Biblioteca Ignoria

Literatura y artes

14 ago. 2018

Raymond Carver - Veía hasta las cosas más minúsculas


Raymond Carver - Veía hasta las cosas más minúsculas


Estaba en la cama cuando oí la verja. Escuché con atención. No oí nada más. Pero oí eso. Traté de despertar a Cliff. Estaba como un leño. Así que me levanté y fui hasta la ventana. Una gran luna descansaba sobre las montañas que rodeaban la ciudad. Era una luna blanca, cubierta de cicatrices. Hasta un imbécil podría ver una cara en ella.

  Había luminosidad suficiente, de modo que podía ver todas las cosas del jardín: las sillas campestres, el sauce, la cuerda de la ropa entre las barras, las petunias, las vallas, la verja abierta de par en par.

  Pero nadie se movía allí afuera. No había sombras amenazadoras. Todo estaba bañado por la luz de la luna, y yo veía hasta las cosas más minúsculas. Las pinzas de la ropa, por ejemplo.

  Puse las manos en el cristal para tapar la luna. Me quedé mirando un poco más. Escuché. Luego me volví a la cama.

  Pero no conseguía dormirme. Daba vueltas en la cama. Pensaba en la verja abierta. Era como un reto.

  Era horrible escuchar la respiración de Cliff. Tenía la boca abierta y los brazos pegados a su pecho pálido. Ocupaba el lado de él y la mayor parte del mío.

  Lo empujé una y otra vez. Pero lo único que hizo fue gruñir.

  Seguí así un rato más, pero al final decidí que no tenía sentido. Me levanté y me puse las zapatillas. Fui a la cocina, hice té y me senté con él a la mesa. Fumé un cigarrillo de los de Cliff, sin filtro.

  Era tarde. No quería mirar la hora. Me tomé el té y fumé otro cigarrillo. Al cabo de un rato decidí salir y cerrar la verja.

  Así que cogí la bata.

  La luna lo iluminaba todo: casas y árboles, postes y tendido eléctrico, el mundo entero. Escudriñé el patio antes de salir del porche. Me llegó una ligera brisa que me obligó a cerrarme la bata.

  Empecé a andar hacia la verja.

  Se oía un ruido en las vallas que separaban nuestra casa de la de Sam Lawton. Miré con suma atención. Sam estaba apoyado con los brazos sobre su valla, en lugar de apoyarse sobre las dos. Se llevó el puño a la boca y lanzó una tos seca.

  —Buenas noches, Nancy —dijo Sam Lawton.

  Yo respondí:

  —Sam, me has asustado. —Pregunté—: ¿Qué haces levantado? ¿Has oído algo? Yo he oído cómo se abría mi verja.

  Él contestó:

  —No he oído nada. Ni he visto nada, tampoco. Habrá sido el viento.

  Estaba masticando algo. Miró la verja abierta y se encogió de hombros.

  A la luz de la luna se le veía el pelo plateado. Lo tenía en punta, además. Podía ver su nariz larga, los rasgos de su cara grande y triste.

  Insistí:

  —¿Qué haces levantado, Sam? —Y me acerqué a la valla.

  —¿Quieres ver una cosa? —añadió.

  —Voy, espera.

  Salí y caminé por la acera. Era extraño andar por allí fuera en camisón y bata. Pensé para mis adentros que debía recordarlo luego: cómo recorrí así un trecho, fuera de casa.

Sam seguía atento a un costado de su casa con las perneras del pijama muy por encima de los zapatos marrones y blancos. Tenía una linterna en una mano y una lata de algo en la otra.

  Sam y Cliff habían sido amigos. Pero una noche se pusieron a beber. Y tuvieron unas palabras. Lo que vino después fue que Sam levantó una valla y Cliff otra.

  Fue después de que Sam perdiera a Millie, se casara otra vez y volviera a ser padre, todo en un abrir y cerrar de ojos. Millie había sido buena amiga mía hasta su muerte. Cuando murió sólo tenía cuarenta y cinco años. Un colapso. Le dio cuando entraba con el coche en el jardín. El coche siguió su marcha y llegó hasta el fondo del garaje.

  —Mira esto —dijo Sam, subiéndose las perneras del pijama y poniéndose en cuclillas. Enfocó el suelo con la linterna.

  Miré y vi una especie de gusanos que se retorcían sobre un espacio de tierra.

  —Babosas —aclaró Sam—. Les acabo de echar una dosis de esto —explicó, levantando una lata de algo que parecía Ajax—. Se están adueñando de todo —continuó, sin dejar de mascar lo que tenía en la boca. Volvió la cabeza hacia un lado y escupió algo, tal vez tabaco—. Tengo que seguir con esto; al menos darles batalla. —Dirigió la luz hacia un tarro lleno de aquellos bichos—. Les pongo cebo, y en cuanto tengo un momento vengo con este producto. Las muy putas están por todas partes. Un auténtico crimen es lo que pueden hacer. Mira ahí.

  Se incorporó. Me cogió del brazo y me llevó hasta los rosales. Me mostró los pequeños agujeros en las hojas.

  —Babosas —repitió—. Mires donde mires de noche. Les pongo cebo y luego salgo y las atrapo —volvió a explicar—. Un invento horrible, las babosas. Las meto ahí en ese tarro. —Enfocó con la linterna debajo de los rosales.

  Pasó un avión. Imaginé la gente en sus asientos, con el cinturón abrochado, algunos leyendo, otros mirando por las ventanillas el suelo firme.

  —Sam —pregunté—. ¿Cómo están todos?

  —Muy bien —respondió, y se encogió de hombros.

  Siguió mascando lo que estuviera mascando.

  —¿Cómo está Clifford? —dijo.

  Contesté:

  —Igual que siempre.

  Sam dijo:

  —A veces, cuando salgo a cazar babosas, miro hacia vuestra vasa. Desearía que Cliff y yo volviéramos a ser amigos. Mira allí —se interrumpió, y respiró bruscamente—. Ahí tienes una. ¿La ves? Ahí mismo, donde estoy enfocando. —Había dirigido el haz de luz hacia la tierra, debajo del rosal—. Mira esto —señaló Sam.

  Me apreté los brazos bajo los pechos y me incliné hacia donde iluminaba la linterna. La cosa dejó de moverse y movió la cabeza de un lado a otro. Entonces Sam se acercó con la lata de polvo hasta situarse encima de ella, y empezó a espolvorear el suelo.

  —Bichos viscosos —dijo.

  La babosa se retorcía de un lado para otro. Luego se curvó y por fin se quedó estirada y rígida.

  Sam cogió una pala de juguete y recogió con ella la babosa y la echó dentro del tarro.

  —Abandono, ¿sabes? —comentó Sam—. Era necesario. Durante un tiempo las cosas estaban de tal forma que no sabía ni dónde tenía la mano derecha. Seguimos manteniendo las formas en casa, pero ya no hay nada que hacer por mi parte.

  Asentí con la cabeza. Me miró; se quedó mirándome.

  —Será mejor que vuelva a casa —dije.

  —Claro —asintió él—. Seguiré con lo que estoy haciendo y cuando termine me volveré a casa.

  Me despedí:

  —Buenas noches, Sam.

  Él dijo:

  —Espera. —Dejó de mascar. Con la lengua empujó lo que mascaba contra la cara interna del labio inferior—. Saluda a Cliff de mi parte.

  —Así lo haré, Sam.

  Sam se pasó la mano por el pelo plateado como si fuera a asentárselo de una vez por todas, y luego la movió en señal de despedida.

Una vez en el dormitorio, me quité la bata, la plegué y la dejé a mano. Sin mirar la hora, me cercioré de que el seguro del despertador quedaba hacia afuera. Luego me metí en la cama, me tapé con las mantas y cerré los ojos.

  Fue entonces cuando me acordé de que se me había olvidado cerrar la verja.

  Abrí los ojos y me quedé allí, acostada. Sacudí un poco a Cliff. Se aclaró la garganta. Tragó. Algo se le había atravesado y le gorgoteaba en el pecho.

  No sé. Me hizo pensar en aquellos bichos a los que Sam Lawton echaba el polvo de la lata.

  Pensé durante un instante en el mundo exterior a mi casa, y luego ya no tuve más pensamientos, salvo el de que tenía que darme prisa en conciliar el sueño.


En De qué hablamos cuando hablamos de amor

13 ago. 2018

Jorge Manrique - Poesía


Jorge Manrique - Poesía

Las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre son consideradas una de las cumbres de la poesía española. Tanto en ellas como en el conjunto de su obra es difícil saber qué admirar más: si la extraordinaria modernidad del idioma, la madurez de la versificación o la intensidad de los sentimientos e ideas sobre los que trata. Con una contención no exenta de emoción y una armonía y sencillez fruto de un gran trabajo de depuración, Manrique nos habla del dolor ante la muerte del ser querido y reflexiona sobre el sentido y la brevedad de la vida.

Denis Diderot - Carta sobre los ciegos para uso de los que ven


Denis Diderot - Carta sobre los ciegos   para uso de los que ven

«Si alguna vez un filósofo ciego y sordo de nacimiento concibe un hombre a semejanza de Descartes, me atrevo a asegurarle, señora, que ubicará el alma en la punta de los dedos; porque de allí provienen sus principales sensaciones y todos sus conocimientos». En esta frase, dirigida a su misteriosa corresponsal de la Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, queda admirablemente plasmada la tesis principal de la obra: que nuestras ideas morales están supeditadas a nuestros sentidos, heterodoxia que le valió una temporada en la cárcel de Vincennes. A finales de 1740, al tiempo que se dedica a la Enciclopedia, el escritor y filósofo Denis Diderot, vuelve sus ojos a las ciencias experimentales. La operación de una ciega de nacimiento le lleva a especular sobre la relación entre lo que se ve y lo que se es.

Paul Valéry - Teoria poética y estética


En la actividad creadora de Paul Valéry (1871-1945) tuvo un lugar importante la reflexión sobre la poesía y la estética. Se puso de relieve en artículos, prólogos y conferencias que, con la densidad y penetración que caracterizaron al autor, fueron configurando una verdadera teoría estética y poética. Valéry huye de los lugares comunes, de los usos sociales –políticos, pedagógicos, institucionales...– de la poesía, en la búsqueda de aquello que le es propio y necesario para ser poesía.

Giordano Bruno - De la causa, principio y uno


De la causa, principio y uno es la segunda obra en lengua italiana que Giordano Bruno publica en Londres el año 1584. Articulada en cinco diálogos, y dedicada al embajador de Francia del cual era huésped, Michel de Castelnau. Prosiguiendo la exposición iniciada con La cena de las cenizas, el filósofo, defendiendo la unidad de causa y principio universal, elabora una concepción animista de la materia, una materia eterna, infinita, viva.

Hildegarda de Bingen - Libro de los méritos de la vida


Hildegarda de Bingen - Libro de los méritos de la vida

El Liber Vitæ Meritorum, (Libro de los méritos de la vida), (1158-1163), es una obra de carácter moral en la que, partiendo de la visión de Dios como un hombre cósmico que sustenta y vivifica al universo, Hildegarda llega a una exposición de los principales vicios espirituales y sus virtudes opuestas. Esta sistematización hace corresponder aspectos naturales del mundo y del hombre con las pasiones del alma humana.

Dicha visión está explicada a lo largo de cinco libros y se complementa con un sexto que detalla la descripción de las penas que en la otra vida corresponderán a cada vicio. De esta manera el Liber vitæ meritorum deviene en un catálogo de treinta y cinco vicios, descritos bajo la figura simbólica de seres alegóricos conformados de partes de bestias y humanos.

Lord Byron - Caín


Lord Byron - Caín

Desde su infancia, Byron estuvo obsesionado con la tragedia de los dos hermanos, Caín y Abel. Sobre todo le indignaba el terrible castigo soportado por aquel fratricida, predestinado por Yavé a matar a su hermano Abel. Esto le sirvió para ilustrar la miseria de la presunta libertad humana y las despiadadas injusticias de Yavé.

Voltaire - La princesa de Babilonia


Voltaire - La princesa de Babilonia

La princesa de Babilonia vive en un mundo en el cual la realidad se confunde con la magia y el presente se une al pasado; protagonista de una magistral farsa, donde la ironía y el cinismo de Voltaire aparecen disfrazados por el fascinante escenario oriental de Las mil y una noches. Pero tras el mítico esplendor de los unicornios y los fastuosos jardines de Babilonia surge la triste realidad del presente histórico y social de la Europa del siglo XVIII, una realidad que sólo el genio del gran escritor francés fue capaz de transformar en fábula.

Formosanta, la princesa de Babilonia, es la típica protagonista de cuento. Hermosa, inteligente, y con una virtud a prueba de mil tentaciones. Su padre le busca casamiento, y para ello recluta a los príncipes más renombrados de la región, y los hace competir en una serie de pruebas. Hay uno que no es del todo despreciable, pero el corazón de la joven es robado por un extraño forastero quién llega al torneo montado en un unicornio. Su nombre es Amazán, es dueño de un ave fénix, y procede de la tribu más fantástica del mundo: los Gangáridas. Son vegetarianos, de una fuerza sobrehumana, nobleza suprema, y aparente perfección…

William James - Las variedades de la experiencia religiosa


William James - Las variedades de la experiencia religiosa

Las variedades de la experiencia religiosa, libro escrito por el psicólogo y filósofo William James, comprende una serie de conferencias sobre la teología natural dictadas en la Universidad de Edimburgo, Escocia, entre 1901 y 1902.

Estas conferencias se refieren a la naturaleza de la religión, el impulso religioso del ser humano y el descuido puesto de manifiesto por la ciencia.

Poco después de su publicación, el libro entró en el canon de la psicología y la filosofía y se ha mantenido bajo impresión por más de un siglo debido a que los temas tratados continúan teniendo plena vigencia.