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Literatura y artes

17 may. 2019

Macedonio Fernández - Tantalia

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Macedonio Fernández - Tantalia


El mundo es de inspiración tantálica


Primer momento: El cuidador de una plantita.

Él acaba por convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitado de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad.

Ocurre que pocos días después de esta meditación y proyectos en suspenso, Ella, sin sospechar tales cavilaciones pero movida por una aprensión vaga del empobrecimiento afectivo en él, le envía por regalo una plantita de trébol.

Él resuelve adoptarla para iniciar el procedimiento entrevisto. La cuida con entusiasmo durante un tiempo y cada vez más se percata de la infinidad de atenciones y protecciones, expuestas a un descuido fatal, exigidas para la seguridad de la vida por un ser tan débil, al que un gato, una helada, un golpe, sed, calor, viento, amenazan. Se siente intimidado por la posibilidad de verla morirse un día por mínimo descuido; pero no es sólo el temor de perderla para su cariño, sino que conversando con Ella, cavilosos como todos los que están en la pasión, y más cuando en esa pasión uno decae, llegan a la obsesión de que exista algún nexo de destinos entre el vivir de la plantita y su vivir o el de su amor. Fue Ella la que un día vino a decirle que ese trébol fuera el símbolo del vivir del amor.

Empiezan a temer que la plantita muera y muera así, uno u otro, y lo que es más: el amor, única muerte que hay. Se ven sucesivamente, meditando en coloquios, creciendo el pavor a que se ven sujetos. Deciden entonces anular la identidad reconocible de esta plantita para que, eludiendo el mal presagio de matarla, nada haya identificable en el mundo a cuyo existir esté supeditada la vida y amor de ellos; y al par así, sitúanse en la asegurada ignorancia de no saber nunca si aquel existir vegetal que tan singularmente se había hecho parte en las vicisitudes de una pasión humana, se muere o vive. Resuelven, entonces, de noche, en un paraje no reconocible para ellos, perderla en un vasto trebolar.

Segundo momento: Identidad de una mata de trébol.

Pero la excitación que iba creciendo desde algún tiempo en Él, y el desencanto de ambos por haber tenido que renunciar a la comenzada tentativa de reeducación de su sensibilidad y al hábito y cariño de cuidar a la plantita que alboreaba en Él, se traduce en un acto oculto que realiza al retorno de esa labor de olvidación en las sombras. En el trayecto, sin que lo advirtiera de fijo pero con algún pulso de zozobra en Ella, sin embargo, Él se inclinó y cogió otra mata de trébol.

—¿Qué hacés?

—Nada.

Ambos se separaron al amanecer, quedando en Ella algo de sobresalto, en ambos el alivio de no reconocerse ya dependientes del vivir simbólico de esa plantita, y en ambos también la pavura que nos viene de todas las situaciones de lo irreparable, cuando acabamos de crear un imposible cualquiera, como en este caso el imposible de saber jamás si vivía y cuál era la plantita que fuera al principio obsequio de amor.

Tercer momento: El torturador de un trébol.

“Por múltiples modos y males me veo sin placeres ni de inteligencia o arte ni sensuales, que se brindan en torno. Me voy quedando sordo habiendo sido la música mi mayor goce; los largos paseos entre los cercos se hacen imposibles por mil detalles de decadencia fisiológica. Y así en las demás cosas...

“Esta plantita de trébol ha sido elegida por mí para el Dolor, entre otras muchas; ¡elegida! ¡pobrecita! Veré si puedo hacerle un mundo de Dolor. Si su Inocencia y su Tortura llegan a tanto que estalle algo en el Ser, en la Universalidad, que clame y logre la Nada para ella y para el todo, la Cesación, pues el mundo es tal que no hay siquiera muerte individual; el cesar del Todo o la eternidad inexorable para todos. La única cesación inteligible es la del Todo; la particular de que el que ha sentido una vez cese de sentir, quedando existente, cesado él, la restante realidad, es una contradicción verbal, una concepción imposible.

“Elegida entre millares, te tocó a ti serlo, serlo para el Dolor. Aún no; ¡desde mañana seré contigo un artista en Dolor!

“Durante tres días, sesenta, setenta horas el viento del verano estuvo constante oscilando dentro de un corto ángulo, fue y volvió de un acento y de una dirección a una pequeña variante de acento y dirección; y la puerta de mi habitación retenida en su batir entre el quicio y una silla que puse para acortar su oscilar, batía sin cesar, y el postigo de mi ventana golpeaba también sin cesar sometido al viento. Sesenta, setenta horas la hoja de la puerta y el postigo cediendo minuto a minuto a su distinta presión, y yo al par, sentado o columpiándome en la silla de hamaca.

“Parece entonces que yo me dije: esto es la Eternidad. Parece que fue por esto que veía yo, por esa formulación de hastío, de no sentido de las cosas, de no finalidad, de todo es lo mismo, dolor, placer, crueldad, bondad, que hubo nacido el pensamiento de hacerme el torturador de una plantita.

“Ensayaré —me repetía— sin intentar ya amar de nuevo, torturar lo más endeble e indefenso, la forma más mansa y herible de la vida: seré el torturador de esta plantita. Esta es la pobrecita elegida entre miles para soportar mi ingenio y empeño torturador. Ya que cuando fue mi ánimo hacer la felicidad de un trébol tuve que renunciar al intento y desterrarlo de mí bajo sentencia de irreconocibilidad, el péndulo de mi pervertida y descalabrada voluntad transporté al otro extremo, surgiendo de súbito en una mutación opuesta, en el malquerer, y alumbró prestamente la idea de martirizar la inocencia y orfandad a fin de obtener el suicidio del Cosmos por vergüenza de que en su seno prosperara una escena tan repulsiva y cobarde. ¡Al fin y al cabo, el Cosmos también me ha creado a mí!

“Yo niego la Muerte, no hay la Muerte aún como ocultación de un ser para otro, cuando para ellos hubo el todo amor; y no la niego solamente como muerte para sí mismo. Si no hay la muerte de quien sintió una vez, ¿por qué no ha de haber el dejar de ser total, aniquilamiento del Todo? Tú sí eres posible, Cesación eterna. En ti nos guareceríamos todos los que no creemos en la muerte y no estamos tampoco conformes con el ser, con la vida. Y creo que el Deseo puede llegar a obrar directamente, sin mediación de nuestro cuerpo, sobre el Cosmos, que la Fe puede mover montañas; creo yo aunque nadie otro creyera.

“No puedo reavivar el lacerante recuerdo de la vida de dolor que sistematicé, ingeniándome cada día en nuevos modos crueles para hacerla padecer sin matarla.

“Como por sobre ascuas tendrá que decir que la colocaba todos los días próxima e intocada de los rayos del sol y tenía la prolijidad de crueldad de alejarla con el avanzar de la mancha del sol. Apenas la regaba para que no muriera y en cambio la rodeaba de recipientes de agua y había inventado fieles rumores de lluvia y lloviznas vecinas que no llegaban a refrescarla. Tentar y no dar... El mundo es una mesa tendida de la Tentación con infinitos embarazos interpuestos y no menor variedad de estorbos que de cosas brindadas. El mundo es de inspiración tantálica: despliegue de un inmenso hacerse desear que se llama Cosmos, o mejor: la Tentación. Todo lo que desea un trébol y todo lo que desea un hombre le es brindado y negado. Yo también pensé: tienta y niega. Mi consigna interior, mi tantalismo, era buscar las exquisitas condiciones máximas de sufrimiento sin tocar a la vida, procurando al contrario la vida más plena, la sensibilidad más viva y excitada para el padecer. Y logré que en esto el dolor de privación tantálica la estremeciera. Mas no podía mirarla ni tocarla; me vencía de repulsión mi propia obra; (cuando la arranqué, en aquella noche tan negra a mi espíritu, no miré hacia donde estaba y su contacto me fue por demás odioso). El rumor de lluvia sin alcanzarle su húmedo frescor hacíala retorcerse. ¡Vergüenza!

“¡Elegida entre millones para un destino de martirio! ¡Elegida! ¡Pobrecita! ¡Oh!, tu Dolor ha de saltar el mundo. Cuando te arranqué ya estabas elegida por mi ansia de atormentar.”

Cuarto momento: El amigo.

Vemos a su amigo Luis entrar a su habitación; y en el centro de ésta detenerse, pálido y hurgando todo en torno con la mirada, agitado.

—Venía a sacarte de aquí para distracción. Pero me he sentido aquí amenazado con un sufrir súbito. ¿Es que aumenta tu malestar?

Él, sentado como pasaba las horas espiando a la plantita reseca y helada entre él y la ventana, separada de la lluvia y del rayo de sol que unos días u otros podían regarla o calentarla, contestó:

—Como siempre.

Agitándose, Luis gritó:

—¿Pero quién sufre aquí? ¡Qué destrozarse, qué agonizar! Me voy a respirar.

Él, avergonzado, rojo de rubor, quedó retorciéndose. Exclamaba, mirando por donde partía Luis: Feliz de él, feliz, feliz.

Quinto momento: Nuevo sonreír.

La fórmula radical, íntima, de lo que él estaba haciendo miserablemente, era la ambición y ansiedad de lograr el reemplazo por la Nada de la Totalidad, de todo lo que hay, lo que hubo, lo que es, de toda la Realidad material y espiritual. Creía que el Cosmos, lo Real, no podría soportar mucho tiempo, avergonzándose de albergar en su ámbito una escena tal de tortura ejercida sobre un primer eslabón de lo viviente más frágil, por el mayor poder y dotación de lo viviente. ¡El hombre tiranizando un trébol! ¡Era para eso que había advenido el Hombre!

La irritación de lo rehusado después de ofrecido enloquece de perversidad a un hombre de máximo pensamiento. De ahí el martirio cobarde, el repugnante complacimiento del mayor poder en una alevosía a un mínimo existir.

Su pensamiento sabía la igual posibilidad de la Nada y el Ser, y creía inteligible y posible una sustitución del Todo-Ser por la Todo-Nada. Él, como el máximo de la Conciencia de Vida, como hombre y hombre excepcional en dotes, era quien podría en un refinamiento último de pensamiento haber hallado el resorte, el talismán que podría determinar la opción del Ser por la Nada; opción o reemplazo o “empujamiento afuera” del Ser por la Nada. Porque verdaderamente, dígaseme si no es así, si no es cierto que no hay elemento alguno mental que pueda decidir que la Nada o el Ser difieran en su posibilidad de darse en grado alguno; si no es totalmente posible que se diera la Nada en lugar del Ser. Esto es cierto, evidente, porque el mundo es o no es, pero si es, es causalístico, y así su cesación, su no ser es causable, aunque el resorte buscado no determinara la cesación del Ser, quizá otro la determinaría... Si el darse el Mundo o la Nada son de absoluta igual posibilidad, en este equilibrio o balanza de Ser y Nada, una brizna, una gota de rocío, un suspiro, un deseo, una idea, pueden tener eficacia para precipitar la alternativa de un Mundo de Ser a un Mundo de No-Ser.

Vendría un día el Salvador-de-Ser...

(Yo lo digo comentando, teorizando lo que él hizo, pero no soy Él)

Pero Ella vino un día:

—Dime, ¿qué hiciste aquella noche, porque yo sentí el opaco rumor de un desenraizar de matita, el sonido de la tierra que apaga el arrancar de una tierna raíz ¿Eso es lo que yo oí?

¡Y entonces: Él se sintió de nuevo en su natural después de una larga peregrinación tras de respuesta, y se echó a llorar en brazos de Ella y la amó de nuevo, inmensamente, como antes! Era un llanto que hacía diez o doce años no lograba derramarse, que hinchaba su corazón, que había querido hacer estallar el mundo, y al serle recordado el gritito, el murmullo abismante del dolorcillo vegetal, de pequeña raíz arrancada, ¡fue eso! lo que necesitó su naturaleza para que el llanto, desbordándose, lavara su ser todo y lo volviera a los días de su plenitud de amor... Un gritito sofocado de raíz doliente entre la tierra, así como pudo decidir hacia el No-Ser toda la Realidad, pudo entonces cambiar toda la vida de Él.

Yo lo creo. Y lo que cree todo el mundo es mucho más de lo que nuestro creer en esto —¿quién se mide en el creer?—; no me digáis, pues, absurdo temerario en el creer. Cualquier mujer cree que la vida del amado puede depender del marchitarse del clavel que le diera si el amado descuida ponerlo en agua en el vaso que ella le regaló otrora. Toda madre cree que el hijo que parte con su “bendición” ya protegido de males. Toda mujer cree que lo que reza con fervor puede sobre los destinos. Todo-es-posible es mi creencia. Así, pues.

Yo lo creo.

No me engaña el verbiario hinchado del plácido ideario de muchos metafísicos, con sus juicios fundados en juicios. Un Hecho, un hecho que enloquezca de humillación, de horror, al Secreto, al Ser-Misterio, el martirio de la Inocencia Vegetal por la máxima personalización de la Conciencia: el Hombre, por el máximo poder no mecánico. Un hecho tal, sin necesidad de verificación, meramente concebido por una conciencia humana, creo que puede estremecer hacia el No-Ser todo lo que es.

Concebido está; luego la Cesación está potencialmente causada; podemos esperarla. Pero la milagrosa re-creación de amor concebida al par por el autor, batallará quizá con aquélla o triunfará más tarde después de realizado el No-Ser. En verdad el continuo psicológico conciencial es una serie de cesaciones y re-creaciones más que un continuo.

Los he visto amarse otra vez; pero no puedo mirarlo a él o escucharlo sin súbito horror. Ojalá nunca me hubiera hecho su terrible confesión.

Anton Chéjov - Los extraviados

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Anton Chéjov - Los extraviados


Es un lugar de veraneo. La oscuridad, completa; el campanario de la iglesia marca la una de la noche. Cosiaokin y Lapkin, ambos algo titubeantes, pero de muy buen humor, salen del bosque y se dirigen hacia las casitas.

—¡Gracias a Dios que hemos llegado! —dice Cosiaokin—; es una hazaña venir andando los cinco kilómetros desde la estación, y en nuestro estado. Me encuentro rendido..., y como si fuera hecho expresamente, no hay ni un solo coche.

—¡Amigo Pedro! No puedo más...; si dentro de cinco minutos no estoy en la cama me muero...

—¡En la cama! ¡Ni pensarlo! Cenaremos, beberemos una botella de vino tinto, y luego a dormir. No te permitiremos ni Verotchka ni yo que te acuestes antes. ¡No sabes tú, amigo mío, la felicidad que experimenta uno con estar casado! Tú no la comprendes; tú tienes un alma de solterón. Mira: ahora llegaré yo extenuado, rendido...; mi mujercita saldrá a recibirme; la comida estará preparada, el té listo... Para compensarme de mi labor dirigirá sobre mí sus ojitos negros con tanta afabilidad y cariño que lo olvidaré todo: mi cansancio, el robo con fractura, el Tribunal de casación, la Sala de la Audiencia... ¡Una gloria! ¡Una delicia!

—Es que no puedo tirar más de mi cuerpo; mis piernas se doblan. ¡Tengo una sed!...

—Nada; ya hemos llegado; henos en casa.

Los amigos se acercan a una de las casitas y se detienen frente a la ventana.

—Es una casita bonita —dice Cosiaokin—; mañana verás qué hermosas vistas tiene. Pero las ventanas están oscuras... Verotchka se habrá cansado de esperar, y se habrá acostado; no duerme, se hallará inquieta por mi tardanza (empuja la ventana con su bastón y la abre); pero qué valiente es: se acuesta sin cerrar la ventana.

Se quita el abrigo y lo echa dentro de la estancia, hace lo propio con su carpeta.

—¡Qué calor! Vamos a entonar una canción; la haremos reír. (Canta.) ¡Canta, Aliocha! Verotchka, ¿quieres oír la serenata de Schubert? (Canta, pero hace un gallo y tose.) ¡Verotchka, dile a María que abra la puerta! (Pausa.) Verotchka, no seas perezosa; levántate. (Sube por encima de una piedra y se asoma por la ventana.) Verotchka, rosita mía, angelito, mujercita mía incomparable. ¡Anda, levántate! ¡Dile a María que abra! ¡Bien sé que no duermes, gatita mía! No podemos soportar más bromas; estamos tan cansados que ya no tenemos fuerzas. Hemos llegado a pie desde la estación; ¿pero me oyes, o no?... (Intenta escalar la ventana, pero cae.) ¡Qué demonio! Ves; nuestro huésped está molesto. Noto que todavía eres una niña que no piensa más que en jugar...

—Escucha; tal vez tu esposa duerme de veras —dice Lapkin.

—¡No duerme; quiere que arme ruido; que despierte el vecindario! ¡Oye, Verotchka, me voy a enfadar! ¡Verás! ¡Qué diablo! Ayúdame, Aliocha, para que pueda subirme... Verotchka, no eres más que una chiquilla malcriada, una traviesa... ¡Amigo mío, empújame!...

Lapkin, jadeante, empuja a Cosiaokin; al fin éste alcanza la ventana, franquéala y desaparece en las tinieblas.
—¡Vera! —se oye al cabo de un rato—. ¿Dónde estás? ¡Demonio! Me he ensuciado la mano con algo. ¡Qué asco!

Estalla un bullicio, un aleteo y el cacareo desesperado de una gallina.

—¡Caramba! Escucha, Laef. ¿De dónde nos vienen estas gallinas? Pero, qué demonio; si hay una infinidad de ellas... ¡Y un cesto con una pava!... ¡Me ha picado la maldita!

Por la ventana salen volando las gallinas, y prorrumpiendo en chillidos agudos se precipitan a la calle.

—¡Aliocha, nos hemos equivocado!... —grita Cosiaokin con voz llorosa—. Aquí no hay más que gallinas. Por lo visto nos hemos extraviado... Pero malditas, ¿por qué no se están quietas?

—¡Sal pronto! ¿Qué haces? ¿No sabes tú que estoy muerto de sed?...

—Ahora mismo... Deja que encuentre el abrigo y la carpeta...

—¿Por qué no enciendes un fósforo?

—Es que están en el abrigo... ¡Quién demonio me habrá traído aquí!... Todas estas casas son iguales. Ni el diablo mismo las distinguiría en la oscuridad. ¡Oh! ¡La pava me dio un picotazo en la mejilla! ¡Maldita!

—¡Pero sal pronto, si no van a creer que estamos robando gallinas!

—Ahora mismo me es imposible dar con el abrigo. Hay tanto trapajo por el suelo que no puedo orientarme. Lánzame tus fósforos...

—Es que no los tengo.

—¡Estamos frescos! ¡No hay que decir!... ¡Valiente situación!... ¿Qué hago?... Yo no puedo, sin embargo, abandonar el abrigo y la carpeta. Necesito buscarlos.

—¡No concibo cómo es posible no reconocer su propia casa! —replica Laef, indignado—. ¡Cosa de borracho!... ¡En mala hora vine contigo!... De ir solo, me hallaría ya en casa. Dormiría... en lugar de padecer aquí... ¡Estoy rendido!... ¡No puedo más!... ¡Siento vértigos!

—En seguida, en seguida; no te apures; no te morirás por esto.

Por encima de la cabeza de Laef pasa un gran gallo. Lapkin suspira desconsoladamente y se sienta en una piedra. Sus entrañas arden de sed, sus ojos se cierran, su cabeza tambalea... Pasan cinco minutos, diez, veinte... Cosiaokin está siempre enredado con las gallinas.

—¡Pedro! ¿Cuándo vienes?

—Ahora mismo. ¡Ya encontré la carpeta; pero volví a extraviarla!...

Lapkin apoya su cabeza en sus puños y cierra los ojos... Los cacareos aumentan... Las moradoras de la extraña vivienda salen volando y le parece que dan vueltas alrededor de su cabeza, como lechuzas... Le zumban los oídos y el terror se apodera de su alma... «¡Qué bestia! —piensa—. Me convidó, me prometió obsequiarme con vino y leche, y en vez de esto me obliga a venir aquí a pie y escuchar estas gallinas...» Lapkin está indignado; hunde la barba en el cuello, coloca la cabeza sobre su carpeta y se tranquiliza poco a poco... Vencido por el cansancio, empieza a dormirse.

—¡He encontrado la carpeta! —oye la exclamación de Cosiaokin triunfante—. No me falta sino encontrar el abrigo, y ¡a casa!

Pero en este momento se oyen ladridos de un perro, y de otro, y de un tercero... El ladrar de los perros acompañado del cacareo de gallinas forman una música salvaje. Un desconocido se acerca a Lapkin y le pregunta algo...; le parece que alguien pasa sobre él para saltar por la ventana...; gritan, pegan porrazos...; una mujer con delantal encarnado y un farol en la mano lo interroga...

—¡No tiene usted derecho a insultarme! —dice desde dentro Cosiaokin—. ¡Soy funcionario de la Audiencia! Aquí tiene usted mi tarjeta.

—¿Para qué quiero yo su tarjeta? —respondió una voz ronca—. Usted me ha dispersado las gallinas, pisoteado los huevos...; admiro su obra...; los pavitos tenían que salir del cascarón un día de estos, y usted los ha aplastado...; ¡qué me importa a mí su tarjeta!

—¿Usted se atreve a detenerme? ¡Eso yo no lo admitiré jamás!

«¡Qué sed tengo!...», piensa Lapkin esforzándose por abrir los ojos y sintiendo que otra vez alguien pasa por encima de él y sale por la ventana...

—¡Soy Cosiaokin; mi casa está al lado! ¡Todo el mundo me conoce!...

—¡No conocemos a ningún Cosiaokin!

—¿Qué me cuenta usted? ¡Que llamen al alcalde; él me conoce!

—¡No se acalore usted! Ahora mismo vendrá la policía; conocemos a todos los veraneantes del lugar; a usted no lo hemos visto nunca.

—Todos me conocen; cinco años ha, sin interrupción, que veraneo en los Grili-Viselki.

—¡Caramba!; pero esto no son los Grili-Viselki; esto, es Hilovo...; los Viselki están a la derecha, detrás de la fábrica de fósforos, a cuatro kilómetros de aquí.

—¡Que el demonio me lleve!... ¡Entonces he tomado otro camino!...

Los gritos humanos, el cacareo y los ladridos se confunden en una zarabanda por entre la cual de vez en cuando se oyen las exclamaciones de Cosiaokin: «¡Usted no tiene derecho...» «Me las pagará...» «Ya sabrá usted con quién trata!...» Por fin las vociferaciones se apaciguan, y Lapkin siente que le sacuden el hombro para despertarlo...


En Selección de cuentos
Traducción: Víctor Gallego 
Imagen: © Bettmann/CORBIS

Thomas Mann - La muerte

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Thomas Mann - La muerte


 10 de septiembre

Por fin ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo...

El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia fina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del verano y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al fin ha llegado, inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día, cuya fecha a veces recito en voz baja, con una sensación de recogimiento y terror íntimo...

12 de septiembre

He salido a pasear un poco con la pequeña Asunción. Es una buena compañera, que calla y a veces me mira alzando hacia mí sus ojos grandes y llenos de cariño.

Hemos ido por el camino de la playa hacia Kronshafen, pero dimos la vuelta a tiempo, antes de habernos encontrado a más de una o dos personas.

Mientras volvíamos me alegró al ver el aspecto de mi casa. ¡Qué bien la había escogido! Desde una colina, cuya hierba se hallaba ahora muerta y húmeda, miraba el mar de color gris. Sencilla y gris es también la casa. Junto a la parte posterior pasa la carretera, y detrás hay campos. Pero yo no me fijo en eso; miro sólo el mar.

15 de septiembre

Esa casa solitaria sobre la colina cercana al mar y bajo el cielo gris es como una leyenda sombría, misteriosa y así es como quiero que sea en mi último otoño. Pero esta tarde, cuando estaba sentado ante la ventana de mi estudio, se presentó un coche que traía provisiones; el viejo Franz ayudaba a descargar, y hubo ruidos y voces diversas. No puedo explicar hasta qué punto me molestó esto. Temblaba de disgusto, y ordené que tal cosa se hiciera por la mañana, cuando yo duermo. El viejo Franz dijo sólo: "Como usted disponga, señor conde", pero me miró con sus ojos irritados, expresando temor y duda.

¿Cómo podría comprenderme? Él no lo sabe. No quiero que la vulgaridad y el aburrimiento manchen mis últimos días. Tengo miedo de que la muerte pueda tener algo aburguesado y ordinario. Debe estar a mi alrededor arcana y extraña, en aquel día grande, solemne, misterioso, del doce de octubre...

18 de septiembre

Durante los últimos días no he salido, sino que he pasado la mayor parte del tiempo sobre el diván. No pude leer mucho, porque al hacerlo todos mis nervios me atormentaban. Me he limitado a tenderme y a mirar la lluvia que caía, lenta e incansable.

Asunción ha venido a menudo, y una vez me trajo flores, unas plantas escuálidas y mojadas que encontró en la playa; cuando besé a la niña para darle las gracias, lloró porque yo estaba "enfermo". ¡Qué impresión indeciblemente dolorosa me produjo su cariño melancólico!

21 de septiembre

He estado mucho tiempo sentado ante la ventana del estudio, con Asunción sobre mis rodillas. Hemos mirado el mar, gris e inmenso, y detrás de nosotros en la gran habitación de puerta alta y blanca y rígidos muebles reinaba un gran silencio. Y mientras acariciaba lentamente el suave cabello de la criatura, negro y liso, que cae sobre sus hombros, recordé mi vida abigarrada y variada; recordé mi juventud, tranquila y protegida, mis vagabundeos por el mundo y la breve y luminosa época de mi felicidad. ¿Te acuerdas de aquella criatura encantadora y de ardiente cariño, bajo el cielo de terciopelo de Lisboa? Hace doce años que te hizo el regalo de la niña y murió, ciñendo tu cuello con su delgado brazo.

La pequeña Asunción tiene los ojos negros de su madre; sólo que más cansados y pensativos. Pero sobre todo tiene su misma boca, esa boca tan infinitamente blanda y al mismo tiempo algo amarga, que es más bella cuando guarda silencio y se limita a sonreír muy levemente.

¡Mi pequeña Asunción!, si supieras que habré de abandonarte. ¿Llorabas porque me creías "enfermo"? !Ah! ¿Qué tiene que ver eso? ¿Qué tiene que ver eso con el doce de octubre ... ?

23 de septiembre

Los días en que puedo pensar y perderme en recuerdos son raros. Cuántos años hace ya que sólo puedo pensar hacia delante, esperando sólo este día grande y estremecedor, el doce de octubre del año cuadragésimo de mi vida.

¿Cómo será? ¿Cómo será? No tengo Miedo, Pero me parece que se acerca con una lentitud torturante, ese doce octubre.

27 de septiembre

El viejo doctor Gudehus víno de Kronshafen; llegó en coche por la carretera y almorzó con la pequeña Asunción y conmigo.

—Es necesario —dijo, mientras se comía media pollo —que haga usted ejercicio, señor conde, mucho ejercicio al aire libre. ¡Nada de leer! ¡Nada de cavilar! Me temo que es usted un filósofo, !je, je!

Me encogí de hombros y le agradecí cordialmente sus esfuerzos. También dio consejos referentes a la pequeña Asunción, contemplándola con su sonrisa un poco forzada y confusa. Ha tenido que aumentar mi dosis de bromuro; quizás ahora podré dormir un poco mejor.

30 de septiembre

—¡El último día de septiembre! Ya falta menos, ya falta menos. Son las tres de la tarde, y he calculado cuántos minutos faltan aún hasta el comienzo del doce de octubre. Son 8.460.

No he podido dormir esta noche, porque se ha levantado viento, y se oye el rumor del mar y de la lluvia. Me he quedado echado, dejando pasar el tiempo. ¿Pensar, cavilar? !Ah, no! El doctor Gudehus me toma por un filósofo, pero mi cabeza está muy débil, y sólo puedo pensar: ¡La muerte! ¡La muerte!

2 de octubre

Estoy profundamente conmovido, y en mí emoción hay una sensación de triunfo. A veces, cuando lo pensaba y me miraba con duda y temor, me daba cuenta de que me tomaban por loco, y me examinaba a mí mismo con desconfianza. ¡Ah, no! No estoy loco.

Leí hoy la historia de aquel emperador Federico, al que profetizaran que moriría sub flore. Por esto evitaba las ciudades de Florencia y Florentinum, pero en cierta ocasión fue a parar en Florentinum, y murió. ¿Por qué murió?

Una profecía, en sí, no tiene importancia; depende de si consigue apoderarse de ti. Mas si lo consigue, queda demostrada y por lo tanto se cumplirá. ¿Cómo? ¿Y por qué proviene de fuera? ¿Y acaso el conocimiento firme del momento en que se ha de morir, no es tan dudoso como el del lugar?

¡Existe una unión constante entre el hombre y la muerte! Con tu voluntad y tu convencimiento, puedes adherirte a su esfera, puedes llamarla para que se acerque a ti en la hora que tú creas...

3 de octubre

Muchas veces, cuando mis pensamientos se extienden ante mí como unas aguas grisáceas, que me parecen infinitas porque están veladas por la niebla, veo algo así como las relaciones de las cosas, y creo reconocer la insignificancia de los conceptos.

¿Qué es el suicidio? ¿Una muerte voluntaria? Nadie muere involuntariamente. El abandonar la vida y entregarse a la muerte ocurre siempre por debilidad, y la debilidad es siempre la consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del espíritu, o de ambos a la vez. No se muere antes de haberse uno conformado con la idea...

¿Estoy conforme yo? Así lo creo, pues me parece que podría volverme loco si no muriera el doce de octubre...

5 de octubre

Pienso continuamente en ello, y me ocupa completamente. Reflexiono sobre cuándo y cómo tuve esta seguridad, y no me veo capaz de decirlo. A los diecinueve o veinte años ya sabía que moriría cuando tuviera cuarenta, y alguna vez que me pregunté con insistencia en qué día tendría lugar, supe también el día.

Y ahora este día se ha acercado tanto, tan cerca, que me parece sentir el aliento frío de la muerte. 

7 de octubre

El viento se ha hecho más intenso, el mar ruge y la lluvia tamborilea sobre el tejado. Durante la noche no he dormido, sino que he salido a la playa con mi impermeable y me he sentado sobre una piedra.

Detrás de mí, en la oscuridad y la lluvia, estaba la colina con la casa gris, en la que dormía la pequeña Asunción, mi pequeña Asunción. Y ante mí, el mar empujaba su turbia espuma delante de mis pies.

Miré durante toda la noche, y me pareció que así debía ser la muerte o el más allá de la muerte: enfrente y fuera una oscuridad infinita, llena de un sordo fragor. ¿Sobreviviría allí una idea, un algo de mí, para escuchar eternamente el incomprensible ruido?

8 de octubre

He de dar gracias a la muerte cuando llegue, pues todo se habrá cumplido tan pronto como llegue el momento en que yo ya no pueda seguir esperando. Tres breves días de otoño todavía, y ocurrirá. ¡Cómo espero el último momento, el último de verdad! ¿No será un momento de éxtasis y de indecible dulzura? ¿Un momento de placer máximo?

Tres breves días de otoño aún, y la muerte entrará en mi habitación ... ¿Cómo se conducirá? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará por la garganta para ahogarme? ¿O penetrará con su mano mi cerebro? Me la imagino grande y hermosa y de una salvaje majestad.

9 de octubre

Le dije a Asunción, cuando estaba sobre mis rodillas: ¿Qué pasaría si me marchara pronto de tu lado, de algún modo? ¿Estarías muy triste?" Ella apoyó su cabecita en mi pecho y lloró amargamente. Mi garganta está estrangulada de dolor. Por lo demás, tengo fiebre. Mi cabeza arde, y tiemblo de frío.

10 de octubre

¡Esta noche estuvo aquí, esta noche! No la vi, ni la oí, pero a pesar de eso hablé con ella. Es ridículo, Pero se comportó como un dentista: "Es mejor que acabemos pronto", dijo. Pero yo no quise y me defendí; la eché con unas breves palabras.

"!Es mejor que acabemos pronto!" ¡Cómo sonaban esas palabras! Me sentí traspasado. ¡Qué cosa más indiferente, aburrida, burguesa! Nunca he conocido un sentimiento tan frío y sardónico de decepción.

11 de octubre (a las 11 de la noche)

¿Lo comprendo? ¡Oh! ¡Creedme, lo comprendo!

Hace una hora y media estaba yo en mi habitación y entró el viejo Franz; temblaba y sollozaba.

—¡La señorita—exclamó-. ¡La niña! ¡Por favor, venga en seguida!

Y yo fui en seguida, No lloré, y sólo me sacudió un frío estremecimiento. Ella estaba en su camita, y su cabello negro enmarcaba su pequeño rostro, pálido y doloroso. Me arrodillé junto a ella y no pensé nada ni hice nada. Llegó el doctor Gudehus.

—Ha sido un ataque cardíaco —dijo, moviendo la cabeza como uno que no está sorprendido. ¡Ese palurdo y loco hacía como si de veras hubiera sabido algo!

Pero yo, ¿he comprendido? ¡Oh!, cuando estuve solo con ella —fuera rumoreaban la lluvia y el mar, y el viento gemía en la chimenea—, di un golpe en la mesa, tan clara me iluminó la verdad un instante. Durante veinte años he llamado la muerte al día que comenzará dentro de una hora, y en mí, muy profundamente, había algo que siempre supo que no podría abandonar a esta niña. ¡No hubiera podido morir después de esta medianoche, y sin embargo, así debía ocurrir! Yo hubiera vuelto a rechazarla cuando se hubiera presentado: pero ella se dirigió antes a la niña, porque tenía que obedecer a lo que yo sabía y creía. ¿He sido yo mismo quien ha llamado la muerte a tu camita, te he matado yo, mi pequeña Asunción? !Ah, las palabras son burdas y míseras para hablar de cosas tan delicadas, misteriosas!

¡Adiós, adiós! Quizá yo encuentre allí fuera una idea, un algo de ti. Pues mira: la manecilla del reloj avanza, y la lámpara que ilumina tu dulce carita no tardará en apagarse. Mantengo tu mano, pequeña y fría, y espero. Pronto se acercará ella a mí, y yo no haré más que asentir con la cabeza y cerrar los ojos, cuando la oiga decir-. "Es mejor que acabemos pronto"...


En Señor y perro y otros relatos
Traducción de F. Payarais y Oliver Brachfeld



16 may. 2019

Charles Bukowski - Mis gatos

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Charles Bukowski - Mis gatos


ya sé. sé
que son limitados, tienen diferentes
necesidades e
intereses.

pero los observo y aprendo.
me gusta lo poco que saben,
lo cual es
tanto.

protestan pero nunca
se preocupan,
caminan con una dignidad sorprendente.
duermen con una simplicidad directa
que los humanos
no comprenden.

sus ojos son más
hermosos que los nuestros.
y pueden dormir 20 horas
al día
sin
vacilación ni
remordimiento.

cuando estoy
bajoneado
lo único que tengo que hacer
es mirar a mis gatos
y mi ánimo
vuelve.

estudio a
estas criaturas.

son mis
maestros.


Versión: Isaías Garde


My Cats

I know. I know.
they are limited, have different
needs and
concerns.

but I watch and learn from them.
I like the little they know,
which is so
much.

they complain but never
worry,
they walk with a surprising dignity.
they sleep with a direct simplicity that
humans just can't
understand.

their eyes are more
beautiful than our eyes.
and they can sleep 20 hours
a day
without
hesitation or
remorse.

when I am feeling
low
all I have to do is
watch my cats
and my
courage
returns.

I study these
creatures.

they are my
teachers. 

Franz Kafka - Dos clases de verdades

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Franz Kafka - Dos clases de verdades


4 de febrero. Largo tiempo en cama, insomne, tomo conciencia de la lucha.

En un mundo de mentira, la mentira no es expulsada del mundo ni siquiera por medio de su opuesto, pero sí por medio de un mundo de verdad.

El dolor es el elemento positivo de este mundo, más bien el único vínculo entre este mundo y lo positivo en sí.

5 de febrero. Buena mañana, imposible recordarlo todo.

La destrucción de este mundo sería tarea nuestra sólo si: primero, este mundo fuese malo, es decir, opuesto a nuestro espíritu; segundo, si estuviésemos en condiciones de destruirlo. La primera cosa nos parece precisa, pero la segunda no podemos realizarla. No podemos destruir este mundo porque no lo hemos construido como algo fijo de por sí, sino que nos perdimos dentro. Más aún, este mundo es nuestro extravío, y como tal él es, en sí mismo, una entidad indestructible, o mejor: cualquier cosa se puede destruir con llevarla hasta el fin, sin renuncias, donde cabe advertir, por otra parte, que aun llevarla hasta el fin no puede ser más que consecuencia de la distracción, pero siempre en el ámbito del mundo mismo.

Existen, para nosotros, dos clases de verdades, las representadas por el árbol de la ciencia y por el árbol de la vida. La verdad de quien obra y la verdad de quien descansa. En la primera el bien se distingue del mal, la segunda no es más que el bien mismo, e ignora tanto el bien como el mal. La primera verdad se nos concede realmente, la segunda podemos intuirla tan sólo. Este es el aspecto triste de la cosa. Pero el alegre es que la primera verdad pertenece al instante fugaz, la segunda a la eternidad, por lo que la primera acaba por extinguirse en el fulgor de la segunda.



En Cuadernos en octava



José Saramago - Sabato

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José Saramago - Sabato


Casi cien años, noventa y ocho exactos, son los que hoy está cumpliendo Ernesto Sábato, cuyo nombre escuché por primera vez en el viejo Café Chiado, en Lisboa, allá por los remotos años cincuenta. Lo pronunció un amigo que inclinaba sus gustos literarios hacia las entonces mal conocidas literaturas sudamericanas, mientras que nosotros, los otros miembros de la tertulia que nos reunía al final de la tarde, tendíamos, casi todos, hacia la dulce y entonces todavía inmortal Francia, salvo algún excéntrico que presumía de conocer de cabo a rabo lo que en Estados Unidos se escribía. A aquel amigo, que acabé perdiendo en el camino, le debo la incipiente curiosidad que me llevó a nombres como Julio Cortázar, Borges, Bioy Casares, Asturias, Rómulo Gallegos, Carlos Fuentes y tantos otros que se me atropellan en la memoria cuando los convoco. Y estaba Sábato. Por un fenómeno acústico extraño asocié las tres rápidas sílabas a un súbito golpe de puñal. Conocido como es el significado de esta palabra italiana, la asociación tiene que parecer de lo más incongruente, pero las verdades son para decirse, y ésta es una de ellas. El túnel fue publicado en 1948, pero yo no lo había leído. Entonces, a aquellas alturas, con mis inocentes veintiséis años, todavía sería mucho el pan y la sal que tendría que comer antes de descubrir el camino marítimo que me conduciría a Buenos Aires... Fue ese inolvidable compañero de mesa de café el que me proporcionó la lectura de la novela. Desde las primeras páginas entendí hasta qué punto había sido exacta la osada asociación de ideas que me hizo relacionar un apellido con un puñal. Las lecturas siguientes que hice de Sábato, ya fueran novelas, ya fueran ensayos, sólo confirmarían la intuición inicial, la de que me encontraba ante un autor trágico y eminentemente lúcido que, además de ser capaz de abrir caminos por los corredores laberínticos del espíritu de los lectores, no les consentía, ni un solo instante, que desviasen los ojos de los más obscuros rincones del ser. ¿Lectura por eso difícil? Tal vez, pero lectura fascinante entre todas. La amalgama de surrealismo, existencialismo y psicoanálisis que constituye el soporte «doctrinario» de las ficciones del autor de Sobre héroes y tumbas, no nos debería hacer olvidar que este autoproclamado «enemigo» de la razón que se llama Ernesto Sábato es quien acaba apelando a la falible y humilde razón humana cuando sus propios ojos se enfrentan a ese otro apocalipsis que fue la sangrienta represión sufrida por el pueblo argentino. Novelas que se ciñen a épocas históricamente determinadas y a lugares objetivamente definidos, El túnel, Sobre héroes y tumbas, Abbadón el exterminador no hacen oír simplemente el grito de una consciencia afligida por su propia impotencia y la visión profética de una sibila a la que el futuro aterra, también nos avisan de que, tal como Goya (más conocido como pintor que como filósofo...) ya hiciera constar en su famosa serie de grabados de los Caprichos: siempre ha sido del sueño de la razón de donde ha nacido, crecido y prosperado la inhumana genealogía de los monstruos.

Querido Ernesto, entre el temor y el temblor transcurren nuestras vidas, y la tuya no podía ser excepción. Pero tal vez no se encuentre en los días de hoy una situación tan dramática como la tuya, la de alguien que, siendo tan humano, se niega a absolver a su propia especie, alguien que a sí mismo no se perdonará nunca su condición de hombre. No todos te agradecerán la violencia. Yo te pido que no la desarmes. Cien años, casi. Estoy seguro de que al siglo pasado se le podrá llamar también el siglo de Sábato, como el de Kafka o el de Proust.


En El último cuaderno


Giovanni Papini – El poema del hombre

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(De Walt Whitman)

Cambridge (Mass.), 3 de febrero.

Me llegué hasta esta Universidad para consultar a un célebre estudioso del poeta Walt Whitman. Entre los manuscritos inéditos que hay en mi colección figura el primer esbozo de un desconocido poema del famoso autor de Hojas de Hierba. El sinfónico vate de Manhattan, hoy en día algo relegado a la sombra, pero que según mi juicio continúa siendo la voz más potente e inspirada de la América del Norte, como él mismo lo decía, era "el poeta de lo universal". Y un día pensó en traducir en un grandioso canto la historia universal de los hombres, la dolorosa, ardua, vergonzosa y gloriosa aventura del género humano, desde los moradores de las cavernas a los redentores de continentes "Poseemos, escribe Walt Whitman en una anotación, el poema de Aquiles y de Ulises, de Eneas y de César, de Tristán y de Orlando, de Sigfrido y del Cid, pero hasta ahora ninguno ha cantado el poema del Hombre, del hombre en todas las tierras y de todas las épocas, del que venció en milenios de gestas, a sus grandes guerras, desde la guerra contra la naturaleza hasta la guerra contra sí mismo. Cantaré la epopeya que no es de un solo héroe ni de un solo pueblo, sino la de todas las naciones y de todos los hombres. Quiero ser el primero en cantar el canto de los hijos de Adán, quiero ser el Homero de la especie humana toda.

"Los historiadores, escribe Walt Whitman en otra anotación, incluso los más grandes historiadores, narran los acontecimientos de los seres humanos, así como un buen periodista describe los delitos perpetrados en la noche y las ceremonias realizadas durante el día. Son escritores diligentes, tranquilos, plácidos, fríos; no olvidan ni un nombre ni un episodio, pero olvidan lo que es más importante: las profundas pasiones y las terribles locuras de los príncipes y de la plebe, aquellas locuras que son el drama y la unidad de las historias particulares y separadas. La historia universal no es una colección de crónicas y de panoramas, es una tragedia humana y divina que se desarrolla en millares de actos, una tragedia tumultuosa y sublime con sus protagonistas y sus antagonistas, con sus apoteosis y sus catástrofes; un gigantesco poema épico en períodos de llanto y de tripudio que ha tenido un prólogo, pero todavía no ha alcanzado su epílogo."

Este manuscrito propiedad mía tiene por título El Poema del Hombre, y juzgando por el rápido sumario que tengo ante mis ojos, hubiera sido la obra más amplia y ambiciosa de Walt Whitman. En su Prólogo en el Cielo, que tan sólo por el título recuerda al Fausto de Goethe, el poeta habría querido cantar el nacimiento y la juventud de la tierra desde que se separó del sol, astillas separadas de fuego rutilante y errante, hasta que a través de transmutaciones y revoluciones se cubrió con vapores y barro, con océanos ilimitados e islas inmensas. Aquel llameante fragmento de la estrella madre llegó a ser, como lo vemos hoy en día, la habitación y el reino del hombre. La verdadera historia del planeta comienza con la aparición del hombre. Los primeros seres humanos viven en cavernas como los animales, se cubren con pieles de animales, se alimentan con carne de animales, se muerden y despedazan entre si como animales, se unen libremente como animales, pero poco a poco se elevan del medio animal, se iluminan con la inteligencia, transforman la piedra en arma, el arma en arnés, la caverna en casa y en templo, convierten el abrazo ciego en amor, el brujo se hace sacerdote, el sacerdote se convierte en monarca, los cazadores se transforman en pastores, éstos en agricultores, las primitivas hordas salvajes se reducen a tribus ordenadas, las tribus llegan a ser los pueblos y naciones. El hombre llega a ser dueño del fuego, del buey, inventa la rueda y el arado, aprende a sembrar, a pintar, ennoblece los gritos guturales convirtiéndolos en lenguaje articulado; los símbolos diseñados llegan a ser escritura inteligible. Pero el hombre debe combatir, combatir siempre, combatir eternamente. Su guerra primera se libra contra el hambre, contra las bestias, contra la naturaleza misteriosa y amenazadora, contra las tribus rivales, contra los que abusan del poder para aprovecharse de él y oprimirlo. El hombre siempre será guerrero, combatiente, héroe: deberá combatir contra los hielos y las heladas, contra las marismas y las corrientes, contra la oscuridad y el terror nocturnos, contra la selva venenosa y la furia de los mares; finalmente combatirá contra sus reyes e incluso contra sus dioses. Los hombres trazan con caminos los desiertos y las selvas, vencen y pasan las montañas, se enseñorean del viento y con los remos golpean las olas para navegar velozmente sobre los ríos y los mares, alzan pilastras de material y columnas de mármol, construyen las casas de Dios y las moradas de los monarcas, modelan en piedra las imágenes de los muertos y de los númenes, construyen las metrópolis. Pero, la guerra entre el hombre y el mundo, entre el hombre y el hombre, jamás se interrumpe, nunca cesa. Las ciudades coligadas o conquistadas se dilatan transformándose en reinos e imperios, los imperios luchan entre sí para lograr el dominio sobre las ciudades, y los reinos crecen, florecen, triunfan, decaen, se derrumban. Se levantan otros imperios que a su vez se pudren y se arruinan. El Occidente se encrespa con el Oriente, éste se lanza contra el primero, Asia contra Europa, Europa contra Africa, continente contra continente, raza contra raza, religiones contra religiones. Las migraciones de los nómadas provocan nuevas guerras, las invasiones de los bárbaros obligan a nuevas luchas, los pueblos vírgenes e incultos que se asoman por vez primera al teatro de la historia se abren camino mediante guerras. Menfis y Tebas quedan destruidas, Babilonia y Persépolis son incendiadas, Atenas y Roma se ven asediadas y saqueadas; desde el Norte y el Este acuden ríos humanos de caballeros velludos, hambrientos de trigo, de lujo y de sol, salvan los confines, cruzan los mares, someten y despojan a los antiguos señores ahora reblandecidos. Mientras tanto, los emperadores hacen asesinar y son asesinados, los nuevos reyes ordenan carnicerías y a su turno concluyen siendo sacrificados. Y a pesar de todo, a pesar de esa sangre y ese odio, de esa ferocidad y esas traiciones, los hombres sobreviven y se renuevan. Se levantan nuevas metrópolis en el lugar de las que cayeron o fueron destruidas, se hallan y reaparecen las obras maestras que yacían sepultadas, los poetas cantan las gestas de los dioses victoriosos y de los héroes vencidos, los filósofos procuran hallar la esencia del mundo y la del alma paseando a lo largo de las orillas del Iliso o en los pórticos de Atenas, coros de vírgenes y de ancianos cantan en teatros abiertos, bajo el cielo mediterráneo, lamentando la inexorabilidad del Hado, se alzan anfiteatros, curias y basílicas semejantes a moradas para cíclopes. Sobre los milagros esparcidos acá y allá se levanta ya el canto armonioso de los rapsodas, ya el resonar de las trompetas, ya el alarido de empenachados depredadores. Pero… un día, en el establo oscuro de un escondido pueblecillo, en medio de un pueblo despreciado y esclavizado, nace un nuevo Dios que con su sangre rescata al mundo, que con su palabra renueva al mundo, que con su muerte abre el horizonte hacia una nueva vida. Desgraciadamente, el manuscrito de Walt Whitman se detiene aquí, sin tener en cuenta que mi descarnado resumen le ha hecho perder lo mejor de su luminosidad. Quedan todavía algunos otros fragmentos, pero tan desligados y tan lacónicos que no es posible reconstruir el conjunto del poema que habría sido la obra maestra de un titán, y tal cual lo tengo es tan sólo la sombra de un sueño demasiado grande. ¿Habrá alguna vez en la tierra un poeta tan inspirado y heroico, capaz de retomar y llevar a término la "sinfonía inconclusa" de Walt Whitman?


En El libro negro



Paul Auster - Todo de golpe

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En el parvulario de mi hijo había una niña cuyos padres estaban tramitando el divorcio. Yo apreciaba particularmente al padre, un pintor poco reconocido que se ganaba la vida copiando proyectos arquitectónicos. Creo que sus cuadros eran muy hermosos, pero siempre le faltó la suerte necesaria para convencer a los marchantes de que apoyaran su obra. La única vez que expuso, la galería quebró al poco tiempo.

B. no era un íntimo amigo, pero lo pasábamos bien juntos, y, siempre que lo veía, yo volvía a casa con renovada admiración por su tenacidad y su calma interior. No era un hombre que se quejara, que sintiera lástima de mismo. Por muy negras que le hubieran ido las cosas en los últimos años (infinitos problemas de dinero, falta éxito artístico, amenazas de desahucio de su casero, dificultades con su antigua mujer), nada parecía desviarlo de su camino. Continuaba pintando con la misma pasión de siempre, y, al revés que muchos, nunca mostró ninguna amargura, ninguna envidia hacia artistas de menor talento a los que les iba mucho mejor que a él.

A veces, cuando no trabajaba en sus propios cuadros, hacía copias de los maestros antiguos en el Metropolitan Museum. Me acuerdo de un Caravaggio que copió un día y que me pareció extraordinario. No era una copia, sino más bien una réplica, un duplicado exacto del original. En una de aquellas visitas al museo, un millonario tejano vio trabajar a B. y quedó tan impresionado que le encargó la copia de un Renoir para regalársela a su novia.

B. era sumamente alto (casi dos metros), guapo y amable, cualidades que lo hacían especialmente atractivo para las mujeres. Cuando superó el divorcio y volvió a la circulación, no tuvo problemas para encontrar compañeras. Yo sólo lo veía dos o tres veces al año, pero cada vez había una mujer distinta en su vida. Todas estaban evidentemente locas por él. Sólo tenías que ver cómo miraban a B. para adivinar lo que sentían, pero, por una u otra razón, ninguna de sus relaciones duraba demasiado.

Dos o tres años después, el casero de B. consiguió su propósito y lo echó del estudio. B. abandonó la ciudad, y dejamos de vernos.

Pasaron varios años y entonces, una noche, B. volvió a la ciudad para asistir a una cena. Mi mujer y yo también estábamos invitados y, cuando supimos que B. estaba a punto de casarse, le pedimos que nos contara la historia de cómo había conocido a su futura mujer.

Unos seis meses antes, nos contó, había hablado por teléfono con un amigo. El amigo estaba preocupado por B., y pronto empezó a reprocharle que no hubiera vuelto a casarse. Ya hace siete años que te divorciaste, le dijo; ya hubieras podido sentar la cabeza con una docena de mujeres atractivas e interesantes. Pero ninguna te parece lo bastante buena y siempre las dejas. ¿Qué te pasa? ¿Qué demonios quieres?

No me pasa nada, dijo B. Simplemente no he encontrado la persona adecuada, eso es todo. Al ritmo que vas, nunca la encontrarás, le respondió su amigo. ¿Has encontrado alguna vez una mujer que se aproxime a lo que buscas? Dime una, sólo una. ¿A que no eres capaz de nombrar una sola mujer?

Sorprendido ante la vehemencia de su amigo, B. reflexionó sobre el asunto detenidamente. Sí, dijo por fin. Había una. Una mujer que se llamaba E., a la que había conocido en Harvard cuando era estudiante, hacía más de veinte años. Pero entonces E. salía con otro, y B. salía con otra (su futura ex mujer), y no había habido nada entre ellos. No tenía ni idea de dónde estaba E. ahora, dijo, pero si encontrara a alguien como ella, no dudaría en casarse de nuevo.

Ése fue el final de la conversación. Antes de hablarle de E. a su amigo, B. no se había acordado de aquella mujer durante más de diez años, pero, ahora que le había vuelto al pensamiento, no se la podía quitar de cabeza. En los tres o cuatro días siguientes, pensó en ella sin parar, incapaz de librarse de la sensación de que hacía varios años había perdido una oportunidad única de ser feliz. Entonces, como si la intensidad de estos pensamientos hubiera enviado una señal a través del mundo, el teléfono sonó una noche y allí estaba E., al otro lado de línea.

B. la tuvo al teléfono más de tres horas. Ni se enteraba de lo que le decía, pero habló y habló hasta pasada la medianoche, con la conciencia de que algo extraordinario había sucedido y no podía dejarlo escapar otra vez.

Al terminar sus estudios universitarios, E. ingresó en una compañía de baile y durante los últimos veinte años se había dedicado exclusivamente a su carrera. Nunca se había casado, y, ahora que estaba a punto de retirarse de los escenarios, llamaba a viejos amigos del pasado, intentando volver a tomar contacto con el mundo. No tenía familia (sus padres se habían matado en un accidente de coche cuando era niña) y se había criado con dos tías que ya habían muerto.

B. quedó en verla la noche siguiente. Cuando se encontraron, no tardó mucho en descubrir que sus sentimientos hacia E. eran tan fuertes como había imaginado. Volvía a estar enamorado de ella, y varias semanas después decidieron casarse.

Para que la historia sea aún más perfecta, resultó que E. tenía bienes. Sus tías habían sido ricas, y a su muerte ella había heredado todo su dinero, lo que significaba que B. no sólo había hallado el verdadero amor, sino que los incesantes problemas de dinero que lo habían agobiado durante años habían desaparecido de repente. Todo de golpe.

Un año o dos después de la boda, tuvieron un hijo. Según mis últimas noticias, el padre, la madre y el niño están bien.


En Experimentos con la verdad


15 may. 2019

Jack Kerouac - Cuatro poemas de "Buda"

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Jack Kerouac - Cuatro poemas de "Buda"



Iluminaciones

Muy bien, me enferman
todas estas iluminaciones
esclarecimientos
enmudezco nuevamente
la mañana delicada, azul,
firmamento a través del árbol.

*

Allen dice: «Cuando las personas
se vuelven religiosas,
comienzan a alimentar
a todo el mundo.»

*

La humildad
es beatitud
La generación beatífica

*

Pensamiento en la bañera:
Una roca es como el espacio
porque ella no se mueve:
el espacio es como una roca
porque está vacío.
Las palabras son Budas.




Soledad mexicana

Y soy un extraño sin felicidad
caminando las calles de México
recordando.
Mis amigos, se me han muerto,
mis amantes desaparecieron,
mis putas fueron proscriptas,
mi cama apedreada y sacudida
por los terremotos y no tengo
hierba santa para volarme a la luz
de las velas y soñar humo de autobuses
solo eso, tormentas de polvo, y las mucamas
que me espían furtivamente a través de un agujero
en la puerta, taladrado secretamente para observar
las almohadas con que hacen el amor los masturbadores.
Yo soy la gárgola
de Nuestra Señora
soñando en el espacio
sueños grises brumosos
mi rostro apunta hacia Napoleón
no tengo forma.
La libreta en la que anota las direcciones postales
está plagada de «Que en paz descanse»
No creo en el valor del vacío,
me siento cómodo sin honor
mi único amigo es un viejo marica
que no posee una máquina de escribir
que, si fuera mi amigo,
intentaría sodomizarme.
queda algo de mayonesa,
una no deseada botella de aceite,
campesinos lavando el tragaluz,
un loco con quien comparto el mismo cielorraso
hace gárgaras en el baño contiguo
unas cien veces por día.
Si me emborracho tengo sed
si camino mi pie se rompe
si sonrió mi máscara es una farsa
si lloro sólo soy un niño
si recuerdo miento
si escribo, ya todo fue escrito
si muero, la muerte llega a su fin
si vivo, la muerte recién comienza
si espero, la espera es más prolongada
si parto, la partida ya no existe
si me duermo la dicha suprema es pesada
la dicha pesa sobre mis párpados
si voy a cines baratos me comen las chinches.
No tengo dinero para cines lujosos
si no hago nada
nada lo hace



Poema de Tánger

Tu padre te expulsó en una perfecta forma fantasmal

Todo lo que tienes que hacer es morir
todo lo que tienes que hacer es volar
¿Si el nombre de tu padre es Dédalo
como puedes ser Ícaro?



Moscas

¿Existió alguna vez un tiempo en el que las moscas
no estuvieran obligadas a buscar el sol
a través del prohibido
cristal de las ventanas?

¿Tiempo en el que los hombres no oraban
para que Dios
los liberara del error,
Gesundheit*?

¿Un tiempo en el que los jugadores de fútbol**
no se amontonaban
para planificar la caída
del otro equipo
con trazos de tiza?

¿A quién le importa?
Dios nos ama a todos, su propio
pensamiento e imágenes en su Sueño,
Gesundheit.

Ningún judío de la Tora, ni el mágico Corán
fueron alguna vez más inteligentes
que Dios.

Dios amado todos aman a Dios, él ellos mismos
¿porqué preocuparnos del marica
en la habitación 3?
Dios te bendiga.

Bebamos whisky sours en el Ritz
a las tres de la tarde del domingo hablemos de Tolstoy,
¿a quién le importa?

Todo lo que deseo de esta Perséfone***
son poemas instruyendo la leche del amor a través
de la anémona.


*     Dios te Bendiga, en alemán en el original.
**   Fútbol norteamericano.

*** En minúscula en el original



Versión de Esteban Moore


Javier Marías - Arthur Rimbaud contra el arte

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Javier Marías - Arthur Rimbaud contra el arte


Apenas si se conservan retratos, y los que hay son fantasmales, de Rimbaud adulto, del hombre que no tenía nada que ver con la literatura y vivía en las costas de Somalia ejerciendo los más variados y poco remunerados oficios. Quizá esa es la segunda razón de que se siga pensando en él casi exclusivamente como en el adolescente terrible y rebelde de sus breves años de París y sus meses de Londres. Su abandono de la poesía a una edad incierta (digamos hacia los veinte años) ha hecho correr la imaginación huraña de todo escritor precoz posterior a él, tentándolo a hacer lo propio en algún momento, normalmente, helas, a edades más avanzadas: después de él, todo escritor precoz, en realidad, ha sido tardío.

La razón principal de que Arthur Rimbaud haya pasado a la memoria de la literatura como niño atroz y prodigio es justamente ese abandono y lo misterioso de sus causas. No era, sin embargo, el primer cambio radical de su vida. Parece como si Rimbaud se hubiera cansado cada pocos años de ser el que era, lo cual vendría poéticamente apoyado por su celebrado «Je est un autre», que tanta fortuna ha hecho en la carrera de las citas. Pasó de ser niño estudioso y alumno sobresaliente a convertirse en un gamberro iconoclasta, sin duda imposible al trato. Sus hagiógrafos se lamentan con frecuencia de la incomprensión que recibió por parte del mundo literario (bohemio o no) parisiense, pero a decir verdad resulta fácil de entender que quienes podían haber sido colegas o compañeros suyos lo rehuyeran en persona como a la peste y en cambio leyeran cómodamente sus poemas unos años más tarde de conocerlo, como de hecho hace la posteridad (la posteridad cuenta siempre con la ventaja de disfrutar de las obras de los escritores sin el incordio de padecerlos a ellos). Según las descripciones de la época, Rimbaud no se cambiaba nunca de ropa y por lo tanto olía fatal, dejaba llenas de piojos las camas por las que pasaba, bebía sin cesar (preferiblemente ajenjo) y no brindaba a sus conocidos otro trato que la impertinencia y la afrenta. A un tal Lepelletier lo ofendió gravemente al llamarlo «saludador de muertos» cuando se descubrió al paso de un cortejo fúnebre. La cosa en sí no habría sido tan hiriente de no ser porque Lepelletier acababa de perder a su madre. A otro individuo llamado Attal, que se le acercó y le dio a leer unos versos para entablar amistad, le correspondió, tras una breve ojeada, con un escupitajo sobre sus poemas pulcramente medidos, rimados y caligrafiados. A otro poeta llamado Mérat, al que había admirado desde la distancia de su aldea natal, Charleville, y que acababa de publicar unos cuantos sonetos cantando el bello cuerpo de la mujer, Rimbaud y Paul Verlaine le respondieron con otro soneto obsceno titulado expresivamente «El soneto del agujero del culo». En una velada literaria, honrada por los escritores más considerados del momento, Rimbaud se dedicó a gritar la palabra Merde! al final de cada verso leído por los próceres en voz alta. Un fotógrafo llamado Carjat perdió la paciencia, lo zarandeó y amenazó con abofetearlo, pero el niño prodigio, pese a su constitución más bien frágil, no se arredraba: desenvainó el bastón-espada de su amigo Verlaine y a punto estuvo de ensartar a aquel adelantado del todavía dudoso arte.

No fue esa, desde luego, la única ocasión en que Rimbaud se vio envuelto en la violencia, aunque en la mayoría de las demás estuvo también Verlaine de por medio, lo cual podría inducir a pensar que era este poeta amigo o amante, diez años mayor que él, quien la llevaba en la sangre. Las respectivas madres de ambos autores solían echar la culpa al «otro» de la vida irregular o de crápula a que los dos se entregaban, pero en el caso de Verlaine el rencor adquiría tintes más graves por parte de sus allegados, ya que él, además de madre, tenía mujer, hijo y suegros. Había mantenido correspondencia con Rimbaud y lo había invitado a París, a su propia casa de recién casado, o mejor dicho, a la de sus suegros. El título de genio provincial que ya le otorgaba Verlaine no hacía esperar a un Brummell, pero tampoco obligadamente a quien encontraron: un patán con el rostro curtido por el sol y el viento, en plena e ingrata edad del crecimiento, con unas ropas que ya le quedaban pequeñas, el pelo hirsuto como si nunca hubiera conocido peine y, a modo de corbata, una especie de cuerda gastada ciñéndole el cuello de la camisa. Se presentó sin ningún equipaje: ni cepillo de dientes ni una sola muda para alternar con la que era de suponer que llevaría puesta. La irrupción de semejante elemento en el ambiente fastidioso y cursi de los Mauté de Fleurville fue vista como un mal presagio, que, dicho sea en seguida, se cumplió con creces.

No es que Verlaine hubiera llevado con anterioridad y posterioridad a su amañado matrimonio una vida responsable y reposada: se había dado con incontinencia a un par de vicios no muy bien vistos por las familias, la embriaguez y la sodomía. Pero en aquellos momentos, con la anunciada llegada del hijo y una esposa asimismo adolescente (Mathilde tenía por entonces diecisiete años), estaba intentando ponerse firme. Nada más inadecuado para su intento que la aparición de aquel niño salvaje que además traía como propósito practicar el también citado sin cuento «déréglement de tous les sens». Al nacer el hijo, Verlaine pasó los tres días siguientes observando una conducta que él juzgaba modelo, consistente en volver a cenar a casa y pasar la velada con su mujer. Pero ya al cuarto día regresó a las dos, borracho y amenazante: durmió tirado sobre la cama de la nueva madre, con los pies sobre la almohada, lo cual significa —habida cuenta de que no se quitó las botas— que Mathilde tuvo durante horas, barro junto a su cara.

La relación de Rimbaud con Verlaine fue una sucesión de incidentes, con Mathilde en medio o al lado demasiadas veces. Verlaine necesitaba a ambos y a ninguno de ellos le era posible prescindir de él completamente, pese a su brutalidad (con ella) y sensiblería (con él), una mezcla insoportable. A título de ejemplo de lo primero, cabe mencionar que cuando Verlaine llegaba ebrio tenía la obsesión de prender fuego al armario en que su suegro guardaba la munición para la caza y que estaba contiguo a la alcoba de Mathilde. En una ocasión la amenaza del fuego sobre su cabeza fue más directa: «¡Te voy a quemar el pelo!», le dijo con una cerilla encendida en la mano. Al parecer el fósforo se apagó antes de que pudieran arder más que unos mechones. También le puso un cuchillo en la garganta, otro día le llegó a hacer cortes en las manos y en las muñecas. Rimbaud compartía con él la afición a las incisiones, sólo que le hacía su víctima: una noche le dijo en el Café du Rat Mort: «Extiende las manos sobre la mesa; quiero hacer un experimento». Verlaine se las ofreció confiado. Rimbaud sacó una navaja y se las rajó varias veces. Verlaine abandonó el café indignado, pero Rimbaud lo persiguió y volvió a pincharle. Del mismo modo que Verlaine hería e insultaba a Mathilde, Rimbaud insultaba y hería a Verlaine, pero nadie se iba del todo. La violencia se vio coronada por los famosos tres disparos del revólver de Verlaine en Bruselas. Falló dos, el tercero alcanzó a Rimbaud en la muñeca. La cosa no habría tenido trascendencia de no ser porque tan sólo unas horas más tarde, camino de la estación desde la que Rimbaud pensaba regresar solo a París, Verlaine, en presencia de su propia madre, que los acompañaba insensatamente, de nuevo perdió los estribos y esgrimió el arma que incomprensiblemente nadie le había confiscado. Ante el temor de que esta vez no fallara, Rimbaud pidió auxilio a un policía, y de ese gesto natural de cobardía resultó la condena del yerno de los Mauté de Fleurville a dos años de trabajos forzados, pese a que Rimbaud, demasiado tarde, quiso retirar la denuncia. Al menos lograron que la acusación pasara de «intento de asesinato» a meras «lesiones». Con todo, parece una ironía que en una carta de Rimbaud a Verlaine poco antes de este episodio, aquél le dijera a éste: «Sólo conmigo puedes ser libre».

Rimbaud era un superdotado que jamás sacó provecho de sus superdotes, si bien le sirvieron para aprender rápidamente cosas no muy útiles, entre ellas numerosas lenguas como el alemán, el árabe, el indostaní y el ruso, o ya luego las más útiles de los indígenas que rodearon su vida adulta o de exilio. También aprendió en poco tiempo a tocar el piano, que primero practicó durante meses imaginariamente. Esto es: como su madre se negaba a alquilar el instrumento, Rimbaud dibujó a cuchillo un teclado sobre la mesa del comedor, y en él se ejercitaba durante horas en completo silencio. La anécdota al parecer es cierta, o al menos más que alguna otra incorporada a su leyenda: se cuenta (pero se sospecha que él era la fuente) que nada más nacer la enfermera lo depositó en un cojín un momento mientras salía a buscar unos pañales. Al regresar se encontró con que la criatura no estaba en su sitio, sino que se dirigía ya a gatas hacia la puerta en busca de aventuras y vagabundeos.

Desde que apareció la excelente biografía de Enid Starkie se sabe bastante de su vida post-literaria y casi nómada: del exportador de café, del capataz, del colono, del explorador, del expedicionario, del traficante de armas y seguramente de esclavos. Se conservan numerosas cartas de sus años abisinios, y en ellas da la impresión de que Rimbaud, por segunda o tercera vez, se había cansado de ser quien era. Su aspecto cambió, se hizo robusto, lució bigote y barba y sólo se mantuvieron inalterados sus llamativos ojos azules, que incluso en sus días de mayor tosquedad y dejadez le conferían la facción poética que todo versificador juvenil ha necesitado siempre. Quiso hacerse rico rápidamente, luego limitó sus aspiraciones y simplemente deseó hacer algún dinero que le permitiera pararse, es decir, establecerse en Abisinia sin grandes apuros. Deseó casarse y tener descendencia, pero nunca contó con una candidata firme. En una carta a su madre le preguntaba: «¿Sería posible casarme en tu casa la primavera próxima?». Era un deseo fuerte pero inconcreto, ya que añadía: «¿Crees que encontraría una mujer dispuesta a regresar aquí conmigo?». Algo antes, a los treinta y tres años, había escrito a su familia: «Tengo el cabello completamente gris y la sensación de que mi vida camina hacia su fin... Estoy terriblemente cansado. No tengo trabajo y me aterra perder lo poco que me queda». Llevaba una existencia frugal, austera, y en todos sus proyectos lo acompañó el fracaso. Ahorraba como un campesino a base de renuncias, luego invertía en una empresa arriesgada y que requería enorme esfuerzo, era engañado en las transacciones o se apiadaba de quienes iban a hacerlo, lo perdía todo, volvían a empezar el ahorro y los lentos proyectos. Nada le salió bien.

Mientras tanto, su prestigio y su fama crecían en París, donde se convertía en una leyenda viva que todo el mundo creía muerta. Un día se le inflamó una rodilla, y ese fue el comienzo de la enfermedad que lo llevó a la tumba, un carcinoma que le hizo peregrinar, con terribles sufrimientos, desde el desierto hasta un hospital de Marsella. Se le amputó la pierna, caminó con muletas, ansiaba una pierna ortopédica. Pero la enfermedad avanzó inmovilizándole todos los miembros, «como ramas secas de un árbol que todavía no ha muerto por completo», según el limpio símil de su biógrafa Starkie. Tomaba té de adormideras y contaba historias lejanas a los vecinos. Un día antes de su muerte dictó, semiinconsciente, una carta a su hermana Isabelle, dirigida a una compañía naviera: «Me hallo enteramente paralizado y desearía por ello subir pronto a bordo. Tengan a bien comunicarme a qué hora se me podrá embarcar». El 10 de noviembre de 1891, murió sin haber cumplido los treinta y siete. Lo enterraron en su detestada aldea natal, Charleville, sin ningún discurso. Cuando, ya muy enfermo, un conocido le habló de su poesía y de literatura, Rimbaud contestó con un gesto de desagrado: «Qué más da todo eso. Mierda para la poesía». La idea no era nueva en él, ni producto de la agonía. Muchos años antes, en el borrador de Una temporada en el infierno, había anotado: «Ahora puedo decir que el arte es una tontería».

Quizá dejó de escribir tan sólo por eso.


En Vidas escritas


14 may. 2019

Silvina Ocampo - El caballo muerto

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Silvina Ocampo - El caballo muerto


Sentían que llevaban corazones bordados de nervaduras como las hojas, todas iguales y sin embargo distintas en las láminas del libro de Ciencias Naturales. Las tres corrían juntas en el fondo del jardín; de tarde tenían el pelo desatado en ondas que se levantaban detrás de ellas; corrían hasta el alambrado que daba sobre el camino de tierra. Se olía de tanto en tanto pasar la respiración acalorada del tren, que provocaba la nostalgia de un viaje sobre la suprema felicidad de la cama de arriba, en un camarote lleno de valijas y de vidrios que tiemblan.

  Eran las cinco de la tarde en la sombra de las hamacas abandonadas, hamacadas por el viento, cuando veían pasar todos los días un chico a caballo, con los pies desnudos. Desde el día en que habían visto ese caballo obscuro con un chico encima, una presencia milagrosa las llevaba juntas, en remolinos de corridas por todo el jardín. Nunca habían podido ser amigas, siempre había una de las dos hermanas que se iba sola, caminando con un cielo de tormenta en la frente, y la otra con el brazo anudado al brazo de su amiga. Y ahora andaban las tres juntas, desde la mañana hasta la noche. Miss Harrington ya no tenía ningún poder sobre ellas; era inútil que tragara el jardín con sus pasos enormes, llamándolas con una voz que le quedaba chica. La pobre Miss Harrington lloraba de noche, en su cuarto, lágrimas imperceptibles. Había llegado a esa casa una tarde de Navidad. Los chicos escondieron abundantes risas detrás de la puerta por donde la veían llegar. Los largos pasos de sus piernas involuntarias, hacían de ella una institutriz insensible y severa. En ese momento, Miss Harrington se sintió más chica que sus discípulos: no sabía nada de geografía, no podía acordarse de ningún dato histórico; desamparada ante la largura de sus pasos, subió la escalera de un interminable suplicio, que la llevó hasta el cuarto de la dueña de casa.

  Hacía cuatro años que estaba en la casa y vivía recogiendo los náufragos de las peleas. Ahora no había peleas para preservarla de su soledad: los varones estaban ese año en un colegio, las tres chicas estaban demasiado unidas para oír a ningún llamado. Asombraba en la casa ese tríptico enlazado que antes vivía de rasguños y tirones de pelo. Estaban tan quietas que parecía que posaban para un fotógrafo invisible, y era que se sentían crecer, y a una de ellas le entristecía, a las otras dos les gustaba. Por eso estaban a veces atentas y mudas, como si las estuvieran peinando para ir a una fiesta.

  A las cinco de la tarde, por el camino de tierra pasaba a caballo el chico del guardabarrera, que las llevaba, corriendo por el deseo de verlo, hasta el alambrado. Le regalaban monedas y estampas, pero el chico les decía cosas atroces.

  De noche, antes de dormirse, las tres contaban las palabras que les había dicho, las contaban mil veces, de miedo de haber perdido algunas en el transcurso del día, y se dormían tarde.

  Un día que había torta pascualina para el almuerzo, y treinta grados en el termómetro del corredor —apenas parpadeaban las sombras de los árboles a las cinco de la tarde—, ya no galopaba más el caballo sobre el camino: estaba muriéndose en el suelo y el chico le pegaba con un látigo, con sus gritos y con sus miradas. El caballo ya no se movía, tenía los ojos grandes, abiertos, y en ellos entraba el cielo y se detenían los golpes. Estaba muerto como un cabrón sobre la tierra.

  Y más tarde, subía la noche llenando el jardín de olor a caballo muerto. Volaban las pantallas de las moscas por toda la casa.

  El canto de los grillos era tan compacto que no se oía. Una de las dos hermanas iba sola caminando.

  Miss Harrington, que estaba recogiendo datos históricos, se sonrió por encima de su libro al verlas llegar.