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2 sep. 2019
James Joyce - Recuerdo de los comediantes en un espejo a media noche
Sus bocas forman el lenguaje del amor. Rechinad
Los trece dientes
Con los que hacen muecas vuestras enjutas quijadas. Fustigad
Vuestro anhelo y vuestro apocamiento, desnudo deseo de la carne.
Vuestro aliento amoroso está rancio, sea hablado o cantado,
Tan agrio como resuello de gato,
Bronco de lengua.
Este gris que mira con descaro
No miente, escueta piel y huesos.
Que los grasientos labios abandonen su besuqueo. Nadie
La escogerá tal cual la veis para hocicarla.
Al horrible apetito ya le ha llegado su hora.
Arrancaos el corazón, sangre salobre, fruto de las lágrimas,
¡Arrancáoslo y devoradlo!
Seamus Heaney - Extraño fruto
He aquí la cabeza de la muchacha como exhumada calabaza.
De cara oval, piel de ciruela, y por dientes los huesos de ciruela.
Desenredaron el helecho húmedo de su cabello
Y exhibieron su rizo,
Dejando al aire su curtida belleza.
Cabeza de sebo, perecedero tesoro:
Su nariz rota, oscura como un terrón de turba,
Las cuencas de sus ojos vacías como estanques de las antiguas obras.
Diodoro Sículo confesó
Su progresiva calma ante cosas así:
Asesinada, olvidada, anónima, terrible
Muchacha decapitada, que al hacha planta cara
Y a la beatificación, que planta cara
A lo que había empezado a sentir como reverencia.
6 ago. 2019
Samuel Beckett - Sobresaltos
Sentado una noche a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Una noche o un día. Pues aunque apagada su luz no se quedaba a oscuras. Le venía entonces de la única alta ventana una apariencia de luz. Debajo de ella todavía el banco en el cual se subía a ver el cielo hasta ya no poder desearlo. Si no se asomaba para ver cómo era abajo era quizá porque la ventana no estaba hecha para abrirse o porque no podía o no quería abrirla. Quizá sabía perfectamente cómo era abajo y ya no deseaba verlo. Tan bien que permanecía simple y llanamente allí encima de la lejana tierra viendo a través del vidrio nublado el cielo sin nubes. Tenue luz invariable sin par en su memoria de días y noches de antaño en los que la noche venía puntualmente a relevar al día y el día a la noche. Única luz pues apagada la suya de ahora en adelante aquélla le llegaría del exterior hasta que a su vez se apagara dejándolo en la oscuridad. Hasta que él a su vez se apague.
Una noche pues o un día sentado a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Primero levantarse sin más pegado a la mesa. Luego volver a sentarse. Luego levantarse nuevamente pegado a la mesa nuevamente. Luego partir. Comenzar a partir. Con pies invisibles comenzar a partir. A pasos tan lentos que sólo el cambio de sitio lo probaba. Como cuando desaparecía mientras aparecía nuevamente en un nuevo sitio. Luego desaparecía nuevamente mientras aparecía más tarde en un nuevo sitio nuevamente. Así iba desapareciendo cada vez mientras aparecía luego nuevamente en un nuevo sitio nuevamente. Nuevo sitio en el lugar en el que sentado a su mesa con la cabeza en las manos. Mismo sitio y misma mesa que cuando Darly murió y lo abandonó. Que cuando otros a su vez antes y después. Hasta que él por fin a su vez. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo que volviera a desaparecer que ya no reapareciera. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando ver si sí o no. Si sí o no nuevamente solo sin esperar nada nuevamente.
Visto siempre por la espalda donde quiera que fuera. Mismo sombrero y mismo abrigo que en la época de la errancia. Tierra adentro. Ahora como alguien en un sitio desconocido en busca de la salida. En las tinieblas. A ciegas en las tinieblas del día o de la noche de un sitio desconocido en busca de la salida. De una salida. Hacia la errancia de antaño. Tierra adentro.
Un reloj lejano tocaba la hora y la media. El mismo que en la época en la que Darly entre otros murió y lo abandonó. Toquidos ya claros como llevados por el viento ya apenas en tiempo sereno. También gritos ya claros ya apenas. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo cuando tocaba la hora que ya nunca la medía. Igual que cuando tocaba la media. Igual cuando los gritos cejaban un momento. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando escuchar.
Hubo un tiempo en el que de tiempo en tiempo levantaba la cabeza suficientemente para ver las manos. Lo que de ellas había que ver. Una extendida en la mesa y sobre ella extendida la otra. En reposo después de todo lo que hicieron. Levantaba su finada cabeza para ver sus finadas manos. Luego la reposaba en ellas en reposo también ella. Después de todo lo que ella hizo.
Mismo sitio que aquél desde el cual cada día se iba a errar. Tierra adentro. Al que cada noche regresaba a dar vueltas en la sombra aunque pasajera de la noche. Ahora como desconocido al que vio levantarse y partir. Desaparecer y reaparecer de nuevo en un nuevo sitio. Desaparecer otra vez y aparecer otra vez en otro nuevo sitio. O en el mismo. Ningún índice de que no el mismo. Ninguna pared señal. Ninguna mesa señal. En el mismo sitio que en el que daba vueltas todo sitio como uno mismo. O en otro. Ningún índice de que no otro. Donde nunca. Levantarse y partir en el mismo sitio de siempre. Desaparecer y reaparecer en otro donde nunca. Ningún índice de que no otro donde jamás. Sólo los toquidos. Los gritos. Los mismos de siempre.
Luego tantos toquidos y gritos sin que hubiera reaparecido que quizá ya no reaparecería. Luego tantos gritos desde los últimos toquidos que quizá ya no habría. Luego tal silencio desde los últimos gritos que quizá ya no habría más. Como quizá el final. O quizá solamente un remanso. Luego todo como antes. Los toquidos y los gritos como antes y él como antes ya allí ya ausente ya allí nuevamente ya nuevamente ausente. Luego el remanso nuevamente. Luego nuevamente como antes. Así una y otra vez. Y paciencia esperando el único verdadero fin de las horas y de la pena tanto de sí como del otro es decir la suya.
Dos
Como alguien que posee toda su cabeza nuevamente fuera en fin sin saber cómo se había encontrado tan poco tiempo antes de preguntarse si poseía toda su cabeza. Pues de alguien que no posee toda su cabeza ¿se puede razonablemente afirmar que se lo pregunta y que además se encuentra bajo pena de incoherencia se obstina en este rompecabezas con todo lo que le queda de razón? Por lo tanto fue bajo la especie de un ser más o menos razonable como emergió por fin sin saber cómo en el mundo exterior y no había vivido más de seis o siete horas del reloj antes de comenzar a preguntarse si poseía toda su cabeza. Mismo reloj cuyos toquidos daban la hora y la media cuando en su reclusión y por lo tanto primero naturalmente para tranquilizarlo antes de ser finalmente una fuente de preocupación ya que no más claros ahora que cuando acallados en principio por sus cuatro paredes. Luego buscó consuelo pensando en quien al caer la noche se apresura hacia el ocaso para ver mejor a Venus y no encontró ninguno. Sucedía lo mismo con el único sonido diferente que anima su soledad el de los gritos mientras subsistía perdiendo sufrimiento a su mesa con la cabeza en las manos. Sucedía lo mismo con la procedencia de los toquidos y los gritos en tanto que tan ilocalizable al aire libre como normalmente desde el interior. Obstinándose en todo eso con todo lo que le quedaba de razón buscó consuelo pensando que su recuerdo del interior dejaba qué desear y no encontró ninguno. A su pena se agregaba su caminar silencioso como cuando descalzo recorría su suelo. Así todo oído de peor en peor hasta cejar hasta de escuchar de oír y ponerse a mirar a su alrededor. Resultado finalmente estaba en un prado lo cual por lo menos tenía la ventaja de explicar su caminar silencioso antes un poco más tarde como para excusarse de incrementar su turbación. Pues no tenía recuerdo de ningún prado desde cuyo corazón mismo no fuera visible algún límite desde el cual siempre a la vista algún lado un confín cualquiera como una cerca u otra forma de frontera que no debía franquearse. Circunstancia agravante al mirar de más cerca la hierba ésta no era de la que creía acordarse es decir verde y en la que pacían los diferentes herbívoros sino larga y de color grisáceo incluso blanca en partes. Luego buscó consuelo pensando que su recuerdo del exterior dejaba quizá qué desear y no encontró ninguno. Así todo ojos de peor en peor hasta cejar de ver de mirar alrededor de él o con atención y ponerse a pensar. Con ese fin a falta de una piedra sobre la cual sentarse como Walther y cruzar la pierna no encontró algo mejor que quedarse allí de pie inmóvil lo cual hizo después de dudarlo brevemente y por supuesto que inclinar la cabeza como alguien abismado en sus pensamientos lo cual hizo también después de dudarlo otra vez brevemente.
Pero pronto cansado de hurgar en esas ruinas retomó su paso a través de las largas pálidas hierbas resignado a ignorar dónde estaba y cómo llegó o a dónde iba y cómo regresar al sitio del cual ignoraba cómo había partido.
Así iba ignorando todo y con ningún fin a la vista. Ignorando todo y además sin deseo alguno de saber ni a decir verdad sin ninguno de ninguna clase y por consiguiente sin remordimientos tan sólo hubiera deseado que cesaran de una buena vez los toquidos y los gritos y lamentaba que no. Toquidos ya apenas ya claros como traídos por el viento pero no sopla nada y gritos ya claros ya apenas.
Tres
Así estaba antes de quedar inmóvil nuevamente cuando en sus oídos desde lo más profundo de sí oh cómo sería y aquí una palabra perdida terminar allí en donde nunca jamás. Luego largo silencio largo simplemente o tan largo que quizá ya nada y luego nuevamente desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería y aquí la palabra perdida allí donde nunca antes. En todo caso sea lo que sea lo que haya podido ser terminar y así una y otra vez acaso no estaba ya allí mismo en donde se encontraba inmóvil en el mismo sitio y doblado en dos y sin cesar en sus oídos desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería tal y así una y otra vez ¿no se encontraba ya si se da crédito a sus ojos allí donde nunca antes? Pues incluso alguien como él al encontrarse una vez en un sitio semejante ¿cómo no se hubiera estremecido al volverse a encontrar lo cual él no había hecho y habiéndose estremecido buscado consuelo pensando diciéndose que habiendo encontrado el medio de salir de ello entonces podía volverlo a encontrar para volver a salir una vez más lo cual tampoco había hecho? Allí entonces todo este tiempo en donde nunca antes y a dondequiera que buscara con los ojos ningún peligro o esperanza según el caso de salir alguna vez de allí. Era necesario pues como si nada persistiera ya en una dirección ya en otra o por el contrario ya no moverse según el caso es decir según esa palabra perdida que si resultaba negativa como desgraciado o malvenido por ejemplo entonces evidentemente a pesar de todo lo primero y en caso contrario evidentemente lo otro es decir ya no moverse. Como a título de ejemplo el lío en su mente supuestamente hasta ya nada desde lo más profundo que apenas de vez en vez oh terminar. Sin importar cómo sin importar dónde. Tiempo y pena y sí mismo por decir algo. Oh terminar todo.
17 abr. 2019
William Butler Yeats - Los cisnes salvajes de Coole
Los árboles son bellos en otoño,
las sendas de los bosques están secas;
bajo el crepúsculo de octubre, el agua
refleja un cielo inmóvil;
sobre el agua que brilla entre las piedras,
cincuenta y nueve cisnes.
Diecinueve otoños han pasado
desde que los conté por vez primera;
vi, antes de terminar
a todos ascender súbitamente
y dispersarse en grandes semicírculos
sobre sus clamorosas alas.
He admirado a estos seres espléndidos,
mas ahora me duele el corazón.
Todo ha cambiado desde que al ocaso
por vez primera oí en esta orilla
el tañer de sus alas sobre mí
y pasé con un paso más aleve.
Aún sin fatigarse, amante junto a amante,
chapotean en los helados
arroyos amigables o se elevan;
sus corazones no han envejecido;
pasiones o conquistas, donde vayan,
aún los acompañan.
Pero ahora vagan sobre el agua inmóvil,
misteriosos, hermosos;
¿en qué cañaveral harán su nido,
al borde de qué lago o de qué charca
deleitarán los ojos de los hombres
cuando despierte un día y vea que han volado?
En Poesía reunida
Traducción: Antonio Rivero Taravillo
The Wild Swans at Coole
The trees are in their autumn beauty,
The woodland paths are dry,
Under the October twilight the water
Mirrors a still sky;
Upon the brimming water among the stones
Are nine-and-fifty swans.
The nineteenth autumn has come upon me
Since I first made my count;
I saw, before I had well finished,
All suddenly mount
And scatter wheeling in great broken rings
Upon their clamorous wings.
I have looked upon those brilliant creatures,
And now my heart is sore.
All's changed since I, hearing at twilight,
The first time on this shore,
The bell-beat of their wings above my head,
Trod with a lighter tread.
Unwearied still, lover by lover,
They paddle in the cold
Companionable streams or climb the air;
Their hearts have not grown old;
Passion or conquest, wander where they will,
Attend upon them still.
But now they drift on the still water,
Mysterious, beautiful;
Among what rushes will they build,
By what lake's edge or pool
Delight men's eyes when I awake some day
To find they have flown away?
15 abr. 2019
Oscar Wilde - El poeta en los Infiernos
En los Infiernos, entre toda la excelente compañía que siempre se encuentra allí de amantes, hermosas damas, sabios, poetas y astrólogos, en medio del incesante movimiento de cuerpos condenados, revolviéndose y debatiéndose para librarse del tormento de sus almas, veíase a una mujer sentada aparte, sola y sonriente. Su ademán era el de quien escucha, levanta la cabeza y en lo alto los ojos, como si una voz de las alturas la atrajese.
—¿Quién es esa mujer? —inquirió un recién llegado, sorprendido por la extraña hermosura de su rostro y aquella mirada cuya expresión no alcanzaba a leer—. ¿Quién es esa mujer de suaves miembros marfileños y larga cabellera que la envuelve desde los brazos hasta las manos, inmóviles sobre el regazo? Es aquí la única alma cuyos ojos se hallan siempre fijos en lo alto. ¿Qué secreto es el que guarda allá arriba, en la alacena de Dios?
Apenas había acabado de hablar, cuando un hombre, que llevaba en la mano una corona de hojas mustias, apresuróse a contestarle:
—Dicen —replicó— que en un tiempo, sobre la tierra, era una gran cantante, con voz comparable a las estrellas que caen de un cielo claro. Así, cuando la hora de su condenación llegó, Dios la despojó de su voz, que lanzó a los ecos eternos de las esferas, juzgándola demasiado hermosa para dejarla morir. Ahora, ella la escucha con gratitud, y recordando que un día fuera suya comparte aún el deleite que Dios siente al oírla. No le hables, no le digas nada, pues se imagina que está en el cielo.
Pero apenas hubo acabado el hombre de la corona marchita, otro dijo:
—No, no es ésa su historia.
—¿Cuál es, entonces?
—La siguiente —explicó el segundo hombre, mientras el de la corona marchita se alejaba—: Una vez en la tierra, un poeta hizo un canto sobre ella, de manera que su nombre quedara eternamente asociado a sus versos, que aún suenan en los labios de los hombres. Y si ahora ella aguza el oído, es para oír sus alabanzas resonando doquiera se habla lengua humana. Ésta es su verdadera historia.
—¿Y el poeta? —preguntó el recién venido—. ¿Lo amó ella mucho?
—Tan poco —repuso el otro—, que se tropieza con él todos los días y ni aun le reconoce.
—¿Y él?
El otro se echó a reír y replicó:
—Él es quien acaba de contarle a usted ese cuento sobre la voz de ella, continuando aquí las mentiras que acostumbraba forjar sobre ella cuando estaban juntos en la tierra.
Pero el recién llegado dijo:
—Si es capaz de procurar alguna felicidad en el Infierno, ¿cómo puede ser mentira lo que dice?
13 abr. 2019
Seamus Heaney - Viendo visiones
I
Inishbofin un domingo por la mañana.
Luz del sol, turba humeante, gaviotas, embarcadero, diesel.
Uno por uno, nos hicieron descender
Hasta un barco que, asustadizo, se sumía
Y vacilaba y vacilaba. Nos sentamos pegaditos
En bancas cortas cruzadas, de dos en dos y tres en tres,
Nerviosos, dóciles, en cercanía reciente; nadie hablaba
Más que los barqueros, conforme se hundían las bordas
Amenazando con zarpar de un momento a otro.
El mar estaba en gran calma, y aun así,
Cuando la fuerza del motor hizo al barquero
Ladearse en busca de equilibrio y tomar la caña del timón,
Me horrorizó la rápida respuesta y pesadez
De la propia embarcación. La falta de garantía
—Ese fluir y flotar y navegar—
Me mantuvo agonizante. Todo el tiempo,
Al ir surcando llanamente por las aguas
Profundas, quietas, visibles a fondo,
Era como si estuviese mirando desde otro barco,
Surcando por los aires, allá arriba, percatándome
De la amplitud del viaje en la luz de la mañana,
Y el vano amor por estas cabezas al desnudo, inclinadas,
numeradas.
II
Claritas. La palabra latina de ojo seco
Es perfecta para la piedra labrada del agua
Donde Jesús se yergue sobre sus rodillas secas
Y Juan el Bautista le derrama aún más agua
Sobre la cabeza: todo esto, bajo el brillo solar
Que baña la fachada de una catedral. Líneas
Fuertes y delicadas y sinuosas representan
El caudal del río. Abajo, entre esas líneas,
Pececillos traviesos en movimiento. Nada más.
Sin embargo, con todo y esa visibilidad cabal,
Bulle en la piedra la vida de lo invisible:
Hierbas flotantes, granos de arena en carrera,
La ensombrecida corriente sin sombra.
El calor ondeó por los escalones toda la tarde
Y el aire que, de pie, teníamos enfrente, ondeaba
Por la vida como aquel jeroglífico zigzagueante.
III
Érase una vez que mi padre, sin ahogarse,
Llegó caminando hasta el patio. Había ido
A regar papas en un terreno a las márgenes del río,
Y no quiso llevarme. Según él, el rociador
Era demasiado grande y moderno, el desinfectante
Me haría daño a los ojos, el caballo estaba fresco,
Yo podría espantarlo, y demás. Me puse a arrojarle
Piedras a un pájaro desde el tejado del cobertizo,
Más que nada por el ruido que hacían al caer.
Pero cuando regresó, yo estaba adentro de la casa
Y lo vi por la ventana, los ojos desorbitados
Y llenos de temor, qué raro se veía sin su sombrero.
Perdido el rumbo; su espectralidad, inmanente.
Al dar la vuelta por las márgenes del río,
El caballo, aturdido, se había encabritado
Arrojando carreta, rociador, todo fuera de equilibrio,
Así que el aparejo entero cayó en un profundo
Remolino, cascos, cadenas, ejes, ruedas, barril
Y enseres, todo desplomábase del mundo,
Mientras el sombrero, feliz, se deslizaba ya
Por las corrientes más tranquilas. Esa tarde
Lo miré a los ojos, vino a mí desde aquel río,
Con las plantas húmedas,
Y no hubo nada entre ambos ahí que no pudiera
Seguir siendo feliz para siempre jamás.
En Seein Things
Versión de Pura López Colomé
Seeing Things
I
Inishbofin on a Sunday morning.
Sunlight, turfsmoke, seagulls, boatslip, diesel.
One by one we were being handed down
Into a boat that dipped and shilly-shallied
Scaresomely every time. We sat tight
On short cross-benches, in nervous twos and threes,
Obedient, newly close, nobody speaking
Except the boatmen, as the gunwales sank
And seemed they might ship water any minute.
The sea was very calm but even so,
When the engine kicked and our ferryman
Swayed for balance, reaching for the tiller,
I panicked at the shiftiness and heft
Of the craft itself. What guaranteed us –
That quick response and buoyancy and swim –
Kept me in agony. All the time
As we went sailing evenly across
The deep, still, seeable-down-into water,
It was as if I looked from another boat
Sailing through the air, far up, and could see
How riskily we fared into the morning,
And loved in vain our bare, bowed, numbered heads.
II
Claritas. The dry-eyed Latin word
Is perfect for the carved stone of the water
Where Jesus stands up to his unwet knees
And John the Baptist pours out more water
Over his head: all this in bright sunlight
On the facade of a cathedral. Lines
Hard and thin and sinuous represent
The flowing river. Down between the lines
Little antic fish are all go. Nothing else.
And yet in that utter visibility
The stone’s alive with what’s invisible:
Waterweed, stirred sand-grains hurrying off,
The shadowy, unshadowed stream itself.
All afternoon, heat wavered on the steps
And the air we stood up to our eyes in wavered
Like the zig-zag hieroglyph for life itself.
III
Once upon a time my undrowned father
Walked into our yard. He had gone to spray
Potatoes in a field on the riverbank
And wouldn’t bring me with him. The horse-sprayer
Was too big and new-fangled, bluestone might
Burn me in the eyes, the horse was fresh, I
Might scare the horse, and so on. I threw stones
At a bird on the shed roof, as much for
The clatter of the stones as anything,
But when he came back, I was inside the house
And saw him out the window, scatter-eyed
And daunted, strange without his hat,
His step unguided, his ghosthood immanent.
When he was turning on the riverbank,
The horse had rusted and reared up and pitched
Cart and sprayer and everything off balance
Si the whole rig went over into a deep
Whirlpool, hoofs, chains, shafts, cartwheels, barrel
And tackle, all tumbling off the world,
And the hat already merrily swept along
The quieter reaches. That afternoon
I saw him face to face, he came to me
With his damp footprints out of the river,
And there was nothing between us there
That might not still be happily ever after.
William Butler Yeats - El gato y la luna
El gato iba de un lado para otro
y la luna giraba como un trompo,
y el pariente más cercano de la luna,
el gato sigiloso, miró arriba.
El negro Minnaloushe miró fijo a la luna,
pues allá donde fuera o sollozara,
la pura y fría luz del cielo
soliviantaba su sangre animal.
Minnaloushe corre por la hierba
alzando sus patitas delicadas.
¿Bailas, Minnaloushe, acaso bailas?
Si dos almas gemelas se encuentran,
¿qué mejor que organizar un baile?
Quizá la luna aprender pueda,
cansada de modales distinguidos,
otro paso de danza.
Minnaloushe se arrastra por la hierba
de un claro de luna a otro,
la sagrada luna sobre él
ha entrado en otra fase.
¿Sabe Minnaloushe que sus pupilas
pasarán de un cambio a otro,
y que de la luna llena a la creciente,
y de la creciente a la llena pasan?
Minnaloushe se arrastra por la hierba
solo, importante y sabio,
y observa las evoluciones de la luna
con sus cambiantes ojos.
The Cat and the Moon
THE cat went here and there
And the moon spun round like a top,
And the nearest kin of the moon,
The creeping cat, looked up.
Black Minnaloushe stared at the moon,
For, wander and wail as he would,
The pure cold light in the sky
Troubled his animal blood.
Minnaloushe runs in the grass
Lifting his delicate feet.
Do you dance, Minnaloushe, do you dance?
When two close kindred meet,
What better than call a dance?
Maybe the moon may learn,
Tired of that courtly fashion,
A new dance turn.
Minnaloushe creeps through the grass
From moonlit place to place,
The sacred moon overhead
Has taken a new phase.
Does Minnaloushe know that his pupils
Will pass from change to change,
And that from round to crescent,
From crescent to round they range?
Minnaloushe creeps through the grass
Alone, important and wise,
And lifts to the changing moon
His changing eyes.
En Poesía reunida
Traducción: Antonio Rivero Taravillo
24 ene. 2019
Samuel Beckett - Verse
Lugar cerrado. Todo lo que hay que saber para decir sabido. No hay más que lo dicho. Aparte de lo dicho no hay nada. Lo que ocurre en la arena no está dicho. Si fuese preciso saberlo se sabría. No interesa. No imaginarlo. Tiempo valiéndose de la tierra obrar a disgusto. Lugar hecho de una arena y un foso. Entre los dos costeando éste una pista. Lugar cerrado. Más allá del foso no hay nada. Se sabe porque hay que decirlo. Arena negra extendida. Allí pueden caber millones. Errantes e inmóviles. Sin verse ni oírse jamás. Sin tocarse jamás. Es todo lo que se sabe. Profundidad del foso. Ver desde el borde todos los cuerpos colocados al fondo. Los millones que aún permanecen allí. Parecen seis veces más pequeños de lo normal. Fondo dividido en zonas. Zonas negras y zonas claras. Ocupan toda su anchura. Las zonas que permanecen claras son cuadradas. Un cuerpo mediano apenas cabe allí. Extendido en diagonal. Más grande tiene que acurrucarse. Se sabe así la anchura del foso. Se sabría sin eso. Hacer la suma de las zonas negras. De las zonas claras. Las primeras ganan con mucho. El lugar ya es viejo. El foso es viejo. Al principio no había más que claridad. Más que zonas claras. Tocándose casi. Ribeteadas de sombra apenas. El foso parece en línea recta. Luego reaparece un cuerpo ya visto. Se trata pues de una curva cerrada. Claridad muy brillante de las zonas claras. No penetra en las negras. Estas son de un negro no reducible. Tan denso en los bordes como en el centro. En compensación esta claridad sube todo seguido. A una altura por encima del nivel de la arena. Tan alta por arriba como es profundo el foso. Se levantan en el aire oscuro torres de pálida luz. Tantas zonas claras como torres. Como cuerpos visibles en el fondo. La pista sigue al foso en toda su longitud. En todo su contorno. Está sobrealzada con relación a la arena. Lo equivalente a un peldaño. Está hecha de hojas muertas. Evocación de la hermosa naturaleza. Están secas. El aire seco y el calor. Muertas pero no podridas. Darían más bien en polvo. Pista justo bastante ancha para un solo cuerpo. Nunca dos se cruzan en ella.
En Relatos
8 ene. 2019
Samuel Beckett - Bing
Todo sabido todo blanco cuerpo desnudo blanco un metro piernas juntas como cosidas. Luz calor suelo blanco un metro cuadrado jamás visto. Muros blancos un metro por dos techo blanco un metro cuadrado jamás visto. Cuerpo desnudo blanco fijo sólo los ojos apenas. Rastros confusión gris claro casi blanco en blanco. Manos laxas abiertas palmas faz pies blancos talones juntos ángulo recto. Luz calor caras blancas luminosas. Cuerpo desnudo blanco fijo hop fijo fuera. Rastros confusión signos sin sentido gris claro apenas blanco. Cuerpo desnudo blanco fijo invisible blanco en blanco. Sólo los ojos casi azul claro apenas blanco. Frente altiva ojos azul claro casi blanco fija faz silencio adentro. Breves susurros apenas casi jamás todos sabidos. Rastros confusión signos sin sentido gris claro casi blanco en blanco. Piernas juntas como cosidas talones juntos ángulo recto. Rastros sólo inacabados dados negros gris claro casi blanco en blanco. Luz calor muros blancos luminosos un metro por dos. Cuerpo desnudo blanco fijo un metro hop fijo fuera. Rastros confusión signos sin sentido gris claro casi blanco. Pies blancos invisibles talones juntos ángulo recto. Ojos solos inacabados dados azules azul claro casi blanco. Susurro apenas casi jamás un segundo quizá no solo. Dado rosa apenas cuerpo desnudo blanco fijo un metro blanco en blanco invisible. Luz calor susurros apenas casi jamás siempre los mismos todos sabidos. Manos blancas invisibles laxas abiertas palmas faz. Cuerpo desnudo blanco fijo un metro hop fijo fuera. Sólo los ojos apenas azul claro casi blanco fija faz. Susurro apenas casi jamás un segundo quizás una salida. Frente altiva ojos azul claro casi blanco bing susurro bing silencio. Boca como cosida hilo blanco invisible. Bing quizás una naturaleza un segundo casi jamás esto de memoria casi jamás. Muros blancos cada uno su rastro confusión signos sin sentido gris claro casi blanco. Luz calor todo sabido todo blanco invisibles encuentros de caras. Bing susurro apenas casi jamás un segundo quizás un sentido esto de memoria casi jamás. Pies blancos invisibles talones juntos ángulo recto hop fuera sin son. Manos laxas abiertas palmas faz piernas juntas como cosidas. Frente altiva ojos azul claro casi blanco fija faz silencio adentro. Hop fuera donde siempre sino sabido que no. Sólo los ojos solos inacabados dados azules hoyos azul claro casi blanco sólo color fija faz. Todo sabido todo blanco caras blancas luminosas bing susurro apenas casi jamás un segundo tiempo sideral esto de memoria casi jamás. Cuerpo desnudo blanco fijo un metro hop fijo fuera blanco en blanco invisible corazón aliento sin son. Sólo los ojos dados azules azul claro casi blanco fija faz sólo color solos inacabados. Invisibles encuentros de caras sólo una luminosa blanca infinita sino sabido que no. Nariz orejas hoyos blancos boca hilo blanco como cosida invisible. Bing susurros apenas casi jamás un segundo siempre los mismos todos sabidos. Dado rosa apenas cuerpo desnudo blanco fijo invisible todo sabido afuera adentro. Bing quizás una naturaleza un segundo con imagen igual tiempo un poco menos azul y blanco al viento. Techo blanco luminoso un metro cuadrado jamás visto bing quizá por ahí una salida un segundo bing silencio. Rastros sólo inacabados dados negros confusión gris signos sin sentido gris claro casi blanco siempre los mismos. Bing quizá no sólo un segundo con imagen siempre la misma igual tiempo un poco menos esto de memoria casi jamás bing silencio. Caídas rosas apenas uñas blancas acabadas. Largos cabellos caídos blancos invisibles acabados. Invisibles cicatrices mismo blanco que la carne herida rosa apenas antaño. Bing imagen apenas casi jamás un segundo tiempo sideral azul y blanco al viento. Frente altiva nariz orejas hoyos blancos boca hilo blanco como cosida invisible acabada. Sólo los ojos dados azules fija faz azul claro casi blanco sólo color solos inacabados. Luz calor caras blancas luminosas sólo una luminosa blanca infinita sino sabido que no. Bing una naturaleza apenas casi jamás un segundo con imagen igual tiempo un poco menos siempre la misma azul y blanco al viento. Rastros confusión gris claro ojos hoyos azul claro casi blanco fija faz bing quizás un sentido apenas casi jamás bing silencio. Blanco desnudo un metro fijo hop fijo fuera sin son piernas juntas como cosidas talones juntos ángulo recto manos laxas abiertas palmas faz. Frente altiva ojos hoyos azul claro casi blanco fija faz silencio adentro hop fuera donde siempre sino sabido que no. Bing quizá no sólo un segundo con imagen igual tiempo un poco menos ojo negro y blanco semicerrado largas pestañas suplicando esto de memoria casi jamás. A lo lejos tiempo relámpago todo blanco acabado todo antaño hop relámpago muros blancos luminosos sin rastros ojos color último hop blancos acabados. Hop fijo último fuera piernas juntas como cosidas talones juntos ángulo recto manos laxas abiertas palmas faz frente altiva ojos blancos invisibles fija faz acabados. Dado rosa apenas un metro invisible desnudo blanco todo sabido afuera adentro acabado. Techo blanco jamás visto bing antaño apenas casi jamás un segundo suelo blanco jamás visto quizá por ahí. Bing antaño apenas quizás un sentido una naturaleza un segundo casi jamás azul y blanco al viento esto de memoria nunca más. Caras blancas sin rastros sólo una luminosa blanca infinita sino sabido que no. Luz calor todo sabido todo blanco corazón soplo sin son. Frente altiva ojos blancos fija faz viejo bing susurro último quizá no sólo un segundo ojo deslucido negro y blanco semicerrado largas pestañas suplicando bing silencio hop acabado.
1965
En Relatos
3 ene. 2019
James Joyce - El Santo Oficio
Yo mismo me impondré a mí mismo
Este nombre: Catarsis-Purgante.
Yo, que abandoné estilos sórdidos
Para atenerme a la gramática de los poetas,
Difundiendo en la taberna y en el burdel
La ciencia del ingenioso Aristóteles,
No sea que los bardos marren el intento
Debo ser aquí mi propio intérprete:
Por lo cual recibid ahora de mis labios
Sapiencia peripatética.
Para entrar en el cielo, viajar por el infierno,
Ser compasivo o terrible
Se requiere sin la menor duda el amparo
De las indulgencias plenarias.
Ya que cada místico de nacimiento
Es un Dante sin sus prejuicios,
Quien a salvo desde la chimenea, sin dar la cara,
Se expone a una heterodoxia radical,
Como quien halla placer en la mesa
Considerando las incomodidades.
Rigiendo la vida por sentido común
¿Cómo evitar ser vehementes?
Mas no debo ser considerado miembro
De tal compañía de farsantes…
Junto con quien se apresura a mitigar
Las liviandades de sus damas veleidosas
Mientras que ellas lo consuelan cuando gimotea
Con orlas célticas repujadas en oro…
O con quien, sereno todo el día,
En su pieza teatral introduce invectivas…
O con quien su proceder «parece mostrar»
Preferencia por hombres de «buen tono»…
O con quien sirve de andrajoso remiendo
A los millonarios de Hazelpatch
Mas llorando después de la Santa Cuaresma
Confiesa todo su pasado de pagano…
O con quien no se ha de descubrir
Ni ante el whisky ni ante el crucifijo
Si no es para mostrar a todo el mundo cuán mal vestida va
Su eminente nobleza castellana…
O con quien adora a su Mentor querido…
O con quien apura con temor su pinta…
O con quien arrebujado en su lecho
Vio una vez a Jesucristo sin cabeza
Y puso un gran empeño en recuperarnos
Las obras de Esquilo largo tiempo extraviadas.
Mas todos éstos de quienes hablo
Me convierten en la cloaca de su cenáculo.
Para que puedan soñar sus fantasías ideales
Yo evacúo sus inmundas corrientes
Así les puedo prestar tal servicio
Por culpa del cual perdí mi diadema,
Este servicio por el que la Santa Abuela Iglesia
Me dejó cruelmente en la estacada.
Así aligero sus culos timoratos
Cumpliendo con mi oficio de Catarsis.
Mi color escarlata los deja a ellos blancos como la lana:
Gracias a mí purgan sus panzas atestadas.
Para todas estas bien avenidas farsantes
Hago el papel de vicario general
Y a cada doncella turbada y nerviosa
Presto el mismo amable servicio.
Ya que al descubrir sin ninguna sorpresa
Esa hermosura umbría en sus ojos,
El «no me atrevo» de su dulce doncellez
Que responde a mi depravado «quisiera».
Siempre que en público nos encontramos
No parece pensar en tal asunto;
Mas por la noche cuando se acuesta a mi lado
Y percibe mi mano en su entrepierna
Mi dulce bien con su ligero atuendo
Experimenta el tierno ardor que es el deseo.
Pero la Codicia proscribe
Los usos del Leviatán
Y este espíritu sublime por siempre guerrea
Con los incontables siervos de la Codicia
Aunque nunca puedan verse libres
De sus gabelas de desprecio.
A respetable distancia me vuelvo a observar
Los vacilantes andares de esta abigarrada cuadrilla,
De estas almas que odian la reciedumbre del acero
Que la mía adquirió en la escuela del viejo Tomás de Aquino.
Donde ellos se han agachado, han andado a gatas y han rezado,
Yo me yergo, dueño de mi destino, sin temor,
Sin compañeros, sin amigos, en solitario,
Indiferente como una raspa de arenque,
Firme como una cordillera montañosa en donde
Saco a relucir mi cornamenta al aire.
Que así sigan, pues así conviene
Para que se mantenga el equilibrio.
Aunque hasta la tumba forcejeen,
Mi espíritu nunca lo habrán de dominar
Ni lograrán mi alma vincular a las suyas
Hasta que el Mahamanvantara expire:
Y aunque a coces me echen de su puerta
Mi alma los despreciará por los siglos de los siglos.
En Poesía completa
Traducción: José Antonio Álvarez Amorós
The Holy Office
Myself unto myself will give
This name, Katharsis-Purgative.
I, who dishevelled ways forsook
To hold the poets' grammar-book,
Bringing to tavern and to brothel
The mind of witty Aristotle,
Lest bards in the attempt should err
Must here be my interpreter:
Wherefore receive now from my lip
Peripatetic scholarship.
To enter heaven, travel hell,
Be piteous or terrible
One positively needs the ease
Of plenary indulgences.
For every true-born mysticist
A Dante is, unprejudiced,
Who safe at ingle-nook, by proxy,
Hazards extremes of heterodoxy,
Like him who finds joy at a table
Pondering the uncomfortable.
Ruling one's life by common sense
How can one fail to be intense?
But I must not accounted be
One of that mumming company –
With him who hies him to appease
His giddy dames' frivolities
While they console him when he whinges
With gold-embroidered Celtic fringes –
Or him who sober all the day
Mixes a naggin in his play –
Or him whose conduct 'seems to own'
His preference for a man of 'tone' –
Or him who plays the ragged patch
To millionaires in Hazelpatch
But weeping after holy fast
Confesses all his pagan past –
Or him who will his hat unfix
Neither to malt nor crucifix
But show to all that poor-dressed be
His high Castilian courtesy –
Or him who loves his Master dear –
Or him who drinks his pint in fear –
Or him who once when snug abed
Saw Jesus Christ without his head
And tried so hard to win for us
The long-lost works of Aeschylus.
But all these men of whom I speak
Make me the sewer of their clique.
That they may dream their dreamy dreams
I carry off their filthy streams
For I can do those things for them
Through which I lost my diadem,
Those things for which Grandmother Church
Left me severely in the lurch.
Thus I relieve their timid arses,
Perform my office of Katharsis.
My scarlet leaves them white as wool:
Through me they purge a bellyful.
To sister mummers one and all
I act as vicar-general
And for each maiden, shy and nervous,
I do a similar kind of service.
For I detect without surprise
That shadowy beauty in her eyes,
The 'dare not' of sweet maidenhood
That answers my corruptive 'would',
Whenever publicly we meet
She never seems to think of it;
At night when close in bed she lies
And feels my hand between her thighs
My little love in light attire
Knows the soft flame that is desire.
But Mammon places under ban
The uses of Leviathan
And that high spirit ever wars
On Mammon's countless servitors
Nor can they ever be exempt
From his taxation of contempt.
So distantly I turn to view
The shamblings of that motley crew,
Those souls that hate the strength that mine has
Steeled in the school of old Aquinas.
Where they have crouched and crawled and prayed
I stand, the self-doomed, unafraid,
Unfellowed, friendless and alone,
Indifferent as the herring-bone,
Firm as the mountain-ridges where
I flash my antlers on the air.
Let them continue as is meet
To adequate the balance-sheet.
Though they may labour to the grave
My spirit shall they never have
Nor make my soul with theirs as one
Till the Mahamanvantara be done:
And though they spurn me from their door
My soul shall spurn them evermore.
19 nov. 2018
Samuel Beckett - La imagen
La lengua se carga de lodo un único remedio entrarla de nuevo entonces y girarla en la boca el lodo tragárselo o escupirlo cuestión de saber si es nutritivo y perspectivas sin estar obligado a ello por el hecho de beber a menudo tomo un sorbo es uno de mis recursos lo mantengo durante un momento cuestión de saber si tragado me alimentaría y perspectivas que se abren no son malos momentos desgastarme todo está ahí la lengua vuelve a salir rosa en medio del lodo qué hacen las manos durante ese tiempo hay que ver siempre lo que hacen las manos y bien la izquierda lo hemos visto siempre sostiene el saco y la derecha y bien la derecha al cabo de un momento la veo allá en el extremo de su brazo extendido al máximo en el eje de la clavícula si puede decirse así o mejor hacerse que se abre y vuelve a cerrarse en el lodo se abre y vuelve a cerrarse es otro de mis recursos este pequeño gesto me ayuda no sé por qué tengo así pequeños trucos que son un buen auxilio incluso rozando los muros bajo el cielo cambiante yo debía de ser ya astuto ella no debe de estar muy lejos un metro apenas pero la siento lejos un día se irá sola sobre sus cuatro dedos contando el pulgar pues falta uno no el pulgar y me dejará la veo que lanza hacia delante sus cuatro dedos como garfios las puntas se hunden estiran y así se aleja mediante pequeños restablecimientos horizontales eso es lo que me gusta irme así a trocitos y las piernas qué hacen las piernas oh las piernas y los ojos qué hacen los ojos cerrados seguramente y bien no ya que de repente allí bajo el lodo me veo digo me como digo yo como diría él porque eso me divierte me echo unos dieciséis años y para colmo de felicidad hace un tiempo delicioso cielo azul de huevo y cabalgada de nubecillas me vuelvo de espaldas y también la muchacha que llevo de la mano del culo que tengo a juzgar por las flores que esmaltan la hierba esmeralda estamos en el mes de abril o mayo ignoro y con qué gozo de dónde saco yo estas historias de flores y estaciones las saco y ya está a juzgar por ciertos accesorios entre los cuales una barrera blanca y una tribuna de un rojo exquisito estamos sobre un campo de carreras la cabeza hacia atrás miramos imagino justo hacia delante de nosotros inmovilidad de estatua aparte los brazos las manos entrelazadas que se balancean en mi mano libre o izquierda un objeto indefinible y en consecuencia en la derecha de ella el extremo de una cuerda corta que conduce a un perro terrier color ceniza de buena talla sentado de través cabeza baja inmovilidad de estas manos y los brazos correspondientes cuestión de saber por qué una cuerda en esta inmensidad de verdor y nacimiento poco a poco de manchas grises y blancas a las que no tardo en dar el nombre de corderos en medio de sus madres ignoro de dónde saco estas historias de animales las cinco saco y ya está en un día bueno sé nombrar cuatro o cinco perros de raza totalmente diferente los veo no intentemos comprender sobre todo al fondo del paisaje a una distancia de cuatro o cinco millas a ojo de buen cubero la masa azulada de una larga montaña de elevación débil nuestras cabezas sobrepasan su cumbre como movidos por un mismo y único resorte o si se quiere por dos sincronizados nos soltamos la mano y damos media vuelta yo dextrorsum ella senestro ella transfiere la cuerda a su mano izquierda y yo en el mismo instante a mi derecha el objeto ahora un pequeño paquete blancuzco en forma de ladrillo unos sandwiches tal vez bien cuestión sin duda de poder mezclar nuestras manos de nuevo lo que hacemos nuestros brazos se balancean el perro no se ha movido tengo la absurda impresión de que nos miramos meto la lengua cierro la boca y sonrío vista de cara la muchacha es menos desfavorecida no es ella la que me interesa yo cabellos pálidos a cepillo rostro grueso rojo con granos vientre desbordante bragueta abierta piernas zambas en canilla separadas lo más por la base doblándose en las rodillas pies abiertos ciento treinta y cinco grados mínimo media sonrisa beata al horizonte posterior figura de la vida que se alza tweed verde botines amarillos narciso o similar en el ojal nueva media vuelta hacia el interior sea de naturaleza para conducirnos fugitivamente no nalgas sino cara a cara al extremo de noventa grados transferidos religación de manos balanceos de brazos inmovilidad del perro este glúteo que tengo tres dos uno izquierdo derecho henos ahí partidos nariz al viento brazos balanceándose el perro sigue cabeza baja cola sobre los huevos nada que ver con nosotros tuvo la misma idea en el mismo instante Malebranche en menos rosa la cultura que tenía yo entonces si él mea lo hará sin detenerse tengo ganas de gritar déjala ahí y corre a abrirte las venas tres horas de andar cadencioso y henos aquí en la cima el perro se sienta de través en el brezo baja el hocico sobre su bitón negro y rosa sin la fuerza de lamerlo nosotros al contrario media vuelta al interior transferidos religación de manos balanceo de brazos degustación en silencio del mar y de las islas cabezas que pivotan como una sola hacia las humaredas de la ciudad localización en silencio de los monumentos cabezas que retoman se diría unidas por un eje breve niebla y he aquí de nuevo que comemos los sandwiches a bocados alternos cada uno el suyo intercambiando palabras dulce cariño mío yo muerdo ella traga cariño mío ella muerde yo trago no arrullamos aún la boca llena amor mío yo muerdo ella traga tesoro mío ella muerde yo trago breve niebla y he aquí de nuevo que nos alejamos otra vez a través de los campos con las manos cogidas los brazos balanceándose la cabeza alta hacia las cimas cada vez más pequeños yo ya no veo al perro ya no nos veo la escena está desocupada algunas bestias los carneros que se dirían de granito que aflora un caballo que no había visto de pie inmóvil espinazo curvado cabeza baja las bestias saben azul y blanco del cielo mañana de abril bajo el lodo se acabó ya está hecho esto se apaga la escena se queda vacía algunas bestias luego se apaga no más azul yo me quedo allá abajo a la derecha en el lodo la mano se abre y se vuelve a cerrar eso ayuda que se vaya me doy cuenta de que sonrío aún ya no vale la pena desde hace tiempo ya no vale la pena la lengua vuelve a salir va al lodo me quedo así ya no sed la lengua vuelve a entrar la boca se cierra de nuevo debe hacer una línea recta ahora ya está hice la imagen.
Años cincuenta
En Textos para nada
11 oct. 2018
James Joyce - Oración
¡Otra vez!
¡Ven, dame, ríndeme toda tu fortaleza!
Desde lejos una débil voz exhala, sobre el entendimiento que se quiebra,
Su cruel serenidad, la desgracia de la sumisión,
Mitigando su pavor como si fuera predestinada a un alma.
¡Desiste, sigiloso amor! ¡Mi sino!
Ciégame con tu oscura cercanía, ¡Oh ten compasión, amado enemigo de mi voluntad!
No oso soportar el gélido contacto que me horroriza.
¡No ceses de arrebatarme
Mi lánguida existencia! Inclínate más sobre mí, cabeza amenazante,
Ufano de mi ruina, recordando, apiadándote
De quién es, de quién fue.
¡Otra vez!
Juntos, envueltos por la noche, yacían sobre la tierra.
Yo escucho en la distancia su débil voz exhalando sobre mi entendimiento que se quiebra
¡Ven! Me doblego. Inclínate más sobre mí. Aquí estoy.
¡Subyugador, no me abandones!
¡Tan sólo júbilo, tan sólo angustia!
¡Tómame, sálvame, consuélame, oh perdóname!
A Prayer
Again!
Come, give, yield all your strength to me!
From far a low word breathes on the breaking brain
Its cruel calm, submission’s misery,
Gentling her awe as to a soul predestined.
Cease, silent love! My doom!
Blind me with your dark nearness, O have mercy, beloved enemy of my will!
I dare not withstand the cold touch that I dread.
Draw from me still
My slow life! Bend deeper on me, threatening head,
Proud by my downfall, remembering, pitying
Him who is, him who was!
Again!
Together, folded by the night, they lay on earth. I hear
From far her low word breathe on my breaking brain
Come! I yield. Bend deeper upon me! I am here.
Subduer, do not leave me! Only joy, only anguish,
Take me, save me, soothe me, O spare me!
[París, 1924]
21 ago. 2018
Oscar Wilde - Impresiones sobre Yanquilandia
I América
Me parece que no puede describirse a América, en su conjunto, como un Elíseo, pues sé muy poco de ese país desde el punto de vista corriente. No puedo dar su latitud ni su longitud, tampoco comparar el valor de sus primeras materias, ni tengo un conocimiento profundo de su política. Todas éstas son cosas que no pueden interesarnos, al menos a mí.
Lo primero que me llamó la atención cuando llegué a América fue que, así como los americanos no son los hombres más elegantes del mundo, son, indudablemente, los que van más confortablemente vestidos. Se ven individuos con ese horrible tubo de chimenea; pero hay poquísimos que no lleven sombrero. Se ven hombres que llevan ese horrible traje de etiqueta de cola de urraca; pero también se ven muchos sin él. Hay una nota de conforten el aspecto de la gente que forma un fuerte contraste con Europa, donde tropiezas continuamente con gentes vestidas con harapos.
El segundo hecho, también muy curioso es que todo el mundo corre para tomar un tren. Esta es una situación poco favorable a la poesía o a la novela. Si Romeo y Julieta se hubiesen hallado en un constante estado de ansiedad a causa de los trenes, o si hubieran tenido la cabeza trastornada por la preocupación de los billetes de vuelta, Shakespeare no podría habernos legado esas deliciosas escenas del balcón, tan emocionantes y poéticas.
Creo que América es el país con más ruido que conozco. Uno se despierta por las mañanas, no gracias al canto del ruiseñor, sino a la sirena de algún vapor o fábrica. Es raro que el sentido profundamente práctico de los americanos no haya intentado disminuir ese ruido intolerable, Todo el Arte depende de la sensibilidad exquisita y delicada, y pienso que tal torbellino ininterrumpido acabará por destruir la facultad musical, a la fuerza.
La belleza de las ciudades americanas no supera a la que hay en Oxford, en Cambridge, en Salisbury o Winchester, donde se encuentran las adorables reliquias de una época maravillosa; pero, sin embargo, puede hallarse de vez en cuando bastante belleza en dichas ciudades, aunque tan sólo allí donde los americanos no han intentado crearla. Allí donde los americanos han intentado producir belleza, han fracasado totalmente. Una de las características notablemente yanquis es la manera que han tenido de aplicar la ciencia a la vida moderna del día a día.
Esto que digo es fácil de ver en un simple paseo por Nueva York. En Inglaterra, a un inventor se lo considera casi como a un loco y, en sobrados casos, el inventor termina por desalentarse y hundido en la miseria. En América se honra al inventor, se lo ayuda, y el ejercicio del ingenio, la aplicación de la ciencia al trabajo del hombre, es allí el camino más corto hacia la fortuna. No hay ningún otro país donde la mecánica sea tan bella como en América. He creído siempre que la línea de poder y la línea de belleza no son más que una sola. Esta creencia me quedó plenamente confirmada al contemplar la mecánica americana.
Únicamente cuando vi las fábricas hidráulicas de Chicago comprendí las maravillas de la mecánica; la elevación y la caída de los vástagos de acero, el movimiento simétrico de los grandes volantes, son la cosa más magníficamente ritmada que he visto nunca. Se queda uno impresionado en América; pero impresionado desfavorablemente por la insólita grandeza de todo. Este país, a mi juicio, parece como si quisiese hacernos creer en su poder por su imponente enormidad.
Sufrí una gran decepción al ver el Niágara, lo que debe de sucederles a muchos. Allí acuden todas las recién casadas, y la contemplación de las prodigiosas cataratas representa una de las primeras y seguramente de las mayores desilusiones de la vida conyugal americana. Se ven en malas condiciones, desde muy lejos, y el punto de vista no muestra realmente la magnificencia del agua. Para apreciarla bien hay que situarse abajo, en la caída, y para esto es necesario revestir una piel engrasada y amarillenta, que es tan fea como un impermeable y que creo que ninguno de ustedes se pondrá. Resulta un consuelo saber que una artista tan importante como Sarah Bernhardt además de ponerse ese ropaje amarillo y horroroso, ha dejado hacerse una fotografía con él.
El Oeste fue, indudablemente, la parte que más me gustó de América; pero para llegar allí hay que hacer un viaje de seis días, atado a una máquina de vapor, que es una especie de puchero de hojalata. La única pequeña satisfacción que tuve durante ese viaje fue ver que los pillastres que infestan los coches vendiendo todo lo que se puede comer o lo que no se puede comer, vendían asimismo una edición de mis poemas, vilmente impresa en una especie de papel secante gris y al reducido precio de cincuenta céntimos. Los llamé y les dije que, aun cuando a los poetas les gusta ser populares, quieren también ser retribuidos, y que vender ediciones de mis poemas sin provecho alguno para mí era asestar a la literatura un golpe que podía causar un efecto desastroso entre los aspirantes a poetas.
Todos ellos me respondieron invariablemente que sacaban provecho para ellos de la venta y que esto era lo que más los interesaba.
Existe una superstición muy corriente en América: le llaman siempre extranjero al turista. A mí no me han llamado jamás así. En Tejas me llamaban capitán; cuando llegué a la región central, coronel, y al pisar la frontera mejicana, general. Pero, casi siempre emplean señor, la vieja costumbre continental.
La vida antigua del país se encuentra en las colonias y no en la metrópoli. Si se pretende comprender lo que es el puritanismo inglés, no en lo que tiene de peor (siendo, como es, muy malo), sino en lo que tiene de mejor (y entonces no resulta muy bueno), creo que no puede encontrarse mucho en Inglaterra; en cambio, se puede encontrar a cada momento en Boston y en Massachusetts.
Nosotros nos hemos desprendido de él y América, en cambio, lo ha sabido conservar, como curiosidad de bastante novedad, supongo.
San Francisco es una ciudad realmente maravillosa. El barrio chino, poblado de obreros chinos, es el sitio más artístico que jamás he visto. Sus habitantes orientales, extraños y melancólicos, que ciertas personas llaman vulgares y que realmente son muy pobres, han decidido no tener nada a su alrededor que no sea belleza. En sus restaurantes, donde se reúnen a cenar sus marineros, los vi beber té en tazas de porcelana tan delicadas como pétalos de rosa, mientras que en los suntuosos hoteles me lo servían en una taza de pulgada y media de espesor. La cuenta estaba hecha sobre papel de arroz con tinta china y en caracteres fantásticos, como si un artista hubiese grabado pajarillos en uno de sus abanicos.
En cambio, Salt Lake City sólo tiene de notable dos monumentos: el más importante es el Tabernáculo, en forma de sopera, decorado por el único artista indígena y está tratado el asunto con el mismo espíritu ingenuo de los primeros pintores florentinos, representando gentes de nuestros días con trajes de otra época, al lado de personajes bíblicos vestidos con trajes de la época renacentista.
El segundo monumento importante es el Amelia Palace, levantado en honor de una de las esposas de Brigham Young. Cuando éste murió, el presidente de los mormones se irguió en el Tabernáculo y dijo que había tenido la revelación de que era necesario construir el Amelia Palace, ¡y que no habría ninguna otra revelación sobre este asunto!
Desde Salt Lake City puede uno viajar por las grandes llanuras del Colorado y se sube a las Montañas Rocosas, en cuya cima está Leadville, la ciudad más rica del mundo. Tiene también fama de ser la más peligrosa, y todos los habitantes llevan encima un arma. Me habían dicho que si iba a ella me matarían o matarían a mi director de tournée. Escribí allí diciéndoles que nada de lo que pudieran hacer a mi director de tournée me intimidaría. La población está compuesta de mineros y de hombres que trabajan en las fundiciones; por eso les hablé de la ética del Arte. Les leí trozos escogidos de la autobiografía de Benvenuto Cellini y parecieron encantados. Me reprocharon que no lo hubiese llevado allí conmigo.
Les expliqué que había muerto hacía algún tiempo, lo cual hizo que me preguntasen: "¿Y quién le pegó el tiro?" Después me llevaron a un salón de baile, donde vi el único sistema coherente de crítica de arte. Encima del piano aparecía impreso el siguiente aviso:
QUERIDO PÚBLICO:
ROGAMOS NO SE ABALANCEN SOBRE EL PIANISTA,
YA QUE LO HACE LO MEJOR QUE PUEDE
El índice de mortalidad en el gremio de pianistas es asombrosa allí. Luego me invitaron a cenar y, una vez que acepté, tuve que bajar a una mina, en una artesa muy estrecha, en la cual era imposible resultar bien. Llegado al corazón de la montaña, me sirvieron la cena. El primer plato fue whisky; el segundo, whisky, y el tercero..., whisky Luego fui al teatro, donde debía dar mi conferencia, y me notificaron que precisamente antes de mi llegada, habían sido detenidos dos individuos por haber cometido un asesinato, llevados al escenario de aquel mismo teatro a las ocho de la noche y, después de juzgados, ejecutados, ante una sala rebosante. Pero encontré que fueron unos minutos verdaderamente encantadores y mucho más emocionantes que peligrosos.
Entre las gentes sureñas de más edad, pude observar una tendencia melancólica para situar todos los acontecimientos importantes antes de la guerra.
"¡Qué luna tan hermosa la de esta noche!", dije un día a un caballero que estaba a mi lado. "Sí -me contestó-; pero ¡tenía que haberla visto usted antes de la guerra!"
Encontré la ciencia del arte tan desconocida al oeste de las Montañas Rocosas, que un aficionado a él, que había sido minero en su juventud, demandó por daños y perjuicios a la Compañía de ferrocarriles porque la reproducción en yeso de la Venus del Nilo, que había hecho traer desde bastante lejos, le había llegado a casa sin brazos. Y lo mejor del caso es que ganó el pleito y fue indemnizado con una suma de dinero nada despreciable.
Pensilvania, con sus desfiladeros de roca pura y sus paisajes selváticos, me recordó a primera vista a Suiza. Las praderas me parecieron igual que una hoja de papel secante.
Tanto los españoles como los franceses han dejado tras ellos huellas en algunos bellos nombres. Todas las ciudades que tienen nombres bonitos se los deben al español o al francés. Cierta ciudad tenía un nombre tan feo, que me negué a hablar allí. Se llamaba Grigsville. Imagínense ustedes que yo hubiese abierto allí una escuela de arte e imagínense un Grigsville primitivo e incluso algo peor: mi escuela enseñando un Renacimiento Grigsville.
Los jóvenes americanos están pálidos, son precoces, amarillos y arrogantes; pero las muchachas son encantadoras y agradables v resultan como pequeños oasis de grata inconsciencia en medio de un vasto desierto donde impera en todo el sentido práctico.
Cualquier joven americana toca a doce muchachos por barba, que le son muy adictos. Son sus esclavos, y ella los gobierna con encantadora despreocupación.
Una gran parte del sector masculino está dedicada casi exclusivamente a los negocios. Tienen, como ellos mismos dicen, su cerebro en la parte de delante de la cabeza. Acogen también con excesivo entusiasmo las ideas nuevas. La educación es eminentemente práctica. Nosotros basamos la educación infantil por entero en los libros, pues nos vemos en la precisión de dar al niño un cerebro antes de poder instruir dicho cerebro. Los niños sienten una antipatía natural hacia los libros; el trabajo manual debería servir de base a la educación. Niños y niñas deberían aprender a utilizar sus manos para hacer algo, y así serían menos propensos a la destrucción y la maldad.
Recorriendo América, ve uno que la pobreza no va unida necesariamente a la civilización. En todo caso, aquél es un país donde no hay ornato ni ostentación, ni ceremonias pomposas. No vi allí más que dos desfiles: uno, el de los bomberos, precedidos por la Policía, y otro, el de la Policía, precedida por los bomberos.
Cualquier ciudadano, al cumplir los veintiún años, tiene derecho a votar y adquiere, por eso mismo, al instante su educación política. Los americanos son el Pueblo, políticamente, mejor educado del mundo. Vale la pena ir a un país que puede enseñarnos la belleza de la palabra LIBERTAD y el valor real de ese concepto.
II El hombre americano
Una de nuestras más queridas duquesas preguntaba el otro día a un distinguido viajero si existía en realidad eso que llaman el hombre americano. Y para poder justificar su pregunta decía, explicándola, que si bien conocía muchas mujeres americanas encantadoras, jamás había conocido padres, abuelos, tíos, hermanos, maridos, primos o simplemente parientes varones de ellas.
La respuesta exacta que recibió la duquesa no es digna de ser citada o reproducida aquí, pues adoptó la forma deprimente de una información útil y precisa; pero no se puede negar que el tema resulta interesantísimo, si observamos el curioso hecho de que, en lo referente a relaciones exteriores, la invasión americana ha sido casi siempre de un carácter marcadamente femenino.
A excepción del embajador de los Estados Unidos, personaje que es siempre bien acogido en todas partes, y de algún elegante advenedizo de Boston o del Far-West, ningún hombre americano hace vida social en Londres. Sus compatriotas femeninos, con sus toilettes maravillosas y su conversación mejor todavía, brillan en nuestros salones y encantan nuestras comidas; nuestros jóvenes gentlemen quedan esclavizados por su admirable cutis y nuestras bellezas envidian su notable ingenio; pero el pobre hombre yanqui queda siempre relegado a último término, sin elevarse jamás por encima del nivel del turista. De vez en cuando, aparece fugazmente en el parque y resulta un poco chocante con su larga levita de paño negro lustroso y su sombrero blando tan práctico; pero su sitio favorito es el Strand y el American Exchange, que él es como se imagina el cielo. Cuando no se mece rockingchair con un puro en la boca, recorre las calles con un saco de mano, adquiriendo, gravemente todos nuestros productos e intentando entender a Europa entera a través de los escaparates de sus tiendas. Se parece al hombre sensual, medio, de Renán; o al filisteo de la clase media de Arnold.
El teléfono es imprescindible para él, y sus más audaces sueños utópicos no pasan nunca del ferrocarril aéreo y de los timbres eléctricos. Su placer principal consiste en caer sobre algún extranjero desprevenido o sobre algún compatriota afín, para dedicarse entonces al juego nacional de las "comparaciones".
El americano, con una ingenuidad y una despreocupación totalmente encantadoras, compara gravemente el Palacio de Saint-James con la gran estación central de Chicago, o la Abadía de Westminster con las cataratas del Niágara. El volumen constituye su canon de belleza, y la altura, su patrón por excelencia. Para él, la grandeza de un país estriba en el número de kilómetros cuadrados que tienen de superficie; y jamás se cansará de decir a los criados de su hotel que el Estado de Tejas, él solo es más grande que Francia y Alemania juntas.
Pero, en general, el americano se siente más feliz en Londres que en cualquier sitio de Europa. Allí puede hacer siempre algunos conocimientos y, en general, hablar el idioma. En el extranjero es hombre al agua. No conoce a nadie, no entiende nada y lo recorre todo, paseándose de una manera melancólica, tratando al Viejo Mundo como si fuese un almacén de Broadway y cada ciudad un mostrador de productos de pacotilla. Para él, el Arte no encierra ningún maravilloso misterio, ni la Belleza tiene sentido, ni el Pasado le trae mensajes de ningún tipo.
Él piensa que la civilización empezó con el descubrimiento del vapor, y mira con desprecio todos los siglos que no han tenido calefacción central en sus viviendas. La ruina y la decadencia producidas por el paso del tiempo no lanzan para él ningún llamamiento patético. Se aleja de Rávena porque en sus calles crece la hierba y no encuentra ni asomo de belleza en Verona porque sus balcones están llenos de herrumbre. Su único deseo es restaurar toda Europa. Se muestra severo con los romanos modernos porque no encierran el Coliseo en una vitrina de cristal y no lo utilizan como almacén de materias primeras. En resumen: es el Don Quijote del sentido práctico; pero es tan utilitario, que él mismo resulta inútil. No es nada deseable como compañero de viaje, porque parece siempre fuera de sí y se siente deprimido muy a menudo. Realmente, se moriría de aburrimiento si no estuviese en constante comunicación telegráfica con Wall-Street; y la única cosa que puede consolarlo de haber perdido un día en un museo de arte es un número del New York Herald Boston Times. Y, finalmente, después de mirarlo todo y no haber visto nada, vuelve a su país tan contento.
En su medio natural resulta delicioso, pues lo más extraño del pueblo americano es que las mujeres resultan más encantadoras cuando están fuera de su país y los hombres, al contrario.
En su país, el americano es el mejor de los compañeros, de igual modo que el más hospitalario de los anfitriones. Los muchachos son particularmente agradables, con sus bellos ojos brillantes, su energía incombustible y su divertida habilidad. Se lanzan a la vida mucho antes que nosotros. A una edad en que nosotros somos aún boys en Eton o Jadies en Oxford, ellos ejercen una profesión importante, haciendo del dinero un complejo negocio. Adquieren la verdadera experiencia con tanta antelación a nosotros, que no son nada torpes ni tímidos y no dicen tonterías jamás, salvo cuando nos preguntan la diferencia que hay entre Hudson y el Rín, o si creemos que el puerto de Brooklyn es más impresionante que la cúpula de Saint Paul. Tienen una educación totalmente diferente de la nuestra. Conocen a los hombres mucho mejor que los libros, y la vida los interesa más que la literatura. No tienen tiempo de estudiar nada más que los mercados bursátiles, ni ratos libres para leer más que periódicos. A decir verdad, sólo las mujeres americanas tienen ratos de ocio, y como resultado necesario de ese curioso estado de cosas, no es dudoso que de aquí a un siglo toda la cultura del Nuevo Mundo estará en enaguas. Pero, aunque esos jóvenes especuladores y tan sagaces, puedan ser a veces algo incultos, según lo que nosotros entendemos por cultura, es decir, como conocimiento de lo mejor que se ha pensado y que se ha dicho en el mundo, no por eso resultan, en modo alguno, fastidiosos. El americano no es estúpido. Muchos americanos son horribles, vulgares e impertinentes, lo mismo que muchos ingleses; pero la estupidez no es uno de los vicios nacionales. Realmente, en América no hay salida posible para un imbécil. Ellos piden incluso a un limpiabotas que tenga cerebro y lo más curioso es que lo consiguen.
En cuanto al matrimonio, es una de las más puras instituciones para el hombre americano. Se casa pronto y la mujer americana se casa a menudo; y se entienden extraordinariamente bien. Desde la infancia el marido ha sido educado conforme al sistema muy perfeccionado del "sal a buscar y trae algo", y su respeto al sexo débil tiene cierto tono de caballerosidad obligatoria; mientras que la mujer ejerce un despotismo absoluto, basado en el aplomo femenino y suavizado por el encanto de su sexo. En general, el gran éxito del matrimonio en los Estados Unidos se debe, en parte, a que el hombre americano no es ocioso y en parte también a que ninguna esposa americana se hace responsable de la calidad de la alimentación de su marido. En América, los horrores de la vida doméstica son casi desconocidos. No hay riñas por la sopa ni peleas por el primer plato, y como, por medio de una cláusula inscrita en todo contrato matrimonial, el marido se compromete solemnemente a usar botones de muelle y no botones ordinarios para sus camisas, uno de los principales motivos de discordia en la vida de la clase media queda suprimido casi en su totalidad. También la costumbre de residir en hoteles o pensiones de familia anula esos monótonos tête-á-tête que son el sueño de los novios y la desesperación de los hombres casados.
Por vulgar que pueda parecer una mesa redonda, es preferible, en todo caso, a ese eterno dúo sobre cuentas y bebés en que incurren James y Beatrice con tanta frecuencia, cuando uno de ellos ha perdido su ingenio y la otra su belleza. Hasta la libertad del divorcio en América, por criticable que pueda parecer en algunos puntos, tiene, al menos, el mérito de aportar al matrimonio un elemento novelesco de incertidumbre y misterio. Cuando las personas están unidas para el resto de sus vidas, consideran demasiado a menudo las buenas maneras como algo superfluo y la cortesía como una cosa poco útil; pero si el lazo puede ser roto con facilidad, su misma fragilidad constituye su fuerza y recuerda al marido que siempre debe procurar agradar, y a la esposa que jamás debe dejar de ser una mujer fascinante.
La consecuencia de esta libertad, o quizá a pesar de ella, los escándalos son muy raros en América, y si hay alguno, es tan grande la influencia sobre la sociedad, que no se perdona jamás al hombre. América es el único país del mundo donde no se aprecia a Don Juan y donde no se tiene simpatía por George Brummel, el dandy.
Así pues, en su conjunto, el hombre americano en su tierra es una persona dignísima. Sólo tiene un aspecto desilusionante. El humor yanqui es una pura invención del turista: no existe. A decir verdad, lejos de tener humor, el hombre americano es el ser más normalmente serio que existe. Dice que Europa es vieja pero es él y sólo él quien no ha sido joven jamás. No sabe nada de la irresponsable ligereza de la infancia, de la graciosa inconsciencia del espíritu animal. Él ha sido siempre prudente y práctico, y paga una multa abrumadora por no haber cometido nunca ningún pecado. Justo es consignar que puede exagerar; pero hasta su exageración tiene una base racional. No está fundada en el talento o en la fantasía; no brota de una imaginación poética; es simplemente un serio intento por parte de la lengua para estar en armonía con la enorme superficie del país. Es evidente que allí donde se necesitan veinticuatro horas para atravesar una sola parroquia y siete días consecutivos de tren para no faltar a una comida en otro Estado, a la que se ha comprometido uno a asistir previamente, los recursos ordinarios de la oratoria humana resultan completamente insuficientes para el esfuerzo que se les pide y es necesario inventar nuevas formas lingüísticas y nuevos sistemas de descripciones imaginadas. Pero ello se debe únicamente a la influencia fatal de la geografía sobre los adjetivos, pues el hombre americano humorista, por naturaleza, no lo es. Verdad que cuando nos lo encontramos en Europa en conversación, nos mantiene en constante hilaridad; pero es tan sólo porque sus ideas resultan incongruentes por completo en un ambiente europeo. Colóquenlo en su propio ambiente, en medio de la civilización que se ha creado para él y de la vida que es obra de sus propias manos, y esas mismas observaciones suyas no provocarán ni una sonrisa. Habrán pasado ya a la categoría de verdades insignificantes o de observaciones discretas; y lo que parecía una paradoja cuando lo escuchábamos en Londres, se convierte en algo vulgar cuando lo leímos en el Milwaukee. Europa aún no ha sido perdonada por América; la odia en cierta manera por haber sido descubierta un poco antes en la Historia que ella. Y, sin embargo, ¡cuán inmensas son sus obligaciones para con nosotros! ¡Qué colosal su deuda! Para tener fama de humoristas, sus hombres tienen que venir a Londres; para hacerse célebres por sus toilettes, sus mujeres tienen que hacer sus compras en París.
Pero, a pesar de que el americano no sea humorista, sí que es un ser innegablemente humano. Se da perfectamente cuenta del hecho de que hay mucha naturaleza humana en el hombre, y procura agradar a todo extranjero que llega a sus costas. Se halla saludablemente libre de todos los viejos prejuicios; considera las presentaciones como restos de la etiqueta medieval, y se las arregla de tal modo, que cada visitante fortuito puede creerse que es el huésped dilecto de esa gran nación. Si la muchacha inglesa se lo encontrase en sociedad, se casaría con él; y si se casase con él, sería feliz. Pues por atolondrado que pueda parecer en sus poses y por falto de la pintoresca insinceridad novelesca que pueda hallarse, es amable en todo momento y atento y ha logrado convertir su propio país en el Paraíso de las Mujeres.
A pesar de que sea ésta, posiblemente, la razón por la que las americanas, como Eva, continuamente desean salir de él.
En Artículos y ensayos
16 ago. 2018
Oscar Wilde - Frases y filosofías para uso de la juventud
El primer deber en la vida es ser tan artificial como sea posible. El segundo aún no lo ha descubierto nadie.
La maldad es un mito inventado por las buenas personas para explicar el peculiar atractivo de los demás.
Si los pobres solo tuvieran perfil no sería difícil resolver el problema de la pobreza.
Quienes no ven la diferencia entre el alma y el cuerpo carecen tanto de una cosa como de otra.
Un ojal verdaderamente bien hecho es el único vínculo entre arte y naturaleza.
Las religiones perecen cuando se demuestra que son ciertas. La ciencia es el registro de las religiones fenecidas.
Los bien educados contradicen a los demás. Los sabios se contradicen a sí mismos.
Nada que ocurra en realidad tiene la menor importancia.
El aburrimiento señala la llegada de la época de la seriedad.
En todos los asuntos sin importancia lo esencial es el estilo y no la sinceridad. En todos los asuntos de importancia lo esencial es el estilo y no la sinceridad.
Si uno dice la verdad, tarde o temprano acabarán descubriéndole.
El placer es lo único por lo que deberíamos vivir. Nada envejece tanto como la felicidad.
La única esperanza de vivir en el recuerdo de las clases comerciales es no pagar las facturas.
Ningún crimen es vulgar, pero la vulgaridad siempre es un crimen. La vulgaridad es la conducta de los demás.
Solo los superficiales se conocen a sí mismos.
El tiempo es un desperdicio de dinero.
Uno debería ser siempre un poco improbable.
Hay cierta fatalidad en las buenas resoluciones. Invariablemente se toman demasiado pronto.
La única expiación posible por vestir a veces con demasiada elegancia es ser siempre demasiado educado.
Ser prematuro es ser perfecto.
Cualquier preocupación sobre lo correcto o acertado de nuestro comportamiento demuestra un desarrollo intelectual interrumpido.
La ambición es el último refugio del fracaso.
Una verdad deja de ser cierta cuando más de una persona cree en ella.
En los exámenes los tontos hacen preguntas que los sabios no saben responder.
La vestimenta de los griegos carecía, en esencia, de talento estético. Nada debería revelar el cuerpo salvo el cuerpo.
Uno debería ser una obra de arte, o vestir una obra de arte.
Solo perduran las cualidades superficiales. La naturaleza profunda del hombre se descubre pronto.
La industria es la raíz de toda fealdad.
Las épocas perduran en la historia merced a sus anacronismos.
Solo los dioses saborean la muerte. Apolo ha perecido, pero Jacinto, a quien dicen que mató, vive aún. Nerón y Narciso están siempre con nosotros.
Los viejos lo creen todo, los de mediana edad sospechan de todo, los jóvenes lo saben todo.
El requisito de la perfección es la ociosidad: el objetivo de la perfección es la juventud.
Solo los grandes maestros del estilo logran ser confusos.
Hay algo trágico en el enorme número de jóvenes ingleses que empiezan la vida con un perfil perfecto y acaban adoptando alguna profesión útil.
Amarse a uno mismo es el inicio de un idilio que dura toda la vida.
En Ensayos
13 jul. 2018
William Butler Yeats - Navegando hacia Bizancio
I
Esta no es una tierra para viejos.
Jóvenes abrazados,
pájaros en los árboles cantando,
esas efímeras generaciones;
cascadas que remontan los salmones,
las multitudinarias haleches de los mares,
pez, carne o volátil,
alaban a lo largo del verano
todo lo que se engendra, nace y muere.
Apresados en esa sensual música,
todos se olvidan de los monumentos
del intelecto sin edad.
II
Un viejo sólo es algo despreciable,
un andrajoso abrigo sobre un palo,
a menos que cante el alma y dé palmas;
y, para cada andrajo en su vestido
mortal, cante más alto.
No existe, pues, la escuela de canto,
sólo los estudiados
monumentos de su magnificencia.
Por eso he cruzado los mares y he venido
a la ciudad sagrada de Bizancio.
III
Oh sabios frente al fuego de Dios,
como en el mosaico de oro de una pared,
venid del fuego sagrado, ave en espiral,
y sed los maestros cantores de mi alma.
Destruid mi corazón (enfermo de deseo
y sujeto a un animal agonizante
ignora ya quién es) y hundidme
en el artificio de la eternidad.
IV*
Cuando esté fuera de la naturaleza
no tomaré ya mi forma corpórea
de un natural objeto
sino de aquella que los orfebres griegos
hacen de oro forjado y oro de esmalte
por mantener despierto
a un Emperador soñoliento;
o en una rama dorada cantar
a los caballeros y damas de Bizancio
de lo que pasó, pasa o ha de pasar.
* En alguna pane he leído que en el palacio del Emperador de Bizancio había un árbol de oro y plata
donde cantaban pájaros artificiales. (Nota del Autor)
Sailing To Byzantium
I
That is no country for old men. The young
In one another's arms, birds in the trees
- Those dying generations - at their song,
The salmon-falls, the mackerel-crowded seas,
Fish, flesh, or fowl, commend all summer long
Whatever is begotten, born, and dies.
Caught in that sensual music all neglect
Monuments of unageing intellect.
II
An aged man is but a paltry thing,
A tattered coat upon a stick, unless
Soul clap its hands and sing, and louder sing
For every tatter in its mortal dress,
Nor is there singing school but studying
Monuments of its own magnificence;
And therefore I have sailed the seas and come
To the holy city of Byzantium.
III
O sages standing in God's holy fire
As in the gold mosaic of a wall,
Come from the holy fire, perne in a gyre,
And be the singing-masters of my soul.
Consume my heart away; sick with desire
And fastened to a dying animal
It knows not what it is; and gather me
Into the artifice of eternity.
IV
Once out of nature I shall never take
My bodily form from any natural thing,
But such a form as Grecian goldsmiths make
Of hammered gold and gold enamelling
To keep a drowsy Emperor awake;
Or set upon a golden bough to sing
To lords and ladies of Byzantium
Of what is past, or passing, or to come.
Traducción: Ricardo Silva-Santisteban
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