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Literatura y artes

4 abr. 2020

Thomas Bernhard – Quiero rezar en la piedra ardiente

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Thomas Bernhard – Quiero rezar en la piedra ardiente


Quiero rezar en la piedra ardiente
y contar las estrellas que nadan
en mi sangre
Señor
Dios mío
quiero ser olvidado
ya no temo el día
que vendrá mañana
ya no temo la noche
que me tolera
Señor
Dios mío
ya no temo
lo que pueda venir aún
mi hambre se ha aplacado ya
y el tormento negro
ha sido apurado.

Quiero alabarte Dios mío
en el abandono
y todo miedo se borra
y toda muerte me regala la luz de mis ojos
Dios mío te alabo
por mucho que el tiempo dure
no estaré ya solo
estaré contigo
y alegre
las aves han revoloteado en vano
negras
y otra vez
negras
la cifra revienta
la luna grita
pero yo
ya no soy.

Señor haz que olvide
mi alma
y el tormento de mis ojos
y el puñal de los labios cansados
y el fuego verde de cabañas lejanas
el hocico de cada charca
que olvide
Señor
Dios mío
el día
que me divide el grito
que di y el paso de muchas aves
mi cólera está en pedazos
y libre mi sangre
en torrentes.

trinchado
ay
ay
ay
mi
ay.

Las aves ay las aves
negra la noche
mi sangre
oh Señor
han sido trinchadas
todas las aves
grito que amarillo
quema la lengua
trinchadas
ay en sangre
los cuchillos Dios
bebo mi carne
los cuchillos
hace tiempo están muertos
mi rojo
mi verde
mi aguijón pincha
trinchado
ay
trinchado
ay


En In hora mortis
Traducción: Miguel Sáenz
Imagen: © Josef Dreissinger


Ray Bradbury - Un milagro de rara invención

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Ray Bradbury - Un milagro de rara invención


Un día ni demasiado suave ni demasiado ácido, ni demasiado caluroso ni demasiado frío, el viejo Ford llegó a la colina desértica a tumultuosa velocidad. La vibración de las diversas partes de la carrocería hacía huir a los que andaban por el camino en harinosos estallidos de polvo.

Monstruos de Gila, perezosas muestras de joyería india, se apartaban a un lado. El Ford, como una infección, clamaba y se alejaba estrepitosamente hacia las profundidades del desierto.

En el asiento de adelante, mirando hacia atrás, el viejo Will Bantlin gritó: —¡Dobla!

Bob Greenhill hizo girar tambaleándose al viejo Ford detrás de un panel de anuncios.

Instantáneamente los dos hombres se volvieron. Los dos atisbaron por encima del techo abollado del coche, rogando al polvo que habían removido en el aire: —¡Baja! ¡Baja, por favor...!

Y el polvo bajó suavemente. Justo a tiempo.

—¡Zambúllete!

Una motocicleta que parecía quemada en los nueve círculos del infierno pasó atronando el aire. Encorvado sobre el aceitado manubrio, una figura huracanada, un hombre de cara arrugada y muy desagradable, gafas, y abrasado por el sol, se inclinaba apoyándose en el viento. La moto rugiente y el hombre desaparecieron en el camino.

Los dos viejos subieron al coche, suspirando.

—Hasta la vista, Ned Hopper —dijo Bob Greenhill.

—¿Por qué? —dijo Will Bantlin—. ¿Por qué siempre andará pisándonos los talones?

—Willy-William, no digas tonterías —dijo Greenhill—. Somos la fortuna de Hopper, unas buenas cabezas de turco. ¿Por qué nos va a dejar si siguiéndonos por todas partes se hace rico y feliz mientras nosotros somos cada vez más pobres y sabios?

Los dos hombres se miraron, sonriendo, no del todo convencidos. Lo que el mundo no les había dado, lo habían obtenido de algún otro modo. Habían gozado juntos de treinta años de no violencia, que en el caso de ellos significaba no trabajar.

—Siento que se acerca una cosecha —decía Will, y escapaban del pueblo antes de que el trigo madurara.

O si no—: ¡Esas manzanas están al caer! —Retrocedían entonces unos quinientos kilómetros para que no les dieran en la cabeza.

Bob Greenhill llevó lentamente de vuelta el auto al camino, con una magnífica y breve detonación.

—Willy, amigo, no te desalientes.

—Ya he pasado la etapa del desaliento —dijo Will—. Ahora estoy hundido en la aceptación.

—¿La aceptación de qué?

—Del cofre del tesoro lleno de latas de sardinas un día, y ni un abrelatas. De mil abrelatas al día siguiente y ni una sardina.

Bob Greenhill escuchó al motor que hablaba consigo mismo como un viejo de noches insomnes, huesos oxidados y sueños muy gastados.

—La mala suerte no nos va a durar siempre, Willy.

—No, pero lo intenta. Tú y yo nos ponemos a vender corbatas ¿y quién aparece del otro lado de la calle vendiéndolas a diez centavos menos?

—Ned Hopper.

—Encontramos una veta de oro en Tonopah y ¿quién registra primero la mina?

—El viejo Ned.

—¿No le hemos hecho favores toda la vida? ¿No necesitamos algo que sea sólo nuestro, y que no vaya a parar a sus manos?

—Ha llegado el momento, Willy —dijo Robert, conduciendo con calma—. Lo malo es que tú, yo y Ned nunca decidimos realmente lo que queríamos. Nosotros recorremos todos estos pueblos fantasmas, vemos algo, lo tomamos. Ned lo ve y lo toma también. No lo quiere, lo quiere sólo porque nosotros lo queremos. Lo conserva hasta que nos perdemos de vista, entonces lo rompe y vuelve a trampearnos. El día que sepamos realmente lo que queremos será el día en que Ned se asuste de nosotros y huya para siempre. Ah, caramba. —Bob Greenhill respiró el aire claro y de agua fresca que corría en ráfagas matinales por encima del parabrisas.— De todos modos está bien. Este cielo.

Esas lomas. El desierto y...

Se le apagó la voz.

Will Bantlin le echó una mirada.

—¿Qué pasa?

—Por algún motivo... —los ojos de Bob Greenhill daban vueltas, las manos como de cuero hacían girar el volante lentamente—, tenemos que... salir... del camino.

El viejo Ford tropezó contra el borde abrupto del camino. Bajaron a una explanada polvorienta y de pronto se encontraron recorriendo una seca península de tierra que dominaba el desierto. Bob Greenhill, que parecía hipnotizado, extendió la mano hacia la llave de contacto. Debajo de la capota, el viejo dejó de lamentar sus insomnios y se quedó dormido.

—¿Pero por qué haces esto? —preguntó Will Bantlin.

Bob Greenhill se miró las manos intuitivas en el volante. —Me pareció que tenía que hacerlo.

¿Por qué? —Pestañeó. Dejó que los huesos se le asentaran, y que los ojos se le pusieran perezosos.— Quizá sólo para mirar la tierra desde aquí. Bueno. Todo eso está ahí desde hace mil millones de años.

—Salvo esa ciudad —dijo Will Bantlin.

—¿Ciudad? —dijo Bob.

Se volvió a mirar y el desierto estaba allí y las distantes colinas color de león, y más allá, suspendida en un mar de arena y luz en la mañana calurosa, una especie de imagen flotante, el rápido bosquejo de una ciudad.

—No puede ser Phoenix —dijo Bob Greenhill—. Phoenix está a ciento cincuenta kilómetros. No hay en los alrededores otra gran ciudad.

Will Bantlin dobló el mapa sobre las rodillas, buscando.

—No. No hay otra ciudad.
—¡Se está aclarando más! —exclamó de pronto Bob Greenhill.

Los dos se quedaron absolutamente duros en el coche y miraron por encima del parabrisas sucio de polvo, mientras el viento les gemía suavemente en las caras ásperas.

—¿Pero sabes qué es eso, Bob? ¡Un espejismo! ¡Claro, es eso! Los rayos de luz justos, la atmósfera, el cielo, la temperatura. La ciudad está en alguna parte, del otro lado del horizonte. Mira cómo salta, se desvanece, reaparece. ¡Se refleja contra ese cielo que es como un espejo y es visible aquí! ¡Un espejismo, por Dios!

—¿Tan grande?

Bob Greenhill midió la ciudad que crecía, se aclaraba en un cambio del viento, en un suave y lejano remolino de arena.

—¡La abuelita de todas! No es Phoenix. Ni Santa Fe ni Alamogordo, no. A ver. No es Kansas...

—De todos modos, queda demasiado lejos.

—Sí, pero mira esos edificios. ¡Grandes! Los más altos del país. Hay sólo un lugar como ese en el mundo.

—¿No quenas decir ... Nueva York?

Will Bantlin asintió lentamente y los dos se quedaron en silencio mirando el espejismo. Y la ciudad era alta y brillante y casi perfecta a la luz de la mañana temprana.

—Oh, Dios —dijo Bob, después de un largo rato—. Es espléndida.

—Sí —dijo Will—. Pero —añadió un momento después, en voz baja, como si temiese que la ciudad pudiera oírlo—, ¿qué está haciendo aquí en pleno Arizona, en Ninguna Parte, a cinco mil kilómetros de su casa?

Bob Greenhill miró y habló. —Willy, amigo, nunca hagas preguntas a la naturaleza. Ella se sienta ahí y sólo piensa en su tejido. Ondas radiales, arco iris, luces boreales, todo eso. Caramba, digamos que le tomaron una foto a Nueva York y la están revelando aquí, a cinco mil kilómetros de distancia, una mañana en que necesitábamos que nos dieran ánimo, sólo para nosotros.

—Sólo para nosotros no. —Will exploró del otro lado del coche.— ¡Mira!

Allí en el polvo harinoso había innumerables líneas cruzadas, diagonales, símbolos fascinantes impresos en un tranquilo tapiz.

—Marcas de neumáticos —dijo Bob Greenhill—. Centenares. Miles. Montones de coches pasan por aquí.

—¿Para qué, Bob? —Will Bantlin saltó del coche, aterrizó en el suelo, paró la oreja, dio vueltas, se arrodilló para tocarlo con una mano veloz y súbitamente temblorosa.— ¿Para Qué, para qué? ¿Para ver el espejismo? ¡Sí señor! ¡Para ver el espejismo!

—¿Y qué?

—¡Hurra, muchacho! —Will se puso de pie, hizo rugir su voz como un motor.— ¡Brrrammm! —Hizo girar un volante imaginario. Corrió por la huella de un neumático.— ¡Brrrammm! ¡Iiii! ¡Frenos! Robert-Bob, ¿sabes qué conseguimos aquí? ¡Mira al este! ¡Mira al oeste! Este es el único punto en varios kilómetros donde puedes salir de la autopista y sentarte y contemplar!

—¡Claro!, está bien que la gente le eche un vistazo a algo hermoso ...

—¡Qué hermoso ni qué diablos! ¿Quién es el dueño de esta tierra?

—El Estado, me imagino.

—¡Imaginas mal! ¡Tú y yo! Acampamos, solicitamos el registro, mejoramos la propiedad, y la ley dice que es nuestra. ¿No es cierto?

—¡Espera! —Bob Greenhill estaba contemplando el desierto y la extraña ciudad—. ¿Es decir, que quieres... obtener la concesión de un milagro?

—¡Así es, por Cristo! ¡La concesión de un milagro! Robert Greenhill se bajó del coche y dio vueltas alrededor mirando la tierra marcada por los neumáticos.

—¿Podemos hacerlo?

—¿Hacerlo? ¡Con tu permiso!

En un instante Will Bantlin estaba clavando las clavijas de una carpa en el suelo, enroscando el cordel.

—Desde aquí hasta aquí, y desde aquí hasta aquí, es una mina de oro, la hemos descubierto, es una vaca, la ordeñamos, es un lago de dinero; ¡nadaremos en él!

Revolvió en el coche, sacó cajones y un letrero que alguna vez había servido para anunciar corbatas baratas. Lo tendió en el suelo, le pasó una capa de pintura y empezó a dibujar las letras.

—Willy —le dijo su amigo—, nadie va a venir a pagar para ver un piojoso ...

—¿Espejismo? Pon una cerca, diles a las gentes que no pueden ver una cosa, y justo se les antoja eso. ¡Ya está!

Levantó el letrero.

Mirador del Espejismo Secreto: La Ciudad Misteriosa Autos: 25 centavos. Motos: 5 centavos.

—Ahí viene un coche. ¡Mira!

—William...

Pero Will, corriendo, levantó el anuncio.

—¡Eh! ¡Mire! ¡Eh!

El auto pasó rugiendo, como un toro que ignora al torero.

Bob cerró los ojos como para no ver la sonrisa de Will que se desvanecía.

Pero entonces ... un sonido maravilloso. El chirrido de los frenos.

¡El coche volvía! Will saltó adelante, agitando los brazos, señalando.

—¡Sí, señor! ¡Sí, señora! ¡El Mirador del Espejismo Secreto! ¡La Ciudad Misteriosa! ¡Entre derecho!

Las huellas en el polvo se multiplicaron y pronto se hicieron innumerables.

Un inmenso capullo de polvo cálido y flotante colgaba sobre la península seca donde en medio de un estruendo de llegadas, chirridos de neumáticos, motores que enmudecen, golpes de portezuelas, venían autos de muchos tipos y muchos lugares, y se acomodaban en fila. Y las gentes de los autos eran tan distintas como pueden serlo cuando vienen de los cuatro puntos cardinales pero son arrastradas en un determinado momento por algo determinado, todas hablando al principio, pero callando al fin ante lo que veían en el desierto. El viento les soplaba suavemente en la cara, agitando el pelo de las mujeres, los cuellos abiertos de las camisas de los hombres. Se quedaban sentados en los coches durante largo rato o de pie al borde de la tierra, sin decir nada, y al final uno por uno se volvían para irse.

Cuando el primer coche pasó retrocediendo delante de Bob y Will, la mujer que lo
ocupaba asintió, feliz.

—¡Gracias! ¡Pero si es como Roma! Otro coche viraba hacia la salida.

—¡Sí señor! —El conductor se acercó a estrechar la mano de Bob.— ¡Me sentí como si supiera hablar francés!

—¡Francés! —exclamó Bob.

Dieron un rápido paso adelante cuando iba a salir el tercer coche. Un viejo agitaba la cabeza, sentado al volante.

—Nunca vi nada parecido. Quiero decir, la niebla y todo, el Puente de Westminster, mejor que en una postal, y el Big Ben allí a la distancia. ¿Cómo lo hacen? Dios los bendiga. Muy agradecido.

Los dos hombres, perturbados, dejaron que el viejo se fuera, y lentamente se volvieron para mirar la luna que asomaba ahora más allá de la pequeña punta de tierra.

—¿El Big Ben? —dijo Will Bantlin—. ¿El Puente de Westminster? ¿La niebla?

Débil, débilmente, les pareció que oían, no estaban seguros, pararon la oreja, ¿se oían sonar tres campanadas de un gran reloj más allá del borde de la tierra? ¿No eran sirenas de bruma que llamaban a los barcos y bocinas de los barcos que respondían en algún río perdido?

—¿Hablar francés? —murmuró Robert—. ¿El Big Ben? ¿Es Roma aquello, Will?

El viento cambió. Una oleada turbulenta de aire caliente se levantó arrancando variaciones a un arpa invisible. La niebla se solidificó casi en monumentos de piedra gris. El sol construyó casi una estatua de oro en lo alto de un monte de mármol níveo recién tallado.

—¿Cómo ... —dijo William Bantlin—, cómo podía cambiar? ¿Cómo podían ser cuatro, cinco ciudades? ¿Le dijimos a cada uno la ciudad que había visto? No. ¡Bueno, Bob, bueno!

Ahora clavaron la mirada en el último cliente que estaba solo al borde de la península
seca. Indicándole a Will Bantlin que se callara, Robert avanzó en silencio y se detuvo a un
lado, detrás del visitante.

Era un hombre de casi cincuenta años, de cara animada, quemada por el sol, buena, afectuosa, de ojos color agua, hermosos pómulos, boca sensible. Parecía haber viajado mucho en su vida, por muchos desiertos, en busca de un oasis particular. Era como esos arquitectos que andan errando por las calles cubiertas de cascotes, al pie de sus edificios, mientras el hierro, el acero y el vidrio se alzan bloqueando, ocupando una parte vacía del cielo. La cara del hombre era la de esos constructores que de pronto ven levantarse delante de ellos, en ese mismo instante, de horizonte a horizonte, la ejecución perfecta de un viejo, viejo sueño. Ahora, a medias consciente de que William y Robert estaban a su lado, el extranjero habló al fin con una voz tranquila, suelta, fabulosa, diciendo lo que veía, diciendo lo que sentía:

—"En Xanadú..."

—¿Qué? —preguntó William.

El extranjero sonrió a medias, clavados los ojos en el espejismo y despacito, de
memoria, recitó:

"En Xanadú ordenó Kublai Khan
construir una majestuosa morada de placer
donde Alph, el río sagrado, corría
por cavernas inconmensurables para el hombre,
bajando a un mar sin sol."

La voz conjuró los vientos y los vientos soplaron sobre los otros dos hombres que se quedaron aún más quietos.

"Dos veces diez kilómetros de tierras fértiles,
fueron circundadas por muros y por torres,
y había allí jardines donde brillaban arroyos sinuosos,
y florecían innúmeros árboles de incienso,
y había bosques antiguos como las colinas
rodeando soleados parajes de verdor."

William y Robert miraron el espejismo, y lo que el forastero decía estaba allí, en el polvo dorado, algún fabuloso racimo de minaretes, cúpulas, frágiles torres del Oriente Medio, o Lejano, levantándose en una magnífica lluvia de polen del desierto de Gobi, una explanada de piedra donde brillaba el fértil Eufrates, Palmira aún de pie, en sus comienzos apenas, recién construida, abandonada luego por los años fugaces, rielando ahora en el calor, amenazando ahora con estallar para siempre.

El forastero, con la cara transfigurada, embellecida por la visión, concluyó:

"¡Fue un milagro de rara invención,
una soleada mandón de placer
con cavernas de hielo!"

Y el extranjero calló; y el silencio de Bob y Will fue todavía más hondo.

El forastero manoteó la cartera, con los ojos húmedos.

—Gracias, gracias.

—Ya nos ha pagado —dijo William.

—Si tuviera más, les daría todo.

Tomó la mano de William, le dejó un billete de cinco dólares, fue hasta el coche, miró por última vez el espejismo, luego se sentó, puso en marcha el motor, bajó la velocidad con maravillosa soltura, y, la cara resplandeciente, los ojos apacibles, se fue.

Robert dio unos pasos tras el auto, pasmado.

Entonces William estalló súbitamente, abrió los brazos, pegó unos gritos, asestó unos puntapiés, dio unas volteretas.

—¡Hurra! ¡La sal de la tierra! ¡Comida hasta hartarse! ¡Zapatos nuevos y chirriantes! ¡Mírame las manos: puñados!

Pero Robert dijo: —No creo que debamos conservarlo.

William dejó de bailar. —¿Qué?

Robert miró fijo el desierto.

—En realidad no podemos ser los dueños. Está fuera de aquí. Claro, podemos pedir la concesión de la tierra, pero ... No sabemos siquiera qué es.

—Pero si es Nueva York y ...

—¿Alguna vez has estado en Nueva York?

—Siempre he querido. Pero nunca estuve.

—Siempre has querido. Pero no estuviste nunca. —Robert meneó lentamente la cabeza.— Lo mismo que los otros. Ya oíste: París. Roma. Londres. Y este ultimo hombre. Xanadú. Willy, Willy, le hemos echado mano a algo extraño y grande. Me parece que no hacemos bien.

—¿Por qué? ¿Acaso dejamos a alguien afuera?

—¿Quién sabe? Tal vez veinticinco centavos son demasiado para algunos. No parece correcto, una cosa natural sujeta a leyes que no son naturales. Mira y dime si me equivoco.

William miró.

Y la ciudad estaba allí como esa primera ciudad que ve un niño cuando la madre lo lleva en tren a través de una larga pradera, una mañana temprano, y la ciudad se levanta cabeza por cabeza, torre por torre para mirarlo, para verlo acercarse. Era así de fresca, así de nueva, así de vieja, así de aterradora, así de maravillosa.

—Creo —dijo Robert— que deberíamos tomar justo lo suficiente como para comprar la gasolina de una semana y poner el resto del dinero en la primera alcancía para pobres que encontremos. Ese espejismo es un arroyo claro y la sed atrae a la gente. Si somos prudentes, tomaremos un vaso, lo beberemos fresco en el calor del día y nos iremos. Si nos detenemos, si levantamos barreras y tratamos de adueñarnos de todo el río...

William, mirando a través del viento susurrante de polvo, trató de tranquilizarse, de aceptar.

—Si tú lo dices.

—Yo no. La soledad que nos rodea lo dice.

—¡Pues yo digo otra cosa!

Los dos hombres se volvieron de un salto.

En mitad de la cuesta se alzaba una motocicleta. Sentado en ella, aureolado de aceite, los ojos cubiertos de antiparras, la grasa cubriéndole las enmarañadas mejillas, había un hombre de familiar arrogancia y fluido desprecio.

—¡Ned Hopper!

Ned Hopper mostró su sonrisa de máxima benevolencia perversa, soltó los frenos de la moto y se deslizó cuesta abajo hasta detenerse junto a sus viejos amigos.

—Tú... —dijo Robert.

—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! —Ned Hopper hizo sonar cuatro veces la bocina de la moto, riéndose a carcajadas, echando la cabeza hacia atrás.— ¡Yo!

—¡Cállate! —exclamó Robert—. Se quiebra como un espejo.

—¿Qué es lo que se quiebra como un espejo?

William, advirtiendo la preocupación de Robert, echó una mirada aprensiva al desierto.

El espejismo se confundía, temblaba, se desvanecía, y una vez más quedaba suspendido en el aire como un tapiz.

—¡Ahí no hay nada! ¿Qué se traen, muchachos? —Ned observó las huellas en la tierra.— Hoy estaba yo a treinta kilómetros cuando supe que ustedes me ocultaban algo. Me dije: no es propio de mis compinches que me llevaron hasta aquella mina de oro en el cuarenta y siete, y que me dieron esta moto en una jugada de dados, en el cincuenta y cinco. Todos estos años nos hemos ayudado y resulta que ahora no le cuentan los secretos al amigo Ned. De modo que me vine para aquí. Me he pasado el día subido a aquella colina, espiando. —Ned levantó los prismáticos que le colgaban delante de la chaqueta grasienta.— Ustedes saben que leo en los labios. ¡Claro! Vi todos los coches que venían aquí, la caja. ¡Están ofreciendo todo un espectáculo!

—Baja la voz —advirtió Robert—. Hasta la vista.

Ned sonrió dulcemente. —Lamento que se vayan. Pero desde luego me parece bien que dejen mi propiedad.

—¡Tuya! —Robert y William se quedaron sobrecogidos y dijeron con un susurro tembloroso—: ¿Tuya?

Ned se rió. —Cuando vi en qué andaban, me fui con la moto hasta Phoenix. ¿Ven este pedacito de papel del gobierno que me asoma por el bolsillo de atrás?

El papel estaba allí, prolijamente doblado.

William tendió la mano.

—No le des el gusto —dijo Robert.

William retiró la mano. —¿Quieres hacernos creer que pediste la concesión de la tierra?

Ned encerró la sonrisa dentro de los ojos. —Sí. No. Aunque mintiera, podría llegar a Phoenix en mi moto antes que el carricoche de ustedes. —Ned inspeccionó la tierra con sus prismáticos.— De modo que dejen todo el dinero que han ganado desde las dos de la tarde, en que hice la petición, pues no tienen derecho a estar en mi tierra.

Robert arrojó las monedas al polvo. Ned Hopper echó una mirada fortuita al montón reluciente.

—¡Acuñadas por el gobierno de los Estados Unidos! ¡Diablos, no se ve nada ahí, pero hay estúpidos que pagan!

Robert se volvió lentamente hacia el desierto.

—¿No ves nada?

Ned gruñó.

—¡Nada, y ustedes lo saben!

—¡Pero nosotros sí! —exclamó William—. Nosotros...

—William —dijo Robert.

—¡Pero Bob!

—Allá no hay nada. Como dijo él.

Ahora venían subiendo más coches en un gran zumbido de motores.

—Disculpen, señores, tengo que ocuparme de cobrar las entradas. —Ned se apartó, agitando los brazos.— ¡Sí, señora! ¡Por aquí! ¡Se paga antes de entrar!

—¿Por qué? —William observaba a Ned Hopper que corría, gritando.— ¿Por qué le dejamos hacer esto?

—Espera —dijo Robert, casi sereno—. Ya verás.

Salieron del camino cuando entraban un Ford, un Buick y un antiguo Moon.

El crepúsculo. En una loma, a unos doscientos metros más arriba del mirador del Espejismo de la Ciudad Misteriosa, William Bentlin y Robert Greenhill freían y mordisqueaban una somera comida, poco tocino, muchos porotos. De vez en cuando Robert apuntaba unos cascados prismáticos de teatro hacia la escena de abajo.

—Hubo treinta clientes desde que nos fuimos esta tarde —observó—. Pero tendrá que cerrar pronto. Sólo le quedan diez minutos de sol.

William contempló un poroto solitario en la punta del tenedor. —Una vez más dime, ¿por qué? ¿Por qué cada vez que tenemos suerte, aparece Ned Hopper?

Robert echó aliento en los cristales de los prismáticos de teatro y los limpió con el puño de la camisa. —Porque, amigo Will, nosotros somos los puros de corazón. Tenemos una luz que brilla. Y los malvados del mundo ven esa luz más allá de las lomas y dicen, "¡Pero si allá hay unos inocentes, de esos que se chupan el dedo el día entero!" Y los malvados vienen a calentarse las manos a costa nuestra. No sé qué es lo que podemos hacer, salvo quizá apagar la luz.

—Yo no quisiera hacerlo. —William se quedó rumiando, las palmas de las manos tendidas hacia el fuego.— Pero me pareció que ésta sería nuestra oportunidad—. Un hombre como Ned Hopper, con esa vida de bajo vientre blanco, ¿no merece que un rayo lo parta?

—¿Si lo merece? —Robert ajustó los prismáticos acomodándolos mejor a los ojos.— ¡Pero si es lo que acaba de ocurrir! ¡Oh, tú, hombre de poca fe! —William saltó junto a Robert. Compartieron los prismáticos, un cristal para cada uno, y miraron hacia abajo.—¡Mira!

Y William miró y exclamó:

—¡Por todos los demonios ...

—...del último infierno!

Porque allá abajo, Ned Hopper pataleaba alrededor de un coche. La gente sacudía los brazos. Ned les devolvía dinero. El auto arrancó. Se oyeron débilmente los gritos angustiados de Ned.

William se quedó sin aire. —¡Está devolviendo el dinero! Ahora casi le pega a aquél. ¡El hombre agita el puño amenazándolo! ¡Ned le devuelve el dinero, también! ¡Mira, otras despedidas cariñosas!

—¡Viva! —gritó alegremente Robert, contento con lo que veía por la mitad de los prismáticos.

Abajo todos los coches se iban levantando polvo. Al viejo Ned le dio una violenta pataleta, arrojó las antiparras al polvo, rompió el letrero, gritó una blasfemia terrible.


—Dios mío —murmuró Robert—. Qué suerte no oír las palabras. ¡Ven, Willy!

Mientras William Bantlin y Robert Greenhill bajaban de vuelta al desvío de la Ciudad Misteriosa, Ned Hopper se precipitaba entre chillidos de furia. Rebuznando, rugiendo en su moto, lanzó por el aire el letrero pintado. El cartón subió silbando, como un bumerán, ybajó zumbando, errándole apenas a Bob. Mucho después que Ned se hubiera ido como un trueno estrepitoso, William se acercó, levantó el letrero tirado en el suelo, y lo limpió.

Ya era el crepúsculo y el sol tocaba las lomas lejanas y la tierra estaba quieta y silenciosa y Ned Hopper se había ido, y los dos hombres solos en el abandonado territorio, en el polvo con miles de huellas, miraron la arena y el aire extraño.

—Oh, no... Sí —dijo Robert.

El desierto estaba vacío en la luz rosa dorado del sol poniente. El espejismo había desaparecido. Unos pocos demonios de polvo giraban y caían, lejos, en el horizonte, pero eso era todo.

William dejó escapar un largo gruñido de congoja.— ¡Lo hizo! ¡Ned! ¡Ned Hopper, vuelve! ¡Ah, maldita sea, Ned, lo has arruinado todo! ¡Que el diablo te lleve! —Se detuvo.— Bob, ¿cómo puedes quedarte así?

Robert sonrió tristemente. —Me da lástima Ned Hopper.

—¡Lástima!

—Nunca vio lo que nosotros vimos. Nunca vio lo que todos vieron. No creyó nunca ni un momento. ¿Y sabes qué? El descreimiento es contagioso. Se le pega a la gente.

William exploró la tierra deshabitada. —¿Es eso lo que ocurrió?

—¿Quién sabe? —Robert sacudió la cabeza.— Hay algo seguro: antes la gente venía, y la ciudad, las ciudades, el espejismo, lo que fuese, estaba ahí. Pero es muy difícil ver cuando la gente se te interpone en el camino. Nada más que con moverse, Ned Hopper tapaba el sol con la mano. Algo es seguro, el teatro cerró para siempre.

—¿No podemos ...? —William vaciló.— ¿No podemos abrirlo de nuevo?

—¿Cómo? ¿Cómo haces volver una cosa así?

Los dos hombres dejaron que las miradas jugaran por la arena, las colinas, las pocas
nubes solitarias, el cielo sin viento y muy quieto.

—Quizá si miramos con el rabillo del ojo, no directamente, si nos tranquilizamos, si lo tomamos con calma...

Los dos se miraron los zapatos, las manos, las rocas que estaban a sus pies, todo. Pero al final William se lamentó: —¿Lo somos? ¿Somos puros de corazón?

Robert se rió un poquitito. —Oh, no como los chicos que vinieron aquí hoy y vieron todo lo que querían ver, ni como la gente simple nacida en los campos de trigo y que van por el mundo llevados de la mano de Dios y nunca crecerán. No somos ni los niños pequeños ni los niños grandes, Willy, pero tenemos una cosa: estamos contentos de estar vivos. Conocemos las mañanas del aire en la carretera, las estrellas que primero suben y luego bajan por el cielo. Ese bellaco hace mucho que no está contento. Me indigna pensar que andará por el camino en esa moto todo el resto de la noche, todo el resto del año.

Robert terminaba la frase cuando observó que William volvía cuidadosamente los ojos hacia un lado, hacia el desierto.

Robert murmuró con cautela: —¿Ves algo?

William suspiró. —No. Quizá mañana...

Un coche bajaba desde la carretera.

Los dos hombres se miraron. Una loca mirada de esperanza les relampagueó en los ojos. Pero no se atrevieron a agitar las manos y gritar. Se quedaron simplemente con el cartel pintado en los brazos.

El coche pasó rugiendo.

Los dos hombres lo siguieron con ojos esperanzados.

El coche frenó. Retrocedió. Había un hombre, una mujer, un chico, una chica. El hombre gritó: —¿Cierran de noche?

William dijo: —No es necesario...

Robert lo interrumpió: —¡Quiere decir que no es necesario pagar! ¡El último cliente del
día y familia pasan gratis! ¡Adelante!

—¡Gracias, vecino, gracias!

El auto avanzó rugiendo hasta el mirador.

William tomó a Robert del codo. —Bob, ¿qué te pasa? ¿Vas a decepcionar a esos
chicos, a esa simpática familia?

—Calla —dijo Robert, suavemente—. Ven.

Los chicos bajaron precipitadamente del auto. El hombre y la mujer salieron lentamente
al atardecer. El cielo era en ese momento todo oro y azul y un pájaro cantó en algún lugar
de los campos de arena y polen leonado.

—Mira —dijo Robert.

Y caminaron hasta ponerse detrás de la familia que se alineaba ahora para mirar el
desierto.

William contuvo el aliento.

El hombre y su mujer entornaron los ojos, incómodos, mirando el crepúsculo.

Los chicos callaban, y abrían los ojos a la luz destilada del sol poniente.

William se aclaró la garganta. —Es tarde... Eh... no se ve muy bien.

El hombre iba a contestar, cuando el chico dijo: —¡Oh, se ve muy bien!

—¡Claro! —La chica señaló.— ¡Allí!

La madre y el padre siguieron el movimiento de la mano, como si eso pudiera ayudar, y
así fue.

—Dios mío —dijo la mujer—, por un momento pensé... Pero ahora... ¡Sí, allí está!

El hombre leyó en la cara de la mujer, vio allí una cosa, se la llevó prestada y la puso
en la tierra y en el aire.

—Sí —dijo al fin—. Oh, sí.

William los contemplaba, y contemplaba el desierto y también a Robert, que sonreía y
asentía.

Las caras del padre, la madre, la hija, el hijo resplandecían ahora, mirando al desierto.

—Oh —murmuró la chica—, ¿está realmente allí?

Y el padre asintió, la cara iluminada por lo que veía, apenas dentro de los límites de lo visible y un poco más allá de lo que puede conocerse. Habló como si estuviera solo en una iglesia-bosque.

—Sí. Dios mío, y qué hermoso es.

William empezó a levantar la cabeza, pero Robert murmuró. —Despacio. Está viniendo. No te esfuerces. Despacio, Will.

Y entonces William supo lo que debía hacer.

—Voy a quedarme con los chicos —dijo.

Y caminó lentamente y se quedó de pie detrás del chico y la chica. Estuvo largo rato allí, como un hombre entre dos cálidas hogueras, calentándose en una tarde fría, y respiró con facilidad y al fin dejó que los ojos subieran, dejó que la atención se volviera sin esfuerzo hacia el desierto crepuscular y la esperada ciudad de la penumbra.

Y allí en el polvo que subía suavemente soplado desde la tierra, reunido en el viento en siluetas de torres, espirales y minaretes, estaba el espejismo.

William sintió la respiración de Robert en el cuello, cerca, murmurando, hablando a medias consigo mismo.

¡Fue un milagro de rara invención, una soleada mansión de placer con cavernas de hielo!


Y la ciudad estaba allí.

Y el sol se puso y salieron las primeras estrellas.

Y la ciudad era muy clara cuando William se oyó a sí mismo repitiendo, en voz alta o quizá solo: —Fue un milagro de rara invención...

Se quedaron en la oscuridad hasta que dejaron de ver.



En Las maquinarias de la alegría (1949)
Trad.: Aurora Bernárdez

2 abr. 2020

Isaías Garde acerca del poeta Evaristo Carriego

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Carriego y la inmigración. El modernismo. Carriego y el tango. Carriego y Jorge Luis Borges. El alma del suburbio.

Allen Ginsberg - Huérfano salvaje

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Allen Ginsberg - Huérfano salvaje


 Imperturbablemente madre
le lleva a pasear
              junto a la vía férrea y junto al río
— él es el hijo del fugitivo
              ángel del automóvil preparado —
e imagina automóviles
              y los conduce en sus sueños,

así crece en soledad entre
              los imaginarios automóviles y
las almas muertas de Tarrytown

              para crear
por medio de su propia imaginación
              la belleza de sus bravíos
antecesores — una mitología
             que no puede heredar.

¿Alucinará más adelante
             sus dioses? ¿Despertando
entre misterios con
             un demente destello
de recuerdo?
             El reconocimiento —
suceso tan insólito
             en su alma,
conocido tan sólo en sueños
             — nostalgias
de otra vida.

Una cuestión del alma.
           Y los heridos
perdiendo su herida
            en su inocencia
— una verga, una cruz,
            una excelencia de amor.

Y el padre se lamenta
            en una posada de mala muerte
complejidades de memoria
            a un millar de millas de distancia
desconocedor
            del inesperado
juvenil desconocido
            que marcha errabundo hacia su puerta.


En Aullido y otros poemas
Traducción: Katy Gallego



César Aira - Taumatropos

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César Aira - Taumatropos


Uno de los muchos regalos que me mandó Ana por correo durante el año que siguió a mi visita, fueron los Taumatropos; para mí eran una novedad, pero cuando empecé a mostrarlos resultó que todo el mundo los conocía. Son unos pequeños discos de cartulina, con hilos a los costados; tomando esos hilos con los dedos, se hace girar el disco lo más rápido posible. El disco tiene imágenes de los dos lados, anverso y reverso, por ejemplo un pajarito suspendido en el vacío de un lado, y del otro una jaula vacía; al sucederse muy rápido las dos imágenes, uno ve al pajarito dentro de la jaula. El fenómeno explotado es el de la persistencia óptica; cuando uno ve algo, lo sigue viendo un momento después de que ha desaparecido, y si en ese momento aparece otra cosa, la anterior se le acopla; tanto más si la sucesión de ambas es rapidísima y las dos son casi al mismo tiempo la vieja y la nueva. La ilusión se acentúa si las dos imágenes se complementan y uno está habituado a verlas juntas, o la reunión se explica de un modo u otro, como sucede con el pájaro y la jaula. Hay una especie de pequeño relato, incluidas las bifurcaciones de posibles de todo relato, y la sorpresa del desenlace. El pájaro, flotando solitario en la superficie vacía del disco, es la imagen misma de la libertad, de lo inapresable; del otro lado, fría, cerrada, geométrica, amenazante, la jaula espera; se diría que hay una posibilidad en un millón de que el avecita vaya a parar a su interior; están separados no sólo por lo que simbolizan (la huida, la cárcel) sino por una distancia mucho mayor; el anverso y el reverso de una superficie son dimensiones incompatibles, que no se comunican nunca porque están puestas sobre perspectivas incongruentes.

En las superficies están las representaciones, no las cosas. El papel es superficie pura, sin volumen; está destinado a la representación. Y es superficie de los dos lados (por eso es superficie pura). El papel es apilable (¿o plegable?) y el libro su formato ideal.

Los taumatropos que me mandó Ana eran unos discos de un delgadísimo cartón rígido, color madera; eran facsímiles perfectos de los originales que hizo en 1825 un médico inglés, John Ayrton Paris, con los mismos materiales; los hilitos a los costados eran de fibra de lino, y giraban con gran suavidad entre el índice y el pulgar.

No sé si serían los primeros taumatropos que se hicieron, o los primeros que se comercializaron. Entre ellos no estaba el del pájaro y la jaula, que se me ocurre que debe de haber sido una idea posterior a la idea del medio mismo. El pajarito y la jaula son casi una explicación del taumatropo, su descripción llevada a la máxima simplicidad, útil para hacérselo imaginar a quien nunca ha visto uno —pero el que habla sí tiene que haberlo visto, para poder describirlo.

Cuando nace un medio de expresión nuevo, vale como medio; la expresión viene después. La mayoría se queda en medio. Muchas veces me he preguntado qué debe pasar para que un medio de expresión se transforme en un arte; porque ninguno nace como arte, más bien al contrario, nacen lejos del arte, casi en las antípodas, y es todo un milagro que lleguen a ser un arte. De hecho, de los que aparecieron un poco más acá de la más remota antigüedad, uno solo llegó al status de arte pleno, de alta cultura: el cine. La fotografía le anduvo cerca, y sería discutible si llegó o no, pero me parece indiscutible el argumento de que la fotografía no dio un artista que pueda ponerse a la altura de un Picasso o un Stravinsky o un Eisenstein. Y no es cuestión de esperar, porque el pasaje se da en un momento temprano, o no se da nunca. El cine nació como una atracción de feria, y a nadie se le ocurría que pudiera llegar a ser un arte como la pintura o la literatura, como hoy no podemos concebirlo de, digamos, los jueguitos electrónicos tipo Dungeon & Dragons. Alguna vez leí que el que hizo el clic fue Chaplin. Es posible, aunque reconocerlo significaría abonar la desacreditada teoría del “hombre providencial”, que yo sostengo a pesar de su descrédito.

Lo importante es el momento justo: el hombre providencial debe aparecer entonces, ni un minuto antes ni uno después. Debe estar cerca de la invención para poder captar en toda su frescura la novedad del medio, su magia; para sentir todavía el contraste entre la inexistencia y la existencia de ese medio. Y no dejar pasar el momento porque sin artista ese medio tomará un camino funcional, empezará a llenar determinadas expectativas de la sociedad, y se hará refractario a los fines del arte. Hay inventos llenos de promesa artística en los que ese momento pasa, y entonces ya nunca hay un arte de ese medio; es lo que pasó con la televisión, que se quedó en electrodoméstico, como el lavarropas o la heladera.

Al cine podría haberle pasado lo mismo que a los taumatropos: quedarse en un encantador juguete, muy fechado, con aroma de época... Se dirá que la comparación no es justa, porque el taumatropo fue un antecedente del cine, y éste estaba destinado de todos modos, con hombre providencial o sin él, a volverse un arte pleno, porque era el estadio final de todos o casi todos los juguetes ópticos que lo precedieron. Pero en realidad no hay estadio final del ingenio humano, y con el mismo argumento podría decirse que el cine fue un antecedente de la televisión... El arte podría haber aparecido en cualquier punto del camino.

Es sugerente pensar qué habría pasado si ese punto hubiera sido el de los taumatropos (o el de las “dissolving views”, o el de los slip-books), si los taumatropos hubieran tenido su Chaplin. Ahí se toca, curiosamente, algo inconcebible. Mi imaginación, aun lanzada a su vuelo más desbocado, no logra pensar a este precioso juguete como un arte capaz de expresarlo todo, como la pintura o la música o la literatura o el cine. Y sin embargo es posible. Es inconcebible porque es posible. Eso le da a los taumatropos, lo mismo que a todos los medios que no llegaron a ser arte, su regusto nostálgico de época...

Aun admitiendo que se perdió para siempre la oportunidad, quizás valga la pena preguntarse cómo habría podido llegar a ser un arte el taumatropo. Los que me mandó Ana eran cinco (venían en un elegante sobrecito de papel telado, con flores azules sobre fondo blanco). Uno era una dama Imperio, con los brazos enigmáticamente tendidos hacia la izquierda, las puntas de los dedos metiéndose en el vacío, una sonrisa soñadora en el rostro; al otro lado, un arpa, que al girar el disco caía justo en su lugar: una dama tocando el arpa. Al hacer esta descripción caigo en la cuenta de que el truco tiene también algo de la formación de una frase; de un lado está el sujeto, del otro el objeto, y el giro constituye el verbo (la acción es la acción, se representa a sí misma).

Otro: un barbero, flaco, chistoso, haciendo un trabajo fino con la navaja, de precisión, sobre el vacío; al otro lado el cliente sentado en el sillón, con el babero y las mejillas enjabonadas. De más está decir que al girar se ajustan perfectamente, con toda la precisión que está poniendo el barbero en su trabajo. El efecto está en buena medida ahí, en lo preciso que debe ser el trabajo del barbero, donde cada milímetro cuenta, como también cuentan en la ejecución de la arpista. Llenan las condiciones de una fantasía propia de estas actividades; uno puede preguntarse, con cierta angustia, cómo afeitar a alguien, o cómo tocar el arpa, a distancia, por telecomandos; o cómo tocar un arpa invisible, o afeitar al hombre invisible. La contigüidad resuelve el problema, y la contigüidad es lo que se produce mágicamente en este juego.

Otro muestra a una mujer, que parece una campesina vestida de domingo, sentada en el aire; al otro lado un burro, servicial. Hay una sombra de sonrisa en el rostro de la mujer, como si dijera, una vez que los giros han descubierto la escena completa: “¿creyeron que estaba levitando?”

Otro, un nido con pichones que abren de par en par los picos hacia arriba pidiendo comida. Del otro lado, la mamá y el papá pájaros que acuden presurosos, con sendos gusanos en el pico. Ésta tiene un elemento temporal que falta en otros; es una comedia en tres actos: en el primero los pajaritos se sienten abandonados, hambrientos, y claman desesperados; en el segundo los padres vuelan transportando la comida; en el tercero llegan y satisfacen a la prole.

El quinto, mi favorito, es una planta en una maceta, ramas y hojas nada más; en el reverso unas voluptuosas flores rojas flotando en una aparente dispersión casual en el espacio vacío. Al girar el disco las flores caen en su lugar en la planta; la planta florece. En cierto modo, es el más imperfecto y previsible. En el anverso, la planta muestra unos feos agujeros en el follaje, y en el reverso esas flores impresas en la nada no tienen mucho sentido. Pero el efecto es doblemente gratificante.

Hay que reconocer que es demasiado poco para hacer un arte. Cualquiera sea la definición del arte, parece exceder las capacidades de este simpático divertimento. ¿O no? No habría que prejuzgar, cuando uno se enfrenta a lo inconcebible. Con cierto esfuerzo, puedo imaginarme un Leonardo del taumatropo, o un Vermeer, o un Duchamp. El problema es que no me atrevo a definir, de modo tajante, qué es un arte. Quizás por deformación profesional, o por autodefensa, lo veo como algo muy grande, muy abarcador, muy eficaz. Y en esa línea llego a algo como una definición: arte es la actividad mediante la cual puede reconstruirse el mundo, cuando el mundo ha desaparecido. Una reconstrucción en detalle, microscópica, sobrenatural en lo que se refiere a reconstrucciones. La clave está en que el mundo desaparezca; y lo hace realmente, todo el tiempo, por acción del tiempo. Pero el tiempo humano es la Historia, que es a su vez una reconstrucción de lo que disipa.

El parpadeo del taumatropo alude a la desaparición y la reconstrucción. Pero no sé si todo un mundo podría reaparecer por acción de estos pequeños discos giratorios. Es como si hubieran quedado demasiado cercanos a su invención; como si no dejaran más que hacer que repetir el gesto de su inventor. Como si fuera un arte unipersonal, como si el arte fuera la invención del arte. Y así es, en realidad. En el arte de verdad el medio sigue siendo medio, vuelve a inventarse cada vez; frente al arte comercializado, en que el lenguaje de ese arte es meramente usado, el arte de verdad muestra una recurrente radicalidad, es un lenguaje que vuelve a plantear cada vez sus condiciones de posibilidad.

De modo que el taumatropo podría ser, así como está, un arte en miniatura con todo el poder taumatúrgico que nos hemos acostumbrado a reclamarle al arte. Salvo por una cosa: en este proceso está entrelazado otro, el de la Historia, que realiza al mismo tiempo su propio juego de sustituciones. Todo lo que he venido describiendo en términos absolutos en realidad es una cuestión histórica. Todos los juguetes ópticos son antecedentes del cine. Y el cine es el único arte que surgió en tiempos históricos. Con las artes pasó lo mismo que con los animales domésticos: todos los que hay, fueron domesticados en algún breve momento del neolítico, y en los miles de años subsiguientes no se logró domesticar uno más. Salvo el cine.

Lo que vino después del cine no tiene chances de volverse arte, porque ya no se sabe cómo funcionan. El cine fue la máxima complicación tecnológica comprensible. Es mecánico. Se puede hacer cine “a mano” —como lo demuestran precisamente estos antecedentes, que puede fabricar un niño (en el jardín de infantes hacen taumatropos, y slip-books).

Lo que me lleva a fantasear con otra cosa: ¿cuáles fueron los juguetes que precedieron a la música, a la pintura? ¿Cuáles fueron los juguetes maravillosos y conmovedores que anunciaron, toscos e imperfectos, a la literatura? ¡Qué no daría por verlos, por tenerlos! Y quizás los tengo, y no lo sé, y eso hace incurable mi nostalgia.


En Fragmentos de un diario en los Alpes

31 mar. 2020

Jean Cocteau - Situación de Mallarmé

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Jean Cocteau - Situación de Mallarmé


Una juventud apasionada de lo maravilloso y del cinismo prefiere cualquier medium de feria, cualquier estafador, a este tipo de hombre honrado, de burgués íntegro, de aristócrata exquisito, de obrero piadoso, de orfebre: Mallarmé. Humano, demasiado humano. Confieso, por mí parte, una vez desaparecida la sombra que lo aureolaba, que ya no veo más que el modern-style de la orfebrería.

Si Mallarmé talla piedras, es, más bien que un diamante, una amatista, un ópalo, una gema sobre la tiara de Herodías, en el museo Gustave Moreau.

Rimbaud ha robado sus diamantes; ¿pero dónde? He aquí el enigma.

Mallarmé, el sabio, no os cansa. Merece esa dedicatoria sospechosa de Las flores del mal, que Gautier no merece. Rimbaud conserva el prestigio del encubrimiento, de la sangre; en él, el diamante está tallado con vistas a un robo con fractura, con el único fin de cortar un cristal, una luna de escaparate.

Los verdaderos maestros de la juventud, entre 1912 y 1930, fueron Rimbaud, Ducasse, Nerval, Sade.

Mallarmé influye más bien sobre el estilo del periodismo.

Baudelaire presenta arrugas, pero conserva una juventud asombrosa.

Cada verso de Mallarmé fue, desde su origen, una bella arruga, fina, estudiosa, noble, profunda. Este aspecto, más viejo que eterno, impide que su obra envejezca a trozos y la da toda una apariencia arrugada, análoga a la de las líneas de la mano, líneas que serían decorativas en vez de ser proféticas.

Nada más triste que el diario de Jules Renard; nada demuestra mejor el horror a las Letras. Él ha debido decirse: «Todos son bajos, pequeños, arribistas. Nadie se atreve a confesarlo; yo lo confesaré y seré único». Y ello provoca en el lector impío y a quien le gustaba Renard, una opresión insuperable.

Abandona uno ese breviario del hombre de letras, del arrivismo íntegro, con la seguridad de que las ranas han encontrado rey. (Entiendo por ranas lo que se atrapa con un trozo de cinta roja).

Unos pocos polvos insecticidas aniquilarían esos volúmenes que nos escuecen, que nos impiden releer Pelo de zanahoria.

Supongo que muchos periodistas no quieren mentir, pero que mienten por ese mecanismo de la poesía y de la Historia que deforman lentamente para lograr el estilo. Esta deformación aplicada de manera inmediata, produce la mentira. Ahora bien; no sé si esa mentira, gracias a la cual los hechos deben a la larga su relieve, es útil sin la perspectiva. Creo que los hechos relatados con fidelidad, en caliente, al día siguiente tendrían mil veces más fuerza.



En Opio  
Traducción: Julio Gómez de la Serna
Imagen: © Man Ray Trust ARS-ADAGP

Theodor W. Adorno - Palabras sin canciones

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Theodor W. Adorno - Palabras sin canciones


… A ti te va el tren,

    y no el mar.

    Bert Brecht


Qué poco saben los amantes. El que en invierno espera a altas horas de la noche al tren que viene con retraso; el que observa junto a la barrera si aparece una luz en la lejana entrada, de la que ni siquiera sabe si es la que corresponde; el que una y otra vez pregunta al empleado cuánto tardará, y este le responde de mal humor que ya se lo ha dicho, que 25 minutos, cuando al fin llega el tren piensa que es ella misma, realmente ella, la que abandona casi la última el compartimento; la que se presenta con su esbelta figura enfundada en abrigo de piel y pasa delante de la locomotora aún echando vapor, con el maletín negro de piel en la mano, seguida del mozo de verde llevándole la maleta grande de cuero, y va acercándose a la barrera: es ella misma. Nada más abandonan del brazo el patio de la estación y cruzan la plaza sin dejar de hablar, él, absorbido por su presencia, ya ha vuelto a olvidar que lo que esperaba era solo su llegada. Pero en la escena de la llegada, ella era solo la leve figura que provocaba en la oscuridad la mirada paciente. Allí estaba el tren de juguete, modelo de todo futuro tren, y pequeñas figuritas planas poblaban la rosada estación de hojalata: la dama del abrigo y el mozo. Entonces solo las maletas tenían volumen y se podían tomar; pero la gente, a la que había que mirar de frente, no era más que un canto recortado. Desde entonces, él no deseaba más que volver a sostener figuras y llevarlas de un lado a otro cuando los pasajeros se caían porque la locomotora chocaba con la estación cuando estaba colocada muy cerca de las vías; pero los que ahora son tan plásticos y convincentes como entonces solo las maletas, en cierto modo las complementan. Amaba a la pasajera como a la figura entera que entonces le faltaba y que ahora no podría salvar la vida, sino únicamente el fugaz instante de su aparición. Hace tiempo que esta quedó olvidada en la noche. Pero cuando, al día siguiente, ya hacia el mediodía, ambos abandonan el hotel, él se da cuenta de que la pequeña bandera roja y blanca que ondea sobre el hotel es la misma que entonces hincaba con su asta hueca de hojalata sobre aquella primera estación.

Es asombroso, y apenas lo han explicado claramente los psicólogos: qué raro es que nuestros sentimientos, al menos los oficiales, tengan consecuencias. Aun si son auténticos, se quedan consigo mismos, y solo desfigurados entran en el comportamiento de las personas. Apenas pueden probar en él su poder o su impotencia; desde el principio se conforman con el monólogo, y nuestras acciones apenas las rozan sus reflejos. Un hombre ha perdido a su amada, a su verdadera y única amada, afectada de locura, y mientras se aflige por ella, relee cada una de sus cartas para encontrar signos de la enfermedad, se aferra a su nombre y lo repite en invocaciones, inicia una relación con otra; no porque haya olvidado a la primera, ni tampoco para consolarse o debido a la indiferencia que provoca la desesperación, sino solo porque su sentimiento, apocado, no puede seguir la marcha de una vida que inexorablemente discurre al ritmo de la oportunidad y la acción. Cuando posteriormente se demuestra que la primera no estaba loca, sino que solo buscaba una excusa para abandonar a su amante, la misma vida que lo condujo a la infidelidad lo justifica sarcásticamente. O la mujer que ama a un hombre y se lo demuestra sin cesar; que llora cuando la ataca, y cree que sus palabras la han cambiado completamente y que empieza a conocerse: al día siguiente negará ante sus padres que lo conoce, aunque la madre no tenga derecho a censurarle nada y el cambio en su vida, aunque sea un cambio radical en su modo de pensar, no será suficiente para hacerla acudir al día siguiente a tomar el té con él donde podrían verla. Pero, además, todo signo real e inútilmente esperado de su pertenencia a él se vuelve tan importante, que él se olvida de que la ama. La preponderancia de los poderes sociales sobre nuestra existencia se manifiesta, más que en los conflictos, en que no permiten los conflictos, sino que los sofocan; en que el individuo se los traga. Las mejores y más felices relaciones son las que generalmente llevan a conflictos. Debido a que la realidad apenas se puede ya captar desde el individuo, y desde luego nunca se podrá modificar, los sentimientos tienen hoy en todos los casos algo de consolador; en ellos uno se resarce. Pero son engañosos; si el más ligero de ellos penetrase en nuestra vida, bastaría para hacer desaparecer de ella todo orden seguro.

Hasta la misma tos habla de la conciencia de clase. A la tos de la gente perteneciente a las capas dominantes se le nota la importancia que ella tiene al menos para el que tose: no puede confesar la enfermedad o la irritación accidental, y en todos los casos se presenta como si se tratase de una preparación para hablar que nunca puede omitirse sin comprometer el acto objetivamente necesario de declarar algo. La tos de la pequeña burguesía no conoce la importancia del asunto que le concierne; para el pequeño burgués lo importante es él mismo, de quien habla larga y detalladamente; tose por cuidar la salud, que pertenece al orden y a la que la vida ha de subordinarse; hace la prueba de escucharse. La tos proletaria tiene un tono explosivo y agresivo; nunca es una tos reflejada y nunca se añade un significado. No se tose para decir algo a continuación o para comprobar el estado de salud, sino para limpiar de polvo los pulmones. Las manifestaciones animales de nuestra vida son así indicadores de diferencias sociales. Uno se pregunta dónde se puede buscar la esencia del hombre, cuando posiblemente hasta en los gestos de la muerte esté encerrada en una figura histórica de la que no es posible separarse.

Más atrevido que el autor del crimen audaz en el teatro de la ópera lleno a rebosar; más atrevido que el criminalista aficionado que, en un momento de su arriesgada persecución de unos individuos inhumanos, teme una muerte violenta, confortado acaso por la certeza de que todo acabará bien: más atrevido que ellos me ha parecido siempre en las novelas de detectives el nombre de cada personaje. Los personajes aparecen con su nombre, el verdadero y el falso, como si se lo hubieran reservado desde el comienzo de los tiempos para el momento de su nacimiento, y se presentan con él adornados sin sentir la más ligera turbación. Cuánto atrevimiento hay en poseer un nombre. Mientras que los primeros novelistas necesitaban todo el tacto del mundo para que a sus figuras no las asfixiara la armadura del nombre —al comienzo de las Afinidades electivas, Goethe parece disculparse porque el protagonista se llame Eduard, aunque el nombre del rico barón en sus mejores años resulte modesto y discreto, y ni siquiera arrastre los apellidos—, en las novelas detectivescas los personajes se echan alegre y libremente a la espalda el peso de sus nombres como cosa que va de suyo; como héroes míticos de tiempos primitivos, cuya fama asciende a los cielos y, en el eco del nombre, regresa hasta ellos sin aniquilarlos. Brentheim y Racoszy, Maxime Kalff y el usurero Jaerven, Miss Winterslip y Jennyson son nombres rotundos, cada uno de los cuales es una promesa, pues solo la grandeza de un destino puede legitimar posteriormente la certeza de un nombre. Pero entonces, la propia novela detectivesca no es otra cosa que la historia de quienes han hecho honor a su nombre.

Incluso las descripciones que se creen realistas o naturalistas están en la forma y en la construcción llenas de espesa mitología; mientras que otras que parecen transformar artísticamente la realidad social disuelven con la técnica de la transformación las cifras míticas. De ahí que, pese a toda crítica social, se haya mantenido en la novela desde Balzac un aspecto incuestionado: que los seres humanos pueden relacionarse unos con otros. Cierto que la sociedad tuerce las relaciones, y que sobre la mutua inaccesibilidad de los amantes se instala al cabo inexorable la soledad. Pero es una soledad abstracta y predeterminada; soledad de las almas que ciertos consuelos anímicos pueden iluminar y suavizar. ¿Pero cuándo han tomado las novelas por asunto la ausencia de relación; que los seres humanos no se conocen a sí mismos porque ni siquiera se conocen unos a otros? Jack London, por ejemplo, describe las diferencias de clase como límites de las relaciones humanas. Pero en el espacio de una clase homogénea, la proletaria, admite relaciones. La inmediatez que aquí supone es romántica. Las relaciones no dejan a los hombres ni la libertad de elegir, ni un espacio vital suficiente en el que pudieran comunicarse; ellos «se tratan poco». El tormento de la curiosidad pequeñoburguesa, de las reuniones, del «salir» el domingo se ha descrito aisladamente, pero no se ha visto plenamente como producto del dominio de clase. La organización política es la única relación interhumana estable que aquí queda. Pero novelistas y novelas que traten en serio de esta soledad real, como Kafka o Adrienne Mesurat, de Green, se salen indefectiblemente del realismo de la novela social, y lo hacen porque no respetan las formas superficiales de la sociedad actual, en las que esta se presenta, sino que ponen al descubierto el abismo del absurdo que aquellas ocultan o disfrazan: el abismo de enajenación en el que los solitarios se hunden. Habría que preguntarse seriamente si las novelas realistas son verdaderamente realistas: si la reproducción fiel de los fenómenos no toma sin quererlo todo cuanto del fenómeno es apariencia y olvida lo que esta esconde; mientras que solo la penetración en las relaciones fenoménicas cerradas —que no reconozca sin más el mecanismo causal que exhiben— podría alcanzar y desvelar la verdadera realidad escondida al evidenciar inesperadamente su absurdo en la bien compuesta figura de la relación fenoménica. Naturalmente, este procedimiento solo se acredita si se encuadra en la teoría social. 


Se ha observado la singular fascinación que los fenómenos del esnobismo ejercen sobre quien los describe; tal es esta, que le hace incurrir en él. En Sternheim, cada chupatintas deja constancia de ello; en Proust ni siquiera hace falta conocer sus cartas para percibir el esnobismo de un pensamiento que al mismo tiempo hace el análisis más acabado del esnobismo jamás realizado. Por otra parte, justamente en el ambiente esnob que Proust describe, el esnobismo es uno de los insultos más graves y deshonrosos; califica al intruso que se identifica con una esfera a la que no pertenece. La palabra aparece también en El difícil de Hofmannsthal. Y cambia tan completamente su perfil según la posición social desde la que se habla como ciertas cumbres alpinas según el valle desde el que se contemplan. Desde arriba, el esnob es el arribista ambicioso que imita a la aristocracia sin contarse entre sus miembros; desde abajo resulta esnob toda actitud de exclusivismo social —especialmente para los propios ambiciosos—. Un aspecto común a todo esto es que la propia categoría social ha de permanecer incuestionada y fuera de toda discusión; como Proust da a entender en aquella carta en que dice que aun en el sinsentido de las jerarquías humanas observa asomos de la forma de un verdadero mundo imaginario. Pero el esnob es el que se somete a esa incuestionabilidad y en ella se extingue; según la definición de un autor no confirmado, es el «cenotafio de sí mismo». El aura de incuestionabilidad que lo consume es tan intensa, que ella misma absorbe al que se le acerca para deshacerla. En el círculo protector del esnobismo, todos los gestos de palparlo se vuelven impotentes. Mientras la política no encuentre la palabra que haga desaparecer todo esnobismo, no habrá contra él otra recomendación que mostrar hostilidad en la máxima cercanía. Ese aura solo podrá desvanecerse en quien haya penetrado hasta en las celdas vacías de su más secreta interioridad. Ello revelaría el motivo de la misteriosa simpatía entre el esnobismo y la vanguardia.

Todavía hay escritores que ponen reparos a la máquina de escribir: que su mecanismo no obedece a los nervios de la mano, que no es capaz de producir contacto corporal entre los pensamientos y la escritura; por eso, aquellos escritores para los que tal contacto es importante deben seguir utilizando la estilográfica. ¡Oh romántica objeción, fruto de la inexperiencia, que aún mantiene la desconfianza hacia la técnica allí donde hace tiempo el pensamiento vino en auxilio de ella! Pues en ninguna otra parte es el contacto entre idea y palabra más estrecho que en la máquina de escribir. Sin duda no entre idea y escritura. La mano que pulsa el material de las teclas no se preocupa del resultado escrito, que surge allí arriba, en el horizonte de la máquina, sino que cincela con sus pulsaciones cuerpos de palabras tan claramente, que a menudo se cree tenerlas en los dedos, bajo cuya presión se forman plásticamente a partir de la superficie de la tecla. En la máquina, el proceso de escribir se convierte de bidimensional en tridimensional. Las palabras, durante tantos siglos simplemente leídas, pueden palparse; de ese modo terminamos acaso apoderándonos de ellas, después de haber estado tanto tiempo sometidos a su poder ajeno a nosotros.

La creencia de que a los objetos grandes y sublimes corresponden palabras grandes y sublimes es indesarraigable. Cualquier idealista sigue pensando que es un hombre elevado o un filósofo como es debido, más noble que un materialista; y si alguien duda de que el mundo en que existimos tenga algún sentido, él no piensa primariamente en el mundo, sino que se vuelve contra el que duda. Quienes están poseídos por las palabras sublimes tienden a formarse un juicio desfavorable de quienes no se atreven a usarlas. ¿Pero no cabe pensar que los significados supuestos hace tiempo que han abandonado esas palabras porque ya no se sienten a gusto en ellas o porque han comprendido que en ellas se ven desfigurados y utilizados con falsos fines? ¿O no podrían las grandes palabras sentirse impotentes y abandonadas, mientras los significados han buscado protección en las palabras más bajas, gastadas y carentes de todo adorno, que son las que menos los falsean con apariencias? Ahora su lugar está en ellas, y tan profundamente hundidos están en los bajos términos, que ya ni siquiera pueden extraerse de ellos como «sentido» secreto suyo ni ser devueltos a su región original. Solo se acreditan en que, ante ellos, toda apariencia se desvanece, mientras que los términos más bajos, los de la realidad material, los de la más baja vida instintiva, los de la más modesta intelección concreta, resisten y no decaen. Solo según la consistencia de las palabras que los contienen son los significados mensurables; su en-sí se ha vuelto inexpresable. Pero, al presentarse innominados, quizá sus nombres desciendan a una realidad en la que logren imponerse.

  1931


En Miscelánea


Ring Lardner - Corte de pelo

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Los sábados hago venir de Carterville a otro peluquero para que me ayude, pero el resto de la semana puedo manejarme solo. Usted habrá visto que este pueblo no es Nueva York, y además, la mayoría de los muchachos trabaja el día entero, de modo que no tienen tiempo para venir a embellecerse.

Usted es un recién llegado, ¿no? No me parece haberlo visto antes por aquí. Espero que el lugar le agrade y se quede. Como le digo, esto no es Chicago o Nueva York, pero nos divertimos. No tanto desde que Jim Kendal murió. Cuando vivía, él y Hod Meyers mantenían el pueblo en una constante algazara. Apuesto que se reía más aquí que en cualquier otra ciudad de igual tamaño de América.

Jim era cómico y hacía excelente pareja con Hod. Desde que Jim murió, Hod se esmera por mantener el mismo tono, pero es muy difícil cuando no hay con quién trabajar.

Los sábados solíamos tener mucha diversión aquí. El local se llena desde las cuatro de la tarde en adelante. Jim y Hod aparecían después de la comida, como a eso de las seis. Jim se instalaba en aquella silla grande, junto a la salivadera azul. Cualquiera que estuviera sentado en su silla, se la cedía apenas entraba.

Usted pensará que era un asiento reservado, como los que hay en algunos teatros. Hod generalmente se quedaba parado o se paseaba, y por supuesto uno que otro sábado le tocaba ocupar esta silla y cortarse el pelo.

Bueno, Jim se quedaba un rato sin abrir la boca más que para escupir, hasta que, al final, me decía: —Whitey —mi verdadero nombre, aunque mi nombre de pila es Dick, todo el mundo me llama Whitey aquí, digo que Jim decía—: Whitey, tienes la nariz como una amapola esta noche. Debes haber estado tomándote el agua de colonia.

Y yo le decía:

—No, Jim, pero me parece que tú sí debes haber estado tomando algo por el estilo o algo peor.

Jim se reía pero contestaba en el acto:

—No, no he bebido nada, pero eso no quiere decir que no me gustaría tomar algo, aun cuando fuera alcohol.

Entonces, Hod Meyers decía: —Tu mujer también.

Esto provocaba una carcajada general, porque todo el mundo sabía que Jim y su mujer no andaban bien. Ella se habría divorciado, sólo que no había posibilidad de pensión y no podía arreglárselas sola con los niños. Jamás había podido comprender a Jim. Él era tosco, pero en el fondo un buen muchacho.

Jim y Hod se divertían de lo lindo a costa de Milt Sheppard. Pero usted no debe saber nada acerca de Milt. Bueno, tiene una manzana de Adán que más se parece a un melón. Ellos esperaban que yo estuviera afeitando a Milt, precisamente en esa parte del cuello, y entonces Hod gritaba:

—¡Eh, Whitey, espera un minuto! Déjanos hacer una apuesta, antes que lo cortes, para ver cuántas semillas tiene.

Y Jim replicaba:

—Si Milt no fuera tan puerco y habría pedido medio melón, y no uno entero, no se le habría quedado atorado en la garganta. —Entonces todos los muchachos reían, y hasta el mismo Milt, objeto de la broma, se esforzaba en sonreír. ¡Sí, Jim era un gran tipo!



Allí estaba su bacía de afeitar, en aquella repisa al lado de la de Charles Vail. Charles M. Vail. Es el farmacéutico. Viene a afeitarse regularmente tres veces por semana. Y la bacía que está al lado es la de Jim. James H. Kendall. Jim no necesitará ya más nada para afeitarse, pero de todos modos la dejaré allí mismo, como un recuerdo de los viejos tiempos. ¡Decididamente Jim era un personaje!

Años atrás, Jim viajaba desde Carterville por asuntos de conservas en lata. Vendían conservas en lata. Jim tenía el mercado de toda la mitad norte del estado, y se pasaba viajando cinco días por la semana. Caía por aquí los sábados y contaba sus experiencias de la semana. Eran notables.

Supongo que se preocupaba más en hacer bromas que negocios. Finalmente, la firma lo despidió y lo primero que hizo fue volver a casa y contarle aquí a todo el mundo que lo habían despedido, en vez de decir, como lo hubiera hecho la mayoría, que había renunciado al trabajo.

Era un sábado y el local estaba repleto y Jim se paró en la silla y dijo:

—Caballeros, tengo una importante noticia que comunicarles. Me han despedido del trabajo.

Bueno, todos le preguntaron si hablaba en serio, y él dijo que sí; y nadie supo qué decir hasta que Jim rompió el hielo y añadió:

—He estado vendiendo conservas y ahora yo estoy en conserva.

Sabe, la firma en la que trabajaba, fabricaba productos en conserva. En Carterville. Y ahora Jim decía que él mismo estaba en conserva. Sí. ¡Era un gran tipo!

Jim tenía una broma bárbara que solía hacer cuando viajaba. Por ejemplo, cuando iba en tren y pasaba por alguna pequeña ciudad, bueno, digamos bueno como Benton; se asomaba a la ventanilla y se fijaba en los letreros de negocios.

Por ejemplo, si veía un letrero como “Henry Smith, Productos Secos”, Jim tomaba nota del nombre y de la ciudad, y cuando llegaba a su destino, despachaba una tarjeta postal a Henry Smith, Benton, en la que escribía algo como lo siguiente: “Pregúntele a su mujer sobre la persona que le hizo compañía la tarde pasada y firmaba: Un amigo.”

Por cierto que nunca llegó a saber el resultado de tales bromas, pero podía imaginar lo que sucedía, y esto era suficiente.

Jim no trabajó con mucho empeño, después que perdió el empleo con la firma de Carterville. Lo poco que ganaba realizando algunas pequeñas tareas, se lo bebía casi íntegro en gin, y su familia se habría muerto de hambre si los almaceneros no continuaran sosteniéndola. La mujer de Jim probó suerte en la costura, pero esa no era una profesión que diera dinero en este pueblo.

Como le digo, ella se habría divorciado de Jim, si sola hubiera podido sostener a su familia, pero siempre acariciaba la esperanza de que Jim abandonara esos malos hábitos y le diera algo más que dos o tres dólares por semana.

Hubo un tiempo en que solía ir a la oficina de su marido y pedía que le dieran su salario, pero después de una o dos veces, él logró vengarse pidiendo casi todo su sueldo por adelantado. En seguida se largó a contar por todo el pueblo cómo había conseguido vencer en astucia a su mujer.

¡Era ciertamente muy prudente!

Pero no se quedó contento con esto. Estaba ofendido por la conducta de su mujer al pretender sacarle su salario y decidió desquitarse. Para ello, esperó a que anunciaran el arribo del Circo Evans y entonces prometió a su mujer y a sus hijos llevarlos al espectáculo. El día de la función, convino en que los esperaría a la puerta del circo con las entradas listas.

Por cierto no tenía intención de comprar entradas ni esperarlos, ni nada. Lo que hizo fue emborracharse con gin y acostarse a dormir el día entero, en la cantina de Wright. Su mujer y los niños esperaron y esperaron, y por supuesto él no apareció. Su esposa no tenía un centavo, supongo. De manera que, tuvo que decirles a los niños que no habría circo. Y ellos lloraron desconsoladamente.

Bueno, parece que mientras que lloraban, apareció el doctor Stair y quiso saber la causa de tanta pena. La señora Kendall, como es terca no quiso decir de qué se trataba, pero los niños lo hicieron, y el doctor ofreció insistentemente llevarlos a todos a la función. Jim, descubrió esto más tarde, y fue una razón para que tuviera entre ojos al doctor Stair.

El doctor Stair llegó aquí hará un año y medio. Es un tipo extraordinariamente atractivo y parece que se hiciera los trajes a medida. Va a Detroit dos o tres veces al año, y seguramente lo debe aprovechar para mandarse hacer sus ropas sobre medida. Valen casi el doble, pero quedan mucho mejor que las que venden en las tiendas.

Durante un tiempo todo el mundo se preguntó qué había inducido a un joven médico a venirse a una pequeña ciudad como ésta, en la que tenemos ya al viejo doctor Gamble y al doctor Foote, ambos residentes aquí desde hace años y que se han repartido toda la clientela.

Luego comenzó a circular el rumor de que la novia del doctor Stair le había dado calabazas. Una señorita de la Península del Norte, y esa era la razón por la cual él se vino a nuestra ciudad, para esconderse y olvidarla. Por otra parte, él afirmaba que no existía nada mejor para formar un buen médico que la práctica en una ciudad pequeña, y que por eso vino a nuestro pueblo.

En todo caso, en poco tiempo comenzó a ganar lo necesario para vivir, y eso que, según me dicen, no acostumbra jamás a cobrar lo que le deben, y la gente de por aquí tiene esa costumbre de la deuda, incluso en lo que a mí respecta. Si yo consiguiera que me liquidaran todo lo que me deben, sólo por las afeitadas, me podría dar el lujo de irme a Carterville e instalarme en el Mercer y ver películas distintas todas las noches. Ahí tiene usted el caso del viejo George Purdy… pero me parece que no deberíamos fomentar chismes.

Bueno el año pasado murió nuestro fiscal, murió de gripe. Su nombre era Ken Beatty. Así que tuvieron que elegir uno nuevo, y eligieron al doctor Stair. Él lo echó a la broma, en un principio, y se negó a aceptarlo, pero se lo exigieron. Desde luego, no es, ni con mucho, un puesto envidiable, y el sueldo de un año alcanza escasamente para comprar semillas para el jardín. Pero el doctor es de esas personas que no saben decir no, cuando se les insiste un poco.

Pero ahora recuerdo que pensaba contarle lo de ese pobre muchacho que tenemos aquí en el pueblo: Paul Dickson. Cayó de un árbol cuando tenía diez años, y, del golpe en la cabeza, nunca volvió a ser normal. No es que haya quedado muy mal sino tonto. Jim Kendall lo llamaba “Cucú”; es el nombre que Jim Kendall daba a cualquiera que estuviera un poco loco, sólo que a las cabezas las llamaba porotos. Esa era otra de sus travesuras: llamar porotos a las cabezas de la gente y cucos a los afectados del cerebro. Ya puede imaginarse usted cómo gozaría Jim a costa del pobre Paul. A veces lo mandaba al garage White Front en busca de una llave del recinto de los jugadores.

Tratándose de bromas, no había nadie que le ganara a Jim.

El pobre Paul sospechaba siempre de la gente, quizá debido al hecho de que Jim le hacía continuas jugadas. Paul no se metía con nadie que no fuera su madre, el doctor Stair y una muchacha llamada Julie Gregg. Es decir, ya no es tan muchacha que digamos, anda por arriba de los treinta.

Cuando el doctor llegó al pueblo, Paul intuyó en el acto que sería un buen amigo, de modo que pasaba constantemente cerca de él, fuera en las horas de comer o de dormir o cuando habla divisado a Julie Gregg haciendo sus compras. Cuando, a través de la ventana del doctor, veía a Julie, se precipitaba por la escalera y, dándole alcance, la acompañaba en todas sus diligencias. El pobre muchacho estaba loco por Julie, que lo trataba con cariño y le hacía sentir que siempre era bien acogido, aunque sólo sentía compasión.

El doctor Stair hizo cuanto pudo por mejorar el estado mental de Paul, y hasta me dijo una vez que había notado una cierta mejoría. También dijo que, a veces, se conducía como un muchacho perfectamente normal.

Pero recuerdo ahora que quería contarle lo de Julie Gregg. El viejo Gregg tenía un negocio de maderas, pero se dio a la bebida y perdió la mayor parte de su dinero y, al morir, no dejó más que una casa y el seguro, lo indispensable para que su hija pudiera subsistir. La madre era casi inválida y en raras ocasiones salía de casa. Julie quiso vender la propiedad y trasladarse a otra parte, luego que el padre murió, pero la madre dijo que ella había nacido en ese sitio y que moriría en él. Era un gran problema, ya que los jóvenes del pueblo. .. no valen ni la mitad que ella.


La chica se educó en Chicago, Nueva York y otras partes y no hay cosa de la que no pueda hablar. En cambio, el resto de la gente de por acá, si se les menciona algo que no tenga relación con Gloria Swanson o Tommy Meighan, piensan en el acto que uno delira. ¿Vio a Gloria en el papel de Premio a la virtud? ¡Se ha perdido usted una gran cosa!

Bueno, no hacía una semana que había llegado el doctor Stair cuando vino un día para afeitarse. Yo lo reconocí en el acto, pues me lo habían mostrado, de manera que le hablé de mi anciana madre. Desde hace dos años estaba enferma y ni el doctor Gamble ni el doctor Foote habían podido aliviarla. Así que él me prometió venir a verla, pero dijo que si ella podía ir a visitarlo a su consultorio sería mucho mejor, para hacerle un examen completo.

Así que la llevé al consultorio y, mientras aguardaba en la salita de espera, llegó Julie Gregg. Ahora bien, cada vez que alguien entra en la salita del doctor Stair, suena un timbre de su oficina, con el fin de que sepa que tiene algún cliente esperándolo.

Así, que él dejó a mi vieja en la oficina interior, y se asomó a la puerta. Era la primera vez que él y Julie se encontraban y se produjo lo que se llama amor a primera vista. Pero, por desgracia, éste no fue recíproco. El joven médico era lo más buen mozo que se vio en la ciudad, mientras que para él, ella sólo era alguien que buscaba un médico.

Ella había venido casi por lo mismo que yo. Su madre fue atendida durante años por los otros médicos, sin ningún resultado. Así que al saber que existía un nuevo doctor en la ciudad, decidió hacer la prueba. Él le prometió ir a ver a su madre ese mismo día.

Dije hace un momento que se trataba de un amor repentino por parte de ella. Me baso no sólo en su actitud posterior, sino en la forma en que lo miró esa primera vez en su consultorio. No pretendo leer los pensamientos, pero se notaba en todo su semblante que estaba perdidamente enamorada.

Ahora bien, Jim Kendall, además de ser un inventor de bromas y un bebedor consagrado, era también todo un don Juan. Me imagino que mientras trabajaba en esa firma de Carterville, debe haber hecho algunas correrías además de tener dos o tres enreditos en esa ciudad. Como digo, su mujer se habría divorciado gustosamente de él, sólo que no le era posible. Pero Jim era como la mayoría de los hombres y de las mujeres. Deseaba lo que no podía conseguir. Deseaba a Julie Gregg y buscaba y rebuscaba en su cabeza alguna forma de abordarla. Sólo que él decía poroto en vez de cabeza.

Resulta que los hábitos y las travesuras de Jim no atraían en absoluto a Julie y, además, era un hombre casado, de manera que no tenía más posibilidades de conseguir lo que deseaba, que… un conejo… Ésta es una expresión del propio Jim. Cuando alguien no tenía posibilidades de ser elegido para algo, Jim decía que tenía tantas probabilidades como un conejo.

Por otra parte, no hacía la menor tentativa de ocultar sus sentimientos.

Aquí mismo, más de una vez y en presencia de mucha gente, confesó que estaba prendado de Julie y que cualquiera que lo ayudara a conseguirla, sería bienvenido en su casa, aun por su mujer y sus hijos. Pero ella no quería saber nada de él y ni siquiera le dirigía la palabra en la calle.

Por último, viendo que no avanzaba nada con sus métodos habituales, resolvió usar la fuerza. Una noche se fue derecho a su casa y, cuando ella le abrió la puerta, se introdujo violentamente y la tomó entre sus brazos. Sin embargo, ella consiguió desprenderse y, antes que pudiera detenerla, corrió a la pieza vecina cerrando la puerta con llave y llamó por teléfono a Joe Barnes; Joe es el jefe de policía. Jim se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y se retiró apresuradamente, antes de que llegara Joe.

Joe era un viejo amigo del padre de Julie. Al día siguiente, Joe hizo una visita a Jim y le advirtió lo que le sucedería si reiteraba esta broma.

No sé cómo este chisme se esparció. Probablemente Joe lo haya contado a su señora, y ésta, a su vez, a otras esposas y ellas a sus maridos respectivos.

De todos modos, el enredo se difundió y Hod Meyers tuvo el valor de hacerle bromas a Jim respecto a ello, en este mismo recinto. Jim no lo negó y, aún más, lo echó a la broma y nos dijo que muchos habían procurado dejarlo en ridículo, pero que él siempre acababa por salir airoso.

Mientras tanto, el pueblo entero sabía que Julie estaba loca por el médico. Seguramente ella no había reparado en lo mucho que su rostro se transformaba cuando se encontraba con el doctor Stair, pues de otro modo hubiera tratado de alejarse de él. Por supuesto que tampoco sabía que nosotros notábamos la asiduidad con que encontraba excusas para ir, sin motivo real, a su consultorio, o simplemente para pasar frente a su casa y poder mirarlo a través de su ventana. Yo lo sentía por ella. La mayor parte de la gente lo lamentaba también.

Hod Meyers continuó refregándole por la cara a Jim que el médico lo había derrotado. Jim no hacía caso de las bromas, pero era fácil ver que estaba preparando una de sus habituales.

Otra de las travesuras de Jim era su manía de cambiar la voz. Podía imitar perfectamente la voz de una muchacha y también la de cualquier hombre. Para mostrarle lo bien que hacía las imitaciones, le referiré la jugada que me hizo a mí una vez.

Usted debe saber que en la mayoría de las ciudades, cuando un hombre muere y necesitan que lo afeite, se llama al barbero, que cobra cinco dólares por el servicio, es decir, no se cobra al difunto, sino a la persona que ha pedido el peluquero. Yo cobro solamente tres, porque personalmente no siento ningún escrúpulo en afeitar a un muerto. Se quedan mucho más tranquilos que los clientes vivos, y lo único desagradable es que no dan deseos de conversar con ellos y uno se siente muy solitario.

Hace dos años, en uno de los días más fríos que tuvimos en el invierno, sonó el teléfono en mi casa mientras comía y oí una voz de mujer que me decía ser la señora de John Scott. Me avisaba que su esposo había muerto y si quería ir a su casa a afeitarlo.

El viejo John había sido siempre un buen cliente mío. De modo que aunque vivía a siete millas de la ciudad, en la carretera Streeter, no pude negarme.

Prometí ir, aunque advertí que tendría que alquilar un coche, lo cual podría significar tres dólares, más que la tarifa de servicio. Se me contestó que estaba todo muy bien, de modo que conseguí que Frank Abbot me condujera hasta allá y, cuando llegué, ¡imagínese mi sorpresa: me abrió la puerta el propio John! Estaba tan vivo, bueno, como un conejo…

No me hizo falta un detective privado para darme cuenta de quién me había hecho esta bromita. No había nadie capaz de idearla, fuera de Jim Kendell. ¡Qué gran tipo!

Le cuento este episodio para que usted vea su facilidad para disfrazar la voz y engañarlo a uno. Yo habría jurado que era la señora Scott quien me llamaba. En todo caso una mujer.

Bueno, continuando con mi historia, Jim esperó hasta que consiguió grabarse la voz del doctor Stair y entonces comenzó a tramar la venganza.

Una noche, sabiendo que el doctor estaba en Carterville, llamó a Julie por teléfono. Ella no dudó ni por un momento de que se trataba de la voz del médico. Jim habló diciéndole que deseaba verla esa noche, que no podía esperar más tiempo para comunicarle algo que había ocultado largamente.

Ella se alegró mucho y en el acto le dijo que viniera a su casa. El respondió diciendo que estaba esperando un llamado de larga distancia muy importante, de modo que por favor olvidara las reglas de urbanidad y tuviera la bondad de ir a su consultorio. Agregó que no había ningún peligro y que, además, nadie la vería. Añadió que él quería hablar con ella sólo un momento. Bueno, la pobre Julie cayó en la trampa.

El doctor mantenía siempre una luz encendida en su estudio, de modo que a Julie le pareció natural que él estuviera en casa esa noche.

Mientras tanto, Jim se trasladó al bar de Wright, donde había un grupo de muchachos divirtiéndose. La mayoría había bebido gin en abundancia y eran de los que son pesados aun sobrios. Los chistes de Jim tenían siempre buena acogida entre ellos, de manera que cuando él los invitaba a presenciar alguna broma, abandonaban en masa los billares y las cartas y lo seguían.

Ahora bien, el consultorio del doctor se encuentra en el segundo piso. Junto a su puerta hay otras escaleras que conducen al tercer piso. Jim y sus compadres se escondieron detrás de estos peldaños, en la oscuridad.

Bien, Julie llegó a la puerta del doctor y tocó el timbre. Nadie respondió. Tocó de nuevo hasta siete u ocho veces. En seguida, empujó la puerta y la encontró con llave. De repente, Jim hizo un ruido, que ella escuchó. Esperó un momento y preguntó:

—¿Eres tú, Ralph? —Ralph es el nombre de pila del médico.

Nadie respondió y ella debe haberse dado cuenta, de súbito, que había sido burlada. Costó poco para que se cayera, mientras huía por la escalera, con toda la pandilla detrás. Durante todo el camino a su casa la persiguieron, gritándole en son de burla:

—¿Eres tú, Ralph?

—¡Oh, Ralph querido!, ¿eres tú?

Jim aseguró, más tarde, que él no podía gritar con sus compañeros, porque se moría de risa.

¡Pobre Julie! Hasta mucho tiempo después no se asomó por la Calle Principal. Por cierto que Jim y los suyos se encargaron de contar esto a todo el mundo, con excepción del doctor Stair.

Temían decírselo y no lo habría sabido jamás, a no ser por Paul Dickson. El pobre “Cuco”, como Jim lo llamaba, estaba aquí una de esas noches en que Jim aún se complacía en referir esta historia. Paul hizo lo posible por entender lo más que pudiera y, en seguida, corrió al médico con la noticia.

El doctor saltó por el aire y juró que se lo haría pagar caro a Jim. Pero esto no era tan sencillo, ya que si se sabía que él había castigado a Jim, Julie podría oírlo y saber que estaba enterado de la historia, con lo cual se sentiría aún peor. Él haría algo, pero tenía que pensar bien qué.

Bueno, unos dos días más tarde se juntaron de nuevo aquí, Jim y “El Cuco”. Jim pensaba ir a cazar patos al día siguiente y andaba en busca de Hod Meyers para que lo acompañara. Casualmente yo sabía que Hod andaba en Carterville y que no regresaría hasta fines de semana. Como a Jim no le gustaba mucho ir solo, estaba pensando abandonar su idea, cuando el pobre Paul se atrevió a hablar y le dijo que si quería, él podría acompañarlo. Jim pensó un momento y, en seguida dijo que valía más ir con un idiota que solo.

Me imagino que él se proponía jugarle alguna broma a Paul, una vez que estuviera dentro del bote, como empujarlo al agua; en todo caso, aceptó que Paul lo acompañara. Preguntó a Paul si había disparado alguna vez contra algún pato. Este contestó que nunca había tenido un arma en sus manos. Jim le prometió que si se portaba bien, le permitiría disparar una o dos veces con su escopeta. Se pusieron de acuerdo respecto de la hora para el día siguiente, y esa fue la última vez que contemplé vivo a Jim.

Hacía escasamente diez minutos que había abierto el local, a la mañana siguiente, cuando entró el doctor Stair. Parecía muy nervioso. Me preguntó si yo había visto a Paul Dickson. Yo respondí que no, aunque sabía que andaba cazando patos con Jim Kendall.


El doctor dijo que había oído que probablemente andaban de cacería y no se explicaba esto, pues Paul le dijo que él no volvería a tener ningún encuentro con Jim, mientras viviera.

El doctor me contó cómo Paul le había informado de la broma que Jim le hizo a Julia. Agregó, además, que Paul le había pedido su opinión acerca de la travesura, a lo cual él respondió que una persona así no debía estar viva.


Ring Lardner - Corte de pelo


Por mi parte, yo convine en que la broma de Jim había sido un tanto grosera, pero que éste no había podido resistir jamás a la tentación de hacer alguna travesura, por chocante que fuera. Agregué que, en mi opinión, Jim tenía buen corazón, sólo que llevaba en la sangre la tendencia a las maldades. El doctor se fue.

A mediodía recibió un llamado telefónico del viejo John Scott. El lago donde Jim y Paul habían ido a cazar estaba en la propiedad de John Scott. Hacía unos minutos que Paul había llegado corriendo desde el lago, en dirección a la casa y decía que acababan de tener un accidente. Jim había disparado a unos cuantos patos y, en seguida, le había pasado la escopeta a Paul para que probara suerte. Paul no manejó nunca una escopeta, de modo que se puso bastante nervioso. Sus manos temblaban de tal manera que le fue imposible controlar el arma. Apretó el gatillo y Jim cayó, muerto, al fondo del bote. Como el doctor Stair era el fiscal, tuvo que tomar rápidamente el coche de Frank Abbot y correr a la finca de Scott. Paul y John estaban en la ribera del lago. Paul había traído el bote hasta allí, pero no habían movido el cuerpo de Jim, esperando la llegada del médico.

Éste examinó el cuerpo y dijo que lo mejor que se podía hacer era llevarlo a la ciudad. No había necesidad de llamar a un médico legista, ya que era un caso indiscutible de accidente de caza.

Personalmente no dejaría jamás que alguien que no sabe manejar una escopeta, tenga una en sus manos dentro del mismo bote en que yo estuviera. Jim había sido un imprudente al abandonarle su escopeta a un novato, más aún tratándose de un semianormal. Puede que Jim lograra lo que merecía, pero de todos modos, nosotros lo echamos mucho de menos por acá. ¡Sin duda era un gran tipo!

¿Se peina al agua o en seco, señor?