28/6/2010

Arthur Rimbaud - El esposo infernal

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Oigamos la confesión de un compañero de infierno.

«Oh divino Esposo, Dueño mío, no rechaces la confesión de la más triste de tus siervas. Estoy perdida. Estoy borracha. Estoy impura. ¡Qué vida!

»Perdón, divino Señor, ¡perdón! ¡Ah! ¡Perdón! ¡Qué de lágrimas! ¡Y qué de lágrimas aún, más adelante, espero!

»Más adelante ¡conoceré al divino Esposo! Nací sometida a Él. — ¡Ya puede pegarme el otro ahora! ¡Oh amigas mías!… no, no amigas mías… Nunca delirios ni torturas semejantes… ¡Qué tontería!

»¡Ah! ¡Estoy sufriendo, grito! Estoy sufriendo de verdad. Todo, no obstante, me está permitido, cargada con el desprecio de los más despreciables corazones.

»En fin, hagamos esta confidencia, aun a riesgo de tener que repetirla otras veinte veces, — ¡igual de tétrica, igual de insignificante!

»Soy esclava del Esposo infernal, del que perdió a las vírgenes necias. Es ése, y no otro demonio. No es ningún espectro, no es ningún fantasma. Pero a mí, que he perdido la prudencia, que estoy condenada y muerta para el mundo — ¡nadie me matará!— ¿Cómo describíroslo? Ya ni siquiera sé hablar. Estoy de luto, lloro, tengo miedo. Un poco de frescor, señor, si no te importa, ¡si te parece bien!

»Soy viuda… — Era viuda… — Sí, sí, antes era muy seria, ¡y no nací para acabar en esqueleto!… — Él era casi un niño… Me habían seducido sus misteriosas delicadezas. Ol- vidé todas mis obligaciones humanas para seguirlo. ¡Qué vida! La auténtica vida está ausente. No estamos en el mundo. Voy adonde él va, así ha de ser. Y a menudo se enfada conmigo, conmigo, pobre almita. ¡El demonio! — Es un demonio, sabéis, no es un hombre.

»Dice: “No me gustan las mujeres. Hay que volver a inventar el amor, ya se sabe. Las mujeres ya no alcanzan a desear más que una situación asegurada. Una vez ganada esta situación, el corazón y la belleza se dejan de lado; no queda sino frío desdén, alimento del matrimonio, hoy en día. O bien veo mujeres con las señales de la dicha; de ellas habría podido hacer buenas amigas, si no las hubiera devorado antes algún bruto con sensibilidad de hoguera…”

»Y yo lo oigo cómo hace de la infamia gloria, de la crueldad encanto. “Soy de raza lejana: mis antepasados eran escandinavos: se perforaban las costillas, se bebían su propia sangre. — Yo me haré cortaduras por todo el cuerpo, me tatuaré, quedaré más repugnante que un mongol; ya verás, aullaré por las calles. Quiero enloquecer de rabia, por completo. Nunca me enseñes joyas, o me arrastraré y me revolcaré por las alfombras. Mi riqueza la quiero manchada de sangre, por todas partes. Jamás trabajaré…” Muchas noches, habiéndome poseído su demonio, ambos rodábamos por el suelo, ¡yo luchaba con él! — Por las noches suele apostarse, borracho, en las calles o en las casas, para asustarme mortalmente. — “Me cortarán de veras el cuello; será asqueroso.” ¡Oh! ¡Esos días en que gusta de andar con un aire de crimen!

»A veces habla, en una especie de jerga enternecida, de la muerte que obliga a arrepentirse, de los desdichados que ciertamente hay, de los trabajos fatigosos, de las separaciones que desgarran el corazón. En los tugurios donde nos emborrachábamos, lloraba al considerar a quienes nos rodeaban, rebaño de la miseria. Levantaba del suelo a los borrachos, en las calles negras. Sentía por los niños la compasión de una mala madre. — Se marchaba con ternuras de niña de catequesis. — Fingía estar al corriente de todo: comercio, arte, medicina. — Yo lo seguía, ¡así ha de ser!

»Veía todo el decorado de que, en espíritu, se rodeaba: vestiduras, paños, muebles; yo le prestaba armas, otro rostro. Veía todo aquello que lo emocionaba, tal como él habría querido crearlo para sí. Cuando me parecía tener el espíritu inerte, lo seguía, yo, en actos extraños y complicados, lejos, buenos o malos; estaba segura de que jamás penetraría en su mundo. Junto a su amado cuerpo dormido, cuántas horas nocturnas he velado, preguntándome por qué desearía tanto evadirse de la realidad. Nunca hombre alguno formuló un voto semejante. Yo admitía, —sin temer por él, — que podía suponer un serio peligro dentro de la sociedad. — ¿Tiene tal vez secretos para cambiar la vida? No, tan sólo está buscándolos, me replicaba yo. Por último, su caridad está embrujada, y yo soy su prisionera. Ninguna otra alma tendría fuerza bastante — ¡fuerza de la desesperación! — para soportarla — para ser protegida y amada por él. Por otra parte, no me lo figuraba con otra alma: se ve el Ángel propio, nunca el Ángel ajeno, — me parece. Estaba yo en su alma como en un palacio que han vaciado para no ver a alguien tan poco noble como tú: eso es todo. ¡Ay! Dependía en mucho de él. Pero ¿qué quería de mi existencia apagada y cobarde? ¡No me hacía mejor, no haciéndome morir! Tristemente despechada, le dije a veces: “Te comprendo”. Y él se encogía de hombros.

»Así, renovándose sin cesar mi sufrimiento, y hallándome más perdida a mis ojos, — como a todos los ojos que habrían querido mirarme, si no hubiese estado condenada para siempre al olvido de todos, — tenía cada vez más hambre de su bondad. Con sus besos y sus abrazos amigos, era en verdad el cielo, un cielo lóbrego, en el que entraba, en el que me habría gustado que me abandonase, pobre, sorda, muda, ciega. Me iba ya acostumbrando. Veía en nosotros dos niños buenos, con permiso para pasearse por el Paraíso de la tristeza. Nos con- certábamos. Muy conmovidos, trabajábamos juntos. Pero, tras una penetrante caricia, él decía: “¡Qué divertido te parecerá, cuando yo ya no esté, esto por lo que has pasado! Cuando no tengas ya mis brazos bajo el cuello, ni mi corazón para en él descansar, ni esta boca en tus ojos. Pues habré de marcharme, muy lejos, un día. Además, he de ayudar a otros, es mi deber. Aunque no resulte muy deleitable…, alma querida…” De inmediato me representaba a mí misma, habiéndose marchado él, presa del vértigo, precipitada en la más espantable de las sombras: en la muerte. Le hacía prometer que no me abandonaría. Veinte veces la hizo, tal promesa de amante. Era tan frívolo como yo al decirle: “Te comprendo.”

»¡Ah! Nunca he sentido celos por su causa. No va a abandonarme, me parece. ¿Qué sería de él? No tiene conocimiento alguno, nunca trabajará. Quiere vivir sonámbulo. Su bondad y su caridad, por sí solas, ¿le darán derechos en el mundo real? A ratos, olvido la piedad en que he caído: él me hará fuerte, viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos en las calles empedradas de ciudades desconocidas, sin cuidados, sin sufrimientos. O me despertaré, y las leyes y las costumbres habrán cambiado —gracias a su poder mágico, — el mundo, siendo el mismo, me dejará con mis deseos, mis alegrías, mis despreocupaciones. ¡Oh! La vida aventurera existente en los libros infantiles, en recompensa, porque he sufrido tanto, ¿me la regalarás tú? No puede. Ignoro su ideal. Me ha dicho que tiene pesares, esperanzas: cosas que al parecer no me conciernen. ¿Es a Dios a quien habla? Tal vez debería yo dirigirme a Dios. Estoy en lo más profundo del abismo, y ya no sé rezar.

»“¿Ves a ese joven elegante que entra en la mansión bella y tranquila? Se llama Duval, Dufour, Armand, Maurice, qué sé yo. Una mujer se ofrendó a la tarea de amar a ese perverso idiota: está muerta, es sin duda una santa del cielo, ahora. Tú me harás morir como él hizo morir a esa mujer. Tal es nuestro destino, el de nosotros, los corazones caritativos…” ¡Ay! Había días en que todos los hombres, al actuar, le parecían juguete de delirios grotescos: reía espantosamente, largo rato. — Luego volvía a sus maneras de madre joven, de hermana amada. Si fuera menos salvaje, ¡estaríamos salvados! Mas también su dulzura es mortal. Le estoy sometida. — ¡Ah! ¡Soy necia!

»Un día tal vez desaparezca maravillosamente; pero tengo que saberlo, si ha de subir a un cielo, ¡quiero ver con mis ojos la asunción de mi amiguito!»

¡Qué pareja!


Un temporada en el infierno
Traducción: Ramón Buenaventura

26/6/2010

Petronio - El lobo

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Cayo Petronio Árbitro, probable autor del Satiricón, vivió y murió en el siglo I del Imperio. Sobre este escritor no hay más datos que los proporcionados por Tácito. (Anales, libro XVI, capítulos XVII, XVIII, XIX.) Del Satiricón, vasta novela de aventuras, quedan fragmentos en prosa y en verso.


Logré que uno de mis compañeros de hostería —un soldado más valiente que Plutón— me acompañara. Al primer canto del gallo, emprendimos la marcha; brillaba la luna como el sol a mediodía. Llegamos a unas tumbas. Mi hombre se para; empieza a conjurar astros; yo me siento y me pongo a contar las columnas y a canturrear. Al rato me vuelvo hacia mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del camino. De miedo se me abrieron las carnes; me quedé como muerto: Lo vi orinar alrededor de su ropa y convertirse en lobo.

Lobo, rompió a dar aullidos y huyó al bosque.

Fui a recoger su ropa y vi que se había transformado en piedra.

Desenvainé la espada y temblando llegué a casa. Melisa se extrañó de verme llegar a tales horas. "Si hubieras llegado un poco antes", me dijo, "hubieras podido ayudarnos: Un lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas; fue una verdadera carnicería; logró escapar, pero uno de los esclavos le atravesó el pescuezo con la lanza."

Al día siguiente volví por el camino de las tumbas. En lugar de la ropa petrificada había una mancha de sangre.

Entré en la hostería; el soldado estaba tendido en un lecho. Sangraba como un buey; un médico estaba curándole el cuello.

PETRONIO: capítulo LXII del Satiricón (Siglo I).


En Antología de la literatura fantástica
Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares
Edhasa Sudamericana

25/6/2010

George Bernard Shaw - Qué soy y qué pienso

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Este catecismo apareció en una revista de corta vida, llamada "El Amigo Sincero", en dos números, el 11 y el 18 de mayo de 1901.


Me pide usted que le diga algo acerca de mis padres y de la influencia que éstos han tenido en mi vida.

Es imposible proporcionarle una visión a lo RougonMacquart de mí mismo, en menos de veinte volúmenes. Permítame que le cuente algo acerca de mi padre. Cuando yo era niño me dio mi primer chapuzón en la bahía de Killiney. Precedió el acto de una exhortación sumamente seria en cuanto a la importancia de aprender a nadar, que culminó con estas palabras: "Cuando yo tenía apenas catorce años mi conocimiento de la natación me permitió salvar la vida de tu tío Robert." Luego, viendo que yo estaba profundamente impresionado, se inclinó y me dijo al oído con tono confidencial: "Y, para decirte la verdad, nunca en mi vida lamenté nada tanto como eso." Y a renglón seguido se zambulló en el océano, gozó de una sesión sumamente refrescante de natación y rió durante todo el camino de regreso.

Nunca he tratado conscientemente de conseguir un anticlímax; ellos se dan naturalmente en mis escritos. Pero no cabe duda de que existe alguna relación entre la risa de mi padre y el placer producido en el teatro por mis métodos de autor de comedias.

¿Cuándo sintió por primera vez inclinaciones a escribir?

Nunca sentí inclinaciones a escribir, como nunca me sentí inclinado a respirar. Jamás se me ocurrió que mi sentido literario fuese excepcional. Alababa, en cambio, a todos los que lo poseían, porque, para el hombre que la posee, no existe nada de milagroso en una facultad natural. En arte, el aficionado, el coleccionista, el entusiasta son los que carecen de la facultad de producirlo. El veneciano quiere ser soldado de caballería, el gaucho querría ser marinero, el pez quiere volar y el pájaro nadar. Yo nunca quise escribir. Ahora conozco, naturalmente, lo raro de la facultad literaria, pero ni aun así la deseo. No se puede desear una cosa y tenerla al mismo tiempo.

¿Qué forma asumió al principio su obra literaria?

Recuerdo que cuando era un muchacho elaboré un cuento corto y lo envié a cierto periódico juvenil. Trataba de un hombre con una escopeta, que atacaba a otro hombre en el Valle de las Tierras Bajas. La escopeta era mi centro de interés. Mi correspondencia con Edward McNulty anuló mi incipiente energía literaria.

Llevé otra larga correspondencia, esta vez con una dama inglesa (Elinor Huddart), cuyas novelas férvidamente imaginativas la habrían hecho conocida si yo hubiera podido convencerla de que hiciera público su nombre, o al menos de que retuviera su seudónimo literario en lugar de cambiarlo en cada libro. Mis primeras obras fueron, virtualmente, las cinco novelas que escribí de 1879 a 1883 y que nadie quiso publicar. Comencé una obra profana sobre la Pasión, en la que la madre del protagonista era una arpía, pero no logré terminarla. Afortunadamente para mí siempre fui un fracasado para las cosas superficiales. Mis tentativas de hacer Arte por el Arte mismo no tuvieron ningún éxito. Era como querer clavar clavos a martillazos en hojas de papel de escribir.

Pregunta usted cuándo comencé a interesarme por las cuestiones políticas y en qué forma afectaron éstas mi trabajo.

Bien, ya sabe que a principios de la década del 1880 escuché una conferencia de Henry George y que ella me abrió los ojos en cuanto a la importancia de la economía. Leí a Marx. Pues el verdadero secreto de la fascinación de Marx es el atractivo que ofrece a una pasión innominada y no reconocida: el odio que las personas más generosas del sector respetable y educado sienten hacía las instituciones de la clase media que las hambrearon, frustraron, mal encaminaron y corrompieron desde la cuna. "El Capital" de Marx no es un tratado sobre el socialismo; es una jeremiada contra la burguesía, respaldada por una masa de pruebas oficiales y un implacable talento judío para la acusación. Fue dirigido a las masas obreras. Pero los obreros respetan a la burguesía y quieren ser burgueses. Fueron los hijos rebeldes de la propia burguesía, Lassalle, Marx, Liebknecht, Morris, Hyndman (agréguese a Lenin, Trotsky y Stalin), todos ellos burgueses, como yo, quienes dieron su color rojo a la bandera. Bakunin y Kropotkin, pertenecientes a la nobleza y a la casta militar, fueron nuestra extrema izquierda anarquista. Las clases de los segundones profesionales y empobrecidos constituyen el elemento revolucionario de la sociedad, como bien lo sabía Disraeli, el tory demócrata. Marx me hizo socialista y me salvó de convertirme en un literato.

¿Cuál fue su primer éxito verdadero? Dígame qué sintió en esa oportunidad. ¿Alguna vez desesperó de poder triunfar?

Nunca tuve éxito alguno. En ese sentido, el éxito es una cosa que le asalta a uno y le quita la respiración, como asaltó a Byron, a Dickens y a Kipling. Lo que me asaltó a mí fue un repetido fracaso. Cuando las derrotas fueron disminuyendo yo estaba demasiado enterado como para asignar gran importancia al éxito o a los fracasos.

La pobreza, ¿es un obstáculo en el camino del éxito u obra como incentivo para lograrlo?

La pobreza y la falta de comodidad -comodidad que sólo el socialismo puede dar- esterilizan desastrosamente a ese pequeño porcentaje de la población que ha sido dotado por la naturaleza de la capacidad de pensar y dirigir, sin el cual el socialismo es imposible.

Pero si usted se refiere a la pobreza vergonzante, entonces lo único que puedo decirle es que nuestro sistema social está tan irreflexivamente organizado que resulta imposible saber cuál es el mayor obstáculo para un escritor: si el dinero o la falta de él. No podría comprometerme a volver a escribir The Pilgrim's Progress y Fors Clavígera como si Ruskin hubiera sido un hojalatero y Bunyan un caballero de recursos independientes. Pero si bien no estoy seguro de que la falta de dinero estropee a un hombre pobre más de lo que su posesión estropea a un rico, estoy completamente cierto de que la clase que tiene las pretensiones, los prejuicios y las costumbres de los ricos sin su dinero y la pobreza de los pobres sin la franqueza necesaria para confesarla -la clase que no concurre al teatro porque no puede pagarse una butaca y se avergüenza de ser vista en cazuela-, es la que está en peor situación de todas. Estar en la cuesta abajo, desde el cenit de la haute bourgeoisie y la clase media terrateniente hasta el nadir en que el biznieto de los segundones abandona la lucha por guardar las apariencias, en la imposibilidad de hacer que trescientas libras esterlinas anuales parezcan ochocientas en Irlanda y Escocia, o que quinientas parezcan cinco mil en Londres; no ser educado en la escuela proletaria ni en la politécnica, sino en alguna barata academia privada, elegida al azar, para los hijos de los caballeros; excluir a los pobres de la lista de personas visitables y descubrir después que el resto del mundo lo excluye a uno, todo eso es la pobreza en su aspecto más detestable. Y, sin embargo, buena parte de nuestra literatura y periodismo ha surgido de ella. Piénsese en la humillación de Dickens niño en el almacén de betún y en su constante resentimiento por el hecho de que su madre quiso mantenerle allí. Piénsese en Trollope estudiando en una escuela para las clases superiores, con agujeros en los pantalones porque su padre no se resignaba a desprenderse de un criado. ¡Puf! Importa poco que uno sea un vagabundo o un millonario; lo que sí importa es ser pariente pobre de un rico, y eso es lo peor.

El comunismo fue mi salvación. Aunque carecía casi de dinero, tenía una magnífica biblioteca en Bloomsbury, una inapreciable galería de cuadros en la plaza Trafalgar y otra en Hampton Court, sin sirvientes a los que cuidar ni alquileres que pagar. Y la naturaleza me había concedido el cerebro necesario para usarlas. En cuanto a la música profesional, más tarde se me llegó a pagar para que me saturara de la mejor que podía encontrarse desde Londres hasta Bayreuth. ¿Amigos? Mi lista de visitas ha sido siempre de un valor incalculable.

Después de todo, ¿qué podía haber comprado con dinero más que suficiente para alimentos, vestidos y alojamiento? ¿Cigarros? No fumo. ¿Champagne? No bebo. ¿Treinta juegos de trajes elegantes? La gente a la que deseo evitar me habría invitado a cenar si hubiese permitido que me convenciesen de que usara esas cosas. Ahora ya puedo permitirme todo eso, pero no compro nada que no comprara antes. Además, tengo imaginación. Desde que poseo memoria no he tenido más que cerrar los ojos para hacer lo que quería. ¿Qué son esos lujos de relumbrón de la calle Bond para mí, George Bernard Sardanápalo? Agoté los ensueños diurnos románticos antes de llegar a los diez años de edad. Los novelistas populares escriben ahora los cuentos que yo me contaba a mí mismo (y a veces a otros) antes de cambiar mi primera dentadura.

Algún día trataré de descubrir una genuina psicología de la novela escribiendo la historia de mi vida imaginada: duelos, batallas, lances amorosos con reinas y todo. La dificultad reside en que gran parte de ello es demasiado crudamente erótico como para poder ser escrito por un escritor que tenga alguna delicadeza. (Cuando escribía esto, en 1901, no creía que un autor tan completamente carente de delicadeza como Sigmund Freud pudiera, no sólo aparecer en figura humana, sino, además, hacerse tan famoso, e incluso instructivo, gracias a su defecto, como podría lograrlo un ciego que escribiera sobre pintura. Y no supuse tampoco que llegara a levantar la excomunión a los graves tratados sobre el sexo de Havelock Ellis. )

¿Qué opina del periodismo como profesión?

El periodismo diario, como que está más allá de las fuerzas y la resistencia mortal, adiestra a los literatos para que hagan una frangolla de su trabajo. Por lo menos un artículo semanal es posible. Yo hice uno durante diez años, preocupándome todo lo que me era posible por llegar al fondo de cada una de las frases que escribía. Hay una indescriptible ligereza ,no trivialidad, nótese bien, sino ligereza o levedad, algo del reino de los duendes, en las conclusiones del escritor que quiere encarar la tarea de bucear en ellas. Las verdades a medias son congruas, pesadas, serias, sugerentes de un filósofo de edad madura o avanzada. Las conclusiones plenamente razonadas son a menudo lo primero que aparece en el cerebro de un tonto o un niño. Y resulta no sólo sorprendente, sino divertido, cuando el razonador se abre paso por la fuerza para llegar a ellas, a través de las varias capas de sus propias falsedades.

Diez años de esa tarea representaron un aprendizaje que me convirtió en maestro en mi profesión. Pero no era periodismo cotidiano. Yo no habría podido alcanzar la calidad que alcancé si hubiera querido hacer algo más que un articulo semanal. Y ni siquiera habría podido hacer eso si durante el resto de la semana no me hubiese hundido hasta el cuello en otras actividades, adquirido otras eficiencias y atiborrádome al mismo tiempo de vida y de experiencia. Mis entradas de periodista comenzaron en 1885 con ciento diecisiete libras, cero chelines, tres peniques. Y terminó con unas quinientas libras, habiendo yo llegado ya en esa época a la edad en que descubrimos que el periodismo es una gran ayuda para un joven y no la subsistencia de un anciano. Por lo tanto -saco en conclusión-, incluso el periodismo semanal es sobrehumano, excepto para los jóvenes. Los de más edad deben hacer un periodismo frangollón y los jóvenes deben vivir sencilla y frugalmente si quieren llevar su autoridad al plano en que se les permite decir lo que piensan. Es claro, no hacen nada de eso. Si lo hicieran, el periodismo les adiestraría en literatura como ninguna otra cosa puede lograrlo. Les adiestraría, pero no lo hace. En cambio, les arruina. Si uno quiere plantear un problema, un periodista práctico puede hacerlo, con un aire que se parece lo más posible al ofrecimiento de una solución. Pero jamás la ofrece. No tiene tiempo para ello. Y no le pagarían mejor por las soluciones, aunque lo tuviera. De modo que esboza el planteo y esquiva la solución.

¿Fué siempre usted vegetariano? ¿Cómo se convirtió al vegetarianismo?

No. Fuí caníbal durante veinticinco años. El resto de mi vida he sido vegetariano. Fué Shelley quien por primera vez me abrió los ojos al hecho de lo salvaje de mi dieta. Pero sólo en 1880, aproximadamente, el cambio de régimen alimenticio me fue facilitado por el establecimiento de restaurantes vegetarianos en Londres.

Mi vegetarianismo produce un extraño efecto en mis críticos. Uno lee un artículo que pretende ser un análisis de mi último libro y descubre que lo que el crítico realmente hace es defender su vida privada contra la mía, y que lo que se lee es la apologia pro sua vita de un hombre profundamente ofendido. El crítico trata de llevar a cabo su habitual e imponente trabajo de pluma, pero le ahoga la sangre del Establo Abastecedor Deptford y los espantosos bosques de esqueletos del mercado Farringdon se yerguen ante él. Toda esta mauvaise honte es el remordimiento del carnívoro en presencia de un hombre que es la prueba viviente de que ninguna carne es indispensable para triunfar en la vida y la literatura. Todas mis otras manías les son familiares y a menudo las comparten. Pero esta es una cuestión de culpabilidad por derramamiento de sangre y das Blut ist ein ganz besondrer Saft*

La vida matrimonial, ¿ha producido alguna diferencia en sus puntos de vista?

¿A qué llama usted vida matrimonial? La verdadera vida de matrimonio es la del joven y la doncella que arrancan una flor y hacen caer un alud sobre sus hombros. Treinta años de trabajos de Atlas y luego descanso de pater y materfamilias. ¿Qué puede decirle del matrimonio la gente sin hijos, con rentas independientes, casada a los cuarenta años como yo? No sé nada de él, como no sea desde el ángulo de enfoque del espectador.

¿Cuál es su honrada opinión acerca de G. B. S.?

Oh, es uno de los más exitosos de mis inventos literarios, pero creo que ya se está haciendo un poco aburridor. G. B. S. sólo deja de aburrirme cuando dice algo que es preciso decir y que únicamente puede ser dicho en el estilo de G. B. S. G. B. S. es una patraña.

¿Cómo define usted el humorismo?

Como cualquier cosa que haga reír. Pero el mejor humorismo es el que arranca una lágrima junto con la carcajada.

Dígame una palabra en punto al significado de la comedia, según usted.

Esta irreflexiva exigencia de un significado es lo que produce la comedia. Me pide que se lo dé en una palabra, aunque todavía nos falta más de un millón de años para ver al mundo tal como es. Intelectualmente seguimos siendo niños de teta. Quizá será por eso que la expresión facial de un bebé sugiere tan intensamente la del filósofo profesional. Toda su energía mental es absorbida por su lucha por adquirir conciencia física. Se encuentra en la etapa de aprender a interpretar las sensaciones de sus ojos, oídos, narices, lengua y yemas de los dedos. Se muestra ridículamente encantado con un juguete tonto y absurdamente aterrorizado por un espantajo inofensivo. Bien, nosotros somos todavía tan niños en el mundo del pensamiento como lo éramos a los dos años de edad en el mundo de los sentidos. Los hombres no son para nosotros verdaderos hombres; son héroes y villanos, personas respetables y criminales. Sus cualidades son virtudes y vicios; las leyes naturales que les gobiernan, dioses y demonios; sus destinos, recompensas y expiaciones; sus razonamientos, una fórmula de causa y efecto en la que generalmente los términos están trastrocados. Vienen a mí con el cerebro lleno de estas ficciones que ellos llaman, nada menos, "el mundo", y me preguntan cuál es el significado de ellas, como si yo o cualquier otra persona fuéramos Dios Omnisciente y pudiéramos decírselo. Sumamente gracioso, ¿eh? Pero cuando condenan al ostracismo, castigan, asesinan y hacen la guerra para imponer por la fuerza sus grotescas religiones y repugnantes códigos penales, entonces la comedia se convierte en tragedia. El Ejército, la Armada, el Foro, los teatros, las galerías pictóricas, las bibliotecas y los sindicatos obreros son obligados a apuntalar sus alucinaciones favoritas. Ya basta de esto. Usted espera que parlotee de lo Absoluto, de la Realidad de la Causa Primera, que conteste el Por Qué universal. Cuando veo todas esas palabras en letras de molde, el libro va al cesto de los papeles. Buenos días.

Londres. 1901.

*“...La sangre es un zumo completamente especial.”

En Dieciséis esbozos de mí mismo

24/6/2010

Martin Gardner - Las opiniones religiosas de Stephen Jay Gould y Darwin

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Rocks of Ages («Rocas eternas», pero también, en sentido figurado, «La fe de Cristo») es el ingenioso título del último libro de Stephen Jay Gould, famoso paleontólogo de Harvard y autor de libros de gran éxito comercial. Una de las dos «rocas» del título es la religión. La otra es la ciencia, representada por las rocas llenas de fósiles que demuestran la realidad de la evolución.

El profesor Gould es totalmente contrario a la idea de que la ciencia y la religión son irreconciliables, una postura defendida en dos obras clásicas: The Conflict Between Religión and Science (1877), del científico norteamericano John William Draper, y History ofthe Warfare of Science and Theology (en dos tomos, 1894), del historiador y primer rector de Cornell Andrew Dickson White. Ambos libros, que Gould comenta exhaustivamente, consideran que la ciencia y la religión —en especial, el catolicismo— están enzarzadas en un eterno combate.

Aunque Gould se declara agnóstico y con tendencia al ateísmo, su libro es una apasionada llamada a la tolerancia entre los dos campos. La ciencia y la religión, sostiene Gould, son ejemplos de un principio que él llama NOMA (Non Overlapping Magisterio, magisterios que no se solapan). Existe, efectivamente, un conflicto entre las dos si se entiende la religión en el estrecho sentido de una creencia que exige intervenciones milagrosas de Dios en la historia y se niega a aceptar la abrumadora evidencia a favor de la evolución. Estas supersticiones, que enmarañan los dos magisterios, generan enemistad mutua. Pero si la religión se entiende en un sentido más amplio, bien como un teísmo filosófico libre de supersticiones, bien como un humanismo seglar basado en normas éticas, Gould no ve que haya conflicto alguno entre los dos magisterios. No es que se puedan unificar en un único esquema conceptual, pero pueden florecer una junto a otra, como dos naciones independientes que están en paz una con otra.

La ciencia, nos recuerda Gould, es la búsqueda de los hechos y leyes de la naturaleza. La religión es una búsqueda espiritual del sentido definitivo de la vida y de valores morales que la ciencia es incapaz de aportar. Como decían Kant y Hume, la ciencia nos dice lo que es, no lo que debería ser. «Puestos a utilizar clichés manidos —escribe Gould—, nosotros nos dedicamos a la edad de las rocas y la religión conserva la roca de las edades; nosotros estudiamos cómo van los cielos, y ellos determinan cómo ir al cielo.» No se menciona a John Dewey, pero el tema que trata Gould no está muy lejos, en lo esencial, del librito de Dewey A Common Faith.

Gould incluye abundantes citas de las cartas de Charles Robert Darwin, que, junto con Thomas Henry Huxiey, es uno de sus dos grandes héroes. Esas citas me llevaron a consultar The Life and Letters of Charles Darwin (1887), escrito por su hijo Francis, el botánico. Uno de los capítulos está totalmente dedicado al lento y progresivo desencanto de Darwin con el cristianismo y a su decisión final de declararse agnóstico. El término había sido acuñado por Huxiey, conocido en sus tiempos como «el bulldog de Darwin» por su vigorosa defensa de la selección natural y sus infatigables ataques al tosco fundamentalismo protestante del primer ministro inglés, William Ewart Gladstone.

En su juventud, Darwin creía firmemente que la Biblia era la palabra revelada de Dios. Su padre, anglicano, quería que Charles se hiciera clérigo, y éste pasó tres años en Cambridge preparándose para su ordenación. Aunque fue perdiendo la fe poco a poco, siempre fue tolerante y respetó las creencias de sus amigos y colaboradores cristianos, y en especial de su devota esposa.

Darwin se casó con su prima Emma Wedgwood, que le dio diez hijos. Se amaban intensamente, pero a todo lo largo de su matrimonio, feliz en todos los demás aspectos, los dos sufrieron por sus irreconciliables diferencias religiosas. Janet Browne, en su espléndida biografía Charles Darwin (1995), reproduce una de las cartas de Emma a Charles, escrita antes de casarse, en la que le suplica que renuncie a su manía de «no creer nada hasta que esté demostrado». Darwin dijo que era «una carta preciosa» y escribió en el sobre: «Cuando esté muerto, quiero que sepas cuántas veces la he besado y he llorado sobre ella.» La muerte de su hija Anne intensificó la antipatía de Darwin hacia el cristianismo y ensanchó la brecha religiosa que lo separaba de Emma. Ésta nunca perdió su fe. Cuando se quedó viuda, es posible que siguiera atormentada hasta su muerte (así lo expresa Browne) por la idea de que «no podría reunirse con él en el cielo». Algunos biógrafos han llegado a especular, aunque sin ninguna prueba, que las enfermedades crónicas de Darwin eran consecuencias psicosomáticas de las diferencias religiosas entre él y su amada esposa. La tolerancia religiosa de Darwin es la base del libro de Gould.

Incluso elogia al papa Juan Pablo II por haber declarado en 1996 que la evolución ya no es una simple teoría, sino un hecho bien demostrado que los católicos deben aceptar, siempre que insistan en que Dios infundió almas inmortales en los cuerpos evolucionados de los primeros seres humanos. Gould ve esto como un paso trascendental del magisterio de Roma hacia la aceptación del principio NOMA.

«La naturaleza es amoral —escribe Gould—, no inmoral. [...] Ha existido durante eones antes de que nosotros llegáramos, no sabía que íbamos a venir y le importamos un bledo. [...] La naturaleza no muestra ninguna preferencia estadística ni por lo cálido y amable ni por lo feo y desagradable. La naturaleza, simplemente, es; en toda su complejidad y diversidad, en toda su sublime indiferencia a nuestros deseos. Por lo tanto, no podemos utilizar la naturaleza para nuestra educación moral, ni para responder a ninguna pregunta que entre dentro del magisterio de la religión.» Aunque la ciencia es incapaz de aportar normas éticas o pruebas de la existencia de Dios, tampoco es capaz de descartar la posibilidad de una divinidad o la existencia de imperativos morales basados en una naturaleza humana común. Así es como Gould resume con exactitud la aceptación del principio NOMA por Darwin:

Darwin no utilizó la evolución para promocionar el ateísmo, ni para sostener que el concepto de Dios jamás podrá encajar en la estructura de la naturaleza. Lo que hizo fue argumentar que la realidad objetiva de la naturaleza, leída según el magisterio de la ciencia, no podía resolver, ni siquiera especificar, la existencia o el carácter de Dios, el sentido último de la vida, los fundamentos de la moralidad, ni ninguna otra de las cuestiones que entran dentro del magisterio de la religión, que es un magisterio diferente. Mientras que muchos pensadores occidentales invocaron en su momento un concepto indefendible y con anteojeras de la divinidad para proclamar la imposibilidad de la evolución, Darwin se negó a cometer el mismo error arrogante en sentido contrario y declarar que el hecho de la evolución implica la no existencia de Dios.

Veamos ahora cómo el propio Darwin, con palabras cuidadosamente escogidas, expresó sus opiniones religiosas con gran humildad y sinceridad, en correspondencia citada por su hijo. He aquí un párrafo de una carta de 1860:

Una palabra más sobre las «leyes diseñadas» y los «resultados no intencionados». Veo un ave que quiero comerme, cojo mi escopeta y la mato. Esto lo hago intencionadamente. Un hombre bueno e inocente está de pie bajo un árbol y un rayo lo mata. ¿Tú crees (y de verdad me gustaría oírlo) que Dios mató intencionadómente a ese hombre? Muchas personas, tal vez la mayoría, lo creen; yo no puedo creerlo y no lo creo. Si tú crees eso, ¿crees que cuando una golondrina atrapa a un mosquito Dios planeó que esa golondrina concreta atrapara a ese mosquito concreto en ese instante concreto? Yo creo que el hombre y el mosquito están en la misma situación. Si ni la muerte del hombre ni la del mosquito estaban planeadas, no veo ninguna razón para creer que su nacimiento o formación original estuviera necesariamente planeado.

En otra carta de 1860, escrita al botánico Asa Gray, Darwin decía lo siguiente:

Con respecto al punto de vista teológico de la cuestión. Esto siempre me resulta doloroso. Me deja perplejo. No tenía ninguna intención de escribir en plan ateo. Pero reconozco que no veo con tanta claridad como ven otros, y como a mí me gustaría ver, pruebas de diseño y benevolencia a todo nuestro alrededor. Me parece que hay demasiado sufrimiento en el mundo. No me puedo convencer de que un Dios benévolo y omnipotente haya creado intencionadamente los ichneumónidos, con la expresa intención de que se alimenten de los cuerpos vivos de las orugas, ni que haya planeado que el gato juegue con los ratones. Y como no creo eso, no veo ninguna necesidad de creer que el ojo fue diseñado expresamente. Por otra parte, tampoco me puedo conformar con contemplar este maravilloso universo, y sobre todo la condición humana, y llegar a la conclusión de que todo es el resultado de la fuerza bruta. Tiendo a considerar que todo es el resultado de leyes diseñadas, y que los detalles, ya fueran buenos o malos, se dejaron en manos de lo que podríamos llamar azar. No es que esta idea me satisfaga en absoluto. Tengo la íntima sensación de que todo este tema es demasiado profundo para el intelecto humano. Es como si un perro especulara sobre la mente de Newton. Que cada uno espere y crea lo que pueda. Desde luego, estoy de acuerdo contigo en que mis opiniones no son necesariamente ateas. El rayo mata a un hombre, sin importar que sea bueno o malo, debido a la complejísima acción de leyes naturales. Un niño (que después puede salir idiota) nace gracias a la acción de leyes aun más complejas, y no veo ninguna razón para que un hombre u otro animal no se haya formado originalmente por acción de otras leyes, y que todas estas leyes hayan sido diseñadas expresamente por un Creador omnisciente, que preveía todos los sucesos y consecuencias futuros. Pero cuanto más pienso, más aumenta mi perplejidad, como seguramente he demostrado con esta carta.

De una carta de 1873:

Cuáles puedan ser mis opiniones es una cuestión que no le importa a nadie más que a mí. Pero, ya que preguntas, puedo decir que mi juicio fluctúa con frecuencia. [...] En mis fluctuaciones más extremas, no he sido nunca ateo, en el sentido de negar la existencia de un Dios. Creo que en general (y cada vez más, a medida que me hago viejo), pero no siempre, la de agnóstico sería la descripción más correcta de mi estado mental.

De una carta de 1879:

Es imposible responder brevemente a tu pregunta; y no estoy seguro de poder hacerlo ni aun escribiendo una parrafada bastante larga. Pero puedo decir que, para mí, el principal argumento a favor de la existencia de Dios es la imposibilidad de concebir que este grandioso y maravilloso universo, con nuestras personalidades conscientes, surgiera por casualidad; pero nunca he sido capaz de decidir si este argumento tiene algún valor. Me doy cuenta de que si admitimos una primera causa, la mente aún sigue preguntándose de dónde surgió y cómo surgió. Tampoco puedo pasar por alto la dificultad que entraña la inmensa cantidad de sufrimiento que hay en todo el mundo. Además, me siento inclinado a confiar hasta cierto punto en la opinión de los muchos hombres capaces que han creído plenamente en Dios; pero me doy cuenta de que también este argumento es muy pobre. Me parece que lo más seguro es concluir que todo este asunto está fuera del alcance del intelecto humano.

En 1876, Darwin escribió una sincera autobiografía, con la intención de que sólo la leyeran su mujer y sus hijos. [ En 1958 se publicó una edición íntegra de la autobiografía de Darwin, editada por su nieta Nora Barlow, que ahora se puede encontrar en rústica (Norton). Las anteriores ediciones de la autobiografía fueron muy censuradas por la familia de Darwin, que procuró sobre todo suprimir las mordaces críticas de Darwin a algunos de sus contemporáneos] Francis, en la biografía de su padre, ofrece una serie de extractos de dicha autobiografía, en los que Darwin describía sus opiniones religiosas. Cito esta sección en su totalidad:

Cuando estaba a bordo del Beagle era muy ortodoxo, y recuerdo que varios oficiales (a pesar de que también ellos eran ortodoxos) se rieron a carcajadas de mí por citar la Biblia como una autoridad incontestable en cuestión de moral. Supongo que lo que les divirtió fue la novedad del argumento. Pero a estas alturas, es decir, entre 1836 y 1839, había llegado poco a poco a considerar que el Antiguo Testamento no merecía más confianza que los libros sagrados de los hindúes. Constantemente me venía a la cabeza una pregunta que se negaba a desaparecer: ¿es creíble que si Dios les hiciera ahora una revelación a los hindúes, permitiera que ésta siguiera ligada a la creencia en Visnú, Siva, etc., como está el cristianismo ligado al Antiguo Testamento? A mí, eso me parecía totalmente increíble.

Y así, a base de pensar que para aceptar las pruebas más claras sería imprescindible que una persona cuerda creyera en los milagros en los que se apoya el cristianismo; y que cuanto más sabemos sobre las leyes fijas de la naturaleza, más increíbles resultan los milagros; que los hombres de aquella época eran ignorantes y crédulos hasta un grado casi incomprensible para nosotros; que no se puede demostrar que los Evangelios se escribieran en la época en la que ocurrieron los hechos; que difieren en muchos detalles importantes, demasiado importantes, me parecía a mí, para aceptarlos como las inexactitudes habituales en los testigos oculares... a base de reflexiones como éstas, que reconozco que no tienen ninguna novedad ni valor, pero que a mí me influían, poco a poco fui dejando de creer en el cristianismo como revelación divina. El hecho de que muchas religiones falsas se hayan difundido como fuego de pastos por grandes extensiones del mundo también tenía cierto peso para mí.

Pero no estaba nada dispuesto a renunciar a mis creencias; de esto estoy seguro, porque recuerdo perfectamente que muy a menudo me inventaba fantasías sobre antiguas cartas cruzadas entre ilustres romanos, o sobre manuscritos descubiertos en Pompeya o en otras partes, que confirmaban de la manera más sorprendente todo lo que estaba escrito en los Evangelios. Pero cada vez me resultaba más difícil, dando rienda suelta a mi imaginación, inventar pruebas que bastaran para convencerme. Esta incredulidad se fue apoderando de mí muy poco a poco, pero al final fue completa.

Creció tan despacio que no sentí ningún malestar.

Aunque no pensé mucho en la existencia de un Dios personal hasta un período muy posterior de mi vida, voy a ofrecer aquí las vagas conclusiones a las que acabé llegando. El viejo argumento del diseño de la naturaleza, tal como lo expone Paley, que en otro tiempo me pareció tan concluyente, no sirve ahora que se ha descubierto la ley de la selección natural. Ya no podemos aducir que, por ejemplo, la perfecta articulación de la concha de un bivalvo tiene que haber sido creada por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta hecha por los hombres. No parece que haya más intención en la variabilidad de los seres orgánicos y en la acción de la selección natural que en la dirección en la que sopla el viento.

Pero ya he comentado este tema al final de mi libro sobre las Variaciones de los animales y plantas domésticos y, que yo sepa, el argumento que ahí presento no ha sido contestado nunca.

Pero pasando por alto las infinitas y bellísimas adaptaciones que encontramos por todas partes, habría que preguntar dónde está esa organización generalmente benévola del mundo. De hecho, algunos autores están tan impresionados por la cantidad de sufrimiento que hay en el mundo que no sabrían decir, considerando la totalidad de los seres sensibles, si hay más desgracia o felicidad, si el mundo en conjunto es bueno o malo. A mi juicio, la felicidad predomina decididamente, pero esto sería muy difícil de demostrar. Si se acepta como verdadera esta conclusión, concordaría bien con los efectos que podemos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de una especie tuvieran que sufrir habitualmente en grado extremo, no se molestarían en propagar su linaje; pero no tenemos razones para creer que esto haya ocurrido siempre, o al menos con cierta frecuencia. Además, algunas otras consideraciones llevan a creer que todos los seres sensibles han sido formados para gozar, como regla general, de la felicidad.

Todo el que crea, como creo yo, que todos los órganos corporales y mentales de todos los seres vivos (excepto los que no son ni ventajosos ni desventajosos para su poseedor) se han desarrollado por selección natural, o por la supervivencia de los mejor adaptados junto con el uso o el hábito, tendrá que admitir que dichos órganos han sido formados para que sus poseedores puedan competir eficazmente con otros seres vivos, y así aumentar su número. Ahora bien, un animal puede ser inducido a seguir la línea de acción que resulte más beneficiosa para la especie por el sufrimiento —dolor, hambre, sed y miedo— o por el placer, como al comer, beber y propagar la especie; o por ambos medios combinados, como cuando se busca alimento. Pero el dolor o el sufrimiento, del tipo que sean, si continúan durante mucho tiempo, causan depresión y reducen la eficacia de las acciones; sin embargo, es una buena adaptación para que toda criatura se proteja contra males grandes o repentinos. En cambio, las sensaciones agradables pueden continuar durante mucho tiempo sin ningún efecto depresivo; al contrario, estimulan todo el sistema favoreciendo la acción. Así se ha llegado a aceptar que todos o casi todos los seres sensibles se han desarrollado de este modo, por selección natural, y que las sensaciones agradables sirven como guías habituales. Esto lo comprobamos en el placer del esfuerzo —a veces, incluso, de un gran esfuerzo del cuerpo o la mente—, en el placer de nuestras comidas diarias, y sobre todo en el placer derivado de la sociabilidad y de amar a nuestras familias. No me cabe ninguna duda de que la suma de placeres como éstos, que son habituales o muy recurrentes, proporciona a casi todos los seres sensibles una mayor cantidad de felicidad que de sufrimiento, aunque a veces muchos individuos sufren mucho. Este sufrimiento es perfectamente compatible con la creencia en la selección natural, que no es perfecta en su actuación, sino que tan sólo tiende a lograr que cada especie sea lo más eficaz posible en la lucha por la vida con otras especies, en circunstancias maravillosamente complejas y cambiantes.

Nadie discute que hay mucho sufrimiento en el mundo. Algunos han intentado explicarlo con respecto al ser humano, suponiendo que sirve para su perfeccionamiento moral. Pero el número de hombres que hay en el mundo no es nada en comparación con el de todos los demás seres sensibles, y éstos a menudo sufren mucho sin ninguna mejora moral. Este antiquísimo argumento de que la existencia del sufrimiento contradice la existencia de una Primera Causa inteligente me parece bastante sólido; al mismo tiempo, como acabo de decir, la existencia de mucho sufrimiento concuerda con la creencia en que todos los seres orgánicos se han desarrollado por variación y selección natural.

En la actualidad, el argumento más habitual a favor de la existencia de un Dios inteligente se basa en la profunda convicción interior y en los sentimientos que experimenta la mayoría de las personas.

Anteriormente, me dejé guiar por sentimientos como los que acabo de describir (aunque no creo que el sentimiento religioso estuviera nunca muy desarrollado en mí) hacia la firme convicción de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. En mi diario escribí que estando en medio de la grandiosidad de una selva brasileña, «no es posible dar una idea adecuada de los elevados sentimientos de asombro, admiración y devoción, que llenan y elevan la mente». Recuerdo bien mi convicción de que en el hombre hay más que el mero aliento de su cuerpo. Pero ahora, las escenas más grandiosas no hacen que surjan en mi mente semejantes convicciones y sentimientos. Se podría decir, y con razón, que soy como un hombre que se ha vuelto ciego para los colores, y la creencia universal de los demás en la existencia del rojo hace que mi actual pérdida de percepción no tenga el más mínimo valor como prueba. Este argumento sería válido si todos los hombres de todas las razas tuvieran la misma convicción interna de la existencia de un Dios; pero sabemos que esto dista mucho de ser así. Por lo tanto, no veo que tales convicciones y sentimientos interiores tengan peso alguno como prueba de lo que existe en realidad. El estado mental que antes provocaban en mí las escenas grandiosas, y que estaba íntimamente conectado con la creencia en Dios, no se diferenciaba en nada esencial de lo que se suele llamar la sensación de sublimidad; y por muy difícil que resulte explicar la génesis de esta sensación, mal se puede presentar como argumento a favor de la existencia de Dios, como ocurre con las sensaciones similares, poderosas pero vagas, provocadas por la música.

Con respecto a la inmortalidad, no hay nada que me demuestre [tan claramente] lo fuerte y casi instintiva que es una creencia, como considerar lo que ahora creen casi todos los físicos: que el Sol y todos sus planetas acabarán volviéndose demasiado fríos para sostener vida, a menos que algún cuerpo gigantesco caiga en el Sol y así le dé nueva vida. Como creo que el hombre, en un remoto futuro, será una criatura mucho más perfecta que ahora, me resulta intolerable pensar que él y todos los demás seres sensibles estén condenados a la completa aniquilación después de un progreso tan largo, lento y continuo. A los que admiten plenamente la inmortalidad del alma humana, la destrucción de nuestro mundo no les parecerá tan terrible.

Hay otra fuente de convicción en la existencia de Dios, relacionada con la razón  y no con los sentimientos, que me parece que tiene mucho más peso. Se deriva de la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este inmenso y maravilloso universo, incluyendo al hombre con su capacidad de mirar hacia el pasado remoto y el futuro lejano, como el resultado del azar ciego o de la necesidad. Cuando pienso en eso, me siento inclinado a buscar una Primera Causa, poseedora de una mente inteligente en cierto modo análoga a la del hombre; y merezco que me llamen teísta. Por lo que yo recuerdo, esta conclusión estaba firmemente arraigada en mi mente en la época en que escribí El origen de las especies; y desde entonces se ha ido debilitando muy poco a poco, con muchas fluctuaciones. Pero entonces surge la duda: ¿se puede uno fiar de la mente humana, que, tal como yo creo plenamente, se ha desarrollado a partir de una mente tan inferior como la que poseen los animales más inferiores, cuando saca unas conclusiones tan grandiosas?.

No pretendo arrojar la más mínima luz sobre estos abstrusos problemas. El misterio del principio de todas las cosas es insoluble para nosotros; y yo, por lo menos, me conformo con seguir siendo agnóstico.

Cuando Bertrand Russell fue encarcelado por oponerse a la entrada de Inglaterra en la Primera Guerra Mundial, el alcaide de la prisión le preguntó cuál era su religión. Russell le respondió «agnóstico». Después de pedirle que lo deletreara, el alcaide suspiró y dijo: «Bueno, hay muchas religiones, pero supongo que todos adoramos al mismo Dios.» «Aquel comentario — dice Russell en su autobiografía— me mantuvo animado durante aproximadamente una semana.»

En ¿Tenían ombligo Adán y Eva?

23/6/2010

Sir Richard Francis Burton - La caza y los juegos preliminares

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Sir Richard Francis Burton por Ernest Edwards


De vez en cuando, una partida de caza rompe la monotonía de la vida africana. Antes de partir, los cazadores, en número de veinte o más, se entregan durante ocho días a continuas libaciones, cantos y bailes.

Las mujeres, formadas en fila, recorren la aldea tocando una especie de sonajeros, como digno acompañamiento a los prolongados y penetrantes gritos que lanzan en señal de alegría. A cada paso, todos los miembros de esta columna ambulante se inclinan a derecha e izquierda, para imitar el balanceo del elefante, y agitan la cabeza con una violencia que pone su cuello en peligro de dislocarse. Finalmente, toda la fila, dirigida por una mujer que agita furiosamente dos sonajeros, se detiene ante las casas de los árabes, donde espera recibir algunas cuentas de vidrio, y en medio de las contorsiones más extravagantes, imita los saltos y gritos de diversos animales.

Cumplida la misión, estas damas se van a beber todas juntas y reaparecen cuatro o cinco horas después con una vacilación en la marcha y una flojedad en los miembros que aumentan el encanto de sus gesticulaciones.

Esta fiesta tiene probablemente por objeto que la mujer del cazador se compense de las privaciones que va a sufrir, pues durante la ausencia de su esposo tiene necesariamente que renunciar a la tertulia, al tocador, a la pipa y hasta a salir de su casa. Durante esta ceremonia los hombres, no menos animados que las mujeres, saltan con toda la gracia de los osos bien adiestrados en torno a una especie de orquesta en la que el tambor acompaña a unos pitos hechos con colas de elefante.

Por último, cuando están bien saturados de cerveza, los cazadores dejan la aldea al romper el día, provistos de blandones o antorchas encendidas, que llevan por temor a quedarse sin fuego en la selva, y que ponen delante de la boca para combatir la influencia del aire frío de la mañana. Estos grupos son a veces peligrosos para los rezagados de las caravanas, sobre todo en las comarcas en las que el robo y el asesinato suelen quedar impunes. La gran habilidad de los cazadores consiste en aislar del rebaño a un animal que tenga unos buenos colmillos, sin provocar las sospechas del individuo ni del grupo, y en cercar después a la víctima. Cuando ya la tienen rodeada, el wganga se incorpora lanzando un grito y arroja la primera azagaya, a la cual siguen inmediatamente las de los demás cazadores. Las armas no están emponzoñadas y sólo el número hace que lleguen a ser mortales. Es raro que el animal así atacado rompa el Círculo de sus astutos enemigos: su bien conocida obstinación le impide huir, y cuando carga sobre uno de los cazadores y éste se oculta, se oye un grito y una azagaya hiere por detrás al animal, que se vuelve y se dirige a aquel nuevo adversario; éste escapa a su vez, y así continua la caza hasta que el elefante siente que le falta el aliento y el valor. Entonces intenta alejarse, pero los golpes se multiplican y, vencido por el dolor y perdiendo sangre por todas partes, sucumbe el enorme paquidermo.

Después de haber cantado y bailado, como preliminares de toda operación, los cazadores arrancan cuidadosamente los enormes colmillos del animal, para lo que se sirven de una especie de hacha puntiaguda. La médula que llena la cavidad dentaria se extrae inmediatamente y se devora, como el hígado de la liebre en Italia.

La caza termina con una abundante comida, verdadero banquete consistente en la grasa y los intestinos del animal, y los cazadores regresan triunfalmente, cargados de marfil, de pedazos de cuero para hacer correas y de pedazos de carne sangrienta atravesados en largas perchas.



Las Montañas de la luna. En busca de las fuentes del Nilo, Cap. XIV
Trad. Pablo González
Madrid, Editorial Valdemar, s/f





20/6/2010

Jorge Luis Borges - El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké

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El infame de este capítulo es el incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago funcionario que motivó la degradación y la muerte del señor de la Torre de Ako y no se quiso eliminar como un caballero cuando la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que merece la gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa inmortal. Un centenar de novelas, de monografías, de tesis doctorales y de óperas conmemoran el hecho —para no hablar de las efusiones en porcelana, en lapislázuli veteado y en laca. Hasta el versátil celuloide lo sirve, ya que la Historia Doctrinal de los Cuarenta y Siete Capitanes —tal es su nombre— es la más repetida inspiración del cinematógrafo japonés. La minuciosa gloria que esas ardientes atenciones afirman es algo más que justificable: es inmediatamente justa para cualquiera.

Sigo la relación de A. B. Mitford, que omite las continuas distracciones que obra el color local y prefiere atender al movimiento del glorioso episodio. Esa buena falta de "orientalismo" deja sospechar que se trata de una versión directa del japonés.


La cinta desatada

En la desvanecida primavera de 1702 el ilustre señor de la Torre de Ako tuvo que recibir y agasajar a un enviado imperial. Dos mil trescientos años de cortesía (algunos mitológicos), habían complicado angustiosamente el ceremonial de la recepción. El enviado representaba al emperador, pero a manera de alusión o de símbolo: matiz que no era menos improcedente recargar que atenuar. Para impedir errores harto fácilmente fatales, un funcionario de la corte de Yedo lo precedía en calidad de maestro de ceremonias. Lejos de la comodidad cortesana y condenado a una villégiature montaraz, que debió parecerle un destierro, Kira Kotsuké no Suké impartía, sin gracia, las instrucciones. A veces dilataba hasta la insolencia el tono magistral. Su discípulo, el señor de la Torre, procuraba disimular esas burlas. No sabía replicar y la disciplina le vedaba toda violencia. Una mañana, sin embargo, la cinta del zapato del maestro se desató y éste le pidió que la atara. El caballero lo hizo con humildad, pero con indignación interior. El incivil maestro de ceremonias le dijo que, en verdad, era incorregible y que sólo un patán era capaz de frangollar un nudo tan torpe. El señor de la Torre sacó la espada y le tiró un hachazo. El otro huyó, apenas rubricada la frente por un hilo tenue de sangre... Días después dictaminaba el tribunal militar contra el heridor y lo condenaba al suicidio. En el patio central de la Torre de Ako elevaron una tarima de fieltro rojo y en ella se mostró el condenado y le entregaron un puñal de oro y piedras y confesó públicamente su culpa y se fue desnudando hasta la cintura, y se abrió el vientre, con las dos heridas rituales, y murió como un samurai, y los espectadores más alejados no vieron sangre porque el fieltro era rojo. Un hombre encanecido y cuidadoso lo decapitó con la espada: el consejero Kuranosuké, su padrino.


El simulador de la infamia

La Torre de Takumi no Kami fue confiscada; sus capitanes desbandados, su familia arruinada y oscurecida, su nombre vinculado a la execración. Un rumor quiere que la idéntica noche que se mató, cuarenta y siete de sus capitanes deliberaran en la cumbre de un monte y planearan, con toda precisión, lo que se produjo un año más tarde. Lo cierto es que debieron proceder entre justificadas demoras y que alguno de sus concilios tuvo lugar, no en la cumbre difícil de una montaña, sino en una capilla en un bosque, mediocre pabellón de madera blanca, sin otro adorno que la caja rectangular que contiene un espejo. Apetecían la venganza y la venganza debió parecerles inalcanzable.

Kira Kotsuké no Suké, el odiado maestro de ceremonias, había fortificado su casa y una nube de arqueros y de esgrimistas custodiaba su palanquín. Contaba con espías incorruptibles, puntuales y secretos. A ninguno celaban y vigilaban como al presunto capitán de los vengadores: Kuranosuké, el consejero. Éste lo advirtió por azar y fundó su proyecto vindicatorio sobre ese dato.

Se mudó a Kioto, ciudad insuperada en todo el imperio por el color de sus otoños. Se dejó arrebatar por los lupanares, por las casas de juego y por las tabernas. A pesar de sus canas, se codeó con rameras y con poetas, y hasta con gente peor. Una vez lo expulsaron de una taberna y amaneció dormido en el umbral, la cabeza revolcada en un vómito.

Un hombre de Satsuma lo conoció, y dijo con tristeza y con ira: ¿No es éste, por ventura, aquel consejero de Asano Takumi no Kami, que lo ayudó a morir y que en vez de vengar a su señor se entrega a los deleites y a la vergüenza? ¡Oh, tú, indigno del nombre de Samurai!

Le pisó la cara dormida y se la escupió. Cuando los espías denunciaron esa pasividad, Kotsuké no Suké sintió un gran alivio.

Los hechos no pararon ahí. El consejero despidió a su mujer y al menor de sus hijos y compró una querida en un lupanar, famosa infamia que alegró el corazón y relajó la temerosa prudencia del enemigo. Éste acabó por despachar la mitad de sus guardias.

Una de las noches atroces del invierno de 1703 los cuarenta y siete capitanes se dieron cita en un desmantelado jardín de los alrededores de Yedo, cerca de un puente y de la fábrica de barajas. Iban con las banderas de su señor. Antes de emprender el asalto, advirtieron a los vecinos que no se trataba de un atropello, sino de una operación militar de estricta justicia.


La cicatriz

Dos bandas atacaron el palacio de Kira Kotsuké no Suké. El consejero comandó la primera, que atacó la puerta del frente; la segunda, su hijo mayor, que estaba por cumplir dieciséis años y que murió esa noche. La historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida: el descenso arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, el tambor del ataque, la precipitación de los defensores, los arqueros apostados en la azotea, el directo destino de las flechas hacia los órganos vitales del hombre, las porcelanas infamadas de sangre, la muerte ardiente que después es glacial, los impudores y desórdenes de la muerte. Nueve capitanes murieron; los defensores no eran menos valientes y no se quisieron rendir. Poco después de media noche toda resistencia cesó.

Kira Kotsuké no Suké, razón ignominiosa de esas lealtades, no aparecía. Lo buscaron por todos los rincones de ese conmovido palacio y ya desesperaban de encontrarlo cuando el consejero notó que las sábanas de su lecho estaban aún tibias. Volvieron a buscar y descubrieron una estrecha ventana, disimulada por un espejo de bronce. Abajo, desde un patiecito sombrío, los miraba un hombre de blanco. Una espada temblorosa estaba en su diestra. Cuando bajaron, el hombre se entregó sin pelear. Le rayaba la frente una cicatriz: viejo dibujo del acero de Takumi no Kami.

Entonces, los sangrientos capitanes se arrojaron a los pies del aborrecido y le dijeron que eran los oficiales del señor de la Torre, de cuya perdición y cuyo fin él era culpable, y le rogaron que se suicidara, como un samurai debe hacerlo.

En vano propusieron ese decoro a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor; a la madrugada tuvieron que degollarlo.


El testimonio

Ya satisfecha su venganza (pero sin ira, y sin agitación, y sin lástima), los capitanes se dirigieron al templo que guarda las reliquias de su señor.

En un caldero llevan la increíble cabeza de Kira Kotsuké no Suké y se turnan para cuidarla. Atraviesan los campos y las provincias, a la luz sincera del día. Los hombres los bendicen y lloran. El príncipe de Sendai los quiere hospedar, pero responden que hace casi dos años que los aguarda su señor. Llegan al oscuro sepulcro y ofrendan la cabeza del enemigo.

La Suprema Corte emite su fallo. Es el que esperan: se les otorga el privilegio de suicidarse. Todos lo cumplen, algunos con ardiente serenidad, y reposan al lado de su señor. Hombres y niños vienen a rezar al sepulcro de esos hombres tan fieles.


El hombre de Satsuma

Entre los peregrinos que acuden, hay un muchacho polvoriento y cansado que debe haber venido de lejos. Se prosterna ante el monumento de Oishi Kuranosuké, el consejero, y dice en voz alta: Yo te vi tirado en la puerta de un lupanar de Kioto y no pensé que estabas meditando la venganza de tu señor, y te creí un soldado sin fe y te escupí en la cara. He venido a ofrecerte satisfacción. Dijo esto y cometió harakiri.

El prior se condolió de su valentía y le dio sepultura en el lugar donde los capitanes reposan.

Éste es el final de la historia de los cuarenta y siete hombres leales —salvo que no tiene final, porque los otros hombres, que no somos leales tal vez, pero que nunca perderemos del todo la esperanza de serlo, seguiremos honrándolos con palabras.

En Historia universal de la infamia

19/6/2010

Oscar Wilde - El Bienhechor

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Era de noche y Él estaba solo. 

Y vio a lo lejos los muros de una ciudad amurallada y se encaminó a la ciudad. 

Y cuando estuvo cerca oyó los pasos de los pies de la alegría dentro de la ciudad, y la risa de la boca del gozo y los fuertes sones de numerosos laúdes. Y llamó golpeando a la puerta y le abrieron algunos de los guardianes. 

Y se quedó contemplando una casa de mármol con hermosos pilares de mármol en la fachada. De los pilares pendían guirnaldas, y había antorchas de cedro dentro y fuera. Y entró en la casa.

Y cuando hubo atravesado la sala de calcedonia y la sala de jaspe, y hubo llegado a la larga sala del festín, vio a un hombre reclinado en un lecho de púrpura marina; tenía los cabellos coronados de rosas rojas y los labios rojos de vino. 

Y Él se acercó por detrás y le tocó en el hombro y le dijo: 

-¿Por qué llevas esta vida? 

Y el joven se volvió y le reconoció, y respondiendo le dijo: 

-Era leproso y me curaste. ¿De qué otro modo había de vivir? 

Y Él salió de la casa de nuevo a la calle. 

Y, transcurrido un rato, vio a una mujer con la cara pintada y el vestido de colores llamativos y con perlas calzándole los pies. E iba tras ella, a pasos lentos como un cazador, un joven cubierto con un manto de dos colores. El rostro de la mujer parecía el rostro hermoso de un ídolo, y los ojos del joven brillaban de lujuria. 

Y Él les siguió deprisa y le tocó al joven en la mano y le dijo: 

-¿Por qué miras a esta mujer y de ese modo? 

Y el joven se volvió y le reconoció y dijo: 

-Era ciego y me diste la vista. ¿Qué otra cosa había de mirar? 

Y Él se adelantó corriendo y tocó la ropa de color llamativo de la mujer y le dijo: 

-¿No hay otra senda en que andar más que la senda del pecado? 

Y la mujer se volvió y le reconoció, y riéndose dijo: 

-Tú me perdonaste los pecados y el camino que sigo es agradable. 

Y Él salió de la ciudad. 

Y cuando hubo salido de la ciudad, vio a un joven que lloraba sentado al borde del camino. 

Y se acercó a él y le tocó los largos bucles del cabello y le dijo: 

-¿Por qué lloras? 

Y alzó el joven la mirada y le reconoció y respondió: 

-Estaba muerto y me resucitaste de entre los muertos. ¿Qué otra cosa iba a hacer más
que llorar?