Biblioteca Ignoria

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Literatura y artes

25 may. 2020

Esteban Peicovich - Jardín botánico

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Esteban Peicovich - Jardín botánico


Curvado como el mundo
un hombre relee en el periódico
lo nada nuevo sucedido en el espejo
después de Cristo.
En la inmovilidad de la luz
Una rosa está a punto de no ser.
Y cae.
La historia natural acontece
en el instante en que vuela la ceniza
de su cigarro
y los ojos se le olvidan en la lectura
inútil.
Invisible, la biblia de hojas verdes
bate el aire, perfuma, murmura,
y por lo bajo anuncia
la única noticia posible.

cesaR brutO - CASANDRA: esperta en adivinansas

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cesaR brutO - CASANDRA: esperta en adivinansas


Todo el que quiera istalarse con un consultorio de adivinansaS tiene que luchar con 2 contras muy serias: el allanamiento de la polisíA (cosa inposible de adivinar porque nadies sabe jamás qué cosas hará la polisíA), y que la clientela no tenga confiansa en los augurios del adivino. Y contra esos 2 inconvenientes tuvo que luchar casandrA, la hija de príamO, aquel que perdió su trono a causa de un tremendo insendio que no pudo ser sofocado a tienpo.

Se sabe que la seniorita casandrA tenía un privilejio enorme: podía antisipar el futuro de todas las cosas, indicando en forma infalible el día y la hora en que susedería cualquier acontesimiento(1). Y esa virtú tuvo su orijen en que siendo casandrA saserdotisA de apolO había sido dotada del don de la profesía, hasta que un día la tipa enpesó a conpadrear con sus poderes y a ser indiscreta con sus adivinansas, y entonses la condenaron a lo peor que puede ser condenado un adivinO: a que nadies le llevara el apunte en sus pronósticos, o sea masomenos lo mismo que haora le ocurre al odservatoriO meteorolójicO que cuando anunsia buen tienpO todo el mundO sale con piloto, y viseversa.

Era inútil que la pobre casandrA se arruinase el órgano produbtor de la voz (la larinjE) tratando de ser escuchada por sus parientes y amigos...

-¡Tené cuidado, no te metás! -le dijo a su padre, cuando los sitiadores de la siudá de troyA le ofresieron de regalo un tremendo caballo de madera-. ¡Mirá que te van a meter la mulA!

-¡Ja ja ja ja jaja! -contestó el reY troyano y padre suyo como ya digimos-. ¡Dejate denbromar con tus adivinansas!

¡Y si no fue sierto lo que desía casandrA, que venga homerO y lo diga!

Llena de tristeza, porque sabía todo lo que iba a suseder, la muchacha llegó a misenaS como esclava del reY agamenóN, que regresaba triunfante, contento y con grandes proyebtos para el futuro... Y la casandrA hubiera querido desirle a gritos: "Dispará, que vas a morir asesinado! ¡No volvás a tu casa, que tu muger tengaña con el amigo mas fiel!", pero se calló la bocA y dejó que la marcha de los acontesimientos siguiera su curso por el férreo camino de la fatalidá... Y agamenóN fue asesinado, como es del dominio público; y casandrA -¡y eso tanbién lo sabía!-, fue asesinada cuando le llegó el turno.

Triste final el de algunas adivinaS: ¡cuando no las persigue la polisíA, las revienta el esetisismo de la jente!

NOTAS: (1) Todo en el mas alto nivel, sentiende, o sea que casandrA no daba datos para las carreraS de caballos, ni para la lotería, ni la quiniela ni nada.

De Brutas biografías de bolsillo

21 may. 2020

John Cheever - Reunión

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 John Cheever - Reunión


La última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y cuando aún estaban dando las doce lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí -mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces-, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano.

- Hola, Charlie -dijo-. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está por la calle sesenta, y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca.

Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos.

Salimos de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un botones, y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó con voz potente:

- ¡Kellner! -gritó-. ¡Garçón! ¡Cameriere! ¡Oiga usted!

Todo aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío.

- ¿Será posible que no nos atienda nadie aquí? -gritó-. Tenemos prisa.

Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies.

- ¿Esas palmadas eran para llamarme a mí? -preguntó.

- Cálmese, cálmese, sommelier -dijo mi padre-. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibsons con ginebra Beefeater.

- No me gusta que nadie me llame dando palmadas -dijo el camarero.

- Debería haber traído el silbato -replicó mi padre-. Tengo un silbato que sólo oyen los camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibsons con Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con Beefeater.

- Creo que será mejor que se vayan a otro sitio -dijo el camarero sin perder la compostura.

- Ésa es una de las sugerencias más brillantes que he oído nunca -señaló mi padre-. Vámonos de aquí, Charlie.

Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar otra vez:

- ¡Garçon! ¡Cameriere! ¡Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo?

- ¿Cuántos años tiene el muchacho? -preguntó el camarero.

- Eso no es en absoluto de su incumbencia -dijo mi padre.

- Lo siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho.

- De acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle -dijo mi padre-. Algo verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie.

Pagó la cuenta y nos trasladamos de aquél a otro restaurante. Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo:

- ¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos bibsons con Geefeater.

- ¿Dos bibsons con Geefeater? -preguntó el camarero, sonriendo.

- Sabe muy bien lo que quiero -replicó mi padre, muy enojado-. Quiero dos gibsons con Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere.

- Esto no es Inglaterra -repuso el camarero.

- No discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide.

- Creí que quizá le gustaría saber dónde se encuentra -dijo el camarero.

- Si hay algo que no soporto, es un criado impertinente -declaró mi padre-. Vámonos, Charlie.

El cuarto establecimiento en el que entramos era italiano.

- Buongiorno -dijo mi padre-. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti fortio. Molto gin, poco vermut.

- No entiendo el italiano -respondió el camarero.

- No me venga con ésas -dijo mi padre-. Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.

El camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo:

- Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.

- De acuerdo -asintió mi padre-. Denos otra.

- Todas las mesas están reservadas -declaró el encargado.

- Ya entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al infierno. Vada all' inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie.

- Tengo que coger el tren -dije.

- Lo siento mucho, hijito -dijo mi padre-. Lo siento muchísimo. -Me rodeó con el brazo y me estrechó contra sí-. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club…

- No tiene importancia, papá -dije.

- Voy a comprarte un periódico -dijo-. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren.

Se acercó a un quiosco y pidió:

- Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? -El vendedor se volvió de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista-. ¿Es acaso pedir demasiado, señor mío? -insistió mi padre-, ¿es quizá demasiado difícil venderme uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista?

- Tengo que irme, papá -dije-. Es tarde.

- Espera un momento, hijito -replicó-. Sólo un momento. Estoy esperando a que este sujeto me dé una contestación.

- Hasta la vista, papá -dije; bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última vez que vi a mi padre.


En Relatos



Lin Yutang - Cristiano, chino y griego

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Lin Yutang - Cristiano, chino y griego


Hay varios puntos de vista de la humanidad: el teológico cristiano tradicional, el pagano griego, y el taoísta-confucianista chino. (No incluyo el punto de vista budista porque es demasiado triste.) Más profundamente, en su sentido alegórico, estos puntos de vista, después de todo, no difieren tanto uno de otro, especialmente cuando el hombre moderno, con mayores conocimientos biológicos y antropológicos, les da una interpretación más amplia. Pero existen estas diferencias en sus formas originales.

El punto de vista cristiano original, ortodoxo, era que el hombre fue creado perfecto, inocente, tonto y feliz, y que vivía desnudo en el Jardín del Edén. Vino después el conocimiento y la sabiduría, y la Caída del hombre, a la cual se deben los sufrimientos del hombre, notablemente (1°) trabajarás con el sudor de tu frente, para el varón, y (2°) los dolores del parto, para la mujer. En contraste con la inocencia y la perfección originaria del hombre, se introdujo un nuevo elemento para explicar su actual imperfección, y ese elemento es, claro está, el Diablo, que trabaja sobre todo a través del cuerpo, mientras su carácter más elevado trabaja por el alma. No sé cuándo se inventó el "alma" en la historia de la teología cristiana, pero esta "alma" llegó a ser un algo más que una función, una entidad más que una condición, y separó decididamente al hombre de los animales, que no tienen almas dignas de salvar. Aquí se detiene la lógica, porque el origen del Diablo tuvo que ser explicado, y cuando los teólogos medievales procedieron con su acostumbrada lógica escolástica a encarar el problema, se vieron en un aprieto. No les caía muy bien admitir que el Diablo, que era No-Dios, viniera de Dios, ni podían convenir muy bien en que en el universo original el Diablo, un No-Dios, fuera co-eterno con Dios. Por eso, desesperados, convinieron en que el Diablo debió ser un ángel caído, lo cual viene a plantear la cuestión del origen del mal (porque debe haber habido aun otro Diablo que tentara a este ángel caído), y esto es, por ende, poco satisfactorio; pero tuvieron que dejar las cosas así. No obstante, de todo ello resultó una curiosa dicotomía del espíritu y la carne, una concepción mítica que todavía hoy predomina bastante y es poderosa en cuanto afecta a nuestra filosofía de la vida y nuestra felicidad.

Vino después la Redención, que derivaba aún del concepto corriente del cordero de sacrificio, y que se remontaba todavía más, a la idea de un Dios que deseaba el olor de la carne asada y no podía perdonar si no se le daba algo. En esta Redención se encontró de un golpe el medio por el cual se podían perdonar todos los pecados, y así se halló de nuevo un camino a la perfección. El aspecto más curioso del pensamiento cristiano es la idea de la perfección. Como esto ocurrió durante la decadencia de los mundos antiguos, surgió la tendencia a acentuar la postvida, y la cuestión de la salvación reemplazó a la cuestión de la felicidad, o de la vida misma. La noción era la de cómo salir con vida de este mundo, un mundo que aparentemente se hundía en la corrupción y el caos, y estaba condenado. De ahí la agobiante importancia asignada a la inmortalidad. Esto representa una contradicción de la historia original del Génesis, donde se lee que Dios no quería que el hombre viviera siempre. El relato que hace el Génesis de la razón por la cual Adán y Eva fueron echados del Jardín del Edén no dice que fue por haber comido del Árbol del Conocimiento, como se concibe popularmente, sino por temor de que desobedecieran por segunda vez y comieran del Árbol de la Vida y vivieran para siempre:

Y el Señor dijo: He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros, que conoce el bien y el mal: y ahora, paca que no extienda la mano, y tome también de! árbol de la vida, y coma y viva por siempre;

Por lo tanto, el Señor Dios le echó del Jardín del Edén, para que labrara la tierra de donde fue tomado.

Y así echó al hombre; y colocó al Oriente del Jardín del Edén unos querubines, y una flamígera espada que se volvía a todos lados, para cuidar el camino del árbol de la vida,

El Árbol del Conocimiento parecería estar en el centro del jardín, pero el Árbol de la Vida estaba cerca de la entrada oriental, donde, por cuanto podemos saber, todavía se hallan los querubines para evitar la aproximación de los hombres.

En suma, todavía hay una creencia en la depravación total, en que el goce de esta vida es pecado y maldad, en que para estar cómodo hay que ser virtuoso, y que en definitiva el hombre no puede salvarse sino por un poder mayor y externo. La doctrina del pecado es todavía la presunción básica del Cristianismo, como se le practica en general hoy, y los misioneros cristianos que tratan de lograr conversos comienzan en general por llevar a quienes quieren convertir la impresión de una conciencia del pecado y de la maldad de la naturaleza humana (que es, claro está, el sine qua non para la necesidad del remedio primario que tiene guardado el misionero). En suma, no se puede hacer cristiano a un hombre antes de convencerlo de que es un pecador. Alguien ha dicho con cierta crueldad: "La religión en nuestro país se ha reducido tanto a la contemplación del pecado, que un hombre respetable ya no se atreve a mostrar la cara en la iglesia."

El mundo griego pagano era un mundo diferente, por sí, y por lo tanto su concepción del hombre era también muy diferente. Lo que más me llama la atención es que los griegos hicieron a sus dioses como hombres, en tanto que los cristianos desearon hacer a los hombres como dioses. Esa compañía olímpica es por cierto jovial, amorosa, cariñosa, embustera, discutidora e irrespetuosa de sus votos; un grupo de personas que aman la caza, que dirigen sus carros y arrojan sus jabalinas como los mismos griegos; y personas que se casaban y que tenían una cantidad increíble de hijos ilegítimos. Por cuanto atañe a la diferencia entre dioses y hombres, los dioses apenas tenían poderes divinos para lanzar centellas en el cielo y hacer crecer la vegetación en la tierra; eran inmortales, y bebían néctar en lugar de vino... las frutas eran casi las mismas. Y uno siente que puede tener intimidad con esta gente, que puede ir de caza, con una mochila a la espalda, en compañía de Apolo o Atena, o detener a Mercurio a su paso y conversar con él como con un mensajero telegráfico, y si la conversación se hace demasiado interesante, podemos imaginar a Mercurio diciendo:, "Sí. Claro. Lo siento, pero tengo que correr a entregar este mensaje a la calle tal." Los hombres griegos no eran divinos, pero los dioses griegos eran humanos. ¡Qué diferentes del perfecto Dios cristiano! De modo que los dioses no eran más que otra raza de hombres, una raza de gigantes, dotados de inmortalidad, que no tenían los hombres de la tierra. De este ambiente salieron algunas de las narraciones más inefablemente bellas, las de Démeter y Proserpina y Orfeo. La creencia en los dioses se daba por sentada, porque hasta Sócrates, cuando estaba por beber la cicuta, propuso una libación a los dioses para que le apresuraran el viaje de este mundo al próximo. Una actitud muy parecida a la de Confucio. Era menester que así fuese en aquel período; desgraciadamente, no hay modo de saber qué actitud hacía el hombre y hacia Dios tomaría el espíritu griego en el mundo moderno. El mundo griego pagano no era moderno, y el moderno mundo cristiano no es.griego. Esa es la lástima.

En total, los griegos aceptaban que la suerte del hombre era una suerte mortal, sujeta a veces a un Destino cruel. Una vez aceptado eso, el hombre era bastante feliz tal como se consideraba, porque los griegos amaban esta vida, y este universo, y les interesaba comprender lo bueno, lo verdadero y lo hermoso en la vida, además de estar plenamente ocupados en la comprensión científica del mundo físico. No había un mítico "Período de Oro", en el sentido del Jardín del Edén, ni una alegoría de la Caída del Hombre; los mismos helenos no eran más que criaturas humanas transformadas de las piedras recogidas y arrojadas sobre el hombro por Deucalíon y su esposa Pyrrha, cuando bajaban a la llanura después del Gran Diluvio. Las enfermedades y los males se explicaban cómicamente; se producían por el irrefrenable deseo de una joven por abrir y ver una caja de joyas: la Caja de Pandora. La fantasía griega era hermosa. Tomaban el carácter humano casi como era: los cristianos podrían decir que estaban "resignados" a una suerte mortal. ¡Pero era tan bello ser mortal!; había lugar para el ejercicio de la comprensión, y del espíritu libre, especulativo. Algunos de los sofistas pensaban que la naturaleza del hombre era buena, y algunos pensaban que la naturaleza del hombre era mala, pero no existía la aguda contradicción de Hobbes y Rousseau. Finalmente, en Platón, se veía al hombre como un compuesto de deseos, emociones y pensamientos, y la vida humana ideal consistía en vivir juntos, en la armonía de esas tres partes del ser, bajo la guía de la sabiduría o la verdadera comprensión.

Platón pensaba que las "ideas" eran inmortales, pero las almas individuales eran bajas o nobles, según amaran la justicia, el conocimiento, la temperancia y la belleza, o no. El alma también adquiría una existencia independiente e inmortal en Sócrates; nos lo dice en Phaedro: "Cuando el alma existe por sí, y queda librada del cuerpo, y el cuerpo queda librado del alma, ¿qué es eso sino la muerte?" Evidentemente, la creencia en la inmortalidad del alma es algo que los puntos de vista cristiano, griego, taoísta y confucianista tienen en común. Es claro, nada hay en ello para que salten los modernos creyentes en la inmortalidad del alma. La creencia de Sócrates en la inmortalidad no significaría nada, probablemente, para un moderno, porque muchas de sus premisas en apoyo de tal creencia, como la reencarnación, no pueden ser aceptadas por el hombre moderno.

El punto de vista chino sobre el hombre también llegó a la idea de que el hombre es el Señor de la Creación ("Espíritu de las Diez Mil Cosas"), y en el criterio confucianista el hombre figura como igual del cielo y la tierra (en el "Trío de Genios"). El ambiente era anímista: todo estaba vivo o habitado por un espíritu, las montañas, los ríos, y todo lo que llegaba a una gran edad. Los vientos y el trueno eran espíritus también; cada una de las grandes montañas y cada río estaba regido por un espíritu que era prácticamente su dueño: cada clase de flor tenía en el cielo un hada que atendía a las estaciones y al bienestar de la flor, y había una Reina de Todas las Flores cuyo cumpleaños caía en el duodécimo día de la segunda luna; cada sauce, pino, ciprés, zorro o tortuga que llegaba a una gran edad, digamos unos centenares de años, adquiría por ese mismo hecho la inmortalidad y se convertía en un "genio".

Con este ambiente animista, es natural que el hombre sea considerado también una manifestación del espíritu. Este espíritu, como toda la vida en el universo entero, es producido por la unión del principio masculino, activo, positivo, o yang, y el principio femenino, pasivo, negativo, o yin, lo cual, en realidad, no es más que una conjetura afortunada y sagaz sobre la electricidad positiva y negativa. Cuando este espíritu se encarna en un cuerpo humano se le llama p'o; cuando no está sujeto a un cuerpo y flota como espíritu, se le llama hwen. (Un hombre de poderosa personalidad, o "espíritu", se dice en China, tiene mucho p´oli o energía p'o.) Después de la muerte, ese hwen sigue ambulando. Normalmente no molesta a la gente, pero si nadie sepulta y ofrece sacrificios al extinto, el espíritu se convierte en un "espectro errante", por cuya razón se establece un Día de Todas las Almas en el decimoquinto día de la séptima luna para un sacrificio general a aquellos que se ahogaron en el agua o murieron en alguna tierra extraña y no fueron sepultados. Además, si el extinto fue asesinado o murió sufriendo un daño que se le infería, el sentido de la injusticia, en el espectro, le obliga a vagar siempre y causar molestias hasta que se venga el daño y se satisface el espíritu. Entonces, todos los inconvenientes se detienen.

Mientras vive, el hombre, que es espíritu hecho forma en un cuerpo, tiene necesariamente ciertas pasiones, deseos, y un flujo de "energía vital", o en lenguaje de más fácil comprensión, "energía nerviosa". En y por sí mismas, estas características no son buenas ni malas, sino apenas algo que se ha dado a la vida humana y es inseparable de ella. Todos los hombres y las mujeres tienen pasiones, deseos naturales y nobles ambiciones, y también una conciencia; tienen sexo, hambre, temor, enojo, y están sujetos a enfermedades, dolores, sufrimientos y muerte. La cultura consiste en producir en armonía la expresión de estas pasiones y deseos. Este es el punto de vista confucianista, que cree que viviendo en armonía con esta naturaleza humana que se nos ha dado, podemos llegar a ser los iguales del cielo y de la tierra. Los budistas, sin embargo, consideran los deseos mortales de la carne esencialmente como los cristianos medievales: son una molestia de la que hay que librarse. Hombres y mujeres demasiado inteligentes o inclinados a pensar en demasía, aceptan a veces este punto de vista y se hacen monjes o monjas; pero, en conjunto, el buen sentido confucianista lo veda. Asimismo, y con un toque taoísta, se considera que las jóvenes hermosas y talentosas que sufren una suerte áspera son "hadas caídas", a quienes se castiga por tener pensamientos mortales o haber descuidado sus deberes en el cielo, y se las envía a esta tierra a vivir una predestinada suerte de sufrimientos mortales.

El intelecto del hombre es considerado como una corriente de energía. Literalmente, este intelecto es "espíritu de un genio" (chingshen), pero tomándose esencialmente la voz "genio" en el sentido en que hablamos de genios de los bosques, genios de las rocas. El equivalente más cercano en este idioma es, como lo he indicado, "vitalidad" o "energía nerviosa", que sube y baja a diferentes momentos del día y de la vida de la persona. Todo hombre nacido en este mundo comienza con ciertas pasiones y deseos y esa energía vital, los cuales siguen su curso en diferentes ciclos durante la niñez, la juventud, la madurez, la ancianidad y la muerte. Confucio dijo: "Cuando joven, cuídate de pelear; cuando fuerte, cuídate del sexo; cuando viejo, cuídate de las posesiones", lo cual significa sencillamente que al niño le gusta pelear, al joven le gustan las mujeres y al viejo le gusta el dinero.

Frente a este compuesto de bienes físicos, mentales y morales, como frente al hombre mismo y a todos los demás problemas, el chino toma una actitud que puede resumirse en la frase: "Seamos razonables". Esta actitud es de no esperar demasiado, ni muy poco. El hombre, digamos, está colocado entre el cielo y la tierra, entre el idealismo y el realismo, entre pensamientos elevados y pasiones muy bajas: tal es la esencia misma de la humanidad; es humano tener sed de conocimientos y sed de agua, amar una buena idea y un buen plato de cerdo con gajos de bambú, y admirar una frase hermosa y una mujer hermosa. Por ser éste el caso, el mundo es necesariamente un mundo imperfecto. Es, claro que existe la probabilidad de encargarse de la sociedad humana y mejorarla, pero los chinos no esperan la paz perfecta ni la felicidad perfecta. Hay una narración que ilustra este punto de vista. Había un hombre que estaba en el Infierno, a punto de ser reencarnado, y dijo al Rey de la Reencarnación: "Si quieres que vuelva a la tierra como ser humano, iré solamente según mis condiciones". "Y, ¿cuáles son?", preguntó el Rey. El hombre respondió: "Debo nacer como hijo de un ministro del gabinete y como padre de un futuro «primer graduado literario» (el estudioso que sale primero en los exámenes nacionales). Debo tener diez mil acres de tierra en torno a mi casa, y estanques con peces, y frutas de todas clases y una bella esposa y bonitas concubinas, todas buenas y amantes, y habitaciones llenas hasta el techo de oro y de perlas, y sótanos repletos de cereal, y arcas atestadas de dinero, y yo mismo debo ser un Gran Canciller o un Duque de Primer Rango, y gozar honores y prosperidad, y vivir hasta los cien años". Y el Rey de la Reencarnación respondió: "Si en la tierra pudiese haber una suerte así, ¡pues me reencarnaría yo y no lo dejaría para tí!"

La actitud razonable existe, desde que tenemos esta naturaleza humana: comencemos con ella. Además, no hay modo de escapar. Las pasiones y los instintos son, en su origen, buenos o malos, pero no se gana mucho hablando de ellos, ¿verdad? Por otra parte, hay peligro de que nos esclavicen. Quedemos en el medio del camino. Esta actitud razonable crea una especie de filosofía tan llena de perdón que, al menos para un estudioso culto, de amplio criterio, que vive según el espíritu de la razonabilidad, todo error o mal comportamiento humano, sea legal o moral o político, que pueda clasificarse como "naturaleza humana común" (más literalmente, "pasiones normales del hombre"), es excusable. Los chinos llegan a presumir que el Cielo, o el mismo Dios, es un ser bastante razonable; que si se vive razonablemente, según las mejores luces de cada uno, no se tiene nada que temer; que la paz de la conciencia es el más grande de todos los dones, y que un hombre con la conciencia limpia no tiene por qué temer ni siquiera a los espectros. Con un Dios razonable que vigila los asuntos de seres razonables, y algunos irrazonables, todo está bastante bien en el mundo. Los tiranos mueren; los traidores se suicidan; se ve al avaro vender sus propiedades; se ve a los hijos de un poderoso y rico coleccionista de curiosidades (de quien se cuentan hechos de codicia y de extorsión por la fuerza) cuando venden la colección por la cual perdió el padre tanto tiempo y dinero, y esas mismas curiosidades se dispersan entre otras familias; se descubre a los asesinos, y hay venganza para los muertos, para las mujeres engañadas. A veces, pero muy raras veces, una persona oprimida clama: "¡El Cielo no tiene ojos!" (La justicia es ciega.) Eventualmente, tanto en el taoísmo como en el confucianismo, la conclusión y la meta suprema de esta filosofía es una completa comprensión de la naturaleza y una armonía con ella, resultante en lo que puedo llamar "naturalismo razonable", si hemos de buscar un término de clasificación. Un naturalista razonable se allana, pues, a esta vida con una especie de satisfacción animal. Ya lo dicen las mujeres analfabetas de China: "Otras nos dieron a luz, y nosotras damos a luz a otras. ¿Qué más hemos de hacer?"

Hay una terrible filosofía en esa frase: "Otras nos dieron a luz y nosotras damos a luz a otras". La vida se hace una procesión biológica, y la misma cuestión de la inmortalidad queda soslayada. Porque ese es el sentimiento exacto del abuelo chino que tiene a su nieto de la mano y va a las tiendas a comprar dulces, con la idea de que a los cinco o diez años volverá al seno de la tierra o a sus antepasados. Lo mejor que podemos esperar de esta vida es que nuestros hijos y nietos no lleguen a avergonzarnos. Todo el patrón de la vida china se organiza de acuerdo con esa única idea.


En La importancia de vivir


Edgar Allan Poe - La isla del hada

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Retrato de Edgar Allan Poe por William Sartain © Corbis


Nullus enim locus sine genio est.
(Servius)


La musique —dice Marmontel en esos Contes Moraux que en nuestras traducciones hemos insistido en llamar Cuentos morales como en remedo de su ingenio—, la musique est le seul des talents qui jouisse de lui même; tous les autres veulent des témoins. Aquí confunde el placer que brindan los sonidos agradables con la capacidad de crearlos. Como en cualquier otro talento, no es posible un goce completo de la música si no hay una segunda persona que aprecia su ejecución. Y tiene en común con los otros talentos la posibilidad de producir efectos que pueden ser plenamente disfrutados en soledad. La idea que el raconteur no ha sido capaz de elaborar claramente, o que ha sacrificado en aras de ese amor nacional por el dicho agudo, es, sin duda, la muy sostenible de que la música más elevada es la que mejor se estima cuando estamos exclusivamente solos. En esta forma pueden admitir la proposición tanto aquellos que aman la lira por sí misma como los que la aman por sus usos espirituales. Pero hay un placer al alcance de la humanidad caída, y quizá sólo uno, que debe aún más que la música a la accesoria sensación de aislamiento. Me refiero a la felicidad experimentada en la contemplación del paisaje natural. En verdad, el hombre que quiere contemplar plenamente la gloria de Dios en la tierra debe contemplarla en soledad. Para mí, al menos, la presencia, no sólo de vida humana, sino de cualquier otra clase que no sea la de los seres verdes que brotan del suelo y no tienen voz, es una mancha en el paisaje, está en pugna con su genio. Me gusta mirar los valles oscuros, las rocas grises, las aguas que sonríen silenciosas, los bosques que suspiran en sueños intranquilos, las orgullosas montañas vigilantes que lo contemplan todo desde arriba; me gusta mirarlos como si fueran los miembros colosales de un vasto todo animado y sensible, un todo cuya forma (la de la esfera) es la más perfecta y la más amplia de todas, que prosigue su camino en compañía de otros planetas; cuya mansa sierva es la luna, su mediato soberano el sol, su vida la eternidad, su pensamiento el de un dios, su goce el conocimiento; cuyos destinos se pierden en la inmensidad; que nos conoce de manera análoga a como nosotros conocemos los animálculos que infestan el cerebro, un ser al que, en consecuencia, consideramos como puramente inanimado y material, de manera muy semejante a la de esos animálculos con respecto a nosotros.

Nuestro telescopio y nuestras investigaciones matemáticas nos aseguran por doquiera —a pesar de la gazmoñería del más ignorante de los sacerdocios— que el espacio, y en consecuencia el volumen, es una consideración importante a los ojos del Todopoderoso. Los ciclos en los cuales se mueven las estrellas son los mejor adaptados para la evolución, sin choque, de la mayor cantidad posible de cuerpos. Las formas de esos cuerpos son las exactamente precisas para incluir, dentro de una superficie dada, la mayor cantidad posible de materia, al par que dichas superficies están dispuestas de manera de acomodar una población más densa de la que cabría en las mismas ordenadas de otra manera. Que el espacio sea infinito no es un argumento contra la idea de que el volumen es una finalidad de Dios, pues puede haber una infinidad de materia para llenarlo. Y puesto que vemos claramente que dotar a la materia de vitalidad es un principio —en realidad, en la medida del alcance de nuestros juicios, el principio conductor de las operaciones de la Deidad—, no es muy lógico imaginarla reducida a las regiones de lo pequeño, donde diariamente la descubrimos, y no extendida a las de lo augusto. Así como encontramos un círculo dentro de otro, infinitamente, pero girando todos en torno a un centro lejano que es la divinidad, ¿no podemos suponer analógicamente, de la misma manera, la vida dentro de la vida, lo menor dentro de lo mayor y el todo dentro del Espíritu Divino? En una palabra, erramos grandemente por fatuidad al creer que el hombre, ya en su destino temporal, ya futuro, es más importante en el universo que ese vasto «terrón del valle» que labra y menosprecia, y al cual niega un alma sin ninguna razón profunda, como no sea porque no le contempla en acción.

Estas fantasías y otras semejantes siempre conferían a mis meditaciones en las montañas y en los bosques, junto a los ríos y al océano, ese matiz que el común de las gentes llama fantástico. Mis vagabundeos por esos paisajes eran frecuentes, extraños, a menudo solitarios, y el interés con que me perdía por numerosos valles sombríos y profundos, o contemplaba el cielo reflejado de muchos lagos brillantes, era un interés acrecentado por la convicción de que me había perdido en una contemplación solitaria. ¿Quién fue el francés charlatán que dijo, aludiendo a la bien conocida obra de Zimmerman, que «la solitude est une belle chose; mais il faut quelqu’un pour vous dire que la solitude est une belle chose»? El epigrama es irrefutable; pero esa necesidad es una cosa que no existe.

Durante uno de mis viajes solitarios, en una lejanísima región de montañas encerradas entre montañas, y tristes ríos y melancólicos lagos sinuosos o dormidos, hallé cierto arroyuelo con una isla. Llegué de improviso, en junio, el mes de la fronda, y me tendí en el césped, bajo las ramas de un oloroso arbusto desconocido, de manera de adormecerme mientras contemplaba la escena. Sentía que sólo así podría verla, tal era el carácter fantasmal que presentaba.

En todas partes, salvo en occidente, donde el sol estaba por ponerse, se elevaban los verdes muros del bosque. El riacho, que formaba un brusco codo en su curso perdiéndose inmediatamente de vista, parecía no salir de su prisión, sino ser absorbido por el profundo follaje verde de los árboles hacia el este, mientras en el lado opuesto (así lo pensé, tendido en el suelo mirando hacia arriba) se derramaba en el valle, silenciosa y continua desde las crepusculares fuentes del cielo, una espléndida cascada oro y carmesí.

Más o menos en el centro de la breve perspectiva que abarcaba mi visión soñadora, una pequeña isla circular, profusamente verde, reposaba en el seno de la corriente.

Tan fundidas estaban la ribera y la sombra que todo parecía suspendido en el aire, tan semejante a un espejo era el agua transparente, que resultaba casi imposible decir en qué punto del inclinado césped esmeralda comenzaba su dominio de cristal.

Mi posición me permitía abarcar de una sola mirada las dos extremidades, este y oeste, del islote, y observé una diferencia singularmente marcada en su aspecto. El último era un radiante harén de bellezas jardineras. Ardía y se ruborizaba bajo la mirada del sol poniente, y reía bellamente con sus flores. El césped era corto, muelle, suavemente perfumado y sembrado de asfódelos. Los árboles eran flexibles, alegres, erguidos, brillantes, esbeltos y graciosos, de línea y follaje orientales, con una corteza suave, lustrosa, multicolor. En todo parecía haber un profundo sentido de vida y de alegría, y, aunque no soplaba el aire de los cielos, todo parecía animado por el delicado ir y venir de innumerables mariposas que podían tomarse por tulipanes con alas.

El otro lado, el lado este de la isla, estaba sumido en la más negra sombra. Una oscura y sin embargo hermosa y apacible melancolía penetraba allí todas las cosas. Los árboles eran de color sombrío, lúgubres de forma y de actitud, retorcidos en figuras tristes, solemnes, espectrales, que expresaban pena letal y muerte prematura. El césped tenía el matiz profundo del ciprés y se inclinaba lánguido, y aquí y allá veíanse numerosos montículos pequeños y feos, bajos y estrechos, no muy largos, que tenían el aspecto de tumbas, pero no lo eran, aunque alrededor y encima treparan la ruda y el romero. La sombra de los árboles caía densa sobre el agua y parecía sepultarse en ella, impregnando de oscuridad las profundidades del elemento. Imaginé que cada sombra, a medida que el sol descendía, se separaba tristemente del tronco donde había nacido y era absorbida por la corriente, mientras otras sombras brotaban por momentos de los árboles ocupando el lugar de sus predecesoras sepultas.

Una vez que esta idea se hubo adueñado de mi fantasía, la excitó mucho y me perdí de inmediato en ensueños. «Si hubo alguna isla encantada —me dije—, hela aquí. Ésta es la morada de las pocas hadas graciosas que sobreviven a la ruina de la raza. ¿Son suyas esas verdes tumbas? ¿O entregan sus dulces vidas como el hombre? Para morir, ¿consumen su vida melancólicamente, ceden a Dios poco a poco su existencia, como esos árboles entregan sombra tras sombra, agotando sus sustancias hasta la disolución? Lo que el árbol agotado es para el agua que embebe su sombra, ennegreciéndose a medida que la devora, ¿no será la vida del hada para la muerte que la anega?».

Mientras así meditaba, con los ojos entrecerrados, y el sol se hundía rápidamente en su lecho, y los remolinos corrían alrededor de la isla, arrastrando en su seno anchas, deslumbrantes, blancas cortezas de sicómoro, cortezas que, en sus múltiples posiciones sobre el agua, podían sugerir a una imaginación rápida lo que ésta gustara; mientras así meditaba, me pareció que la forma de una de esas mismas hadas en las cuales había estado pensando se encaminaba lentamente hacia la oscuridad desde la luz de la parte oriental de la isla. Allí estaba, erguida en una canoa singularmente frágil, impulsándola con el simple fantasma de un remo. Mientras estuvo bajo la influencia del sol tardío, su actitud parecía indicar alegría, pero la pena la alteró al pasar al dominio de la sombra. Lentamente se deslizó por ella y, al fin, rodeando la isla, volvió a la región de la luz. «La revolución que acaba de cumplir el hada —continué soñador— es el ciclo de un breve año de su vida. Ha atravesado el invierno y el verano. Está un año más cerca de la muerte»; pues no dejé de ver que, al llegar a la tiniebla, su sombra se desprendía y era tragada por el agua oscura, tornando más negra su negrura.

Y de nuevo aparecieron el bote y el hada; pero en la actitud de ésta había más preocupación e incertidumbre, menos dinámica alegría. Navegó de nuevo desde la luz hacia la tiniebla (que se ahondaba por momentos), y de nuevo se desprendió su sombra y cayó en el agua de ébano, que la absorbió en su negrura. Y una y otra vez repitió el circuito de la isla (mientras el sol se precipitaba hacia su lecho), y cada vez que surgía en la luz había más pesar en su figura, cada vez más débil, más abatida, más indistinta; y a cada paso hacia la tiniebla desprendíase de ella una sombra más oscura, que se hundía en una sombra más negra. Pero, al fin, cuando el sol hubo desaparecido totalmente, el hada, ahora simple espectro de sí misma, se dirigió desconsolada con su bote a la región de la corriente de ébano y, si salió de allí, no puedo decirlo, pues la oscuridad cayó sobre todas las cosas y nunca más contemplé su mágica figura.


En Cuentos completos
Traducción de Julio Cortázar


Vladimir Nabokov - Un problema de ajedrez

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Vladimir Nabokov - Un problema de ajedrez


A lo largo de mis veinte años de exilio dediqué una prodigiosa cantidad de tiempo a la composición de problemas de ajedrez. Se fija en el tablero cierta disposición, y el problema a resolver consiste en averiguar cómo hacerles mate a las negras en un número determinado de movimientos, por lo general dos o tres. Es un arte bello, complejo y estéril que sólo está relacionado con la forma corriente de este juego en la misma medida en que, por ejemplo, tanto el malabarista que inventa un nuevo número como el tenista que gana un torneo sacan provecho de las propiedades de las esferas. La mayor parte de los jugadores de ajedrez, de hecho, tanto maestros como aficionados, sólo sienten un leve interés por estos acertijos especializadísimos, fantásticos y elegantes, y aun en el caso de que apreciasen algún problema difícil se quedarían perplejos si alguien les invitara a que ellos mismos compusieran otro.

La invención de estas composiciones ajedrecísticas requiere una inspiración de tipo casi musical, casi poética, o, para ser absolutamente exacto, poético-matemática. Con frecuencia, en la amistosa mitad del día, en los márgenes de alguna ocupación trivial, en la ociosa estela de un pensamiento pasajero, sentía, sin previo aviso, una punzada de placer mental al notar que se abría en mi cerebro con un estallido la yema de un problema de ajedrez, prometiéndome así una noche de trabajo y felicidad. A veces era una manera de combinar un raro dispositivo estratégico con una rara línea defensiva; otras, la vislumbre de la configuración definitiva de las piezas que traduciría, con humor y gracia, un tema difícil que hasta entonces había desesperado de ser capaz de expresar; o podía ser un simple ademán hecho en medio de mi mente por las diversas unidades de fuerza representadas por los trebejos, algo así como una veloz pantomima, que me sugería nuevas armonías y nuevos enfrentamientos; fuera lo que fuese, pertenecía a un orden especialmente estimulante de sensaciones, y lo único que tengo en contra de todo eso hoy en día es que la maníaca manipulación de figuras esculpidas, o de sus equivalentes mentales, durante mis años más entusiastas y prolíficos, engulló una importante parte del tiempo que hubiese podido dedicar a las aventuras verbales.

Los expertos distinguen varias escuelas en el arte de los problemas de ajedrez: la anglo-americana, que conjuga unas construcciones precisas con deslumbrantes patrones temáticos, y se niega a dejarse sujetar por ningún tipo de reglas convencionales; la escuela teutónica, de escabroso esplendor; los productos muy acabados pero desagradablemente hábiles e insípidos del estilo checo, con su estricto cumplimiento de ciertas condiciones artificiales; los viejos estudios rusos sobre finales, que alcanzan las centelleantes cumbres del arte, y el mecánico problema soviético del tipo llamado de «entrenamiento», en el que la estrategia artística se ve reemplazada por la fatigosa elaboración de los temas hasta el máximo de sus posibilidades. En ajedrez, habría que explicar, los temas son dispositivos tales como el de la emboscada, la retirada, la inmovilización, etc.; pero sólo cuando se combinan de una forma determinada llega a resultar satisfactorio un problema. El engaño, hasta sus extremos más diabólicos, y la originalidad, llevada a lo grotesco, eran las bases de mi estrategia; y aunque en asuntos relativos a la construcción trataba de seguir, siempre que fuera posible, las reglas clásicas, tales como la economía de fuerzas, la unidad, el escardamiento de los finales sueltos, siempre estaba dispuesto a sacrificar la pureza de la forma a las exigencias de contenidos fantásticos, lo cual hacía que la forma pandeara y estallara como una bolsa de baño que contuviera un pequeño diablo furioso. Una cosa es concebir la jugada central de una composición, y otra muy diferente construirla. La tensión intelectual es formidable; el elemento del tiempo desaparece completamente de la conciencia: la mano constructora tantea en busca de un peón de la caja, lo toma, mientras la mente sigue meditando en torno a la necesidad de utilizar alguna añagaza o recurso provisional, y cuando se abre el puño una hora entera, quizá, ha transcurrido, se ha quemado hasta quedar reducida a cenizas en la incandescente cerebración del urdidor de la intriga. El tablero de ajedrez que tiene ante sí es un campo magnético, un sistema de marcas y abismos, un firmamento estrellado. Los alfiles se desplazan por él como proyectores. Este o aquel caballo es una palanca ajustada y ensayada, y reajustada y ensayada otra vez, hasta que el problema queda afinado porque ya alcanza los niveles necesarios de belleza y sorpresa. ¡Cuán a menudo he pugnado por contener la terrible fuerza de la reina de las blancas a fin de evitar que haya más de una solución! Debería quedar claro que en los problemas de ajedrez la batalla no se libra entre blancas y negras sino entre el compositor y el hipotético solucionista (del mismo modo que en la narrativa de primera categoría el verdadero duelo no es el que libran entre sí los personajes sino el que enfrenta al autor con el mundo), de modo que gran parte de la valía del problema radica en el número de «probaturas»: aperturas engañosas, pistas falsas, especiosas posibilidades de juego, astuta y cariñosamente preparadas para despistar a quien intente resolverlo. Pero, por mucho que intente explicar este asunto de la composición de problemas, me parece que no seré capaz de transmitir de forma asaz cabal el extático núcleo del proceso y sus puntos de contacto con otros tipos, más abiertos y fructíferos, de operaciones de la mente creadora, desde el trazado de los mapas de mares peligrosos hasta la redacción de una de esas increíbles novelas en las que el autor, en un ataque de locura lúcida, se ha fijado a sí mismo una serie de reglas únicas que tiene que observar, ciertos obstáculos de pesadilla que tiene que superar, con el entusiasmo de una deidad que estuviera construyendo un mundo vivo a partir de los ingredientes más inverosímiles: rocas, y carbón, y ciegas palpitaciones. En el caso de la composición de problemas, el proceso viene acompañado de una dulce satisfacción física, sobre todo cuando los trebejos comienzan a representar de forma adecuada, en un ensayo casi definitivo, el sueño del compositor. Te sientes cómodo y calentito (una sensación que se remonta a la infancia, a esos momentos en los que te dedicas a proyectar juegos en la cama, cuando los ángulos de los juguetes van encajando en las esquinas de tu cerebro); observas el precioso modo que una pieza tiene de emboscarse detrás de otra, a la manera confortable y resguardada de una plaza retirada; y el perfecto funcionamiento de una máquina limpia y bien engrasada que trabaja con suavidad en cuanto un par de dedos alzan delicadamente una pieza para luego depositarla con la misma delicadeza.

Recuerdo un problema en particular que llevaba meses tratando de componer. Hubo una noche en la que por fin conseguí expresar aquel tema. Estaba pensado para el deleite del solucionista muy experto. Quien careciese de sutileza podía no enterarse en absoluto de la finalidad del problema, y descubrir su relativamente simple solución «tética» sin haber experimentado los deliciosos tormentos preparados para los más sutiles. Estos últimos empezarían cayendo en la trampa de un patrón ilusorio de juego basado en un tema vanguardista que entonces estaba de moda (exponer al jaque el rey de las blancas), que el compositor se había esforzado al máximo por tenderle (y que sólo podía ser malogrado por un oscuro movimiento de un peón casi invisible). Después de pasar por este infierno «antitético», el a estas alturas ultrasutil solucionista pensaría en el sencillo movimiento clave (alfil a C2) con la misma facilidad con que alguien que estuviera cazando gansos silvestres podría ir de Albany a Nueva York pasando por Vancouver, Eurasia y las Azores. La agradable experiencia del rodeo (extraños paisajes, gongs, tigres, costumbres exóticas, el tres veces repetido giro de la pareja recién casada en torno al fuego sagrado de un hogareño brasero) le compensaría sobradamente la desdicha del fraude, y después, su llegada al sencillo movimiento clave le proporcionaría una síntesis de penetrante placer artístico.

Recuerdo haber emergido lentamente de un desvanecimiento de concentrado pensamiento ajedrecístico, y allí, en un gran tablero inglés de cuero dorado y púrpura, la perfecta disposición quedó por fin equilibrada como una constelación. Funcionaba. Vivía. Mis trebejos Staunton (un juego con veinte años de antigüedad que me regaló Konstantin, el britanizado hermano de mi padre), unas piezas espléndidamente enormes, de madera leonada o negra, de hasta doce centímetros de alto, desplegaban sus brillantes colores como conscientes del papel que estaban desempeñando. Por desgracia, si se los examinaba de cerca, algunos de los trebejos estaban desportillados (después de haber viajado en la caja por los cincuenta o sesenta alojamientos por los que pasé durante esos años); pero la parte superior de la torre y la frente del caballo aún tenían pintada una diminuta corona carmesí que recordaba la marca redonda de la frente de un hindú feliz.

Arroyuelo de tiempo en comparación con el helado lago del damero, mi reloj marcaba las tres y media. Estábamos en mayo, mediados de mayo de 1940. El día anterior, después de meses de imploraciones y maldiciones, le había sido administrado el emético de un soborno a la rata clave de la oficina clave, y esto había dado como resultado un visa de sortie que, a su vez, condicionaba la autorización para cruzar el Atlántico. De repente sentí que, con la culminación de mi problema de ajedrez, todo un período de mi vida había llegado a su satisfactorio final. Todo a mi alrededor estaba en completo silencio; hasta se le formaban, por así decirlo, hoyuelos al mundo, gracias al tono de mi alivio. Durmiendo en la habitación contigua os encontrabais tú y nuestro hijo. La lámpara de mi mesa estaba tocada con una hoja de papel azul pan de azúcar (una divertida precaución militar) y la luz resultante prestaba un tinte lunar al envolutado aire en el que flotaba el humo de tabaco. Unas cortinas opacas me separaban del París en tinieblas. El titular de un periódico que estaba a punto de caerse de una silla hablaba del ataque de Hitler contra los Países Bajos. Tengo ante mí la hoja de papel en la que, aquella noche en París, dibujé el diagrama de la posición del problema. Blancas: Rey en a7 (que significa primera fila, séptima hilera), Dama en b6, Torres en f4 y h5, Alfiles en e4 y h8, Caballos en d8 y e6, Peones en b7 y g3; Negras: Rey en e5, Torre en g7, Alfil en h6, Caballos en e2 y g5, Peones en c3, c6 y d7. Juegan blancas y hacen mate en dos movimientos. La pista falsa, la «probatura» irresistible es: Peón a b8, donde se convierte en caballo, y a continuación tres bellos mates en respuesta a los jaques declarados por las Negras. Pero las Negras pueden frustrar toda esta brillante operación renunciando a hacer jaque a las blancas y llevando a cabo en su lugar un modesto movimiento dilatorio en otra zona del tablero. En una punta de la hoja del diagrama, observo cierta marca sellada que también adorna otros papeles y libros que me llevé de Francia a los Estados Unidos en 1940. Es una huella circular, en el último tono del espectro: violet de bureau. Hay en su centro dos letras mayúsculas de un cicero, R.F., que significan naturalmente République Française. Otras letras en un tipo más pequeño, dispuestas periféricamente, deletrean Controle des Informations. Sin embargo, sólo ahora, muchos años después, la información oculta en mis símbolos ajedrecísticos, que ese control permitió que pasaran, puede ser, y es, divulgada.


En Habla, memoria


18 may. 2020

Mark Twain - Diario de Sem

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Mark Twain © CORBIS


Un domingo de 920 A. C.

Como siempre, nadie respeta las fiestas de guardar. Es decir, nadie salvo nuestra familia. Por todas partes hay multitudes de malas personas en plena jarana. Bebiendo, discutiendo, bailando, apostando, riendo, gritando, cantando... Hombres, mujeres, niños, jóvenes... todos hacen lo mismo. Y también se dedican a practicar otras infamias... Infamias de esas que no deben ponerse por escrito. ¡Menudo ruido! Trompetean con sus cornetas, aporrean cazos y sartenes, martillean instrumentos bárbaros y tañen tambores... más que de sobra para reventarle a uno los tímpanos. Y todo esto un domingo... ¡Imagínense! Mi padre dice que en los viejos tiempos no pasaban estas cosas. Cuando él era pequeño el domingo se respetaba y no había maldades, ni jolgorios, ni ruido. Sólo paz, silencio y tranquilidad. Y misa varias veces al día y al atardecer. Eso era hace casi seiscientos años. ¡Comparad aquellos tiempos con éstos! Cuesta creer que haya cambiado todo tan deprisa que de lo anterior se acuerdan hasta los que aún no son viejos.

Hoy estas criaturas siniestras se agolpan en multitudes aún mayores que de costumbre para ver el Arca, merodear a su alrededor y burlarse de ella. Hacen preguntas y cuando se les dice que es un barco, se ríen y preguntan que dónde está el agua, aquí en mitad del llano. Al decirles que el Señor va a mandarnos desde el cielo agua suficiente para inundar el mundo entero, se burlan una vez más y dicen: «Eso cuéntaselo a los marineros».

Matusalén ha vuelto a venir hoy. No siendo la persona más vieja del mundo, sí es el anciano más ilustre que existe y se hace respetar por esa particular supremacía. Al verle aparecer cesan los gritos, se hace el silencio, los hombres se quitan el sombrero y todos le saludan con reverencia servil, susurrándose unos a otros: «Mírale... Ahí va... Tiene casi mil años... Conoció a Adán, según dicen». Es evidente que al viejo vanidoso todo esto le resulta de lo más agradable, pero avanza dando pasos cortos y con la nariz levantada, adoptando el aire distraído de quien medita sobre un asunto importante, como dando a entender que no se entera de cuanto ocurre a su alrededor.

Pero yo sé, por ciertos detalles, que Matusalén tiene arrebatos no sólo de celos sino también de envidia. Quizá no debiera mencionarlo, pues somos parientes políticos por ser mi mujer su tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tataranieta, o algo así, y aunque no lo diría en público, me parece inofensivo contarlo en la intimidad de mi diario, que es casi igual que decírmelo a mí mismo. Matusalén está celoso por lo del Arca, sin duda alguna. Le da rabia que no se lo hayan encomendado a él, en vez de a mi padre. El Arca ha causado tal impresión en todos los países del mundo que mi padre ha pasado de la oscuridad a la fama mundial, cosa que a Matusalén le da celos. Al principio las gentes decían: «Noé, pero ¿quién es Noé?». Sin embargo, ahora recorren muchos kilómetros para pedir su autógrafo. Esto fatiga a Matusalén.

Claro que él no tiene que pasarse noches enteras firmando autógrafos, como nos pasa a nosotros. Y me refiero a los ocho hermanos, porque Padre no puede hacerlos todos, ni siquiera una décima parte, con una mano tan vieja y agarrotada. Matusalén tiene un carácter de lo más desagradable. A mí me parece que sólo está contento cuando logra molestar a los demás. Siempre nos llama a todos nosotros —a mis hermanos, a mí y a nuestras esposas— «los niños». Lo hace porque sabe que nos ofende. Un día Jafet se atrevió a recordarle tímidamente que éramos todos hombres y mujeres. ¡Sus carcajadas se oían desde un kilómetro a la redonda! Cerrando los ojos en una especie de éxtasis burlón, frunció esos labios resecos mostrando los cuatro colmillos amarillentos de sus encías desdentadas, soltó una siniestra carcajada y dijo entre toses asmáticas:

—Hombres y mujeres, ¡vosotros! Decidme, ¿qué edad tenéis, reliquias venerables?

—Nuestras mujeres tienen casi ochenta años. Y de nosotros el mayor soy yo, que cumplí cien en primavera.

—¡Ochenta, válgame el cielo! ¡Cien, válgame Dios! ¡Y ya casados! ¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! ¡Unos niños de cuna! ¡Unos muñecos de trapo! ¡Y todos casados! En mis días de juventud nadie hubiera permitido casarse a unos niños. ¡Qué atrocidad!

Pese a que Jafet le quiso recordar que más de un patriarca se había casado en su primera juventud, ¡no quiso escucharle! Siempre hace lo mismo. Si se le da un argumento que no logra rebatir, alza la voz y se defiende a gritos. De modo que lo único que puede hacer uno es cerrar la boca y olvidar el asunto. No se puede discutir con él, porque se consideraría un escándalo y una irreverencia. De nada serviría que nosotros, los hermanos, intentáramos contradecirle. Ni nosotros, ni nadie. Excepto el médico. El médico no le tiene ni miedo ni demasiado respeto. Dice que un hombre no es más que un hombre y que tener mil años no le hace estar por encima de los demás.


En Los escritos irreverentes


Alberto Muñoz - Contrabajo

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Alberto Muñoz


Fue en la pascua del 53
cuando su padre cambió
las cuerdas del contrabajo,
y el Parsifal de madera caoba
volvía su alma a las polillas.
El hijo del músico no dio cuenta
de sus actos, pero se supo de su
rápida intervención en comités a la cal
y dejó evidencia de su oído en los
nietos del músico pascuense
que en primavera descubrieron el instrumento
en un sótano de la calle Agrelo
ruinoso del moho,
sosteniendo una camisola bordada en el canesú.
El arco no figuraba entre trastos
y faltaba una clavija.
Toda aquella familia había sido seducida
por los sonidos graves y delicados,
resistían el trueno
por su final de luz líquida
y tintineo.
Ahora
los pequeños descubrieron una caja
de partituras
y pomadas
y polvo de arroz Feraldy.
En la pascua del 53
el abuelo cayó muerto en escena,
el pato que tocaba el bandoneón
siguió en fervoroso réquiem
hasta que la sala descubrió
que no era cansancio aniquilante
sino
la cierta torcaza que daba su mal amor.
El animal
cayó sobre el instrumento haciéndole
saltar una clavija.
Se fue del mundo aquel amante de la “Paráfrasis
sobre el Díes Iraes”, “La danza de la muerte”
de su amado Liszt, se fue del mundo
bajo réquiem
y una lucecita de bambalinas.


En Acordeón a piano, 1985

José Lezama Lima - Pensamientos en la Habana

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José Lezama Lima - Pensamientos en la Habana


Porque habito un susurro como un velamen,
una tierra donde el hielo es una reminiscencia,
el fuego no puede izar un pájaro
y quemarlo en una conversación de estilo calmo.
Aunque ese estilo no me dicte un sollozo
y un brinco tenue me deje vivir malhumorado,
no he de reconocer la inútil marcha
de una máscara flotando donde yo no pueda,
donde yo no pueda transportar el picapedrero o el picaporte
a los museos donde se empapelan asesinatos
mientras los visitadores señalan la ardilla
que con el rabo se ajusta las medias.
Si un estilo anterior sacude el árbol,
decide el sollozo de dos cabellos y exclama:
my soul is not in an ashtray.

Cualquier recuerdo que sea transportado,
recibido como una galantina de los obesos embajadores de antaño,
no nos hará vivir como la silla rota
de la existencia solitaria que anota la marea
y estornuda en otoño.
Y el tamaño de una carcajada,
rota por decir que sus recuerdos están recordados,
y sus estilos los fragmentos de una serpiente
que queremos soldar
sin preocuparnos de la intensidad de sus ojos.
Si alguien nos recuerda que nuestros estilos
están ya recordados;
que por nuestras narices no excogita un aire sutil,
sino que el Eolo de las fuentes elaboradas
por las que decidieron que el ser
habitase en el hombre,
sin que ninguno de nosotros
dejase caer la saliva de una decisión bailable,
aunque presumimos como las demás hombres
que nuestras narices lanzan un aire sutil.
Como sueñan humillarnos,
repitiendo día y noche con el ritmo de la tortuga
que oculta el tiempo en su espaldar:
ustedes no decidieron que el ser habitase en el hombre;
vuestro Dios es la luna
contemplando como una balaustrada
al ser entrando en el hombre.
Como quieren humillarnos, le decimos
the chief of the tribe descended the staircase.

Ellos tienen unas vitrinas y usan unos zapatos.
En esas vitrinas alternan
el maniquí con el quebrantahuesos disecado,
y todo lo que ha pasado por la frente del hastío
del búfalo solitario.
Si no miramos la vitrinas charlan
de nuestra insuficiente desnudez
que no vale una estatuilla de Nápoles.
Si la atravesamos y no rompemos los cristales,
no subrayan con gracia que nuestro hastío
puede quebrar el fuego
y nos hablan del modelo viviente
y de la parábola del quebrantahuesos.
Ellos que cargan con sus maniquíes a todos los puertos
y que hunden en sus baúles un chirriar
de vultúridos disecados.
Ellos no quieren saber que trepamos
por las raíces húmedas del helecho
-donde hay dos hombres frente a una mesa;
a la derecha, la jarra
y el pan acariciado-,
y que aunque mastiquemos su estilo,
we don't choose our shoes in a show-window.

El caballo relincha cuando hay un bulto
que se interpone como un buey de peluche,
que impide que el río le pegue en el costado
y se bese con las espuelas regaladas
por una sonrosada adúltera neoyorquina.
El caballo no relincha de noche;
los cristales que exhala por su nariz,
una escarcha tibia, de papel;
la digestión de las espuelas
después de recorrer sus músculos encristalados
por un sudor de sartén.
El buey de peluche y el caballo
oyen el violín, pero el fruto no cae
reventado en su lomo frotado
con un almíbar que no es nunca el alquitrán.
El caballo resbala por el musgo
donde hay una mesa que exhibe las espuelas,
pero la oreja erizada de la bestia no descifra.

La calma con música traspiés
y ebrios caballos de circo enrevesados,
donde la aguja muerde porque no hay un leopardo
y la crecida del acordeón
elabora una malla de tafetán gastado.
Aunque el hombre no salte, suenan
bultos divididos en cada estación indivisible,
porque el violín salta como un ojo.
Las inmóviles jarras remueven un eco cartilaginoso:
el vientre azul del pastor
se muestra en una bandeja de ostiones.
En ese eco del hueso y de la carne, brotan unos bufidos
cubiertos por un disfraz de telaraña,
para el deleite al que se le abre una boca,
como la flauta de bambú elaborada
por los garzones pedigüeños.
Piden una cóncava oscuridad
donde dormir, rajando insensibles
el estilo del vientre de su madre.
Pero mientras afilan un suspiro de telaraña
dentro de una jarra de mano en mano,
el rasguño en la tiorba no descifra.

Indicaba unas molduras
que mi carne prefiere a las almendras.
Unas molduras ricas y agujereadas
por la mano que las envuelve
y le riega los insectos que la han de acompañar.
Y esa espera, esperada en la madera
por su absorción que no detiene al jinete,
mientras no unas máscaras, los hachazos
que no llegan a las molduras,
que no esperan como un hacha, o una máscara,
sino como el hombre que espera en una casa de hojas.
Pero al trazar las grietas de la moldura
y al perejil y al canario haciendo gloria,
l'etranger nous demande le garçon maudit.

El mismo almizclero conocía la entrada,
el hilo de tres secretos
se continuaba hasta llegar a la terraza
sin ver el incendio del palacio grotesco.
¿Una puerta se derrumba porque el ebrio
sin las botas puestas le abandona su sueño?
Un sudor fangoso caía de los fustes
y las columnas se deshacían en un suspiro
que rodaba sus piedras hasta el arroyo.
Las azoteas y las barcazas
resguardan el líquido calmo y el aire escogido;
las azoteas amigas de los trompos
y las barcazas que anclan en un monte truncado,
ruedan confundidas por una galantería disecada que sorprende
a la hilandería y al reverso del ojo enmascarados tiritando juntos.

Pensar que unos ballesteros
disparan a una urna cineraria
y que de la urna saltan
unos pálidos cantando,
porque nuestros recuerdos están ya recordados
y rumiamos con una dignidad muy atolondrada
unas molduras salidas de la siesta picoteada del cazador.
Para saber si la canción es nuestra o de la noche,
quieren darnos un hacha elaborada en las fuentes de Eolo.
Quieren que saltemos de esa urna
y quieren también vernos desnudos.
Quieren que esa muerte que nos han regalado
sea la fuente de nuestro nacimiento,
y que nuestro oscuro tejer y deshacerse
esté recordado por el hilo de la pretendida.
Sabemos que el canario y el perejil hacen gloria
y que la primera flauta se hizo de una rama robada.

Nos recorremos
y ya detenidos señalamos la urna y a las palomas
grabadas en el aire escogido.
Nos recorremos
y la nueva sorpresa nos da los amigos
y el nacimiento de una dialéctica:
mientras dos diedros giran mordisqueándose,
el agua paseando por los canales de los huesos
lleva nuestro cuerpo hacia el flujo calmoso
de la tierra que no está navegada,
donde un alga despierta digiere
incansablemente a un pájaro dormido.
Nos da los amigos que una luz redescubre
y la plaza donde conversan sin ser despertados.
De aquella urna maliciosamente donada,
saltaban parejas, contrastes y la fiebre
injertada en los cuerpos de imán
del paje loco sutilizando el suplicio lamido.
Mi vergüenza, los cuernos de imán untados de luna fría,
pero el desprecio paría una cifra
y ya sin conciencia columpiaba una rama.
Pero después de ofrecer sus respetos,
cuando bicéfalos, mañosos correctos
golpean con martillos algosos el androide tenorino,
el jefe de la tribu descendió la escalinata.

Los abalorios que nos han regalado
han fortalecido nuestra propia miseria,
pero como nos sabemos desnudos
el ser se posará en nuestros pasos cruzados.
Y mientras nos pintarrajeaban
para que saltásemos de la urna cineraria,
sabíamos que como siempre el viento rizaba las aguas
y unos pasos seguían con fruición nuestra propia miseria.
Los pasos huían con las primeras preguntas del sueño.
Pero el perro mordido por luz y por sombra,
por rabo y cabeza;
de luz tenebrosa que no logra grabarlo
y de sombra apestosa; la luz no lo afina
ni lo nutre la sombra; y así muerde
la luz y el fruto, la madera y la sombra,
la mansión y el hijo, rompiendo el zumbido
cuando los pasos se alejan y él toca en el pórtico.
Pobre río bobo que no encuentra salida,
ni las puertas y hojas hinchando su música.
Escogió, doble contra sencillo, los terrones malditos,
pero yo no escojo mis zapatos en una vitrina.

Al perderse el contorno en la hoja
el gusano revisaba oliscón su vieja morada;
al morder las aguas llegadas al río definido,
el colibrí tocaba las viejas molduras.
El violín de hielo amortajado en la reminiscencia.

El pájaro mosca destrenza una música y ata una música.
Nuestros bosques no obligan el hombre a perderse,
el bosque es para nosotros una serafina en la reminiscencia.
Cada hombre desnudo que viene por el río,
en la corriente o el huevo hialino,
nada en el aire si suspende el aliento
y extiende indefinidamente las piernas.
La boca de la carne de nuestras maderas
quema las gotas rizadas.
El aire escogido es como un hacha
para la carne de nuestras maderas,
y el colibrí las traspasa.

Mi espalda se irrita surcada por las orugas
que mastican un mimbre trocado en pez centurión,
pero yo continúo trabajando la madera,
como una uña despierta,
como una serafina que ata y destrenza en la reminiscencia.
El bosque soplado
desprende el colibrí del instante
y las viejas molduras.
Nuestra madera es un buey de peluche;
el estado ciudad es hoy el estado y un bosque pequeño.
El huésped sopla el caballo y las lluvias también.
El caballo pasa su belfo y su cola por la serafina del bosque;
el hombre desnudo entona su propia miseria,
el pájaro mosca lo mancha y traspasa.
Mi alma no está en un cenicero.


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Eudora Welty - Flores para Marjorie

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Eudora Welty - Flores para Marjorie


Era de los modestos, los tímidos, los de cabello pajizo; uno de esos que preferían siempre esperar a un lado. Con la cabeza baja, veía la hilera de pies que descansaban junto a los suyos. Más allá estaba la base llena de inscripciones del surtidor que se alzaba con un rumor atribulado hacia la claridad del día. Los pies formaban una uve, inmóviles todos. Luego, al final del banco, uno de ellos empezó a golpear en el suelo, despacio. Hizo una insinuación a un envoltorio de chicle de un rosa delicado que pasó volando.

Él no levantó los ojos. Cuando el papel se acercó y arremetió contra su pie, escupió porque tuvo cierta sensación de que le invitaba a hacerlo y lo apartó de un puntapié. Llevaba un palillo en la boca.

Alguien habló.

—¿Irás a la manifestación de las dos?

Howard no miró más arriba de las arrugadas rodilleras de pana que estaban frente a las suyas.

—¿Manifestación...?

El insípido palillo se le pegaba a los labios; lo que dijo fue confuso.

Pero rompió al fin el palillo con los dientes y lo escupió. Aterrizó en la hierba como una tiendecita de campaña. Le sorprendió el hecho, y su limpieza y destreza escupiendo. Y aquella cosita espantó a todas las palomas. Le dolieron los ojos cuando de repente alzaron el vuelo arremolinándose, como si una gran cuchara las revolviera en la claridad del sol. Los cerró sobre sus batientes alas de cambiante ópalo.

Y luego, con los ojos cerrados, tuvo que pensar en Marjorie. Ahora, como algo que hubiera desechado, pensar en ella era siempre como una ola que le golpeaba cuando estaba cansado, una ola que increíblemente surgía del estancamiento y la depresión cuando él se sentaba en el parque, cerniéndose sobre su cabeza, palpitando, cayendo y volviendo sin dejar nada tras de sí.

Se levantó, miró la posición del sol y, lentamente, inició el regreso hacia ella.

Jadeaba por la subida de los cuatro tramos de escaleras, y su mano asió el picaporte en la penumbra del pasillo. En cuanto abrió la puerta se encogió de hombros y tiró el sombrero sobre la cama; así Marjorie no le preguntaría cómo le había ido cuando fue a buscar trabajo a Columbus Circle; aquel día no había vuelto para informarse.

Nada se dijeron, y él se sentó en el sofá con las manos sobre las rodillas. Luego, antes de mirarla a los ojos, se fijó en la silla de la habitación que nadie usaba; allí estaba el abrigo de Marjorie con una flor en la solapa. Soltó una silenciosa carcajada desesperada que se convirtió en tos.

—He dado una vuelta a la manzana —dijo Marjorie— y mira lo que he encontrado.

También ella miraba solo el pensamiento, llena de orgullo. Era amarillo claro. Lo ha encontrado y ya está, pensó Howard, pero se sobresaltó interiormente, como si ella hubiera desplegado algún poder del espíritu. Él tenía que limitarse a sentarse y mirarla fijamente, las manos en los bolsillos, buscando una cerilla.

Marjorie se sentó en el pequeño baúl que había junto a la ventana, el brazo rollizo apoyado en el alféizar; el cabello, suave y corto, se hinchaba y agitaba de vez en cuando como puntas de cintas sobre la mano torcida donde descansaba la cabeza. Resultaba difícil recordar, en aquella ciudad de mujeres oscuras, nerviosas, chillonas, que en Victory, Mississippi, todas las chicas eran como Marjorie, y que Marjorie era, a su vez, como la casa de él... ¿O la de ella? Algunas veces, Howard se sentía perdido en aquella pequeña habitación. Ahora Marjorie le parecía a menudo remota; tal vez fuera el exceso de vida de su cuerpo redondeado, que le impedía advertir ya la vida aislada y solitaria que la rodeaba, la agobiante vida que la rodeaba. Él solo podía mirarla... Su aliento silbó un poco entre los labios entreabiertos, al agitarse en un desasosiego momentáneo.

Howard bajó los ojos y una vez más vio el pensamiento. Brillaba, una flor amarilla abierta con vetas y bordes rojo oscuro. Sobre el azul celeste del viejo abrigo de Marjorie, en la visión ansiosa de Howard empezó a perder su identidad del tamaño de una flor y a asumir las curvas graduales de una montaña en el horizonte de un desierto, convirtiéndose las venas en gargantas, los delicados bordes en los gigantescos labios gastados de un cráter dormido. Le dio un vuelco el corazón...

Sacó el pensamiento del abrigo de Marjorie y arrancó los pétalos, los desparramó por el suelo y los pisoteó.
Marjorie le miraba en silencio y, poco a poco, él comprendió que no había hecho nada, que solo había tenido una terrible visión. El pensamiento brillaba aún en el abrigo, al igual que las palomas volaban aún en el parque cuando él tenía hambre. Se retrepó en el sofá, temblando, con el deseo y la piedad que le habían abrumado, y dijo ásperamente:

—¿Cuánto falta para que salgas de cuentas?

—Oh, Howard.

Oh, Howard... así era Marjorie. La suavidad, el reproche... ¿cómo podría parar aquello de una vez?

—¿Qué has dicho? —le preguntó.

—Oh, Howard, ¿es que no puedes hacer tú mismo las cuentas? No haces más que preguntarlo...

—Tomó una bocanada de aire y dijo—: Será dentro de tres meses..., a finales de agosto.

—Estamos en mayo —le dijo él. ¡Era casi una advertencia!—. Estamos en mayo.

—Mayo, junio, julio, agosto —enumeró los meses.

—¿Estás segura... ¿Estás segura de que será cuando dices? —La miró.

—Pues claro, Howard, esas cosas pasan siempre cuando tienen que pasar. Nada me impedirá tener el niño, eso es seguro... —Las lágrimas afluyeron lentamente a sus ojos.

—¡No llores, Marjorie! —gritó él—. ¡No llores, no llores!

—Aunque tú no lo quieras —concluyó ella.

Él dio un puñetazo en el viejo tapizado granate del sofá. Sentía que la emoción trepaba rápidamente por su cuerpo, con su perfecta y extraña agilidad. Impotente, cerró los ojos.

—Espero que encuentres trabajo antes, Howard —dijo ella.

Él se levantó, asombrado: que sea como ella dice. Miró la habitación de forma inquisitiva, agobiado por la ternura, y sacó con delicadeza el pensamiento del abrigo.

Con él en la mano, se acercó a ella y se dejó caer sobriamente en el suelo, a su lado. Tenía los ojos muy abiertos. Le dio la flor.

Ella murmuró:

—Hace tanto que no estamos juntos.

Y apoyó su mano tranquila y cálida en su cabeza, cubriendo la raya de su cabello, sujetándolo a su lado, mientras él aspiraba profundas bocanadas del olor a trébol de su piel tensa y sus muslos hinchados.

¡No es posible!, pensaba él. El tictac del despertador barato sonaba cada vez más fuerte, mientras hundía la cara contra ella, sintiendo una desesperación nueva a cada momento en la suavidad marcada por el tiempo y el pulso de su cuerpo acogedor.

Pero ella hablaba.

—Si te dieran aunque solo fuera un trabajo de peón durante los tres meses, podríamos apartar algo de eso para pagar quizá una enfermera, durante un tiempo, cuando llegue el niño...

Se incorporó de un salto, los músculos tan alterados por las palabras de Marjorie como si hubieran lanzado un pico contra el pavimento de Columbus Circle en aquel instante. Sus agudas palabras apagaron la voz susurrante de ella:

—¿Trabajo? —dijo él con dureza, apartándose de ella, hablando en voz muy alta desde el centro de la habitación, casi como si copiase la pose y el tono de los agitadores del parque—. ¿Cuándo trabajé por última vez? Hace un año... seis meses... allá en Mississippi... ¡Se me ha olvidado! ¡No es tan fácil como crees tú contar el tiempo! No sabría qué hacer ahora si me dieran trabajo. ¡Se me ha olvidado! Ya todo es pasado... Ya he dejado de creer en ello..., ya no volverán a darme trabajo... nunca...

Se detuvo y, por un instante, brilló en su cara una expresión como si viera un espejismo.

Quizá imaginara ante sí una división regular y constante del día y la noche, con el desayuno apareciendo por la mañana. Luego, con una risa leve, retrocedió más aún, hasta dar con la pared, alejándose todo lo posible de Marjorie, como si ella fuese desleal, ajena, como si estuviera aliada con otras fuerzas.

—Vamos, Howard, ya ni siquiera tienes la esperanza de encontrar trabajo —cuchicheó ella.

—Que vayas a tener un niño, que eso sea algo que ha de suceder, que no puedas andar siempre por ahí con un niño dentro, y que el niño vaya a nacer de verdad... ¡Eso no significa que vaya a suceder algo más ni que las cosas vayan a cambiar!

Gritó estas palabras desesperadamente, apoyado en la pared.

—¡Eso no significa que yo vaya a encontrar trabajo! ¡No significa que no vayamos a morirnos de hambre!
Con un gesto de angustia había sacado el monedero de cuero del bolsillo y lo balanceaba violentamente hacia delante y hacia atrás.

—¡Quizá no lo sepas, pero tú eres lo único en el mundo que no se ha detenido!

El monedero, como un pendulito, aminoró el balanceo en su mano. Howard la miró atentamente y luego su boca se paralizó, abierta, y él se quedó allí, sosteniendo el monedero en las palmas de las manos lo más quietas posible.

Pero Marjorie seguía sentada, sin el menor desaliento, con la cabeza vuelta hacia un lado. Su plenitud parecía no haber tocado jamás el cuerpo de él. Howard, en su lejanía, apoyado en la pared, contemplaba el mundo de seguridad y fertilidad y comodidad de ella, diferenciada para siempre, segura y esperanzada con el embarazo, como si le pareciese extraño también que este mundo no debiese sufrir.

—¿Has podido comer algo? —le preguntaba ella.

Se quedó asombrado, y enseguida la odió. ¡Desde su seguridad, le preguntaba por el hambre y la debilidad! Arrojó con fuerza el monedero, que golpeó el suelo como el cuerpo de un pájaro herido.

Estaba vacío.

Howard caminó con paso inseguro por la habitación y se acercó a la cocina. Cogió una cazuela torcida, limpia y pequeña y volvió a dejarla. La habían llevado con ellos a todas partes, de cuarto en cuarto. Su mano recorrió los objetos de la repisa como si estuviese ciego. Agarró el cuchillo grande.

Empuñándolo con suavidad, se volvió hacia Marjorie.

—¿Qué vas a hacer, Howard? —murmuró ella, con voz paciente y cantarina, la misma voz de tantas otras veces.

Estaban ya los dos muy lejos, muy separados, remotos. Como el chispazo de un relámpago, él asió con fuerza el cuchillo y se lo hundió en el pecho.

La sangre chorreó por el mango y cayó en la mano abierta que ella tenía en el regazo. ¡Qué extraño!, pensó él, perplejo. Ella seguía apoyada en el otro brazo, pero debía de haberse apoyado con demasiada fuerza en él, pues, al poco, la cabeza se le dobló lentamente hasta tocar con la frente el alféizar de la ventana. El cabello fue cayéndole desde atrás y, en un instante, le caía todo hacia delante. El brazo que tenía apoyado en el antepecho de la ventana, en posición alzada, estaba exactamente igual que antes. Tenía los dedos relajados, como si acabara de dejar caer algo. En las uñas tenía unas marcas como nubecillas blancas. Un perfecto equilibrio, pensó Howard mirando el brazo de Marjorie. Cuando bajó al fin la vista, la sangre lo cubría todo, el regazo de Marjorie era como un cuenco.

Sí, sí, claro, pensó; pues todo parecía imposible. Fue a lavarse las manos. El tictac del reloj le infundía pavor, así que lo tiró por la ventana. Al cabo de un largo momento lo oyó chocar contra el patio.

Con la cabeza palpitante de súbito dolor, se agachó y recogió el monedero. Al salir, cerró la puerta con cuidado.

Allí en la ciudad el sol iluminaba las calles con rayos oblicuos. Se asentaba sobre un delgado gato gris que oteaba frente a un poste de barbero; al pasar Howard, el gato se lamió escrupulosamente, observándole. Él se enderezó bien el sombrero y cruzó entre un grupo de niños que se agolpaban en torno a una comba, cantando y saltando alrededor de él, con labios colgantes. Cruzó una calle y un mensajero le golpeó con la rueda de su bici, pero no le hizo daño. Siguió caminando por la Sexta Avenida bajo la sombra de los raíles elevados de la L, recolocándose el sombrero. Las pequeñas ráfagas de viento intentaban arrebatárselo y llevárselo. ¡Qué lejos habría tenido que ir para cazarlo!

... Llegó junto a un grupo de personas que contemplaban una máquina en un escaparate. Hacía buñuelos muy despacio. Se acercó a la siguiente puerta, donde había otro escaparate lleno de estampas en colores de la Virgen María y casi todas las clases de pájaros y animales, y, debajo de estas, una estantería llena de cajitas grises de cartón que contenían lavabos y orinales en miniatura, artículos para bromas, y en la caja del centro una bombilla conectada a un tubo largo, con un letrero a lápiz: «¡Palpitador, el corazón de imitación! Demuéstrele que la ama». Un organillero se quitó el sombrero e interpretó «Valencia».

Siguió su camino y en un portal vio al subastador inclinarse con gesto sugerente y blandir un par de palmatorias doradas a unos hombres que lanzaban bocanadas de humo directamente hacia las alas de sus sombreros. Pasó por otro lugar, con las mismas estampas de la Virgen prendidas con alfileres al paramento de la puerta, por si no las hubieran visto la primera vez. En una mesa polvorienta, junto a su mano, vio un pisapapeles que era una bola de cristal. Estiró la mano con tímida alegría y lo acarició, era muy pequeño y redondo. Contenía una pequeña escena compuesta con trozos de material de colores, una tierra clara bajo el cristal; le habría gustado estar allí. Le hizo sonreír: todo parecía empequeñecido, iluminado, floreciendo, no demasiado grande. Dio la vuelta a la bola con una especie de instinto, y con conmovida sumisión y piedad vio el paisaje inundado de nieve. Quedó un instante fascinado, y luego, al advertir de repente el gran tamaño de su persona, dejó el pisapapeles en su sitio y se quedó temblando en la puerta. Un transeúnte le puso en la palma abierta una moneda de veinticinco centavos.

De repente se encontró en el túnel de un metro. A lo largo de la pared de azulejos se leía «Dios me ve, Dios me ve, Dios me ve, Dios me ve»... cuatro veces por donde él pasó. Leyó los carteles, «Entrada» y «Solo salida»; alguien había escrito «¡Cojones!» bajo ambas palabras. Se contempló en el espejo de una máquina de chicles y se enderezó el sombrero antes de entrar en el vagón.

Una vez dentro miró por encima de las cabezas de los pasajeros las imágenes de los anuncios y vio varias parejas abrazadas y sonriendo. Pasó un vagabundo con bastón y cantó «Let Me Call You Sweetheart» como un ciego; también a él le dieron una moneda de veinticinco centavos. Cuando bajó del metro un guardia le dijo que anduviera con cuidado. Se sujetó el sombrero, allá abajo también soplaba el viento, silbaba por las vías tras los trenes. Subió las escaleras entre dos viejas y cálidas mujeres judías.

Arriba, entró en un bar y bebió un whisky y, aunque no podía pagarlo, le sobraban cinco centavos del viaje en metro. Oyó a su espalda el rumor de una máquina tragaperras. Se acercó y se quedó un rato entre dos tipos de aspecto amistoso, y luego metió la moneda de cinco centavos. Las muchas monedas que brotaron repiqueteando por el agujero le hicieron marearse. Le cayeron por encima de las piernas y retrocedió contra la polvorienta cortina roja. Se le cayó al suelo el sombrero. Todos se abalanzaban a cogerlo, y algunos le dieron puñados de monedas y le invitaron a beber. Uno de ellos dijo:

—Amigo, no deberías desatar el infierno de este modo.

Era un sureño. Howard aceptó que todos bebieran y que su fortuna les perteneciese a todos.

Pero después de caminar por la calle un rato, aún no se le ocurría adónde ir. Decidió probar en la oficina de empleo, con la señorita Ferguson. La señorita Ferguson le conocía, tenía la vieja costumbre de subir hasta allí a verla.

Entró en la oficina. Vio a la señorita Ferguson a través de la puerta, escribiendo a máquina, como siempre.

—¡Eh, señorita Ferguson! —dijo suavemente, echándose hacia delante con toda confianza.

Luego se incorporó, dispuesto a quitarse el sombrero, pero ella siguió escribiendo a máquina.

—¡Eh, señorita Ferguson!

Entró en el despacho una mujer que no le conocía de nada.

—¿Recibió usted la tarjeta avisándole de que viniera? —le preguntó.

—Señorita Ferguson —repitió él, atisbando por un lado del brazo rojo de la mujer, para no dejar de mirarla.

—La señorita Ferguson está ocupada —dijo la mujer del brazo rojo. ¡Si al menos pudiera contarle a la señorita Ferguson todo, todo lo que le había pasado en la vida!, pensaba Howard.

Entonces la cosa se aclararía y la señorita Ferguson escribiría una nota en una tarjetita, y se la daría, le diría exactamente adónde podía ir y lo que podía hacer.

Cuando la mujer del brazo rojo salió de la oficina, Howard intentó ganarse a la señorita Ferguson. A veces era muy comprensiva.

Alguien me dijo que usted sabía escribir muy bien a máquina! —dijo con voz dulce, en tono de felicitación.

La señorita Ferguson alzó la vista.

—Sí, así es. Sé escribir a máquina —corroboró, y siguió haciéndolo.

—Tengo que contarle una cosa —dijo Howard. Y sonrió.

—En otra ocasión —contestó la señorita Ferguson por encima del rumor de las teclas—. Ahora estoy ocupada. Será mejor que se vaya a casa y la duerma, ¿eh?

Howard dejó caer el brazo. Esperó e intentó impacientemente dar con una respuesta. Miró el dispensador de agua, donde flotaban diminutas burbujas de aire, pero no se le ocurrió nada.

Levantó el sombrero con una extraña gallardía, que podría haber parecido orgullo.

¡Adiós, señorita Ferguson!

Y volvió a la calle.

Siguió avanzando, alejándose. Era tarde cuando entró en una gran galería, y mientras pasaba detrás de alguien por un molinete libre, una mujer se acercó a él y dijo:

—Es usted la persona diez millones que entra en Radio City, y hablará usted por una cadena nacional roja y azul de la NBC esta tarde a las seis en punto, hora de la costa este. ¿Cómo se llama usted, cuál es su dirección y su número de teléfono? ¿Está usted casado? Acepte estas rosas y la llave de la ciudad.

Le dio una llave voluminosa y pesada y un ramo de rosas rojas. Intentó devolvérselas, pero ella no esperó ni un segundo. Un corro de hombres de rostros aguileños le apuntaban con sus cámaras y todos le fotografiaron, entre luces de flashes.

—¿En qué trabaja usted?

—¿Está usted casado?

Casi en su misma cara, una mujer enorme, con plumosas pieles y con un alambrito marrón en un diente, escuchaba, y otros esperaban detrás de ella.

Él buscó una salida, y cuando no miraban consiguió zafarse y salir corriendo.

Bajó corriendo por la Sexta Avenida lo más deprisa posible, aterrado, las rosas balanceándose como cabezas en su brazo, la llave sobresaliendo en el costado. Con la mano libre se sujetaba firmemente el sombrero. Portales y cruces se quedaban atrás como en un borrón. Advirtió que pasaba junto a un restaurante, todo iluminado, pero ya era demasiado tarde para tener hambre. Solo quería llegar a casa. Le costaba trabajo ver, pero el tráfico parecía detenerse suavemente cuando él pasaba corriendo como un rayo; los caballos se detenían bajo los raíles de la L, y los vehículos se contraían con amabilidad, formando una especie de fuelle, delante de él. La gente parecía desvanecerse a su paso. Pensó que quizá estuviera muerto y ahora, al final, todo y todos le temiesen.

Cuando llegó a su calle estaba sin aliento. Había niños jugando. Le tenían miedo y le dejaron pasar. Entró en el patio corriendo y, una vez allí, se paró en seco.

Vio el despertador.

Estaba en el suelo, con la esfera hacia abajo, y esparcidos a su alrededor en todas direcciones había muelles, ruedecillas y trozos de cristal. Se agachó y contempló las piececitas.

Por fin subió las escaleras. Al principio intentó abrir la puerta con la llave de la ciudad. Pero la puerta no estaba cerrada con llave. Entró y miró hacia la ventana, y allí seguía Marjorie, sobre el pequeño baúl. Le llegó entonces la intensa fragancia de las rosas. Golpeó sus suaves pétalos. El brazo de Marjorie se había caído. Se había roto el equilibrio perfecto y su mano colgaba por fuera de la ventana, como para atrapar el viento.

Luego Howard advirtió que todo se había detenido. Era exactamente como él había temido, exactamente como había soñado. Había tenido un sueño que se había hecho realidad.

Retrocedió despacio, salió del cuarto y bajó corriendo las escaleras.

La primera persona que vio en la esquina de la calle era un policía que miraba volar las palomas.

Se acercó a él y se quedó a su lado.

—¿Sabe usted lo que hay allí arriba, en aquella habitación? —preguntó al fin.

Le turbaba preguntarle algo a un policía con aquellas flores tan hermosas en la mano.

—¿Qué hay? —preguntó a su vez el policía.

Howard inclinó la cabeza y hundió la cara en las rosas. —Una mujer muerta. Marjorie está muerta.

Aunque la señal del cruce de calles estaba justo sobre sus cabezas, y en el aire donde las palomas volaban las campanadas de un reloj daban las seis, por un instante ni siquiera el policía pareció estar seguro de la hora y el lugar en que estaban, pues tuvo que mirar su reloj y las cosas que llevaba en el bolsillo.

—¡Oh! ¡Caramba! —decía el policía mientras Howard, perplejo, miraba a un lado y a otro.

Le observaba con firmeza, memorizando para siempre la indescriptible y polvorienta figura de grandes ojos grises y cabello pajizo.

—Y supongo que las gotas rojas de sus pantalones son pétalos de rosa, ¿verdad?

Al fin asió al hombre de mirada fija por el brazo.

—No tengas miedo, muchachote. Yo subiré contigo —dijo.

Dieron la vuelta y se encaminaron hacia la casa, codo con codo. Cuando las rosas se desprendieron de los dedos de Howard y fueron cayendo de cabeza a lo largo de la acera, las niñas corrieron a cogerlas furtivamente y se las pusieron en el pelo.


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