30 de set. de 2011

Miguel Briante - Sol remoto

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Acabo de arrojar la caja al fondo del barranco. Percibo, aún, corno un eco, su ruido metálico al chocar, allá abajo. He vuelto a la casa y ya no me queda más que rondar por ella, esperando vanamente encontrarlo en cada recodo del corredor, en cada puerta, o sentarme en la oscuridad a repensar los hechos, a atar y desatar las imágenes, gastadas por el incesante (e inútil) empeño de ser recuperadas con exactitud. Sólo hay fugaces, amontonados momentos apenas perceptibles. Ningún símbolo premonitorio puedo hallar antes: nada. Todo se empeña en partir desde su aparición en mi vida (aunque ahora sé que hubo un antes tan intangible que no llegó a habitar mis recuerdos), desde esa noche, cuando llegó a la pensión y pidió una pieza.

No había mucha luz, y lo primero que me sorprendió fue su voz: profunda, penetrante. Pregunté su nombre y dijo que no lo recordaba, que tal vez nunca lo había tenido. En ese instante algún objeto dejó de hacer sombra y vi su cara: era un borrón, una nube indefinible. Tuve miedo; presentí algo monstruoso. Pregunté la edad y dijo que no tenía; describió una escena: un parto silencioso, en la noche, justo en el límite de un día indefinido, cuando las agujas permanecían estáticamente en las doce. Después dijo que tenía conciencia de lo extraño de su voz, de lo difuso de su rostro. Dijo que estaba solo y que sobre él tenía que cumplirse algo; desde hacía mucho tiempo buscaba a la persona que debía ayudarlo. Yo contestaba cosas, temía aún pero algo más fuerte me obligaba a indagar su historia. No sé si me lo pidió, pero me uní a él: atada por un inasible horror (algo como la sombra del horror) no pude dejar de seguirlo, de alentarlo en la búsqueda, y sentir que todo iba acercándonos.

Hasta que llegamos a esta quinta. Arriba, allá, hay una cúpula, una especie de observatorio. La primera vez recorrimos la casa juntos. Recuerdo, todavía, que en los corredores su voz se hacía aún más precisa, más penetrante. Recuerdo, también, que al subir las escaleras su ropa (porque nunca pude ver su cuerpo) temblaba. Se apresuraba en los escalones, ansioso. Y yo quería que él tuviera rostro y lo imaginaba sonriendo mientras lo veía tender la mano hacia la pequeña puerta de hierro que da a la cúpula, al fin de la escalera. Recuerdo que entramos, que después de abrir la puerta saltó adentro como si hubiera reconocido algo, que miró hacia arriba (hacia las estrellas), que se quedó quieto un instante: cuando se volvió hacia mí, fugazmente, vertiginosamente, el borrón se convirtió en un rostro hermosísimo, irrecordable, que se desvaneció en seguida. Tuve, lo sé, miedo. Como si la costumbre adquirida en días y días de mirar su cara borrosa se anulara de golpe, creando otra vez el horror del primer instante. Después bajamos las escaleras y pasó el tiempo y yo no volví a subir a la cúpula. El, en cambio, pasaba allí casi todo su tiempo. A veces, sólo a veces, me hablaba, anunciándome algo oscuro. Una vez nombró una caja en la que había encontrado muchas cosas. Me dijo, también, que de noche escudriñaba las estrellas; que miraba, sobre todo, la luz de un sol remoto. Agregó, esa vez, otra, no recuerdo, que ya creía haberlo hallado todo, que ya estaba cumpliéndose su verdadero destino. Sí, eso fue una tarde, mientras miraba el jardín; después no volví a verlo durante mucho tiempo, semanas, creo. Sólo oía su voz, de tanto en tanto, al subir la escalera y acercarme a la puerta de hierro, temerosamente, preguntándole algo. Recuerdo (fue hasta hace muy poco) que yo pasaba las noches en la escalera, y también los días, confundiéndolo todo, envejeciendo visiblemente, sabiendo que de un momento a otro podía necesitarme. Y sentía, de golpe, que lo que me unía a él era más exacto, que la atracción era más definida y monstruosa. Impulsada por algo inexpresable (la sombra del horror convertida en sombra de otra cosa, tal vez) imaginaba incesantemente su cuerpo difuso, su rostro. Ese rostro fugaz y hermoso que había reemplazado, bajo las estrellas, a la nube oscura.

Anoche, con voz más rara que siempre, me llamó. Entré: sobre la mesa, bajo el techo abovedado de la cúpula, se amontonaban libros, cálculos, aparatos extraños, mapas de las constelaciones. Arriba, por sobre la penumbra (y eso lo sentí de pronto), las estrellas, el sol remoto controlaban todo. Entonces fue cuando dijo aquello, antes, muy poco antes de que sucediera lo otro. Tengo que morir, dijo. Tengo que morir porque ya encontré mi verdad: ya sé que todo estaba dirigido hacia esa bóveda, hacia esta vigilancia lejana. Hay un extraño impulso, un mandato que pesa sobre mí y me ordena todo esto, decía, lo recuerdo, y en la penumbra se acercaba a mí, o yo me acercaba a él, y nos estábamos juntando, mientras él continuaba hablando, lentamente, mientras acaso tardábamos en llegar uno a otro porque la bóveda se agrandaba o yo también caminaba despacio, mientras la atracción distinta que había sentido en la escalera crecía aún más, y él venía, y hablaba de los astros pronunciando palabras que yo nunca había escuchado, mentando a una raza extraña de hombres ligados a soles remotos, de existencias atadas por hilos infinitos, diciendo que cada ser de la tierra estaba unido al destino de una estrella particular en el universo inacabable y que existía una raza innombrada de hombres que nacían sin rostros, como él, porque sus vidas pertenecían a estrellas que se habían extinguido muchos millones de años atrás pero cuyas luces se siguen percibiendo desde la tierra: una raza de hombres-sombras mezclados a los de rostro concreto, destinada a nacer así, solitaria, a buscar la verdad incansablemente, para morir al comprender que eran fantasmas. Y ahora estábamos juntos, ahora yo intuía que mi existencia era una parte de su camino, que de algún modo yo también pertenecía a esa raza. Su rostro volvía a ser por un instante luminoso, para apagarse pronto, mientras yo apretaba su cuerpo, algo muy raro, impreciso, y caíamos como si él se hubiera concretado para eso, rodábamos y él estaba en mí mucho más que siempre y yo estaba unida a él; una realidad, que en mi imaginación había sido morbosa, era más cercana. Mientras arriba estaba, sobre todo, una estrella que brillaba, crecía. Y él, junto al jadeo, decía casi tiernamente que la caja, que guardara todo en la caja y lo tirara al fondo del barranco. Mientras yo me iba durmiendo y al despertar él estaba muerto.

Y ahora temo enfrentar algún espejo, en los corredores, porque sé que ya no tengo cara. Y tengo miedo porque pronto, en el límite de un día, con un parto silencioso nacerá de mí una sombra: un hijo extraño que perderé pronto, que saldrá al mundo con su rostro y su voz apagados. Hasta que en algún lugar encuentre la mujer y una búsqueda incansable le permita dar con el barranco, encontrar la caja con los libros y los extraños aparatos y los mapas, y pase quizá en esa misma bóveda las noches en vela, prisionero de una luz fantasma, hasta comprender la verdad, hasta llamar a su mujer, hasta cumplir el incesante rito.



En Las hamacas voladoras y otros cuentos


29 de set. de 2011

José Lezama Lima - Para un final presto

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Una muchedumbre gnoseológica se precipitaba desembocando con un silencio lleno de agudezas, ocupa después el centro de la plaza pública. Su actitud, de lejos, presupone gritería, y de cerca, un paso y unos ojos de encapuchados. Eran transparentes jóvenes estoicos, discípulos de Galópanes de Numidia, que aportaban el más decidido contingente al suicidio colectivo, preconizado por la secta. Ese fervor lo había conseguido Galópanes abriendo las puertas de sus jardines a jóvenes de quince a veinte años; así logró aportar trescientos treinta y tres decididos jóvenes que se iban a precipitar en el suicidio colectivo al final de sus lecciones. La secta denominada El secuestro del tamboril por la luna menguante, tenía visibles influencias orientales, y por eso, muchos padres atenienses, que amaban más al eidos que al ideal de vida refinada, si mandaban a sus hijos a esos jardines era para permitirse el áureo dispendio, de que sus hijos, sin viajar, pudiesen hablar de exotismos.


La primera idea de fundar El secuestro del tamboril, había surgido en Galópanes de Numidia, al observar cómo el rey Kuk Lak, al verse en el trance de ejecutar a un grupo de conspiradores, había tenido que arrancarlos de la vida amenazadora que llevaban y lanzarlos con fuerza gomosa en la Moira o en Tártaro, según estuviesen más apegados a la religión que nacía o a la que moría. Al ver Galópanes los crispamientos y gestos desiguales e incorrectos de los jóvenes ajusticiados decidió idear nuevos planes de enseñanza. Un jardín de amistosas conversaciones, donde los jóvenes fuesen conspiradores o amigos, pero donde pudiesen irse preparando para entrar en la muerte, cuando se cumpliesen los deseos del Rey. Así una de las frases que había de seguir en la academia: un joven desmelenado, o que pasea perros o tortugas, es tan incorrecto o alucinante como el león que en la selva no ruge dos o tres veces al día. Con esos recursos los jóvenes iban conversando y preparándose para morir, mientras el Rey afinaba mejor sus ocios y buscaba con detenimiento las mejores cabezas.

Habían acudido los trescientos treinta y tres jóvenes estoicos para cerrar el curso con el suicidio colectivo. Existía en el centro de la plaza pública un cuadrado de rigurosas llamas, donde los jóvenes se iban lanzando como si se zambullesen en una piscina. El fuego actuaba con silencio y el cuerpo se adelantaba silenciosamente. Esa decisión e imposibilidad de traición, ninguno de los jóvenes transparentes habían faltado, únicamente podía haber sido alcanzada por las pandillas diseminadas de estoicos contemporáneos. Aun en el San Mauricio el Greco, lo que se muestra es patente: se espera la muerte, no se va hacia la muerte, no se prolonga el paseo hasta la muerte. Solamente los estoicos contemporáneos podían mostrar esa calidad; ningún traidor, ningún joven vividor y apresurado había corrido para indicarle al Rey que los jóvenes que él utilizaba para la guerra iban con pasos cautelosos a hacer sus propios ofrecimientos con su propio cuerpo ante el fuego.

Las lecciones de los últimos estoicos transcurrían visiblemente en el jardín. Sus cautelas, sus frases lentas, los mantenía para los curiosos alejados de cualquier decisión turbulenta. Muy cerca, en sótanos acerados, una banda de conservadores chinos, en combinación con unos falsificadores de diamantes de Glasgow, había fundado la sociedad secreta El arcoiris ametrallado. En el fondo, ni eran conservadores chinos ni falsificadores de diamantes. Era esa la disculpa para reunirse en el sótano, ya que por la noche iban a los sitios más concurridos del violín, la droga y el préstamo. Querían apoderarse del Rey, para que el hijo del Jefe, que tenía unas narices leoninas de leproso, utilizadas, desde luego, como un atributo más de su temeridad, fuese instalado en el Trono, mientras el Jefe disfrutaría con su querida un estío en las arenas de Long Beach.

La policía vigilaba copiosamente a la banda de chinos y falsificadores. Pero sufrirían un error esencial que a la postre volaría en innumerables errores de detalles. De esos errores derivarían un grupo escultórico, una muerte fuera de toda causalidad y la suplantación de un Rey. Era el día escogido por los estoicos de Galópanes para iniciar los suicidios colectivos. El frenesí con que habían surgido los gendarmes de la estación, les impedía entrar en sospechas al ver los pasos lentos, casi pitagorizados de los estoicos. A las primeras descargas de la gendarmería, los estoicos que iban hacia la hoguera silenciosamente, prorrumpían en rasgados gritos de alborozo, de tal manera que se mezclaban para los pocos espectadores indiferentes, los agujeros sanguinolentos que se iban abriendo en los cuadros de los estoicos suicidas y las risas con que éstos respondían. Al continuar las detonaciones, las carcajadas se frenetizaron.

El capitán que dirigía el pelotón tuvo una intuición desmedida. La situación siguiente a la muerte de su tío, poseedor de un inquieto comercio de cerámica de Delft, y ya antes de morir serenamente arruinado, con quien había vivido desde los cinco años; al ocurrir la muerte de su tío, se obligaba a aceptar esa plaza de capitán de gendarmes, brindada por un cuarentón comandante de húsares a quien había conocido en un baile conmemorativo del 14 de Julio. Nuestro futuro capitán de gendarmes había asistido al baile disfrazado de comandante de húsares, mientras el comandante de húsares asistía disfrazado de cordelero franciscano. Éste fue el motivo de su amistad iniciada por unas sonrisas mefistofélicas, continuada por la espera de la plaza demandada, y terminada, como siempre, por una apoplejía fulminante.

El comandante cuando se embriagaba abría su Bagdad de lugares comunes. Uno de los que recordaba el actual capitán de gendarmes era: que una carga de húsares era la antítesis del suicidio colectivo de los estoicos. Más tarde, al recibir una beca en Yale para estudiar el taladro en la cultura eritrea en relación con el culto al sol en la cultura totoneca, había aclarado esa frase que él creía sibilina al brotar mezclada con los eructos de una copa de borgoña seguida por la ringlera inalcanzable de tragos de cerveza. Un insignificante estudiante de filosofía de Yale, que presumía que había frustrado su vocación, pues él quería ser pastor protestante y poseer una cría de pericos cojos del Japón, le reveló en una sola lección el secreto, lo que él había creído en su oportunidad un dictado del comandante en éxtasis.

La plaza pública ofrecía diagonalmente la presencia del museo y de una bodega de vinos siracusanos. El capitán decidió utilizar los servicios de ambos. Así, mientras lentamente iban cesando las detonaciones mandaba contingentes bifurcados. Unos traían del museo ánforas y lekytosaribalisco, y otros traían borgoña espumoso de la bodega. Los estoicos se iban trocando en cejijuntos, aunque no en malhumorados. El jefe, Galópanes de Numidia, había trazado el plan donde estaban ya de antemano copadas todas las salidas. Días antes del vuelco definitivo de los estoicos suicidas en la plaza pública, había hecho traer de la bodega sus colecciones de vinos, con la disculpa de consultar etiquetas y precios para la festividad trascendental. Los había devuelto, alegando otras preferencias y la excesiva lejanía aun del festival, pero regresaban los frascos portando los venenos más instantáneos. Los gendarmes que creían transportar en esas ánforas de líquidos sanguinosos cordiales reconciliaciones con el germen y el transcurso, se quedaban absortos al observar cómo abrevando los estoicos entraban en la Moira. Los estoicos, con dosificado misterio causal provocado, morían al reconciliarse con la vida y el vino les abría la puerta de la perfecta ataraxia.

El Rey vigilaba a los conspiradores que no eran conspiradores, pero desconocía a los estoicos de Galópanes. Creía, como al principio creyó el capitán, que la salida era la de los conspiradores falsarios. Desde una ventana conveniente contempló el primer choque de los gendarmes con los estoicos pero al observar posteriormente cómo conducían hasta los labios de los que él presuponía conspiradores, las ánforas vinosas, creyó en la traición de ese pelotón, y desesperado, irregular, ocultadizo, corrió a hacer la llamada a otro cuartel donde él creía encontrar fidelidad.

Ante esa llamada y su noticia, la tropa salió como el cohete sucesivo que permitiría a Endimión besar la Luna. Pero entre la llamada y la salida a escape habían sucedido cosas que son de recordación. En ese cuartel, en la manipulación de los nítricos, trabajaba un pacifista desesperado. Fundador de la sociedad La blancura comunicada, cuya finalidad era hacer por injertos sucesivos, precioso trabajo de laboratorismo suizo, del tigre, una jirafa, y del águila, un sinsonte; asistía furtivamente a las reuniones de los estoicos; en sus paseos digestivos sorprendía a ratos en aquellos diálogos la preparación de la muerte, y sabía la noche en que los estoicos caerían sobre la plaza pública. El día anterior se introdujo valerosamente en el almacén del cuartel y le quitó a cada rifle tornillos de precisión, debilitando en tal forma el fulminante que el plomo caía a pocos pies del tirador, formándose tan sólo el halo detonante de una descarga temeraria.

Al llegar a la plaza la tropa del cuartel y contemplar a los gendarmes y a los supuestos conspiradores, alzando el ánfora de la amistad, lanzaron de inmediato disparos tras disparos. Los estoicos ya iban cayendo por el veneno deslizado en las ánforas, pero la tropa del cuartel admiraba su puntería, la cegadora furia les impedía contemplar que el plomo caía, pobre de impulso, en una parábola miserable. Cuando creían que la muerte lanzada con exquisita geometría daba en el pecho de los conspiradores, el azar le comunicaba a sus certezas una vacilación disfrazada tras lo alcanzado, tan distante siempre de los errores preparados por los maestros de ajedrez que saben distribuir un fracaso parcial, o el detalle imperfecto de algunos retratos de Goya, el perrillo Watteau que tiene una cabeza de tagalo combatiente, hecho maliciosamente para que el conjunto adquiera una deslizada exquisitez.

El Rey formaba un grupo escultórico. Detrás de la ventana contemplaba la muerte refinada activísima y las detonaciones bárbaras eternamente inútiles. Cuando llegó a la plaza pública la tropa del cuartel, y vio sus detonaciones, corrió a llamar a los otros cuarteles, anunciándole paz tendida y muy blanca.

El grueso de sus tropas vigilaba las fronteras. El Jefe de la pandilla acariciaba sus parabrisas y vigilaba todo posible gagueo de sus ametralladoras. Al pasar el Jefe por la estación del capitán de gendarmes notó una ausencia terrible: más tarde al no encontrar resistencia por parte de la tropa del cuartel, pensaron que todos esos guerreros equívocos estaban rodeando al Rey para preparar una defensa real.

Al pasar por la plaza pensaron en el regreso de las tropas fronterizas en abierta pugna con aspirantes consanguíneos. Ya aquí pensaron que les sería fácil apoderarse del Rey, pero extremadamente peligroso abrir las ventanas del Rey puesto, frente a esa plaza, donde no se sabía cuándo sería el último muerto, y con quién en definitiva se abrazaría.

La jornada de los conspiradores falsarios era como un largo brazo que va adentrándose en un oleaje. Pudieron resbalar en Palacio hasta llegar frente a la antecámara. Aquí el Jefe y su hijo, el de las narices leoninas de leproso, se adelantaron, finos, capciosos, con sus dedos como un instrumental probándose en la yugular regicida.

Un año después, el Jefe, con su querida, se estira y despereza en las arenas de Long Beach. Contempla la cáscara de toronja que las aguas se llevan, y el peine desdentado, con un mechón pelirrojo, que las aguas quieren traer hasta la arena.



Publicado por primera vez en Literatura . Revista Popular, Núm. 4, febrero, 1944.



28 de set. de 2011

Augusto Roa Bastos - Cuando un pájaro entierra sus plumas

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– ¡Ay muerte, por qué no me llevas! – se quejaba tía Jobiana, mi madrina, mientras ponía sus ollitas de barro al sereno, las noches en que el arco de la luna nueva apuntaba hacia el cerro.

Su voz llega hasta mí, borrosa al comienzo; hace salir poco a poco su figura de la desmemoria. Siento que voy a poder tocarla con las manos, acurrucarme de nuevo contra sus rodillas callosas de tanto hincarse para rezar. La oigo murmurar las cosas que sabe, que ella ha olvidado que sabe. Y si vuelco la cabeza hacia arriba la veo amodorrarse en esas palabras que salen de ella, que le vienen de cualquier parte y que, apenas dichas, vuelven a caer para adentro o se apagan en un soplo asmático.

– ¿Por qué sufre tanto? –le pregunto, rascándome la nuca contra el espolón de su rodilla.

Sin oírme murmura: “Mis gemidos son mi pan”. Es lo que dice siempre; pero se lo dice a sí misma como si la repetición de estas palabras la tranquilizara.

– Entonces vive bien alimentada –agarro y le digo faltándole adrede al respecto a ver si se enoja y vuelve al mundo de los vivos. Pero tampoco me escucha. Sigue desahogándose a solas, entre el humo del farol que apenas da luz y el zumbar de los mosquitos. “Todo lo que temo me sucede… –susurra–. Y mi dolor no se calma por más que hable, ni tampoco me dejará si callo…” Su voz queda a medio camino entre la oscuridad casi blanca de luna y la negrura de su boca desdentada, entre el silencio y la palabra. Se ha hincado otra vez. Entonces sé que está rezando a ese Dios no sabido más que por ella, ese “Dios de sus llagas”. Al rato se enoja con él y de repente le alza la voz como a un su igual hasta hacerle bajar la cabeza. ¡Pobre mi madrina! “En mis días vivo trato de mis años”, la oigo farfullar, arrancándose a manotones los mosquitos de la cara. Más claramente la escucho cuando froto con los dedos, bajo la camisa, la bolsita del amuleto que ella misma me colgó al cuello durante la peste. Como si no hubiera pasado el tiempo sobre este cuerpo mío baldado hasta la mitad.

–No sufra más –le digo ayudándola a ponerse de pie, a sentarse en la mecedora. Le acuno despacio para calmarla–. Usted cura a los otros. ¿Por qué no se cura usted misma o deja que los otros se mueran también?

– Porque hasta el morir todo es vivir, Juan de Dios –susurra entre los quejidos del mimbre, que han reemplazado a los suyos, mientras la hamaco–. Y hay que aguantar. Hay que tener esperanza. Voluntad es vida y muerte es enojo –agrega con una voz que no es la suya.

– Pero usted quiere morirse –le zumbo muy cerca de la oreja.

– Porque la muerte es buena cuando la vida claramente es mala –refranea sin mucho convencimiento. Se ha quedado escuchando la noche, pensando de seguro en las cosas que nunca tuvo, que tampoco ella entiende.

El pelo blanco, un hervor de leche enmarcándole la cara huesuda y cobriza; hediendo un poco a los humores de su cuerpo, a sus cocimientos de hierbas. Con un gesto me pide su libro destripado que echa su fleco de páginas pegadas y zurcidas y hasta hojas de cuaderno garrapateadas con recetas y oraciones. Todo es yuyo opilativo, suele decir; la cosa es saber el punto. Aunque cada vez sabe menos y las manos ya no responden a la memoria de la costumbre. Le arrimo el lampión humoso, los anteojos remendados con alambre. Pero ella ya no lee; todo se le va en tocar el libro, sobarlo despacio por los bordes, olerlo un poco y tenerlo en regazo.

– Esa es la verdad –dice entre dos burbujitas de suspiro.

– ¿Qué es la verdad, maína Jobina?

– La verdad es verde, muchacho. Ya va a madurar para usted también. No se apure. Todavía no le han crecido las plumas.

– Pero si usted misma quiere morirse, ¿la esperanza para qué sirve?

– ¡Retírese a dormir! No sea cargoso. Mañana es el Día de la Virgen. Vaya a cazar ese colibrí, nos señala en el vientre de nuestra madre para futuros dirigentes de los hombres.

– ¿Usted dice para presidente de la República, por ejemplo?

– Eso es muy poco todavía, eso no quiere decir nada…

Suelto la mecedora y la figura de mi madrina se inmoviliza otra vez, se desdibuja como si reculara y se alejara. Piensa en esos mellizos de la Benicia Ortigoza que la semana pasada han nacido viejos, como si al parirlos la madre nomás tuvieran de golpe como ochenta años cada uno. Y eso que la dueña de la fonda ya tiene sus buenos años para estos trotes. Le he preguntado a mi hermana Diálara si la vieja Ortigoza no sería como esa anciana doncella que existió en los comienzos del mundo, como cuenta madrina, y que anduvo “gruesa” de su hijo durante setenta y dos años cabales. Diálara no me quiere contestar, no le gusta meterse en estas habladurías, porque ella también tiene sus cosas con el comisario. Pero la historia que suele contar madrina debe ser cierta. Si hasta le ha tocado atender un caso parecido, aunque se me frunce que la Benicia no se ha de parecer en nada a esa anciana doncella del cuento de madrina, llamada Yu-Yu. Pienso en la paciencia de esa virgen pasita-de-uva que a la edad de ciento setenta y un años se sentó un día a la sombra de un guayabo contemplando fijamente el sol del mediodía. Lo estuvo mirando todo el tiempo hasta que le tragó como un huevo de perdiz de muchos colores. Después se abrió un agujero en el sobaco y por ahí sacó al niño de setenta y dos años, que empezó a decir cosas que nadie entendía y a quien le pusieron, dice mi madrina, el nombre de Ladislao, quiere decir Orejas-largas, porque escuchaba y sabía todo lo que pasaba en el mundo.

Madrina ayudó a la vieja Ortigoza a desobligarse de sus hijos viejitos. Y desde entonces, algo la ha puesto del revés, anda como roida por los remordimientos, y ya no va a la fonda. Me manda a mí a llevar los remedios de yuyos a la Benicia Ortigoza. Mi padre, que es muy mal hablado, se burla de la dueña de la fonda. Dice palabrotas todo el tiempo y se enoja contra los mellizos. Mientras serrucha los pedazos de res en la carnicería, grita que se van a morir el día menos pensado y que eso va a ser los mejor para ellos, para todos. Que de monstruos y tarados ya está lleno el pueblo y si me apuran, dice, todo el país. Aunque los mellizos no hablan y no parece que vayan a hablar nunca. O si hablan, ellos dos solitos se entienden en una lengua desconocida, con gruñidos parecidos a los de la comadreja.

– ¿Por qué los ayudó a nacer?

– ¡Mándate a mudar! – me reta mi madrina y se agacha gimiendo para tirarme una de sus alpargatas.

Doy un salto y disparo. Detrás de un limonero la amenazo todavía:

–Hágame el relique! Si me miente, usted no se va morir nunca.

Me escapo hacia la plaza, colándome entre el gentío para ver esos aeroplanos que el franchute hace volar sobre lienzo puesto contra la pared de la Municipalidad. No hay más que ese chorro de luz blanca que sale del ojo del aparato en la oscuridad. Un montón de letras, primero, que nadie lee porque pasan muy rápido. Luego, como si se atravesaran la pared, aparecen sobre la sábana los aeroplanos y de ellos saltan en bandadas los hombres. Planean por el aire bajo unas inmensas sombrillas que se van abriendo por el cielo como hongos transparentes. No se oye el roncar de los aeroplanos; únicamente el ruidito de la máquina a manivela de mosiú Pernet; un chirrido que se esparce sobre el silencio de este mismo gentío que habrá mañana en la procesión y que ahora, en la noche, contempla boquiabierto a esos hombre-pájaros, antes de que la oscuridad los vuelva a tragar. En este momento nadie piensa en las habladurías que corren por el pueblo de que el franchute es el padre de los mellicitos ancianos. Ni los más chismosos, seguro. Todo es contemplar a esos hombres que parecen de vidrio planeando entre las nubes.

– Podemos volar como ellos – digo por lo bajo a Pedro de Mendoza.

– Ya se te subió otra vez la lombriz a la cabeza – se burla el Primer Adelantado.

– Yo sé como hacer – bravuconeo un poco mirándolo de reojo.

Entonces me acuerdo que a la mañana siguiente cazamos el colibrí, no con la cimbra de hojas de palma bendita que me entregó mi madrina, sino con un bodoque de mi hondita. “El corazón del colibrí late 615 veces por minuto”, dijo Atilano, remedando al maestro.

– Este está muerto – dijo Malvita, mientras apretaba contra el oído el pájaro-mosca en cuyo pico de ambar brillaba una gota de sangre.

Mi madrina me lo sacó de la mano.

Lo calentó un momento entre las suyas. Con los ojos cerrados sopló en el piquito amarillo y también por el otro lado entre los pulmones. El colibrí salió volando. Dio algunas volteretas, mareado, como para afirmarse en el aire. Se inclinó una o dos veces como despidiéndose, y se perdió entre los reflejos.

Después esa tarde lejana que está antes de la peste y el diluvio. Mucho antes de éxodo. Como un cuervo cachorro me hamacaba en el cielo, prendido a las varillas atadas en cruz que sostenían la sábana embolsada por el viento.

– ¡Te vas a matar! – grito Juan de Garay apuntándome con la lanza.

– ¡Recuerdos al colibrí! – gritó Malvita que con sus ojos verde me ayudaba a volar.

– ¡Memorias a nuestro católico rey Don Fernando! – grito Juan de Salazar y Espinoza, el hijo del peluquero, como si me despidiesen para siempre de las Provincias Gigantes de las Indias.

– ¿Adónde es el entierro? – grito Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

– ¡Adiós…! – grité mascando el viento y mi susto. ¡Hasta la otra vida!

Había cerrado los ojos al saltar desde la punta del cerro. Poco a poco sentía que iba siendo otro. Mi pensamiento de chico se fue cambiando en el pensamiento de un pájaro. Millones de burbujas hinchadas de luz, de calor, millones de años hinchados de oscuridad, subían a mi encuentro en ráfagas que hacían temblar el aire cargado de sol. Borronearon la cumbre, las figuras de mis compañeros. “¡Soy un buitre blanco!”, grazné roncamente, y el pico me chispeó al viento. Desde lejos, cada vez más, me seguían llegando los gritos de Malvita y los otros, hasta que también fueron gritos de pájaros.

Me hamacaba en el cielo clavando mis ojos de buitre como una aguja en mitad de la cabeza de los animales. Los veía caer de rodillas uno a uno y enseguida les empezaba a blanquear la osamenta.

Lo único que, de tanto en tanto, subía hasta mí la voz de madrina. La sentía andar entre plumas como el picor de las pulgas que hasta en los buitres deben sentar sus reales. Bajo la sábana inflada de viento y de sol, volvía a ser de noche; esas noches en que maína Jobiana me contaba cuentos. Los de Las Mil y una Noches y también historias con brujas, enanos, sapos tan grandes como bueyes y animales alados. “… una vez un caminante acorralado por el miedo se escondió en un pozo y se colgó de una rama. Pero de repente vio que debajo de él había una gran víbora-perro que echaba fuego por los ojos, y otra más, y otra más y otra más… El caminante miró hacia arriba y vio que dos ratones, uno blanco y otro negro, comían al apuro y con un hambre más grande que el mundo la ramita de la que él estaba colgado. Pero entonces, al volver la cabeza con desesperación buscando una salida, sólo vio colgada de otra rama una colmena que casi le tocaba la cabeza. Se puso a lamer la miel y se olvidó de los ratones que roían la rama y de los cuatro dragones que esperaban abajo con las bocas dientudas y llameantes…”

“¡Soy un buitre blanco!, grité borrando la voz de madrina, soplando esa pulga que se me había pegado al miedo entre las plumas y que me chupaba la sangre justo del lado del corazón. Abrí de nuevo los ojos. A mis pies daba vueltas lentamente un pueblo desconocido. Lo reconocí a puchitos. Entonces vi arrastrarse el culebrón del gentío tras las andas de la Inmaculada Concepción de los Sietes Caballeros del Valle-Grande. Busqué con los ojos el camino real. Sobre esa raya de tierra colorada que rajaba el valle, envuelto en una nube de polvo, el carruaje de don Natalicio Miranda, no más grande que la frutita negra del pacholí. Desde adentro, María Matutina, la mano sobre la boca, me estaría viendo volar. Ahora ella era quien padecía por mí, y no yo que, escondido entre los pajonales, esperaba el paso del carruaje de regreso a la estancia. Yo sacaba pecho en el aire. La humareda azulada del horizonte, aplastada contra la lejanía. ¡Era mío todo el mundo!

Pero lo que veía subir en este momento como bala era el pozo de la salamanca hacia donde me estaba llevando el viento con el capricho de una mula tuerta. El mismo lugar en que treinta años más tarde van a blanquear los huesos de Atilano y sus compañeros acorralados por los regulares, al comienzo mismo de las guerrillas. Sentí que el miedo me ablandaba de golpe las uñas agarrotadas a las tacuaras. Me achiqué en una burbuja, la más pequeña de esos millones de burbujas que me chupan hacia abajo. Ya no quise ser más que el agujero de la nada. Salté hacia atrás, hacia arriba, hacia los recuerdos, hacia lo que estaba antes de los recuerdos. Y la memoria sólo me permitió gritar ¡Socorro!, aferrándose al amuleto que no tenía, al corazón del colibrí que se había volado esa mañana.

Me respondió el ruido de las cañas quebrándose como tiros contra las piedras del precipicio. La sábana me tapó la cara.



En Cuentos para la humanidad joven




26 de set. de 2011

Ambroice Bierce - Un habitante de Carcosa

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“Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu muere también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.” 

Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios, pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura, cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de silenciosa expectativa. 

A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado, y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar. 

Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido hacía muchísimos siglos. 

Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: “¿Cómo llegué aquí?”. Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir... ¿adónde? No tenía idea. Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa. 

En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las piedras ruinosas y la yerba marchita. 

Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje - un lince - se acercaba. Me vino un pensamiento: “Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta.” Salté hacia él, gritando. Pasó a un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca. 

Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por la alta yerba. 

Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo: 

- ¡Que Dios te guarde! 

No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo. 

- Buen extranjero - proseguí -, estoy enfermo y perdido. Te ruego me indiques el camino a Carcosa. 

El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió caminando y desapareció. 

Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía... veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué espantoso sortilegio dominaba mi existencia? 

Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio. 

La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida. Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre la lápida. 

Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre...! ¡La fecha de mi nacimiento...! ¡y la fecha de mi muerte! 

Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco! 

Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa. 

*** 

Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium Bayrolles.



En Cuentos desagradables
Imagen: J. J. Newbegin, 1896  © Bettmann/CORBIS


25 de set. de 2011

Enrique Lihn: Sólo historias como éstas

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Aquí habríamos llegado, después de esa breve
      estadía en Flandes el oscuro, sin que
      fuera necesario decir:
«Para mí solo», a la dueña de Zürich
como un viejo estudiante extraviado de ciudad.
      A este pequeño hotel primeramente
pues contra la barrera del idioma nada mejor
      que cerrar una puerta,
y en la tarde el tren vuela, lento, junto a los lagos
cuando ya no se lee la guía de turismo
en homenaje a las transfiguraciones.

Pero acaso estaríamos aún en Neuchatel. Créeme
      que dejé sin tocar esa ciudad
pues tampoco allí estabas, bien que el domingo
      la deshabitara,
y un buen fantasma de principios de siglo
no habría dado un paso más sin reencarnarse
—en un abrir y cerrar de sus ojos distintos—
me parece que junto a las casetas de baño:
miniaturas de viejos palacios de recreo.
Eras más bien allí ese momento justo
en que la soledad se vuelve peligrosa,
y no por las visiones, justamente, sino por un
      exceso de la propia presencia:
esa rara extrañeza de sí mismo que por sí misma se
      hace a todo extensible.

Junto al Léman, el reloj-jardín: «se prohibe a
      los niños jugar entre las horas». Para la
      primavera de los recién llegados,
una curiosidad, sencillamente; distraídas consultas
      a las tarjetas postales y ese limpio
      espaciarse del tiempo sobre el lago:
      volar de muchos cielos que se ajustan
como los accidentes de una misma sustancia:
¡El Tiempo! El cielo, al pie de sus grandes
      vertientes: Desembarcadero de las
      Aguas Vivas,
y el surtidor al centro como en un paraíso
de navidad en que el sol mismo prueba
el secreto inefable y oscuro de la nieve.
Parecía tan fácil encontrarte en Ginebra
al menos esa tarde en que me reconozco,
puente del Monte Blanco, camino de la noche;
adolescente a los treinta y cinco años, un raro
      privilegio
que la tierra concede al viejo fruto inmaduro:
      sentirse prometido a una nueva estación
que, ciertamente, no volverá por él: isla Rousseau,
      ¿responderían los cisnes
al silbido de Tristán—canciones de otra época—
      e Isolda escucharía ese llamado entre dos
      sorbos de cerveza,
pretextando una carta que escribir a sus padres?

La fantasía teje historias como éstas, pero la
      imaginación
se cumple en el silencio del poema que nace.
      Sólo historias como éstas, ya me lo parecía:
restos de hilos de todos los colores, modestos
      ejercicios escolares.
Y entre las hermosas estudiantas alemanas ninguna
      dio señales de leyenda,
ocupadas en mirar, desde otro ángulo, el lago.

Nombres distintos del amor, palabras que
      destruyen el idioma que forman
como una lengua en todas partes extranjera,
la del ebrio que todo lo abomina por igual,
      abandonado en el Puerto del Hambre,
en el Puerto de la Sed, en el Puerto de la Cólera.
El fetichismo es todavía posible; la oscilación entre
      los ritos de la inocencia y la danza frenética
      a que se entregan las máscaras.
Los rostros han perdido su valencia, lo supieron
las terribles tribus en los infiernos húmedos. Es necesario
      el exorcismo:
«Las máscaras protegen la familia, la vida conyugal,
      los diferentes oficios».



En Poesía de paso
Premio Casa de las Américas 1996
Fuente foto s-d



24 de set. de 2011

Roger Chartier - Lenguas y lecturas en el mundo digital

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If English ivas good enough for Jesús, it ought to be good enough for the children of Texas.
Sentencia atribuida a Miriam Ferguson, ex gobernadora del estado de Texas




Quisiera empezar esta reflexión sobre las lenguas en la edad de la textualidad electrónica con dos "fábulas", como escribe su autor. La primera  indica la perdurable nostalgia frente a la pérdida de la unidad lingüística; la segunda presenta la figura inquietante de su utópica restauración.

En "El congreso", que Borges publicó en El libro de arena en 1975,(1) un cierto Alejandro Ferri, quien, como Borges mismo, escribió un ensayo sobre el idioma analítico de John Wilkins, está encargado de identificar la lengua que deberán usar los participantes del Congreso del Mundo "que representaría a todos los hombres de todas las naciones". Para documentarse, los instigadores de tal proyecto (cuya asamblea en la Confitería del Gas preside Don Alejandro Glencoe, un estanciero oriental) mandan a Alejandro Ferri a Londres. Relata así sus investigaciones: "Me hospedé en una módica pensión a espaldas del Museo Británico, a cuya biblioteca concurría de mañana y de tarde, en busca de un idioma que fuera digno del Congreso del Mundo. No descuidé las lenguas universales; me asomé al esperanto —que el Lunario sentimental califica de 'equitativo, simple y económico'- y al Volapük, que quiere explorar todas las posibilidades lingüísticas, declinando los verbos y conjugando los sustantivos. Consideré los argumentos en pro y en contra de resucitar el latín, cuya nostalgia no ha cesado de perdurar al cabo de los siglos. Me demoré asimismo en el examen del idioma analítico de John Wilkins, donde la definición de cada palabra está en las letras que forman".

Alejandro Ferri considera sucesivamente los tres tipos de lenguas capaces de superar la infinita diversidad de las lenguas vernáculas: en primer lugar, las lenguas artificiales inventadas en los siglos XIX y XX, tales como el esperanto o el volapük, que debían asegurar la comprensión y la concordia entre los pueblos;(2) en segundo lugar, el retorno a una lengua que puede desempeñar el papel de un vehículo universal de la comunicación como lo hizo el latín y, por último, las lenguas formales que prometen, como lo propuso en 1668 el philosophical language de John Wilkins, una perfecta correspondencia entre las palabras (en las que cada letra es significativa) y las categorías, especies y elementos. En su ensayo sobre John Wilkins, publicado en 1952 en Otras inquisiciones, (3) Borges da un ejemplo de esta lengua perfecta: "de, quiere decir elemento, deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama". Así, cada palabra se define a sí misma y el idioma es una clasificación del universo. 

Finalmente, las investigaciones de Ferri se revelan inútiles. Reunir un Congreso del Mundo era una idea absurda porque este Congreso existe ya: es el mundo mismo como lo reconoce Don Alejandro:

Cuatro años he tardado en comprender lo que les digo ahora. La empresa que hemos acometido es tan vasta que abarca —ahora lo sé— el mundo entero. No es [sic\ unos cuantos charlatanes que aturden en los galpones de una estancia perdida. El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo. No hay un lugar en que no esté.

Entonces, la búsqueda de un idioma universal es una idea vana, ya que el Mundo está constituido por una irreductible diversidad de lugares, cosas, individuos y lenguas.

Tratar de borrar semejante multiplicidad es perfilar un porvenir inquietante. En "Utopía de un hombre que está cansado", publicado también en el Libro de arena,(4) el mundo de los tiempos futuros en el que se ha perdido el narrador, ha vuelto a la unidad lingüística. El visitante del porvenir, Eudoro Acevedo, quien es profesor de letras inglesas y americanas, escritor de cuentos fantásticos y tiene su escritorio en la calle México donde estaba la Biblioteca Nacional, uno de cuyos directores fue Borges, no sabe cómo comunicarse con el hombre alto que encuentra en la llanura: "Ensayé diversos idiomas y no nos entendimos. Cuando él habló lo hizo en latín. Junté mis ya lejanas memorias de bachiller y me preparé para el diálogo". Le dice el hombre: "Por la ropa, veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aun de las guerras; la tierra ha regresado al latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en papiamento, pero el riesgo no es inmediato".

El mundo del porvenir donde no existe más que una sola lengua es también un mundo del olvido, sin museos, sin bibliotecas, sin libros: "La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios", dice el hombre sin nombre. ("Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien"). El retorno a la unidad lingüística significa, así, la pérdida de la historia, el desvanecimiento de las identidades y, finalmente, la destrucción aceptada. Al salir de la casa en compañía de sus habitantes, Eudoro Acevedo descubre un edificio inquietante: "Divisé una suerte de torre, coronada por una cúpula. Es el crematorio —dijo alguien—. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler".

La utopía de un mundo sin diferencias y sin pasado acaba en una figura de muerte. Al comentar en el "Epílogo" los diversos cuentos reunidos en El libro de arena, Borges indica que la fábula del hombre cansado es "la pieza más honesta y melancólica de la serie" —melancólica, quizá, porque todo lo que en las utopías clásicas parece prometer un futuro mejor, sin guerras, sin pobreza ni riqueza, sin gobierno ni políticos ("Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos") conduce a la pérdida de lo que define a los seres humanos en su humanidad: la memoria, el nombre, la diferencia.

Estas varias lecciones borgesianas no carecen de pertinencia para que entendamos nuestro presente. ¿Cómo, en efecto, pensar la lengua de este nuevo "congreso del mundo" tal como lo construye la comunicación electrónica? Su posible universalidad se remite a las tres formas de idiomas universales encontradas por Alejandro Ferri en la British Library. La primera, que es la más inmediata y evidente, se vincula con la dominación de una lengua particular, el inglés, como lengua de comunicación universalmente aceptada, dentro y fuera del medio electrónico, tanto para las publicaciones científicas como para los intercambios informales de la red. Se remite, también, al control, por parte de las empresas multimedia más poderosas -es decir estadounidenses—, del mercado de las bases de datos numéricos, de los sitios web o de la producción y difusión de la información. Como en la utopía aterrorizante imaginada por Borges, semejante imposición de una lengua única y del modelo cultural que conlleva conduce necesariamente a la destrucción mutiladora de las diversidades

Pero este nuevo planteamiento de la "questione della lingua", como decían los italianos del Renacimiento (de Pietro Bembo a Baldassare Castiglione), que se liga a la dominación del inglés, no debe ocultar otras dos innovaciones de la textualidad electrónica. Por un lado, el texto electrónico reintroduce en la escritura algo de las lenguas formales que buscaban un lenguaje simbólico capaz de representar adecuadamente los procedimientos del pensamiento. Es así que Condorcet subrayaba, en su Esquisse d'un tabkau historique des progres de l'esprit humain, la necesidad de una lengua común, apta para formalizar las operaciones del entendimiento y los razonamientos lógicos, y que fuese traducible en cada lengua particular. Esa lengua universal debía escribirse mediante signos convencionales, símbolos, cuadros y tablas, todos estos "métodos técnicos" que permiten captar las relaciones entre los objetos y las operaciones cognitivas.(5) Si Condorcet vinculaba estrechamente el uso de esta lengua universal con la invención y la difusión de la imprenta, en el mundo contemporáneo es en relación con la textualidad electrónica que se esboza un nuevo idioma formal, inmediatamente descifrable por cada uno. Es el caso de la invención de los símbolos, los "emoticons", como se dice en inglés, que utilizan de una manera pictográfica algunos caracteres del teclado (paréntesis, comas, punto y comas, dos puntos) para indicar el significado de las palabras: alegría :- ) tristeza :-(ironía ;-) ira :-)@ ... Ilustran la búsqueda de un lenguaje no verbal que, por esta misma razón, pueda permitir la comunicación universal del registro del discurso.


En El presente del pasado. Escritura de la Historia o Historia de lo escrito








23 de set. de 2011

Roberto Arlt - La ola de perfume verde

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Yo ignoro cuáles son las causas que lo determinaron al profesor Hagenbuk a dedicarse a los naipes, en vez de volverse bizco en los tratados de matemáticas superiores. Y si digo volverse bizco, es porque el profesor Hagenbuk siempre bizqueó algo; pero aquella noche, dejando los naipes sobre la mesa, exclamó:

—¿Ya apareció el espantoso mal olor?

El olfato del profesor Hagenbuk había siempre funcionado un poco defectuosamente, pero debo convenir que no éramos nosotros solos los que percibíamos ese olor en aquel restaurant de después de medianoche, concurrido por periodistas y gente ocupada en trabajos nocturnos, sino que también otros comensales levantaban intrigados la cabeza y fruncían la nariz, buscando alrededor el origen de esa pestilencia elaborada como con gas de petróleo y esencia de clavel.

El dueño del restaurant, un hombre impasible, pues a su mostrador se arrimaban borrachos conspicuos que toda la noche bebían y discutían de pie frente a él, abandonó su flema, y, dirigiéndose a nosotros —desde el mostrador, naturalmente—, meneó la cabeza para indicarnos lo insólito de semejante perfume.

Luis y yo asomamos, en compañía de otros trasnochadores, a la puerta del restaurant. En la calle acontecía el mismo ridículo espectáculo. La gente, detenida bajo los focos eléctricos o en el centro de la calzada, levantaba la cabeza y fruncía las narices; los vigilantes, semejantes a podencos, husmeaban alarmados en todas direcciones. El fenómeno en cierto modo resultaba divertido y alarmante, llegando a despertar a los durmientes. En las habitaciones fronteras a la calle, se veían encenderse las lámparas y moverse las siluetas de los recién despiertos, proyectadas en los muros a través de los cristales. Algunas puertas de calle se abrían. Finalmente comenzaron a presentarse vecinos en pijamas, que con alarmante entonación de voz preguntaban:

—¿No serán gases asfixiantes?

A las tres de la madrugada la ciudad estaba completamente despierta. La tesis de que el hedor clavel-petróleo fuera determinada por la emanación de un gas de guerra, se había desvanecido, debido a la creencia general en nuestro público de que los gases de guerra son de efecto inmediato. Lo cual contribuía a desvanecer un pánico que hubiera podido tener tremendas consecuencias.

Los fotógrafos de los periódicos perforaban la media luz nocturna con fogonazos de magnesio, impresionando gestos y posturas de personas que en los zaguanes, balcones, terrazas y plazuelas, enfundadas en sus salidas de baño o pijamas, comentaban el fenómeno inexplicable.

Lo más curioso del caso es que en este alboroto participaban los gatos y los caballos. "Xenius", el hábil fotógrafo de "El Mundo" nos ha dejado una estupenda colección de caballos aparentemente encabritados de alegría entre las varas de sus coches y levantando los belfos de manera tal, que al dejar descubierto el teclado de la dentadura pareciera que se estuviesen riendo.

Junto a los zócalos de casi todos los edificios se veían gatos maullando de satisfacción encrespando el hocico, enarcado el lomo, frotando los flancos contra los muros o las pantorrillas de los transeúntes. Los perros también participaban de esta orgía, pues saltando a diestra y siniestra o arrimando el hocico al suelo corrían como si persiguieran un rastro, mas terminaban por echarse jadeantes al suelo, la lengua caída entre los dientes.

A las cuatro de la madrugada no había un solo habitante de nuestra ciudad que durmiera, ni la fachada de una sola casa que no mostrara sus interiores iluminados. Todos miraban hacia la bóveda estrellada. Nos encontrábamos a comienzos del verano. La luna lucía su media hoz de plata amarillenta, y los gorriones y jilgueros aposentados en los árboles de los paseos piaban desesperadamente.

Algunos ciudadanos que habían vivido en Barcelona les referían a otros que aquel vocerío de pájaros les recordaba la Rambla de las Flores, donde parecen haberse refugiado los pájaros de todas las montañas que circunvalan a Barcelona. En los vecindarios donde había loros, éstos graznaban tan furiosamente, que era necesario taparse los oídos o estrangularles.

—¿Qué sucede? ¿Qué pasa?—era la pregunta suspendida veinte veces, cuarenta veces, cien veces, en la misma boca.

Jamás se registraron tantos llamados telefónicos en las secretarías de los diarios como entonces. Los telefonistas de guardia en las centrales enloquecían frente a los tableros de los conmutadores; a las cinco de la mañana era imposible obtener una sola comunicación; los hombres, con la camisa abierta sobre el pecho, habían colgado los auriculares. Las calles ennegrecían de multitudes. Los vestíbulos de las comisarías se llenaban de visitantes distinguidos, jefes de comités políticos, militares retirados, y todos formulaban la misma pregunta, que nadie podía responder:

—¿Qué sucede? ¿De dónde sale este perfume?

Se veían viejos comandantes de caballería, el collar de la barba y el bastón de puño de oro, ejerciendo la autoridad de la experiencia, interrogados sobre química de guerra; los hombres hablaban de lo que sabían, y no sabían mucho. Lo único que podían afirmar es que no se estaba en presencia de un fenómeno letal, y ello era bien evidente, pero la gente les agradecía la afirmación. Muchos estaban asustados, y no era para menos.

A las cinco de la mañana se recibían telegramas de Córdoba, Santa Fe, Paraná y, por el Sur, de Mar del Plata, Tandil, Santa Rosa de Toay dando cuenta de la ocurrencia del fenómeno. Los andenes de las estaciones hervían de gente que, con la arrugada nariz empinada hacia el cielo, consultaban ávidamente la fragancia del aire.

En los cuarteles se presentaban oficiales que no estaban de guardia o con licencia. El ministro de Guerra se dirigió a la Casa de Gobierno a las cinco y cuarto de la mañana; hubo consultas e inmediatamente se procedió a citar a los químicos de todas las reparticiones nacionales, a las seis de la mañana. Yo, por no ser menos que el ministro me presenté en la redacción del diario; cierto es que estaba con licencia o enfermo, no recuerdo bien, pero en estas circunstancias un periodista prudente se presenta siempre. Y por milésima vez escuché y repetí esta vacua pregunta:

—¿Qué sucede? ¿De dónde viene este perfume?

Imposible transitar frente a la pizarra de los diarios. Las multitudes se apretujaban en las aceras; la gente de primera fila leía el texto de los telegramas y los transmitía a los que estaban mucho más lejos.

"Comunican que la ola de perfume verde ha llegado a San Juan."

"De Goya informan que ha llegado la ola de perfume verde."

"Los químicos e ingenieros militares reunidos en el Ministerio de Guerra dictaminan que, dada la amplitud de la ola de perfume, ésta no tiene su origen en ninguna fábrica de productos tóxicos."

"La Jefatura de Policía se ha comunicado con el Ministerio de Guerra. No se registra ninguna víctima y no existen razones para suponer que el perfume petróleo-clavel sea peligroso."

"El observatorio astronómico de La Plata y el observatorio de Córdoba informan que no se ha registrado ningún fenómeno estelar que pueda hacer suponer que esta ola sea de origen astral. Se cree que se debe a un fenómeno de fermentación o de radioactividad."

"Bariloche informa que ha llegado la ola de perfume."

"Rio Grande do Sul informa que ha llegado la ola de perfume."

"El observatorio astronómico de Córdoba informa que la ola de perfume avanza a la velocidad de doce kilómetros por minuto."

"Nuestro diario instaló un servicio permanente de comunicación con estación de radio; además situó a un hombre frente a las pizarras de su administración; éste comunicaba por un megáfono las últimas novedades, pero recién a las seis y cuarto de la mañana se supo que en reunión de ministros se había resuelto declarar el día feriado. El ministro del Interior, por intermedio de las estaciones de radios y los periódicos se dirigían a todos los habitantes del país, encareciéndoles:

"1° No alarmarse por la persistencia de este fenómeno que, aunque de origen ignorado, se presume absolutamente inofensivo.

"2° Por consejo del Departamento Nacional de Higiene se recomienda a la población abstenerse de beber y comer en exceso, pues aún se ignoran los trastornos que puede originar la ola de perfume."

Lo que resulta evidente es que el día 15 de septiembre los sentimientos religiosos adormecidos en muchas gentes despertaron con inusitada violencia, pues las iglesias rebosaban de ciudadanos, y aunque el tema de los predicadores no era "estamos en las proximidades del fin del mundo", en muchas personas se desperezaba ya esta pregunta.

A las nueve de la mañana, la población fatigada de una noche de insomnio y de emociones se echó a la cama. Inútil intentar dormir. Este perfume penetrante petróleo-clavel se fijaba en las pituitarias con tal violencia, que terminaba por hacer vibrar en la pulpa del cerebro cierta ansiedad crispada. Las personas se revolvían en las camas impacientes, aturdidas por la calidez de la emanación repugnante, que acababa por infectar los alimentos de un repulsivo sabor aromático. Muchos comenzaban a experimentar los primeros ataques de neuralgia, que en algunos se prolongaron durante más de sesenta horas, las farmacias en pocas horas agotaron su stock de productos a base de antitérmicos, a las once de la mañana, hora en que apareció el segundo boletín extraordinario editado por todos los periódicos: el negocio fue un fracaso. En los subsuelos de los periódicos grupos de vendedores yacían extenuados; en las viviendas la gente, tendida en la cama, permanecía amodorrada; en los cuarteles los soldados y oficiales terminaron por seguir el ejemplo de los civiles; a la una de la tarde en toda Sudamérica se habían interrumpido las actividades más vitales a las necesidades de las poblaciones: los trenes permanecían en medios de los campos...con los fuegos apagados; los agentes de policía dormitaban en los umbrales de las casas; se dio el caso de un ladrón que, haciendo un prodigioso esfuerzo de voluntad, se introdujo en una oficina bancaria, despojó al director del establecimiento de sus llaves e intento abrir la caja de hierro en presencia de los serenos que le miraban actuar sin reaccionar, pero cuando quiso mover la puerta de acero su voluntad se quebró y cayó amodorrado junto a los otros.

En las cárceles el aire confinado determinó más rápidamente la modorra en los presos que en los centinelas que los custodiaban lo alto de las murallas donde la atmósfera se renovaba, pero al final los guardianes terminaron por ceder a la violencia del sueño que se les metía en una "especie de aire verde por las narices" y se dejaban caer al suelo. Este fue el origen de lo que se llamó el perfume verde. Todos, antes de sucumbir a la modorra, teníamos la sensación de que nos envolvía un torbellino suave, pero sumamente espeso, de aire verde.

Las únicas que parecían insensibles a la atmósfera del perfume clavel-petróleo eran las ratas, y fue la única vez que se pudo asistir al espectáculo en que los roedores, salieron de sus cuevas, atacaban encarnizadamente a sus viejos enemigos los gatos. Numerosos gatos fueron destrozados por los ratones.

A las tres de la tarde respirábamos con dificultad. El profesor Hagenbuk, tendido en un sofá de mi escritorio, miraba a través de los cristales al sol envuelto en una atmósfera verdosa; yo, apoltronado en mi sillón, pensaba que millones y millones de hombres íbamos a morir, pues en nuestra total inercia al aire se aprecia cada vez más enrarecido y extraño a los pulmones, que levantaban penosamente la tablilla del pecho; luego perdimos el sentido, y de aquel instante el único recuerdo que conservo es el ojo bizco del profesor Hagenbuk mirando el sol verdoso.

Debimos permanecer en la más completa inconsciencia durante tres horas. Cuando despertamos la total negruda del cielo estaba rayada por tan terribles relámpagos, que los ojos se entrecerraban medrosos frente al ígneo espectáculo.

El profesor Hagenbuk, de pie junto a la ventana murmuró:

—Lo había previsto; ¡vaya si lo había previsto!

Un estampido de violencia tal que me ensordeció durante un cuarto de hora me impidió escuchar lo que él creía haber previsto. Un rayo acababa de hendir un rascacielo, y el edificio se desmoronó por la mitad, y al suceder el fogonazo de los rayos se podía percibir el interior del edificio con los pisos alfombrados colgando en el aire y los muebles tumbados en posiciones inverosímiles.

Fue la última descarga eléctrica.

El profesor Hagenbuk se volvió hacia mí, y mirándome muy grave con su extraordinario ojo bizco, repitió:

—Lo había previsto.

Irritado me volví hacia él.

—¿Qué es lo que había previsto usted, profesor?—grité.

—Todo lo que ha sucedido.

Sonreí incrédulamente. El profesor se echó las manos al bolsillo, retiró de allí una libreta, la abrió y en la tercera hoja leí:

"Descripción de los efectos que los hidrocarburos cometarios pueden ejercer sobre las poblaciones de la Tierra."

—¿Qué es eso de los hidrocarburos cometarios?

El profesor Hagenbuk sonrió piadosamente y me contestó:

—La substancia dominante que forma la cola de los cometas. Nosotros hemos atravesado la cola de un cometa.

—¿Y por qué no lo dijo antes?

—Para no alarmar a la gente. Hace diez días que espero la ocurrencia de este fenómeno, pero..., a propósito; anoche usted se ha quedado debiéndome treinta tantos de nuestra partida.

Aunque no lo crean ustedes, yo quedé sin habla frente al profesor. Y estas son las horas en que pienso escribir la historia de su fantástica vida y causas de su no menos fantástico silencio.  


22 de set. de 2011

Virginia Woolf - La mancha en la pared

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Quizá fue a mediados de enero del presente año cuando levanté la vista y vi por primera vez la mancha en la pared. A fin de concretar el día es preciso recordar lo que una vio. Por esto, ahora, pienso en el fuego, la constante película de luz amarilla sobre la página del libro, los tres crisantemos en el redondeado cuenco de vidrio sobre la repisa de la chimenea. Sí, seguramente era invierno, y acabábamos de tomar el té, por cuanto recuerdo que fumaba un cigarrillo, cuando levanté la vista y vi la mancha en la pared por primera vez. Levanté la vista, a través del humo del cigarrillo, y mi vista se fijó durante unos instantes en los carbones ardiendo, y a la mente me vino aquella vieja fantasía de la bandera roja ondeando en lo alto de la torre del castillo, y pensé en la cabalgata de los caballeros rojos ascendiendo por la ladera de la negra roca. Con cierto alivio por mi parte, la visión de la mancha interrumpió mi fantasía, ya que se trata de una fantasía vieja, mecánica, quizá nacida en mi infancia. La mancha era pequeña y redonda, negra sobre el blanco de la pared, situada seis o siete pulgadas más arriba de la repisa de la chimenea. 

Con cuánta rapidez se arremolinan nuestros pensamientos alrededor de un objeto nuevo, levantándolo un poco, de la misma manera en que las hormigas transportan una pajilla muy febrilmente, y luego la abandonan... Si aquella mancha era una marca dejada por un clavo, el clavo no pudo ser colocado allí para colgar un cuadro, sino para una miniatura, la miniatura representando a una señora de blancos rizos empolvados, empolvadas mejillas y labios como claveles rojos*. Una falsificación, desde luego, por cuanto la gente que vivía en esta casa antes que nosotros hubiera escogido pinturas así, una vieja pintura para una vieja estancia. Era gente así, gente muy interesante, y si pienso en ella tan a menudo y en tan extraños lugares, ello se debe a que jamás la volveré a ver, ni sabré qué fue de ella. Dejaron esta casa porque querían cambiar el estilo de sus muebles, eso fue lo que él dijo, y estaba, él, en trance de decir que, a su parecer, el arte debe tener ideas detrás, cuando fuimos separados, tal como se queda separado de la vieja dama en trance de verter el té y del joven a punto de golpear la pelota de tenis en el jardín trasero de la villa en el barrio residencial, cuando se pasa rápidamente en tren. 

Pero, en lo referente a la mancha, realmente no estoy segura. A fin de cuentas, no creo que fuera una marca dejada por un clavo; era demasiado grande, demasiado redondeada. Hubiera podido levantarme, pero si me levantaba y la miraba, había diez probabilidades contra una de que no supiera averiguarlo con certeza; debido a que, cuando se hace una cosa, una nunca sabe cómo ocurrió. Oh, sí, el misterio de la vida, la inexactitud del pensamiento... La ignorancia de la humanidad... Para demostrar cuan poco dominio tenemos sobre nuestras posesiones —cuan accidental es nuestro vivir, después de tanta civilización—, séame permitido enumerar unas pocas cosas entre todas las que perdemos a lo largo de nuestra vida, comenzando por la pérdida que siempre me ha parecido la más misteriosa entre todas: ¿qué gato es capaz de masticar o qué ratón es capaz de roer, tres estuches azul pálido de herramientas para encuadernar libros? Luego vinieron los casos de las jaulas de pájaros, de los aros, de hierro, de los patines metálicos, del recipiente para carbón estilo Reina Ana, del tablero de bagatela, del organillo... todo ello desaparecido, y también las joyas. Ópalos y esmeraldas, enterrados están entre las raíces de los nabos. ¡Qué difícil e irritante asunto es la certeza! Lo increíble es que lleve ropas puestas y esté rodeada de sólidos muebles en este instante. En realidad, si se quiere comparar la vida a algo, debe compararse a que la lancen a una por el túnel del metro a cincuenta millas por hora, para acabar en el otro extremo, sin siquiera una horquilla en el pelo. ¡Que la lancen a una a los pies de Dios totalmente desnuda! ¡Cruzar, rodando los prados de asfódelo igual que los paquetes de papel castaño son lanzados por el tobogán en correos! Con el cabello al viento, como la cola de un caballo de carreras. Sí, esto parece expresar la rapidez de la vida, el perpetuo destrozo y reparación, todo tan al azar, tan sin sentido... 

Pero después de la vida. El lento arrancar gruesos tallos verdes, de manera que el cáliz de la flor, al inclinarse, no arroje sobre una un diluvio de luz roja y morada. A fin de cuentas, ¿por qué no habría una de nacer allá, tal como nació aquí, indefensa, sin habla, incapaz de centrar la vista, a tientas entre las raíces del césped, entre los dedos de los pies de los Gigantes? Y en lo tocante a decir lo que son árboles, lo que son hombres y mujeres, o si semejantes entes existen, no se estará en condiciones de hacerlo en el curso de cincuenta años aproximadamente. No habrá nada, salvo espacios de luz y de tinieblas, cruzados por recias vallas, y quizá, bastante arriba, manchas en forma de rosa de confuso color —oscuros rosados y azules— que, al paso del tiempo, se harán menos confusas, se convertirán en... No sé en qué. 

Pero esa mancha en la pared no es un agujero, ni mucho menos. Puede haber sido causada por una sustancia redonda y negra, como un pequeño pétalo de rosa, resto del pasado verano, ya que no soy un ama de casa muy esmerada —y, como demostración, basta mirar, por ejemplo, el polvo en la repisa del hogar, polvo que, según dicen, enterró a Troya tres veces, y sólo algunos fragmentos de cerámica se resistieron a ser aniquilados, lo cual parece cierto. 

El árbol junto a la ventana golpea muy levemente el vidrio... Quiero pensar tranquilamente, en calma, anchamente, sin ser jamás interrumpida, sin tenerme que levantar jamás del sillón, deslizarme fácilmente de una cosa a otra, sin sensación de hostilidad, de obstáculos. Quiero hundirme más y más, lejos de la superficie, con sus duros y separados hechos. Para tranquilizarme, voy a fijarme en la primera idea que se me ocurra... Shakespeare... Importa tanto como cualquier otro. Un hombre que se sentaba firmemente en un sillón, y contemplaba el fuego, de modo que... un diluvio de ideas caía perpetuamente desde un cielo muy alto sobre su mente. Apoyaba la frente en la palma de la mano, y la gente miraba por la puerta abierta, ya que esta escena ocurre, supuestamente, en una noche de invierno... Pero cuan aburrido es esto, esta novela histórica... No me interesa nada. Me gustaría encontrar unos pensamientos agradables, unos pensamientos que fueran un camino que indirectamente me reportara prestigio, ya que éstos son los pensamientos más agradables, y se encuentran muy a menudo incluso en la mente de la gente de modesto color ratonil, que sinceramente cree que no le gusta oír que les canten alabanzas. No son pensamientos que la alaben a una directamente; esto es lo bueno. Todos ellos son pensamientos como el siguiente: 

«Entonces entré en el cuarto. Estaban hablando de botánica. Dije que había visto una flor que crecía en un montón de tierra, en el solar de una vieja casa de Kingsway. La semilla, dije, seguramente fue sembrada durante el reinado de Carlos I. ¿Qué flores había en el reinado de Carlos I?» Esta fue mi pregunta. (Pero no recuerdo la contestación.) Altas flores con bolas moradas quizás. Y así sucesivamente. Todo el tiempo no hago más que evocar mi figura en mi mente, amorosamente, furtivamente, sin adorarla a las claras, ya que, si lo hiciera, me reprimiría, e inmediatamente alargaría la mano en busca de un libro para protegerme a mí misma. De hecho, es curioso ver cuan instintivamente una protege de la idolatría a la propia imagen, así como de cualquier otro tratamiento que pudiera ponerla en ridículo, o que la alejara tanto del original que no se pudiera creer en ella. ¿O quizá no sea tan curioso, a fin de cuentas? Desde luego, es asunto de gran importancia. Cuando el espejo se rompe, la imagen desaparece, y la romántica figura, rodeada de un bosque de verdes profundidades, deja de existir, y sólo queda la cascara de aquella persona que es lo que los demás ven, ¡y cuan sofocante, superficial, pelado y abrupto se vuelve el mundo! Un mundo en el que no se puede vivir. Cuando nos miramos los unos a los otros en los autobuses o en los vagones del metro, miramos el espejo; y esto explica la vaguedad y el vidriado brillo de nuestros ojos. Y en el futuro los novelistas se darán más y más clara cuenta de la importancia de estos reflejos, por cuanto, desde luego, no hay un solo reflejo, sino un número infinito de ellos. Estas son las profundidades que explorarán, éstos son los fantasmas que perseguirán, apartándose más y más de la descripción de la realidad, en sus historias, dando por supuesto el conocimiento de ellas, tal como hacían los griegos y quizá Shakespeare... Pero estas generalizaciones carecen de todo valor. Traen a la memoria artículos de fondo, ministros del gobierno; en realidad, toda una clase de cosas que, en la infancia, pensábamos eran la cosa en sí misma, la cosa clásica, la cosa real, de la que una no se podía apartar sin riesgo de una condena sin nombre. No sé por qué razón, las generalizaciones evocan los domingos en Londres, los paseos de la tarde del domingo, los almuerzos del domingo, y también maneras de hablar de los muertos, así como las ropas y las costumbres, como la costumbre de estar todos reunidos en una estancia, sentados, hasta cierta hora, a pesar de que a nadie le gustaba. Para todo había una norma. La norma referente a los manteles, en aquel período determinado, decía que debían ser bordados, con pequeños compartimentos amarillos, como los que se ven en las fotografías de las alfombras que cubren los pasillos de los palacios reales. Los manteles de diferente especie no eran manteles verdaderos. Cuan sorprendente y, al mismo tiempo, cuan maravilloso fue descubrir que esas cosas verdaderas, los almuerzos del domingo, los paseos del domingo, las casas de campo y los manteles no eran totalmente reales, que en el fondo eran medio fantasmales, y que la condena que recaía sobre el que se mostraba incrédulo ante ellas sólo consistía en una sensación de libertad ilegítima. Y me pregunto qué es lo que ahora ocupa el lugar de aquellas cosas, aquellas cosas corrientes, reales. Un hombre quizá debiera ser una mujer; el masculino punto de vista que gobierna nuestro vivir, que ha sentado la norma, que ha establecido la Tabla de Precedencia del Whitaker, que se ha convertido, a mi parecer, después de la guerra, en su mitad fantasmal para los hombres y para las mujeres, que pronto, cabe esperar, será arrojada entre risas al cubo de la basura al que van a parar los fantasmas, los aparadores de caoba, los grabados de Landseer, los dioses y los demonios, etcétera, dejándonos con un ilegítimo sentido de libertad. Si es que la libertad existe... 

Bajo ciertas luces, la mancha en la pared parece surgir de la pared. No es totalmente circular. No estoy segura, pero parece proyectar una visible sombra, de manera que, si pasara el dedo por esta parte de la pared, el dedo ascendería y descendería sobre un pequeño promontorio, como aquellos que se ven en los South Downs y que son, según se dice, cementerios o castros. De entre una cosa y otra, preferiría que fueran tumbas, por cuanto me gusta la melancolía al igual que a la mayoría de los ingleses, y me parece natural, al término de una paseata, pensar en los huesos enterrados bajo la hierba... Seguramente hay un libro que trata del asunto. Algún anticuario habrá desenterrado esos huesos y les habrá dado nombre... ¿Y qué clase de hombre es un anticuario? Me atrevería a decir que, en su mayoría, son coroneles retirados, al mando de ancianos obreros allí, arriba, que examinan piedras y grumos de tierra, y que entablan correspondencia con los clérigos de la vecindad, lo cual, debido a que abren las cartas a la hora del desayuno, les da sensación de importancia, y la comparación de puntas de flecha exige efectuar viajes a través de los contornos para ir a las poblaciones cabezas de partido, agradable necesidad, tanto para los clérigos como para sus esposas ya entradas en años que desean hacer jalea de ciruela o limpiar el estudio, y tienen muy buenas razones para mantener en estado de perpetua duda la cuestión de si es cementerio o castro, mientras el coronel se siente placenteramente filosófico, al acumular pruebas en uno y otro sentido. Cierto es que, a fin de cuentas, el coronel prefiere creer que se trata de un castro. Y, al ser su tesis contradicha, el coronel pergeña un folleto que se dispone a leer en la reunión trimestral de la sociedad local, cuando la apoplejía le ataca, y su último pensamiento consciente no se centra en su mujer, ni en sus hijos, sino en el castro y en la punta de flecha, que ahora se encuentra en una vitrina del museo de la localidad, juntamente con el pie de una asesina china, un puñado de clavos de los tiempos de Isabel I, gran número de pipas de barro Tudor, una jarra romana y el vaso en que Nelson bebió... algo que no sé. 

No, no, nada está demostrado, nada se sabe. Y si ahora me levantara, en este mismo instante, y comprobara que la marca en la pared es realmente —¿qué voy a decir?— la cabeza de un viejo y gigantesco clavo, clavado hace doscientos años, que ahora, gracias al paciente desgaste producido por largas generaciones de criadas, ha asomado la cabeza por la capa de pintura, y tiene la primera impresión de la vida moderna, en esta estancia de paredes pintadas de blanco e iluminada por el fuego del hogar, ¿qué ganaría, yo, con ello? ¿Conocimientos? ¿Más posibilidades de elaborar hipótesis? Sentada, soy tan capaz de pensar como en pie. ¿Y qué es el conocimiento? ¿Qué son nuestros hombres eruditos sino los descendientes de brujas y ermitaños que vivían agachados en cuevas y bosques, cociendo hierbas e interrogando a ratones campestres, y consignando el lenguaje de las estrellas? Y además menos honores les rendimos, a medida que nuestras supersticiones menguan, y que nuestro respeto por la belleza y la salud de la mente aumenta... Sí, cabe imaginar un mundo muy agradable. Un mundo tranquilo y amplio, con flores muy rojas y azules en los campos bajo el cielo. Un mundo sin profesores ni especialistas ni caseros con perfil de policía, un mundo que se pudiera cortar con el pensamiento tal como el pez corta el agua con sus aletas, rozando los tallos de los nenúfares, quedando suspendido sobre conglomerados de blancos huevos marinos... De cuanta paz se goza en este fondo, enraizados en el centro del mundo, y mirando hacia lo alto, a través de las aguas grises, con sus bruscos rayos de luz, y con sus reflejos... ¡si no fuera por el Almanaque de Whitaker!, ¡si no fuera por su Tabla de Precedencias! 

Debo ponerme en pie de un salto y ver por mí misma qué es realmente esta marca en la pared, ¿un clavo, un pétalo de rosa, una grieta en la madera? 

Y aquí tenemos a la naturaleza jugando una vez más al viejo juego de la autoconservación. La naturaleza se da cuenta de que esta clase de pensamiento no hace más que amenazar con un derroche de energías, incluso con cierta colisión con la realidad, por cuanto, ¿quién se atreverá jamás a alzar un dedo contra la Tabla de Precedencias de Whitaker? Detrás del Arzobispo de Canterbury va el Lord Presidente de la Cámara de los Lores; y el Lord Presidente de la Cámara de los Lores va seguido por el Arzobispo de York. Siempre hay alguien que va detrás de alguien, según la filosofía de Whitaker; y lo más importante es saber quién va detrás de quién. Whitaker sabe, y tú deja, aconseja la naturaleza, que esto te consuele, en vez de enfurecerte; y si no puedes quedar consolada, si tienes que destruir esta hora de paz, piensa en la mancha en la pared.

Comprendo el juego de la naturaleza, su invitación a actuar, a fin de poner término a todo pensamiento que amenace con excitar o causar dolor. De ahí, supongo, surge nuestro desprecio por los hombres de acción: hombres, presumimos, que no piensan. De todas maneras, nada malo hay en poner punto final a los pensamientos desagradables, por el medio de mirar una mancha en la pared. 

Realmente, ahora que he fijado la vista en la mancha, tengo la sensación de haberme asido a una tabla en el mar, siento una satisfactoria impresión de realidad que inmediatamente convierte a los dos arzobispos y al Lord Presidente de la Cámara de los Lores en proyecciones de sombras. Aquí hay algo definido, algo real. De la misma manera, al despertar a medianoche de una pesadilla horrorosa, una enciende apresuradamente la luz, y yace pasivamente, adorando la cómoda, adorando la solidez, adorando la realidad, adorando el mundo impersonal que es demostración de una existencia que no es la nuestra. Esto es aquello de lo que una quiere tener certeza... Es agradable pensar en madera. Procede de un árbol; y los árboles crecen, y no sabemos cómo crecen. Crecen durante años y años, sin prestarnos la más leve atención, en prados, en bosques, en las riberas de los ríos... Todo ello cosas en las que a una le gusta pensar. Bajo los árboles, las vacas agitan la cola en las tardes calurosas; los árboles pintan a los ríos tan verdes que, cuando una cerceta se lanza a las aguas, una espera verla salir con las plumas teñidas de verde. Me gusta pensar en los peces, en equilibrio contra la corriente, como una bandera tensada por el viento; y los escarabajos peloteros levantando despacio cúpulas con el barro del río. Me gusta pensar en el árbol en sí mismo: primero la inmediata y seca sensación de ser madera, después su movimiento en la tormenta, después el lento y delicioso correr de la savia. También me gusta pensar en el árbol, alzado en las noches invernales en un campo solitario, con todas sus hojas prietamente enroscadas, sin que nada tierno de él quede expuesto a las balas de hierro de la luna, un mástil desnudo sobre la tierra que cae y cae durante toda la noche. El canto de los pájaros forzosamente ha de tener un sonido muy alto y raro en el mes de junio; y qué sensación de frío causarán las patas de los insectos sobre el árbol, a medida que avanzan trabajosamente por las hendiduras de la corteza, o toman el sol en la delgada y verde cúpula de las hojas, y miran rectamente al frente con sus ojos rojos tallados como diamantes... Una tras otra, las fibras se quiebran bajo la inmensa y fría presión de la tierra, y entonces llega la última tormenta, y las más altas ramas, al caer, penetran de nuevo profundamente en la tierra. A pesar de todo, la vida no ha terminado; quedan millones de pacientes y vigilantes vidas para un árbol, a lo largo y ancho del mundo, en dormitorios, en buques, en pavimentos, en cuartos de estar donde hombres y mujeres se reúnen después de tomar el té y fuman cigarrillos. Rebosa pensamientos de paz, pensamientos felices, este árbol. Me gustaría considerar por separado cada árbol, pero hay un obstáculo que lo impide... ¿Dónde estaba? ¿De qué trataba? ¿Un árbol? ¿Un río? ¿Colinas? ¿El Almanaque de Whitaker? ¿Campos de asfódelo? Nada recuerdo. Todo se mueve, cae, resbala, se desvanece... Hay una vasta conmoción de la materia. Alguien se encuentra en pie junto a mí, y dice: 
«Salgo a comprar el periódico.» 
«¿Sí?» 
«Aunque no vale la pena comprar el periódico... Nunca pasa nada. Maldita guerra; que Dios la maldiga... De todas maneras, no veo por qué hemos de tener un caracol en la pared.» 

¡Ah, la mancha en la pared! Era un caracol. 


 En La casa encantada y otros cuentos 
Traducción de Andrés Bosch 
Barcelona, Lumen, 2° ed., 1983