Biblioteca Ignoria

Literatura y artes

18 ago. 2018

Juan Carlos Onetti - Carta a Cortázar


Juan Carlos Onetti - Carta a Cortázar
Julio Cortázar y Juan Carlos Onetti

Después de varios intentos acepté mi congénita incapacidad para escribir críticas en materia de literatura. Terminé por decirme que escriban ellos. Y es seguro que en este número de justo —ya era imprescindible— homenaje que dedica Cuadernos Hispanoamericanos a Julio Cortázar habrá muchos de ellos y un alto porcentaje de estudios estructuralistas, considerando que la moda aún no ha muerto y que permite pasar momentos felices a los lectores.

De manera que sobre Julio sólo puedo escribir una carta amistosa como contribución humilde al homenaje; y una carta breve, historieta con obligadas pausas a pesar de la sinceridad mutua.

Cuando vi a Cortázar por primera vez en Buenos Aires, desconfié. No por opiniones políticas, en las que coincidíamos; no, tampoco, por una subterránea riña amorosa, de la que luego él salió triunfante en París, dejándome la resobada tristeza de una letra de tango.

Desconfié porque yo era arltiano y él parecía un brillante delfín de la revista Sur. Había publicado, Cortázar, un libro llamado Los reyes, que él sigue defendiendo y yo, a esta altura, no.

Pasaron años y Cortázar, no sé si en París o Buenos Aires, publicó un libro de cuentos, varios libros, que me deslumbraron y siguen haciéndolo cada vez que los releo. Y son muchas veces. Después, sin aviso previo, apareció Rayuela. Ahí Cortázar se descolocaba y colocaba. Se descolocaba de la tradición novelística de nuestros países, aceptada o robada de lo que se escribía en España o Francia. Su actitud resultó escandalosa para infinitas momias, rechazo que no lo conmovió porque deliberadamente se trataba de provocarlo. Y el autor se colocaba, sin buscarlo, sin buscar nada más o menos que un entendimiento consigo mismo, al frente de una juventud ansiosa de apartar de sí tantos plomos, de respirar un poco más de oxígeno, de entregarse con felicidad a la zona lúdica y sin respuesta satisfactoria de su propia personalidad.

Claro, Julio, que las momias lo siguen siendo —aunque a veces se desembaracen de algunas escasas vendas— y la literatura nuestra necesita muchas e imprevisibles Rayuelas.

Pero recuerdo que se trataba de una simple carta, que pisé terreno resbaloso y que me acaban de anunciar que el poseedor de más de veinte títulos encomiásticos que las legiones de cobardes y adulones acercan al patrón, poseedor además de millones de dólares robados con astucia o brutalidad, ha sufrido un leve infarto en Paraguay, la hermética.

Ahora pienso sin remedio en otra dimensión de cosas y me despido de ti con el abrazo que sabemos reiterado, aunque pasemos otros años sin vernos.

Juan C. Onetti
Septiembre 1980
  

P. S. Gracias por tu última carta; era tan buena, que quedó sin respuesta.

En Artículos 1975-1992

Virginia Woolf - Una casa encantada


Virginia Woolf - Una casa encantada

A cualquier hora que despertaras siempre había una puerta balanceándose. Iban de habitación en habitación, tomados de la mano; levantando aquí, abriendo allá, asegurándose… Una pareja de fantasmas.

«Aquí lo dejamos», dijo ella. Y él agregó: «¡Oh, pero aquí también!». «Está arriba», murmuró ella. «Y en el jardín», susurró él. «Con cuidado», dijeron, «o los despertaremos».

Oh, pero no nos despertaban. «Están buscándolo; están abriendo la cortina», podíamos decir, y seguíamos leyendo una o dos páginas. «Ahora lo encontraron,» estaba segura, y detenía el lápiz en el margen. Y después, cansada de leer, me levantaba y veía con mis propios ojos la casa vacía, las puertas abiertas. Sólo se escuchaban las palomas, rebosantes de alegría, y el zumbido de la máquina de trillar andando en la granja. «¿A qué he venido? ¿Qué pretendía encontrar?». Mis manos estaban vacías. «¿Tal vez sea arriba después de todo?». En el altillo estaban las manzanas. Bajo otra vez; en el jardín, la quietud de siempre, sólo el libro se había caído al césped.

Pero lo habían encontrado en la sala. No es que uno pudiera verlos. Los cristales de la ventana reflejaban las manzanas, reflejaban las rosas; todas las hojas se veían verdes en los cristales. Si se movían en la sala la manzana mostraba su costado amarillo. Aún, un instante después, si la puerta se abría, se desparramaba por el piso, se trepaba por las paredes, colgaba del techo, ¿qué cosa? Mis manos estaban vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra. Desde el más profundo de los silencios se escuchó su sonido alegre. «A salvo, a salvo, a salvo», el pulso de la casa latía con tranquilidad. «El tesoro está enterrado; la habitación…» el pulso se detuvo de repente. ¿Ese era el tesoro enterrado?

Un momento después la luz se extinguió. ¿Estábamos en el jardín entonces? Pero los árboles se removían para atrapar el último rayo de sol. Tan bello, tan extraño, hundiéndose lentamente bajo la superficie: el rayo que buscaba siempre se apagaba detrás del cristal. El cristal era la muerte; la muerte estaba entre nosotros; alcanzó a la mujer primero, hacía cientos de años. La casa quedó vacía, las ventanas selladas, las habitaciones oscuras. La dejó, se fue hacia el norte, hacia el este, vio salir a las estrellas en el cielo del sur; buscó la casa, la encontró abandonada bajo las colinas. «A salvo, a salvo, a salvo», el pulso de la casa latía con alegría. «El tesoro es tuyo».

El viento ruge por la avenida. Los árboles se balancean de un lado al otro. Los rayos de luna caen intensos sobre la lluvia. Pero la luz de la lámpara cae directo desde la ventana. La vela arde recta, inmóvil. Deambulan por la casa, abren las ventanas, susurran para no despertarnos, la pareja de fantasmas busca su contento.

«Aquí dormíamos», dijo ella. Y él agregó, «besos infinitos». «Caminar por la mañana». «El plateado entre los árboles». «Arriba». «En el jardín». «Al llegar el verano». «Durante las nevadas de invierno».

Las puertas se cierran a la distancia, despacio, como el latido de un corazón.

Se acercan; se detienen en la entrada. El viento sopla, las plateadas gotas de lluvia se deslizan por la ventana. Nuestros ojos se oscurecen; no escuchamos pasos detrás; no vemos ninguna mujer extender su manto fantasmal. Él lleva la linterna. «Mira», susurra él, «profundamente dormida. Hay amor en sus labios».

Inclinándose, cargando la lámpara plateada sobre nosotros, nos miran durante un largo rato. El viento sopla fuerte; la vela se inclina apenas. Salvajes rayos de luna cruzan el suelo y la pared y, al chocarse, iluminan los rostros inclinados; los rostros cavilosos, los rostros que buscan a los durmientes y a su felicidad escondida.

«A salvo, a salvo, a salvo», el corazón de la casa late orgulloso. «Tantos años», susurra él, «y me has vuelto a encontrar». «Aquí», murmura ella, «durmiendo; en el jardín, leyendo, riendo, llevando las manzanas al altillo. Aquí dejamos nuestro tesoro». Inclinados, sus luces me hicieron abrir los jos. «¡A salvo, a salvo, a salvo!». El pulso de la casa late con fuerza. Me despierto y digo «Oh, ¿es éste su tesoro enterrado? La luz del corazón».

En Cuentos completos

17 ago. 2018

Margaret Atwood - Érase una vez


Margaret Atwood - Érase una vez

—Érase una vez una niña pobre, tan hermosa como buena, que vivía con su malvada madrastra en una casa del bosque.

—¿Del bosque? El bosque está anticuado. Vaya, todo ese entorno rural ya empieza a cansarme. No es un buen reflejo de la sociedad de hoy. ¿Por qué no la trasladamos a un entorno urbano, para variar?

—Érase una vez una niña pobre, tan hermosa como buena, que vivía con su malvada madrastra en una casa en las afueras de la ciudad.

—Eso está mejor. Pero debo cuestionar muy en serio el adjetivo pobre.

—¡Pero era pobre!

—La pobreza es relativa. Vivía en una casa, ¿no?

—Sí.

—Luego, desde una perspectiva socioeconómica, no era pobre.

—¡Pero el dinero no era suyo! La gracia del relato es que la malvada madrastra la obliga a llevar harapos y a dormir junto a la chimenea…

—¡Ajá! ¡Tenía chimenea! ¿Desde cuándo los pobres tienen chimeneas? Ve al parque, ve un noche a una estación de metro, ve a ver cómo duermen en cajas de cartón. ¡Entonces sabrás lo que es ser pobre!

—Érase una vez una niña de clase media, tan hermosa como buena…

—Para un momento. Creo que podemos eliminar lo de hermosa, ¿no? La mujer de hoy ya tiene que lidiar con  demasiados estereotipos físicos intimidatorios, como todas esas bollicaos que salen en los anuncios. ¿No puede hacerla, bueno, digamos, más normal?

—Érase una vez una niña con un ligero sobrepeso y cuyos dientes frontales sobresalían, que…

—No  me parece divertido reírse del aspecto de la gente. Además, estás fomentando la anorexia.

—¡No me burlaba! Me limitaba describir…

—Sáltate la descripción. Las descripciones oprimen. Pero puedes decir de qué color era la niña.

—¿De qué color?

—Ya me entiendes, Negra, blanca, roja, morena, amarilla. Ahí tienes las opciones. Para tu información: basta ya de blancos. La cultura dominante esto, la cultura dominante lo otro…

—No sé de qué color era.

—Bueno, lo más probable es que fuera del tuyo, ¿no crees?

—¡Pero esto no tiene nada que ver conmigo! Es sobre una niña.

—Todo tiene que ver contigo.

—Me parece que no tienes ganas de oír la historia.

—Oh, bueno, sigue Que sea étnica. Eso podría ayudar.

—Érase una vez una niña de raza indeterminada, tan normal de aspecto como buena, que vivía con su malvada…

—Otra cosa. Buena y malvada. ¿No crees que podrías dejar atrás esto epítetos que responden a puritanos juicios morales? Al fin y al cabo, son en gran parte de puros condicionamientos, ¿no?

—Érase una vez una niña tan normal de aspecto como adaptada a su entorno, que vivía con su madrastra, que no era persona abierta ni cariñosa porque había sido maltratada durante la infancia.

—Mejor. ¡Aunque estoy harta de tantas imágenes femeninas negativas! Las madrastras siempre aparecen como malas. ¿Por qué no la conviertes en padrastro? Además, así la historia tendría más sentido, considerando la conducta perversa que vas a describir. Introduce látigos y cadenas. Todos sabemos cómo son de retorcidos esos tipos reprimidos de mediana edad…

—¡Hey, espera un momento! Yo soy un hombre de mediana edad…

—Vale, señor Susceptible. No te des por aludido… Esto queda entre tú y yo. Sigue.

—Érase una vez una niña…

—¿Cuántos años tenía?

—No sé. Era joven.

—Esto acaba en boda, ¿no?

—Bueno, no quiero revelarte la trama, pero… sí.

—Entonces puedes borrar esa terminología paternalista condescendiente. Es una mujer, colega. Una mujer.

—Érase una vez…

—¿Qué es eso de érase una vez? Ya basta de pasado. Háblame de ahora
—Es…

—¿Y bien?

—¿Y bien, qué?

—Y bien. ¿por qué no hay?

Joyce Carol Oates - Gatitos


Joyce Carol Oates - Gatitos


Papá nos llevaba a casa en el coche. Tres en el asiento de atrás y Lula, que era su favorita, delante a su lado.

  —¡Oh, papá…, mira!

  En el arcén, entre los matojos, había algo pequeño, peludo y blanco que parecía vivo.

  —Ay, papá, por favor…

  Papá se rio. Papá frenó hasta detener el coche. Lula se bajó de un salto. Corrimos con ella y descubrimos entre los matojos tres gatitos muy pequeños, blancos y con manchas negras y rojizas.

  ¡Cogimos a los gatitos! Eran tan diminutos que nos cabían en la palma de la mano, ¡debían de pesar solo unos gramos! Maullaban, y apenas habían abierto aún los ojos. ¡Oh! ¡Nunca en la vida habíamos visto nada tan maravilloso! Corrimos de vuelta al coche, donde nos esperaba papá, para rogarle que nos dejara llevárnoslos a casa.

  Al principio, papá dijo que no. Dijo que los gatitos se harían caca en el coche.

  —Ay, papá, por favor —suplicó Lula.

  Todos prometimos recoger las cacas que se hicieran los gatitos.

  Así que papá cedió. A la que más quería papá era a Lula, pero los demás también nos sentíamos felices de ser sus hijos.

  En el asiento de atrás llevábamos dos gatitos. En el delantero, Lula tenía el gatito más blanco.

  ¡Qué emocionados estábamos! ¡Qué encantados con los gatitos! Lula dijo que llamaría al más blanco Copito de Nieve, y nosotros dijimos que los nuestros se llamarían Calabaza y Carboncito, porque Calabaza tenía manchas naranjas en el pelaje blanco, y Carboncito tenía manchas negras en el pelaje blanco.

  Durante varios minutos, papá condujo en silencio. ¡Solo parloteábamos nosotros! Si escuchabas con atención, podías oír aullidos minúsculos.

  Entonces papá preguntó:

  —¿Eso que huelo es caca?

  —¡No, no! —exclamamos.

  —Creo que huelo a caca.

—¡No, papá!

  —A tres cacas. Las huelo.

  —¡No, papá!

  (Y era verdad: ninguno de los gatitos se había hecho caca).

  Pero papá pisó el freno. Detuvo el coche en el puente sobre el río a las afueras del pueblo, a unos tres kilómetros de nuestra casa, al que se accedía por una rampa empinada.

  —Dame a Copito de Nieve —le dijo a Lula.

  Y luego nos miró a través del retrovisor entrecerrando los ojos y dijo:

  —Dadme a Calabaza y a Carboncito.

  Nos echamos a llorar. La que lloraba más fuerte era Lula. Pero papá le arrebató a Copito de Nieve, y luego alargó la mano hacia el asiento de atrás, con la cara roja y el ceño fruncido, para quitarnos a Calabaza y Carboncito. No teníamos fuerza suficiente ni éramos lo bastante valientes para impedir que papá cogiera a los gatitos con su mano enorme. Para entonces, los gatitos maullaban muy fuerte y temblaban de miedo.

  Papá bajó del coche, y, con sus grandes zancadas, subió por la rampa hasta el puente y tiró a los gatitos por encima de la barandilla. Tres cositas diminutas que se elevaron al principio contra el cielo neblinoso, y luego cayeron rápidamente y desaparecieron.

  Cuando papá volvió al coche, Lula exclamó entre lágrimas:

  —Papá…, ¿por qué?

  Y papá contestó:

  —Porque soy vuestro padre, y yo decido cómo acaban las cosas.

En Desmembrado y otras historias de misterio y suspense

Karl Marx - Antología


Karl Marx - Antología

Una vez superado el clima de antimarxismo dominante en los años ochenta y noventa, el Marx del siglo XXI quedó liberado de la pesada hipoteca de ser el «padre» de los comunismos reales del siglo XX. De los escombros del Muro de Berlín surgió un Marx capaz de ofrecer claves válidas para entender el mundo globalizado por fuera de las interpretaciones canónicas de un partido o una ideología. Más cerca en el tiempo, el estallido financiero de 2008 nos recordó que su diagnóstico sobre la expansión del capitalismo, con sus crisis periódicas y su carga de miseria, exclusión y violencia sistémica, permanece vigente.

Esta Antología, cuya edición estuvo al cuidado de Horacio Tarcus, uno de los más reconocidos historiadores del pensamiento de las izquierdas, está destinada no a los especialistas sino a los estudiantes y lectores en general que buscan acercarse a la obra de Marx por primera vez. Y viene a salvar una ausencia, ya que textos emblemáticos como el Manifiesto Comunista o El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, entre otros, circulaban hasta hoy aislados, y las escasísimas antologías disponibles son tributarias de la ortodoxia soviética, ya superada. Este volumen reúne, en versiones completas y anotadas, los textos fundamentales de Karl Marx, esos que se han convertido en clásicos y en cita obligada dentro del amplio campo de las humanidades y las ciencias sociales. El orden de los escritos sigue un criterio cronológico, en un arco que va de 1843 a 1881, desde su ensayo Sobre la cuestión judía, pasando por los capítulos centrales de El capital, hasta su visión de los primeros movimientos revolucionarios en Rusia.

Con un estudio preliminar que funciona como excelente guía de lectura, al restituir el contexto imprescindible de cada escrito, explicar sus ejes conceptuales y señalar los debates que suscitó a lo largo del siglo XX, esta Antología demuestra que tiene sentido «volver a Marx» y dialogar con su obra, ya sea para descifrar nuestro presente o para alimentar la utopía de superarlo.

Napoleón Bonaparte - Máximas y pensamientos


Napoleón Bonaparte - Máximas y pensamientos

«Lo que Napoleón comenzó con la espada, yo lo alcanzaré con la pluma» Honoré de Balzac

La reconocida afinidad de Balzac por el genio de Napoleón hace de él un cualificado intérprete de los abundantes escritos con los que el Emperador acompañó sus decisiones, desvelándonos su vocación de escritor al mismo tiempo que traza el testamento político de uno de los personajes más relevantes del siglo XIX. A lo largo de las páginas de este libro, las reflexiones de Napoleón transitarán, de acuerdo con el plan trazado por Balzac, desde el enérgico desafío de quien aspira a dominar el mundo hasta el orgulloso desengaño de quien asiste desterrado a la catástrofe. Surgirán así ideas sobre las masas, la opresión, la moral, la ley e incluso el rol del azar en nuestras vidas.

Edgar Allan Poe - Poemas, con prólogo de Rubén Darío


Edgar Allan Poe - Poemas, con prólogo de Rubén Darío

Conocido por sus cuentos, novelas y ensayos filosóficos, Edgar Allan Poe es fundamentalmente un poeta. Para Poe, un poema es el producto de la combinación de una intuición pura y de la elección consciente, minuciosamente calculada, de los elementos que lo componen. La producción poética de Poe se destaca por su impecable construcción literaria y por sus ritmos y temas obsesivos. Su obra refleja la influencia de poetas ingleses como Milton, Keats, Shelley y Coleridge, y su interés romántico por lo oculto y lo diabólico, al estilo del español Gustavo Adolfo Bécquer.

Este volumen recoge toda la obra poética de este genial autor, donde es posible reconocer la más exquisita fibra del romanticismo. La melancolía, el amor etéreo, las ruinas prodigiosas, el eco de los muertos, son algunos de los motivos que salpican estas páginas donde el arrebato ofrece su más intenso misterio.

Federico García Lorca - Poesía completa


Federico García Lorca - Poesía completa

Esta edición recoge la producción esencial de Federico García Lorca, aquella que fue el centro de su actividad creadora y contó con su autorización o con su visto bueno, salvadas algunas y accidentales excepciones. En esa confianza ponemos al alcance del lector la poesía completa del gran poeta español.

Henry James - Otra vuelta de tuerca


Henry James - Otra vuelta de tuerca

¿Siguen viviendo las personas después de la muerte? En caso afirmativo, ¿mantienen contacto con el mundo de los vivos? No es fácil dar respuesta a estas preguntas, aunque quizá muchos ofrezcan una respuesta clara y rápida. En todo caso, esa posible relación entre los muertos y los vivos es algo que ha atraído desde siempre a la humanidad, y son muy numerosos y variados los relatos dedicados a tratar este tema. Para algunos, el mundo está plagado de espíritus y fantasmas, seres de otro mundo que irrumpen y se ponen en contacto con personas especialmente dotadas para percibir su influencia.

De uno de esos contactos trata esta novela de Henry James, quien logra aquí una de las joyas de la literatura fantástica o de fantasmas. La novedad aportada consiste en que son dos niños quienes protagonizan esa relación, acompañados por una institutriz que intenta protegerlos de la influencia de los espíritus de los muertos. Y como siempre ocurre con las obras de este género, su lectura nos atrae, sin dejar de producirnos en diversos momentos un profundo desasosiego e incluso miedo.