Biblioteca Ignoria

Literatura y artes

19 oct. 2018

Byung-Chul Han - Fantasmas digitales


Byung-Chul Han - Fantasmas digitales


A Kafka ya se le presenta la carta como un medio de comunicación inhumano. Este autor cree que la carta ha traído al mundo una terrible perturbación de las almas. En una carta escribe a Milena: «¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse mediante cartas? Se puede pensar en una persona distante, se puede aferrar a una persona cercana, todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas». A su juicio, la carta cultiva el contacto con los espíritus. Los besos escritos no llegan a su destino. Los fantasmas los cogen y se los tragan por el camino. La comunicación postal proporciona tan solo alimento para fantasmas. A través de una alimentación tan rica estos se multiplican de manera exorbitante. La humanidad lucha en contra. Así ha encontrado el tren y el coche, «para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas» y conseguir la «comunicación natural», la «paz de las almas». Pero la otra parte es mucho más fuerte. En efecto, después de la carta vinieron el teléfono y la telegrafía. Kafka saca la conclusión: «Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros en cambio pereceremos».

  Los fantasmas de Kafka, entre tanto, han inventado también internet, Twitter, Facebook, el teléfono inteligente, el correo electrónico y las Google Glass. Kafka diría que la nueva generación de fantasmas, a saber, los digitales, son más voraces, desvergonzados y ruidosos. De hecho, ¿no van los medios digitales más allá «de la fuerza humana»? ¿No conducirán a una vertiginosa, ya no controlable multiplicación de los fantasmas? ¿No nos olvidamos con ello de pensar en un hombre lejano y de palpar a un hombre cercano?

  El mundo de cosas de internet produce nuevos fantasmas. Las cosas, que en tiempos eran mudas, ahora comienzan a hablar. La comunicación automática entre las cosas, que tiene lugar sin ninguna contribución humana, proporcionará nuevos alimentos para fantasmas. Hace que el mundo tenga más rasgos de fantasma. Es dirigida como por encantamiento. Los fantasmas digitales habrán de cuidar, si es posible, de que alguna vez todo quede fuera de control. El relato The Machine Stops (La máquina se para) de E. M. Foster, anticipa esta catástrofe. Bandas de fantasmas echan a perder el mundo.

  La historia de la comunicación puede describirse como la historia de una creciente iluminación de la piedra. El medio óptico, que transporta la información a la velocidad de la luz, pone fin definitivamente a la época de piedra de la comunicación. Incluso el silicio refiere todavía a lo que en latín se llama silex. En Heidegger aparece con frecuencia la piedra y, por cierto, como ejemplo preferido de la «mera cosa». La piedra es algo que se sustrae a la visibilidad. En una lección temprana, Martin Heidegger observa: «Una mera cosa, una piedra, no tiene en sí ninguna luz». Diez años más tarde, en el escrito sobre la obra de arte, señala: «La piedra pesa y anuncia su pesantez. Pero mientras esta pesa frente a nosotros, se resiste a la vez a toda penetración en ella». La piedra como cosa es una figura contrapuesta a la transparencia. Pertenece a la tierra, al orden terrenal, y tiene las características de ser oculta y cerrada. Hoy las cosas pierden cada vez más significación. Se someten a las informaciones. Pero estas proporcionan nuevo alimento para fantasmas. «Lo económica, social y políticamente concreto no es la cosa, sino la comunicación. Nuestro mundo se hace a ojos vistos más blando, más nebuloso, más espectral». 

  La comunicación digital no solo asume forma de espectro, sino también de virus. Es infecciosa porque se produce inmediatamente en el plano emotivo o afectivo. El contagio es una comunicación poshermenéutica, la cual no da propiamente nada a leer o a pensar. No presupone ninguna lectura, que solo puede acelerarse en medida limitada. Una información o un contenido, aunque sea con muy escasa significación, se difunde velozmente en la red como una epidemia o pandemia. No la grava ningún peso del sentido. Ningún otro medio es capaz de este contagio a manera de virus. El medio de la escritura es demasiado lento para ello.

  Lo mismo que la piedra y el muro, el misterio pertenece al orden terrenal. No se compagina con la producción acelerada y la difusión de información. Es la figura contraria a la comunicación. La topología de lo digital consta de espacios planos, lisos y abiertos. El secreto, en cambio, prefiere espacios que, con sus fisuras, mazmorras, escondites, profundidades y umbrales dificultan la difusión de información.

El misterio ama el silencio. Así, lo misterioso se distingue de lo relativo a los fantasmas. Lo mismo que el espectáculo, lo espectral está abocado al ver y ser visto. Por eso los fantasmas son ruidosos. Es como un fantasma el viento digital, que sopla a través de nuestra casa:

  En todo caso para los nómadas el viento es lo mismo que el suelo para los sedentarios. […] Hay algo de fantasma en ello […]. El viento, este fantasma incomprensible, que empuja a los nómadas hacia adelante y cuya llamada ellos obedecen, es una experiencia que para nosotros se ha hecho representable como cálculo y cómputo.

  Su alta complejidad hace que las cosas digitales sean como fantasmas y resulten incontrolables. En cambio, la complejidad no es ninguna característica del misterio.

  La sociedad de la transparencia tiene su cruz o envés. Es bajo cierto aspecto una aparición de superficies. Tras ella o bajo ella se abren espacios espectrales, que se sustraen a toda transparencia. Por ejemplo, dark pool designa el comercio anónimo con productos financieros. El llamado comercio de alta velocidad en los mercados financieros es, en definitiva, un comercio con fantasmas o entre fantasmas. Son algoritmos y máquinas los que se comunican entre sí y se hacen la guerra. Estas formas de negocio y comunicación, tan parecidas a los fantasmas, van «más allá de la fuerza humana», como diría Kafka. Producen efectos tan imprevisibles, espectrales como un flash crash (estallido súbito, quiebra). Los actuales mercados financieros incuban también monstruos, que en virtud de una alta complejidad pueden sembrar confusión sin control alguno. Se llama «Tor»[*] la red cuasisubterránea en la que es posible estar en línea de manera anónima. Es un profundo lago digital en la red que se sustrae a toda visibilidad. Con el crecimiento de la transparencia crece también lo oscuro.

En En el enjambre

18 oct. 2018

Sara Gallardo - Calle Cangallo


Sara Gallardo - Calle Cangallo


De mis hijos prefiero los medianos. Nacieron mientras estaba en Ushuaia. En aquel sitio de frío y sin noticias, porque no sé escribir y mi mujer tampoco. Es lavandera.

Cuando cumplí, volví. Ella se levantó como a pelear. Estaban mis dos primeros hijos y estos dos en el suelo.

Me senté. Ella me sirvió la comida. Después nos miramos. Después miré a los hijos, uno por uno, los dos primeros y estos dos. Me gustaron.

Lloré y ella también lloró. Habían pasado algunos años y se notaba. Tuvimos otros con el tiempo. Fueron seis. Algo es, seis. Algo, seis hijos.

Siendo como soy inclinado a enojarme, a beber, me abstuve de otro crimen no por el pensamiento de Ushuaia sino por ellos, los medianos. No por lindos, pobre de mí, mulato y feo. No por rubios, varón y mujer, y alegres, y yo triste. No por nada, sino que los prefiero, y ellos a mí.

Por los seis vendo diarios tosiendo en esta calle que odio cada noche hasta la madrugada. Pero si alguien, de paso, me ve sonreír, es por los medianos.

Jean-Jacques Rousseau - Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres


Jean-Jacques Rousseau - Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres

Este célebre ensayo filosófico de Jean-Jacques Rousseau, cuyo título completo es Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1754), constituye una de las piezas maestras de la literatura política moderna. Rousseau estableció en esta obra las bases de su doctrina política y social con la afirmación de que todos los males, las miserias y las demás aberraciones que originan las desigualdades humanas tienen su única causa en el estado de sociabilidad.

Mark Twain - La decadencia del arte de mentir


Mark Twain - La decadencia del arte de mentir

La mentira es universal… Todos mentimos; todos tenemos que hacerlo. Por tanto, lo inteligente es educarnos con esmero para que mintamos de manera juiciosa y considerada. (…)

El conjunto de narraciones contenidas en este volumen reúne lo mejor de la obra de Mark Twain. El lector reflexionará y se emocionará con la ironía y el ingenio que rezuma la obra de este genial escritor.

André Breton - Manifiestos del surrealismo


André Breton - Manifiestos del surrealismo

El año 1924 aparece en París el Primer manifiesto del surrealismo de André Breton, y desde ese momento se abre un camino para la poesía y el arte contemporáneo de consecuencias incalculables. Breton aparece como el conductor indiscutible de un nuevo movimiento que intenta trascender los límites del arte para invadir los problemas mismos de la vida y de la sociedad. El surrealismo se convierte así en una verdadera concepción del mundo.

La influencia de este movimiento ha sido y sigue siendo fundamental en todos los esfuerzos renovadores en el campo de la cultura.

Los dos manifiestos y los prolegómenos a un tercero forman un ciclo en el que está contenido lo esencial del pensamiento de Breton y por lo tanto de la ideología surrealista.

Juan José Saer - El cordero


Juan José Saer - El cordero


Después la mirada baja, todavía más, y encuentra la de Rogelio, parado al lado del cordero que está echado en el suelo, el hocico apoyado delicadamente sobre las patas delanteras. Le parece percibir fatiga en la expresión de Rogelio.

  —Y hemos pasado nomás otro año, gracias a Dios —dice Rogelio.

  —Todavía no —dice Wenceslao, sonriendo.

  —No seas lechuza —dice Rogelio.

  —A mí se me hace que el cordero no ve otro año —dice Wenceslao.

  —A mí se me hace algo parecido —dice Rogelio—. ¿Vos qué pensás, Layo, la traerán?

  Wenceslao sacude la cabeza. Rogelio sacude también su cabeza, siguiendo el movimiento de la cabeza de Wenceslao y convenciéndose de lo que el movimiento quiere significar a medida que la ve moverse. Se quedan un momento inmóviles y en silencio, mirándose, hasta que Wenceslao sacude la cabeza en dirección al cordero y dice:

  —Lo despenamos y en paz.

  Más adelante será una res roja, vacía, colgando de un gancho, después se dorará despacio al fuego de las brasas, sobre la parrilla, al lado del horno, después será servido en pedazos sobre las fuentes de loza cachada, repartido, devorado, hasta que queden los huesos todavía jugosos, llenos de filamentos a medio masticar que los perros recogerán al vuelo con un tarascón rápido y seguro y enterrarán en algún lugar del campo al que regresarán en los momentos de hambruna y comenzarán a roer tranquilos y empecinados sosteniéndolos con las patas delanteras e inclinando de costado la cabeza para morder mejor, dando tirones cortos y enérgicos, hasta dejarlos hechos unas láminas o unos cilindros duros y resecos que los niños dispersarán, pateándolos o recogiéndolos para tirárselos entre ellos en los mediodías calcinados en que atravesarán el campo para comprar soda y vino en el almacén de Berini, objetos ya irreconocibles que quedarán semienterrados y ocultos por los yuyos en diferentes puntos del campo durante un tiempo incalculable, indefinido, en el que arados, lluvias, excavaciones, cataclismos, la palpitación de la tierra que se mueve continua bajo la apariencia del reposo, los pasearán del interior a la superficie, de la superficie al interior, cada vez más despedazados, más irreconocibles, hechos fragmentos, pulverizados, flotando impalpables en el aire o petrificados en la tierra, sustancia de todos los reinos tragada incesantemente por la tierra o incesantemente vuelta a vomitar, viajando por todos los reinos —vegetal, animal, mineral— y cristalizando en muchas formas diferentes y posibles, incluso en la de otros corderos, incluso en la de infinitos corderos, menos en la de ese cordero hacia el que ahora se dirige Wenceslao llevando el cuchillo y la palangana.


En El limonero real
Imagen s/d

16 oct. 2018

Sábado 20 de octubre a las 17:30 hs Ciclo de lectura - Grandes narraciones: Juan Carlos Onetti

Sábado 20 de octubre a las 17:30 hs Ciclo de lectura - Grandes narraciones: Juan Carlos Onetti


Ciclo de lectura - Grandes narraciones: Juan Carlos Onetti

Textos en transición. Coordina Isaías Garde

El sábado 20 de octubre a las 17:30 hs en el marco de nuestro ciclo de grandes narraciones visitaremos a un viejo amigo de la casa: Juan Carlos Onetti, el gran escritor uruguayo y uno de los mejores escritores de todas las épocas. 

El costo es de 250 pesos por reunión, la reunión dura aproximadamente 2 hs e incluye café, mate y snacks.

Más info por inbox o whatsapp al 11 45793836 o isaiasgarde@gmail.com 

Julio Ramón Ribeyro - Un milagro


Julio Ramón Ribeyro - Un milagro

La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas como las que concurren a la eclosión de una de esas bellezas universales que hacen soñar a toda una generación. Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! ¡Cuántos Joyces, Kafkas, Célines flous, velados o sobreexpuestos habrán existido! Unos murieron jóvenes, otros cambiaron de oficio, otros se dedicaron a la bebida, otros se volvieron locos, otros carecieron de uno o de dos de los requisitos que los grandes artistas reúnen para elevarse sobre el nivel de la subliteratura. Falta de formación, enfermedades, pereza, carencia de estímulos, impaciencia, angustias económicas, ausencia de ambición o de tenacidad o simplemente de suerte, son como el billete de lotería prometedor al cual sólo le falta el número terminal para obtener el premio en la rifa de la gloria. Y algunos han probablemente reunido todas esas cualidades, pero les faltó la circunstancia azarosa, la aparentemente insignificante (la lectura de un libro, la relación con tal amigo), capaz de servir de reactivo al compuesto químicamente perfecto y darle su verdadera coloración. Así, en el metro veo a veces a una mujer y me digo: «Podría ser Brigitte Bardot, pero lástima que le falten treinta centímetros de estatura» o «Esa rubia se parece a Marilyn Monroe, pero tiene las piernas como dos estacas». Ellas son también las malas pruebas del modelo original, la mercadería con fallas que se vende al por mayor.

En Prosas apátridas

Horacio Quiroga - Las moscas


Horacio Quiroga - Las moscas


Al rozar el monte, los hombres tumbaron el año anterior este árbol, cuyo tronco yace en toda su extensión aplastado contra el suelo. Mientras sus compañeros han perdido gran parte de la corteza en el incendio del rozado, aquél conserva la suya casi intacta. Apenas si a todo lo largo una franja carbonizada habla muy claro de la acción del fuego.

  Esto era el invierno pasado. Han transcurrido cuatro meses. En medio del rozado perdido por la sequía, el árbol tronchado yace siempre en un páramo de cenizas. Sentado contra el tronco, el dorso apoyado en él, me hallo también inmóvil. En algún punto de la espalda tengo la columna vertebral rota. He caído allí mismo, después de tropezar sin suerte contra un raigón. Tal como he caído, permanezco sentado —quebrado, mejor dicho— contra el árbol.

  Desde hace un instante siento un zumbido fijo —el zumbido de la lesión medular— que lo inunda todo, y en el que mi aliento parece defluirse. No puedo ya mover las manos, y apenas si uno que otro dedo alcanza a remover la ceniza.

  Clarísima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que, a ras del suelo, mi vida está aguardando la instantaneidad de unos segundos para extinguirse de una vez.

  Ésta es la verdad. Como ella, jamás se ha presentado a mi mente una más rotunda. Todas las otras flotan, danzan en una como reverberación lejanísima de otro yo, en un pasado que tampoco me pertenece. La única percepción de mi existir, pero flagrante como un gran golpe asestado en silencio, es que de aquí a un instante voy a morir.

  ¿Pero cuándo? ¿Qué segundo y qué instantes son éstos en que esta exasperada conciencia de vivir todavía dejará paso a un sosegado cadáver?

  Nadie se acerca a este rozado, ningún pique de monte lleva hasta él desde propiedad alguna. Para el hombre allí sentado, como para el tronco que lo sostiene, las lluvias se sucederán mojando corteza y ropa, y los soles secarán líquenes y cabellos, hasta que el monte rebrote y unifique árboles y potasa, huesos y cuero de calzado.

  ¡Y nada, nada en la serenidad del ambiente que denuncie y grite tal acontecimiento! Antes bien, a través de los troncos y negros gajos del rozado, desde aquí o allá, sea cual fuere el punto de observación, cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya vida está a punto de detenerse sobre la ceniza, atraída como un péndulo por ingente gravedad: tan pequeño es el lugar que ocupa en el rozado y tan clara su situación: se muere.

  Ésta es la verdad. Mas para la oscura animalidad resistente, para el latir y el alentar amenazados de muerte, ¿qué vale ella ante la bárbara inquietud del instante preciso en que este resistir de la vida y esta tremenda tortura psicológica estallarán como un cohete, dejando por todo residuo un ex hombre con el rostro fijo para siempre adelante?

  El zumbido aumenta cada vez más. Ciérnese ahora sobre mis ojos un velo de densa tiniebla en que se destacan rombos verdes. Y en seguida veo la puerta amurallada de un zoco marroquí, por una de cuyas hojas sale a escape una tropilla de potros blancos, mientras por la otra entra corriendo una teoría de hombres decapitados.

  Quiero cerrar los ojos, y no lo consigo ya. Veo ahora un cuartito de hospital, donde cuatro médicos amigos se empeñan en convencerme de que no vaya morir. Yo los observo en silencio, y ellos se echan a reír, pues siguen mi pensamiento.

  —Entonces —dice uno de aquéllos— no le queda más prueba de convicción que la jaulita de moscas. Yo tengo una.

  —¿Moscas?…

Sí —responde—; moscas verdes de rastreo. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de producirse la defunción del sujeto. Vivo aún el paciente, ellas acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa, mas sin perderla de vista, pues ya han olido su muerte. Es él el medio más eficaz de pronóstico que se conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección, que alquilo a precio módico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, dicho sea de paso, es un pequeño ataúd. A usted no le queda más tarea que atisbar el ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, esté seguro de que las otras hallarán también el camino hasta usted. Las alquilo a precio módico.

  ¿Hospital?… Súbitamente el cuartito, blanqueado, el botiquín, los médicos y su risa se desvanecen en un zumbido…

  Y bruscamente, también, se hace en mí, la revelación: ¡las moscas!

  Son ellas las que zumban. Desde que he caído han acudido sin demora. Amodorradas en el monte por el ámbito de fuego, las moscas han tenido, no sé cómo, conocimiento de una presa segura en la vecindad. Han olido ya la próxima descomposición del hombre sentado, por caracteres inapreciables para nosotros, tal vez en la exhalación a través de la carne de la médula espinal cortada. Han acudido sin demora y revolotean sin prisa, midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de deparar a sus huevos.

  El médico tenía razón. No puede su oficio ser más lucrativo.

  Mas he aquí que esta ansia desesperada de resistir se aplaca y cede el paso a una beata imponderabilidad. No me siento ya un punto fijo en la tierra, arraigado a ella por gravísima tortura. Siento que fluye de mí, como la vida misma, la ligereza del vaho ambiente, la luz del sol, la fecundidad de la hora. Libre del espacio y el tiempo, puedo ir aquí, allá, a este árbol, a aquella liana. Puedo ver, lejanísimo ya, como un recuerdo de remoto existir, puedo todavía ver, al pie de un tronco, un muñeco de ojos sin parpadeo, un espantapájaros de mirar vidrioso y piernas rígidas. Del seno de esta expansión, que el sol dilata desmenuzando mi conciencia en un billón de partículas, puedo alzarme y volar, volar…

  Y vuelo, y me poso con mis compañeras sobre el tronco caído, a los rayos del sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovación vital.

En Más allá

André Breton - Composición surrealista escrita, o el borrador primero y definitivo


André Breton - Composición surrealista escrita, o el borrador primero y definitivo

Hazte traer con qué escribir, después de haberte instalado en un lugar lo más favorable posible para la concentración del espíritu en sí mismo. Colócate en el estado más pasivo o receptivo que puedas. Haz abstracción de tu genio, de tus talentos y del de todos los demás. Di bien alto que la literatura es uno de los más tristes caminos que conducen a todo. Escribe velozmente, sin tema previo, con tal rapidez que te impida recordar lo escrito o caer en la tentación de releerlo. La primera frase vendrá sola, puesto que cada segundo hay una frase, ajena a nuestro pensamiento consciente, que pugna por manifestarse. Es bastante difícil pronunciarse sobre el caso de la frase siguiente, la que sin duda participa a la vez de nuestra actividad consciente y de la otra, si se admite que el haber escrito la primera frase implica un mínimo de percepción. Pero esto no debe preocuparte, porque allí reside en su mayor parte el interés del juego surrealista. Siempre sucede que la puntuación se opone a la absoluta continuidad del flujo verbal, aunque parezca tan indispensable como la distribución de los nudos en una cuerda vibrante. Continúa así todo el tiempo que te plazca. Confía en el carácter inagotable del murmullo. Si el silencio amenaza imperar aprovechando la menor falla —que se podría llamar falla de distracción—, tacha entonces sin vacilar una línea demasiado clara, y a continuación de la palabra cuyo origen es sospechoso, coloca una letra cualquiera, la I, por ejemplo, y siempre la I, retornando de ese modo a lo arbitrario al imponer dicha letra como inicial del vocablo que ha de venir.

14 oct. 2018

James George Frazer - La rama dorada


James George Frazer - La rama dorada

James George Frazer (1854-1941), originario de Glasgow, Escocia, profesor y socio del Colegio de Estudios Sociales y Antropológicos de la Universidad de Cambridge, publicó en 1890 su primera versión de La rama dorada. Magia y religión en dos volúmenes. La segunda edición (1907-1915) creció hasta alcanzar los doce tomos que finalmente redujo a uno en 1922, que fue traducido al español y publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1944. A partir de entonces, las reimpresiones han sido continuas. El libro de Frazer debe su éxito a que ha hecho comprensible a la mentalidad occidental una amplia gama de usos y costumbres primitivas, descritas a su vez en un estilo que no está lejano del de la literatura.

La rama dorada tiene raíces mágicas y poéticas, es mencionada por Virgilio en una de sus poesías y, posteriormente, el pintor inglés Turner pintó el paisaje del lago del bosque de Nemi, Italia, llamado también 'el espejo de Diana' y, siguiendo la leyenda narrada por Virgilio, tituló a su cuadro La rama dorada.

Como es común, tras la belleza del lago, del cuadro de Turner y de la poesía de Virgilio, se esconde el primitivismo: en el bosque que rodea al lago merodeaba, según las leyendas de la Antigüedad, un sacerdote del culto de Diana armado con una espada y que mataba a quien se atreviera a penetrar en el bosque.

Frazer inició la escritura de este libro para explicar y explicarse el porqué de esta leyenda: el resultado superó sus aspiraciones: no sólo descubrió la trama oculta por la leyenda sino que, al mismo tiempo, delineó una teoría sobre las formas que fue adquiriendo el conocimiento.

Giacomo Casanova - Memorias (selección)


Giacomo Casanova - Memorias (selección)

La figura de Giacomo Casanova, más allá de su leyenda como amante insaciable –132 conquistas según el último recuento-, fue un hombre que vivió la encrucijada de un gran cambio social en la historia de Europa.

Casanova, veneciano, resultó un prolífico escritor, no ya en obras como en palabras, legajos, ensayos y pensamientos. Su obra magna, Historie de ma vie, escrita en su decadencia, entre encerrado y protegido como bibliotecario en el Castillo de Dux, son unas memorias peculiares, escritas en francés, lengua franca en la Europa de la época, buscaba la mayor difusión a sus andanzas, si bien su falta de dominio del idioma hizo que otros autores “retocaran” a lo largo de los años esas memorias.

Hermann Broch - La muerte de Virgilio


Hermann Broch - La muerte de Virgilio

La muerte de Virgilio es, sin lugar a dudas, una de las obras fundamentales de la narrativa del siglo XX. Su autor, Hermann Broch, figura junto a Kafka y Joyce, entre los escritores que, en torno a la década de los veinte, llevaron a cabo una renovación radical de este género literario. La muerte de Virgilio tomó cuerpo en las cinco semanas que Broch estuvo encarcelado en Alt-Ausse, tras ser detenido por la Gestapo. Acabará esta obra monumental -que aparecerá en 1945 casi simultáneamente en inglés y alemán- durante su exilio en Estados Unidos.