Biblioteca Ignoria

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Literatura y artes

22 oct. 2020

Lorrie Moore - Guía de divorcio para niños

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Pon más sal en las palomitas porque tu madre dirá que la necesita, pues, en la parte en la que Inger Bergman está a punto de morirse y hay trucos de cámara para alargarle el torso, nunca puede evitar emocionarse.

Piensa: Jo, ya está otra vez con los kleenex.

Te dirá «Gracias, cariño» cuando llegues despacio, poco a poco, rodeando la esquina en bata y zapatillas, al cuarto de estar con el viejo bol (antes ensaladera) de la abuela lleno a rebosar. Las he hecho yo misma, recuérdale, y deja caer accidentalmente unas cuantas palomitas en el suelo. Manoplas las empujará de un lado a otro con las zarpas.

Mmmmm, qué gusto da reponer las sales, comentará, mientras mastica, con una sonrisa pastosa.

Dile que la enfermera del colegio explicó una vez, después de que pasaran una película sobre la pubertad, que la sal es mala para el corazón.

Bah, dirá ella. Lo hace latir, nada más. Pum, pum, pum. ¡Ay, mira!, hablará con la boca llena de palomitas. Cary Grant la va a sacar de allí. ¿Has desenchufado la palomitera?

Haz como que no la oyes. Mira a Inger Bergman con aspecto alargado; pregúntate qué significa.

Más vale que lo compruebes, te dirá.

Gime. Haz un ruidito como una ch con la lengua en el paladar. Corre todo lo que puedas porque el próximo anuncio va a ser el último. Desenchufa la palomitera. Tráete a Manoplas, que maúlla junto a la nevera. Te dejará pelos en el albornoz. Descárgalo sobre el regazo de tu madre.

Eh, niño, dirá arrullando al gato, y le rascará las orejas. Acurrúcate junto a tu madre, que extenderá la mano, te rascará también una oreja y te besará la mejilla. Entonces se inclinará de pronto hacia delante y extenderá la mano hacia el cuenco de la mesa de centro, con cuidado para no alterar al gato. Siempre creo que se dará cuenta antes, dirá tu madre entre bocado y bocado, con una mano que no para de ir y venir de la otra mano a la boca. Qué cerrados y frustrantes pueden ser los hombres. Te guiñará un ojo.

Mira la pantalla con desconfianza. Todos los malos dejarán que Cary Grant se lleve a Inger Bergman en el coche negro. Habrá mucha música anticuada. Ponte de pie y extiende el albornoz hacia los lados. Saca la lengua y finge danzar como una retrasada mental en un baile. Pon los ojos en blanco. Baila el vals por el cuarto de estar con movimientos exagerados, de un lado a otro, date con los muebles. Tu madre hará como que no te presta atención. Dirá por fin con voz inexpresiva: Qué bonito, vaya, la verdad es que me haces flotar.

Cuando termina la música, te preguntará qué quieres ver. Te pasará la Guía de televisión. Mírala. Di: La película de «Terror de madrugada». Te mirará levantando una ceja, pero di «por favor, por favor» con voz suave y junta las manos como si rezaras. Te devolverá una sonrisa y suspirará, vale.

Cambia de canal y vuelve al sofá. Métete debajo de la manta afgana azul con tu madre. Dile que lo que más te gusta son los dibujos animados del principio, cuando sale la momia del ataúd y ruge: ¡¡TERROR!! Súbete a un brazo del sofá y haz una imitación, con las manos como garras, los codos rígidos, la cabeza caída a un lado. Tu madre te dirá que te vuelvas a sentar. Vuelve a refugiarte bajo la manta a su lado.

Cuando te pregunte cuál te gusta más, la momia o el hombre lobo, dile que el hombre lobo mete miedo porque sale de noche y hace cosas que nadie sospecha porque de día trabaja en un banco y no tiene pelo.

¿Y la momia?, te preguntará mientras acaricia a Manoplas.

Encógete de hombros. Muérdete los labios. Di: La momia no es más que la momia.

Quítate con la punta de la lengua un trozo de palomita masticada que se te ha quedado en una muela. Intenta tragártela, pero atragántate y ponte a jadear y a hacer unos ruidos horribles, como si fueras a vomitar. El gato huirá, asustado.

Dios mío, ten cuidado, dirá tu madre dándote unas palmadas en la espalda. Toma, bebe agua.

Intenta gruñir cerveza, cerveza, como un vaquero moribundo que viste una vez en un anuncio, pero de todas formas bebe el agua. Cuando ya no estés atragantada, cuando tengas la cara menos roja y puedas respirar de nuevo, pide una Coca-Cola. Tu madre dirá: Creo que no, el doctor Atwood dijo que tenías los dientes fatal.

Dile que el doctor Atwood es un médico de poca monta.

¿Qué quieres decir con eso?, exclamará ella.

Mira al frente.

Responde: No lo sé.

La momia derribará postes de teléfono, los levantará y los arrojará como si fueran troncos de juguete de un juego de construcciones.

Vaya, tan vestidita y sin plan, dirá tu madre.

Acurrúcate junto a ella y suelta un largo «qué ingenioso» de admiración, en voz baja.

La policía busca a un monstruo en el cementerio. No sabrán si es la momia o el hombre lobo, pero por allí habrá andado alguien dejando montoncitos humeantes de huesos y carne que asustan y hacen lloriquear hasta a los perros policía.

Di algo así como qué asco y cierra los ojos.

¿Estás segura de que quieres ver esto?

 Insiste en que no te da miedo.

Hay un concierto de rock en el Canal 7, ¿sabes?

Piénsalo. Decide probar el Canal 7, solo por tu madre. Saldrá un tipo con el pelo grasiento que se parece al tío Jack y dirá algo aburrido.

Tu madre estará de acuerdo en que se parece al tío Jack. Un poco.

Un grupo con sombra de ojos negra se pondrá a tocar la guitarra. Ponte de pie y da botes como viste hacer una vez a Julie Steinman.

Dios, ¿por qué siempre tocarán las guitarras a la altura de la ingle?, preguntará tu madre.

No respondas, limítate a imitarlos; échate el pelo hacia atrás y tócate de una manera rara la ingle, por encima del pantalón del pijama. Tu madre te dará un cachete y te dirá que eres una grosera.

Hazte la ofendida. Finge una depresión. Coge una revista y haz como si leyeras.

El gato volverá a reunirse con vosotras. Mira las fotos de comida.

Tu madre intentará animarte. Dirá: ¡Mira! ¡Pat Benatar! Vamos a bailar.

Dile que Pat Benatar te parece estúpido y cutre. Pásate cinco minutos enteros sin decir nada.

Cuando sale B-52, dile que esos sí que te parece que están bien.

Saca una sonrisa tímida. Entonces os levantaréis las dos y bailaréis como locas alrededor de la mesa de centro, hasta que empecéis a sudar, mientras coreáis los u-a-us, saltáis como si estuvieseis encima de un saltador, os movéis como robots del espacio. Menea las manos como tu madre alrededor de la cabeza. Durante un anuncio, pide un refresco de naranja.

Agua o leche, dirá ella, casi sin aliento, y volverá a sentarse.

Di mierda, y cuando te pregunte qué has dicho, suspira: Nada.

Después sale Rod Stewart cantando en un tejado, en alguna parte. Tu madre dirá: Es bastante mono.

Dile que Julie Steinman lo vio una vez en una tienda y que parecía muy viejo.

Hmmmm, dirá tu madre.

Estudia cuidadosamente a Rod Stewart. Pregúntate si serías capaz de mover las piernas de esa manera. Piensa en hacer una imitación para que la vea Julie Steinman.

Cuando se acaben las palomitas, bosteza. Di: Me voy ya a la cama.

Tu madre parecerá desilusionada, pero dirá: Muy bien, cielo. Apagará el televisor. Por cierto, te preguntará, titubeante como siempre: ¿Qué tal te ha ido en estos tres días?

No menciones lo de la mujer ni lo de la cerveza. Dile que te ha ido bien, que tiene una diana de dardos plateada y nueva, que salisteis a cenar y que un tipo llamado Hudson contó una anécdota bastante divertida sobre uno que se meó en la cesta de la comida. Pídele un Seven-up.

19 oct. 2020

Elías Canetti - El clamor de los ciegos

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Trato de relatar algo y apenas enmudezco me doy cuenta de que aún no he dicho nada. Algo maravillosamente luminoso y denso permanece aún en mí y obstruye la palabra. ¿Es acaso la lengua, que no entiendo, y que paulatinamente debo interpretar en mi interior? Había acontecimientos, imágenes, sonidos, cuyo sentido de entrada radica en uno mismo, que fueron no tanto tomados, sino reducidos a palabras, y que más allá de las palabras, son aún más profundos y plenos de sentido que ellas mismas. Sueño en un hombre que olvida las lenguas de la Tierra hasta no comprender cuanto se dice en ninguna de ellas. ¿Qué hay en el lenguaje? ¿Qué esconde? ¿Qué le sustrae a uno? Traté de aprender, durante las semanas que pasé en Marruecos, no tanto árabe como también una de las lenguas beréberes. No quería perder ni un ápice de la fuerza de esas extrañas voces. Quería sentirme tan afectado por esos sonidos heterogéneos como en realidad se merecen, y no flaquear por un conocimiento deficiente y superficial. No había leído nada sobre el país. Sus lugares me resultaban tan ajenos como sus gentes. Lo poco que a lo largo de una vida le llega a uno por los aires, de cada país y cada pueblo, se pierde en las primeras horas. Pero permanecía la palabra «Alá», que no podía eludir de ninguna manera. Por lo que atañe a los viejos, una parte de mi experiencia me predisponía hacia ellos, la parte más cotidiana, emotiva y persistente. Viajando lo toleramos todo, los prejuicios quedan en casa. Se observa, se escucha, se siente uno fascinado ante lo más atroz porque es nuevo. Los buenos viajeros son despiadados. Cuando el pasado año, tras cincuenta años de ausencia, me acercaba a Viena, pasé por el Blindemarkt, un lugar cuya existencia nunca hubiera sospechado con anterioridad. El nombre me hirió como un látigo, y jamás me ha abandonado desde entonces. Ese año, cuando llegué a Marrakesh, me encontré repentinamente entre los ciegos. Eran cientos, incontables, la mayoría mendigos, un grupo de ellos, unas veces ocho, otras diez, podía verse en el mercado formando una apretada fila, y cuya ronca y eternamente reiterada letanía era audible a lo lejos. Me situé frente a ellos, igualmente inmóvil, y no muy seguro de si percibían mi presencia. Cada uno de ellos sostenía frente a sí un plato de madera, y cuando una moneda caía en uno de éstos, pasaba de mano en mano, y cada cual la palpaba, la probaba, hasta que uno, cuya función parecía ser esa, se la embolsaba finalmente. Se sentía en común, al igual que se murmuraba y se clamaba en común. Todos los ciegos pedían en nombre de Dios, y mediante la limosna podía obtenerse de Él algún favor. Empezaban con Dios, terminaban con Dios y repetían su nombre diez mil veces al día. Todas sus letanías contenían su nombre de varias formas, pero la letanía a la que se aferraban desde un principio permanecía inalterable. Son arabescos acústicos en torno a Dios, pero mucho más expresivos que ópticos. La mayoría confiaban únicamente en su nombre, y sólo a éste clamaban. Hay en ello una obstinación terrible; se me presentaba Dios como un muro al que acometiesen siempre por el mismo lugar. Pienso que los mendigos se mantienen mejor gracias a sus fórmulas que a lo mendigado. La repetición de la misma letanía caracterizaba al vocero. Se le queda a uno grabado, llega a conocérsele, está siempre ahí; expresa una concreta identidad precisa al igual que su letanía. No sabremos nada más de él, cuida de protegerse, la letanía también es su frontera. En un lugar semejante él es exactamente eso; lo que vocea, ni más ni menos; un mendigo ciego. Pero la letanía también es una multiplicación, cuya rápida y regular repetición hace de ella un conjunto. Se da en ello una particular capacidad de postulación: reclama para muchos y acopia para todos. «¡Piensa en todos los mendigos, piensa en todos los mendigos! Dios te bendice por todos los mendigos a los que des.» Quiere decir todo esto que los pobres entrarán quinientos años antes que los ricos en el Paraíso. Mediante limosnas se enajena a los pobres algo del Paraíso. Si alguien ha muerto, «se le acompaña a pie, rápidamente, hasta la tumba, con o sin vociferantes plañideras, para que el muerto alcance pronto la gloria. Los ciegos cantan el credo». Cuando volví de Marruecos me hinqué con los ojos cerrados y de rodillas en un rincón de mi habitación e intenté repetir durante media hora larga, a la velocidad precisa, y con la fuerza adecuada «¡Alá!, ¡Alá!, ¡Alá!», procuré imaginarme el continuar repitiendo lo mismo durante todo un día y buena parte de la noche, y comenzar de nuevo tras un breve descanso; seguir así durante días y semanas, meses y años; volverme más y más viejo y seguir viviendo así, y aferrado tenazmente a esta clase de vida, tornarme furibundo cuando algo me estorbase en ella, y no desear otra cosa sino perseverar absolutamente en ello. Comprendí la seducción que se esconde en una vida que todo lo reduce a la forma más simple de repetición. ¿Cuánta o qué escasa variación había en la labor de los artesanos que vi trabajar en sus pequeños recintos? ¿Y en el regateo de los comerciantes? ¿Y en los pasos de los danzarines? ¿Y en las incontables tazas de té de menta, que toman aquí todos los huéspedes? ¿Cuánta variedad hay en el dinero? ¿Cuánta en el hambre? Comprendí así qué eran en realidad esos ciegos mendigos: los santos de la repetición. Está excluido de sus vidas casi todo aquello que en nosotros evita todavía la repetición. Existe el lugar concreto, en el que se acurrucan o se colocan. Existe la invariable letanía. Existe el limitado número de monedas al que pueden aspirar, tres o cuatro unidades diferentes. También existen los donantes, que son diversos, pero los ciegos no los ven y en su plegaria procuran que también ellos sean iguales.


En Las voces de Marrakesh

Herta Müller - Cuadernos rayados

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Al día siguiente era domingo. Estrené el cuaderno rayado. El primer capítulo se titulaba: Prólogo. Empezaba con la frase: Me entenderás, signo de interrogación.

El tuteo iba dirigido al cuaderno. Y en siete páginas trataba de un hombre llamado T. P. Y de otro con el nombre A. G. Y de un K. H. y un O. E. De una mujer con el nombre B. Z. A Trudi Pelikan le di el nombre supuesto de Cisne. Escribí el nombre de la planta, Koksokhim Zavod, y de la estación del ferrocarril minero, Jasinovataia. También los nombres Kobelian e Imaginaria-Kati. Mencioné asimismo a su hermano pequeño Piold y su momento de lucidez. El capítulo terminaba con una larga frase:

Al amanecer, después de lavarme, se desprendió de mis cabellos una gota que resbaló por la nariz hasta la boca como una gota de tiempo, lo mejor será que me deje crecer una barba trapezoidal, para que nadie más en la ciudad me reconozca.

En las semanas siguientes amplié el prólogo con tres cuadernos más.

Omití que, en el viaje de regreso, Trudi Pelikan y yo subimos sin previo acuerdo a diferentes vagones de ganado. Silencié mi vieja maleta de gramófono. Describí con exactitud mi nueva maleta de madera, mis nuevas ropas: las balétki, la gorra de visera, la corbata y el traje. Oculté mi llanto convulsivo durante el regreso, al llegar al campo de acogida de Sighetul Marmatiei, la primera estación de ferrocarril rumana. También la cuarentena de una semana en un almacén de mercancías al final de la vía de la estación. Yo me derrumbé por dentro por miedo a mi deportación, a la libertad y a su precipicio más cercano, que cada vez acortaba más el camino a casa. Con mi nueva carne, mis nuevas ropas y las manos levemente hinchadas, permanecía entre la maleta del gramófono y la maleta de madera nueva como si estuviese en un nido. El vagón de ganado no estaba precintado. La puerta se abrió de par en par, el tren entró rodando en la estación de Sighetul Marmatiei. Una nieve fina cubría el andén, caminé sobre azúcar y sal. Los charcos grises estaban helados, el hielo arañado como el rostro de mi hermano cosido.

Cuando el policía rumano nos tendió los salvoconductos para el viaje de regreso, recogí la despedida del campo y sollocé. Hasta casa, con dos transbordos en Baia Mare y Klausenburg, mediaban a lo sumo diez horas. Nuestra cantante Loni Mich se arrimó al abogado Paul Gast, dirigió sus ojos hacia mí y creyó susurrar. Pero yo entendí todas y cada una de sus palabras: Mira cómo llora ése, algo lo supera, dijo.

He reflexionado con frecuencia sobre esta frase. Después la escribí en una página en blanco. Al día siguiente la taché. Al otro volví a escribirla debajo. Volví a tacharla, volví a escribirla. Cuando la hoja estuvo llena, la arranqué. Eso es el recuerdo.

En lugar de mencionar la frase de la abuela, sé que volverás, el pañuelo blanco de batista y la leche saludable, describí durante páginas, con estilo triunfal, el pan propio y el pan de mejilla. A continuación, mi tesón en el intercambio de salvación con la línea del horizonte y las carreteras polvorientas. Con el ángel del hambre me entusiasmé, como si en lugar de torturarme me hubiera salvado. Por eso taché Prólogo y escribí encima Epílogo. Era el gran fiasco interior de estar ahora en libertad irremisiblemente solo y ser un testigo falso para mí mismo.

Escondí mis tres cuadernos rayados en mi nueva maleta de madera, que yacía bajo mi cama y era mi armario ropero desde mi regreso al hogar.


En Todo lo que tengo lo llevo conmigo


14 oct. 2020

Remedios Varo – Tejimiento

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Yo había descubierto un importantísimo secreto, algo así como una parte de la “verdad absoluta”. No sé cómo, pero personas poderosas y autoridades gobernantes se enteraron de que yo poseía ese secreto y lo consideraron peligrosísimo para la sociedad, pues, de ser conocido por todo el mundo, toda la estructura social funcionando actualmente se vendría abajo. Entonces, me capturaron y me condenaron a muerte. El verdugo me llevó a un lugar que parecía como la muralla de una ciudad. De cada lado de la muralla, bajaba una pendiente muy inclinada de tierra.


El verdugo parecía muy satisfecho. Yo sentía un miedo y una angustia muy grandes. Cuando vi que ya se disponía a decapitarme, empecé a llorar y a suplicarle que no me matase, que todavía era pronto para morir y que reflexionase en que yo tenía todavía por delante muchos años de vida. Entonces, el verdugo empezó a reírse y a burlarse de mí. Me dijo: “¿por qué tienes miedo a la muerte si sabes tanto? Teniendo tanta sabiduría, no deberías temer a la muerte”. Entonces, me di cuenta de repente que lo que él decía era cierto y que mi horror no era tanto hacia la muerte, sino por haber olvidado hacer algo de suma importancia antes de morir. Le supliqué que me concediese todavía unos momentos más de vida para hacer algo que me permitiese morir tranquila. Le expliqué que yo amaba a alguien y que necesitaba tejer sus “destinos” con los míos, pues, una vez hecho este tejimiento, quedaríamos unidos para Ja eternidad. El verdugo pareció encontrar muy razonable mi petición y me concedió unos diez minutos más de vida. Entonces, yo procedí rápidamente y tejí a mi alrededor (a la manera como van tejidos los cestos y canastos) una especie de jaula de la forma de un huevo enorme (cuatro o cinco veces mayor que yo). El material con que lo tejí eran como cintas que se materializaban en mis manos y que, sin ver de dónde venían, yo sabía que eran su substancia y la mía. Cuando acabé de tejer esa especie de huevo, me sentí tranquila, pero seguía llorando. Entonces le dije al verdugo que ya podía matarme, porque el hombre que yo quería estaba tejido conmigo para toda la eternidad.

13 oct. 2020

Juan Gelman - Lamento por la cucharita de Sammy McCoy

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“en qué consiste el juego de la muerte” preguntó
sammy mccoy parado en sus dos niños
el que fue el que sería
“en qué consiste el juego de la muerte” preguntó sin embargo

antes había bebido toda la leche de la mañana
jugos del cielo o de la vaca madre según
untándola con los sueños que
se le cían de la noche anterior

sammy mccoy era odiado frecuentemente por una mujer
que no le daba hijos sino palos
en la cabeza en el costado
en la mitad del desayuno esa fiebre

de cada palo que le dieron
brotó una flor de leche o fiebre que le comía el corazón
pero todo se come el corazón
y sammy nunca se rendía sammy mccoy no se rendía defendiéndose con nada:

con la memoria del calor
con la cucharita que perdió una vez revolviendo la infancia
con todo lo que iba rezando o padeciendo
con su pelela mesmamente

así
del pecho le fue saliendo
una dragona con pañuelo y la luz
como muchacha envuelta en aire

como dos niños sobre los que niño
sammy mccoy se paraba y
“en qué consiste el juego de la muerte” preguntaba
ya cara a cara con la gran dolora

cuando murió sammy mccoy
los dos niños se le despegaron
el que fue se le pudrió y el que iba a ser también
y de todos modos fueron juntos

lo que la lluvia o sol o gran planeta o la sistema de vivir separan
la muerte lo junta otra vez
pero sammy mccoy habló todavía
“en qué consiste el juego de la muerte” preguntó

y ya más nada preguntó
de sus falanges ángeles con mudos
salían con la boca tapada
a cucharita a memoria a calor

“güeya güeya” gritaban sus dos niños
ninguna mujer salvo la sombra los juntó
qué vergüenzas animales
y las caritas les brillaban calientes

así ha de ser caritas de oro
señoras presidentas o almas cuyas acabaran
a los pieses de sammy el que camina
sammy mccoy pisó el sol y partió


En Los poemas de Sidney West
Imagen: © Jorge Rios Ponce/dpa/Corbis

John Cheever - Sólo una vez más

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John Cheever © Bettmann-Corbis


No tiene sentido complicarse la vida, pero en cualquier descripción amplia y auténtica de la ciudad en que todos vivimos tiene que haber sitio para decir unas palabras sobre los que se niegan a desaparecer, sobre los que se agarran a cualquier cosa, sobre esas personas que nunca triunfan, pero tampoco se rinden, los eternos insatisfechos que todos hemos conocido en una u otra ocasión. Me refiero a los aristócratas de poca monta que viven en la parte alta del East Side, a esos hombres elegantes y encantadores que trabajan para firmas de abogados y a sus pretenciosas mujeres, con sus visones de saldo y sus estolas raídas, sus zapatos de cocodrilo, sus aires de superioridad al hablar con los porteros y las cajeras de los supermercados, sus joyas de oro de ley y sus últimas gotas de Je Reviens y de Chanel. Estoy pensando en realidad en los Beer -Alfreda y Bob-, que vivían en un bloque de apartamentos del East Side, propiedad en otros tiempos del padre de Bob, rodeados de trofeos náuticos, fotografías dedicadas del presidente Hoover, muebles de estilo español y otras reliquias de la edad de oro. No era un sitio muy bonito, a decir verdad; grande y más bien oscuro, pero, en cualquier caso, por encima de sus posibilidades; se notaba en las caras de los porteros y de los ascensoristas cuando les decías a qué piso ibas. Imagino que siempre pagaban el alquiler con dos o tres meses de retraso y que no podían permitirse el lujo de dar propinas. Alfreda, por supuesto, había ido al colegio en Fiesole. Su padre, como el de Bob, había perdido millones y millones de dólares. Todos sus recuerdos estaban bañados en oro: las elevadas apuestas en las partidas de bridge de antaño, lo difícil que era hacer arrancar el Daimler en los días de lluvia, y las excursiones por el Brandywine con las hijas de Du Pont.

Alfreda era bien parecida: de cara alargada y con ese tipo de belleza rubia característica de Nueva Inglaterra que parece implicar una tímida reivindicación de privilegios raciales. Se diría que para ella nunca habían existido problemas. Cuando andaban mal de dinero, Alfreda trabajaba: primero en Steuben, una lujosa cristalería de la Quinta Avenida; luego se cambió a Jensen's, en donde tuvo problemas por insistir en su derecho a fumar en la tienda. De allí pasó a Bonwit's, y de Bonwit's a Bendel's. Estuvo unas Navidades en Schwarz's y trabajó para Saks durante la Pascua de Resurrección del año siguiente, en la sección de guantes de la planta baja. Durante los períodos entre diferentes empleos tuvo dos hijos, y solía dejarlos al cuidado de una anciana escocesa -otra reliquia familiar de los buenos tiempos- que parecía tan incapaz como los mismos Beer de adaptarse con éxito a un mundo en continua transformación.

Los Beer eran de ese tipo de personas a las que uno se encuentra continuamente en las estaciones de ferrocarril y en las fiestas. Me refiero a las típicas estaciones de los domingos por la noche; sitios para pasar el fin de semana y de final de vacaciones, como el nudo ferroviario de Flemington; lugares como la estación de Lake George, o Aiken o Greenville al comenzar la primavera; sitios como Westhampton, el vapor que hace la travesía hasta Nantucket, Stonington y Bar Harbor; o, para ir un poco más lejos, lugares como la estación de Paddington, o Roma, o el barco nocturno de Amberes. «¡Hola! ¿Qué tal?», saludaban a través de la muchedumbre de pasajeros; y allí estaba él, con su gabardina blanca, su bastón y su sombrero de fieltro, y allí estaba ella, con su visón o su estola raída. Y, en cierto modo, las fiestas donde uno se tropezaba con ellos no eran muy distintas, a decir verdad, de las estaciones, de los nudos ferroviarios, ni de los barcos nocturnos. Eran de ese tipo de fiestas en las que nunca hay mucha gente ni las bebidas son realmente buenas; fiestas en las que, mientras se bebe y se habla, se advierte una palpable indiferencia más fuerte que cualquier lógico entusiasmo social; como si los lazos familiares, sociales, académicos o geográficos que dan unidad al grupo estuvieran disolviéndose a la misma velocidad que los cubitos de hielo depositados en cada vaso. Pero el ambiente, más que de disolución social, es de sociedad en cambio, en reestructuración: una atmósfera de viaje, a fin de cuentas. Los invitados parecen agruparse sobre la cubierta de un buque o en el andén de una estación, esperando a que el barco o el tren se pongan en movimiento. Más allá de la camarera que recoge las mantas, más allá del vestíbulo y de la puerta contra incendios, parece extenderse una gran masa de aguas oscuras, aguas, a veces, agitadas por la tormenta, y es posible reconocer el gemido del viento, el chirriar de las señales metálicas sobre sus goznes, las luces, los gritos de los marineros y la sirena quejumbrosa de un barco que cruza el canal de la Mancha.

En buena parte, el tropezarse siempre con los Beer en fiestas y en estaciones de ferrocarril se debía a que también ellos buscaban a alguien. No buscaban a alguien como usted o como yo; buscaban a la marquesa de Bath, pero cuando estalla la tempestad cualquier puerto es bueno. La manera que tenían de llegar a una fiesta y mirar a su alrededor era comprensible -todos lo hacemos-, pero su forma de escudriñar a los compañeros de viaje en el andén de una estación ya era otra cosa. Si tenían que esperar más de quince minutos para utilizar un servicio público, eran capaces de examinar a todos los presentes, asegurándose de que debajo del ala de los sombreros o detrás de los periódicos no había ningún conocido.

Estoy hablando de los años treinta y cuarenta, de la época anterior y posterior a la segunda guerra mundial: años en que los problemas económicos de los Beer debieron de verse complicados por el hecho de que sus hijos estaban ya en edad de ir a colegios caros. Hicieron algunas cosas desagradables; firmaron cheques sin fondos y, después de pedir prestado un coche durante un fin de semana y caérseles en una zanja, desaparecieron, lavándose las manos en el asunto. Semejantes jugarretas crearon cierta inestabilidad, tanto en su situación social como económica, pero sobrevivieron gracias a un margen de simpatía y de esperanzas -no había que olvidar la existencia de tía Margaret en Filadelfia y de tía Laura en Boston-, y, todo hay que decirlo, debido a que resultaban encantadores. A la gente siempre le agradaba verlos porque, a pesar de ser las patéticas cigarras de un esplendoroso verano económico, eran capaces de hacer recordar muchas cosas buenas -sitios agradables, diversiones, comidas y amigos-, y la intensidad con que buscaban caras conocidas en los andenes de las estaciones puede perdonárseles si se tiene en cuenta que buscaban en realidad un mundo que les resultara inteligible.

Luego murió tía Margaret, y fue así como me enteré de este interesante acontecimiento: estábamos en primavera, y mi jefe y su mujer se embarcaban camino de Europa; la mañana en que zarpaban fui hasta el barco con una caja de puros y una novela histórica. El barco era nuevo, según recuerdo, con muchos curiosos mirando las obras completas de Edna Ferber encerradas bajo llave en la biblioteca, y asombrándose ante las piscinas vacías y los bares sin bebidas. Los corredores se hallaban abarrotados, y todos los camarotes de primera clase estaban llenos de flores y de visitantes que bebían champán a las once de una mañana melancólica, mientras las verdosas aguas del puerto de Nueva York enviaban su trágico olor hacia las nubes. Hice entrega de los regalos a mi jefe y a su mujer, y luego, buscando la cubierta principal, pasé junto a un camarote o una suite en la que oí las risas características del internado donde Alfreda se educó. La habitación estaba llena de gente, y un camarero servía champán; cuando saludé a mis amigos, Alfreda se apartó de los demás para hablar conmigo.

- Tía Margaret se nos ha ido -me dijo-, y otra vez tenemos dinero…

Bebí algo de champán, y en seguida se dejó oír la sirena del «todos-a-tierra», vehemente, ensordecedora, como una ronca llamada de la vida misma y, de alguna manera, trágica también como el olor de las aguas del puerto; porque, mientras el grupo se deshacía, me pregunté cuánto podría durarles a aquellos dos la fortuna de tía Margaret. Sus deudas eran enormes, sus costumbres, extravagantes, y ni siquiera un centenar de miles de dólares los llevaría muy lejos.

Esta idea parece haberse quedado grabada en algún lugar de mi mente, porque aquel otoño, durante un combate de pesos pesados en el Yankee Stadium, me pareció ver a Bob que rondaba por allí intentando alquilar unos prismáticos. Lo llamé -grité su nombre-, pero no era él, aunque el parecido resultaba tan extraordinario que sentí como si lo hubiera visto o hubiese tenido al menos una vivida imagen de los contrastes sociales y económicos que aguardaban todavía a aquella pareja.

Quisiera poder decir que, una noche en la que nevaba, al salir del teatro, vi a Alfreda vendiendo lápices en la calle Cuarenta y Seis para regresar desde allí a un sótano del West Side donde Bob agonizaba sobre una colchoneta. Pero eso sólo pondría de manifiesto la pobreza de mi imaginación.

Al decir que los Beer eran del tipo de personas que uno se encuentra en las estaciones de ferrocarril y en las fiestas pasé por alto las playas. Los Beer eran muy acuáticos. Ya se sabe lo que pasa. Durante los meses de verano, la costa del noroeste desde Long Island hasta muy arriba en el estado de Maine, incluyendo las islas cercanas, parece transformarse en una gigantesca casa de intercambio social, y mientras uno está sentado en la arena escuchando la artillería pesada del Atlántico del norte, las figuras de nuestro pasado surgen del agua tan juntas como las pasas en un bollo. Aparece una ola, acelera la marcha, se hincha y se rompe, mostrándonos a Consuelo Roosevelt y al señor y a la señora Vanderbilt, con los hijos de los dos matrimonios. Luego llega una ola que avanza desde la derecha como una carga de caballería, y que arrastra hacia tierra a Lathrope Macy con la segunda mujer de Emerson Crane sobre un bote de goma, y al obispo de Pittsburgh montado en la cámara de un neumático. Finalmente, otra ola rompe a nuestros pies haciendo el ruido de la tapa de un baúl al cerrarla con violencia, y allí están los Beer.

- Cuánto nos alegramos de verte, qué alegría tan grande…

Ésa es la razón de que el verano y el mar sean el escenario de su última aparición: al menos de la última aparición que tiene interés para nuestra historia. Nos encontramos en un pequeño pueblo de Maine, pongamos por caso, y decidimos salir de excursión con la familia en barca y llevarnos la comida. El conserje del hotel nos dice dónde podemos alquilar un bote, envolvemos los sándwiches y, siguiendo sus instrucciones, llegamos al muelle. En una casucha encontramos a un viejo que alquila un balandro; le dejamos un depósito, firmamos un papel muy sucio, y nos damos cuenta de que a las diez de la mañana el anciano ya está borracho. En un bote de remos nos lleva hasta donde está amarrado el balandro; nos despedimos de él y luego, al comprobar que la embarcación está inservible, lo llamamos, pero ya se ha dado la vuelta en dirección a tierra firme y no nos oye.

Hay tanta agua a bordo que las tablas que cubren el fondo flotan. Además, la aguja del timón está torcida, y uno de los pernos completamente oxidado. Las poleas están rotas y cuando, después de achicar el agua, alzamos la vela, descubrimos que se halla podrida y rasgada. Finalmente nos ponemos en marcha -empujados por la impaciencia de los niños-, navegamos hasta una isla y comemos. Luego intentamos volver a casa. Pero el viento tiene ahora nuevos bríos; ha cambiado de dirección y sopla hacia el suroeste; cuando ya hemos abandonado la isla, se rompe el soporte de estribor, el cable sale disparado hacia arriba y se enrolla alrededor del mástil. Estiramos la vela y reparamos el soporte con alambre. Entonces nos damos cuenta de que la marea nos es contraria y de que nos dirigimos rápidamente hacia mar abierto. El soporte que acabamos de reparar nos permite navegar durante diez minutos, hasta que se nos rompe el de babor. Ahora estamos en una situación difícil. Pensamos en el viejo de la casucha y en su cabeza repleta de vapores de alcohol, porque es la única persona que sabe dónde estamos. Intentamos remar con las tablas del suelo, pero no conseguimos nada contra la fuerza de la marea. ¿Quién nos salvará? ¡Los Beer!

Al anochecer, aparecen por el horizonte en uno de esos yates de grandes dimensiones con una plataforma sobre el puente, luces con pantallas y jarrones con rosas dentro del camarote. Un marinero contratado maneja el timón, y Bob nos echa un cable. Es algo más que un encuentro inesperado entre viejos amigos: nos han salvado la vida. Casi desvariamos. El marinero se instala en el balandro y diez minutos después de librarnos de las fauces de la muerte estamos bebiendo martinis en el puente. Nos van a llevar a su casa, dicen. Podemos pasar allí la noche. Y aunque el escenario y el atrezzo no son muy distintos de otras veces, la relación de los Beer con ellos es completamente distinta. Se trata de su casa, de su barco. Nos preguntamos cómo -estamos atónitos-, y Bob es lo suficientemente cortés como para darnos una explicación, en voz baja, casi con un murmullo, como si se tratara de algo sin importancia:

- Cogimos la mayor parte del dinero de tía Margaret, todo el de tía Laura y un poco que nos dejó tío Ralph, y lo invertimos en la Bolsa, ¿sabes?, y se ha triplicado en los dos últimos años, un poco más incluso. He vuelto a comprar todo lo que papá perdió: bueno, las cosas que me interesaban. Esa de ahí es mi goleta. La casa es nueva, por supuesto. Ésas son nuestras luces.

El atardecer y el océano, que parecían tan amenazadores desde el barquichuelo, se extienden ahora a nuestro alrededor con milagrosa tranquilidad, y nos disponemos a pasarlo bien con nuestros amigos, porque los Beer son encantadores -siempre lo han sido-, y ahora resulta además que son inteligentes, porque ¿no demuestra inteligencia haber sabido que el verano llegaría una vez más para ellos?


En Relatos
Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea
Imagen: ©Bettmann-Corbis

O. Henry - Hermanas del Círculo Dorado

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O. Henry © Bettmann/CORBIS


El autobús turístico estaba a punto de partir. A los alegres viajeros de arriba les había asignado sus asientos el caballeroso conductor. La acera estaba bloqueada por mirones que se habían congregado a contemplar a los turísticos mirones, justificando la ley natural de que toda criatura de este mundo es presa de alguna otra criatura.

El hombre del megáfono alzó su instrumento de tortura; el interior del gran automóvil empezó a golpetear y palpitar como el corazón de un bebedor de café. Los viajeros de arriba se aferraron nerviosos a sus asientos; una señora mayor de Valparaíso, Indiana, chilló pidiendo que la dejaran desembarcar. Pero, antes de que gire una rueda, escucha un breve preámbulo a través del cardiófono, que te señalará un punto interesante de la gira turística de la vida.

Rápido y amplio es el reconocimiento de un hombre blanco por otro hombre blanco en las selvas de África; instantáneo y seguro es el saludo espiritual entre madre y bebé; sin vacilar se comunican un perro y su amo a través del ligero golfo que separa al animal y al hombre; inconmensurablemente rápidos y sapientes son los breves mensajes entre una persona y su ser amado. Pero todos estos ejemplos no son más que lento y tanteante intercambio de afinidad y pensamiento al lado de otro ejemplo que el autobús turístico pondrá al descubierto. Aprenderás (si no lo hubieses aprendido ya) lo que dos seres, de entre todos los habitantes vivos de la tierra, más rápido sondean cada uno en el corazón y en el alma del otro cuando se encuentran cara a cara.

Zumbó el gong y el autobús de Glaring-Gotham se puso en marcha majestuosamente en su gira instructiva.

Arriba, en el asiento de más atrás, iban James Williams, de Cloverdale, Missouri, y su Novia.

Mayusculiza, sí, errata amiga, esa última palabra, palabra de palabras en la epifanía del amor y la vida. El aroma de las flores, el botín de la abeja, la prístina gota de aguas de manantial, la obertura de la golondrina, el saborcillo de la peladura de limón en el cóctel de la creación... eso es la recién casada. Sagrada es la esposa; reverenciada la madre; galipótica es la chica del verano..., pero la novia es el cheque certificado entre los regalos de boda que los dioses envían cuando un hombre se casa con la mortalidad.

El autobús se deslizaba Golden Way arriba. En el puente de aquel gran crucero iba el capitán, trompeteando a sus pasajeros las vistas de la gran ciudad. Con la boca abierta y también los oídos, oían explicar a gritos las vistas de la metrópoli que desfilaban ante sus ojos. Confusos, delirantes de excitación y anhelos provincianos, procuraban dar respuestas oculares al ritual megafónico. En las agujas solemnes de las sucesivas catedrales vieron el hogar de los Vanderbilt; en la masa ajetreada de la parada de la Grand Central vieron, maravillados, la frugal cabaña de Russell Sage. Instados a contemplar las tierras altas del Hudson, examinaron boquiabiertos, sin sospecha alguna, las alzadas montañas abiertas de la zanja destinada al tendido de un nuevo alcantarillado. Para muchos, el ferrocarril elevado era el Rialto, en cuyas estaciones había sentados hombres uniformados que hacían chop suey de tus billetes. Y hasta hoy, en los distritos periféricos, muchos creen que Chuck Connors, con la mano en el corazón, dirige la reforma; y que si no fuese por los nobles esfuerzos municipales de un tal Parkhurst, fiscal de distrito, la tristemente célebre banda de «Bishop» Potter habría acabado con la ley y el orden desde el Bowery al río Harlem.

Pero fíjate, te lo ruego, en la señora de James Williams, antes Hattie Chalmers, que fue una vez la beldad de Cloverdale. El azul pálido es el color de la novia, si así lo quiere ella; y ella había honrado ese color. Gustosamente había prestado la rosa el tono a sus mejillas... ¡y en cuanto a la violeta!... pero no, sus ojos están bien como están, gracias. Llevaba una inútil cinta de género blanco... no, no, ese estaba conduciendo el autobús... de chifón blanco, o quizás granadina o tul, atada bajo la barbilla, que fingía sujetar el sombrero en su sitio. Pero tú sabes tan bien como yo que los alfileres de sombrero hacían esa tarea.

Y en la cara de la señora de James Williams estaba registrada toda una biblioteca en tres volúmenes de los mejores pensamientos del mundo. El volumen número uno contenía la creencia de que James Williams era más o menos la clase de cosa adecuada. El volumen dos era un ensayo sobre el mundo, en que se declaraba que era un lugar de lo más excelente. El volumen tercero revelaba la creencia de que ocupando el asiento más elevado de un autobús turístico viajabas a un ritmo que superaba todo entendimiento.

James Williams tenía, como habrás calculado, unos veinticuatro. Te agradará saber que tu cálculo era muy exacto. Tenía justamente veintitrés años, once meses y veintinueve días de edad. Era de buena presencia, activo, mandíbula fuerte, buen carácter y en ascenso. Estaba en su viaje de bodas.

Hada buena y querida, deja a un lado por favor esas peticiones de dinero y de automóvil de cuarenta caballos y fama y un resurgir del pelo y la presidencia del club náutico. En vez de esas cosas vuelve hacia atrás... oh, vuelve hacia atrás, sí, y danos aunque solo sea un pedacito minúsculo de nuestro viaje de bodas de nuevo. Solo una hora, hada querida, para que podamos recordar lo que nos parecían la hierba y los álamos, y el lazo de aquellas cintas del sombrero que ella llevaba atadas bajo la barbilla... aunque fuesen los alfileres de sombrero los que hacían el trabajo. ¿No puedes? Está bien; rápido entonces con ese automóvil y con las acciones del petróleo.

Justo enfrente de la señora de James Williams iba sentada una chica de chaqueta suelta color café claro y sombrero de paja adornado con uvas y rosas. Solo en los sueños y en las sombrererías se recogen, ¡ay!, así de un solo golpe, uvas y rosas. Esa chica miraba con grandes ojos azules y crédulos, mientras el hombre del megáfono vociferaba su doctrina de que los millonarios eran cosas por las que deberíamos interesarnos todos. Entre ráfaga y ráfaga, ella recurría a la filosofía de Epicteto en forma de goma de mascar de pepsina.

A mano derecha de esa chica iba sentado un joven de unos veinticuatro. De buena presencia, activo, mandíbula fuerte y buen carácter. Pero aunque su descripción parece coincidir con la de James Williams, despójala de cualquier cosa cloverdaliana. Este hombre pertenecía a las duras calles y las esquinas afiladas. Miraba atentamente alrededor, y parecía envidiar el asfalto que pisaban aquellos a los que veía desde lo alto de su percha.

Mientras el megáfono ladra sobre una famosa hospedería, déjame que te susurre a través del cardiófono, puesto muy bajo, que estés atento, porque ahora están a punto de empezar a pasar cosas, y la gran ciudad se cerrará sobre ellas de nuevo como sobre un trocito de teletipo que cae flotando del cubil de un oso bursátil de Broad Street.

La chica de la chaqueta color café se giró para mirar a los peregrinos del último asiento. A los otros pasajeros ya los había examinado; el asiento que quedaba tras ella era su habitación de Barbazul.

Sus ojos se encontraron con los de la señora de James Williams. Entre dos tictacs de reloj intercambiaron las experiencias, historias, esperanzas y fantasías de sus vidas. Y todo, tenlo en cuenta, con la mirada, antes de que dos hombres pudiesen haber decidido si sacar el cuchillo o pedir fuego.

La recién casada se inclinó hacia delante. Ella y la chica hablaron rápidamente, moviendo las lenguas tan deprisa como las serpientes..., una comparación que no se pretende llevar más allá. Dos sonrisas y una docena de cabeceos clausuraron la conferencia.

Y entonces, en la ancha y tranquila avenida, un hombre de ropas oscuras se plantó con una mano alzada delante del autobús turístico. Otro hombre corrió a unirse a él desde la acera.

La chica del sombrero fructífero cogió rápidamente a su acompañante por el brazo y le cuchicheó al oído. Aquel joven exhibió muestras de habilidad actuando prestamente. Se agachó mucho, se deslizó por el borde del autobús, colgó ágilmente durante un instante y luego desapareció. Media docena de los viajeros de arriba observaron su hazaña, admirados, pero no hicieron ningún comentario, considerando prudente no expresar sorpresa ante lo que podría ser la forma convencional de apearse en aquella ciudad tan desconcertante. El pasajero desertor eludió un cabriolé y luego se perdió flotando como una hoja en la corriente, entre un camión de mudanzas y el carro de reparto de una florista.

La chica de la chaqueta color café se giró de nuevo y miró a los ojos a la señora de James Williams. Luego miró alrededor y se quedó quieta mientras el autobús se detenía ante la exhibición de la placa debajo de la chaqueta del poli vestido de paisano.

—¿Qué demonios te pasa a ti? —exigió el megafonista, pasando del discurso profesional al inglés puro.

—Echa el ancla un momento, quieres —ordenó el policía—. Hay un hombre a bordo al que queremos..., un ladrón de Filadelfia llamado «Pinky» McGuire. Va ahí, en el asiento de atrás. Vigila por el costado, Donovan.

Donovan fue hasta la rueda de atrás y miró hacia arriba, a James Williams.

—Baja, amigo —dijo, afablemente—. Te hemos pescado. Tendrás que volver a casa. Pero no es mala la idea, esconderse en un autobús turístico. No se me olvidará esto.

Llegó suavemente a través del megáfono el consejo del conductor:

—Será mejor que baje, señor, y se explique. El autobús ha de seguir la gira.

James Williams era de los juiciosos. Con inevitable lentitud recorrió su camino a través de los pasajeros, bajó las escaleras hasta la parte delantera del autobús. Su mujer le siguió, pero antes volvió la vista atrás y vio que el turista huido se deslizaba desde detrás del camión de mudanzas y se ocultaba detrás de un árbol al borde de un pequeño parque, a menos de quince metros de distancia.

Una vez en tierra, James Williams se enfrentó a sus captores con una sonrisa. Estaba pensando en la estupenda historia que iba a contar en Cloverdale de cómo le habían confundido con un ladrón. El autobús turístico se demoró, por respeto a sus usuarios. ¿Qué vista podría ser más interesante que aquella?

—Me llamo James Williams, de Cloverdale, Missouri —dijo amablemente, para que no se sintieran demasiado mortificados—. Tengo aquí cartas que lo demostrarán...

—Ven con nosotros, ¿quieres? —proclamó el que iba de paisano—. La descripción de «Pinky» McGuire y tú sois tan parecidos como una primera gota de lluvia y la siguiente. Te vio un detective arriba en el autobús en Central Park y avisó para que viniéramos a cogerte. Ya darás todas las explicaciones en la comisaría.

La esposa de James Williams, con la que se había casado hacía dos semanas, le miró a la cara con un brillo suave y extraño en los ojos y un rubor en las mejillas, le miró a la cara y dijo:

—Vete con ellos tranquilamente, «Pinky», y tal vez eso sea mejor para ti.

Y luego, mientras el autobús Glaring-Gotham se ponía en marcha alejándose, se volvió y lanzó un beso..., su mujer lanzó un beso... a alguien de los asientos de arriba del autobús.

—Tu chica te da un buen consejo, McGuire —dijo Donovan—. Vamos, venga.

Y entonces la locura cayó sobre James Williams y le ocupó por entero. Se echó el sombrero hacia la parte de atrás de la cabeza.

—Mi mujer parece pensar que soy un ladrón —dijo, irreflexivamente—. Nunca oí que estuviese loca, así que debo estarlo yo. Y si estoy loco, no me pueden hacer nada por matar en un arrebato a dos idiotas como vosotros dos.

Se resistió, por tanto, a la detención tan alegre e industriosamente que hubo que pitar para que acudieran más policías y después llamar a las reservas, para dispersar a unos cuantos miles de encantados espectadores.

En la comisaría, el sargento de mesa le preguntó su nombre.

—McDoodle, Pink, o Pinky el Bruto, ya no me acuerdo bien —fue la respuesta de James Williams—. Pero puede apostar que soy un ladrón; anote eso. Y podría añadir que hicieron falta cinco de estos para agarrar a Pink. Me gustaría especialmente que eso constase en los archivos.

Al cabo de una hora, llegó la señora de James Williams, con tío Thomas, de Madison Avenue, en un coche de motor que inspiraba respeto y pruebas de la inocencia del héroe... pues a todo el mundo le gusta el tercer acto de un drama respaldado por una compañía que fabrica automóviles.

Después de que la policía hubo reconvenido con firmeza a James Williams por plagiar a un ladrón con derecho de autor y le hubo concedido una puesta en libertad todo lo honorable de lo que el departamento era capaz, la señora Williams volvió a detenerle y le arrastró hasta un rincón de la comisaría. James Williams la miró con un ojo. Él decía siempre que Donovan le había cerrado el otro mientras otro sujetaba su excelente derecha. Hasta entonces nunca le había dirigido a ella una palabra de reproche o de reprobación.

—Si puedes explicarme —empezó a decirle bastante secamente— por qué...

—Querido —le interrumpió ella—, escucha. Fue para ti una hora de dolor y de prueba. Yo lo hice por ella..., me refiero a la chica que me habló en el autobús. Me sentía tan feliz, Jim..., tan feliz contigo, que no me atreví a negar esa felicidad a otra persona. Jim, se habían casado esta mañana... aquellos dos; y yo quería que él escapase. Mientras ellos estaban luchando contigo vi que se escondía detrás de un árbol, y que corría luego cruzando el parque. Eso es todo, querido..., tenía que hacerlo.

Así conoce una hermana de la banda del aro dorado de boda a otra que se encuentra bajo la luz encantada que brilla solo una vez y brevemente para las dos. Por el arroz y los lazos de raso cobran conciencia los simples hombres de las bodas. Pero la novia conoce a la novia con solo una mirada. Y entre ellas se transmiten rápidamente, en un idioma que el hombre y las viudas ignoran, comprensión y consuelo.

En Historias de Nueva York
Traducción: José Manuel Álvarez Flórez
Imagen: © Bettmann/CORBIS

Giorgio Manganelli - El fantasma

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Giorgio Manganelli


El fantasma está asomado, distraídamente, a la grande y ruinosa ventana del castillo; es de noche, y contempla las abruptas pendientes, los estrechos valles, dominados por las ruinas de su castillo. En su prolongada soledad, el fantasma se ha acostumbrado a sí mismo, y no piensa en abandonar las ruinas que habita ni en hablar con otros fantasmas. Durante mucho tiempo, la desazón de no encontrar otros seres de su misma raza le ha angustiado. Le hubiera gustado encontrar a un determinado fantasma, alguien que había conocido —pero entonces su memoria ya era confusa— mucho antes de que él fuera fantasma —pero ¿existía realmente un tiempo en el que no había sido fantasma?—. Repentinamente, en la profundidad del valle, descubre algo vaporoso, semejante a él, que avanza lentamente, con cautela, tal vez pensativo: y he aquí que otro débil resplandor se va acercando a lo largo de un sendero empinado y lejano.

El fantasma se pregunta si, al cabo de los siglos, acuden precisamente a su encuentro otros dos fantasmas; se pregunta por qué vienen a verle, quién les ha movido o aconsejado; y finalmente, si vienen juntos o por separado, si son amigos o enemigos entre sí. Por primera vez después de muchos años, el fantasma conoce la ansiedad y el dolor. ¿Quién puede tener tantas ganas de hablar con él? ¿Y de qué manera, gracias al amor o al odio, le han descubierto, recluido en su castillo? Finalmente, ¿por qué han ido a buscarle en una misma noche? ¿Es posible que uno de ellos sea el fantasma Enemigo, y el otro el fantasma Amigo? ¿Y a cuál de los dos quería realmente ver? ¿Prefería aclarar el error que había generado el fantasma Enemigo, o reanudar el discurso, infinitamente imposible de terminar, con el Amigo? Lentamente, los dos fantasmas se acercan. ¿No había tal vez, se pregunta el fantasma que espera, un tercer ser, ni amigo ni enemigo, un mediador, ya no recuerda nada, quién era el tercero, acaso murió desgarrado entre los que ahora son fantasmas, quizás no se convirtió en fantasma, o no será que el tercero es precisamente él? Es decir, ¿cabe pensar que esta noche puede recomponerse, si no ha entendido mal lo que consigue recordar, si sus esperanzas no le han engañado, aquel triple discurso que le consumió hasta provocar su muerte? El fantasma se pregunta si será cierto lo que le contaron cuando niño; un encuentro como éste, que él deseaba intensamente, consume blandamente a los fantasmas, los apaga.


En Centuria. Cien breves novelas-río
Traducción de Joaquín Jordá

Marco Denevi - Happy birthday, Miss Maggie!

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Marco Denevi


-Oh really?, gorjeaba Miss Maggie Sills como si se sintiese agradablemente sorprendida y algo azorada.

Es que no quería parecer vanidosa. Pero miles de veces le habían dicho que era igualita a la reina madre de Inglaterra, claro que cuando la reina Mary andaba, como ella ahora, por los cuarenta años y pico.

Las dos tenían la misma estatura, el mismo cuerpo con las pantorrillas un poco combas, la misma cara de galleta marinera, la misma sonrisa maternal y medio sufrida como si les doliesen los pies, la misma imbatible amabilidad aunque se sintiesen disgustadas o muertas de cansancio.

Y hasta el mismo timbre de voz y las mismas modulaciones al hablar (al hablar en inglés, porque es poco probable que la reina Mary también domine el español). Esto se sabía gracias a mister Forbes, el director del Instituto. Si uno le cree, había conocido a la reina madre en Edimburgo, durante una ceremonia oficial, le había estrechado la mano y cruzado algunas palabras, y a la vuelta contó que tuvo la impresión de estar conversando con miss Maggie, por supuesto que con una miss Maggie ya anciana. Escuchándolo a mister Forbes, que parecía un poco emocionado por lo que él mismo decía, miss Maggie se puso muy colorada y parpadeaba a toda velocidad, y cuando él terminó de hablar lo abrazó y lo besó en la mejilla como si mister Forbes le hubiese obsequiado una cosa de mucho valor.

Ella facilitaba la semejanza vistiéndose y peinándose como su regia doble. Las alumnas del Instituto la adoraban, por más que a sus espaldas la llamasen miss Honey y se burlaran de su costumbre de dar clase con el sombrero puesto, un eterno sombrero de castor en forma de budinera, encasquetado hasta los ojos. A cada lado le asomaban el pelo castaño, aplastado en ondas prolijas, y los aros de perlas. No usaba otro maquillaje que un polvo para el cutis, color rosa, y olía a buena lavanda inglesa.

El domingo de agosto en que cumplió cuarenta y seis años se puso su mejor vestido, de lana gris, amplio, largo y con una falda acampanada, un abrigo de lo mismo, aún más largo y más holgado, un collar de perlas de tres vueltas, todos sus anillos y pulseras, un zorro blanco, una especie de sombrero cordobés de fieltro gris, con velito, que le atravesaba la frente en diagonal, se calzó guantes de cabritilla gris y se colgó del brazo una tremenda cartera de cuero negro. En una mano sostenía un ramo de claveles rojos y en la otra una caja de bombones suizos. Cuando salió a la calle y vio que el cielo estaba encapotado, volvió al departamento para recoger el paraguas de seda gris y mango recto, alto y fino de metal plateado con incrustaciones de falsas piedras preciosas que había pertenecido a la difunta mistress Euphemia Gowens Sills, quien también solía usarlo en verano como sombrilla.

Mildred Buchanan le había dicho: "Pay attention, dear. Pedro Lozano y Helguera, justo frente a la estación Villa del Parque". Sí, pero miss Maggie se habría muerto antes que entrar en la horrible estación Retiro del Ferrocarril Pacífico y viajar en uno de esos horribles trenes llenos de gente horrible. Prefirió ir directamente en taxi.

Los domingos por la noche, y no digamos durante el invierno, la calle Reconquista está desierta. Miss Maggie esperó cinco minutos. Después se fue caminando hasta la avenida Córdoba y allí, en una esquina barrida por el viento, bajo nubarrones tormentosos, debió esperar un cuarto de hora. Consultó su reloj: las siete y doce p.m. Cierto, tenía tiempo de sobra, porque los Buchanan la habían citado a las ocho. Pero miss Maggie jamás cometía la menor falta de puntualidad.

Por eso Mildred Buchanan se alarmó cuando miss Maggie no se hizo ver en el restaurante ni a las ocho en punto ni a las ocho y media. A las nueve decidió que le había ocurrido un accidente. Arnold Buchanan, que mientras tanto entretenía el estómago con aceitunas, trozos de queso y una copa de jerez, sugirió que la llamase por teléfono. Mildred, de golpe malhumorada, se puso de pie, fue hasta el mostrador y en ese momento se dio cuenta de que no recordaba el número de teléfono de miss Maggie. Volvió a la mesa, se sentó y dijo:

—No esperemos más. Pidamos la comida.

A las nueve y media llovía a cántaros. Mildred, mientras mordisqueaba con rabia un pedazo de carne, dijo:

—Para mí que le pasó algo. ¿Si avisáramos a la policía?

Arnold Buchanan siguió tragando su roast beef como si tal cosa, y entonces Mildred, para no tomárselas con él, se las tomó con miss Maggie:

—Podría habernos avisado si es que tenía otro compromiso.

Enseguida se arrepintió:

—No, Maggie es incapaz. Seguro que tuvo un accidente.

Arnold llamó al mozo y pidió el postre. Mildred, furiosa, miraba la lluvia a través de la ventana.

A las once paró de llover. A las once y cuarto los Buchanan abandonaron el restaurante, cruzaron la calle y entraron en el chalet estilo inglés al que se habían mudado la semana anterior. Mildred murmuró por lo bajo:

—Nosotros aquí tan tranquilos, y seguro que la pobre está en alguna comisaría o en un hospital.

Arnold Buchanan bostezó.

El lunes por la tarde Mildred Buchanan y miss Maggie Sills tomaron el té en la confitería de Córdoba y Maipú. Mildred se sentía defraudada y ofendida. ¡Ella se había hecho tanta mala sangre! Y ahora resultaba que miss Maggie no había tenido ningún accidente.

—Quiero que me expliques por qué anoche nos dejaste plantados —dijo en un tono seco.

Oh, miss Maggie estaba tan afligida, tan mortificada. Pero qué pasó. Pasó que se perdieron.

Mildred depositó la taza sobre el plato con tanta energía que casi la parte en dos:

—Cómo que se perdieron. Qué significa que se perdieron.

Oh, sí. El taxista era nuevo en el oficio, no conocía las calles Helguera y Pedro Lozano, no sabía dónde quedaba la estación Villa del Parque. ¡Habían dado tantas vueltas!

Mildred hizo un gesto despreciativo:

—¡Y le creíste! Esa es una vieja historia para robar a los pasajeros.

Oh, no. Él no. Un muchacho tan correcto, tan respetuoso. ¡Tan gentil! Cuando vio que ella tenía dificultades para subir al taxi, cargada como andaba, bajó y vino a ayudarla, y hasta le acomodó un pie que se le había quedado enganchado en el borde de la carrocería. Y después, con el taxi siempre detenido en Córdoba y Reconquista, no puso en marcha el reloj, esperó un buen rato a que ella encontrase el papelito donde había anotado las señas del restaurante. No se impacientó para nada. Al contrario. De codos sobre el respaldo del asiento, la miraba sonriente y le decía:

—Busque tranquila, abuela, no se ponga nerviosa que total la noche está en pañales.

A Mildred se le escapó un soplido por la nariz:

—Así que te llamó abuela. Qué grosero.

Oh, no. A ella le había causado gracia. Y después, en la pizzería, cuando se levantó el velito para poder comer, él se disculpó, todo abochornado: "¡Pero usted es joven! Y yo que la llamaba abuela. Otra que abuela" y después se reía, tenía una risa simpática, muy contagiosa: "Es joven y linda, una mina bárbara".

Mildred torció la boca:

—Por casualidad ¿no te encontró parecida a...?

De golpe tuvo un terrible sobresalto:

—¿En la pizzería? ¿Qué pizzería? ¿Fueron a una pizzería?

Bien. Un poco a causa del frío y otro poco a causa de la angustia, ¡ella se sentía tan angustiada!, cuando por quinta o sexta vez pasaron frente a la esquina de la pizzería, una que está en la calle Cuenca (Mildred recordó: "un lugar espantoso"), le pidió que se detuviesen unos minutos porque, oh, qué vergüenza, tenía necesidad de ir, bueno, de ir al tualé. Él dijo: "También yo, abuela, necesito aliviar los riñones".

Estacionó el taxi en una calle transversal, a media cuadra de la pizzería. Entraron juntos en el salón iluminado, tibio, con olor a comida, todo lleno de gente, Cuando ella salió del tualé, diluviaba, tronaba y relampagueaba. Para colmo, con el apuro, había dejado el paraguas dentro del taxi. Pero él ya se había sentado a una mesita en el fondo del salón y desde allá la llamaba agitando el brazo.

Mildred apoyó los codos, entrelazó las manos a la altura del pecho, parecía dispuesta a elevar una plegaria. Pero miraba fijo a miss Maggie sin ninguna expresión reconocible en el duro rostro huesudo:

My dear, empezó a llover a las nueve y media. ¿Hasta esa hora estuvieron dando vueltas?

Oh, sí, miles de vueltas.

You see? Te paseó como a una turista. El viajecito te habrá salido un ojo de la cara.

¡Pero no! Él no quiso cobrarle. Ella había insistido, pero él dijo que era su regalo de cumpleaños, dijo "si no lo acepta me ofende".

Mildred arqueó las dos líneas ocres trazadas con lápiz que le servían de cejas:

—¿Y como supo que era tu cumpleaños?

En la pizzería, después que comieron una pizza (deliciosa, la verdad) y tomaron un vaso de vino tinto, él dijo: 
"Qué buena moza se me ha venido. ¿Adónde va? ¿A alguna fiesta?", y entonces ella le contó que iba a festejar su cumpleaños con unos amigos en el restaurante de Pedro Lozano y Helguera.

—¿Pagó él, al menos.''

Oh, no. Poor boy, ése era el primer viaje que hacía ese día y andaba sin dinero.

Mildred deshizo el moño de las manos, pidió una segunda jarra de agua caliente, tomó una tostada, la untó con dulce de damascos y por fin se decidió a hablar en un tono severo, mientras sostenía la tostada en el aire como si mostrase su documento de identidad:

—Te estuvimos esperando hasta cualquier hora. Arnold estaba preocupadísimo. Y yo no digamos.

Oh, ella también. Por eso le vinieron las ganas de ir al tualé de la pizzería, a pesar de que nunca había entrado en un baño público.

Mildred trituró la tostada entre los dientes aguerridos, se pasó la yema del dedo índice por los labios para quitarse una miga, tragó con una lentitud que parecía amenazadora.

—Maggie, hay algo que no comprendo. ¿Cómo es posible que no hayan encontrado el restaurante?

Lo mismo decía el muchacho, cada vez más desesperado, dando manotazos al volante: "¿Será posible? ¿Será posible que no podamos llegar a la esquina de Pedro Lozano y Helguera? Esto parece una maldición". Y no, no hubo forma.

—Habrán preguntado, supongo.

Oh, sí, miles de veces. Primero el muchacho le preguntó a otro taxista, y el otro taxista se rió y le dijo que habían tomado una dirección equivocada ("Me lo imaginé", suspiró Mildred con los ojos en blanco) y le indicó qué camino debían seguir para llegar a la calle Cuenca, y cuando llegasen a Cuenca que preguntaran de nuevo "porque es un poco complicado", dijo el otro taxista.

Después de media hora ("¿Media hora?", se espantó Mildred, "pero ¿adónde te había llevado, ese canalla? ¿A Mataderos?") se les apareció una avenida muy iluminada con muchos comercios. En una esquina una placa azul decía "Cuenca". "¡Por fin, abuela!", se alegró el muchacho. Empezó a preguntar a todo el mundo que se paseaba por la vereda. Contestaban "no sé", o no contestaban nada y seguían caminando, o les daban unas indicaciones de lo más confusas.

Dos viejos se acercaron solícitos al taxi, pero no se ponían de acuerdo, el muchacho les dijo "muchas gracias, abuelos" y los dejó con la palabra en la boca, y media cuadra más adelante un hombre mal vestido intentó subirse al automóvil: "Yo te guío", le dijo al muchacho, "voy para ese lado", pero el muchacho no le permitió que subiera y el hombre mal vestido lo insultó.

—Es increíble —murmuraba Mildred Buchanan moviendo la cabeza—. Estaban a pocas cuadras del restaurante.

Según miss Maggie, habían atravesado varias veces las vías del tren, en un sentido y en otro, y todas las veces la calle Cuenca les salía al paso, por la ventanilla ella volvía a ver la esquina de la pizzería. Del otro lado de la barrera del tren un joven les dijo que desde allí les resultaría muy difícil llegar a Pedro Lozano y Helguera, con todas las calles de contramano, y que les convenía cruzar de nuevo las vías. Pero para poder cruzar de nuevo las vías, ahora en dirección contraria, el muchacho tuvo que dar un largo rodeo y cuando por fin dio con una barrera abierta perdió la orientación, enfiló por una calle angosta y oscura, paralela a los rieles del Ferrocarril Pacífico, hasta que unos muchachones, a los que él les preguntó por la estación Villa del Parque, se rieron: "Pero no, flaco. Te estás yendo para La Paternal. Volvé por donde viniste, tomá Cuenca, cruzá las vías y a tu derecha está la estación". Él dijo: "Abuela ¿no nos estarán tomando el pelo, estos desgraciados?"

La cuestión es que miss Maggie, la quinta o sexta vez que pasaron delante de la pizzería, sintió unas furiosas ganas de orinar, después entraron en la pizzería, después llovió, tenían hambre, y bueno, así se hicieron las once de la noche y ya no valía la pena seguir buscando el restaurante, los Buchanan se habrían ido a dormir.
Mildred se pasaba la punta de la lengua por la dentadura. Parecía aburrida:

—¿Y de qué hablaron, todo ese tiempo?

Oh, de tantas cosas. El muchacho tenía una conversación muy agradable. Oh, sí, era una persona sumamente educada y cortés. Había que verlo comer con movimientos delicados de los cubiertos. Cuando ella salió del tualé y se acercó a la mesa, él se levantó y le arrimó la silla. Y después, al irse, la ayudó a ponerse el abrigo y el zorro, y en la calle la tomó de un brazo porque la vereda estaba mojada y uno podía resbalar.

Mildred entornó los párpados violáceos:

—¿Habías tomado mucho vino?

Apenas una copa. No habría sido prudente que Mildred supiera lo del champagne. Porque el muchacho, cuando se enteró, a toda costa quiso que festejaran el cumpleaños con una botella de champagne. Fue el momento en que empezaron a tutearse. Después, durante el viaje de vuelta, se comieron todos los bombones suizos, él cantaba “ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot”, y ella, con el sombrero sobre las rodillas, el zorro medio caído y un pie fuera del zapato, cabeceaba un poco y se reía como en sueños.

Mildred paseó su mirada azul por las otras mesas:

—Dios quiera que ningún conocido te haya visto en ese lugar comiendo en semejante compañía.

Miss Maggie empezó a decir que sentía mucho lo que había ocurrido y que estaba desolada pero Mildred la interrumpió:

—No lo lamentes, dear. Por lo que veo pasaste un cumpleaños muy feliz.

Miss Maggie se mantuvo callada, mientras alisaba el mantel con la palma de la mano. Parecía recordar algo, algo muy placentero. Mildred no sabía qué. Y hasta dio la impresión que iba a seguir contando lo que le había sucedido la noche anterior. Pero sólo ladeó la cabeza y sonrió, y entonces Mildred dijo que ya era hora de levantar campamento.

Por nada del mundo miss Maggie revelaría cómo había culminado su fiesta de cumpleaños. Cuando el taxi se detuvo delante del edificio de la calle Reconquista, ella le tendió una mano: "Gracias, Daniel. Gracias por todo". Él muy serio o muy triste, mirándola de frente, dijo: "Te acompaño hasta la puerta". Descendieron del taxi y miss Maggie, mientras trataba de introducir la llave en la cerradura, susurró: “Adiós, my boy” Él dijo: "¿No me invitarías con un café?". Ella abrió la puerta: "No tengo café. Tengo té, un buen té inglés". "Sí", dijo él, "un té bien caliente".

Entraron en el edificio que, a esas horas, estaba dormido. Oh. tan dormido como los Buchanan, y mister Forbes, y los profesores y las alumnas del Instituto, y la reina madre de Inglaterra, y la mismísima mistress Euphemia Gowens Sills que en paz descanse en su paraíso presbiteriano con la peluca puesta y los anteojos sobre la nariz.


En El amor es un pájaro rebelde

7 oct. 2020

Jules Michelet – Los aquelarres, la misa negra

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Jules Michelet por Felix Nadar Jules Michelet por Felix Nadar

 

Hay que decir los aquelarres (sabbats). Esta palabra, evidentemente ha designado cosas muy diversas según la época. Nosotros no tenemos desgraciadamente descripciones detalladas hasta bastante tarde (en tiempos de Enrique IV).(1)

En este momento el sabbat no era más que una gran farsa libidinosa hecha bajo el pretexto de brujería. Pero, en las descripciones mismas de una cosa tan deformada, algunos rasgos muy antiguos testimonian las épocas sucesivas, las formas diferentes por las que había pasado el aquelarre.

*

Podemos partir de la idea, bien segura, de que, durante siglos el siervo llevó la vida del lobo y del zorro, que este hombre fue un animal nocturno, quiero decir, que actuaba lo menos posible durante el día, que verdaderamente no vivía más que de noche.

Hasta el año 1000, mientras el pueblo podía crear sus santos y sus leyendas, la vida durante el día no carecía de interés para el siervo. Sus sábados nocturnos no eran entonces más que un leve resto de paganismo. El hombre honraba, temía a la luna que influía sobre los bienes de la tierra. Las viejas le eran devotas y encendían pequeños cirios para Dianom (Diana-Luna-Hécate). Siempre las lupercales* perseguían a las mujeres y a los niños es verdad que ahora bajo la máscara, el negro rostro del resucitado Arlequín. Se festejaba exactamente el Pervigilium Veneris (o 1° de mayo). En la fiesta de San Juan se mataba el carnero de Príapo-Baco-Sabasio, para celebrar a los sabasios. No había burla alguna en todo esto. Éste era el inocente carnaval del siervo.

Pero, hacia el año 1000, la Iglesia quedó casi cerrada para el siervo a causa de la diferencia de idioma. En 1100 los oficios se volvieron ininteligibles. De los misterios que se representaban en los atrios de las iglesias, lo que el siervo recordaba mejor era el lado cómico, el buey y el asno, etcétera. Realizó así sus fiestas de Navidad, pero éstas eran cada vez más y más irrisorias (verdadera literatura sabática).

*

¿Puede creerse que las grandes y terribles rebeliones del siglo XII no tuvieron influencia en estos misterios y en esta vida nocturna del lobo, del lobizón, de esa presa salvaje, como lo llamaban los crueles barones? Esas rebeliones pudieron muy bien iniciarse en las fiestas nocturnas. Las grandes comuniones de rebeldía entre los siervos (en las que bebían unos la sangre de los otros, o comían la tierra en lugar de hostia) (2) pudieron muy bien celebrarse durante el aquelarre. La Marsellesa de esta época cantada de noche más que de día, es quizás el canto sabático:

“Somos hombres como ellos,

Tenemos un corazón igualmente grande,

Podemos sufrir igualmente”

Pero la piedra del sepulcro vuelve a caer en 1200. El papa se sienta encima, el rey se sienta encima y, con una pesadez enorme, confinan al hombre. ¿Tiene éste ahora alguna vida nocturna? Con tanto más motivo. Las antiguas danzas paganas debieron ser entonces mucho más furiosas. Nuestros negros de las Antillas, después de un día de horrible calor, fatigados, se van a bailar a seis leguas del lugar donde trabajan. Lo mismo hacían los siervos. Pero a las danzas debieron mezclarse alegrías de venganza, farsas satíricas, burlas y caricaturas del señor y del sacerdote. Surge así una literatura nocturna que no sabía ni una palabra de la literatura del día y mucho de las fábulas burguesas.

*

He ahí el sentido de los aquelarres antes de 1300. Para que los aquelarres tomaran la forma sorprendente de una guerra declarada al dios de ese tiempo, era necesario todavía mucho más. Eran necesarias dos cosas: no solamente descender al fondo de la desesperación, sino haber perdido todo respeto.

Esto sucedió en el siglo XIV, bajo el papado de Avignon y durante el Gran Cisma, cuando la Iglesia, con dos cabezas no parecía ser ya la Iglesia, cuando toda la nobleza y el rey, vergonzosamente prisioneros de los ingleses, exterminaron al pueblo para extraerle su rescate. Los aquelarres tienen entonces la forma grandiosa y terrible de la Misa Negra, del oficio al revés, donde se desafía a Jesús, donde se le ruega que destruya con el rayo si es que puede hacerlo. Este drama diabólico hubiera sido imposible en el siglo XIII, donde hubiera provocado horror. Y más tarde en el siglo XV, cuando todo estaba gastado, hasta el dolor, este surtidor no hubiera podido brotar. Nadie se hubiera atrevido a esta creación monstruosa. Esta creación pertenece al siglo de Dante.

*

Creo que esto se hizo de golpe; fue la explosión de una furia genial que hizo subir la impiedad a la altura de las cóleras populares. Para comprender lo que eran estas cóleras es necesario recordar que el pueblo criado, educado por el mismo clero en la creencia y en la fe de los milagros, bien lejos de imaginar la fijeza de las leyes de Dios, había aguardado, esperado un milagro durante siglos, y este milagro no se había producido jamás. El pueblo lo pedía en vano, en el día desesperado de la suprema necesidad. El cielo a partir de entonces se le apareció como aliado de sus feroces verdugos, y él mismo se convirtió en feroz verdugo.

De ahí la Misa Negra y la Jacquería.

*

En el cuadro elástico de la Misa Negra pueden colocarse mil variantes de detalle; pero la Misa Negra está firmemente construida y yo creo es de una sola pieza.

He logrado reencontrar este drama en 1857 (Historia de Francia). Lo he recompuesto en sus cuatro actos, cosa que no era muy difícil. Sólo que, en esa época, dejé demasiado los grotescos adornos que el aquelarre recibió en los tiempos modernos, y no precisé el viejo cuadro, tan sombrío y tan terrible.

*

Este cuadro está fechado fuertemente por ciertos rasgos atroces de una edad maldita, pero también por el lugar dominante que tuvo en él la mujer,  gran personaje del siglo XIV.

La singularidad de este siglo está en que la Mujer, muy poco liberada, reina sin embargo de cien maneras violentas. En primer lugar ella heredaba feudos; ella aportaba reinos al rey. La Mujer reinaba aquí abajo, y todavía más reinaba en el cielo. María había suplantado a Jesús. San Francisco y Santo Domingo vieron los tres mundos en su seno. En la inmensidad de la Gracia, ella ahogaba el pecado; ¿qué digo? Ayudaba a pecar. (Véase la leyenda de la religiosa cuyo puesto en el coro ocupa la Virgen mientras la mujer visita a su amante).

En lo más alto, en lo más bajo, aparece la Mujer (Beatriz está en el cielo, en medio de las estrellas, mientras que Jean de Meung en el Romance de la Rosa, predica la comunidad de las mujeres). Pura, manchada, la Mujer está en todas partes. Se puede decir de ella lo que dijo de Dios Raimundo Lullo: “¿Qué parte es ésta del mundo? El todo”.

Pero en el cielo, en la poesía, la Mujer celebrada no es la madre fecunda, rodeada de sus hijos. Es la Virgen, es Beatriz estéril, y que muere joven.

Se dice que una hermosa doncella inglesa pasó por Francia hacia 1300 para predicar la redención de las mujeres. Ella misma se creía el Mesías.

*

La Misa Negra, en su primer aspecto parecería ser esta redención de Eva, maldita por el cristianismo. La Mujer en el sabbat lo era todo. Ella era el sacerdote, ella era el altar, ella era la hostia con la que comulgaba todo el pueblo. En el fondo, ¿no era también Dios mismo?

*

Hay en el aquelarre muchas cosas populares y, sin embargo, no todo proviene del pueblo. El campesino sólo estima la fuerza, hace poco caso de la mujer. Esto se ve bastante en nuestras antiguas costumbres (véase mis Origines). El campesino no hubiera dado a la mujer el lugar dominante que ella ocupa en el aquelarre. Es ella quien lo tomó por su cuenta.

Yo creo de buena gana que el aquelarre en su forma de entonces fue obra de la mujer, de una mujer desesperada, como lo era entonces la bruja. Ella vio en el siglo XIV abrirse ante sí su horrible carrera de suplicios, trescientos, cuatrocientos años iluminados por las hogueras. A partir de 1300 su medicina fue juzgada maleficio, sus remedios castigados como venenos. El inocente sortilegio por el que los leprosos creían entonces mejorar su suerte, trajo como consecuencia la masacre de esos infortunados. El papa Juan XXII hizo desollar vivo a un obispo sospechoso de brujería. Bajo una represión tan ciega, atreverse poco, o atreverse mucho, era arriesgar lo mismo. La audacia creció por el peligro mismo. La bruja pudo atreverse a todo.

*

Fraternidad humana, desafío al cielo cristiano, culto desnaturalizado del dios naturaleza… éste es el sentido de la Misa Negra.

Se levantaba un altar para el gran siervo Rebelde, aquel a quien se le ha hecho mal, el antiguo proscrito, injustamente arrojado del cielo, "el Espíritu que creó la tierra, el amo que hace germinar las plantas". Bajo estos títulos lo honraban los luciferinos, sus adoradores y (según una opinión muy valedera) también los caballeros del Temple.

El gran milagro en estos tiempos miserables es que, para la cena nocturna, surgía la fraternidad que no se había encontrado durante el día. La bruja no sin peligro, hacía contribuir a los más acomodados, recogía sus ofrendas. La caridad, bajo forma satánica, como crimen y conspiración, era una forma de rebelión, Y tenía gran fuerza. Durante el día se robaban los alimentos, para la comida común de la noche.

*

Imaginemos, sobre una gran landa, con frecuencia cerca de un viejo dolmen celta, en el límite de un bosque, una doble escena: por un lado la landa iluminada, la comida del pueblo; por el otro, hacia el bosque, el coro de esa iglesia cuya cúpula es el cielo. Llamo coro a un otero que dominaba un poco la escena. Entre los dos, las hogueras resinosas de llama amarilla y de rojos braseros, un vapor fantástico.

En el fondo la bruja preparaba a su Satanás, un gran Satanás de madera, negro y velludo. Por los cuernos y el chivo que estaba junto a él hubiera podido ser Baco; pero, por los atributos viriles, era Pan y Príapo. Tenebrosa figura que cada uno veía diferente; los unos llenos de terror, los otros conmovidos por el orgullo melancólico en el que parecía absorto el eterno Exiliado.(3)

*

Primer acto.- El Introito magnífico que el cristianismo tomó de la antigüedad (de esas ceremonias en las que el pueblo, circulando en largas filas bajo las columnas entraba al santuario), el viejo dios revivido, lo tomó para si. También tomó el lavado, tomado igualmente a las purificaciones paganas. Reivindicó todo esto por derecho de antigüedad.

La sacerdotisa era siempre la Vieja (título de honor); pero la sacerdotisa podía muy bien ser joven. Lancre habla de una bruja de diecisiete años, bonita, horriblemente cruel.

La novia del diablo no puede ser una niña; necesita tener treinta años, el rostro de Medea, la belleza de los dolores, los ojos profundos, trágicos v afiebrados, con grandes oleadas de serpientes descendiendo al azar; hablo de un torrente de negros, indomables cabellos. Tal vez encima de éstos, la corona de verbena, la hiedra de las tumbas, las violetas de la muerte.

La bruja ordenaba retirar a los niños (hasta el momento de la cena). Se inicia el servicio.

“Entraré en aquel altar... Pero, señor, sálvame del pérfido y del violento (del sacerdote, del señor)".

Después venía la negación de Jesús, el homenaje al nuevo amo, el beso feudal, como en las recepciones del Temple, en las que se daba todo sin reserva, el pudor, la dignidad, la voluntad; con el agravante ultraje de que al renegar del antiguo Dios “se amaba más el trasero de Satán”(4)

Correspondía a él consagrar a la sacerdotisa. El dios de madera la recibía corno la recibieron Pan y Príapo. Conforme a la costumbre pagana ella se entregaba a él, se sentaba un momento sobre él, como la Délfica en el trípode de Apolo. Ella recibía el aliento, el alma, la vida, la fecundación simulada. Después, no menos solemnemente, la bruja se purificaba. A partir de este momento se convertía en el altar vivo.

*

Ha terminado el Introito v el servicio interrumpido por el banquete. Al revés de lo que ocurre en el festín de los nobles en el que todos se sientan con la espada a su lado, aquí, en el festín de los hermanos, no hay armas. Ni siquiera un cuchillo.

Como guardián de la paz cada uno tiene una mujer. Sin mujer no se puede ser admitido. Parienta o no parienta, esposa o no esposa, vieja o joven, es necesaria una mujer.

¿Qué bebidas circulan? ¿Acaso el hidromiel? ¿La cerveza? ¿El vino? ¿La sidra espirituosa o pimentada? (ambas comenzaron en el siglo XII)

¿Los brebajes de la ilusión con su peligrosa mezcla de belladona aparecían ya en esta mesa? No es seguro, había niños presentes. Por otra parte, el exceso de turbación hubiera impedido la danza.

Esta danza giratoria, la famosa ronda del sabbat, bastaría por sí sola para completar este primer grado de embriaguez. La gente giraba espalda contra espalda, con los brazos hacia atrás, sin verse; pero con frecuencia las espaldas se tocaban. Nadie se conocía muy bien, ni conocía a la que tenía a su lado. La vieja, en este momento, ya no era vieja. Milagro de Satanás. La vieja era todavía una mujer, era deseable, confusamente amada.

*

Segundo acto.- En el momento en que la multitud unida en este vértigo sentía poseer un solo cuerpo, por el atractivo de las mujeres, y también no sé por qué vaga emoción de fraternidad, se retomaba el oficio en el momento del Gloria. El altar, la hostia aparecían. ¿Cuáles? La mujer misma. Con su cuerpo prosternado, con su persona humillada, en medio de la amplía seda negra de sus cabellos perdidos en el polvo, ella (la orgullosa Proserpina), ella, se ofrecía. Sobre los riñones oficiaba un demonio, decía el Credo, hacia la ofrenda.(5)

Esto fue más adelante impúdico. Pero, en medio de las calamidades del siglo XIV, en los tiempos terribles de la peste negra y de tantas hambres, en el tiempo de la Jacquería y de los bandidajes execrables de las Grandes Compañías, para este pueblo en peligro el efecto era mas que serio. La asamblea entera tenía demasiado que temer si era sorprendida. La bruja arriesgaba extremadamente, verdaderamente en este acto audaz ella daba su vida.

Más aún, ella desafiaba un infierno de dolores, torturas tales que apenas nos atrevemos a decirlas. A tenaceada y quebrada, con los senos arrancados, la piel lentamente desollada (como se hizo con el obispo brujo de Cahors). Quemada, con un lento fuego de brasas y miembro a miembro, ella arriesgaba una eternidad de agonía.

Todos seguramente estaban conmovidos cuando, sobre la criatura abnegada, entregada, humillada, se realizaba la plegaria y la ofrenda para la cosecha. Se presentaba trigo al Espíritu de la tierra, que hacía crecer el trigo. Los pájaros que volaban (probablemente surgidos del seno de la mujer) llevaban al Dios de la libertad el suspiro y el voto de los siervos. ¿Qué querían? Que nosotros, sus descendientes lejanos, nosotros, fuéramos liberados.(6)

¿Qué hostia distribuía la mujer? No la hostia de burla que veremos en tiempos de Enrique IV, sino verdaderamente esa confarreatío que hemos visto en los filtros, la hostia del amor, un pastel cocinado sobre ella, sobre la víctima que mañana podía pasar también por el fuego. Era su vida, su muerte lo que se comía. Se olía ya su carne quemada.

En último término se depositaban sobre ella dos ofrendas que parecían de carne, dos simulacros: la del último muerto de la comuna y la del último recién nacido. Ellos participaban del mérito de la Mujer, altar y hostia, y la asamblea (ficticiamente) comulgaba con el uno y con el otro, triple hostia, enteramente humana. Bajo la sombra vaga de Satanás el pueblo no adoraba más que al pueblo.

Aquí estaba el verdadero sacrificio. Se había cumplido. La Mujer, al entregarse para ser devorada por la muchedumbre, había terminado su obra. Se levantaba entonces, pero no se iba del lugar hasta haber orgullosamente visto y como constatado la legitimidad de todo por el llamado al rayo, por un desafío provocante al Dios destituido.

En burla de las palabras: Agnus Dei, etcétera, y de la ruptura de la hostia cristiana, la bruja se hacía traer un sapo vestido y lo hacía pedazos. Hacia girar luego los ojos aterradoramente, los volvía hacia el cielo y, decapitando al sapo, decía estas palabras singulares: “Ah, Felipe,(7)¡ sí te tuviera conmigo, te haría lo mismo!”.

*

Jesús no contestaba al desafío, no lanzaba el rayo y se le creía vencido. Un ágil grupo de demonios elegía este momento para sorprender a la gente con pequeños milagros que desconcertaban y aterraban a los crédulos. Los sapos, animales inofensivos pero que eran considerados muy venenosos, eran mordidos por ellos, deshechos a dentelladas. Las fogatas, los braseros eran saltados impunemente para divertir a la muchedumbre y hacer que se riera de los fuegos del infierno.

¿Reía el pueblo después de un acto tan trágico, tan audaz? No sé. La bruja, seguramente no reía; no reía ella, la primera que se había atrevido a aquello. Las fogatas debían parecerle las de la próxima hoguera. Correspondía a ella preparar el porvenir de la monarquía diabólica, crear la bruja futura.

 

 

* Lupercales, antiguas fiestas paganas, famosas por su licencia (N. del T.)

 

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1 La descripción menos mala es la de Lancre. Lancre es un hombre inteligente. Visiblemente estaba ligado a algunas jóvenes brujas y debía saberlo todo. Desgraciadamente su aquelarre está mezclado y sobrecargado con los adornos grotescos de la época. Las descripciones del jesuita Del Río y del dominico Michaelis, son dos piezas ridículas y tontas. En el relato de Del Río, se encuentran no se cuantas vaciedades, cuantas invenciones vanas. Sin embargo, en el total, pueden encontrarse algunas hermosas huellas de la antigüedad, que yo he podido aprovechar.

2 En la batalla de Courtrai. Véase también Grimm y mis Origenes

3 Este dato proviene de Del Río, pero no creo que sea exclusivamente español. Es un rasgo antiguo y marcado de la inspiración primitiva. Las bromas vinieron mas tarde.

4 Se suspendía sobre las nalgas del fetiche una máscara o segundo rostro. Lancre, Inconstance, pag. 68.

5 Este grave punto en que la Mujer era ella misma altar, en el que se oficiaba sobre ella, nos es conocido por el proceso de la Volsin que M. Ravaisson va a publicar junto con los otros Papiers de la Bastille. En estas imitaciones, recientes es verdad, que se hicieron del aquelarre para divertir a los grandes señores de la corte de Luis XIV, se reprodujeron sin duda alguna las formas antiguas y clásicas del sabbat primitivo, en el punto en que debieron ser abandonadas en los tiempos intermedios.

6 Esta encantadora ofrenda del trigo y de los pájaros se hacía particularmente en Francia (Jacquier, Flagellans, 51. Soldán, 225)

7 Lancre, 136. No he podido averiguar el porqué del nombre Felipe. Es tanto mas oscuro cuando se piensa que, cuando Satán nombra a Jesús lo llama Juancito o Janicot ¿Diría la bruja acaso el nombre odioso del rey que nos dio cien años de guerras inglesas y que en Crecy inició nuestras derrotas, y provocó la primera invasión? Después de una larga paz, pocas veces interrumpida, la guerra fue tanto mas horrible para el pueblo. Felipe de Valois, autor de esta guerra sin fin, fue maldecido y dejó tal vez en el ritual popular una maldición perdurable.

 

La Bruja

Traducción: Estela Canto

 

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