Había ensayado su personaje
en teatritos destartalados,
de pueblo en pueblo, de viaje en viaje,
con la hambruna por equipaje
y ojos grandes y desesperados.
Después de interpretar sus papeles
salía a una noche sin frontera,
con su rencor y su memoria fieles,
para enterrarse en esos hoteles
tristes como una sala de espera.
Un empresario adinerado
la prohijó con sus millones.
Se puso a olvidar su pasado
sin saber que lo tenía atado
al reverso de sus pasiones.
Por la radio su voz quebrada
llenaba sola el espacio entero:
podía oírsela en Ensenada,
en Salta, en la Patagonia helada
y hasta en Santiago del Estero.
Entonces conoció a un coronel
que ya andaba por los cincuenta.
Enseguida se enamoró de él
y empezó a interpretar el papel
que ahora todo el mundo comenta.
Por un lado en el escenario,
ella y Juan Domingo Perón,
de perfil, como en un relicario,
en el rol del doble emisario.
Y los demás un solo montón.
Los llamaba sus descamisados.
Eran como un mar encendido.
Respondían a sus llamados
apareciendo de todos lados
como un infinito latido.
El gran conciliador tenía miedo.
Ella ardía en ese fuego intenso.
Ya no obedecía a su dedo
y el grito que empezaba quedo
se había vuelto un clamor inmenso.
Pero ella estaba condenada.
Años arduos la habían destruido.
Se puso plana como una espada:
llena de niebla la mirada
y el sexo todo carcomido.
Le hicieron un soporte de yeso
para presentarla en los mitines.
La devoraron hasta el hueso.
La hicieron morir con exceso
y la entregaron a los mastines.
Con habilidad transformaron
todos sus gestos en una mueca.
Y al fin hasta la embalsamaron
de tal modo que la dejaron
del tamaño de una muñeca.
Tal vez no era muy inteligente
ni estaba siempre en sus cabales,
pero oyó la voz de la gente,
<su entrega>, la sangre caliente
que subía desde los arrabales
y escuchando el hondo rumor
de mar que levantaba sus olas
a espaldas del Conciliador
le dio dólares a un embajador
para que comprara pistolas.
En Borradores inéditos - 03 - Poemas



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