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Juan José Saer - La muñeca

Juan José Saer - La muñeca

Había ensayado su personaje

en teatritos destartalados,

de pueblo en pueblo, de viaje en viaje,

con la hambruna por equipaje

 y ojos grandes y desesperados.

  

Después de interpretar sus papeles

salía a una noche sin frontera,

con su rencor y su memoria fieles,

para enterrarse en esos hoteles

tristes como una sala de espera.

  

Un empresario adinerado

la prohijó con sus millones.

 Se puso a olvidar su pasado

sin saber que lo tenía atado

al reverso de sus pasiones.

  

Por la radio su voz quebrada

llenaba sola el espacio entero:

podía oírsela en Ensenada,

en Salta, en la Patagonia helada

y hasta en Santiago del Estero.

  

 Entonces conoció a un coronel

que ya andaba por los cincuenta.

Enseguida se enamoró de él

y empezó a interpretar el papel

que ahora todo el mundo comenta.

  

Por un lado en el escenario,

ella y Juan Domingo Perón,

de perfil, como en un relicario,

en el rol del doble emisario.

Y los demás un solo montón.

  

Los llamaba sus descamisados.

Eran como un mar encendido.

Respondían a sus llamados

apareciendo de todos lados

como un infinito latido.

  

El gran conciliador tenía miedo.

Ella ardía en ese fuego intenso.

Ya no obedecía a su dedo

y el grito que empezaba quedo

se había vuelto un clamor inmenso.

  

Pero ella estaba condenada.

Años arduos la habían destruido.

Se puso plana como una espada:

llena de niebla la mirada

y el sexo todo carcomido.

  

Le hicieron un soporte de yeso

para presentarla en los mitines.

La devoraron hasta el hueso.

La hicieron morir con exceso

y la entregaron a los mastines.

  

Con habilidad transformaron

todos sus gestos en una mueca.

Y al fin hasta la embalsamaron

de tal modo que la dejaron

del tamaño de una muñeca.

  

Tal vez no era muy inteligente

ni estaba siempre en sus cabales,

pero oyó la voz de la gente,

<su entrega>, la sangre caliente

que subía desde los arrabales

  

y escuchando el hondo rumor

de mar que levantaba sus olas

a espaldas del Conciliador

le dio dólares a un embajador

para que comprara pistolas.


En Borradores inéditos - 03 - Poemas


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