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Literatura y artes

13 nov. 2019

Elena Garro - Las cabezas bien pensantes

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Elena Garro - Las cabezas bien pensantes


Nadie ha sufrido en este mundo como ha sufrido Lola. Quizás sólo la reina María Antonieta, a la que nunca conocí, pero a la que nunca olvido. La comparación es válida: dos bellezas, dos juguetonas martirizadas. En verdad no encuentro otro ejemplo mejor en la Historia a pesar de que la Historia está llena de mártires, pero no eran coquetas. Lola no es rubia como la reina; Lola es morena. Tampoco tiene palacios, escalinatas, bailes ni trajes de seda. Lola sólo tiene un gabán viejo. Pero Lola como María Antonieta ama el campo y ama correr sobre los prados; eso las vuelve parecidas y el sufrimiento las iguala.

  Para darle alguna esperanza y privarla del miedo, alquilé un estudio amueblado en un edificio elegante… sólo por unos días. Es necesario abrir una bahía en la tormenta de tinieblas que cruzamos. Los muebles del estudio están forrados con sarga de color ladrillo, tienen patas de hierro negro y no son muy acogedores. Sin embargo, después de los hostales de duelas astilladas la limpieza que nos rodea ¡nos deslumbra! El lujo es la limpieza. En el ascensor encontramos a libertadores de pueblos, a generales extranjeros y a algunos artistas. Claro que ninguno sabe que aquí mismo vive Lola.

  Lola nunca se queja. Calla y me mira con sus enormes ojos de Minerva. Una Minerva melancólica, pasada de moda. Una Minerva pateada hasta hacerla vomitar sangre. Es la suerte que corren las Minervas en nuestros ilustres días ilustrados. Olimpia está enterrada bajo siete capas de tierra que tratan inútilmente de remover los ingleses, ¡siempre originales! Atenas son unas cuantas columnas. Las cabezas de Minerva están encerradas en vitrinas internacionales, aisladas, para que el pueblo las contemple, pero que no sufra el contagio. Minerva, por su parte, siempre fue lista y lleva un casco para proteger su cabeza de «las cabezas bien pensantes». Minerva nunca sale en los periódicos y los venteros la detestan. Por eso, cuando descubren a los ojos de Lola los ojos de Minerva dentro de los muros sucios de sus ventas, ¡la patean! Lola lo acepta, sabe que su presencia como la de Minerva es siempre clandestina.

  Petrouchka también ha recibido muchos golpes y se ha convertido en un cobarde: no se baña, no se peina y sus cabellos rubios están apelmazados. Tiene mucho miedo y al menor ruido en el pasillo trata de meterse en el armario. En este estudio el armario es muy pequeño y Petrouchka debe encogerse y no respirar si entra algún criado. Sin embargo, Petrouchka es un loco y sufre de ataques de furia y entonces hace un ruido espantoso y todas sus anteriores precauciones resultan ¡vanas! Lola se esconde detrás de la puerta de baño. Tenemos un cuarto de baño para nosotros cuatro y estamos agradablemente sorprendidos. Lola es muy lista y guarda un silencio absoluto; se parece mucho a Minerva, la Diosa de la Razón, de la que sólo hallamos huellas en las odas y en Lola. En el estudio se goza de silencio, otro lujo olvidado. Las duelas brillan y casi podemos vernos reflejados en ellas, pero los cuatro sabemos que esto no es permanente, es sólo por unos días. ¿Y después? No hay «después» ni hay «antes» para las personas marginadas, como se dice ahora. En nuestros días las Minervas son siempre «personas desplazadas», otro término muy a la moda.

  La pulcritud de Lola es impecable. Yo la admiro, ¡tan pobre y tan cuidada! He notado que las arrugas de su hermoso rostro se han suavizado en el estudio y que sus pies y sus manos brillan. Ahora me está mirando Lola, me mira Minerva. La veo y descubro que tiene una aureola de color verde lunar y que también lleva una corona, lo que indica que ha ganado un lugar en el cielo y la gloria infortunada de una reina en esta tierra. ¿Quién más infortunada que una reina marginada? ¿Quién más infortunada que María Antonieta? Y ¿quién más traicionada que la diosa Minerva? ¡Su existencia es ilegal! Nadie le dará documentos de identificación, ni trabajo, ni trato de persona. Los descalzonados que tomaron tu nombre, Minerva, inventaron la ilegalidad de tu persona. También te encerraron como una antigualla en las vitrinas ¡y de allí no saldrás jamás! Al menos eso opinan «las cabezas bien pensantes».

  —Lola, la Libertad exige que no tengas libertad. Lo sabes porque conoces los tres tiempos que forman un solo tiempo. Me recuerdas también a Cleopatra, ¡otra infortunada! También tú la recuerdas y eso te sostiene y no reniegas de tus ojos y por ello cada vez que te descubren te dan una paliza ¡y nos echan! No podemos ir a la comisaría, aunque es el tiempo de los comisarios, porque tú, Lola, no existes. Así lo decretaron «las cabezas bien pensantes» que vigilan con celo la libertad de los pueblos. Además las aureolas y las coronas han sido decretadas enemigas públicas de los Derechos del Hombre. La dificultad reside en que para gozar de los Derechos hay que ser Hombre. Y ser Hombre es algo así como ser diputado por lo menos y como no eres diputado, Lola, no tienes ningún derecho.

  En cambio los demás gozan del legítimo derecho de insultarte, patearte, echarte a la calle o llevarte a cualquier comisaría. «Las cabezas bien pensantes» han legalizado el insulto, las patizas y las comisarías para las Minervas. ¡Así es la vida, Lola, incomprensible! Sobre todo si recuerdas cuántas leyes y cuánta justicia se ha inventado en tu nombre, ¡Minerva!. Pero la vida no se parece a la vida de la que hablan «las cabezas bien pensantes», una vida ¡Justa y Justiciera! Por eso «las cabezas bien pensantes» gozan de todos los Derechos del Hombre y tienen muchísimo más poder que todas las cámaras de diputados juntas. ¡Son la Quinta Columna del Poder! Así lo anuncian en los kioscos de los diarios. Tu vida misma, Lola, es un delito.

  «Lo que no existe en el Juicio no existe en ninguna parte», reza algún código y como tú no existes, Lola, en ese juicio, pues no existes, aunque el juicio exista. Te confieso, Lola, que ignoro cuál es el juicio. Pero ¿cómo escapar al juicio omnipotente de «las cabezas bien pensantes»? Lo ignoro, Lola… ¿y si hubieras escapado ya por esa rendija verde que atraviesa a la noche y te hubieras alejado para siempre de este juicio, para llegar al otro juicio que no es popular y al que nadie solicita? Es el juicio de los marginados…

  ¡Lola!, me parece que ahora me miras desde un rincón flotante envuelto en vapores luminosos. Te veo con claridad, tienes dos alas verdes de mariposa y estás sentada a los pies de una Virgen. ¡Es la de los Dolores, tu patrona! Eso de Lola confunde. Tu aureola brilla como un sol lunar y en tu corona relampaguean todas las hojas tiernas de los jardines por los que no corriste. Te veo radiante. Para ti, para nosotros, terminaron «las cabezas bien pensantes» justas y justicieras, así como sus muy famosos Derechos del Hombre. Para nosotros ya no corre la tinta, ese líquido inventado para dibujar mariposas, vuelos de cigüeñas y ojos de gacelas. Sin embargo, «las cabezas bien pensantes» la convirtieron en «tinta funcional» y un día pidieron por escrito el Decreto de Muerte para las mariposas. En seguida se organizaron los pelotones de fusilamiento y las mariposas fueron llevadas al amanecer a los paredones de ejecución o a las tapias de los cementerios municipales para ser fusiladas, no sin antes haber cavado sus propias fosas. Así, castigaron a esas ladronas de polen que arruinaban la economía del Estado.

  Un poco más tarde notaron que los ojos de las gacelas eran prejuicios populares, por aquello «del Mal de Ojo». Y pidieron un decreto para su exterminio. Se prepararon los rifles Winchester. «¡Apuntar a los ojos!», escribieron «las cabezas bien pensantes», y los tiradores apuntaron. En seguida se organizó un Congreso Internacional para hacer el recuento del éxito obtenido en la operación para cegar a las gacelas y el prejuicio «del Mal de Ojo» quedó extirpado en el mundo occidental.

  «Las cabezas bien pensantes», siempre alertas, se preocuparon con las cigüeñas. ¿Cómo es posible que esos bichos de patas y pico largo pretendan traer a los niños envueltos en un pañal? «Las cigüeñas son las enemigas del Coito». «Hay que salvar al pene. El hombre occidental está frustrado desde su más tierna infancia», gritaron. Surgió entonces la controversia entre el clítoris y el pene, pero ambos contrincantes exigieron el Decreto de Muerte a las cigüeñas. ¿Acaso no hacen caca y estropean los campanarios y las cornisas propiedad del Estado? ¡Las muy ladronas, engañan a los niños y no pagan alquiler! Equipos de expertos efectuaron las redadas de las cigüeñas con gran éxito y los fusilamientos en masa se llevaron a cabo en secreto, para no alarmar a los niños engañados por esas embusteras, que durante tantos años gozaron de una publicidad inmerecida. «Los Medios de Comunicación han estado en manos equivocadas», dijeron «las cabezas bien pensantes» y, para desmitificar a las cigüeñas, pidieron el derribo de los campanarios y de las cornisas. Ahora, Lola, las fachadas planas de los edificios impedirán el regreso de esas aves embusteras, que tantos daños provocaron en los niños.

  El mundo es muy hermoso, Lola. Lo recuerdo, lo recordamos todos ahora que hemos escapado a sus Decretos. Desde aquí arriba, Lola, contemplamos sus brillantes lagunas, sus bosques, quedan pocos que se hayan escapado al incendio, sus mares espumosos, sus volcanes festivos que regalan increíbles fuegos de artificio y sus pocos ríos que todavía no han logrado ser «apresados». Tú, radiante Lola, nunca más andarás avergonzada por tu viejo gabán, con tus ojos de Minerva bajos, ante las miradas de sospecha de los otros. Ya nunca padecerás el miedo. Estás libre de los golpes y de las comisarías. Has dejado de ser «Lola la Indeseable» para convertirte en Lola la Deseada, Minerva resplandeciente y María Antonieta la Muy Amada Reina…

  Andábamos huyendo, Lola, de la tinta funcional, entre otras cosas. ¿Lo recuerdas, Lola? Abajo, los kioscos continúan abiertos a pesar de ser las once de la noche. Aquí no hay hora ni hay relojes. Tampoco existen los Decretos ni las guillotinas de las imprentas. Dormiremos sobre las nubes que forman inesperados jardines. Petrouchka juega con las llaves de san Pedro y no permitirá jamás que entre una «cabeza bien pensante». ¡Los pillastres son muy inteligentes! Petrouchka se revuelca alegre y grita, después de tantos años de silencio… ese silencio, Lola, que sólo conocen las Minervas, las Reinas y las Personas Marginadas. Abajo quedaron los venteros leyendo los Decretos y la Justicia Multinacional. También quedaron los multinacionales que gozan de documentos y de pasaportes múltiples, tan respetados por «las cabezas bien pensantes». ¿Recuerdas a los multinacionales? Acostumbraban ocupar las mesas de los bares y los restoranes elegantes. Iban vestidos de mendigos, ¡qué digo!, de dandys modernos. Llevaban los bolsillos repletos de billetes y de documentos de identidad, ¡todos legales! Los multinacionales son todopoderosos y ante ellos se inclinan «las cabezas bien pensantes», los venteros y las Maritornes. Lucía les tenía miedo, escapaba nerviosa cuando pasábamos cerca de ellos. Y los multinacionales bebían su café o su whisky y nos sonreían con amabilidad.

  —¡Qué mala suerte, nos han saludado! Prepárate para alguna desdicha —acostumbraba decir Lucía. Y nos mudábamos de hostal para que perdieran nuestras huellas. Todavía ahora escucho su voz aterrada. Es malo ser tan cobarde como Petrouchka. ¿Cuándo perderán ese miedo? Escúchala, Lola.

  —¡Calla, mamá! No hables y trata de que también calle Petrouchka. Acaba de llegar al estudio vecino una «cabeza bien pensante». Escuché cuando descolgó el teléfono para quejarse en la Administración. Dice que hacemos mucho ruido, que violamos los Derechos del Hombre, que él es un Hombre que piensa…

  —¡Apaga la luz, Lucía! ¡Apágala! Si suben nos haremos los dormidos.

  Petrouchka ha huido a encerrarse en el armario. Ya no saldrá de allí en toda la noche. Y Lola, la desdichada Lola, huyó al baño. En su huida dejó caer un vaso y el ruido fue, como gritó «la cabeza bien pensante», como una bomba atómica. «La cabeza» va a llamar a la policía, siempre lo hacen estas «cabezas», me parece que necesita protección, por aquello de las radiaciones…

  —Lola, Lola, has producido una explosión… ¡Y andamos huyendo, Lola!

  Claro que no sabemos de quién huimos, Lola, ni por qué huimos, pero en este tiempo de los Derechos del Hombre y de los Decretos es necesario huir y huir sin tregua, Lola, lo sabes…

  Sobre las duelas brilla tu corona verde; la recogeré temprano, antes de salir a buscar un hostal. Las «cabezas bien pensantes» no suelen hospedarse en los lugares regenteados por sus admiradores…


César Aira - El puro Tao

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César Aira - El puro Tao


Como es posible que la gente no haya captado la belleza del puro Tao de la inacción, yo iré corriendo como un loco hacia ellos, con la cucharita entre el índice y el pulgar, bien alta.

Como es posible que todavía haya gente que no perciba la grandeza del puro Tao de la contemplación, iré a su alcance corriendo con la bisagra de mi ventana en la mano.

Como es posible que alguien se aleje en un colectivo sin haber visto el puro Tao de la sabiduría, yo correré atrás durante kilómetros blandiendo en la mano, para que pueda verlo por la ventanilla, el destornillador.

En Diario de la hepatitis

12 nov. 2019

Léon Bloy - La casa del diablo

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Léon Bloy - La casa del diablo


A mi hermano Oluf Molbech

Ni Edgar Poe hubiera sido capaz de imaginar una casa más siniestra. Los lugareños nunca la frecuentaban por gusto, ni siquiera a plena luz del día, y se consideraba una audacia pasar por la noche frente al desvío por donde arrancaba, en la carretera general, el sendero de tinieblas que conducía a ella.

Era una antigua convalecencia monástica, construida en tiempos en la parte más silenciosa del bosque por los premonstratenses o por los cistercienses, cuya abadía había desaparecido hacía siglos.
Dicho lugar, respetado por la industria maderera durante generaciones, había llegado a ser tan sombrío como solitario y la antigua enfermería de los olvidados monjes no era más que una ruina maléfica, un tabernáculo de hongos, escolopendras y negros escalofríos.

  Solo dos mujeres vivían allí. Una vieja de aspecto más que extraño que nunca abandonaba el lugar y una suerte de hija, quiescente como los verbos hebreos, con la que resultaba imposible cruzar más de dos palabras, y que era despedida sin pérdida de tiempo cuando venía a comprar sus vituallas en el pueblo.

  La impresión no era, hablando con propiedad, fantástica, pero una tristeza opresiva, inmensa, inexplicable, caía como cae la lluvia en las pesadillas y calaba hasta los huesos incluso de los vecinos más desenfadadamente irreligiosos, cuando se aproximaban a la maléfica morada.

  Por lo demás, no había ningún motivo para realizar tamaña proeza. Las reclusas no esperaban ni recibían a nadie, malviviendo con no se sabe qué migajas de una antigua fortuna de la que, cada tres meses, rendía cuentas el notario, sin que este mísero tesoro hubiera jamás excitado la concupiscencia de ningún pillastre de la comarca.

  El ánimo de los más intrépidos desfallecía antes siquiera de llegar al umbral, defendido tan solo por un perro diminuto que ladraba como un grillo, por un antiguo y amplio pozo negro a ras de suelo, cuya enigmática profundidad pasaba por legendaria y, en fin, por una nube de mosquitos ocupados de ordinario en devorar a una cabra sonámbula que se desangraba cada vez que trataba de emitir un balido…

  Junto a lo anterior, unos árboles antiquísimos bajo los que había que caminar un cuarto de hora, los cuales agudizaban hasta tal punto la lúgubre fisonomía del lugar, que, inmediatamente, uno sentía tal agobio que perdía todo deseo de oír a ese perro, de ver esa cabra exangüe y de soportar esos nocivos mosquitos que la proximidad de un pantano no hacía sino fomentar.

  Sin embargo, no podía decirse que la Domerie —tal era el secular nombre de esta alquería— hubiera sido el teatro de uno de esos crímenes que dejan una capa de espanto sobre las paredes y que llenan de larvas y de fantasmas el ambiente.

  Todo el mundo conocía la historia —escasamente trágica— del anterior dueño, hoy difunto, del “inmueble y de sus dependencias”, según la expresión del notario. Nadie ignoraba tampoco que los actuales ocupantes, inocentes de cualquier crimen abominable, eran una viuda y su hija adoptiva.

Ocurría tan solo que ese difunto había sido un hombre tan horrible para la comarca que ni aun su muerte disipó los temores, legando a sus herederos el miedo que siempre lo rodeó.

  Miedo poco justificado, pues este personaje, por más extraño que fuera, no había sido nunca ni peligroso ni dañino. Era incluso un hombre dulce, incapaz de querellas y dispuesto siempre a resignar sus derechos, del que se había abusado no poco.

  Pero paseaba por la campiña una tan feroz melancolía y una pintura tan terrible, que espantaba hasta a los animales.

  Pintaba, en efecto, como un tigre, de la mañana a la noche, con una porfía increíble. Su caballete parecía estar en todas partes al mismo tiempo. Los rebaños, los árboles, las flores, las señales del cielo, las impresiones de todo tipo se multiplicaban en los bravíos lienzos que devoraba instantáneamente su pincel. Pertenecía a la extendida escuela de los Fracasados y Requetefracasados del Arte, que galopan, hasta su muerte eterna, en los círculos de las imitaciones y los pastiches. Hubiera podido ser proclamado su jefe.

  Este pobre diablo, apellidado Poussin, y para más inri Nicolás Poussin, por una terrible ironía del destino, era un fracasado consciente, sedicioso e invencible. Era fracasado como se es cornudo, sin resignación. Condenado a exasperarse en su impotencia terminó siendo muy pronto una suerte de prodigio. Alumno, en su día, poco aventajado de un ilustre zopenco, el exceso trivial de sus producciones oleosas excedía la imaginación más calenturienta.

  Amable siempre para con los demás, pero inexorable consigo mismo, se impuso la realización de diez mil obras, reflejando en veinte años, los “tres reinos” terrenos, a los que no dio respiro. Los campesinos se lo encontraban a todas horas en los caminos, en la orilla de los bancales, en medio del bosque.

  Impaciente por humillar a los Millet, a los Théodore Rousseau, a los Corot, a los Díaz y a toda la secuela romántica cuyos solos nombres le parecían indecentes blasfemias, exterminó el color, proscribió la línea, colmó de ignominia las siluetas, desmanteló los planos y los segundos planos, echó los perros a la perspectiva, acosó a las sombras y a la luz. Murió completamente loco habiendo dilapidado casi por entero su modesto patrimonio en la compra de cuadros y en el envío de sus innumerables lienzos a todas las exposiciones de Europa.

La auténtica locura parece ser que es la que excita más intensamente la imaginación popular, bien en el sentido de la inquietud o del terror. Un instinto infalible advierte a esas almas pueriles de la decepción divina, implícita en el naufragio de una Inteligencia, y la enormidad de semejante desastre es sentida profundamente por los seres sencillos, hecho que no puede anular la necia ciencia de las demostraciones. Prueba sobrenatural o castigo severo por no importa qué crimen, esta incomparable miseria los sume en la inquietud, cobrando pánico al contagio. Solo así puede explicarse el extraño terror, el supersticioso alejamiento de una población —todavía piadosa— de los confines de este funesto bosque de Maine en el que Carlos VI se volvió loco.

  En los últimos tiempos bastaba con que el inofensivo Poussin se presentara para que todo el mundo pusiera pies en polvorosa y, tras su entierro, desprovisto de pompa, en el grato cementerio, los dos seres (destruidos en sus tres cuartas partes) a los que su prolongada demencia había hecho estallar el corazón, cargaron sobre sí con total naturalidad esta especie de reprobación, hasta llegar a creer que su casa estaba emponzoñada por este abominable mal que había debido traspasar sus vetustos sillares.

  He aquí ahora —así, al menos, me lo contaron los campesinos— el suceso terriblemente simple que ocurrió en este lugar.

  Tres ulanos, con la indudable misión de inspeccionar este paraje del bosque, llegaron una noche de los últimos días de enero hasta la puerta de la Domerie.

  Uno de ellos estuvo a punto de caer con su caballería en el extraño pozo sin brocal abierto a escasos pasos del umbral; los militarotes, hasta ese momento impermeables al influjo del lugar, se tornaron sombríos y mirando a su alrededor con inquietud, se consultaron entre sí.

  Finalmente, el más intrépido, encogiéndose de hombros, se apeó y armado con su revólver llamó violentamente a patada limpia. Casi inmediatamente, apareció la anciana, orlada de negro, iluminada vagamente por el crepúsculo. En ese mismo instante, el chucho se puso a ladrar con su voz de insecto. El recién llegado, nervioso ya, bastante más de lo que conviene al pundonor de un soldado, lo despidió de un puntapié, rodando el despanzurrado animal a lo largo del muro.

  La anciana, impasible, se dirigió a recoger, entre aullidos, al pobre perro e introdujo a los forasteros, valiéndose de la luz de la vela que llevaba su acompañante. Nada había replicado a los insolentes apóstrofes en un francés execrable, apenas inteligible; se limitaba tan solo a mirarlos como se mira al ganado, clavando sus apagados ojos que parecían haber vertido las lágrimas de un mundo entero.

  Con el auxilio de su hija, tan impenetrable o más que ella misma, les daba en silencio comida y bebida sin que los interrogatorios ni las injurias tuvieran fuerza suficiente para sacarle ni media palabra.

  Jamás conocieron el tono de su voz.

  La sala del festín, mucho más amplia de lo que podía hacer pensar la apariencia exterior de la casa, estaba decorada, del techo al suelo y en todas sus paredes, de un número infinito de horrorosos cuadros de reducidas dimensiones en los que se ultrajaba a la naturaleza de un modo que solo podía calificarse por el demonio que los inspiró.

  En el centro de esos horrores se mostraba un horror más intenso, más glacial, más fúnebre que todos los demás. Era el único cuadro del difunto pintor en el que la trivialidad abominable de su condenación hubiera logrado contrabalancearse con el carácter concreto y particular de su demencia.

  Bajo la amarilla luz de una lámpara enorme, dos mujeres horribles se miraban llorando… Nada más. Pero el vigor obsesivo de esta corteza satánica habría descorazonado al mismísimo Dante.

  La brutal seguridad de los militares se debilitó… Sin darse acaso cuenta, sus voces se fueron atenuando progresivamente, atenuando hasta convertirse en un murmullo, en un susurro apenas audible, en algo por debajo del mismo silencio.

  De pronto, uno de ellos se puso en pie:

  —¡Camaradas, gritó en su infame lengua prusiana, salgamos al campo, esta es la casa del diablo…!

  Se oyó entonces un estrépito propio de la desbandada; la puerta, arrancada con violencia, fue abierta y los tres hombres dementes, temblorosos, a voz en grito, sollozantes, ahogados y presos de espanto, se precipitaron hacia adelante…

  Tras la muerte de la Poussin más joven, que ocurrió diez años más tarde, al declararse el abintestato, el ingeniero de Obras Públicas hizo dragar el extraordinario pozo que andaba en boca de toda la comarca.

  Hallazgo: los huesos y la impedimenta en descomposición de SESENTA Y DOS soldados alemanes.

En Cuentos feroces

Amanda Berenguer - El vidrio negro

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Amanda Berenguer - El vidrio negro


el cono de la lámpara me pone a foco
más cerca
más nítida
me veo y me ven

la imagen con fantasma ajustará sus círculos
y no sé si cubrirla ya con un paño de lágrimas


el recuadro de una silla enmarca la lluvia
sobre el vidrio negro
el árbol en lo oscuro
inclina del otro lado sobre mi hombro
su brillo cubierto de hilos
—la ventana es un ojo
un dragón de tinta—
esa torcaza colgada a mis espaldas
proyecta una espiral amarilla
y mostacillas de fósforo le queman las alas
—se repite—
el vidrio negro nos envuelve malignamente:
la ventana es una célula encapuchada
una mirada fotográfica
un revólver

el cono de la lámpara me pone a foco

está sentada vestida de rojo escribiendo
mira de vez en cuando la ventana
la lluvia sobre el vidrio negro
le apuntan:
es un blanco perfecto

Katherine Anne Porter - El mártir

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Katherine Anne Porter - El mártir


Rubén, el pintor más ilustre de México, estaba profundamente enamorado de su modelo Isabel, unida a su vez sentimentalmente a un artista rival cuyo nombre no tiene importancia.

    Isabel solía llamar a Rubén su pequeño Churro, que es una especie de pastelillo dulce y, además, un nombre popular entre los mexicanos para los cachorros. Rubén lo consideraba un nombre delicioso y solía comentar a sus visitas en el estudio: «Y ahora me llama Churro. ¡Ja, ja!». Cuando reía, temblaba dentro del chaleco, porque estaba engordando.

    Entonces Isabel, que era alta y delgada, con largos y afilados dedos, desgarraba con las manos un ramillete de flores que Rubén le había llevado y esparcía sus pétalos o gritaba «¡Yah! ¡Yah!» con tono burlón y le hundía un poco la punta de la nariz con pintura. También la habían visto tirándole del pelo y de las orejas sin piedad.

    La gente bien pensante recorría en peregrinación la estrecha y empedrada calle, evitaba cuidadosamente los charcos del patio y subía con estrépito las inseguras escaleras para echar una ojeada a tan grande, aunque sencillo personaje. Entonces ella exclamaba: «¡Aquí vienen las bonitas ovejitas!». Le divertía la mirada asombrada de los visitantes ante su osadía.

    Solía aburrirse, porque a veces tenía que pasar el día entero de pie, trenzándose y destrenzándose el pelo mientras Rubén hacía bocetos y olvidaban comer hasta tarde, pero no había lugar al que ella pudiera ir hasta que su amante, el rival de Rubén, vendiera un cuadro, pues todo el mundo declaraba que Rubén mataría sin vacilar al hombre que siquiera intentara quitarle a Isabel. Así que Isabel se quedó, Rubén pintó dieciocho dibujos diferentes de ella para su mural y ella cocinó para él de vez en cuando, a veces con él, y sacaba su larga y roja lengua a los visitantes que no le gustaban. Rubén la adoraba.

    Precisamente estaba empezando el dibujo número diecinueve de Isabel cuando su rival vendió un cuadro muy grande a un hombre rico cuyo decorador le había dicho que necesitaba un panel verde y naranja en una determinada pared de su nueva casa. Por una feliz coincidencia, aquel cuadro era prodigiosamente verde y naranja. El hombre rico le pagó un precio altísimo, pero lo hizo muy contento, explicaba, porque le hubiese costado seis veces más cubrir ese espacio con tapices. El rival también se alegró, aunque omitió explicar por qué. Al día siguiente Isabel y él se marcharon a Costa Rica, y ese es el final de su historia por lo que a nosotros respecta.

    Rubén leyó la nota de despedida:

    

    ¡Pobrecito Churro! Es una pena que tu vida sea tan aburrida, y yo ya no pueda aguantarla. Me voy con alguien que nunca me permitirá cocinar para él, pero hará un mural con cincuenta figuras mías, no sólo veinte. También tendré zapatillas rojas y una vida alegre a más no poder.

    Tu vieja amiga,

    ISABEL

    

    Cuando Rubén la leyó, sintió que se ahogaba. Le faltaba el aliento y agitaba muchísimo los brazos. Luego se bebió toda una botella de tequila, sin limón ni sal para suavizarla, se echó en el suelo con la cabeza en una paleta de pintura recién mezclada y lloró con vehemencia.

    Después fue por completo otro hombre. No podía hablar de nada que no fuese Isabel, su rostro angélico, sus bonitas travesuras y costumbres: «Solía pintarme los tobillos de negro y azul», decía con cariño, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Comía sin parar pastelillos crujientes de una bolsa próxima a su caballete. «¿Veis? —decía, mostrando uno antes de darle un mordisco—. Me llamaba Churro, como esto.»

    Sus amigos, encantados cuando vieron que Isabel se había ido, decían entre ellos que había tenido suerte al perder de vista a aquel demonio enjuto. Se dedicaron a ayudarle a olvidar, pero Rubén no se apartaba de lo suyo. «No hay otra mujer como ella —decía, negando con la cabeza tercamente—. Cuando se fue, se llevó mi vida. No tengo ánimos ni siquiera para vengarme.» Y añadía: «Yo os digo que Isabel, mi pobre angelito, es una asesina, porque me ha roto el corazón».

    A veces erraba ansiosamente por el estudio, dando puntapiés con sus zapatillas de fieltro a las pilas de dibujos que se amontonaban juntando polvo, o molía colores durante unos minutos, diciendo con voz dolorida: «Hubo un tiempo en que ella hacía todo esto para mí. ¡Imaginad su bondad!». Pero siempre regresaba a la ventana, sin dejar de comer dulces y frutas y tortas de almendra de la bolsa. Cuando sus amigos le llevaban a cenar, se sentaba tranquilamente y comía enormes platos de toda clase de comida, tragándoselos con vino dulce. Después se echaba a llorar y hablaba de Isabel.

    Sus amigos coincidieron en que se estaba poniendo bastante pesado. Isabel se había ido hacía casi seis meses y Rubén se negaba a tocar siquiera su decimonovena imagen, mucho más a iniciar la vigésima, así que el mural no iba a ninguna parte.

    —Mira, mi querido amigo —le dijo Ramón, que dibujaba caricaturas y cabezas de muchachas guapas para las revistas—, hasta yo, que no soy un gran artista, sé que las mujeres pueden echar a perder el trabajo de un hombre. Déjame decirte que, cuando Trinidad me abandonó, no serví para nada en una semana. No hacía nada a derechas, no era capaz de distinguir un color de otro y perdí por completo el dominio del matiz. Aquella tramposa sinvergüenza estuvo a punto de arruinarme, pero tú, amigo, anímate, y termina tu gran mural para el mundo, para el futuro, y recuerda a Isabel sólo para agradecer a Dios que se haya ido.

    Masticando almendras garrapiñadas, Rubén negó con la cabeza al hundirse en su sofá y gritó:

    —El dolor que me oprime el corazón me matará. No hay otra mujer como ella.

    De pronto, el cuello de la camisa se negó a cerrarse bajo su barbilla. Se aflojó tres agujeros el cinturón, y explicó:

    —Me quedo quieto, no puedo moverme más. Mi energía se ha ido en penas.

    Las capas de grasa se acumulaban insidiosamente sobre él, se deformó hasta convertirse en un desconocido hasta para sí mismo. Ramón, mostrando su nueva caricatura de Rubén a sus amigos, declaró: «Podría haberlo dibujado igual con un compás, lo juro. Los botones saltan de su camisa. Es decididamente peligroso».

    Pese a todo, Rubén se quedaba allí, comiendo caprichosamente en soledad y, a partir de su tercera botella de vino dulce, llorando por Isabel noche tras noche.

    Sus amigos discutieron el problema y concluyeron que la situación era cada vez más grave; había llegado el momento de que alguien le dijera cuál era la verdadera causa de su dolor. Pero cada uno deseaba que fuese otro el elegido para ello. Y se hizo evidente que no había nadie en el grupo, quizá en todo México, lo bastante impertinente para decírselo. Decidieron trasladar la responsabilidad a un médico de la escuela universitaria. En la cabeza de una persona así debía de combinarse una sensibilidad considerablemente refinada con el más alto grado de conocimiento técnico. Era una forma de actuar diplomática, prudente y delicada. Y así se hizo.

    El médico encontró a Rubén sentado ante su caballete, frente a la decimonovena figura de Isabel a medio terminar. Lloraba y, entre sollozos, comía cucharadas de suave queso de Toluca con mangos picantes. Rebasaba por todas partes su taburete de pintor, como un montón de masa sobada. Fue él quien le habló al médico sobre Isabel.

    —Le digo sinceramente, amigo mío, que ni siquiera yo pude reproducir en pintura las líneas bellas de su muslo y su empeine. Y, además, era un ángel de bondad.

    Después dijo que el dolor de su corazón le llevaría a la muerte. El médico se sintió profundamente afectado. Durante largo rato le ofreció consuelo sin atreverse a prescribir curas materiales a un hombre de tan fina sensibilidad.

    —Sólo tengo burdos y vulgares remedios —con un gracioso gesto pareció ofrecerlos entre pulgar e índice—, pero son todo lo que el mundo de la carne posee para contribuir a la curación del espíritu herido.

    Los nombró uno tras otro. Era una lista detallada, pero no espectacular: dieta, aire puro, largos paseos, ejercicio enérgico y frecuente, preferiblemente en barra, duchas heladas, casi nada de vino.

    Rubén parecía no oírle. Su continuo y ausente murmullo fluía cálido a través de los solemnes y redondeados párrafos del médico: «Los dolores son casi insoportables durante la noche, cuando yazgo en mi cama solitaria, contemplo los cielos vacíos por mi estrecha ventana y me digo: “Pronto mi tumba será más estrecha que esa ventana y más oscura que ese firmamento”, y mi corazón da un vuelco. ¡Ah, Isabelita, mi verdugo!».

    El médico se retiró de puntillas, respetuosamente, y le dejó allí sentado, comiendo queso y contemplando con ojos húmedos la decimonovena figura de Isabel.

    En su compañía, sus amigos se aburrían desesperadamente y le dejaron cada vez más solo. Nadie lo vio durante algunas semanas, salvo el propietario de un pequeño café llamado Los Monitos, donde Rubén solía cenar con Isabel y donde ahora iba solo a comer.

    Allí, una noche, repentinamente, Rubén se llevó las manos al corazón con violencia, se levantó de la silla y volcó el plato de tamales y salsa picante que había estado comiendo. El propietario del café corrió hacia él. Rubén susurró algo a toda prisa, hizo un gesto bastante espectacular con un brazo sobre la cabeza y, para decirlo con toda la delicadeza posible, murió.

    Sus amigos corrieron al día siguiente a ver al propietario del café, quien les ofreció una versión muy dramática del lamentable episodio. Ramón todavía seguía reuniendo material para una biografía íntima del más eminente pintor de su país, que sería ilustrada con muchas caricaturas suyas. Ya estaba compuesta la dedicatoria a su «Amigo y maestro, inspirado e incomparable genio del arte del continente americano».

    —Pero ¿qué te dijo —insistió Ramón— en el asombroso momento final? Es muy importante. Las últimas palabras de un gran artista tienen que ser muy elocuentes. ¡Repítelas con precisión, mi querido amigo! Dará mayor esplendor a la biografía, más aún, a la misma historia del arte, si son elocuentes.

    El propietario asintió con el aire de un hombre que lo comprende todo.

    —Lo sé, lo sé. Bien, quizá no me creas cuando te diga que sus ultimísimas palabras fueron un mensaje verdaderamente sublime para vosotros, sus buenos y fieles amigos, y para el mundo. Dijo, caballeros: «Diles que soy un mártir del amor. Perezco por una causa que bien vale el sacrificio. ¡Muero por mi corazón roto!», y luego dijo: «¡Isabelita, mi verdugo!». Eso fue todo —finalizó el propietario, sencillo y respetuoso, bajando la cabeza.

    Todos bajaron la cabeza.

    —Fue verdaderamente magnífico —dijo Ramón, tras el adecuado intervalo de duelo silencioso—. Te lo agradezco. Es un soberbio epitafio. Estoy muy agradecido.

    —También era sumamente aficionado a mis tamales y mi salsa picante —añadió el propietario en tono modesto—. Fueron su último placer.

    —Eso será mencionado cuando sea pertinente, no temas, amigo mío —dijo Ramón con la voz rota de generosa emoción—, y el nombre de tu café también. Cuando esta historia sea conocida se convertirá en un santuario para los artistas. Confía del todo en que preservaré para el futuro hasta los menores detalles de la vida y el carácter de ese gran genio. Cada episodio tiene sus propios detalles sagrados, su precioso y peculiar interés. Sí, en efecto, mencionaré los tamales.

    1923

11 nov. 2019

Franz Kafka - Punto de Arquímedes

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Franz Kafka - Punto de Arquímedes


Él ha encontrado el punto de Arquímedes, pero lo ha utilizado contra sí mismo, es evidente que sólo con esa condición le ha sido permitido encontrarlo.

Diarios

Georg Christoph Lichtenberg - Borradores

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Georg Christoph Lichtenberg - Borradores


Hay que recomendar con insistencia el método de los borradores; no dejar de escribir ningún giro, ninguna expresión. La riqueza también se obtiene juntando verdades de a centavo.

10 nov. 2019

Stig Dagerman - Matar a un niño

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Stig Dagerman - Matar a un niño


Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo, abrochándose la blusa. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día, en el tercer pueblo, un hombre feliz matará a un niño. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy darán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado del surtidor rojo de gasolina, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira por el visor de una máquina de fotos y ve un pequeño coche azul y, a su lado, a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de gasolina ajusta la tapa del depósito y les asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el coche y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, la muchacha, en el asiento delantero, oye lo que él dice; cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el automóvil se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y goza del brillo y del olor a gasolina y a ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el coche y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Pero, al mismo tiempo que en el primer pueblo el hombre cierra la puerta izquierda del coche y tira del botón de arranque, en el tercer pueblo la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que se ha abrochado la camisa y que se ha atado los cordones de los zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre la hierba. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la leche y las moscas. Sólo falta el azúcar, y la madre ordena a su hijo que corra a casa de los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, el padre le grita que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán hasta tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan ocho minutos de vida y que el bote permanecerá allí en donde está, todo el día y muchos otros días. No está lejos la casa de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño coche azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en la cocina con las tazas de café levantadas y observan al coche venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla el verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El coche se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los suaves botes del coche, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar con el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?

Después, todo es demasiado tarde. Después, hay un coche azul cruzado en el camino, y una mujer que grita, retira la mano de la boca y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beberse el café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.

Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e, igualmente, cura muy mal la congoja del hombre feliz, que lo mató..

Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue culpa suya. Pero sabe que esto es mentira, y en los sueños de muchas noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para “hacer este solo minuto diferente”.

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

8 nov. 2019

Cesare Pavese - Estado de vaguedad

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Cesare Pavese - Estado de vaguedad


28 de enero

  Dura el estado de vaguedad, de búsqueda insegura. Se vuelve a plantear el problema ya tratado con frecuencia: no vives la vida porque buscas el nuevo tema, pasas como en un trance por los días y por las cosas. Cuando hayas vuelto a escribid pensarás sólo en escribir. En fin, ¿cuándo vives? ¿Cuándo tocas fondo? Siempre andas distraído por tu trabajo. Vas a morirte sin haberte dado cuenta.

  He aquí por qué la infancia y la juventud son el vivero perenne: entonces no tenías un trabajo y veías la vida desinteresadamente.

  Eficacia del amor, del dolor, de las peripecias: se interrumpe el trabajo, se vuelve a la adolescencia, se descubre la vida.

  ¿Por qué el escritor no debe vivir de su trabajo de escritor? Porque entonces tendría que suministrar la mercancía que le encargasen. Ya no es libre ante sí mismo. En cualquier momento, el escritor debe poder decir: no, esto no lo escribo. Es decir, tener otro oficio.

  ¿Qué más arriesgado que mantener una familia con las propias novelas, o en general con la pluma?

1949

En El oficio de vivir

Ricardo Piglia - Un cadáver sobre la ciudad

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Ricardo Piglia - Un cadáver sobre la ciudad


Una tarde Juan C. Martini Real me mostró una serie de fotos del velorio de Roberto Arlt. La más impresionante era una toma del féretro colgado en el aire con sogas y suspendido sobre la ciudad. Habían armado el ataúd en su pieza, pero tuvieron que sacarlo por la ventana con aparejos y poleas porque Arlt era demasiado grande para pasar por el pasillo.

Ese féretro suspendido sobre Buenos Aires es una buena imagen del lugar de Arlt en la literatura argentina. Murió a los cuarenta y dos años y siempre será joven y siempre estaremos sacando su cadáver por la ventana. El mayor riesgo que corre hoy su obra es el de la canonización. Hasta ahora su estilo lo ha salvado de ir a parar al museo: es difícil neutralizar esa escritura, se opone frontalmente a la norma de hipercorrección que define el estilo medio de nuestra literatura.

Hay un extraño desvío en el lenguaje de Arlt, una relación de distancia y de extrañeza con la lengua materna, que es siempre la marca de un gran escritor. En este sentido nadie es menos argentino que Arlt (nadie más contrario a la «tradición argentina»): el que escribe es un extranjero, un recién llegado que se orienta con dificultad en el vértigo de una ciudad desconocida. Paradójicamente, la realidad se ha ido acercando cada vez más a la visión «excéntrica» de Roberto Arlt. Su obra puede leerse como una profecía: más que reflejar la realidad, sus libros han terminado por cifrar su forma futura.

  Los relatos de Arlt (y en especial los extraordinarios cuentos africanos, que son uno de los puntos más altos de nuestra literatura) confirman que Arlt buscó siempre la narración en las formas duras del melodrama y en los usos populares de la cultura (los libros de divulgación científica, los manuales de sexología, las interpretaciones esotéricas de la Biblia, los relatos de viajes a países exóticos, las viejas tradiciones narrativas orientales, los casos de la crónica policial). La fascinación del relato pasa por el cine de Hollywood y el periodismo sensacionalista. La cultura de masas se apropia de los acontecimientos y los somete a la lógica del estereotipo y del escándalo. Arlt convierte ese espectáculo en la materia de sus textos. Sus relatos captan el núcleo paranoico del mundo moderno: el impacto de las ficciones públicas, la manipulación de la creencia, la invención de los hechos, la fragmentación del sentido, la lógica del complot.

  Arlt es el más contemporáneo de nuestros escritores. Su cadáver sigue sobre la ciudad. La poleas y las cuerdas que lo sostienen forman parte de las máquinas y de las extrañas invenciones que mueven su ficción hacia el porvenir.

En Formas breves

Mónica Tracey - Un aguaviva varada en la arena...

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Mónica Tracey - Un aguaviva varada en la arena...


UN AGUAVIVA varada en la arena
del amanecer
tocada en el centro en el fondo viscoso
como una flor
como una cruz de iodo y espuma
bella con esa respiración
esa palpitación amenazante
un cerebro
un corazón
con una guarda violeta azul brillante
en el borde alrededor
el mundo ya no sabe en qué forma decir
que todo es locura

no escuchamos
no hay manera.

7 nov. 2019

César Bandin Ron - La intemperie no tiene techo

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César Bandin Ron - La intemperie no tiene techo


La intemperie no tiene techo y las estrellas,
debería admitirlo, son por lo general inalcanzables.
Hace tiempo que vivo al margen. Sin buscarlo,
casi sin darme cuenta, las cosas se descompaginaron
y quedé afuera, protagonista de aquella otra, incierta
vida, que tanto me intrigaba y me atraía.
Están los que viven adentro y los que viven afuera
de las casas. Yo hace tiempo que vivo afuera.
Hoy, desde la calle, miro las ventanas iluminadas
e imagino historias normales de gente normal
y, por un instante, lamento el no ser uno de ellos.
Aunque pronto me imagino otra vez ahí asomado,
fascinado con ese otro que me mira desde afuera.

Joyce Carol Oates - Un beso feroz

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Joyce Carol Oates - Un beso feroz


En secreto, y a pie, se fue al continente. Vivía en una isla de aproximadamente veinte kilómetros cuadrados, con forma de bota como Italia. Entre la isla y el continente había un puente flotante de tres kilómetros de largo. Sus padres le habían prohibido ir al continente: representaba la vida fácil y holgazana; la isla era la vida de la disciplina, la severidad, la voluntad divina. Sus padres habían roto lazos con los parientes que vivían en el continente, quienes a su vez les tenían lástima a los isleños por ser incultos, supersticiosos y empobrecidos.

  En la isla había colonias de gatos salvajes, en gran parte endogámicos, y feroces cuando se los arrinconaba o atrapaba, pero de una belleza incomparable. Una de las colonias se componía, sobre todo, de gatos atigrados de un naranja flamígero y con seis dedos; otra, de gatos negro azabache con ojos ambarinos; otra más, mayoritariamente de gatos blancos de pelo largo y con los ojos de un verde deslumbrante; y la más numerosa estaba formada, sobre todo, por gatos carey con intrincadas manchas en tonos piedra, plata y negro y ojos dorados, que parecían proliferar en una zona pedregosa cerca del puente flotante. En general, los niños de la isla tenían prohibido acercarse a los gatos salvajes o darles de comer; para cualquiera era peligroso aproximarse a los gatos con la intención de acariciarlos, no digamos ya de capturar a uno de ellos y llevárselo a casa; incluso de los gatitos pequeños se sabía que arañaban y mordían como locos. Sin embargo, de camino al continente, cuando se acercaba al puente flotante, no pudo resistirse a arrojarles trocitos de comida a los gatos carey, que lo observaban desde cierta distancia con ojos fijos y hostiles. «¿Gatito?… ¿Gatito?…». ¡Qué animales tan preciosos! Un día, sin pensar, se las había apañado para coger a un gato carey jovencito, poco más que un cachorro, muy flaco, con las costillas muy marcadas y orejas puntiagudas y en alerta, y durante un momento tuvo aquella vida temblorosa entre los dedos como si fuera su propio corazón arrancado del pecho; entonces el gato se retorció, frenético, siseó y arañó y le hundió los dientecitos afilados en el pulpejo del pulgar, y él lo soltó con un grito por lo bajo, «¡Joder!», y se limpió la sangre en la pernera del pantalón y continuó el trayecto a través del puente flotante.

  En el continente la vio: una niña de su misma edad, imaginaba, o quizá algo más pequeña, que caminaba con otros niños. El viento costero estaba envuelto en una cortina de niebla y era húmedo y frío, implacable. En las pestañas se le habían formado gotitas de humedad, como lágrimas. El largo cabello de la niña revoloteaba al viento. Apartaba de él su rostro perfecto, con timidez o con coquetería. Él se había vuelto atrevido, impulsivo; por lo visto, su experiencia con el gato carey no lo había desalentado sino todo lo contrario. Era un niño que fingía ser un hombre allí en el continente, donde se sentía mayor, más seguro de sí mismo. Y ahí nadie sabía su nombre ni el de su familia. Anduvo junto a la niña, apartándola de los demás niños. Le preguntó su nombre: Mariana. Le cogió la mano, una mano pequeña que al principio se resistió. La besó en los labios, con suavidad pero con mucha emoción. Como ella no se apartó, la besó de nuevo, esta vez con más fuerza. La niña se apartó de él como si fuera a echar a correr. Pero él le cogió la mano, el brazo; la retuvo con insistencia y la besó tan fuerte que notó la huella de sus dientes contra los de él. Le pareció que le devolvía el beso, aunque con menos fuerza. La niña se apartó, le cogió la mano y, riéndose, lo mordió en la base del pulgar, en la carne blanda del pulpejo. Atónito, él se quedó mirando cómo brotaba la sangre. La herida era diminuta, y sin embargo… ¡cuánta sangre! Le manchó las perneras de los pantalones. Le salpicó las botas. Retrocedió, y la niña salió corriendo para alcanzar a los demás niños; y él advirtió que todos corrían juntos por la playa ancha y pedregosa y cubierta de restos de las tormentas, entre risas agudas y burlonas, y que ni uno solo de ellos miraba atrás.

  Atenazado de repente por el temor de que el puente se hubiera alejado flotando, volvió hasta él. Pero ahí seguía, azotado por los vientos costeros, y parecía más pequeño y más maltrecho. Era finales de otoño. No conseguía recordar la estación en la que había empezado a hacer eso…; ¿había sido en verano? ¿En primavera? El mar se elevaba en olas airadas y revueltas. La isla era prácticamente invisible tras una cortina de niebla. En las olas, veía los rostros de sus parientes mayores de la isla. Hombres con barba, mujeres que fruncían el entrecejo. El regreso a la isla cruzando el puente bamboleante lo dejó sin aliento. En la orilla, no prestó atención a la colonia de gatos carey que parecía estar esperándolo entre las rocas con sus maullidos burlones y sus maliciosas caras felinas. La herida en el pulpejo del pulgar le dolía; lo avergonzaba aquella herida, las marcas perceptibles de unos dientecitos afilados en la carne. Al cabo de unos días, la herida se amorató, y con un cuchillo de pesca cauterizado en una llama volvió a abrirla para dejar que la sangre fluyera de nuevo, caliente. Se envolvió la base del pulgar con una venda. Explicó que se había hecho daño sin querer con un clavo o un gancho oxidados. Retornó a su vida, que no tardó en arrastrarlo como las olas que llegaban a la playa y rompían entre las rocas. Un día, cuando se quitara el vendaje, vería la diminuta cicatriz dentada en la piel, prácticamente curada. En secreto, besaría esa cicatriz en un vertiginoso arranque de emoción, pero, con el tiempo, dejaría de recordar por qué.

Juan Carlos Onetti - Bichicome

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Juan Carlos Onetti - Bichicome


Ella tendría cinco o seis años cuando empecé a enterarme verdaderamente de su existencia. Hasta entonces era la primera hija de los Torres, una criatura tan bella que parecía hecha con manos de artista, pero no de la manera acostumbrada: Una enanita cargosa que estaba aprendiendo a hablar y oía conversaciones sin entender, ya con una mirada fija en los rostros parlantes de los mayores.

  Claro, mis visitas nocturnas a los Torres con bebidas sin más límite que los rechazos de hígado o estómagos siempre o casi siempre reducidas a temas literarios, conversados casi sin discusiones con la admirable inteligencia de Rodrigo y su infalible intuición poética y algún escritor que transcurría con su pareja, se repitieron durante algunos años. Alicia tejía las horas, infatigable, con colores variados de las lanas.

  Muy pronto llegó la media docena de años para la niña y se produjo y reprodujo en los principios de la madrugada un cambio de ambiente sutil y memorable. Se llamaba Beatriz, le decían Bichi, yo la llamaba —tal vez todavía–— Bichicome. Mal vestido peinador de playas, resignado con la pobre, diaria cosecha.

  Se produjo un cambio. Alicia interrumpía muy de vez en cuando su labor para pronunciar, cabeza inclinada, alguna frase corta y venenosa que encajaba con suavidad y destreza en la charla y que muchas veces era para mí. La sonrisa era de pura diversión; nunca acompañaba la pequeña maldad de las palabras.

  Como te decía, hubo la imposición de un rito. Fue como si una noche, de pronto, hubiera dejado de mojar la cama y todos la miramos con sorpresa, seguros de que solo para ella habían pasado los años, dos o tres, e irrumpiera en nuestra conversación interminable, acaso la misma con que la habíamos aburrido cuando era una niña de paso balbuceante.

  Así, una noche, cuando yo era el único contertulio que seguía hablando de libros y chismes, cuando había quedado solo con sus padres, ella, Bichicome, apareció envuelta en un salto de cama de la madre, adornado en los bordes con marabú teñido de violeta, que arrastró por la alfombra, fingió bostezar y desperezarse, caminó alrededor de la mesa bebiendo todos los restos de bebidas que habían sido olvidados en los vasos. Después se acercó con la boca fruncida y malhumorada, los ojos brillantes por la risa y se acomodó frente a nosotros, en el gran sofá ahora vacío y jugó con los adornos del salto de cama. El cabello muy largo y rubio. Sonrió a nosotros; a los ángeles, a los pequeños diablos, sus amigos. De vez en cuando una pregunta inútil, una curiosidad mentirosa pronunciada con voz de queja, que era innecesario responder.

  Y así, una noche y otra y todas las noches de mis visitas. Era demasiado niña para que yo la mirara con ojos distintos a los del hombre que tiene una hija de casi igual cantidad de años y que vive en otra ciudad y fue enseñada a odiarme. Pero ningún sentimiento de nostalgia me impedía mirar a mi Bichicome y pensar melancólico que cuando ella tuviera quince años yo sería irremediablemente viejo.

  Después, sin avisos visibles, como suelen llegar estas cosas, la Gracia descendió sobre Alicia y se hizo bautizar y confesó y llena de temor, como si la niña estuviera enferma, decidió bautizarla sin espera.

  Bichicome tenía un tío millonario que vivía en un yate y navegaba entonces por aguas de Canadá. Católico como correspondía a un latino con fortuna, aceptó entusiasta la invitación para el padrinazgo y telegrafió la fecha en que, entre viento y motores, podría estar en Monte.

  Pero ya por entonces el corazón de Bichi era mío, obsequiado sin que yo se lo pidiera. Era todo lo que podía darme; pero ya lo había hecho en silencio y nada se había enmendado. Y nadie pudo modificar su veto al padrino de oro. Ni sermones, ni razonamientos, ni tenaces insistencias. Yo sería el padrino o no habría bautizo. No pudo elegir peor.

  Y así llegó la mañana en que atravesando la resaca entré a la iglesia o capilla, soporté el latín del cura, vi como le mojaba a Bichi la frente con óleos sagrados, le ponía sal en la lengua y pasaba con Rodrigo a la sacristía para colocar la manufactura de un ángel. Bichi disfrazada de novia imposible; solamente el Señor podía darle acomodo en su lecho.

  Ya en la calle vi empañarse mis lentes; estaba mezclando a la hija ausente con mi única ahijada. Y recordé que ambas iban a crecer y perder para siempre el paraíso de la infancia.

Novalis - ¿Tiene que volver siempre la mañana?…

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Novalis - ¿Tiene que volver siempre la mañana?…


¿Tiene que volver siempre la mañana?
¿No acabará jamás el poder de la Tierra?
Siniestra agitación devora las alas de la Noche que llega.
¿No va a arder jamás para siempre la víctima secreta del Amor?
Los días de la Luz están contados;
pero fuera del tiempo y del espacio está el imperio de la Noche.
–El Sueño dura eternamente. Sagrado Sueño.–
No escatimes la felicidad
a los que en esta jornada terrena se han consagrado a la Noche.
Solamente los locos te desconocen, y no saben del Sueño,
de esta sombra que tú, compasiva,
en aquel crepúsculo de la verdadera Noche
arrojas sobre nosotros.
Ellos no te sienten en las doradas aguas de las uvas,
en el maravilloso aceite del almendro
y en el pardo jugo de la adormidera.
Ellos no saben que tú eres
la que envuelves los pechos de la tierna muchacha
y conviertes su seno en un cielo,
ellos ni barruntan siquiera
que tú,
viniendo de antiguas historias,
sales a nuestro encuentro abriéndonos el Cielo
y trayendo la llave de las moradas de los bienaventurados,
de los silenciosos mensajeros de infinitos misterios.

En Himnos a la noche

6 nov. 2019

César Aira - Pelopincho y Cachirula

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César Aira - Pelopincho y Cachirula


De chico yo tenía pasión por Pelopincho y Cachirula, una tira cómica cuyo autor firmaba con el seudónimo Fola (un anglo-uruguayo de nombre Geoffrey Foladori). Era lo primero que leía en el Billiken, los dos personajes (casi nunca había otros, era un mundo habitado por ellos dos) me caían inmensamente simpáticos. Pelopincho era un niño cabezón, peinado a la gomina a pesar del nombre, casi siempre vestido con un trajecito formal, con moñito. Cachirula, a la que Pelopincho en confianza llamaba Rulita, o Cachita, era una niña con un enorme moño en el cabello. La relación entre ambos no era explícita, o mejor dicho era distinta en cada tira: podían ser amigos, vecinos, vivir juntos, no conocerse, él podía ser el chofer de ella, ella la vendedora de una tienda y él un cliente... Porque no necesariamente eran niños, en realidad no lo eran casi nunca. Como no había nadie más en el mundo en que vivían, debían desempeñar todos los papeles. Y éstos eran locamente cambiantes. Recuerdo que en una ocasión Cachirula (o más bien Fola) ironizaba sobre estos cambios: aparecía harapienta, con su moño alicaído, y decía; “¡Las vueltas de la vida! Ahora Pelopincho es un magnate, y yo me veo obligada a mendigar para poder comer”. A la semana siguiente ella podía ser una señora burguesa y Pelopincho su jardinero. Eso era lo que más me gustaba. Era una libertad, un espectro de posibles de ser cualquier cosa, por ejemplo ser adultos sin dejar de ser niños, ser bombero, taxista, vendedor de zapatos, artista, comerciante, escolar, y a la vez seguir siendo Pelopincho y Cachirula. Por el lado del autor, se explicaba sin dificultad: tenía un chiste para dos personajes, casi siempre un chiste viejo, alguno de esos clásicos serviciales, y lo ponía en escena con sus dos únicos personajes, reencarnándolos en la situación que conviniera al chiste. Pero ese mecanismo tan somero lo hacía coincidir con los más felices sueños de destino de la infancia.

En Continuación de ideas diversas