30/11/2012

José Manuel Caballero Bonald: Cuatro poemas

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Defectuosa formación del plural

                                                                                       Disfraz, persona unitiva
                                                                                       Lezama Lima

Cuántos días baldíos
haciéndome pasar por lo que soy.

Máscara sin memoria, líbrame
de parecerme a aquel que me suplanta.

Uno solo será mi semejante



Fábula

Nunca serás ya el mismo que una vez
convivió con los dioses.

                               Tiempo
de benévolas puertas entornadas,
de hospitalarios cuerpos, de excitantes
travesías fluviales y de fabulaciones.

                                Tiempo magnánimo
compartido también con semidioses
errabundos y hombres de mar que alardeaban
del decoro taimado de los héroes.

Qué ha quedado, oh Ulises, de esta vida.

La historia es indulgente, merecidas las dádivas.
Los dioses son ya pocos y penúltimos.
Justos y pecadores intercambian sus sueños.



Mimetismo de la experiencia

Cuando leía porfiadamente y no
sin desazón a Henry Miller, iba
acordándome a trechos
de muchas horas canceladas, rostros
desdibujados en algún rincón, lugares
de inquietante vivir. Era penosa
la experiencia y más
que nada turbadora
por simple: asistía
como mi propio espectador
al paso de emociones, cuerpos, actos
sexuales que yo mismo veía ejecutados
por otro en mi memoria y que se restauraban
con un nuevo contexto
en el presente.

                              La práctica
de ciertos mimetismos del recuerdo
puede llegar a subvertir el orden
de esa usura de amor que el tiempo
salda. Y Henry Miller, transgresor
de leyes, irritante
por próximo, furiosamente
obseso de su intimidad,
no suponía para mí
más que un tenaz motivo de recuento
de situaciones olvidadas: cuartos
de hotel, burdeles, laberintos
de citas donde un cuerpo
siempre se hacía vagamente
clandestino, imágenes
ajadas como evanescentes
fotografías, hábitos
de una noche. Pero un hostil
y subrepticiamente enajenado
reencuentro conmigo, sostenía
el agobiante afán de cotejar
datos que sólo en parte me importaban.

Equívoca constancia de unos hechos
reconstruidos con retazos
de otros: no en el amor
sino en su deterioro se reagrupan
los fragmentos vividos.

                         Como ciertas
alucinantes fábulas de Lawrence Durrel
o de Sade (las que coinciden tal vez
en descifrar los infortunios de Justine),
la intervención de Miller agotaba
en mi memoria toda posibilidad
de ir acotando la experiencia
sin conjurar su lastre: nombres
aletargados, episodios
de efímero futuro, leves
fraudes de amor
que el aluvión del tiempo confundía
con las suplantaciones del orgasmo.

                         Espejo de violencia
de tanto azar de juventud, híbrida
educación, solitario o múltiple
terraplén de erotismo, no podía
atestiguarme sino con mi propia
represión inicial, abierta luego
a otras coherentes formas del amor.



Un cuerpo está esperando

Detrás de la cortina un cuerpo espera.
Nada es verdad si no es su encarnizada
inminencia, esa insaciable culpa
que a mí mismo me absuelvo aborreciéndome.
Nada es verdad. Un cuerpo está esperando
tras el mudo estertor de la cortina.

En la oquedad propicia del instante
que mientras más deseo más maldigo,
quiero amar este cuerpo, que él no muera
hasta que su orfandad esté cumplida.

Paredes resignadas, tinto el suelo
de mercenaria obstinación, allí
nos conducimos mutuamente
al voraz simulacro de la vida.
(La amarra del amor nos hace libres.)
Sólo yo estoy suspenso del engaño:
movible fuego oscuro,
mi memoria consume sus fronteras
entre las turbias órdenes del tiempo.
De todo cuanto amé, nada logró
sobrevivir a las abdicaciones.
(La noche se agazapa entre las telas
que un falaz movimiento hace carnales.)

Una mentira sólo está esperando
detrás de la cortina. Soy
mi enemigo: consisto en mi deseo,
busco a ciegas la luz, me reconozco
después de extraviarme, despedazo
ese espejo de muerte en que el placer
se asoma, expío
con mi turno de amor mi propia vida.
De un hilo funeral pendiente el cuerpo,
ya no es posible reducir su lastre.



JMCB, Jerez de la Frontera 1926
Premio Cervantes 2012
Cortesía: A media voz
Foto: Paco Sánchez

29/11/2012

Hermann Hesse - Lectura en la cama

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Hermann Hesse © STR/Keystone/Corbis


Cuando uno vive en un hotel más de tres o cuatro semanas, tiene siempre que contar con alguna molestia tarde o temprano. O bien se celebra en casa una boda que dura todo el día y toda la noche con música y cánticos, y que termina por la mañana con grupos de borrachos melancólicos por los pasillos. O bien tu vecino de la izquierda hace una tentativa de suicidio con gas y las emanaciones llegan hasta tu cuarto. O se pega un tiro, que al fin y al cabo es más decente, pero lo hace a unas horas del día en que los huéspedes del hotel suelen esperar de sus vecinos un comportamiento más tranquilo. A veces revienta una cañería de agua y tienes que ponerte a salvo nadando, o un día a las seis de la mañana colocan las escaleras delante de tu ventana y sube una horda de hombres encargados de reparar el tejado.

Como hacía ya tres semanas que vivía sin molestias en mi viejo Heiligenhof en Baden, podía contar con que pronto se produciría algún trastorno. Esta vez fue uno de los más inofensivos: se rompió algo en la calefacción y tuvimos que pasar frío un día entero. Soporté heroicamente la mañana, primero salí a pasear un poco, luego comencé a trabajar enfundado en una bata caliente, alegrándome cada vez que el rumor o silbido de los fríos serpentines de la calefacción parecían anunciar el renacer de la vida. Pero las cosas no iban tan rápidas, y en el curso de la tarde, cuando ya se me habían enfriado las manos y los pies, desistí de mi empeño y me di por vencido. Me desnudé y me metí en la cama. Y ya que se había roto el orden de las cosas y cometido una especie de exceso al meterme en pleno día entre las sábanas, hice otra cosa que no suelo hacer normalmente.

Mis conocidos y los críticos de mis obras opinan casi todos que soy un hombre de principios. Por algunas observaciones y pasajes ocasionales de mis libros deducen estas personas tan poco sagaces que llevo una vida intolerablemente libre, cómoda y desordenada. Porque por la mañana me gusta levantarme tarde, porque ante las dificultades de la vida me permito de vez en cuando una botella de vino, porque no recibo ni hago visitas y por menudencias semejantes deducen estos malos observadores que soy un hombre blando, cómodo, caótico, que cede a todos los caprichos, no emprende nada y lleva una vida inmoral y libertina. Pero sólo dicen estas cosas porque les irrita y les parece insolente que no reniegue de mis costumbres y vicios ni los oculte. Si yo fingiera ante el mundo, lo que sería fácil, una conducta ordenada, burguesa, si pegara una etiqueta de agua de colonia en la botella de vino, en lugar de decir a mis visitas que me molestan, les mintiese pretendiendo que no estoy en casa, en una palabra, si engañara y mintiera, mi fama sería óptima y pronto me concederían el título de doctor honoris causa.

Pero la realidad es que cuanto menos tolero las normas burguesas, con tanto más rigor sigo mis propios principios. Son principios que considero excelentes y que ninguno de mis críticos sería capaz de seguir ni siquiera durante un mes. Uno de ellos es no leer ningún periódico —pero no por soberbia de literato ni por la creencia equivocada de que los diarios son peor literatura que lo que el alemán de hoy llama «poesía», sino simplemente porque no me interesan ni la política ni el deporte ni los asuntos financieros y porque desde hacer años me resulta insoportable ver día a día, impotente, cómo el mundo corre hacia nuevas guerras.

Las pocas veces al año que rompo durante media hora la costumbre de no mirar los periódicos siento además el placer de una sensación nueva, iguala que me ocurre con el cine, al que apenas voy una vez al año, y con un horror secreto. Aquel día aciago, refugiado en la cama y por desgracia desprovisto de otra lectura, leí dos periódicos. Uno de ellos, de Zurich, era bastante reciente, de hacía sólo cuatro o cinco días, y lo tenía porque en ese número había publicado un poema mío. El otro tenía una semana más y tampoco me había costado nada, porque había llegado a mis manos en forma de papel de envolver. Comencé a leer aquellos dos periódicos con curiosidad e interés, es decir, sólo aquellas páginas cuyo idioma me resultaba comprensible. De los temas cuya exposición precisa de un idioma críptico especial tuve que prescindir: el deporte, la política y la bolsa. Quedaban por lo tanto las noticias pequeñas y el folletón. Y una vez más comprendí con todos mis sentidos por qué la gente lee periódicos. Fascinado por la tupida red de las noticias comprendí el encanto de la actitud irresponsable del espectador, y durante una hora me identifiqué en el alma con todos esos ancianos que vegetan durante años y que no pueden morirse porque están abonados a la radio y esperan de hora en hora alguna novedad.

Los poetas son en general gente de poca fantasía y por eso me quedé extasiado y sorprendido ante todas aquellas noticias, de las que apenas hubiese sido capaz de inventar una sola. Leí cosas muy extrañas, sobre las que tendré que pensar durante días y noches. Muy pocas de la que se daban en estos periódicos me dejaron frío: que se siguiese luchando enérgicamente y sin éxito contra el cáncer me extrañó tan poco como la noticia de una nueva fundación americana contra el exterminio del darwinismo. Pero en cambio leí tres o cuatro veces atentamente una noticia de una ciudad suiza, donde un joven había sido condenado a una multa de cien francos por matar accidentalmente a su madre. A este desdichado le había ocurrido la desgracia de que al manipular en presencia de su madre un arma de fuego ésta se le disparó matando a la madre. El caso es triste, pero no inverosímil; noticias más graves e inquietantes aparecen en cualquier periódico. Pero me da vergüenza reconocer la cantidad de tiempo derrochado en calcular la multa. Una persona mata a su madre de un tiro. Si lo hace intencionadamente es un asesino, y tal como es este mundo no se le pondrá en manos de un sabio Sarastro, que le haga ver la estupidez de su asesinato y trate de convertirle en un ser humano, sino que se le encerrará durante un buen período de tiempo, o, en los países donde gobiernan aún los buenos y antiguos príncipes bárbaros, se le cortará su insensata cabeza para que haya orden. Pero en este caso el asesino no es tal, es un pobre hombre al que le ha sucedido algo extraordinariamente triste. ¿En virtud de qué baremos, en virtud de qué valoración de la vida humana o de la eficacia pedagógica de la multa ha decidido el tribunal que esta vida destruida involuntariamente vale la cantidad de cien francos? En ningún momento me he permitido dudar de la honradez y buena voluntad del juez, estoy convencido de que se esforzó mucho en hallar una sentencia justa y que su sentido común y el sentido estricto de las leyes le provocaron graves conflictos. Pero ¿hay una persona en el mundo que pueda leer la noticia de esa sentencia con comprensión o incluso con satisfacción?

En el folletón encontré una noticia que se refería a uno de mis colegas. De «fuentes bien informadas» se nos comunicaba que el gran escritor M. estaba actualmente en S. para firmar contratos sobre la versión cinematográfica de su última novela, y que además el señor M. había manifestado que su próxima obra trataría de un problema no menos importante e interesante, pero que difícilmente podría terminar esa gran obra antes de dos años. Esta noticia me ocupó también mucho tiempo. ¿Con qué constancia, con qué cuidado y con qué primor tiene que hacer a diario su trabajo este colega para poder hacer tales predicciones! Pero ¿por qué las hace? ¿Acaso no podría saltarle durante el trabajo un problema diferente y obligarse a cambiar? ¿No podría sufrir una avería su máquina de escribir o enfermar su secretaria? Y entonces ¿para qué habría servido anticiparse? ¿Cómo queda el autor si tiene que reconocer a los dos años que no ha terminado? ¿O qué sucede si la versión cinematográfica de su novela le proporciona tanto dinero, que empieza a vivir como un rico? Entonces no se terminará su próxima novela, ni ninguna otra novela suya, a no ser que su secretaria siga escribiendo con su nombre.

Por otra noticia del periódico me entero de que un zepelín está a punto de volver de América bajo el mando del doctor Eckener. Es decir que antes ha tenido que volar hasta allí. ¡Una bonita proeza! La noticia me alegra. ¡Y cuántos años hacía que no pensaba en el doctor Eckener, bajo cuyo mando hice mi primer vuelo en zepelín por encima del lago Constanza y el Alberg hace dieciocho años! Le recuerdo como un hombre fuerte más bien parco en palabras, con una cara firma y enérgica de capitán, cuyo nombre y rostro me quedaron grabados en la memoria, aunque sólo intercambié con él algunas palabras. Y ahora resulta que después de tantos años de vicisitudes sigue en su trabajo y ha volado por fin hasta América, y ni la guerra, la inflación, ni las vicisitudes personales le han impedido hacer su servicio e imponer su carácter. Lo recuerdo aún perfectamente cuando me dijo, en el año 1910, algunas palabras amables (me tomó probablemente por un periodista) y subió a su cabina de mando. En la guerra no fue general, ni banquero durante la inflación, sigue siendo constructor de naves y capital, ha sido fiel a su causa. En medio de tantas novedades como me han asaltado desde ambos periódicos, la noticia es tranquilizadora.

Pero ya basta. He pasado toda una tarde con ellos. La calefacción sigue fría, voy a tratar de dormir un poco.

(1929)


En Obstinación: Escritos autobiograficos
Traductor: Anton Dietrich
Imagen: © STR/Keystone/Corbis

28/11/2012

Entrevista a Roberto Bolaño, 1998

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Roberto Bolaño entrevistado en el programa de la televisión chilena "Off The Record", 1998

27/11/2012

Martin Amis: Lo que me pasó en las vacaciones

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(Para Elias Fawcett, 1978-1996)

Be pasó uda cosa terrible ed las vacaciodes. Uda cosa horrible, y para siebpre. De ahora ed adeladte dada será igual, dudca.

Pero pribero les explico: ¡do se asusted! Do tedgo dadio cerebral… di problebas ed las adedoides. Escribo bejor cuaddo quiero. Pero do quiero. Por ahora do. Les explico:

Soy bedio idglés y bedio dorteabericado. Babá es norteabericada y papá es idglés. Yo voy al colegio ed Loddres y bi produdciaciod es idglesa, hasta cod ud toque de Oxford, igual que la de papá. Los dorteabericados a veces se sorpredded de oír hablar así a ud chico de odce adios. Abuelito Jag, que es dodteabericado, dice que da ud poco de biedo. Cobo si hablar cod este acedto requiriera bucha codcedtraciod idcluso para los graddes, do solo para los chicos. Be parece que los dodteabedicanos piedsad que los idgleses, cuaddo edtrad ed su casa y cierrad la puerta se aflojad y hablad cobo los dodteabedicanos. Que cuaddo llegad a su casa gritad: ¡Deda, ya llegué! Bi otro abuelo pedsaba difedente, para él el acedto idglés era el bás datudal. Así que esta historia es para ellos, tabbied, y para Elias. La cuedto de esta forba, cod sarcasbo. Ed abericadés, porque do quiero que sea clara, ágil y clara. Tedgo uda extradia resistedcia.

Yo y bi herbado Jacob gederalbedte pasabos la primera parte del verado en Cape Cod, cod babá, y la segudda parte de East Habtod, cod papá. Pero este adio fuibos cod papá adtes de los pladeado. Cuaddo llegó el día dos levadtabos al abadecer y dos betibos ed el auto cod el tío Desbod. Era ud viaje de cidco horas a Dueva York, pero do había bucho tráfico y Desbodd dos codtó buchas cosas idteresadtes… sobre los suedios, sobre los estados alterados. Se dos pasó el tiebpo sid dardos cuedta. Papá dos esperaba ed la calle Dobedta y Seis.

Cobibos algo y después fuibos a Long Island ed ud óbdibus gradde, que era cobo addar de ud aviod: bebidas o agua mideral gratis, y badio al foddo.

Dos idstalabos de la casa que papá había alquilado de el bosque. Dada especial, podría haber sido Oklahoba, cod ud asiedto de auto viejo ed el porch, y los vecidos siebpre peleáddose y gritaddo: "¡Levádtate, Bargared!", de ud lado, y del otro lado: "¿Por qué, Kared, por qué?". Pero, cobo de costubbre, tedia la heladera que revedtaba de lleda y ud bodtod de badios, y TV pod cable. Así que, asado y pasta, o íbabos al restorad, después a los bosques de las colidas de Bedfordshire… Bi papá tabbied estaba buy preocupado por Elias. Isabel tabbied estaba allí, y tabbied muy preocupada, y cod uda grad padza por el ebbarazo.

Ya dije que este adio fuibos a la casa de papá adtes de lo que pedsábabos, viajaddo desde Cape Cod hasta Long Island.

Casi todos los verados viede el sedior Barlowe Fawcett de Cape Cod a hacerdos uda visita. Cobo Barlowe ya es casi uda persoda bayor, ed los verados trabajaba cobo líder ed un cabpabedto para varodes, así que es ud experto de adividar qué quiered hacer los chicos. Se edtiedde por qué Jacob y yo lo queremos bucho. Pero, buedo, Barlowe tuvo que irse a su casa tebprado este adio, por lo que pasó de Loddres.

Era ud día gris cuaddo Barlowe se edteró de las doticias de su herbado Elidas. Jacob y yo fuibos cod él por el cabido de tierra, al lugar dodde estaciodabos el auto. Había dubes grises, do era uda deblida, di uda diebla, era la bruba gris de las ciudades y las calles, do se veía dada claro. Cobo ed ud suedio Barlowe edtró de el auto y cerró la puerta, y fuibos al aeropuerto.

Primero el aviodcito a Paxtod. Después el aviod bás gradde… Y prodto vido babá. Edtodces, cobo dije, fuibos a casa de papá ud poco adtes de los pladeado.

Jacob, bi herbadito, tiede obsesiod cod las tortugas de tierra y de bar, las radas, los sapos, las ladgostas, cadgrejos y toda clase de reptiles, adfibios y crustáceos viscosos, de forbas raras. Sabe todos los nobbres de latid, codoce todas sus forbas y los dibujos de la piel, y sus hábitats. Es ud experto de estos adibales. Y yo tabbied, be guste o do. Porque Jacob está todo el tiebpo habladdo de eso.

Así que ed East Habdod hicibos buchas expediciodes. Ed la bahía había cadtidad de cadgrejos y aredques. Yo usaba red para los aredques y desde la pribera redada saqué buchísibos. Los podíabos ed ud recipiedte gradde. Y al fidal del día hacíabos uda carrera de cadgrejos. Se dibuja ud círculo ed la areda, y el priber cadjrejo se que se asoba se proclaba gadador. Do se buere didgud cadgrejo: se tirad todos otra vez al bar. Ed duestra bahía favorita, la que llabábabos Playa del Hobbre Buerto, cada hora aparecía uda cabiodeta que veddía carabelos y helados.

A estas excursiodes lo llevábabos tabbied a bi "pribito" Pablo. Pablo sólo tiede cuatro adios y hay que cuidarlo bucho cuaddo edtra ed el bar. Porque do puede dadar sid los "bracitos" o "flotadores". Pablo tiede uda herbadita de quidce beses que tabbied es buy lidda.

Ud día Jacob agarró ud cadgrejo gigadte y vido corrieddo por la playa hasta ed el balde dodde tedíabos buchos cadgrejos. Yo estaba sedtado ed uda toalla, leyeddo ud libro. Jacob volvió a correr por la areda, después vido dodde yo estaba y dijo: - Yo tabbied edcodtré ud cadgrejo.

-Sí -le dije-, pero está buerto, Pablo. -¿Lo tiro ed el balde cod los otros? -¿El cadgrejo buerto? ¿Para qué lo querebos? Do, Pablo.

Y él siguió: -¿Por qué do? ¿Es buy gradde?

-Do es buy gradde, estúpido, está buerto.

Y estaba buerto, y bied buerto. La bitad del cuerpo estaba podrida. Uda de las pidzas le colgaba de ud teddod. Di siquiera tedia bal olor, bired si estaba buerto. -¿Puedo tirarlo ed el balde cod los otros?

-¡Do, do, do! basta, Pablo. Do.

Justo ed ese bobedto Jacob gritó desde la orilla. Otro descubribiento.Fuibos a ver. Cerca de la orilla el agua estaba lleda de aredques buertos.Cardada para los pescadores, probablebedte. Pablo se betió ed el agua para birarlos. Y volvió cod ud aredque buerto.

Por últiba vez dos betibos ed el agua a dadar, Pablo jugaba cod su tiburod idflable, y siebpre cod los "bracitos". Y cuaddo llegó la hora de volver, Pablo se degó a dejar el aredque buerto. Dijo que quería llevarlo a casa y poderlo ed uda caja ed su cuarto. ¡El aredque sería su bascota, ed vez de ud gatito o ud perrito!

Ed el auto yo dije:

-Buedo, Pablito, ese aredque va a ser ud bued desodoradte de abbientes ed tu cuarto. -¿Por qué? -pregudtó él. -¿Por qué? Porque prodto va a apestar a pescado buerto.

-Do be ibporta. -¿Do?

-Do, porque le voy a poder uda creba. -¿Uda creba? ¿Qué clase de creba, Pablo?

-Creba para pescado.

Todos dos reíbos bucho. Yo le pregudté: -¿Y las ratas, Pablo? ¿Si aparece uda rata a la doche?

-Do be ibporta. -¿Do?

-Do, porque do voy a sedtir olor a rata. -¿Por qué do?

-Por la creba para pescado.
 
Bás risas. -¿Por qué do vuelves a la bahía del Hobbre Buerto, Pablo, a buscar el cadgrejo buerto? Le hará cobpadía al pescado.
 
Pero bi papá dijo que ya estaba cadsado cod Pablo, pribero cod el pescado, después cod la rata.
 
Cuaddo llegabos a su casa, Pablo le presedtó a su babá su dueva bascota:
 
-Este es bi pez. Es plateado. Es pequedio. Está buerto. Viede del bar. Vive ed esta caja.
Cobo si estar buerto fuera sólo uda cosa bás que se podía decir sobre el pez, sólo ud atributo bás. La babá de Pablo do debostró el bedor edtusiasbo.
 
Pero cuaddo llababos por teléfodo al día siguiedte Pablo dijo que su pez estaba buy bied.
Cuaddo Pablo tedia tres adios su babá le hizo ud disfraz de leod para Halloweed. Él se lo puso, dio ud rugido y dijo: -¡Soy ud disfraz de leod!
 
A estos errores cóbicos de Pablo bi papá los llaba "errores de categoría".
Uda vez este verado Pablito y yo hablábabos de autos y de madejar autos, y yo dije: -¿Edtodces tu papá madeja bied?
 
Pablo hizo que sí cod la cabeza, cod los ojos cerrados. -¿Papá? -dijo cod todo a la vez codfiado y codfidedcial-, papá puede madejar hasta la ciudad.
 
Y otra vez bovió la cabeza cobo dicieddo "Te guste o do te guste".
 
Y yo le dije:
 
-No be digas. Bi papá puede ir hasta Dueva York. Después freda y lo tieded que ayudar a bajar. Pablo parecía dispuesto a creerlo. -¿Y cóbo adda el pez, Pablo?
 
-Buy bied. -¿Siebpre fuerte?
 
-Sí -dijo-, bi pez esta bied.
 
Está claro que Pablo todavía do edtiedde qué es la buerte.
 
Pero, ¿quied lo edtiedde?
 
Pedsé bucho ed la buerte ed el verado, mucho. Por Elias. Elias burió ed Loddres, por eso pedsé bucho ed la buerte.
 
Mi papá dijo que a pridcipios del verado Elias fue a su depatabedto. Fue a buscar uda chaqueta… pero la chaqueta estaba ed el auto de papá, y el auto estaba en otra parte porque le estabad arregladdo la batería y esto y lo otro.
 
Típico de Elias, ir a buscar uda chaqueta a la otra pudta de la ciudad. Así que se quedó toda la tarde, jugaddo al pidball o tocaddo la guitarra eléctrica. Y bi papá dijo que tedia ese recuerdo buy fresco, el recuerdo de Elias. O Fabiad, cobo lo llababan, le había quedado buy dítido. Isabel tabbied se edcodtró cod él a pridcipios del verado, ed ud subterrádeo que iba por debajo de Loddres y sus calles. Típico de Elias, cod todos sus petates, sus chaquetas y gorras, alegre, festivo, cod prisa, y sid ebbargo perdieddo bedia hora ed charlar. Así que el recuerdo está fresco. Y bi beboria está fresca. ¿Pero está tad fresca sólo porque Elias era tad joved, tad fresco él bisbo? Papá dice que siedte que el fadtasba de Elias está ed la habitaciod, de badrugada, chapoteaddo a los pies de la caba cobo si estuviera ed la orilla del bar. Yo lo veo a la doche. Ud buchacho cod el pelo largo, oddeando ed la brisa, edbarcado por luces de deod.
 
Tabbied recuerdo el día que oíbos la doticia, ed Cape Cod. Jacob y yo fuibos cod Balrlowe hasta el auto por el cabido de tierra. Y la grad dube, cod su gris urbado, el gris de Tottedhab Road. El cielo estaba gris y do se veía dada claro.
 
Ed la últiba sebada de las vacaciodes tuvibos ud idcidedte. Ud idcidedte dodde la buerte, otra vez, bostró fugazbente la cara.
 
El protagodista fue Pablo. Y otro error de categoría.

Estábabos todos dadando ed la piscida de Alex y Pab. Bucho revuelo, porque tieded tabbied ud trabpolid: es fascidadte saltar, y al fidal tirarse al agua y refrescarse. Pablo dadaba cod los bracitos y los flotadores. Jacob y yo jugábabos al pato y a Barco Polo. Papá estaba ed uda reposera, fubaddo ud cigarrillo y charladdo cod Pab. Quizá tabbied estaba tobaddo ud cóctel, uda vodka o ud whisky cod hielo. Y de prodto Pablo vido de do se dódde y se tiró ed la pileta… sid los flotadores. ¡Se había olvidado de poderse los bracitos!
 
Al final do pasó dada grave. Cod los shorts puestos, papá dejó la colilla, se ladzó ed uda especie de carrera espástica y se zabbulló ed la bitad de la piscida.
 
Llegó hasta Pablo y lo sacó a la superficie. Pablo di siquiera estaba asustado… do tuvo tiebpo de asustarse. Y papá hasta lo codvedció de que dadara hasta la parte playa. Y lo hizo, cod ud poco de ayuda. Y papá, tranquilabedte, termidó de beber su copa. -¡Uy, lo que hice! -dijo Pablo, salieddo de la piscida. Sacó pecho y declaró:
 
-Fui a dadar sid bracitos. ¡Fui a dadar sid flotadores!
 
-Do, ed realidad, fuiste a dadar -dijo papá.
 
Otro de los errores de Pablo. Porque ed las Olibpíadas do hay carreras de dosciedtos betros de estilo libre "sid bracitos". Udo do va a dadar a bediadoche "sid bracitos". Al fid y a la cabo la piscida se llaba "datatorio". Do se llaba "natatorio sid bracitos".
   
Parecía ud bued día para decirle adiós al aredque buerto de Pablo.
 
Cuaddo lo dejabos cod su babá pregudtabos discretabedte sobre el faboso pez, y ella puso los ojos ed bladco y dijo: -¡Ay, ese pez! ¡Hasta cuaddo vabos a seguir habladdo de ese pez!
 
Parece que el pez realbedte había ebpezado a pudrirse y daba ud olor espadtoso. Pero Pablo do quería que su badre lo tirara: decía que el pez estaba bied. Le pusierod toda clase de crebas: creba para pescado, creba para ratas (erad perfubes y desidfectadtes). Ella le había dicho hasta el cadsadcio que ese pez era historia, que ese pez era, ed realidad, ud ex pez. Pero Pablo idsistía ed que el pez seguía sieddo su bascota. Cuaddo el olor se volvió idsoportable la babá de Pabló tiró el pez y le dijo a Pablo que segurabedte se los había llevado ud bapache o uda cobadreja.
 
Qué curioso, Pablo do protestó di hizo escáddalo. Por lo visto aceptaba lo que para él era el orded datural de las cosas. Y tal vez alguied le dijo: "Pablo, do te preocupes. Do te asustes. Tu aredque es feliz, cod su dios aredque ed el cielo de los aredques. Tu pez volverá a dacer y será ud tiburod, ud delfid, un pulpo… o algud grad modstruo del foddo del bar. De todas baderas, tu pez está bied."
 
Terbidó agosto y llegó septiebbre. Había que volver a casa. Ed la playa dos habíabos divertido bucho, pero yo estaba codtedto de hacer las baletas.
 
Debasiado cabpo, debasiados árboles, debasiada areda, debasiado bar. Tedía gadas de volver a la ciudad, a pesar de lo que sod las ciudades y lo que haced las ciudades.
   
Dejabos la casa alquilada.
   
Se acabó "¡Levádtate, Bargaret!"
   
Se acabó "¿Por qué, Cared, por qué?"
   
El teba de Elias surgió ed cabido al aeropuerto. Era el teba de la buerte.
 
Papá dijo: -¿La siedtes de otra badera? ¿La buerte?
   
-Ahora cobpreddo que la gedte se buere.
   
Saltó Jacob: -¡Yo hace adios que lo cobpreddo!
   
-Do, idiota -le dije-. Dudca be había dado cuedta hasta ahora.
   
Y Jacob asidtió. Y él tabbied cobpreddió.
 
Adtes yo sabía que los cadgrejos se buered y los peces se buered. Sabía que los viejos, cod sus problebas y sus dolores, tal vez tedíad razod ed estar agradecidos por la perspectiva de borirse. Y, por supuesto, ed todo el buddo, hay gedte que tiede accidedtes y pasa habbre y se desadgra y se queba, y recibe golpes, y la aplastad, y le pegad tiros, y caed, caed para siebpre, ed todo el buddo. Pero la buerte dudca había estado tad cerca, y dodde do tedía que estar.
   
Pablo, Jacob, Elias. Dosotros sobos los jóvedes, ¿verdad?
   
Pero udo está esperaddo ed el cabido de tierra, cod Barlowe, judto al auto.
 
Cod Marlowe cobo ed uda bruba, ed ud suedio, ed uda pesadilla. Uda deblida gris, que sube. Todo se ve borroso. Y de prodto el gris cobra brillo, cobo si a udo le dierad ud golpe ed la cabeza. ¡Elias se tiró a dadar sid los bracitos! ¡Ay! Elias se fue al agua profudda sid los bracitos. Y eso hay que hacerlo, y udo puede sobrevivir o do. ¡Ud día hay que hacerlo! ¿Cuádtos adultos se ve ed la playa, dadaddo cod salvavidas? ¿Cuádtos adultos estad allí, edtre las olas, dadaddo cod bracitos?
   
Y si se hudded, do vuelved. Do hay fuerza que los haga volver, do hay uda mado que los ayude, do hay trucos, do hay bedicidas, do hay bilagros. Se quedad allí dodde estad para siebpre, solos ed la tierra dorada.
   
Ahora lo siedto ed el corazod. Recuerdo los ojos de Barlowe, y a bí se be lleddad los ojos de lágribas. Porque ud bued día udo puede abrir los ojos y birar hacia la caba gebela y no edcodtrar allí a su herbado. Y udo recorre la casa, y su herbado do está ed didguda parte.
   
Las vacaciodes se terbidarod.
   
Las vacaciones se terminaron. Adiós a todo.
   
Esto es lo que me pasó en mis vacaciones.

New Yorker, 1997



En Agua pesada (1998)
Título original: Heavy Water and other Stories
Trad. Alicia Steimberg
Buenos Aires, Emecé, 1999
Foto: MA en Edinburgo, 2001 © Colin McPherson/Corbis

26/11/2012

Juan Rodolfo Wilcock - Escriba

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Juan Rodolfo Wilcock por Anatole Saderman


En cualquier momento podría abrirse la puerta y aparecer en su marco la visión más o menos luminosa que todos por prudencia simulamos no esperar. También podría sonar el teléfono. Mientras tanto, el escriba musita y ordena vocablos en la sombra:

«Como de la consideración de un objeto inconsiderable lo invisible se hace visible.

«Kitty Bauer, incómoda en la popa de un barco delante de una columna plateada que junto con ocho objetos longilíneos similares sostenía el puente superior, observaba a plena luz su tubo de hierro de dos metros de alto, las cuatro aletas deltoides de la base y las cuatro del remate, además de un zócalo de diez centímetros de ancho pintado, como la sustancia antioxidante de la cubierta, del color de la hez del vino. En varios puntos del caño bajo observación la sal del mar había corroído el fierro y un marinero cubierto a continuación las escoriaciones con capas de ocre amarillo-limón disuelto en un vehículo de aceite de lino. El estilo del conjunto era vistoso sin pretender ser hermoso.

«Fráulein Bauer regresaba del Brasil a Zürich tratando de consolarse con el título por ella misma recientemente inventado y aprobado de Princesa de la Isla Decepción; yaciente en su banco de listones horizontales paralelos frente al pilar descripto declamaba en el más duro suizo-alemán del cantón de Uri, entre dientes y entre sueños (cubriéndose los ojos ante esa imagen que ella creía de Príapo, como una catecúmena cristiana en el jardín de su tío en Corinto) su presente íntimo anatema sistemático contra la acrópolis funicular del Pan de Azúcar, erróneamente suponiéndola un antiguo Pan como ella exiliado de un río indoeuropeo de panteras a ese río indefinido de eneros y bananeros.

«En dicha plena luz en efecto de eneros y bananeros, mientras las primeras ondas del mar que se abre conmovían el barco que se va, surgió la primera cosa del objeto bariolé: una noche con prácticamente todas sus estrellas. Al principio era angosta pero momentos después se descorrió como una cortina desplegando desde Orion al Centauro ciento sesenta grados, varios puntos fijos de referencia, un gran plan y dos o tres planetas, la vía láctea, la mancha gris y la bolsa negra. La mima soñadora bostezó. Sin esforzarse en prestarle atención advirtió distraídamente en el primer cielo de esa noche falsa desgarraduras con bordes de coloide sólido y del otro lado sombras medusiformes que se obnubilaban mutuamente entre ambos nocturnos gobelinos, el segundo también mutilado.

«Reflejos de olas y de sardinas frivolas royeron pronto esta primera visión en orden de aparición. El fuste ferrometálico se hinchó un poco y emitió a manera de rueda las cuatro personificaciones que más odiaba nuestra amiga, tres machos y una hembra de raza mediterránea, sin piernas, unidos por el eje sexual. El triste huso o doble cuadrumano giraba lentamente moviendo los brazos por el aire como un grupo antiguo de actores ambiguos o como un fresco de Medusas que revuelve sus ofidios, pipiando sobre un fondo rúnico su juicio definitivo en escandinavo:

«—¡Échenla del club! (Voz del juez.)

«—Que antes nos entregue las llaves de los roperos. (Voz del usurpador.)

«—Secretas deformidades la afectan. (Voz de la rival.)

«—Si les dirige la palabra, escúpanle. (Voz del padre de familia.)

«El tetratronco trunco aceleró su rotación hasta deshacerse en mucílago mientras del dolmen monóstilo manaba como un suspiro un pulpo aéreo que se alejó sobre el mar con su estela de gas violeta. En ese momento Kitty Bauer oraba sonriendo la última canción de Marlene Dietrich y por el puente pasaba con su balde un marinero italiano, calibrado entre cuatro hileras de…»

Con su crepitación habitual estalla el teléfono. Las astillas del espejo del silencio se esparcen velozmente por el interior de un paralelepípedo de tres con diez por tres con setenta por tres con veinticinco metros. Es el señor Viminal, supereditor.

Señor Viminal: —¿Usted me llamó esta mañana?

Escriba: —Pretendí inquirir qué han decidido hacer con mis cuentos.

Señor Viminal: —Gracias al cielo, traigo buenas noticias para usted. Los leyó el señor Esquilino y dijo que eran aburridos pero que de algún modo hay que llenar la cuota anual de autores locales. Quedan en pie las objeciones del señor Vaticano, fácilmente atendibles: debemos cambiar el título de dos cuentos, suprimir en total quince párrafos peligrosos, reemplazar esas palabras que tanto disgustaron al señor Quirinal, y abolir el epigrama que parecería aludir al viejo Janículo.

Escriba: —No cuenten conmigo.

Señor Viminal: —No contamos. El corrector señor Celio se encargó de las sustituciones, y el libro corregido ya fue presentado al censor palatino monseñor Pincio. Si lo rechaza, como es probable, le devolvemos el manuscrito y usted queda bien con todos.

Escriba: —¿Y si lo acepta?

Señor Viminal: —No cante victoria antes de tiempo. El censor tarda siempre sus buenos meses en gestar alguna opinión. Bástele saber que su libro se encuentra en franco proceso de publicación. Después de todo, recuerde que usted escribe en castellano, a todas luces una lengua muerta.

Escriba: —A ratos intento revivirla.

Mientras los treinta y siete metros cúbicos de silencio roto se calman, el escriba sigue anotando, eligiendo, descartando, coleccionando, repartiendo:

«…pestañas e inmediatamente refutado; cuando las pestañas regresaron a adornar como Bernini el poste mágico, las niñas doradas que esos pelos protegían constataron la entrada en escena de dos niñas rubias de edades diversas y un automatón varón. Cada uno sostenía su pata de una estufa francesa; ambas fleurties babeaban meretriciamente y el joven de buena sociedad joco-gorjeaba: 'Quietas que me voy.' Posaron el horno sobre cubierta y juntando las seis manos como un loto de voto entraron en el antro de fundición; con chillidos de gozo cerraron la puerta ribeteada de amianto y salamandra. El involucro mixto vibró, tembló, retumbó, saltó, despidió humo, pintura marrón, agujas de reloj, guedejas de relay, tenias, pararrayos y paratruenos, para desmenuzarse finalmente in toto y ex cathedra silbando Sur le Pont de Max, con Gran Bulla.

«—¡Qué desagradable! —ronroneó Kitty-Marlene, decidida a conceder cada vez menos atención a las exageraciones de esa herrumbre picróstila de donde emergían ahora camellos damasquinados con gualdrapas de películas en tecnicolor, locomotoras de lona, convoyes de osos hormigueros y una gran bola de nieve maculada; tres procesiones en lambreta: el desfile del Circo Universal, el desfile del Primero de Mayo y el desfile de los años; la precesión de los equinoccios, la nutación de los polos, la erección de los pelos y numerosas discrepancias paralácticas; los ases fallecidos del volante, las mejores mareas observadas y una gran perra; las meninas (solas), una mise-en-scéne del Coronel Mizansén, las premiadas en el concurso Colgate y las preñadas el Día del Cartero, los nuevos elementos radiactivos y como número especial las más bonitas marcas de la milla, convirtiéndose sucesiva o alternativamente en foseólos y túsculos marinos al tuntún de las olas.

«Kitty acarició el lomo de cuero de las reflexiones de Schopenhauer sobre…».

Sobre los surcos recientes de las ondas anteriores cunde con más facilidad un segundo llamado. Es el joven Efraín Nazakis, dudosa propaganda de una loma contigua a Salónica.

Nazakis: —¿Cómo le iba? ¿Por casualidad no lo molesto? ¿Qué hacía?

Escriba: —Pongo en orden algunas palabras.

Nazakis: —¿Puedo ayudarle? Subo instantáneamente. Estoy en la esquina de su casa, para ser exacto. Pasaba, y ahora lo llamo. Pensé: mejor que lo llame porque la otra vez no le gustó nada.

Escriba: —En este momento salía.

Nazakis: —¿Entonces lo espero?

Escriba: —No. Estoy con una persona que no quiere que la vean.

Nazakis: —Siempre el mismo picaro. Tengo que contarle lo que me contó de usted Jesús Blanco, el director de la revista En Blanco.

Escriba: —Sí, sí. Hasta pronto, Efraín, ya te llamaré un día de estos.

El silencio se encarga inmediatamente de lamer y roer estos ecos repugnantes hasta aislar al escriba decidido a evocar, convocar, provocar, equivocar, revocar:

«…la muerte en treinta-y-dosavo. Levantó una ceja, luego la otra, y por fin las manos, gorgoteando un pareado de tragedia familiar:

«—Sé que suscito, Nurse, comentarios
[desfavorables
por coquetear decúbito con jóvenes
[indeseables…

«Estos escasos pobres versos le inspiraron placidez; los repitió. Mientras tanto, de su modesta imitación de Piazza Colonna o Place Vendóme (las apariciones son como sigue: el tubo vibra, su temblor se degrada progresivamente en ondulación, hasta que de la última sacudida se desprende con intenso placer la visión) emergían dos perros bailarines antropomorfos especializados en camuflaje mimético ejecutando una danza siamesa plurisecular que con minusculísimas evoluciones de las uñas y de las colas, siempre paralelas, lograban sugerir todo, desde la agitación superficial de la joven vietnamita enamorada del prisionero vietcong hasta la pesadez del señor feudal malayo que regresa de un banquete bajo la luna. Al final los perros se colocaron frente-atrás y juntando cuidadosamente al azar las patas y los hocicos más próximos formaron una vaina fluorescente que el más mínimo soplo de viento hizo volar allende la borda hacia la estela de champagne azul que la chupó.

«Del cilindro…»

El teléfono ataca una vez más la Sinfonía Italiana. Es finalmente la voz esperada de Puella de Luxe.

Puella: —¿Te interrumpo?

Escriba: —Como un pájaro que entrara por la ventana y se posara en el respaldo de la silla.

Puella: —Justamente te llamo para que me digas esas cosas, que él no me dice. Es lo único que le falta, ser inteligente como vos. Pero es tan fuerte y pesa noventa kilos. Decime otra cosa linda como la del pajarito.

Escriba: —«Al final los perros se colocaron frente-atrás».

Puella: —Ésa es una cosa fea. Hoy tenes voz de malo.

Escriba: —¿También ayer lo viste?

Puella: —Sí, nos vemos todas las noches. Tratamos de hundirnos cada vez más uno adentro del otro.

Escriba: —Corren peligro de atravesarse.

Puella: —¿Estás celoso?

Escriba: —Oye, tocaron el timbre. Tengo que cortar.

Puella: —Mañana te llamo y te cuento más.

Invisible y fuera del tiempo, el mecánico lingual prosigue su carta telescópica al porvenir:

«…tricolor brotaba ahora un bicho jaspeado de tubos de goma estriada sobre una armazón de alambres flojos con rueditas neumáticas en las seis patas, temblando como una gelatina mientras del hueco de su boca manaba jugo de violín…».


En El caos
Imagen: Anatole Saderman

25/11/2012

Santiago Roncagliolo - Por siempre jamás

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Santiago Roncagliolo © Colin McPherson/Corbis


emos llegado al final. oh, los finales son tan tristes. no. éste es un final felis. es en realidad un nuevo comienzo ¿verdad? tú comprendes. puedo verlo, puedo ver el coro de los muertos recibiéndome, palmeándome la espalda con sus manos sudadas de sangre. será pronto. podremos jugar juntos, por la heternidad, en un mundo nuevo, en un mundo de gente que vivirá para siempre.

no siempre fui así ¿sabes? hubo un tiempo en que creí que se podía bibir de otro modo. pero es mentira. yo era inosente. si la historia va a venir por nosotros de cualquier manera, lo mejor es acelerarla, obligarla a hadelantarse, someterla. como a ti. seremos espejos del universo, carnes de sacrificio que dibujan la estela del tiempo. será bonito.

me gustan tus ombros. son suaves. a los demás también les gustarás. heres el centro de todo ¿sabías? todas las partes irán a ti, tú tendrás una gran responsabilidad. espero que estés a la altura. ¿alguna vez as hecho lo que estoy haciendo? es como trocear un pollo, siempre está lleno de huesos y cosas. pero lo que se come es el músculo. no se come la sangre. es pecado eso.

pero no te distraigas. ayer ha sido el día del sepulcro y hoy será el de la gloria. ya han dejado de flamear las banderas negras de la catedral. es un buen día para ti. mañana dios comenzará a resucitar. y el domingo, el sol saldrá sobre un mundo nuevo. todo gracias a nosotros. el mundo sabrá lo que hicimos. ya me aseguré de eso. será triste, porque también vendrán por mí para eso

oh, a mí tampoco me gusta. pero los grandes cambios son así, nasen del dolor. no quiero que pienses que esto es un castigo, no. es una penitencia. un acto de conversión. tomamos nuestras carnes y las purificamos hasta convertirlas en luz, en vida eterna, en materia divina. seremos ángeles, ángeles con espadas de fuego, de los que cuidan la entrada del paraíso. cancerberos del edén ¿te gusta eso? a mí me gusta. cancerberos del edén. ja. nadie pasará sin que antes lo probemos con nuestras hojas afiladas y candentes. estaremos todos, y todos seremos uno y el mismo, multiplicados por los espejos que somos unos de otros. todo acabará en nuestras manos y todo comenzará en ellas. quizá algún día, podremos derrocar a dios. y entonces nadie podrá detenernos. por siempre jamás.

pero para eso, ya te digo, antes tendrán que venir por mí.


En Abril rojo
Imagen: © Colin McPherson/Corbis

24/11/2012

Mario Vargas Llosa - Trópico de Cáncer: El nihilista feliz

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Mario Vargas Llosa © Richard Franck Smith/Sygma/Corbis


Recuerdo muy bien cómo leí Trópico de Cáncer la primera vez, hace treinta años: al galope, sobreexcitado, en el curso de una sola noche. Un amigo español había conseguido una versión francesa de ese gran libro maldito sobre el que circulaban en Lima tantas fábulas y, al verme tan ansioso de leerlo, me lo prestó por unas horas. Fue una experiencia extraña, totalmente distinta de lo que había imaginado, pues el libro no era escandaloso, como se decía, por sus episodios eróticos sino más bien por su vulgaridad y su alegre nihilismo. Me recordó a Céline, en cuyas novelas las palabrotas y la mugre se volvían también poesía, y a la Nadja de Bretón, pues, igual que en este libro, en Trópico de Cáncer la realidad más cotidiana se transmutaba súbitamente en imágenes oníricas, en inquietantes pesadillas.

El libro me impresionó pero no creo que me gustara: tenía entonces —lo tengo todavía— el prejuicio de que las novelas deben contar historias que empiecen y acaben, de que su obligación es oponer al caos de la vida un orden artificioso, pulcro y persuasivo. Trópico de Cáncer —y todos los libros posteriores de Miller— son caos en estado puro, anarquía efervescente, un gran chisporroteo romántico y tremendista del que el lector sale mareado, convulsionado y algo más deprimido sobre la existencia humana de lo que estaba antes del espectáculo. El riesgo de este género de literatura suelta, deshuesada, es la charlatanería y Henry Miller, como otro «maldito» contemporáneo, Jean Genet, naufragó a menudo en ella. Pero Trópico de Cáncer, su primera novela, sorteó felizmente el peligro. Es, sin duda, el mejor libro que escribió, una de las grandes creaciones literarias de la entreguerra y, en la obra de Miller, la novela que estuvo más cerca de ser una obra maestra. La he releído ahora con verdadero placer. El tiempo y las malas costumbres de nuestra época han rebajado su violencia y lo que parecían sus atrevimientos retóricos; ahora ya sabemos que los pedos y las gonorreas pueden ser también estéticos. Pero ello no ha empobrecido el sortilegio de su prosa ni le ha restado fuerza. Por el contrario: le ha añadido un relente de serenidad, una suerte de madurez. Al aparecer el libro, en 1934, en una editorial semiclandestina, en el exilio lingüístico, y ser víctima de prohibiciones y ataques edificantes, lo que se valoraba o maldecía en él era su iconoclasia, la insolencia con que las peores palabras malsonantes desplazaban en sus frases a las consideradas de buen gusto, así como la obsesión escatológica. Hoy ese aspecto del libro choca a pocos lectores, pues la literatura moderna ha ido haciendo suyas esas costumbres que inauguró Miller con Trópico de Cáncer y ellas han pasado, en cierto modo, a ser tan extendidas que, en muchos casos, se han vuelto un tópico, como hablar de la geometría de las pasiones en el siglo XVIII y vilipendiar al burgués en la época romántica o comprometerse históricamente en tiempos del existencialismo. La palabrota dejó de serlo hace un buen tiempo y el sexo y sus ceremonias se han vulgarizado hasta la saciedad. Esto no deja de tener algunos inconvenientes, desde luego, pero una de sus inequívocas ventajas es que ahora se puede, por fin, averiguar si Henry Miller fue, además de un dinamitero verbal y un novelista sicalíptico, un artista genuino.

Lo fue, sin la menor duda. Un verdadero creador, con un mundo propio y una visión de la realidad humana y de la literatura que lo singularizan nítidamente entre los escritores de su tiempo. Representó, en nuestra época, como Céline o Genet, a esa luciferina tradición de inconoclastas de muy variada condición para quienes escribir ha significado a lo largo de la historia desafiar las convenciones de la época, aguar la fiesta de la armonía social, sacando a la luz pública todas las alimañas y suciedades que la sociedad —a veces con razón y otras sin ella— se empeña en reprimir. Ésta es una de las más importantes funciones de la literatura: recordar a los hombres que, por más firme que parezca el suelo que pisan y por más radiante que luzca la ciudad que habitan, hay demonios escondidos por todas partes que pueden, en cualquier momento, provocar un cataclismo.

Cataclismo, apocalipsis son palabras que vienen inmediatamente a cuento cuando se habla de Trópico de Cáncer, a pesar de que en sus páginas no hay más sangre que la de algunos pugilatos de borrachínes ni otra guerra que las fornicaciones (siempre beligerantes) de sus personajes. Pero un presentimiento de inminente catástrofe ronda sus páginas, la intuición de que todo aquello que se narra está a punto de desaparecer en un gran holocausto. Esta adivinación empuja a su pintoresca y promiscua humanidad a vivir en semejante frenesí disoluto. Un mundo que se acaba, que se desintegra moral y socialmente en una juerga histérica esperando la llegada de la peste y la muerte, como en una fantasía truculenta de Jerónimo Bosco. En términos históricos esto es rigurosamente cierto. Miller escribió la novela, en París, entre 1931 y 1933, mientras se echaban los cimientos de la gran conflagración que arrasaría a Europa unos años más tarde. Eran años de bonanza y francachelas, de alegre inconsciencia y espléndida creatividad. Florecían todas las vanguardias estéticas y los surrealistas encantaban a los modernos con su imaginería poética y sus «espectáculos provocación». París era la capital del mundo artístico y de la felicidad humana.

En Trópico de Cáncer aparece el revés de esta trama. Su mundo es parisino pero está como a años luz de aquella sociedad de triunfadores y de optimistas prósperos: se compone de parias, seudopintores, seudoescritores, marginados y parásitos que viven en la periferia de la ciudad, sin participar de la fiesta, peleándose por los desechos. Expatriados que han perdido el cordón umbilical con su país de origen —Estados Unidos, Rusia—, no han echado raíces en París y viven en una especie de limbo cultural. Su geografía se compone de burdeles, bares, hoteles de mal vivir, tugurios sórdidos, restaurantes ínfimos y los parques, plazas y calles que imantan a los vagabundos. Para sobrevivir en esa patria difícil, todo vale: desde el oficio embrutecedor —corregir las pruebas de un periódico— hasta el sablazo, el cafichazgo o el cuento del tío. Un vago propósito artístico es la coartada moral más frecuente entre esta fauna —escribir la novela fundamental, pintar los cuadros redentores, etc—, pero, en verdad, lo único serio allí es la falta de seriedad de sus gentes, su promiscuidad, su pasiva indiferencia, su lenta desintegración.

Este es un mundo —un submundo, más bien— que yo conocí en la realidad, a fines de los años cincuenta, y estoy seguro de que no debía ser muy diferente del que frecuentó Miller —y le inspiró Trópico de Cáncer— veinte años atrás. A mí la muerte lenta e inútil de esa bohemia parisina me producía horror y sólo la necesidad me tuvo cerca de ella, mientras no hubo otro remedio. Por eso mismo, puedo apreciar, en todo su mérito, la proeza que significa transfigurar literariamente ese medio, esas gentes, esos ritos y toda esa asfixiante mediocridad, en las dramáticas y heroicas existencias que aparecen en la novela. Pero, tal vez, lo más notable es que en semejante ambiente, corroído por la inercia y el derrotismo, haya podido ser concebido y realizado un proyecto creativo tan ambicioso como es Trópico de Cáncer. (El libro fue reescrito tres veces y reducido, en su versión final, a una tercera parte.)

Porque se trata de una creación antes que de un testimonio. Su valor documental es indiscutible pero lo añadido por la fantasía y las obsesiones de Miller prevalece sobre lo histórico y confiere a Trópico de Cáncer su categoría literaria. Lo autobiográfico en el libro es una apariencia más que una realidad, una estrategia narrativa para dar un semblante fidedigno a lo que es una ficción. Esto ocurre en una novela inevitablemente, con prescindencia de las intenciones del autor. Tal vez Miller quiso volcarse a sí mismo en su historia, ofrecerse en espectáculo en un gran alarde exhibicionista de desnudamiento total. Pero el resultado no fue distinto del que obtiene el novelista que se retrae cuidadosamente de su mundo narrativo y trata de despersonalizarlo al máximo. El «Henry» de Trópico de Cáncer no es el Henry Miller que escribió la novela, aunque usurpe su nombre y refiera algunos episodios parecidos a los que aquél vivió, porque entre ambos las divergencias son mayores que las coincidencias. El autor es siempre un ser de carne y hueso y el personaje está hecho de palabras, es una fantasía animada por el verbo cuya existencia depende de un contexto retórico —otros seres de tan engañosa naturaleza como la suya— y de la credibilidad de los lectores. El Henry Miller que escribió la novela era un cuarentón medio muerto de hambre, errante vagabundo decepcionado de la civilización moderna y poseído por una pasión creativa; el «Henry» de Trópico de Cáncer es una invención que gana nuestra simpatía o nuestra repulsa por una idiosincrasia que va desplegándose ante los ojos del lector de manera autónoma, dentro de los confines de la ficción, sin que para creer en él —verlo, sentirlo y sobre todo oírlo— tengamos que cotejarlo con el modelo vivo que supuestamente sirvió para crearlo. Entre el autor y el narrador de una novela hay siempre una distancia; aquél crea a éste siempre, sea un narrador invisible o esté entrometido en la historia, sea un dios todopoderoso e inapelable que lo sabe todo o viva como un personaje entre los personajes, y tenga una visión tan recortada y subjetiva como la de cualquiera de sus congéneres ficticios. El narrador es, en todos los casos, la primen criatura que fantasea ese fantaseador alambicado que es el autor de una novela.

El narrador-personaje de Trópico de Cáncer es la gran creación de la novela, el éxito supremo de Miller come novelista. Ese «Henry» obsceno y narcisista, despectivo del mundo, solícito sólo con su falo y sus tripas, tiene, ante todo, una verba inconfundible, una rabelesiana vitalidad para transmutar en arte lo vulgar y lo sucio, para espiritualizar con su gran vozarrón poético las funciones fisiológicas, la mezquindad, lo sórdido, para dar una dignidad estética a la grosería. Lo más notable en él no es la desenvoltura y naturalidad con que describe la vida sexual o fantasea sobre ella, llegando a unos extremos de impudor sin precedentes en la literatura moderna, sino su actitud moral. ¿Sería más justo, tal vez, hablar de amoralidad? No lo creo. Porque, aunque el comportamiento del narrador y sus opiniones desafíen la moral establecida —las morales establecidas, más bien—, sería injusto hablar en su caso de indiferencia sobre este tema. Su manera de actuar y de pensar es coherente: su desprecio de las convenciones sociales responde a una convicción profunda, a una cierta visión del hombre, de la sociedad y de la cultura, que, aunque de manera confusa, se va transparentando a lo largo del libro.

Se podría definir como la moral de un anarquista romántico en rebelión contra la sociedad industrializada y moderna en la que vislumbra una amenaza para la soberanía individual. Las imprecaciones contra el «progreso» y la robotización de la humanidad —lo que, en un libro posterior, Miller llamaría «la pesadilla refrigerada»— no son muy distintas de las que, por esos mismos años, lanzaban Louis-Ferdinand Céline, en libros también llenos de injurias contra la inhumanidad de la vida moderna, o Ezra Pound, para quien la sociedad «mercantil» significaba el fin de la cultura. Céline y Pound —como Drieu La Rochelle y Robert Brasillach— creían que esto implicaba decadencia, una desviación de ciertos patrones ejemplares alcanzados por el Occidente en ciertos momentos del pasado (Roma, la Edad Media, el Renacimiento). Ese pasadismo reaccionario los echó en brazos del fascismo. En el caso de Miller no ocurrió así porque el rechazo frontal de la sociedad moderna él no lo hace en nombre de una civilización ideal, extinta o inventada, sino del individuo, cuyos derechos, caprichos, sueños e instintos son para Miller inalienables y preciosos valores en vías de extinción que deben ser reivindicados a voz en cuello antes de que los rodillos implacables de la modernidad acaben con ellos.

Su postura no es menos utópica que la de otros escritores «malditos» en guerra contra el odiado progreso, pero sí más simpática, y, en última instancia, más defendible que la de aquellos que, creyendo defender la cultura o la tradición, se hicieron nazis. Ése es un peligro del que vacunó a Miller su rabioso individualismo. Ninguna forma de organización social y sobre todo de colectivismo es tolerable para este rebelde que ha dejado su trabajo, su familia y toda clase de responsabilidades porque representaban para él servidumbres, que ha elegido ser un paria y un marginal porque de este modo, pese a las incomodidades y al hambre, llevando este género de existencia preserva mejor su libertad.

Es esta convicción —la de que, viviendo de ese modo semipordiosero y al abrigo de toda obligación y sin respetar ninguna de las convenciones sociales vigentes, es más libre y más auténtico que en el horrible enjambre de los ciudadanos enajenados— la que hace de «Henry», pesimista incurable sobre el destino de la humanidad, un hombre jocundo, gozador de la vida y, en cierto modo, feliz. Esa insólita mezcla es uno de los rasgos más originales y atractivos que tiene el personaje, el mayor encanto de la novela, la que torna llevadero, ameno y hasta seductor el ambiente de frustración, amoralismo, abandono y mugre en que transcurre la historia.

Aunque hablar de «historia» no sea del todo exacto en Trópico de Cáncer. Más justo sería decir escenas, cuadros, episodios, deshilvanados y sin una cronología muy precisa, a los que coagula sólo la presencia del narrador, fuerza ególatra tan abrumadora que todos los demás personajes quedan reducidos a comparsas borrosos. Pero esta forma inconexa no es gratuita: corresponde a la idiosincrasia del narrador, refleja su anarquía contumaz, su alergia a toda organización y orden, esa suprema arbitrariedad que él confunde con la libertad. En Trópico de Cáncer, Miller alcanzó el difícil equilibrio entre el desorden de la espontaneidad y de la pura intuición y el mínimo control racional y planificado que exige cualquier ficción para ser persuasiva (ya que ella, aunque sea más historia de instintos y de pasiones que de ideas, siempre deberá pasar por la inteligencia del lector antes de llegar a sus emociones y a su corazón). En libros posteriores no fue así, y por eso, muchos de ellos, aunque el lenguaje chisporroteara a veces como un bello incendio y hubiera episodios memorables, resultaban tediosos, demasiado amorfos para ilusionar al lector. En éste, en cambio, el lector queda atrapado desde la primera frase y el hechizo no se rompe hasta el final, en esa beatífica contemplación del discurrir del Sena con que termina la excursión por los territorios de la vida marginal y las cavernas del sexo.

El libro es hermoso y su filosofía, aunque ingenua, nos llega al alma. Es verdad, no hay civilización que resista un individualismo tan intransigente y extremo, salvo aquella que esté dispuesta a retroceder al hombre a la época del garrote y el gruñido. Pero, aun así, qué nostalgia despierta esa llamada a la irresponsabilidad total, a ese gran desarreglo de la vida y el sexo que precedió a la sociedad, a las reglas, a las prohibiciones, a la ley...

Lima, agosto de 1988


En La verdad de las mentiras, ensayos sobre literatura
Imagen: © Richard Franck Smith/Sygma/Corbis

23/11/2012

Saki - La filántropa y el gato feliz

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Jocantha Bessbury se encontraba en un estado de ánimo sereno y graciosamente feliz. Su mundo era un lugar agradable pero revestido en ese momento de uno de sus aspectos más placenteros. Gregory había conseguido llegar a casa para tomar un rápido almuerzo y fumar después en el saloncito; el almuerzo había sido bueno y quedaba tiempo para hacer justicia al café y los cigarrillos, ambos excelentes en su campo; y también Gregory era, en el suyo, un marido excelente. Jocantha sospechaba que para él era una esposa encantadora, y más fundadas eran todavía sus sospechas de tener una modista de primera categoría.

—Imagino que no habrá una persona más contenta en todo Chelsea —observó Jocantha en alusión a sí misma—. Salvo quizás Attab —prosiguió mirando al gato grande que estaba echado con considerable comodidad en una esquina del diván—. Está ahí tumbado, ronroneando y soñando, moviendo las patas de vez en cuando por el éxtasis de comodidad que le producen los cojines. Parece la encarnación de todo lo que es suave, sedoso y aterciopelado, sin una arista afilada en su composición, un soñador cuya filosofía es dormir y dejar dormir; luego, cuando llega la noche, sale al jardín con un resplandor rojizo en los ojos y mata un gorrión somnoliento.

—Como cada pareja de gorriones tiene diez o más crías cada año, mientras su suministro de alimentos permanece estacionario, es conveniente que los Attab de la comunidad tengan esa idea acerca de cómo pasar una tarde divertida —comentó Gregory. Tras haber expresado esa sabia observación, encendió otro cigarrillo, se despidió de Jocantha con un beso juguetonamente afectivo y salió al mundo exterior.

—Recuerda que cenaremos un poco antes esta noche, pues vamos al Haymarket —le gritó ella cuando se iba.

Al quedarse a solas, Jocantha reanudó el proceso de mirar su vida con ojos plácidos e introspectivos. Si no tenía en este mundo todo lo que deseaba, al menos estaba muy complacida con lo que tenía. Por ejemplo, estaba muy complacida con el saloncito, que de alguna manera lograba ser, al mismo tiempo, cómodo, elegante y caro. La porcelana era rara y hermosa, los esmaltes chinos adoptaban tonos maravillosos bajo la luz del fuego, las alfombras y cortinas guiaban la mirada a través de suntuosas armonías de colorido. Era una sala en la que se podría haber recibido convenientemente a un embajador o un arzobispo, pero también era una sala en la que se podían recortar fotos para un álbum de recortes sin tener la sensación de que con el desorden propio se estuviera escandalizando a las deidades del lugar. Y lo que sucedía con el saloncito pasaba también con el resto de la casa; y lo que sucedía con la casa, pasaba también con las otras áreas de la vida de Jocantha: tenía en verdad buenas razones para ser una de las mujeres más satisfechas de Chelsea.

De un estado de ánimo en el que bullía la satisfacción por su destino pasó a la fase de la generosa conmiseración por aquellas miles de mujeres que le rodeaban y cuyas vidas y circunstancias eran apagadas, baratas, carentes de placer y vacías. Jóvenes trabajadoras, dependientas de tienda y demás, la clase que ni tenía la libertad despreocupada de los pobres ni la libertad ociosa de los ricos, entraban especialmente dentro del alcance de su simpatía. Era triste pensar que hubiera jóvenes que tras un largo día de trabajo tuvieran que sentarse solas en dormitorios fríos y tristes porque no podían permitirse una taza de café y un sandwich en un restaurante, y todavía menos el chelín que costaba una butaca de teatro.

La mente de Jocantha seguía dando vueltas a este tema cuando se lanzó a una campaña de tarde de compras poco metódicas; se dijo a sí misma que resultaría bastante consolador si pudiera hacer algo, de improviso, para llevar un brillo de placer e interés a la vida de una o dos trabajadoras de corazón triste y bolsillo vacío: eso aumentaría mucho su placer aquella noche en el teatro. Compraría dos entradas de anfiteatro alto para una obra popular, entraría en alguna tetería barata y regalaría las entradas a la primera pareja de trabajadoras interesantes con las que trabara conversación casualmente. Se lo explicaría diciendo que no podía utilizar las entradas y no quería que se perdieran, y por otra parte le resultaba muy pesado devolverlas. Tras reflexionar más, decidió que sería mejor conseguir sólo una entrada y dársela a una joven de aspecto solitario sentada frente a una comida frugal; la joven podría trabar conocimiento con quien se sentara a su lado en el teatro cimentando así una amistad duradera.

Con ese fuerte impulso de Hada Madrina, Jocantha se dirigió a una agencia de venta de entradas y con gran cuidado eligió un asiento de anfiteatro alto para «Pavo real amarillo», una obra que estaba produciendo muchas discusiones y críticas. Luego se dirigió a su filantrópica aventura de tetería aproximadamente en el mismo momento en que Attab entraba lentamente en el jardín con la mente concentrada en acechar a un gorrión. En una esquina de una tetería encontró una mesa desocupada y se instaló en ella, impulsada por el hecho de que en la mesa de al lado estaba sentada una joven de rasgos bastante sencillos, de mirada apagada y lánguida y con el aspecto general de resignado desamparo. Su vestido era de una tela barata, pero trataba de seguir la moda, sus cabellos eran hermosos y su tez mala; estaba terminando una modesta comida de té y bollo y no se diferenciaba en su aspecto de otros miles de jóvenes trabajadoras que en ese mismo momento terminaban, empezaban o seguían tomando su té en establecimientos londinenses. Se podía apostar con seguridad a que nunca había visto «Pavo real amarillo»; evidentemente era un excelente material para el primer experimento de Jocantha con la beneficencia al azar.

Jocantha pidió un té con un bollo y comenzó a examinar amistosamente a su vecina con la idea de captar su atención. En ese mismo instante el rostro de la joven se encendió repentinamente de placer, centellearon sus ojos, se sonrojaron sus mejillas y pareció casi bonita. Un joven, al que saludó con un afectivo «hola, Bertie», llegó a su mesa y se sentó en una silla frente a ella. Jocantha miró con dureza al recién llegado; parecía varios años más joven que ella misma, su aspecto era mucho mejor que el de Gregory, en realidad mucho mejor que el de cualquiera de los hombres jóvenes de su círculo. Conjeturó que sería un oficinista bien educado de algún almacén de ventas que vivía y se divertía todo lo que podía con un pequeño salario y exigía unas vacaciones de dos semanas anuales. Evidentemente tenía conciencia de su buen aspecto, pero con esa conciencia tímida del anglosajón, no con la complacencia descarada del latino o el semita. Resultaba evidente que mantenía una amistosa intimidad con la joven a la que hablaba, y que probablemente se encaminaban a un compromiso formal. Jocantha se imaginó el hogar del joven en un círculo bastante estrecho con una fatigosa madre que siempre quería saber cómo y dónde pasaba sus tardes. A su debido tiempo, cambiaría esa aburrida esclavitud por su propio hogar, dominado por una escasez crónica de libras, chelines y peniques, así como por la ausencia de la mayoría de las cosas que hacen que la vida sea atractiva o cómoda. Jocantha sintió mucha pena por él. Se preguntó si habría visto el «Pavo real amarillo»; lo más probable era suponer que no. La joven había terminado el té y regresaría muy pronto a su trabajo; cuando el joven estuviera solo, a Jocantha le sería muy fácil decirle: «Mi marido tenía otros planes para mí esta noche; ¿querría utilizar esta entrada, que si no va a perderse?» Luego volvería allí otra tarde a tomar el té, y si le veía le preguntaría si le había gustado la obra. Era un joven agradable, y si llegaban a conocerse más podría darle más entradas de teatro, y quizás hasta pedirle que fuera un domingo a Chelsea a tomar el té. Jocantha decidió trabar conocimiento con él, y pensó que el joven le caería bien a Gregory y que el asunto del Hada Madrina sería mucho más entretenido de lo que había pensando originalmente. El muchacho era muy presentable; sabía peinarse el cabello, facultad que posiblemente debía a la imitación; sabía qué color de corbata le iba bien, lo que tenía que deberse a la intuición; era exactamente el tipo de hombre que Jocantha admiraba, lo que desde luego era accidental. En conjunto se sintió bastante complacida cuando la joven miró el reloj y se despidió, amigable pero rápidamente, de su compañero. Bertie le dijo adiós, se bebió de un trago el té y sacó luego del bolsillo del abrigo un libro forrado en papel que llevaba el título de Sepoy and Sahib, a Tale of the Great Mutiny.

Las leyes de etiqueta de una casa de té prohíben que ofrezcas entradas de teatro a un desconocido sin haber llamado antes su atención. Incluso es mejor si puedes pedirle que te pase el azucarero, tras haber ocultado previamente el hecho de que en tu mesa hay uno grande y bien lleno; no es difícil de lograr, pues el menú impreso suele ser en general tan grande como la mesa y puede sostenerse en pie. Jocantha empezó a hacerlo llena de esperanza; había tenido una prolongada y bastante fuerte discusión con la camarera concerniente a los supuestos defectos de un bollo que era en sí mismo absolutamente inocente, preguntó en voz alta y quejosa acerca del servicio de metro a un barrio muy remoto, habló con brillante falta de sinceridad acerca del garito que había en la tetería y como último recurso derribó la jarra de leche y maldijo elegantemente. En general atrajo bastante atención, pero ni por un momento la del joven que se peinaba tan bellamente, quien debía encontrarse a varios miles de millas de distancia en las calurosas llanuras del Indostán, en medio de bungalows desérticos, bazares atestados y bulliciosas plazas de armas, escuchando el sonido de los tamtam y el traqueteo distante de los mosquetes.

Jocantha regresó a su casa de Chelsea, que por primera vez le pareció apagada y excesivamente amueblada. Con resentimiento, tuvo la convicción de que en la cena Gregory resultaría poco interesante, y que la obra que verían después sería estúpida. En general su estructura mental mostró una marcada divergencia con respecto a la ronroneante complacencia de Attab, que había vuelto a enroscarse en su esquina del diván irradiando una gran paz por cada curva de su cuerpo.

Pero es que él había matado su gorrión.


En Animales y más que animales
Traducción: Rafael Lassaletta


22/11/2012

Liudmila Quincoses Clavelo: Cuatro poemas

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Sombra del condenado

Yo soy quien te habla del otro lado del sendero,
altivo caminante no me evites.
No cierres esos ojos que el miedo ha de anularte,
no dejes que se borren las huellas del dolor.
Hay un atardecer que no se acaba nunca,
y rostros en la noche que no tienen vida.
Yo siempre estoy contigo,
no es el viento el que mueve las ramas en la noche.
Escúchame, te llamo desde el sitio más solo,
te llamo sin mi voz.
Soy el paso del ciego hacia el abismo inmenso,
y el reo que en silencio se fuga hacia la muerte.
No creas que te acoso, esto no es agonía.
Agonía es no tenerte dormido ni despierto,
sino siempre distante.
Has un alto en tu absurdo camino
y susúrrame algo, una frase, una queja.
Yo soy tu voluntad,
sin mí los cerros altos se tornan imposibles.


Alguien ha cerrado las ventanas a la plaza

Hay una plaza inmensa allá afuera.
Me separan de ella las ventanas,
la madera antigua con que fueron hechos los postigos.
Ya no veo la plaza, ahora la imagino.
Ahora sé por qué ha resistido tantos años.
Está hecha de nada,
de recuerdos que le dan forma.
Y uno puede quitar las rejas, las estatuas,
quitar la plaza.
Caminar sobre la tierra espesa.
Mirar la iglesia, la torre, el campanario,
sentir el ruido del bronce que ahuyenta las palomas.
Mirar la plaza de lejos sobre el puente,
regresar luego a los arcos, a los portales.
Regresar a esas ruinas que aún no fueron fundadas,
regresar a uno mismo.
Y abrir los ojos, las ventanas,
caminar luego por la plaza.
Palparla tal como es, volver a hacerla,
morirse de viejo,
fundarla.


Ultima estación

Me han dicho que una luz se extingue,
que otra vez el cielo vuelve del remoto sitio
en que todo es divino, en que todo se rompe.
Sé de regiones donde no has pisado,
donde los hombres cantan
y los barcos mutilados cruzan el océano.
La tristeza es vasta, el silencio profundo.
Debajo de la tierra germinan las semillas,
germinan los muertos con sus dientes juntos.
Vi el anillo de oro sucio en el inmenso ataúd.
Y tu retrato,
que no volverá a parecerme hermoso.


Fin de algo

Un ciclo se cierra,
se detiene la absoluta crueldad con que los astros
definen la belleza, lo podrido.
Caminábamos aquella tarde bajo los árboles
cuando nos despedimos en el parque de 15.
Yo te vi atravesar cabizbajo el sendero torcido
y desaparecer.
Nunca pude volver a Lamparilla,
ni recordar exactamente el silbato del barco
hacia la isla.
Todos son fragmentos del algo que termina.
En la Avenida de los mártires caen las mismas flores.
Duarte y yo
compartimos el milagro del domingo.
El Ermitaño y yo
encontramos monedas aún calientes
por un sol que sabemos
que nos mata.
Camino en círculos,
me siento en el mismo café.

De entre la gente espero que salgas,
que aparezcas, para nada.
Para entender el comienzo de todo,
el fin de algo.



En Poemas en el último sendero
Liudmila Quincoses Clavelo, Cuba 1975

21/11/2012

Virginia Woolf: Una novela no escrita

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Aquella expresión de desdicha bastaba para que los ojos de una resbalaran sobre el papel hasta más allá de su borde, hasta la cara de la pobre mujer —insignificante sin aquella expresión, casi símbolo del destino humano con ella. La vida es lo que se ve en los ojos de la gente; la vida es lo que la gente aprende y, después de haberlo aprendido, jamás, pese a que procura ocultarlo, deja de tener conciencia de... ¿qué? Que la vida es así, parece. Cinco rostros en frente —cinco rostros maduros— y el conocimiento en cada rostro. ¡Pero cuan extraño es que la gente intente ocultarlo! Rastros de reticencia se ven en todos estos rostros: labios cerrados, ojos velados, cada uno de los cinco hace algo para ocultar su conocimiento, o para adormecerlo. Uno fuma, otro lee, un tercero comprueba las anotaciones de su agenda, el cuarto contempla el mapa de la vía férrea enmarcado ante él, y el quinto rostro —lo terrible del quinto rostro es que la mujer no hace absolutamente nada. Mira la vida. ¡Mi pobre y desdichada mujer, juega al juego! ¡Hazlo por nosotros, ocúltalo!

Como si me hubiera oído, la mujer levantó la vista, rebulló levemente en su asiento y suspiró. Parecía pedir disculpas y, al mismo tiempo, decirme: «Si usted supiera...» Después volvió a mirar la vida. En silencio, con la vista fija en el Times por mor de los modales, le contesté: «Es que lo sé. Lo sé todo. La paz entre Alemania y las potencias aliadas quedó ayer oficialmente garantizada en París... El Signor Nitti, primer ministro italiano... Un tren de pasajeros chocó ayer, en Doncaster, con un mercancías... Todos lo sabemos —lo sabe el Times—, pero fingimos que no lo sabemos.» Una vez más, mi vista se había deslizado por encima del borde del papel. La mujer se estremeció, torció en extraño movimiento el brazo hacia la parte media de su espalda, y sacudió la cabeza negativamente. Una vez más me sumergí en mi gran depósito de vida. «Escoge lo que quieras», proseguí, «nacimientos, defunciones, matrimonios, anuncios judiciales, las costumbres de los pájaros, Leonardo da Vinci, el asesinato de Sandhills, la elevación de los sueldos y el coste de la vida... Sí, escoge lo que quieras», repetí, «¡todo está en el Times!» Una vez más, con infinito cansancio, la mujer movió la cabeza a uno y otro lado hasta que, como una peonza agotada de tanto dar vueltas, la cabeza reposó sobre el cuello.

El Times no ofrecía protección contra un dolor como el de aquella mujer. Pero los otros seres humanos no permitían el establecimiento de comunicación. Lo mejor que cabía hacer contra la vida era doblar el periódico de manera que formara un perfecto cuadrado, crujiente, grueso, impermeable incluso a la vida. Después de hacerlo, levanté la vista rápidamente, protegida por un escudo exclusivamente mío. Pero la mujer atravesó mi escudo; me miró a los ojos como si buscara un sedimento de valentía en su fondo y lo mojara, convirtiéndolo en barro. Sólo su estremecimiento denegó toda esperanza, echó a un lado toda ilusión.

Y así, traqueteando, cruzamos Surrey y entramos en Sussex. Pero, por tener la vista fija en la vida, no vi que los otros pasajeros se habían apeado, uno a uno, dejándonos solas, con la salvedad del hombre que leía. Estábamos llegando a la estación de Three Bridges. Lentamente avanzamos junto al andén y nos detuvimos. ¿Nos dejaría solas el pasajero? Recé pidiendo las dos cosas; en último lugar, recé para que se quedara. Y, en aquel instante, el pasajero se levantó, estrujó el periódico despreciativamente, como si se tratara de un asunto liquidado, abrió con violencia la puerta y nos dejó solas.

La desdichada mujer, inclinándose un poco al frente, se dirigió pálida y descoloridamente a mí; habló de estaciones y de vacaciones, de hermanos en Eastbourne, y del tiempo del año, que era, lo he olvidado, principio o finales. Pero por fin, mirando a través de la ventana y sólo viendo, me di cuenta, vida, dijo con voz leve: «Vivir lejos, éste es el inconveniente...» Ah, ahora se acercaba la catástrofe: «Mi cuñada»; la amargura de su tono era como limón sobre hierro, y hablando, no a mí, sino para sí, musitó: «Tonterías, diría, esto es lo que todos dicen», y mientras hablaba rebullía como si la piel de su espalda fuera la de un ave desplumada en el escaparate de una pollería.

«Oh, ¡esa vaca!», exclamó con acento nervioso, como si la gran vaca de madera en el prado la hubiera escandalizado, salvándola así de una indiscreción. Después se estremeció, y efectuó aquel torpe movimiento angular que le había visto hacer antes, como si, después del espasmo, un punto situado entre los omóplatos le escociera o picara. Después, una vez más, adquirió el aspecto de la mujer más desdichada del mundo, y una vez más se lo afeé, aun cuando no con idéntica convicción, ya que, si concurriera alguna razón, y si yo hubiera sabido la razón, la causa de aquel estigma se encontraría fuera de la vida.

«Las cuñadas», dije...

Frunció los labios como si se dispusiera a escupir veneno sobre el mundo. Y fruncidos quedaron. Lo único que hizo fue coger un guante y frotar con él fuertemente una manchita en el vidrio de la ventanilla. Frotaba como si quisiera borrar algo para siempre jamás, una mancha, cierta indeleble contaminación. Pero, a pesar de tanto frote, realmente la mancha siguió allí, y la mujer volvió a hundirse en el asiento, con un estremecimiento, y torciendo el brazo de aquella manera que yo había ya llegado a esperar. Algo me impulsó a coger mi guante y frotar el vidrio de mi ventana. También había en él un puntito. Pero a pesar de los frotes, allí quedó. Y entonces el espasmo me estremeció; torcí el brazo y me rasqué la parte media de la espalda. También mi piel causaba la sensación que produce la húmeda piel de un pollo en el escaparate de una pollería; un punto entre los hombros me picaba y me irritaba, estaba húmedo, pelado. ¿Lo alcanzaría? Lo intenté subrepticiamente. La mujer me vio. Una sonrisa de infinita ironía, de infinita tristeza, pasó por su cara y desapareció. Pero la mujer había entrado en comunicación, había compartido su secreto, había transmitido su veneno. Ya no hablaría más. Reclinándome en mi rincón, protegiendo mis ojos de sus ojos, viendo sólo las laderas y los hoyos, los grises y los morados, del paisaje invernal, leí el mensaje de la mujer, descifré su secreto, lo leí bajo su mirada.

La cuñada de Hilda. ¿Hilda? ¿Hilda? Hilda Marsh, Hilda la lozana, la de abundante seno, la matrona. Hilda está en pie junto a la puerta, mientras el taxi se acerca, con una moneda en la mano. «Pobre Minnie, parece más que nunca un saltamontes... con el mismo abrigo que el año pasado. En fin, con dos hijos, en los presentes tiempos, no se puede hacer gran cosa. No, Minnie, ya lo tengo en la mano. Tome, taxista... No, Minnie, no lo permitiré. Entra, Minnie. ¡Claro que llevo el cesto, hasta contigo podría cargar!» Y así entran en el comedor. «Niños, la tía Minnie.»

Despacio, los cuchillos y los tenedores descienden de la alacena. Bajan (Bob y Barbara), ofrecen rígidos la mano, y vuelven a sentarse, mirando entre las masticaciones reanudadas. [Pero esto nos lo vamos a saltar; los adornos, las cortinas, la fuente de porcelana con tréboles, amarillos rombos de queso, blancos cuadrados de bizcocho... Nos lo saltamos pero, oh, ¡esperemos! A mitad del almuerzo, uno de aquellos estremecimientos; Bob la mira, con la cuchara en la boca. Pero Hilda le reprende: «Cómete el pudding, Bob. ¿Y a qué se debe este estremecimiento?» Saltémonoslo, saltémonoslo, hasta llegar al descansillo del piso superior; escaleras con barandilla de latón; linóleo desgastado; oh, sí; ¡pequeño dormitorio desde el que se ven los tejados de Eastbourne, tejados en zigzag, como la espina dorsal de las orugas, hacia aquí y hacia ella, a rayas rojas y amarillas, con pizarra negro azulada.] Ahora, Minnie, la puerta se ha cerrado; Hilda baja pesadamente a la planta baja; y tú desatas las correas del cesto, dejas sobre la cama un deslucido camisón, quedas en pie junto a unas zapatillas de felpa forradas de piel. El espejo... no, tú evitas el espejo. Dispones metódicamente las horquillas. ¿Habrá algo dentro del estuche de concha? Lo sacudes; es el mismo botón de nácar del año pasado. Y nada más. Y después el respingo, el suspiro, el sentarse junto a la ventana. Las tres de una tarde de diciembre, la llovizna, allá abajo un resplandor en el tragaluz de la pañería, otra luz en el dormitorio de una criada. Esta se apaga. Con eso, nada hay que mirar. Un momento de vacío... ¿En qué piensas pues? (Séame permitido mirarla, sentada ahí, ante mí; duerme o lo finge; por lo tanto, ¿en qué pensaría sentada junto a la ventana a las tres de la tarde? ¿En la salud, en el dinero, en las colinas, en su Dios?) Sí, sentada en el mismísimo borde de la silla, con la vista en los tejados de Eastbourne, Minnie Marsh reza a Dios. Nada hay que objetar; y también puede trotar el vidrio, como si quisiera ver mejor a Dios; pero, ¿a qué Dios ve? ¿Quién es el Dios de Minnie Marsh, el Dios de las callejas de Eastbourne, el Dios de las tres de la tarde? También yo veo tejados, veo cielo; pero, oh pobre de mí, ¡este ver Dioses! Se parece más al Presidente Kruger que al Príncipe Alberto. Esto es lo sumo a que llego, con respecto a él; y le veo sentado en una silla, con un chaqué negro, y no muy alto; puedo proporcionarle una nube o dos a la que estar subido; y su mano, reposando en la nube, sostiene una vara, ¿o será un garrote? —negro, grueso, con púas—, ¡un viejo bruto el Dios de Minnie! ¿Le mandó acaso el picor, la mancha y el estremecimiento? ¿Será por eso que Minnie reza? Lo que frota en la ventana es la mancha del pecado. ¡Minnie cometió un delito!

Puedo escoger entre varios delitos. Los bosques se deslizan y vuelan. En verano, aquí hay campanillas; y en los calveros, cuando la primavera llega, belloritas. ¿Fue una separación, hace veinte años? ¿Una promesa rota? ¡No la rompería Minnie!... Ella fue fiel. ¡Y cuánto cuidó a su madre! Se gastó todos sus ahorros en la lápida de la tumba, flores protegidas con vidrio, narcisos en jarras. Pero me estoy desviando. Un delito... Dirían que se guardó su dolor, que reprimió su secreto —su sexo, dirían— los hombres de ciencia. Pero, ¡qué tontería dar a Minnie la carga del sexo! No, lo siguiente es más probable. Pasando por las calles de Croydon hace veinte años, los círculos violeta de cinta en el escaparate de la pañería reluciendo a la luz eléctrica atrajeron su vista. Se detiene, han tocado las seis. Pero, si se da prisa, llegará a casa a tiempo. Empuja la puerta de vidrio con resortes. Es hora de ventas. Hay lisas bandejas rebosando cintas. Se detiene, tira de ésta, toquetea la otra con las rosas realzadas; no hace falta elegir, no hace falta comprar, y oada bandeja tiene sus sorpresas. «Hasta las siete no cerramos», y, después, realmente ya son las siete. Corre, se angustia, y llega a casa, pero llega tarde. Vecinos — el médico — el hermano lactante — el cazo — escaldado — hospital — muerto — ¿o acaso todo se debió únicamente a la fuerte impresión, y a ésta hay que culpar? ¡Los detalles nada importan! Es lo que Minnie lleva dentro; la mancha, el delito, lo que debe expiar, siempre allí, entre los omóplatos. «Sí», parece decirme con un movimiento afirmativo de la cabeza, «eso es lo que hice.»

No me importa que lo hicieras o lo que hicieras. No es esto lo que busco. El escaparate de la pañería con sus aros de violeta me basta; quizá sea un poco adocenado, un poco vulgar, habida cuenta de que puedo escoger delitos, aunque hay demasiados (miremos una vez más ahí, al frente —¡sigue durmiendo o fingiéndolo!, blanca, fatigada, cerrada la boca —un matiz de tozudez, más de la que cabría imaginar— sin rastro de sexo), tantos delitos no son tu delito; tu delito fue adocenado, y sólo el castigo fue solemne. Ahora se abre la puerta de la iglesia, el duro banco de madera la recibe, se arrodilla en las baldosas pardas. Todos los días, invierno, verano, ocaso, alba (y ahora está haciéndolo) reza. Todos sus pecados caen, caen, eternamente caen. La mancha los recibe. Es realzada, es roja, es ardiente. Y luego Minnie se estremece. Los niños pequeños la señalan con el dedo. «Hoy, Bob viene a almorzar.» Pero las mujeres entradas en años son lo peor.

Realmente, ahora ya no puedes seguir rezando. Kruger se ha hundido en las nubes —borrado cual por el líquido gris del pincel de un pintor, al que Kruger ha añadido un poco de negro—, incluso la punta del garrote ha desaparecido ahora. ¡Es lo que siempre pasa! Precisamente cuando se le consigue ver, sentir, llega alguien a interrumpir. Ahora es Hilda.

¡Cómo la odias! Incluso cierra con llave la puerta del cuarto de baño, por la noche, a pesar de que lo único que quieres es agua fría, y algunas veces, en las noches malas, parece que lavarse pueda aliviar. Y John a la hora del desayuno — los niños — las comidas son lo peor, y a veces hay amigos — los heléchos no los ocultan del todo — y también ellos lo adivinan. Por esto te vas al muelle, donde las olas son grises, y los papeles vuelan, y los cobijos de vidrio son verdes y con corrientes de aire, y las sillas valen dos peniques, que es demasiado, por cuanto en la arena forzosamente habrá predicadores. Ah, ahí aparece un negro, es un hombre divertido, es un hombre con cotorras, ¡pobres animalitos! ¿Es que no hay aquí nadie que piense en Dios? Precisamente ahí, arriba, encima del mueÚe, con su vara, pero no, nada hay salvo el gris del cielo o si es azul las nubes le ocultan, y la música —es música militar—, ¿y qué pescan?, ¿realmente atrapan algo? ¡Y cómo miran los niños! Y, después, bueno, volvamos a casa. «¡Volvamos a casa!» Las palabras tienen significado; hubiera podido decirlas el viejo con patillas, no, no, éste realmente no habló; pero todo tiene significado — las maderas con carteles apoyadas en los quicios de los portales — los nombres sobre los escaparates de las tiendas — fruta roja en cestos — cabezas de mujer en la peluquería — todo dice «¡Minnie Marsh!» Pero se produce una sacudida. «¡Los huevos van más baratos!» ¡Es lo que siempre ocurre! Estaba yo camino de arrojar a Minnie al agua, llevada por la locura, cuando Minnie da media vuelta y se me escapa por entre los dedos. Los huevos van más baratos. No hay para la pobre Minnie Marsh delito alguno, ni penas, ni rapsodias, ni enajenamientos entre cuantos se encuentran amarrados a las orillas del mundo, jamás llega tarde a almorzar, nunca la tormenta la ha pillado sin impermeable, nunca ha estado en la total ignorancia en lo tocante a la baratura de los huevos. Y así, llega a casa. Se frota las suelas de los zapatos.

¿Te he interpretado correctamente? Pero la cara humana, la cara humana encima de la más repleta hoja de letra impresa contiene más, retiene más. Ahora se abren los ojos, mira, y en los humanos ojos —¿cómo definirlo?— hay una ruptura, una división, igual que, cuando una agarra el tallo, la mariposa vuela — la mariposa nocturna que se pone al anochecer en la flor amarilla—, se va, al alzar la mano, lejos, hacia lo alto. No levantaré la mano. Estáte pues quieto, temblor, vida, alma, espíritu, lo que fueres, de Minnie Marsh — y yo también, sobre mi flor — el halcón sobre la colina — solo, o lo que fuere el valor de la vida. Un leve movimiento de la mano, ¡y se va arriba! Después se vuelve a posar. Sola, sin ser vista, viéndolo todo tan quieto ahí abajo, todo tan hermoso. Sin que nadie te vea, sin que importes a nadie. Los ojos de los demás son nuestras cárceles; sus pensamientos nuestras jaulas. Aire arriba, aire abajo. Y la luna y la inmortalidad... ¡Pero me caigo al césped! ¿También te has caído, tú, la que estás en el rincón, como sea que te llames, mujer, Minnie Marsh, o cualquier otro nombre parecido? Ahí está, pegada a su flor, abriendo el bolso del que saca una cascara vacía —un huevo— ¿y quién decía que los huevos iban más baratos? ¿Tú o yo? Fuiste tú quien lo dijo al regresar a casa, ¿recuerdas, cuando el anciano caballero de repente abrió el paraguas... o acaso estornudó? De todas maneras, el caso es que Kruger se fue, y tú «regresaste a casa» y te restregaste las suelas de los zapatos. Sí. Y ahora te pones sobre las rodillas un pañuelo en el que dejas caer pequeñas y angulosas porciones de cascara de huevo —fragmentos de un mapa—, un rompecabezas. ¡Me gustaría juntarlas! Si al menos te estuvieras quieta. Movió las rodillas; el mapa volvió a quedar fragmentado en porcioncillas. Por las laderas de los Andes los grandes bloques de mármol caen botando y rebotando y entrechocando, y aplastan y matan a una cuadrilla de muleros españoles, junto con su reata — el botín de Drake, oro y plata. Pero volvamos...

¿A qué, a dónde? Abrió la puerta, y poniendo el paraguas en el paragüero, como no podía dejar de ser; y también el aroma a buey procedente de abajo; punto, punto, punto. Pero no puedo eliminar tanto, lo que debo, baja la cabeza, cerrados los ojos, con la valentía de un regimiento y la ceguera de un toro, atacar y dispersar son, sin la más leve duda, las figuras detrás de los heléchos, los viajantes de comercio. Los he tenido escondidos ahí, durante todo este tiempo, con la esperanza de que, de una manera u otra, desaparecieran o, mejor todavía, aparecieran, tal como deben, si es que el relato ha de seguir adquiriendo riqueza y redondez, destino y tragedia, tal como deben los relatos, metiendo dentro de él a dos, cuando no tres, viajantes de comercio, y todo un campo de aspidistra. «El follaje de la aspidistra sólo parcialmente ocultaba al viajante de comercio...» Los ponsetias lo ocultarían del todo, y, de propina, me darían ese macizo de rojo y blanco que tanto ansio y tanto busco; pero ponsetias en Eastbourne, en diciembre, en la mesa de los Marsh... No, no, no me ateevo; todo ha de basarse en cortezas de pan, vinagreras, lechugas y helechos. Más adelante, quizá haya un momento junto al mar. Además siento, cosquilleándome agradablemente, a través de los verdes calados y por encima de la barrera de cristal tallado, el deseo de mirar y examinar disimuladamente al hombre ante mí —sólo puedo permitirme uno. ¿No será James Moggridge, a quien los Marsh llaman Jimmy? [Minnie, debes prometerme que no te estremecerás hasta que haya solucionado este asunto.] James Moggridge es viajante de comercio de —¿botones, por ejemplo?—, pero todavía no ha llegado el momento de meter los botones en la historia, grandes y pequeños en los largos cartones, algunos como ojos de perdiz, otros de oro mate, y los hay de coral y otros como piedrecillas, pero ya he dicho que no ha llegado aún el momento. Viaja, y el jueves es su día de Eastbourne, día en que come en casa de los Marsh. Su cara roja, sus menudos ojos grises de quieto mirar —en modo alguno totalmente vulgares—, su enorme apetito (esto elimina riesgos; ya que no mirará a Minnie, hasta que el pan haya absorbido toda la salsa), con la servilleta colgando en forma de rombo — esto es primitivo, y sea cual fuere el efecto que pueda producir al lector, no voy a picar en este cebo. Ahora pasemos a la familia de Moggridge, pongamos este asunto en marcha. Todos los domingos, el propio James se encarga de remendar los zapatos de su familia. Lee Truth, lee «la verdad». Pero, ¿cuál es su pasión? Las rosas — y su esposa es una enfermera de hospital retirada — interesante —, pero, por el amor de Dios, ¡séame permitido poner a una mujer con un nombre que me guste! Pero no; esta mujer pertenece a los hijos nonatos de la mente, es ilícita, aunque no por ello la amo menos, al igual que a mis rododendros. Cuántos son los que mueren en todas las novelas que se escriben: los mejores, los más amados, en tanto que Moggridge vive. La culpa la tiene la vida. Aquí tenemos a Minnie comiéndose el huevo, en este instante sentada ante mí, y al final de la fila — ¿hemos pasado ya por Lewes? — forzosamente ha de estar Jimmy — ¿ya qué se debe el estremecimiento de Minnie?

Forzosamente ha de estar Moggridge, por culpa de la vida. La vida impone sus leyes; la vida corta el camino; la vida está detrás del helécho; la vida es el tirano; ¡pero no el bruto dominante! No, por cuanto os aseguro que acudo voluntariamente, acudo impulsada por qué sé yo qué necesidad, por entre vinagreras y heléchos, mesa manchada y botellas mojadas. Acudo, sin poderme resistir, para alojarme en algún lugar de la firme carne, de la robusta espina dorsal, de cualquier lugar en el que pueda penetrar, en que pueda encontrar firme base, de la persona, del alma, de Moggridge el hombre. La enorme estabilidad de su estructura, la espina dorsal dura cual hueso de ballena, recta cual roble; las costillas irradiando ramas; la carne como lona tensa; sus rojos orificios; la succión y esponjamiento de su corazón; mientras que, de lo alto, la carne comestible cae en pardos cubos y la cerveza fluye, para que el hervor lo transforme todo en sangre... y así llegamos a los ojos. Detrás de la aspidistra, estos ojos ven algo: negro, blanco, desmañado; ahora, la fuente con la comida otra vez; detrás de la aspidistra ven a la mujer entrada en años; «la hermana de Marsh, prefiero a Hilda»; ahora el mantel. «Marsh seguramente sabe cuál es el problema de los Morris...», será cuestión de hablar del asunto; han traído el queso; la fuente otra vez; le da la vuelta, los enormes dedos; ahora la mujer sentada enfrente. «La hermana de Marsh, en nada se parece a Marsh; mujer vieja y desdichada... debiera quedarse en casa... Gran verdad, vive Dios, ¿y por qué se retuerce ahora? ¿Qué habré dicho? Oh, oh, oh... ¡esas mujeres entradas en años! Oh, oh...»

[Sí, Minnie, ya sé que te has estremecido, pero espera un momento — James Moggridge.]

«Oh, oh, oh...» ¡Cuan bello es este sonido! Como el golpe de un martillo en madera antigua, como el latir del corazón de un viejo ballenero, cuando se alza la mar gruesa y las nubes cubren el cielo. «Oh, oh...», qué campana ambulante para tranquilizar las almas de los inquietos, para solazarlas, para envolverlas en sábanas, diciéndoles «¡Hasta la vista! ¡Buena suerte!», y, después, «¿Qué desea usted?», por cuanto si bien es cierto que Moggridge hubiera sido capaz de despepitarse por ella, esto es ya cosa pasada, esto terminó. ¿Y qué viene a continuación? «Señora, va usted a perder el tren», porque los trenes no esperan. 

El hombre es así; este es el sonido que resuena; esto es la catedral de San Pablo y los autobuses. Pero ya estamos barriendo las migas. Oh, Moggridge, ¿no se queda? ¿Debe irse? ¿Va a recorrer Eastbourne, esta tarde, en uno de esos carritos? ¿Es usted ese hombre entre muros de cajas de cartón verdes, sentado a veces solemnemente, con mirada de esfinge, y siempre con aire sepulcral, con algo propio de pompas fúnebres, de ataúd y de ocaso, envolviendo al caballo y a quien lo lleva? Dígame... pero las puertas se han cerrado bruscamente. Jamás nos volveremos a ver. ¡Adiós, Moggridge!

Sí, sí, ya voy. A lo más alto de la casa. Me quedaré un momento. El barro da vueltas y revueltas en la mente... qué torbellino dejan estos monstruos tras sí, alzadas las aguas, las algas ondulándose, verdes aquí, negras allá, golpeando la arena, hasta que poco a poco los átomos vuelven a ordenarse, todo se sedimenta, los ojos vuelven a ver clara y serenamente, y a los labios acude una oración por los que se han ido, como una exequia para las almas de aquellos a los que se despide con un movimiento de la cabeza, aquellos a los que una jamás volverá a ver.

Ahora, James Moggridge ha muerto, se ha ido para siempre. Bueno, Minnie... «No puedo aguantarlo más.» Si esto dijo. (Voy a mirarla. Empuja la cascara de huevo por profundos declives.) Ciertamente lo dijo, apoyándose en la pared del dormitorio, y dando tirones a las pequeñas bolas que bordean la cortina de color de vino tinto. Pero, cuando el yo habla al yo, ¿quién habla?, el alma enterrada, el espíritu conducido a, a, a, la catacumba central; el yo que profesó y abandonó el mundo, un cobarde quizá, pero en cierta manera hermoso al deslizarse con su linterna arriba y abajo, inquieto, por los oscuros pasillos. «No puedo aguantarlo más», dice el espíritu de Minnie Marsh. «Ese hombre que ha venido a almorzar — Hilda — los niños.» ¡Oh, cielos, su sollozo! Es el espíritu llorando su destino, el espíritu llevado de aquí para allá, posándose en alfombras cada vez más pequeñas — pobres bases — encogidos restos de un universo que se desvanece: amor, vida, fe, marido, hijos, no sé qué esplendores y fiestas vislumbrados en la adolescencia de una mujer. «No es para mí, no es para mí.»

Pero, en este caso, ¿los mojicones y el viejo perro pelado? Debieran gustarme las esterillas de la cama y el consuelo de la ropa interior. Si Minnie Marsh fuera atropellada y trasladada al hospital, las enfermeras e incluso los médicos exclamarían... Ahí está el panorama y la visión, ahí está la distancia, el punto azul al final de la avenida, en tanto que, a fin de cuentas, el té es bueno, el mojicón está caliente, y el perro — «¡Benny, a tu cesto, caballerete, y verás lo que te ha traído tu mamá!» Y así, quitándote el guante con la punta del pulgar desgastada, desafiando una vez más a ese persistente demonio que incita a incurrir en círculos viciosos, renuevas tus fortificaciones, cosiendo la lana gris, pasándola y traspasándola.

Pasándola y traspasándola, del derecho y del revés, tejiendo una tela de araña a través de la cual ni el mismísimo Dios... ¡chitón, no pienses en Dios! ¡Cuan firmes son las puntadas! Has de estar orgullosa de tu manera de zurcir. Que nada la perturbe. Que la luz caiga suavemente, que las nubes revelen el tejido interno de la primera hoja verde. Que el gorrión se pose en la ramita y haga caer la gota de lluvia que colgaba de su extremo... ¿Para qué levantar la vista? ¿Fue un sonido, un pensamiento? ¡Oh, cielos! ¿Tendrás que volver a hacer lo que antes hacías, el vidrio con los aros violeta? Pero Hilda vendrá. Ignominias, humillaciones, ¡oh! Cierra esta brecha.

Después de haber remendado el guante, Minnie Marsh lo guarda en el bolso. Cierra el bolso con decidido ademán. Veo fugazmente su cara reflejada en el vidrio. Tiene los labios prietamente cerrados. Alta la barbilla. Después se ata los zapatos. Después se toca el cuello. ¿De qué es tu gargantilla? ¿De muérdago o de quilla de ave? ¿Y qué ocurre? O mucho me equivoco, o el pulso se ha acelerado, se acerca el momento, las amenazas se ciernen, la avalancha está ahí. ¡Ya ha llegado la crisis! ¡Que la fortuna te acompañe! Minnie desciende. ¡Valor, valor! ¡Da la cara, enfréntate con ello! ¡Por el amor de Dios no esperes sobre el felpudo! ¡Ahí está la puerta! ¡Estoy contigo! ¡Habla! ¡Enfréntate con ella, confunde su alma!

«¡Oh, mil perdones! Sí, es Eastbourne. Se la voy a bajar. Permítame.» [Pero, Minnie, a pesar de que mantenemos las apariencias, te he interpretado correctamente, y, ahora, estoy contigo.]

«¿No lleva más equipaje?»

«Muchas gracias, no, no llevo más.»

(Pero, ¿por qué miras alrededor? Hilda no vendrá a la estación, y John tampoco; y Moggridge está con su pequeño carruaje en el otro extremo de Eastbourne.)

«Esperaré junto a la maleta, señora, es lo más seguro. Dijo que vendría a recibirme... ¡Ahí está! Es mi hijo.»

Y se van juntos.

Realmente, estoy pasmada... ¡Realmente, Minnie, no eres tan loca como eso! Un joven desconocido... ¡Deteneos! Diré a este muchacho — ¡Minnie! — ¡Señorita Marsh! — pero, realmente, no sé... Algo raro hay en el vuelo de la capa de Minnie. Pero no es verdad, es indecente... Mira cómo se inclina el muchacho al llegar a la puerta de salida. Minnie encuentra el billete. ¿Qué hay de raro en ello? Salen, descienden juntos por la calle, el uno al lado del otro. En fin, ¡mi mundo ha quedado destruido! ¿Dónde estoy? ¿Qué sé? Esa no es Minnie. Moggridge no existe. ¿Quién soy? La vida ha quedado pelada como un hueso.

Y, sin embargo, la última imagen de los dos —él bajando de la acera, y ella siguiéndole al doblar la esquina del gran edificio— me llena de maravillada curiosidad, me arrastra de nuevo. ¡Misteriosas figuras! Madre e hijo. ¿Quién sois? ¿Por qué camináis calle abajo? ¿Dónde dormiréis esta noche, y dónde dormiréis mañana? ¡Oh, cómo gira y embiste, cómo me vuelve a poner a flote! Comienzo a caminar tras ellos. La gente pasa hacia aquí y hacia allá. La luz blanca destella y se extiende. Vidrios de escaparate. Claveles, crisantemos. Enredaderas en oscuros jardines. Carritos de leche ante las puertas. Vaya a donde vaya, misteriosas figuras, os veo doblando la esquina, madres e hijos: tú, tú, tú. Aprieto el paso, les sigo. Tengo la impresión de que esto sea el mar. Gris es el paisaje; mate cual ceniza; el agua murmura y se mueve. Si caigo de rodillas, si cumplo la ceremonia, el antiguo rito, sois vosotros, figuras desconocidas, a quienes yo adoro; si abro los brazos, vosotros sois a quienes abrazo, a quienes hacia mí atraigo, ¡mundo adorable!



En La casa encantada y otros cuentos
Traducción de Andrés Bosch
Barcelona, Lumen, 2° ed., 1983
Foto: Barbara Strachey, 1938 - bromide print (NPG, London)