Biblioteca Ignoria

Literatura y artes

13 dic. 2019

Lorrie Moore - Enemigos

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Lorrie Moore - Enemigos

Bake McKurty no era un extraño a las mezclas parasitarias del arte y el comercio, la literatura y los ricos. «¡Fondos de inversión y haikus!», había exclamado a su mujer, Suzy, y, sin embargo, esas mezclas nunca parecían perder su capacidad repentina y poderosa de horrorizar. Los chanchullos que se hacían por dinero se encontraban con los chanchullos que se hacían por la virtud, y todo el mundo se lavaba las manos con respecto a los demás. Era algo bastante común, aunque ¿había suficiente jabón para limpiar la grasa? «Para eso está el limón», decía Suzy, señalando el detalle del martini que no debía estar bebiendo. Aun así, de vez en cuando, al levantar la vista entre el cóctel de cangrejo y el sorbete rociado de polvo de polen de hinojo que purificaba el paladar, se sintió conmocionado por todo el asunto.

—Es una simbiosis —dijo Suzy cuando se vestían para marcharse—. Piensa en ello como el camarón que acicala y ayuda al pez de roca. O ese pájaro que quita los bichos de la piel del rinoceronte.

—Entonces nosotros somos el pez lazarillo —dijo él.

—¡Sí!

—Somos los picabueyes.

—Bueno, no iba a decir eso —dijo ella.

—Muchas cosas de este mundo tienen que ver con bichos —dijo Bake.

—Comida —dijo ella—. Muchas cosas tienen que ver con acicalarse y comer. ¿Vas a ponerte eso?

—¿Qué tiene de malo?

—Quítate el… ¿Qué te has puesto…?

—Son unos tirantes.

—Son rojos.

—Vale, vale. Pero ya sabes, yo nunca te lo haría.

—Soy el pez que ve —dijo. Se alisó el pelo, que hacía poco se había convertido en un extraño pompón de plata y maíz.

—¿Y yo soy el chico ciego?

—Bueno, tampoco iba a decir eso.

—Te queda bien. Sea lo que sea que llevas. ¿Ves? ¡Yo te digo cosas agradables!

—Es un pareo. —Se lo subió un poco.

Él se quitó los tirantes.

—Bueno, mira. Igual los necesitas.

Se alojaban en un Bed and Breakfast de Georgetown para ahorrar un poco de dinero, un chalé cuya pareja de propietarios dejaba galletas calientes ante la puerta de todo el mundo por la noche para compensar por su ruidoso hijo, que a las 6 h estaba ladrando órdenes y ordenando a su madre que cogiera una cosa u otra. Al cabo de un día de turismo —todos esos museos pagados de antemano con sus impuestos; como si fueran unos filántropos que iban a investigar qué aspecto tenía su propio dinero—, Suzy y Bake ya estaban cansados. Pararon un taxi y recitaron la dirección del acto al taxista, que asintió ominosamente: «Ah, sí».

No había que preocuparse por el buen gusto, en esa gala incluso el habitual revestimiento de decoro había sido lanzado a los vientos del negocio: el acto destinado a recaudar fondos para la Lunar Lines Literary Journal —3LJ, como la conocían sus lectores y colaboradores; «la revista», como la llamaba su equipo, como si no existiera ninguna otra— se celebraba en un banco. O al menos en un antiguo banco, una entidad que se había hundido hacía poco y que ahora vendía orecchiette con tinta de calamar bajo sus techos abovedados, martinis y vino garnacha en las antiguas cajas. La madera y el mármol se habían conservado y abrillantado, se habían apartado las barreras de cristal. A la luz de la tarde el lugar era dorado. ¡Era divino! ¿Qué más daba que se hubieran abandonado las sutiles fronteras entre oportunidad y transacción? ¿Qué más daba que éste fuera un mausoleo de avaricia donde ahora todos bailaban? Él y Suzy habían sido invitados. Siempre se podía usar la voz pasiva para oscurecer la culpa.

La invitación, sin embargo, a ese acto de recaudación de fondos en D. C. se le antojaba a Bake un poco de chiripa, ya que Un hombre en una moneda, un hombre a caballo, la biografía poco vendida que Bake había escrito sobre George Washington (en un año en el que todo el mundo estaba obsesionado con Lincoln, ni siquiera el eficientemente fusionado Día de los Presidentes había ayudado a las ventas de su libro), no parecía situarlo en ninguna de las categorías de invitados. Pero Lunar Lines, que tenía la redacción en Washington, había publicado un fragmento, a modo de homenaje a la ciudad. Y así Bake recibió dos invitaciones para cenar. Tendría que mezclarse y seducir a los otros invitados: los ricos, los patrocinadores de la revista, que pagaban quinientos dólares por cubierto. ¿Podía conseguirlo? ¿Podía ser el bufón de la corte, el payaso local, el escritor de cuota en la mesa? «Por supuesto», mintió.

¿Por qué había ido? Aunque llevaba el nombre del hombre a quien había dedicado años de afectuosa reflexión e investigación, nunca le había gustado esa ciudad. Una ostentosa localidad fabril construida sobre un pantano: un enorme y pomposo departamento de vehículos a motor, plagado de burocracia y dirigido por gladiadores. Corruptos de alto nivel, con la cabeza llena de eslóganes estúpidos y recuerdos falsificados. «¡Sí! ¿Cómo estás? Hacía tiempo.» Ni siquiera: «Hacía mucho tiempo» porque, ¿quién sabe?, a lo mejor no. Era preferible decir, neutralmente, «Hacía tiempo», y nadie podía discutir.

Se aferró a Suzy. «Al menos el vino es bueno», dijo. En realidad no se estaban mezclando, sino que era algo más parecido a oscilación rígida, una deriva y un balanceo. La acústica hacía que fuera imposible hablar con normalidad y se descubrieron gritándose inanidades y luego quedando en silencio. El ruido era ensordecedor como un mar, y la estruendosa calidez de los demás parecía ahogar toda posibilidad de felicidad para ellos.

—Pronto tendremos que buscar nuestra mesa —gritó él, mirando la amplia sala llena de cien círculos vestidos de blanco que parpadeaban a la luz de las velas. En el centro de las mesas había pequeños jarrones con ramitos de brezo que se podían incendiar fácilmente. También había pequeños tarjeteros cromados que declaraban los números de las mesas—. ¿Qué número somos?

Suzy sacó la tarjeta de lo que había llamado jocosamente «mi querido bolsito», después volvió a meterla dentro.

—Setenta y nueve —dijo—. Espero que esté cerca del servicio.

—Espero que esté cerca de la salida.

—¡Vamos a buscarla ahora!

—¡Vamos a gritar «fuego»!

—¡Vamos a fingir un ataque al corazón!

—¿Tienes maría?

—Vinimos en avión. ¿Te acuerdas? No se me ocurriría llevar marihuana en un avión.

—Estamos perdiendo nuestro sentido de la aventura. En todo.

—¡Esto es una aventura!

—Ya ves, eso es lo que quiero decir.

Después de que sonara una pequeña campana todo el mundo iba a sentarse, no sólo los que ya estaban en sillas de ruedas. Bake dejó que Suzy fuera delante mientras se abrían paso, con las bebidas en la mano, entre las docenas de mesas que había entre ellos y el número 79. Fueron los primeros en llegar, y cuando miró las tarjetas y vio que alguien había colocado a Suzy lejos de él, cambió rápidamente la disposición de los sitios y la puso a su lado, a su izquierda. «No he venido tan lejos para no sentarme a tu lado», dijo, y ella sonrió lánguidamente, apretándole la mano. Ese tipo de gestos era necesario, porque no habían tenido relaciones sexuales en seis meses. «Tengo sesenta años y tomo antidepresivos —dijo Bake la ocasión en que Suzy (¿por qué sólo una vez?) se quejó—. Tengo suerte de que no se me haya caído el pene».

Permanecieron sentados en sus sillas, esperando a que se llenara su mesa: pronto apareció una joven pareja de inversores de Wall Street que todavía no se habían quedado sin trabajo. Luego una escultora y su hijo. Después un asistente editorial de 3LJ. Finalmente, para ocupar el asiento a su derecha, una asiática joven y brusca con sonoros tacones. Alargó la mano para saludarlo. Tenía las uñas largas y pintadas de blanco. Quizá fueran falsas: Suzy lo sabría, aunque ahora Suzy hablaba con la escultora que estaba a su lado.

—Soy Linda Santo —dijo la mujer de su derecha, sonriendo. Su pelo era negro, brillante y lo bastante largo como para que, con un movimiento de la cabeza, pudiera balancearlo por detrás del hombro, y lo bastante corto como para que cayera rápidamente hacia delante otra vez. Llevaba un vestido de satén azul marino y una sarta de perlas. Colocó en el respaldo de la silla el chal rojo que le envolvía los hombros. Sintió una leve excitación. Siempre le habían atraído las mujeres asiáticas, aunque sabía que no debía comentárselo a Suzy, ni en realidad a nadie.

—Soy Baker McKurty —dijo él, estrechando su mano.

—¿Baker? —repitió ella.

—Normalmente me llaman Bake. —Le guiñó el ojo por accidente. Había que ser muy estable para guiñar un ojo a una persona y no espantarla.

¿Bake? —Parecía un poco horrorizada, si es que era posible horrorizarse sólo un poco.

Estaba un tanto asustada, y él empujó la silla hacia fuera para mostrar que era inofensivo. En cuanto todos estuvieron sentados llegaron los aperitivos. Tomates rellenos de aguacates y aguacates rellenos de tomates. Era un chiste, con un aire navideño, aunque faltaba mucho, mucho, para la Navidad.

—Entonces, ¿dónde están los escritores? —preguntó Linda Santo mientras miraba por encima de sus dos hombros. El pelo brillante voló—. Me dijeron que habría escritores.

—¿No eres escritora?

—No, soy una malvada lobista —dijo, con una sonrisa leve—. ¿Eres escritor?

—En cierto modo, supongo —dijo.

—¿De verdad? —Se iluminó—. ¿Qué podrías haber escrito?

—¿Qué podría haber escrito? ¿O qué he escrito en realidad?

—Cualquiera de las dos.

Se aclaró la garganta.

—He escrito varias biografías. Boy George. King George. Y ahora George Washington. Ésa es la más reciente. Realmente un hombre fascinante, con una habilidad tremenda para los asuntos inmobiliarios. Y molesto por que no lo hubieran ascendido cuando sirvió en el Ejército británico. ¡Las cosas por las que empieza una guerra! Y no soy como otros de sus biógrafos. No descarto que fuera gay.

—Eres biógrafo de Georges —dijo, asintiendo y sin conmoverse. Estaba claro que esperaba a Don DeLillo.

Eso lo irritó. Se hundió en una ira demente.

—En realidad, he ganado el Premio Nobel.

—¿De verdad?

—¡Sí! Pero, bueno, lo gané en un año en que los medios no estaban prestando mucha atención. Así que más o menos se perdió con ese jaleo. Gané… justo después del 11S. A la sombra del 11S. De hecho gané justo cuando el ataque a la segunda torre.

Ella frunció el ceño.

—¿El Premio Nobel de Literatura?

—Oh, ¿de literatura? No, no, no: no el de literatura. —Ahora su pene estaba blando como un melocotón que se encogía en sus pantalones.

Suzy se inclinó hacia la izquierda y habló sobre el plato de Bake, hacia Linda. «¿Te está molestando? Si te molesta, avísame. Soy Suzy.» Sacó la mano del regazo y las dos mujeres se la estrecharon sobre el aguacate de Bake. Vio que las uñas de Linda eran falsas. O, si no eran falsas, algo. Parecían garras.

—Ésta es Linda —dijo Bake—. Es una malvada lobista.

—¿De veras? —dijo Suzy, bonachona, pero la escultora no tardó en tocarle el brazo y tuvo que volverse para que le presentara al hijo.

—¿Es duro ser lobista?

—Es interesante —dijo ella—. Es un trabajo duro pero interesante.

—Ésos son los mejores.

—¿De dónde eres?

—De Chicago.

—Ah, ¿de verdad? —dijo, como si él hubiera mencionado su estrecha conexión con Al Capone. Cualquier persona a quien le mencionara Chicago sacaba el tema de Capone. O Capone o los Cubs.

—Entonces, ¿conoces al candidato demócrata a la presidencia?

—¿Brocko? ¡Me encanta! Ahora es lo más. También es escritor. Me pregunto si está aquí. —Ahora Baker, como si la imitara, se volvió y miró por encima de sus hombros.

—Probablemente estará con sus amigos terroristas —dijo Linda.

—¿Tiene amigos terroristas? —El propio Bake tenía un amigo terrorista. A la gente del Medio Oeste le encantaban sus amigos terroristas, por lo general estupendos y aburridos ciudadanos que todavía se alimentaban del mito construido por los pecados de una juventud remota. Nunca habían matado a nadie, al menos a propósito. Envejecían y engordaban con normalidad. Se habían reinsertado. Habían cumplido sus condenas. Y, bueno, si no, a causa del indignante privilegio de clase que les permitía seguir adelante como si nada hubiera ocurrido, bueno, criaban a sus hijos y obtenían posgrados y compensaban a la sociedad de otras maneras. Suponía. En realidad no sabía mucho de Chicago. En realidad era de Michigan, pero cuando iba a algún sitio siempre salía del aeropuerto O’Hare.

—Sí. El que intentó volar varios edificios federales en esta ciudad.

—¿Cuando Brocko era un crío? ¿El de los sesenta? Pero si a Brocko ni siquiera le gustan los sesenta. Le parecen tan… de los sesenta. Los sesenta le quitaron a su madre en una loca aventura.

—Los sesenta lo crearon, amigo mío.

Bake la miró más de cerca. Ahora veía que no era asiática. Sencillamente se había hecho alguna especie de cirugía plástica: la piel estaba estirada y se recogía de forma extraña en torno a los ojos. Una operación chapucera en los ojos. Un mal estiramiento facial. Un peeling químico. Lo que fuera. Suzy lo sabría.

—Bueno, era un crío.

—Eso dice.

—¿Hay alguna polémica sobre su edad?

—¿Dónde está su partida de nacimiento?

—No tengo ni idea —dijo Bake—. No tengo ni idea de dónde está la mía.

—Te voy a decir mi verdadero problema: los que fundaron este país y los que lo mantienen unido son personas que trabajaron muy duro para llegar donde están.

Bake se encogió de hombros y meneó la cabeza. No era el momento oportuno para hablar de oportunidades. Sería desafortunado hablar de fortuna. ¿Podía hablar de gente que tenía cosas que no merecía, en una sala llena de gente de esa clase? Ella continuó: «Y si no entiendes eso, amigo mío, entonces no podemos continuar esta conversación».

La forma súbita en que toda la posibilidad de comunicación estaba en juego lo asombró.

—Veo que has investigado la fundación de este país. —Buscaría un terreno común.

—He visto John Adams en la HBO. Todos los episodios.

—¿No era asombroso el tipo que hacía de George Washington? Me distraía mucho que Jefferson se pareciera tanto a Martin Amis. Me pregunto si Martin estará por aquí. —Volvió a mirar por encima de los hombros. Necesitaba que Martin Amis se acercase y lo ayudara.

Linda lo miró con fiereza.

—Era una gran miniserie y un gran recordatorio de los principios fundamentales de nuestro país.

—¿Sabías que George Washington tenía miedo de que lo enterrasen vivo?

—No lo sabía.

—El tipo prácticamente no tenía miedo de nada, salvo a eso. ¿Sabías que liberó a sus esclavos?

—Hmmm.

Ella estaba comiendo; él no. Eso no actuaría en su favor. Sin embargo, siguió:

—Hablando de gente que ha trabajado duro en este país. Y sí, para no discutir tu tesis demasiado, no todos esos esclavos salieron adelante.

—Tu colega Barama, amigo mío, ni siquiera estaría compitiendo si no fuera negro.

Ahora todo el apetito lo abandonó por completo. La comida en su plato, dondequiera que estuviera, manchas de gris topo, grumos naranjas, se volvió abstracta como un cuadro. Su presión sanguínea subió; notaba el pulso en la sien.

—¿Sabes?, ¡nunca lo había pensado, pero tienes razón! ¡Ser negro es la forma más rápida y fácil de llegar a la Casa Blanca!

Ella no dijo nada, así que añadió:

—A menos, claro, que vayas en taxi, y entonces, bueno, puedes retrasarte un poco.

Masticando, Linda lo miró, con un destello en los ojos. Tragó.

—Bueno, supuestamente ya hemos tenido un presidente negro.

—Ah, ¿sí?

—¡Sí! ¡Lo dijo un escritor que ha ganado el Premio Nobel!

—Eh. Te diré una cosa de primera mano: no creas todo lo que te diga un premio Nobel. No creo que un presidente negro llegue a ser presidente cuando su amante que canta en un club nocturno da ruedas de prensa durante la campaña. Eso sería… eso sería un presidente blanco. Por favor, pásame la sal.

El salero apareció a su lado. Echó un poco de sal en torno a su plato y lo miró.

Linda ofreció una sonrisa severa y forzada, mientras intentaba cortar algo con su cuchillo. ¿Era carne? ¿Era pollo? Era un consuelo pensar que, por una vez, los ricos habían tenido que pagar un ojo de la cara por el pollo mientras que el suyo era gratis. Pero no era suficiente consuelo.

—Si crees que yo, como mujer, no sé un par de cosas sobre la discriminación, estás lamentablemente equivocado.

—Eh, tampoco es tan fácil ser un hombre —dijo Blake—. Tienes que gastar un montón de pasta en porno y, créeme, es dinero que nunca recuperas.

Luego se retiró, se volvió hacia su izquierda, en dirección a Suzy, y se inclinó hacia ella.

—Ayúdame —le susurró al oído.

—¿Estás seduciendo a los patrocinadores?

—Me da miedo que salga volando algún objeto.

—Tienes que seducir a los patrocinadores.

—Lo sé, lo sé. Lo estaba intentando. Pero es una de los que llaman Barama a Brocko todo el rato. —Ya había violado la mayoría de las reglas de conversación para las cenas de Suzy: nada de política, nada de religión, nada de consejos bursátiles. «Y, a menos que veas asomar la cabeza, nunca le mires la barriga a una mujer y le preguntes si está embarazada.» Había aprendido todo eso a base de errores.

Pero, en un año como aquél, no había forma de mantenerse apartado de ciertos temas.

—Vuelve —dijo Suzy. La escultora estaba dándole golpecitos otra vez en el brazo.

Lo intentó una vez más con Linda Santo la malvada lobista.

—Así es como yo lo veo, y creo que sabrás valorarlo. Sería estupendo tener por fin en la Casa Blanca un presidente cuyo apellido acabe en vocal.

—¿Nunca hemos tenido un presidente cuyo apellido termine en vocal?

—Bueno, no cuento a Coolidge.

—¿De qué parte de Chicago eres?

—De las afueras.

—¿Dónde en las afueras?

—Michigan.

—¿Michigan no está muy lejos de Chicago?

—¡Sí! —Notaba el aire frío en la piel entre los calcetines y los pantalones. Cuando miró sus manos parecían haberse congelado en forma de garra.

—La gente habla de la dulzura sólida del corazón del país, pero tengo que decir una cosa: Chicago parece una ciudad que está demasiado orgullosa de su actividad criminal. —Sonrió con seriedad.

—No creo que eso sea cierto. —¿O lo era? Intentaba darle una oportunidad. ¿Y si tenía razón?—. A lo mejor tenemos una vena incumplida de anhelo mítico. O quizá no vivimos con tanto miedo como la gente de otros lugares —dijo. Ahora sólo estaba especulando.

—Espera, amigo mío, hay algunas personas diabólicas observando la Torre Sears mientras hablamos.

Ahora él se quedó en silencio.

—Y si estás allí cuando suceda, y espero que no estés, pero si estás, si estás, si estás comiendo en lo alto o en una reunión más abajo o haciendo lo que sea que hagas, cambiarás. Porque yo he estado allí. Sé cómo es que te ataquen los terroristas. Estaba en el Pentágono cuando estrellaron ese avión y te diré una cosa: me quemé viva pero no morí. Me quemé viva. Ardí por dentro. Por eso sé más que nunca qué importa en este país, amigo mío.

Ahora vio que las uñas eran en realidad de plástico, que en realidad la mano era una garra de plástico, que la cara que le había parecido intrigantemente exótica había sido marcada por el fuego y sólo parcialmente reparada. Veía cómo estaba revestida de una valiente e intensa fealdad. El pelo era hermoso, pero ahora suponía que probablemente era una peluca. La piedad fluía por su interior: nunca se había sentido más apenado por nadie. ¿Cómo podía haber sufrido tanto una persona? ¿Cómo podía alguien haber estado tan cerca de la muerte, de forma tan injusta, tan dolorosa y heroica, y cómo era posible que aun así él quisiera estrangularla?

—¿Eras una lobista del Pentágono? —Fue todo lo que consiguió decir.

—¿Algún faux pas? —preguntó Suzy en el taxi de regreso al Bed and Breakfast, donde unas galletas calientes los esperarían junto a la puerta, y unas tiras para evitar los ronquidos sobre la mesilla de noche.

—Muchos faux —dijo Bake. Lo pronunció foux—. Beaucoup verboten foux. Pronunciar mi nombre era como ponerme de pie y mear en una copa de vino.

—¿Qué? Vamos, por favor.

—Me temo que he hablado de política. No he podido controlarme.

—Brocko va a ganar. A sus hijas les gustará la ciudad. Todo irá bien. Quédate tranquilo —dijo ella mientras el taxi aceleraba hacia Georgetown, y las aceras aparecían anaranjadas y enrojecidas por las primeras hojas caídas.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Le daba miedo decir más.

No sabía cuánto tiempo les quedaría a Suzy y a él, y un final de veloces citas geriátricas —todo el mundo sordo y con aspecto idéntico: «¿Qué? No te oigo. ¿Qué? ¿Otra vez tú? ¿No acabamos de vernos?»—, que transcurría por completo entre bancarrota y guerra, podría ser el auténtico círculo del infierno destinado para ellos.

—No me dejes nunca —le dijo él.

—¿Por qué razón en el mundo haría eso?

Hizo una pausa.

—Es una petición no sólo para el mundo, sino para después de eso.

—De acuerdo —dijo ella, y apretó su muslo carnoso. Al menos en el pasado a él le gustaba pensar que era carnoso.

—Me temo que pronto descubrirás alguna forma totalmente obvia de percibirme como mucho menos que adecuado.

—Eres adecuado —dijo ella.

—Soy bastante adecuado.

Mantuvo la mano sobre su pierna, y sobre la de Suzy él puso la suya, la que llevaba el anillo que le había dado en su boda, idéntico al de ella. Envió todo su amor al extremo de las yemas de los dedos, y mientras su mano apretaba la de Suzy observó la firme y deliberada actividad hidráulica de sus nudillos y articulaciones. Pero ella ya había apartado la cabeza y miraba por la ventanilla, tranquilamente, el resto del camino, mostrándole únicamente su hermoso cabello, que era dorado y brillante a la luz de las farolas que pasaban, como si fuera algo que no estaba en absoluto unido a ella.

En Gracias por la compañía

Enrique Anderson Imbert - La otra

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Enrique Anderson Imbert - La otra


Un hombre vacila entre dos mujeres: se casa con una. Veinte años después, desdichado, consulta a un mago: ¿cómo hubiera sido su vida, de casarse con la otra? El mago se la muestra, en una bola de cristal. ¡Es la misma vida!

El hombre, rápidamente, repasa conjeturas, ahora en la bola de cristal de su cabeza:

a) las dos mujeres eran iguales y por eso tanto valía casarse con una como con otra;

b) nuestro destino está escrito, y el casarse con una u otra mujer, aun siendo diferentes, no habría cambiado nada;

c) el hombre es el arquitecto de su propia existencia; si es un mal arquitecto, con la dócil materia de cualquiera de esas dos mujeres hubiese acabado por construir un matrimonio desdichado;

d) de casarse con la otra su vida sí hubiera sido feliz, pero este mago es falso.

Marco Denevi - Los animales en el arca

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Marco Denevi - Los animales en el arca


Sí, Noé cumplió la orden divina y embarcó en el arca un macho y una hembra de cada especie animal. Pero durante los cuarenta días y las cuarenta noches del diluvio ¿qué sucedió? Las bestias ¿resistieron las tentaciones de la convivencia y del encierro forzoso? Los animales salvajes, las fieras de los bosques y de los desiertos ¿se sometieron a las reglas de la urbanidad? La compañía, dentro del mismo barco, de las eternas víctimas y de los eternos victimarios ¿no desataría ningún crimen? Estoy viendo al león, al oso y a la víbora mandar al otro mundo, de un zarpazo o de una mordedura, a un pobre animalito indefenso. ¿Y quiénes serían los más indefensos sino los más hermosos? Porque los hermosos no tienen otra protección que su belleza. ¿De qué les serviría la belleza en un navío colmado de pasajeros de todas clases, todos asustados y malhumorados, muchos de ellos asesinos profesionales, individuos de mal carácter y sujetos de avería? Sólo se salvarían los de piel más dura, los de carne menos apetecible, los erizados de púas, de cuernos, de garras y de picos, los que alojan el veneno, los que se ocultan en la sombra, los más feos y los más fuertes. Cuando al cabo del diluvio Noé descendió a tierra, repobló el mundo con los sobrevivientes. Pero las criaturas más hermosas, las más delicadas y gratuitas, los puros lujos con que Dios, en la embriaguez de la Creación, había adornado el planeta, aquellas criaturas al lado de las cuales el pavorreal y la gacela son horribles mamarrachos y la liebre una fiera sanguinaria, ay, aquellas criaturas no descendieron del arca de Noé.

César Aira - El canto del pájaro

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César Aira - El canto del pájaro


Es de todo punto imposible que yo pueda oír el canto del pájaro. Para ello debería estar en su «radio», vale decir, debería haber una especie de círculo, conmigo en el borde y el pájaro en el centro, y una línea que nos uniera.

¿Y dónde está esa línea? ¿Quién la ha visto? Si existiera, sería un fenómeno más, agregado al mundo.

Por esa línea vendría el canto, veloz y sin detenciones. Sería el camino, el Tao, y el Tao no puede estar en el mundo antes que yo. No puede ser un camino que me esté esperando para transportar el sentido, que se acumula como un ovillo en el pío.

En Diario de la hepatitis

Silvina Ocampo - Fragmentos del libro invisible

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Silvina Ocampo - Fragmentos del libro invisible

Conozco el lenguaje de los muertos, de las plantas abisinias, de las bestias y de los minerales. He compuesto dos libros, dos libros invisibles cuyas frases imprimí únicamente en mi memoria, sin recurrir a la tinta, al papel y a la pluma. Desdeño esos groseros instrumentos que fijan, que desfiguran el pensamiento: esos enemigos de la metamorfosis y de la colaboración.

11 dic. 2019

Franz Kafka - Madre

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Franz Kafka - Madre


Ayer se me ocurrió que la razón por la que no he amado a mi madre todo lo que ella merecía radica en que la lengua alemana me lo ha impedido. La madre judía no es una «Mutter», la designación con este vocablo la dota de cierta extrañeza (…). Le damos a una mujer judía el nombre de madre (mutter) alemana, pero olvidamos la contradicción que encierra, contradicción que con tanta mayor profundidad penetra en el sentimiento. «Mutter» es para los judíos demasiado alemán, contiene inconscientemente junto al brillo cristiano también su frialdad. La mujer judía denominada «Mutter» no sólo se torna extraña, sino también extranjera. «Mama» sería un mejor nombre, siempre y cuando no se imaginase detrás «Mutter». Creo que sólo los recuerdos del ghetto mantienen a la familia judía, pues tampoco la palabra «Vater» coincide con el padre judío.

En Diarios

Oliverio Girondo - Hay que buscarlo

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Oliverio Girondo - Hay que buscarlo


En la eropsiquis plena de húespedes entonces meandros de espera ausencia
enlunadados muslos de estival epicentro
tumultos extradérmicos
excoriaciones fiebre de noche que burmúa
y aola aola aola
al abrirse las venas
con un pezlampo inmerso en la nuca del sueño hay que buscarlo
al poema

Hay que buscarlo dentro de los plesorbos de ocio
desnudo
desquejido
sin raíces de amnesia
en los lunihemisferios de reflujos de coágulos de espuma de medusas de arena de los senos o tal vez en andenes con aliento a zorrino
y a rumiante distancia de santas madres vacas
hincadas
sin aureola
ante charcos de lágrimas que cantan
con un pezvelo en trance debajo de la lengua hay que buscarlo
al poema

Hay que buscarlo ignífero superimpuro leso
lúcido beodo
inobvio
entre epitelios de alba o resacas insomnes de soledad en creciente
antes que se dilate la pupila del cero
mientras lo endoinefable encandece los labios de subvoces que brotan del intrafondo eufónico
con un pezgrifo arco iris en la mínima plaza de la frente hay que buscarlo
al poema

Augusto Monterroso - La rana que quería ser una rana auténtica

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Augusto Monterroso - La rana que quería ser una rana auténtica


Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.

Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.

Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.

Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.

Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.

Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.

10 dic. 2019

Byung-Chul Han - Fantasmas digitales

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Byung-Chul Han - Fantasmas digitales


A Kafka ya se le presenta la carta como un medio de comunicación inhumano. Este autor cree que la carta ha traído al mundo una terrible perturbación de las almas. En una carta escribe a Milena: «¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse mediante cartas? Se puede pensar en una persona distante, se puede aferrar a una persona cercana, todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas». A su juicio, la carta cultiva el contacto con los espíritus. Los besos escritos no llegan a su destino. Los fantasmas los cogen y se los tragan por el camino. La comunicación postal proporciona tan solo alimento para fantasmas. A través de una alimentación tan rica estos se multiplican de manera exorbitante. La humanidad lucha en contra. Así ha encontrado el tren y el coche, «para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas» y conseguir la «comunicación natural», la «paz de las almas». Pero la otra parte es mucho más fuerte. En efecto, después de la carta vinieron el teléfono y la telegrafía. Kafka saca la conclusión: «Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros en cambio pereceremos».

  Los fantasmas de Kafka, entre tanto, han inventado también internet, Twitter, Facebook, el teléfono inteligente, el correo electrónico y las Google Glass. Kafka diría que la nueva generación de fantasmas, a saber, los digitales, son más voraces, desvergonzados y ruidosos. De hecho, ¿no van los medios digitales más allá «de la fuerza humana»? ¿No conducirán a una vertiginosa, ya no controlable multiplicación de los fantasmas? ¿No nos olvidamos con ello de pensar en un hombre lejano y de palpar a un hombre cercano?

  El mundo de cosas de internet produce nuevos fantasmas. Las cosas, que en tiempos eran mudas, ahora comienzan a hablar. La comunicación automática entre las cosas, que tiene lugar sin ninguna contribución humana, proporcionará nuevos alimentos para fantasmas. Hace que el mundo tenga más rasgos de fantasma. Es dirigida como por encantamiento. Los fantasmas digitales habrán de cuidar, si es posible, de que alguna vez todo quede fuera de control. El relato The Machine Stops (La máquina se para) de E. M. Foster, anticipa esta catástrofe. Bandas de fantasmas echan a perder el mundo.

  La historia de la comunicación puede describirse como la historia de una creciente iluminación de la piedra. El medio óptico, que transporta la información a la velocidad de la luz, pone fin definitivamente a la época de piedra de la comunicación. Incluso el silicio refiere todavía a lo que en latín se llama silex. En Heidegger aparece con frecuencia la piedra y, por cierto, como ejemplo preferido de la «mera cosa». La piedra es algo que se sustrae a la visibilidad. En una lección temprana, Martin Heidegger observa: «Una mera cosa, una piedra, no tiene en sí ninguna luz». Diez años más tarde, en el escrito sobre la obra de arte, señala: «La piedra pesa y anuncia su pesantez. Pero mientras esta pesa frente a nosotros, se resiste a la vez a toda penetración en ella». La piedra como cosa es una figura contrapuesta a la transparencia. Pertenece a la tierra, al orden terrenal, y tiene las características de ser oculta y cerrada. Hoy las cosas pierden cada vez más significación. Se someten a las informaciones. Pero estas proporcionan nuevo alimento para fantasmas. «Lo económica, social y políticamente concreto no es la cosa, sino la comunicación. Nuestro mundo se hace a ojos vistos más blando, más nebuloso, más espectral». 

  La comunicación digital no solo asume forma de espectro, sino también de virus. Es infecciosa porque se produce inmediatamente en el plano emotivo o afectivo. El contagio es una comunicación poshermenéutica, la cual no da propiamente nada a leer o a pensar. No presupone ninguna lectura, que solo puede acelerarse en medida limitada. Una información o un contenido, aunque sea con muy escasa significación, se difunde velozmente en la red como una epidemia o pandemia. No la grava ningún peso del sentido. Ningún otro medio es capaz de este contagio a manera de virus. El medio de la escritura es demasiado lento para ello.

  Lo mismo que la piedra y el muro, el misterio pertenece al orden terrenal. No se compagina con la producción acelerada y la difusión de información. Es la figura contraria a la comunicación. La topología de lo digital consta de espacios planos, lisos y abiertos. El secreto, en cambio, prefiere espacios que, con sus fisuras, mazmorras, escondites, profundidades y umbrales dificultan la difusión de información.

El misterio ama el silencio. Así, lo misterioso se distingue de lo relativo a los fantasmas. Lo mismo que el espectáculo, lo espectral está abocado al ver y ser visto. Por eso los fantasmas son ruidosos. Es como un fantasma el viento digital, que sopla a través de nuestra casa:

  En todo caso para los nómadas el viento es lo mismo que el suelo para los sedentarios. […] Hay algo de fantasma en ello […]. El viento, este fantasma incomprensible, que empuja a los nómadas hacia adelante y cuya llamada ellos obedecen, es una experiencia que para nosotros se ha hecho representable como cálculo y cómputo.

  Su alta complejidad hace que las cosas digitales sean como fantasmas y resulten incontrolables. En cambio, la complejidad no es ninguna característica del misterio.

  La sociedad de la transparencia tiene su cruz o envés. Es bajo cierto aspecto una aparición de superficies. Tras ella o bajo ella se abren espacios espectrales, que se sustraen a toda transparencia. Por ejemplo, dark pool designa el comercio anónimo con productos financieros. El llamado comercio de alta velocidad en los mercados financieros es, en definitiva, un comercio con fantasmas o entre fantasmas. Son algoritmos y máquinas los que se comunican entre sí y se hacen la guerra. Estas formas de negocio y comunicación, tan parecidas a los fantasmas, van «más allá de la fuerza humana», como diría Kafka. Producen efectos tan imprevisibles, espectrales como un flash crash (estallido súbito, quiebra). Los actuales mercados financieros incuban también monstruos, que en virtud de una alta complejidad pueden sembrar confusión sin control alguno. Se llama «Tor»[*] la red cuasisubterránea en la que es posible estar en línea de manera anónima. Es un profundo lago digital en la red que se sustrae a toda visibilidad. Con el crecimiento de la transparencia crece también lo oscuro.

En En el enjambre

Emil Cioran - A modo de confesión

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Emil Cioran - A modo de confesión


Sólo tengo ganas de escribir cuando me encuentro en un estado explosivo, enfebrecido o crispado, en un estupor metamorfoseado en frenesí, en un clima de ajuste de cuentas en el que las invectivas sustituyen a las bofetadas y a los golpes. De ordinario, la cosa comienza así: un ligero temblor que se hace cada vez más fuerte, como tras un insulto que se ha soportado sin responder. Expresión equivale a réplica tardía o a agresión diferida: yo escribo para no pasar al acto, para evitar una crisis. La expresión es alivio, venganza indirecta del que no puede digerir una afrenta y se rebela con palabras contra sus semejantes y contra sí mismo. La indignación es menos un estado moral que un estado literario, es incluso el resorte de la inspiración. ¿Y la sabiduría? Es precisamente lo contrario. El sabio que hay en nosotros arruina todos nuestros ímpetus, es el saboteador que nos disminuye y paraliza, que acecha al loco que hay en nosotros para calmarle y comprometerle, para deshonrarle. ¿La inspiración? Un desequilibrio repentino, voluptuosidad irresistible de armarse o destruirse. Yo nunca he escrito una sola línea a mi temperatura normal. Y sin embargo, durante largos años, me consideré como el único individuo sin defectos. Ese orgullo me resultó benéfico: me permitió emborronar papel. He dejado prácticamente de escribir en el momento en que, al sosegarse mi delirio, me he convertido en la víctima de una modestia perniciosa, nefasta para esa febrilidad de la que emanan las intuiciones y las verdades. Sólo puedo escribir cuando, habiéndome repentinamente abandonado el sentido del ridículo, me considero el comienzo y el fin de todo.

Escribir es una provocación, una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir. Rivalizar con Dios, superarlo incluso mediante la sola virtud del lenguaje: ésa es la hazaña del escritor, espécimen ambiguo, desgarrado y engreído que, liberado de su condición natural, se ha abandonado a un vértigo magnífico, desconcertante siempre, a veces odioso. Nada más miserable que la palabra y sin embargo a través de ella uno se eleva a sensaciones de dicha, a una dilatación última en la que uno se halla totalmente solo, sin el menor sentimiento de opresión. ¡Lo supremo alcanzado mediante el vocablo, mediante el símbolo mismo de la fragilidad! Pero lo supremo se puede también alcanzar, curiosamente, a través de la ironía, a condición de que ésta, llegando hasta el extremo de su obra de demolición, dispense escalofríos de un dios autodestructor. Las palabras como agentes de un éxtasis al revés... Todo lo que es verdaderamente intenso participa del paraíso y del infierno, con la diferencia de que el primero sólo podemos entreverlo, mientras que el segundo tenemos la suerte de percibirlo y, más aún, de sentirlo. Existe una ventaja más notable aún, de la que el escritor posee el monopolio, la de poder desembarazarse de sus peligros. Sin la facultad de emborronar páginas, me pregunto qué hubiera sido de mí. Escribir es deshacerse de nuestros remordimientos y de nuestros rencores, es vomitar nuestros secretos. El escritor es un desequilibrado que utiliza esas ficciones que son las palabras para curarse. ¡Cuántos malestares, cuántos arrebatos siniestros no he superado yo gracias a ese remedio insustancial! Escribir es un vicio del que puede uno cansarse. A decir verdad, yo escribo cada vez menos, y acabaré sin duda por dejar de escribir totalmente, pues he dejado de encontrar el menor encanto a ese combate con los demás y conmigo mismo.

Cuando se aborda un tema, sea cual sea, se experimenta un sentimiento de plenitud, acompañado de una pizca de altivez. Fenómeno más extraño aún: esa sensación de superioridad cuando se evoca una figura que se admira. En medio de una frase, ¡con qué facilidad se cree uno el centro del mundo! Escribir y venerar se dan juntos: quiérase o no, hablar de Dios es mirarle desde arriba. La escritura es la revancha de la criatura y su respuesta a una Creación chapucera.

1984


En Ejercicios de admiración y otros textos


Georg Trakl - Canción del solitario

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Georg Trakl - Canción del solitario


A Karl Borromaus Heinrich

Pleno de armonías es el vuelo de las aves. Los verdes bosques.
se han reunido al atardecer en cabañas silenciosas;
las praderas cristalinas del ciervo.
Lo oscuro atenúa el murmullo del arroyo, las húmedas sombras

y las flores del estío, que suenan bellas al viento.
Ya anochece sobre la frente del hombre pensativo.

Y alumbra una lamparilla, lo bueno, en su corazón,
y la paz de la cena; porque benditos son pan y vino
por las manos de Dios, y te contempla desde ojos nocturnos
silencioso el hermano, que pueda descansar del peregrinaje espinoso.
Oh, vivir en el azul animado de la noche.

Amoroso abraza también el silencio en el cuarto las sombras de los antepasados,
los tormentos purpúreos, queja de una magna estirpe,
que piadosamente se extingue ahora en el nieto solitario.
Porque siempre más resplandeciente despierta de los negros minutos de la locura
el paciente en el umbral de piedra;
y lo abrazan poderosamente la frescura azul y el luminoso fin del otoño,

la casa silenciosa y las leyendas del bosque,
medida y norma y las sendas lunares de los solitarios.



Gesang des Abgeschiedenen

Voll Harmonien ist der Flug der Vögel. Es haben die grünen Wälder
Am Abend sich zu stilleren Hütten versammelt;
Die kristallenen Weiden des Rehs.

Dunkles besänftigt das Plätschern des Bachs, die feuchten Schatten
Und die Blumen des Sommers, die schön im Winde läuten.
Schon dämmert die Stirne dem sinnenden Menschen.

Und es leuchtet ein Lämpchen, das Gute, in seinem Herzen
Und der Frieden des Mahls; denn geheiligt ist Brot und Wein
Von Gottes Händen, und es schaut aus nächtigen Augen
Stille dich der Bruder an, daß er ruhe von dorniger Wanderschaft.

O das Wohnen in der beseelten Bläue der Nacht.
Liebend auch umfängt das Schweigen im Zimmer die Schatten der Alten,
Die purpurnen Martern, Klage eines großen Geschlechts,
Das fromm nun hingeht im einsamen Enkel.

Denn strahlender immer erwacht aus schwarzen Minuten des Wahnsinns
Der Duldende an versteinerter Schwelle
Und es umfangt ihn gewaltig die kühle Bläue und die leuchtende Neige des Herbstes,
Das stille Haus und die Sagen des Waldes,
Maß und Gesetz und die mondenen Pfade der Abgeschiedenen.


En Poemas
Traducción de: Rodolfo Modern

9 dic. 2019

Ingeborg Bachmann - Últimos poemas

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Ingeborg Bachmann - Últimos poemas

Disponible en epub en nuestro canal de Telegram

Domingo 15 de diciembre 17:30 hs - Ciclo de lecturas: aproximación al haiku

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Domingo 15 de diciembre 17:30 hs - Ciclo de lecturas: aproximación al haiku

Este domingo 15 de diciembre dedicaremos la última reunión del año (no temamos, volvemos en enero) al haiku, o por mejor decir a una aproximación al haiku.

Es bien sabido que, no obstante su gran popularidad, esta forma es netamente japonesa, por lo que para extraer todo lo que tiene para ofrecernos tendríamos que convertirnos en japoneses; es bien sabido también que los japoneses son milenarios, condición que, siendo meros argentinos (Borges dixit), no creo que alcancemos de acá al domingo. Pero sí podemos trazar un panorama histórico e ideológico, conocer un poco más de los preceptos formales y sin duda disfrutar de algunas piezas de belleza única.

Te esperamos.

Coordina: Isaías Garde
Whatsapp 11 45793836

El costo es de 350 pesos por reunión.

La reunión dura aproximadamente 2 hs

Peter Handke - La pintada en la pared

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Peter Handke - La pintada en la pared

A aquel cuyo nombre está escrito en la pared se le acusa de alguna falta, alguna acción vergonzosa o de alguna mala costumbre. Su nombre en letras grandes está escrito con tiza en la pared. Como el granulado del mortero se come la tiza, el que escribe, que solamente tiene un trozo, tendrá que ser ahorrativo con el material; esta no es la única pared en la que quiere escribir. Cuando escriba, los talones y las plantas de los pies se levantarán del suelo y tendrá el brazo tan estirado por encima de la cabeza que los dedos le comenzarán a temblar; sin embargo, a medida que escriba y las articulaciones de los pies le empiecen a doler, la línea irá curvándose y bajando. Si la pared es de un color claro, el que escribe no utilizará la tiza blanca; en este caso, el nombre del acusado se escribirá en azul o en rojo, para que resalte. Quien en pleno día se ha paseado por el pueblo empujando una bicicleta y, descaradamente, lo niega, es acusado de mentiroso. Su nombre luce en la pared del cine. No obstante, alguien que niega algo no tiene por qué estar mintiendo: sencillamente no está conforme con lo que los otros le imputan. Puede incluso estar convencido de que dice la verdad y los otros pueden estar convencidos de que escriben mentiras en la pared: pero como él, cuando ha sido interrogado, ha negado la pregunta es acusado de mentiroso y su nombre luce en la pared del cine. Con todo, no bastará con escribir la denuncia en la pared, porque en esta pared hay demasiadas pintadas de otros tiempos como para que quienes pasen por delante se fijen en la inscripción nueva y la lean. Por eso, el nombre de aquel que es acusado de una falta figurará también en los graneros. Primero se arrancarán de las tablas los carteles de las elecciones y los llamamientos para las buenas causas y, así, quedará sitio para las pintadas. Por lo general, las tablas de los graneros serán negras, por lo tanto, lo adecuado será utilizar tiza blanca; si se teme que borren la pintada con un trapo, entonces se irá de noche, a escondidas, cuando cae la niebla, con una escalera o se elegirá para escribir la tiza de sastrería, que es más duradera, o incluso yeso. Las vetas de las tablas orientan la dirección de los trazos, por este motivo, para las inscripciones se elegirán las tablas que tengan las vetas derechas. El nombre del sospechoso escrito en color blanco lucirá sobre las tablas alquitranadas del granero; en el polvo del terreno sobre el que descansa el granero se advertirán las huellas de los dedos de los pies o, en otro caso, el viento de la noche borrará las marcas de los dedos y los hoyos inclinados de la escalera. Los que pasen por allí delante leerán en voz alta las pintadas de las tablas del granero al acusado cuando este, después de una salida, por ejemplo, se asome tranquilamente a la ventana abierta y piense en su situación. Después de la larga caminata, tendrá las piernas estiradas sobre el desagüe y podrá oír lo que leen; seguramente no se preocupará demasiado.

En Los avispones

Mavis Gallant - En tránsito

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Mavis Gallant - En tránsito


Después de que saliera para Oslo el grupo de veinticinco turistas japoneses de Cook, solo quedaron cuatro personas en la sala de espera del aeropuerto de Helsinki: una joven pareja francesa llamada Perrigny, que no hacía mucho que se habían casado, y una pareja de ancianos que podían ser identificados como norteamericanos. Cuando estos estuvieron seguros de que los jóvenes que había dos bancos atrás no podían entenderles, continuaron con una querella permanente y fluctuante. El hombre tenía la costumbre de leer las señales en voz alta, aunque tal vez solo lo hiciera para volver loca a su mujer. Leyó los carteles que había sobre las tres puertas que llevaban a la pista de aterrizaje:

—Oslo, Amsterdam, Copenhague. No veo Estocolmo.

—Lo que me pregunto es qué he significado para ti durante todos estos años —dijo ella.

Philippe Perrigny, que entendía inglés, se volvió, haciendo ver que miraba unas piezas de cerámica finlandesa que estaban en las vitrinas que tenían a la derecha. Vio que el hombre examinaba horarios y billetes, mascullando todo el tiempo: «Estocolmo, Estocolmo», mientras su esposa miraba hacia otro lado. La mujer se había quitado las gafas y estaba secándose los ojos. ¿Cómo había llegado a plantearse esto aquí, en el aeropuerto de Helsinki, y cómo podía él responder a ello? La cuestión tenía que contestarse en una sola palabra: todo o nada. Fue como si estuviera en una iglesia de pueblo y escuchara de improviso a un sacerdote paleto que hace una pregunta que no interesa a nadie, sobre la culpa, la responsabilidad o la presencia de Dios, y respirar aliviado cuando ha decidido pasarlo por alto y seguir con sus plegarias.

—En el otro mundo nuestra elección será diferente —dijo el hombre—. Al menos la tuya lo será.

Estos fueron los pensamientos desenfrenados del joven: Están encadenados para el resto de sus vidas. ¿Demasiado viejos para cambiar? ¿Solo un bruto la abandonaría ahora? Caminan hacia la puerta que dice «Amsterdam», y ella cojea. Por eso no se pueden separar. Ella está inválida. Ha estado cuidando de ella todos estos años. Pasan por la puerta de Amsterdam, diga lo que diga en sus billetes. Cualquiera que sea la puerta por la que pasen verán las rondas que rodean los suburbios, y los coches familiares aparcados a la puerta de cada casa y una piscina azul en el jardín de atrás. Por todo el norte de Europa ponen a las calles nombres de acacias, pero tal vez ellos no lo sepan.

Los Perrigny estaban de viaje de bodas, pero aparte de esto él tenía un encargo para el periódico en el que trabajaba en París, y estaba recopilando una serie sobre Escandinavia en su cabeza. Hacía cuatro años que venía repitiendo un artículo llamado «El llanto silencioso», y ni su periódico ni él mismo se habían dado cuenta aún de que era repetitivo. Empezó a crearlo una vez más al estilo de los semanales parisinos: «Era un angustioso llanto de silencio que se desgarraba desde los corazones y gargantas…». No. «Era una canción silenciosa, estrangulada…» «Era un silencioso himno apasionado a…» Esta vez el comienzo iría ligado a ese norte puritano de ojos azules. Había sido aplicado ya a granjeros británicos incapaces de conseguir un buen precio por sus alcachofas, a la muchedumbre navideña ante el muro de Berlín, a la Grecia profanada por los turistas, a los músicos negros que actuaban en el Olympia, a pescadores portugueses desgraciados que entraban ilegalmente en Francia y criticaban el mercado laboral, a poetas que escribían bajo la influencia de las drogas.

El viejo tomó la mano de su esposa. Ella aún le volvía la espalda, pero ahora tenía los ojos secos y protegidos con las gafas. Para distraerla mientras inspeccionaban sus billetes le dijo prestamente: «Mira ese bonito restaurante, el que tiene encanto. Tiene una parte dentro y otra fuera ¿ves? Una dentro y otra fuera».

La nueva esposa de Perrigny le soltó delicadamente la mano y dijo:

—¿Por qué la dejaste?

Él, que había estado esperando que ella dijera esto, le contestó:

—Porque no era capaz de concentrarse en una sola persona. Era agradable con todo el mundo, pero no podía concentrarse lo suficiente en su matrimonio.

—¿Te era infiel?

—Eso también. Provenía de esa misma falta de concentración. Ya había estado casada antes.

—Ah, ¿era mayor?

—Ahora tiene veintisiete años. Tenía miedo de llegar a los veintisiete. Solía citar algo de Jane Austen, una escritora inglesa —dijo al ver que Claire fruncía el entrecejo—. Algo así como que una mujer de esa edad ya no podía esperar nada de la vida. Yo me pregunto qué es lo que esperaba ella.

—¿Su primer marido también la dejó?

—No, murió. No estuvieron mucho tiempo casados.

—Y tú, ¿tú sí la dejaste? —preguntó la chica temiendo una posible humillación, temiendo haberse casado con un hombre que había sido desechado por otra mujer.

—Efectivamente, eso hice. Sin explicaciones. Un domingo por la mañana me levanté, me vestí y me fui. Volví cuando ella no estaba en casa y me llevé mis cosas, mi grabadora, mis discos. Regresé un par de veces a por mis libros. La siguiente vez que la vi fue para hablar del divorcio.

—¿No te hizo infeliz marcharte así de ese modo? Tal como lo dices parece que no te costó nada.

—A mí no me entusiasma el sufrimiento —dijo él dándose cuenta de que estaba repitiendo las palabras de su primera esposa. A ella sufrir le parecía desagradable. El símbolo de la suciedad para ella era alguien como Kafka, solo en una habitación, destilando horrores y adversidades.

—A nadie le entusiasma el sufrimiento —dijo la chica pensando en dolores y calambres—. Tenía un nombre curioso.

—Sí, horrible: Shirley. Siempre tenía que deletrearlo por teléfono: Suzanne Henri Irma Robert Louis Émile Yvonne. No se pronuncia como se deletrea.

—¿Estabas realmente enamorado de ella?

—Lo estuve la primera vez que la vi. El error fue casarme con ella. El misterio es por qué tuve que casarme con ella.

—¿Era guapa?

—Tenía un cabello precioso, como todas las chicas norteamericanas, pero siempre se lo estaba cortando y afeándoselo. Tenía unas buenas piernas, pero llevaba zapatos planos. Como todas las norteamericanas llevaba la ropa solo un poco más larga de lo debido y claro, con los zapatos planos…, nunca parecía que estuviera bien vestida. Estaba más cegata que un topo y llevaba gafas oscuras porque había perdido las otras. A veces, cuando se quitaba las gafas mostraba un aspecto despiadado. Pero lo cierto es que era una chica inquieta e impulsiva, y pensaba que los hombres siempre la habían utilizado.

—¿Cómo sé yo que tú no vas a dejarme? —preguntó Claire. Pero él apreció por el tono de su voz que ella no esperaba una respuesta para eso.

Llamaron a su vuelo. Se desplazaron hasta ponerse bajo el cartel de Copenhague con sus cámaras y sus impermeables. Él estaba contento de que esta primera parte del viaje hubiera llegado a su fin. Claire y él estaban juntos las veinticuatro horas del día. Ella estaba bien si él le decía que estaba trabajando, pero le asombraba que se pusiera a leer y se sentía ofendida. Él descuidó las atenciones que debía procurarle. En Helsinki habían ido a comprar ropa juntos. Veía sus piernas y sus pies desnudos bajo los percheros. Ella salió sonriendo, con un vestido esplendoroso cubierto de soles, sostenido frente a ella. Le dijo: «Eso no te lo puedes poner en París», y vio cómo le cambiaba la cara, como si hubiera oscurecido alguna idea que ella misma tenía sobre la persona que podía llegar a ser. El día anterior, en un parque junto a una fuente que lanzaba un chorro de agua al cielo, se encontró a sí mismo mirando a otra chica que le estaba dando de comer a las ardillas. Se quedó admirando su cuello por detrás, la cuidada raya de sus cabellos, sus hombros y brazos bronceados. Ensimismamientos como este jamás ocurrían en lo que él había elegido llamar vida real, como si el amor y viajar fueran lo opuesto a la vida, como si fueran un sueño. Se acercó más a su nueva esposa, ese rubio ángel de verano, pensando en la luna de miel de invierno que pasó con su primera mujer. Había estado leyéndole la palma de la mano para distraerla del frío y de la lluvia, sosteniendo esa hoja de palma, recorriendo su línea principal apenas marcada —no prejuzgaba, según le había informado él— y su vida agitada —una vida norteamericana, le había dicho él, cerrando la hoja—. Puso sus ojos en Claire porque había admirado algo de otra chica en ella y le había recordado algo alegre de su primera mujer, todo ello en un instante. Qué le parecería a Claire ayudarle con su trabajo, le había dicho él. Juntos se fijaban en lo que costaban las cosas de los escaparates y ella anotaba por él lo que les había costado una comida a base de pescado frito y cerveza sin alcohol. Era necesario llenar todos los días, al contrario que en casa. Un hueco de dos horas en una ciudad extraña, en tránsito, era como estar encerrado en un ascensor sin nada que leer.

Claire lo habría dado todo por ser la chica del parque, por tener ese cuello y ese cabello y poder distanciarse y verse al mismo tiempo. Ella se dio cuenta de que él rendía tributo a esas pequeñas orejas, a sus lóbulos unidos. Más tarde, en el puerto, pudo tomarse la revancha cuando un grupo grande de turistas la tomó por alguna famosa, por una actriz, supuso ella. Le habían dicho que se parecía a Catherine Deneuve. Sacaron tarjetas y papeles y ella las firmó con su nuevo nombre: Claire Perrigny. Puso Claire Perrigny una y otra vez, volviéndose hacia él con ojos triunfantes y felices. Todo chirriaba y volaba a su alrededor: las gaviotas, el viento, los extranjeros que clamaban en una lengua desconocida algo que ella tomó por: «¡Su nombre! ¡Su nombre!».

«Creen que soy alguien famoso», exclamó a través de su espesa mata de cabello al viento. Y sonrió, y se aguantó la risa en connivencia, porque ella no era famosa en absoluto, tan solo una chica bonita que llevaba ocho días casada. Tenía la lengua negra de las moras que había comido en el mercado, unas moras que no conocía hasta que Philippe le dijo cuáles eran. Sonrió con los dientes manchados, mientras intentaba agarrarse entre las rodillas la falda que se le levantaba. Una mezcla de compasión, orgullo, ternura, celos y una aguda sensación de pena y asco fue lo que él sintió como contrapartida. Vio el aspecto que había tenido su primera mujer antes de que él la hubiera conocido, cuando ella aún era joven y estaba enamorada.

(1965)

Juan José Arreola - El rinoceronte

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Juan José Arreola - El rinoceronte


El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embravecido y cegato, en arranque total de filósofo positivista. Nunca da en el blanco, pero queda siempre satisfecho de su fuerza. Abre luego sus válvulas de escape y bufa a todo vapor.

(Cargados con armadura excesiva, los rinocerontes en celo se entregan en el claro del bosque a un torneo desprovisto de gracia y destreza, en el que sólo cuenta la calidad medieval del encontronazo.)

Ya en cautiverio, el rinoceronte es una bestia melancólica y oxidada. Su cuerpo de muchas piezas ha sido armado en los derrumbaderos de la prehistoria, con láminas de cuero troqueladas bajo la presión de los niveles geológicos. Pero en un momento especial de la mañana, el rinoceronte nos sorprende: de sus ijares enjutos y resecos, como agua que sale de la hendidura rocosa, brota el gran órgano de vida torrencial y potente, repitiendo en la punta los motivos cornudos de la cabeza animal, con variaciones de orquídea, de azagaya y alabarda.

Hagamos entonces homenaje a la bestia endurecida y abstrusa, porque ha dado lugar a una leyenda hermosa. Aunque parezca imposible, este atleta rudimentario es el padre espiritual de la criatura poética que desarrolla en los tapices de la Dama, el tema del Unicornio caballeroso y galante.

Vencido por una virgen prudente, el rinoceronte carnal se transfigura, abandona su empuje y se agacela, se acierva y se arrodilla. Y el cuerno obtuso de agresión masculina se vuelve ante la doncella una esbelta endecha de marfil.