28/1/2011

Juan José Saer - Madrigal

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Pastores,
la estrella
no lleva a nada,
su trayectoria
es azar,
aparición fugitiva
en la manada
de siglos fugitivos,
la cruz,
más tarde,
coincidencia;
pastores
el sol relámpago,
el tiempo entero
suspiro, pastores
lo visible
explosión,
espejismo
el firmamento;
pastores
la propia mano
improbable,
el pensamiento
brisa o fiebre
en el anochecer,
la adoración
error o cálculo
en un establo
vacío.




En El arte de narrar


Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

27/1/2011

W. A. Mozart - Carta al padre

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Viena, 9 de mayo de 1781

Mon très cher père! ¡Todavía estoy lleno de cólera!... y usted, mi excelente, mi queridísimo padre, lo estará sin duda conmigo... Se ha puesto a prueba mi paciencia durante tanto tiempo. Hasta que al final no ha podido más. Ya no tengo la desgracia de estar al servicio del soberano de Salzburgo... Hoy ha sido un día de felicidad para mí. Escuche. Por dos veces ya, ese... no sé cómo debo llamarlo... me ha dicho a la cara las mayores tonterías e impertinencias, de tal calibre que no he querido escribírselas y así evitarle a usted el trago... y por tenerle siempre a usted ante los ojos, amado padre, no me he vengado allí mismo. Me ha llamado bribón, y disoluto... me ha dicho que me fuera al diablo... Y yo... lo he soportado todo. Me daba cuenta de que no sólo era mi honor, sino también el de usted el que era herido... pero... usted lo quería así...: me callé... y ahora escuche...

Hace ocho días subió de improviso el mensajero y me dijo que me largara en aquel mismo instante... todos los demás habían sido avisados la víspera, solamente yo no... Así que recogí deprisa todas mis cosas en el cofre y... la anciana Madame Weber tuvo la amabilidad de ofrecerme su casa. Allí tengo una bonita habitación y estoy entre gentes serviciales, que están a mi disposición para todo aquello que a menudo se requiere rápidamente y que a uno le falta cuando vive solo (...) Hoy, cuando me presenté allí, los ayudas de cámara me dijeron que el Arzobispo quería darme un paquete para que me lo llevara... Pregunté si era urgente. Me contestaron que sí, y de una gran importancia (...) Cuando me presenté ante él, lo primero que dijo fue: «Bueno, ¿cuándo se marcha este chico?» «Yo quería (le contesté) marcharme esta noche, pero no había ninguna plaza libre...». Entonces él siguió, de sopetón: ...que soy el mequetrefe más gandul que conocía...; que nadie le ha servido peor que yo...; que me aconseja que me vaya hoy mismo, de lo contrario escribirá para que me supriman el sueldo. Imposible que yo dijera una palabra: aquello crecía como un incendio.

Yo escuchaba todo aquello con calma... Me ha mentido a la cara al hablar de 500 florines de sueldo... Me ha llamado canalla, piojoso, cretino... ¡Oh!, no podría contarle a usted todo. Por fin, como la sangre ya me hervía demasiado, le digo: «Entonces, ¿Su Alteza no está contento conmigo?» «¡Cómo! ¿Quiere amenazarme este cretino? ¡Ahí está la puerta! ¡Con semejante bribón no quiero volver a tener nada que ver!»... Para acabar, volví a intervenir: «¡Y yo con vos tampoco!» «¡Entonces, fuera!» Y yo, al retirarme: «Como quedamos así, mañana recibirá mi dimisión por escrito.» Dígame, pues, amadísimo padre, si no lo dije más bien demasiado tarde que demasiado pronto. Ahora escuche... mi honor es para mí lo más importante, y sé que para usted es también así...

No se preocupe en absoluto por mí... Estoy tan seguro de mis asuntos de aquí que me hubiera marchado sin tener la menor razón. Ahora que ya tengo una razón, y hasta tres..., ya no tengo nada que ganar esperando. Au contraire, he sido por dos veces un simple cobarde... ¡ya no podía serlo una tercera vez! Mientras el Arzobispo esté aquí, no daré ningún concierto... La creencia que usted tiene de que así quedo mal con la nobleza y con el mismo Emperador es radicalmente errónea. Aquí el Arzobispo es odiado, sobre todo por el Emperador -precisamente una de las razones de su cólera es que el Emperador no le haya invitado a Luxenburgo-.

Le enviaré a usted algún dinero con el próximo correo, y así se convencerá de que aquí no me muero de hambre. Por lo demás, le ruego que esté contento, porque es ahora cuando comienza mi fortuna, y espero que mi fortuna será también la suya... Escríbame, en clave, que está usted satisfecho de todo ello -y ciertamente puede estarlo-, pero aparente que me riñe usted severamente, de modo que no pueda reprocharle a usted nada... (...) No me envíe usted más cartas a la Deutsches Haus, ni paquetes. No quiero saber nada de Salzburgo... Odio al Arzobispo hasta el frenesí. Adieu... Le beso 1.000 veces las manos, abrazo a mi querida hermana de todo corazón y soy para siempre su hijo obedientísímo.

Wolfgang Amadeus Mozart


Imagen: Retrato de Mozart por Joseph Lange


26/1/2011

Octavio Paz en su voz: El cántaro roto

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La mirada interior se despliega y un mundo de vértigo y
     llama nace bajo la frente del que sueña:
soles azules, verdes remolinos, picos de luz que abren astros
      como granadas,
tornasol solitario, ojo de oro girando en el centro de una
     explanada calcinada,
bosques de cristal de sonido, bosques de ecos y respuestas y
     ondas, diálogo de transparencias,
¡viento, galope de agua entre los muros interminables de una
     garganta de azabache,
caballo, cometa, cohete que se clava justo en el corazón de la
     noche, plumas, surtidores,
plumas, súbito florecer de las antorchas, velas, alas, invasión
     de lo blanco,
pájaros de las islas cantando bajo la frente del que sueña!


Abrí los ojos, los alcé hasta el cielo y vi cómo la noche se
      cubría de estrellas.
¡Islas vivas, brazaletes de islas llameantes, piedras ardiendo,
     respirando, racimos de piedras vivas,
cuánta fuente, qué claridades, qué cabelleras sobre una
     espalda obscura,
cuánto río allá arriba, y ese sonar remoto de agua junto al
     fuego, de luz contra la sombra!
Harpas, jardines de harpas.


Pero a mi lado no había nadie.
Sólo el llano: cactus, huizaches, piedras enormes que estallan
     bajo el sol.
No cantaba el grillo,
había un vago olor a cal y semillas quemadas,
las calles del poblado eran arroyos secos
y el aire se habría roto en mil pedazos si alguien hubiese gritado:
     ¿ quién vive ?


Cerros pelados, volcán frío, piedra y jadeo bajo tanto esplendor,
     sequía, sabor de polvo,
rumor de pies descalzos sobre el polvo, ¡y el pirú en medio del
     llano como un surtidor petrificado!


Dime, sequía, dime, tierra quemada, tierra de huesos remolidos,
     dime, luna agónica,
¿no hay agua,
hay sólo sangre, sólo hay polvo, sólo pisadas de pies desnudos
     sobre la espina,
sólo andrajos y comida de insectos y sopor bajo el mediodía
     impío como un cacique de oro?
¿No hay relinchos de caballos a la orilla del río, entre las
     grandes piedras redondas y relucientes,
en el remanso, bajo la luz verde de las hojas y los gritos de los
     hombres y las mujeres bañándose al alba?
El dios-maíz, el dios-flor, el dios-agua, el dios-sangre, la Virgen,
¿todos se han muerto, se han ido, cántaros rotos al borde de
     la fuente cegada?
¿Sólo está vivo el sapo,
sólo reluce y brilla en la noche de México el sapo verduzco,
sólo el cacique gordo de Cempoala es inmortal?


Tendido al pie del divino árbol de jade regado con sangre,
     mientras dos esclavos jóvenes lo abanican,
en los días de las grandes procesiones al frente del pueblo,
     apoyado en la cruz: arma y bastón,
en traje de batalla, el esculpido rostro de silex aspirando
     como un incienso precioso el humo de los fusilamientos,
los fines de semana en su casa blindada junto al mar, al lado
     de su querida cubierta de joyas de gas neón,
¿sólo el sapo es inmortal?


He aquí a la rabia verde y fría y a su cola de navajas y vidrio
     cortado,
he aquí al perro y a su aullido sarnoso,
al maguey taciturno, al nopal y al candelabro erizados, he
     aquí a la flor que sangra y hace sangrar,
la flor de inexorable y tajante geometría como un delicado
     instrumento de tortura,
he aquí a la noche de dientes largos y mirada filosa, la noche
     que desuella con un pedernal invisible,
oye a los dientes chocar uno contra otro,
oye a los huesos machacando a los huesos,
al tambor de piel humana golpeado por el fémur,
al tambor del pecho golpeado por el talón rabioso,
al tam-tam de los tímpanos golpeados por el sol delirante,
he aquí al polvo que se levanta como un rey amarillo y todo lo
     descuaja y danza solitario y se derrumba
como un árbol al que de pronto se le han secado las raíces,
     como una torre que cae de un solo tajo,
he aquí al hombre que cae y se levanta y come polvo y se
     arrastra,
al insecto humano que perfora la piedra y perfora los siglos y
     carcome la luz,
he aquí a la piedra rota, al hombre roto, a la luz rota.


¿Abrir los ojos o cerrarlos, todo es igual?
Castillos interiores que incendia el pensamiento porque otro
     más puro se levante, sólo fulgor y llama,
semilla de la imagen que crece hasta ser árbol y hace estallar el cráneo,
palabra que busca unos labios que la digan,
sobre la antigua fuente humana cayeron grandes piedras,
hay siglos de piedras, años de losas, minutos espesores sobre la fuente humana.
Dime, sequía, piedra pulida por el tiempo sin dientes, por el hambre sin dientes,
polvo molido por dientes que son siglos, por siglos que son hambres,
dime, cántaro roto caído en el polvo, dime,
¿la luz nace frotando hueso contra hueso, hombre contra
     hombre, hambre contra hambre,
hasta que surja al fin la chispa, el grito, la palabra,
hasta que brote al fin el agua y crezca el árbol de anchas hojas de turquesa?


Hay que dormir con los ojos abiertos, hay que soñar con las manos,
soñemos sueños activos de río buscando su cauce, sueños de
     sol soñando sus mundos,
hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces,
     tronco, ramas, pájaros, astros,
cantar hasta que el sueño engendre y brote del costado del
     dormido la espiga roja de la resurrección,
el agua de la mujer, el manantial para beber y mirarse y
     reconocerse y recobrarse,
el manantial para saberse hombre, el agua que habla a solas
     en la noche y nos llama con nuestro nombre,
el manantial de las palabras para decir yo, tú, él, nosotros,
     bajo el gran árbol viviente estatua de la lluvia,
para decir los pronombres hermosos y reconocernos y ser
     fieles a nuestros nombres
hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba,
más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las
     aguas del bautismo,
echar abajo las paredes entre el hombre y el hombre, juntar
     de nuevo lo que fue separado,
vida y muerte no son mundos contrarios, somos un solo tallo
     con dos flores gemelas,
hay que desenterrar la palabra perdida, soñar hacia dentro y
     también hacia afuera,
descifrar el tatuaje de la noche y mirar cara a cara al mediodía
     y arrancarle su máscara,
bañarse en luz solar y comer los frutos nocturnos, deletrear la
     escritura del astro y la del río,
recordar lo que dicen la sangre y la marea, la tierra y el
     cuerpo, volver al punto de partida,
ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, al cruce de caminos,
     adonde empiezan los caminos,
porque la luz canta con un rumor de agua, con un rumor de
     follaje canta el agua
y el alba está cargada de frutos, el día y la noche reconciliados
     fluyen como un río manso,
el día y la noche se acarician largamente como un hombre y
     una mujer enamorados,
como un solo río interminable bajo arcos de siglos fluyen las
     estaciones y los hombres,
hacia allá, al centro vivo del origen, más allá de fin y comienzo.


México, 1955
Imagen: © Richard Franck Smith/Sygma/Corbis



24/1/2011

Franz Kafka - Una de esas mujeres

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Camino adrede por las calles donde hay prostitutas. La acción de pasar junto a ellas me excita; esta posibilidad remota, pero no por ello menos existente, de irme con una de ellas. ¿Es esto una bajeza? No conozco, sin embargo, otra cosa mejor, y el hecho de realizarlo me parece en el fondo inocente y casi no me produce remordimiento. Sólo deseo a las gordas de cierta edad, con vestidos anticuados, en cierto modo suntuosos gracias a algunos colgajos. Probablemente una de esas mujeres ya me conoce. La he encontrado este mediodía; no llevaba aún su traje de faena; el cabello se veía pegado a la cabeza; iba sin sombrero, con una bata de trabajo como las cocineras, y llevaba un bulto, tal vez a la lavandera. Nadie habría visto en ella el menor atractivo, sólo yo. Nos miramos fugazmente. Esa misma noche (desde el mediodía bajó la temperatura), la vi con un abrigo ajustado, de color pardo amarillento, al otro lado de la angosta calleja que sale de la Zeltnergasse, donde hace la carrera. Volví dos veces la vista hacia ella, que también captó mi mirada, pero lo que hice fue realmente escaparme.

En Diarios (1910-1913)
Foto via


23/1/2011

Jacobo Fijman - Poema V

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Yo estaba muerto bajo los grandes soles, bajo
los grandes soles fríos. 
A través de mi llanto
oigo el agrio sudor de la precocidad. 
Yo vuelvo sobre un musgo
y las ciudades crecen a la aventura hasta la noche
del estupor. 
Miseria. 
Dios pesa. 
Me llaman vientos de mar. 
Van y vienen en grandes cambios; se alargan en
saltos irritados
que apagan mi temblor, que exasperan los sueños. 
Jamás podré seguir. 
Yo me veo colgado como un cristo amarillo sobre
los vidrios pálidos del mundo




En Hecho de estampas



21/1/2011

Susana Thénon - Caos

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EL SUPUESTO camino es la consagración
de sus pasos,
no tienen más que avanzar
-el retroceso los sorprenderá un día-,
no tienen más alternativa que adelante.
Su culpa no ha nacido,
esto que ven y tocan tiene todo el
sabor de cosa digerida en sueños.
Son señales de nada,
muestran con sonidos casi envejecidos ya
el progreso de la variante simiesca.
Van solos.
Un gran cansancio no ayuda,
no invita al caos, preparado como una fiesta.


En La morada imposible



18/1/2011

Marguerite Yourcenar - El último amor del príncipe Genghi

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MY por Marc Riboud en Tokyo, 1982


Cuando Genghi el Resplandeciente, el mayor seductor que jamás se vio en Asia, cumplió los cincuenta años, se dio cuenta de que era forzoso empezar a morir. Su segunda mujer, Murasaki, la princesa Violeta, a quien tanto había amado, pese a muchas infidelidades contradictorias, lo había precedido por el camino que lleva a uno de esos Paraísos adonde van los muertos que han adquirido algunos méritos en el transcurso de esta vida cambiante y difícil, Genghi se atormentaba por no poder recordar con exactitud su sonrisa, ni la mueca que hacía cuando lloraba. Su tercera esposa, la Princesa— del—Palacio—del—Oeste, lo había engañado con un pariente joven, al igual que él engañó a su padre, en los días de su juventud, con una emperatriz adolescente. Volvía a representarse la misma obra en el teátro del mundo, pera él sabía que esta vez sólo le tocaba hacer el papel de viejo, y prefería el de fantasma. Por eso distribuyó sus bienes, dio pensiones a sus servidores y se dispuso a terminar sus días en una ermita que había mandado construir en la ladera de la montaña. Atravesó la ciudad por última vez, seguido tan sólo por dos o tres adictos compañeras que no se resignaban a decirle adiós a su propia juventud. Pese a ser hora temprana, algunas mujeres pegaban el rostro contra los listones de las persianas. Comentaban en voz alta que Genghi era muy apuesto aún, lo que demostró una vez más al príncipe que ya era hora de marcharse.

Tardó tres días en llegar a la ermita situada en medio de un paisaje fragoso. La casita se erguía al pie de un arce centenario; como era otoño, las hojas de aquel hermoso árbol cubrían el techo de paja con techumbre de oro. La vida en aquellas soledades resultó ser más sencilla y más dura todavía de lo que había sido durante un largo exilio en el extranjero, que Genghi tuvo que soportar allá en su juventud tempestuosa, y aquel hombre refinado pudo gozar por fin a gusto del lujo supremo que consiste en prescindir de todo. Pronto se anunciaron los primeros fríos; las laderas de la montaña se cubrieron de nieve, como los amplios pliegues de esas vestiduras acolchadas que se llevan en el invierno, y la niebla terminó por ahogar al sol. Desde el alba al crepúsculo, a la débil luz de un escaso brasero, Genghi leía las Escrituras y encontraba un sabor a los versículos austeros del que carecían, según él, los patéticos versos de amor. Mas pronto advirtió que la vista se le debilitaba, como si todas las lágrimas vertidas por sus frágiles amantes le hubieran quemado los ojos, y se vio obligado a percatarse de que, para él, las tinieblas empezarían antes de que llegara la muerte. De cuando en cuando, un correo aterido de frío llegaba renqueando hasta él desde la capital, con los pies hinchados de cansancio y de sabañones, y le presentaba respetuosamente unos mensajes de parientes o de amigos que deseaban ir a visitarlo una vez más en este mundo, antes de que llegara la hora de los encuentros infinitos e inciertos en el otro. Pero Genghi temía inspirar a sus huéspedes respeto o compasión, dos sentimientos que le horrorizaban y a los que prefería el olvido. Movía tristemente la cabeza, y aquel príncipe —en otros tiempos famoso por su talento de poeta y de calígrafo— enviaba al mensajero con una hoja de papel en blanco. Poco a poco, las comunicaciones con la capital se fueron espaciando; el ciclo de las fiestas estacionales continuaba girando lejos del príncipe que antaño las dirigía con un movimiento de su abanico, y Genghi, abandonándose sin pudor a las tristezas de la soledad, empeoraba sin cesar la enfermedad de sus ojos, pues ya no le daba vergüenza llorar.

Dos de sus antiguas amantes le habían propuesto compartir con él su aislamiento lleno de recuerdos. Las cartas más tiernas provenían de la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen: era una antigua concubina de no muy alta cuna y de mediana belleza; había servido fielmente como dama de honor a las demás esposas de Genghi y, durante dieciocho añós, amó al príncipe sin cansarse jamás de sufrir. El le hacía visitas nocturnas de vez en cuando, y aquellos encuentros, aunque escasos como las estrellas en la noche de lluvia, habían bastado para iluminar la pobre vida de la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen. Al no hacerse ilusiones ni sobre su belleza, ni sobre su talento, ni sobre la nobleza de su linaje, sólo la Dama entre tantas amantes conservaba una dulce gratitud hacia Genghi, pues no le parecía natural que él la hubiera amado.
Como sus cartas permanecían sin respuesta, alquiló un modesto carruaje y subió a la cabaña del príncipe solitario. Empujó tímidamente la puerta, hecha de un entramado de ramas; se arrodilló con una humilde sonrisa, para disculparse por estar allí. Era la época en que Genghi aún reconocía el rostro de sus visitantes cuando se acercaban mucho. Le invadió una amarga rabia ante aquella mujer que despertaba en él los más punzantes recuerdos de los días muertos, menos a causa de su propia presencia que por su perfume, que todavía impregnaba sus mangas, perfume que habían llevado sus difuntas mujeres. Ella le suplicó tristemente que la dejara quedarse al menos como sirvienta. Implacable por primera vez, la echó de allí, mas ella había conservado algunos amigos entre los pocos ancianos que se encargaban del servicio del príncipe y éstos, en ocasiones, le comunicaban noticias suyas. Cruel a su vez contra su costumbre, vigilaba desde lejos cómo progresaba la ceguera de Genghi lo mismo que una mujer, impaciente por reunirse con su amante, espera que caiga por completo la noche.

Cuando supo que estaba casi del todo ciego, se despojó de sus vestiduras de ciudad y se puso un vestido corto y de tela basta, como los que llevan las jóvenes aldeanas; trenzó su pelo a la manera de las campesinas y cargó con un fardo de telas y cacharros de barro, como los que se venden en las ferias de los pueblos. Vestida de aquel modo tan ridículo, pidió que la llevaran al lugar donde vivía el exiliado voluntario, en compañía de los corzos y de los pavos reales del bosque; hizo a pie la última parte del trayecto, para que el barro y el cansancio le ayudaran a representar bien su papel. Las lluvias tempranas de primavera caían del cielo sobre la blanda tierra, ahogando las últimas luces del crepúsculo era la hora en que Genghi, envuelto en su estricto hábito de monje, se paseaba lentamente a lo largo del sendero del que sus viejos servidores habían apartado cuidadosamente el menor guijarro, para impedir que tropezara. Su rostro, como vacío, ausente, deslustrado por la proximidad de la vejez, parecía un espejo emplomado donde antaño se reflejó la belleza, y la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen no necesitó fingir para ponerse a llorar.

Aquel rumor de sollozos femeninos hizo estremecerse a Genghi, quien se orientó lentamente hacia el lado de donde procedían aquellas lágrimas.

—¿Quién eres tú, mujer? —preguntó con inquietud.

—Soy Ukifine, la hija del granjero So—Hei —dijo la Dama sin olvidarse de adoptar un acento de pueblo—. Fui a la ciudad con mi madre, para comprar unas telas y unas cacerolas, pues me voy a casar para la próxima luna. Me he perdido por los senderos de la montaña, y lloro porque me dan miedo los jabalíes, los demonios, el deseo de los hombres y los fantasmas de los muertos.

—Estás empapada, jovencita —le dijo el príncipe poniéndole la mano en el hombro.

Y en efecto, estaba calada hasta los huesos. El contacto de aquella mano tan familiar la hizo estremecerse desde la punta de los cabellos hasta los dedos de sus pies descalzos, pero Genghi supuso que tiritaba de frío.

—Ven a mi cabaña —dijo el príncipe con voz prometedora—. Podrás calentarte en mi fuego, aunque hay en él menos carbón que cenizas. La Dama lo siguió, poniendo gran cuidado en imitar los andares torpes de las campesinas. Ambos se pusieron en cuclillas delante del fuego, que estaba casi apagado. Genghi tendía sus manos hacia el calor, pero la Dama disimulaba sus dedos, harto delicados para pertenecer a una muchacha del campo.

—Estoy ciego —suspiró Genghi al cabo de un instante—. Puedes quitarte sin ningún escrúpulo tus vestidos mojados, jovencita, calentarte desnuda delante de mi fuego.

La Dama se quitó dócilmente su traje de campesina. El fuego ponía un color rosado en su esbelto cuerpo, que parecía tallado en el más pálido ámbar. De repente, Genghi murmuró:

—Te he engañado, jovencita, pues aún no estoy completamente ciego. Te adivino a través de una neblina que quizá no sea sino el halo de tu propia belleza. Déjame poner la mano en tu brazo, que tiembla todavía.

Y así es como la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen volvió a ser amante del príncipe Genghi, a quien había amado humildemente durante más de dieciocho años. No se olvidó de imitar las lágrimas y las timideces de una doncella en su primer amor. Su cuerpo se conservaba asombrosamente joven, y la vista del príncipe era demasiado débil para distinguir sus canas.

Cuando acabaron de acariciarse, la Dama se arrodilló ante el príncipe y le dijo:

—Te he engañado, príncipe. Soy Ukifine, es verdad, la hija del granjero So—Hei, mas no me perdí en la montaña; la fama del príncipe Genghi se extendió hasta el pueblo y vine por mi propia voluntad, con el fin de descubrir el amor entre tus brazos. Genghi se levantó tambaleándose, como un pino que vacila, sometido a los embates del invierno y del viento. Exclamó con voz sibilante:

—¡Caiga la desgracia sobre ti, que me traes el recuerdo de mi primer enemigo, el apuesto principe de agudos ojos, cuya imagen me hace estar despierto todas las noches!... Vete...

Y la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen se alejó, arrepentida del error que acababa de cometer.

En las semanas que siguieron , Genghi permaneció solo, sufría mucho. Se percataba con desaliento de que aún se hallaba a la merced de las añagazas de este mundo y muy poco preparado para las renovaciones de la otra vida. La visita de la hija del granjero So—Hei había despertado en él la afición por las criaturas de estrechas muñecas, largos pechos cónicos y risa patética y dócil. Desde que se estaba quedando ciego, el sentido del tacto era su único medio de comunicación con la belleza del mundo, y los paisajes en donde había venido a refugiarse no le dispensaban ya ningún consuelo, pues el ruido de un arroyo es más monótono que la voz de una mujer, y las curvas de las colinas o los jirones de las nubes están hechos para los que ven, y además se hallan harto lejos de nosotros para dejarse acariciar.

Dos meses más tarde, la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen hizo una segunda tentativa. Esta vez se vistió y perfumó con cuidado, pero puso atención en que el corte de sus vestidos fuera algo raquítico y poco atrevido en su misma elegancia, y que el perfume, discreto pero banal, sugiriese la falta de imaginación de una joven que procede de una honorable familia de provincias, y que nunca vio la corte.

En aquella ocasión alquiló unos portadores y una silla imponente, aunque careciese de los últimos perfeccionamientos de las de la ciudad. Se las arregló para no llegar a los alrededores de la cabaña de Genghi hasta que no fuera noche cerrada. El verano se le había adelantado por la montaña. Genghi, sentado al pie del arce, oía cantar a los grillos. Se acercó a él ocultando a medias su rostro detrás de un abanico y murmuró confusa:

—Soy Chujo, la mujer de Sukazu, un noble de séptima fila de la provincia de Yamato. Me dirijo en peregrinación al templo de Isé, pero uno de mis porteadores acaba de torcerse el tobillo y no puedo continuar mi camino hasta que llegue la aurora. Indícame una cabaña donde yo pueda alojarme sin temor a las calumnias, para que mis siervos puedan descansar.

—Y dónde puede hallarse más resguardada una mujer de las calumnias que en casa de un anciano ciego? —dijo amargamente el príncipe—. Mi cabaña es demasiado pequeña para que quepan en ella tus servidores, pero pueden instalarse debajo de este árbol. Yo te cederé a ti el único colchón de mi refugio.

Se levantó a tientas para mostrarle el camino. Ni una vez había levantado la mirada hacia ella y por esta señal la Dama comprendió que se había quedado completamente ciego.

Cuando ella se hubo tendido en el colchón de hojas secas, Genghi volvió a ocupar melancólico su puesto en el umbral de la cabaña. Estaba triste y ni siquiera sabía si aquella mujer era hermosa. La noche era cálida y clara. La luna ponía su reflejo en el rostro alzado del ciego, que parecía esculpido en jade blanco. Al cabo de un buen rato, la Dama abandonó su rústico lecho y fue a sentarse a su vez a la puerta. Dijo con un suspiro:

—La noche es hermosa y no tengo sueño. Permíteme que cante una de las canciones que llenan mi corazón.

Y sin esperar la respuesta cantó una romanza que le gustaba mucho al príncipe, por haberla oído antaño muchas veces en labios de su mujer preferida, la princesa Violeta. Genghi, turbado, se acercó insensiblemente a la desconocida.

—¿De dónde vienes, mujer, que sabes unas canciones que gustaban en tiempos de mi juventud? Arpa donde florecen tonadas de otros tiempos, déjame pasear la mano por tus cuerdas.

Y le acarició los cabellos. Tras un instante, preguntó:

—¡Ay! ¿No es tu marido más joven y más apuesto que yo, muchacha del país de Yamato?

—Mi marido es menos guapo y parecemenos joven —respondió sencillamente la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen.

Y de este modo, la Dama fue, bajo un nuevo disfraz, la amante del príncipe Genghi, al que antaño había pertenecido. Por la mañana, le ayudó a preparar una papilla caliente y el príncipe Genghi le dijo: —Eres hábil y tierna, mujer, y no creo que ni siquiera el príncipe Genghi, que tan afortunado fue en amores, tuviera una amiga más dulce que tú.

—Nunca oí hablar del príncipe Genghi —dijo la Dama moviendo la cabeza.

—¿Cómo? —exclamó amargamente Grnghi—. ¿Tan pronto lo han olvidado? Y permaneció sombrío durante todo el día. La Dama comprendió entonces que acababa de equivocarse por segunda vez pero Genghi no habló de echarla y parecía feliz al escuchar el roce de su vestido de seda en la hierba.

Llegó el otoño, y convirtió a los árboles de la montaña en otras tantas hadas vestidas de púrpura y oro, aunque destinadas a morir en cuanto llegaran los primeros fríos. La Dama le describîa a Genghi todos aquellos pardos grises, castaños dorados, marrones malvas, poniendo gran cuidado en no hacer alusión a ello sino como por casualidad, y evitando siempre parecer que le ayudaba demasiado ostensiblemente. Sorprendía y encantaba a Genghi inventando ingeniosos collares de flores, platos refinados a fuerza de sencillez, letras nuevas adaptadas a viejas músicas conmovedoras y lastimeras. Ya había hecho alarde de estos mismos talentos en su pabellón de quinta concubina, en donde Genghi la visitaba antaño, pero éste, distraído por otros amores, no se había dado cuenta. A finales de otoño subieron las febres de los pantanos. Los insectos pululaban en el aire infectado, y cada vez que se respiraba era como si se bebiera un sorbo de agua en una fuente envenenada.

Genghi cayó enfermo y se acostó en su lecho de hojas muertas comprendiendo que no tornaría a levantarse. Se avergonzaba ante la Dama de su debilidad y de los humildes cuidados a los que la obligaba su enfermedad, mas aquel hombre, que durante toda su vida había buscado en cada experiencia lo que tenía a la vez de más insólito y de más desgarrador, no podía por menos de gozar con lo que aquella nueva y miserable intimidad añadía a las estrechas dulzuras del amor entre dos seres.

Una mañana en que la Dama le daba masaje en las piernas, Genghi se incorporó apoyándose en el codo y, buscando a tientas las manos de la Dama, murmuró:

—Mujer que cuidas al que va a morir, te he engañado. Soy el príncipe Genghi.

—Cuando vine hacia ti no era más que uná ignorante provinciana —dijo la Dama—, y no sabía quién era el príncipe Genghi. Ahora sé que ha sido el más hermoso y el más deseado de todos los hombres, pero tú no tienes necesidad de ser el príncipe Genghi para ser amado.

Genghi le dio las gracias con una sonrisa. Desde que callaban sus ojos, parecía como si su mirada se moviera en sus labios.

—Voy a morir —profirió trabajosamente—. No me quejo de una suerte que comparto con las flores, con los insectos y con los astros. En un universo en donde todo pasa como un sueño, sentiría remordimientos de durar para siempre. No me quejo de que las cosas, los seres, los corazones sean perecederos, puesto que parte de su belleza se compone de esta desventura. Lo que me aflige es que sean únicos. Antaño, la certidumbre de obtener en cada instante de mi vida una revelación que no se renovaría nunca constituía lo más claro de mis secretos placeres: ahora muero confuso como un privilegiado que ha sido el único en asistir a una fiesta que se dará sólo una vez. Queridos objetos, no tenéis por testigo sino a un ciego que muere... Otras mujeres florecerán, igual de sonrientes que aquellas que yo amé, mas su sonrisa será diferente, y el lunar que me apasiona se habrá desplazado en su mejilla de ámbar la distancia de un átomo. Otros corazones se romperán bajo el peso de un insoportable amor, mas sus lágrimas no serán nuestras lágrimas. Unas manos húmedas de deseo continuarán juntándose bajo los almendros en flor, pero la misma lluvia de pétalos nunca se deshoja dos veces sobre la misma ventura humana. ¡Ay! Me siento igual que un hombre arrastrado por una inundación y que quisiera hallar al menos un rinconcito de tierra seca donde depositar unas cuantas cartas amarillentas y algunos abanicos de marchitos colores... ¿Qué será de ti cuando yo ya no exista para enternecerme al recrearte, Recuerdo de la Princesa Azul, mi primera mujer, en cuyo amor no creí hasta el día siguiente a su muerte? ¿Y de ti, Recuerdo desolado de la Dama—del—pabellón—de—las—campanillas, que murió en mis brazos porque una rival celosa se había empeñado en ser la única en amarme? ¿Y de vosotros, Recuerdos insidiosos de mi hermosísima madrastra y de mi jovencísima esposa, que se encargaron de enseñarme alternativamente lo que se sufre siendo el cómplice o la víctima de una infidelidad? ¿Y de ti, Recuerdo sutil de la Dama Cigarra—del—jardín, que me esquivó por pudor, de suerte que tuve que consolarme con su joven hermano, cuyo rostro infantil reflejaba algunos rasgos de aquella tímida sonrisa de mujer? ¿Y de ti, querido Recuerdo de la Dama—de—la—larga—noche, que fue tan dulce y que consintió en ser la tercera tanto en mi casa como en mi corazón? ¿Y de ti, pequeño Recuerdo pastoral de la hija del granjero So—Hei, que no amaba de mí más que mi pasado? ¿Y de ti, sobre todo, Recuerdo delicioso de la pequeña Chujo que en estos momentos me da masaje en los pies, y que no tendrá tiempo de convertirse en recuerdo? Chujo, a quien yo hubiera deseado encontrar antes en mi vida, aunque también sea justo reservar alguna fruta para finales de otoño....

Embriagado de tristeza, dejó caer su cabeza en la dura almohada. La Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen se inclinó sobre él y murmuró temblorosa:

—¿Y no había en tu palacio otra mujer, cuyo nombre no has pronunciado? ¿No era acaso dulce? ¿No se llamaba la Dama—del— pueblo—de—las—flores—que—caen? Ay, recuerda...
Pero las facciones del príncipe habían adquirido ya esa serenidad reservada tan sólo a los muertos. El fin de todos los dolores había borrado de su rostro toda huella de saciedad o de amargura, y parecía haberle persuadido de que aún tenía dieciocho años. La Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen se echó al suelo gritando, olvidando todo recato. Las lágrimas, saladas, arrasaban sus mejillas como una lluvia de tormenta y sus cabellos arrancados volaban por el aire como borra de seda. El único nombre que Genghi había olvidado era precisamente el suyo.


En Cuentos orientales (1938)
Trad. Emma Calatayud
Foto vía



17/1/2011

Ernesto Sabato: Expansión del Universo

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La idea de un universo en expansión fue originada en una memoria del astrónomo holandés W. de Sitter, publicada en 1917, que llevando a sus últimos términos la teoría de Einstein extraía la siguiente conclusión: el tiempo no fluye con la misma rapidez en todas partes; considerado desde la Tierra, se retarda cada vez más hasta llegar a territorios donde se detiene por completo. En estas remotas regiones del espacio, las cosas no suceden: están. Las conclusiones de De Sitter parecían demasiado fantásticas para corresponder a la realidad (como si la realidad tuviera la obligación de ser aburrida). Había, sin embargo, una forma de poner a prueba la teoría: si el tiempo transcurre con mayor lentitud, el péndulo de un reloj debe oscilar más lentamente; no hay posibilidad de colocar relojes de péndulo desde la Tierra hasta los confines de nuestro universo, pero tampoco hay necesidad: los átomos contenidos en cada astro oscilan como relojes y el color de la luz que emiten es la expresión de esa rapidez, como el tono de una nota musical es la expresión de la frecuencia con que vibra la cuerda. Y así como la nota se hace más baja cuando el número de vibraciones por segundo de una cuerda se hace menor, el color de la luz se acerca más y más al rojo.

Si es cierto que en las zonas habitadas por remotas nebulosas el tiempo transcurre con mayor lentitud, la luz que nos viene de allá debe estar levemente enrojecida. Los astrónomos Slipher y Humason fotografiaron los espectros de estas nebulosas: las fotografías revelaron que la luz era más rojiza que la correspondiente a condiciones normales. Las doscientas nebulosas examinadas en los observatorios de Monte Wilson y Flagstaff confirmaban la predicción del astrónomo holandés.

Pero había una variante: el enrojecimiento podía ser causado por un veloz retroceso de las nebulosas, así como el silbato de una locomotora se hace más grave a medida que se aleja. Frente a la hipótesis de la paralización del tiempo apareció la de la expansión general del universo, la hipótesis de un estallido de la burbuja cósmica. Esta idea propuesta en 1922 por Friedmann, desarrollada en 1927 por el abate de Lamaître y llevada a sus consecuencias más extrañas por Eddington, a partir de 1930. De ella dice el propio Eddington: “Contiene elementos aparentemente tan increíbles que casi siento indignación de que alguien tenga fe en ella, excepto yo mismo”. Ha tenido pocos motivos de indignación.

Este misterio tiene una clave: la constante lambda. La primera ley einsteniana de gravitación afirma que el tensor G es nulo (G=O), fórmula que, como dice Eddington, tiene el mérito de la brevedad, ya que no el de la claridad. Esta fórmula encontraba dificultades a distancias infinitas, pero siempre hay una forma de resolver las dificultades con el infinito: abolirlo. Un año más tarde, Einstein modificó ligeramente su ecuación para que el espacio se cerrase a grandes distancias y tuviese una dimensión finita; la fórmula modificada fue G =
G=O donde aparece por primera vez la misteriosa constante lambda.

Einstein emitió esta constante con temor, casi con desconfianza. Pero H. Weyl la puso en primer plano, en su teoría del campo. Sin embargo, la teoría de la relatividad por sí sola se manifestó incapaz de calcular el valor de lambda.

Es entonces cuando aparece Eddington con una teoría revolucionaria. Guiado por la idea de que la palabra expansión se refiere a algo esencialmente relativo, atacó el enigma desde un punto de vista nuevo. Cuando decimos que el universo se expande, queremos significar que se agranda con relación a algo de tamaño constante, por ejemplo, con respecto al metro de París. Esta clase de expresiones tiene un valor relativo: Gulliver es un gigante al llegar a Lilliput y se convierte en un enano al llegar a Brobdingnag.

Podemos decir que el universo se expande con relación a nuestro planeta y a nuestros cuerpos; pero también podemos afirmar que el universo tiene un tamaño constante y que nuestros cuerpos se están empequeñeciendo rápidamente. Un ser de dimensiones cósmicas, en el transcurso de millones de años, vería la contracción paulatina de nuestro pequeño sistema planetario; la Tierra describiría una órbita decreciente, nuestros años se acortarían, la vida del hombre se haría más fugaz: “Recorremos el escenario de la vida, actores de un drama para beneficio del espectador cósmico. A medida que las escenas se desarrollan, observa que los actores se hacen más pequeños y la acción más rápida. Cuando se levanta el telón en el último acto, los actores enanos se desplazan en el escenario a una velocidad fantástica. Cada vez se hacen más pequeños y cada vez se mueven más de prisa. Un último y borroso trazo microscópico de intensa agitación. Y después nada”.

De acuerdo con este sentido relativo de la palabra expansión, Eddington pensó que era imposible hablar de expansión si no se fijaba un patrón constante. Este patrón era, en definitiva, un átomo. El juego se realizaba así entre los dos extremos: el universo y el átomo. La expansión del universo y la contracción del átomo eran expresiones equivalentes.

Pero la expansión del universo aparecía regida por la constante lambda y esa constante estaba rodeada de misterio y de temor. ¿Dónde podía estar su secreto? La conclusión era clara: tenía que estar en el átomo, pues era el elemento que había sido olvidado. Eddington pensó que de algún modo debía ser posible explicar la aparición de la constante y hasta calcular su valor juntando las dos teorías: la de Einstein, que se aplicaba al universo, y la cuántica, que se aplicaba al átomo. (Cf. Relativity Theory of Protons and Electrons, Cambridge, 1936.)

Durante años, Eddington se propuso develar el misterio de la constante. Había muchas otras en el universo físico, honradas y reconocidas; se pensaba que siete regían la estructura y el ritmo del cosmos, como una sinfonía heptatónica: la carga del electrón, la masa del electrón, la masa del protón, la constante de Planck, la velocidad de la luz, la constante de la gravitación universal, la constante lambda.

El problema era: ¿cuántas son verdaderamente básicas?, ¿no habrá vínculos secretos desconocidos entre algunas de ellas? El progreso de la ciencia ha sido promovido por sucesivas unificaciones y esas unificaciones consisten, en definitiva, en la revelación de esas secretas identidades.

En New Pathways in Science, Eddington decide que de las siete constantes hay tres que deben ser eliminadas, porque se basan en la elección arbitraria de patrones de longitud, tiempo y masa. Quedan cuatro que parecen fundamentales y entre ellas lambda, la clave. La imbricación de la relatividad y de los cuantos le hace dar un paso más: concluye que las cuatro constantes son variaciones de una sola; la calcula y encuentra que su resultado está de acuerdo con los datos obtenidos en los espectros de las nebulosas en retroceso.

Una sola constante regía el cosmos: lambda era el número secreto con que el Gran Arquitecto había construido el Templo. Lambda era el puente entre el Universo y el átomo. Quizá ese puente entrevisto en muchos años de meditación y de cálculo sea irreal, ficticio; quizá, como los dragones y los grifos, apenas pertenezca al museo monstruoso de los objetos de Meinong: aun así, tiene la calidad de su rara belleza.

Pero Eddington no había dado todavía el paso más audaz. Milagrosamente, se había mantenido en el terreno de la física. Es cierto que las leyes y las constantes del Universo las obtenía por juegos matemáticos, a partir de un solo número; pero ese número representaba todavía un mensaje venido desde el mundo exterior, desde el vasto continente que está más allá del sujeto. Todavía lambda significaba un dato y la física era, a pesar de todo, una ciencia a posteriori. Eddington necesitaba que los astrónomos y los físicos le dieran ese número obtenido con telescopios y balanzas, para luego edificar la física. Pero se acercaba lo peor: Eddington intentaría probar que ese número puede ser calculado volviendo la espalda a la naturaleza e investigando las formas de nuestro conocer. (Cf. The Philosophy of Physical Science.)

Supongamos que un ictiólogo quiere estudiar los peces del mar. Con ese fin, arroja su red al agua y extrae una cantidad de peces diferentes; repite la operación muchas veces, inspecciona su pesca, la clasifica; procediendo en la forma usual en la ciencia, generaliza sus resultados en forma de leyes:

1. No hay pez que tenga menos de cinco centímetros de largo.
2. Todos los peces tienen agallas.

Estas dos afirmaciones son correctas en lo que se refiere a su pesca y supondrá que seguirán siéndolo cada vez que repita la operación. El reino de los peces es el mundo físico, el ictiólogo es el hombre de ciencia; la red, el aparato cognoscente.

Dos espectadores observan al pescador sin decir nada, hasta que ha formulado sus leyes. Entonces uno hace el siguiente comentario:

—Usted afirma en su primera ley que no hay peces que tengan menos de cinco centímetros. Creo que esa conclusión es una mera consecuencia de la red que emplea para pescar; el cuadro de la red no es apto para pescar peces más cortos, pero de ahí usted no puede concluir que no hay peces más cortos.

El ictiólogo ha escuchado esta manifestación con desprecio, porque pertenece a la nueva clase de hombres de ciencia: opina que la ciencia debe ocuparse únicamente de lo que se puede observar. Responde:

—Cualquier cosa que no sea pescable con mi red está ipso facto fuera del conocimiento ictiológico y no me interesa. En otras palabras: llamo pez a lo que es capaz de pescar mi red, y no cabe duda de que a esa clase de seres le viene muy bien mi primera ley. Los “peces” a que usted hace referencia son peces metafísicos. No me competen.

Hasta este momento, el físico de laboratorio no verá con alarma las manifestaciones de Eddington. Por el contrario, mirará con simpatía su opinión de que la ciencia debe ser construida con el solo uso de los entes observables. Pero, desde este momento, tendrá excelentes motivos de indignación, pues entra en escena el segundo espectador:

—He oído su conversación con el otro espectador y me apresuro a manifestarle mi simpatía. Creo, en efecto, ocioso discutir sobre peces no pescables, sobre todo si se trata de ictiología y no de metafísica. Ahora bien: usted establece sus leyes mediante el tradicional método de examinar la pesca. ¿Puedo sugerirle un método más eficaz?

—No tengo inconveniente, aunque dudo de que exista —responde el ictiólogo, con desconfianza.

—¿No le parece que podía haber establecido la primera ley con sólo examinar la red? ¿No ha observado que el cuadro tiene justamente cinco centímetros?

—Así es, en efecto.

—En esas condiciones, usted puede afirmar a priori y de una vez por todas que jamás tendrá peces que tengan menos de cinco centímetros. La segunda ley le puede fallar; en otras aguas quizá pesque peces sin agallas; pero la primera, obtenida mediante el examen de la red, no le fallará nunca: es necesaria y universal, es la ley por excelencia. La “ley” de las agallas es apenas una generalización empírica y lo expone a desengaños; hablando con franqueza, es una ley bastante desagradable y será bueno ver si también puede ser reemplazada por otra del primer tipo.

El primer espectador es un metafísico que desprecia la física a causa de sus limitaciones; el segundo es un epistemólogo que cree poder ayudar a la física a causa de sus limitaciones. El método tradicional del examen sistemático de los datos obtenidos por la observación no es el único camino para alcanzar las leyes de la ciencia física; algunas, al menos, pueden obtenerse escrutando el equipo sensorial e intelectual usado en la observación.

Los físicos han rechazado enérgicamente cualquier pretensión de adquirir conocimientos a priori. Sin embargo, en cierto sentido —sostiene Eddington— los dos grandes avances de la física actual han sido el producto de un análisis epistemológico: por este procedimiento Einstein probó la imposibilidad de un movimiento absoluto y Heisenberg llegó a su principio de incerteza.

Puede chocar la idea de que la inexistencia de movimientos absolutos o cualquier otra característica del mundo físico pueda ser revelada volviendo la espalda al mundo exterior y examinando la estructura del sujeto. Pero es preciso no olvidar que para Eddington el “mundo físico” no es el mundo exterior sino el mundo fenoménico; para él, este mundo es parcialmente objetivo y parcialmente subjetivo y solamente nos es dado conocer lo que tiene de subjetivo. El hombre encuentra lentamente aquellos elementos que él mismo puso en la naturaleza: “Ha perseguido durante siglos las misteriosas huellas dejadas en la arena por alguien, hasta darse cuenta de que esas huellas son las suyas propias”.

En su última obra, Eddington intenta probar que las leyes de la relatividad y de los cuantos —es decir, toda la física— son la expresión de estas huellas del sujeto trascendental. Las formas primitivas del pensamiento (¿categorías?) que dominan toda la física serían:

1. La forma que lleva a considerar el conocimiento obtenido mediante la experiencia sensorial como una descripción del universo.
2. El concepto de análisis, que representa el universo como una coexistencia de cierto número de partes.
3. El concepto atómico, que exige un sistema de análisis tal que los constituyentes últimos sean unidades estructurales idénticas. Las variedades se originan por la estructura y no por sus elementos.
4. El concepto de permanencia (una forma modificada del concepto de sustancia).
5. El concepto de autosuficiencia de las partes (derivada, presumiblemente, del concepto de existencia).

Son las características del sello que el hombre aplica sobre la naturaleza y que luego ha rescatado a través de los siglos —en forma de leyes y de constantes— en un largo y monumental examen de astros y átomos. Armados de telescopios, balanzas, termómetros, relojes, los físicos escrutaron el Universo en todas las direcciones, fijaron sus límites, midieron las constantes que son sus piedras angulares; la observación de nebulosas reveló la expansión del Universo, o la paralización del tiempo; se calculó el radio total y la masa encerrada en esta burbuja cósmica; se calculó el número total de partículas.

Y cuando se hubo hecho todo esto, Eddington afirmó que esas búsquedas han sido superfluas; el hombre que con un reflector escrutaba remotas galaxias hacía, en realidad, un examen de su propio espíritu.

Las constantes universales derivan —en opinión de Eddington— de la constante lambda o, lo que es equivalente, del número cósmico N (número total de partículas contenidas en el universo). Este número cree poder calcularlo mediante el solo mecanismo de las formas del pensamiento. El cálculo teórico de N depende del hecho de que una medida involucra cuatro entidades y queda por lo tanto asociada a un símbolo de existencia cuádruple. De esto concluye que el número cósmico debe ser: 2.136,2256 Es el número de protones y electrones que componen el universo físico. El número cósmico habría sido introducido, pues, por el hombre: vemos el universo como si estuviese compuesto de N partículas, como vemos cuadriculado un cielo a través de un alambre tejido. Y el responsable de esta cuadriculación y de este número no es el inventor de la mecánica ondulatoria; tampoco lo es el que hizo los electrones. El responsable es el conjunto de formas del pensamiento: el hombre que tomó la primera medida desencadenó el proceso que debía terminar en el número cósmico. Un ligero enrojecimiento en las nebulosas que están más allá de nuestras regiones del espacio fue el indicio del número cósmico. Pero para el epistemólogo, observador de observadores, su valor exacto estaba implícito en su primera mirada a un físico experimental:


Alcé después mis ojos y vi a un varón que tenía en su mano una cuerda de medir
(Zacarías, II. I)





En Uno y el universo (1945)
Foto: Aldo Sessa


13/1/2011

Martin Gardner - La estrella de Belén

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Nacido, pues. Jesús en Belén de Judá en los días del rey Heredes, llegaron del
Oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que
acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle.
... y he aquí que la estrella que habían visto en Oriente les precedía, hasta que se
detuvo al llegar encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella sintieron
grandísimo gozo.

Evangelio de san Mateo 2:1-2, 9-10.






Cada vez que se aproximan las Navidades, las iglesias protestantes y católica celebran el nacimiento de Jesús, y en los sermones y escuelas dominicales se menciona con frecuencia la Estrella de Belén. Los aproximadamente cien planetarios de nuestro país dedican sus programas de Navidad a las posibles causas naturales de la Estrella. Según el Evangelio de san Mateo, que es el único que menciona la Estrella, los Magos de Oriente (su número no se especifica, pero la tradición ha querido que sean tres) fueron guiados hacia Occidente por la Estrella, hasta llegar al establo donde se encontraba el recién nacido Jesús, tendido en un pesebre.

Además de en el Evangelio de san Mateo, la visita de los Magos se cuenta con más detalle en el libro apócrifo de Jacobo, un manuscrito del siglo II. Dice la leyenda que lo escribió un medio hermano de Jesús. Según Orígenes, era uno de los hijos que tuvo José en un matrimonio anterior. El capítulo 15, versículo 7, describe la Estrella, diciendo que era tan grande y brillante que dejaba invisibles todas las demás estrellas.

En la posada no había sitio para sus padres (tal vez debería decir sólo «madre», ya que los Evangelios dejan claro que José no era padre del niño).

San Agustín y otros teólogos antiguos daban por sentado que la Estrella era uno de los milagros de Dios, colocada en los cielos para guiar a los Magos hasta Belén. Cuando Copémico, Kepler y Galileo impulsaron el auge de la ciencia empírica, se puso de moda entre los eruditos cristianos buscar causas naturales para sucesos que la Biblia describe claramente como sobrenaturales.

Una de las explicaciones naturalistas de la Estrella más difundidas y duraderas fue propuesta por Kepler, que en un folleto de 1606 sugirió que la Estrella era en realidad una conjunción de Júpiter y Saturno que tuvo lugar en el año 7 a.C. en la constelación de Piscis. No fue el primero en sugerir tal cosa; esta conjetura aparece en anales eclesiásticos ingleses desde una fecha tan antigua como 1285, pero Kepler fue el primero en argumentar con detalle la posibilidad. El nombre de la constelación era una afortunada coincidencia, porque el pez había sido, y todavía es, uno de los símbolos de la iglesia cristiana y sus fieles.

En la actualidad, los estudiosos están de acuerdo en que Jesús nació entre los años 8 y 4 a.C. Mateo sitúa el nacimiento en «los días del rey Heredes». Se sabe que Herodes murió a principios de 4 a.C., luego Jesús tuvo que nacer antes. Por supuesto, se desconoce la fecha exacta, aunque bien pudo coincidir con la conjunción Júpiter-Saturno del año 7 a.C.

Más adelante, Kepler empezó a dudar de su conjetura. Tal como indica el astrónomo Roy K. Marshall en su librito The Star of Bethlehem (publicado en 1949 por el Planetario Morehead, de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill), durante todo el período de aproximación de Júpiter y Saturno, los dos planetas nunca llegaron a estar a una distancia menor de dos diámetros de la Luna, tal como se ve en el cielo. En 1846, el astrónomo británico Charles Pritchard llevó a cabo una meticulosa investigación sobre el acontecimiento. Debido a las erráticas trayectorias de los dos planetas, tal como se ven desde la Tierra, hubo tres aproximaciones distintas. Los astrónomos llaman a esto «triple conjunción».

Los dos planetas gigantes se vieron juntos el 29 de mayo, el 1 de octubre y el 5 de diciembre. «Ni siquiera con [...] la extraña percepción de una persona con mala vista — escribió Pritchard— habrían podido verse los planetas como una única estrella.» Marshall añadía: «Sólo unos ojos abismalmente débiles podrían haberlos fusionado.» Existen otras objeciones a la conjetura de Kepler. En el año 66 a.C. hubo una aproximación mucho mayor de los dos mismos planetas. Como dice Arthur C. Clarke en su interesante ensayo «The Star of Bethlehem» («La Estrella de Belén») (capítulo 4 de su recopilación de ensayos Report on Planet Three, 1972), este acontecimiento «tendría que haber hecho llegar a Belén una delegación de magos ¡sesenta años antes!».

Cada una de las tres conjunciones del año 7 a.C. duró sólo  unos días, pero san Mateo afirma que la Estrella guió a los Magos durante todo un viaje que tuvo que durar por lo menos varias semanas. Por último, los dos planetas saldrían y se pondrían como hacen las estrellas y los planetas normales, el Sol y la Luna, pero Mateo describe la Estrella deslizándose lentamente por el firmamento en dirección a Belén. Con el tiempo, Kepler decidió que la Estrella fue creada por Dios entre Júpiter y Saturno cuando éstos se encontraban más próximos.

La conjetura inicial de Kepler tuvo mucha aceptación entre los cristianos del siglo XIX, sobre todo en Alemania, donde la llamada «alta crítica» de la Biblia buscaba causas naturales para los milagros bíblicos. La teoría del año 7 a.C. fue defendida además en incontables biografías populares de Jesús publicadas en los países cristianos. En Inglaterra, el clérigo anglicano Frederic W. Parrar dedicó varias páginas de su Life of Christ (1874) a una discusión erudita sobre la conjunción de 7 a.C. También el norteamericano Samuel J. Andrews, en The Life of Our Lord upon the Earth (1891), se tomaba en serio la teoría de Kepler.

En tiempos recientes, la conjetura del año 7 a.C. ha reaparecido en la larga biografía de Jesús que constituye el último tercio del voluminoso Urantia Book (1955). Esta biblia del movimiento Urantia pretende haber sido escrita en su totalidad por seres «supermortales» que canalizaron el texto a través de miembros del movimiento, para dar a Urantia (la palabra con la que la secta designa a la Tierra) una nueva revelación destinada a sustituir al cristianismo. En la página 1.352 del Urantia Book se nos informa de que la conjunción Júpiter-Saturno del 29 de mayo de 7 a.C. se veía como una única estrella —cosa que sabemos que no fue así—, y esto explica lo que los supermortales llaman la «bella leyenda» que se creó en tomo a la «Estrella». Los supermortales —o «amigos invisibles», como les gusta decir a los urantianos— revelan que Jesús nació a mediodía del 21 de agosto de 7 a.C., una fecha que los urantianos celebran cada año. (Para más datos sobre el extravagante movimiento Urantia, ver mi libro Urantia: The Great Cult Mystery, reeditado en edición de bolsillo por Prometheus Books.) En los últimos años se han considerado otras conjunciones planetarias como posibles explicaciones de la Estrella. Por ejemplo, una espectacular conjunción de Júpiter y Venus que tuvo lugar el 17 de junio de 2 a.C. Los discos de los dos planetas llegaron a superponerse. Este candidato a Estrella de Belén es defendido por James de Young y James Hilton en «Star of Bethlehem» («La Estrella de Belén») (Sky and Telescope, abril de 1973), y también por Roger Sinnott en «Computing the Star of Bethlehem» («Cómo computar la Estrella de Belén») (Sky and Telescope, diciembre de 1986). La última vez que Júpiter y Venus estuvieron tan próximos fue en 1818, y no volverá a ocurrir hasta 2065.

Otro aspirante a Estrella es una explosión de supernova que ocurrió en la primavera de 5 a.C. en la constelación de Capricornio. Este argumento lo defienden el astrónomo británico David H. Clark y dos colaboradores en The Quarterly Joumal ofthe Royal Astronomical Society (diciembre de 1977). Otras especulaciones, demasiado absurdas para tenerlas en cuenta, han

identificado la Estrella con Venus, con cometas, con explosiones de meteoros e incluso con bolas luminosas.

El judío ortodoxo Immanuel Velikovsky se esforzó por encontrar causas naturales para los milagros del Antiguo Testamento. Como era de esperar, no tenía mucho interés en hacer lo mismo con los milagros del Nuevo Testamento. Incluso sugirió una explicación naturalista de cómo Josué detuvo el movimiento del Sol y la Luna: en realidad, fue la Tierra la que dejó de rotar. Esto se debió a un gigantesco cometa que surgió de una erupción en Júpiter y pasó cerca de la Tierra antes de estabilizarse y convertirse ¡en Venus! Algunos de los actuales y extravagantes creyentes en la Nueva Era, que están convencidos de la realidad de la PK (psicoquinesis), consideran que Jesús era un poderoso psíquico que utilizaba sus poderes naturales para caminar sobre el agua, multiplicar panes y peces, convertir el agua en vino y realizar otros extraordinarios actos de magia.

Ellen Gouid White, profetisa y cofundadora del Adventismo del Séptimo Día, tenía una explicación mucho más simple —y más sensata— para los grandes milagros de la Biblia. Consideraba que fueron milagros. En The Desire of Ages, su libro sobre la vida de Jesús, explica la Estrella del modo siguiente:

Los Magos habían visto una misteriosa luz en los cielos aquella noche en que la gloria de Dios inundó las colinas de Belén. Al desvanecerse la luz, apareció una luminosa estrella que permaneció en el cielo. No era una estrella fija ni un planeta. [...] Aquella estrella era un lejano batallón de ángeles resplandecientes.

La asociación de la Estrella con los ángeles se remonta a los primeros Padres de la Iglesia. Longfellow, en la tercera sección de su auto «La Navidad» (que forma parte de su libro Cristo: Un misterio), juega con la idea de que la Estrella era sostenida en el cielo por ángeles. Concretamente por siete ángeles: del Sol, de la Luna, de Mercurio, de Venus, de Marte, de Júpiter y de Saturno.

He aquí la estrofa inicial de Longfellow:

Los ángeles de los siete Planetas.
a través de los brillantes campos celestiales.
la estrella natal traemos.
Dejando caer nuestras séptuples virtudes.
como preciosas joyas de la corona.
de Cristo, nuestro Rey recién nacido.

¿Qué opino yo de todo esto? Me resulta difícil comprender que los cristianos conservadores y fundamentalistas, que creen que los milagros de la Biblia ocurrieron de verdad, se molesten en buscar explicaciones naturales para lo que la Biblia describe claramente como fenómenos sobrenaturales de origen divino. El Jehová de las Escrituras posee asombrosos poderes, que le permiten suspender las leyes de la naturaleza y hacer cualquier cosa que desee. ¿Por qué molestarse en buscar causas naturales del gran diluvio con el que Dios ahogó a todos los hombres, mujeres y niños del mundo, junto con sus animales, con la excepción de una familia sin importancia y los pocos animales que llevaban en su arca? En cierta ocasión le pregunté a un adventista del Séptimo Día por qué Dios fue tan cruel al matar a todos aquellos niños inocentes. ¡Me respondió que Dios sabía lo malvados que habrían sido si se les hubiera permitido crecer! En mi no tan humilde opinión, la historia de la Estrella es puro mito, similar a muchas antiguas leyendas sobre la milagrosa aparición de una estrella que anuncia un gran acontecimiento, como el nacimiento de César, de Pitágoras, de Krishna (el salvador hindú) y otros famosos personajes y divinidades. Se dice que Eneas fue guiado por una estrella cuando viajaba rumbo a Occidente desde Troya hasta el lugar donde fundó Roma. (No he sido capaz de encontrar ninguna mención de tal hecho en la Eneida de Virgilio, y le estaría agradecido al lector que me pudiera localizar la referencia.) Muchos estudiosos creen que la leyenda de la Estrella de Belén se inventó para que se cumpliera una profecía del Libro de los Números (24:17): «Le veré, pero no ahora. Le contemplaré, pero no de cerca. Una estrella se alzará de Jacob, y un cetro surgirá de Israel.»

Aunque no creo que la Estrella de Belén existiera, ni que fuera una ilusión provocada por un suceso astronómico natural, la declaración de la señora White me parece más digna de admiración que los fútiles esfuerzos de los cristianos liberales por eliminar de la Biblia todas las alusiones a los poderes milagrosos de Dios. Esto me parece casi tan degradante para la Biblia como los esfuerzos de las ultrafeministas cristianas por expurgar de las Escrituras todas las frases en las que a Dios se llame «Padre» (o cualquier otro término masculino) y a Jesús se le llame «Hijo». Es una tendencia que me resulta aún más ridícula que intentar cambiar la palabra «negro» por «afroamericano» en novelas clásicas como Huckleberry Finn y El negro de Narciso de Joseph Conrad.

¡Dejemos que la Biblia sea la Biblia! No es un libro de ciencia.

No es historia rigurosa. Es un barril de feria lleno de fantasías religiosas escritas por muchos autores. Algunos de sus mitos, como la Estrella de Belén, son muy hermosos. Otros son aburridos y feos.

Algunos expresan elevados ideales, como las parábolas de Jesús.

Otros son moralmente repugnantes. Estoy pensando en la trágica leyenda sobre el impetuoso juramento de Jefté, que le obligó a sacrificar a su hija. (¿Por qué san Pablo habla de Jefté como un hombre de mucha fe?) O en el pasaje en el que el furioso Jehová mata a dos sobrinos de Moisés con sendos rayos, simplemente porque no mezclaron bien el incienso para un sacrificio. ¡A Dios no le gustaba cómo olía el humo! El Dios del Antiguo Testamento es tan hábil como Zeus en el manejo del rayo como arma de castigo.

La Biblia del Rey Jacobo es casi un milagro en sí misma; su estilo poético es mucho más bello y conmovedor que el de cualquiera de las traducciones modernas al inglés o a otras lenguas.

Representa, además, una gran mejora con respecto al estilo frecuentemente tosco de los antiguos autores hebreos y griegos. La Biblia del Rey Jacobo es una obra maestra de la literatura, que más vale dejar inalterada. Es un clásico digno de figurar en una estantería junto a las grandes fantasías de Hornero, Virgilio, Dante, Milton y... sí, incluso el Corán.

Addendum.

En 1999, poco después de escribir este capítulo, dos editoriales universitarias publicaron sendos libros sobre la Estrella: The Star of Bethlehem, de Mark Kidger (Princeton University Press) y The Star of Bethlehem, de Michael Molnar (Rutgers University Press).

Kidger, astrónomo británico, opina que la Estrella era una nova que, según los registros de los astrónomos chinos, brilló en el cielo durante setenta días en 5 a.C. Ocurrió después de una serie de conjunciones que los Magos interpretaron como señales astrológicas de que había nacido el Mesías.

Molnar, astrónomo de Rutgers, argumenta que la Estrella es un mito basado en un evento astrológico: la ocultación de Júpiter por la Luna en la constelación de Aries, el 17 de abril de 6 a.C. Según él, ésta fue la fecha del nacimiento de Jesús. San Mateo describió incorrectamente este suceso astrológico como una estrella que se movía a través del firmamento.

Si Mateo se equivocó de tal manera con respecto a la estrella, ¿cómo podemos estar seguros de que es verdad lo que dice sobre el viaje de unos magos desde Oriente? La conjetura de Molnar me parece tan irrelevante como las demás hipótesis sobre fenómenos celestes que pudieran confundirse con una estrella. Sin duda, la explicación más sencilla del relato de Mateo es que tanto la Estrella como los Magos forman parte de las muchas leyendas evangélicas que carecen de base real.

Dennis J. Cuniff, David Barclay y Don G. Evans me escribieron respondiendo a mi pregunta sobre dónde encontrar la Estrella en la Eneida de Virgilio. El pasaje comienza en la línea 694 del Libro Segundo. Me equivoqué al pensar que la Estrella guió a Eneas hasta el futuro emplazamiento de Roma. Era simplemente una señal en los cielos, producida por Júpiter para hacer saber a Eneas que aprobaba sus planes de fundar una nueva ciudad en Italia. La Estrella, acompañada por un rayo, era un brillante meteoro que cruzó el firmamento dejando una estela de luz y olor a azufre.

Sin embargo, no me equivoqué tanto al decir que había una leyenda sobre una estrella que guió a Eneas en su búsqueda de un lugar donde fundar Roma. William C. Waterhouse, matemático de Penn State, me escribió para decirme que existe un pasaje escrito por el erudito romano Mario Terencio Varro y citado en un comentario a la Eneida escrito en el siglo IV d.C. por un hombre llamado Servio:

Varro dice que esta Estrella Matutina, conocida como la estrella de Venus, fue siempre vista por Eneas hasta llegar a la tierra laurentina; y que en cuanto llegó allí, dejó de ser visible, y eso indicó a Eneas que había llegado a su destino.

Al parecer, esto no se refiere a una estrella de duración limitada, sino al planeta Venus, que, según Varro, parecía guiar a Eneas hacia su destino hasta que se volvió invisible en el firmamento.


En ¿Tenían ombligo Adán y Eva?