30 de set. de 2012

Wole Soyinka (Nigeria, 1934): Dos poemas [bilingüe]

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Temporada

El moho es la madurez, el moho.
Y el marchito maíz-pluma.

El polen es el apareado-tiempo cuando tragamos
Tejiendo una danza.
De emplumadas flechas
La hebra del maíz- tallo en aladas
Líneas de luz. Y nos encantaba oír
Empalmadas frases del viento, oír
Raspaduras en el campo, donde el maíz-hoja
Perforaba como astilla de bambú.
Ahora, cosechadores nosotros,
En espera del moho de borlas, dibujando
Largas sombras del crepúsculo, enroscando
La paja en la madera-humo. Tallos cargados
Llevando el germen de la decadencia-esperamos
La promesa del moho.


Season

Rust is ripeness, rust
And the wilted corn-plume;

Pollen is mating-time when swallows
Weave a dance
Of feathered arrows
Thread corn-stalks in winged
Streaks of light. And, we loved to hear 
Spliced phrases of the wind, to hear
Rasps in the field, where corn leaves
Pierce like bamboo slivers.
Now, garnerers we,
Awaiting rust on tassels, draw
Long shadows from the dusk, wreathe
Dry thatch in woodsmoke. Laden stalks
Ride the germ’s decay – we await
The promise of the rust.




Abiku

Niño errante. Es el niño que ha muerto y regresa,
una y otra vez, para atormentar a su madre.
Creencia Yoruba


En vano su sonar de ajorcas
Encantados círculos a mis pies;
Yo soy Abiku, llamando una
Y otra vez.

¿Debo llorar por las cabras y las conchas valiosas
Por el aceite de palma y los ruegos esparcidos?
Ñames no retoñando amuletos
en la tierra de las ramas de Abiku

Así que cuando se quema el caracol en su concha
Afilado el fragmento caliente, me marca
Profundamente en el pecho-debes reconocerlo
Cuando Abiku llame de nuevo.

Yo soy el diente de la ardilla, craquelado
La criba de la palma; recuerda
Esto, y cava aún más profundo en mí
Al dios de los pies hinchados.

Una vez y otra vez, sin edad
Sin embargo vomitando, y en el momento de
Las libaciones, cada dedo me acerca a
La forma en que vine, donde

La tierra es húmeda con luto
Blanco rocío chupa-carne de pájaros
El atardecer se hace amigo de la araña, atrapa

Moscas en el vino-espumoso;

Noche, y Abiku chupa el aceite
De las lámparas. ¡Madres! Seré la
Suplicante serpiente enroscada en el umbral
Su llanto de muerte.

La fruta madura fue la más triste
Donde me arrastré, el ardor se sacia.
En el silencio de las redes, Abiku gemidos, formando
Montículos desde la yema.



Abiku

Wanderer child. It is the same child who dies and
returns again and again to plague the mother.
Yoruba belief

In vain your bangles cast
Charmed circles at my feet
I am Abiku, calling for the first
And repeated time.
Must I weep for goats and cowries
For palm oil and sprinkled ask?
Yams do not sprout amulets
To earth Abiku’s limbs.
So when the snail is burnt in his shell,
Whet the heated fragment, brand me
Deeply on the breast – you must know him
When Abiku calls again.
I am the squirrel teeth, cracked
The riddle of the palm; remember
This, and dig me deeper still into
The god’s swollen foot.
Once and the repeated time, ageless
Though I puke, and when you pour
Libations, each finger points me near
The way I came, where
The ground is wet with mourning
White dew suckles flesh-birds
Evening befriends the spider, trapping
Flies in wine-froth;
Night, and Abiku sucks the oil
From lamps. Mothers! I’ll be the
Suppliant snake coiled on the doorstep
Yours the killing cry.
The ripest fruit was saddest
Where I crept, the warmth was cloying.
In silence of webs, Abiku moans, shaping
Mounds from the yolk.


Versión: Mario Bojórquez
Vía Círculo de Poesía. Revista electrónica de literatura. Enero, 2012
Fuente foto © 2012 StudioMO

29 de set. de 2012

Julio Cortázar: Las palabras violadas

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Si algo sabemos los escritores, es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueran alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados.

Los que asistimos a reuniones como ésta sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien cuáles son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos; libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia, entre muchas otras. Y ahí están otra vez esta noche, aquí las estamos diciendo porque debemos decirlas, porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva sin la cual nuestra vida tal como la entendemos no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos. Aquí están otra vez esas palabras, las estamos diciendo, las estamos escuchando. Pero en algunos de nosotros, acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma que es nuestra herramienta estética de trabajo, se abre paso un sentimiento de inquietud, un temor que sería fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que no debe ser callado cuando se lo siente con la fuerza y con la angustia con que a mi me ocurre sentirlo.

Una vez más, como en tantas reuniones, coloquios, mesas redondas, tribunales y comisiones, surgen entre nosotros palabras cuya necesaria repetición es prueba de su importancia; pero a la vez se diría que esa reiteración las está como limando, desgastando, apagando. Digo: «libertad», digo «democracia», y de pronto siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, en un clisé sobre el cual todo el mundo está de acuerdo porque ésa es la naturaleza misma del clisé y del estereotipo: anteponer un lugar común a una vivencia, una convención a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo.

¿Con qué derecho digo aquí estas cosas? Con el simple derecho de alguien que ve en el habla el punto más alto que haya escalado el hombre buscando saciar su sed de conocimiento y de comunicación, es decir, de avanzar positivamente en la historia como ente social, y de ahondar como individuo en el contacto con sus semejantes. Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor; seríamos, como el resto de los animales, mera perpetuación y mera sexualidad. El habla nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos. Y es entonces que en las encrucijadas críticas, en los enfrentamientos de la luz contra la tiniebla, de la razón contra la brutalidad, de la democracia contra el fascismo, el habla asume un valor supremo del que no siempre nos damos plena cuenta. Ese valor, que debería ser nuestra fuerza diurna frente a las acometidas de la fuerza nocturna, ese valor que nos mostraría con una máxima claridad el camino frente a los laberintos y las trampas que nos tiende el enemigo, ese valor del habla lo manejamos a veces como quien pone en marcha su automóvil o sube la escalera de su casa, mecánicamente, casi sin pensar, dándolo por sentado y por válido, descontando que la libertad es la libertad y la justicia es la justicia, así tal cual y sin más, como el cigarrillo que ofrecemos o que nos ofrecen.

Hoy, en que tanto en España como en muchos otros países del mundo se juega una vez más el destino de los pueblos frente al resurgimiento de las pulsiones más negativas de la especie, yo siento que no siempre hacemos el esfuerzo necesario para definirnos inequívocamente en el plano de la comunicación verbal, para sentirnos seguros de las bases profundas de nuestras convicciones y de nuestras conductas sociales y políticas. Y eso puede llevarnos en muchos casos a luchar en la superficie, a batirnos sin conocer a fondo el terreno donde se libra la batalla y donde debemos ganarla. Seguimos dejando que esas palabras que transmiten nuestras consignas, nuestras opciones y nuestras conductas, se desgasten y se fatiguen a fuerza de repetirse dentro de moldes avejentados, de retóricas que inflaman la pasión y la buena voluntad pero que no incitan a la reflexión creadora, al avance en profundidad de la inteligencia, a las tomas de posición que signifiquen un verdadero paso adelante en la búsqueda de nuestro futuro.

Todo esto sería acaso menos grave si frente a nosotros no estuvieran aquellos que, tanto en el plano del idioma como en el de los hechos, intentan todo lo posible para imponernos una concepción de la vida, del estado, de la sociedad y del individuo basada en el desprecio elitista, en la discriminación por razones raciales y económicas, en la conquista de un poder omnímodo por todos los medios a su alcance, desde la destrucción física de pueblos enteros hasta el sojuzgamiento de aquellos grupos humanos que ellos destinan a la explotación económica y a la alienación individual. Si algo distingue al fascismo y al imperialismo como técnicas de infiltración es precisamente su empleo tendencioso del lenguaje, su manera de servirse de los mismos conceptos que estamos utilizando aquí esta noche para alterar y viciar su sentido más profundo y proponerlos como consignas de su ideología. Palabras como patria, libertad y civilización saltan como conejos en todos sus discursos, en todos sus artículos periodísticos. Pero para ellos la patria es una plaza fuerte destinada por definición a menospreciar y a amenazar a cualquier otra patria que no esté dispuesta a marchar a su lado en el desfile de los pasos de ganso. Para ellos la libertad es su libertad, la de una minoría entronizada y todopoderosa, sostenida ciegamente por masas realmente masificadas. Para ellos la civilización es el estancamiento en un conformismo permanente, en una obediencia incondicional. Y es entonces que nuestra excesiva confianza en el valor positivo que para nosotros tienen esos términos puede colocarnos en desventaja frente a ese uso diabólico del lenguaje. Por la muy simple razón de que nuestros enemigos han mostrado su capacidad de insinuar, de introducir paso a paso un vocabulario que se presta como ninguno al engaño, y si por nuestra parte no damos al habla su sentido más auténtico y verdadero, puede llegar el momento en que ya no se vea con la suficiente claridad la diferencia esencial entre nuestros valores políticos y sociales y los de aquellos que presentan sus doctrinas vestidas con prendas parecidas; puede llegar el día en que el uso reiterado de las mismas palabras por unos y por otros no deje ver ya la diferencia esencial de sentido que hay en términos tales como individuo, como justicia social, como derechos humanos, según que sean dichos por nosotros o por cualquier demagogo del imperialismo o del fascismo.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que las cosas no fueron así. Basta mirar hacia atrás en la historia para asistir al nacimiento de esas palabras en su forma más pura, para sentir su temblor matinal en los labios de tantos visionarios, de tantos filósofos, de tantos poetas. Y eso, que era expresión de utopía o de ideal en sus bocas y en sus escritos, habría de llenarse de ardiente vida cuando una primera y fabulosa convulsión popular las volvió realidad en el estallido de la Revolución francesa. Hablar de libertad, de igualdad y de fraternidad dejó entonces de ser una abstracción del deseo para entrar de lleno en la dialéctica cotidiana de la historia vivida. Y a pesar de las contrarrevoluciones, de las traiciones profundas que habrían de encarnarse en figuras como la de un Napoleón Bonaparte y las de tantos otros, esas palabras conservaron su sabor más humano, su mensaje más acuciante que despertó a otros pueblos, que acompañó el nacimiento de las democracias y la liberación de tantos países oprimidos a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del nuestro. Esas palabras no estaban ni enfermas ni cansadas, a pesar de que poco a poco los intereses de una burguesía egoísta y despiadada empezaba a recuperarlas para sus propios fines, que eran y son el engaño, el lavado de cerebros ingenuos o ignorantes, el espejismo de las falsas democracias como lo estamos viendo en la mayoría de los países industrializados que continúan decididos a imponer su ley y sus métodos a la totalidad del planeta. Poco a poco esas palabras se viciaron, se enfermaron a fuerza de ser violadas por las peores demagogias del lenguaje dominante. Y nosotros, que las amamos porque en ellas alienta nuestra verdad, nuestra esperanza y nuestra lucha, seguimos diciéndolas porque las necesitamos, porque son las que deben expresar y transmitir nuestros valores positivos, nuestras normas de vida y nuestras consignas de combate. Las decimos, sí, y es necesario y hermoso que así sea; pero, ¿hemos sido capaces de mirarlas de frente, de ahondar en su significado, de despojarlas de las adherencias de falsedad, de distorsión y de superficialidad con que nos han llegado después de un itinerario histórico que muchas veces las ha entregado y las entrega a los peores usos de la propaganda y la mentira?

Un ejemplo entre muchos puede mostrar la cínica deformación del lenguaje por parte de los opresores de los pueblos. A lo largo de la segunda guerra mundial, yo escuchaba desde mi país, la Argentina, las transmisiones radiales por ondas cortas de los aliados y de los nazis. Recuerdo, con un asco que el tiempo no ha hecho más que multiplicar, que las noticias difundidas por la radio de Hitler comenzaban cada vez con esta frase: «Aquí Alemania, defensora de la cultura.» Sí, ustedes me han oído bien, sobre todo ustedes los más jóvenes para quienes esa época es ya apenas una página en el manual de historia. Cada noche la voz repetía la misma frase: «Alemania, defensora de la cultura.» La repetía mientras millones de judíos eran exterminados en los campos de concentración, la repetía mientras los teóricos hitleristas proclamaban sus teorías sobre la primacía de los arios puros y su desprecio por todo el resto de la humanidad considerada como inferior. La palabra cultura, que concentra en su infinito contenido la definición más alta del ser humano, era presentada como un valor que el hitlerismo pretendía defender con sus divisiones blindadas, quemando libros en inmensas piras, condenando las formas más audaces y hermosas del arte moderno, masificando el pensamiento y la sensibilidad de enormes multitudes. Eso sucedía en los años cuarenta, pero la distorsión del lenguaje es todavía peor en nuestros días, cuando la sofisticación de los medios de comunicación la vuelve aún más eficaz y peligrosa puesto que ahora franquea los últimos umbrales de la vida individual, y desde los canales de la televisión o las ondas radiales puede invadir y fascinar a quienes no siempre son capaces de reconocer sus verdaderas intenciones. 

Mi propio país, la Argentina, proporciona hoy otro ejemplo de esta colonización de la inteligencia por deformación de la palabra. En momentos en que diversas comisiones internacionales investigaban las denuncias sobre los miles y miles de desaparecidos en el país, y daban a conocer informes aplastantes donde todas las formas de violación de los derechos humanos aparecían probadas y documentadas, la junta militar organizó una propaganda basada en el siguiente slogan: «Los argentinos somos derechos y humanos». Así, esos dos términos indisolublemente ligados desde la Revolución francesa y en nuestros días por la Declaración de las Naciones Unidas, fueron insidiosamente separados, y la noción de derecho pasó a tomar un sentido totalmente disociado de su significación ética, jurídica y política para convertirse en el elogio demagógico de una supuesta manera de ser de los argentinos. Véase cómo el mecanismo de ese sofisma se vale de las mismas palabras: Como somos derechos y humanos, nadie puede pretender que hemos violado los derechos humanos. Y todo el mundo puede irse a la cama en paz.

Pero acaso no haya en estos momentos una utilización más insidiosa del habla que la utilizada por el imperialismo norteamericano para convencer a su propio pueblo y a los de sus aliados europeos de que es necesario sofocar de cualquier manera la lucha revolucionaria en El Salvador. Para empezar se escamotea el término «revolución», a fin de negar el sentido esencial de la larga y dura lucha del pueblo salvadoreño por su libertad —otro término que es cuidadosamente eliminado—; todo se reduce así a lo que se califica de enfrentamientos entre grupos de ultraderecha y de ultraizquierda (estos últimos denominados siempre como «marxistas»), en medio de los cuales la junta de gobierno aparece como un agente de moderación y de estabilidad que es necesario proteger a toda costa. La consecuencia de este enfoque verbal totalmente falseado tiene por objeto convencer a la población norteamericana de que frente a toda situación política considerada como inestable en los países vecinos, el deber de los Estados Unidos es defender la democracia dentro y fuera de sus fronteras, con lo cual ya tenemos bien instalada la palabra «democracia» en un contexto con el que naturalmente no tiene nada que ver. Y así podríamos seguir pasando revista al doble juego de escamoteos y de tergiversaciones verbales que, como se puede comprobar cien veces en ese y en tantos otros casos, termina por influir en mucha gente y, lo que es peor, golpea a las puertas de nuestro propio discurso político con las armas de la televisión, de la prensa y del cine, para ir generando una confusión mental progresiva, un desgaste de valores, una lenta enfermedad del habla, una fatiga contra la que no siempre luchamos como deberíamos hacerlo.

¿Pero en qué consiste ese deber? Detrás de cada palabra está presente el hombre como historia y como conciencia, y es en la naturaleza del hombre donde se hace necesario ahondar a la hora de asumir, de exponer y de defender nuestra concepción de la democracia y de la justicia social. Ese hombre que pronuncia tales palabras, ¿está bien seguro de que cuando habla de democracia abarca el conjunto de sus semejantes sin la menor restricción de tipo étnico, religioso o idiomático? Ese hombre que habla de libertad, ¿está seguro de que en su vida privada, en el terreno del matrimonio, de la sexualidad, de la paternidad o la maternidad, está dispuesto a vivir sin privilegios atávicos, sin autoridad despótica, sin machismo y sin feminismo entendidos como recíproca sumisión de los sexos? Ese hombre que habla de derechos humanos, ¿está seguro de que sus derechos no se benefician cómodamente de una cierta situación social o económica frente a otros hombres que carecen de los medios o la educación necesarios para tener conciencia de ellos y hacerlos valer?

Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que les dan nuestros enemigos y el que en muchas circunstancias les damos nosotros. Una crítica profunda de nuestra naturaleza, de nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir, es la única posibilidad que tenemos de devolverle al habla su sentido más alto, limpiar esas palabras que tanto usamos sin acaso vivirlas desde adentro, sin practicarlas auténticamente desde adentro, sin ser responsables de cada una de ellas desde lo más hondo de nuestro ser. Sólo así esos términos alcanzarán la fuerza que exigimos en ellos, sólo así serán nuestros y solamente nuestros. La tecnología le ha dado al hombre máquinas que lavan las ropas y la vajilla, que les devuelven el brillo y la pureza para su mejor uso. Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina mental de lavar, y que esa máquina es su inteligencia y su conciencia; con ella podemos y debemos lavar nuestro lenguaje político de tantas adherencias que lo debilitan. Sólo así lograremos que el futuro responda a nuestra esperanza y a nuestra acción, porque la historia es el hombre y se hace a su imagen y a su palabra.


En Argentina, años de alambradas culturales
Edición a cargo de Saúl Yurkievich
Barcelona, Muchnik Editores, 1984
Foto tomada por Mario Muchnik en Pedraza (Segovia), 1983

27 de set. de 2012

John Berger - Francis Bacon y Walt Disney

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John Berger por Jean Mohr


Una figura ensangrentada en la cama. Un esqueleto entablillado. Un hombre sentado en una silla fumando. Uno pasa ante estos cuadros como a través de una institución gigantesca. Un hombre gira en una silla. Un hombre con una maquinita de afeitar en la mano. Un hombre cagando.

¿Cuál es el significado de los sucesos que vemos? Las figuras pintadas parecen bastante indiferentes a la presencia o a los apuros de las otras. ¿Lo somos también nosotros cuando pasamos delante de ellas sin inmutarnos? Una fotografía en la que aparece el propio Bacon con la camisa remangada muestra que sus antebrazos guardan un estrecho parecido con los de los hombres que pinta. Una mujer se desliza por una barandilla como lo haría un niño. En 1971, según la revista Connaissance des Arts, Bacon ocupaba el primer lugar entre los diez mejores artistas vivos. Un hombre está sentado, desnudo, con los pies rodeados de jirones de papel de periódico. Un hombre mira fijamente la cuerda de una persiana. Un hombre deposita una camiseta sobre un manchado sofá rojo. Hay muchas caras que se mueven y al moverse dan una impresión de dolor. Nunca ha habido una pintura como ésta. Una pintura que se relacione con el mundo en el que vivimos. ¿Pero cómo? Empecemos con unos cuantos datos:

Francis Bacon es el único pintor británico de este siglo que haya tenido una influencia internacional.

Su obra es notablemente coherente, desde los trabajos más tempranos hasta los más recientes. Uno se encuentra frente a una visión del mundo totalmente articulada.

Bacon es un pintor que cuenta con una técnica extraordinaria, es un maestro. Todo aquel que esté mínimamente familiarizado con los problemas que plantea la pintura figurativa al óleo no puede sino asombrarse ante la manera como Bacon los soluciona. Una maestría tal es el resultado de una gran dedicación y de una lucidez extrema con respecto al medio.

La obra de Bacon ha sido extraordinariamente bien comentada. Escritores como David Sylvester, Cichel Leiris y Lawrence Gowing han hablado con gran elocuencia de sus implicaciones internas. Por “internas” me refiero a las implicaciones de las proposiciones de la obra en los propios términos de ésta.

La obra de Bacon está centrada en el cuerpo humano. Éste suele estar distorsionado, mientras que las ropas o lo que lo rodea no lo está, o lo está relativamente menos. Comparemos el impermeable con el torso, el paraguas con el brazo, la colilla con la boca. Según el propio Bacon, las distorsiones sufridas por el rostro y el cuerpo son la consecuencia de su búsqueda de una manera de hacer que la pintura “llegue directamente al sistema nervioso”. Una y otra vez se refiere al sistema nervioso del pintor y del espectador. Para él, el sistema nervioso es independiente del cerebro. El tipo de pintura figurativa que atrae al cerebro es para Bacon ilustrativa y aburrida.

“Siempre he intentado comunicar las cosas de la forma más directa y más cruda que he sido capaz, y tal vez porque les llegan directamente, porque las comprende directamente, la gente piensa que son horribles.”

Para alcanzar esa crudeza que habla directamente al sistema nervioso, Bacon confía plenamente en lo que él denomina “el accidente”. “En mi caso, considero que todo lo que me ha gustado de verdad ha sido el resultado de un accidente sobre el que he sido capaz de trabajar”

En su pintura, el accidente tiene lugar cuando el artista hace “marcas involuntarias” en el lienzo. Su “instinto” encuentra entonces en ellas una manera de desarrollar la imagen. Una imagen desarrollada es aquella que es al mismo tiempo real y sugerente para el sistema nervioso.

Francis Bacon, Estudio de tres cabezas (1962) - MoMa  Read more: http://bibliotecaignoria.blogspot.com/#ixzz27cSUu6hr
Francis Bacon, Estudio de tres cabezas (1962) - MoMa


“¿Acaso no desea uno que las cosas sean lo más reales posible, pero al mismo tiempo profundamente sugerentes o profundamente reveladoras de unas áreas de la sensación diferentes de la mera ilustración del objeto que te propones hacer? Al fin y al cabo, ¿no es en eso en lo que consiste el arte?”

Para Bacon el objeto “revelador” es siempre el cuerpo humano. El resto de las cosas que aparecen en su pintura (sillas, zapatos, persianas, interruptores de la luz, periódicos) están sólo ilustrados. “Lo que quiero hacer es distorsionar la apariencia de la cosa, pero restituyéndola en esa distorsión a una narración de la apariencia.”

Si lo interpretamos como un proceso, veremos que esto significa lo siguiente. La apariencia de un cuerpo sufre el accidente de las marcas que se le infligen involuntariamente. Su imagen distorsionada llega entonces directamente al sistema nervioso del espectador (o del pintor), quien vuelve a descubrir la apariencia del cuerpo a través o por encima de las marcas que sufre.

Además de las marcas infligidas por accidente en el acto de pintar, hay a veces marcas pintadas en un cuerpo o en un colchón. Éstas son huellas, más o menos obvias, de fluidos corporales: sangre, semen, tal vez excrementos. Cuando aparecen, estas manchas del lienzo son como manchas en una superficie que ha tocado realmente al cuerpo.

El doble sentido de las palabras que Bacon ha utilizado siempre para hablar de su pintura (accidente, crudeza, marcas), e incluso tal vez el doble sentido de su apellido,* parece formar parte del vocabulario de una obsesión, de una experiencia que probablemente data del inicio de su timidez. El mundo de Bacon no ofrece alternativas ni salidas. No existe en él la conciencia del tiempo ni la del cambio. Muchas veces Bacon empieza a trabajar en un cuadro partiendo de una imagen fotográfica. La fotografía registra un momento. En el proceso de la pintura, Bacon busca el accidente que convierte ese momento en todos los momentos. En la vida, el momento que descubre todos los momentos pasados y venideros suele ser por lo general un momento de dolor físico. Y el dolor puede ser el ideal al que aspira la obsesión de Bacon. Sin embargo, el contenido de sus cuadros, el contenido que constituye su atractivo, tiene muy poco que ver con el dolor. Como suele suceder, la obsesión es una distracción, y el contenido real reside en otra parte.

Se dice que la obra de Bacon es una expresión de la angustiosa soledad del hombre occidental. Sus figuras están aisladas en vitrinas de cristal, en arenas de color puro, en habitaciones anónimas o incluso en sí mismas. Su aislamiento no nos impide verlas. (La forma tríptico, en la que cada figura está aislada en su propio lienzo pero sin dejar de ser visible para las otras, es sintomática.) Las figuras de Bacon están solas, pero carecen de toda intimidad. Las marcas que muestran, sus heridas, parecen autoinflingidas, aunque en un sentido especial. No por un individuo concreto, sino por la especie, el hombre, porque en tales condiciones de soledad universal, la distinción entre el individuo y la especie pierde su significado.

Bacon es lo opuesto a uno de esos pintores apocalípticos que esperan que ocurra lo peor. Para Bacon, lo peor ya ha ocurrido, y no tiene nada que ver con la sangre, las manchas, las vísceras. Lo peor es que se haya llegado a considerar que el hombre es un ser con inteligencia.

Lo peor ya había sucedido en la Crucifixión de 1944. Ya aparecen aquí los vendajes y los gritos, como también la aspiración hacia un dolor ideal. Pero los cuellos terminan en bocas. La parte superior de la cara ha desaparecido. Falta el cráneo. Posteriormente, lo peor se evoca de una manera más sutil. La anatomía permanece intacta, y la incapacidad del hombre para reflexionar se sugiere mediante lo que sucede a su alrededor y por su expresión, o la carencia de ésta. Las vitrinas de cristal, que contienen a los amigos o a un papa, recuerdan aquellas que sirven para estudiar el comportamiento de los animales. Los decorados, los trapecios, las barandillas, las cuerdas, se parecen a los accesorios que se ponen en las jaulas de los animales. El hombre es un mono infeliz. Pero si se da cuenta de ello, deja de serlo, Y por eso es necesario mostrar aquello que el hombre no sabe. El hombre es un mono infeliz sin saberlo. No es el cerebro, sino la percepción, lo que separa a las dos especies. Este es el axioma en el que se basa el arte de Bacon.

Durante los primeros años de la década de 1950, parecía que Bacon estaba interesado en las expresiones faciales. Pero, según él mismo admitía, no por lo que expresaban en sí mismas.

“En realidad, quería pintar el grito más que el horror. Y creo que si realmente hubiera pensado en qué es lo que hace que alguien grite'—el horror causante del grito—, los gritos que intentaba pintar habrían sido mucho más logrados. De hecho, eran demasiado abstractos. Originariamente empecé a pintarlos llevado por esa conmoción que siempre me han causado los movimientos y la forma de la boca y los dientes. Podríamos decir que me gusta el brillo y el color que sale de la boca, y en cierto sentido, mi deseo siempre ha sido el ser capaz de pintar bocas como Monet pintaba puestas de sol.”

En los retratos de amigos, como en el de Isabel Rawsthorne, o en algunos de los autorretratos más recientes, uno se enfrenta con la expresión de un ojo, a veces de dos. Pero estudiemos esas expresiones, leámoslas. Ninguna de ellas es autorreflexiva. Los ojos miran desde su condición, estúpidamente, hacia afuera, hacia lo que los rodea. No saben lo que les ha sucedido; y en su ignorancia reside su patetismo. ¿Pero qué es lo que les ha sucedido? El resto de sus rostros están contorsionados con expresiones que no son suyas, con expresiones que, en realidad, no son tales (porque tras ellas no hay nada que expresar), sino que son.

No del todo por accidente, sin embargo. El parecido permanece, y en esto Bacon emplea toda su maestría. Normalmente, el parecido define el carácter, y el carácter en el hombre es inseparable de la mente. Esta es la razón por la que algunos de estos retratos, sin precedentes en la historia del arte, pese a no ser nunca trágicos, llegan a causar una gran obsesión. Vemos el carácter como el molde vacío de una conciencia que está ausente. De nuevo aquí, lo peor ya ha sucedido. El hombre vivo se ha convertido en su propio espectro carente de inteligencia.

En las grandes composiciones figurativas, en las que hay más de un personaje, la falta de expresión se combina con la total carencia de receptividad de las otras figuras. Todas ellas se están continuamente demostrando unas a otras que no pueden tener expresión alguna. Sólo permanecen las muecas.

La manera como Bacon percibe el absurdo no tiene nada en común con el existencialismo o con la obra de un artista como Samuel Beckett. Este último concibe la desesperación como resultado de cierta discusión interna, como resultado de intentar desenmarañar del lenguaje todas las respuestas dadas convencionalmente. Bacon no se cuestiona nada, no desenmaraña nada. Acepta que lo peor ha sucedido.

La falta de alternativas que entraña su visión de la condición humana se refleja en la falta de un desarrollo temático en su obra. Durante treinta años toda su evolución se ha centrado en el aspecto técnico de enfocar lo peor cada vez más nítidamente. Lo logra, pero al mismo tiempo esa reiteración hace que lo peor sea menos creíble. Esta es la paradoja del artista. A medida que pasas de una a otra sala, empiezas a comprender claramente que puedes vivir con lo peor, que puedes seguir pintándolo una y otra vez, que puedes convertirlo en un arte cada vez más elegante, que puedes ponerle terciopelo y marcos dorados, que otra gente lo comprará para colgarlo en las paredes de sus comedores. Empieza a parecer que Bacon es un charlatán. Pero no lo es. Y la fidelidad que guarda para con su propia obsesión garantiza que la paradoja de su arte produzca una verdad coherente, aunque no sea la verdad que él se propone.

El arte de Bacon es, en efecto, conformista. No es con Goya o con el primer Eisenstein con quienes debe ser comparado, sino con Walt Disney. Ambos hombres, Bacon y Walt Disney, se plantean el comportamiento alienado de nuestras sociedades; y, cada cual de una forma diferente, convencen al espectador de que lo acepte como es. Disney consigue que el comportamiento alienado parezca gracioso y sentimental y, por lo tanto, aceptable. Bacon interpreta ese comportamiento en unos términos según los cuales lo peor que pudiera suceder ya ha sucedido.

El mundo de Disney también está cargado de una violencia vana. La catástrofe última está siempre presente. Sus criaturas tienen personalidad y reacciones nerviosas; de lo que (casi) carecen es de inteligencia. Si ante una secuencia animada de Disney, leyéramos, creyéndonoslo, un pie como Esto es todo lo que hay, la película en cuestión nos causaría el mismo horror que un cuadro de Bacon.

Al contrario de lo que suele decirse, los cuadros de Bacon no comentan ninguna experiencia real de soledad, angustia o duda metafísica; tampoco critican las relaciones sociales, la burocracia, la sociedad industrial o la historia del siglo XX. Para hacerlo tendrían que haberse referido a la conciencia. Lo que hacen es demostrar cómo la alienación puede provocar un anhelo de esa su propia forma absoluta que es la falta total de inteligencia. Ésta es la verdad consecuentemente demostrada, más que expresada, en la obra de Bacon.


En Mirar
Traducción: Pilar Vázquez Álvarez
Imagen: Jean Mohr

26 de set. de 2012

Voltaire: Sobre los pensamientos del Sr. Pascal (Apéndices I y II)

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Apéndice I 
Suplemento añadido en la edición de 1742

LVIII. «No se pasa en el mundo por entendido en versos si no se sienta plaza de poeta, ni por ser hábil en matemáticas, si no se la sienta de matemático, pero la verdadera gente de bien no quiere sentar plaza de nada.»

Según esto, ¿estaría mal tener una profesión, un talento marcado y destacar en él? Virgilio, Homero, Corneille, Newton, el marqués del Hospital, sentaron una plaza. ¡Dichoso quien destaca en un arte y entiende algo en los otros!

LIX. «El pueblo tiene opiniones muy sanas: por ejemplo, haber escogido la diversión y la suerte en lugar de la poesía, etc..»

Tal parece que se le haya propuesto al pueblo jugar a la bola o hacer versos. No, sino que los que tienen órganos groseros buscan placeres en los que el alma no interviene para nada; y los que tienen un sentimiento más delicado quieren placeres más finos: todo el mundo tiene que vivir.

LX. «Aunque el universo aplastase al hombre, éste seria aún más noble que lo que le mata, porque sabe que muere;y de la ventaja que el universo tiene sobre él, el universo nada sabe.»

¿Qué quiere decir esa palabra noble? Es muy cierto que mi pensamiento es otra cosa, por ejemplo, que el globo del sol; pero ¿está bien probado que un animal, porque tiene algunos pensamientos, es más noble que el sol que anima todo lo que conocemos de la naturaleza? ¿Le corresponde al hombre decidir? Es juez y parte. Se dice que una obra es superior a otra cuando ha costado más esfuerzo al obrero y es de un uso más útil; pero ¿ha costado menos al Creador hacer el sol que modelar un pequeño animal de alrededor de cinco pies de alto, que razona bien o mal? ¿Qué es más útil en el mundo, este animal o el astro que ilumina tantas esferas? Y ¿en qué unas cuantas ideas recibidas en un cerebro son preferibles al universo material?

LXI. «Elíjase la condición que se prefiera y reúnanse en ella todos los bienes y las satisfacciones que parecen poder contentar a un hombre; si quien se haya puesto en ese estado está sin ocupación ni diversión y se le deja reflexionar sobre lo que es, esa felicidad languideciente no le sustentará.»

¿Cómo se pueden reunir todos los bienes y todas las satisfacciones en torno a un hombre, y dejarle al mismo tiempo sin ocupación ni diversión? ¿No hay aquí una contradicción bien patente?

LXII. «Déjese a un rey completamente solo, sin ninguna satisfacción de los sentidos, sin ningún cuidado en su espíritu, sin compañía, pensar en sí mismo a su gusto, y se verá que un rey que se ve es un hombre lleno de miserias, y que las padece como cualquier otro.»

Siempre el mismo sofisma. Un rey que se retira para pensar está entonces ocupado; pero si no detuviese su pensamiento más que sobre sí, diciéndose a sí mismo: «Reino», y nada más, sería un idiota.

LXIII. «Toda religión que no reconoce a Jesucristo es notoriamente falsa, y los milagros no le pueden servir de nada.»

¿Qué es un milagro? Sea cual fuere la idea que pueda uno formarse de él, es una cosa que sólo Dios puede hacer. Ahora bien, aquí se supone que Dios puede hacer milagros para sostener a una falsa religión. La cosa merece ser profundizada; cada una de estas cuestiones puede llenar un volumen.

LXIV. «Se ha dicho: 'Creed en la Iglesia'; pero no se ha dicho: 'Creed en los milagros', a causa de que lo último es natural y no así lo primero. Lo uno tenía necesidad de precepto y lo otro, no.»

He aquí, según creo, una contradicción. Por un lado, los milagros, en ciertas ocasiones, no deben servir de nada; y, por otro, se debe creer tan necesariamente en los milagros, son una prueba tan convincente, que no ha hecho falta ni siquiera recomendar dicha prueba. Esto es seguramente decir el pro y el contra.

LXV. «No veo que haya más dificultad en creer en la resurrección de los cuerpos y en el parto de la Virgen que en la creación. ¿Es más difícil reproducir un hombre que producirlo?»

Se puede encontrar, por mero razonamiento, pruebas de la creación, pues, viendo que la materia no existe por sí misma y no tiene movimiento por sí misma, etc., se llega a conocer que debe haber sido necesariamente creada; pero no se alcanza, por el razonamiento, a ver que un cuerpo siempre cambiante deba ser resucitado un día, tal como era en los tiempos mismos en que cambiaba. El razonamiento no conduce tampoco a ver que un hombre deba nacer sin germen. La creación es, pues, un objeto de razón; pero los otros dos milagros son un objeto de la fe. A 10 de Mayo de 1738.

He leído, hace poco, unos Pensamientos, de Pascal, que no habían aparecido todavía. El P. Desmoléis los ha obtenido escritos por la mano de ese ilustre autor, y los ha hecho imprimir. Me parecen confirmar lo que yo ya he dicho antes, que ese gran genio había lanzado al azar todas esas ideas, para reformar una parte y emplear otra, etc.
Entre estos últimos Pensamientos, que los editores de las Obras de Pascal habían rechazado de la recopilación, me parece que hay muchos que merecían ser conservados. He aquí algunos que ese gran hombre hubiera debido, según creo, corregir.

LXVI. «En todas las ocasiones, en que una proposición es inconcebible, no por eso hay que negarla, sino examinar la contraria, y si se la encuentra manifiestamente falsa, se puede afirmar la contraria por incomprensible que sea.»

Me parece que es evidente que los dos contrarios pueden ser falsos. Un buey vuela hacia el sur con alas, un buey vuela hacia el norte sin alas; veinte mil ángeles mataron ayer veinte mil hombres, veinte mil hombres mataron ayer veinte mil ángeles: estas proposiciones contrarias son evidentemente falsas.

LXVII. «¡Vanidad de la pintura, que atrae la admiración por el parecido de las cosas cuyos originales no se admiran!.»

No es en la bondad del carácter de un hombre en lo que consiste seguramente el mérito de su retrato: es el parecido. Se admira a César en un sentido, y a su estatua o imagen sobre un lienzo, en otro sentido.

LXVIII. «Si los médicos no tuviesen sotanas y muías, si los doctores no tuviesen birretes cuadrados y ropones muy anchos, no habrían nunca tenido la consideración que tienen en el mundo.»

Por el contrario, los médicos no han dejado de ser ridículos, no han adquirido una verdadera consideración hasta que han abandonado esas libreas de pendantería; los doctores no son recibidos en el mundo, entre la gente de bien, más que cuando están sin birrete y sin argumentos.
Incluso hay países en los que la magistratura se hace respetar sin pompas. Hay reyes cristianos muy bien obedecidos que descuidan la ceremonia de la consagración y de la coronación. A medida que los hombres adquieren más luces, el aparato se hace más inútil; ya sólo es necesario a veces para el pueblo bajo; ad populum phaleras.

LXIX. «Según esas luces naturales, si hay un Dios es absolutamente incomprensible, puesto que no teniendo partes, ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros; somos pues incapaces de conocer ni lo que es ni lo que no es.»

Es extraño que el Sr. Pascal haya creído que se podía adivinar el pecado original por la razón, y que diga que no se puede conocer por la razón si Dios existe. Es, aparentemente, la lectura de este pensamiento lo que incitó al P. Hardouin a poner a Pascal en su ridicula lista de los ateos; Pascal hubiera manifiestamente rechazado esta idea, puesto que la combate en otros sitios. En efecto, estamos obligados a admitir cosas que no conocemos; yo existo, luego algo existe desde toda la eternidad, es una proposición evidente; empero, ¿comprendemos la eternidad?

LXX. «¿Creéis que sea imposible que Dios sea infinito sin partes? Sí. Quiero, pues, haceros ver una cosa infinita e indivisible: un punto que se mueve por doquiera con una velocidad infinita; pues está en todas partes y todo entero en cada lugar.»

Hay cuatro falsedades palpables:
1.° Que un punto matemático exista solo.
2.° Que se mueva a derecha y a izquierda al mismo tiempo.
3.° Que se mueva con una velocidad infinita, pues no hay velocidad tan grande que no pueda ser aumentada.
4.° Que esté todo entero en todas partes.

LXXI. «Homero compuso una novela y la dio por tal. Nadie dudaba de que Troya y Agamenón no habían existido más que la manzana de oro.»

Nunca ningún escritor ha puesto en duda la guerra de Troya. La ficción de la manzana de oro no destruye la verdad de fondo del asunto. La ampolla traída por una paloma y la oriflama por un ángel no impiden que Clovis haya efectivamente reinado en Francia. LXXII. «No intentaré probar aquí por razones naturales la existencia de Dios, o la Trinidad, o la inmortalidad del alma, porque no me sentiría capaz de encontrar en la naturaleza con qué convencer a los ateos empedernidos.»

¿Es posible una vez más, que sea Pascal quien no se siente lo bastante fuerte como para probar la existencia de Dios?

LXXIII. «Las opiniones relajadas gustan tanto a los hombres naturalmente, que es raro que les disgusten.»

¿No prueba la experiencia, por el contrario, que no se tiene crédito sobre el espíritu de los pueblos, sin proponiéndoles lo difícil, incluso lo imposible de hacer y de creer? Los estoicos fueron respetados porque aplastaban la naturaleza humana. No propongáis más que cosas razonables y todo el mundo responde: «Eso ya lo sabíamos». No vale la pena de estar inspirado para ser vulgar; pero mandad cosas duras, impracticables; pintad a la Divinidad siempre armada de rayos; haced correr la sangre ante sus altares; seréis escuchado por la multitud y todo el mundo dirá de vos: «Es preciso que tenga razón, puesto que proclama tan audazmente cosas tan extrañas».


***


Apéndice II  
Últimas acotaciones escritas en 1777, con motivo de la edición 
de los Pensamientos preparada por Condorcet


I. «Lo que va más allá de la geometría nos rebasa, y sin embargo es necesario decir algo sobre ello, aunque sea imposible practicarlo.»

Si es imposible ponerlo en práctica, es por tanto inútil hablar de ello.

II. «No se reconocen en geometría más que las definiciones que los lógicos llaman definiciones de nombres, es decir, las solas imposiciones de nombre a las cosas que han sido claramente designadas en términos perfectamente conocidos; y yo no hablo solamente más que de ésas.»

Eso no es nada más que una nomenclatura, no es una definición. Quiero designar un gran pájaro, de un plumaje negro o gris, pesado, que camina gravemente, al que se lleva a pastar en rebaño, que lleva una excrecencia de carne roja sobre el pico, cuya pata carece de espolón, que lanza un grito penetrante, que abre su cola como el pavo real abre la suya, aunque la del pavo real sea mucho más larga y hermosa. Ya tenemos a este pájaro definido. Es un pavo común; ya lo tenemos nombrado. No veo que haya en esto nada de geométrico.

III. «Parece que las definiciones son algo muy libre, y que nunca están sujetas a contradicción, pues no hay nada tan permitido comodar a una cosa que se haya designado claramente el nombre que se quiera.»

Las definiciones no son libres en absoluto, es preciso inexcusablemente definir per genus propium et per differen-tiam proximam. Lo que es libre es el nombre.

IV. «Parece que los hombres padecen una impotencia natural e inmutable para tratar la ciencia que sea en un orden absolutamente cumplido; pero de esto no se deduce que haya que abandonar todo tipo de orden.»

Los hombres no padecen ninguna impotencia insuperable para definir lo que conocen de los objetos de sus pensamientos, y esto es bastante para razonar consecuentemente.

V. «Ella (la geometría) no define ninguna de esas cosas, espacio, tiempo, movimiento, número, igualdad, ni otras semejantes que hay en gran número porque esos términos designan tan naturalmente las cosas que significan a los que entienden la lengua, que la elucidación que se quisiera hacer aportaría más oscuridad que instrucción.»

Apolonio, ciertamente gran geómetra, quería que se definiese todo eso. Un principiante tiene necesidad de que se le diga: el espacio es la distancia de una cosa a otra; el movimiento es el transporte de un sitio a otro; el número es la unidad repetida; el tiempo es la medida de la duración. Este artículo merecería ser refundido por el genio de Pascal.

VI. «El arte de persuadir consiste tanto en el de agradar como en el de convencer, hasta tal punto los hombres se gobiernan más por capricho que por razón. Pues bien, de estos dos métodos, el uno de convencer, el otro de agradar, no daré aquí más que las reglas del primero, y eso en el caso de que se hayan acordado los principios y de que se permanezca firme en confesarlos; de otro modo, no sé si habría algún arte para acomodar las pruebas a la inconstancia de nuestros caprichos. La manera de agradar es, sin comparación, mucho más difícil, más sutil, y más admirable: de tal forma que si trato de ella, es porque no soy capaz, y porque me siento tan desproporcionado que creo que para mí la cosa es absolutamente imposible.»

La he encontrado muy posible en las «Provinciales»(1).

VII «Hay un arte, y es el que yo doy, para hacer ver la conexión de las verdades con sus principios, sea de lo verdadero, sea del placer, siempre que los principios que se han admitido una vez permanezcan firmes y sin verse nunca desmentidos; pero como hay pocos principios de esta clase, y fuera de la geometría, que no considera más que figuras muy sencillas, no hay casi verdades con las que siempre permanezcamos de acuerdo, y aún menos objetos de placer de los que no cambiemos inmediatamente, no sé si hay medio de dar reglas firmes para conciliar los discursos con la inconstancia de nuestros caprichos. Este arte, que llamamos el arte de persuadir, y que no es propiamente más que la manera de actuar de las pruebas metódicas y perfectas, consiste en tres partes esenciales: en explicar los términos de los que uno debe servirse por medio de definiciones claras, en proponer principios o axiomas evidentes para probar las cosas de las que se trata, y en sustituir siempre mentalmente, en la demostración, lo definido por la definición.»

Pero eso no es el arte de persuadir, es el arte de argumentar.

VIII. «Respecto a la primera objección, que es la de que estas reglas son ya conocidas en el mundo, que es preciso definirlo y probarlo todo, y que incluso los lógicos las han puesto entre los preceptos de su arte, quisiera que la cosa fuera verdadera, y que fuese tan conocida que yo no hubiese tenido el trabajo de buscar con tanto cuidado la fuente de todos los defectos de nuestros razonamientos.»

Locke, el Pascal de los ingleses, no pudo leer a Pascal. Éste apareció después de ese gran hombre y sus pensamientos han visto la luz, por vez primera, más de medio siglo después de la muerte de Locke. Sin embargo Locke, ayudado sólo por su gran sentido común, dijo siempre: Definid los términos.

IX. «De este modo, la lógica ha tomado quizás las reglas de la geometría, sin comprender su fuerza; y poniéndolas así al azar entre las que le son propias, de esto no se sigue que ellos hayan entrado en el espíritu de la geometría; y si no diesen otras muestras de esto más que el haberlo dicho de paso, yo estaría muy lejos de ponerlo con los geómetras, que enseñan la verdadera manera de conducir la razón. Estaré por el contrario más bien dispuesto a excluirlas, y casi de modo inapelable, pues haber dicho de pasada y sin advertencia que todo está encerrado ahí dentro, y, en lugar de seguir esas luces, desviarse hasta perderse de vista tras investigaciones inútiles, por correr tras lo que ellos ofrecen y no pueden dar, es verdaderamente mostrar que no se es muy clarividente, y mucho menos que si se hubiera dejado de seguirlas porque no se ha las había percibido.»

¿Quién es ese las? Sin duda son las reglas de la geometría de las que quiere hablar. 

X. «El método para no errar es buscado por todo el mundo. Los lógicos proclaman conducir a él. Sólo los geómetras lo consiguen; y fuera de su ciencia y de lo que ésta limita, no hay verdaderas demostraciones; todo el arte de éstas está encerrado solamente en los preceptos que hemos dicho. Ellos solos bastan, sólo ellos prueban; todas las otras son inútiles o dañosas.
Esto es lo que sé por una larga experiencia de libros y de personas. El defecto de un razonamiento falso es una enfermedad que se cura con los dos remedios indicados. Se ha compuesto otro de una infinidad de hierbas inútiles, en las que las buenas se encuentran envueltas y en el que permanecen sin efecto por las malas cualidades de esta mezcla.
Para descubrir todos los sofismas y todos los equívocos de los razonamientos capciosos, han inventado nombres bárbaros que asombran a quienes los oyen;y en lugar de que no se puedan deshacer todos los repliegues de ese nudo tan embrollado más que tirando de los dos extremos que los geómetras señalan, ellos han marcado un extraño número de otros, entre los que ésos se hallan comprendidos, sin que sepan cuál es el bueno.»

¿Quiénes son ellos? Aparentemente, los retóricos antiguos de la Escuela. Pero ¡qué obscuro es todo esto!

XI. «Nada es tan común como las cosas buenas.»

¡No tan común!

XII. «Los mejores libros son los que cada lector cree que hubiera podido componer.»

Eso no es verdad en las ciencias; no hay nadie que crea que hubiera podido componer los principios matemáticos de Newton. Tampoco es cierto en las letras clásicas: ¿quién es el fatuo que se atreve a creer que hubiera podido componer la Ilíada y la Eneida?

XIII. «No dudo de que estas reglas, siendo las verdaderas, no deben ser sencillas, ingenuas, naturales, como lo son. No son Bárbara y Baralipson las que hacen el razonamiento. No hay que empingorotar el espíritu; las maneras tensas y penosas le llenan de una tonta presunción por una elevación extraña y por una hinchazón vana y ridícula, en lugar de una alimentación sólida y vigorosa; y una de las razones principales que más alejan a los que entran en estos conocimientos del verdadero camino que deben seguir es la imaginación, que toma la delantera, pretendiendo que las cosas buenas son inaccesibles, dándoles el nombre de grandes, elevadas y sublimes. Eso lo echa todo a perder. Quisiera llamarles bajas, comunes, familiares, esos nombres les convienen mejor; odio las palabras hinchadas.»

Es la cosa lo que odiáis, pues, en lo tocante a la palabra, hace falta una que exprese lo que os disgusta.

XIV. «Los filósofos se creen muy sutiles por haber encerrado toda su moral bajo ciertas divisiones; pero ¿por qué la división en cuatro mejor que la de seis? ¿Por qué hacer más bien cuatro especies de virtudes que diez?»

Se ha hecho notar en un estudio sobre la India y la guerra miserable que la avaricia de la compañía francesa mantiene contra la avaricia inglesa, se ha hecho notar, digo, que los brahamanes pintan la virtud hermosa y fuerte con diez brazos, para resistir a los diez pecados capitales. Los misioneros han tomado a la virtud por el diablo.

XV. «Los hay que enmascaran toda naturalidad. No hay rey para ellos, sino un augusto monarca; no hay París, sino una capital del reino.»

Ese imperio absoluto sobre tierra y mar
ese poder soberano que tengo sobre todo el mundo,
esa grandeza sin límites y ese ilustre rango.

Los que escriben en hermoso francés las gacetillas, para provecho de los propietarios de esas granjas en los países extranjeros, no dejan nunca de decir: «Esta augusta familia oyó vísperas el domingo, y el sermón del verdadero padre N. Su Majestad jugó a los dados con altas personalidades. Se hizo la operación de la fístula a su Eminencia».

XVI. «¡Tan difícil es obtener nada del hombre como no sea por el placer, que es la moneda por la que damos todo lo que se quiera!.»

El placer no es la moneda, sino el alimento por el que se da tanta" moneda como se pida.

XVII. «La última cosa que se encuentra al hacer una obra es saber lo que hace falta poner al principio.»

A veces. Pero nunca se ha comenzado una historia ni una tragedia por el final, ni ningún trabajo. Si a veces no se sabe por dónde empezar, eso ocurre en un elogio, en una oración fúnebre, en un sermón, en todas esas obras de puro aparato, en las que es preciso hablar sin decir nada.

XVIII. «Que los que combaten la religión aprendan al menos lo que es antes de combatirla.»

No hay que empezar con un tono tan imperioso.

XIX. «Si esta religión se gloriase de tener una visión clara de Dios, y de poseerle al descubierto y sin velos, etc..»

Sería muy audaz.

XX. «Pero puesto que dice por el contrario que los hombres están en tinieblas...» 

¡Bonita manera de enseñar! ¡Guíame, porque voy entre tinieblas!

XXI. «En verdad no puedo impedirme decir lo que tantas veces he dicho, que este descuido es insoportable.»

¿A qué viene lo de recordarnos que lo ha dicho a menudo?

XXII. «La inmortalidad del alma es una cosa que nos importa tanto y que nos atañe tan profundamente, que es preciso haber perdido todo sentimiento para estar en la indiferencia respecto a saber qué hay de ella. Todas nuestras acciones y todos nuestros pensamientos deben tomar caminos tan diferentes, según que haya que esperar bienes eternos o no, que es imposible hacer cualquier cosa con sentido y juicio sin orientarla respecto a ese punto, que debe ser nuestro último objeto.»

No se trata siquiera aquí de la sublimidad y santidad de la religión cristiana, sino de la inmortalidad del alma, que es el fundamento de todas las religiones conocidas, excepto de la judía; digo que excepto la judía, porque ese dogma no se ha expresado en ningún sitio del Pentateuco, que es libro de la ley judía; porque ningún autor judío ha podido encontrar ningún pasaje que designase ese dogma; porque, para establecer la existencia reconocida de esa opinión tan importante, tan fundamental, no basta con suponerla, con inferirla de algunas palabras de las que se fuerza el sentido natural, sino que es preciso que sea enunciada de la forma más positiva y más clara; porque, si la pequeña nación judía hubiera tenido algún conocimiento de este gran dogma antes de Antíoco Epifanes, no es creíble que la secta de los saduceos, rígidos observadores de la ley, se hubieran atrevido a elevarse contra la creencia fundamental de la ley judía.
Pero ¿qué importa en qué época la doctrina de la inmortalidad y de la espiritualidad del alma ha sido introducida en el desdichado país de Palestina? ¿Qué importa que Zoroastro entre los persas, Numa entre los romanos, Platón entre los griegos, hayan enseñado la existencia y la permanencia del alma? Pascal quiere que todo hombre, por su propria razón, resuelva este gran problema. Pero ¿puede hacerlo él mismo? ¿Acaso Locke, el sabio Locke, no ha confesado que el hombre no puede saber si Dios puede conceder el don del pensamiento a tal ser que se dignase elegir? ¿No ha confesado de ese modo que no nos está más dado conocer la naturaleza de nuestro sentimiento que conocer la manera en la que nuestra sangre se forma en las venas? Jescher ha hablado de ello y eso basta.
Cuando se trata del alma, hay que combatir a Epicuro, Lucrecio, Pomponacio, y no dejarse subyugar por una facción de teólogos del barrio de Saint-Jacques, hasta el punto de cubrir con un capuchón una cabeza de Arquímedes.

XXIII. «No es preciso tener un alma muy elevada para comprender que no hay aquí satisfacción verdadera y sólida; que todos nuestros placeres no son más que vanidad; que nuestros males son infinitos; y que, en fin, la muerte, que nos amenaza a cada instante, debe ponernos en pocos años, y quizá en pocos días, en un estado eterno de felicidad, o de desdicha, o de aniquilamiento.»

No hay ni desdicha eterna ni aniquilamiento en los sistemas de los brahamanes, de los egipcios, y en varias sectas griegas. Finalmente, lo que pareció a los romanos más probable fue este axioma, tan repetido en el Senado y en el teatro:

¿Qué es del hombre después de su muerte?
Lo que era antes de nacer.

Pascal razona aquí contra un mal cristiano, contra un cristiano indiferente, que no piensa en su religión, aturdido respecto a ella; pero hay que hablarle a todos los hombres; hay que convencer a un chino y a un mexicano, a un deísta y a un ateo; me refiero a deístas y ateos que razonen, y que, por consecuencia, merece que se razone con ellos, no hablo de maestrillos obcecados.

XXIV. «Tal como no sé de dónde vengo, tampoco sé a dónde voy; y sé solamente que al salir de este mundo caigo para siempre en la nada o en las manos de un Dios irritado, sin saber cuál de estas dos condiciones debe corresponderme para toda la eternidad.»

Si no sabéis a dónde vais, ¿cómo sabéis que caeréis infaliblemente o en la nada o en manos de un Dios irritado? ¿Quién os ha dicho que el Ser Supremo puede estar irritado? ¿No es infinitamente más probable que os veáis entre las manos de un Dios bueno y misericordioso? ¿Y no puede decirse de la naturaleza divina lo que el poeta filósofo de los romanos dijo de ella?

Ipsa suis pollens optibus, nihil indiga nostri,
Nec bene promeritis capitur, nec tangitur ira. (2)

XXV. «Este reposo brutal entre el temor del infierno y de la nada parece tan hermoso que no solamente los que están en esa duda desdichada se glorifican de ello, sino que los mismos que no están creen que les será glorioso fingir estarlo. Pues la experiencia nos hace ver que la mayor parte de los que se ven mezclados en esto son de esa última clase, que son gentes que se hacen la violencia a sí mismos, y que no son tales como quieren aparecer. Son personas que han oído decir que las buenas maneras del mundo consisten en hacerse así el arrebatado.»

Esta capuchinada no habría sido nunca repetida por un Pascal si el fanatismo jansenista no hubiese hechizado su imaginación. ¿Cómo no ha visto que los fanáticos de Roma podían decir otro tanto a los que se burlaban de Numa y de Egeria; los energúmenos de Egipto, a los espíritus sensatos que se burlaban de Isis, de Osiris y de Horus; los sacristanes de todos los países, a las gentes de bien de todos los países?

XXVI. «Si pensasen en ello seriamente, verían que eso está tan mal tomado, es tan contrario al sentido común, tan opuesto a la honradez y tan alejado en toda manera de ese buen aire que buscan, que nada es más capaz de atraerles el desprecio y la aversión de los hombres, y de hacerles pasar por personas sin espíritu y sin juicio. Y, en efecto, si se les hiciese dar cuenta de sus sentimientos, y de las razones que tienen para dudar de la religión, dirían cosas tan débiles y tan bajas que más bien persuadirían de lo contrario.»

No es pues con estos insensatos despreciables con los que deberíais disputar, sino contra los filósofos engañados por argumentos seductores.

XXVII. «Es una cosa horrible sentir continuamente escaparse todo lo que se posee, y que uno pueda apegarse a ello sin tener ganas de buscar si no hay algo de permanente.»

Durum, sed levius fit patientia,
quinquid corrigere est nefas.

XXVII. «De engañarse creyendo verdadera la religión cristiana, no hay gran cosa que perder; ¡pero qué desdicha engañarse creyéndola falsa!»

El flaminio de Júpiter, los sacerdotes de Cibeles, los de Isis, todos dicen lo mismo; el muftí, el gran lama, dicen lo mismo. Hay que examinar, pues, las piezas del proceso.

XXIX. «Si un artesano estuviese seguro de soñar todas las noches, durante doce horas, que era un rey, yo creo que sería más feliz que un rey que soñase todas las noches, durante doce horas, que era un artesano.»

Ser feliz como un rey, dice el vulgo embobado.

XXX. « Veo ciertamente que se aplican las mismas palabras en las mismas ocasiones, y que todas las veces que dos hombres ven, por ejemplo, la nieve, expresan los dos la visión de ese mismo objeto con las mismas palabras, diciendo uno a otro que es blanca; y de esta conformidad de aplicación se saca una poderosa conjetura de una conformidad de ideas; pero esto no es absolutamente convincente, aunque se pueda apostar por la afirmativa.»

Siempre hay diferencias imperceptibles entre las cosas más semejantes; quizá nunca ha habido dos huevos de gallina absolutamente idénticos; pero ¿qué importa? ¿Habría debido Leibniz hacer un principio filosófico de esta observación trivial?

XXXI. «Esto es lo que ha dado lugar a esos títulos tan comunes: Principios de las cosas, principios de la filosofía y otros semejantes, no menos fastuosos de hecho, aunque sí en apariencia, que ese otro que salta a la vista: de omni scibili

Que salta a la vista no quiere decir aquí que se muestra evidente, significa todo lo contrario.

XXXII. «No busquemos seguridad y firmeza. Nuestra razón se ve siempre decepcionada por la inconstancia de las apariencias; nada puede fijar lo finito entre los dos infinitos que lo encierran y le huyen. Una vez bien comprendido esto, creo que todos permanecerán en reposo, cada uno en el estado en el que la naturaleza le ha colocado.»

Todo este artículo, por demás oscuro, parece compuesto para asquear de las ciencias especulativas. En efecto, un buen artista en construcción naval, en relojería, en agrimensura, es más útil que Platón.

XXXIII. «La sola comparación que hagamos de nosotros con lo finito, me da pena.»

Habría mejor que haber dicho con lo infinito. Pero recordemos que estos pensamientos lanzados al azar eran materiales informes que nunca fueron utilizados.

XXXIV. «¿Qué son nuestros principios naturales, sino nuestros principios acostumbrados! En los niños, los que han recibido de la costumbre de sus padres, como la caza en los animales.
Una costumbre diferente dará otros principios naturales. Esto se ve por experiencia; y si los hay imborrables por la costumbre, los hay también de la costumbre imborrables por la naturaleza. Eso depende de la disposición.
Los padres temen que el amor natural de los hijos se borre. ¿Qué clase de naturaleza es pues ésta, posible de ser borrada? La costumbre es una segunda naturaleza que destruye la primera. ¿Por qué la costumbre no es natural? Mucho me temo que esa naturaleza no sea en sí misma una primera costumbre, como la costumbre es una segunda naturaleza.»

Estas ideas han sido adoptadas por Locke. Sostiene que no hay ningún principio innato; empero, parece cierto que los niños tienen un instinto: el de la emulación, el de la piedad, el de poner, en cuanto pueden, las manos ante el rostro cuando está en peligro, el de retroceder para saltar mejor cuando saltan.

XXXV. «El afecto o el odio cambia la justicia. En efecto, ¡cuánto más justa encuentra la causa que defiende un abogado bien pagado de antemano!»

Yo contaría más con el celo de una persona que espera una recompensa que con el de un hombre que la ha recibido.

XXXVI. «Censuro igualmente tanto a los que toman el partido de alabar al hombre como a los que toman el de censurarlo o a los que toman el de divertirlo; y no puedo aprobar más que a los que buscan gimiendo.»

¡Ay! Si hubieseis soportado la diversión, hubieseis vivido más.

XXXVII. «Los estoicos dicen: penetrad en el interior de vosotros mismos y ahí encontraréis el reposo, y eso no es cierto. Los otros dicen: salid fuera y buscad la felicidad divirtiéndoos, y eso no es cierto. Vienen las enfermedades; la dicha no está en nosotros ni fuera de nosotros: está en Dios y en nosotros.»

Divirténdoos, tendréis placer, y esto es muy cierto. Tenemos enfermedades: Dios ha puesto la viruela y los pasmos vaporosos en el mundo. ¡Ay y requeay! Pascal, bien claro se ve que estáis enfermo.

XXXVIII. «Las principales razones de los pirrónicos son que no tenemos ninguna certeza de la verdad de los principios, fuera de la fe y de la revelación, salvo en lo de que los sentimos naturalmente en nosotros.»

Los pirrónicos absolutos no merecían que Pascal hablase de ellos.

XXXIX. «Ahora bien, ese sentimiento natural no es una prueba convincente de su verdad, puesto que no habiendo certidumbre fuera de la fe, si el hombre ha sido creado por un Dios bueno o por un demonio malo, si ha existido desde siempre o ha sido hecho por casualidad, duda de si esos principios nos son dados, o verdaderos, o falsos, o inciertos, según nuestro origen.»

La fe es una gracia sobrenatural. Es combatir y vencer la razón que Dios nos ha dado; es creer firmemente y ciegamente a un hombre que osa hablar en nombre de Dios. Es creer lo que no se cree. Un filósofo extranjero que oyó hablar de la fe, dijo que era mentirse a sí mismo. Eso no es la certidumbre, sino el aniquilamiento. Es el triunfo de la teología sobre la debilidad humana.

XL. «Siento que hay tres dimensiones en el espacio y que los números son infinitos;y la razón demuestra que no hay dos números cuadrados de los que uno no sea el doble de otro.»

No es el razonamiento, sino la experiencia y el tanteo los que demuestran esa singularidad y tantas otras.

XLI. «Todos los hombres desean ser felices; esto es algo sin excepción. Sean cuales fueren los diferentes medios que emplean, todos tienden a ese fin. Lo que hace que uno vaya a la guerra y que no vaya, es ese mismo deseo, que está en los dos casos acompañado de diferentes formas de ver. La voluntad nunca ha hecho la menor gestión salvo hacia ese objeto. Es el motivo de todas las acciones de todos los hombres, hasta las de quienes se matan y se ahorcan. Y sin embargo, en tan número de años, nunca nadie, sin la fe, ha llegado hasta ese punto hacia el que todos tienden continuamente. Todos se quejan, príncipes, súbditos, nobles, plebeyos, viejos, jóvenes, fuertes, débiles, sabios, ignorantes, sanos, enfermos, de todos los países, de todos los tiempos, de todas las edades, de todas las condiciones.»

Yo sé que es dulce quejarse; que, en todo tiempo se ha alabado el pasado para injuriar el presente; que cada pueblo ha imaginado una edad de oro, de inocencia, de buena salud, de reposo, de placer, que ya no subsiste. Sin embargo, llego de mi provincia a París, se me introduce en una sala muy hermosa en la que mil doscientas personas escuchan una música deliciosa, después de lo cual, toda esta asamblea se divide en pequeñas sociedades que se van a cenar muy bien, y que después de esa cena no están descontentas en absoluto de su noche. Veo todas las bellas artes honradas en esta ciudad, y los oficios más abyectos bien recompensados, las enfermedades muy aliviadas, los accidentes prevenidos: todo el mundo goza aquí, o espera gozar, o trabaja para gozar un día, y esta última suerte no es la peor. Entonces le digo a Pascal: «Gran hombre mío, ¿estáis loco?»
No niego que la tierra se haya visto a menudo innundada de desdichas y de crímenes, y hemos tenido nuestra gran parte de ellos. Pero ciertamente, cuando Pascal escribía, no éramos tan de compadecer. No somos tampoco tan miserables hoy.

Tomemos todo esto, puesto que Dios nos lo envía;
no siempre tendremos tal pasatiempo.

XLII. «Deseamos la verdad y no encontramos en nosotros más que incertidumbre. Buscamos la dicha y no encontramos más que miseria. Somos incapaces de no desear la verdad y la dicha, y somos incapaces tanto de la certidumbre como de la felicidad. Ese deseo nos es conservado tanto para castigarnos como para recordarnos de dónde hemos caído.»

¿Cómo puede decirse que el deseo de felicidad, ese gran regalo de Dios, ese primer resorte del mundo moral, no es más que un justo suplicio? ¡Oh elocuencia fanática!

XLIII. «Hay que tener un pensamiento recóndito, y juzgarlo todo por él, empero, como el vulgo.»

El autor del Elogio (3) es muy discreto, muy contenido, al guardar silencio sobre esos pensamientos. ¿Lo habrían guardado Pascal y Arnauld si hubiesen encontrado esta máxima en los papeles de un jesuita?

XLIV. «La mayor parte de los que tratan de probar la divinidad a los impíos, comienzan de ordinario por las obras de la naturaleza, y rara vez tienen éxito. Yo no ataco la solidez de esas pruebas, consagradas por la Sagrada Escritura: son conforme a la razón; pero a menudo no son lo bastante conformes y lo bastante proporcionadas a la disposición del espíritu de aquéllos a los que son destinados. Pues hay que hacer notar que no se dirigen esos discursos a quienes tienen la fe viva en su corazón, y que ven de inmediato que todo lo que hay no es sino la obra de Dios al que adoran; es a ellos a quienes toda la naturaleza habla de su autor y a quienes los cielos anuncian la gloria de Dios. Pero para aquellos para quienes esta luz se ha extinguido, y en los que se pretende renovarla, esas personas despojadas de fe y de caridad, que no encuentran más que tinieblas y oscuridad en toda la naturaleza, parece que es el medio más apropiado de atraerlos el darles, como prueba de tan grande e importante tema, el curso de la luna o de los planetas, o razonamientos comunes, y contra los cuales siempre se han endurecido. El empecinamiento de su espíritu les ha vuelto sordos a esa voz de la naturaleza que resuena continuamente en sus oídos;y la experiencia muestra que, por lejos que se les lleve por este medio, nada es tan capaz, por el contrario, de repelerles y quitarles la esperanza de descubrir la verdad, como el pretender convencerles solamente por este tipo de razonamientos y decirles que deben ver en ellos la verdad al descubierto. No es de esta manera como habla la Escritura, que conoce mejor que nosotros las cosas que son de Dios.»

¿Y qué hay entonces de lo de Coeli enarrant gloriam Dei?

XLV. «Es una cosa admirable que nunca un autor canónico se ha servido de la naturaleza para probar a Dios; todos tienden a hacer creer en él, y nunca han dicho: no hay vacío, luego hay Dios. Era preciso que fuesen más débiles que las gentes más hábiles que han venido después, y los cuales se han servido todos de ellas.»

Bonito argumento: nunca la Biblia ha dicho como Descartes: Todo está lleno, luego hay un Dios.

XLVI. «No vemos casi nada de justo o de injusto que no cambie de cualidad al cambiar de clima. Tres grados de elevación del polo invierten toda la jurisprudencia. Un meridiano decide la verdad. Las leyes fundamentales cambian; el derecho tiene sus épocas. ¡Bonita justicia, que un río o una montaña limitan! Lo que es verdad a este lado de los Pirineos, es un error más allá de ellos.»

No es nada ridículo que las leyes de Francia y España difieran; pero es muy impertinente que lo que es justo en Romorantin sea injusto en Corbeil; que haya cuatrocientas jurisprudencias diversas en el mismo reino; y, sobre todo, que, en un mismo parlamento, se pierda en una cámara el proceso que se gana en otra cámara.

XLVII. «¿Habrá algo más divertido que el que un hombre tenga derecho a matarme porque mora más allá del agua, y su príncipe tiene una querella con el mío, aunque yo no tenga ninguna con él?»

Divertido no es la palabra propia; había que decir demencia execrable.

XLIII. «La justicia es lo que está establecido;y de este modo, todas nuestras leyes establecidas serán necesariamente tenidas por justas sin ser examinadas, puesto que están establecidas.»

Cierto pueblo ha tenido una ley por la que se hacía ahorcar a un hombre por haber bebido a la salud de cierto príncipe; hubiera sido justo no beber con ese hombre, pero era un poco duro ahorcarle; eso estaba establecido, pero era abominable.

XLIX. «Sin duda la igualdad de bienes es justa.»

La igualdad de bienes no es justa. No es justo que, cuando se hagan las partes, los extranjeros mercenarios que vienen a ayudarme a hacer mi cosecha recojan tanto como yo.

L. «Es justo que lo que es justo sea seguido. Es necesario que lo que es más fuerte sea seguido.»

Máximas de Hobbes.

LI. «¡Qué quimera es el hombre! ¡Qué novedad! ¡Qué caos! ¡Qué tema de contradicción! Juez de todas las cosas, imbécil, gusano, depositario de lo verdadero, amasijo de incertidumbre, gloria y escoria del universo. Si se alaba, le rebajo; si se rebaja, le alabo, y le contradigo siempre, hasta que comprenda que es un monstruo incomprensible.»

Verdadero discurso de enfermo.

LII. «Todo lo que vemos del mundo no es más que un rasgo imperceptible en el amplio seno de la naturaleza. Ninguna idea se aproxima a la extensión de sus espacios. Por mucho que hinchemos nuestras concepciones, no damos a luz más que átomos en lugar de la realidad de las cosas. Es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.»

Esta hermosa expresión es de Timeo de Locres; Pascal era digno de inventarla, pero hay que darle a cada cual lo suyo (4).

LIII. «¿Qué es el hombre en la naturaleza? Una nada respecto a lo infinito, un todo respecto a la nada, un término medio entre la nada y el todo. Está infinitamente alejado de los dos extremos, y su ser no está menos distante de la nada de la que ha sido sacado del infinito en el que se pierde. Su inteligencia tiene, en el orden de las cosas inteligibles, el mis/no rasgo que su cuerpo en la extensión de la naturales,y todo ¿o que puede hacer es percibir cierta apariencia del punto medio de ¿as cosas, en una eterna desesperarían de conocer el principio o el fin. Todas las cosas han salido de la nada y son llevadas hasta el infinito. ¿Quién puede seguir esas asombrosas trayectorias? El autor de esas maravillas las comprende; ningún otro puede hacerlo.
Este estado, que mantiene el centro entre los extremos se encuentra en todas nuestras potencias.
Nuestros sentidos no perciben nada de extremo. Demasiado ruido nos ensordece, demasiada luz nos deslumbra, demasiada distancia y demasiada proximidad impiden la vista, demasiada longitud y demasiada brevedad oscurecen un discurso, demasiado placer incomoda, demasiadas consonancias disgustan. No sentimos ni el extremo calor ni el extremo frío. Las cualidades excesivas son nuestras enemigas, y no sensibles. No las sentimos, las padecemos: demasiada juventud y demasiada vejez impiden el ingenio; demasiada y demasiado poca comida trastornan sus actividades; demasiada y demasiado poca instrucción le embrutecen. Las cosas extremas son para nosotros como si no fuesen y nosotros no somos respecto a ellas; se nos escapan o nosotros a ellas. Tal es nuestro verdadero estado; lo que encierra nuestros conocimientos en ciertos límites que no pasamos, incapaces de saberlo todo y de ignorarlo todo en absoluto. Estamos en un vasto término medio, siempre inciertos, y flotando entre la ignorancia y el conocimiento^ si pensamos ir más adelante, nuestro objeto se revuelve y escapa a nuestro poder; se harta y huye con una huida eterna; nada puede detenerlo. Esta es nuestra condición natural, y empero la más contraria a nuestra inclinación. A raemos en deseo de profundizarlo todo y de edificar una torre que se eleve hasta el infinito; pero nuestro edificio se cuartea y la tierra se abre hasta los abismos.»

Esta elocuente tirada no prueba nada sino que el hombre no es Dios. Está en su sitio con el resto de la naturaleza, imperfecto, porque sólo Dios puede ser perfecto; o, para decirlo mejor, el hombre es limitado y Dios no lo es.

LIV. «Los que escriben contra la gloria quieren tener la gloria de haber escrito bien, y los que les leen quieren tener la gloria de haberlos leído; y yo, que escribo esto, tengo quizá ese deseo, y quizá los que me lean lo tendrán también.»

Sí, corríais en pos de la gloria de pasar un día por el azote de los jesuitas, el defensor de Port-Royal, el apóstol del jansenismo, el reformador de los cristianos.

LV. «Las buenas acciones ocultas son las más estimables. Cuando veo algunas en la historia me agradan mucho; pero afín de cuentas no han sido completamente ocultas, puesto que se han sabido; y ese poco por el que han aparecido disminuye su mérito; pues lo más hermoso, es haber querido ocultarlas.»

¿Y cómo la historia ha podido hablar de ellas, si no han sido conocidas?

LVI. «Las invenciones de los hombres van avanzando de siglo en siglo. La bondad y la malicia del mundo en general siguen siendo los mismos.»

Quisiera que se examinase qué siglo ha sido más fecundo en crímenes, y por consecuencia en desdichas. El autor de La felicidad pública (5) se propuso este objetivo y dijo cosas muy verdaderas y muy útiles.

LVII. «Mientras que la naturaleza nos hace siempre infelices en todos los estados, nuestros deseos nos fingen un estado feliz, porque unen al estado en que estamos los placeres del estado en que no estamos.»

La naturaleza no nos hace siempre infelices. Pascal habla siempre como un enfermo que quiere que el mundo entero sufra.

LVIII. «Tengo por un hecho que si todos los hombres supiesen exactamente lo que dicen unos de otros, no habría ni cuatro amigos en todo el mundo.»

En la excelente comedia del Plain dealer, el hombre de franco proceder (excelente a la manera inglesa), el Plain dealer dice a un personaje: «Tú pretendes ser mi amigo; veamos, ¿cómo lo probarías? —Mi bolsa es tuya. Y de la primera chica que llegue. Bagatelas. —Me batiré por ti. —Y por un mentís. Eso no es un gran sacrificio. — Hablaré bien de ti a la cara de los que te ridiculicen. —¡Oh, si eso es cierto, me amas.»

LIX. «El alma es arrojada al cuerpo para hacer en él una estancia de corta duración.»

Para decir el alma es arrojada, habría que estar seguro que es una sustancia y no una cualidad. Esto es lo que casi nadie ha investigado, y por aquí habría que emprender en metafísica, en moral, etc.

LX. «El mayor de los males son las guerras civiles. Son seguras si se quiere recompensar el mérito; pues todos pretenden merecer.»

Esto merece una explicación. Guerra civil si el Príncipe de Conti dice: Tengo tanto mérito como el Príncipe de Conde; si Retz dice: Valgo más que Mazarino; si Beaufort dice: Soy más que Turenne; y si no hay nadie para ponerles en su sitio. Pero cuando Luis XIV llega y dice: No recompensaré más que el mérito, entonces se acabaron las guerras civiles.

LXI. «¿Por qué se sigue a la pluralidad? ¿Acaso a causa de que tienen más razón? No, sino más fuerza. ¿Por qué se siguen las antiguas leyes y las antiguas opiniones? ¿Acaso son más sanas? No, pero son únicas, y nos quitan la raíz de la diversidad.» Este artículo tiene necesidad aún de más explicación, y parece no merecerla. LXII. «La fuerza es la reina del mundo, y no la opinión. Pero la opinión es la que usa la fuerza.»

Idem.

LXIII. «¡Qué bien se ha hecho distinguir a los hombres por el exterior en lugar de por las cualidades interiores! ¿Quién pasará antes de nosotros dos? ¿El más hábil? Pero yo soy tan hábil como él. Habrá que batirse por este motivo. El tiene cuatro lacayos y yo no tengo más que uno. Eso es visible. No hay más que contar; soy yo quien debe ceder.»

No. Turenne con un lacayo sería respetado por un tratante que tuviese cuatro.

LXIV. «El poder de los reyes está fundado sobre la razón y sobre la locura del pueblo, y mucho más sobre la locura. La cosa más grande y más importante del mundo tiene por fundamento la debilidad, y este fundamento es admirablemente seguro, pues nada hay más seguro que lo de que el pueblo será débil; lo que está fundado sólo sobre la razón está muy mal fundado, como la estima de la sabiduría.»

Demasiado mal enunciado.

LXV. «Nuestros magistrados han conocido bien este misterio. Sus ropones rojos, sus armiños..., todo este aparato augusto era necesario.»

Los senadores romanos vestían laticlave.

LXVI. «Si los médicos no tuviesen sotanas y muías,y los doctores bonetes cuadrados y ropones demasiado anchos de cuatro partes, jamás habrían engañado al mundo, que no resistirse a esta auténtica exhibición. Sólo los guerreros no se han disfrazado de tal suerte, porque efectivamente su papel es más esencial.»

Hoy sucede todo lo contrario; se burlarían de un médico que viniese a tomar el pulso y a contemplar vuestras deposiciones en sotana. Los oficiales de guerra, por el contrario, van a todas partes con sus uniformes y sus galones.

LXVII. «Los suizos se ofenden de ser llamados gentilhombres y prueban la rotura de raza para ser juzgados dignos de grandes cargos.»

Pascal estaba mal informado. Había un su tiempo, y todavía los hay en el senado de Berna, gentilhombres tan antiguos como la casa de Austria; son respetados y ostentan sus cargos; es cierto que no están en ellos por derecho de nacimiento, como los nobles de Venecia. Incluso es preciso, en Basilea, renunciar a su nobleza para entrar en el senado.

LXVIII. «Los efectos son como sensibles,y las razones son visibles solamente para el espíritu;y aunque sea por el espíritu por el que se ven estos efectos, este espíritu es, respecto al espíritu que ve las causas, como los sentidos corporales son respecto al espíritu.»

Mal enunciado.

LXIX. «El respeto es: incomodaos; esto es vano en apariencia, pero muy justo, pues es decir: me incomodaré ciertamente si lo necesitáis, puesto que lo hago sin que os sirva, además de que el respeto está hecho para distinguir a los grandes. Ahora bien, si el respeto fuese estar en un sillón, se respetaría a todo el mundo y no se distinguiría;pero siendo incómodo se distingue muy bien.»

Mal enunciado.

LXXX. «Ser bizarro no es algo demasiado vano; es mostrar que un gran número de gentes trabajan para uno; es mostrar por los caballos que se tiene un ayuda de cámara, un perfumista, etc., por su pechera, el hilo,y la pasamanería, etc. Ahora bien, no es una simple superficie ni un simple arnés tener varios brazos a su servicio.»

Mal enunciado.

LXXXI. «Es admirable; no quieren que yo honre a un hombre vestido de brocado y seguido de siete y ocho lacayos. ¡Pero, caramba!, me hará dar de correazos si no le saludo. Ese traje, es una fuerza; no sucede lo mismo que con un caballo bien enjaezado respecto a otro.»

Bajo e indigno de Pascal.

LXXXII. «Todo instruye al hombre de su condición;pero hay que entenderlo, pues no es cierto que Dios se descubra en todo, y no es cierto que se oculte en todo; pero es cierto juntamente que se oculta a quienes le tientan y que se descubre a quienes le buscan, porque los hombres son juntamente indignos de Dios y capaces de Dios; indignos por su corrupción, capaces por su primera naturaleza.
Si nunca hubiese aparecido nada de Dios, esta privación eterna sería equívoca, y podría igualmente referirse a la ausencia de toda divinidad que a la indignidad en que estarían los hombres de conocerla; pero el que aparezca a veces y no siempre, disipa el equívoco. Si aparece una vez, existe siempre, y de este modo no se puede concluir otra cosa salvo que hay un Dios y que los hombres son indignos de él. Si no hubiese oscuridad, el hombre no sentiría su corrupción. Si no hubiese luz, el hombre no esperaría remedio. De este modo es no solamente justo, sino útil para nosotros, que Dios esté oculto en parte y descubierto en parte, puesto que es igualmente peligroso para el hombre conocer a Dios sin conocer su miseria y conocer su miseria sin conocer a Dios.
No hay nada sobre la tierra que no muestre o la miseria del hombre o la misericordia de Dios; o la impotencia del hombre sin Dios o la potencia del hombre con Dios. Todo el universo enseña al hombre o que está corrompido o que está redimido. Todo le enseña su grandeza o su miseria.»

Estos artículos me parecen grandes sofismas. ¿Por qué imaginar siempre que Dios, al hacer al hombre, se ha atareado en expresar grandeza o miseria? ¡Qué piedad! Scilicit is superis labor est!

LXXXIII. «Si no hubiera que hacer nada más que por lo cierto, no habría que hacer nada por la religión, pues no es algo cierto. Pero ¡cuántas cosas se hace por lo incierto, los viajes por mar, las batallas1. Digo pues que no habría que hacer nada en absoluto, puesto que nada es cierto; y hay más certeza en la religión que en la esperanza de que veamos el día de mañana. Pues no es seguro que veamos el mañana; pero es ciertamente posible que no lo veamos. No se puede decir otro tanto de la religión. No es seguro que sea; pero ¿quién se atrevería a decir que es ciertamente posible que no sea? Luego, cuando se trabaja por el mañana y por lo incierto, se actúa con razón.»

Habéis agotado vuestro ingenio en argumentos para probaros que vuestra religión es cierta y ahora nos aseguráis que no es cierta; y después de haberos contradicho tan extrañamente, os volvéis atrás: decís que no se puede avanzar «que sea posible que la religión cristiana sea falsa». Sin embargo, sois vos mismo quien acabáis de decirnos que es posible que sea falsa, puesto que habéis declarado que es incierta.

LXXIV. «Comenzad por compadecer a los incrédulos; son bastante desdichados: no habría que injuriarles más que en el caso de que eso sirviese para algo; pero les es dañoso.»

Y vos les habéis injuriado sin cesar; ¡les habéis tratado como a jesuitas! Al decirles tantas injurias, admitís que los verdaderos cristianos no pueden dar razón de su religión; que si la probasen, no mantendrían su palabra; que su religión es una tontería; que si es verdadera, lo es porque es una tontería. ¡Oh, abismo de absurdos!

LXXV. «A los que sienten repugnancia por la religión, hay que comenzar por mostrarles que no es contraria a la razón; después, que es venerable, y suscitar su respeto; después, mostrarla amable y hacer desear que fuese verdadera; y después mostrar, por pruebas incontestables, que es verdadera; hacer ver su antigüedad y su santidad por su grandeza y su elevación; y, finalmente, que es amable, porque promete el verdadero bien.»

¿Acaso no veis, oh Pascal, que sois un hombre de partido que intenta hacer reclutas?

LXXVI. «No hay que conocerse mal, somos cuerpo tanto como espíritu, y de aquí proviene que el instrumento por el que se logra la persuasión no es solamente la demostración. ¡Qué pocas cosas hay demostradas! Las pruebas no convencen más que al espíritu. La costumbre hace nuestras pruebas más fuertes. Inclina los sentidos, que arrastran al espíritu sin pensar. ¿Quién ha demostrado que mañana amanecerá o que moriremos? ¿Y qué cosa es más universalmente creída? Es pues la costumbre la que nos persuade; ella es la que hace tantos turcos y paganos; ella es la que hace los oficios, los soldados, etc.»

¿Por qué querer siempre que Dios esté oculto? Uno preferiría que fuese manifiesto. Costumbre no es aquí la palabra apropiada. No es por costumbre por lo que se cree que amanecerá mañana; es por una extremada probabilidad. No es por los sentidos, por el cuerpo, por lo que esperamos morir; pero nuestra razón, sabiendo que todos los hombres han muerto, nos convence de que nosotros moriremos también. La educación, la costumbre, hace sin duda musulmanes y cristianos, como dice Pascal; pero la costumbre no hace creer que moriremos, como nos hace creer en Mahoma o en Pablo, según que hayamos sido educados en Constantinopla o en Roma. Son cosas muy diferentes.

LXXVII. «La verdadera religión debe tener por distintivo el obligar a amar a Dios. Esto es muy justo. Y, sin embargo, ninguna, salvo la nuestra, lo ha ordenado. Debe también haber conocido la concupiscencia del hombre y la impotencia en que está por sí mismo de adquirir la virtud. Debe haber aportado los remedios para esto, de los que la oración es el principal. Nuestra religión ha hecho todo esto, y ninguna otra nunca ha pedido a Dios amarle y seguirle.»

Epícteto, esclavo, y Marco Aurelio, emperador, hablan continuamente de amar a Dios y de seguirle.

LXXVIII. «Como Dios está oculto, toda religión que no dice que Dios está oculto no es verdadera.El ojo del hombre veía entonces la majestad de Dios. No estaba en las tinieblas que lo ciegan, ni en la mortalidad y en las miserias que lo afligen. Pero no ha podido soportar tanta gloria sin caer en la presunción.»

Fueron los primeros brahamanes quienes inventaron la novela teológica de la caída del hombre, o, más bien, de los ángeles; y esta cosmogonía, tan ingeniosa como fabulosa, ha sido la fuente de todas las fábulas sagradas que han inundado la tierra. Los salvajes de Occidente, tan tardíamente civilizados, y después de tantas revoluciones, y después de tantas barbaries, no han podido ser instruidos en ellas más que en nuestros últimos tiempos. Pero hay que hacer notar que veinte naciones de Oriente han copiado a los antiguos brahamanes, antes de que una de esas malas copias, me atrevo a decir que la peor de todas, haya llegado hasta nosotros.

LXXIX. «En vano, oh hombres, buscáis en vosotros mismos remedio para vuestras miserias; todas vuestras luces no pueden llegar más que a conocer que no es en vosotros donde encontraréis ni la verdad ni el bien. Los filósofos os lo han prometido; no han podido hacerlo. No saben ni cuál es vuestro verdadero bien, ni cuál es vuestro verdadero estado. ¿Cómo habrían dado remedio a vuestros males, puesto que ni siquiera los han conocido? Vuestras enfermedades principales son el orgullo, que os sustrae a Dios, y la concupiscencia, que os apega a la tierra, y ellos no han hecho otra cosa que alimentar, al menos, una de esas enfermedades. Si os han dado a Dios por objetivo, no ha sido más que para ejercer vuestro orgullo. Os han hecho pensar que le sois semejantes por naturaleza. Y los que han visto ¡a vanidad de esta pretensión os han arrojado en el otro precipicio, haciéndoos entender que vuestra naturaleza era semejante a la de los animales, y os han llevado a buscar vuestro bien en las concupiscencias que son lo que corresponde a los animales. Este no es el medio de instruiros de vuestras injusticias; no esperéis, pues, ni verdad, ni consolación de los hombres. Yo (la sabiduría de Dios) soy quien os ha formado, y la única que puede enseñaros lo que sois. Pero no estáis ahora en el estado en que os he formado. He creado al hombre santo, inocente, perfecto. Le he llenado de luces y de inteligencia. Le he comunicado mi gloria y mis maravillas.»

LXXX. «Veo multitudes de religiones en varios lugares del mundo y en todos los tiempos. Pero no tienen ni moral que pueda agradarme ni pruebas capaces de detenerme.»

La moral es en todas partes la misma, en el Emperador Marco Aurelio, en el Emperador Juliano, en el esclavo Epícteto, al que vos mismos admiráis, en San Luis, y en Boncocdar su vencedor, en el Emperador de China, Kien-Long, y en el rey de Marruecos.

LXXXI. «Pero considerando de este modo esta inconstante y extraña variedad de costumbres y de creencias en las diversas épocas, encuentro en una pequeña parte del mundo un pueblo particular, separado de todos los otros pueblos de la tierra y cuyas historias preceden en varios siglos a las más antiguas que tenemos. Encuentro pues ese pueblo grande y numeroso, que adora a un solo Dios y que se conduce por una ley que dicen haber recibido de su mano. Sostienen que son los únicos en el mundo a los que Dios ha revelado sus misterios; que todos los hombres están corrompidos y caídos en desgracia ante Dios; que están todos abandonados a sus sentidos y a su propio ingenio, y de ahí vienen los extraños desvaríos y los cambios continuos que suceden entre ellos, tanto de religión como de costumbres, mientras que ellos permanecían inquebrantables en su conducta; pero que Dios no dejará eternamente a los otros pueblos en esas tinieblas; que vendrá, un liberador para todos, que ellos están en el mundo para anunciarlo, que han sido expresamente creados para ser los heraldos de ese gran advenimiento, y para llamar a todos los pueblos a unirse a ellos en la espera de ese liberador.»

¡Cómo podrá cegarse hasta ese punto y ser lo bastante fanático como para no servir su ingenio más que en pretender cegar al resto de los hombres! ¡Gran Dios! ¡Un hato de árabes ladrones, sanguinarios, supersticiosos y usureros serían los depositarios de tus secretos! ¡Esa horda bárbara sería más antigua que los sabios chinos; que los brahamanes, que han enseñado a toda la tierra; que los egipcios, que la han asombrado con sus inmortales monumentos! ¡Esa escuálida nación sería digna de nuestras miradas por haber conservado algunas fábulas ridículas y atroces, algunos cuentos absurdos infinitamente por debajo de las fábulas indias y persas! ¡Y es esta horda de usureros fanáticos la que se os impone, oh Pascal! ¡Y torturáis -vuestro espíritu, falsificáis la historia, y hacéis decir a ese pueblo miserable todo lo contrario de lo que sus libros han dicho! ¡Le imputáis todo lo contrario de lo que ha hecho, y eso para agradar a unos cuantos jansenistas que han subyugado vuestra imaginación ardiente y pervertido vuestra razón superior!

LXXXII. «Es un pueblo todo compuesto de hermanos; y, en lugar de ser como todos los otros, que están formados por la reunión de una infinidad de familias, éste, aunque tan extrañamente abundante, ha salido todo de un solo hombre.»

No es en absoluto extrañamente abundante; se ha calculado que no existen hoy seiscientos mil individuos judíos.

LXXXIII. «Este pueblo es el más antiguo que haya en el conocimiento de los hombres, lo que me parece que debe atraerle una veneración particular, y principalmente en la investigación que nosotros hacemos, puesto que si Dios se ha comunicado en todo tiempo a los hombres, es a éstos a los que hay que recurrir para obtener la tradición.»

Ciertamente no son anteriores a los egipcios, a los caldeos, a sus maestros los persas, a los indios, inventores de la teogonía. Uno puede hacer como quiera su genealogía: esas vanidades impertinentes son tan despreciables como comunes; pero ¿se atreve un pueblo a proclamarse más antiguo que los pueblos que han tenido ciudades y templos más de veinte siglos antes que él?

LXXXIV. «Como la creación del mundo comenzaba a alejarse, Dios ha dispuesto de un historiador contemporáneo.»

Contemporáneo: ¡ah!

LXXXV. «Moisés era un hombre hábil, eso está claro. Luego, si hubiera tenido intención de engañar, lo hubiera hecho de suerte que nadie pudiera demostrar su engaño. Ha hecho todo lo contrario, pues si ha divulgado fábulas, no habría judío que no hubiera podido reconocer la impostura.»

Sí, si hubiera escrito en efecto sus fábulas en un desierto para dos o tres millones de hombres que hubieran tenido bibliotecas; pero si algunos levitas hubiesen escrito esas fábulas varios siglos después de Moisés, como es lo probable y verdadero... Además, ¿hay alguna nación en la que no se hayan divulgado fábulas?

LXXXVI. «En la época en la que escribía esas cosas, la memoria de ellas debían aún ser muy reciente en el espíritu de todos los judíos.»

¿Acaso los egipcios, sirios, caldeos e indios, no han dado siglos de vida a sus héroes, antes de que la pequeña horda judía, su imitadora, existiese sobre la tierra?

LXXXVII. «Es imposible afrontar todas las pruebas de la religión cristiana, reunidas en conjunto, sin experimentar su fuerza, a la que ningún hombre razonable puede resistirse.
Considérese su implantación: que una religión tan contraria a la naturaleza se haya establecido por sí misma, tan suavemente, sin ninguna fuerza ni opresión, y, empero, tan fuertemente, que ningún tormento pudo impedir a los mártires confesarla; y que todo esto se haya hecho no solamente sin la asistencia de ningún príncipe, sino pese a todos los príncipes de la tierra que la han combatido.»

Felizmente estuvo en los decretos de la divina Providencia que Diocleciano protegiese a nuestra santa religión durante dieciocho años antes de la persecución comenzada por Galerio, y que después Constancio el Pálido, y finalmente Constantino, la establecieran en el trono.

LXXXVIII. «Los filósofos paganos se han elevado a veces por encima del resto de los hombres por una manera de vivir más regulada y por sentimientos que tenían alguna conformidad con los del cristiano; pero nunca han reconocido como virtud lo que los cristianos llaman humildad.»

Eso se llama tapeinoma entre los griegos: Platón la recomienda; Epícteto, todavía más.

LXXXIX. «Considérese esa serie maravillosa de profetas que se han sucedido unos a otros durante dos mil años, y que todos han predicho, de tantas maneras diferentes, hasta las menores circunstancias de la vida de Jesucristo, de su muerte, de su resurrección, etc.»

Pero considérese también esa serie ridícula de pretendidos profetas que anuncian todo lo contrario que Jesucristo, según esos judíos, que sólo entienden la lengua de esos profetas.

XC. «Considérese, en fin, la santidad de esta religión, su doctrina, que da razón de todo, hasta de las contrariedades que se encuentran en el hombre, y todas las otras cosas singulares, sobrenaturales y divinas, que brillan por doquiera; y que se juzgue, después de todo esto, si es posible dudar de que la religión cristiana sea la única verdadera, y si nunca alguna otra ha tenido nada que se le aproximase.»

Lectores discretos, notad que este corifeo de los jansenistas no ha dicho en todo este libro sobre la religión cristiana más que lo que dicen los jesuitas. Lo ha dicho tan sólo con una elocuencia más apretada y vigorosa. Los port-royalistas y los ignacianos han predicado todos los mismos dogmas; todos han gritado: creed en los libros judíos dictados por Dios mismo, y detestad el judaísmo; cantad las oraciones judías, que no entendéis, y creed que el pueblo de Dios ha condenado a vuestro Dios a morir en un cadalso; creed que vuestro Dios judío, la segunda persona de Dios, co-eterno con Dios padre, ha nacido de una virgen judía, ha sido engendrado por una tercera persona de Dios, y ha tenido, sin embargo, hermanos judíos que no eran más que hombres; creed que habiendo muerto en el suplicio más infame, por ese mismo suplicio, ha quitado de sobre la tierra todo pecado y todo mal, aunque después de él y en su nombre, la tierra se haya visto inundada de más crímenes y desdichas que nunca.
Los fanáticos de Port-Royal y los fanáticos jesuitas se han reunido para predicar estos dogmas extraños con el mismo entusiasmo; y, al mismo tiempo, se han hecho una guerra mortal. Se han anatemizado mutuamente con furor, hasta que una de esas dos facciones de poseídos ha destruido finalmente a la otra.
Recordad, lectores discretos, los tiempos mil veces más horribles de esos energúmenos, llamados papistas y calvinistas, que predicaban en el fondo los mismos dogmas, y que se persiguieron por el hierro, por la llama y el veneno, durante doscientos años, por unas cuantas palabras diferentemente interpretadas. Pensad que fue yendo a misa cuando se cometieron las matanzas de Irlanda y de la noche de San Bartolomé; que fue después de la misa y por la misa cuando se degollaron tantos inocentes, tantas madres, tantos hijos, en la cruzada contra los albigenses; que los asesinos de tantos reyes no les han asesinado más que por la misa. No os engañéis, los convulsionarios que todavía quedan harían otro tanto si tuviesen por apóstoles a las mismas cabezas ardientes que incendiaron el cerebro de Damiens.
¡Oh, Pascal! He aquí lo que han producido las querellas interminables sobre los dogmas, sobre los misterios que no podían producir más que querellas. No hay un artículo de fe que no haya engendrado una guerra civil.
Pascal ha sido geómetra y elocuente; la reunión de estos dos grandes méritos era entonces muy rara; pero no les añadía la verdadera filosofía. El autor del elogio indica con habilidad lo que yo aventuro audazmente. Ha llegado por fin el tiempo de decir la verdad.

XCI. «Él (Epícteto) muestra de mil maneras lo que el hombre debe hacer. Quiere que sea humilde.»

Si Epícteto ha querido que el hombre fuese humilde, no debíais decir que la humildad no ha sido recomendada más que entre nosotros.

XCII. «El ejemplo de la castidad de Alejandro no ha hecho tantos continentes como intemperantes ha hecho el de su embriaguez. No se tiene vergüenza de no ser tan vicioso como él.»

Habría que haber dicho de ser tan vinoso como él. Este artículo es demasiado trivial e indigno de Pascal. Está claro que si un hombre es más grande que los otros, no lo es porque sus pies están tan bajos como los demás, sino porque su cabeza está más elevada.

XCIII. «Temo que hubiera escrito mal, viéndome condenado; pero el ejemplo de tantos escritos piadosos me hace creer lo contrario. Ya no está permitido escribir bien. Toda la Inquisición está corrompida o es ignorante. Es mejor obedecer a Dios que a los hombres. No temo a nada, no espero nada. Port-Royal teme, y es una mala política separarlos, pues cuando ya no se teman, se harán temer más.
La Inquisición y la Sociedad son los dos flagelos de la verdad.
El silencio es la mayor persecución. Los santos nunca se han callado. Cierto es que hace falta vocación. Pero no es por medio de decretos del Consejo por los que hay que enterarse si se es llamado, sino por la necesidad de hablar.»

En estos cuatro últimos artículos se ve al hombre de partido un poco arrebatado. Si algo puede justificar a Luis XIV por haber perseguido a los jansenistas, son seguramente estos últimos artículos.

XCIV. «Si mis Cartas son condenadas en Roma, lo que yo condeno en ellas está condenado en el cielo.»

¡Ay! El cielo, compuesto de estrellas y de planetas, del que nuestro globo es una parte imperceptible, nunca se ha mezclado en las querellas de Arnauld con la Sorbona y de Jansenius con Molina.


Notas

[1] Estas «provinciales» son las cartas que bajo el titulo general de Cartas escritas a un provincial por uno de sus amigos, sobre el tema de las disputas presentes de la Sorbona recogen la defensa que Pascal realizó de los jansenistas y su ataque a los jesuitas. Comenzaron a aparecer en 1655.
[2] Lucrecio, en su De rerum natura.
[3] La obra que Pascal preparaba —cuyos apuntes y fragmentos son los «Pensamientos»— iba a titularse Elogio de la religión cristiana.
[4] También figura en De docta ignorantia, de Nicolás de Cusa.
[5] Chastellux.



Cartas Filosóficas (Vigésimoquinta: ver en Ignoria)
Traducción Fernando Savater
Barcelona, Altaya, 1993
Imagen: Cabeza de Voltaire esculpida por Sally Fama Cochrane