo los astros
que cayeron mientras estaba ausente.
La noche es cálida y mis miembros
despiden aquel origen verde,
flores y follaje,
el grito del mirlo y el rechinar de un telar.
En el jardín de la madre
piso con mis pies desnudos las testas de las serpientes
que a través del portón mohoso se asoman
con sus lenguas de fuego.


Im Garten der Mutter

Im Garten der Mutter
sammelt mein Rechen die Sterne,
die hcrabgefallen sind, während ich fort war.
Die Nacht ist warm und meine Glieder
strömen die grüne Herkunft aus,
Blumen und Blätter,
den Amselruf und das Klatschen des Webstuhls.
Im Garten der Mutter
trete ich barfuß auf die Schlangenkopfe,
die durch das rostige Tor hereinschaun
mit feurigen Zungen.





Biografía del dolor

Donde ayer dormí es hoy día de asueto. Ante la entrada
se apilan las sillas y nadie, a quien preguntó por mí, me ha visto.
Las aves han alzado el vuelo para dibujar mi cara en las nubes
encima de mi casa y encima del jardín de los muertos.

Con los difuntos conversé y hablamos de la lira del mundo
a la que sus bocas ya no engendran, ni sus labios
que hablan una lengua que al perro de mi primo aflige.


La tierra habla una lengua que nadie entiende
porque es inagotable —a ella le arranqué estrellas
y podré
en medio de la desesperación
y bebí el vino de su cántaro
cocido con mis dolores.

Estas carreteras conducen al destierro. Percibo a Dios
detrás de un vidrio y al diablo en un altavoz;
ambos llegan juntos a mi corazón
que anuncia la decadencia de las almas.

La hojarasca revolotea sin cesar por las callejuelas,
causando destrozos entre los monumentos.


En octubre quisiera soñar con la hierba.
Abajo de la puerta de casa está clavado
un mandamiento:
                       No matarás
Pero en el diario hay tres asesinatos cada día
que podrían ser míos o de alguno de mis amigos.
Los leo como una fábula,
de una puñalada a otra, sin aburrirme.
Mientras confunden la carne y la fama
mi alma duerme bajo el movimiento de la mano
de Dios.


Biographie des Schmerzes

Wo ich gestern geschlafen habe, ist heute Ruhetag. Vor
dem Eingang
stehen die Stühle übereinander und keiner, den ich nach mir
frage, hat mich gesehen.


Die Vögel sind aufgeflattert, um mein Gesicht in die Wolken
zu zeichnen über meinem Haus und über dem Garten der Toten.
Ich habe mit den Toten gesprochen und von der Gitarre der Welt
geredet, die ihre Münder nicht mehr erzeugen und ihre Lippen,
die eine Sprache sprechen, die den Hund meines Vetters kränkt.


Die Erde spricht eine Sprache, die keiner versteht,
denn sie ist unerschöpflich – ich habe Sterne und Eiter
aus ihr gerissen
in den Verzweiflungen
und Wein getrunken aus ihrem Krug,
der aus meinen Schmerzen gebrannt ist.


Diese Straßen führen in die Verbannung. Ich höre Gott
hinter einer Glasscheibe und den Teufel in einem Lautsprecher
und beide erreichen zusammen mein Herz, das den
Niedergang der Seelen verkündet.


Unaufhörlich wirbelt das Laub in die Gassen
und richtet Zerstörung an unter den Denkmälern.
Ich möchte im Oktober vom Grün träumen.


Unter der Haustür steht ein Gebot angeschlagen, das
Gebot:
                    Du sollst Nicht Tötend
– in der Zeitung aher stehen jeden Tag drei Morde,
die von mir sein könnten oder von einem meiner
Freunde.
Ich lese sie wie eine Fabel,
von einem Messerstich zum andern – ohne, daß ich
mich langweile.
Während sie Fleisch und Ruhm verwechseln, schläft
meine Seele
unter der Handbewegung Gottes.




En una alfombra de agua

En una alfombra de agua
bordo mis días,
mis dioses y mis males.

En una alfombra de hierba
bordo mis penas de rojo,
mis mañanas de azul,
mis aldeas de amarillo y mis panes de miel.

En una alfombra de tierra
bordo mi fugacidad.
Allí bordo mi noche,
mi hambre,
mi duelo
y el barco bélico de mis desesperaciones
que surca un millar de aguas,
las aguas de la inquietud,
las aguas de la inmortalidad.


In einen Teppich aus Wasser

In einen Teppich aus Wasser
sticke ich meine Tage,
meine Götter und meine Krankheiten.


In einen Teppich aus Grün
Sticke ich meine roten Leiden,
meine blauen Morgen,
meine gelben Dörfer und Honigbrote.


In einen Teppich aus Erde
sticke ich meine Vergängnis.
Ich sticke meine Nacht hinein
und meinen Hunger,
meine Trauer
und das Kriegsschiff meiner Verzweiflungen,
das hinübergleitet in tausend Gewässer,
in die Gewässer der Unruhe,
in die Gewässer der Unsterblichkeit.




En Así en la Tierra como en el Infierno / Auf der Erde und in der Hölle 
Salzburgo, Otto Müller, 1957
Foto:Trad.: Miguel Sáenz
Foto: Thomas Bernhard por Erika Schmied, 1988