27 de may. de 2009

Marcus Leatherdale, fotografía

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Birth and death
1989




Silent angel
1992





Fallen angel
1988



26 de may. de 2009

Karl Jaspers – Apropiación de Nietzsche

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No obstante la abundancia de lo que las obras y la correspondencia nos transmiten, el filosofar de Nietzsche está como oculto. A nosotros, que somos diferentes, y que no podemos ni debemos seguirlo, ese filosofar nos hace palpable, sin embargo, el origen de una transformación radical de la vida humana, ahora posible. A partir de este punto, debemos desarrollar lo peculiar de una apropiación de Nietzsche.

Cuando —entendiéndoselo como espíritu creador, rico en intuiciones sorprendentes y capaz de llegar a una expresión verbal completa— se lo acepta en actitud estética, con un entusiasmo que a nada compromete, la apropiación como tal desaparece. Así proceden aquellos para quienes, finalmente, la medida y la forma son decisivas. Durante la juventud encanta; luego, desazona y disgusta por sus contradicciones incesantes, por sus desmesuras y por los errores cometidos en su época tardía, exhibidos con imágenes exageradas y verbales, con dogmatismos ciegos y con desviaciones que, ocasionalmente, pueden ser ridículos. Tales son los típicos desengaños de los lectores que han perdido de vista el núcleo. Al fin, sólo les quedan algunas producciones pequeñas, además del crítico y del escritor capaz de haber enriquecido la lengua, es decir, del autor de un excelente estilo aforístico, propio del ensayista y poeta. Pero si, por ese camino, la apropiación de Nietzsche se agotase en la edificación de bellezas y en el goce de un lenguaje que produce sensaciones ingeniosas, toda sustancia desaparecería.

Sólo cuando permito que el impulso posible, que proviene de Nietzsche, sea eficaz en mí, dicho impulso no será aceptado estéticamente, sino tomado con seriedad y desde un punto de vista filosófico. Ahora bien: su eficacia fracasa cuando, al participar de él, sea desde el punto de vista estético, sea desde el

punto de vista intelectual, sistemático o en cualquier otro sentido se lo rechaza en parte. En contra de esa actitud, adoptada con respecto a la obra, se trata de entrar en contacto con el origen que se halla en medio del todo, es decir, que no está en las concepciones particulares, ni en la belleza estética, ni en la verdad crítica.

Puesto que Nietzsche mismo no es ningún fenómeno capaz de presentarse rotundamente a nuestra mirada, sino que nos ofrece una autodestrucción por la cual no se edifica mundo alguno ni se permite nada de subsistente; puesto que es un puro impulso sin configuración —de una tal sería posible participar—, Nietzsche nos propone la tarea de una apropiación que nos puede modificar. Cuando la concebimos, nos tenemos que mostrar, infaliblemente y a través de ella, en nuestra esencia, sea porque nos descubre, sea porque nos produce. Entonces cesa la embriaguez que causa lo drástico y la radicalidad: ya no se confunde el fuego artificial del entusiasmo con el impulso calmo que actúa de modo inexorable. Nietzsche llega a ser educador; pero en la medida en que podamos dominar los engaños a que conduce.

El engañoso Nietzsche. Los atenienses se pusieron furiosos frente a las cuestiones y a la búsqueda de las posibilidades de Sócrates: éste confundía a quien creía poseer lo verdadero en proposiciones habituales o en lemas nuevos. Sólo queda la posibilidad de injuriar al fastidioso y, finalmente de matarlo, o bien de participar en el profundo impulso del ser humano que refrena las confusiones, las cuales, aunque acrecentadas por Sócrates, por su acción comienzan a desaparecer.

Cuando el lector que lee a Nietzsche, deja que éste pregunte y hable, Nietzsche lo conmoverá, desde su totalidad, de un modo semejante. Entonces aparecerá esa confusión; pero también la posibilidad de la verdadera seriedad que, por encima de la firmeza de una afirmación cualquiera, se relaciona con las exigencias que están ocultas en Nietzsche. El fundamento de una vinculación verdadera con él se halla en la importancia de la Existencia posible, que se impone a la mera existencia dada, y en el peso de un trabajo intelectual real, que se debe cumplir por el impulso que viene de las posibilidades existenciales.

Tal relación fracasa no sólo por el cómodo rechazo de Nietzsche, sino, justamente, cuando en el comercio con él, triunfa la confusión. En ese caso, nacen los equívocos, y el pensamiento de Nietzsche se torna abusivo. En lugar de despertar la Existencia, Nietzsche se convierte en el punto de partida de una sofística ilimitada. En efecto, lo pensado por él puede ser, por una parte y objetivamente, un medio para llegar a la sofística, puesto que contradice lo ya dicho según el arbitrio del momento y lo emplea de acuerdo con la utilidad, sin participar del contenido del movimiento (tal cosa acontece cuando lo afirmado pretende tener validez exclusiva, cayendo rápidamente en olvido). Por otra parte, su pensamiento puede ser el medio de una Existencia vigilante, que se concibe a sí misma en su historicidad. La proximidad exterior de Nietzsche con los sofistas —aunque interiormente se trate de una remota lejanía— es motivo de incesantes confusiones. Veamos este punto con alguna coherencia.

La filosofía de Nietzsche produce "estados de alma" y, en lugar de concluir en posiciones, termina en sentimientos. Sin embargo, éstos son claros y se sustraen al trastrocamiento cuando se mantienen dentro del todo de los movimientos intelectuales de Nietzsche, los cuales los someten a prueba y los vuelven a engendrar. Pero también se los pueden reducir a meros estados de alma y utilizárselos como ropaje para cualquier ambigüedad, para toda clase de ocurrencias arbitrarias, para lo impulsivo y lo desprovisto de espíritu. En ese caso, la apropiación será de algo que Nietzsche combatió, es decir, del carácter teatral, de los efectos, de la violencia desprovista de pensamiento.

Como inmoralista, Nietzsche rechaza la moral determinada, porque quiere algo más que la moral; disuelve las obligaciones, porque trata de englobarlas a todas (pero sus proposiciones son empleadas para algo menos. Parece tomarlo por testigo una libertad en la cual no rige ley alguna, con el fin de poder justificar, a través de Nietzsche, el propio caos ético). Nietzsche afirma la mentira, la voluntad de poder, el ateísmo, el naturalismo (en todos los casos, sus fórmulas son apropiadas para darle una buena conciencia a las mentiras efectivas del mundo, a la voluntad brutal de poder y a la efectividad de la violencia, al movimiento del ateísmo, a la afirmación simplificadora de la embriaguez y a todo lo impulsivo). Pero Nietzsche quiere lo contrario: la mentira que sería la verdad auténtica, es decir, más que la presunta verdad habitual; el ser, que no tiene valor sin poder, o el poder que tiene jerarquía por el valor de su contenido; el ateísmo, que hace posible el hombre superior, o sea, el hombre que debe ser más verdadero, sobrio, creador y moral que el creyente en Dios; la naturaleza que, por la plenitud de la Existencia y el rigor de su disciplina, domina al mismo tiempo dicha naturaleza y aleja de la nostalgia, de los deseos y de las mentiras antinaturales.

Nietzsche intenta todas las posibilidades. Sus ensayos, encaminados a la Existencia, pueden, sin embargo, al modo de la falta de obligaciones propia de lo que carece de ella, invertirse, convirtiéndose en el goce por la diversidad del ser dado (Dasein), en el vivir para contemplar lo ofrecido, en lo susceptible de ser pensado. El estudio de Nietzsche puede conducir al abandono que permite la vigencia de todo y a la comodidad de pensar en algo cuando actúan afectos viva- ces, cayéndose después en la indiferencia y no siendo ni haciendo nada por uno mismo. También puede lograr que las contradicciones dejen en estado de indiferencia, en lugar de experimentarse con ellas el aguijón, el lenguaje y la tarea que en sí suscitan. Cuando los nihilistas usan, arbitrariamente, las expresiones lingüísticas, las afirmaciones drásticas y las posiciones extremas de Nietzsche, las formulaciones exteriores, junto con la mayor lejanía esencial, pueden mostrar cierta afinidad que, incluso, podría llegar hasta la identidad con ideas nietzcheanas. En la negatividad de Nietzsche, lo profundo de la posibilidad puede disfrazar, en el nihilismo, su propia nada con el entusiasmo por esa nada. Pero, para encubrir ese estado insoportable, tienen que nacer, al mismo tiempo, los ensueños ilusorios y el estrépito ensordecedor, cuyo texto, en apariencia, ofrecería Nietzsche.

En los modos según los cuales Nietzsche ha sido tratado, se muestran esos equívocos perturbadores. Puede parecer que, a partir de sí mismo, Nietzsche sedujese al lector: lo tergiversa, le arrebata su yo, lo lleva a estados de embriaguez y de fanatismo, lo excita y lo desconcierta; lo vuelve ingenioso, pero lo desaira tan pronto como llega a decir lo mismo que él: "la misma palabra no pertenece por igual a todo hocico" (6, 420). Nietzsche conoce todos esos engaños y equívocos: los ha previsto con espanto; pero, por instantes, los quiere. "Para los hombres de hoy, no quiero ser luz, ni ser llamado así. Los quiero cegar. ¡Fulgor de mi sabiduría! ¡Vaciaos los ojos!" (6, 421).

En el trato con Nietzsche, la cuestión de la Existencia está en comunicarse con él (acrecentando así, y en forma real, la posibilidad de la propia comunicación), en lugar de caer en la sofística; en participar de la autenticidad y de la veracidad, en lugar de sucumbir a la posibilidad de un movimiento sofístico, puesto al servicio de metas finitas, es decir, de mi propia voluntad de poder o de mi propia existencia dada; en alcanzar el conocimiento de los medios y de las necesidades del pensar filosófico de Nietzsche, en lugar de dejarse sorprender por sugestiones siempre diferentes; en poner la existencia dada al servicio de la trascendencia, en lugar de servir, de hecho, a la mera existencia de mi irrepetible ser-así, cosa lograda por la trascendencia —intentada de un modo teatral— de todas las posibilidades en la nada; en conservar la libertad del auténtico movimiento, en lugar de someterse, en contra del mismo, a una poderosa coacción originada en la mera intelección de alguna doctrina aceptada como absoluta y en seguida convertida en su opuesta.

El educador filosófico. Los grandes filósofos son, en su totalidad, nuestros educadores. Al tratarlos, surge nuestra conciencia del ser, revestida con la forma de nuestros impulsos, valoraciones y metas, de nuestros cambios y estados, de nuestras superaciones de nosotros mismos. Cuando esperamos de los filósofos conocimientos referidos a las cosas del mundo, ellos son indiferentes. Abusamos de los mismos, cuando aceptamos con obediencia sus opiniones y sus juicios, como si se tratasen de proposiciones de validez universal, susceptibles de ser enseñadas y aplicadas diariamente, es decir, como si fuesen precisos enunciados racionales o contenidos obvios de la fe. Los filósofos tienen valor propio e irreemplazable porque conducen al origen, del que tenemos certeza por el filosofar. En efecto, el llegar a ser uno mismo —en cuanto dicho acto se cumple en el pensar y en el obrar íntimo, entendido este último como un actuar sobre sí y un producirse a sí mismo— es algo que no acontece por un rápido salto o mediante una visión que contempla ese ser sí mismo de un modo directo, sino por el ir a la par de quienes han transitado ese camino del hombre, mostrándoselo intelectualmente.

El último filósofo que puede producir sobre nosotros la casi totalidad del ser- posible en los orígenes y en los límites del hombre, es Nietzsche. Por sernos el más próximo, nos es el más comprensible; aunque, de acuerdo con las modalidades y con las posibilidades de nuestro mundo, se nos ha mostrado también como el más difícil de ser concretamente entendido. El hecho de que en él la módica embriaguez, no menos que lo serio, se nutra de la búsqueda permanente y de la interiorización, es un signo que lo diferencia de los anteriores filósofos. Desde el punto de vista exterior, esa comprensibilidad es visible en la circunstancia de que los escritos principales de Nietzsche sobrepasan en mucho al número de ejemplares impresos por los pensadores anteriores.

El modo según el cual Nietzsche puede ser educador está determinado por el instante histórico de la crisis del mundo occidental. No educa por alguna doctrina o por ciertos imperativos, ni por algún criterio constante en su permanencia, o como modelo de un hombre que debiese ser seguido e imitado, sino porque, a través de él, nos ponemos en cuestión y, de ese modo, gracias a él, nos sometemos a prueba. Tal cosa sólo puede ocurrir por un movimiento. Al acompañarlo, y a través de él, hacemos experiencias. Se manifiestan posibilidades de la existencia humana dada; se cumple la formación culta e intelectual de la propia humanidad; se intentan valoraciones posibles; se acrecienta la sensibilidad a los valores. Nos conduce hasta los límites y, con ello, al origen de una conciencia del ser independiente. Pero nada de eso acontece por una clara conducción dentro del todo, sino porque nos exige educarnos a nosotros mismos por medio de sus pensamientos. Nada nos es dado ya hecho, sino en la medida en que debemos conquistarlo nosotros mismos.

Semejante autoeducación se produce, en el estudio de Nietzsche, debido a la seriedad con que nos afecta y que, al mismo tiempo, exige el paciente esfuerzo de un pensar que unifique las partes del conjunto, con el fin de que logre una captación del mismo.

La seriedad se refiere al modo de aceptar a Nietzsche, que no es el de un juego del entendimiento, sino que ha de ser "un sentir pensante". No se lo acepta por una mera intuición, sino por un ensayo que se cumple con las posibilidades de la propia pasión. Por la autoeducación debo sacar de mí lo que auténticamente hay en mí. Nietzsche quiere despertar en nosotros algo que es inalcanzable para una disciplina formal y que, al oírse el fundamento del ser, surge como ordenación de las pasiones. Tal cosa ocurre en incesante lucha con uno mismo. Justamente, lo que no se puede alcanzar por prescripciones unívocas sólo es posible que nazca en una sensibilidad filosóficamente acrecentada. Ésta se debe formar, en el trato con Nietzsche, mediante el incesante riesgo del propio ser: por así decirlo, en el fuego purificador de la verdad.

Si todo lo dicho se invierte en su opuesto; si todo lo verdadero, y también lo falso, se convierte en movimiento hacia la mera posibilidad, no habrá salvación alguna sin fatiga y sin fuerza del pensar. Sólo en intensiva autoeducación y en medio de la corriente dispersante del espíritu encantador e infinitamente complejo de Nietzsche, se logran captar las conexiones efectivas, sin necesidad de proceder de un modo arbitrario. Justamente, la falta de desarrollo sistemático obliga al lector pensante a adiestrarse en el establecimiento de las mutuas referencias de lo que le sale al encuentro. Si la pasión por lo que se le presenta y lo abandona, lo lleva a perderse, la autoeducación —nutrida por la embriaguez del pensar inflamado de Nietzsche— buscará el camino que conduzca al dominio de la ordenación del todo, a partir de la fuerza de la Existencia histórica. La experiencia de un pensamiento de corto aliento, a que inducen algunas manifestaciones particulares, hace que Nietzsche nos pueda preservar, del modo más decisivo, es decir, por la coherencia de su pensar, de semejante cortedad intelectual. Educa indirectamente, para que el pensar reflexione en la amplia perspectiva que Nietzsche exige y realiza.

En particular, el pensamiento de lo contradictorio se vuelve consciente y eficaz por la autoeducación. Mientras que, en Hegel, el peligro consiste en recubrir la rudeza de las rupturas y de los saltos de la existencia, tanto como la disyuntiva existencial, por medio de la compensación reconciliadora de toda dialéctica, para Nietzsche, en cambio, el riesgo está en caer en la simple indiferencia con respecto a todas las contradicciones y en abusar de sus posibilidades.

Quien quiera poseer la verdad sin tensión íntima y sin contradicciones, estará desarmado frente al pensamiento. También lo estará quien crea dominarlas y quererlas en una dialéctica rotunda. Quien emplee las oposiciones y las contradicciones para engañar a los demás, en lo que se refiere a sus propias metas, será no-verdadero. Sólo el ejercicio en la captación de lo que se contradice, realizado por medio de un pensar conducido por la continuidad de la sustancia, puede producir la verdad, sin necesidad de desarmar. Hay que experimentar cómo, en todas partes, la dialéctica del movimiento se fundamenta en las cosas mismas. Por eso, en ellas está el impulso al movimiento y también la posibilidad de la sofística.

Nietzsche sólo permite ejercer una autoeducación pensante por medio del pensamiento unificador que aportamos nosotros mismos. Por eso, es natural que raramente haya sido concebido en sus primeras publicaciones particulares. La mayor parte de las veces o no era oído, o tenía que ser entendido de un modo erróneo, puesto que sus ideas —en estado de aislamiento— no alcanzaban el verdadero sentido que les pertenecía, puesto que únicamente lo logran dentro del todo. Luego, sólo pudieron llegar a ejercer una acción verdadera, cuando se conocieron, públicamente, las obras póstumas. Por esa modalidad de la apropiación, que resulta de la autoeducación del pensar, nos introducimos en su movimiento. En Nietzsche no hay reposo alguno: no podemos atenernos a verdad o a credulidad alguna. Desde el punto de vista externo, el camino puede conducir hasta una falta de resultados; pero, en tanto camino, conserva importancia y eficacia. Nietzsche excita la inquietud y nos mantiene en ella, puesto que ella origina la marcha a partir de los impulsos de la veracidad y del querer propios del ser. Por eso, lo peculiar de la educación cumplida a través de Nietzsche está en la experiencia de que uno cae en lo "positivo", para levantarse en lo "negativo".

En virtud de tal movimiento, y gracias a una infinita ampliación Nietzsche llega a ser educador. Orienta dentro de lo ilimitado; enseña a pensar en lo opuesto y en la posibilidad de valoraciones contradictorias; enseña que lo que se contradice tiene carácter permanente, tal como la conexión dialéctica carece de conclusiones para el conocimiento formativo. Quien no se atreva a exponerse a los riesgos del estudio de Nietzsche y, con ellos, al ejercicio de las tentativas, quizá no pueda, en el instante histórico actual, mantenerse libre dentro del vasto horizonte de lo posible. Por el conocimiento superficial de Nietzsche se cae fácilmente en la estrechez doctrinaria o en la sofística, o quizá, en ambas partes al mismo tiempo.

Quien sucumba a las fórmulas aisladas, a los radicalismos, y a las posiciones determinadas —en una huida poco honesta del movimiento vertiginoso— se volverá estrecho. No permitirá, en él, la acción educadora de Nietzsche. Quien se atenga a los viejos dogmatismos será más verdadero que aquel que haga dogmas de las concepciones de Nietzsche.

Quien entienda, en cambio, la liberación producida por Nietzsche, en el sentido de una falta de obligatoriedad, se volverá sofista. Quisiera ser como Nietzsche; pero sin tener la fuerza, el derecho y la vocación para ello. Lo que Nietzsche cumplió, sólo uno pudo hacerlo sin sofística y ser, en esta época, representante de una verdad existencial válida para todos.

La estrechez y la sofística se corresponden, en cuanto el sofista suele concebir y transformar arbitrariamente la estrechez de lo doctrinario. El estudio de Nietzsche nos educa para que dominemos, de modo definitivo, la constante inclinación a caer en el verbalismo de las afirmaciones. Nos educamos para superar la rudeza de los argumentos presentados en proposiciones aisladas del conjunto y para sobrepasar lo rotulado como grandeza espiritual, de modo que podamos superar nuestra sumisión a ella. Semejante educación se produce porque vemos tanto el estrechamiento como la sofística en la posibilidad de aquellas proposiciones, y, en esa posibilidad, experimentamos lo fundamental: lo que nos lleva a conocernos y a dominarnos.

La educación que proviene de Nietzsche abre espacios que provocan vértigo, y con ello despierta, desde allí, toda la fuerza del fundamento existencial. Tal educación es algo así como una ejercitación en lo ambiguo. Este último está concebido de modo positivo, como medio para llegar al auténtico y decisivo ser-sí-mismo, el cual, mediante la Existencia, escapa a la ambigüedad; pero, al expresarse, se somete a una reflexión infinita. Lo ambiguo es negativo, en tanto está concebido como medio para una posible sofística que, de manera arbitraria, emplea las posibilidades en acuerdos o en rechazos afectivos y —dentro de un oportunismo instintivo— según la situación y los impulsos que, en cada caso, actúan sobre la existencia dada. Tal educación, inevitable para nuestra época, pero peligrosa, significa que, sin Nietzsche, nadie podrá saber algo de la existencia, ni ser veraz en el filosofar. Pero tampoco nadie se podría atener a Nietzsche y encontrar en él la propia realización.

Para la Existencia del individuo, la actitud exigida por Nietzsche significa lo siguiente: "sólo me es afín quien se transforme conmigo" (7, 279). A Nietzsche no se lo comprende por una conducta pasiva o de entrega, sino por un acto mediante el cual uno se produce a sí mismo, y eso lleva, de modo implícito, el hecho de no haberse producido jamás definitivamente. Poder cambiar significa: estar preparado para la crisis, siempre posible, de la disolución y del renacimiento del propio ser. Ser "afín" a otro, en el acto de transformarse, quiere decir, ante todo, estar en comunicación con todo posible ser-sí-mismo, aunque éste nos sea tan remoto como la "excepción". Esa educación rechaza, en cambio, toda mutación que sólo sea una alteración en la búsqueda de lo nuevo. En efecto, ella quiere favorecer la transformación que surge del origen verdadero de la Existencia, con respecto a la meta auténtica de la afinidad realizada en el ser-sí-mismo.

Pero, desde el punto de vista del estudio, lo peculiar de la educación filosófica cumplida a través de Nietzsche significa que éste es el pensador que, perteneciendo a la época actual, la representa en lo que tiene de mudable. No se lo debe aceptar por sí mismo, como ocurre con los grandes filósofos del pasado, como si con él se pudiese captar la plenitud de lo pensable, es decir, como si Nietzsche nos familiarizara con el todo del ser en el mundo y nos proporcionara la certidumbre de las leyes intangibles del ser humano. Antes bien, Nietzsche sólo puede ser concebido de modo justo, cuando ya se ha tomado de otra parte un adiestramiento sistemático y conceptual, o sea, cuando uno ya aporta la obstinación y el rigor del pensar, tanto como una inteligencia dialéctica. Pero, a la inversa, quizá los únicos y los grandes filósofos del pasado sólo se puedan entender hoy a través de Nietzsche. Sin él, fácilmente se convertirían en una tradición osificada de materias de enseñanza. Hay que tratar de apropiarse de Nietzsche mediante un acrecentamiento del filosofar, en el cual no se pierda lo antiguo, lo ya adquirido, sino se redescubra lo conquistado, aunque, para ello, haya de separarse de Nietzsche.

Nietzsche me alcanza como educador porque, indicando el futuro, su trato con él produce en mí un impulso irreemplazable que —sustraído a la determinación definitiva y, sin embargo, no cuestionado en el origen— sigue siendo sin más válido para alguien que alguna vez haya participado de él.

La actitud frente a la excepción. Si Nietzsche no crea, en torno de sí mismo, la atmósfera de un ser capaz de llenar el espacio con su presencia, sino que el encanto de su pureza estaría en una espiritualidad no vital; si su fuego actúa como obraría un fuego frío, que sólo devora sin calentar; si la nobleza de su mirada, semejante a "la muerte con ojos despiertos", parece seguir siendo vacía; si él —que ha vivido en todos los escondrijos del alma moderna, sin habitar en ninguno— parece conducir a una libertad infundada, todo ello sólo serán expresiones paradójicas, propias de un ser de excepción. Rechazamos lo excepcional, sin romper con la comunicación que nos llega al centro de nosotros mismos. De Otro modo: nos aproximamos a la excepción; pero no nos identificamos con ella, o no queremos unificarnos con ella.

Se plantea esta cuestión: a partir de la posibilidad de lo universal y de la comunicación, ¿qué actitud tomará el hombre con respecto a Nietzsche, entendido como la excepción en que ambas desaparecen, por el sacrificio de la propia vida? ¿Qué significa para el hombre que no es excepcional el pensamiento de un ser que, como Nietzsche, pasa del mundo a la soledad, y cuya propia realidad sólo es, en apariencia y finalmente, la de ese pensar mismo?

Dicho de otro modo, la cuestión es esta: ¿acaso la fuerza destructora del pensar nietzscheano, y los "ensayos" —que conducen a quienes quisieran repetirlos a una nulidad sin compromisos— constituyen el ser real de Nietzsche? O, a la inversa, porque aceptó la destrucción universal de nuestro mundo ¿será el único que pueda tomar el posible ímpetu e impulso como para llegar a lo verdadero e indestructible, es decir, al ser del hombre?

Filosofar con Nietzsche, significa actuar en la posibilidad. El hombre no excepcional, sólo la puede cumplir de modo auténtico sobre el fundamento de su vinculación históricamente existencial. Por eso, no podemos buscar el trato de Nietzsche con el fin de seguirlo, y de rechazar todos nuestros propios vínculos, para edificar, así, sobre la nada. Antes bien, el significado está en lograr el libre espacio de lo posible, capaz de abarcar todos los vínculos y, de despertar, en la Existencia, la profundidad de la libertad propiamente dicha.

Nietzsche —que sigue abierto a todo, que no puede entregar nada como posesión— propone, justamente por eso, la tarea de cada individuo: la de fundamentarse a sí mismo, mediante la relación a la trascendencia, en la historicidad existencial. El pensamiento de Nietzsche, siempre conmovido por la trascendencia —que, sin embargo, niega— la prepara sin mostrarla, alistándola a la historicidad de la Existencia, a la cual señala de modo directo.

Pero cuando Nietzsche sólo interesa, sin sentirse la necesidad de tomarlo en serio, no hay ninguna verdadera disponibilidad. El hecho de que la experiencia peligrosa de lo posible produzca, mediante el rigor del contenido, el medio en el que yo mismo me sitúo y llego a ser lo que soy, constituye una exigencia secreta y propia de Nietzsche. Al sobrepasar a sus discípulos, persuadido que su camino no es el de todos, expresa la meta del propio filosofar con las siguientes palabras: "Toda filosofía tiene que poder hacer lo que yo pido: concentrar un hombre; pero ahora nadie puede semejante cosa" (10, 297).

Quizá Nietzsche pudiera forzar a vivir desde la raíz la base que les proporciona a quienes lo repudian y a la que él mismo pertenece (el eterno retorno, la metafísica de la voluntad de poder y el superhombre). Sólo cuando salimos a su encuentro, a partir de nuestra sustancia, nos puede hablar sin equívocos. Lo que Nietzsche es, en sentido propio, sólo se decidirá, en última instancia, por lo que el otro aporta. Pero nadie cumplirá semejante apropiación. En efecto, experimentará un tropiezo cuando no pueda aceptar la totalidad de lo que lee, o bien, invertirá el sentido de lo leído, al comprenderlo de un modo demasiado unívoco y desprendido del todo. En tal relación —que, inevitablemente siempre sigue siendo ambigua— con la grandiosidad de la excepción, Nietzsche, por así decirlo, podría desaparecer. Pero un amor originario, aunque pierda su objeto, llegará a la nobleza in- determinada y delicada del ser nietzscheano, y se atendrá a él. El ser de Nietzsche permanece, aunque todo lo dicho parezca, por instantes, convertirse en nada. Lo que en la Existencia y en la trascendencia es imponderable y no engaña, habla, misteriosamente, a quienes alguna vez hayan escuchado.

Filosofar con Nietzsche significa afirmarse constantemente en contra de él. En el fuego de su pensar, la propia existencia, dirigida por la ilimitada probidad y por el riesgo de la problematización nietzscheanas, se puede purificar y llegar a la interiorización del auténtico ser-sí-mismo. A éste sólo se lo puede experimentar como algo que no es absorbido por ninguna existencia dada, por ninguna objetividad o subjetividad del ser del mundo, sino únicamente, por la trascendencia. Pero Nietzsche no conduce directamente a ella: antes bien, quiere librarse de la misma. Sin embargo, la seriedad de la entrega total a la trascendencia, del modo como Nietzsche la realiza, a pesar de rechazarla, es como el símbolo y como el modelo involuntario de la profundidad con que ha sido consumido por ella. Ante Nietzsche crece el espanto: es como si se estuviese frente a algo inconcebible, que sólo podría ser transparente para el origen mismo, y no para nosotros.

 

Karl Jaspers, Nietzsche, traducción de Emilio Estiu

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Michel de Montaigne – De una criatura monstruosa

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Este capítulo va sin comentarios, pues dejo a los médicos la tarea de discurrir sobre el caso. Anteayer vi una criatura, a quien llevaban dos hombres y una mujer que la servía de nodriza, los cuales dijeron ser su padre, su tío y su tía. Mostrábanla, por su rareza, para ganarse la vida, y era en todo lo demás de forma ordinaria (a diferencia  de lo que diré luego): se sostenía, sobre ambos pies, andaba y hacía gorgoritos casi como las demás criaturas, de su edad. No se había nutrido aún de otro alimento que la leche de su nodriza, y lo que le pusieron en la boca en mi presencia lo mascó un poco y lo arrojó, sin tragarlo; sus gritos parecían tener algo de característico y su edad era de catorce meses justos. Por bajo de las tetillas estaba cogida y pegada a otro muchacho, sin cabeza, que tenía cerrado el conducto trasero; el resto del cuerpo era perfecto, pues si bien un brazo era más corto que el otro, fue la causa que se le había roto por accidente cuando nació. Los dos estaban unidos frente a frente, como si un niño pequeño quisiera abrazar a otro un poco más grandecito. El espacio y juntura por donde se sostenían era sólo de cuatro dedos próximamente, de suerte que, levantando la criatura imperfecta, se hubiera visto el ombligo de la otra; la soldadura acababa en éste principiando en las tetillas. El ombligo del imperfecto no se podía ver, pero si todo el resto de su vientre. Lo que no estaba pegado, como los brazos, los muslos, el trasero y las piscinas, pendía y colgaba del otro y le llegaba como a media pierna. La nodriza nos dijo que orinaba por los dos conductos, de suerte que los miembros de la criatura imperfecta se nutrían y vivían lo mismo que los de la otra, salvo que era algo más pequeños y menudos. Este cuerpo doble y estos miembros diversos relacionados con una sola cabeza podrían procurar al rey favorable pronóstico para mantener bajo la unión de sus leyes las diversas partes de nuestro Estado; pero temiendo lo que pudiera sobrevenir vale más no parar mientes en él, pues no hay posibilidad de adivinar sino en circunstancias ya consumadas, ut quum facta sunt, tum ad cojecturam aliqua interpretatione revocentur [1]; como se dice de Epiménides, que adivinaba las cosas pasadas.

En Medoc acabo de ver un pastor de treinta años próximamente, que no presenta ninguna huella de órganos genitales: tiene sólo tres agujeros por donde segrega la orina continuamente; es bien barbado, siente el deseo genésico y busca el contacto femenino.

Lo que nosotros llamamos monstruos no lo son a los ojos de Dios, quien ve en la inmensidad de su obra la infinidad de formas que comprendió en ella. Es de presumir que esta figura que nos sorprende se relacione y fundamente en alguna otra del mismo género desconocida para el hombre. De la infinita sabiduría divina nada emana que no sea bueno, natural y conforme al orden, pero nosotros no vemos la correspondencia y relación. Quod crebro videt; non miratur, ettamsi, cur fiat, nescit. Quod ante non vidit, -99- id, si evenerii, ostentum esse censet. [2] Llamamos contra naturaleza lo que va contra la costumbre; nada subiste si con aquélla no está en armonía cualquiera que lo existente sea. Que esta universal y natural razón desaloje de nosotros el error y la sorpresa que la novedad nos procura.


[1] Para que cuando los hechos acontecieron puedan armonizarse con la profecía, mediante la interpretación que mejor convenga. CICERÓN, de Divinat., II, 22. (N. del T.)

[2] Lo que vemos a diario no nos admira aun cuando ignoremos por qué acontece; lo que nunca se ha visto, cuando por primera vez ocurre, parece maravilloso. CICERÓN, de Divinat., II, 22. (N. del T.)

 

Ensayos II, capítulo XXX

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Marvin Harris – Escobas y aquelarres

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Así como los «grandes hombres» nos ayudaron a comprender el significado práctico de los mesías, ahora que sabemos algo de los mesías podremos comprender mejor el significado práctico de las brujas. Pero una vez más debo advertir que la relación no será evidente. Debemos considerar algunas cuestiones preliminares antes de poder trazar la conexión.

Se estima que 500.000 personas fueron declaradas culpables de brujería y murieron quemadas en Europa entre los siglos XV y XVII. Sus crímenes: un pacto con el diablo; viajes por el aire hasta largas distancias montadas en escobas; reunión ilegal en aquelarres, adoración al diablo; besar al diablo bajo la cola; copulación con íncubos (diablos masculinos dotados de penes fríos como el hielo); copulación con súcubos (diablos femeninos). A menudo se agregaban otras acusaciones más mundanas: matar la vaca del vecino; provocar granizadas; destruir cosechas; robar y comer niños. Pero más de una bruja fue ejecutada sólo por el crimen de volar por el aire para asistir a un aquelarre.

Quiero distinguir dos enigmas diferentes en la brujería. En primer lugar se plantea el problema de por qué alguien debería creer que las brujas volaban por el aire en escobas. Y después se plantea el problema, en gran medida diferente, de por qué esta noción llegaría a ser tan popular durante los siglos XV y XVII. Creo que podemos encontrar soluciones prácticas y mundanas para estos dos enigmas. Para empezar, vamos a centrarnos en la explicación de por qué y cómo las brujas volaban hasta los aquelarres.

Pese a la existencia de un gran número de «confesiones», poco se conoce en realidad sobre historiales de brujas autorreconocidas. Algunos historiadores han mantenido que todo el extraño complejo -el pacto con el diablo, el vuelo en escobas y el aquelarre- fue invención de los quemadores de brujas más que de las brujas quemadas. Pero como veremos, al menos algunas de las acusadas tenían durante la instrucción del proceso un sentido de ser brujas, y creían fervientemente que podían volar por el aire y tener relaciones sexuales con los diablos. La dificultad con las «confesiones» estriba en que se obtenían habitualmente mediante tortura. Esta se aplicaba rutinariamente hasta que la bruja confesaba haber hecho un pacto con el diablo y volado hasta un aquelarre. Continuaba hasta que la bruja revelaba el nombre de las demás personas presentes en el aquelarre. Si una bruja intentaba retractarse de una confesión, se la torturaba, incluso con más intensidad, hasta que confirmaba la confesión original. Esto dejaba a una persona acusada de brujería ante la elección de morir de una vez por todas en la hoguera o volver repetidas veces a la cámara de tortura. La mayor parte de la gente optaba por la hoguera. Como recompensa por su actitud de cooperación, las brujas arrepentidas podían esperar ser estranguladas antes de que se encendiera el fuego.

Voy a describir un caso típico entre los centenares documentados por el historiador de la brujería europea, Charles Henry Lea. Ocurrió en el año 1601 en Offenburg, ciudad situada en lo que más tarde se llamaría Alemania Occidental. Dos mujeres vagabundas habían confesado bajo tortura ser brujas. Cuando se les instó a identificar a las otras personas que habían visto en el aquelarre, mencionaron el nombre de la esposa del panadero, Else Gwinner. Else Gwínner fue conducida ante los examinadores el 31 de octubre de 1601, y negó resueltamente cualquier conocimiento de brujería. Le instaron a evitar sufrimientos innecesarios, pero persistía en su negativa. Le ataron las manos a la espalda y la levantaron del suelo con una cuerda atada a sus muñecas, un sistema conocido como la estrapada. Empezó a gritar, diciendo que confesaría, y pidió que la bajaran. Una vez en el suelo, todo lo que ella dijo fue «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». La volvieron a aplicar la tortura pero sólo consiguieron dejarla inconsciente. La trasladaron a la prisión y la volvieron a torturar el 7 de noviembre, levantándola tres veces mediante la estrapada, con pesos cada vez mayores atados a su cuerpo. Tras el tercer levantamiento gritó que no podía aguantarlo. La bajaron y confesó que había gozado del «amor de un demonio». Los examinadores no quedaron satisfechos; deseaban saber más cosas. La elevaron de nuevo con los pesos más pesados, exhortándola a confesar la verdad. Cuando la dejaron en el suelo, Else insistió en que «sus confesiones eran mentiras para evitar el sufrimientos y que la verdad es que era inocente». Entretanto los examinadores habían detenido a la hija de Else, Agathe. Condujeron a Agathe a una celda y la golpearon hasta que confesó que ella y su madre eran brujas y que habían provocado la pérdida de las cosechas para elevar el precio del pan. Cuando Else y Agathe estuvieron juntas, la hija se retractó de la acusación que involucraba a su madre. Pero tan pronto como Agathe se quedó sola con los examinadores volvió a confirmar la confesión y pidió que no la llevaran de nuevo ante su madre.

Condujeron a Else a otra prisión y la interrogaron con empulgueras. En cada pausa volvía a confirmar su inocencia. Finalmente admitió de nuevo que tenía un amante demoníaco, pero nada más. El tormento se reanudó el 11 de diciembre después de haber negado una vez más toda culpabilidad. En esta ocasión se desmayó. Le arrojaron agua fría a la cara; ella gritaba y pedía que la dejaran en libertad. «Pero tan pronto como se interrumpía la tortura, se retractaba de su confesión». Finalmente confesó que su amante la había conducido en dos vuelos hasta el aquelarre. Los examinadores pidieron saber a quién había visto en estos aquelarres. Else dio el nombre de dos personas: Frau Spiess y Frau Weyss. Prometió revelar después más nombres. Pero el 13 de diciembre se retractó de su confesión, pese a los esfuerzos de un sacerdote que la confrontó con la declaración adicional obtenida de Agathe. El 15 de diciembre, los examinado- res le dijeron que iban a «continuar la tortura sin piedad o compasión hasta que dijera la verdad». Se desmayó, pero afirmó su inocencia. Repitió su confesión anterior, pero insistió en que se había equivocado al haber visto a Frau Spiess y Frau Weyss en el aquelarre: «había tal muchedumbre y confusión que era difícil la identificación, especialmente por cuanto todos los presentes cubrían sus caras lo más que podían». Pese a la amenaza de nuevas torturas, rehusó sellar su confesión con un juramento final. Else Gwinner murió quemada el 21 de diciembre de 1601.

Además de la estrapada, el potro y la empulguera, los cazadores de brujas utilizaban sillas con puntas afiladas calentadas desde abajo, zapatos con objetos punzantes, cintas con agujas, yerros candentes, tenazas al rojo vivo, hambre e insomnio. Un crítico contemporáneo de la caza de brujas, Johann Mattháus Meyfarth, escribió que daría una fortuna si pudiera desterrar el recuerdo de lo que había visto en las cámaras de tortura:

He visto miembros despedazados, ojos sacados de la cabeza, pies arrancados de las piernas, tendones retorcidos en las articulaciones, omoplatos desencajados, venas profundas inflamadas, venas superficiales perforadas; he visto las víctimas levantadas en lo alto, luego bajadas, luego dando vueltas, la cabeza abajo y los pies arriba. He visto cómo el verdugo azotaba con el látigo y golpeaba con varas, apretaba con empulgueras, cargaba pesos, pinchaba con agujas, ataba con cuerdas, quemaba con azufre, rociaba con aceite y chamuscaba con antorchas. En resumen, puedo atestiguar, puedo describir, puedo deplorar cómo se violaba el cuerpo humano.

Durante toda la locura de la brujería, toda confesión arrancada bajo tortura tenía que ser confirmada antes de que se dictara sentencia. Así, los documentos de los casos de brujería siempre contienen la fórmula. «Y así ha confirmado por su propia voluntad la confesión arrancada bajo tortura». Pero como indica Meyfarth, estas confesiones carecían de valor al objeto de poder separar las verdaderas brujas de las falsas. ¿Qué significa, se pregunta, el que encontremos fórmulas como: «Margaretha ha confirmado ante el tribunal de justicia por propia voluntad la confesión arrancada bajo tortura»?

Significa que, cuando confesaba después de un tormento insoportable, el verdugo le decía: «Sí pretendes negar lo que has confesado, dímelo ahora y lo haré aún mejor. Sí niegas delante del tribunal, volverás a mis manos y descubrirás que hasta ahora sólo he jugado contigo, porque te voy a tratar de un modo que arrancaría lágrimas de una piedra». Cuando Margaretha es conducida ante el tribunal, está encadenada y sus manos tan fuertemente atadas que «manan sangre». A su lado se hallan carcelero y verdugo, y a sus espaldas guardianes armados. Tras la lectura de la confesión, el verdugo le pregunta si la confirma o no.

El historiador Hugh Trevor-Roper insiste en que se realizaron muchas confesiones a las autoridades públicas sin ninguna evidencia de tortura. Pero incluso estas confesiones «espontáneas» y «realizadas libremente» deben evaluarse en función de las formas de terror más sutiles de las que disponían examinadores y jueces. Era una práctica establecida entre los examinadores de brujería, amenazar primero con la tortura, después describir los instrumentos que se utilizarían, y finalmente mostrarlos. Las confesiones se podían obtener en cualquier momento del proceso. Los efectos de estas amenazas probablemente lograron «confesiones» durante la instrucción del proceso que hoy en día nos parecen «espontáneas». No niego la existencia de confesiones verdaderas o de brujas «verdaderas», pero me parece sumamente perverso que los especialistas modernos aborden el empleo de la tortura como si fuera un aspecto secundario en las investigaciones sobre brujería. Los examinadores nunca quedaban satisfechos hasta que las brujas confesas daban nombres de nuevos sospechosos, que posteriormente eran acusados y torturados de una manera rutinaria.

Meyfarth menciona un caso en el que una anciana torturada durante tres días reconoció al hombre a quien había delatado: «nunca te había visto en el aquelarre, pero para acabar con la tortura tuve que acusar a alguien. Me acordé de ti porque cuando era conducida a la prisión, te cruzaste conmigo y me dijiste que nunca hubieras creído esto de mí. Te pido perdón, pero si fuera de nuevo torturada te volvería a acusar». La mujer fue enviada al potro y confirmó su historia original. Sin tortura no puedo comprender cómo la locura de la brujería pudo cobrarse tantas víctimas, no importa cuántas personas creyeran realmente que volaban hasta el aquelarre.

Prácticamente todas las sociedades del mundo tienen algún concepto sobre la brujería. Pero la locura de la brujería europea fue más feroz, duró más tiempo y causó más víctimas que cualquier otro brote similar. Cuando se sospecha de brujería en las sociedades primitivas, tal vez se empleen ordalías dolorosas como parte del intento de determinar la culpabilidad o la inocencia. Pero en ninguno de los casos que conozco se tortura a las brujas hasta confesar la identidad de otras brujas.

Incluso en Europa, sólo después del año 1480, se empleó la tortura para estos fines. Antes del año 1000 d.C. nadie era ejecutado si un vecino alegaba haberle visto con el diablo. Las gentes se acusaban entre sí de ser hechiceros o brujas y de tener poderes sobrenaturales para hacer el mal. Y había mucha especulación sobre ciertas mujeres capaces de viajar por el aire y recorrer grandes distancias a enormes velocidades. Pero las autoridades tenían poco interés en cazar sistemáticamente a las brujas y obligarlas a confesar sus crímenes. De hecho, la existencia la Iglesia Católica insistía en un principio en que no había cosas tales como brujas que volaban por el aire. En el año 1000 d. C. se prohibió la creencia de que estos vuelos ocurrían en la realidad; después de 1480, se prohibió la creencia de que no ocurrían. En el año 1000 d. C. la Iglesia sostenía oficialmente que el viaje era una ilusión provocada por el diablo. Quinientos años más tarde, la Iglesia sostenía oficialmente que quienes afirmaban que el viaje era simplemente una ilusión estaban asociados con el diablo.

El punto de vista más antiguo se regía por un documento llamado Canon Episcopi. En relación con la gente que creía que bandas de brujas volaban durante la noche, el Canon advertía: «El alma impía cree que estas cosas no suceden en el espíritu sino en el cuerpo». En otras palabras, el diablo puede hacernos creer que vosotros u otros viajáis por la noche, pero ni vosotros ni ellos pueden hacerlo realmente. La prueba de lo que significa «realmente» y de su diferencia decisiva con las definiciones posteriores de «realidad» consiste en que no se puede acusar de maleficencia a nadie a quien vosotros o vuestros compañeros de ensueño creéis que está viajando. Sólo es un sueño el que estuvierais allí, y otros no deben ser considerados responsables de lo que hacéis en vuestros sueños. Sin embargo, el soñador tiene malos pensamientos y debe ser castigado, pero no con la hoguera, sino con la excomunión.

Se tardó varios siglos en invertir el Canon Episcopi, convirtiéndose en un delito herético el negar que las brujas se transportaran tanto corporal como espiritualmente. Una vez establecida la realidad del viaje, fue posible interrogar a toda bruja confesa sobre las demás personas que asistían al aquelarre. La tortura aplicada en este momento garantizaba que se produciría una reacción en cadena. Como sucede en los modernos reactores nucleares, cada bruja quemada conducía automáticamente a dos o más nuevas candidatas a la quema.

Para que el sistema funcionara perfectamente, se utilizaron refinamientos complementarios. Se reducían los costos del proceso mediante el sistema de obligar a la familia de la bruja a pagar la factura por los servicios prestados por torturadores y verdugos. Asimismo, la familia corría con el costo de los haces de leña y del banquete que los jueces daban después de la quema. Por lo demás, se fomentaba el entusiasmo de los funcionarios locales por la caza de brujas, autorizándoles a confiscar todos los bienes de cualquier persona condenada por brujería.

Ciertos aspectos del sistema maduro de la caza de brujas se perfeccionaron ya en el siglo XIII, pero no como parte de la lucha contra las brujas. La Iglesia autorizó por primera vez el empleo de tortura no contra las brujas, sino contra los miembros de las organizaciones eclesiásticas ilícitas que nacían en toda Europa y amenazaban con romper el monopolio que Roma detentaba sobre los diezmos y los sacramentos. En el siglo XIII, por ejemplo, los albigenses (también llamados cátaros) del sur de Francia se habían convertido en un poderoso cuerpo eclesiástico independiente, con su propio clero, que se reunía públicamente bajo la protección de facciones disidentes de la nobleza francesa.

El Papa tuvo que recurrir a una guerra santa -la cruzada albígense- para impedir la ruptura de la Francia meridional con la cristiandad. Los albigenses fueron finalmente exterminados, pero surgieron muchas otras sectas heréticas, como los valdenses y los vandois. Para combatir a estos movimientos subversivos, la Iglesia creó gradualmente la Inquisición, un poder paramilitar especial cuya única función era extirpar la herejía. Los herejes perseguidos por la Inquisición en Francia, Italia y Alemania, actuaban en secreto, formaban células clandestinas y celebraban reuniones secretas. Los inquisidores papales que vieron cómo sus esfuerzos eran frustrados por las actividades secretas del enemigo solicitaron autorización para aplicar la tortura y obligar así a los herejes a confesar y dar el nombre de sus cómplices. El Papa Alejandro IV concedió esta autorización a mediados del siglo XIII.

Mientras valdenses y vandois eran torturados, las brujas gozaban todavía de la protección del Canon Episcopi. La brujería era un crimen pero no una herejía, puesto que el aquelarre era una invención de la imaginación. Pero con el paso del tiempo, los inquisidores papales se preocuparon cada vez más por la falta de jurisdicción en los casos de brujería. Argüían que la brujería ya no era lo que solía ser en la época del Canon Episcopi. Se había desarrollado un nuevo tipo, mucho más peligroso, de bruja: una bruja que podía volar realmente hasta los aquelarres. Y estos aquelarres eran precisamente como las reuniones secretas de las otras sectas heréticas, aunque los ritos eran mucho más repugnantes. Si se podía torturar a las brujas como a los demás herejes, sus confesiones conducirían al descubrimiento de un extenso cuerpo de conspiradores secretos. Finalmente Roma accedió. Un Papa llamado Inocencio promulgó una bula en 1448 que autorizaba a los inquisidores Heinrich Institor y jakob Sprenger a emplear todo el poder de la Inquisición para extirpar las brujas de toda Alemania.

Institor y Sprenger convencieron al Papa con argumentos que posteriormente presentaron en su libro “El Martíllo de las Brujas”, que sería para siempre el manual completo del cazador de brujas. Es verdad, admitían, que algunas brujas sólo imaginaban que asistían al aquelarre; pero muchas eran transportadas realmente allí en cuerpo. De todas formas, da lo mismo, ya que la bruja que sólo acude en la imaginación ve lo que ocurre con tanta fiabilidad como aquélla cuyo cuerpo es transportado. Y respecto a aquellos casos en los que un marido ha jurado que su mujer estaba en la cama a su lado mientras otras brujas habían testificado que estaba en el aquelarre, no era su mujer a la que él tocaba, sino un diablo que estaba en su lugar. Tal vez el Canon Episcopi había afirmado que el vuelo sólo era imaginario, pero no era nada imaginario el daño que las brujas estaban provocando. ¿«Quién es tan estúpido para mantener... que toda su brujería y daños son fantásticos e imaginarios, cuando es evidente lo contrario a los ojos de todo el mundo»? La brujería ha provocado todas las desgracias imaginables: pérdida del ganado y de las cosechas, muerte de niños, enfermedad, achaques, infidelidad, esterilidad y locura. El Martillo de las Brujas concluía con un informe detallado de cómo se podían identificar, acusar, procesar, torturar, declarar culpables y sentenciar a las brujas. El sistema de caza de brujas estaba ya completo, listo para que los cazadores de brujas, católicos y protestantes, lo aplicaran en toda Europa en los 200 años siguientes, con resultados devastadores. Listo para producir, año tras año, un aprovisionamiento interminable de nuevas brujas que sustituían a las que estaban encarceladas o habían sido quemadas.

¿Por qué se anuló el Canon Episcopi? La explicación más sencilla es que los inquisidores tenían razón: las brujas se reunían en aquelarres secretos -aun cuando no llegaran hasta allí sobre sus escobas- y constituían en realidad una amenaza tan palpable para la seguridad de la cristiandad como los valdenses o los otros movimientos religiosos clandestinos. Los descubrimientos recientes sobre la base práctica del vuelo sobre escobas no permiten sostener esta teoría. Michael Harner, profesor de la New School for Social Rescarch ha mostrado que las brujas europeas se asociaban popularmente con el empleo de ungüentos mágicos. Antes de viajar por el aire sobre sus escobas, las brujas «se untaban» con ellos. Uno de los típicos casos citados por Harner es el de una bruja en la Inglaterra del siglo XVII, quien confesó que «antes de ser transportada a las reuniones, untaron sus frentes y sus muñecas con un Aceite que les trae el Espíritu (que huele a crudo)». Otras brujas inglesas relataban que el «Aceite» tenía un color Verdoso y se aplicaba en la frente con una pluma. En los primeros relatos, se dice que la bruja aplicaba el ungüento a un bastón tras lo cual «temblaba y galopaba contra viento y marea, cuando y en la forma que le apetecía». Una fuente del siglo xv citada por Harner relata la unción tanto del palo como del cuerpo- «Untan un bastón y montan sobre él o se untan bajo los brazos y en otros lugares vellosos». Otra fuente declara: «Las brujas, varones y hembras, que han pactado con el diablo, sirviéndose de ciertos ungüentos y recitando ciertas palabras son conducidas durante la noche a tierras lejanas».

Andrés Laguna, un médico del siglo XVI que ejercía en Lorraine, describió el descubrimiento del tarro de una bruja «lleno hasta la mitad de un cierto ungüento verde con el que se untaban; cuyo olor era tan fuerte y repugnante que se mostró que estaba compuesto de hierbas frías y soporíferas en grado sumo, que son la cicuta, la hierba mora, el beleño, y la mandrágora». Laguna logró un bote lleno de este ungüento y lo utilizó para llevar a cabo un experimento con la mujer de un verdugo de Metz. Untó a esta mujer desde la cabeza hasta los pies, tras lo cual «ella se quedó dormida de repente con un sueño tan profundo, con sus ojos abiertos como un conejo (también parecía una liebre cocida) que no podía imaginar cómo despertarla». Cuando Laguna logró finalmente que se levantara, había estado durmiendo durante 36 horas. Se quejó: «¿Por qué me despiertas en este momento tan inoportuno? Estaba rodeada de todos los placeres y deleites del mundo». Entonces sonrió a su marido que estaba allí, «que apestaba a ahorcado», y le dijo: «bribón, sabes que te he puesto los cuernos, y con un amante más joven y mejor que tú».

Harner ha reunido algunos de estos experimentos con ungüentos en los que intervenían las mismas brujas. Todos los sujetos caían en un sueño profundo, y cuando se les despertaba, insistían en que habían estado lejos en un largo viaje. Por consiguiente, el secreto del ungüento era conocido por muchas personas que vivían en la época de la locura de las brujas, aun cuando los historiadores modernos han tendido generalmente a olvidar o minimizarlo. La mejor exposición de un testigo ocular sobre el tema fue realizada por uno de los colegas de Galileo, Gíambattista della Porta, quien obtuvo la formula de un ungüento que contenía hierba mora.

Tan pronto como está preparado, untan la parte del cuerpo, frotándose antes a conciencia, de modo que su piel se vuelve de color rosa... Así en algunas noches de luna se creen transportadas a banquetes con música y danzas, copulando con los jóvenes a los que más desean. Tan grande es la fuerza de la imaginación y de la apariencia de las imágenes, que la parte del cerebro llamada memoria está casi repleta de este tipo de cosas; y puesto que ellas mismas son muy propensas, por inclinación de fa naturaleza, a la creencia, se aferran a las imágenes de tal modo que el mismo espíritu se altera y no piensan en otra cosa durante el día y la noche.

Harner, que ha estudiado el empleo de alucinógenos por los chamanes entre los jíbaros del Perú, cree que el agente alucinógeno activo en los ungüentos de las brujas era la atropina, un poderoso alcaloide descubierto en plantas europeas tales como la mandrágora, el beleño y la belladona (¡hermosa señora!). El rasgo más sobresaliente de la atropina es el ser absorbible a través de la piel intacta, una característica que se aprovecha en los emplastos de belladona aplicados sobre la piel con el fin de aliviar los dolores musculares. Algunos experimentadores modernos han recreado ungüentos de brujas basándose en fórmulas conservadas en documentos antiguos. Un grupo de Göttingen, Alemania,. relata haber caído en un sueño de 24 horas en el que soñó con «viajes excitantes, danzas frenéticas y otras aventuras misteriosas de este tipo relacionadas con orgías medievales». Otro experimentador que simplemente inhaló los humos del beleño habla de la «sensación loca de que mis pies se volvían más ligeros, se dilataban y se desprendían de mi cuerpo... al mismo tiempo experimenté una sensación embriagadora de volar».

Pero, ¿qué papel desempeñaba el bastón o la escoba que todavía podemos observar en la actualidad entre las piernas de las «brujas» en la víspera del día de Todos los Santos? Según Harner, no era un simple símbolo fálico:

El empleo del bastón o escoba era indudablemente algo más que un acto simbólico freudiano; servía para aplicar la planta que con- tenía atropina a las membranas vaginales sensibles, así como para proporcionar la sugestión de cabalgar sobre un corcel, una ilusión típica del viaje de las brujas al aquelarre.

Si la explicación de Harnet es correcta, entonces la mayor parte de los aquelarres «verdaderos» implicaban experiencias alucinógenas. El ungüento siempre se aplicaba antes de que las brujas fueran al aquelarre, nunca después de haber estado allí. De modo que fuere cual fuere la razón que se escondía tras la decisión papal de utilizar la inquisición para extirpar la brujería, no se podía tratar de la creciente popularidad de los aquelarres. Naturalmente lo que pudo haber sucedido es que mucha gente empezó a «viajar». No voy a excluir esta posibilidad. Sin embargo, sabemos que la inquisición era capaz de conseguir los nombres de la gente vista en los inexistentes aquelarres. ¿Por qué entonces debemos suponer que estas personas eran «viajeros» habituales? Dado que la inquisición no se ocupaba de identificar a las brujas sobre la base de su posesión de ungüentos (El Martillo de las Brujas tiene poco que decir sobre este tema) me parece probable que la mayor parte de las «verdaderas brujas» -los «viajeros» habituales nunca fueron identificados y que la mayor parte de la gente quemada nunca había «viajado».

Los ungüentos alucinógenos explican muchas de las características específicas de la creencia en la brujería. La tortura explica la propagación de estas creencias mucho más allá de la órbita de los usuarios reales de los ungüentos, Sin embargo, persiste el enigma de por qué tuvieron que morir 500.000 personas por crímenes cometidos en los sueños de otras personas. Para resolver este enigma debemos retomar el análisis de la tradición militar-mesiánica.

 

En Los misterios de la cultura

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21 de may. de 2009

Salman Rushdie - En la subasta de las zapatillas rubíes

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Los pujadores que se han reunido para la subasta de las zapatillas mágicas se parecen poco a la muchedumbre habitual de nuestra sala de ventas. Los Subastadores han hecho mucha publicidad del acontecimiento y están preparados para lo que venga. La gente rara vez se atreve a salir de casa actualmente; sin embargo, y con razón, los Subastadores creen que este lote nos inducirá a abandonar nuestros búnkers. Se prevé mucho entusiasmo. En consecuencia, además de los servicios normales para comodidad y seguridad de las personas más notables, se han colocado escupideras de bronce especialmente grandes para uso de los físicamente enfermos; en confesionarios góticos estratégicamente situados se han instalado equipos de psiquiatras de diversas disciplinas para aconsejar a los enfermos del alma.
La mayoría de nosotros estamos hoy enfermos.
No hay curas. Los Subastadores han puesto un límite. Los curas están en otros edificios cercanos, que les son familiares confiando en poder tratar todo efecto secundario psíquico, todo exceso de locura.
Unidades de obstétricos y equipos P.A.L.O. de policía aguardan, discretamente, en las calles laterales, por si la excitación produce nacimientos o defunciones imprevistos. Se han hecho listas de parientes con teléfonos de contacto. Se ha traído una reserva de camisas de fuerza.
Mirad: detrás de un vidrio a prueba de balas, las zapatillas rubíes centellean. No conocemos los límites de sus poderes. Sospechamos que esos límites no existen.
Hay estrellas de cine entre los compradores, que traen a la sala de ventas su aura de brillantes y lentejuelas. Las auras de las estrellas de cine, creadas en colaboración con maestros de física aplicada, son de platino, oro, plata y bronce. Algunos actores de carácter, especializados en papeles de malvado, están rodeados por un aura de mal: verde lívido, amarillo mostaza, rojo de tinta. Cuando alguno de nosotros tropieza con el aura inestimable (y frágil) de una estrella, sea hombre o mujer, es derribado al instante al suelo por un equipo de seguridad y llevando en volandas a alguna de las furgonetas que lo aguardan. Esos incidentes disminuyen ligeramente la aglomeración en la Gran Sala de Subastas.
Los y las yonquis de souvenirs han venido en número previsible, y en estos momentos, con una zambullida, la cabeza de una de ellas aplica unos labios desesperados a la vitrina transparente de las zapatillas, haciendo sonar el sistema de alarma más moderno, cuyos programadores han olvidado enseñarle que ese gesto de adoración es relativamente inofensivo. El sistema descarga unos cientos de miles de voltios con implantes de colágeno de la besadora de vidrios, poniendo así fin a su interés por todo lo que ocurre. Es un momento desagradable y nauseabundo, pero no consigue disuadir de ese mismo acto suicida de devoción a un segundo aficionado. Cuando nos enteramos de que este retrasado mental era el amanto de la primera víctima, nos preguntamos por los misterios del amor, mientras sacamos de nuevo nuestros pañuelos perfumados.
El culto de las zapatillas rubíes está en su apogeo. Un baile de disfraces está en plena animación. Hay una gran oferta de magos, leones y espantapájaros. Se abren paso con los codos para tener un sitio, pisándose mutuamente los pies. Hay escasez de Leñadores de Hojalata a causa de la especial incomodidad del traje. Las brujas aguardan su momento en los balcones y las galerías de la Gran Sala de
Subastas, gárgolas vivas con posibilidades, en muchos casos, de obtener muchos puntos. Una de las esquinas está ocupada totalmente por Totóa, varios de los cuales copulan con entusiasmo, lo que obliga a un portero de guantes de goma a separarlos a fin de evitar el escándalo público. Lo hace con mucha delicadeza y tacto.
Nosotros, el público, nos ofendemos fácil, mortalmente. Hemos llegado a considerar la ofensa como un derecho fundamental. Valoramos muy pocas cosas más que nuestra rabia, que, en nuestra opinión, nos da un alto soporte moral. Desde ese alto soporte podemos disparar contra nuestros enemigos, causando muchas bajas. Nos enorgullecemos de nuestra escasa tolerancia. Nuestra cólera nos eleva, nos trasciende.
Alrededor del –digamos- relicario de las zapatillas de cequíes rubíes, se han ido formando charcos de saliva. Los hay que no se contienen y se les cae la baba. El portero latinoamericano, vestido de mono, se mueve entre nosotros, con un cubo en una mano y una fregona en la otra. Admiramos y agradecemos su talento para pasar inadvertido. Elimina del suelo el agua de nuestras bocas sin que tengamos que perder la cara.
Las oportunidades de encontrar lo auténticamente milagroso son limitadas en nuestro universo nietzscheano y relativista. Los filósofos conductistas y los científicos cuánticos se amontonan en torno a las zapatillas mágicas. Toman notas indescifrables.
Exiliados personas desplazadas de todas las clases, incluso vagabundos sin hogar han venido a echar una ojeada a lo imposible. Han surgido de sus agujeros subterráneos y desafiado los bazookas, la banda de uzis armados ciegos de crack o de caballo o de coca, los traficantes, los atracadores.
Los vagabundos llevan ponchos de yute malolientes y escupen ruidosamente en las macetas de yucas gigantes. Agarran puñados de canapés de las bandejas que llevan las manos soberbias de restauradores de primera categoría. Comen sushi con cantidades impresionantes de salsa wasabi, a cuyos efectos inflamatorios parecen impunes las entrañas de aquellos vagos. Se llama a los equipos P.A.L.O. y, tras una breve batalla, con utilización de balas de goma y dardos sedantes, se elimina a los vagabundos, se los deja inconscientes a golpes y son sacados de allí. Se los depositará a cierta distancia, fuera de los límites de la ciudad, en esa tierra de nadie humeante, rodeada de inmensas vallas publicitarias, en la que ya no nos aventuramos. Los perros salvajes se congregarán a su alrededor, impacientes por el almuerzo. Son tiempos despiadados.
En la subasta hay refugiados políticos: conspiradores, monarcas destronados, facciones derrotadas, poetas, jefes de bandidos. Esos personajes no llevan ya las boinas negras, gafas de culo de botella y capas envolventes de antaño, sino que adoptan actitudes resplandecientes con chaquetas de seda a cuadros y pantalones de talle alto, de alta costura japonesa. Las mujeres visten chaquetillas de torero con reproducciones en lentejuelas de grandes obras de arte. Una beldad exhibe un Guernica en la espalda, mientras que varias otras llevan escenas centelleantes de Los desastres de la guerra.Por incandescentes que sean con sus trajes de luces, las refugiadas políticas no pueden eclipsar a las zapatillas rubíes y se reúnen con sus compañeros masculinos en pequeños grupos siseantes, que lanzan periódicamente imprecaciones, bolitas de papel marcado o embebido en tinta y flechas de papel, a través del salón, a los grupos de emigrados rivales.
Los guardas, en las salidas, restallan distraídamente sus látigos y los políticos se portan bien.
Veneramos las zapatillas rubíes porque creemos que pueden hacernos invulnerables a las brujas (y hay tantas hechiceras que actualmente nos persiguen); por sus poderes para invertir la metamorfosis, su afirmación de un perdido estado de normalidad en el que casi hemos dejado de creer y al que las zapatillas nos prometen que podemos regresar; y porque relucen como el calzado de los dioses.
Por el liberalismo extremado de algunos de los Subastadores, que aducen que una sala de subastas civilizada debe ser una iglesia amplia, abierta, tolerante, se ha dejado entrar a fundamentalistas religiosos, que critican el fetichismo de las zapatillas. Los fundamentalistas han manifestado abiertamente que sólo están interesados en comprar el calzado mágico para quemarlo, y ello, en opinión de los Subastadores liberales, no es un programa reprensible. ¿Qué vale la tolerancia si no se tolera también al intolerante? «el dinero insiste en la democracia», reiteran los subastadores liberales. «Dinero es siempre dinero.» Los fundamentalistas fulminan desde cajas de jabón construidas de madera especial y bendita. No les hacen caso, pero algunos personajes de edad presentes hablan agoreramente de que han conseguido introducir una cuña.
Llegan huérfanos, confiando ñeque las zapatillas rubíes puedan hacerlos retroceder en el tiempo y en el espacio (porque, como prueban nuestras ecuaciones, todas las máquinas que viajan en el espacio viajan también en el tiempo): confían en que las famosas zapatillas los reúnan con sus padres muertos.
«Hogar» se ha convertido en un concepto tan disperso, deteriorado y diverso en nuestros trabajos actuales. No hay mucho por lo que suspirar. Hay ya tan pocos arcos iris. ¿Qué podemos esperar ni siquiera de un par de zapatos mágicos? Nos prometieron llevarnos al hogar, pero ¿son comprensibles para ellas las metáforas hogareñas, son permisibles las abstracciones? ¿Tomarán las cosas al pie de la letra o nos permitirán volver a definir esa palabra bendita? ¿Pedimos, esperaos demasiado?
Mientras nuestras necesidades innumerables surgen de nuestros reductos y se aprietan contra el cristal electrificado, ¿perderán la paciencia las zapatillas, como el antiguo pez plano de Grima, por nuestras crecientes exigencias y nos devolverán a las chizas de nuestro descontento?
La presencia de seres imaginarios en la Sala de Subastas puede ser la última gota. Aquí están las niñas de las pinturas australianas del siglo XIX, lloriqueando desde sus marcos dorados de molduras porque están perdidas
En la inmensidad del país. Con delantales azules y calcetines por el tobillo, miran los bosques tropicales y los desiertos rojos, tiemblan.
Un personaje literario, condenado a una eternidad de leer las obras de Dickens a un loco armado en una jungla, ha enviado su puja por escrito.
En una pantalla de televisión observo la frágil figura de un alienígena con la punta del dedo iluminada.
Esta invasión del mundo real por el ficticio es un síntoma de la decadencia de nuestra cultura posmilenaria. Los héroes bajan de las pantallas de cine y se casan con personas del público. ¿No habrá fin? ¿Debería haber controles más rigurosos? ¿Emplea el estado una violencia insuficiente? Con frecuencia debatimos esas cuestione. No hay duda de que una gran mayoría de nosotros se opone a esa migración libre e ilimitada de seres imaginarios hacia una realidad ya deteriorada, cuyos recursos disminuyen de día en día. Después de todo, pocos de nosotros querríamos viajar en la dirección opuesta (aunque hay informes convincentes de un aumento reciente de esas migraciones).
Voy a aplazar estas discusiones de momento. La Subasta está a punto de comenzar.
Es necesario que hable de mi prima Gale y de su costumbre de gemir ruidosamente cuando hace el amor. Seré franco: mi prima Gale fue y es el amor de mi vida, e incluso ahora que nos hemos separado, me excita fácilmente el simple recuerdo de sus alborotos eróticos. Me apresuro a añadir que, salvo por esa elocuencia, no había nada de anormal en nuestra forma de hacer el amor, nada, si puedo decirlo así, ficticio. Sin embargo, me satisfacía profunda, muy profundamente, en especial cuando, en el momento de la penetración, solía gritar: « ¡El hogar, muchacho! ¡El hogar, niño, si…has vuelto al hogar!»
Un día, siento contarlo, volví al hogar para encontrarla en brazos de un peludo fugitivo de alguna película de hombres de las cavernas. Me mudé aquel mismo día, llorando por la calle con el retrato de Gale como un tornado entre mis brazos y mi colección de viejos discos de Pat Boone de 78 revoluciones en una mochila.
Eso fue hace muchos años.
Durante algún tiempo después de haberme defenestrado Gale, estuve amargado y solía revelar a muestro círculo de amistades que ella perdió su virginidad a los catorce años en un accidente en que intervino una silla plegable defectuosa; pero la venganza no me satisfizo mucho tiempo.
Desde entonces, me he dedicado a su recuerdo. Me he convertido en una vela encendida en su templo.
Me doy cuenta de que, después de todos estos años de separación sin comunicación alguna, la Gale que adoro es por completo una persona real. La verdadera Gale se confunde con la que re-imagino, con mi elaboración privada de una continuación de nuestra vida juntos en un universo alternativo sin hombres-mono. La verdadera Gale puede estar ahora fuera de nuestro alcance, inefable.
Tuve un vislumbre de Gale recientemente. Ella estaba al otro extremo de un bar largo, oscuro y subterráneo, guardada por comandos mercenarios que llevaban armas nucleares de combate. En la barra había tapas polinesias y cervezas de la costa del Pacífico: Kirin, Tsingtao, Swan.
En aquel momento, muchos canales de televisión se ocupaban del triste caso del astronauta naufragado en Marte sin esperanza de socorro y cuyas reservas de alimento y aire disminuían. Los portavoces oficiales nos daban argumentos persuasivos para la brusca cancelación del presupuesto de exploración del espacio. Encontrábamos esos argumentos convincentes; voces influyentes se quejaban del sentimentalismo de las imágenes del astronauta agonizante.
No obstante, las cámaras que había dentro de su nave naufragada seguían enviándonos imágenes conmovedoras de su lento descenso hacia la desesperación, de su muerte de escasa gravedad y peso reducido.
Miré a mi prima Gale mientras ella miraba la televisión del bar. No me vio mirándola, no supo que se había convertido en el programa que había elegido.
El condenado de otro planeta –el condenado de la tele- comenzó a cantar un popurrí abrupto de canciones mal recordadas. Me acordé del ordenador agonizante, Hal, de la vieja película 2001, una odisea del espacio. Hal cantaba «Daisy, Daisy», mientras lo iban desconectando.
El marciano –porque ahora era residente permanente de Marte –nos ofreció interpretaciones espaciadas de Swaneee, Show Me the Way to Go Home y otras melodías de El mago de Oz; y los hombros de Gale comenzaron a temblar. Ella estaba llorando.
No atravesé el bar para consolarla.
Oí hablar por primera vez de la próxima subasta a la mañana siguiente, y resolví enseguida comprarlas, a cualquier precio. Mi plan era sencillo: le ofrecía a Gale los zapatos milagrosos con toda humildad. Si ella quería, le diría yo, podría utilizarlos para ir a Marte y traer al astronauta de nuevo a la Tierra.
Tal vez yo podría incluso entrechocar tres veces los tacones y conquistar nuevamente su corazón murmurando, en suave recuerdo de nuestro desperdiciado amor, No hay nada como el hogar.
Os reís de mi desesperación. ¡Ah! Decid a un hombre que se ahoga que no se agarre a un clavo ardiendo. Decid a un astronauta agonizante que no cante. Venid aquí y poneos en mis zapatos. ¿Qué decía el León Cobarde? Póntelos.
Póntelooooos. Pelearé con vosotros con una mano atada a la espalda. Pelearé con vosotros con los ojos cerrados. Tenéis miedo, ¿he? ¿Tenéis miedo?
La Gran Sala de Subastas es el corazón de la tierra que late. Si os quedáis allí tiempo suficiente, veréis pasar todas las maravillas del mundo. En la Gran Sala de Subastas hemos presenciado, en los últimos años, la subasta del Taj Mahal, la Estatua de la Libertad, los Alpes, la Esfinge. Hemos asistido a la venta de viudas y la compra de maridos. Aquí se han vendido secretos de Estado, abiertamente, al mejor postor. En una ocasión muy especial, los Subastadores presidieron la venta, a una banda recalentada y ecuménica de demonios rojos que se consumían, de una amplia selección de almas humanas de todas clases, calidades, edades, razas y credos.
Todo está a la venta y, bajo la supervisión firme pero esencialmente benévola de los Subastadores, sus perros de seguridad y sus equipos P.A.L.O., nos enzarzamos en una batalla de caletre y cartera, en una guerra de nervios.
Hay cierta pureza en nuestras subastas de aquí, y también una tensión estéticamente agradable entre la vasta complejidad de la vida que se ofrece, empaquetada en lotes, para que se vaya a golpes de martillo, y la simplicidad igualmente inmensa de nuestra forma de tratar esa vida.
Hacemos una oferta, los Subastadores adjudican un lote y pasamos al siguiente.
Todos son iguales ante la justicia de los mazos: el artista de las aceras y Miguel Ángel, la esclava y la Reina.
Es el tribunal de la demanda.
Ahora están empujando las zapatillas. A medida que el precio se alza, también lo hace mi estómago. El pánico me agarra, me hunde, me ahoga. Pienso en Gale -¡encantadora prima!-, rechazo el miedo y hago mi oferta.
Una vez, el viudo de una cantante de pop famosa en todo el mundo y muy querida, me pidió que fuera en su nombre a una subasta de recuerdos de rock. Él era el único ejecutor testamentario de la herencia de ella. Que se elevaba a decenas de millones. Yo lo trataba con respeto.
Sólo lo quiero un lote –me dijo-. Gaste lo que tenga que gastar.
Era una prenda de vestir, un par de panties de papel de arroz comestible, con sabor a menta, comprados hacía tiempo en un almacén de (creo que se llama así) Rodeo Drive. El último show de la difunta esposa de mi empleador había incluido quitarse y consumir en público varios de esos panties. Otros panties de diversos sabores –chocolate chip, braga gloriosa, cassata –eran arrojados a la multitud. También éstos eran devorados en la excitación general del concierto, ya que sus afortunados destinatarios estaban demasiado arrebatados para considerar el valor futuro de lo que habían atrapado. Por ello, las prendas íntimas realmente llevadas por aquella señora escaseaban, y en la actualidad la demanda era grande.
Durante la subasta llegaron ofertas por los enlaces de vídeo con Tokio, Los Ángeles, París y Milán, ofertas tan rápidas y de tal envergadura que perdí la sangre fría. Sin embargo, cuando telefoneé a mi empleador para confesarle mi fracaso, no se mostró nada afectado, sino interesado sólo en el precio final. Le dije la suma delinco cifras y se rió. Era la primera risa auténticamente alegre que le había oído desde que su esposa murió.
- Está muy bien –dijo-. Tengo otros trescientos mil panties.
Vamos a los Subastadores para determinar el valor de nuestros pasados, de nuestros futuros, de nuestras vidas.
El precio de las zapatillas rubíes está subiendo cada vez más. Muchos de los que pujan parecen ser mandatarios, como yo el día de las bragas; como lo soy tantas veces, de tantas formas.
Hoy, sin embargo, estoy pujando –quizás literalmente- por mí mismo.
Hay una explosión fuera, en la calle. Oímos pies que corren, sirenas, gritos. Esas cosas se han vuelto corrientes. Nosotros nos quedamos donde estamos, absortos por un drama mayor.
Las escupideras están plenamente ocupadas. Las brujas cantan cantos sepulcrales, las estrellas de cine se van enfadadas, con las auras deslucidas. Se forman colas de desconsolados en los confesionarios de los psiquiatras. Los guardianes que blanden porras tienen trabajo, pero todavía no los obstétricos. Se mantiene la orden. Soy la única persona de la Sala de Subastas que siguen pujando. Mis rivales son cabezas sin cuerpo en pantallas de vídeo y voces no escuchadas en enlaces telefónicos. Lucho con un mundo invisible de demonios y fantasmas y la recompensa es la mano de mi dama.
En el apogeo de una subasta, cuando el dinero se ha convertido sólo en una forma de llevar la cuenta, ocurre algo que me resisto a admitir: uno se separa del suelo.
Hay una pérdida de gravedad, una reducción del peso, un flotar en la cápsula de la lucha. El objetivo final atraviesa una frontera delirante. Su logro y nuestra propia supervivencia se convierte en –sí- ficciones.
Y las ficciones, como he estado a punto de sugerir antes, son peligrosas.
Prisioneros de la ficción, podemos hipotecar nuestros hogares, vender a nuestros hijos para tener todo lo que deseamos ardientemente. La otra posibilidad es, en ese mismo océano de miasmas, apartarnos sencillamente, flotando, de nuestros deseos, y verlos con ojos nuevos, a distancia, de forma que parezcan ingrávidos, triviales. Los dejamos ir. Lo mismo que los hombres que mueren en una ventisca, nos echamos en la nieve para descansar.
Así es como mi prima Gale pierde su poder sobre mí en el crisol de la subasta. Así es como salgo del edificio, me voy a casa y me quedo dormido.
Cuando me despierto, me siento nuevo y libre.
La próxima semana habrá otra subasta. Se subastarán árboles genealógicos, escudos de armas y linajes reales, y en cualquiera de ellos se podrá insertar el nombre que uno quiera, el propio o el de la persona amada. Se ofrecerán también pedigrees: alsacianos, birmanos, saluki, siameses, terriers cairn.
Gracias a la infinita generosidad de los Subastadores, cualquiera de nosotros, gato, perro, hombre, mujer o niño, puede ser de sangre azul; puede ser –tal como queremos ser y tal como, escondidos en nuestros refugios, tememos no ser- alguien.


En Oriente, Occidente
Trad. Miguel Sáenz
Barcelona, Plaza & Janés, 1997
Foto: Salman Rushdie por Sally Soames, 1988