Biblioteca Ignoria

Literatura y artes

20 sep. 2019

Clarice Lispector - Un caso complicado

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Clarice Lispector - Un caso complicado


Pues sí.

Cuyo padre era amante, con un alfiler de corbata, amante de la mujer del médico que había tratado a su hija, quiero decir, de la hija del amante, y todos lo sabían, y la mujer del médico colgaba una toalla blanca de la ventana, que quería decir que el amante podría entrar, o una toalla de color, y él no entraba.

Pero me estoy confundiendo toda y el caso es muy complicado; voy a ver si puedo desentrañarlo. Algunas cosas son inventadas. Pido disculpas porque además de contar los hechos yo también adivino y escribo lo que adivino. Yo adivino la realidad. Pero esta historia no es de mi cosecha. Es de la zafra de quien puede más que yo.

Pues la hija tuvo gangrena en la pierna y tuvieron que amputarla. Jandira tenía diecisiete años, era fogosa como un potro joven y de cabellos hermosos; tenía novio. Pero el novio vio la figura con muletas, muy alegre (alegría que él no vio que era patética), y tuvo la osadía de simplemente deshacer el noviazgo, que novia desfigurada no quería. Todos, hasta la sufrida madre de la muchacha, le imploraron al novio que fingiera amarla todavía, lo que no sería tan penoso —le dijeron— porque era a corto plazo: es que la novia tenía corto plazo de vida.

Y después de tres meses —como si cumpliera la promesa de no pesar en los débiles ideales del novio—, después de tres meses murió, linda, con los cabellos hermosos, inconsolable, con nostalgias del novio, y asustada con la muerte como niña que tiene miedo de la oscuridad: la muerte es muy oscura. O tal vez no, no sé cómo es, todavía no morí, y cuando haya muerto no lo sabré, quién sabe si es tan oscura. La muerte, quiero decir.

El novio era llamado por el apellido, Bastos, y al parecer vivía, todavía en tiempos en que la novia no había muerto, vivía con una mujer. Y con ésta continúo, para seguir contando.

Bien. Esa mujer un día tuvo celos. Y... —tan perfecta como Nelson Rodrigues, que no olvida los detalles crueles. Pero, ¿dónde estaba yo, que me perdí? Voy a empezar todo de nuevo, y en otra línea y párrafo aparte, para hacerlo mejor.

Bien. La mujer tuvo celos y mientras Bastos dormía deslizó agua hirviendo del pico de la caldera dentro del oído de él, que sólo tuvo tiempo de dar un grito antes de desmayarse, grito ése que podemos adivinar, por lo horrible. Bastos fue llevado al hospital y permaneció entre la vida y la muerte, ésta en lucha feroz con aquélla.

La mujer celosa cumplió un año y poco más de condena. De donde salió para encontrarse —¡adivinen con quién!—, para encontrarse con Bastos. A esa altura, un Bastos muy venido a menos y, claro, sordo para siempre, él, que no perdonaba los defectos físicos.

¿Y qué sucedió? Pues que volvieron a vivir juntos, amor para siempre.

Entretanto la muchachita de diecisiete años había muerto hacía mucho tiempo, dejando recuerdos en la madre. Y si me acuerdo fuera de hora de la joven es por el amor que siento.

Ahí es cuando entra el padre de ella, como quien no quiere la cosa. Continuó siendo amante de la mujer del médico que había tratado a su hija con devoción. Hija, quiero decir, del amante. Y todos lo sabían, el médico y la madre de la ex novia. Me parece que me perdí de nuevo, está confuso, pero ¿qué puedo hacer?

El médico, que sabía que el padre de la joven era el amante de su mujer, cuidó mucho de la noviecita asustada con la oscuridad de la que hablé. La mujer del padre, por tanto madre de la ex novia, conocía las elegancias adulterinas del marido que usaba reloj de oro y un anillo que era una joya, alfiler de corbata de brillante; era un negociante próspero, como se dice, pues la gente respeta y halaga largamente a los ricos, a los triunfadores, ¿no es cierto? Él, el padre de la joven, vestido con traje verde y camisa color rosa, a rayas. ¿Cómo lo sé? Simplemente sabiéndolo, con la adivinación imaginadora. Lo sé, y punto.

No me puedo olvidar de un detalle. Es el siguiente: el amante tenía en el frente un dientecito de oro. Y olía a ajo, todo su aliento era puro ajo, y a la amante no le importaba, quería tener amante, con o sin olor a comida. ¿Cómo lo sé? Lo sé, y punto.

No sé qué destino tuvo esta gente, no tengo más noticias. ¿Se separaron? Pues es historia antigua, y quizás ya ocurrieron muertes.

Agrego un dato importante, y que, no sé por qué, explica el nacimiento maldito de toda la historia: esto ocurrió en Niteroi, con las tablas del muelle siempre húmedas y oscuras y sus barcas de vaivén. Niteroi es un lugar misterioso, de casas viejas, ennegrecidas. ¿Allí puede suceder lo del agua hirviendo en el oído del amante? No lo sé.

¿Y qué hacer con esta historia? Tampoco lo sé, la doy de regalo a quien la quiera, pues estoy harta de ella. A veces me aburro de la gente. Después pasa, y otra vez me siento curiosa y atenta.

Es sólo eso.


En Silencio
Traducción: Cristina Peri Rossi





Friedrich Nietzsche - Los médicos del alma y el dolor

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Friedrich Nietzsche @Edvard Munch, óleo sobre tela, 1906


Todos los predicadores de moral, al igual que todos los teólogos, incurren en el mismo despropósito: tratan de convencer a los hombres de que están muy enfermos y de que les es indispensable una cura definitiva, enérgica y radical. Y como todos los hombres, sin excepción, han prestado demasiada atención durante siglos a estos maestros, han acabado por creer la superstición de que están muy enfermos, hasta el punto de que ahora se hallan sumamente dispuestos a gemir y a no encontrar nada bueno en la vida. Unos y otros ponen una cara afligida como si la vida fuera demasiado insoportable. A decir verdad, están irreductiblemente seguros de su vida, furiosamente enamorados de ella, plagados de indecibles sutilezas y astucias para destruir el elemento desagradable y quitarse la espina del dolor y la desgracia. Me parece que se creen en la obligación de hablar siempre del dolor de forma exagerada, como si fuera una delicadeza hacer hincapié en esto. Procuran silenciar intencionadamente que hay numerosos remedios contra el dolor, como los estupefacientes, el pensar con una prisa febril, el adoptar una postura de serenidad, o el recurrir incluso a recuerdos, intenciones o esperanzas, buenos o malos y a toda forma de orgullo y de compasión que tengan la virtud de producir un efecto casi anestésico, habida cuenta de que el dolor en su más alto grado genera estados de impotencia. Sabemos perfectamente endulzar nuestras amarguras, principalmente las amarguras del alma; disponemos de recursos como el orgullo y la grandiosidad, al igual que de los delirios más nobles de la sumisión y la resignación. Una pérdida apenas se vive como tal durante una hora, y en cualquier caso descubrimos a la vez un don como caído del cielo, una fuerza nueva; con lo que la pérdida en cuestión no sería sino una ocasión más de adquirir fuerza. ¡Cuántas fantasías han elaborado los predicadores de moral con motivo de la «miseria» del malvado y cuántas mentiras han dicho respecto a las desgracias del hombre apasionado! Efectivamente, mentir es aquí la palabra correcta, pues sin duda saben perfectamente que tales hombres son muy felices, pero lo silencian sistemáticamente, ya que ello representa una refutación de su teoría según la cual la felicidad sólo se da destruyendo las pasiones y acallando la voluntad. En lo relativo al remedio que recetan todos estos médicos del alma y a la cura radical y enérgica que prescriben, cabe preguntarse: ¿tan dolorosa y molesta es nuestra vida como para que sea preferible cambiarla por la forma petrificante de vida del estoico? No nos sentimos tan mal como para tener que enfermarnos igual que los estoicos.


En La Gaya Ciencia


Robert Walser - El hombre

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Robert Walser - El hombre


Cierto día estaba en un restaurante de la plaza del mercado de ganado. De vez en cuando pululan por allí caballeros muy distinguidos, mas no es mi intención hablar de caballeros distinguidos. Los caballeros distinguidos ofrecen escaso interés. Quieren que los diviertan, pero ni siquiera ellos mismos son precisamente divertidos. En un rincón se sentaba un hombre de mirada serena, bondadosa, libre. Sus ojos parecían descansar en lejanías inmensas, en países que nada tienen que ver con el mundo. Tocó enseguida una especie de flauta, de manera que todos los que se encontraban en el elegante restaurante lo miraban y escuchaban atentos su música. El hombre de ojos alegres estaba sentado como un niño grande, vigoroso y bienhumorado. Una vez acabado el concierto de flauta, le llegó el turno al clarinete, que tocó y manejó con no menor excelencia que la flauta. Aunque interpretaba melodías muy sencillas, su ejecución era soberbia. A continuación cantó como un gallo, ladró como un perro, maulló como un gato y mugió como una vaca. Era evidente que disfrutaba con la variedad de tonos que interpretaba, pero lo mejor llegó después, cuando sacó una rata de una cesta de asas que tenía debajo de la mesa, y jugó con ella al nene querido. Dio de beber de su cerveza a la rata, demostrando con claridad que a las ratas les encanta la cerveza. Además se metió al animal por el que todas las personas sensatas sienten tan decidida aversión en el bolsillo de la chaqueta, y para terminar besó su hocico puntiagudo mientras reía entre dientes. El hombre de expresión ensimismada y perdida y brillantes ojos claros era extraño. Era un amante de la música y de los animales. Un tipo muy singular. Me causó una profunda impresión, o al menos duradera. Además, hablaba francés muy bien. 


(1914)

19 sep. 2019

Carson McCullers – Un árbol, una roca, una nube

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Carson McCullers – Un árbol, una roca, una nube


Llovía aquella mañana y todavía estaba muy oscuro. El chico de los periódicos había terminado casi su recorrido cuando llegó al cafetín y entró a tomarse una taza de café. Era un sitio que estaba abierto toda la noche y pertenecía a un hombre amargado y mezquino llamado Leo. Después de la calle desolada y vacía, tenía un aire simpático y alegre; junto a la barra había un par de soldados, tres tejedores de la fábrica y, en la punta, un hombre encorvado, con la nariz y media cara dentro de un jarro de cerveza. El chico llevaba un casco como el de los aviadores. Cuando entró en el café se lo desató y levantó la orejera derecha sobre su orejita colorada. Casi siempre, mientras bebía el café, alguien le decía algo cariñoso. Pero esa vez Leo no le miró y ninguno de los hombres le habló. Pagó, y ya se iba, cuando una voz llamó:

-Hijo. Eh, hijo.

Se volvió y el hombre de la esquina le hacía señas con el dedo llamándole. Había levantado la cara del jarro de cerveza y parecía de repente muy feliz. El hombre era largo y pálido, con una gran nariz y el pelo anaranjado marchito.

-Eh, hijo.

El chico de los periódicos fue hacia él. Era flaco y tenía unos doce años y un hombro más alto que otro por el peso del saco de periódicos. Tenía la cara chupada y pecosa y sus ojos eran unos ojos redondos de niño.

-¿Qué, señor?

El hombre puso una mano sobre los hombros del chico de los periódicos, luego le cogió la barbilla y le movió despacio la cara de un lado para otro. El chico retrocedió incómodo.

-Diga, ¿qué quiere?

La voz del chico era chillona. El café de pronto se quedó muy silencioso. El hombre dijo despacio: -Te quiero.

En la barra los hombres se rieron; el chico ya se había echado para atrás, y quería irse, no sabía qué hacer. Miró por encima del mostrador a Leo y Leo le miraba con una mueca aburrida de burla. El chico intentó reírse también, pero el hombre estaba serio y triste.

-No he querido tomarte el pelo, hijo. Siéntate y toma una cerveza conmigo. Tengo que explicarte una cosa -dijo.

Cautamente, con el rabillo del ojo, el chico de los periódicos consultó con los hombres de la barra, preguntándoles qué hacer. Pero ellos habían vuelto a sus cervezas y a sus desayunos y no le hicieron caso. Leo puso en el mostrador una taza de café y una jarrita de nata.

-Es menor de edad -dijo.

El chico de los periódicos trepó hacia el taburete. Su oreja, debajo de la orejera levantada, era muy pequeña y muy colorada. El hombre asentía con la cabeza seriamente.

Es importante -dijo. Y buscó en el bolsillo de atrás y sacó algo que enseñó en la palma de la mano para que lo viera el chico.

-Míralo atentamente- dijo.

El chico miró, pero no había nada que mirar con atención. El hombre tenía una fotografía en la palma de la mano grande y mugrienta. Era un rostro de mujer. Tan borroso que solamente se veían con claridad el traje y el sombrero que llevaba.

-¿Ves? -dijo el hombre.

El chico asintió y el hombre le enseñó otra fotografía. La mujer estaba de pie en una playa, en traje de baño. El traje de baño le hacía un estómago muy grande, eso era lo primero que se notaba.

-¿Has mirado bien?

Se inclinó más todavía acercándose y, finalmente, preguntó: -¿La habías visto antes?

El chico estaba sentado sin moverse, mirando de soslayo al hombre.

-No, que yo sepa.

-Muy bien -el hombre se volvió a meter las fotografías en el bolsillo. -Era mi mujer.

-¿Murió? -preguntó el chico.

Despacio, el hombre negó con la cabeza. Frunció los labios como si fuera a silbar y contestó de manera indecisa: -Eh…-dijo. -Te explicaré.

La cerveza, en el mostrador, delante del hombre, estaba en su gran jarro oscuro. No la cogió para beber; en vez de eso, se inclinó y, poniéndole la cara sobre el borde, estuvo así un momento. Luego, con ambas manos, agarró el jarro y sorbió.

-Cualquier noche te vas a dormir con tu narizota dentro del jarro y te ahogarás -dijo Leo. -“Eminente forastero ahogado en cerveza”. Sería una muerte muy graciosa.

El chico de los periódicos trató de hacer una seña a Leo. Cuando el hombre no miraba volvió la cabeza e hizo un gesto con la boca como si preguntara sin hablar: -¿Está borracho?

Pero Leo levantó las cejas y se volvió para poner dos trozos de tocino en la parrilla. El hombre apartó de él el jarro, se irguió y juntó sus manos sueltas y huesudas sobre el mostrador. Tenía la cara triste, mirando al chico. No pestañeaba; sólo, de vez en cuando, bajaba los ojos de color verde pálido. Estaba casi amaneciendo y el chico se cambió de hombro el peso del saco de periódicos.

-Estoy hablando de amor -dijo el hombre. -Para mí es una ciencia.

El chico se empezó a escurrir del taburete. Pero el hombre levantó el índice y hubo algo que retuvo al chico, que no le dejó moverse.

-Hace doce años me casé con la mujer de la fotografía. Fue mi mujer durante un año, nueve meses, tres días y dos noches. La quería. Sí… -aclaró su voz ronca y dijo de nuevo. -La quería y pensaba que ella también me quería a mí. Yo era maquinista de ferrocarriles. Ella tenía todas las comodidades y lujos en casa. Nunca se me pasó por la cabeza que no estuviera satisfecha. Pero, ¿sabes lo que pasó?

-¡Hummm…! -dijo Leo. El hombre no quitaba los ojos de la cara del chico: -Me dejó. Una noche, cuando volví, la casa estaba vacía y ella se había ido. Me dejó.

-¿Con un fulano? -preguntó el chico.

Suavemente, el hombre puso la palma de la mano sobre el mostrador.

-Claro, naturalmente, hijo. Una mujer no se escapa de esa manera, sola.

El café estaba tranquilo; la lluvia, negra e interminable, en la calle. Leo aplastó el tocino que se estaba friendo en las púas de su gran tenedor.

-Así que llevas doce años persiguiendo a esa… ¡Asqueroso viejo verde!

El hombre miró a Leo por primera vez:

-Por favor, no seas grosero. Además, no te estoy hablando a ti -se volvió hacia el chico y le dijo en tono de confianza y secreto: -No vamos a hacerle ningún caso, ¿eh?

El chico de los periódicos asintió, no muy convencido.

-Fue así -continuó el hombre. -Soy una persona que se impresiona mucho con las cosas. Durante toda mi vida, una cosa tras otra me han impresionado: la luz de la luna, las piernas de una chica bonita… 
Una cosa tras otra. Pero la cuestión es que, cuando había disfrutado de algo tenía una sensación extraña, como si estuviera dentro de mí andando suelta. Nada parecía llegar a terminarse ni a encajar con las otras cosas. ¿Mujeres? Ya tuve mi ración de ellas. Es lo mismo. Después, quedaban vagando sueltas en mí. Yo era un hombre que no había amado nunca.

Cerró los párpados muy despacio y el gesto fue como la caída del telón cuando termina un acto en el teatro. Cuando habló de nuevo tenía la voz excitada y las palabras venían de prisa; los lóbulos de sus orejas grandes y sueltas parecían temblar.

-Luego encontré a esta mujer. Yo tenía cincuenta y un años; ella siempre decía que tenía treinta. La encontré en una estación de servicio y nos casamos a los tres días. ¿Y sabes cómo nos fue? No puedo ni decírtelo. Todo lo que siempre había sentido estaba reunido alrededor de esta mujer. Ya no había más cosas sueltas dentro de mí, todo estaba concluido en ella.

El hombre se calló de repente y se dio golpes en la nariz larga. Su voz se sumergió en un tono bajo, firme, de reproche.

-No lo estoy explicando bien. Lo que pasó fue esto. Ahí estaban esos sentimientos hermosos y esos pequeños placeres sueltos, dentro de mí. Y esta mujer era para mi alma algo así como una cinta que los ataba. Hacía pasar por ella esos poquitos de mí mismo y salía completo. ¿Me sigues ahora?

-¿Cómo se llamaba? -preguntó el chico.

-Oh -dijo él. -Yo la llamaba Dodo. Pero eso no tiene importancia.

-¿Y trató usted de hacerla volver?

El hombre no pareció oír.

-En esas circunstancias, ya te puedes imaginar cómo me quedé cuando me dejó.

Leo cogió el tocino de la parrilla, y dobló dos tajadas dentro de un panecillo. Tenía una cara gris, con ojos hundidos, una nariz respingada y salpicada de suaves sombras azules. Uno de los obreros textiles pidió más café y Leo se lo sirvió. Leo no dejaba que repitieran gratis. El obrero desayunaba allí todas las mañanas, pero cuanto más conocía Leo a sus clientes, más tacaño era con ellos. Se puso a roer su bocadillo como si se lo escatimara a sí mismo.

-¿Y no la encontró usted nunca?

El chico no sabía qué pensar del hombre, y su cara parecía incierta, con una mezcla de curiosidad y duda. Era nuevo en el recorrido de los periódicos; todavía le parecía raro estar fuera por la ciudad en la madrugada negra y extraña.

-Sí -dijo el hombre, tomé algunas medidas para hacerla volver. -Estuve por ahí tratando de localizarla. Fui a Tulsa, donde ella tenía parientes. Fui a Mobile. Fui a todas las ciudades que había mencionado alguna vez, buscando a todos los hombres que habían tenido alguna relación con ella. Tulsa, Atlanta, Chicago, Cheehaw, Memphis… Durante casi dos años corrí por todo el país tratando de encontrarla.

-Pero la pareja había desaparecido de la faz de la tierra -dijo Leo.

-No le escuches -dijo el hombre confidencialmente. -Y además olvida esos dos años. No son importantes. Lo que importa es que por el tercer año me empezó a pasar una cosa muy curiosa.

-¿Qué? -preguntó el chico.

El hombre se dobló e inclinó el jarro para beber un sorbo de cerveza. Pero mientras se agachaba sobre el jarro las aletas de la nariz le temblaron ligeramente; olfateó el olor rancio de la cerveza y no bebió.
-La verdad es que el amor es una cosa extraña. Al principio no pensaba más que en que volviera. Era una especie de manía. Luego, según pasaba el tiempo, trataba de recordarla, pero, ¿sabes qué ocurría?

-No -dijo el chico.

-Cuando me tumbaba en la cama y trataba de pensar en ella, mi cabeza se quedaba en blanco. No podía verla. Y entonces sacaba sus fotografías y las miraba. Nada, no había nada que hacer. Era como si no la viera. ¿Puedes imaginarlo?

-¡Eh, tío! -gritó Leo a través del mostrador. -¿Puedes imaginarte la cabeza de este borracho en blanco?

Despacio, como si espantara moscas, el hombre movió la mano. Tenía sus ojos verdes fijos y concentrados en la carita chupada del chico de los periódicos.

-Pero un pedazo de cristal inesperado en la acera o una canción de cinco centavos en un gramófono automático, una sombra en una pared por la noche, y recordaba. A veces me ocurría por la calle y yo me echaba a llorar y me golpeaba la cabeza contra un farol. ¿Me comprendes?

-Un trozo de cristal… -dijo el chico.

-Cualquier cosa. Daba vueltas por ahí y no tenía poder sobre cómo y cuándo recordarla. Uno cree que se puede poner encima una especie de blindaje. Pero el recuerdo no viene al hombre así, de frente, viene por las esquinas, dando rodeos. Estaba a merced de todo lo que oía o veía. De repente, en vez de ser yo el que atravesaba el país para encontrarla, empezó ella a perseguirme en mi propia alma. Ella, persiguiéndome a mí, ¡fíjate! Y en mi alma.

El chico preguntó finalmente:

-¿Por qué parte del país estaba usted entonces?

-Huy -gruñó el hombre. -Era un pobre mortal enfermo. Era como la viruela. Te confieso, hijo, que me emborraché, forniqué, cometí cualquier pecado que de pronto me apeteciera. Me avergüenza confesártelo, pero así es. Cuando recuerdo esa temporada, está todo confuso en mi mente; fue terrible.

El hombre inclinó la cabeza y pegó la frente al mostrador. Durante unos segundos estuvo así, doblado, con la nuca nervuda cubierta de una pelambrera anaranjada y las manos, con sus largos dedos retorcidos, palma contra palma, en actitud de rezar. Luego el hombre se irguió; sonreía y de pronto su rostro fue un rostro radiante, trémulo y viejo.

-Pasó en el quinto año -dijo. -Y con él empezó mi ciencia.

La boca de Leo se movió con una mueca pálida y rápida:

-¡Vaya! Ninguno de nosotros se va haciendo más joven -dijo. Luego, con furia repentina, hizo una pelota con el paño de secar que tenía en la mano y lo tiró con fuerza al suelo: -¡Vaya Romeo viejo con el rabo a rastras!
-¿Qué pasó? -preguntó el chico.
La voz del viejo era alta y clara:
-Paz -contestó.
-¿Eh?
-Es difícil explicarlo científicamente, hijo. Me figuro que la explicación lógica es que ella y yo nos habíamos perseguido tanto tiempo que al fin nos hicimos un lío, nos echamos atrás y lo dejamos. Paz. Un vacío extraño y hermoso. Era primavera en Portland y llovía todas las tardes. Yo me quedaba allí, en mi cama, echado en la oscuridad. Y así me vino la sabiduría.

La luz del nuevo día teñía de azul pálido las ventanas del cafetín. Los dos soldados pagaron sus cervezas y abrieron la puerta; uno de ellos se peinó y sacudió sus polainas fangosas antes de salir. Los tres obreros se encorvaron en silencio sobre sus desayunos. El reloj de Leo sonó en la pared.

-Es esto. Escucha atentamente. Medité sobre el amor y saqué la conclusión. Me di cuenta de qué es lo que nos pasa. Los hombres se enamoran por primera vez. Y, ¿de qué se enamoran?

La tierna boca del niño estaba medio abierta y no contestó.

-De una mujer -dijo el viejo. -Sin sabiduría, sin nada para poder ir por ahí, emprenden la experiencia más sagrada y peligrosa de este mundo. Se enamoran de una mujer. ¿Es esto, no, hijo?

-Sí -dijo el chico desmayadamente.

-Empiezan por el revés del amor. Empiezan por el punto crítico. ¿Te das cuenta de por qué es algo tan desgraciado? ¿Sabes cómo deberían querer los hombres?

El viejo alargó la mano y agarró al chico por el cuello de la chaqueta de cuero. Le sacudió suavemente y sus ojos verdes miraron hacia abajo sin pestañear, graves.

-Hijo, ¿sabes cómo debería empezarse el amor?

El chico seguía sentado, pequeño, callado, tranquilo. Poco a poco movió la cabeza. El viejo se acercó más y murmuró:

-Un árbol. Una roca. Una nube.

Todavía llovía fuera en la calle: una lluvia sin fin, suave y gris. La sirena de la fábrica sonó para el turno de las seis, y los tres obreros pagaron y se fueron. En el café no quedaban más que Leo, el viejo y el chico de los periódicos.

-El tiempo estaba así en Portland -dijo- en la época en que empezó mi sabiduría. Medité y empecé con precaución. Cogía cualquier cosa de la calle y me la llevaba a casa. Compré un pececillo dorado y me concentré en él y lo amé. Pasaba gradualmente de una cosa a la otra. Día a día iba adquiriendo esa técnica. En el camino de Portland a San Diego…

-¡Oh, cierra el pico! -aulló Leo de repente. -¡Calla, calla!

El viejo seguía agarrando la chaqueta del chico; temblaba y su rostro estaba muy serio, iluminado, salvaje.

-Ya hace seis años que voy por ahí solo haciéndome mi saber. Y ahora soy un maestro, hijo. Puedo amarlo todo. No tengo ya ni que pensar en ello. Veo una calle llena de gente y una luz hermosa dentro de mí. Miro a un pájaro en el cielo o me encuentro con un viajero en el camino. Cualquier cosa, hijo, o cualquier persona. ¡Todos desconocidos y todos amados! ¿Te das cuenta de lo que puede significar una ciencia como la mía?

El chico se sostenía, tieso con las manos curvadas agarrando fuertemente el borde del mostrador. Al fin, preguntó:

-¿Y encontró a aquella señora?

-¿Qué? ¿Qué dices, hijo?

-Digo -preguntó tímidamente el chico-, ¿se ha vuelto a enamorar de alguna mujer?

El hombre aflojó las manos del cuello del chico. Se volvió y por primera vez asomó a sus ojos verdes una mirada vaga y dispersa. Levantó el jarro del mostrador y bebió la cerveza dorada. Movía la cabeza despacio, de un lado a otro. Por fin, contestó:

-No hijo. Fíjate, ése es el último paso en mi ciencia. Voy con cuidado. Todavía no estoy preparado del todo.

-Bueno -dijo Leo. -Bueno, bueno.

El viejo estaba de pie en el vano de la puerta abierta.

-Acuérdate -dijo. Allí, en medio de la húmeda luz gris de la madrugada parecía encogido, andrajoso y frágil, pero su sonrisa era luminosa. -Acuérdate de que te quiero -dijo, sacudiendo la cabeza por última vez. Y la puerta se cerró sin ruido detrás de él.

El chico no habló durante un buen rato. Se alisó el pelo sobre la frente, y pasó su dedito mugriento por el borde de la taza vacía. Después, sin mirar a Leo, preguntó:

-¿Estaba borracho?

-No -dijo Leo.

El chico levantó aún más su voz clara:

-Entonces, ¿es un drogadicto?

-No.

El chico miró a Leo, con una carita fea y desesperada y su voz chillona y urgente:

-¿Está loco, pues? ¿Crees que está chiflado? -la voz del chico de los periódicos bajó de pronto con una duda: -¿Eh, Leo? ¿O no?

Pero Leo no le contestó. Hacía catorce años que tenía su café nocturno y se consideraba experto en locuras. Estaban los tipos de la ciudad y también los forasteros que llegaban como si vinieran del fondo de la noche. Conocía las manías de todos. Pero no quiso satisfacer la curiosidad del niño. Contrajo su cara pálida y siguió callado.

Así, el chico se bajó la orejera derecha del casco y, volviéndose para marcharse, hizo el único comentario que le parecía seguro, la única observación que no podía ser ridiculizada ni despreciada:
-Se nota que viajó mucho.

Marco Denevi - Eine kleine nachtmusik

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Marco Denevi - Eine kleine nachtmusik


Tiempo atrás el edificio estaba habitado por familias de posición acomodada. Después, uno tras otro, los departamentos fueron alquilados a agentes de Bolsa, a empresas financieras, a despachantes de aduana. Pero Henriette y Leopoldina von Wels no quisieron mudarse. A la noche ellas y Hildstrut, la vieja criada húngara, eran las únicas almas vivientes dentro del edificio, porque también Wilson, el portero, se iba a dormir a su casa en Montserrat. No tenían miedo de quedarse solas y, si vamos a ver, les gustaba.

  Durante el día hay un discreto movimiento de gente y no pocos ruidos. Pero a partir de las nueve de la noche el edificio queda sepulto en el silencio y en la oscuridad de una mina abandonada. Sólo en el 7º piso hay luz y, a menudo, una música tenue. Si algún inquilino hubiese permanecido en su oficina a esas horas, habría dicho: «son las dos extranjeras».

  Henriette leía, Leopoldina bordaba o tejía una carpeta. En la ortofónica monumental giraba un disco: Mozart, Schubert, Schumann, Chopin, Liszt y, de tanto en tanto, Wagner (pero Leopoldina, aunque nunca lo dijo, detestaba a Wagner y no se atrevía a confesar su preferencia por Rossini). Si hacía calor salían al balcón. En verano todas sus amistades se iban a las playas, y si ellas no veraneaban era porque a Leopoldina el menor trajín le alteraba la salud.

  Fue lo que hicieron aquella noche: salir al balcón y disfrutar del espectáculo. Una vez Leopoldina tendría una ocurrencia muy atinada. Dijo: «¿Te fijaste, Henriette? Del otro lado de Leandro Alem no vive nadie, todo el mundo está de paso». Es cierto. Lo que tenían delante de los ojos era una ciudad sin población estable: Retiro, la Plaza Británica, el Hotel Sheraton, las torres de Las Catalinas Norte, el puerto y, al fondo, el río. Pero de noche, invierno y verano, el panorama es fascinante, casi irreal.

  Buenos Aires parecía desierta, lánguida, como si todavía no se hubiese repuesto de los alborotos de Fin de Año. Por Leandro Alem se deslizaban unos pocos automóviles extraviados. Sólo las torres de Las Catalinas, que de noche están lustradas de negro brillante, conservaban algunos pisos iluminados como guirnaldas de plata navideña. Detrás las luces de la zona portuaria parpadeaban en una tiniebla brumosa. Y arriba un vasto cielo abierto, como es difícil ver en las ciudades. Henriette y Leopoldina, acodadas sobre el antepecho de balaustres, no pensaban en nada.

  Entonces oyeron la música. Sonaba a sus espaldas, como si viniese desde el interior del departamento. Pero ellas no habían puesto ningún disco en la ortofónica. Y no era música clásica. Era un tango. Un tango ejecutado por un bandoneón. Se miraron, estupefactas. Henriette decidió que sería una radio. Pero ¿quién había encendido una radio a esas horas dentro del edificio? Y no, no era una radio: un error de interpretación fue corregido, una frase se repitió tres veces, como para ser memorizada.

  Henriette entró en el departamento, se dirigió hacia el vestíbulo. ¿Adónde iba? ¿Qué estaba por hacer? Leopoldina la siguió. En todos los pisos hay una galería cubierta que va desde el vestíbulo hasta la cocina y las habitaciones de servicio. Defendida por una mampara de vidrios ingleses, da a un pozo de aire por el que trepan los ruidos del día y el silencio y la oscuridad de la noche. Henriette subió a una silla y se asomó por encima de la mampara. En el pozo de aire, a la altura del sexto piso, había una niebla de luz amarilla.

  Volvieron a la sala y se sentaron. Se miraban una con otra como interrogándose. El sonido del bandoneón parecía flotar en el aire, surgir de las paredes, del piso, del cielo raso, al modo de esa música llamada funcional que suele haber en algunas oficinas modernas, en la sala de espera de algunos consultorios médicos y que brota no se sabe de dónde.

  —¿Quién podrá ser? —susurró Leopoldina.

  Henriette se impacientó:

—Por lo pronto, un hombre. Las mujeres no tocan el bandoneón.

  Pero no había alzado la voz, también ella había susurrado. Se levantó, caminando en puntas de pie fue a apagar todas las lámparas, sólo dejó encendido un pequeño hongo de cristales de colores, y volvió a su sillón.

  El concierto habrá durado, la primera noche, una buena media hora. Las señoritas Wels no sabían nada de tangos, creían que es un género vulgar y medio canallesco. Pero la música es la música y la noche es la noche, y de la conjunción de ambas siempre nace un misterio delicado. Escuchaban en silencio, sin moverse, respirando lenta y acompasadamente como si durmieran. Poco a poco descubrían dos cosas: que el bandoneón no es un instrumento musical, es una voz casi humana, y que nada más que con su música el tango cuenta alguna historia. Aquella primera anoche fueron historias de amor, pero no historias trágicas o apasionadas sino más bien juguetonas, incluso tiernas, como de algún amor juvenil.

  Después, nada. Nada durante un largo rato. Después las sobresaltó un portazo y enseguida el brusco sacudón que da el ascensor cuando está en la planta baja y lo llaman desde alguno de los pisos superiores. De noche se oye todo. Oyeron que el ascensor se detenía, que la puerta de reja se abría y se cerraba, que de nuevo el ascensor se ponía en movimiento. Y por fin oyeron un segundo portazo, lejos, en la puerta de calle.

  Henriette corrió a asomarse al balcón y Leopoldina la siguió. Pero el edificio está construido sobre la recova de Leandro Alem y el balcón encima sobresale un metro. Por mucho que uno saque medio cuerpo afuera, no alcanza a ver ni el cordón de la vereda. Y si alguien sale del edificio y se va caminando por la recova, desde arriba es imposible verlo. Ningún automóvil, ningún taxi se detuvo ni nadie cruzó a pie la avenida, así que era evidente que la persona que acababa de salir del edificio se había ido caminando por debajo de la recova. ¿Sería la misma que un rato antes tocaba el bandoneón?

  Henriette fue a espiar: el pozo de aire estaba totalmente a oscuras. Sí, sería la misma. Las señoritas Wels permanecieron en el balcón sin pronunciar una palabra. Vino la medianoche, y como Henriette no daba señales de querer irse a dormir, Leopoldina pudo seguir manoseando mentalmente la idea que la asaltó de golpe: el hombre había tocado el bandoneón para ellas, la música había sido un mensaje en clave, el mensaje decía «llegué, aquí estoy», y luego de enviarles el mensaje se había ido. ¿Volvería?

  A la mañana siguiente Hildstrut, en cambio de averiguar por Wilson, como ellas se lo habían ordenado, quiénes alquilaban el departamento del sexto piso, dejó que ese hombre chismoso y grosero, que arqueaba el cuerpo y levantaba las nalgas en una postura obscena, viniese a informarles personalmente.

  Dijo que el nuevo inquilino era un muchacho joven. Se había instalado en el sexto piso la tarde anterior, una mudanza rápida y sencilla: pocos muebles pero canastos y más canastos y perchas con ropa de todos los colores, incluidos varios smokings. Al parecer vivía solo.

  —No sé para qué quiere un departamento tan grande. Acuérdense de lo que les digo: ese muchacho nos traerá problemas.

  —¿Qué clase de problemas? —interrogó Henriette en un tono altanero. Wilson no pareció sentirse intimidado.

  —Ya se imaginarán cuáles. Tengo buen ojo para catalogar a la gente. Ese tipo es un hombre de la noche. Lindo, pálido, con el pelo engominado y una ropa que no es para ir a trabajar.

  Henriette se fastidió:

  —Por lo visto aquí le alquilan a cualquier gentuza.

  Wilson las miraba, las miraba y no se iba, querría ver qué impresión les causaban sus palabras. Leopoldina trató de no hacer ningún gesto.

  —Seguro —dijo Wilson— que de noche recibe mujeres y amigotes, y arman escándalo. Total, quién va a protestar. Ustedes, las únicas.

  —Si hace algún escándalo se lo diremos al administrador —le contestó Henriette, más seca que una Habsburgo que despide a un lacayo—. Puede retirarse, Wilson.

  Cuando por fin se libraron de ese incordio, Hildstrut, que como era medio sorda no había oído los tangos, dijo:

  —Mejor que de noche haya otras personas en el edificio.

  Henriette se irritó:

  —Según qué clase de personas.

  Leopoldina no hizo ningún comentario. Pero Henriette le notó una ligera excitación. ¿Estaba aterrada o que? Esa misma tarde Henriette mandó llamar al cerrajero para que colocase un segundo pasador en la puerta de entrada.

  * * *

  Ningún escándalo. De día era imposible distinguir, entre tanto ruido, los ruidos que quizá proviniesen del sexto piso. De noche las luces estaban encendidas pero tampoco se oía ningún ruido, ninguna conversación. Y, a eso de las diez, el bandoneón. Tangos, siempre tangos. Alrededor de las once el muchacho se iba. ¿Adónde? ¿A tocar en algún dancing? Era lo más probable.

  —Seguro, es el bandoneonista de alguna orquesta típica —decía Henriette—. Lo que no comprendo es que se haya venido a vivir aquí. Por lo general esa gente vive en los suburbios.

  Leopoldina seguía sin hacer ningún comentario. Y los domingos él debía de pasarlos durmiendo o en alguna otra cosa, porque ese día no había ni luces prendidas ni conciertos de bandoneón, y las señoritas Wels reñían por cualquier pavada.

  Las demás noches, unos minutos antes de las diez, ya estaban sentadas en los sillones del salón. Henriette simulaba leer, pero por algo no ponía ningún disco en la ortofónica. Leopoldina bordaba o tejía, y a cada rato se le soltaba un punto del tejido.

  Cuando se escuchaban las primeras sílabas, porque eran sílabas, moduladas por el bandoneón, Henriette murmuraba en un tono que quería ser irónico o despreciativo:

  —Vaya, otra vez nos da la serenata. Eine Kleine Nachtmusik del arrabal.

  Pero olvidaba dar vuelta las páginas del libro y, al rato, cerraba los ojos, dejaba reposar el libro sobre las rodillas. Leopoldina interrumpía su labor, apoyaba la nuca en el respaldo del sillón, a través de la ventana miraba el cielo estrellado.

  Con el correr de las noches llegó a la conclusión de que la música era un pedido de socorro. El muchacho les decía: «estoy solo, estoy triste», y después hacía silencio porque esperaba alguna respuesta, y después, en vista de que la respuesta no le llegaba, se iba no a un dancing sino a vagar por esas calles. Volvería a la madrugada, o con el sol, cuando el edificio ya había despertado, y por eso ella, aunque se mantuviese desvelada hasta el fin de la noche, no lo oía regresar.

  Una noche no aguantó más y dijo:

  —Algunos tangos me gustan.

  La reacción de Henriette fue tan desaforada que Leopoldina adivinó.

  —¿Cómo te puede gustar esa música? —Henriette jadeaba, parecía sufrir un repentino ataque de asma—. Por favor, una música propia de los bajos fondos.

  Leopoldina adivinó que Henriette se había puesto furiosa porque también, a ella le gustaban los tangos.

  Un día, antes de retirarse, apareció Wilson con una gran sonrisa.

  —¿Y? ¿Cómo se porta el galán del sexto piso?

  Henriette fingió buen humor:

  —¿Por qué lo llama galán?

  Wilson, sin dejar de sonreír, entrecerró los ojitos cerdunos como hacen los miopes para ver mejor.

  —¿Nunca lo vieron?

  —Nunca, por supuesto.

  —¿No molesta, de noche?

  —En absoluto. Si no fuese por usted, creeríamos que el sexto piso está desocupado.

  —Miren un poco. Y yo que creía que era un fiestero.

  —¿Un qué?

  —No, nada. Porque tiene una figura que madre mía. Propiamente un galán de cine.

  ¿Nunca lo verían, ni siquiera desde lejos, desde el balcón?

Una noche, en la oscuridad, del dormitorio para que Henriette ni la disuadiese nada más que con la mirada. Leopoldina se animó.

  —Tendríamos que conocerlo.

  —¿Conocerlo? ¿Y cómo? —Henriette no había preguntado «¿conocer a quién?», señal de que también ella estaba pensando en el muchacho.

  —Qué sé yo cómo —dijo Leopoldina, más decidida—, pero alguna manera habrá.

  —¿Ir y tocar el timbre de su departamento? ¿Nosotras, rebajarnos hasta ese punto?

  —Debe de haber una forma de encontrarnos con él y que parezca pura casualidad.

  —¿Por ejemplo?

  —Ahora no se me ocurre nada.

  Después de unos minutos Henriette rezongó:

  —Que tome él la iniciativa. Para eso es hombre.

  Leopoldina supo, así que también Henriette deseaba el encuentro y entonces se atrevió a hablar, a toda prisa para que Henriette no la interrumpiese:

  —Cualquier noche de estas salimos, hablamos en voz bien alta y hacemos mucho ruido con el ascensor, para que él nos oiga. Comemos en el restaurante de al lado. A las diez y media volvemos, pero no subimos, nos quedamos en la planta baja, junto a la puerta de calle. Cuando él salga del ascensor una de nosotras forcejea con la llave en la cerradura, como si en ese preciso momento hubiésemos entrado en el edificio. Nos cruzaremos. Será inevitable.

  —¿Y entonces qué? Nos saludará y seguirá de largo.

  —Podríamos decirle que somos sus vecinas del séptimo piso, y que nos gustan mucho los tangos que toca en el bandoneón.

  —¿Serías capaz con tu carácter?

  —No sé. Creo que no. Yo no.

  —Ah, me echas el fardo a mí. Ya veo. Lo tenías todo muy bien pensado.

  No dijo más. No dijo si estaba de acuerdo o no estaba de acuerdo, pero por un rato no pudo estarse quieta. Leopoldina la oía moverse entre las sábanas y emitir por la boca una especie de chasquido, como quien paladea el último sabor de una golosina.

  Dos días después, durante el almuerzo, Henriette dijo:

  —Esta noche podríamos ir a comer en el restaurante de al lado.

  De modo que Leopoldina se volvió audaz:

  —No, al restaurante no. Me siento incómoda en ese lugar tan ruidoso.

  Henriette se encabritó:

  —Fue tu idea, no la mía.

  —Sí, pero lo pensé mejor y no es necesario que vayamos al restaurante.

A las nueve y treinta p. m. apagaron las luces, dieron portazos, el ascensor las secundó con su repertorio de chirridos. Esperar, de pie del lado de adentro de la puerta de calle, hasta las once fue un verdadero martirio. Henriette parecía la más nerviosa de las dos, suspiraba y cada tanto hacía un ademán como de querer decir algo y enseguida arrepentirse. En cambio Leopoldina, eso sí, con los ojos muy abiertos, se mantenía inmóvil como una estatua.

  Henriette consultó su reloj de pulsera. «Las once y cuarto», susurró. Leopoldina, para demostrar que ese dato no tenía importancia, no hizo ningún movimiento. A las once y media Henriette quería subir al departamento, mascullaba que era una vergüenza lo que estaban haciendo, agazapadas, allí, como dos perdidas. Pero Leopoldina se mantuvo quieta y callada, aunque ya tenía una expresión facial al borde de la desesperación.

  A medianoche, sin pedirle parecer a nadie Henriette se dirigió hacia el ascensor y Leopoldina la siguió. Cuando el ascensor atravesaba el palier del sexto piso oyeron el bandoneón. Henriette le asestó a Leopoldina una mirada furibunda, pero Leopoldina tenía los ojos bajos y perlas de sudor en toda la cara. El bandoneón sonaba muy próximo, muy nítido, como si el muchacho estuviese tocándolo detrás de la puerta de su departamento. Debe de haber sido eso lo que más encolerizó a Henriette. Otra vez sufría el ataque de asma. Pensaría que el muchacho lo hacía adrede, para burlarse de ellas. En cambio. Leopoldina pensó: «Está ahí, detrás de la puerta, listo para recibirnos en su departamento».

  Mientras se desvestía a los manotazos, Henriette perdió su aire altivo y adoptó una voz ronca y un poco grosera:

  —Estarás satisfecha, me imagino, con tu bendito plan. No sé cómo, pero lo supo. Supo que lo esperábamos abajo, como dos mujerzuelas. Y no salió. Justo esta noche no salió, para humillarnos. Todo este tiempo estuvo dándonos la serenata con el solo fin de tomarnos el pelo, de reírse de nosotras. Ah, pero de mí no se ríe nadie, y menos ese chiquilín.

  Leopoldina iba despojándose de la ropa con movimientos tan débiles, tan desganados que parecía desnudarse para morir. Cuando por fin apagó la luz, oyó la voz de Henriette sofocada por la sábana que le cubría la cabeza:

  —Mañana mismo me quejo al administrador.

  No se quejó nada. Pero todas las noches, después de cenar, ponía en la ortofónica, a todo volumen, un disco con alguna ópera de Wagner. El bochinche de los nibelungos o la bacanal en el Venusberg debían de oírse no sólo dentro de todo el edificio sino también desde la avenida Leandro Alem, desde los rascacielos de Las Catalinas. Si mientras tanto él tocaba el bandoneón, no se podía saber.

  En medio del estrépito Leopoldina rogaba:

  —Un poco más bajo, Henriette.

Henriette daba una patada en el suelo:

  —No. ¿Acaso él no nos aturde con su bandoneón?

  Se ponía sarcástica:

  —Que aprenda, de paso, qué música nos gusta. Y si todavía no sabe quiénes somos, que vaya y que le pregunte a Wilson.

  ¿Qué le diría Wilson? Las señoritas Wels, alemanas o hijas de alemanes, creo. Muy ricas, muy aristocráticas. No serán jóvenes pero son muy hermosas, sobre todo la mayor, Henriette. Lástima que Wilson no supiese dar más detalles: su abuelo fue general del emperador Francisco José y por línea materna están emparentadas con los Vizinzey, nobles húngaros que descienden de los Esterhazy, los protectores de Haydn.

  Claro que Wilson era muy capaz de decirle: dos solteronas, orgullosas hasta más no poder, aunque la menor, Leopoldina, parece más amable, pero la otra la tiene dominada, la otra es un sargento de caballería. Y habría sido bueno, aunque era imposible, que Wilson añadiese: Leopoldina no se casó porque Henriette, una envidiosa que no le cuento, le espantó a los novios. Esto no lo pensaba Henriette, lo pensaba Leopoldina.

  En tanto las vociferaciones de Wagner atronaban la noche, Leopoldina salía al balcón. No quería ser cómplice de la venganza de Henriette. Salía al balcón y se decía que, unos metros más abajo, el muchacho se sentiría mortificado, creería que a ella no le gustaban los tangos, supondría que ella lo menospreciaba. Quizás la otra noche había tenido alguna razón para no salir. Estaría enfermo. Pero enfermo y todo había tocado el bandoneón para que ellas fueran a hacerle compañía. ¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo que dos señoras decentes vayan a visitar a un vecino solo y enfermo? ¿Quién, empezando por el muchacho, podría confundirlas con un par de mujerzuelas?

  Hasta que una noche no pudo más, abandonó el balcón y gritó para que Henriette la oyese en medio de los batifondos wagnerianos:

  —Basta, por Dios, basta de Wagner. Me crispa los nervios. Y encima este calor. Voy a volverme loca.

  Henriette debía de estar harta, ella también, de tantos aullidos de las walquirias y de tantos crepúsculos de los dioses, pero le costaría dar el brazo a torcer. Ahora, haciendo como que complacía el pedido de Leopoldina, encontró la oportunidad de librarse de Wagner. Pero tampoco estaba dispuesta a volver a oír el bandoneón: puso un disco en el que Dinu Lipatti desgranaba melismas de Chopin.

  Y a la noche siguiente aparentó engolfarse hasta tal punto en la lectura de un libro que no advertía el silencio que las rodeaba. Leopoldina no salió al balcón. Algo le decía que esa noche sería decisiva. Se sentó en el borde de una silla, como preparada para ponerse de pie, y esperó.

  En efecto, a las diez y media recibieron el mensaje. No era un tango, era un vals. ¡Dios mío, era el Danubio Azul. El muchacho estaba tocando el Danubio Azul! Lo tocaba muy mal, a los tropezones. Pero justamente por eso el bandoneón parecía una voz entrecortada, quebrada por la emoción o quizá por el llanto. El muchacho les pedía que lo perdonasen. El muchacho quería que se reconciliaran con él. Y elegía, humildemente, la única música a su alcance que ellas no rechazarían aunque sólo supiera balbucearla.

  Leopoldina se había puesto de pie y, una mano alrededor de la garganta como para calmar los pulsos de la sangre, escuchó los primeros compases del vals y después no pudo dominar su propia voz:

  —¿Te das cuenta? Sabe quiénes somos, y nos dedica el Danubio Azul. Lo toca para nosotras. Siempre ha tocado para nosotras. Nos conoce.

  Henriette no se había movido. Había dejado de leer el libro pero no se había movido, acaso de soberbia que era, para no trasuntar ninguna emoción. La actitud de Leopoldina la despabiló. Pareció alarmada. Hizo un enérgico ademán para que Leopoldina bajase la voz.

  —¿Nos conoce? ¿De dónde nos conoce?

  —No lo sé. Pero sabe que tenemos sangre vienesa y por eso eligió el Danubio Azul. No un tango sino el Danubio Azul. No puede ser pura casualidad. Nos conoce, te digo que nos conoce.

  Estaba tan enardecida que Henriette se levantó y la tomó de un brazo:

  —Si nos conoce es porque Wilson le habrá pasado el dato: en el séptimo piso viven dos mujeres solas con una sirviente vieja y medio sorda. Dos mujeres ricas, en un departamento lleno de objetos de valor.

  Leopoldina se apartó:

  —No. Si fuese un ladrón no habría esperado tanto tiempo para venir a robarnos. Ese muchacho quiere ser nuestro amigo.

  —¡Amigo! A su edad no se busca amigas. En todo caso se busca amantes.

  —Y bien, sí. Una amante. No soy tan vieja, después de todo.

  Henriette pareció que iba a enfurecerse, pero de pronto se dejó caer en un sofá, las rodillas separadas, los brazos flojos, el cuerpo echado hacia atrás.

  —Leopoldina ¿perdiste el juicio? ¿Qué disparates estás diciendo?

  —Ningún disparate. Ese muchacho quiere relacionarse con nosotras. Al menos con una de las dos.

  —Y ya sabes con cuál.

  —Soy la más joven, no lo olvides.

  —Me pregunto si no te has vuelto loca.

  —Quizá. Pero esta vez no podrás impedírmelo.

  —¿Impedirte que?

  —Lo sabes de sobra. Henriette. Toda la vida lo hiciste.

De repente advirtieron que el muchacho había terminado de ejecutar el Danubio Azul y que ahora hacía silencio. Entonces Leopoldina se sentó en un sillón, cerca del vestíbulo de entrada, y cobró un aire glacial que Henriette nunca le había visto.

  —Dentro de unos minutos, vendrá aquí, seguramente vestido de smocking.

  —¿Le abrirás la puerta?

  —Por supuesto.

  —¿Y si no es a ti a quien viene a visitar?

  —Eso lo veremos.

  Leopoldina se irguió en su sillón, Henriette se irguió en el suyo. Se miraban una con otra, como desafiándose. Pero pasaban los minutos y el timbre no sonaba. Y como resulta incómodo mantener por largo rato una postura arrogante, las dos liquidaron el duelo de miradas, dirigieron la vista hacia lados opuestos y apoyaron la espalda en el óvalo de gobelino.

  Cuando se oyó el portazo, el sacudón del ascensor, los ruidos habituales que indicaban que el muchacho se iba, Leopoldina no se movió pero Henriette se echó a reír:

  —Tu enamorado no se decide. Es tímido, por lo visto.

  Sin contestar, Leopoldina fue a tenderse vestida, en la cama. Al rato entró Henriette. En el momento en que el reloj del comedor daba las doce, surgió en la oscuridad del dormitorio la voz de Henriette. Era una voz dulce y como afligida.

  —No quise ofenderte. Pero no me negarás que la conducta de ese joven es muy extraña.

  Leopoldina no respondió. Y para que Henriette no creyese que estaba dormida encendió el velador, miró la hora en el reloj sobre la mesita de luz y volvió a apagar el velador. Seguía sin desvestirse.

  Después Henriette insistió:

  —No te hagas ilusiones. Esa clase de hombres no es para nosotras.

  Leopoldina no respondió. No habló una sola palabra durante el día siguiente. Tenía una expresión ultrajada y los ojos violentos. Por la tarde Wilson les trajo la noticia: el inquilino del sexto piso se había mudado esa mañana, él no sabía adónde.

  —Ahora podrán dormir tranquilas. Pasó el peligro. Y añadió unas palabras inesperadas en un sujeto tan tosco: —Golondrina de un solo verano.

  Esa noche Leopoldina, siempre muda, siempre herida de muerte, y como levitando, salió al balcón. Muy derecha, miraba lejos, las luces del puerto, más allá el río de zinc bajo la luna. Henriette la vigilaba desde adentro. Hasta que abandonó el libro que no leía, que ni siquiera había abierto, y fue a ponerse al lado de Leopoldina. Codo con codo, erguidas y mirando siempre hacia adelante, las señoritas Wels le habrían parecido, a quien pudiese observarlas, dos princesas de algún país nórdico que asisten, desde el balcón de su palacio, a un desfile militar.

  Al cabo de un cuarto de hora, Leopoldina dijo:

  —¿Te fijaste? Del otro lado de Leandro Alem no vive nadie, todo el mundo está de paso.

  —Es verdad —dijo Henriette—. No se me había ocurrido.

En El amor es un pájaro rebelde, 1993

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Antonio Di Benedetto - Caballo en el salitral

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Antonio Di Benedetto - Caballo en el salitral


El aeroplano viene toreando el aire.

Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.

Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:

-¿Será Zanni..., el volador?

-No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.

-¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?

-Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.

Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al "tren del rey".

Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.

Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.

Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.

Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: "...este es el rey, porque le da olor al campo". 


¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo ? No puede ser; sin embargo, la gente dice...

Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado, como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo? Sí, pero... su campo está más allá de la Loma de los Sapos.

La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.

Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El "tren del rey", el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.

Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?

La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.

Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: "¡ Será ! . . . "

Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.
    

Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.

A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.

Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos. 

Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.

El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.
    

Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.

Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.

El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.

Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.

El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.

No es difícil ­todavía­ beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.

El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.

El atardecer calma el día y concede un descanso al animal. 


La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.

Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.

Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro. 

Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.

El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.

La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.

Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal. Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.

El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.

El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las "islas" de monte que suelen encofrarla.

Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.

Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.

El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo. 


De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.

No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.

A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.

La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.

En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.

Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.

Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.

Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal. 


Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa. Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.

Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón.

Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.

Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.

Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.

Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo. 


Un setiembre 

Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.

Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo. Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.

Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.

Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.

Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.

No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, ]a cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.




Adélia Prado - Saludo

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Adélia Prado - Saludo


¡Ave, María!
¡Ave, carne florecida en Jesús!
¡Ave, silencio radiante,
urdimbre de paciencia
donde Dios hizo su amor inteligible!


Saudação

Ave, Maria!
Ave, carne florescida em Jesus.
Ave, silêncio radioso,
urdidura de paciência
onde Deus fez seu amor inteligível!

18 sep. 2019

Juan José Saer - El cordero

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Juan José Saer - El cordero


Después la mirada baja, todavía más, y encuentra la de Rogelio, parado al lado del cordero que está echado en el suelo, el hocico apoyado delicadamente sobre las patas delanteras. Le parece percibir fatiga en la expresión de Rogelio.

  —Y hemos pasado nomás otro año, gracias a Dios —dice Rogelio.

  —Todavía no —dice Wenceslao, sonriendo.

  —No seas lechuza —dice Rogelio.

  —A mí se me hace que el cordero no ve otro año —dice Wenceslao.

  —A mí se me hace algo parecido —dice Rogelio—. ¿Vos qué pensás, Layo, la traerán?

  Wenceslao sacude la cabeza. Rogelio sacude también su cabeza, siguiendo el movimiento de la cabeza de Wenceslao y convenciéndose de lo que el movimiento quiere significar a medida que la ve moverse. Se quedan un momento inmóviles y en silencio, mirándose, hasta que Wenceslao sacude la cabeza en dirección al cordero y dice:

  —Lo despenamos y en paz.

  Más adelante será una res roja, vacía, colgando de un gancho, después se dorará despacio al fuego de las brasas, sobre la parrilla, al lado del horno, después será servido en pedazos sobre las fuentes de loza cachada, repartido, devorado, hasta que queden los huesos todavía jugosos, llenos de filamentos a medio masticar que los perros recogerán al vuelo con un tarascón rápido y seguro y enterrarán en algún lugar del campo al que regresarán en los momentos de hambruna y comenzarán a roer tranquilos y empecinados sosteniéndolos con las patas delanteras e inclinando de costado la cabeza para morder mejor, dando tirones cortos y enérgicos, hasta dejarlos hechos unas láminas o unos cilindros duros y resecos que los niños dispersarán, pateándolos o recogiéndolos para tirárselos entre ellos en los mediodías calcinados en que atravesarán el campo para comprar soda y vino en el almacén de Berini, objetos ya irreconocibles que quedarán semienterrados y ocultos por los yuyos en diferentes puntos del campo durante un tiempo incalculable, indefinido, en el que arados, lluvias, excavaciones, cataclismos, la palpitación de la tierra que se mueve continua bajo la apariencia del reposo, los pasearán del interior a la superficie, de la superficie al interior, cada vez más despedazados, más irreconocibles, hechos fragmentos, pulverizados, flotando impalpables en el aire o petrificados en la tierra, sustancia de todos los reinos tragada incesantemente por la tierra o incesantemente vuelta a vomitar, viajando por todos los reinos —vegetal, animal, mineral— y cristalizando en muchas formas diferentes y posibles, incluso en la de otros corderos, incluso en la de infinitos corderos, menos en la de ese cordero hacia el que ahora se dirige Wenceslao llevando el cuchillo y la palangana.


En El limonero real
Imagen s/d