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Literatura y artes

15 sep. 2019

John Berger - Una muchacha como Antígona

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Una muchacha como Antígona


Calculo que mide unos ochenta centímetros por dos metros. Más o menos el tamaño de una litera de tren. No es de roble, sino probablemente de madera de peral, que tiene un color más cálido. Sobre ella hay una lámpara, también de madera, con un diseño que recuerda vagamente a los de la Bauhaus, que data, tal vez, de los años veinte, cuando la familia se trasladó a este piso. Una lámpara sencilla y funcional que casi parece artesanal, pero insistente en su promesa de modernidad, una promesa en la que ella no creyó nunca, ni siquiera un momento.

  La mesa está en la habitación en la que trabajaba y dormía cuando estaba en su casa. En su vida errante debió de pasar más tiempo leyendo y escribiendo en esta mesa que en cualquier otra.

  Nunca he conocido a nadie que la hubiera conocido. He mirado muchas fotografías suyas. Le hice un retrato basándome en una de ellas. Por eso tengo la extraña sensación de que puse mis ojos en ella hace mucho tiempo. Recuerdo los sentimientos contradictorios que me inspiraba: una antipatía física, una profunda sensación de ser totalmente inadecuado y algo semejante a la exaltación ante la ocasión de amar que ella parecía ofrecernos. Un amor, como en el Timeo de Platón, cuya madre es la pobreza. Era una persona desconcertante, de eso no cabía duda.

  Vi esta mesa en París la semana pasada. Detrás de ella hay una estantería que contiene los libros que leyó. La habitación es larga y estrecha, como la mesa. Cuando se sentaba detrás, la puerta le quedaba a la izquierda. Esta daba al pasillo: enfrente estaba la consulta de su padre. Cuando recorría el pasillo hacia la puerta principal tenía que pasar por la sala de espera, a su izquierda. Nada más salir de su cuarto se encontraba con los enfermos, o con quienes temían estar enfermos. Es posible que oyera a su padre despedir a cada paciente y recibir al siguiente.

  Bonjour, Madame, siéntese, por favor. Usted me dirá…

  A la derecha de su mesa está la ventana. Una ventana grande orientada al norte. La vivienda está en un sexto piso y la Rue Auguste Comte tiene una ligera pendiente, de modo que hay una extensa vista sobre París, desde los jardines del Luxemburgo, justo debajo, hasta más allá del Sacré-Coeur. Te acercas a la ventana, la abres, te apoyas en la barandilla sobre la que no se podrían posar más de cuatro palomas, y vuelas con la imaginación sobre los tejados y la historia. Es la altura exacta para dejar volar la imaginación: la altura a la que vuelan los pájaros hasta el extremo de la ciudad, hasta las murallas, donde acaba el presente y empieza una nueva época. En ninguna otra ciudad del mundo son tan elegantes estos vuelos. A ella le gustaba la vista de su ventana y desconfiaba profundamente de este privilegio.

  «Entre la verdad y la aflicción existe una alianza natural, porque ambas son suplicantes mudas, condenadas a quedarse eternamente sin habla en nuestra presencia».

  Empezó a escribir en esta mesa cuando estudiaba en el Lycée Henri IV y se preparaba para entrar en la École Normale. Para entonces ya había empezado el tercer cuaderno del diario que continuaría durante el resto de su vida.

  Murió en agosto de 1943 en un sanatorio de Ashford, en Kent. En el informe del juez se especifica que la muerte se debió a un «paro cardíaco debido a la degeneración de los músculos del miocardio como consecuencia de la inanición y de la tuberculosis pulmonar». Tenía treinta y cuatro años. El dictamen fue suicidio, porque había dejado de comer.

  ¿Qué tiene de especial su caligrafía? Es una caligrafía concienzuda, como la de una estudiante, pero cada letra, ya sea romana o griega, ha sido formada (casi dibujada) como un jeroglífico egipcio, tanto deseaba que todas y cada una de las letras de cada palabra tuvieran un cuerpo.

  Viajó a muchas partes y escribía en donde estuviera hospedada, sin embargo todo lo que escribió podría haber sido escrito aquí. Siempre que tenía la pluma en la mano, volvía en su imaginación a esta mesa a fin de empezar a pensar. Luego la olvidaba.

  Si alguien me preguntara cómo sé esto, no podría contestarle.

  Me senté detrás de la mesa y leí un poema que marcó un punto decisivo en su vida. Había copiado el poema en inglés con su caligrafía jeroglífica y se lo había aprendido de memoria. En los momentos en los que la dominaba la desesperación o el dolor de la migraña detrás de los ojos, lo recitaba en voz alta, como una oración.

  En una de esas ocasiones, mientras lo leía, sintió la presencia física de Cristo y se asombró. Las visiones, al igual que los milagros del Nuevo Testamento, la desagradaban; los encontraba demasiado fáciles. «… en ese súbito instalarse de Cristo en mí, ni mi imaginación ni mis sentidos tuvieron parte alguna; sencillamente sentí, cruzándose en mi dolor, la presencia del amor, una presencia similar a la que uno lee en la sonrisa de un rostro querido».

  Cincuenta años después, leyendo el soneto de George Herbert, el poema se transformó en un lugar, en una morada. Estaba deshabitada. Dentro tenía la forma de una colmena de piedra. En el Sahara hay tumbas y refugios así. He leído muchos poemas en mi vida, pero nunca había visitado uno. Las palabras eran las piedras de una habitación que me acogía.

  Abajo, en la calle, sobre la puerta del edificio (hoy tienes que teclear un código para entrar), hay una placa que dice: «Simone Weil, filósofa, vivió aquí entre 1926 y 1942».

En Fotocopias

Peter Handke - Cansancios terribles

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Peter Handke - Cansancios terribles


Antes sólo conocía cansancios temibles.

Antes, ¿cuándo?

Cuando era niño; en lo que llaman la época de estudiante; más aún, en los años de mis primeros amores; entonces precisamente. Una vez, durante la misa del gallo, el niño estaba sentado entre los parientes, en la iglesia del pueblo en el que había nacido, llena de gente, inundada por una luz cegadora, resonante de canciones de Navidad que todo el mundo conocía, envuelta en el olor de telas y de cera, y fue acometido por el cansancio que tiene la fuerza de un sufrimiento.

¿Qué clase de sufrimiento?

Del mismo modo que llamamos «feas» o «malignas» a las enfermedades, este cansancio era un sufrimiento feo y maligno; un sufrimiento que consistía en deformar las cosas, tanto el entorno —convirtiendo a los fieles en muñecos de trapo a los que había que estabular; al altar, con su reluciente boato, en la imprecisión que daba la lejanía, en una cámara de torturas, con los embrollados rituales y las confusas fórmulas de los oficiantes— como al mismo niño, enfermo de cansancio, convirtiéndole en una figura grotesca que tenía forma de elefante, con el mismo peso, la misma sequedad de ojos, las mismas protuberancias en la piel; sacado de la materia del mundo por el cansancio, del mundo del invierno en este caso, del aire de la nieve, del vacío de los hombres, como si estuviera haciendo uno de aquellos viajes en trineo que se hacen por la noche, bajo las estrellas, cuando los otros niños han ido desapareciendo poco a poco en las casas, y que llevan mucho más allá del límite del pueblo, estaba solo, entusiasmado: completamente ahí, en el silencio, en el murmullo, en el azul del camino que se helaba —«apetece», se decía de este agradable frío. Pero ahora, allí, en la iglesia, la sensación de frío completamente distinta del que estaba encerrado, rodeado por el cansancio, como si fuera una Virgen de hierro, y él, el niño, yo, en mitad de la ceremonia religiosa, pedía y suplicaba insistentemente que me llevaran a casa, lo cual ante todo significaba «¡salir!», y con ello (una vez más) estropeaba a sus parientes una de las horas de convivencia con los otros habitantes de la región, algo que, ya de por sí, al ir desapareciendo los usos y costumbres de aquella gente, era cada vez más raro (una vez más).

En Ensayo sobre el cansancio

Yuval Noah Harari - El arca de Noé

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Yuval Noah Harari - El arca de Noé


Si sumamos las extinciones en masa en Australia y América, y añadimos las extinciones a menor escala que tuvieron lugar mientras Homo sapiens se extendía por Afroasia (como la extinción de todas las demás especies humanas) y las extinciones que se produjeron cuando los antiguos cazadores-recolectores colonizaron islas remotas como Cuba, la conclusión inevitable es que la primera oleada de colonización de los sapiens fue uno de los desastres ecológicos mayores y más céleres que acaeció en el reino animal. Los animales que más padecieron fueron los grandes y peludos. En la época de la revolución cognitiva vivían en el planeta unos 200 géneros de animales terrestres grandes que pesaban más de 50 kilogramos. En la época de la revolución agrícola solo quedaban alrededor de 100. Homo sapiens llevó a la extinción a cerca de la mitad de las grandes bestias del planeta mucho antes de que los humanos inventaran la rueda, la escritura o las herramientas de hierro.

Esta tragedia ecológica se volvió a repetir en innumerables ocasiones y a una escala menor después de la revolución agrícola. El registro arqueológico de una isla tras otra cuenta la misma triste historia. La tragedia empieza con una escena que muestra una población rica y variada de animales grandes, sin traza alguna de humanos. En la escena segunda, aparecen los sapiens, de lo que dan prueba un hueso humano, una punta de lanza o quizá restos de cerámica. Sigue rápidamente la escena tercera, en la que hombres y mujeres ocupan el centro del escenario y la mayoría de los grandes animales, junto con muchos de los más pequeños, han desaparecido.

  La gran isla de Madagascar, a unos 400 kilómetros al este del continente africano, ofrece un ejemplo famoso. A lo largo de millones de años de aislamiento, allí evolucionó una colección única de animales. Entre ellos se contaban el ave elefante, un animal áptero de tres metros de altura y que pesaba casi media tonelada (la mayor ave del mundo) y los lémures gigantes, los mayores primates del globo. Las aves elefante y los lémures gigantes, junto con la mayor parte de los demás animales grandes de Madagascar, desaparecieron de repente hace unos 1.500 años… precisamente cuando los primeros humanos pusieron el pie en la isla.

  En el océano Pacífico, la principal oleada de extinción empezó alrededor del 1500 a.C., cuando agricultores polinesios colonizaron las islas Salomón, Fiyi y Nueva Caledonia. Eliminaron, directa o indirectamente, a cientos de especies de aves, insectos, caracoles y otros habitantes locales. Desde allí, la oleada de extinción se desplazó gradualmente hacia el este, el sur y el norte, hacia el centro del océano Pacífico, arrasando a su paso la fauna única de Samoa y Tonga (1200 a.C.), las islas Marquesas (1 d.C.), la isla de Pascua, las islas Cook y Hawái (500 d.C.) y, finalmente, Nueva Zelanda (1200 d.C.).

  Desastres ecológicos similares ocurrieron en casi todos los miles de islas que salpican el océano Atlántico, el océano Índico, el océano Ártico y el mar Mediterráneo. Los arqueólogos han descubierto incluso en las islas más diminutas pruebas de la existencia de aves, insectos y caracoles que vivieron allí durante incontables generaciones, y que desaparecieron cuando llegaron los primeros agricultores humanos. Solo unas pocas islas extremadamente remotas se libraron de la atención del hombre hasta época moderna, y estas islas mantuvieron su fauna intacta. Las islas Galápagos, para poner un ejemplo famoso, permanecieron inhabitadas por los humanos hasta el siglo XIX, por lo que preservaron su zoológico único, incluidas las tortugas gigantes, que, como los antiguos diprotodontes, no muestran temor ante los humanos.

  La primera oleada de extinción, que acompañó a la expansión de los cazadores-recolectores, fue seguida por la segunda oleada de extinción, que acompañó la expansión de los agricultores, y nos proporciona una importante perspectiva sobre la tercera oleada de extinción, que la actividad industrial está causando en la actualidad. No crea el lector a los ecologistas sentimentales que afirman que nuestros antepasados vivían en armonía con la naturaleza. Mucho antes de la revolución industrial, Homo sapiens ostentaba el récord entre todos los organismos por provocar la extinción del mayor número de especies de plantas y animales. Poseemos la dudosa distinción de ser la especie más mortífera en los anales de la biología.

  Quizá si hubiera más personas conscientes de las extinciones de la primera y la segunda oleada, se mostrarían menos indiferentes acerca de la tercera oleada, de la que forman parte. Si supiéramos cuántas especies ya hemos erradicado, podríamos estar más motivados para proteger a las que todavía sobreviven. Esto es especialmente relevante para los grandes animales de los océanos. A diferencia de sus homólogos terrestres, los grandes animales marinos sufrieron relativamente poco en las revoluciones cognitiva y agrícola. Pero muchos de ellos se encuentran ahora al borde de la extinción como resultado de la contaminación industrial y del uso excesivo de los recursos oceánicos por parte de los humanos. Si las cosas continúan al ritmo actual, es probable que las ballenas, tiburones, atunes y delfines sigan el mismo camino hasta el olvido que los diprotodontes, los perezosos terrestres y los mamuts. Entre los grandes animales del mundo, los únicos supervivientes del diluvio humano serán los propios humanos, y los animales de granja que sirven como galeotes en el Arca de Noé.

En De animales a dioses

Matsuo Basho - El santuario de Kehi-no-Myo

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Matsuo Basho - El santuario de Kehi-no-Myo

Las nubes cubrieron al Monte Blanco pero del otro lado apareció el monte de Hina; cruzamos el puente de Asamutsu y llegamos a Tamae; las cañas de Tamae ya ostentaban henchidas espigas; atravesamos el Paso del Ruiseñor y el de la montaña de Yunoo y llegamos al castillo de Hiuchi; en el monte Kaeru oímos los primeros gritos de los gansos salvajes y en el puerto de Tsuruga, la tarde del día catorce del Octavo Mes, encontramos alojamiento. Esa noche la luna lucía extraordinariamente clara. Le dije al dueño de la posada: “Ojalá aparezca tan clara la de mañana, que es la luna llena”. Me contestó: “En estas tierras del norte no se sabe nunca cómo será la luna de mañana”, y nos sirvió saké. Más tarde fui a visitar el Santuario de Kehi-no-Myo-jin, que fue del emperador Chuai. Es imponente. La luz de la luna atravesaba los pinos y caía sobre las blancas arenas, frente al santuario. Era como si hubiese caído una helada. El posadero me contó que el segundo bonzo Yugyo, hace mucho, había hecho el voto de arreglar la senda y él mismo había cortado las yerbas y apisonado las piedras y la tierra. Desde entonces los bonzos de este templo siguen su ejemplo, llevan arena al santuario y hoy los visitantes encuentran un camino sin asperezas:

Sobre la arena
esparcida por Yugyo
luna clarísima.

El día quince, como había anunciado el dueño de la posada, llovió.

¿Luna de otoño?
Promesas y perjurios,
Norte cambiante.

En Sendas de Oku
Traducción: Octavio Paz

Mathias Enard - La noche no conduce al día

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Mathias Enard - La noche no conduce al día


La noche no conduce al día. Arde en él. Al alba la llevan a la hoguera. Y con ella a sus gentes, los bebedores, los poetas, los amantes. Somos un pueblo de relegados, de condenados a muerte. No te conozco. Conozco a tu amigo turco, es uno de los nuestros. Poco a poco desaparece del mundo, engullido por la sombra y sus espejismos; somos hermanos. No sé qué dolor o qué placer lo ha empujado hacia nosotros, hacia el polvo de estrellas, puede que el opio, puede que el vino, puede que el amor; puede que alguna oscura herida del alma, bien oculta entre los pliegues de la memoria.

  Tú deseas reunirte con nosotros.

  Tu miedo y tu angustia te echan a nuestros brazos, y tratas de acurrucarte en ellos, pero tu cuerpo robusto permanece fiel a sus certezas, huye del deseo, rechaza el abandono.

  No te culpo.

  Habitas una prisión distinta, un mundo de fuerza y de valor donde esperas que te lleven a hombros. Crees merecer la benevolencia de los poderosos, aspiras a la gloria y la fortuna. Sin embargo, cae la noche y tiemblas. No bebes porque tienes miedo, sabes que el arrebato del alcohol te abisma en la debilidad, en la irresistible necesidad de recuperar las caricias, una ternura desaparecida, el mundo perdido de la infancia, la satisfacción, la calma ante la resplandeciente incertidumbre de la oscuridad.

  Crees que deseas mi belleza, la suavidad de mi piel, el brillo de mi sonrisa, la sutileza de mis articulaciones, el carmín de mis labios, pero lo que en realidad deseas sin saberlo es la desaparición de tus miedos, la curación, la unión, el regreso, el olvido. Esa potencia te devora en soledad.

  Entonces sufres, perdido en un crepúsculo infinito, con un pie en el día y el otro en la noche.

En Habladles de batallas, de reyes y elefantes

Margaret Atwood - Asesinato en la oscuridad

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Margaret Atwood - Asesinato en la oscuridad


Sólo he jugado a esto dos veces. La primera tenía diez años, y estábamos en un sótano, el sótano de una casa muy grande, que pertenecía a los padres de una niña llamada Louise. Había una mesa de billar, pero nadie tenía la menor idea de jugar al billar. Había también una pianola. Después de un rato nos cansamos de pasar los rollos de música por la pianola y de observar las teclas subir y bajar solas como en una película de miedo justo antes de aparecer el cadáver. Yo estaba enamorada de un niño llamado Bill, que estaba enamorado de Louise. El otro niño, cuyo nombre no recuerdo, estaba enamorado de mí. Nadie sabía de quién estaba enamorada Louise.

  Así que apagamos las luces del sótano y jugamos a Asesinato en la oscuridad, lo cual ofrecía a los chicos el placer de rodear las gargantas de las chicas con las manos, y a las chicas el placer de gritar. La emoción era casi insostenible, pero afortunadamente volvieron a casa los padres de Louise y nos preguntaron qué nos creíamos que era aquello.

  La segunda vez que jugué fue con personas mayores; no fue tan divertido, aunque sí más complejo intelectualmente.

  He oído que una vez jugaron a esto en su casa de verano seis personas normales y un poeta, y el poeta intentó de verdad matar a alguien. Se lo impidió la intervención de un perro, que era incapaz de distinguir entre fantasía y realidad. La cuestión con este juego es que hay que saber parar.

  Se juega así:

  Doblas unos papeles y los pones en un sombrero, en un cuenco, o en el centro de la mesa. Cada participante escoge uno. Si te toca la x eres el detective, si te toca el punto negro, el asesino. El detective sale de la sala y se apagan las luces. Todo el mundo deambula en la oscuridad hasta que el asesino elige víctima. Puede susurrarle Estás muerta, o puede deslizarle las manos alrededor del cuello y darle un apretón, en broma pero enérgico. La víctima grita y cae al suelo. Entonces todo el mundo se queda quieto salvo el asesino, quien naturalmente no quiere que le encuentren junto al cadáver. El detective cuenta hasta diez, enciende las luces, y entra en la sala. Puede interrogar a todos menos a la víctima, que no está autorizada a responder, puesto que está muerta. El asesino debe mentir.

Si quieres, puedes jugar con este juego. Puedes decir: el asesino es el escritor, el detective es el lector, la víctima el libro. O quizás, el asesino es el escritor, el detective es el crítico, y la víctima es el lector. En este caso, el libro sería la puesta en escena total, incluida la lámpara tirada en el suelo, rota en un traspiés. Pero en realidad es más divertido el juego en sí.

  En cualquier caso, ahí estoy yo en la oscuridad. Tengo designios sobre ti, estoy planeando mi crimen siniestro, mis manos avanzan hacia tu garganta o quizás, por error, tu muslo. Oyes mis pasos que se acercan, llevo botas y tengo un cuchillo, o quizás es un revólver con culata de nácar, en todo caso llevo botas de suela muy suave, ves el fulgor cinematográfico de mi cigarrillo, creciendo y menguando en la neblina de la habitación, la calle, la habitación, aunque yo no fumo. Recuerda sólo esto, cuando el grito cese al fin y hayas encendido las luces: según las reglas del juego, yo he de mentir siempre.

  Y ahora: ¿me crees?

En Asesinato en la oscuridad


13 sep. 2019

Irene Gruss - Es aquí la cosa

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Argentina, Gruss Irene, Poesía,



Lo más profundo es la piel.
Paul Valéry

El pez muere por la boca.
Muerde una ilusión casi carnal
y una cuerda finísima lo empuja
hacia arriba. Es aquí,
en la superficie, con la ilusión a medio masticar
que el pez divino muta en pescado.
Los perros se acercan
y el pescador se afirma: "Vendrá
la muerte y tendrá tus ojos".
Alguien que cierre esa mirada
tonta, insensiblemente neutra.
Es aquí, en la superficie.
Tu boca no emite siquiera
la burbuja que pudo haberte salvado,
largar el aire, girar hacia otra parte.
Al pescador no le bastan
tus ojos; corta la cabeza
y la arroja a un balde.
Vendrá la muerte otra vez
como carnada, como quien dice agua va
buscaré la finísima cuerda, morderé el anzuelo,
es aquí, es aquí la cosa, en
la superficie.


Encomillado: Cesare Pavese


Silvina Ocampo - El incesto

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Silvina Ocampo - El incesto


A Juana Ivulich

¡Todavía me gustan las muñecas! En mi dormitorio sobre una carpeta de macramé, estaba sentada mi predilecta, la última que me regalaron, la más bonita de todas.

–Quisiera tener una mujercita y no un varón –solía decirle a mi marido, pensando en alguna muñeca.

Siempre oía una cariñosa respuesta:

–La tendrás. –Y luego la recomendación habitual: No te canses –cuando salía de casa y tomaba el tranvía en la esquina. ¡Otro marido tan bueno como el mío no habrá en todo Buenos Aires!

Yo estaba encinta y la alegría, la infalibilidad y el asombro de la perspectiva me impedían tal vez padecer los malestares de otras mujeres cuando están encintas. Además, mi afición por la costura no me dejaba desfallecer. Tenía que acudir todas las mañanas al taller de Dionisia Ferrari, donde aprendía a cortar y a coser, con otras chicas de mi edad, durante el invierno. Yo tenía la impresión de otorgar un placer a mis manos cuando manejaban las tijeras las agujas y los alfileres: un placer del cual yo estaba a menudo excluida pues mi pensamiento, preocupado por otras cosas, me desvinculaba de mi cuerpo. A veces, por las tardes, la señora Dionisia, que me trataba como una madre, me servía chocolate con leche y vainillas. El placer lo sentía mi paladar y mi estómago y no mi verdadero yo. Mientras relamía mis labios golosos, esa preocupación, que iría acrecentándose como una enfermedad, me carcomía.

¿Acaso la desventura de los demás debe de ser también nuestra? ¿Acaso debemos sentirnos siempre tan solidarios con el género humano? Yo atribuía mi estado de sensibilidad al hecho de estar encinta. ¿Qué podría importarme del drama que se desarrollaba en la familia de Dionisia Ferrari? Si bien Dionisia me trataba como una madre, dándome chocolate con crema y vainillas por la tarde, ofreciéndome, para coser, un asiento junto a la ventana, prestándome a veces su dedal de oro con perlitas y su tijera de sastre, la verdad es que no le preocupaba que mi marido perdiera su empleo, que mi madre tuviera flebitis. Hay que ver las cosas como son: en el fondo me hacía mala sangre por motivos egoístas. Iba a ser madre y tal vez todo lo que sucedía a una madre o a una hija tenía, en cierto modo, que preocuparme, y como todas las mujeres son madres e hijas, me preocupaba por todas las mujeres, cosa que nunca me había sucedido, pues antes la humanidad me era indiferente.

El taller de Dionisia quedaba en la calle Necochea, en la Boca. La casa era amarilla como el jabón de lavar los pisos, tenía una reja pintada de negro, con adornos de bronce y en el jardín de entrada, dos palmeras con penachos tristes, que se agitaban con el viento, daban la ilusión de barrer las nubes del cielo cuando había tormenta. En el frente de la casa quedaban las habitaciones de los parientes de Dionisia, en los fondos, detrás de un patio con numerosas plantas, las dependencias de Dionisia y de su familia, que se reducían al taller de costura, separado por una cortina floreada del angosto y largo dormitorio.

Inútilmente yo trataba de distraerme cuando regresaba a casa. Leía Caras y Caretas. Soy aficionada a la lectura. He gastado más velas en leer que en rezar, no me da vergüenza decirlo. Soy franca y digo las cosas feas, con naturalidad. En las fotografías miraba a la reina Ranavalona Manjaka, la ex reina de Madagascar, con su cara negra, vestida con tanta elegancia, en una berlina, paseando por las calles de París y no me daba risa. Miraba al ganador del primer premio de carrera de automóviles París–Berlín, sin asombro. Miraba el paletot de última moda para señoras del Palacio de Cristal: no hubiera dado ni un paso ni un peso por tenerlo. Miraba el retrato de la pobre secuestrada de Poitiers: no me horrorizaba. No me daban ganas de estar en Nápoles, para la fiesta de San Genaro. Leía con indiferencia las recomendaciones para las madres: "El estómago es el cochero del sistema nervioso". El estreno de Nerón, por la compañía de la Guerrero, no despertaba mi curiosidad. El ombú donde habitaba el ermitaño Witner, en San Nicolás de los Arroyos, no me impresionaba ni un poquito; Jacquets para señoras: al ver los avisos no ambicionaba tener ninguno. Digo la verdad. Miraba el cuadrante solar del bañado de Flores, en una fotografía: no hubiera dado un centavo por verlo personalmente. El cura Frabricci, circulador de moneda falsa, no me escandalizaba. "¿Estaré enferma?", me preguntaba a mí misma. Si no hubiera sido por las confidencias de Dionisia, no habría advertido lo que sucedía en esa casa donde yo trabajaba.

Horacio Ferrari no amaba a su mujer. No dormía con ella, prefería acostarse en un catre incómodo, junto a la ventana, para evitar la promiscuidad de su cuerpo. Decían las malas lenguas que el dinero que tenía lo dilapidaba en jugar. ¿Jugar a qué? ¡No lo sabré nunca! ¿Riñas de gallos, carreras de caballos, naipes? Dionisia lloraba de la mañana la noche. Horacio era buen mozo, demasiado buen mozo, lo que impedía que yo le tuviera fastidio o que pensara mal de él. Su cara era noble y tranquila y sus modales correctos.

En cuanto el matrimonio estaba junto, discutía. Los motivos de discordia no tenían mayor importancia. Una vez fue por la estrella del escudo de la casa de gobierno: si tenía ochocientas o novecientas lámparas ocupó una parte de exaltado diálogo. Otra vez fue por la casa del Rey del Son: si quedaba en la calle Florida al 220 o al 340 pareció cuestión de vida o muerte. Otra vez fue por la noticia que salió en una revista, de una gata que dio a luz cinco gatos y tres perros: el matrimonio Ferrari no estaba de acuerdo sobre el número de perros o de gatos que habían nacido. Pero todo sucedía, a mi juicio, por culpa de Livia. Livia sacaba la conversación de esto y del otro y de lo de más allá para perturbar la tranquilidad de sus padres. Yo no digo que lo hiciera a propósito, era inocente porque tenía doce años, pero la cuestión es que en ese hogar no había paz. Yo misma empecé a sentirme culpable. Soy cavilosa, me enseñaron a serlo en la infancia, cuando orinaba en la cama.

Horacio a menudo se sentaba a mi lado para verme coser. Yo me ponía nerviosa. Felizmente Livia siempre estaba con nosotros. Horacio la besaba mirándome como diciendo: "Estoy besando a Livia, pero en mi imaginación te beso a ti". Un día me corté un dedo con la tijera. Horacio, serio como de costumbre, hizo algo increíble: tomó mi mano en su mano, miró mi dedo que tenía una herida como una boca abierta, y me dijo:

–Hay que chupar toda la sangre para que no se infecte.

Acto seguido metió mi dedo en su boca para chupar la sangre. Sentí el calor mojado de su lengua y me estremecí. En ese momento pensé que Horacio se asemejaba mucho a un animal, y me repugnó. Me ruboricé y Lila comenzó a reír como si le hicieran cosquillas. Me limpié la mano en la falda y seguí cosiendo como si nada hubiera sucedido pero sentía la mirada de Horacio ardiendo sobre mi nuca. Esa mirada húmeda y brillante me recordaría para el resto de mi vida la blandura cálida del interior de su boca. Lo miraba ya sin verlo y lo veía sin mirarlo. Ningún asomo de coquetería hubo en mí. Si se enamoró no fue por mi culpa. Muchos malpensados dirán que traté de seducirlo cuando, detrás del biombo o frente a él en el cuarto de costura por orden de Dionisia, me ponía los trajes suntuosos, que le encargaban las clientas, y luego ataviada con vestido de baile, de amazona, de novia o de viuda, daba unos pasos frente al espejo, para que pudiera yo misma comprobar que todo estaba en orden: el lazo, el ruedo, las puntillas del cuello, los puños del vestido. Creo que las otras chicas me envidiaban, pues ¿cómo habría de interpretar la actitud que asumieron el día en que me puse la copia del vestido de la artista francesa Henriot que había muerto hacía dos meses, en el incendio del Teatro de la Comedia? Yo había gritado desde una azotea, al ver el entierro escandalosamente lujoso:

"Fuera blancura y azahares" hasta que los vigilantes me hicieron callar. Pensé: estas chicas saben que no soy partidaria de la francesa loca, ni de sus admiradores, que murió por salvar a su perro ¿entonces por qué me miran con severidad y no me hablan, al verme con el vestido de la francesa? Por envidia y por ninguna otra razón. Mi cuerpo es esbelto a pesar de estar encinta; tengo una cintura de avispa y mi estatura es mediana, más alta que el común de las mujeres argentinas. Mi mamá dice que me distingo por mi silueta.

Tuve un hijo. Durante un año, para cumplir con mis deberes maternales, no fui al taller de costura. Cuando volví a lo de Ferrari, nada había cambiado. Volví a reanudar mi trabajo. Dionisia, Horacio, Livia me trataron como siempre. Mi amor por Horacio había crecido.

Un día, que jamás olvidaré, Dionisia me dijo:

–Tengo que hablar contigo. Saldremos hoy a las cinco. Diré que vamos a comprar géneros y cintas.

Dionisia nunca tuvo que dar explicaciones por sus salidas. Nos vestimos para salir, nerviosamente. En la calle, lejos de la casa, Dionisia me habló:

–Sabes que Horacio es un hombre raro, un degenerado. –Cobardemente yo asentí con la cabeza. –No me importa que me engañe, pero que ande detrás de su propia hija es un pecado mortal, que no tolero.

Cobardemente me escandalicé. Yo sabía que Horacio estaba enamorado de mí y que utilizaba a su hija para disimular.

–Dentro de cuatro semanas –prosiguió– huiré con Livia de mi casa. Nos iremos a España. Tienes que acompañarme al puerto. Diré que voy a despedir a una amiga. A último momento me esconderé para que nadie me vea. Tengo aquí los pasajes. Me embarcaré en el Marsella.

Sacó de su corpiño un sobre, lo abrió y me mostró los papeles. Yo podía disponer de cuatro semanas para defender a Horacio, diciendo simplemente la verdad. Para declarar su inocencia, yo tenía que acusarme. No dije nada. Dionisia confiaba en mí. Me quería más tal vez que a su hija, que era una coqueta.

El día en que salía el barco fui más temprano que de costumbre a la casa de Dionisia Ferrari. Debajo de la cama estaban escondidos dos paquetes, poquita ropa de las viajeras.

Vislumbré a Horacio tomando el desayuno, antes de salir para el trabajo. Dos horas después fuimos en un coche a la dársena. Temblando, esperé que saliera el barco. Debajo de mi sombrilla abierta oculté las lágrimas, que quemaban mis ojos.



Yasunari Kawabata - Las serpientes

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Yasunari Kawabata - Las serpientes


Ineko, de cuarenta y cuatro años, tuvo este sueño.

No era su casa; era sin duda alguna casa a la que había ido pero, al despertarse y reflexionar, no podía determinar de quién era. En el sueño, la señora Kanda, mujer del presidente de la compañía, tenía un aire de dueña de casa. Ineko había imaginado que se encontraba en la casa de los Kanda. Pero la apariencia de la sala y la disposición eran diferentes de las que tenía la verdadera casa de los Kanda.

Cuando al principio vio los pájaros, a Ineko le pareció que su marido también estaba en la habitación. Aparentemente estaban sólo ellos.

Después de oír el relato del sueño, su marido le preguntó:

—¿Los pájaros estaban en jaulas o venían del jardín?

A Ineko le costó encontrar una respuesta.

—Estaban en la sala. Caminaban alrededor de la sala.

Había dos pájaros, pequeños como colibríes y con largas plumas en la cola. Sus cuerpos eran más pequeños que el largo de la cola, y las plumas de la cola eran muy grandes y tupidas, y destellaban como joyas.

Ineko tenía la impresión de que las plumas estaban hechas con varias piedras preciosas. Cuando se movían, colores hermosos y luces se escalonaban delicadamente en ellas, como si varias piedras preciosas refulgieran, al captar los cambios de la luz con sus facetas.

Cuando los pájaros se posaron en la mano de Ineko y agitaron sus alas, éstas también brillaron con efectos iridiscentes de cinco o siete tonalidades.

Fuera de asombrarse ante tanta belleza, Ineko no había sentido nada. No le parecía extraño que un pájaro con una cola enjoyada estuviera posado en su mano.

En algún momento su marido había salido de la habitación. Ahora la señora Kanda estaba allí.

En la habitación, el hueco ornamental estaba del lado oeste. Del sur al este estaba el jardín, con un corredor a los dos lados del salón. En el ángulo nordeste, el corredor daba una vuelta y se convertía en el corredor de la sala. Ineko y la señora Kanda estaban sentadas en la esquina nordeste.

Cinco serpientes reptaban por la sala. Al verlas, Ineko no gritó pero se preparó para escapar.

—Está bien. No hay de qué preocuparse —dijo la señora Kanda.

Cada una de las serpientes era de un color diferente. Incluso después de despertarse, Ineko recordaba nítidamente los colores. Una era negra, otra rayada, la tercera roja como una serpiente de montaña, la cuarta tenía el mismo diseño de las víboras pero con colores más vivos, y la quinta tenía el resplandor de la mexicana ópalo de fuego, una serpiente tremendamente hermosa.

«Qué hermosas», pensaba Ineko.

De algún lado había llegado la anterior esposa de Shinoda y allí estaba sentada. Joven y encantadora, parecía una bailarina. Aun cuando la señora Kanda parecía de su verdadera edad y la propia Ineko de la suya, la anterior esposa de Shinoda estaba incluso más joven que cuando Ineko la había conocido veinticinco años antes. Su encanto se diseminaba a su alrededor.

La anterior señora de Shinoda vestía un kimono liso de color verde.

Y si sus vestidos se veían pasados de moda, su peinado era de una total actualidad. Recogido atrás, era irritantemente elaborado. Un adorno irisado estaba colocado adelante. Era como una peineta circular con varias piedras, o como una pequeña diadema. Había piedras rojas y verdes, con predominio de diamantes.

—Qué bello.

Como Ineko lo miraba, la primera mujer de Shinoda se llevó la mano a la cabeza y se quitó el ornamento. Lo extendió a Ineko, diciendo: «¿no me lo compraría?».

Mientras lo sostenía frente a la cara de Ineko, el adorno de cabello empezó lentamente, desde uno de sus extremos, a moverse con ondulaciones. Y al final, era una serpiente. Una pequeña serpiente.

De otra parte de la casa llegaba el sonido de agua corriendo y voces de criadas. En la esquina más lejana había una despensa con objetos para el té. Dos criadas lavaban batatas.

—Mira bien lo que compras. ¿No son éstas demasiado grandes? —decía una de ellas.

La otra respondía:

—Es injusto. Elegí las grandes creyendo que serían buenas y ahora me reprenden.

En ese momento Ineko se despertó.

En el sueño, sin que ella le diera mayor importancia, también el jardín estaba infestado de serpientes.

—¿Era un hervidero?

A esta pregunta de su marido, Ineko respondió de un modo preciso:

—Había veinticuatro.

Además, en una habitación aparte, detrás de la sala, parecía haber una reunión de hombres. El señor Kanda, presidente de la compañía, estaba allí junto con su hermano menor y el marido de Ineko. Durante su sueño, Ineko tenía la sensación de haber oído sus voces en una conversación.

Al finalizar el relato de su sueño, ella y su marido se quedaron en silencio por un rato.

—Me pregunto qué será de la primera señora de Shinoda ahora —dijo finalmente el marido.

—Sí, ¿qué estará haciendo? —Ineko repitió—: Me pregunto dónde estará.

No la había visto en esos veinticinco años. Hacía unos veinte que Shinoda había muerto.

Shinoda y el marido de Ineko habían sido compañeros en la universidad. La primera mujer de Shinoda había ayudado mucho a Ineko, que estaba en una clase inferior en la misma escuela de mujeres. Fue por sus buenos oficios que Ineko se había casado. Pero al poco tiempo, Shinoda se había divorciado y se había vuelto a casar. Como Ineko y su marido también conocieron a la segunda esposa, la anterior pasó a ser llamada «la primera esposa».

La primera esposa desapareció de su vista poco después del divorcio. Shinoda murió tres o cuatro años después de volver a casarse.

El marido de Ineko y Shinoda habían trabajado en la misma compañía. La primera mujer, intercediendo ante el superior, Kanda, les había conseguido los puestos.

Antes de casarse con Shinoda, la primera mujer había estado enamorada de Kanda. Pero como Kanda no se había querido casar con ella, se había casado con Shinoda.

La señora de Kanda se había casado sin saber nada de todo eso. Una vez le había dicho a Ineko que Shinoda había sido cruel con su mujer.

Ahora Kanda era el presidente de la compañía, y el marido de Ineko continuaba trabajando en la empresa. Ineko no intentó forzar una interpretación de ese sueño, pero le quedó grabado en el corazón.



En Historias de la palma de la mano


12 sep. 2019

Jorge Luis Borges - Acerca de King Kong

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Jorge Luis Borges - Acerca de King Kong


Un mono de catorce metros de altura (algunos entusiastas dicen que quince), es evidentemente encantador, pero tal vez no basta. No es un mono jugoso; es un reseco y polvoriento artificio de movimientos esquinados y torpes. Su única virtud —la estatura— parece no haber impresionado mucho al fotógrafo, que se obstina en no retratarlo de abajo sino de arriba —enfoque a todas luces desacertado, que invalida y anula su elevación. Falta añadir que es jorobado y de piernas chuecas: rasgos que lo achican también. Para que nada tenga de extraordinario, lo hacen luchar con monstruos mucho más raros que él, y le destinan alojamiento en falsas cavernas de catedralicio grandor, donde se pierde su afanosa estatura. Un amor carnal o romántico por Miss Fay Wray perfecciona la ruina de ese gorila monumental y también la del film.

Cuadernos Mensuales de Cultura, Buenos Aires, N° 3, julio de 1933.

Arthur Rimbaud - Fairy

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Arthur Rimbaud - Fairy


Por Helena se conjuraron las savias ornamentales en las sombras vírgenes y las claridades impasibles en el silencio astral. El ardor del verano fue confiado a unos pájaros mudos y la indolencia requerida de una barca de lutos sin precio en ensenadas de amores muertos y de perfumes hundidos.

— Después del momento del canto de los leñadores al rumor del torrente bajo la ruina de los bosques, del repicar de las reses al eco de los valses, y de los gritos de las estepas. —

Por la infancia de Helena tiritaron las pieles y las sombras — y el seno de los pobres, y las leyendas del cielo.

Y sus ojos y su danza superiores incluso a los resplandores preciosos, a las influencias frías, al placer del decorado y de la hora únicos.


En Iluminaciones
Traducción: Ramón Buenaventura


Friedrich Nietzsche - Significado de la locura en la historia de la humanidad

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Friedrich Nietzsche - Significado de la locura en la historia de la humanidad


Si pese al formidable yugo de la moral de las costumbres bajo el que han vivido todas las sociedades humanas; si durante miles de años antes de nuestra era, e incluso en el transcurso de ésta hasta la actualidad (y téngase en cuenta que vivimos en un pequeño mundo excepcional y, en cierto sentido, en la peor de las zonas), las ideas nuevas y divergentes, y los instintos opuestos han resurgido siempre, ello se ha debido a que se hallaban protegidos por un terrible salvoconducto: casi siempre ha sido la locura la que ha abierto el camino a las nuevas ideas, la que ha roto la barrera de una costumbre o de una superstición venerada.

¿Comprendéis por qué ha sido necesaria la ayuda de la locura; esto es, de algo tan terrorífico e indefinible, en la voz y en los gestos, como los demoníacos caprichos de la tempestad y del mar; de algo que fuese a un tiempo digno de miedo y de respeto; de algo que, como las convulsiones y los espumarajos del epiléptico, llevara el sello visible de una manifestación totalmente involuntaria; de algo que pareciera que imprimía al enajenado la marca de una divinidad, de la que él sería la máscara y el portavoz; de algo que infundiese incluso al promotor de la nueva idea veneración y miedo de sí mismo, en lugar de remordimiento y le impulsara a ser el profeta y el mártir de dicha idea? Aunque hoy se nos esté constantemente diciendo que el genio tiene un grado más de locura que de sentido común, los hombres de otros tiempos se acercaban mucho más a la idea de que en la locura hay algo de genio y de sabiduría, algo de divino, como se decía en voz baja. A veces esta idea se expresaba a las claras. «Lo que más beneficios ha deparado a Grecia ha sido la locura», decía Platón, acorde con toda la humanidad antigua. Demos un paso más y veremos que todos los hombres supremos impulsados a romper el yugo de una moral cualquiera y a proclamar nuevas leyes, si no estaban realmente locos, se sintieron forzados a fingirlo o se volvieron verdaderamente tales.

Lo mismo les ha sucedido a los innovadores en cualquier ámbito, y no sólo en el terreno sacerdotal y político. Incluso los innovadores de la métrica poética se vieron forzados a acreditarse por medio de la locura. (Hasta en las épocas más moderadas, había una especie de acuerdo en que la locura constituía un patrimonio de los poetas; y Solón recurrió a ella cuando enardeció a los atenienses para que se lanzaran a la conquista de Salamina).

¿Cómo volverse loco cuando no se está ni se tiene la valentía de aparentarlo? Casi todos los grandes hombres de la civilización antigua se han hecho esta pregunta, y se ha conservado una doctrina secreta, compuesta de artificios y reglas para lograr este fin, a la vez que se mantenía el convencimiento de que semejante intención y semejante ensueño eran algo inocente e incluso santo. Las fórmulas para llegar a ser médico entre los indios americanos, santo entre los cristianos de la Edad Media, anguecoque entre los groenlandeses, paje entre los brasileños, son, en sus preceptos generales, las mismas: ayunos continuos, abstinencia sexual constante, retirarse al desierto o a un monte, o incluso encaramarse a lo alto de una columna, o «vivir junto a un viejo sauce a orillas de un lago», y, sobre todo, el mandato de no pensar más que en lo que pueda provocar el rapto y la perturbación del espíritu.

¿Quién es capaz de fijar los ojos en el infierno de angustias morales —las más amargas e inútiles que se han podido dar— en el que se consumen probablemente los hombres más fecundos de todas las épocas? ¿Quién tendría valor para escuchar los suspiros de los solitarios y de los extraviados?: «¡Concededme, Dios mío, la locura, para que llegue a creer en mí! ¡Mándame delirios y convulsiones, momentos de lucidez y de oscuridad repentinas! ¡Asústame con escalofríos y ardores tales que ningún mortal los haya sentido jamás! ¡Rodéame de estrépitos y de fantasmas! ¡Déjame aullar, gemir y arrastrarme como un animal, si de ese modo puedo llegar a tener fe en mí mismo! La duda me devora. He matado la ley, y ésta me inspira ahora el mismo horror que a los seres vivos un cadáver. Si no consigo situarme por encima de la ley, seré el más réprobo de los réprobos. ¿De dónde viene si no de ti este espíritu nuevo que late en mi interior? ¡Demostradme que os pertenezco, poderes divinos! ¡Sólo la locura me lo puede probar!».

Este fervor conseguía muchas veces su objetivo: En la época en que el cristianismo resultó ser más fecundo y ello se tradujo en una proliferación de santos y anacoretas, existieron en Jerusalén grandes «manicomios» para atender a los santos fracasados, a aquéllos que habían sacrificado hasta el último vestigio de su razón.


En Aurora


Robert Louis Stevenson - Las obras de Edgar Allan Poe

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Robert Louis Stevenson - Las obras de Edgar Allan Poe



En posesión solamente de algunas obras del autor, sería demasiado aventurado emitir un juicio definitivo sobre su carácter, ya como hombre o como escritor; por eso, y aun cuando la nota biográfica de Mr. Ingram prologa debidamente el primer volumen, no creo que corresponda considerarlo aquí en detalle. Mr. Ingram ha hecho todo lo posible por limpiar el nombre de Poe de las calumnias de Rufus Griswold (caballero, por nombre siniestro, que compone una figura tan repulsiva en la historia de la literatura que muy bien pudiera haber sido acuñada por la virulenta imaginación de su víctima); pero en honor a la verdad, a ningún hombre le es dado hacer de Poe un personaje del todo atrayente. Mi corazón no alberga afecto alguno por el retrato que hace de él Mr. Ingram o por su carácter; aunque es probable que le veamos más o menos refractado a través del extraño medio de sus obras, se me antoja que tanto en los avatares de su vida como en su retrato, ahora expuestos a una luz más favorable; podemos detectar una cierta nota discordante, una tacha que no nos preocupamos de nombrar o examinar por mucho tiempo.

 Las narraciones como tales se nos ofrecen publicadas en dos volúmenes; y aunque Mr. Ingram no indica si han sido impresas cronológicamente, sospecho que no nos equivocamos al considerar algunas de las narraciones que figuran al final del segundo volumen entre las últimas que el autor escribió. No hay rastro en ellas del trabajo brillante, y con frecuencia sólido, de sus momentos más afortunados. Las historias están mal concebidas y escritas con desaliño. Hay demasiadas risas; en el mejor de los casos, un tipo de risa siniestra; la risa de aquéllos que, en sus propias palabras, «ríen, pero no sonríen nunca más». Parece haber perdido todo respeto a sí mismo, a su público y a su arte. Cuando en otro tiempo dibujaba imágenes horrendas, lo hacía con algún propósito justificadamente creativo y con una cierta mesura y gravedad adecuadas a la situación; pero en sus últimas narraciones, cual un necrófago o un loco airado, las desparrama indiscriminadamente, rebasando toda idea que pudiéramos tener del infierno. Hay un deber hacia los vivos más importante que cualquier compasión para con los muertos; ÿ sería criminal que el crítico que expresa su propio aborrecimiento y horror escatimase una sola palabra desagradable, a menos que, por su ausencia permita que otra víctima se embarre con la lectura del infamante Rey Peste. Quien fue capaz de escribir Rey Peste dejó de ser un ser humano. Por su bien, y movidos por una infinita piedad hacia un alma tan extraviada, nos agrada darle por muerto. Pero si Poe nos inspira compasión, no es compasión precisamente lo que sentimos al pensar en Baudelaire, capaz de sentarse a sangre fría y adecentar en un francés correcto este disparatado fárrago de horrores. Hay un grado de menosprecio que, de ser consentido, trasciende a sí mismo hasta convertirse en un estado de apasionada autocomplacencia; por eso, en bien de nuestro espíritu, será mejor no volver a pensar en Baudelaire o en Rey Peste.

 Las primeras narraciones de Poe no suelen ser disparatadas, aunque puedan serlo estos lamentables ejemplos del final. El dislate es, por cierto, la última acusación de la que razonablemente podrían ser objeto. Poe tiene el auténtico instinto del narrador. Conoce los pequeños detalles que contribuyen a crear o a destruir una historia. Sabe cómo resaltar el significado de una situación y dar vida y color a aquellos pormenores aparentemente irrelevantes. Así, todo el espíritu del Tonel de amontillado pende del abigarrado disfraz de Carnaval, el sombrero y las campanillas de Fortunato. Poe dio con la clave de su historia cuando encontró el recurso de vestir grotescamente a su víctima; de tal guisa le hace recorrer con paso vacilante las catacumbas de Montressors, y el último sonido que nos llega desde el escondrijo tapiado es el tintineo de las campanillas de su sombrero. También es admirable la utilización del reloj dando las horas durante el banquete del príncipe Próspero, en La máscara de la muerte roja. Cada vez que el reloj sonaba (el lector lo recordará), sonaba tan fuerte que la música y la danza debían por fuerza cesar hasta que parase; al acercarse la medianoche, las pausas eran naturalmente más largas; las máscaras tenían más tiempo para observarse y pensar, y no por ello sus pensamientos eran más agradables. Así, al sonar de cada hora una vibración recorría la sala; hasta que, como el lector recordará, llegamos a un repentino final. Pues bien, todo esto es perfectamente legítimo; nadie debe avergonzarse de que tales recursos le asusten o le emocionen; se han respetado las reglas del juego; con verdadero instinto de narrador, ha relatado su historia como mejor le convenía y ha sacado el máximo provecho de su imaginación. Sin embargo, no siempre es ése el caso; pues, a veces, adopta una aguda voz de falsete; otras, por obra de algo semejante a un truco de magia, deriva de su historia más de lo que ha sabido invertir en ella; y mientras sobre la explanada la guarnición en pleno desfila ante nuestros ojos en carne y hueso, desde las almenas continúa él aterrándonos con cañones de pacotilla y múltiples morriones de fiero aspecto que penden de palos de escoba. En El pozo y el péndulo, por ejemplo, después de haber agotado su diabólica inventiva en la confección del péndulo y de las paredes desmoronándose al rojo vivo, descubre que no se le ocurre nada más terrible para el pozo; y el pozo había de ser el horror supremo. De este modo lleva a efecto su objetivo: «En medio de pensamientos sobre la terrible destrucción inminente, la idea del frescor del pozo invadió mi alma como un bálsamo. Corrí hacia el mortal precipicio. Agucé la vista para mirar en su fondo. El resplandor del tejado incandescente iluminó los más recónditos intersticios. Pero durante un instante de frenesí, mi espíritu rehusó comprender el significado de cuanto veía. Por fin la visión forcejeó ‑se abrió camino hasta mi alma‑, se consumió en mi razón estremecida. ¡Oh, de no haberme faltado la voz! ¡Oh, horror! ¡Oh, cualquier horror! ¡Oh, cualquier horror salvo aquél!»

 Y eso es todo. Del pozo sabe tanto como vosotros o como yo. Todo ello es un embeleco, un aparejar guardacabos audaz e insolente; sin embargo, incluso con imposturas de tal naturaleza logra amedrentarnos. Encontraréis el mismo artificio en Hans Pfaal, al referirse a los misterios de la Luna; y de nuevo, aunque con una diferencia, en la abrupta conclusión de Arthur Gordon Pym. Su imaginación es un caballo complaciente; pero, como habéis visto, por tres veces lo ha cabalgado hasta reventar y ha regresado a pie y cojeando hasta su puesto. ¡Con cuánta gracia troca estas deficiencias en intereses, y en superávit su quiebra imaginativa! Aun en una crítica retrospectiva resulta difícil criticarle como se merece; pues su entusiasmo nos engaña.

 Aparte de este conocimiento de la escena, este ingenio para urdir una historia, acaso la característica más sorprendente de Poe sea su poco menos que inverosímil agudeza en el resbaladizo terreno entre la cordura y la demencia. El demonio de la perversidad, por ejemplo, es una contribución importante a la psicología mórbida; quizá, también, El hombre de la multitud; y de la misma forma Berenice ya que, pese a ser terrible, pulsa en nuestro pecho una cuerda, cuerda que acaso fuera mejor no tocar; y la misma idea reaparece en El corazón delator. A veces le seguimos con la conciencia tranquila durante todo el recorrido; otras ‑en lugar de decir «sí, así sería yo si estuviera un poco más loco de lo que he estado nunca»‑ podemos decir con franqueza «esto es lo que soy». Hay un pasaje de análisis en este registro más frecuente en la historia de Ligeia, que hace referencia a la expresión de sus ojos. Nos cuenta cómo, a punto siempre de comprender la extraña cualidad de los mismos, en el último momento quedaba confundido, de la misma manera que «en nuestros esfuerzos por traer a la memoria algo largo tiempo olvidado, a menudo nos encontramos al borde mismo del recuerdo, sin ser capaces al cabo de recordar»; y cómo de vez en vez encontraba en arroyos de agua fresca, en el océano, en la caída de un meteorito, en las miradas de personas inusualmente envejecidas, en algunos sonidos de instrumentos de cuerda, en ciertos pasajes de libros, en las vistas y sensaciones más comunes del universo, una vaga e inexplicable analogía con la expresión y la fuerza de los ojos amados. Esto al menos, o algo muy similar, nos es conocido. Pero, en general, su sutileza era, más que cualquier otra cosa una trampa. «Nil sapientiae odiosius», cita a Séneca «nil sapientiae odiosius acumine nimio». Y aunque es sobradamente ameno en la trilogía de C. Auguste Dupin ‑fue Baudelaire quien la llamó trilogía‑, este despliegue de ingenio acaba por aburrirnos; empezamos a echar en falta las motivaciones y sentimientos usuales presentes en el quehacer cotidiano; aunque el conferenciante es inteligente y sus ejemplos instructivos y probablemente únicos, empieza a fatigarnos visitar este manicomio y anhelamos la compañía de alguna criatura sencilla e inofensiva, con levita y hábitos adquiridos, y los nervios no más deshechos que los de la mayoría de sus sencillos e inofensivos contemporáneos. Y esta exagerada agudeza no sólo le hizo tedioso; peor aún: a veces le condujo al extravío. En El pozo y el péndulo, una vez que el héroe ha sido condenado, «el sonido de voces inquisitoriales», dice, «pareció fundirse en un somnoliento e indeterminado zumbido. A mi alma afloró la idea de revolución, merced acaso a una caprichosa asociación con el chirrido de una rueda de molino». Pues bien, basta reflexionar un momento para demostrar que Poe ha sido aquí demasiado inteligente, que por causa de este nimium acumen se ha alejado de la verdadera razón. Porque ‑con el vértigo de aquel hombre‑ la «idea de revolución» tuvo que preceder a la fusión de voces inquisitoriales en un zumbido indeterminado, y ciertamente no aparecer a seguido como una curiosa deducción. Como antes con el tema del efecto que persigue, no podemos evitar sospechar que alguna de sus sutilezas sea rebuscada. Por poner un ejemplo de ambas clases de imaginación ‑la rebuscada y la verdadera‑ en un mismo relato, pensemos en Arthur Gordon Pym: los cuatro supervivientes a bordo del bergantín Grampus se han amarrado al cabrestante por miedo a ser barridos de la cubierta; cuando uno de ellos, que ha apretado los cabos en exceso, está a punto de exhalar su último suspiro en mucho tiempo, es casi partido en dos por la cuerda que rodea sus ingles. «Sin embargo, tan pronto como le liberamos», continúa Poe, «nos habló, y pareció experimentar un alivio inmediato moviéndose con mayor facilidad que Parker o yo mismo» (los cuales no se habían amarrado tan prietamente). «Sin duda era debido a la pérdida de sangre». Sea o no médicamente correcto, todo ello es obviamente imaginario. Que sea verosímil artísticamente, lo sea o no en la realidad, es algo que a Poe evidentemente le parecía verdadero; y evidentemente, debió de parecerle que ésta, y no cualquier otra explicación, daría resultado. Ahora bien, si volvéis a la página anterior, encontraréis en la descripción de las visiones acaecidas antes de que Pym se amarrase al cabrestante algo que debe ponderarse con más sentido crítico. «Recuerdo ahora», escribe, «que en todo lo que presencié con el ojo de mi fantasía, el movimiento era la idea principal. Por ello no vi ningún objeto inmóvil, una casa, una montaña o algo semejante; molinos de viento, barcos, pájaros enormes, globos, jinetes a caballo, carruajes que avanzan frenéticamente y objetos móviles similares se sucedieron en interminable procesión». Puede que sea verdad; puede que sea resultado de una vasta erudición sobre los pensamientos que asaltan a las personas en tales situaciones; pero la imaginación no se aviene con estos detalles no hace plausible nuestra aceptación, en modo alguno se demuestra por qué razón no habrían de aparecer objetos inmóviles ante la imaginación de un hombre amarrado al cabrestante de un bergantín desmantelado; y siendo así, en cuanto arte, todo el pasaje es un pasaje fallido. Si se trata de una imaginación negligente (como parece ser), el rebuscamiento es de la clase más imperdonable; si es erudición, séalo, pues, erudición, pero nunca arte. Y en arte son adecuadas las cosas que son a un tiempo inteligentes y verdaderas. Para expresarlo con mayor claridad: en alguno de sus deliciosos libros, Mr. Ruskin cita y aprueba a un poeta (Homero, según creo) que decía de un hombre valiente que era tan valiente como una mosca; y prosigue, en su tono alegre habitual, justificando el epíteto. La mosca, nos dice, es sin duda la criatura más temeraria de toda la creación. Y por ello la comparación es buena, excelente. Sin embargo, tengo por cierto que el instinto del lector le diría que la comparación es infame. Dejemos que prefiera su instinto a la historia natural de Mr. Ruskin. Pues, aun basada en hechos reales, esta comparación no se basa en una verdad evidente; no hace plausible nuestra aceptación; no es arte.

 Me he extendido tanto en estos aspectos de detalle y de método que no queda espacio para hablar de un aspecto más importante ‑aspecto eludido también por Baudelaire en razón de la falta de espacio‑; a saber, por qué estos asuntos interesaron a la imaginación de Poe; cuestión de difícil solución, sin duda, aunque no insoluble con el paso del tiempo. Y tampoco he dejado espacio para hablar de algo que tal vez sea más importante aún: la relación entre Poe y su, a no dudar, más grande y mejor compatriota, Hawthorne. Que existe un parentesco entre ellos, que ambos tenían una visión del mundo no del todo diferente, que algunas de las narraciones cortas de Hawthorne parecen inspiradas en Poe y algunas de Poe tienen un eco en Hawthorne está fuera de toda duda; pero lo más que yo puedo hacer por ahora es señalarlo.

 Tampoco sorprenda al lector que una crítica de Poe sea esencialmente negativa y suscite nuevas dudas en lugar de resolver las ya existentes; pues es mérito de Poe seducir, y su pecado capital carecer por completo de la escrupulosa honestidad que guía y refrena al artista consumado. No era, y lo decimos con profunda tristeza, un escritor concienzudo. El hambre llamó siempre a su puerta, y tuvo deseos demasiado imperiosos por lo que hoy en día llamamos sensacionalismo en literatura. Y por ello el crítico (si ha de ser más concienzudo que aquel a quien critica) no se atreve a prodigar los elogios, no sea que alguien piense que condona todo lo que hay de poco escrupuloso y de oropel en estas historias maravillosas. Debe elogiarlas en un único sentido: recomendando las menos censurables. Si alguien desea emociones, lea en circunstancias propicias El escarabajo de oro, Un descenso al Maelstrom, El tonel de amontillado, El retrato oval y las tres narraciones de Auguste Dupin, el detective filósofo. Si decide continuar leyendo, hágalo, pero con cautela; en estos dos volúmenes hay trampas y añagazas, asechanzas y peligros; y el lector incauto puede tropezar inopinadamente con alguna pesadilla que le costará olvidar.

 Unas palabras sobre los servicios de Mr. Ingram. No hay duda que esta edición es obra de un enamorado. Esperemos que en los próximos dos volúmenes que han de completar la serie su amor y dedicación se hagan extensibles a los fragmentos en francés que Poe gustaba de intercalar en sus páginas. En los dos volúmenes que venimos comentando hay algunos errores crasos, errores que me gustaría, alguna tarde agradable, aclarar a Mr. Ingram, frente a lo que él llama, o deja que sus impresores llamen, un flacon de Clos de Vougeot.


En Ensayos literarios



10 sep. 2019

José Lezama Lima - Juego de las decapitaciones

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José Lezama Lima - Juego de las decapitaciones


Wang Lung era mago y odiaba al Emperador; amaba en doblegada distancia a la Emperatriz. Codiciaba una piedra de imanes siberianos, un zorro azul; acariciaba también la idea de sentarse en el Trono. Poder así, por su sangre recostada en la Costumbre, convertir sus baratijas, sus bastones y sus palomas hechizadas, en quebradizas varas de nardo y nidos de palomas salvajes, liberando sus ejercicios de los círculos concéntricos. Recorría las aldeas del norte disfrazado de agente del apio, trasponía El Amarillo, penetrando en los puertos. En las posadas mientras él dormía, Cenizas del molino frente al río, vigilaba, jorobadita y huérfana, los baúles. Ponía en sus baúles, en el piso superior, las maderas olorosas y la pólvora, madre de las flores voladoras. En el piso secreto guardaba los candelabros, las cintas de las patas de su paloma favorita y el Tao Te King. Vigilaba con doble ceño cuando llegaban a la corte, por el gran número de cortesanos arruinados y por sus hijos más jóvenes que tenían extrañas amistades entre los bandidos de las cordilleras.

Había llegado a la corte, y después del primer día de recuperarse, entró por la noche en la sala principal del palacio imperial. Lo esperaban el Emperador y los altos dignatarios; cuando entró sorprendió risitas ceremoniosas. La magia no lo había liberado de que los altos dignatarios a escondidas, lo vieran con inferioridad. Como buen mago era ceremonioso, era lento; no obstante, al penetrar en la sala, no pudo evitar una nieve en su memoria, vaciló. Lo que al principio había entrado por sus ojos como una cigüeña de seda, ahora, más saboreado, se mostraba en un dibujo de perlas que daba varias vueltas a una casaca, en el detalle puesto en una manga para hincharla, mejor que en una cadera para ceñirla. Desde los remotos fríos habían venido señores para contemplar la magia, desprendiéndose ese sólido cuchicheo que se evapora de los chinos cuando están reunidos. Un poco más alejados del cuadro espeso de los dignatarios se situaba la pareja imperial. El Emperador, inmutable, como si contemplase una ejecución. La Emperatriz, mutable, como si observara una mariposa posada en la gran espada, reposada en un ángulo del salón, de la época del Veedor del silencio.

Mago de feria, de asociaciones impetuosas, tuvo el error provinciano de mostrar primero sus innovaciones. Su arte consistía en un gran refinamiento de la técnica manual –pasaba una moneda por todos los dedos en el tiempo en que un ejecutante recorre todo el teclado–, unido a la música y a la pólvora. En la mañana, en el reparto que había hecho de su aprendizaje secular, hacía los ejercicios de acoplamiento del músculo y el instante, bien para ocultar una anilla o para soplar vida súbita a una paloma, a dos faisanes o a un largo desfile de gansos. Por la tarde, dirigía, escrutaba su orquesta de cinco profesores de cuerda y un pífano; vigilaba el pequeño abismo rosa de uno de los compases para situar una aventura en la interrupción. Y por la noche, oculto en su más oscura cámara, preparaba sus efectos con la pólvora colorante, para provocar la gran canasta de peras multicolores que se rompe en el cielo en lluvia de manecillas, guantes y estrellas.

A pesar de sus innovaciones, su colección de sentencias lo emparentaba con el estilo de la magia de la gran época. Acostumbraba decir que la magia consiste en pasarse una moneda por todos los músculos en el tiempo en que el espectador tiene que hacer un gesto para demostrarnos y demostrarse que no es una estatua, como un cambio en la posición del brazo, extender un poco más las piernas, o pestañear, mover el cuello. Mientras tal cosa sucede, añadía con crueldad maliciosa, el mago tiene que parecer que está soplando en un pífano invisible. Invisible él también. En una ocasión desesperada en que un mandarín arruinado le espetó esta dolorosa pregunta: ¿por qué no empleas el arte de la magia en darle vida a los muertos? Wang Lung, ceremonioso, contestó: porque puedo sacar de las entrañas de los muertos una paloma, dos faisanes, una larga hilera de gansos.

Después de sus innovaciones, sabía Wang Lung que aquella masiva solemnidad reunida en el palacio querría sus vulgaridades, y ya aprestaba su juego de cuchillas para decapitar a la doncella que se aburría mientras el público aclamaba. De las doncellas de la Emperatriz se aprestaba la más delgada de todas, cuando un gesto del Emperador demostró que quería dar otro curso al final del espectáculo del mago. Indicó con frío ceremonial que quería que esa suerte, para el mago la más plebeya de todas, se ejercitase en el cuello de la Emperatriz. Los espectadores temblaron, creyendo que algunas intrigas de la corte habían coincidido para que decidiese un final en que se mezclase lo espeluznante con la alegría secreta de los cortesanos. So Ling, menuda y agilísima, interpretó rectamente el signo y se dirigió hacia Wang Lung, que ya aprestaba los espejos y las cuchillas, los ángulos de sombra y las incidencias, igualando el cuello de una rata con el de la Emperatriz. La cuchilla caía y se alzaba, alzando en cada una de esas ausencias el cuello aislado, sin gotas de sangre y convertido en una entelequia. So Ling, menuda y agilísima, se levantó después que Wang Lung hubo mostrado su última vulgar destreza, y volvió a sentarse al lado del Emperador.

El Emperador reaccionó ante la más vulgar destreza que puede realizar un mago ante el ceremonial de la corte, encarcelando a Wang Lung. Con esa decisión intentaba demostrar la superioridad de la Autoridad sobre la Magia, y además preparaba una trampa visible: que So Ling visitase de incógnito al mago y preparase la fuga hacia los fríos del norte. En el fondo, el Emperador reaccionaba ante el espectáculo del mago con otro más vulgar, y no ante la corte, sino ante el pueblo. Encarcelando al mago, el pueblo creía que el Emperador se jugaba una carta desesperada, ya que luchaba con fuerzas que él no podía detener como el rayo negro. Después, al fugarse el mago con So Ling, el Emperador se mostraba ante el pueblo en una soledad nostálgica que lo neutralizaba para ser atacado. Y así So Ling, que comenzó sus visitas al prisionero llevándole panes y almendras, pudo posteriormente allegar un trineo y doce perros voladores para escapar hacia el norte, con tan escasa persecución que pronto pudo el trineo sonar sus campanillas.

La aldea a la que se iba acercando adquiría en la noche una calidad de amarillo con lengüetas súbitas de rojo ladrillo. Los grandes faroles de las casas más ricas, al moverse soplados por el viento de otoño, parecían pájaros que transportasen en su pico nidos de fuego. Cuando el viento arreciaba y el farol chocaba con la pared, volvían a parecer pájaros que al volar se golpeasen el pecho con la medalla de las ánimas del purgatorio. Al divisar las luces, los fuegos fragmentados, Wang Lung se sintió apuñalado por deseos disímiles, sucesivos, de diversos tamaños. Las luces lo tentaban de lejos y se mostraban en innumerables rostros, en aclamaciones de fuego trastocado. Las llamas levantadas en sitios estratégicos para ahuyentar a los zorros –y el pequeño centinela rojo ladrillo que se encargaba de avivarlas–, trepaban y se fugaban por su espalda y por sus brazos, produciéndole un desperezarse multiplicado por pinchazos incesantes. Hizo un gesto despacioso, detuvo el trineo y saltó para abandonarlo. So Ling semidormida sintió cómo él la cubría con las mantas y levantaba el puño para golpear con el latiguillo a los perros. Saltó también So Ling y se le prendió del cuello, clavándole el gesto como un alfiler largo para que no se le escapase. Pero él, resuelto, la empujó dentro del trineo, y ante sus insistencias, levantó la mano como para golpear aquella mejilla que tanto se brindaba. Un latigazo dado a los perros y se alejaban las campanillas, y Wang Lung, ceremonioso, entró en la aldea, después de sacudir su malhumor.

So Ling dejó que los perros sintiesen lo interminable de ese latigazo, y durante tres días, entrecortados por la lejanía del agua y su encuentro, y por el tiempo más lento en que los perros hundían su hocico en el agua para comer peces aún vivos, mezclándose el sonido de su masticación y el de la agonía de los peces. Dormía y se despertaba sobresaltada, para volverse a dormir, mientras el trineo sobre su propia única luz nocturna se nutría de una extensión infinita. Cuando los perros sacudieron sus campanillas, So Ling creyó ingenuamente que el cansancio les doblegaba las patas, sorbiéndole el frío los tuétanos.

Las manos que sujetaban los perros del trineo se fueron reduciendo a una sola mano de tamaño mayor, que acariciaba su cuerpo con la misma lentitud que el agua elabora un coral. Así en noches sucesivas, hasta que So Ling, que ya había abierto los ojos totalmente, conoció que había pasado de un palacio a una fuga, de una fuga a un campamento. Y que quien la acariciaba, iba creciendo de caricioso a bandido y cazador, espectáculo aumentado en las sucesivas caricias hasta convertirse en el pretendiente al Imperio. Le decían El Real, y por una heráldica de peldaños rotos y reconstruidos se consideraba que su sangre era más pura que la de Wen Chiu, y que él era el hijo del cielo, y Wen Chiu un perro salido del infierno. Hasta Wen Chiu habían llegado distintas noticias de El Real, considerándolo como un bandido que sólo atacaba a los campesinos ricos que abandonaban sus granjas para pedir en alguna puerta distante algunas semillas de melocotón. Los cortesanos disimulaban, por cautelosa prudencia, que las aspiraciones de El Real fueran hasta el mismo trono; sin embargo, como operaba por el norte del imperio, Wen Chiu lo ignoraba, dejándolo por las aldeas del norte, como si dejase a un monstruo pacer en un tapiz mientras los bucolistas soplaban en sus trompillas. Como era de esperarse, la mujer que rodea a un hombre enclavado entre el bandolerismo y las pretensiones reales, tenía que ser la amante que traiciona a sorbos de té; que va de un campamento a otro para vigilar el sueño que se concentra en la tienda de los combatientes. Y colocar en la cesta, que había entrado con unas botellas de vino, una cabeza separada del tronco con tan graciosa limpidez que las gotas de sangre parecen cera mezclada con cerezas.

Retomemos de nuevo al mago Wang Lung, perdido, despreocupado gustoso por las provincias del norte. Así como en la corte se le pedía siempre al finalizar, los números de fácil virtuosismo: el de la decapitación; en esas aldeas se abandonaba a sus más peligrosos juegos en espiral, abandonando las variaciones y las seguridades anteriores, brindadas por el estilo fugado. En lugar de extraer de sus mangas el ganso o el pelícano, se adelantaba hacia el proscenio, con la mano izquierda en la cintura, y mientras la misma manga se iba agrandando a lo largo de todo el brazo, hasta adquirir la dimensión propia de la manga de campana; iba muy lentamente convocando y variando la atención de los espectadores, alzando la mano derecha, y apuntando hacia el cielo, señalaba la bandada de gaviotas, permanecía en esa posición hasta que se apartaba del grupo una que portaba en el cuello una cinta, que venía en vuelo aceitado a introducirse en la manga. Mientras la gaviota venía a guarecerse en la gruta de su manga, Wang Lung parecía cumplir una orden de Diaghilev, contrastaba su seguridad alegre con la expectación tensa, un tanto mortificada. Wang Lung, que había mantenido su vocación de mago lo mismo en la corte que en la aldea, pensaba con tristeza, que si ese número hubiera sido reemplazado por el ganso que sale de la manga impulsado por un disparo cortante y grosero, la misma expectación del público se hubiese mantenido en igualdad de frecuencia. Ese pensamiento fugazmente lo turbaba, pero él prefería ese gesto de ballet, el índice alzado con artesana altivez, y la gaviota que se apartaba de la bandada y venía a domesticarse en su manga.

Así transcurría, hasta que un capitán que en su visita a la capital, había oído el relato del mago y su fuga, decidió asistir a sus juegos, interrogarlo después, y mandarlo a la corte para que decidiesen de su suerte. Cuando estuvo en presencia del Emperador, éste permaneció indiferente, ordenando que lo recluyeran en prisión militar, pero con el mismo gesto de absentismo con que firmaría la sentencia de muerte para el ladrón del caballo favorito de uno de sus favoritos.

En el subterráneo se veía obligado a abandonar su técnica anterior; tenía necesidad de verificar, de montar sus juegos ante la imposibilidad total de espectadores. ¿Era un deseo demoníaco, o la necesidad de diseñar las excepcionales agudezas de sus tensiones, o un simple juego angélico interesado en sacarle el sombrero a los hombres los días de frío, lo que lo guiaba en su vocación de mago? Sin responder, podemos ahora añadir que se veía obligado a prescindir de su pequeña orquesta y de su delicioso jardín zoológico, teniendo que sacar de las mismas paredes sus últimas destrezas. Colocaba al borde de la mesa el plato de madera, lo presionaba con el dedo anular con fuerza giratoria hasta tenerlo elevado en el centro de la celda. Si sobre el plato, martillaba instantáneamente una impulsión giratoria, sobre el tenedor el índice al golpear con velocidad inicial y uniformemente acelerada hacía que fuese a clavarse en el centro del plato. Cuando regresaba el carcelero, se limitaba con gesto frío y malhumorado, a despegarlo, pues ya el plato de regreso, en la mesa, Wang Lung por divertissement, provocaba que la vuelta del plato hacia la mesa fuese lentísima, incrustándosele el tenedor como un jinete que despedido de la montura por un ciclón se entierra de piernas en la tierra húmeda. El carcelero tenía la indecisa visión de haber visto, paseándose por el patio, a Wang Lung, con la puerta de su celda cerrada. Para aliviarlo de esta desazón que provoca la presencia de lo extrasensorial, Wang Lung le anunció la muerte de una hija en las provincias del arroz. Al verificarse, días más tarde, esa muerte, Wang Lung consiguió una de sus más incalculables destrezas: desdivinizarse y situarse en una posición de profecía extremadamente favorable para él. Desde entonces el carcelero le traía la misma agua transparente, goteada de limón que tomaba con los soldados de posta.

So Ling iba comprendiendo que ser la amante del pretendiente después de haber sido Emperatriz, era una posición de un lirismo neblinoso y grosero. Creyó que traicionar al pretendiente, después de su fuga banal, era volver de nuevo a la clásica línea de su estirpe. Al encontrarse de nuevo frente al Emperador, no se daba cuenta que estaba desinflada, seca y sin armas. Que se había apartado de la ortodoxia y de la herejía, y que giraba como un reloj inspeccionado por una gata persa. Al principio le decía a So Ling, que El Real era un bandido, que ella lo conocía a saciedad, que no temiese.

Después, cambiaba; ahora El Real había consultado con los más pacientes escribas eruditos, y le habían informado, con citas especiales y bien pagas del Libro Sagrado, que en su sangre pesaban unas gotas de oro, con más multiplicación que en las del Emperador. Después, So Ling lloraba o adoptaba la posición de quien en su silencio contraído oculta un secreto. De nada le valió, con más displicencia aún que cuando El Mago fue remitido a prisión subterránea, So Ling fue encarcelada y obligada para escarnio a llevar al cuello un collar de cuentas de madera del tamaño de un ojo de buey disecado. A quien se le acercaba para verla parecía una campesina estúpida o una emperatriz enloquecida por el alcohol.

El Real hizo una encaramuza para tantear las defensas de la ciudad. Creía que cada una de esas embestidas, que le rendían un barrio, representaban un fragmento que ya era suyo, aunque después tenía que retroceder y contar sus pérdidas. Pero ese fragmento, suyo mientras se combatía, llevaba ya la señal de la posible suma total, que se derivaría cuando ya él hubiese atacado los restantes barrios. Había logrado llegar hasta donde empezaban los mercados, y al pasar por los alrededores pobres donde estaba la prisión, pudo casi inadvertidamente poner en libertad a Wang Lung.

Contrastaba el gesto furioso de El Real, pintado aún con los atributos de guerrear, que al entrar en la prisión para dar las libertades, parecía por su furor que luchaba con los soldados para que no lo encarcelaran. Wang Lung mostraba, por el contrario, una candidez irónica. Los guerreros tuvieron tiempo para constatar un asombro: de la manga de Wang Lung se iba desprendiendo una rama hasta alcanzar tres metros, surgiéndole retoños rojos. Wang Lung tiró contra el cielo la rama y apretó la mano de El Real. Cargaban con certeza las tropas del Emperador y el pretendiente tuvo que retroceder, abandonar el barrio conquistado, llevándose a Wang Lung hacia las provincias del norte.

En el campamento de El Real se tenía por Wang Lung una veneración delicada. Se le consideraba de una sustancia especial y no se le exigía la constante demostración de su poderío. Cuando un campesino, por ejemplo, le mostraba un potro fuerte, clásicamente herrado, lo hacía con ingravidez, no temía que se fuese a romper la relación que existe entre el caballo, la herradura y la delicadeza con que pellizcaba los músculos del caballo para que nos mirase artificialmente a la cara con ese metal y esos clavos. Cuando Wang se alejaba, el caballo tenía sus cuatro patas sobre la tierra y el campesino también se alejaba. Así lograba con sus poderes convivir, y no verse obligado, al habitar una lejanía, a perder la diaria distribución de sus instintos. Se deslizaba así en una intercomunicación hialina, se sentía flotar en el polvillo de la luz, observando desde lejos el fuego de toda palpitación y evitando de cerca la rumia vegetativa del aliento. Gozaba así, por la transparencia con que revertían hacia él, de un inmenso campo óptico, semejante a esos cuadros primitivos, donde unas tentaciones con cara de escorpión luchan por enceguecer a un adolescente que no se quiere abismar, percibiéndose allá en el fondo de la tela, una felicísima cocinera que al mismo tiempo se aprovecha para ver desde la ventana un espectáculo que la hace reír nerviosamente, asomando de nuevo su cabeza, dispuesta a prolongar su curiosidad hasta un cansancio que desemboca en la infinitud.

El pretendiente rehizo su ejército y embistió de nuevo contra la ciudad. Como la preparación de la defensa había sido más lenta, el ataque fue súbito. Las vicisitudes del encuentro anterior se perdieron, y la estrategia empleada se había convertido en una especie de prueba de tubas de órgano. Se presionaba una pequeña tecla, que rezaba: órgano tempestuoso (tempête), y contestaba una ramazón sonora, o contestaba a la presión flauta, una vaciedad, y nos convencíamos que el órgano estaba desinflado. Así El Real atacó un fragmento, un barrio ya escogido, y todos los puntos de defensa estaban tan ferozmente obturados que la retirada fue casi inmediata. Pero en ese barrio había una prisión, y allí So Ling pudo, muy asustada, recobrar de nuevo su libertad. El pretendiente la examinó rápidamente, y ya empezaba a caminar So Ling con lentitud, cuando fue lanzada sobre el caballo, enlazada y sacada hacia el campamento del que ella había huido.

El Real preparó en marfil su crueldad. Quería que el mago y So Ling se vieran de improviso en el acto que él había preparado para comunicarle un disfraz brillante a su derrota. Después del descanso, de las palmadas, guitarras, juegos de armas y lazos, se hizo un silencio para la acción del mago. De una a otra tienda, situadas en los extremos del tinglado, salieron Wang Lung y la Emperatriz, se saludaron, rieron, se hicieron cortesías con frialdad redondeada. Encuentro que no revelaba una fuga, el odio por el abandono estepario, reminiscencia, deseo, trineo, frialdad o calor bajo las mantas. Cada uno retrocedió y fueron a sentarse en sus sillas, la de So Ling más cerca de El Real. La multitud se tragaba su silencio y lo devolvía en forma de mosca fría. El pretendiente golpeó en un gong. Los caballos fueron sacados más allá del río que formaba el límite del campamento, para no oír el descarado ruido de sus cascos.

El Real hizo una señal de nerviosa ordenanza. Quería que el festival comenzase por el acto de la decapitación. Wang asintió, y So Ling, con gentileza, se dirigió a la mesa y se ofreció a la cuchilla. Con una gravísima limpidez se vio a su cabeza cobrar una momentánea independencia, pero después ya saludaba, y se dirigía de nuevo a ocupar su silla más cerca de El Real. Algunos distraídos que presumían de estar en el secreto, esperaban que el pretendiente hubiese dado órdenes secretas a Wang o que éste fingiese un desmayo para que la cuchilla siguiese hasta el final. Pero el mago prefirió su acto puro, su diestro artificio, interrumpiendo, aislando momentáneamente, pero sin poner un dedo siquiera en la gran obra de continuidad secreta y ajena. La cortesía encerraba sus ejercicios, y la cortesía no era para él otra cosa que la igualdad que se deriva del timor Dei.

En la corte el aplauso era un terciopelo mortal. Era siempre un final. Potenciaba tan sólo el silencio posterior. En el campamento de El Real, los aplausos, ya rítmicos, eran la introducción al frenesí. Después de haber empezado por ese número tan fastidioso para el mago, pudo aunar las destrezas que había adquirido durante su estancia en la prisión, con su clásica habilidad para hacer pasar sus dedos entre la pólvora y su orquesta invisible. Llegó a marear, se embriagó a sí mismo, y el campamento acuchillado por las hogueras vigilantes, parecía la gran piel que revienta, el cuero mayor que contiene a una inundación. Sin embargo, los situados en las últimas filas, los vacilantes, oyeron un temblor como de jinetes que se acercaban. Se limitaron a mover sus cabezas y a ser los primeros en retirarse a dormir.

Sería entrada la noche, cuando Wang Lung salió de su tienda. Un silencio frío, acompañado por las asperezas del grillo untado de rocío, se hacía más pesado a medida que adelantaba su curiosidad. Vio a So Ling que también salía de su tienda haciéndole señas, indicándole que terminaría con su curiosidad. ¿Qué pasaba? Con numerosísimo ejército el Emperador había salido a darle caza a El Real. Al avisar muy oportunamente los centinelas de la numerosidad de las huestes que se acercaban, el pretendiente levantó el campamento.

Aprovechándose del aislamiento silencioso que quedó como residuo de la gran noche del mago, y que pesaba muy especialmente sobre la pareja, huyó tendido hacia el norte. Pensó que al dejar abandonados a So Ling y al mago, el furor del Emperador se calmaría. Otro error suyo. Al ver los restos del campamento abandonado, el Emperador temió alguna encerrona, y siguió la persecución con más furia. Lo persiguió hasta llevarlo de nuevo a la tierra donde viven los bandidos del norte.

Desistió, pensaba que sería más conveniente tener en sus dominios un bandido más que un pretendiente ajusticiado. Inició el regreso cuando la humedad, los arneses y el búho mojado estaban dentro de un círculo.

Ya está Wang Lung en la tienda de So Ling, se extiende sobre las pieles. Wang la acaricia con precipitación incorrecta, sus gestos se van refinando mientras convergen hacia la garganta. So Ling reía con el mismo gozo con que veía avanzar la cuchilla, como quien se oculta de una oscuridad súbita que le rebana de los espectadores. Una curiosidad desatada gobernaba los dedos del mago que iban apretando incesantemente, mientras So Ling continuaba riendo, creyendo que era el juego anterior de los espejos, cuando ella aparecía para el reverso, como escindida por la cuchilla, teniendo tan sólo que retener un poco la respiración.

Después Wang Lung manteniendo la misma curiosidad que ya comenzaba a congelarlo, fue deteniendo los golpes rítmicos de su respiración hasta indiferenciarse totalmente, y así decidido invisible entró en el clarísimo laberinto. Los cadáveres del mago y de So Ling, lucían como si el hálito no se hubiese escapado, sino como si entre esas muertes fluyesen los siglos de un estilo diverso. Asomaba, en uno, la espiral incesante de su curiosidad; en el otro, la sonrisa de una total acomodación, de una confianza clásica. Al congelarse hicieron visibles sus estilos.

Las tropas del Emperador que regresaban, quedaban de frente al reverso del tinglado. Ordenó descanso, mientras él se aventuraba por la región donde no había espectadores. Penetró en la tienda, y al contemplar los cadáveres, entró de súbito en un especial tipo de locura cantable. Alzados los brazos, pasaba con rostro invariable de las canciones infantiles a los cantos guerreros. Salió de la tienda, y manteniendo el mismo canto ligero y grave, se dirigió al pozo, que es siempre la peligrosa encrucijada de todo campamento, y se precipitó. Penetraba en la oscuridad progresiva con un tono de voz hecho por las divinidades enemigas para aislar el pensamiento de la voz, y ésta a su vez de toda extensión oscura.

El Real regresaba, perseguía al ejército fiel y aumentaba sus contingentes. Perdía los pasos del ejército que él buscaba, y eso le hacía pensar que estaban dispuestos para recibirlo, y no con recepción de la corte. Cuando su ejército y el del Emperador se encontraron, pudo percibir que algo de rica expectación transcurría. Al encontrarse, el ejército del Emperador permanecía inmóvil; el de El Real, se adelantó, y con el mismo silencio se unieron los dos bandos. La petrificación del ejército del Emperador, se debía a que éste no regresaba, permaneciendo las tropas en parada descanso; así el otro ejército pudo sumársele, añadiéndole nuevas divisiones, colores, y armas. El Real, se adelantó más allá del tinglado, llegó hasta la tienda y percibió indiferente los dos cadáveres y sus incomprensibles gestos. Se adelantó más aún y llegó hasta el río que servía de límite natural al campamento. Notó que el pico de un flamenco progresaba en las entrañas de un cuerpo envuelto en unas sedas mordidas por unas insignias que tenían que ser calificadas de únicas. Mantenía las manos alzadas y la boca entreabierta se había congelado en el diseño del canto. Al sumergirse en el pozo había sido arrastrado por aguas subterráneas hasta el río que iniciaba su destrucción lenta con pájaros e insectos. Arrastró con limpia elegancia el cadáver del Emperador y lo mostró ante las tropas. Puso en el mismo trineo al mago, a So Ling y al Emperador, y ordenó marcha forzada sobre la ciudad mayor del Imperio.

La ciudad se apretaba en una concentración máxima a la vista de El Real. Los vigías contemplaron la unión de los dos ejércitos y los cuerpos que regresaban en trineo. A la vista de las murallas, el pretendiente hizo levantar un tablado inclinado, donde colocó los tres cadáveres sobre ramas y hojas, quedando como un relieve sobre fondo vegetativo. Algunos curiosos que se aventuraban más allá de las murallas podían alcanzar así ciertas precisiones que trasladaban después a los contemplativos de intramuros. Veían figuras que se desplegaban en espirales uniformemente aceleradas. El Emperador, con el agujero dejado por el pico del flamenco debajo de la tetilla izquierda, continuaba con sus brazos alzados, seguía impulsando sus romanzas. Los de intramuros pensaban que ese canto se debía a que El Real había decapitado a So Ling, cobrándole su traición; que el Emperador daba gracias por la huida de sus enemigos, cuando un horóscopo incomprensible se desató y el pico del flamenco rasgó sus entrañas. El mago quedaba como el curioso ante el retorno, la huida, el cuello de So Ling; curiosidad pasiva que cuando alcanzaba su perfección tenebrosa, podía contener la respiración y contestar a las preguntas que nos envían unos arqueros flagelados.

Después que exhibió los cadáveres durante tres días en el tablado inclinado, cogió una vara gigante rociada con resina olorosa, y le otorgó fuego a las ramas del lecho de los muertos. Cuando el fuego se extinguió, los curiosos que paseaban fuera de las murallas retrocedieron con una confusión delirante. Quedaban marcados con una complejidad que les prohibía hablar o pasear con tanta lujosa calma como hasta que habían contemplado esa destrucción de la plástica de la muerte.

El Real se acostó en el trono cincuenta años. Ningún fuego prendido con una vara resinosa señalaba un comienzo o una despedida. Los curiosos que habían visto los cadáveres sobre el tablado, cuando volvían a la ciudad, quedaban imposibilitados para llevar sus paseos más allá de las curiosidades visibles. Buscaban después soluciones domésticas, favorecían el despacioso crecimiento de sus árboles. Los que no se habían atrevido a ir más allá de las murallas les quedaba ese interior remolino secreto, dispuestos a aceptar el primer humo llegado como un presagio, como los chirridos insistentes del pájaro que transporta una voz.

Cuando los nuevos magos visitaban la corte, se brindaba el mismo Emperador a que el acto de la decapitación fuese elaborado en su propia cabeza. Cuando regresaba a sentarse en el trono, los cortesanos fingían un asombro helado y bien pronto recobraban su inmovilidad. Se había hecho demasiado visible el artificio del instante en que su cabeza liberada inciaba una oscura conquista, que los cortesanos no hacían coincidente, ni por el ceremonial, con el descenso horrorizado de los párpados. Los ojos de los cortesanos seguían la cabeza separada, como si, por el contrario, fijaran con exceso, molieran un insecto en una pieza de cerámica.

Consultado por los cortesanos El Claustro Imperial de Lojanes acerca de cómo remediar la espantosa sequía de espectáculos que seguían a la muerte de El Real, dictaminó que era necesario hacer las exequias en la puerta mayor, donde coincidían los pasos de los que se atrevían a ir más allá de las murallas, con los más prudentes que sólo vigilaban la verticalidad de las mismas murallas. Durante tres días su cadáver se mostró envuelto en los cueros y metales de su realeza; se mostró acompañado de rocío, de sol, y al tercer día, al llegar las lluvias, se quedó en una soledad marmórea, pues los curiosos huían... El martín pescador se obstinaba en pasar su cuerpo a través de un anillo de plata martillada. El halcón, noble dueño de su precipitarse, abría lo circular, hasta trocarlo en curso y recurso, convirtiéndolo en el espíritu estepario. El otro halcón, breve, tornasolado, raspaba con furia en un dedo de rotación incesante.