30/4/2012

Henri Michaux - Del carácter indio

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Un bárbaro en Asia


No se ha enfatizado bastante la lentitud del carácter indio.

 Es esencialmente lento, embridado.

 Sus frases, cuando se las oye decir, parecen deletreadas.

 El hindú no corre jamás, ni en la calle, ni el pensamiento en su cerebro. Camino, encadena.

 El hindú no quema sus etapas. Nunca es elíptico. Nunca sale de las filas. Su antípoda es el espasmo. Nunca es asombroso. En los 48.000 versos del Ramayana, en los 100.000 del Mahabharata, no hay un relámpago. El indio no tiene prisa. Razona sus sentimientos. Prefiere los encadenamientos.

 El sánscrito es la lengua más encadenada del mundo, indudablemente la más bella creación del espíritu indio. Una lengua panorámica, una lengua de razonadores, flexible, sensitiva y atenta, prevenida, hirviendo de casos y de declinaciones.

 El hindú es abundante, tiene esa abundancia en la mano. Le gustan los cuadros de conjunto y también sabe verlos.

 Tirona acaba de morir. Se lo anuncian a su padre Sin apresurarse, el padre, en 240 preguntas, bien lentas, bien detalladas, bien parejas, interroga si que nadie lo interrumpa.

 Después de todo eso, se desmaya. Lo abanican. Vuelve en sí. Vuelve al asunto. Nuevo lote de doscientas-trescíentas preguntas.

 Intervalo.

 Entonces, sin mayor prisa, y empezando por el diluvio, un general cuenta lo acontecido.

 Así se pasa alrededor de hora y media.

 Como hay muchas guerras cercanas y lejanas en el Mahabharata, muchas intervenciones de dioses y de héroes, se comprende que sus doscientos cincuenta mil versos basten apenas para dar un resumen del argumento.

 Su pensamiento es un trayecto, sin alterar el paso. Inútil decir que el centro del Mahabharata no se encuentra fácilmente. El tono épico no se abandona ni un instante. El tono épico, por otra parte, como el tono erótico, tiene algo de naturalmente falso, artificial, voluntario, y parece hecho para la línea recta.

 Cuando se ha comparado un soldado valiente a un tigre entre conejos, y a una manada de elefantes ante un bambú joven, y a un huracán barriendo las naves, se puede continuar diez horas en el mismo tono sin hacernos levantar la cabeza. En seguida se ha llegado a la cumbre, y se continúa en línea recta.

 Pasa lo mismo con las obras eróticas; después de dos o tres violaciones, algunas flagelaciones y actos contra natura, qué quieren ustedes, ya uno se asombra, y se sigue leyendo medio dormido. Es que no se es naturalmente épico, ni erótico. A menudo me he sorprendido de la facilidad con la cual los hindúes toman el tono sursum corda y el tono de los predicadores redentoristas.


En Un bárbaro en Asia
Traducción de Jorge Luis Borges
Imagen: Claude Cahun



29/4/2012

Sitios recomedados: Diamantes gratis

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Descarga de libros de género policial, intriga, suspenso, thriller, novela negra. Se aceptan colaboraciones.


George Steiner - Genius loci

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Errata. El examen de una vida


Genius loci, el «espíritu de lugar», que, como un relámpago de conocimiento espontáneo, transforma un paisaje, la esquina de una calle, en «paisaje interior», en reorientación de la conciencia. La nieve caía y se amontonaba en medio de una bruma blanca. La carretera rural acabó por desvanecerse. Mi mujer, dotada de una mente sagaz, un extraordinario sentido común y una intuición incomparable, conducía el coche junto a lo poco que veíamos de los postes. En algunos momentos, incluso éstos se borraban en el blanco tumulto. La tormenta de febrero amainó de repente. Una luminosidad fría lavó el aire. Bordeamos campos, regresamos a una carretera asfaltada y nos adentramos en el bosque. La llanura descendía sinuosamente. A ambos lados del camino, como paredes repletas de cicatrices, se alzaban los precipicios pintados una y otra vez por Courbet en este rincón del Franco Condado. Una brecha se abría entre los alerces, los abedules y los pinos negros. Zara y yo nos detuvimos jadeantes. A nuestros pies, en el vértice de las colinas perfectamente redondeadas, surcadas por un arroyo cuyas voces cristalinas llegaban hasta nosotros, yacía una aldea. Los tejados ocres y cubiertos de nieve, la achaparrada torre de la iglesia y dos pequeños castillos —uno en ruinas y de estilo segundo imperio; el otro, una auténtica joya de los siglos XVII y XVIII, con su logis y su donjon circular— componían una escena compacta, pedestre y sin embargo milagrosa. Estábamos mudos de asombro. El reloj de la iglesia dio la hora mientras cruzábamos el puente de piedra y a su repique quejumbroso le respondió el movimiento plateado, ocre y verdoso (la paleta de Courbet) del agua sobre las piedras pulidas. Supe de inmediato que en ningún otro lugar encontraría mayor perfección, que allí estaba mi hogar. Esta certeza se confirma cada vez que regreso a este lugar.

La diversidad de las colinas que se ciernen sobre el pueblo resulta difícil de definir. La llanura da paso en un lado a un escarpamiento boscoso, tallado por la erosión y la caliza desprendida. Semienterrados entre los troncos y las rocas, sobre la cresta que se alza justo sobre N., se hallan los restos de una fortaleza y un campamento galos. Hacia el oeste, un camino de sentido único, seguido de una senda polvorienta y un sendero cubierto de hierba, conducen hasta un valle repleto de sombras y ráfagas misteriosas. Una granja solitaria, con su granero imposiblemente grande, señala el ascenso hasta un pequeño collado. El hameau linda con un acantilado monumental horadado en su base hasta formar un elevado arco en el nacimiento del río. Cerca del borde del precipicio se encuentran los vestigios erráticos, difíciles de alcanzar y distinguir, de la pequeña fortaleza militar a cuyo efímero papel en las guerras y la política de Carlos V de Alemania N. debe su única nota a pie de página en la historia. Al este, más allá de las cumbres que se pliegan como banderas de piedra, entre jacintos y prados, el camino asciende hasta una cima retorcida. En los días claros, desde este mirador se divisa gran parte del Franco Condado y, en el horizonte difuso, el Jura. El gavilán sobrevuela las rocas sin descanso; en temporada, el arroyo se llena de truchas; una noche, a comienzos del invierno, oí el seco redoble de las pezuñas de los jabalíes en su migración anual.

Pero tampoco estas maravillas naturales son la esencia. A lo largo de mi vida excesivamente locuaz, he sido un coleccionista de silencios. Cada vez me resulta más difícil encontrarlos. El ruido —industrial, tecnológico, electrónico, amplificado hasta rayar en la locura (el «delirio»)— es la peste bubónica del populismo capitalista. No sólo en Occidente, asolado por los medios de comunicación de masas; también en las chabolas de hojalata de los arrabales africanos o entre las multitudes de Shanghai. Únicamente los privilegiados o los sordos se oyen existir a sí mismos. Los silencios en este rincón perdido del Franco Condado escapan, evidentemente y gracias a Dios, a todo lenguaje. Son sumamente variados. En cierto sentido, las noches resultan aún más silenciosas por el débil rumor del arroyo y el inquietante crujir de ramas en el bosque. Hay un silencio de remoto fuego blanco al amanecer, cuando en los recesos umbríos las paredes de piedra rezuman su viejo frescor. El mediodía posee un silencio enteramente propio, quebrado ocasionalmente por el tardío y afilado clarín de los gallos. Los silencios              en N. están indescriptiblemente vivos. Pueblan la luz cambiante en su avance bajo el juego de las nubes, a través del vacío. Paradójicamente, hay un silencio en el corazón de los grandes vientos, en el azote y la turbulencia de los temporales que preservan esta aldea del turismo. En las frecuentes nieblas que traen consigo el olor de los pinos y el granito húmedo, se oye un silencio del silencio.

Ha habido en mi vida demasiado bullicio de ciudades, de aeropuertos, y mucha, demasiada conversación (mea culpa maxima). A medida que mi capacidad auditiva se debilita, el martilleo de la música rock en el taxi de Manhattan, la cháchara de los teléfonos móviles me resultan más insoportables. Cuando me encuentro en medio de este estruendo o, más exactamente, cuando me siento perdido, centro mi mente y mi imaginación en N. Convoco a la memoria, a la expectación, esa dimensión humana, esa oscura cosecha de tiempo histórico y atemporalidad. Evoco el recuerdo de la pequeña placa de mármol en el vestíbulo de la iglesia sobre la que están grabados los nombres de los caídos en las dos guerras mundiales y en la guerra de Argelia (dos familias perdieron a tres de sus miembros cada una). Sobre todo, intento alcanzar esa prodigalidad de silencios. Para bien o para mal —el silencio también es un severo examinador—, en este lugar talismánico me siento protegido, poseedor al fin de una propiedad plena.

El silencio no es precisamente el fuerte de la calle 47, situada en el corazón de Nueva York, entre la Quinta y la Sexta Avenidas. La calle es un hervidero constante. Está flanqueada por joyerías y grandes almacenes donde se compra y se vende oro, plata y piedras preciosas. Una cornucopia de tesoros-basura, docenas de alianzas de compromiso y de matrimonio abarrotan los escaparates. Importantes ofertas y transacciones se realizan en las trastiendas entre el frufrú del papel de seda. Pero el carnaval continúa en la calle. Comerciantes judíos, agentes de Bolsa, engastadores de piedras preciosas, hombres corrientes y hombres de los kibbutzim abarrotan las aceras. Su indumentaria abarca toda la gama de los estilos ortodoxos y conservadores, desde el sobrio muftí y el discreto casquete hasta la gabardina negra y larga, los sombreros negros de ala ancha o los gorritos de piel y los tephilim (amuletos con inscripciones rituales) de los hasidim. Algunos hombres van pulcramente afeitados, muchos lucen una barba discreta, y los hasidim se complacen en exhibir sus barbas y coletas proféticas. Las tribus de la calle 47 parecen surgidas de Babel. El enjambre de voces que inunda el aire es una mezcla de hebreo, yídish, polaco, ruso y ucraniano, salpimentado con ráfagas de inglés de Manhattan, de Brooklyn y del Bronx. El coro se alza hasta alcanzar el clímax a ciertas horas del día, principalmente antes de las oraciones. La calle presume de tener su propia sinagoga, tras puertas idénticas a las de los comercios. El latido de la conversación, desde el murmullo estentóreo hasta el grito imperioso, vibra incesantemente. Se ofrece y se regatea; se cierran tratos; se intercambian favores, créditos y chismes. Una retórica mordaz surgida del debate y de la polémica talmúdicas, la táctica del raconteur (el sarcasmo posee su propia lírica), del vendedor ambulante de proverbios, el patetismo felino cultivado en la opresión del gueto en Europa oriental y en los Stättle, forman súbitos remolinos de comerciantes que bloquean la acera y, no menos bruscamente, se dispersan.

Los patriarcas rondan puertas conocidas reclutando a jóvenes que, en su estricta observancia de las leyes ortodoxas, muestran los rostros delgados y los ojos cansados del estudiante de las escuelas rabínicas. Las manos entran y salen subrepticiamente de bolsillos cavernosos y, por espacio de un instante, la luz refulge sobre el oro o el diamante. Hombros caídos en fingida actitud de indiferencia o menosprecio, con matices de negación, de esperanzas reprimidas, de una arrogancia táctica tan tradicional, tan triste como la propia Diáspora. Es la lengua lo que hipnotiza. Es el interminable desfile diurno de hombres de negro —ni una sola mujer, por supuesto— que se entretejen en diálogo, en prolija demostración, en afilado comercio. A lo largo de toda la manzana, desde la esquina sur hasta la esquina norte, complicadas y laberínticas pautas de elusión y colisión, de reconocimiento y de rivalidad. Para el hasid, la línea que separa el discurso laico y mercantil del monólogo de Dios en la oración tiene el grosor de un pelo. Labios que se mueven sin tregua. El cuerpo, ahora exiliado en Manhattan se inclina hacia el Muro sagrado de Jerusalén junto al cual, seguramente, cierran su último trato y bailan su última danza. Pues ¿no es este diamante, aunque no contenga más que una fracción de quilate, el de Salomón?

Atrapada entre las joyerías, se encuentra la librería más literaria de Nueva York y una de las últimas en sentido riguroso. Durante la década de 1940, la cantidad de librerías de segunda mano que había en la calle 14 y en Broadway era motivo de orgullo. Éstas eran, los sábados, mi segunda escuela. Podías curiosear con voracidad. Tras recomendar encarecidamente a un comprador vacilante la adquisición de la costosa edición neoyorquina en piel de Henry James, el librero, divertido, me recompensó con el Bohn Library Vasari, un libro que yo llevaba meses dando claras muestras de anhelar y que aun conservo como un tesoro. Hoy, el Gotham Book Mart de la calle 47 es uno de los últimos mohicanos. Sus paredes están forradas de fotografías, generalmente firmadas, de Joyce, T. S. Eliot, Frost, Auden, Faulkner y genios más recientes. Sus fondos de números atrasados y actuales de «pequeñas revistas», antaño indispensables para la vida de la literatura y del espíritu, luchan hoy por ser oídos siquiera fugazmente. La librería Gotham intenta dar a conocer la poesía publicada por pequeñas editoriales e impresores aislados. Ilustres poetas, dramaturgos y novelistas han leído y estampado su firma en este sótano abarrotado. Con fingido aire de naturalidad, los clientes esperan ser confundidos con auténticos literati (las personas que llevan la librería se han vuelto, casi lamentablemente, menos cáusticas). Cuando visito este local, es decir, en cada uno de mis viajes a Nueva York, me muestran una pequeña lista de coleccionistas despistados en busca de ésta o de aquella de mis primeras publicaciones —la poesía, el Premio Oxford de Ensayo o la primera edición de Lenguaje y silencio—. La caricia resulta irresistible: siempre salgo de Gotham con libros que nunca había tenido intención de comprar.

Los joyeros y esa biblioteca ambulante; los hasidim y las obras y retratos de algunos de los juglares del antisemitismo —Pound, Eliot, Céline—. Las alianzas baratas que unen el amor y la poesía cara que lo celebra o lo lamenta. La contigüidad de la calle 47 es inagotable.

La lluvia atravesada por la luz puede realzar su efecto. Teje sobre las paredes rojizas una tela de araña con nudos y filamentos de plata. Es difícil imaginar unas condiciones climatológicas en las que la ciudad de Girona no hechice al visitante. Sus riquezas son numerosas: los conventos de la Mercè, de Sant Domènec, de Sant Francesc, la iglesia de Sant Feliu; las capillas de Sant Jaume y Sant Miquel; y, sobre todo, la Seu, la impresionante fortaleza-basílica erigida en honor a Dios que alberga el sepulcro de la condesa Ermesinda, anno 1385. Es ésta una de las cumbres absolutas, aunque desconocidas, del arte gótico, el más puro y simple de los estilos artísticos. Tallado en alabastro, el rostro de la condesa es el rostro del sueño, el de una grata solemnidad de reposo tras los párpados cerrados y la boca que respira insinuando un atisbo de sonrisa. Pero «sonrisa» puede no ser la palabra correcta. Es del interior de la piedra tallada de donde surge un secreto de luz, de reticente despedida. La economía de las líneas, la antinomia de abstracción sensible, incluso sensual, no volverá a ser igualada hasta Brancusi. Si la belleza absoluta es la invitada de la muerte, esta figura de Guillem Morell es sin duda la prueba.

Me había escapado de una fiesta. Me perdí entre las callejuelas y los ocultos patios interiores del barrio judío medieval, desconcertante pero lógicamente próximo al recinto de la catedral (los eclesiásticos medievales ofrecían a «sus» judíos una protección basada en la extorsión). La sombra densa y la lluvia teñían la arquería y los adoquines. Un cartel indicaba que el angosto pasaje llevaba el nombre del famoso cabalista Isaac el Ciego. En algún lugar, no lejos de allí, el profeta invidente había practicado sus misterios ocultos. Un puñado de discípulos —a los cabalistas no les está permitido instruir a más de dos o tres adeptos— había llegado hasta aquel silencioso laberinto de callejas. Debieron de oír, como oí yo en ese momento, las campanas de la Seu anunciando las vísperas mientras practicaban sus artes arcanas.

Contemplando el desgastado tramo de escaleras que conducía hasta un lugar más recóndito, vi las facciones de un hombre muy anciano, con la barba ahorquillada y moteada de luz, que me miraba con sus ojos muertos. La fantasía y el lugar se aliaron para crear un espectro, para dar forma a una condensación y concentración de tiempo momentáneas. Luego la sombra se diluyó en sombras más densas y la penumbra se llevó consigo el punto o la luz. Es, así lo creo, esta pincelada «informadora» de la mano del tiempo, de las presiones inconscientemente sentidas de la historia, a menudo trágica, sobre el entorno físico, sobre el perfil de los tejados e incluso del paisaje, en instantes enigmáticos, sobre los ríos y sobre los vientos, la que uno siente en Europa con mayor intensidad que en ninguna otra parte. Sin esta presencia palpable de la temporalidad humana careceríamos de esa geografía incomprensible: esas colinas sembradas de viñedos, los pueblecitos arracimados, los cielos despoblados, los panoramas de torres y agujas como telón de fondo de las Pasiones renacentistas o tras las ventanas de un Van Eyck. Por el contrario, la mayor parte del paisaje estadounidense, de ahí su liberalidad seductora, es ajeno al pensamiento y al dolor humanos. Es atemporal en su indulgente indiferencia. El tiempo europeo, esa especie de papel de lija de la historia no satisfecha, es lo que define este alabastro de Girona, un perfil de Brancusi o el grito de un Bacon, impensable en el vuelo libre de un Calder, en su despegue ocasional de la mortalidad.

El «tiempo estadounidense», la inversión estadounidense en lo inmediato, en «lo que ocurre», y su lúdica negación del recuerdo se encuentran hoy en ascenso. Las relaciones entre tiempo y muerte individual —relaciones tanto sociales como metafóricas, biomédicas y alegóricas— que han establecido el calendario del pensamiento europeo clásico, de la estética y de las convenciones sociales están cambiando. La altiva paciencia, la apuesta por la perdurabilidad, por la pervivencia que de maneras diferentes pero emparentadas inspiró la tumba de la condesa y la a menudo enloquecida acrobacia de la especulación («reflexión») numerológica, alquímica y gramatológica en la cámara de Isaac el Ciego ya no siguen en vigor. De maneras sin embargo incalculables, este desplazamiento sísmico hacia el «futuro presente», el tiempo verbal que define a América del Norte y, probablemente, al Sureste asiático transformará no sólo nuestra tecnología, sino también las artes y los hábitos de la propia conciencia. Un Picasso sigue estando orgánicamente próximo a los arquitectos y escultores de Girona. Duchamp y Tinguely, el objet trouvé y el self-destruct, no lo están. Isaac el Ciego se habría enfrascado con fascinación en la lectura del Finnegans Wake. El ciberespacio es un mundo nuevo.

Ha habido en mi vida demasiados hoteles. Pero hay tres en cuyas terrazas o en cuyos balcones me quedé paralizado; pues se alzan directamente sobre tres ríos magníficos.

El tráfico en el Rin ya no es lo que era. Las barcazas aún navegan, sin embargo, por el suave recodo del río a su paso por Basilea. Su jadeo se acerca y se aleja. De noche, sus luces se deslizan junto a los balcones del Trois Rois. En la orilla opuesta se encuentra Francia y, justo a un lado, Alemania. Las colinas y los viñedos alsacianos dibujan el horizonte cercano. El catolicismo y la Reforma, francés el uno, alemana la otra, confluyen en un río que, desde su insignificante nacimiento en los glaciares y a lo largo de su recorrido hasta el estuario de Rotterdam, ha sido testigo de ceremonias y odios, de motivos musicales y literarios y de la contaminación de la historia europea. Basilea es la ciudad de Erasmo y de Nietzsche, una ciudad que conserva sus tímidas luces como si quisiera proclamar su neutralidad con respecto a los escuadrones que surcaban la noche en Francia y en Alemania durante el apagón al final de la Segunda Guerra Mundial.

El Arno, sin embargo, es mudo y lánguido en su quietud teñida de arena, casi como una marisma. En Florencia, sólo algún esquife o una barca de remos surcan las envejecidas aguas. Pero, exactamente igual que en las crónicas de la ciudad medieval y renacentista, resulta inconfundible una intuición de brusco despertar, de amenaza. Cuando el Arno crece, arrasa calles y plazas. Los reflejos en la corriente soñolienta son siempre irregulares, como si el río mantuviese cautivos los palacios y las fachadas que jalonan sus muelles. Hasta el siguiente asalto de furia repentina. También aquí hay una terraza de hotel frente a torres y cúpulas.

En las mañanas claras, el Limmat es tan elegante, tan patricio como sus famosos cisnes. Desciende, con bullicioso y cristalino ritmo, junto a las torres de la catedral de Zurich hacia las lejanas cumbres del Oberland Bernés. Es un río pensado sólo por Joyce y por Blackmur. Tan sutilmente urbano como el hotel Zum Storchen, donde Nelly Sachs se encontró con Paul Celan, para escribir, en la compartida «muerte después de la muerte» del Holocausto, uno de los poemas imprescindibles de la lengua alemana. Los lugares comunes pueden ofrecer una descripción taquigráfica de las verdades. Los ríos son alegorías del tiempo. Ponen puentes en movimiento.

Incluso en los momentos más funestos de la burocracia comunista en Alemania oriental, Weimar gozaba de pequeñas bendiciones. Su pródiga herencia cultural ocultaba ciertas brutalidades oficiosas. Cuando, tras la caída del Muro de Berlín y la República Democrática, regresé a Weimar, la vulgarización resultaba mucho más patente que la libertad. El Elephant, el albergue tan querido por Goethe, por Liszt, por Thomas Mann, es hoy un abominable remedo de motel de carretera estadounidense. La librería de viejo donde antaño yo encontraba tesoros no es más que un despojo espectral de su antiguo ser. Lo único que la ciudad conserva intacto (y sin visitar) es un pequeño cementerio que se encuentra camino del castillo. Algunas lápidas están caídas; la maleza lo invade todo. Custodia los restos de los soldados rusos que perecieron en las inmediaciones de Weimar cuando la ciudad fue tomada casi por completo. No más, calculo, de treinta o cuarenta tumbas. Muchas de ellas pertenecen a soldados de dieciséis o diecisiete años, salidos de las estepas asiáticas, de Kazajstán y de Turkmenistán, y conducidos hasta la muerte en una tierra y en una lengua de las que jamás habían oído hablar por la insensata y mecánica resistencia y la habilidad militar de un Reich agonizante. Este desconocido cementerio pone de manifiesto la estúpida inutilidad, inutilidad e inutilidad de la guerra, su voraz apetito de vidas infantiles. Pero también, y no en menor medida, expone las asombrosas afinidades existentes entre la guerra y la alta cultura, entre la violencia bestial y el cenit de la creatividad humana. Los jardines de Goethe se encuentran a pocos minutos de allí. Las avenidas familiares para Liszt y Berlioz rodean la verja herrumbrosa. Hay descanso aquí, mas no paz.

He tenido el privilegio de presenciar maravillas: el latigazo de la cambiante línea de colores en Ciudad de El Cabo, cuando el malva del océano Índico se encuentra con el verde del Atlántico sur; el gigantesco montículo de Ítaca bajo la primera luz del día; la incendiaria puesta de sol, las dunas convertidas en cobre fundido del Néguev; el estruendo submarino de las corrientes que azotan los acantilados de Etretat en la costa normanda; las carreteras hundidas que aparentemente no conducen a ninguna parte o conducen a las ciudades fantasma de Nevada; la formación de una tormenta en esa bahía futurista de Hong Kong; las brasas candentes, diminutas, en los ojos de los chacales que se mantienen lejos de la hoguera desde una cabaña en el Parque Nacional de Kruger; el olor a azufre y a sal en la tundra de Islandia (¿existe lugar más fascinante?); el clamor de miles, de decenas de miles de pasos que acompañaban el cortejo fúnebre de Winston Churchill en un Londres antes del alba, por lo demás totalmente sumido en el silencio; los conos volcánicos flotando literalmente, como góndolas talladas en nieve, entre la venenosa nube de humo que cubre la ciudad de México. Pero esto es turismo. En N., será posesión.


En Errata. El examen de una vida
Traducción: Catalina Martínez Muñoz



28/4/2012

Jorge Luis Borges: Fragmentos de una tablilla de barro descifrada por Edmund Bishop en 1867

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...Es la hora sin sombra. Melkart el Dios rige desde la cumbre del mediodía el mar de Cartago. Aníbal es la espada de Melkart.

Las tres fanegas de anillos de oro de los romanos que perecieron en Apulia, seis veces mil, han arribado al puerto.

Cuando el otoño esté en los racimos habré dictado el verso final.

Alabado sea Baal, Dios de los muchos cielos, alabada sea Tanith, la cara de Baal, que dieron la victoria a Cartago y que me hicieron heredar la vasta lengua púnica, que será la lengua del orbe, y cuyos caracteres son talismánicos.

No he muerto en la batalla como mis hijos, que fueron capitanes en la batalla y que no enterraré, pero a lo largo de las noches he labrado el cantar de las dos guerras y de la exultación.

Nuestro es el mar. ¿Qué saben los romanos del mar?

Tiemblan los mármoles de Roma; han oído el rumor de los elefantes de guerra.

Al fin de quebrantados convenios y de mentirosas palabras, hemos condescendido a la espada.

Tuya es la espada ahora, romano; la tienes clavada en el pecho.

Canté la púrpura de Tiro, que es nuestra madre. Canté los trabajos de quienes descubrieron el alfabeto y surcaron los mares. Canté la pira de la clara reina. Canté los remos y los mástiles y las arduas tormentas...

  Berna, 1984


Los conjurados
Madrid, Alianza Editorial, 1985
Foto: Mario Muchnik


27/4/2012

Fernando Pessoa: Cuatro poemas inéditos

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10-2-1917

El mundo cae a mi alrededor, escombro a escombro.

Mis sentidos oscilan, bandera rota al viento.

¿Qué sombra de qué sol llena de frío y asombro
El camino vacío de la consecución?

Busca un puerto lejano una nave desconocida
Ese es todo el sentido de mi vida.

Por un mar azul nocturno, estrellado en el fondo,
Sigue su ruta la nave exterior al mundo.

Pero el sentido de todo está cerrado en el asombro
Que exhala la llama negra que enciende en mi entusiasmo

Súbitas confesiones de otro que yo fui en otros tiempos
Antes de la vida y que vio a Dios y que no soy ahora.


O mundo rui a meu redor, escombro a escombro./Os meus sentidos oscilam, bandeira rota ao vento./Que sombra de que o sol enche de frio e de assombro/A estrada vazia do conseguimento?/ Busca un porto longe uma nau desconhecida/E esse é todo o sentido de minha vida./ Por un mal azul nocturno, estrelado no fundo,/Segue a sua rota a nau exterior ao mundo./ Mas o sentido de tudo está fechado no pasmo/Que exala a chama negra que acende em meu entusiasmo/Subitas confissões de outro que eu fui outrora/Antes da vida e viu Deus e eu não o sou agora.



5-3-1919 (?)

¿Por qué vivo, quién soy, o qué soy, quién me lleva?
¿Qué seré para la muerte? Para la vida ¿qué soy?
La muerte en el mundo es la oscuridad en la tierra.
Nada puedo. Lloro, gimo, cierro los ojos y voy.
Me cercan el misterio, la ilusión y la descreencia
En las posibilidades que todo sea verdadero.
¡Oh, mi terror de ser, nada hay que te venza!
La vida como la muerte es el mismo mal.


Porque vivo, quem sou, o que sou, quem me leva?/Que serei para a morte? Para a vida o que sou?/ A morte no mundo é a treva na terra./ Nada posso. Choro, gemo, cerro os olhos e vou./ Cerca-me o mistério, a ilusão e a descrença/ Da possibilidade de ser tudo real./ O meu pavor de ser, nada há que te vença!/ A vida como a morte é o mesmo Mal!



12-12-1919

Mi ser vive en la Noche y en el Deseo.
Mi alma es un recuerdo que hay en mí.

Meu ser vive na Noite e no Desejo./ Minha alma é uma lembrança que há en mim.



27-5-1922

Los dioses, no los reyes, son los tiranos.
Es la ley del Fado la única que oprime.
¿Pobre niño de maduros años,
Que piensas que hay revuelta que redime!
Mientras pesa, y siempre pesará,
Sobre el hombre la sierva condición
De súbdito del Fado.

Os deuses, não os reis, são os tiranos./ É a ley do Fado a única que oprime./ Pobre crianza de maduros anos, / Que pensas que há revolta que redime! / Enquanto pese, e sempre pesará, / Sobre o homen a serva condição/ De súbdito do Fado.


Teódulo López Meléndez: Traducciones (Pessoa, Montale, Ungaretti, Quasimodo)
Foto s-d

26/4/2012

Kjell Askildsen: Allí está enterrado el perro

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El invierno soltó sus garras a principios de marzo. Llegó un viento templado, casi cálido, del sudeste y la nieve, que reposaba en una capa muy gruesa desde antes de Navidad, se desplomó y derritió.
Un viernes por la tarde, tres días después del cambio de tiempo, Jakob E. agarró una pala de nieve del garaje y fue hacia la parte posterior de la casa. Se puso a quitar la nieve de la trampilla del sótano. Las últimas dos o tres veces que había bajado allí, había notado un vago aunque desagradable olor, cuyo origen no era capaz de explicarse. Ahora tenía la intención de abrir la trampilla y la puerta del sótano y ventilarlo todo bien tras el invierno.
Cuando al cabo de un rato dejó la pala y abrió la trampilla, se topó a la vez con la visión y el olor. Dio un grito, soltó el asa, y la trampilla volvió a caer en su sitio con un gran estruendo. Gritó otra vez, se estremeció y dio unos rápidos pasos hacia atrás, como si alguien lo estuviera persiguiendo.
Poco a poco fue disminuyendo el pánico y pensó: Eso es imposible. Clavó la mirada en la trampilla del sótano y siguió pensando: Eso es imposible. Un perro muerto, es imposible.
Pero allí estaba el pestilente y descompuesto cuerpo de un gran perro de pelo negro. Tendría que hacer algo con él, pero no sabía qué.
Dejó la pala de nieve, pasó por delante del garaje y entró en la casa. Erna estaba sentada junto a la mesa de la cocina leyendo el periódico. No levantó la vista. Jakob se sentó enfrente de ella y encendió un cigarrillo. Erna sonrió por algo que había leído. Jakob dijo:
—Hay un perro muerto debajo de la trampilla del sótano.
—Debajo de... ¿Un perro?
—Lleva allí desde antes de Navidad.
—No.
—No sé qué hacer. El hedor.... Y es muy grande.
—¿Desde antes de Navidad? Dios mío.
—Desde antes de la gran nevada.
—Dios mío, Jakob. ¿Qué vas a hacer?
—No lo sé.
Jakob se levantó y se acercó a la ventana. Al cabo de un rato preguntó:
—¿Tenemos lejía?
—Debajo del fregadero.
La cogió y salió. Entró en el garaje. Agarró de un gancho de la pared una cuerda de tender enrollada y volvió a la parte posterior de la casa. Ató el cabo de la cuerda al asa de la trampilla del sótano. No es más que un perro muerto, pensó. Retrocedió dos o tres metros, tensó la cuerda y tiró de ella. La trampilla se abrió. Jakob pasó por delante de la entrada, cogió la pala y comenzó a echar nieve en la abertura. Cuando por fin estuvo seguro de haber enterrado el cuerpo con la nieve, se acercó y miró hacia abajo. Luego fue a buscar la botella de lejía, pero, en el momento de ponerse a desenroscar el tapón, divisó al vecino, que lo estaba observando desde la ventana de su cocina. Por un instante se quedó perplejo, como si lo hubieran pillado in fraganti. Luego, con una tranquilidad forzada y sin mirar en dirección a la casa del vecino, cogió la pala de nieve y la botella y las dejó en el garaje antes de entrar en casa.
Erna no estaba en la cocina. Jakob se sentó y encendió un cigarrillo.¿Martin?, pensó. Antes de la gran nevada. ¿Martin? Oyó a Erna que bajaba del piso de arriba.
—¿Has conseguido sacarlo? —preguntó.
—No. Holt estaba en la ventana. Esperaré a que se haga de noche.
—¿No tendrías que informar a la policía?
Él no contestó.
—Alguien tiene que haberlo echado en falta.
—Déjame arreglar este asunto a mi manera, por favor.
—Sí, pero alguien nos lo ha hecho. A nosotros.
—Eso no lo sabemos. ¿Quién puede haber sido?
—Pues no sé quién puede haber sido. Lo que está claro es que no ha bajado al sótano por su cuenta. ¡Ah, Dios!
—¿Qué pasa?
—Imagínate si, oh, Dios, si alguien lo ha encerrado allí.
—No te pongas histérica.
—No estoy histérica. Pero no entiendo por qué te niegas a informar a la policía.
—Lo hago a mi manera, te he dicho, y no se hable más del asunto.
Se levantó. Salió de la cocina, atravesó la entrada y bajó al sótano por la escalera interior. Cogió un viejo hule de la repisa que había sobre el banco de carpintero y con las tijeras hizo un agujero en cada esquina. Luego cortó una cuerda de unos cinco o seis metros en cuatro partes iguales y las ató a los agujeros del hule. Se acercó a la trampilla del sótano y miró hacia afuera.Estaba oscureciendo. Al cabo de media hora estaría suficientemente oscuro. Me vio, pensó, pero desde ese ángulo no habría podido ver al perro.
Cogió el hule, subió por la escalera exterior y entró en el garaje. Se metió en el coche y encendió un cigarrillo. Cuando le pareció que ya estaba bastante oscuro, llevó la botella de lejía hasta la bajada al sótano. No había nadie en la ventana de la cocina del vecino. Echó lejía encima de la nieve que cubría el cuerpo del perro y volvió al garaje a buscar la pala de nieve y el hule. Con la pala empujó al perro hacia el borde de la escalera, luego extendió el hule. A continuación metió la pala debajo del cuerpo del animal y lo echó sobre el hule. El perro quedó al descubierto, el hedor le vino a la cara y Jakob empezó a vomitar a chorros.
Más tarde, cuando había volvió a cubrir el perro de nieve, soltó la cuerda de tender del asa de la trampilla del sótano e hizo un lazo con ella. Ató los cuatro cabos de cuerda del hule al lazo. No había nadie en la ventana del vecino. Empezó a tirar de la cuerda, y el hule formó una especie de red de pesca alrededor del perro. Pesaba menos de lo que se había imaginado, y el hule aguantó. Lo arrastró por la nieve hasta la valla de madera al fondo del jardín. Luego cogió la pala y cubrió el cuerpo con medio metro de nieve. Lo conseguí, pensó.
Media hora más tarde, cuando se había duchado y cepillado los dientes, entró en el cuarto de estar. Erna estaba viendo la televisión.
—Ya está —dijo Jakob.
Ella no contestó. Él se sentó. Bueno, pensó. Encendió un cigarrillo.
Transcurrió un minuto.
—¿Qué has hecho con él? —preguntó Erna.
—Está abajo, en la huerta. Lo he cubierto de nieve.
—¿Y cuando se derrita la nieve?
—Entonces lo enterraré.
—¿En la huerta?
—Sí.
—No, Jakob, no lo quiero debajo de las verduras.
—¿Dónde si no? ¿No pretenderás que cave el césped?
—Haz lo que quieras, pero no lo quiero debajo de las verduras.
—En mi vida he oído una cosa más tonta.
—Es posible. Y además sigo diciendo que debes informar a la policía.
—¡Deja ya de dar la lata con la policía, coño!
—¿Cómo te atreves a hablarme así, Jakob?
—Te hablo como me da la gana. He estado trajinando con ese jodido animal hasta vomitar a chorros, y tú no haces más que darme la lata con la policía.
Se levantó bruscamente y salió de la habitación.
—¡Jakob! —le gritó ella. Él no contestó. Subió al dormitorio, pero volvió a salir inmediatamente, pues allí no tenía nada que hacer. No sabía adónde ir. Se sentó en la parte superior de la escalera. Intentó recordar con exactitud cuándo se había marchado Martin, pero no lo logró.
Oyó sonar el teléfono y, cuando Erna atendió, se levantó y bajó a la cocina. La puerta del cuarto de estar estaba abierta, pero no podía oír lo que decía. Bebió un vaso de agua. Luego dejó caer el vaso al suelo, pero no se rompió. Lo recogió y lo dejó caer de nuevo, esta vez con algo de fuerza, no mucha. El vaso se rompió, aunque no en tantos pedazos como se había imaginado. Cogió la escoba y el recogedor y se puso a barrer. Erna no acudió. Luego fue al cuarto de estar a buscar un periódico viejo. Erna estaba sentada en el sofá, había apagado el televisor. Jakob cogió el periódico y volvió a la cocina. Envolvió los trozos de cristal en el periódico y lo metió todo en el cubo de la basura. Desde allí observó a Erna a través de la puerta entornada. Estaba sentada en el borde del sofá mirando fijamente al frente y con los labios muy apretados. Jakob apagó la luz y encendió un cigarrillo. Si ella se volvía, lo vería fumar en la oscuridad. Ella volvió la cabeza. Él se fumó el cigarrillo y fue al cuarto de estar.
—¿No hay nada en la tele? —preguntó.
—Sólo un concierto —contestó ella.
Jakob cogió el periódico que estaba sobre la mesa del sofá y se sentó.
—Tengo que decirte —dijo ella— que por muy desagradable que te resultara lo del perro, no deberías haberla tomado conmigo. Sabes muy bien cómo reacciono cuando me gritas.
Él encendió un cigarrillo.
—Tenía que decírtelo —añadió ella—, y dicho está. Y ahora voy a hacer café.
Se levantó y fue a la cocina. Él se quedó sentado con el periódico sobre las rodillas escuchando los ruidos que ella hacía. Empujó el periódico hasta el suelo y aplastó el cigarrillo. Luego agachó la cabeza y apretó con fuerza las palmas de las manos contra los oídos. De ese modo sólo podía escuchar el zumbido que provenía del interior de su cabeza. No se dio cuenta de que ella volvió a entrar, pero de repente se percató de que lo estaba mirando.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
—Nada. Me zumba la cabeza.
—¿Crees que puede haber sido Martin, verdad?
—¿Martin? ¿Qué? ¿Qué Martin?
—Tu Martin. Por eso no querías denunciarlo a la policía, ¿verdad? Tenías miedo de que hubiera sido Martin.
Él se levantó. Su mirada se encontró con la de ella, y ella retrocedió un paso.
—¡Qué coño estás diciendo!
—Pero...
—¡Qué coño estás diciendo!
—No he querido..., perdóname. Me estás asustando. Por favor, Jakob, no me asustes. ¡Jacob..., no!
Él retiró la mano. Dio la vuelta. Fue a la cocina. El agua para el café estaba hirviendo y apagó la placa. Sobre la encimera, en una bandeja, estaban las tazas, la jarrita de la leche y el azucarero. Se quedó contemplando todo durante un rato, luego meneó la cabeza varias veces. Sacó el café instantáneo del armario, lo echó en las tazas, las llenó con agua y llevó la bandeja al cuarto de estar. Erna estaba sentada en el sofá mirándose las rodillas y abrazándose como si tuviera frío. Jakob colocó la taza, la jarrita y el azucarero delante de ella. Ella no levantó la vista. Jakob encendió el televisor. Emitían una película policial. Se acomodó en el sillón y encendió un cigarrillo. Al cabo de un rato, Erna se levantó y subió al dormitorio; él podía sentir sus pasos. No volvió a bajar.
La noche siguiente, Jakob colocó una lona grande sobre el montón de nieve junto a la valla de madera, y cuando la tierra se desheló, enterró al perro en la huerta. Erna no dijo una palabra, pero al llegar la primavera, la huerta quedó sin cultivar.


En Cuentos reunidos
Selección y prólogo Rodolfo Fogwill
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Buenos Aires, Ediciones Lengua de Trapo, 2010
Foto s-d

25/4/2012

Cayo Salustio Crispo: Africa en tiempos de la Guerra de Jugurta

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El asunto está pidiendo que expliquemos brevemente la situación de África y digamos algo de aquellas gentes con quienes tuvimos guerra o fueron nuestras aliadas; bien que de los sitios y regiones que, o por lo excesivo del calor, o por su aspereza y soledad, son poco frecuentadas de las gentes, no me será fácil contar cosas ciertas y averiguadas; lo demás procuraré explicarlo con cuanta más brevedad pueda.

En la división del globo de la Tierra, los más de los geógrafos dan al África el tercer lugar. Algunos cuentan sólo al Asia y Europa, en la que incluyen al África. Esta confina por el occidente con el estrecho que divide a nuestro mar del Océano, y por la parte oriental con una gran llanura algo pendiente, a la que los del país llaman Catabatmo. El mar es borrascoso y de pocos puertos: la campiña fértil de mieses y de buenos pastos, pero de pocas arboledas; escasa de fuentes y de lluvias; la gente de buena complexión, ágil, dura para el trabajo, de suerte que si no los que perecen a hierro o devorados por las fieras, los más mueren de vejez, y es raro a quien rinde la enfermedad. Abunda además de esto la tie rra de animales venenosos. Acerca de sus primeros pobladores y los que después se les juntaron y del modo conque se confundieron entre sí, aunque en la realidad es cosa muy diversa de lo que vulgarmente se cree, diré, sin embargo, brevísimamente lo que me fue interpretado de ciertos libros escritos en lengua púnica, que decían haber sido del rey Hiempsal y lo que tienen por tradición cierta los habitadores del país; bien que no pretendo más fe que la que merecen los que lo afirman.

En los principios habitaron el África los gétulos y libios, gente áspera y sin cultura, que se alimentaba con carne de fieras y con las hierbas del campo, como las bestias. Estos no se gobernaban por costumbres, ni por leyes, ni vivían sujetos a nadie; antes bien, vagos y derramados, ponían sus aduares donde les cogía la noche. Pero después que, según la opinión de los africanos, murió en España Hércules, su ejército, que se componía de varias gentes, ya por haber perdido su caudillo, ya porque había muchos competidores sobre la sucesión en el mando, se deshizo en breve tiempo.

De estas gentes, los medos, persas y armenios, habiendo pasado a África embarcados, ocuparon las tierras cercanas a nuestro mar; pero los persas se internaron más hacia el Océano y tuvieron por chozas las quillas de sus barcos vueltas al revés, por no haber madera alguna en los campos, ni facilidad de comprarla, o tomarla en trueque a los españoles, cuya comunicación impedía el anchuroso mar y la diversidad de idiomas. Fueron, pues, los persas uniéndose poco a poco a los gétulos por vía de casamiento, y porque mudaban muchas veces sitios, explorando el que más les acomodaba para los pastos, se intitularon númidas. Aún hoy día las casas de los que viven por el campo, a que en su lengua llaman mapales, son prolongadas y tienen sus costillas en arco, amanera de quillas de navíos. A los medos y armenios se agregaron los libios que vivían cerca de la costa del mar de África (los gétulos, más bajo la influencia del sol y no lejos de sus ardores). Estas dos naciones tuvieron muy en breve pueblos formados, porque como sólo las dividía de los españoles una corta travesía de mar, se habían acostumbrado a permutar con ellos las cosas necesarias, y los libios desfiguraron poco a poco su nombre, llamando a los medos en su lengua bárbara moros.

Pero el estado de los persas se aumentó en breve tiempo, y después, habiéndose muchos de ellos, con el nombre que habían tomado de númidas, separado de sus padres a causa de su gran número, ocuparon las cercanías o fronteras de Cartago, llamadas por esta razón Numidia, y ayudándose unos y otros entre sí, sujetaron a su imperio a sus comarcanos, ya con las armas, ya con el terror, y se hicieron ilustres y famosos, especialmente los que más se habían acercado a nuestro mar (porque los libios son de suyo menos guerreros que los gótulos), y, en fin, los númidas vinieron a hacerse dueños de la mayor parte de la inferior África, pasando desde entonces los vencidos a ser y a llamarse como los vencedores. Después de esto los fenicios, parte a fin de aliviar a sus pueblos de la muchedumbre, parte habiendo por su ambición de mando solicitado a la plebe, y otros deseosos de novedades, fundaron en la costa del mar a Hipona, Adrumeto, Leptis y otras ciudades, las cuales, habiéndose aumentado mucho en breve tiempo, vinieron después a ser, unas escudo, otras ornamento de los pueblos de donde descendían, y esto sin hablar de Cartago, lo que es mejor que haberme de quedar corto, pues me llama el tiempo a tratar de otro asunto. De la parte, pues, del Catabatmo, que es el linde que divide a Egipto de África, siguiendo la costa, se halla lo primero Cirene, colonia de los tereos, después las dos Sirtes y entre ellas la ciudad de Leptis, luego las aras de los filenos, término que era del imperio de Cartago por la parte que mira a Egipto; más adelante otras ciudades cartaginesas. El resto hasta la Mauritania lo ocupan los númidas. Los mauritanos son los más cercanos a España. Sobre la Numidia, tierra adentro, se dice que habitan los gétulos, parte en chozas, parte vagos y a la inclemencia, y sobre éstos los etíopes, y que después se encuentran tierras desiertas y abrasadas por los ardores del sol. En tiempos, pues, de la guerra de Jugurta, el pueblo romano administraba las más de las ciudades cartaginesas y las fronteras de su imperio, que había recientemente ocupado, por medio de magistrados que enviaba. Gran parte de los gétulos y los númidas hasta el río Muluca, obedecían a Jugurta: los mauritanos todos al rey Boco, que no conocía al pueblo romano sino por el nombre, ni antes de esto, en paz ni en guerra, teníamos nosotros de él noticia alguna. Del África y sus habitadores creo haber dicho lo que basta para mi propósito.



Cayo Salustio Crispo: La Guerra de Jugurta 
Traducción del latín: D. Gabriel de Borbón y Sajonia 
 Buenos Aires, 1999 
Imagen: Denario de plata que conmemora la Guerra de Jugurta

24/4/2012

Gilbert K. Chesterton: El suicidio del pensamiento

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George Bernard Shaw, Hilaire Belloc and Gilbert Chesterton in conversation

Las frases callejeras no solamente son vigorosas, sino también sutiles: porque una figura de lenguaje con frecuencia puede llegar a ser demasiado simple para prestarse a definición. Frases como "fuera de uso", o "fuera de tono", podrían haber sido acuñadas por el señor Henry James, en una agonía de precisión verbal. Y no hay verdad tan sutil como aquella de la cotidiana frase sobre el hombre que tiene el corazón bien puesto. Abarca una idea de proporción normal; no sólo existe una cierta función, sino que también esa función está correctamente relacionada con otras funciones. Por cierto que lo opuesto de esa frase, describi-ría con gran exactitud, la piedad y la ternura, en cierta forma morbos, de los modernos más representativas. Si por ejemplo tuviera que describir con sinceridad el carácter del señor Ber-nard Shaw, no podría expresarme más exactamente que diciendo que, posee un corazón generoso y heroicamente amplio, pero no es un corazón bien puesto. Y eso mismo ocurre con la sociedad típica de nuestro tiempo.

El mundo moderno no es malo; en cierto modo el mundo moderno es demasiado bueno. Está lleno de feroces y malgastadas virtudes. Cuando se perjudica una empresa religiosa (como se perjudicó el Cristianismo con la Reforma) no es solamente de confusión espléndida; es algo brillante y sin forma, al mismo tiempo llamarada y mancha. Pero el círculo de la luna es tan claro e inconfundible, tan periódico e inevitable como el círculo de Euclides sobre un pizarrón. Porque la luna es completamente razonable; es la madre de los lunáticos, y a todos ellos les ha dado su nombre a causa de los vicios desencadenados. Los vicios, por cierto se desencadenan y se extienden y causan perjuicios. Pero las virtudes también andan desencadenadas; y las virtudes se extienden más desenfrenadas y causan perjuicios más terribles. El mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se volvieron locas. Enloquecieron las virtudes porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias.

De ahí que algunos cientistas se preocupan por la verdad; y su verdad es despiadada, y de allí que algunos humanistas se preocupan sólo de la piedad y su piedad. (lamento decirlo) frecuentemente es falseada. Por ejemplo: el señor Blatchford ataca al cristianismo porque está loco por una virtud cristiana; la puramente mística y casi irracional virtud de la caridad. Tiene la extraña idea de que facilitará el perdón de los pecados, diciendo que no hay pecados que perdonar. El señor Blatchford es no solamente uno de los primeros cristianos; es el único de los primeros cristianos que realmente mereció ser comido por los leones. Porque en su caso, la acusación pagana es verdadera: su misericordia significa anarquía. En realidad, por ser tan humano, es enemigo de la raza humana. Como extremo opuesto podríamos tomar al realista agriado, que deliberadamente mató en sí todo placer humano, con fábulas alegres o con el endurecimiento del corazón. Torquemada, torturaba físicamente a la gente, en bien de la verdad moral. Zola tortura a la gente moralmente, en bien de la verdad física. Pero en tiempos de Torquemada, por lo menos existía un sistema que hasta cierto punto permitía que la rectitud y la paz se besaran. Ahora, ambas no se saludan ni con una inclinación de cabeza.

Pero podríamos encontrar un caso mucho más concluyente que estos dos de la piedad y de la verdad, en la sorprendente dislocación de la humanidad.

Aquí sólo nos concierne tratar de un aspecto de la humildad. Por mucho tiempo, humildad ha significado una restricción de la arrogancia e infinitud del apetito del hombre. Del hombre que siempre estaba aventajando a sus misericordias con el continuado invento de necesidades nuevas.

Su propia capacidad de goce destruía la mitad de sus goces. Procurándose placeres, perdió el placer principal; porque el principal placer es la sorpresa. De ahí resulta evidente que si el hombre quiere hacer amplio a su mundo, él debe estar siempre haciéndose pequeño. Aún las ciudades más encumbradas y los pináculos inclinados por su propia altura, son creaciones de la humildad. Los gigantes que derriban montes como si fueran pasto, son creaciones de la humildad. Las torres que se pierden en lo alto por encima de la estrella más solitaria en su lejanía, son creaciones de la humildad. Porque las torres no son altas sino cuando las miramos desde abajo; y los gigantes no son gigantes sino más grandes que nosotros. Toda esa imaginación de lo gigantesco, que es quizá el más vigoroso de los placeres del hombre, en el fondo es enteramente humilde. Sin humildad es imposible gozar de nada; ni aun de la soberbia.

Pero lo que nos hace padecer el presente es la modestia mal ubicada. La modestia se ha mudado del órgano de la ambición. La modestia se ha instalado en el órgano de la convicción: la cual nunca se la había destinado.

El hombre estaba destinado a dudar de sí; pero no de la verdad; ha sucedido precisamente lo contrario.

Actualmente la parte del hombre que el hombre proclama, es exactamente la parte que no debía proclamar: su propio yo. La parte que pone en duda, es exactamente la parte de la cual no debía dudar: la razón Divina. Huxley, predicó una humildad que se conformaba con aprender de la naturaleza. Pero el escéptico de nuevo cuño es tan humilde, que duda hasta de poder aprender. De ahí resulta que si nos hubiéramos apresurado a decir que no existe una humildad típica de nuestro tiempo, nos hubiéramos equivocado. La verdad es que hay una real humildad típica de nuestro tiempo. Pero ocurre que, prácticamente, es una humildad tan envenenada como la más desorbitada de las postraciones del asceta. La vieja humildad era una espuela que impedía al hombre detenerse; no un clavo en su zapato que le impedía proseguir. Porque la vieja humildad hacía que el hombre dudara de su esfuerzo, lo cual lo conducía a trabajar más duro. Pero la nueva humildad hace que el hombre dude de su meta, lo cual lo conduce a cesar su esfuerzo por completo.

En cualquier esquina podemos encontrar un hombre pregonando la frenética y blasfema confesión de que puede estar equivocado. Cada día nos cruzamos con alguno que dice, que, por supuesto, su teoría puede no ser la cierta.

Por supuesto, su teoría debe ser la cierta, o de lo contrario, no sería su teoría. Estamos en camino de producir una raza de hombres mentalmente demasiado modestos para creer en la tabla de multiplicar. Nos hallamos en peligro de ver filósofos que duden de la ley de gravedad, por considerarla como un simple producto de sus imaginaciones. Los farsantes de otros tiempos eran demasiado orgullosos para dejarse convencer; pero éstos son demasiado humildes para poder ser convencidos. Los humildes heredan la tierra; pero los escépticos modernos son demasiado humildes, hasta para reclamar su herencia. Y precisamente esta impotencia intelectual es nuestro segundo problema.

El último capítulo se refería a un hecho observado: que el peligro de morbidez que puede correr un hombre, proviene más de su corazón que de su imaginación. No se intentaba atacar la autoridad de la razón; su objeto más bien fue defenderla; porque necesita defensa.

Todo el mundo moderno está en guerra con la razón; y la torre, ya vacila.

Con frecuencia se dice que los sensatos no hallan respuesta para el enigma de la religión. Pero la dificultad con nuestros sensatos, no es que no puedan ver la respuesta, sino que no pueden ver ni siquiera el enigma. Son como niños suficientemente estúpidos como para no notar nada paradójico en la manifestación de que una puerta no es una puerta. Los tolerantes modernos, por ejemplo, hablan sobre la autoridad religiosa, no solamente como si no hubiera razón alguna de su existencia, sino como si nunca hubiera habido una razón para que exista.

A más de no ver su base filosófica, no pueden siquiera ver su causa histórica. La autoridad religiosa, ha sido con frecuencia opresiva e irrazonable, tal como cada sistema le-gislativo (y especialmente el nuestro actual) ha sido duro y culpable de una penosa apatía. Es razonable atacar a la policía; también es glorioso. Pero los modernos críticos de la autoridad religiosa, son como hombres que atacaran a la policía, sin nunca haber oído hablar de asaltantes. Porque existe un grande y posible peligro para la mente humana; un peligro tan real como el de un asalto. Contra él, bien o mal, la autoridad Religiosa se irguió como una barrera. Y contra él, algo por cierto debe erguirse como barrera si es que nuestra raza debe salvarse de la ruina.

Ese peligro consiste en que el intelecto humano es libre de autodestruirse. Tal como una generación podría impedir la existencia de la generación siguiente, recluyéndose toda en monasterios o arrojándose al mar; así un núcleo de pensadores puede impedir, hasta cierto punto, los pensamientos subsiguientes, enseñando a la nueva generación que no existe validez en ningún pensamiento humano. Sería cargoso hablar siempre de la alternativa entre la razón o la fe. La razón en sí misma es un objeto de la fe. Es un acto de fe afirmar que nuestro pen-samiento no tiene relación alguna con la realidad.

Si usted es puramente un escéptico, tarde o temprano se hará esta pregunta: "¿Por qué todo puede andar bien, aun la observación y la deducción? ¿Por qué la buena lógica es tan engañosa como la mala lógica? ¿Ambas son actividades en el cerebro de un mono sorprendido?"

Hay un pensamiento que detiene el pensamiento. Y ese es el único pensamiento que debería ser detenido. Ese es el mal concluyente contra el cual se dirigió toda la autoridad religiosa. Recién aparece al final de edades decadentes como la nuestra; y el señor H. G. Wells, ya izó su estridente bandera; ha escrito una delicada pieza de escepticismo llamada: "Las dudas del instrumento". Allí interroga al cerebro e intenta excluir la realidad, hasta de sus propias afirmaciones, pasadas, presentes y por venir. Contra esta ruina lejana, se organizó y se jerarquizó originariamente, todo el sistema militar de la religión. Las creencias y las cruzadas, las jerarquías y las persecuciones, no fueron organizadas según la ignorancia, -dice-, para suprimir la razón. El hombre, por un instinto ciego sabía que si las cosas fueron discutidas ensañadamente, la razón pudo ser discutida primero. La autoridad para absolver que tienen los sacerdotes; la autoridad de los papas para determinar autoridades; aun la autoridad para aterrar de los inquisidores, eran solamente sombrías defensas erigidas en torno de una auto-ridad central más indemostrable, más sobrenatural que todas: la autoridad para pensar que tiene el hombre. Sabemos ahora que las cosas son así; no tenemos excusa para ignorarlo. Porque a través de la vieja rueda de autoridades, podemos oír al escepticismo crujiente, y al mismo tiempo ver a la razón íntegra y fuerte sobre su trono.

En tanto que la religión marche, la razón marcha. Porque ambas son de la misma primitiva y autoritaria especie. Ambas son métodos que prueban y no pueden ser probados. Y en la acción de destruir la idea de la autoridad divina, hemos destruido sobradamente la idea de esa autoridad humana, por la cual podemos abreviar una división muy larga. Con un rudo y sostenido tiroteo, hemos querido quitar la mitra al hombre pontificio, y junto con la mitra le arrebatamos la cabeza.

A menos que a esto se le llame divagación, tal vez fuera conveniente repasar rápidamente, los principales modos de pensar modernos, que han causado este efecto de detener el pensamiento. Tuvieron ese efecto el materialismo y la teoría de que todo es producto de una ilusión individual; porque si la mente es mecánica, el pensar no puede ser muy divertido; y si el cosmos no es real, no hay nada en qué pensar. Pero en estos casos el efecto es indirecto y dudoso. En algunos casos es directo y evidente; especialmente en el caso de lo que por lo general se llama evolucionismo.

El evolucionismo es un buen ejemplo de esta inteligencia moderna, que si algo destruye, se destruye a sí misma. El evolucionismo es, o una ingenua explicación científica de cómo sucedieron algunos fenómenos terráqueos, o si es algo más que eso, es un ataque al pensamiento mismo. Si el evolucionismo destruye algo, no destruye a la religión sino al racionalismo. Si la evolución significa simplemente que algo positivo llamado mono, se convirtió, muy lentamente, en algo positivo llamado hombre, entonces es inofensivo hasta para el más ortodoxa, porque un Dios personal, puede hacer las cosas, tanto lenta como rápidamente, en especial si como el Dios Cristiano, está situado fuera del tiempo.

Pero si evolución quiere decir algo más, significa que no existe cosa tal como un mono a convertir, ni cosa tal como un hombre en el cual ser convertido. Significa que no existe tal cosa como una cosa. A lo más existe una sola cosa; y esa, es el flujo del todo y de la nada. Esto, es un ataque no contra la fe, sino contra la mente; no es posible pensar si no hay riada en qué pensar. No es posible pensar sin que el pensamiento esté separado de su objeto. Descartes dijo: "Yo pienso; por consiguiente existo". El filósofo evolucionista invierte y hace negativo el epigrama. Dice: "Yo no existo; por consiguiente no puedo pensar".

Luego está el opuesto ataque al pensamiento, aquel anticipado por el señor H. G. Wells cuando insiste en que cada cosa aislada es "única", y en que no existen categorías. También esta teoría es puramente destructiva.

Pensar significa relacionar cosas y detenerse cuando no pueden ser relacionadas. Es obvio decir, que este escepticismo prohibitivo del pensamiento, prohíbe también el lenguaje: un hombre no puede abrir la boca sin contradecirlo. De ahí que cuando el señor H. G. Wells dice (como lo hizo en alguna parte) "todas las sillas son completamente diferentes", expresa no solamente un error, sino también una contradicción de términos. Si todas las sillas son por completo diferentes, no se las puede llamar "todas las sillas".

Semejante a esta es la teoría progresista que sostiene que alteramos la prueba en vez de tratar de pasarla. Con frecuencia oímos decir, por ejemplo, "lo que es bien en una época es mal en otra". Esto es muy razonable si significa que existe una meta permanente, y que ciertos sistemas logran alcanzarla en ciertos y determinados tiempos y no en otros. Digamos: si las mujeres desean ser elegantes, puede que en una época lograrán su deseo engordando y en otra época adelgazando. Pero no se podría decir que alcanzan su meta dejando de desear ser elegantes y comenzando a desear ser ovaladas. Si el tipo varía ¿cómo podría haber perfeccionamiento, si éste implica la permanencia de un tipo? Vietzscke inició la insensata idea de que los hombres una vez fueron en pos de un bien que ahora nosotros llamamos mal; si fuera así no podríamos ni hablar de aventajarlos o aún de aparejarnos a ellos. ¿Cómo podría usted alcanzar a Pérez siendo que usted camina en dirección opuesta? No se puede discutir si un pueblo, procurando hacerse miserable tuvo más éxito que el éxito que tuvo otro procurando hacerse feliz. Sería como discutir si Milton fue más puritano de lo que un cerdo es gordo.

Cierto es que un hombre (un hombre tonto) podría cambiar su ideal o su objeto. Pero en cuanto al ideal, en si es incambiable. Si el admirador de la alteración desea controlar su propio progreso, debe ser rigurosamente leal al ideal de la alteración; no debe ponerse a flirtear alegremente con el ideal de la monotonía. El progreso en sí mismo no puede progresar. Vale la pena destacar de paso, que cuando Tennyson, en forma bastante alocada y débil, dio la bienvenida a la idea de la variación infinita de la sociedad, instintivamente empleó una metáfora que sugiere algo de encarcelado hastío. Escribió: "Dejad al gran mundo extenderse hacia los ruidosos abismos de la variante."

Pensó que la variación en sí es un invariable abismo, y eso es. La variación, aproximadamente es el abismo más árido y estrecho en que pueda colarse un hombre.

No obstante, aquí lo principal es que esta idea de una alteración fundamental del tipo, es una de las cosas que hacen simplemente imposible, pensar en el pasado o en el futuro.

La teoría de una alteración completa en los prototipos de la historia humana, no solamente nos priva del placer de honrar a nuestros padres; nos priva hasta del más moderno y aristocrático placer de despreciarlos.

Este escueto sumario de las fuerzas destructivas del pensamiento contemporáneo, no estaría completo si careciera de alguna referencia al pragmatismo; porque aunque aquí lo haya empleado y lo defienda en todas partes como guía preliminar de la verdad, se hace de él una aplicación exagerada que implica la ausencia total de verdad alguna. Mi concepto, puede expresarse brevemente, así. Estoy de acuerdo con el pragmatismo en que la aparente verdad objetiva no lo es todo; en que existe una legítima necesidad de creer las cosas que son necesarias a la mente humana. Mas yo agrego que una de estas necesidades, es precisamente la de creer en la verdad objetiva. El pragmático aconseja al hombre creer lo que se debe creer y no preocuparse de lo Absoluto. Pero precisamente una de las cosas que debe creer es lo Absoluto. Por cierto esta filosofía es una especie de paradoja verbal. El pragmatismo es una cuestión de necesidades humanas y una de las primeras necesidades humanas, es ser algo más que un pragmático. El pragmatismo extremoso es tan inhumano como el determinismo al cual vigorosamente ataca. El determinista (que para hacerle justicia no tiene pretensiones de ser humano), se burla del sentido humano para hacer la elección activa del hecho. El pragmatista, que profesa ser esencialmente humano, se burla del sentido humano frente al hecho en acción.

Para resumir lo expuesto hasta aquí, podríamos decir que las filosofías corrientes más características, no sólo tienen rasgos de manía, sino rasgos de manía suicida. El investigador ha dado con la cabeza contra los límites del pensamiento humano; y se la rompió. Esto es lo que hace tan inútiles las advertencias del ortodoxo y tan vana la jactancia de los vanguardistas sobre 14 peligrosa adolescencia del libre pensamiento. Lo que estamos presenciando no es la adolescencia del libre pensamiento, es su vejez decrépita y su disolución terminante. Es inútil que los obispos y los sabios discutan qué horribles sucesos vendrán si el desenfrenado escepticismo sigue su curso.

Es en vano que los ateos elocuentes hablen de las grandes verdades que se revelarán una vez que veamos los comienzos del libre pensamiento. Ya hemos visto su término.

No tiene ya preguntas por hacer; se ha interrogado a sí mismo. No es posible evocar visión más salvaje que la de una ciudad cuyos hombres se preguntan si tienen persona.

No es posible imaginar un mundo más escéptico que aquél en el cual los hombres dudan de que el mundo existe. El libre pensamiento podría haber llegado a la quiebra más rápida y limpiamente, de no haber sido débilmente trabado por la aplicación de las indefendibles leyes de la blasfemia o por la absurda pretensión de que Inglaterra moderna es cristiana. Pero de cualquier modo hubiera quebrado.

Los ateos militantes aún son injustamente perseguidos; pero más por ser una antigua minoría que por ser una minoría nueva. El libre pensamiento ha agotado su propia libertad.

Está hastiado de sus propios éxitos. Si ahora algún libre pensador ansioso, saluda a la libertad filosófica como a un amanecer, es igual al hombre de Mark Twain que envuelto en sus sábanas salió a ver la salida del sol y llegó justo a tiempo para ver su ocaso. Si algún pastor alarmado dice todavía que sería terrible que se extendiera la oscuridad del libre pensamiento, sólo podríamos responderle con las palabras del señor H. Belloc: "Le ruego no se turbe previendo el incremento de fuerzas en disolución. Se ha equivocado en las horas de la noche; ya es la mañana". No hemos dejado preguntas por preguntar. Hemos buscado interrogaciones en los rincones más sombríos y en las cumbres más inexploradas. Hemos hallado todas las preguntas que se pueden hallar. Ya es hora de que cesemos de buscar interrogantes y comencemos a buscar respuestas.

Pero hay que agregar una palabra más. Al comienzo de esta conversación negativa dije que nuestra ruina mental la trae la razón desenfrenada y no la desenfrenada imaginación. Un hombre no se vuelve loco por hacer una estatua de 1.600 metros de altura; pero puede volverse loco pensándola en pulgadas cúbicas. Ahora, una escuela de pensadores comprendiéndolo así, se ha abalanzado a esa verdad, creyendo hallar en ella la forma de remozar la salud paganizada del mundo.

Vieron que la razón destruye; pero dicen que la voluntad crea. La autoridad ulterior reside en la voluntad, no en la razón. El punto supremo es no el por qué un hombre requiere algo, sino el hecho de que lo requiera. No tengo espacio para describir o exponer esta filosofía de la Voluntad.

Supongo que llegó a través de Nietzsche, que predicó algo llamado egoísmo. Por cierto Nietzsche fue bastante ingenuo, porque renegó del egoísmo simplemente predicándolo. Puesto que predicar algo, es renunciar a ello. Primero, el egoísmo llama guerra despiadada a la vida y luego se toma todas las molestias posibles para arrojar sus enemigos a la guerra. Predicar el egoísmo es practicar el altruismo. Pero como quiera que empiece, su punto de vista es bastante común en la literatura corriente. La principal disculpa de estos pensadores, es que no son pensadores: son actores. Dicen que elegir es en sí divino. De ahí que el señor Bernard Shaw haya atacado la vieja idea según la cual los actos deben juzgarse conforme al típico deseo de felicidad. Dice que los actos del hombre no son causados por su tendencia a la felicidad, sino por un esfuerzo de voluntad.

No dice: "el jamón me hará feliz", sino "yo quiero jamón". Y en esta temía, otros le siguen aun con mayor entusiasmo. El señor John Davidson, un destacado poeta, tanto se apasiona por este asunto, que se ve obligado a escribir en prosa. Publicó sobre él, una obra breve con varios extensos prefacios. Lo cual es bastante natural para el señor Bernard Shaw, cuyas obras son todas prefacios. El señor Shaw (sospecho) es el único hombre sobre la tierra que haya escrito poesía. Pero ese señor Davidson, que puede escribir poesía excelente y en vez de escribirla debe escribir complicada metafísica en defensa de esta doctrina de la voluntad, demuestra que la doctrina de la voluntad, se ha posesionado de los hombres. Aún el señor H. G. Wells, a medias ha hablado en su lenguaje diciendo que el hombre debe probar sus actos no como un pensador sino como un artista; diciendo "siento que esta curva está bien" o "esta línea debe ir en tal forma." Todos están agitados; y bien pueden estarlo. Porque por esta doctrina de la divina autoridad de la voluntad, creen que pueden liberarse de la fortaleza carcelaria del racionalismo. Creen que pueden escapar. Pero no pueden.

Esta alabanza confusa a la volición, concluye en la misma destrucción confusa que la observancia de la lógica. Así como el absoluto libre pensamiento, implica dudar del pensamiento en sí, exactamente así, la aceptación exclusiva del "querer", paraliza la voluntad.

El señor Bernard Shaw, no ha percibido la positiva diferencia que existe entre el viejo experimento utilitario del placer (que por supuesto es burdo y mal expresado) y lo que él sostiene. La real diferencia entre la experimentación de la felicidad y la experimentación de la voluntad consiste en que la experimentación de la felicidad es un experimento y la otra, no Io es. Se puede discutir si el acto de un hombre que se precipita desde una colina, tiende a la felicidad; no se puede discutir que ese acto derive de la voluntad. Por supuesto que deriva. Se puede alabar un acto diciendo que se le había destinado a procurar placer o dolor, a descubrir la verdad o salvar el alma. Pero no se le puede alabar porque implique voluntad, porque tal alabanza, no es más que decir que es un acto. Según esta alabanza de la voluntad, no se puede elegir un camino mejor que otro. Y sin embargo, la elección de un camino por ser mejor que otro, es la verdadera definición de la voluntad que se está alabando.

La adoración de la voluntad, es la negación de la voluntad. Admirar exclusivamente la elección en sí, es rehusarse a elegir. Si el señor Bernard Shaw, viene a mí y me dice: "quiera algo", es como si me dijera: "no me importa lo que usted quiera", que es como decir: "yo no tengo voluntad en general, porque la esencia de la voluntad es ser particular. Un brillante anarquista como el señor John Davidson, se irrita contra la moralidad ordinaria y de ahí invoca a la voluntad, la voluntad para cualquier cosa. Lo único que quiere es que la humanidad quiera algo. Pero la humanidad quiere algo. Quiere la moralidad ordinaria. Se rebela contra la ley y nos dice que queramos algo o cualquier cosa. Pero algo hemos querido. Hemos querido la ley contra la cual se rebela. Todos los fanáticos de la voluntad, desde Nietzsche hasta el señor Davidson, están realmente privados de volición. No pueden "querer"; apenas pueden desear. Y si alguien exige. una prueba, se la puede hallar fácilmente en este hecho: que siempre hablan de la voluntad como de algo que puede dilatarse y quebrarse. Pero ocurre exactamente lo opuesto. Cada acto de voluntad, es un acto de autolimitación. Desear acción, es desear li-mitación. En este sentido, cada acto voluntario, es un acto de autosacrificio.

Cuando se elige algo, se rechaza todo lo demás.

Esta objeción que los 'hombres de la dicha escuela, aplicaban al acto de contraer matrimonio, es en realidad la objeción adecuada para cada acto. Cada acto es una selección y una exclusión irrevocable. Tal como cuando usted se casa con una mujer renuncia a todas las demás, así cuando elige un camino de acción, reunía a todos los otros caminos. Si usted acepta ser. Rey 'de Inglaterra, renuncia al puesto de Ujier de Brompton. Si usted se va a Rome, inmola una rica y placentera vida en Wimbledon. La existencia de este lado negativo o limitante de la voluntad, hace poco más que jocosa la charla de los anárquicos, adoradores de la voluntad. Por ejemplo; el señor John Davidson nos dice que nada podremos hacer contra el "Vos, no podréis"; pero seguramente "Vos, no podréis", sólo es uno de los corolarios imprescindibles del "yo quiero". "Yo quiero ir a la Reyista del Lord Mayor, y Vos, no podréis detenerme." El anarquismo nos conjura a ser artistas creadores y audaces, sin importársele de las leyes o de los límites. El arte es limitación; la esencia de cada pintura está en sus perfiles. Si usted dibuja 'una jirafa, debe dibujarla con el pescuezo largo.

Si en su audaz forma creadora, se conserva libre de dibujar una jirafa con el pescuezo corto, ciertamente descubrirá que usted no es libre de dibujar una jirafa. En el momento de entrar al mundo de los hechos, se entra al mundo de las limitaciones. Usted puede liberar las cosas de sus leyes accidentales o accesorias, pero no de las leyes propias de sus naturalezas. Si usted quiere, puede liberar a un tigre de sus rejas, mas no lo libre de su cautiverio. No libre al camello de su joroba: puede estar librándolo de ser camello. No se pasee como un demagogo incitando a los triángulos a evadirse de sus tres lados. Si un triángulo se sale de sus tres lados, su vida llegará a un lamentable término. Alguien escribió un artículo titulado: "Los Amores de los Triángulos";` nunca lo leí, pero estoy seguro de que si los triángulos alguna vez fueron amados, fueron amados por ser triangulares. Este es ciertamente el caso de toda creación artística, la cual en cierto modo, es el más acabado ejemplo de voluntad pura.. Los artistas aman sus limitaciones: constituyen lo que están haciendo. El pintor, se alegra de que la tela sea chata. El escultor se alegra de que el yeso sea incoloro.

En caso de que el ejemplo no fuera claro; podría ilustrarse con un ejemplo histórico. La Revolución Francesa fue algo heroico y decisivo, porque los Jacobinos quisieron algo definitivo y limitado. Quisieron la libertad de la democracia, pero quisieron también todas las restricciones de la democracia. Desearon tener votos y no tener títulos. Los Republicanos tuvieron su aspecto ascético en Franklin o en Robespierre, tanto como en Danton y Wilkes tuvieron su aspecto expansivo. Por ' lo tanto crearon algo sólido en sustancia y apariencia; la justa igualdad social y el bienestar campesino de Francia. Pero desde entonces, la mente revo-lucionaria o especulativa de Europa, ha decaído, rechazando toda propuesta a causa de las limitaciones de la proposición.

El liberalismo fue rebajado a liberalidad. Los hombres intentaron hacer intransitivo al verbo transitivo: "revolucionar". El jacobino podía decir no solamente contra qué sistema se rebelaría sino (lo que es más) contra qué sistema no se hubiera rebelado;' en qué sistema habría puesto su confianza. Pero el rebelde de nuevo cuño es un escéptico y nada cree por entero. No tiene lealtad; por consiguiente no puede ser nunca un verdadero revolucionario. Y el hecho de que duda de todo, por cierto lo fastidia cuando quiere proclamar algo. Porque toda proclamación implica una doctrina moral determinada; y el revolucionario no sólo duda de la institución que proclama sino también de la doctrina por la cual la ha proclamado. De ahí resulta que escriba un libro quejándose porque opresión imperial insulta la pureza de las mujeres y después escriba otro libro (sobre el problema sexual) en el que a su vez las insulta. Maldice al Sultán porque las muchachas cristianas pierden la virginidad y luego maldice ala señora Grundy porque la conserva. Como político gritará que ' la guerra es una pérdida de vidas y como filósofo gritará que la vida es una pérdida de tiempo. Un ruso pesimista denunciará, a un policía por haber matado un campesino y luego, por un proceso filosófico de alto vuelo, probará que el 'campesino merecía la muerte. Un hombre proclama que el matrimonio es una mentira y, luego denuncia al aristócrata canalla, porque lo trata como si fuera una mentira. A la bandera le dice juguete y luego increpa a los opresores Polonia o de Irlanda porque les han quitado su juguete. El hombre de esta escuela, primero va al meeting político donde se queja de que a los salvajes se les trata como a bestias; y luego toma el sombrero y el paraguas y se va a un meeting científico en el que prueba que os salvajes son verdaderamente bestias. Abreviando, el revolucionario moderno, siendo infinitamente escéptico, siempre está ocupado en minar sus propias minas. En su libro sobre política ataca a los hombres por pisotear la moral; en su libro sobre ética ataca la moral por humillar al hombre. Como consecuencia, el revoltoso moderno se ha vuelto completamente inútil para toda tentativa de revuelta. Rebelándose contra todo, ha perdido su derecho a rebelarse contra algo.

Podría agregarse que la misma laguna y la misma bancarrota se observa en todos los tipos terribles y violentos de literatura; especialmente en la satírica. La sátira será loca y anárquica, pero presupone la admisión de cierta superioridad de unas cosas sobre as; presupone un modelo, típico.

Cuando en la calle los chicos se ríen de la gordura de un distinguido periodista, inconscientemente lo comparan con el mármol de Apolo. Y la extraña desaparición de la sátira de nuestra literatura, es un ejemplo de las cosas violentas que se desvanecen por carecer de alguna base sobre la cual ejercer violencia. Nietzsche, tiene cierto talento natural para el sarcasmo; podía burlarse a pesar de que no pudo reír; pero siempre hay en su sátira algo incorpóreo y enclenque, sencillamente porque no estaba respaldada por ningún fondo de moral corriente. Es en sí más grotesco que ninguna de sus expresiones. Pero ciertamente, Nietzsche se mantendrá como exponente del fracaso total de la violencia abstracta. El reblandecimiento cerebral que finalmente se apoderó de él, no fue un accidente físico. Si Nietzsche no hubiera concluido en la imbecilidad, el nietzchismo habría concluido imbécil Pensando aisladamente y con orgullo, se termina por ser un idiota. El hombre cuyo corazón no se ablande, acabará con los sesos reblandecidos.

Esta última tentativa de evadirse del intelectualismo, concluye en el intelectualismo y por consiguiente en la muerte. La evasión fracasó. La admiración frenética de la ilegalidad y la adoración materialista de la ley, terminan en la misma nada. Nietzsche escala montañas vacilantes y finalmente aparece en el Tibet. Se sienta al lado de Tolstoy en el país del vacío. Ambos son inválidos, uno porque no puede retener nada y otro porque no puede perder nada.

La voluntad dé Tolstoy se congela por la intuición budista de que todas las acciones especiales son malas. Pero la voluntad de Nietzsche igualmente se congela por su teoría de que todas las acciones especiales son buenas, porque si todas las acciones especiales son buenas, ninguna de ellas es especial.

Hacen alto en la encrucijada, y uno odia todos los caminos y al otro le gustan todos. El resultado es bueno; algunos no son difíciles de prever: hacen alto en la encrucijada.

Aquí termino (gracias a Dios) el primer y más árido asunto de este libro; la revisión sumaria del pensamiento reciente. Después de esto, comienzo a describir otro aspecto de la vida que tal vez no interesa al lector, pero que a mí por lo menos me interesa. Con ese objeto he hojeado una pila de libros modernos que tengo ante mí al terminar esta página; una pila de ingenuidades, una pila de fruslerías. Por mi presente desprendimiento accidental, puedo ver el inevitable choque de las filosofías .de Shopenhauer y Tolstoy, de Nietzsche y Shaw, tan claramente como se puede ver desde, un globo, un choque de trenes.

Todos están encaminados a la vaciedad del hospicio.

Porque la locura puede definirse como uso de la actividad mental, hasta llegar a la impotencia mental; y todos ellos, casi han llegado. Aquel que piense que está hecho de vidrio, piensa en pro de la destrucción del pensamiento; porque el vidrio no puede pensar. Así también el que no quiere rechazar nada, quiere en pro de la destrucción de la voluntad; porque voluntad no es sólo poder elegir algo, sino rechazar casi todo. Y así que vuelvo y revuelvo sobre los inteligentes, hermosos, cansadores e inútiles libros modernos; el título de uno de ellos detiene mi mirada. Se llama "Juana de Arco" de Anatole France. Solamente lo he hojeado, pero una mirada bastó para recordarme la "Vida de Jesús", de Renán. Sigue el mismo método que el reverente escéptico. Desacredita los relatos sobrenaturales que tienen algún fundamento, simplemente' contando historias naturales que no tienen fundamento alguno. Porque no podemos creer en lo que hizo un santo; debemos pretender que sabemos exactamente lo que sintió. Pero no menciono a ninguno de ambos libros con objeto de criticarlo, sino porque a causa de la accidental combinación de los nombres, recordé dos sorprendentes ejemplos de sensatez que hacen desaparecer todos los libros que tenía ante mí. Juana de Arco no se turbó en la encrucijada, ni rechazando todas las sendas como Tolstoy ni aceptándolas todas como Nietzsche.

Eligió un camino y lo recorrió como reguero de pólvora. No obstante, cuando vine a pensar en ella, vi que Juana poseía todo lo que fue verdad en Tolstoy y en Nietzsche; aun todo lo que en ambos fue tolerable. Pensé en todo lo que es noble en Tolstoy; el placer de las cosas sencillas, especialmente de la piedad sencilla, la deferencia para el pobre, la dignidad de las espaldas dobladas. Juana de Arco, tuvo todo eso, más este gran agregado; que sobrellevó la pobreza tan bien como la había admirado, en tanto que Tolstoy fue un aristócrata típico tra-tando de hallar su secreto. Y luego pensé en todo lo que había de valiente, y de arrogante y de patético en el pobre Nietzsche, y su rebelión contra la vaciedad y la timidez de nuestro tiempo. Pensé en su grito de alarma por el estático equilibrio del peligro, su ansiedad por la disparada de los grandes caballos, su grito a las armas. Bien, Juana de Arco tuvo todo eso y, otra vez, con esta diferencia; que no alabó la lucha, pero luchó. Sabemos que no temía a un ejército, mientras que Nietzsche, por todo lo que sabemos, pudo tener miedo de una vaca. Tolstoy solamente alabó al campesino; ella, fue campesina. Nietzsche alabó al guerrero; ella fue guerrero. Ella, los derrota a ambos en sus propios ideales antagónicos; fue más dulce que el uno y más violenta que el otro. No obstante, fue una persona perfectamente práctica que hizo algo, en tanto que ellos son feroces especuladores que no hicieron nada. Era imposible que no cruzara por mi mente el pensamiento de que ella y su fe, tenían quizá un secreto de unidad y utilidad moral, que se nos ha perdido. Y con este pensamiento vino otro más vasto y la figura colosal de su Señor, cruzó por el teatro de mis reflexiones. La misma dificultad moderna que ha sombreado el sujeto-materia de Anatole France, ha sombreado también el de Ernesto Renán. Renán también aísla a la piedad del vigor, en su héroe. Renán llega a representar la justa ira contra Jerusalén, como si fuera un mero quebranto 'nervioso luego de las idílicas expectativas de Galilea. ¡Como si hubiera contradicción entre amar a la humanidad y odiar lo inhumano! Los altruistas con débiles voces denuncian egoísta a Cristo. Los egoístas (con voces más débiles aún), lo denuncian altruista. En la atmósfera actual, tales cavilaciones resultan bastante comprensibles. El amor del héroe es más terrible que el odio del tirano. El odio del héroe es más generoso que el amor del filántropo. Existe una heroica y magnífica sensatez de la cual los modernos sólo pueden recoger fragmentos. Existe un gigante, del cual sólo podemos ver los brazos y las piernas moviéndose en torno a nosotros. Han desgarrado el alma de Cristo en girones tontos de altruismo y dé egoísmo, y siguen igualmente desconcertados por su magnificencia insana y por su insana mansedumbre. Se han repartido sus vestiduras y sobre su túnica echaron suerte; a pesar de que su túnica carecía de costuras y era toda una desde arriba hasta abajo.


Ortodoxia, Cap. III
Prólogo Augusto Assía
México, 1998
Foto: © Hulton-Deutsch Collection/Corbis