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3 sep. 2019
Vladimir Nabokov - Música
El vestíbulo rebosaba de abrigos de ambos sexos; desde el salón se oía el rápido desgranar de una serie de notas de piano. El reflejo de Víctor en el espejo se estiró el nudo de una corbata que no era sino reflejo de la de Víctor. Alzándose para llegar a la percha, la doncella colgó su abrigo, que inmediatamente se desprendió del perchero, llevándose a otros dos consigo en su caída, por lo que la doncella tuvo que empezar la operación de nuevo.
De puntillas, Víctor llegó al salón, y en ese momento la música se hizo más potente y ruidosa. Al piano estaba Wolf, un invitado poco frecuente en esa casa. El resto, unas treinta personas en total, escuchaba en una gran variedad de actitudes, algunos con la barbilla apoyada en la mano, otros fumando y exhalando el humo hacia el techo mientras la incierta iluminación concedía a su inmovilidad una cualidad vagamente pintoresca. Desde lejos, la señora de la casa le indicó un asiento vacío a Víctor con una sonrisa elocuente, una butaca con respaldo de rejilla que estaba casi a la sombra del piano de cola. Él respondió con gestos, como si quisiera pasar desapercibido, está bien, está bien, estoy bien de pie; pero al final empezó a moverse en la dirección indicada, se sentó con cautela y con la misma cautela se cruzó de brazos. La esposa del pianista, con la boca medio abierta y sin dejar de parpadear, se dispone a pasar la página; ya la ha pasado. Una selva negra de notas en crescendo, una colina, un vacío, luego un grupo separado de trapecistas que inician el vuelo. Wolf tiene unas pestañas largas, rubias: sus orejas translúcidas muestran un delicado tono rojizo; toca las notas con velocidad y rigor extraordinarios y, en las profundidades lacadas de la tapa abierta del teclado del piano, se deja ver la réplica de sus manos ocupadas en un remedo intrincado, fantasmal, incluso vagamente circense.
Para Victor, cualquier música que le resultara desconocida, y toda la que conocía se reducía a una docena de melodías convencionales, se asemejaba al parloteo de una conversación en una lengua extranjera: tratas en vano de definir al menos los límites de las palabras, pero todo resbala y se entremezcla, de forma que el oído rezagado empieza a aburrirse. Victor intentó concentrarse en la música pero muy pronto se sorprendió a sí mismo observando las manos de Wolf y sus reflejos espectrales. Cuando la música se convertía en un trueno insistente el cuello del pianista se hinchaba, sus dedos abiertos entraban en tensión y emitía una especie de débil gruñido. En un momento dado, su esposa se le adelantó; él detuvo la página con un golpe seco de su palma izquierda abierta y luego, a increíble velocidad, la pasó de un manotazo y al instante siguiente ambas manos atacaban ya de nuevo el sumiso teclado. Victor hizo un estudio detallado del hombre: nariz puntiaguda, párpados saltones, una cicatriz en el cuello, herencia de un grano, pelusa rubia a guisa de pelo, espaldas amplias bajo la americana negra. Por un momento Victor trató de prestar atención de nuevo a la música, pero apenas se hubo fijado en ella su atención empezó a dispersarse.
Lentamente abandonó su lugar junto al piano, sacó su pitillera y empezó a examinar a los otros invitados.
Entre los rostros extraños descubrió a algún conocido -el gordinflón de Kocharovsky, tan buena persona… ¿debería saludarle? Le saludó, pero erró el gesto porque fue otro conocido suyo, Shmakov, el que le devolvió el saludo: yo creía que se había marchado de Berlín, a París, se lo tendré que preguntar. En un diván, flanqueado por dos damas ancianas, estaba Anna Samoylovna, tan pelirroja y corpulenta, medio reclinada con los ojos entreabiertos mientras que su marido, un otorrino-laringólogo, se sentaba apoyando el codo en el brazo de la silla. ¿Qué es ese objeto reluciente con el que juega su mano libre? Ah, sí, unas lentes con una cinta chejoviana. Más allá, con un hombro en la sombra, un hombre barbudo y jorobado conocido por su amor a la música escuchaba con máxima atención, con el índice apoyado en la mejilla. Victor nunca se acordaba de su nombre ni de su apellido. ¿Boris? No, no era Boris. ¿Borisovich? Tampoco. Más rostros. Me pregunto si estarán aquí los Haruzins. Sí, allí están. No me ven. Y al momento siguiente, justo detrás de ellos, Victor vio a su ex mujer.
Al punto agachó la cabeza, dando golpecitos al cigarrillo para tirar la ceniza que no había tenido todavía tiempo de formarse. Desde algún lugar de su interior surgió su corazón como un puño dispuesto a lanzar un buen derechazo pero se retiró, luego volvió a golpear para a continuación empezar a latir desordenada y velozmente, en contrapunto al ritmo de la música y ahogándola. Sin saber dónde mirar, observó de refilón al pianista pero sin oír una sola nota. Parecía como si Wolf estuviera tocando en un teclado silencioso. Victor sintió tal angustia en el pecho que tuvo que estirarse y respirar a fondo: luego, y como si retornara desde algún lugar distante, luchando por encontrar su hueco, la música volvió a la vida y el corazón reanudó sus latidos con un ritmo más regular.
Se habían separado hacía dos años, en otra ciudad, donde el mar tronaba por las noches y donde habían vivido desde su boda. Sin atreverse todavía a alzar la vista, trató de rechazar el ruido y la avalancha del pasado con pensamientos triviales; por ejemplo, que ella debía de haberle visto hacía unos minutos cuando, con pasos titubeantes y de puntillas, había atravesado toda la habitación para llegar a su asiento. Era como si alguien le hubiera sorprendido desnudo o comprometido en una ocupación estúpida; y mientras recordaba cómo en su inocencia se había deslizado y precipitado bajo su mirada (¿hostil?, ¿burlona?, ¿curiosa?), se interrumpió para considerar si su anfitriona u otra persona en la habitación sería consciente de la situación, y cómo había llegado ella hasta allí, y si habría venido sola o con su nuevo marido, y qué debía hacer él; ¿quedarse como estaba o ponerse a mirarla? No, mirarla era todavía imposible; antes tenía que acostumbrarse a su presencia en aquel salón que aunque grande era al tiempo limitado, porque la música les había puesto cerco y se había convertido para ellos en una suerte de prisión en la que ambos estaban destinados a permanecer cautivos hasta que el pianista acabase de construir y mantener sus bóvedas de ruido. ¿Qué había tenido tiempo de ver en aquella breve ráfaga en que sus ojos se encontraron hacía un minuto?
Tan poco: sus ojos huidizos, sus pálidas mejillas, un mechón de pelo negro, y también, como si fuera una actriz secundaria, creía haber distinguido una serie de perlas o algo parecido rodeando su cuello. ¡Tan poco! Y sin embargo, aquel esbozo descuidado, aquella imagen truncada ya, era su mujer, y aquella fusión momentánea de resplandor y sombras la constituía desde aquel momento en el único ser que llevaba su nombre. ¡Qué lejano parecía todo!
Se había enamorado perdidamente de ella una noche de bochorno, bajo un cielo desmayado, en la terraza del pabellón de tenis, y, un mes más tarde, en su noche de bodas, llovió tanto que el ruido del agua les impedía escuchar el mar. Qué felicidad fue aquélla. Felicidad -qué palabra tan húmeda, tan similar a una lengua que te lame el cuerpo chapoteando sin cesar, qué palabra tan viva, tan dócil, que sonríe y que llora por sí misma. Y la mañana siguiente: aquellas hojas relucientes en el jardín, aquel mar casi silencioso, aquel mar lánguido, lechoso, plateado.
Tenía que hacer algo con la colilla del cigarrillo.
Volvió la cabeza y de nuevo el corazón le dejó de latir. Alguien se había movido y su mujer había desaparecido casi por completo tras aquel extraño, que sacaba un pañuelo tan blanco como la muerte; pero el brazo de aquel extraño se movía de nuevo y ella reaparecería, en un segundo reaparecería ante su vista.
No, no soporto mirar. Hay un cenicero en el piano.
La barrera de sonidos seguía su curso, potente, impenetrable.
Las manos espectrales en sus profundidades de laca seguían con sus contorsiones habituales.
«Seremos felices para siempre», ¡qué melodía, qué resplandor trémulo en aquellas palabras!
Ella era toda como de terciopelo y uno no quería sino abrazarla como abrazaría. a un potrillo con las piernas dobladas. Abrazarla, envolverla. ¿Y luego, qué? ¿Qué había que hacer para poseerla por completo? Amo tu hígado, tus ríñones, tu sangre. Y ella le contestaba:
«No seas desagradable». No vivían con gran lujo, pero tampoco eran pobres, e iban a nadar al mar en cualquier época del año. Las medusas, arrojadas por el mar a la playa de guijarros, temblaban con el viento. Las rocas de Crimea brillaban con la espuma. En una ocasión vieron a unos pescadores que se llevaban el cuerpo de un ahogado; sus pies descalzos sobresalían por debajo de la manta y parecían sorprendidos. Por las noches solía hacer chocolate caliente.
Volvió a mirar. Ahora estaba sentada con los ojos bajos, las piernas cruzadas, y la barbilla apoyada en los nudillos: era muy musical, Wolf debía de estar tocando una pieza famosa, hermosa. No podré dormir en varias noches, pensó Victor mientras contemplaba su cuello blanco y el suave ángulo de su rodilla. Llevaba un ligero vestido negro, que le resultaba desconocido, y su collar atrapaba la luz en sus cuentas. No, no podré dormir, y tendré que dejar de venir aquí. Todo ha sido en vano: dos años luchando, esforzándome y cuando ya casi había alcanzado cierta paz mental… y ahora tengo que volver a empezar de nuevo, tratar de olvidarlo todo, todo lo que ya estaba casi olvidado, y además, por si fuera poco, aún me queda toda esta noche. Y de repente le pareció que ella le miraba furtivamente, y volvió la cara.
La música debía estar tocando a su fin. Cuando llegan esas cuerdas violentas, jadeantes, suele significar que el final está cerca. Otra palabra misteriosa, final …
El desgarro final, la inminencia del fin… El trueno que desgarra el cielo, las nubes de polvo que anuncian tragedia. Con la llegada de la primavera se volvió como insensible. Hablaba como sin mover los labios. Él preguntaba:
«¿Qué te ocurre?».
«Nada. Nada en particular.» A veces se le quedaba mirando fijamente con ojos escrutadores, con una expresión enigmática.
«¿Qué ocurre?» «Nada.» Al caer la noche estaba como muerta. No podías hacer nada por ella, porque, aunque era una mujer pequeña, delgada, se volvía pesada y torpe, como si estuviera hecha de piedra. «¿No me vas a decir por fin qué te ocurre?» Y así durante un mes.
Entonces, una mañana, sí, fue la mañana de su cumpleaños, dijo sencillamente, como si hablara de algo sin importancia: «Separémosnos durante un tiempo. No podemos seguir así». La niña del vecino irrumpió en la habitación a enseñarnos su gatito (el único superviviente de una camada que se había ahogado).
«Vete, vete, ven más tarde.» La niña se fue. Se hizo un silencio, largo.
Después de un rato, lenta, silenciosamente, él empezó a frotarse las manos, a preparar sus puños, deseaba romperla por completo, dislocarle todas las articulaciones con crujidos violentos. Ella empezó a llorar. Entonces él se sentó a la mesa y pretendió leer el periódico. Ella salió al jardín, pero volvió pronto. «No puedo mantenerlo en secreto por más tiempo. Tengo que contártelo todo.» Y con una especie de asombro raro ante sus propias palabras, como si estuviera hablando de otra mujer y se extrañara de lo que ésta contaba y además invitándole a que compartiera su extrañeza, ella se lo contó todo, todo, con pelos y señales. El hombre en cuestión era un tipo fornido, modesto, reservado; solía ir a jugar una partida de whist con ellos y le gustaba hablar de pozos artesianos. La primera vez fue en el parque, luego en su casa.
El resto era muy vago. Caminé por la playa hasta que cayó la noche. Sí, parece que la música se acaba.
Cuando le abofeteé en el muelle, me dijo: «Esto lo pagará caro», cogió su gorra del suelo y se fue. No me despedí de ella. Qué estúpido fui al querer matarla.
Vive, sigue viviendo. Vive como vives ahora, en este preciso momento, sentada ahí para siempre. Vamos, mírame, te lo imploro, por favor, mírame. Te perdonaré todo, porque de algún modo, todos vamos a morir algún día, y entonces nos enteraremos de todo, y todo será perdonado -así que ¿por qué dilatar el perdón? Mírame, mírame, vuelve hacia mí tus ojos, mis ojos, mis queridos ojos. No. Se acabó.
Los últimos acordes, poderosos, complejos, otro más, y ya no queda sino el último pero cuando completó el acorde, con el que la música parecía haber entregado su alma definitivamente, el pianista apuntó y, con precisión felina, tocó una nota, una sola, sencilla, separada del resto, una nota dorada. El muro de música se disolvió. Aplauso. Wolf decía: «Hace mucho tiempo que no tocaba esta pieza». La esposa de Wolf decía:
«Hace mucho tiempo, sabe usted, que mi marido no tocaba esta pieza». El otorrino se acercó a Wolf, lo acorraló, lo apuntaló contra su tripa para decirle:
«¡Maravilloso! Siempre he defendido que es lo mejor que escribió nunca. Creo que al final usted moderniza el colorido de los sonidos un poco demasiado. No sé si me explico pero, verá usted…».
Victor miraba hacia la puerta. Allí, una dama morena, delgada con una sonrisa de desamparo se despedía de la anfitriona, que no hacía sino repetir sorprendida: «No se lo acepto, ahora todos vamos a tomar el té, y luego vamos a escuchar a un cantante». Pero ella seguía sonriendo indefensa mientras se abría camino hasta la puerta, y Victor se dio cuenta de que la música que antes le había parecido una estrecha cárcel donde, aprisionados por el fragor de los sonidos, se habían visto obligados a permanecer frente a frente a unos centímetros de distancia, en realidad había constituido una felicidad increíble, una cúpula mágica de cristal que le había abrazado y aprisionado en su seno junto con ella, que le había dado la oportunidad de respirar el mismo aire que ella respiraba; y ahora todo aquello se había roto en mil fragmentos y estaba disperso, ella estaba a punto de desaparecer por la puerta, Wolf había cerrado el piano, y aquel cautiverio encantador había desaparecido para siempre.
Ella se fue. Nadie pareció darse cuenta de nada. Le saludó un hombre llamado Boke que le dijo en tono amable: «No he parado de mirarle. ¡Vaya reacción la suya a la música! Sabe, parecía tan aburrido que me ha dado lástima. No puedo creer que la música le resulte totalmente indiferente».
- No, no estaba aburrido -contestó Victor con torpeza-.
Sencillamente, carezco de oído, y soy mal juez para la música. Por cierto ¿qué tocaba?
- Lo que usted prefiera -dijo Boke con el susurro de preocupación de un intruso-. El lamento de la doncella o quizás La sonata a Kreutzer . Elija.
En Cuentos completos
Traducción: María Lozano
5 ago. 2019
Fedor Dostoiewski - Un sueño de Raskolnikof
Raskolnikof tuvo un sueño horrible. Volvió a verse en el pueblo donde vivió con su familia cuando era niño. Tiene siete años y pasea con su padre por los alrededores de la pequeña población, ya en pleno campo. Está nublado, el calor es bochornoso, el paisaje es exactamente igual al que él conserva en la memoria. Es más, su sueño le muestra detalles que ya había olvidado. El panorama del pueblo se ofrece enteramente a la vista. Ni un solo árbol, ni siquiera un sauce blanco en los contornos. Únicamente a lo lejos, en el horizonte, en los confines del cielo, por decirlo así, se ve la mancha oscura de un bosque. A unos cuantos pasos del último jardín de la población hay una taberna, una gran taberna que impresionaba desagradablemente al niño, e incluso lo atemorizaba, cuando pasaba ante ella con su padre. Estaba siempre llena de clientes que vociferaban, reían, se insultaban, cantaban horriblemente, con voces desgarradas, y llegaban muchas veces a las manos. En las cercanías de la taberna vagaban siempre hombres borrachos de caras espantosas. Cuando el niño los veía, se apretaba convulsivamente contra su padre y temblaba de pies a cabeza. No lejos de allí pasaba un estrecho camino eternamente polvoriento. ¡Qué negro era aquel polvo! El camino era tortuoso y, a unos trescientos pasos de la taberna, se desviaba hacia la derecha y contorneaba el cementerio. En medio del cementerio se alzaba una iglesia de piedra, de cúpula verde. El niño la visitaba dos veces al año en compañía de su padre y de su madre para oír la misa que se celebraba por el descanso de su abuela, muerta hacía ya mucho tiempo y a la que no había conocido. La familia llevaba siempre, en un plato envuelto con una servilleta, el pastel de los muertos, sobre el que había una cruz formada con pasas. Raskolnikof adoraba esta iglesia, sus viejas imágenes desprovistas de adornos, y también a su viejo sacerdote de cabeza temblorosa. Cerca de la lápida de su abuela había una pequeña tumba, la de su hermano menor, muerto a los seis meses y delque no podía acordarse porque no lo había conocido. Si sabía que había tenido un hermano era porque se lo habían dicho. Y cada vez que iba al cementerio, se santiguaba piadosamente ante la pequeña tumba, se inclinaba con respeto y la besaba. Y ahora he aquí el sueño. Va con su padre por el camino que conduce al cementerio. Pasan por delante de la taberna. Sin soltar la mano de su padre, dirige una mirada de horror al establecimiento. Ve una multitud de burguesas endomingadas, campesinas con sus maridos, y toda clase degente del pueblo. Todos están ebrios; todos cantan. Ante la puerta hay un raro vehículo, una de esas enormes carretas de las que suelen tirar robustos caballos y que se utilizan para el transporte de barriles de vino y toda clase de mercancías. Raskolnikof se deleitaba contemplando estas hermosas bestias de largas crines y recias patas, que, con paso mesurado y natural y sin fatiga alguna arrastraban verdaderas montañas de carga. Incluso se diría que andaban más fácilmente enganchados a estos enormes vehículos que libres. Pero ahora -cosa extraña- la pesada carreta tiene entre sus varas un caballejo de una delgadez lastimosa, uno de esos rocines de aldeano que él ha visto muchas veces arrastrando grandes carretadas de madera o de heno y que los mujiks desloman a golpes, llegando a pegarles incluso en la boca y en los ojos cuando los pobres animales se esfuerzan en vano por sacar al vehículo de un atolladero. Este espectáculo llenaba de lágrimas sus ojos cuando era niño y lo presenciaba desde la ventana de su casa, de la que su madre se apresuraba a retirarlo. De pronto se oye gran algazara en la taberna, de donde se ve salir, entre cantos y gritos, un grupo de corpulentos mujiks embriagados, luciendo camisas rojas y azules, con la balalaika en la mano y la casaca colgada descuidadamente en el hombro.
-¡Subid, subid todos! -grita un hombre todavía joven, de grueso cuello, cara mofletuda y tez de un rojo de zanahoria-. Os llevaré a todos. ¡Subid!
Estas palabras provocan exclamaciones y risas.
-¿Creéis que podrá con nosotros ese esmirriado rocín?
-¿Has perdido la cabeza, Mikolka? ¡Enganchar una bestezuela así a semejante carreta!
-¿No os parece, amigos, que ese caballejo tiene lo menos veinte años?
-¡Subid! ¡Os llevaré a todos! -vuelve a gritar Mikolka.
Y es el primero que sube a la carreta. Coge las riendas y su corpachón se instala en el pescante.
-El caballo bayo -dice a grandes voces- se lo llevó hace poco Mathiev, y esta bestezuela es una verdadera pesadilla para mí. Me gusta pegarle, palabra de honor. No se gana el pienso que se come. ¡Hala, subid! lo haré galopar, os aseguro que lo haré galopar.
Empuña el látigo y se dispone, con evidente placer, a fustigar al animalito.
-Ya lo oís: dice que lo hará galopar. ¡Ánimo y arriba! -exclamó una voz burlona entre la multitud.
-¿Galopar? Hace lo menos diez meses que este animal no ha galopado.
-Por lo menos, os llevará a buena marcha.
-¡No lo compadezcáis, amigos! ¡Coged cada uno un látigo! ¡Eso, buenos latigazos es lo que necesita esta calamidad!
Todos suben a la carreta de Mikolka entre bromas y risas. Ya hay seis arriba, y todavía queda espacio libre. En vista de ello, hacen subir a una campesina de cara rubicunda, con muchos bordados en el vestido y muchas cuentas de colores en el tocado. No cesa de partir y comer avellanas entre risas burlonas.
La muchedumbre que rodea a la carreta ríe también. Y, verdaderamente, ¿cómo no reírse ante la idea de que tan escuálido animal pueda llevar al galope semejante carga? Dos de los jóvenes que están en la carreta se proveen de látigos para ayudar a Mikolka. Se oye el grito de U ¡Arre! y el caballo tira con todas sus fuerzas. Pero no sólo no consigue galopar, sino que apenas logra avanzar al paso. Patalea, gime, encorva el lomo bajo la granizada de latigazos. Las risas redoblan en la carreta y entre la multitud que la ve partir.
Mikolka se enfurece y se ensaña en la pobre bestia, obstinado en verla galopar.
-¡Dejadme subir también a mí, hermanos! -grita un joven, seducido por el alegre espectáculo.
-¡Sube! ¡Subid! -grita Mikolka -. ¡Nos llevará a todos! Yo le obligaré a fuerza de golpes... ¡Latigazos! ¡Buenos latigazos!
La rabia le ciega hasta el punto de que ya ni siquiera sabe con qué pegarle para hacerle más daño.
-Papá, papaíto -exclama Rodia-. ¿Por qué hacen eso? ¿Por qué martirizan a ese pobre caballito?
-Vámonos, vámonos -responde el padre-. Están borrachos... Así se divierten, los muy imbéciles... Vámonos..., no mires...
E intenta llevárselo. Pero el niño se desprende de su mano y, fuera de si, corre hacia la carreta. El pobre animal está ya exhausto. Se detiene, jadeante; luego empieza a tirar nuevamente... Está a punto de caer
-¡Pegadle hasta matarlo! -ruge Mikolka -. ¡Eso es lo que hay que hacer! ¡Yo os ayudo!
-¡Tú no eres cristiano: eres un demonio! -grita un viejo entre la multitud.
Y otra voz añade:
-¿Dónde se ha visto enganchar a un animalito así a una carreta como ésa?
-¡Lo vas a matar! -vocifera un tercero.
-¡Id al diablo! El animal es mío y puedo hacer con él lo que me dé la gana. ¡Subid, subid todos! ¡He de hacerlo galopar!
De súbito, un coro de carcajadas ahoga la voz de Mikolka. El animal, aunque medio muerto por la lluvia de golpes, ha perdido la paciencia y ha empezado a cocear. Hasta el viejo, sin poder contenerse, participa de la alegría general. En verdad, la cosa no es para menos: ¡dar coces un caballo que apenas se sostiene sobre sus patas...!
Dos mozos se destacan de la masa de espectadores, empuñan cada uno un látigo y empiezan a golpear al pobre animal, uno por laderecha y otro por la izquierda.
-Pegadle en el hocico, en los ojos, ¡dadle fuerte en los ojos! -vocifera Mikolka.
-¡Cantemos una canción, camaradas! -dice una voz en la carreta-. El estribillo tenéis que repetirlo todos
Los mujiks entonan una canción grosera acompañados por un tamboril. El estribillo se silba. La campesina sigue partiendo avellanas y riendo con sorna.
Rodia se acerca al caballo y se coloca delante de él. Así puede ver cómo le pegan en los ojos..., ¡en los ojos...! Llora. El corazón se le contrae. Ruedan sus lágrimas. Uno de los verdugos le roza la cara con el látigo. Él ni siquiera se da cuenta. Se retuerce las manos, grita, corre hacia el viejo de barba blanca, que sacude la cabeza y parece condenar el espectáculo. Una mujer lo coge de la mano y se lo quiere llevar. Pero él se escapa y vuelve al lado del caballo, que, aunque ha llegado al límite de sus fuerzas, intenta aún cocear.
-¡El diablo te lleve! -vocifera Mikolka, ciego de ira.
Arroja el látigo, se inclina y coge del fondo de la carreta un grueso palo. Sosteniéndolo con las dos manos por un extremo, lo levanta penosamente sobre el lomo de la víctima.
-¡Lo vas a matar! -grita uno de los espectadores.
-Seguro que lo mata -dice otro.
-¿Acaso no es mío? -ruge Mikolka.Y golpea al animal con todas sus fuerzas. Se oye un ruido seco.
-¡Sigue! ¡Sigue! ¿Qué esperas? -gritan varias voces entre la multitud.
Mikolka vuelve a levantar el palo y descarga un segundo golpe en el lomo de la pobre bestia. El animal se contrae; su cuarto trasero se hunde bajo la violencia del golpe; después da un salto y empieza a tirar con todo el resto de sus fuerzas. Su propósito es huir del martirio, pero por todas partes encuentra los látigos de sus seis verdugos. El palo se levanta de nuevo y cae por tercera vez, luego por cuarta, de un modo regular. Mikolka se enfurece al ver que no ha podido acabar con el caballo de un solo golpe.
-¡Es duro de pelar! -exclama uno de los espectadores.
-Ya veréis como cae, amigos: ha llegado su última hora -dice otro de los curiosos.
-¡Coge un hacha! -sugiere un tercero-. ¡Hay que acabar de una vez!
-¡No decís más que tonterías! -brama Mikolka-. ¡Dejadme pasar!
Arroja el palo, se inclina, busca de nuevo en el fondo de la carreta y, cuando se pone derecho, se ve en sus manos una barra de hierro.
-¡Cuidado! -exclama.
Y, con todas sus fuerzas, asesta un tremendo golpe al desdichado animal. El caballo se tambalea, se abate, intenta tirar con un último esfuerzo, pero la barra de hierro vuelve a caer pesadamente sobre su espinazo. El animal se desploma como si le hubieran cortado las cuatro patas de un solo tajo.
-¡Acabemos con él! -ruge Mikolka como un loco, saltando de la carreta.
Varios jóvenes, tan borrachos y congestionados como él, se arman de lo primero que encuentran -látigos, palos, estacas- y se arrojan sobre el caballejo agonizante. Mikolka, de pie junto a la víctima, no cesa de golpearla con la barra. El animalito alarga el cuello, exhala un profundo resoplido y muere.
-¡Ya está! -dice una voz entre la multitud.
-Se había empeñado en no galopar.
-¡Es mío! -exclama Mikolka con la barra en la mano, enrojecidos los ojos y como lamentándose de no tener otra victima a la que golpear.
-Desde luego, tú no crees en Dios -dicen algunos de los que han presenciado la escena.
El pobre niño está fuera de sí. Lanzando un grito, se abre paso entre la gente y se acerca al caballo muerto. Coge el hocico inmóvil y ensangrentado y lo besa; besa sus labios, sus ojos. Luego da un salto y corre hacia Mikolka blandiendo los puños. En este momento lo encuentra su padre, que lo estaba buscando, y se lo lleva.
-Ven, ven -le dice-. Vámonos a casa.
-Papá, ¿por qué han matado a ese pobre caballito? -gime Rodia. Alteradas por su entrecortada respiración, sus palabras salen como gritos roncos de su contraída garganta.
-Están borrachos -responde el padre-. Así se divierten. Pero vámonos: aquí no tenemos nada que hacer.
Rodia le rodea con sus brazos. Siente una opresión horrible en el pecho. Hace un esfuerzo por recobrar la respiración, intenta gritar... Se despierta.
Raskolnikof se despertó sudoroso: todo su cuerpo estaba húmedo, empapados sus cabellos. Se levantó horrorizado, jadeante...
-¡Bendito sea Dios! -exclamó-. No ha sido más que un sueño.
En Crimen y castigo
4 jul. 2019
Svetlana Alexievich - Monólogo acerca de lo que no sabíamos: que la muerte suele ser tan bella
Los primeros días, la cuestión principal era: «¿Quién tiene la culpa?». Necesitábamos un culpable.
Luego, cuando ya nos enteramos de más cosas, empezamos a pensar: «¿Qué hacer?», «¿Cómo salvarnos?». Y ahora, cuando ya nos hemos resignado a la idea de que la situación se prolongará no un año, ni dos, sino durante muchas generaciones, hemos emprendido mentalmente un regreso al pasado, retrocediendo una hoja tras otra.
Sucedió en la noche del viernes al sábado. Por la mañana, nadie sospechaba nada. Mandé al crío al colegio; el marido se fue a la peluquería. Y yo me puse a preparar la comida. Mi marido regresó pronto diciendo: «En la central se ha producido no sé qué incendio. Las órdenes son no apagar la radio».
He olvidado decir que vivíamos en Prípiat, junto al reactor. Hasta hoy tengo delante de mis ojos la imagen: un fulgor de un color frambuesa brillante; el reactor parecía iluminarse desde dentro. Una luz extraordinaria. No era un incendio como los demás, sino como una luz fulgurante. Era hermoso. Si olvidamos el resto, era muy hermoso. No había visto nada parecido en el cine, ni comparable. Al anochecer, la gente se asomaba en masa a los balcones. Y los que no tenían, se iban a casa de los amigos y conocidos. Vivíamos en un noveno piso, con una vista espléndida. En línea recta habría unos tres kilómetros. La gente sacaba a los niños, los levantaba en brazos. «¡Mira! ¡Recuerda esto!». Y fíjese que eran personas que trabajaban en el reactor. Ingenieros, obreros. Hasta había profesores de física. Envueltos en aquel polvo negro. Charlando. Respirando. Disfrutando del espectáculo.
Algunos venían desde decenas de kilómetros en coches, en bicicleta, para ver aquello. No sabíamos que la muerte podía ser tan bella. Y yo no diría que no oliera. No era un olor de primavera, ni de otoño, sino de algo completamente diferente, tampoco olor a tierra. No. Picaba la garganta, y los ojos lloraban solos. No dormí en toda la noche, oía las pisadas de los vecinos de arriba, que tampoco dormían. Arrastraban algo, daban golpes, es probable que empaquetaran sus cosas. Pegaban con cola las rendijas de las ventanas. Yo ahogaba el dolor de cabeza con Citramon.
Por la mañana, cuando amaneció, miré a mi alrededor —no es algo que me invente ahora o que lo pensara después— y fue entonces cuando supe que algo no iba bien, que la situación había cambiado. Para siempre. A las ocho de la mañana, por las calles ya circulaban militares con máscaras antigás.
Cuando vimos a los soldados y los vehículos militares por las calles, no nos asustamos, sino al contrario, recobramos la calma. Si el ejército ha venido en nuestra ayuda, todo será normal. En nuestra cabeza aún no cabía que el átomo de uso pacífico pudiera matar. Que toda la ciudad había podido no haberse despertado aquella noche. Alguien reía bajo las ventanas, sonaba la música.
Después del mediodía, por la radio anunciaron que la gente se preparara para la evacuación: que nos sacarían de la ciudad para tres días, que lo lavarían todo y harían sus comprobaciones. A los niños les mandaron que se llevaran sin falta los libros. Mi marido, a pesar de todo, guardó en la cartera los documentos y nuestras fotos de boda. Yo, en cambio, lo único que me llevé fue un pañuelo de gasa por si hacía mal tiempo.
Desde los primeros días sentimos sobre nuestra piel que nosotros, la gente de Chernóbil, éramos unos apestados. Nos tenían miedo. El autobús en que nos evacuaron se detuvo durante la noche en una aldea. La gente dormía en el suelo en la escuela, en el club. No había dónde meterse. Y una mujer nos invitó a ir a su casa. «Vengan, que les haré una cama. Pobre niño». Y otra mujer, que se encontraba a su lado, la apartaba de nosotros: «¡Te has vuelto loca! ¡Están contaminados!».
Cuando ya nos trasladamos a Moguiliov y nuestro hijo fue a la escuela, al primer día regresó corriendo a casa llorando. Lo sentaron junto a una niña, y la muchacha no quería estar a su lado, porque era radiactivo, como si por sentarse a su lado se pudiera morir. El chico estudiaba en la cuarta clase, donde resultó ser el único de Chernóbil. Todos le tenían miedo y lo llamaban «luciérnaga»…, «erizo de Chernóbil»… Me asusté al ver qué pronto se le había acabado al chico la niñez.
Nosotros abandonábamos Prípiat y a nuestro encuentro avanzaban columnas militares. Carros blindados. Y allí sí que tuve miedo. No entendía nada y sentía miedo. Aunque no me abandonaba una sensación, la impresión de que todo aquello no me ocurría a mí sino a otra gente. Una sensación extraña. Yo lloraba, buscaba comida, dónde pasar la noche, abrazaba y calmaba a mi hijo, pero en mi interior, no era ni siquiera una idea, sino la constante impresión de ser una espectadora. De mirar a través de un cristal. Y veía a alguien distinto.
Solo en Kíev nos entregaron el primer dinero; pero no se podía comprar nada con él: centenares de miles de personas en movimiento ya lo habían comprado y consumido todo. Mucha gente tuvo infartos, ataques; allí mismo en las estaciones, en los autobuses.
A mí me salvó mi madre. En su larga existencia, mi madre había perdido su hogar en más de una ocasión, quedándose sin nada de lo que había conseguido en su vida. La primera vez, la represaliaron en los años treinta, se lo quitaron todo: la vaca, el caballo, la casa. La segunda vez fue un incendio: solo logró salvarme a mí, entonces una niña.
—Hay que sobreponerse a esto —me calmaba—. Lo importante es que hemos sobrevivido.
Recuerdo que íbamos en el autobús. Llorando. Y un hombre en el asiento delantero reñía a grandes voces a su mujer:
—¡Serás idiota! ¡Todo el mundo se ha llevado al menos alguna cosa, y tú y yo acarreando botes vacíos de tres litros!
La mujer decidió que, ya que viajábamos en autobús, por el camino le llevaría a su madre los botes vacíos para la salazón. Llevaban a su lado unas enormes redes panzudas, contra las que tropezábamos a cada rato. Y con aquellos botes de vidrio viajaron hasta Kíev.
Yo canto en el coro de la iglesia. Leo los Evangelios. Voy a la iglesia porque solo allí hablan de la vida eterna y reconfortan a la gente. En ninguna otra parte escucharás palabras de consuelo, y tienes tantas ganas de escucharlas. Cuando viajábamos camino de la evacuación, si por el camino aparecía una iglesia, todos se dirigían hacia el templo. No había modo de abrirse paso. Ateos, comunistas, todos iban.
A menudo sueño que mi hijo y yo vamos por las soleadas calles de Prípiat. Un lugar que hoy es ya una ciudad fantasma. Vamos y contemplamos las rosas; en Prípiat había muchas rosas; grandes parterres con rosas. Ha sido un sueño. Toda nuestra vida es ya un sueño. Era entonces tan joven. Mi hijo era pequeño. Amaba.
Ha pasado el tiempo, todo se ha convertido en un recuerdo. Pero aún me veo como una espectadora.
NADEZHDA PETROVNA VIGÓVSKAYA,
evacuada de la ciudad de Prípiat
En Voces de Chernobyl
1 jul. 2019
Fiódor Dostoyevski - El niño de la mano extendida
Los niños son muy extraños; ocupan mis sueños y mis pensamientos. En los días previos a la Navidad y en la misma Nochebuena me encontré, en la esquina de cierta calle, con un muchacho que no podía tener más de siete años. A pesar del frío terrible, vestía prendas casi veraniegas, pero lucía una especie de harapo anudado al cuello, señal de que alguien lo había equipado antes de salir a la calle. Llevaba la mano extendida, término técnico que hace referencia a la mendicidad. Es un término acuñado por esos mismos muchachos. Hay muchos como el chiquillo de quien me ocupo, se interponen en vuestro camino y gimen alguna frase aprendida de memoria; pero éste no gemía, hablaba con cierta inocencia y falta de costumbre y me miraba a los ojos lleno de confianza; en resumidas cuentas, acababa de iniciarse en la profesión. En respuesta a mis preguntas me dijo que tenía una hermana enferma y sin trabajo; puede que fuera verdad, pero más tarde me enteré de que esos muchachos forman verdaderas hordas; los sacan a pedir limosna incluso en lo más crudo del invierno y, si no llevan nada, seguramente les espera algún golpe. Una vez que ha reunido unos cuantos kopeks, el muchacho regresa, con las manos rojas y entumecidas, a algún sótano, donde vive, en medio de continuas borracheras, una pandilla de holgazanes, de esos tipos que «habiendo salido del trabajo la víspera del domingo, no vuelven a sus puestos antes del miércoles por la tarde». Allí, en esos sótanos, se emborrachan con sus mujeres hambrientas y maltratadas; allí lloran, no menos hambrientos, los niños de pecho. Vodka, suciedad, depravación; pero sobre todo vodka. Con los kopeks que tiene en la mano, envían inmediatamente al muchacho a la taberna para que traiga más aguardiente. A veces, para divertirse, le dan un trago también a él y se ríen a carcajadas cuando el muchacho, con la respiración entrecortada, cae al suelo casi sin conocimiento,
y sin piedad me vertían en la boca
su abominable vodka…
Cuando crezca, se lo quitarán de encima cuanto antes, enviándolo a alguna fábrica, pero estará obligado a entregar todo lo que gane a esos holgazanes, que volverán a gastárselo en bebida. Pero ya antes de llegar a la fábrica esos niños se han convertido en auténticos delincuentes. Vagan por la ciudad y conocen lugares, en todos esos sótanos, en los que pueden deslizarse y pasar la noche sin que nadie repare en su presencia. Uno de ellos pasó varias noches seguidas en el cesto de una portería sin que el portero se diera cuenta. Ni que decir tiene que acaban convirtiéndose en ladronzuelos. El robo se convierte en una pasión incluso en niños de ocho años, a veces sin que se den la menor cuenta de que están cometiendo un acto delictivo. Al final acaban soportándolo todo —el hambre, el frío, los golpes— con tal de seguir gozando de libertad, y no tardan en huir de los holgazanes para llevar una vida vagabunda por su cuenta y riesgo. Esas criaturas salvajes a veces no saben nada, ni dónde viven, ni cuál es su patria; ni conocen la existencia de Dios o del soberano. Se cuentan de ellos tales cosas que cuesta creerlas, y sin embargo son hechos contrastados.
30 jun. 2019
Vladimir Maiakovski - Mamá y el crepúsculo asesinado por los alemanes
Por negras calles blancas madres
se alargan convulsas, como bajo luz de lápida,
llorando por aquellos que gritaron sobre el enemigo
vencido:
“¡Ay, cierren, cierren los ojos de los periódicos!”
Carta.
¡Mamá, más alto!
Humo.
Humo.
¡Humo aún!
¿Qué me murmura, mamá?
Vea
¡todo el aire está inundado
por las piedras arrancadas por la metralla!
¡Ma-má-a-á!
Ahora arrastraron al crepúsculo herido
Aguantó mucho,
romo,
rugoso,
y de pronto—
vencidos sus poderosos hombros—
rompió en llanto, el pobre, en brazos de Varsovia.
Las estrellas con sus pañuelos de algodón azul
berreaban:
“¡Muerto,
querido,
querido mío!”
Y el ojo de la luna nueva miraba espantado
el puño muerto con los cartuchos vacíos.
Corrieron a ver los pueblos lituanos
cómo, besando los trenzados barrotes,
con lágrimas de los dorados ojos de las iglesias,
los dedos de las calles fracturaba Kovna.
Y el crepúsculo gritaba,
sin piernas,
sin brazos:
¡No es verdad,
yo puedo aún,
eh:
Agarrando el ritmo de la ardiente mazurca
puedo desternillarme mi pardo bigote!
Campana.
¿Qué
mamá?
Blanca, blanca como bajo luz de lápida,
¡Déjelo!
Acerca de él,
del muerto, un telegrama.
“¡Ay, cierren,
cierren los ojos de los periódicos!”
24 jun. 2019
Anna Ajmátova - Canción del último encuentro
Mi pecho se enfriaba sin remedio,
pero seguía mi camino con paso ligero.
(Me puse en mi mano derecha
el guante de la mano izquierda).
Creí bajar muchos escalones
¡aunque sabía que sólo eran tres!
Bajo el susurro otoñal de los arces
me dijo: «¡Muere conmigo!
Me engañó mi melancólica
Veleidosa y perversa suerte».
Le dije: «Descuida, querido,
también yo moriré contigo…».
Esta es la canción del último encuentro.
Lancé una mirada hacia la casa a oscuras:
en el cuarto ardían
cansinas, amarillas, las velas.
Tsárskoye Seló, 29 de septiembre de 1911
Marina Tsvietáieva - La verdad de los poetas
Así es también la verdad de los poetas; la más invencible, la más inaprehensible, la más indemostrable y convincente. Una verdad que vive en nosotros sólo un primer instante de la percepción (¿qué cosa fue?) y permanece solamente en nosotros, como la huella de una luz o de una pérdida (¿acaso fue verdaderamente?). Una verdad irresponsable y sin consecuencias; una verdad que — ¡por Dios! — ni siquiera es necesario intentar seguir, ya que incluso para los poetas no tiene retorno. (La verdad del poeta es un camino en el que las huellas se van cubriendo de vegetación. No habría huellas, incluso para él, si él pudiera ir detrás de sí mismo). No sabe qué dirá, y con frecuencia tampoco sabe qué dice. No lo sabe hasta que lo ha dicho, y lo olvida en cuanto lo ha dicho. No es una de las innumerables verdades, sino uno de sus innumerables aspectos, que se destruyen mutuamente cuando son confrontados. Aspectos de la verdad que sólo se realizan una vez. Sencillamente — una inyección en el corazón de la Eternidad. El medio: la confrontación de las dos palabras más simples, que se colocan una al lado de la otra precisamente de este modo. (Algunas veces - ¡divididas por un solo guión!).
Hay candados que se abren únicamente con una cierta combinación de cifras; si la conocemos, abrirlos es sencillísimo, pero si no la conocemos, es un milagro o una casualidad. Un milagro-casualidad como el que le sucedió a mi hijo de seis años cuando abrió sin ninguna dificultad la cadenita que llevaba colgada al cuello y eso hizo que se llenara de miedo. ¿Conoce o no el poeta la combinación de las cifras? (En el caso del poeta —debido a que el mundo entero está bajo candado y hay que abrirlo todo— cada vez es una cosa distinta, cada poesía es un candado, y bajo cada candado hay una verdad, cada vez distinta —única e irrepetible— como el candado mismo). ¿Conoce el poeta todas las combinaciones de cifras?Mi madre tenía un don — en plena noche podía poner a tiempo el reloj cuando éste se había parado. En respuesta a su —en lugar del tictac— silencio, por el que probablemente se había despertado, movía las manecillas en la oscuridad, sin ver. En la mañana el reloj indicaba eso, precisamente esa hora absoluta que nunca consiguió el desdichado monarca[88] que contemplaba tantos cuadrantes contradictorios y escuchaba tantos sonidos encontrados.
El reloj indicaba eso.
¿Una coincidencia? Si se repite una y otra vez en la vida del hombre es el destino, en el mundo de los fenómenos — la ley. Esa era una ley de su mano. La ley del saber de su mano.
No es: «Mi madre tenía un don», sino: «Su mano tenía un don» — la verdad.
No por juego, como mi hijo; no con seguridad, como el propietario de un candado; no con augurios, como ese supuesto matemático — sino a ciegas y proféticamente — obedeciendo sólo a la mano (que — a su vez — ¿a qué obedece?) — así es como el poeta abre el candado.
Sólo le falta el gesto: seguridad — en sí mismo y en su candado. El gesto del propietario del candado. El poeta no es dueño de ningún candado, por eso los abre todos. Y por eso, al abrirlos la primera vez sin ninguna dificultad, es incapaz de abrirlos una segunda vez. Porque no es el propietario, es sólo quien transmite el secreto
17 may. 2019
Anton Chéjov - Los extraviados
Es un lugar de veraneo. La oscuridad, completa; el campanario de la iglesia marca la una de la noche. Cosiaokin y Lapkin, ambos algo titubeantes, pero de muy buen humor, salen del bosque y se dirigen hacia las casitas.
—¡Gracias a Dios que hemos llegado! —dice Cosiaokin—; es una hazaña venir andando los cinco kilómetros desde la estación, y en nuestro estado. Me encuentro rendido..., y como si fuera hecho expresamente, no hay ni un solo coche.
—¡Amigo Pedro! No puedo más...; si dentro de cinco minutos no estoy en la cama me muero...
—¡En la cama! ¡Ni pensarlo! Cenaremos, beberemos una botella de vino tinto, y luego a dormir. No te permitiremos ni Verotchka ni yo que te acuestes antes. ¡No sabes tú, amigo mío, la felicidad que experimenta uno con estar casado! Tú no la comprendes; tú tienes un alma de solterón. Mira: ahora llegaré yo extenuado, rendido...; mi mujercita saldrá a recibirme; la comida estará preparada, el té listo... Para compensarme de mi labor dirigirá sobre mí sus ojitos negros con tanta afabilidad y cariño que lo olvidaré todo: mi cansancio, el robo con fractura, el Tribunal de casación, la Sala de la Audiencia... ¡Una gloria! ¡Una delicia!
—Es que no puedo tirar más de mi cuerpo; mis piernas se doblan. ¡Tengo una sed!...
—Nada; ya hemos llegado; henos en casa.
Los amigos se acercan a una de las casitas y se detienen frente a la ventana.
—Es una casita bonita —dice Cosiaokin—; mañana verás qué hermosas vistas tiene. Pero las ventanas están oscuras... Verotchka se habrá cansado de esperar, y se habrá acostado; no duerme, se hallará inquieta por mi tardanza (empuja la ventana con su bastón y la abre); pero qué valiente es: se acuesta sin cerrar la ventana.
Se quita el abrigo y lo echa dentro de la estancia, hace lo propio con su carpeta.
—¡Qué calor! Vamos a entonar una canción; la haremos reír. (Canta.) ¡Canta, Aliocha! Verotchka, ¿quieres oír la serenata de Schubert? (Canta, pero hace un gallo y tose.) ¡Verotchka, dile a María que abra la puerta! (Pausa.) Verotchka, no seas perezosa; levántate. (Sube por encima de una piedra y se asoma por la ventana.) Verotchka, rosita mía, angelito, mujercita mía incomparable. ¡Anda, levántate! ¡Dile a María que abra! ¡Bien sé que no duermes, gatita mía! No podemos soportar más bromas; estamos tan cansados que ya no tenemos fuerzas. Hemos llegado a pie desde la estación; ¿pero me oyes, o no?... (Intenta escalar la ventana, pero cae.) ¡Qué demonio! Ves; nuestro huésped está molesto. Noto que todavía eres una niña que no piensa más que en jugar...
—Escucha; tal vez tu esposa duerme de veras —dice Lapkin.
—¡No duerme; quiere que arme ruido; que despierte el vecindario! ¡Oye, Verotchka, me voy a enfadar! ¡Verás! ¡Qué diablo! Ayúdame, Aliocha, para que pueda subirme... Verotchka, no eres más que una chiquilla malcriada, una traviesa... ¡Amigo mío, empújame!...
Lapkin, jadeante, empuja a Cosiaokin; al fin éste alcanza la ventana, franquéala y desaparece en las tinieblas.
—¡Vera! —se oye al cabo de un rato—. ¿Dónde estás? ¡Demonio! Me he ensuciado la mano con algo. ¡Qué asco!
Estalla un bullicio, un aleteo y el cacareo desesperado de una gallina.
—¡Caramba! Escucha, Laef. ¿De dónde nos vienen estas gallinas? Pero, qué demonio; si hay una infinidad de ellas... ¡Y un cesto con una pava!... ¡Me ha picado la maldita!
Por la ventana salen volando las gallinas, y prorrumpiendo en chillidos agudos se precipitan a la calle.
—¡Aliocha, nos hemos equivocado!... —grita Cosiaokin con voz llorosa—. Aquí no hay más que gallinas. Por lo visto nos hemos extraviado... Pero malditas, ¿por qué no se están quietas?
—¡Sal pronto! ¿Qué haces? ¿No sabes tú que estoy muerto de sed?...
—Ahora mismo... Deja que encuentre el abrigo y la carpeta...
—¿Por qué no enciendes un fósforo?
—Es que están en el abrigo... ¡Quién demonio me habrá traído aquí!... Todas estas casas son iguales. Ni el diablo mismo las distinguiría en la oscuridad. ¡Oh! ¡La pava me dio un picotazo en la mejilla! ¡Maldita!
—¡Pero sal pronto, si no van a creer que estamos robando gallinas!
—Ahora mismo me es imposible dar con el abrigo. Hay tanto trapajo por el suelo que no puedo orientarme. Lánzame tus fósforos...
—Es que no los tengo.
—¡Estamos frescos! ¡No hay que decir!... ¡Valiente situación!... ¿Qué hago?... Yo no puedo, sin embargo, abandonar el abrigo y la carpeta. Necesito buscarlos.
—¡No concibo cómo es posible no reconocer su propia casa! —replica Laef, indignado—. ¡Cosa de borracho!... ¡En mala hora vine contigo!... De ir solo, me hallaría ya en casa. Dormiría... en lugar de padecer aquí... ¡Estoy rendido!... ¡No puedo más!... ¡Siento vértigos!
—En seguida, en seguida; no te apures; no te morirás por esto.
Por encima de la cabeza de Laef pasa un gran gallo. Lapkin suspira desconsoladamente y se sienta en una piedra. Sus entrañas arden de sed, sus ojos se cierran, su cabeza tambalea... Pasan cinco minutos, diez, veinte... Cosiaokin está siempre enredado con las gallinas.
—¡Pedro! ¿Cuándo vienes?
—Ahora mismo. ¡Ya encontré la carpeta; pero volví a extraviarla!...
Lapkin apoya su cabeza en sus puños y cierra los ojos... Los cacareos aumentan... Las moradoras de la extraña vivienda salen volando y le parece que dan vueltas alrededor de su cabeza, como lechuzas... Le zumban los oídos y el terror se apodera de su alma... «¡Qué bestia! —piensa—. Me convidó, me prometió obsequiarme con vino y leche, y en vez de esto me obliga a venir aquí a pie y escuchar estas gallinas...» Lapkin está indignado; hunde la barba en el cuello, coloca la cabeza sobre su carpeta y se tranquiliza poco a poco... Vencido por el cansancio, empieza a dormirse.
—¡He encontrado la carpeta! —oye la exclamación de Cosiaokin triunfante—. No me falta sino encontrar el abrigo, y ¡a casa!
Pero en este momento se oyen ladridos de un perro, y de otro, y de un tercero... El ladrar de los perros acompañado del cacareo de gallinas forman una música salvaje. Un desconocido se acerca a Lapkin y le pregunta algo...; le parece que alguien pasa sobre él para saltar por la ventana...; gritan, pegan porrazos...; una mujer con delantal encarnado y un farol en la mano lo interroga...
—¡No tiene usted derecho a insultarme! —dice desde dentro Cosiaokin—. ¡Soy funcionario de la Audiencia! Aquí tiene usted mi tarjeta.
—¿Para qué quiero yo su tarjeta? —respondió una voz ronca—. Usted me ha dispersado las gallinas, pisoteado los huevos...; admiro su obra...; los pavitos tenían que salir del cascarón un día de estos, y usted los ha aplastado...; ¡qué me importa a mí su tarjeta!
—¿Usted se atreve a detenerme? ¡Eso yo no lo admitiré jamás!
«¡Qué sed tengo!...», piensa Lapkin esforzándose por abrir los ojos y sintiendo que otra vez alguien pasa por encima de él y sale por la ventana...
—¡Soy Cosiaokin; mi casa está al lado! ¡Todo el mundo me conoce!...
—¡No conocemos a ningún Cosiaokin!
—¿Qué me cuenta usted? ¡Que llamen al alcalde; él me conoce!
—¡No se acalore usted! Ahora mismo vendrá la policía; conocemos a todos los veraneantes del lugar; a usted no lo hemos visto nunca.
—Todos me conocen; cinco años ha, sin interrupción, que veraneo en los Grili-Viselki.
—¡Caramba!; pero esto no son los Grili-Viselki; esto, es Hilovo...; los Viselki están a la derecha, detrás de la fábrica de fósforos, a cuatro kilómetros de aquí.
—¡Que el demonio me lleve!... ¡Entonces he tomado otro camino!...
Los gritos humanos, el cacareo y los ladridos se confunden en una zarabanda por entre la cual de vez en cuando se oyen las exclamaciones de Cosiaokin: «¡Usted no tiene derecho...» «Me las pagará...» «Ya sabrá usted con quién trata!...» Por fin las vociferaciones se apaciguan, y Lapkin siente que le sacuden el hombro para despertarlo...
En Selección de cuentos
Traducción: Víctor Gallego
Imagen: © Bettmann/CORBIS
12 may. 2019
Antón Chéjov - Simples mortales
Afirma usted que los escritores son el pueblo elegido de Dios. No lo discuto. Scheglov me llama el Potiomkin de la literatura y por tanto no me corresponde hablar de un camino sembrado de espinas, de desilusiones, etc. No sé si he sufrido más que los zapateros remendones, los matemáticos o los vigilantes del ferrocarril; no sé quién habla por mi boca, si un dios o alguien bastante peor. Sólo me permito constatar un leve inconveniente que he experimentado y que sin duda también usted conoce por experiencia. Se trata de lo siguiente: a usted y a mí nos gustan las personas comunes; nosotros, en cambio, nos apreciamos porque vemos en nosotros hombres extraordinarios.
A mí, por ejemplo, me invitan a todas partes, me dan de comer y de beber como si fuese un general; a mi hermana le indigna que no paren de invitarla simplemente porque es la hermana de un escritor. Nadie quiere apreciar en nosotros al hombre común, de donde se desprende que si mañana no fuésemos más que simples mortales a ojos de los buenos conocedores, todos dejarían de apreciarnos y nos compadecerían. Y eso no está bien. Tampoco está bien que aprecien en nosotros lo que a menudo nosotros mismos no apreciamos ni estimamos.
(A Alekséi Suvorin, Moscú, 27 de octubre de 1888).
24 abr. 2019
Anton Chejov - El arte no debe resolver los problemas
A veces profeso la
herejía, pero aún no he llegado al extremo de renegar por completo de los
problemas del arte. En mis conversaciones con mis colegas escritores insisto
siempre en el hecho de que no corresponde al artista resolver problemas
específicos. Un artista no debe ocuparse de cosas que no comprende. Para los
problemas especiales existen entre nosotros especialistas; a ellos corresponde
juzgar las comunidades rurales, las suertes del capital, los daños del
alcoholismo, las botas, las enfermedades femeninas… El artista, por su parte,
sólo debe juzgar lo que comprende; su campo es limitado, como el de cualquier
otro especialista: es algo que repito y sobre lo que insisto siempre. Sólo
quien no ha escrito nunca y no se ha ocupado nunca de las imágenes puede decir
que en su esfera no hay problemas, sólo respuestas. El artista observa, elige,
intuye, asocia; ya de por sí esos actos presuponen, en principio, un problema;
si desde el inicio uno no se plantea un problema, no tiene nada que intuir ni
que elegir. […]
Tiene usted razón
cuando exige del artista la conciencia de la propia labor, pero confunde usted
dos conceptos: la solución del problema y su planteamiento justo. Para el
artista sólo esto último es obligatorio. En Anna Karénina y en Onieguin no se
resuelve ningún problema; ahora bien, esas obras son plenamente satisfactorias
porque en ellas todas las cuestiones están planteadas justamente. Un tribunal
tiene la obligación de hacer preguntas; luego deciden los miembros del jurado,
cada uno según su parecer.
(A Alekséi Suvorin,
Moscú, 27 de octubre de 1888)
En Sin trama y sin final, 99 consejos para escritores
17 abr. 2019
Antón Chéjov - Consejos a un escritor
A Alexéi M. Peshkov (Máximo Gorki). Yalta, 3 de diciembre de 1898
Me pregunta cuál es mi opinión sobre sus cuentos. ¿Qué opinión tengo? Un talento indudable, y además un verdadero y gran talento. Por ejemplo, en el cuento "En la estepa crece" con una fuerza inhabitual, e incluso me invade la envidia de no haberlo escrito yo. Usted es un artista, una persona sabia. Siente a la perfección. Es plástico, es decir, cuando representa algo, lo observa y lo palpa con las manos. Eso es arte auténtico. Esa es mi opinión y estoy muy contento de poder expresársela. Yo, repito, estoy muy contento, y si nos hubiésemos conocido y hablado en otro momento, se hubiese convencido del alto aprecio que le tengo y de qué esperanzas albergo en su talento.
¿Hablar ahora de los defectos? No es tan fácil. Hablar sobre los defectos del talento es como hablar sobre los defectos de un gran árbol que crece en un jardín. El caso es que la imagen esencial no se obtiene del árbol en sí, sino del gusto de quien lo mira. ¿No es así?
Comenzaré diciéndole que, en mi opinión, usted no tiene contención. Es como un espectador en el teatro que expresa su entusiasmo de forma tan incontinente que le impide escuchar a los demás y a sí mismo. Especialmente esta incontinencia se nota en las descripciones de la naturaleza con las que mantiene un diálogo; cuando se leen, se desea que fueran compactas, en dos o tres líneas. Las frecuentes menciones del placer, los susurros, el ambiente aterciopelado y demás, añaden a estas descripciones cierta retórica y monotonía, y enfrían, casi cansan. La falta de continencia se siente en la descripción de las mujeres ("Malva", "En las balsas") y en las escenas de amor. Eso no es oscilación y amplitud del pincel, sino exactamente falta de continencia verbal. Después es frecuente la utilización de palabras inadecuadas en cuentos de su tipo. Acompañamiento, disco, armonía: esas palabras molestan. [...] En las representaciones de gente instruida se nota cierta tensión, como si fuera precaución; y esto no porque usted haya observado poco a la gente instruida, usted la conoce, pero no sabe exactamente desde qué lado acercarse a ella. ¿Cuántos años tiene usted? No lo conozco, no sé de dónde es ni quién es, pero tengo la impresión de que aún es joven. Debería dejar Nizhni [Nizhni-Novgorod] y durante dos o tres años vivir, por así decirlo, alrededor de la literatura y los círculos literarios; esto no para que nuestra generación le enseñe algo, sino más bien para que se acostumbre, y siente definitivamente la cabeza con la literatura y se encariñe a ella. En las provincias se envejece pronto. Korolenko, Potapenko, Mamin [Mamin-Sibiriak], Ertel, son personas excelentes; en un primer momento, quizás le resulte a usted aburrido estar con ellos, pero después, tras dos años, se acostumbrará y los valorará como merecen, y su compañía le servirá para soportar la desagradable e incómoda vida de la capital.
A Mijail P. Chéjov, Taganrog, 6 y 8 de abril de 1879
Haces bien en leer libros. Acostúmbrate a leer. Con el tiempo, valorarás esa costumbre. ¿La señora Beecher Stow [novelista norteamericana, autora de La cabaña del tío Tom] te ha arrancado unas lágrimas? La leí hace tiempo y he vuelto a leerla hace unos seis meses con un fin científico, y después de la lectura sentí la sensación desagradable que sienten los mortales que comen uvas pasas en exceso... Lee los siguientes libros: Don Quijote (completo, en siete u ocho partes). Es bueno. Las obras de Cervantes se encuentran a la altura de las de Shakespeare. Aconsejo a los hermanos que lean, si aún no lo han hecho, Don Quijote y Hamlet, de Turguéniev. Tú, hermano, no lo entenderás. Si quieres leer un viaje que no sea aburrido, lee La fragata Palas, de Goncharov.
A Dmitri V. Grigoróvich, Moscú, 28 de marzo de 1886
Su carta, mi querido y buen bienhechor, me ha impactado como un rayo. Me conmovió y casi rompo a llorar. Ahora pienso que ha dejado una profunda huella en mi alma. [...]
Todas las personas cercanas a mí siempre han menospreciado mi actividad de escritor y no han cesado de aconsejarme amistosamente que no cambiara mi ocupación actual por la de escritor. Tengo en Moscú cientos de conocidos, entre ellos dos decenas que escriben, y no puedo recordar ni a uno sólo que haya visto en mí a un artista. En Moscú existe el llamado “círculo literario”. Talentos y mediocridades de cualquier pelaje y edad se reúnen una vez por semana en el reservado de un restaurante y dan rienda suelta a sus lenguas. Si fuera allí y les leyera una parte de su carta, se reirían de mí. Tras cinco años de deambular por los periódicos he logrado compenetrarme con esa opinión general de mi insignificancia literaria. En seguida me acostumbré a mirar mis trabajos con indulgencia y a escribir de manera trivial. Esa es la primera razón. La segunda es que soy médico y siento una gran pasión por la medicina de modo que el proverbio sobre las dos liebres [“El que sigue dos liebres, tal vez cace una, y muchas veces, ninguna”] nunca quitó tanto el sueño a nadie como a mí. Le escribo todo esto sólo para justificar un poco ante usted mi gran pecado. Hasta ahora he mantenido, respecto a mi labor literaria, una actitud superficial, negligente y gratuita. No recuerdo ni un solo cuento mío en el que haya trabajado más de un día. "El cazador", que a usted le gusta, lo escribí en una casa de baños. He escrito mis cuentos como los reporteros que informan de un incendio: mecánicamente, medio inconsciente, sin preocuparme para nada del lector ni de mí mismo... He escrito intentando no desperdiciar en un cuento las imágenes y los cuadros que quiero y que, sabe Dios por qué, he guardado y escondido con mucho cuidado. [...]
Disculpe la comparación, pero ha actuado en mí como la orden gubernamental de “abandonar la ciudad en 24 horas”, esto es, de pronto he sentido la imperiosa necesidad de darme prisa, de salir lo antes posible del lugar donde me hallo empantanado... Estoy de acuerdo en todo con usted. El cinismo que me señala, lo sentí al ver publicado "La bruja". Si hubiera escrito ese cuento no en un día, sino en tres o cuatro, no lo tendría... Me libraré de los trabajos urgentes, pero me llevará tiempo... No es posible abandonar el carril en el que me encuentro. No me importa pasar hambre, como ya pasé antes, pero no se trata de mí. Dedico a escribir mis horas de ocio, dos o tres por día y un poco de la noche, esto es, un tiempo apenas suficiente para pequeños trabajos. En verano, cuando tenga más tiempo libre y menos obligaciones, me ocuparé de asuntos serios.
No puedo poner mi verdadero nombre en el libro, porque ya es tarde: la viñeta ya está preparada y el libro, impreso. Mucha gente de Petersburgo me ha aconsejado, antes que usted, no echar a perder el libro con un pseudónimo, pero no les he hecho caso, probablemente por amor propio. No me gusta nada mi libro [Cuentos abigarrados se publicó bajo el pseudónimo de Antosha Chejonté]. Es una vinagreta, un batiburrillo de trabajos estudiantiles, desplumados por la censura y por los editores de las publicaciones humorísticas. Creo que, después de leerlo, muchos se sentirán decepcionados. Si hubiera sabido que usted me lee y sigue mis pasos, no lo habría publicado. La esperanza está en el futuro. Sólo tengo 26 años. Quizás me dé tiempo a hacer algo, aunque el tiempo pasa deprisa. Le pido disculpas por esta carta tan larga. [...] Con profundo y sincero respeto y agradecimiento.
3 abr. 2019
Antón Chéjov - La muerte de un funcionario
Una agradable velada, el no menos agradable ujier Iván Dmítrich Cherviakov estaba sentado en la segunda fila de butacas y miraba con sus gemelos el espectáculo La campana de Corneville, sintiéndose en la cumbre de la felicidad. Pero de pronto… En los relatos se encuentra a menudo este «de pronto». Y los autores tienen razón. ¡La vida está llena de imprevistos! Pero de pronto su rostro se cubrió de arrugas, los ojos empezaron a darle vueltas, contuvo la respiración…, apartó los gemelos de los ojos, se inclinó y… ¡Atchís! Estornudó, como veis. En ninguna parte se le prohíbe a nadie que estornude. Estornudan tanto los mujiks como los comisarios de policía y a veces incluso los consejeros privados. Todos estornudan. Cherviakov no se turbó lo más mínimo, se limpió con el pañuelo y, como persona educada que era, miró a su alrededor. ¿No habría molestado a alguien con su estornudo? Y entonces fue cuando se quedó turbado. Vio cómo un viejecito, sentado delante de él, en la primera fila de butacas, se secaba afanosamente con un guante la calva y el cuello, al tiempo que farfullaba algunas palabras. En aquel viejecito Cherviakov reconoció al alto funcionario Brizzhálov, que ostentaba el grado de general y trabajaba en el Ministerio de Comunicaciones
«¡Le he salpicado! —pensó Cherviakov—. No es mi jefe, trabajo en un departamento ajeno, pero de todos modos es una situación embarazosa. Debo disculparme.»
Cherviakov tosió, inclinó el cuerpo hacia delante y murmuró al oído del general:
—Perdone, excelencia, le he salpicado… Fue sin querer…
—No importa, no importa…
—¡Por el amor de Dios, perdóneme! ¡Ha sido sin querer!
—¡Ah, basta ya, por favor! ¡Déjeme escuchar!
Cherviakov se azoró, esbozó una sonrisa estúpida y se puso a mirar el escenario, pero ya no le embargaba ninguna felicidad. Le atormentaba la inquietud. En el entreacto se aproximó a Brizzhálov y estuvo dando vueltas a su alrededor hasta que, venciendo su timidez, dio unos pasos y murmuró:
—Le he salpicado, excelencia… Perdone… Yo… No fue por…
—Ah, por favor. ¡Ya lo había olvidado y usted sigue con lo mismo! —dijo el general, moviendo con impaciencia el labio inferior.
«Dice que lo ha olvidado, pero se lee el resentimiento en sus ojos —pensó Cherviakov, mirando con recelo al general—. Ni siquiera quiere hablar del asunto. Debo explicarle que en absoluto pretendía… que es una ley de la naturaleza; tal vez se figure que tenía intención de escupirle. Ahora no lo piensa, pero con el tiempo puede llegar a esa conclusión…»
Una vez en casa, Cherviakov le contó a su mujer el desgraciado incidente. La mujer, según le pareció, acogió con demasiada ligereza lo ocurrido; en un principio se asustó, pero luego, cuando supo que Brizzhálov pertenecía a un departamento «ajeno», se tranquilizó.
—De todos modos ve a verlo y discúlpate —le dijo—. ¡Va a pensar que no sabes comportarte en público!
—¡De eso se trata! Me disculpé, pero él reaccionó de una forma extraña… No dijo nada en concreto. Y no había tiempo para conversar.
Al día siguiente Cherviakov se puso el uniforme nuevo, se cortó el pelo y fue a ver a Brizzhálov para explicarse… Al entrar en la sala de recepción del general vio allí a muchos solicitantes y, entre ellos, al general en persona, que había comenzado a escuchar las peticiones. Después de atender a varios de los presentes, el general alzó la mirada hacia Cherviakov.
—Ayer, en el Arcadia, si recuerda usted, excelencia —empezó a referir el ujier—, yo estornudé… con tan mala fortuna que le salpiqué… Perdóneme…
—¡Qué bobada!… ¡Por Dios! ¿Qué desea? —dijo el general, dirigiéndose al siguiente solicitante.
«¡No quiere ni oír hablar del tema! —pensó Cherviakov, palideciendo—. Eso significa que sigue enfadado… No, esto no puede quedar así… Se lo explicaré…»
Cuando el general terminó su conversación con el último solicitante y enfiló el camino de su despacho, Cherviakov dio unos pasos hacia él y murmuró:
—¡Excelencia! Si me atrevo a molestarle es movido por un sentimiento de arrepentimiento… No lo hice a propósito, ¡debe usted saberlo!
El general adoptó una expresión de desaliento y sacudió la mano con impaciencia.
—¡Se está usted burlando de mí, señor mío! —dijo, desapareciendo detrás de la puerta.
«¿De qué burla está hablando? —pensó Cherviakov—. ¡Esto no es ninguna burla! ¡Todo un general y no se entera! ¡En tal caso, no volveré a disculparme ante semejante fanfarrón! ¡Que se vaya al diablo! ¡Le escribiré una carta, pero no volveré a presentarme ante él! ¡Ya lo creo que no!»
Así pensaba Cherviakov mientras se dirigía a su casa. Pero no escribió la carta. Pasó largo tiempo meditando, pero no encontró el modo de redactarla. En consecuencia, decidió volver al despacho al día siguiente para explicarse.
—Ayer vine a molestar a su excelencia —murmuró cuando el general levantó hacia él unos ojos interrogantes— no para burlarme, como usted se dignó decir, sino para disculparme porque, al estornudar, le salpiqué… No tenía ninguna intención de burlarme. ¿Cómo iba a atreverme? Si lo hubiera hecho, significaría que no siento el menor respeto por las personas… Así es…
—¡Fuera-a! —gritó de pronto el general, temblando de pies a cabeza, mientras una tonalidad azulada se adueñaba de su cara.
—¿Qué? —preguntó Cherviakov en un susurro, paralizado de terror.
—¡Fuera-a! —repitió el general, pataleando.
Cherviakov sintió una especie de desgarro en el estómago. Sin ver ni oír nada, retrocedió hasta la puerta, salió a la calle y se alejó lentamente… Caminando como un autómata, llegó hasta su casa, se tumbó en el sofá sin quitarse el uniforme y… se murió.
20 nov. 2018
Marina Tsvietáieva - Qué puedo hacer, ciega e hijastra
¡Qué puedo hacer, ciega e hijastra
en un mundo donde cada uno es padre y vidente,
donde sobre anatemas pasa el espanto
como sobre terraplenes! Donde la gente
resfriado llama - ¡al llanto!
¡Qué puedo hacer - por decisión y providencia
cantora! - ¡Tal cable! ¡Bronceado! ¡Siberia!
¡Como por un puente - por mi alucinamiento!
Con su ligereza
en un mundo de pesos.
¡Primera y cantora, qué puedo
en un mundo donde lo más negro es - grisura!
¡Donde la inspiración en termos va metida!
¡¿Con esta desmesura
en un mundo de medidas?!
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