Caminamos, viajamos, sin movernos
en realidad. Hablamos todo el tiempo,
sin decir nada en realidad. Nos repetimos,
día a día, sin convicción, disminuidos,
hasta casi no sentir nada. Cambiamos
de auto, de amante, de celular, veraneamos,
nos compramos unos zapatos a la moda,
justificamos nuestra precariedad a través
de enredados y pobres argumentos…
Todo en el lugar, en una baldosa, como
tangueros que ajustan pasos ante al espejo.
En ¡Oh, Yo, mi efímero Dios!



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