Estoy sentada en el lugar de siempre, en el mismo sitio. Esperando vengas.
Con el vestido azul, el collar y el abanico.
Virgen de las tardes de mi vida.
En tanto arde la estrella vesperal envuelta en lágrimas que hará
nacer los lirios, cirios, setas rojas y de color de rosa.
Mamá: Eso ¿cómo se llama? Y Aquello ¿qué es?
Enséñame, mamá. Ayúdame.
En medio de esta tarde oscura.
En medio de esta noche fría.
* * *
A estos dos seres que viajaron desde lo hondo de los universos,
a juntarse y a crearme, Pedro y Clementina – Clementina, Pedro,
ahora aparentemente no visibles,
dejo el pimpollo sacro de la rosanieve.
Dejo la rosa roja de la resurrección sombría.
* * *
Pongo a tus pies turquesas, turmalinas, rubíes, y platinos y diamantes, y todos los metales raros del planeta, unos que tienen nombres de flor. Otros que tienen nombres de hadas.
Y la mariposa aquella del Sacrificio, (pero cómo pudo ser?), que,
sin embargo se queda con nosotras!
Y nos mira con sus antenas largas como hilos.
Y aquella ropa de nieve azul.
* * *
Mamá, quisiera darte eso que deseabas tanto. Y no sé bien qué
era. Y se te iba siempre como un cristal de color turquesa en vuelo
al horizonte.
Miro desolada el centro, las confiterías a los costados, las tiendas
gigantescas.
Quisiera darte eso que deseaste tanto.
* * *
Aquí la gente sólo hace y dice estupideces.
En tu sitio hay un jabón de nieve, una magnolia con esplendor
de astro.
Estoy mirándote las medias, los zapatos, el sacón granate con
botón de níquel, con que me llevaste a la escuela por primera
vez.
La maestra que te miró admirada.
Y el vuelo de un milano.
De Diamelas a Clementina Médici



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