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Literatura y artes

18 abr. 2019

Emily Dickinson - El murmullo de una abeja (J155)

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Emily Dickinson - El murmullo de una abeja (J155)


El murmullo de una abeja
Un hechizo -que me puede-
Si alguno me preguntara por qué-
Sería más fácil morir-
Que decirlo-

El rojo sobre la colina
Se lleva mi deseo-
Y si alguno se burla
Que se cuide -porque Dios está acá-
Eso es todo.

El despuntar del día
Eleva mi rango-
Si alguno me pregunta de qué modo-
El Artista -que así me diseñó-
Debería decirlo.


Versión: Isaías Garde



J155

The murmur of a Bee
A Witchcraft - yieldeth me -
If any ask me why -
'Twere easier to die -
Than tell -

The Red upon the Hill
Taketh away my will -
If anybody sneer -
Take care - for God is here -
That's all.

The Breaking of the Day
Addeth to my Degree -
If any ask me how -
Artist - who drew me so -
Must tell!

Sara Gallardo - Un césped

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Sara Gallardo - Un césped


En los jardines que van de Palermo a la Recoleta hay un cuadro de césped. Cierto año, los jardineros se olvidaron de cortarlo. El pasto creció a sus anchas.

Cada media hora corría un tren, con hálito ferruginoso. Las raíces lo sentían pasar. Las lombrices interrumpían sus caminos.

A su antojo crecieron los pastos.

En otoño, los jugos atravesaron la tierra como la aguja del colchonero el espesor de la lana. Pastos y lombrices se sorprendieron con la novedad.

Al caer el sol, los porteros de los departamentos quemaban la basura. Aparecían trombas sobre los edificios. Revoloteando en las telas metálicas de las chimeneas, negros papeles se desmenuzaban en su afán por salir. Las chispas se entregaban al aire, desaparecían; los hollines ascendían. Otros hollines, salidos de otras casas, se encontraban con ellos. Juntos formaban nubes. Desbaratadas por un vuelo de pájaros, por el paso de un tren o un golpe de viento iban a aterrizar sobre el césped.

El césped. Junto a los semáforos de la avenida, colores amarillo, rojo o verde lo tenían según el orden de paso; y los autos le echaban una estela de humo.

No era un césped. Era casi un pastizal.

Mullido, atraía a los enamorados. A los chicos, que juegan al futbol, o se tambalean, padres detrás. A los vendedores de helados, cuando ganaba el calor y se sentaban. Y a los que cargando termos de café trataban de hacerse oír por encima del paso de los trenes. Atraía a los pájaros, porque encontraban buena comida. Y a los insectos porque era una selva de refugios.

Atraía a los dueños de los perros.

Los perros eran lustrosos, ávidos de correr, de oler, de hacer necesidades.

Tenían dueños de todas clases. Confiados, soltaban las correas. Temerosos, corrían atados a ellos. Y si mujeres, iban torciéndose los tacos de los zapatos. Los perros sueltos y los perros atados se encontraban, gimiendo. Los libres disparaban, persiguiéndose, volvían al oír gritar sus nombres.

Hay una hora de la noche, cuando los enamorados se han ido a sus casas y los trenes paran, en que el rocío cae sobre el césped. El hollín resbala. Cada pasto guarda una gota.

Y los días de lluvia. Sólo agua, lavando, susurrando, mojando. Ni persona, ni perro. Callado, el pasto abre la boca.

Un día, el intendente municipal recorrió todos los jardines que van desde Palermo hasta la Recoleta. Un rey había anunciado su visita.

Llegaron los jardineros.

Cortaron todo el pasto. De norte a sur, y de este a oeste.

Y el pasto que moría cantó.

Cantó el aliento y el trepidar del tren, el hollín que baja, los jugos del otoño. Las lombrices. Los enamorados. Las luces del semáforo. Los vendedores de helados. Los insectos. Los perros atados y los perros desatados. Y los dueños de los perros. Los pájaros. Los vendedores de café. Los niños crecidos y los que aprenden a caminar. El rocío, el humo de los autos, la lluvia.

Cantó, esa voz de césped, ese olor de césped cortado.

17 abr. 2019

Terry Eagleton - Balbuceo

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Terry Eagleton - Balbuceo

Los niños pequeños aprenden a hablar ensayando primero en sus balbuceos todo el abanico de sonidos humanos. Los poetas son sencillamente aquellas criaturas arrebatadas desde el punto de vista emocional que siguen invirtiendo sus energías libidinosas en las palabras, en lugar de en los objetos, y que, por consiguiente, regresan al estadio infantil de erotismo oral que Seamus Heaney ha denominado «música bucal». En este sentido, la «desviación» (el balbuceo infantil) es la condición necesaria para la no desviación (el lenguaje adulto), del mismo modo que el juego es la condición necesaria del no juego, de lo pragmático. Las ficciones, la fantasía, el discurso, la imitación y las imaginaciones infantiles no son aberraciones cognitivas, sino el auténtico semillero del conocimiento y la conducta adulta. Aprender a hablar también es aprender a imaginar. Como el lenguaje no puede actuar sin la posibilidad de negación e innovación, la imaginación, que anula el modo indicativo en nombre del subjuntivo, está incorporada en su propia naturaleza.

En El acontecimiento de la literatura

Felisberto Hernández: La piedra filosofal

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Felisberto Hernández: La piedra filosofal



A Vicente Basso Maglio
I

Se estaban haciendo los cimientos para la casa de un hombre bueno. Yo estaba sentado en un montón de piedras. Un poco separadas del montón había dos piedras: una más bien redonda y otra más bien cuadrada. La más bien cuadrada era La Piedra Filosofal. Ésta decía a la otra: "Yo soy el otro extremo de las cosas. En este planeta hay un extremo de cosas blandas, y es el espíritu del hombre. Yo soy el extremo contrario; el de las cosas duras. Pero uno de los grandes secretos es que no existen cosas duras y cosas blandas simplemente: existe entre ellas una progresión, existen grados. Suponed que las piedras fueran lo más duro; después están los árboles que son más blandos; después los animales, después los hombres. Pero sería una progresión muy gruesa. Suponed otra menos gruesa, en el mismo hombre, por ejemplo: primero los huesos, después los músculos, después los centros nerviosos, y lo más blando de todo después de una minuciosa progresión hacia lo blando: el espíritu.

Los hombres en todas las cosas sorprenden caprichosamente la graduación en grados distantes. Entonces sin perder tiempo califican: esto es duro, aquello es blando, esto es negro, aquello es blanco, esto es frío, aquello es caliente... Como los hombres tienen varios sentidos, viven saltando en los grados de la naturaleza y se arman curiosísimas combinaciones. Lo más curioso de cuanto conozco son los hombres. Y ellos tienen a su vez la curiosidad como de lo más importante de su condición. Y la curiosidad en lo que se refiere a satisfacerla, es relativa a los sentidos.

Además está torturadísima de combinaciones.


II

Una de las condiciones curiosas de los hombres, es expresar lo que perciben los sentidos. A los sentidos les da placer sorprender la graduación a distancias grandes. Este placer excita la curiosidad. El hombre que proporcione más placer satisfaciendo más curiosidad triunfa más. Pero cuanta más curiosidad haya satisfecho un hombre para sí mismo, menos curiosidad satisface para los demás. Porque después de satisfacer mucha curiosidad viene la duda. Y entonces no les queda más remedio que buscarme a mí. Si los sentidos se dieran cuenta que todo es una graduación, no habría para éstos sorpresas ni sensaciones distintas. Entonces no habría ni el placer de los sentidos al expresar. Ya los sentidos están hechos para gozar de la diferencia de grados de la naturaleza.

Por ejemplo: el oído percibe el sonido. El sonido siguiendo una graduación hacia una gran cantidad de vibraciones llegaría a lo que los hombres llamarían calor en vez de sonido. Entonces esto lo percibirían con otro sentido que sería el tacto en vez del oído. Ya la suma de estos dos sentidos estaría en favor de la graduación.

Así como clasifican las distancias de la graduación con sus sentidos, igual clasifican todo lo que perciben con sus inteligencias. Los distintos sentidos les proporcionan placer a los hombres, pero les prohiben satisfacer la curiosidad de la realidad objetiva: la graduación. Ellos son otra realidad y las dos realidades son realidades graduadas. Como ellos no entienden la graduación, tienen una tendencia fisiológica a clasificar con la inteligencia distancias grandes, tan grandes como la distancia o diferencia de un sentido al otro. La clasificación con la inteligencia es correlativa a la de los sentidos. Entonces menos perciben la graduación de pequeñas distancias. Les sorprende que con un sentido -con el tacto por ejemplo- percibiendo grados distintos, les dé el resultado, de que una cosa sea dura o blanda. Mucho más se sorprenderían si supieran que todos los sentidos están en favor de la graduación. Pero si satisfacen esta curiosidad les sacan placer a los sentidos. Entonces les es necesaria la duda. Una de las maneras interesantes de entretenerles la vida es: darles un poco de curiosidad satisfecha y otro poco de duda.


III

Yo como piedra soy muy degenerada.

Los hombres llaman degeneración, el ir de una cosa dura a una cosa blanda, de una cosa sana a una cosa enfermiza.

Las cosas enfermizas las clasifican en simpáticamente enfermizas o artes y antipáticamente enfermizas o vicios.

Yo he tenido la virtud de poder ser dura y blanda al mismo tiempo. Me he metido en los problemas de las piedras y que son los problemas de no tenerlos, y me he metido en los problemas de los hombres y que son los problemas de tener problemas. Por esta virtud he descubierto la "Teoría de la Graduación". Las leyes más comunes de la Teoría de la Graduación son: cuanta más dureza más simplicidad y más salud, cuanta más blandura más complejidad y más enfermedad. Por eso a veces es tan complejo y enfermo el espíritu del hombre. Algunos tienen tanta abundancia o exuberancia de esto blando o enfermizo que lo derraman por encima de nosotras las piedras. Y zas, resulta de esa manera que nosotras tenemos sentimientos o intenciones.

Otra de las leyes es: cuanta más blandura interesa más el propósito del destino y el porqué metafísico. A nosotras las piedras no nos interesa el porqué metafísico: éste se ha hecho para los hombres.


IV

En un grado determinado de lo duro a lo blando los hombres curiosamente clasifican una cosa diciendo si tiene o no tiene vida. Y aquí empieza el gran tráfico teórico y práctico de la vida y la muerte. Los hombres necesitan mucho de este condimento de duda y de misterio para la vida. Pero todo es graduación: cuanto más blando más vida, cuanto más duro menos vida. Ésta sería otra ley de la Teoría de la Graduación. Los hombres sorprenden la graduación y clasifican: esto tiene vida. Esto no tiene vida. ¡Vida y muerte! Muy pocas veces entienden la graduación en lo de tener más o menos vida, de ir perdiendo la vida gradualmente a conquistando la vida gradualmente. Su condición "hombres", su sensibilidad en más o menos grado, les permite retroceder cuando están a punto de llegar a la verdad. Se agarran en la duda y el misterio, y continúan el tráfico entre los vivos y los muertos. Esta curiosidad les interesa demasiado y la tienen demasiado cerca para poder satisfacerla. Pero están lo mismo que frente al porqué metafísico. Así como a las piedras no les interesa ni tienen curiosidad por el porqué metafísico ni por las demás piedras, ni por los hombres, así a los muertos no les interesa cómo es la muerte ni cómo es la vida. Pero a los vivos les interesan los muertos y todo lo demás. Cuanta más blandura tienen más duda, entonces dudan de lo de ir perdiendo gradualmente la vida.

Biológicamente, tienen el instinto de conservación y como todo lo miran con su condición les cuesta creer en la muerte absoluta. A veces están a punto de caer en la verdad pero tienen nervios, tienen vida, tienen instinto de conservación, tienen duda y misterio, y como todo lo miran con su condición, se salvan. Se ha hecho para los vivos y no para los muertos el porqué metafísico y las reflexiones sobre la vida y la muerte, pero no les hace falta aclarar todo el misterio, les hace falta distraerse y soñar en aclararlo.

Otra ley que se deduce de acá es: cuanta más dureza menos vida, menos instinto de conservación y menos reflexiones sobre la muerte, y viceversa cuanta más blandura.


V

Como ya dije, los hombres miran todo con su condición. Les cuesta creer que si ellos no tienen hambre otros pueden tener, que si ellos tienen vida, otros no pueden tener. Lo mismo les ocurre con el cosmos. Como ellos tienen propósito creen que el cosmos también tiene, pero el cosmos no tiene propósito, tiene inercia. Entonces surge otra ley: cuanta más blandura más propósito, cuanta más dureza más inercia".


VI

La Piedra Filosofal iba a decir otra de las leyes de la Teoría de la Graduación. Un albañil creyó muy oportuna su forma cuadrada, y sin darse cuenta la interrumpió. Pero ésta sirvió muy bien para los cimientos de la casa del hombre bueno.


En Libro sin tapas, publicado en 1929


Paco Urondo - La lluvia y las víboras

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Paco Urondo - La lluvia y las víboras


Habían llegado a la noche, cuando ya era demasiado tarde para comer. A la mañana siguiente se especulaba con el pan: sirvieron el mate cocido y los dueños de los pedazos raídos, duros e insuficientes, los cambiaban por cigarrillos o dinero. Pero los mendrugos no alcanzaron a calmar el hambre que se hizo sentir con mayor violencia después de trabajar sin tregua toda la mañana y toda la tarde, bajo el sol fuerte, sin piedad.

  Después de la siesta, algunos chacareros yugoslavos del pueblo vecino se arrimaron hasta el lugar para verlos casi desnudos acudir de un llamado a otro, de un trabajo a otro, ardiendo en el calor de diciembre. En sus caras rosadas nadie advirtió que apareciera algún intento de mueca solidaria, algún rudimento de comunicación.

  Tampoco ellos hablaban, pero este silencio era impuesto por la autoridad del sol, la rudeza del trabajo, el sometimiento, el hambre. De tanto en tanto, una nube pesada les cubría los ojos, impidiéndoles ver de cerca, o levantar los brazos. Entonces, dejándose caer desde lo alto del puente que construían, intentaban reaccionar un poco con el agua, siempre más fresca que el aire.

  Allí se quedaban, retozando un momento, hundiendo y sacando la cabeza. Peleando contra el agotamiento; contra el hambre y el sol, mientras la corriente del río Salado los arrastraba despacio. Luego, el que se había tirado buscando alivio, nadaba hasta la costa y salía del agua con el cuerpo lustroso por la sal. Entonces, trotando con los pies doloridos, eludiendo las espinas de la orilla, desandaba el trecho que el río le había hecho recorrer, volvía a ocupar resignado su puesto de trabajo.

  El silbato, a veces, o la voz de mando, les hacía reaccionar del sopor y todos, convulsivamente, desalojaban el puente para formar a lo largo de la enorme viga de quebracho que yacía en la costa y que serviría como longrina en el próximo tramo. Venía entonces la muda desesperación de izarla hasta el pecho y, una vez allí, metérsele abajo con urgencia, y enderezar las piernas, empujando hacia arriba. Después, no les importaba que los huesos crujieran por el peso, sólo trataban de llegar hasta allí nomás, sobre el esqueleto inconcluso del puente, a unos veinte metros de la costa, donde había que dejar la viga, con infinita cautela, temerosos de aplastarse un pie o de sacarse un brazo. Luego se miraban los hombros, unos a otros; se limpiaban la sangre que había brotado, se soplaban como criaturas la carne despellejada, y volvían al trabajo.

  Había llegado la noche anterior y no le importaban mayormente las heridas de los hombros, ni el calor, ni la humillación. Era el hambre lo que molestaba, lo que dolía. Un hambre dura que como una trompada interminable se alojaba en su estómago. Al mediodía, cuando sirvieron la comida, advirtió que de los doscientos hombres habían quedado unos veinticinco: eran los que llegaron con él, en la misma tanda, la noche anterior; seguramente los demás se fueron escapando: sólo quedaban ellos, los recién llegados, que desconocían la artimaña para fugarse y comer por allí, vaya a saber dónde. Solamente tenían imaginación para controlar los síntomas del hambre; urdidos por esas sensaciones voluptuosas, poco podían conjeturar.

  Sin mirarse cayeron sobre los platos de lata y nadie pudo decir nada, como si rezaran, absortos frente al regodeo de una jauría de gusanos verdes y grandes como fideos, entre el guiso podrido y oloroso. Vaciaron los platos intactos en los matorrales cercanos al monte de espinillos y, silenciosos, se quedaron en la orilla, escuchando, sin atender, el ruido opaco del agua y algún silbido aislado de una que otra víbora.

  Por la tarde, cuando se reinició el trabajo, trataron de averiguar con todo sigilo, para no ser descubiertos. Cuando alguien se les arrimaba, arriesgando el castigo, se escuchaba decir muy despacio, con los labios inmóviles y la mirada alerta: «¿Dónde estuvieron?». Hasta que llegaron a saber perfectamente cómo debían escaparse; dónde ir y encontrar comida; cómo llegar a esos lugares sin perderse; de qué manera ubicarlos.

  Cuando dieron la orden de terminar con el trabajo, se tiraron al agua. Pero, alentados por la inminente posibilidad de comer, abreviaron el remojón y corrieron hasta las carpas y se vistieron, porque todavía la humedad era fresca por las noches.

  Después cruzaron el río en un pontón gordo y pesado como un chancho que, en la orilla opuesta, se dejó amarrar mansamente a un sauce llorón. Caminaron entre los pajonales tomando todas las precauciones, para que nadie recibiera la furia y la venganza de una yarará que pudiera haber pisado el que lo precedía. Alguna víbora mordiendo sin atenuantes, defendiendo el sueño soberano del reptil; hueco y digestivo.

  En el camino se fue enterando de esta técnica de caminar cruzados —nunca en línea—, como si fuera una formación de combate, hasta que llegaron a un rancho del que ya también le habían hablado en el trayecto. El lugar quedaba a unos mil metros del campamento, sobre la orilla opuesta, y a pocos pasos de una barranquita empinada sobre el río. Del agua saltaban algunos sábalos, algunos dientudos engatusados por el brillo de la luna, luciendo sobre el lomo los reflejos del universo. De lejos vio que la única habitación del rancho estaba iluminada por una vela medio corta. También por la claridad de la noche y por las brasas donde cinco o seis pescados se doraban despacio.

  Les pareció poco y por eso dos o tres salieron a incursionar por las inmediaciones, buscando algún gallinero. Volvieron con unos huevos que dejaron caer suavemente en el agua que hervía en una olla grande y negra, serenamente suspendida sobre el fuego. Antes de que terminara esta operación, comentó el hombre: «¿No encontraron la gallina?»; fue lo primero y penúltimo que dijo. Nadie, por otra parte, contestó la pregunta socarrona del pescador y este, sin esperarla, fue hasta la parte posterior del rancho para volver, cargando una damajuana enorme. Al querer sacar el corcho con los dientes, este se deshizo; mientras hundía el tapón con el dedo y con rabia, como si lo quisiera ahogar, irrumpió la palabrota y esto fue lo último que dijo en toda la noche.

  Nada sabían del hombre hasta ese momento; nada sabrían después, sólo que les daba de comer por unas chirolas. Al rato lo habían olvidado, no pensaban en él y comían en silencio, a conciencia. Tampoco pensaban en sus cosas: comían. El hombre era ya una sombra entre las sombras de un árbol y los miraba reír con el vino, chupando los huesos, saciados y alegres, hasta que hicieron silencio porque se sintió un silbido que imitaba el canto del crispín. Un pontón avanzaba hacia ellos tripulado por dos o tres compañeros que traían la noticia: como era sábado los dejaban ir hasta el pueblo cercano.

  Apenas pudo escuchar «baile» y «Santo Domingo» y ya estaba embarcado con los otros, volviendo presurosamente, urgidos por iniciar una noche libre de órdenes, tal vez con mujeres, con algún abandono. En las carpas de la orilla opuesta, algunos rezagados se lustraban los borceguíes o atendían a otros requintes. Ellos también se peinaron esmeradamente, buscaron la camisa más presentable, se afeitaron, se limpiaron las uñas.

  El pueblo, Santo Domingo, quedaba a unos cinco kilómetros, pero no los desanimaba la caminata: jóvenes y bien comidos, sólo querían un poco de tibieza de mujer, su olor que más no fuera. Uno sacó un frasquito de colonia y trataron de arrebatárselo; jugueteando terminaron por aplastarlo entre una cantimplora repleta de ginebra que colgaba de un cinto, y el tronco duro e impasible de un árbol.

  Fue en ese momento cuando otro del grupo salió; muy pálido de la carpa y con los ojos demasiado abiertos: buscando cigarrillos entre la mochila, había manoteado, involuntariamente, una yarará. No lo había alcanzado a morder, pero lo mismo tenía la mano extendida y lejos del cuerpo, como si con ella hubiese tocado al diablo. Lo palmearon y le hicieron bromas para que se le pasara el susto, hasta que por fin reaccionó. Entonces todos, haciendo un poco de fuerza, empezaron a reírse. Tenían miedo, pero cuando empezó la caminata rumbo al pueblo, ya ni se acordaban del incidente.

  Sin embargo el miedo, sin que nadie lo advirtiera, se iba guareciendo en algunos rincones de la memoria, hasta que fue un imperceptible temblor que vibraba en los nervios ahora prevenidos. Alguien propuso robar, por un rato, unos caballos y dejarlos de vuelta en el mismo potrero. Pero preferían ir cantando y perderse por algunos caminos de chacras. Así, pese a la sorda prevención e todos, anduvieron a la deriva, casi libres, y fueron a parar a distintos caminos, a desandar lo andado, a cortar por un campo arado que los agotó, a perderse, a guiarse por la luz de unas casas, suponiendo que eran las lejanas del pueblo.

  Sin saber cómo aparecieron sobre un sembrado de camotes, próximo al caserío, justo en el momento en que el dueño regresaba con toda la familia. El chacarero los arrimó sin entusiasmo hasta un camino y les indicó cómo debían hacer para llegar al pueblo. En el poco tiempo que duró el viaje no hicieron otra cosa que mirar a las hijas, sentadas en el otro extremo del carro donde el padre les había ordenado, en idioma desconocido, que se corrieran; cuando alguien prendió un cigarrillo, o cuando la luna les dio de frente, se vieron brillar los ojos celestes y el pelo amarillo de las gringuitas.

  Y volvieron a caminar, ya sin dilaciones, incluso un poco preocupados por todo el tiempo perdido, temerosos de llegar tarde. Sin saberlo seguían sometidos a lo que, podían suponer después, era una fatalidad. Algo —el miedo— que les había anulado la voluntad de descubrirla o derrotarla. Algo que se había impuesto, que había instaurado la indiferencia o el abandono, que había borrado todo vestigio de curiosidad.

  Cuando llegaron, el baile estaba terminando. Se hacía en el hotel del pueblo y solamente quedaban algunos compañeros y los integrantes de una ruinosa compañía de teatro. Mujeres flacas y las miradas vigilantes y envilecidas de los hombres. Volvieron como habían llegado; un poco más borrachos y mojándose, porque ahora llovía. Después con tanta lluvia se anegarían las carpas, y no tendrían más remedio que sentarse sobre las mochilas y más tarde salir a la intemperie y ver si era posible salvar algo. «Arriba todo el mundo», ordenaron.

  El río crecía con la tormenta y la lluvia; amenazaba arrastrar lo que, hasta ahora, se había construido de ese pueblo. De todas formas, los empeños por salvarlo serían inútiles, porque cuarenta horas después la corriente lo arrastraría. Nada sirve; todo esfuerzo, toda ilusión, se enreda en el sometimiento. Muchas veces lo había pensado, pero en ese momento, sin reflexionar, con el solo regreso de esa idea, decidió irse. Caminó entre los hombres que andaban de un lado a otro, empapándose como él bajo la lluvia; sin ningún destino, por una causa ajena. Hundiéndose en el barro peligrosamente resbaloso de la orilla, se sintió, de todas formas, un privilegiado. Podía ser dueño de su suerte, tenía una ventaja sobre los demás.

  Cuando encontró un pontón y desenterró la amarra, vio que lo miraban. El sargento también se asustó, pero cuando pudo tomar conciencia de lo que pasaba, ya tenía la bayoneta hundida hasta el mango. Después de haberlo dejado listo para caer eternamente —mirando atónito la empuñadura que le brillaba en el pecho—, empujó la proa encajada en el barro y saltó a bordo.

  Tuvo que hacer fuerza con el remo: la corriente era sólida. Finalmente pudo arrimarse sin quedar demasiado lejos del rancho donde habían comido en la víspera. A unos cien metros, se desplazaba otro pontón, pero el grupo que lo tripulaba saltó a tierra y, sin verlo, tomó otra dirección y desapareció finalmente junto al estribo del puente, probablemente con la intención de apuntalarlo. El hombre lo esperaba en la puerta de su rancho y, sin pedir explicaciones, se echó una bolsa vacía y sucia sobre la cabeza, y comenzó a caminar bajo la lluvia, haciéndole señas de que lo siguiera.

  Caminaron hasta llegar a la ruta. Una vez allí, el hombre, sin saludarlo, se fue por donde había venido. Él se quedó esperando; conocía ese camino, por él pasaban camiones y ómnibus. Sin embargo, la impaciencia y el desaliento lo acorralaron: estaba solo, y era peligroso estar solo en estas circunstancias. Pero no tenía otra salida; así esperó, hasta que unos faros se acercaron.

  El vehículo se detuvo lentamente y él, en un primer momento, no advirtió nada raro. Después sí, cuando se arrimó unos pasos y dijo algo, poniendo familiarmente la mano sobre el borde de la ventanilla y la linterna lo iluminó y pudo sentir claramente el inconfundible ruidito que se oye al sacar el seguro de una pistola. Entonces fue demasiado tarde, no hubo tiempo de nada; sólo de empezar a acordarse, mientras lo traían de vuelta en el camión. Acostumbrarse a vivir de recuerdos. No sería fácil olvidar que mañana tendría que empezar de nuevo a pelarse el hombro. A inventar argucias para alimentarse; a carecer con humillación. Sería difícil olvidar esa tormenta; la noche en vela, la carpa inundada, las ausencias, ese lugar lleno de bichos.

William Butler Yeats - Los cisnes salvajes de Coole

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William Butler Yeats - Los cisnes salvajes de Coole


Los árboles son bellos en otoño,
las sendas de los bosques están secas;
bajo el crepúsculo de octubre, el agua
refleja un cielo inmóvil;
sobre el agua que brilla entre las piedras,
cincuenta y nueve cisnes.
 
Diecinueve otoños han pasado
desde que los conté por vez primera;
vi, antes de terminar
a todos ascender súbitamente
y dispersarse en grandes semicírculos
sobre sus clamorosas alas.

He admirado a estos seres espléndidos,
mas ahora me duele el corazón.
Todo ha cambiado desde que al ocaso
por vez primera oí en esta orilla
el tañer de sus alas sobre mí
y pasé con un paso más aleve.
 
Aún sin fatigarse, amante junto a amante,
chapotean en los helados
arroyos amigables o se elevan;
sus corazones no han envejecido;
pasiones o conquistas, donde vayan,
aún los acompañan.
 
Pero ahora vagan sobre el agua inmóvil,
misteriosos, hermosos;
¿en qué cañaveral harán su nido,
al borde de qué lago o de qué charca
deleitarán los ojos de los hombres
cuando despierte un día y vea que han volado?


En Poesía reunida
Traducción: Antonio Rivero Taravillo



The Wild Swans at Coole

The trees are in their autumn beauty,   
The woodland paths are dry,
Under the October twilight the water   
Mirrors a still sky;
Upon the brimming water among the stones   
Are nine-and-fifty swans.

The nineteenth autumn has come upon me   
Since I first made my count;
I saw, before I had well finished,
All suddenly mount
And scatter wheeling in great broken rings   
Upon their clamorous wings.

I have looked upon those brilliant creatures,   
And now my heart is sore.
All's changed since I, hearing at twilight,   
The first time on this shore,
The bell-beat of their wings above my head,   
Trod with a lighter tread.

Unwearied still, lover by lover,
They paddle in the cold
Companionable streams or climb the air;   
Their hearts have not grown old;
Passion or conquest, wander where they will,   
Attend upon them still.

But now they drift on the still water,   
Mysterious, beautiful;   
Among what rushes will they build,
By what lake's edge or pool
Delight men's eyes when I awake some day   
To find they have flown away?

Franz Kafka - Un viejo manuscrito

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Franz Kafka - Un viejo manuscrito


Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.

Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.

Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.

Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.

También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.


Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios en torno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.

Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.

-¿En qué terminará esto? -nos preguntamos todos-. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómadas, pero no sabe cómo hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.

En Un médico rural
Trad.: Juan Rodolfo Wilcock

Antón Chéjov - Consejos a un escritor

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Antón Chéjov - Consejos a un escritor


A Alexéi M. Peshkov (Máximo Gorki). Yalta, 3 de diciembre de 1898

Me pregunta cuál es mi opinión sobre sus cuentos. ¿Qué opinión tengo? Un talento indudable, y además un verdadero y gran talento. Por ejemplo, en el cuento "En la estepa crece" con una fuerza inhabitual, e incluso me invade la envidia de no haberlo escrito yo. Usted es un artista, una persona sabia. Siente a la perfección. Es plástico, es decir, cuando representa algo, lo observa y lo palpa con las manos. Eso es arte auténtico. Esa es mi opinión y estoy muy contento de poder expresársela. Yo, repito, estoy muy contento, y si nos hubiésemos conocido y hablado en otro momento, se hubiese convencido del alto aprecio que le tengo y de qué esperanzas albergo en su talento.

¿Hablar ahora de los defectos? No es tan fácil. Hablar sobre los defectos del talento es como hablar sobre los defectos de un gran árbol que crece en un jardín. El caso es que la imagen esencial no se obtiene del árbol en sí, sino del gusto de quien lo mira. ¿No es así?

Comenzaré diciéndole que, en mi opinión, usted no tiene contención. Es como un espectador en el teatro que expresa su entusiasmo de forma tan incontinente que le impide escuchar a los demás y a sí mismo. Especialmente esta incontinencia se nota en las descripciones de la naturaleza con las que mantiene un diálogo; cuando se leen, se desea que fueran compactas, en dos o tres líneas. Las frecuentes menciones del placer, los susurros, el ambiente aterciopelado y demás, añaden a estas descripciones cierta retórica y monotonía, y enfrían, casi cansan. La falta de continencia se siente en la descripción de las mujeres ("Malva", "En las balsas") y en las escenas de amor. Eso no es oscilación y amplitud del pincel, sino exactamente falta de continencia verbal. Después es frecuente la utilización de palabras inadecuadas en cuentos de su tipo. Acompañamiento, disco, armonía: esas palabras molestan. [...] En las representaciones de gente instruida se nota cierta tensión, como si fuera precaución; y esto no porque usted haya observado poco a la gente instruida, usted la conoce, pero no sabe exactamente desde qué lado acercarse a ella. ¿Cuántos años tiene usted? No lo conozco, no sé de dónde es ni quién es, pero tengo la impresión de que aún es joven. Debería dejar Nizhni [Nizhni-Novgorod] y durante dos o tres años vivir, por así decirlo, alrededor de la literatura y los círculos literarios; esto no para que nuestra generación le enseñe algo, sino más bien para que se acostumbre, y siente definitivamente la cabeza con la literatura y se encariñe a ella. En las provincias se envejece pronto. Korolenko, Potapenko, Mamin [Mamin-Sibiriak], Ertel, son personas excelentes; en un primer momento, quizás le resulte a usted aburrido estar con ellos, pero después, tras dos años, se acostumbrará y los valorará como merecen, y su compañía le servirá para soportar la desagradable e incómoda vida de la capital.


A Mijail P. Chéjov, Taganrog, 6 y 8 de abril de 1879

Haces bien en leer libros. Acostúmbrate a leer. Con el tiempo, valorarás esa costumbre. ¿La señora Beecher Stow [novelista norteamericana, autora de La cabaña del tío Tom] te ha arrancado unas lágrimas? La leí hace tiempo y he vuelto a leerla hace unos seis meses con un fin científico, y después de la lectura sentí la sensación desagradable que sienten los mortales que comen uvas pasas en exceso... Lee los siguientes libros: Don Quijote (completo, en siete u ocho partes). Es bueno. Las obras de Cervantes se encuentran a la altura de las de Shakespeare. Aconsejo a los hermanos que lean, si aún no lo han hecho, Don Quijote y Hamlet, de Turguéniev. Tú, hermano, no lo entenderás. Si quieres leer un viaje que no sea aburrido, lee La fragata Palas, de Goncharov.


A Dmitri V. Grigoróvich, Moscú, 28 de marzo de 1886

Su carta, mi querido y buen bienhechor, me ha impactado como un rayo. Me conmovió y casi rompo a llorar. Ahora pienso que ha dejado una profunda huella en mi alma. [...]

Todas las personas cercanas a mí siempre han menospreciado mi actividad de escritor y no han cesado de aconsejarme amistosamente que no cambiara mi ocupación actual por la de escritor. Tengo en Moscú cientos de conocidos, entre ellos dos decenas que escriben, y no puedo recordar ni a uno sólo que haya visto en mí a un artista. En Moscú existe el llamado “círculo literario”. Talentos y mediocridades de cualquier pelaje y edad se reúnen una vez por semana en el reservado de un restaurante y dan rienda suelta a sus lenguas. Si fuera allí y les leyera una parte de su carta, se reirían de mí. Tras cinco años de deambular por los periódicos he logrado compenetrarme con esa opinión general de mi insignificancia literaria. En seguida me acostumbré a mirar mis trabajos con indulgencia y a escribir de manera trivial. Esa es la primera razón. La segunda es que soy médico y siento una gran pasión por la medicina de modo que el proverbio sobre las dos liebres [“El que sigue dos liebres, tal vez cace una, y muchas veces, ninguna”] nunca quitó tanto el sueño a nadie como a mí. Le escribo todo esto sólo para justificar un poco ante usted mi gran pecado. Hasta ahora he mantenido, respecto a mi labor literaria, una actitud superficial, negligente y gratuita. No recuerdo ni un solo cuento mío en el que haya trabajado más de un día. "El cazador", que a usted le gusta, lo escribí en una casa de baños. He escrito mis cuentos como los reporteros que informan de un incendio: mecánicamente, medio inconsciente, sin preocuparme para nada del lector ni de mí mismo... He escrito intentando no desperdiciar en un cuento las imágenes y los cuadros que quiero y que, sabe Dios por qué, he guardado y escondido con mucho cuidado. [...]

Disculpe la comparación, pero ha actuado en mí como la orden gubernamental de “abandonar la ciudad en 24 horas”, esto es, de pronto he sentido la imperiosa necesidad de darme prisa, de salir lo antes posible del lugar donde me hallo empantanado... Estoy de acuerdo en todo con usted. El cinismo que me señala, lo sentí al ver publicado "La bruja". Si hubiera escrito ese cuento no en un día, sino en tres o cuatro, no lo tendría... Me libraré de los trabajos urgentes, pero me llevará tiempo... No es posible abandonar el carril en el que me encuentro. No me importa pasar hambre, como ya pasé antes, pero no se trata de mí. Dedico a escribir mis horas de ocio, dos o tres por día y un poco de la noche, esto es, un tiempo apenas suficiente para pequeños trabajos. En verano, cuando tenga más tiempo libre y menos obligaciones, me ocuparé de asuntos serios.

No puedo poner mi verdadero nombre en el libro, porque ya es tarde: la viñeta ya está preparada y el libro, impreso. Mucha gente de Petersburgo me ha aconsejado, antes que usted, no echar a perder el libro con un pseudónimo, pero no les he hecho caso, probablemente por amor propio. No me gusta nada mi libro [Cuentos abigarrados se publicó bajo el pseudónimo de Antosha Chejonté]. Es una vinagreta, un batiburrillo de trabajos estudiantiles, desplumados por la censura y por los editores de las publicaciones humorísticas. Creo que, después de leerlo, muchos se sentirán decepcionados. Si hubiera sabido que usted me lee y sigue mis pasos, no lo habría publicado. La esperanza está en el futuro. Sólo tengo 26 años. Quizás me dé tiempo a hacer algo, aunque el tiempo pasa deprisa. Le pido disculpas por esta carta tan larga. [...] Con profundo y sincero respeto y agradecimiento.


16 abr. 2019

Anne Sexton - La poeta de la ignorancia

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Anne Sexton - La poeta de la ignorancia


Tal vez la tierra flote,
no lo sé.
Tal vez las estrellas sean figuritas de papel
cortadas por una tijera gigante,
no lo sé.
Tal vez la luna es una lágrima congelada,
no lo sé.
Tal vez Dios sea una voz profunda
que un sordo oye,
no lo sé.

Tal vez no soy ninguna.
Es cierto, tengo un cuerpo
y no puedo escaparme de el.
Me encantaría volar lejos de mi cabeza,
pero sobre eso no hay discusión.
Está escrito en la tabla del destino
que permanezca acá, metida en esta forma humana.
Siendo ese el asunto,
quiero llamar la atención sobre mi problema.

Dentro de mí hay un animal
que me agarra el corazón,
un enorme cangrejo.
Los médicos de Boston
metieron mano.
Probaron con escalpelos,
agujas, gases venenosos y todo eso.
El cangrejo persiste.
Es un gran peso.
Yo trato de olvidarlo, me ocupo de mis cosas,
cocino el brócoli, abro libros cerrados,
me cepillo los dientes, me ato los zapatos.
Probé con la plegaria,
pero cuanto más rezo más aprieta el cangrejo
y el dolor aumenta.

Una vez soñé,
tal vez fue un sueño,
que el cangrejo representaba mi ignorancia de Dios.
Pero ¿quién soy yo para creer en los sueños?


Versión: Isaías Garde




Anne Sexton - The Poet Of Ignorance


Perhaps the earth is floating,
I do not know.
Perhaps the stars are little paper cutups
made by some giant scissors,
I do not know.
Perhaps the moon is a frozen tear,
I do not know.
Perhaps God is only a deep voice
heard by the deaf,
I do not know.

Perhaps I am no one.
True, I have a body
and I cannot escape from it.
I would like to fly out of my head,
but that is out of the question.
It is written on the tablet of destiny
that I am stuck here in this human form.
That being the case
I would like to call attention to my problem.

There is an animal inside me,
clutching fast to my heart,
a huge crab.
The doctors of Boston
have thrown up their hands.
They have tried scalpels,
needles, poison gasses and the like.
The crab remains.
It is a great weight.
I try to forget it, go about my business,
cook the broccoli, open the shut books,
brush my teeth and tie my shoes.
I have tried prayer
but as I pray the crab grips harder
and the pain enlarges.

I had a dream once, 
perhaps it was a dream,
that the crab was my ignorance of God.
But who am I to believe in dreams?

Circe Maia - De música inaudible

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Circe Maia - De música inaudible


La que toca, de espaldas
el rostro en el espejo
las manos invisibles.

Y todo el amplio cuarto, desde el mármol veteado
del piso, hasta las vigas
del techo alto, vibra.

Sobre inmenso mantel de azules-rojos
dibujos laberínticos
el sonido resbala.

Alrededor –afuera-lejos otro sonido alumbra
-agria luz destemplada-
Holanda del seiscientos.
Afuera sangra Europa, tiempo en sombra.

Aquí dentro
el color crea música
un orden, una trama clarísima.

El profesor escucha
sobre un bastón la mano izquierda
la otra mano en el clave.
 La jarra es un acorde blanco.

Julio Cortázar - Carta a Juan Carlos Onetti

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Julio Cortázar - Carta a Juan Carlos Onetti


Saignon, 30 de julio de 1978

   

Querido Juan Carlos:
     

Me hizo gracia que te despidieras en tu carta deseándome que no me mortifique demasiado el calor. Figurate que es precisamente lo contrario, porque después de los inviernos de París, un argentino como yo necesita sol y calor en cantidades inagotables, y este mes de julio me los ha dado con una generosidad que yo no esperaba después de una primavera más bien desvaída y estúpida. Por lo cual estoy más negro que Nicolás Guillén, me paso el día desnudo en mi rancho, y trabajo en lo mío con unas ganas que hace mucho no sentía. Tengo también razones más vitales y profundas para sentirme bien. Después de un largo y penoso proceso, Ugné y yo nos separamos; la cosa fue dura, puesto que habíamos vivido juntos más de ocho años, pero ya no tenía sentido pasar de la verdad a la comedia y pretender que seguía siendo la verdad. Yo estoy viviendo con una chica que conocí en Montreal el año pasado, que me da una inmensa ternura y una paz que me hacía falta hasta un punto que sólo alcanzo a comprender ahora. Como ves, vivo un verano total; me alegra poder decírselo a un amigo como vos.

Desde luego acepto con alegría (e muito obrigado!) a la invitación de colaborar en la Estafeta Literaria. Tengo un cuento inédito[85], de unas ocho páginas, que me gusta bastante, y si ustedes lo quieren, pues de acuerdo. En cuanto a la remuneración, si en vez de 300 me pagaran 400 dólares, me parecería bastante justo, pero si no se puede, decímelo vos mismo y yo estaré de acuerdo.

Prefiero esperar tus noticias, y si todo va bien, te envío en seguida el cuento o se lo mando a Rosales[86], como ustedes prefieran.

Ojalá me toque dar un salto a Madrid, para cumplir mi deseo de ir a verte a tu casa, cosa que no pudo ser la última vez (en Madrid siempre tengo problemas jodidos, y se me arman unos líos que desequilibran todos mis planes, pero no será así la próxima vez).

Hasta siempre, gracias por la invitación, saludos a Luis Rosales y para vos un gran abrazo de

     
Julio Cortázar

     
OJO! Mi dirección privada no es segura; ya me rompieron dos veces el buzón, y no por razones literarias (mi querida embajada y la CIA lo saben, hijos de puta). Entonces, lo seguro es escribirme a mi nombre, y:

B. P. 33
75022 PARIS CEDEX 01
FRANCIA
    
De ahí me reexpiden las cartas a cualquier lado

15 abr. 2019

John Cheever - El gusano de la manzana

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John Cheever - El gusno de la manzana


Los Crutchman eran tan felices, tan extraordinariamente felices, y tan moderados en todas sus costumbres, y todo lo que les pasaba les parecía tan bien que uno se veía obligado a sospechar la existencia de un gusano en su sonrosada manzana, y a imaginar que el llamativo color de la fruta no tenía otro objeto que esconder la gravedad y la extensión de la enfermedad. Su casa de Hill Street, por ejemplo, con todas aquellas enormes ventanas. ¿Quién, excepto alguien con complejo de culpabilidad, querría que entrase tanta luz en su casa? Y el hecho de enmoquetar todas las habitaciones, ¿no era como reconocer que un centímetro de suelo al descubierto (que no existía) podía despertar recuerdos muy enterrados de amores no correspondidos y de soledad? Y había cierto entusiasmo necrofílico en su manera de trabajar el jardín. ¿Por qué tanto interés en cavar agujeros, plantar semillas y ver cómo brotan las plantas? ¿Por qué tanta morbosa preocupación con la tierra? Helen era una mujer muy bonita con esa llamativa palidez que con tanta frecuencia se descubre en las ninfómanas. Larry era un hombre corpulento que solía trabajar en el jardín sin camisa, lo que quizá ponía de manifiesto una tendencia infantil al exhibicionismo.

Los Crutchman se mudaron muy contentos a Shady Hill después de la guerra. Larry había servido en la marina. Tenían dos hijos muy alegres: Rachel y Tom. Pero ya habían surgido algunas nubes en su horizonte. El barco de Larry se había hundido durante la guerra y él pasó cuatro días en una balsa en el Mediterráneo y sin duda aquella experiencia le haría ver con escepticismo las comodidades y los pájaros cantores de Shady Hill, obsequiándolo al mismo tiempo con algunas agobiantes pesadillas. Pero quizá era todavía más grave el hecho de que Helen fuese rica. Hija única del viejo Charlie Simpson -uno de los últimos bucaneros de la industria-, su padre le había dejado unas rentas superiores al mejor sueldo que Larry pudiera conseguir trabajando para Melcher y Thaw. Los peligros de esa situación son bien conocidos. Puesto que Larry no tenía que ganarse la vida -al faltarle un incentivo-, cabía la posibilidad de que se tomara las cosas con calma, de que pasara demasiado tiempo en los campos de golf, y de que tuviera siempre una copa en la mano. Helen confundiría la independencia económica con la emocional, dañando el delicado equilibrio dentro de su matrimonio. Pero Larry no daba la sensación de tener pesadillas y Helen repartía sus ingresos entre diferentes obras de caridad y llevaba una vida cómoda pero modesta. Larry, por su parte, iba a su trabajo todas las mañanas con tanto entusiasmo que podía pensarse que intentaba escapar de algo. Su participación en la vida de la comunidad era tan intensa que apenas debía de quedarle tiempo para el examen de conciencia. Estaba en todas partes: en la fila para la comunión, en el campo de fútbol, tocando el oboe con el Club de Música de Cámara, conduciendo el coche de los bomberos, en el consejo escolar, y a las ocho y tres minutos de la mañana salía todos los días camino de Nueva York. ¿Qué pesar lo empujaba de aquella manera?

Quizá había deseado tener más hijos. ¿Por qué tenían sólo dos? ¿Por qué no tres o cuatro? ¿Se había producido quizá un fallo en sus relaciones después del nacimiento de Tom? Rachel, la mayor, era terriblemente gorda de niña y muy agresiva en cuestiones económicas. Todas las primaveras arrastraba un viejo tocador desde el garaje hasta la acera y colocaba encima un cartel que decía: LiMonADA FResCA. 15 centavos. Tom tuvo una pulmonía a los seis años y estuvo a punto de morirse, pero se restableció sin que se produjeran complicaciones visibles. Los hijos podrían haberse rebelado contra el conformismo de sus padres, porque Helen y Harry aceptaban todas las reglas sociales. ¿Dos automóviles? Sí. ¿Iban a la iglesia? Todos los domingos se arrodillaban y rezaban devotamente. ¿Ropa? No podrían haber sido más puntillosos en su observancia de las normas sobre la manera correcta de vestir. Clubs de lectura, arte local y asociaciones de amantes de la música, competiciones atléticas y juegos de cartas: los Crutchman estaban metidos hasta el cuello en todo. Pero si sus hijos se rebelaban, ocultaban su rebeldía y parecían querer a sus padres sin traumas y verse respondidos con el mismo afecto, aunque quizá existía en este amor la tristeza de alguna profunda desilusión. Quizá Larry fuese impotente. Quizá Helen fuera frígida…, pero había muy pocas probabilidades, con aquel cutis tan blanco. Todas las personas de Shady Hill con manos inquietas les habían hecho insinuaciones a los dos, pero siempre se habían visto rechazados. ¿Cuál era la fuente de su constancia? ¿Estaban asustados? ¿Eran gazmoños? ¿Monógamos? ¿Qué había en el fondo de aquella apariencia de felicidad?

A medida que sus hijos crecieron fue posible contar con ellos para encontrar el gusano en la manzana. Rachel y Tom serían ricos, heredarían la fortuna de Helen, y quizá viéramos situarse encima de ellos la sombra que con tanta frecuencia oscurece las vidas de los hijos que cuentan con una existencia libre de preocupaciones económicas. Y de todas formas, Helen amaba demasiado a su hijo. Le compraba todo lo que quería. Un día, después de llevarlo en coche a la academia de baile con su primer traje de sarga azul, Helen se entusiasmó tanto con la figura varonil que ofrecía subiendo la escalera, que al poner el automóvil en marcha fue a estrellarse directamente contra un olmo. Un sentimiento como aquél tenía inevitablemente que crear problemas. Y si Helen prefería a su hijo, terminaría por tratar peor a su hija. Escúchenla:

- Los pies de Rachel son inmensos, sencillamente inmensos -está diciendo-. Nunca encuentro zapatos para ella.

Quizás ahora veamos el gusano. Como la mayoría de las mujeres hermosas, Helen tiene celos; ¡tiene celos de su propia hija! No soporta tener una rival. Le pondrá a la chica unos trajes horrorosos, hablando del tamaño de sus pies hasta que la pobre criatura se niegue a ir a los bailes, o si la obligan, a quedarse muy mohína en el tocador de señoras, mirándose esos pies monstruosos que Dios le ha dado. Se sentirá tan desgraciada y tan sola que para poder realizarse se enamorará de un poeta psicológicamente inestable y se escapará con él a Roma, donde vivirán un exilio miserable bebiendo más de la cuenta. Pero cuando la muchacha entra en la sala, vemos que es bonita, que va bien vestida y que le sonríe a su madre con sincero cariño. Tiene los pies grandes, no hay duda, pero su pecho también es abundante. Quizá debamos ocuparnos del hijo para encontrar el problema que buscamos.

Y ahí sí existen las dificultades. En el penúltimo año de bachillerato lo suspenden y tiene que repetir curso; el resultado es que se siente al margen de sus compañeros y lo colocan, por casualidad, en el pupitre vecino al de Carrie Whitchell, sin duda la chica más atractiva de Shady Hill. Todo el mundo sabe quiénes son los Whitchell y su alegre y bonita hija. Beben demasiado y viven en una de esas casas de madera de Maple Dell. La chica es realmente hermosa y todo el mundo está enterado de que sus astutos padres proyectan salir de Maple Dell apoyándose en la blanquísima piel de su hija. ¡Una situación perfecta! Los Whitchell no ignoran que Helen es rica. En su dormitorio a oscuras calcularán la compensación económica que podrán pedir, y en la cocina maloliente donde comen siempre le dirán a su hermosa hija que deje al muchacho llegar hasta donde quiera. Pero Tom se desenamoró de Carrie tan de prisa como se había enamorado, y después se enamoró de Karen Strawbridge y de Susie Morris y de Anna Macken, y podría pensarse que le faltaba estabilidad, pero en su segundo año de universidad anunció su compromiso con Elizabeth Trustman; se casaron cuando Tom terminó los estudios, y como él tenía que cumplir el servicio militar, ella se fue con él a su destino en Alemania, donde estudiaron y aprendieron el idioma, hicieron amistad con la gente y fueron un motivo de orgullo para su país.

Rachel no tuvo las cosas tan fáciles. Al perder los kilos que le sobraban, se convirtió en seguida en una chica muy atractiva. Fumaba, bebía y probablemente fornicaba, y el abismo que se abre ante una joven hermosa e incapaz de moderarse es insondable. ¿Qué, excepto la casualidad, le impediría terminar de chica de alterne en una sala de baile de Times Square? ¿Y qué pensaría su pobre padre, viendo el rostro de su hija (los pechos apenas cubiertos por un velo) contemplándolo mudamente desde una de esas vitrinas en una mañana lluviosa? Pero lo que Rachel hizo fue enamorarse del hijo del jardinero alemán de los Farquarson, que había llegado a Estados Unidos con su familia después de la guerra dentro del contingente de Personas Desplazadas. Se llamaba Eric Reiner y, si hemos de ser honestos, se trataba de un joven excepcional que consideraba Estados Unidos como un verdadero Nuevo Mundo. A los Crutchman debió de entristecerles la elección de Rachel, por no decir que les rompió el corazón, pero ocultaron sus sentimientos. Los Reiner no lo hicieron. Aquella pareja de industriosos alemanes consideraron el matrimonio de su hijo con la chica de los Crutchman imposible e indecoroso. En una ocasión, el padre golpeó a su hijo en la cabeza con un trozo de leña. Pero los jóvenes siguieron viéndose y terminaron por escaparse juntos. No les quedaba otro remedio: Rachel estaba embarazada de tres meses. Eric se encontraba entonces en su primer año de universidad en Tufts, adonde había ido con una beca. El dinero de Helen resultó muy útil en aquel momento y la madre de Rachel pudo alquilar un apartamento en Boston para la joven pareja y hacerse cargo de sus gastos. El hecho de que su primer nieto fuera prematuro no pareció preocupar a los Crutchman. Cuando Eric se graduó en la universidad, consiguió una beca para continuar sus estudios en el MIT (el Massachusetts Institute of Technology). Se doctoró en física e inmediatamente empezó a enseñar en aquel mismo departamento. Podría haber conseguido un empleo en la industria privada con un sueldo más alto, pero le gustaba dar clases, y Rachel era feliz en Cambridge, donde siguieron viviendo.

Con la marcha de sus queridos hijos podría esperarse que los Crutchman sufrieran la conocida indigencia espiritual de su edad y de su clase -por fin aparecería al descubierto el gusano de la manzana-, si bien, al contemplar a esta pareja encantadora mientras dan fiestas para sus amigos o leen los libros que les gustan, uno podría preguntarse si el gusano no se hallaba en el ojo del espectador que, por timidez o cobardía moral, era incapaz de abarcar el amplio espectro de sus entusiasmos naturales y de reconocer que, a pesar de que Larry no tocara a Bach ni jugara al fútbol demasiado bien, el placer que experimentaba con aquellas dos actividades era auténtico. Quizá podría esperarse al menos que se notara en los Crutchman la normal capacidad destructiva del tiempo, pero ya sea por simple suerte o como consecuencia de su moderada y saludable manera de vivir, no se les cayeron ni los dientes ni el pelo. Su capacidad para la euforia siguió dando frutos innegables, y aunque Larry renunció al coche de los bomberos, se lo continuaba viendo en la fila de la comunión, en el campo de fútbol, en el tren de las ocho y tres minutos, y en el Club de Música de Cámara. Y gracias a la prudencia y a la astucia del agente de Bolsa de Helen, fueron haciéndose cada vez más ricos y vivieron felices el resto de sus días.


En Relatos
Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea
Imagen: © Bettmann/CORBIS

Oscar Wilde - El poeta en los Infiernos

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Oscar Wilde - El poeta en los Infiernos


En los Infiernos, entre toda la excelente compañía que siempre se encuentra allí de amantes, hermosas damas, sabios, poetas y astrólogos, en medio del incesante movimiento de cuerpos condenados, revolviéndose y debatiéndose para librarse del tormento de sus almas, veíase a una mujer sentada aparte, sola y sonriente. Su ademán era el de quien escucha, levanta la cabeza y en lo alto los ojos, como si una voz de las alturas la atrajese.

  —¿Quién es esa mujer? —inquirió un recién llegado, sorprendido por la extraña hermosura de su rostro y aquella mirada cuya expresión no alcanzaba a leer—. ¿Quién es esa mujer de suaves miembros marfileños y larga cabellera que la envuelve desde los brazos hasta las manos, inmóviles sobre el regazo? Es aquí la única alma cuyos ojos se hallan siempre fijos en lo alto. ¿Qué secreto es el que guarda allá arriba, en la alacena de Dios?

  Apenas había acabado de hablar, cuando un hombre, que llevaba en la mano una corona de hojas mustias, apresuróse a contestarle:

  —Dicen —replicó— que en un tiempo, sobre la tierra, era una gran cantante, con voz comparable a las estrellas que caen de un cielo claro. Así, cuando la hora de su condenación llegó, Dios la despojó de su voz, que lanzó a los ecos eternos de las esferas, juzgándola demasiado hermosa para dejarla morir. Ahora, ella la escucha con gratitud, y recordando que un día fuera suya comparte aún el deleite que Dios siente al oírla. No le hables, no le digas nada, pues se imagina que está en el cielo.

  Pero apenas hubo acabado el hombre de la corona marchita, otro dijo:

  —No, no es ésa su historia.

  —¿Cuál es, entonces?

  —La siguiente —explicó el segundo hombre, mientras el de la corona marchita se alejaba—: Una vez en la tierra, un poeta hizo un canto sobre ella, de manera que su nombre quedara eternamente asociado a sus versos, que aún suenan en los labios de los hombres. Y si ahora ella aguza el oído, es para oír sus alabanzas resonando doquiera se habla lengua humana. Ésta es su verdadera historia.

  —¿Y el poeta? —preguntó el recién venido—. ¿Lo amó ella mucho?

  —Tan poco —repuso el otro—, que se tropieza con él todos los días y ni aun le reconoce.

  —¿Y él?

  El otro se echó a reír y replicó:

  —Él es quien acaba de contarle a usted ese cuento sobre la voz de ella, continuando aquí las mentiras que acostumbraba forjar sobre ella cuando estaban juntos en la tierra.

  Pero el recién llegado dijo:

  —Si es capaz de procurar alguna felicidad en el Infierno, ¿cómo puede ser mentira lo que dice?

Clarice Lispector - El cuerpo

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Xavier era un hombre truculento y cruel. Muy fuerte el hombre. Le encantaban los tangos. Fue a ver El último tango en París y se excitó terriblemente. No comprendió la película: pensaba que se trataba de un filme de sexo. No descubrió que era la historia de un hombre desesperado.

En la noche en que vio El último tango en París los tres se metieron en la cama: Xavier, Carmen y Beatriz. Todo el mundo sabía que Xavier era bígamo: vivía con dos mujeres.

Cada noche le tocaba a una. A veces dos veces por noche. A la que no le tocaba se quedaba presenciando. Ninguna tenía celos de la otra.

Beatriz comía que daba gusto: era gorda y enjundiosa. En cambio Carmen era alta y delgada.

La noche del último tango en París fue memorable para los tres. En la madrugada estaban exhaustos. Pero Carmen se levantó por la mañana, preparó un opíparo desayuno —con cucharas llenas de crema espesa de leche— y lo llevó para Beatriz y para Xavier. Estaba somnolienta. Fue necesario darse un baño en la ducha helada para ponerse en forma nuevamente.

Ese día —domingo— almorzaron a las tres de la tarde. La que cocinó fue Beatriz, la gorda. Xavier bebió vino francés. Y se comió solito un pollo entero. Entre las dos se comieron el otro pollo. Los pollos estaban rellenos con masa de harina de mandioca con pasas y ciruelas, todo impregnado, rico.

A las seis de la tarde, los tres se dirigieron a la iglesia. Parecían un bolero. El bolero de Ravel.

Y por la noche se quedaron en casa viendo la televisión y comiendo. Esa noche no sucedió nada: los tres estaban muy cansados.

Y así era, día tras día.

Xavier trabajaba mucho para mantener a las dos mujeres y a sí mismo: las comidas eran abundantes. Pero a veces engañaba a ambas con una prostituta excelente. Pero en casa nada contaba, pues no estaba loco.

Pasaban los días, los meses, los años. Nadie moría. Xavier tenía cuarenta y siete años. Carmen tenía treinta y nueve. Beatriz ya había cumplido los cincuenta.

La vida les sonreía. A veces Carmen y Beatriz salían a comprar camisas llenas de imágenes de sexo. Compraban también perfume. Carmen era más elegante. Beatriz, con sus lonjas, escogía un bikini y un sostén minúsculo para los enormes senos que poseía.

Un día Xavier llegó ya muy tarde de noche: las dos estaban desesperadas. Apenas si sabían que estaba con la prostituta. Los tres en verdad eran cuatro, como los tres mosqueteros.

Xavier llegó con un hambre de nunca acabar. Abrió una botella de champaña. Estaba en pleno vigor. Habló animadamente con las dos, les contó que la industria farmacéutica de su propiedad iba bien de finanzas. Y les propuso a ambas que los tres fueran a Montevideo, a un hotel de lujo.

Fue tal el barullo por la preparación de las tres maletas.

Carmen se llevó todo su complicado maquillaje. Beatriz salió a comprar una minifalda. Viajaron en avión. Se sentaron en la fila de tres asientos: él en medio de las dos.

En Montevideo compraron todo lo que quisieron. Incluso una máquina de coser para Beatriz y una máquina de escribir para Carmen, que quería aprender. En verdad no necesitaba nada, era una pobre desgraciada. Llevaba un diario: anotaba en las páginas del grueso cuaderno empastado en rojo las fechas en que Xavier la buscaba. Le daba el diario a Beatriz para que lo leyera.

En Montevideo compraron un libro de recetas culinarias. Sólo que estaba en francés y ellas no entendían. Parecían más palabrotas que palabras.

Entonces compraron un recetario en castellano. Y se esmeraron en las sopas y en las salsas. Aprendieron a hacer rosbif. Xavier engordó tres kilos y su fuerza de toro aumentó.

A veces las dos se acostaban en la cama. Largo era el día. Y, a pesar de que no eran lesbianas, se excitaban una a otra y hacían el amor. Amor triste.

Un día le contaron ese hecho a Xavier.

Xavier se excitó. Y quiso que esa noche las dos se amaran frente a él. Pero, ordenado de esa manera, terminó todo en nada. Las dos lloraron y Xavier se encolerizó furiosamente.

Durante tres días no le dirigió la palabra a ninguna de las dos.

Pero, durante ese intervalo, y sin encargo, las dos fueron a la cama con éxito.

Al teatro los tres no iban. Preferían ver la televisión. O cenar fuera.

Xavier comía con malos modales: agarraba la comida con las manos, hacía mucho ruido al masticar, además de comer con la boca abierta. Carmen era más refinada, le daba asco y vergüenza. Beatriz tampoco tenía vergüenza, hasta desnuda andaba por la casa.

No se sabe cómo empezó. Pero comenzó.

Un día, Xavier llegó del trabajo con marcas de lápiz de labios en la camisa. No pudo negar que había estado con su prostituta preferida. Carmen y Beatriz agarraron un trozo de palo cada una y corrieron detrás de Xavier por toda la casa. Éste corría todo desesperado, gritando: ¡perdón!, ¡perdón!, ¡perdón!

Las dos, también cansadas, finalmente dejaron de perseguirlo.

A las tres de la mañana, Xavier tuvo ganas de poseer a una de las mujeres. Llamó a Beatriz porque era la menos rencorosa. Beatriz, lánguida y cansada, se prestó a los deseos del hombre que parecía un superhombre.

Pero al día siguiente le advirtieron que ya no cocinarían para él. Que se las arreglara con la tercera mujer.

Las dos de vez en cuando lloraban y Beatriz preparó para ambas una ensalada de patatas con mayonesa.

Por la tarde fueron al cine. Cenaron fuera y sólo regresaron a casa a medianoche. Encontraron a un Xavier abatido, triste y con hambre. El intentó explicar:

—¡Es porque a veces me dan ganas durante el día!

—Entonces —le dijo Carmen—, ¿por qué no regresas a casa?

Prometió que así lo haría. Y lloró. Cuando lloró, Carmen y Beatriz se quedaron con el corazón destrozado. Esa noche, las dos hicieron el amor delante de él y él se consumía de envidia.

¿Cómo es que empezó el deseo de venganza? Las dos eran cada vez más amigas y lo despreciaban.

Él no cumplió la promesa y buscó a la prostituta. Ésta lo excitaba porque le decía muchas obscenidades. Lo llamaba hijo de puta. Él aceptaba todo.

Hasta que llegó cierto día.

O mejor, una noche. Xavier dormía plácidamente como buen ciudadano que era. Las dos permanecieron sentadas junto a una mesa, pensativas. Cada una pensaba en su infancia perdida. Y pensaron en la muerte. Carmen dijo:

—Un día nosotros tres moriremos.

Beatriz replicó:

—Y así y punto.

Tenían que esperar pacientemente el día en que cerrarían los ojos para siempre. ¿Y Xavier? ¿Qué harían con Xavier? Éste parecía un niño durmiendo.

—¿Vamos a esperar que Xavier se muera de muerte natural? —preguntó Beatriz.

Carmen pensó, pensó y dijo:

—Creo que las dos debemos darle una ayudita.

—¿Qué ayuda?

—Todavía no lo sé.

—Pero tenemos que decidir.

—Déjalo de mi cuenta, yo sé lo que hago.

Y nada de nada. Dentro de poco tiempo sería de madrugada y nada habría sucedido. Carmen preparó para las dos un café bien fuerte. Y comieron chocolate hasta la náusea. Y nada, nada ocurrió realmente.

Encendieron la radio a pilas y oyeron una angustiante música de Schubert. Era piano solo. Carmen dijo:

—Tiene que ser hoy.

Carmen era la líder y Beatriz obedecía. Era una noche especial: llena de estrellas que las miraban brillantes y tranquilas. Qué silencio. Pero qué silencio. Se aproximaron las dos a Xavier para ver si se inspiraban. Xavier roncaba. Carmen realmente se inspiró.

Le dijo a Beatriz:

—En la cocina hay dos cuchillos grandes.

—¿Y luego?

—Pues que nosotras somos dos y tenemos dos cuchillos grandes.

—¿Y luego?

—Y luego, burra, nosotras dos tenemos armas y podremos hacer lo que necesitamos hacer. Dios lo manda.

—¿No sería mejor no hablar de Dios en este momento?

—¿Quieres que hable del diablo? No, hablo de Dios porque es el dueño de todas las cosas. Del espacio y del tiempo.

Entonces entraron en la cocina. Los dos cuchillos grandes estaban filosos, eran de fino acero pulido. ¿Tendrían fuerza?

Sí, la tendrían.

Salieron armadas. La habitación estaba oscura. Ellas dieron de cuchilladas erróneamente, apuñalando la manta. La noche era fría. Entonces lograron distinguir el cuerpo dormido de Xavier.

La sangre copiosa de Xavier escurría profusamente en la cama, por el suelo.

Carmen y Beatriz se sentaron junto a la mesa del comedor, bajo la luz amarilla del foco desnudo, estaban exhaustas. Matar requiere fuerza. Fuerza humana. Fuerza divina. Las dos estaban sudadas, mudas, abatidas. Si hubieran podido, no habrían matado a su gran amor.

¿Y ahora? Ahora tenían que deshacerse del cuerpo. El cuerpo era grande. El cuerpo pesaba.

Fueron entonces al jardín y con la ayuda de dos palas cavaron en la tierra una fosa.

Y, en la oscuridad de la noche, cargaron el cuerpo hasta el jardín. Era difícil porque Xavier muerto parecía pesar más que cuando estaba vivo, pues se le había escapado el espíritu. Mientras lo cargaban, gemían de cansancio y de dolor. Beatriz lloraba.

Colocaron el gran cuerpo dentro de la fosa, la cubrieron con la tierra húmeda y olorosa del jardín, tierra buena para las plantas. Después entraron en la casa, prepararon nuevamente el café y se restablecieron un poco.

Beatriz, que era muy romántica, se pasaba el tiempo leyendo fotonovelas en las que ocurrían amores contrariados o perdidos. Ella tuvo la idea de plantar rosas en esa tierra fértil.

Entonces salieron de nuevo al jardín, agarraron una matita de rosas rojas y la plantaron en la sepultura del llorado Xavier. Amanecía. El jardín impregnado de rocío. El rocío era una bendición al asesinato. Así pensaron ellas, sentadas en el banco blanco que había ahí.

Pasaron los días. Las dos mujeres compraron vestidos negros. Y apenas comían. Cuando anochecía, la tristeza recaía sobre ellas. No tenían ya gusto para cocinar. De rabia, Carmen, colérica, rompió el libro de recetas en francés. Guardó el de castellano: nunca se sabía si aún podría ser necesario.

Beatriz pasó a ocuparse de la cocina. Ambas comían y bebían en silencio. El pie de rosas rojas parecía haber pegado. Buena mano para plantar, buena tierra propicia. Todo resuelto.

Y así quedaría cerrado el caso.

Pero sucedió que al secretario de Xavier le extrañó su prolongada ausencia. Había papeles urgentes que firmar. Como la casa de Xavier no tenía teléfono, fue hasta allá. La casa parecía impregnada de mala suerte. Las dos mujeres le dijeron que Xavier había salido de viaje, que estaba en Montevideo. El secretario no las creyó del todo pero pareció que se había tragado la historia.

A la semana siguiente, el secretario fue a la delegación. Con la policía no se juega. Primeramente, los agentes de policía no quisieron darle crédito a la historia. Pero, ante la insistencia del secretario, decidieron perezosamente dar la orden de búsqueda en la casa del polígamo. Todo en vano: nada de Xavier.

Entonces Carmen habló de esta manera:

—Xavier está en el jardín.

—¿En el jardín? ¿Haciendo qué?

—Sólo Dios lo sabe.

—Pero nosotros no vimos nada ni a nadie.

Fueron al jardín: Carmen, Beatriz, el secretario de nombre Alberto, dos agentes de policía y dos hombres más que no se sabía quiénes eran. Siete personas. Entonces Beatriz, sin ninguna lágrima en los ojos, les mostró la fosa florida. Tres hombres abrieron la sepultura, destrozando el pie de rosas que sufrían por casualidad la brutalidad humana.

Y vieron a Xavier. Estaba horrible, deformado, ya medio carcomido, con los ojos abiertos.

—¿Y ahora? —dijo uno de los agentes.

—Y ahora hay que detener a las dos mujeres.

—Pero —dijo Carmen— que sea en la misma celda.

—Mire —dijo uno de los agentes frente al secretario atónito—, lo mejor es fingir que nada ha sucedido, si no va a haber mucho barullo, mucho papeleo escrito, muchos alegatos.

—Ustedes dos —dijo el otro agente de la policía—, preparen sus maletas y váyanse a vivir a Montevideo. No nos joroben más.

Las dos dijeron:

—Muchas gracias.

Pero Xavier no dijo nada. Nada había realmente que decir.


En Cuentos reunidos
Traducción: Cristina Peri Rossi