30/6/2012

Giorgio Manganelli - La ciudad

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La ciudad es extremadamente pobre. Hace tiempo que sus habitantes han renunciado a modificar su propia condición, y viven una vida solitaria, cerrada, taciturna. Lentamente, la población disminuye, no ya porque alguno emigre —a nadie se le ocurre ir a «hacer fortuna», como se dice— sino porque los muertos no son sustituidos; si nace un niño, cosa que es muy rara, es ofrecido a las ciudades vecinas, donde se encuentra alguien que lo adopta. Las casas son viejas y están construidas con material que ya comienza a revelar los indicios de una continua y desde hace poco tiempo acelerada decadencia. No existen reales y auténticos trabajos, sino, de vez en cuando, a un cierto número de habitantes se le ordena transportar algunas piedras —tres, cinco— de una calle a otra. Si hay cinco piedras, acuden diez ciudadanos, y cada uno de ellos efectúa la mitad del recorrido; son pagados con monedas desgastadas, ilegibles, que no tienen curso en ninguna ciudad. No pocas veces las pierden, ya que en la ciudad no hay nada para comprar. Viven del miserable producto de los huertos cultivados por gente que no sabe y a la que no le gusta cultivar los huertos. Poseyendo esos huertos, nunca, o casi nunca, salen a la calle. Tienen la impresión de que, sea cual fuere el tiempo, está a punto de llover. No existen sastres, y las ropas se deterioran lentamente, pero dado que la utilización que se hace de ellas es mínima, bastarán hasta la total extinción de la ciudad. El origen de tanta miseria es desconocido. Tal vez deba ser atribuido a unas desordenadas crisis religiosas, terminadas en una mortal desorientación. O bien a una red de contemporáneas desilusiones amorosas, que aisló a hombres y mujeres, y empujó a algunos a la soledad, y a otros a matrimonios sin deseo y sin amor. En esta ciudad hace años que nadie se enamora, y aunque, en las largas horas vacías, se lean libros de amor, la cosa es considerada como un juego deshonesto. Al comienzo acudieron a visitar la ciudad equipos de estudio, para entender el mecanismo de tan increíble miseria. Fue enviado un circo que durante dos días actuó, gratuitamente, en la plaza de la ciudad. Acudió un solo hombre, un sordo que tenía la impresión de que se trataba de una ceremonia fúnebre-religiosa. Los restantes ciudadanos permanecieron encerrados en sus casas, sufriendo intensamente por aquellos fragores lujosos. No puede decirse que esperen su propio fin y el de la ciudad; saben oscuramente que ellos son el final.


En Centuria, cien breves novelas-río
Traducción de Joaquín Jordá


29/6/2012

Entrevista de Seamus Heaney y Richard Kearney a Jorge Luis Borges (1981)

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Richard Kearney: Su prosa pone de manifiesto una continua obsesión con el mundo de la ficción y de los sueños, un universo de laberintos inconscientes. En ocasiones es algo tan onírico que se vuelve imposible distinguir entre el autor (usted), los personajes de la ficción y el lector (nosotros).

Seamus Heaney: Esta interacción entre la ficción y la realidad parece ocupar un lugar central en su obra. ¿Cómo afecta su obra el mundo de los sueños? ¿Usa conscientemente material onírico?

Borges: Cada mañana, cuando despierto, recuerdo sueños y los grabo o los escribo. A veces me pregunto si estoy dormido o si estoy soñando. ¿Estoy soñando ahora? ¿Quién puede saberlo? Nos soñamos unos a otros todo el tiempo. Berkeley afirmaba que Dios era quien nos soñaba. Tal vez tenía razón... ¡pero cuán tedioso para el pobre Dios! Tener que soñar cada grieta y cada mota de polvo en cada taza de té y cada letra en cada alfabeto y cada pensamiento en cada cabeza. ¡Debe estar exhausto!

Heaney: ¿Su mundo onírico alimenta de manera directa su forma de escribir? ¿Toma prestado y traspone el contenido de sus sueños a la literatura? ¿O se trata acaso de una habilidad narrativa que le da a las imágenes su contorno y su forma?

Borges: El relato ficticio da un orden al desorden del material onírico. Pero no puedo decir si el orden está impuesto o si ya está latente dentro del desorden y tan sólo espera quedar realzado a través de su repetición en la ficción. ¿Inventa el escritor de ficción un orden completamente nuevo ex nihilo? Supongo que si pudiera contestar semejantes preguntas ¡no escribiría ficción en absoluto!

Heaney: ¿Podría darnos algunos ejemplos reales de lo que quiere decir?

Borges: Sí. Le contaré un sueño recurrente que me interesó mucho. Un pequeño sobrino mío, quien solía quedarse conmigo con cierta frecuencia y me contaba sus sueños cada mañana, soñó el siguiente tema recurrente. Estaba perdido en un sueño y luego llegaba a un claro en donde me veía salir de una casa blanca de madera. En ese punto, solía interrumpir su resumen del sueño y preguntarme, "Tío, ¿qué hacías en esa casa?". "Estaba buscando un libro", le contestaba. Y se quedaba muy contento con esa respuesta. Como niño, todavía era capaz de deslizarse de la lógica de su sueño a la lógica de mi explicación. Tal vez así funcionen mis propias ficciones...

Heaney: ¿Es entonces el modo más que el material de los sueños lo que principalmente influye e inspira su obra?

Borges: Yo diría que son las dos cosas. He tenido varios sueños recurrentes a lo largo de los años que han dejado su huella en mi ficción de una u otra forma. Los símbolos difieren con frecuencia, pero los patrones y las estructuras siguen siendo los mismos. Por ejemplo, con frecuencia he soñado que estoy atrapado en un cuarto. Trato de salir, pero vuelvo a entrar a un cuarto. ¿Se trata del mismo cuarto?, me pregunto. ¿O acaso escapo a un cuarto exterior? ¿Estoy en Buenos Aires o en Montevideo? ¿En la ciudad o en el campo? Toco la pared para intentar descubrir la verdad sobre mi paradero, para encontrar una respuesta a estas preguntas. Pero ¡la pared es parte del sueño! De modo que la pregunta, al igual que el que la hace, regresa eternamente a ese cuarto. Este sueño me dio el tema del laberinto que aparece con tanta frecuencia en mis ficciones. También estoy obsesionado con un sueño en donde me veo en un espejo con varias máscaras o rostros que se superponen unos sobre otros; los desprendo de manera sucesiva y me dirijo al rostro que está frente a mí en el espejo; pero no me contesta, no puede oírme o no me escucha, es imposible saberlo.

Heaney: ¿Qué clase de verdad cree que Carl Jung intentaba explorar en su análisis sobre los símbolos y los mitos? ¿Cree que los arquetipos jungianos son explicaciones válidas de lo que experimentamos en el mundo inconsciente de la ficción y de los sueños?

Borges: He leído a Jung con gran interés, pero sin convicción. En el mejor de los casos, fue un escritor imaginativo e inquisitivo. Es más de lo que uno puede decir acerca de Freud... ¡Qué basura!

Kearney: La sugerencia que usted hace aquí de que el psicoanálisis tiene valor como un estimulante imaginativo más que como un método científico me hace recordar la afirmación que usted hace en el sentido de que todo el pensamiento filosófico es "una rama de la literatura fantástica".

Borges: Sí, creo que la metafísica es un producto de la imaginación al mismo nivel que la poesía. Después de todo, la idea ontológica de Dios es el invento más espléndido de la imaginación.

Kearney: Pero ¿inventamos nosotros a Dios o es Dios quien nos inventa a nosotros? ¿Es divina o humana la imaginación creativa primaria?

Borges: Ah, ésa es la pregunta. Puede ser ambas.

Heaney: ¿Acaso su experiencia infantil de la religión católica alimentó su sensibilidad de alguna forma duradera? Me refiero más a sus ritos y misterios que a sus preceptos teológicos. ¿Existe algo llamado imaginación católica, que podría expresarse en obras literarias como, por ejemplo, en el caso de Dante?

Borges: Para el argentino, ser católico es más una cuestión social que espiritual. Significa que uno se alínea con la clase, el partido o el grupo social correcto. Nunca me interesó este aspecto de la religión. Sólo las mujeres parecían tomar la religión en serio. Cuando era niño, cuando mi madre me llevaba a misa, yo rara vez veía a un hombre en la iglesia. Mi madre tenía una gran fe. Creía en el paraíso; y quizá su creencia significa que ahora ella está allí. Aunque ahora ya no soy un católico practicante y no puedo compartir su fe, sigo entrando en su habitación todos los días a las cuatro de la mañana, la hora en que murió hace cuatro años (¡tenía 99 años y le aterraba cumplir cien años!) para rociar agua bendita y rezar el Padre Nuestro como ella lo pidió. ¿Por qué no? La inmortalidad no es más extraña ni increíble que la muerte. Como mi padre agnóstico solía decir: "Dado que la realidad es lo que es, el producto de nuestra percepción, todo es posible, incluso la Trinidad". Creo en la ética, que las cosas en nuestro universo son buenas o malas. Pero no puedo creer en un Dios personal. Como lo dice Shaw en Major Barbara: "He dejado atrás a la Desposada del Cielo". Me siguen fascinando los conceptos metafísicos y alquímicos de lo sagrado. Pero esta fascinación es más estética que teológica.

Kearney: En Tlon, Uqbar y Orbis Tertius, usted dijo que la eterna repetición del caos gradualmente hace surgir o revela un patrón o un orden metafísico. ¿Qué tenía usted en mente?

Borges: Me divertí mucho escribiendo eso. Nunca dejé de reirme, de principio a fin. Todo era una enorme broma metafísica. La idea del eterno regreso es, claro está, una vieja idea de los estoicos. San Agustín condenó esta idea en Civitas Dei, cuando compara la creencia pagana en un orden cíclico del tiempo, la Ciudad de Babilonia, con el concepto lineal, profético y mesiánico del tiempo que se encuentra en la Ciudad de Dios, Jerusalén. Este último concepto ha prevalecido en nuestra cultura occidental desde San Agustín. Sin embargo, creo que puede haber algo de verdad en la vieja idea de que, detrás del aparente desorden del universo y de las palabras que usamos para hablar de nuestro universo, podría surgir un orden oculto... un orden de repetición o coincidencia.

Kearney: Usted escribrió alguna vez que, a pesar de que este orden cíclico no puede demostrarse, sigue siendo para usted "una elegante esperanza".

Borges: ¿Eso escribí? Eso es bueno, sí, muy bueno. Supongo que en 82 años tengo derecho a haber escrito unas cuantas líneas memorables.. El resto puede "echarse a perder", como solía decir mi abuela.

Heaney: Usted habló de reir mientras escribe. Sus libros están llenos de diversión y picardía. ¿Escribir siempre ha sido para usted una tarea placentera o ha sido alguna vez una experiencia difícil o dolorosa?

Borges: Sabe, cuando todavía podía ver, me encantaba escribir, cada momento, cada frase. Las palabras eran como juguetes mágicos con los que yo jugaba y movía de toda clase de formas. Desde que perdí la vista a los cincuenta años, no he podido regocijarme con la escritura con esta naturalidad. He tenido que dictarlo todo, volverme un dictador más que un jugador de palabras. Es difícil divertirse con juguetes cuando uno está ciego.

Heaney: Supongo que la ausencia física de la pluma y el estar encorvado sobre el escritorio hace una gran diferencia...

Borges: Sí, así es. Pero extraño poder leer más que poder escribir. A veces me regalo a mí mismo un pequeño engaño, me rodeo de todo tipo de libros, sobre todo diccionarios, en inglés, español, alemán, italiano, islandés. Se convierten en seres vivos para mí, me susurran cosas en la oscuridad.

Heaney: ¡Sólo un Borges podría practicar semejante acto de ficción! Sus sueños siempre han sido, de una manera bastante evidente, importantes para usted. ¿Diría usted que su capacidad o necesidad de habitar el mundo de la ficción y de los sueños aumentó de alguna manera por haber perdido la vista?

Borges: Desde que me volví ciego lo único que me queda es la alegría de soñar, de imaginar que puedo ver. A veces mis sueños se extienden más allá del sueño y se adentran en mi mundo de vigilia. Con frecuencia, antes de dormir o al despertar, me descubro soñando, balbuciendo frases oscuras e inescrutables. Esta experiencia simplemente confirma mi convicción de que la mente creativa siempre está activa, siempre está más o menos soñando tenuemente. Dormir es como soñar la muerte. De la misma manera en que despertar es como soñar la vida. A veces ya no puedo distinguir cuál es cuál.

* * *

Jorge Luis Borges: Como argentino, me siento alejado de la corriente española. Me crié en Argentina teniendo la misma familiaridad con la cultura inglesa y francesa que con la española. Así que supongo que soy doblemente extranjero... pues incluso el español, la lengua en la que escribo precisamente como un extraño, se encuentra al margen de la principal tradición literaria de Europa.

Seamus Heaney: ¿Cree usted que existe algo semejante a una tradición hispanoamericana... aceptando el hecho de que todas las tradiciones deben ser imaginadas antes de aparecer?

Borges: Es cierto que la idea de la tradición implica un acto de fe. Nuestras imaginaciones alteran y reinventan el pasado todo el tiempo. Sin embargo, debo confesar que a mí nunca me convenció mucho la idea de una tradición hispanoamericana. Por ejemplo, cuando viajé a México, me encantó su rica cultura y literatura nativa. Pero sentí que no tenía nada en común con ella. No pude identificarme con su culto al pasado de los indios. Argentina y Uruguay difieren de la mayor parte de los demás países latinoamericanos en el sentido de que poseen una mezcla de las culturas española, italiana y portuguesa que ha dado lugar a un ambiente más europeo. Por ejemplo, la mayor parte de nuestras palabras coloquiales en el español argentino son de origen italiano. Yo mismo desciendo de ancestros portugueses, españoles, judíos e ingleses. Y los ingleses, como nos lo recuerda Lord Tennyson, son una mezcla de muchas razas: "sajones y celtas y daneses somos". No existe tal cosa como la pureza racial o nacional. Y, aunque así fuera, la imaginación trascendería tal cosa dado que no existe una cultura específicamente argentina que pudiera llamarse "latinoamericana" o "hispanoamericana". Los únicos verdaderos americanos son los indios. Los demás son europeos. Por lo tanto, me gusta pensar que soy un escritor europeo en el exilio. Ni hispánico ni americano ni hispanoamericano, sino un europeo expatriado.

Heaney: T. S. Eliot habló de "toda la mente de Europa". ¿Cree haber heredado parte de esta mente a través del tamiz español?

Borges: En el argentino no existe ninguna alianza exclusiva a una sola cultura europea. Como dije, podemos tomar cosas de varias lenguas y literaturas europeas distintas... tal vez adoptar "toda la mente de Europa", si es que existe algo semejante. Pero precisamente debido a nuestra distancia de Europa también tenemos la libertad cultural o imaginativa para mirar, más allá de Europa, hacia Asia y otras culturas.

Richard Kearney: Como lo hace usted en su propia ficción al invocar con frecuencia las doctrinas místicas del budismo y del Extremo Oriente.

Borges: El hecho de no pertenecer a una cultura "nacional" homogénea tal vez no sea una pobreza sino una riqueza. En este sentido, soy un escritor "internacional" que reside en Buenos Aires. Mis ancestros provinieron de muchas naciones y razas distintas, como lo he mencionado, y pasé gran parte de mi juventud viajando por Europa, en particular por Ginebra, Madrid y Londres, en donde aprendí varias lenguas nuevas, alemán, inglés antiguo y latín. Este aprendizaje multinacional me permite jugar con las palabras como hermosos juguetes, entrar, como lo dijo Browning, en "el gran juego del lenguaje".

Heaney: Me parece muy interesante que su inmersión en varias lenguas durante su infancia, y sobre todo en el español y el inglés, le haya dado ese sentimiento del lenguaje como un juguete. Sé que mi propia fascinación con las palabras estuvo estrechamente relacionada con el hecho de que aprendiera latín cuando era niño. Y la fatigué. También aprendí mucho de él.

Kearney: ¿Y qué opina de Beckett, tal vez el discípulo literario irlándes más cercano a Joyce? El parece compartir con usted una obsesión con la ficción como un laberinto autoescrutador de la mente, como una parodia eternamente recurrente de sí misma...

Borges: Samuel Beckett es muy aburrido. Vi su obra Esperando a Godot y eso me bastó. Me pareció que era una obra muy pobre. ¿Para qué tomarse la molestia de esperar a Godot si él nunca llega? Qué cosa tan tediosa. Después de eso, ya no tuve deseos de leer sus novelas.



Traducción de Katia Rheault
Cortesía Biblioteca Descontexto
Versión en inglés
Foto: Seamus Heaney by Bobbie Hanvey, 1996


28/6/2012

Alain Finkielkraut - Una sociedad finalmente convertida en adolescente

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Para el ignorante la libertad es imposible. Al parecer así lo creían los filósofos de las Luces. No se nace individuo —decían—; se llega a serlo, superando el desorden de los apetitos, la mezquindad del interés privado y la tiranía de los apriorismos. En la lógica del consumo, por el contrario, la libertad y la cultura se definen por la satisfacción de las necesidades y, por lo tanto, no pueden proceder de una ascesis. La idea de que el hombre, para ser un sujeto por completo, debe romper con la inmediatez del instinto y de la tradición, desaparece de los propios vocablos que eran sus portadores. De ahí la crisis actual de la educación. La escuela, en su sentido moderno, ha nacido de las Luces, y muere hoy al ser puesta en cuestión. Se ha abierto un abismo entre la moral común y ese lugar regido por la idea extravagante de que no existe autonomía sin pensamiento, y no existe pensamiento sin trabajo sobre uno mismo. La actividad mental de la sociedad se elabora por doquier «en una zona neutra de eclecticismo individual» [1], salvo entre las cuatro paredes de los establecimientos escolares. La escuela es la última excepción al self-service generalizado. Así pues, el malentendido que separa esta institución de sus usuarios va en aumento: la escuela es moderna, los alumnos son posmodernos; ella tiene por objeto formar los espíritus, ellos le oponen la atención flotante del joven telespectador; la escuela tiende, según Condorcet, a «borrar el límite entre la porción grosera y la porción iluminada del género humano»: ellos retraducen este objetivo emancipador en programa arcaico de sujeción y confunden, en un mismo rechazo de la autoridad, la disciplina y la transmisión, el maestro que instruye y el amo que domina.

¿Cómo resolver esta contradicción? «Posmodernizando la escuela», afirman sustancialmente tanto los gestionarios como los reformadores. Estos buscan los medios de aproximar la formación al consumo y, en algunas escuelas americanas, llegan incluso a empaquetar la gramática, la historia, las matemáticas y todas las materias fundamentales en una música rock que los alumnos escuchan, con un walkman en los oídos. [2] Los primeros preconizan, más seriamente, la introducción masiva de los ordenadores en las aulas a fin de adaptar a los escolares a la seriedad de la técnica sin obligarles, por ello, a abandonar el mundo lúdico de la infancia. Del tren eléctrico a la informática, de la diversión a la comprensión, el progreso debe realizarse suavemente y, si es posible, sin que se enteren sus propios beneficiarios. Poco importa que la comprensión así desarrollada por el juego con la máquina sea del tipo de la manipulación y no del razonamiento: entre unas técnicas cada vez más avanzadas y un consumo cada vez más variado, la forma de discernimiento que hace falta para pensar el mundo, carece de uso e incluso, como hemos visto, de palabra para nombrarse, pues la de cultura le ha sido definitivamente confiscada.

Pero este simple reajuste de métodos y de programas sigue sin bastar para una reconciliación total de la escuela con la «vida». Al término de una larga y minuciosa encuesta sobre el malestar escolar, dos sociólogos franceses escriben: «Si una cultura es un conjunto de comportamientos, de técnicas, de costumbres, de valores que establecen las señas de identidad de un grupo, la música, en muy buena parte, sustenta la cultura de los jóvenes. Desgraciadamente, esa música, rock, pop, variétés, es considerada por la sociedad adulta y, en especial, por el magisterio, como una submúsica. Los programas escolares, la formación de los profesores de música respetan una jerarquía que sitúa las obras en el pináculo. No discutiremos este punto, aunque suene a falso: el desfase entre la educación transmitida y el gusto de los alumnos es, ahí, especialmente pronunciado.» [3]

Así pues, en el caso de la escuela tocar bien significaría abolir este desfase en favor de las predilecciones adolescentes, enseñar la juventud a los jóvenes en lugar de aferrarse con una obstinación senil a unas jerarquías antañonas, y echar a Mozart de los programas para poner en su lugar a un rockero impetuoso: Amadeus, Wolfie, para su mujer, conocida una bonita tarde de verano indio en un campus de Vienne, Massachusetts.

Los jóvenes son un pueblo de reciente aparición. Antes de la escuela, no existía: para transmitirse, el aprendizaje tradicional no necesitaba separar a sus destinatarios del resto del mundo durante varios años, y, por consiguiente, no dejaba ningún espacio al largo período transitorio que nosotros llamamos la adolescencia. Con la escolarización masiva, la propia adolescencia ha dejado de ser un privilegio burgués para convertirse en una condición universal. Y un modo de vida: protegidos de la influencia familiar por la institución escolar y del ascendiente de los profesores por «el grupo de los iguales», los jóvenes han podido edificar un mundo propio, espejo invertido de los valores circundantes. Relajamiento del jean contra convenciones indumentarias, historieta contra literatura, música rock contra expresión verbal, la «cultura joven», esta antiescuela, afirma su fuerza y su autonomía desde los años sesenta, es decir, desde la democratización masiva de la enseñanza: «Como cualquier grupo integrado (el de los negros americanos, por ejemplo), el movimiento adolescente sigue siendo un continente en parte sumergido, en parte prohibido e incomprensible para cualquiera que esté fuera de él. Damos como prueba e ilustración de ello el especialísimo sistema de comunicación, muy autónomo y amplísimamente subterráneo, transportado por la cultura rock para la cual el feeling domina sobre las palabras, la sensación sobre las abstracciones del lenguaje, el clima sobre las significaciones brutas y de un acceso racional, valores todos ellos extraños a los criterios tradicionales de la comunicación occidental, que arrojan una cortina opaca y levantan una defensa impenetrable contra los intentos más o menos interesados de los adultos. Tanto si se escucha como si se toca, en efecto, se trata de sentirse "cool" o de colocarse. Las guitarras están más dotadas de expresión que las palabras, que son viejas (poseen una historia), y por tanto hay motivo para desconfiar de ellas...» [4]

He aquí algo que, por lo menos, está claro: la cultura en el sentido clásico, basada en palabras, tiene el doble inconveniente de envejecer a los individuos, dotándoles de una memoria que supera la de su propia biografía, y de aislarles, condenándoles a decir (Yo), es decir, a existir como personas diferenciadas. Mediante la destrucción del lenguaje, la música rock conjura esta doble maldición: las guitarras abolen la memoria; el calor que funde sustituye a la conversación, esta entrada en relación de seres separados; extasiadamente, el «yo» se disuelve en el Joven.

Esta regresión sería absolutamente inofensiva si el Joven no estuviera ahora en todas partes: han bastado dos décadas para que la disidencia invadiera la norma, para que la autonomía se transformara en hegemonía y el estilo de vida adolescente mostrara el camino al conjunto de la sociedad. La moda es joven; el cine y la publicidad se dirigen prioritariamente al público de los quince-veinteañeros: las mil radios libres cantan, casi todas con la misma música de guitarra, la dicha de terminar de una vez con la conversación. Y se ha levantado la veda de la caza al envejecimiento: mientras que hace menos de un siglo, en ese mundo de la seguridad tan bien descrito por Stefan Zweig, «el que quería progresar se veía obligado a recurrir a todos los disfraces posibles para parecer más viejo de lo que era», los diarios recomendaban productos para adelantar la aparición de la barba», y los jóvenes médicos recién salidos de la Facultad intentaban adquirir una ligera barriga y «cargaban sus narices con gafas de montura de oro, aunque su vista fuera perfecta, y ello pura y simplemente para dar a sus pacientes la impresión de que tenían "experiencia"»[5]. En nuestros días, la juventud constituye el imperativo categórico de todas las generaciones. Como una neurosis expulsa la otra, los cuarentones son unos «teenagers» prolongados; en lo que se refiere a los Ancianos, no son honrados por su sabiduría (como en las sociedades tradicionales), su seriedad (como en las sociedades burguesas) o su fragilidad (como en las sociedades civilizadas), sino única y exclusivamente si han sabido permanecer juveniles de espíritu y de cuerpo. En una palabra, ya no son los adolescentes los que, para escapar del mundo, se refugian en su identidad colectiva; el mundo es el que corre alocadamente tras la adolescencia. Y esta inversión constituye, como observa Fellini con cierto estupor, la revolución cultural de la época posmoderna: «Yo me pregunto qué ha podido ocurrir en un momento determinado, qué especie de maleficio ha podido caer sobre nuestra generación para que, repentinamente, hayamos comenzado a mirar a los jóvenes como a los mensajeros de no sé qué verdad absoluta. Los jóvenes, los jóvenes, los jóvenes... ¡Ni que acabaran de llegar en sus naves espacialesl [...] Sólo un delirio colectivo puede habernos hecho considerar como maestros depositarios de todas las verdades a chicos de quince años.» [6]

¿Qué ha ocurrido, pues? Por muy enigmático que resulte, el delirio del que habla Fellini no ha surgido de la nada: el terreno estaba preparado y puede decirse que el largo proceso de conversión al hedonismo del consumo emprendido por las sociedades occidentales culmina hoy con la idolatría de los valores juveniles. ¡El Burgués ha muerto, viva el Adolescente! El primero sacrificaba el placer de vivir a la acumulación de las riquezas y situaba, según la fórmula de Stefan Zweig, «la apariencia moral por encima del ser humano»; demostrando una impaciencia equivalente ante las rigideces del orden moral y las exigencias del pensamiento, el segundo quiere, ante todo, divertirse, relajarse, escapar de los rigores de la escuela por la vía del ocio, y esta es la razón de que la industria cultural encuentre en él la forma de humanidad más rigurosamente conforme a su propia esencia.

Lo que no quiere decir que la adolescencia se haya convertido al final en la más hermosa edad de la vida. Negados en otro tiempo como pueblo, los jóvenes lo son actualmente como individuos. La juventud es ahora un bloque, un monolito, una cuasi especie. Ya no se pueden tener veinte años sin aparecer inmediatamente como el portavoz de su generación. «Nosotros, los jóvenes...»: los compañeros atentos y los padres enternecidos, los institutos de sondeo y el mundo del consumo procuran conjuntamente la perpetuación de este conformismo y que nadie pueda jamás exclamar; «Tengo veinte años, es mi edad, no es mi ser, y no dejaré que nadie me encierre en esta determinación.»

Y los jóvenes se sienten tanto menos propensos a trascender su grupo de edad (su «bio-clase», como diría Edgar Morin) en la misma medida en que todas las prácticas adultas inician, para ponerse a su alcance, una cura de desintelectualización: es el caso, como hemos visto, de la Educación, pero también de la Política (que ve cómo los partidos en competición por el poder se afanan idénticamente por «modernizar» su look y su mensaje, al mismo tiempo que se acusan mutuamente de ser «mentalmente viejos»), del Periodismo (¿acaso el animador de un magazine televisado francés de información y de ocio no confiaba recientemente que debía su éxito a los «menores de quince años rodeados de sus madres» y a su predilección por «nuestras secciones canción, pub, música»?), [7] del Arte y de la Literatura (algunas de cuyas obras maestras ya están disponibles, por lo menos en Francia, bajo la forma «breve y artística» del clip cultural), de la Moral (como lo demuestran los grandes conciertos humanitarios en mundovisión) y de la Religión (a juzgar por los viajes de Juan Pablo II).

Para justificar este rejuvecimiento general y este triunfo de la memez sobre el pensamiento, se invoca habitualmente el argumento de la eficacia: en pleno período de reserva, de persianas bajadas, de repliegue en la esfera privada, la alianza de la caridad y del rock'n'roll reúne instantáneamente unas cantidades fabulosas; en cuanto al papa, desplaza unas multitudes inmensas en el mismo momento en que los mejores expertos diagnostican la muerte de Dios. Visto desde cerca, sin embargo, este pragmatismo se revela completamente ilusorio. Los grandes conciertos para Etiopía, por ejemplo, han subvencionado la deportación de las poblaciones que debían ayudar a alimentar. No cabe duda de que el responsable de esta malversación de fondos es el gobierno etíope, pero no importa; el estropicio podría haber sido evitado si los organizadores y los participantes de esta mundial misa solemne se hubieran permitido distraer su atención del escenario para reflexionar, aunque sólo fuera someramente, sobre los problemas planteados por la interposición de una dictadura entre los niños que cantan y bailan y los niños hambrientos. El éxito que encuentra Juan Pablo II, por otra parte, procede de la forma y no de la sustancia de sus declaraciones: desencadenaría el mismo entusiasmo si permitiera el aborto o si decidiera que el celibato de los curas iba a perder, a partir de ahora, su carácter obligatorio. Su espectáculo, como el de las restantes super-stars, vacía las cabezas para poder llenar mejor los ojos, y no transporta ningún mensaje, sino que los engulle a todos en una grandiosa profusión de luz y sonido. Creyendo ceder únicamente a la moda en la forma, olvida, o finge olvidar, que esa moda tiende precisamente a la aniquilación de la significación. Con la cultura, la religión y la caridad rock, ya no es la juventud la que se siente conmovida con los grandes discursos, sino que el propio universo del discurso es sustituido por el de las vibraciones y la danza.

Frente al resto del mundo, el pueblo joven no defendía únicamente unos gustos y unos valores específicos. Movilizaba igualmente, nos dice su gran turiferario, «otras áreas cervicales distintas de las de la expresión hablada. Conflicto de generaciones, pero también conflicto de hemisferios diferenciados del cerebro (el reconocimiento no verbal contra la verbalización), hemisferios largo tiempo ciegos, en este caso entre sí.» [8] La batalla ha sido violenta, pero lo que hoy se denomina comunicación demuestra que el hemisferio no verbal ha acabado por vencerla, el clip ha dominado a la conversación, la sociedad «ha acabado por volverse adolescente». [9] Y a falta de saber aliviar a las víctimas del hambre, ha encontrado, con motivo de los conciertos para Etiopía, su himno internacional: We are the world, we are the children. Somos el mundo, somos los niños.

[1] George Steiner, Dans le chateau de Barbe-Bleue (Notes pour une redéfinition de la culture), Gallimard, coll. Folio/Essais, 1986, p. 95.
[2] Ver Neil Postman, Se distraire à en mourir, Flammarioll, 1986.
[3] Hamon-Rotman, Tant qu'il y aura des profs, Seuil, 1984, p, 311
[4] Paul Yormet, Jeux, modes et masses, Gallimard, 1985, pp, 185— 186, (Subrayado por mí).
[5] Stefan Zweig, Le monde d'hier (Souvenirs d'un Européen), Belfond, 1982, p. 54.
[6] Fellini par Fellini. Calmann-Lévy. 1984, p. 163
[7] Philippe Gildas, Télérama, no. 1929, 31 diciembre 1986
[8] Paul Yonnet. «L'esthétique rock», Le Débat, n.v 40. Gallimard, 1986, p. 66.
[9] Ibid., p. 71.


En La derrota del Pensamiento
Traducción: Joaquín Jordá
Imagen: © Jérôme de Perlinghi /Corbis

27/6/2012

Alejo Carpentier: El sacrificio de los toros

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En la cima del Gorro del Obispo, hincada de andamios, se alzaba aquella segunda montaña —montaña sobre montaña— que era la Ciudadela La Ferriére. Una prodigiosa generación de hongos encarnados, con lisura y cerrazón de brocado, trepaba ya a los flancos de la torre mayor —después de haber vestido los espolones y estribos—, ensanchando perfiles de pólipos sobre las murallas de color de almagre. En aquella mole de ladrillos tostados, levantada más arriba de las nubes con tales proporciones que las perspectivas desafiaban los hábitos de la mirada, se ahondaban túneles, corredores, caminos secretos y chimeneas, en sombras espesas. Una luz de acuario, glauca, verdosa, teñida por los helechos que se unían ya en el vacío, descendía sobre un vaho de humedad de lo alto de las troneras y respiraderos. Las escaleras del infierno comunicaban tres baterías principales con la santabárbara, la capilla de los artilleros, las cocinas, los aljibes, las fraguas, la fundición, las mazmorras. En medio del patio de armas, varios toros eran degollados, cada día, para amasar con su sangre una mezcla que haría la fortaleza invulnerable. Hacia el mar, dominando el vertiginoso panorama de la Llanura, los obreros enyesaban ya las estancias de la Casa Real, los departamentos de mujeres, los comedores, los billares. Sobre ejes de carretas empotrados en las murallas se afianzaban los puentes volantes por los cuales el ladrillo y la piedra eran llevados a las terrazas cimeras, tendidas entre abismos de dentro y de fuera que ponían el vértigo en el vientre de los edificadores. A menudo un negro desaparecía en el vacío, llevándose una batea de argamasa. Al punto llegaba otro, sin que nadie pensara más en el caído. Centenares de hombres trabajaban en las entrañas de aquella inmensa construcción, siempre espiados por el látigo y el fusil, rematando obras que sólo habían sido vistas, hasta entonces, en las arquitecturas imaginarias del Piranese. Izados por cuerdas sobre las escarpas de la montaña llegaban los primeros cañones, que se montaban en cureñas de cedro a lo largo de salas abovedadas, eternamente en penumbras, cuyas troneras dominaban todos los pasos y desfiladeros del país. Ahí estaban el Escipión, el Aníbal, el Amílcar, bien lisos, de un bronce casi dora do, junto a los que habían nacido después del 89, con la divisa aun insegura de Libertad, Igualdad. Había un cañón español, en cuyo lomo se ostentaba la melancólica inscripción de Fiel pero desdichado, y varios de boca más ancha, de lomo más adornado, marcados por el troquel del Rey Sol, que pregonaban insolentemente su Ultima Ratio Regum.

Cuando Ti Noel hubo dejado su ladrillo al pie de una muralla era cerca de media noche. Sin embargo, se proseguía el trabajo de edificación a la luz de fogatas y de hachones. En los caminos quedaban hombres dormidos sobre grandes bloques de piedra, sobre cañones rodados, junto a mulas coronadas de tanto caerse en la subida. Agotado por el cansancio, el viejo se tumbó en un foso, debajo del puente levadizo. Al alba lo despertó un latigazo. Arriba bramaban los toros que iban a ser degollados en las primeras luces del día. Nuevos andamios habían crecido al paso de las nubes frías, antes de que la montaña entera se cubriera de relinchos, gritos, toques de corneta, fustazos, chirriar de cuerdas hinchadas por el rocío. Ti Noel comenzó a descender hacia Millot, en busca de otro ladrillo. En el camino pudo observar que por todos los flancos de la montaña, por todos los senderos y atajos, subían apretadas hileras de mujeres, de niños, de ancianos, llevando siempre el mismo ladrillo, para dejarlo al pie de la fortaleza que se iba edifcando como comejenera, como casa de termes, con aquellos granos de barro cocido que ascendían hacia ella, sin tregua, de soles a lluvias, de pascuas a pascuas. Pronto supo Ti Noel que esto duraba ya desde hacía más de doce años y que toda la población del Norte había sido movilizada por la fuerza para trabajar en aquella obra inverosímil. Todos los intentos de protesta habían sido acallados en sangre. Andando, andando, de arriba abajo y de abajo arriba, el negro comenzó a pensar que las orquestas de cámara de Sans–Souci, el fausto de los uniformes y las estatuas de blancas desnudas que se calentaban al sol sobre sus zócalos de almocárabes entre los bojes tallados de los canteros, se debían a una esclavitud tan abominable como la que había conocido en la hacienda Monsieur Lenormand de Mezy. Peor aún, puesto que había una infinita miseria en lo de verse apaleado por un negro, tan negro como uno, tan belfudo y pelicrespo, tan narizñato como uno; tan igual, tan mal nacido, tan marcado a hierro, posiblemente, como uno. Era como si en una misma casa los hijos pegaran a los padres, el nieto a la abuela, las nueras a la madre que cocinaba. Además, en tiempos pasados los colonos se cuidaban mucho de matar a sus esclavos —a menos de que se les fuera la mano—, por que matar a un esclavo era abrirse una gran herida en la escarcela. Mientras que aquí la muerte de un negro nada costaba al tesoro público: habiendo negras que parieran —y siempre las había y siempre las habría—, nunca faltarían trabajadores para llevar ladrillos a la cima del Gorro del Obispo.

El rey Christophe subía a menudo a la Ciudadela, escoltado por sus oficiales a caballo, para cerciorarse de los progresos de la obra. Chato, muy fuerte, de tórax un tanto abarrilado, la nariz roma y la barba algo undida en el cuello bordado de la casaca, el monarca recorría las baterías, fraguas y talleres, haciendo sonar las espuelas en lo alto de interminables escaleras. En su bicornio napoleónico se abría el ojo de ave de una escarapela bicolor. A veces, con un simple gesto de la fusta, ordenaba la muerte de un perezoso sorprendido en plena holganza, o la ejecución de peones demasiado tardos en izar un bloque de cantería a lo largo de una cuesta abrupta. Y siempre terminaba por hacerse llevar una butaca a la terraza superior que miraba al mar, al borde del abismo que hacía cerrar los ojos a los más acostumbrados. Entonces, sin nada que pudiese hacer sombra ni pesar sobre él, más arriba de todo, erguido sobre su propia sombra, medía toda la extensión de su poder. En caso de intento de reconquista de la isla por Francia, él, Henri Christophe, Dios, mi causa y mi espada, podría resistir ahí, encima de las nubes, durante los años que fuesen necesarios, con toda su corte, su ejército, sus capellanes, sus músicos, sus pajes africanos, sus bufones. Quince mil hombres vivirían con él, entre aquellas paredes ciclópeas, sin carecer de nada. Alzado el puente levadizo de la Puerta Única, la Ciudadela La Ferriére sería el país mismo, con su independencia, su monarca, su hacienda y su pompa mayor. Porque abajo, olvidando los padecimientos que hubiera costado su construcción, los negros de la Llanura alzarían los ojos hacia la fortaleza, llena de maíz, de pólvora, de hierro, de oro, pensando que allá, más arriba de las aves, allá donde la vida de abajo sonaría remotamente a campanas y a cantos de gallos, un rey de su misma raza esperaba, cerca del cielo que es el mismo en todas partes, a que tronaran los cascos de bronce de los diez mil caballos de Ogún. Por algo aquellas torres habían crecido sobre un vasto bramido de coros descollados, desangrados, de testículos al sol, por edificadores conscientes del significado profundo del sacrificio, aunque dijeran a los ignorantes que se trataba de un simple adelanto en la técnica de la albañilería militar.


En El reino de este mundo (1949), III, 3
Foto © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis

26/6/2012

Jean-François Revel - La resistencia a la información

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Jean-François Revel - Imagen: AFP


La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. La civilización del siglo XX se ha basado, más que ninguna otra antes de ella, en la información, la enseñanza, la ciencia, la cultura; en una palabra, en el conocimiento, así como en el sistema de gobierno que, por vocación, da acceso a todos: la democracia. Sin duda, igual que la democracia, la libertad de información está en la práctica repartida de manera muy desigual en el planeta. Y hay pocos países en los que una y otra hayan atravesado el siglo sin interrupción, e incluso sin supresión durante varias generaciones. Pero, aunque incompleto y sincopado, el papel desempeñado por la información en los hombres que deciden los asuntos del mundo contemporáneo, y en las reacciones de los demás ante esos asuntos, es incontestablemente más importante, más constante y más general que en épocas anteriores. Los que actúan tienen mejores medios para saber sobre qué datos apoyar su acción, y los que experimentan esa acción están mucho mejor informados sobre lo que hacen los que actúan.

Es, pues, interesante investigar si esta preponderancia del conocimiento, su precisión y su riqueza, su difusión cada vez más amplia y más rápida, han aportado, como sería natural esperar, una gestión de la humanidad por sí misma más juiciosa que antaño. La cuestión importa aún más puesto que el perfeccionamiento acelerado de las técnicas de transmisión, y el aumento continuo del número de individuos que de ella se aprovecharán, harán aún más del siglo XXI la época en que la información constituirá el elemento central de la civilización.

En nuestro siglo se encuentran a la vez más conocimientos y más hombres que conocen esos conocimientos. En otras palabras, el conocimiento ha progresado, y aparentemente ha sido seguido en su progreso por la información, que es su diseminación entre el público. En primer lugar la enseñanza tiende a prolongarse cada vez más tiempo y a repetirse cada vez más a menudo en el curso de la vida; luego, las herramientas de comunicación de masas se multiplican y nos cubren de mensajes en un grado inconcebible antes de nosotros. Se trate de vulgarizar la noticia de un descubrimiento científico y de sus perspectivas técnicas, de anunciar un acontecimiento político o de publicar las cifras que permitan apreciar una situación económica, la máquina universal de informar se hace más y más igualitaria y generosa, de modo que anula la vieja discriminación entre la élite en el poder que sabía muy poco y el común de los gobernados que no sabía nada. Hoy, los dos saben o pueden saber mucho. La superioridad de nuestro siglo sobre los precedentes parece, pues, fundarse en que los dirigentes o responsables en todos los terrenos disponen de conocimientos más surtidos y más exactos para preparar sus decisiones, mientras que el público, por su parte, recibe con abundancia las informaciones que le sitúan en posición de juzgar lo acertado de esas decisiones. Una tan fastuosa convergencia de factores favorables ha debido, en buena lógica, engendrar ciertamente una sabiduría y un discernimiento sin parangón en el pasado y, por consiguiente, una mejora prodigiosa de la condición humana. ¿Es así?

Sería frívolo afirmarlo. Nuestro siglo es uno de los más sangrientos de la historia; se singulariza por la extensión de sus opresiones, de sus persecuciones, de sus exterminios. Es el siglo XX el que ha inventado, o cuando menos sistematizado, el genocidio, el campo de concentración, el aniquilamiento de pueblos enteros mediante la carestía organizada; el que ha concebido en teoría y realizado en la práctica los regímenes de avasallamiento más perfeccionados que hayan abrumado jamás a tan gran cantidad de seres humanos. Esta proeza parece desmentir la opinión según la cual nuestro tiempo habría sido el del triunfo de la democracia. Y, no obstante, lo ha sido, a pesar de todo, por una doble razón. Termina, pese a tantos esfuerzos desplegados, con un mayor número de democracias, las cuales están en mejor estado de funcionamiento que en ningún otro momento de la historia. Además, incluso escarnecida, la democracia se ha impuesto a todos como valor teórico de referencia. Las únicas divergencias a su respecto se refieren a la manera de aplicarla, a la «falsa» y a la «verdadera» puesta en marcha del principio democrático. Incluso si se denuncia la mentira de las tiranías que pretenden obrar en nombre de una pretendida democracia «auténtica», o en la espera de una democracia perfecta pero eternamente futura, debe reconocerse que la especie de los regímenes dictatoriales fundados en un rechace declarado, explícito, doctrinal del principio mismo de la democracia desapareció con el hundimiento del nazismo y del fascismo en 1945, y luego del franquismo en 1975. Las supervivencias son marginales. Por lo menos, como hemos visto, las tiranías más recientes se encuentran reducidas a justificarse en nombre de la misma moral que violan, reducidas a las acrobacias verbales que, a fuerza de monotonía en lo inverosímil, engañan cada día a menos gente. A fin de cuentas, el empleo de ese doble lenguaje no soslaya el problema de la eficacia de la información. Los dirigentes totalitarios disponen de la información a título profesional lo mismo que los dirigentes democráticos, incluso si se obstinan en negársela a sus súbditos, sin, por otra parte, conseguirlo por completo. Los fracasos económicos de los países comunistas, por ejemplo, no proceden de que sus jefes ignoren las causas. Por lo general, las conocen bastante bien y lo dejan entrever de vez en cuando. Pero no quieren o no pueden suprimirlas, por lo menos totalmente, y se limitan, lo más a menudo, a combatir los síntomas por miedo a poner en peligro un orden político y social más precioso a sus ojos que el éxito económico. Por lo menos en ese caso se comprende el motivo de la ineficacia de la información. Puede que, a consecuencia de un cálculo por completo racional, se abstengan de utilizar lo que se conoce; pues existen frecuentes circunstancias, tanto en la vida de las sociedades como en la de los individuos, en las que se debe evitar tener en cuenta una verdad que se conoce muy bien, porque redundaría contra el propio interés si se sacaran las consecuencias de la misma.

No obstante, la impotencia de la información para iluminar la acción, o, incluso, simplemente la convicción, sería una desgracia banal si no fuera consecuencia más que de la censura, de la hipocresía y de la mentira. Aún continuaría siendo comprensible si se añadieran a estas causas los mecanismos medianamente sinceros de la mala fe, tan bien descritos desde hace tiempo por tantos moralistas, novelistas, dramaturgos y psicólogos. Sin embargo, podemos sorprendernos al comprobar la desacostumbrada amplitud alcanzada por esos mecanismos. Disponen de una verdadera industria de la comunicación. Con una severidad globalmente sumaria pero corriente para con los profesionales de la comunicación, así como con los dirigentes políticos, el público tiende a considerar la mala fe casi como una segunda naturaleza en la mayoría de los individuos cuya misión es informar, dirigir, pensar, hablar. ¿Podría ser que la misma abundancia de conocimientos asequibles y de informaciones disponibles excitara el deseo de esconderlos más bien que de utilizarlos? ¿Podría ser que el acceso a la verdad desencadenara más resentimiento que satisfacción, la sensación de un peligro más que la de un poder? ¿Cómo explicar la escasez de información exacta en las sociedades libres, en las que han desaparecido en gran parte los obstáculos materiales para su difusión, de manera que los hombres pueden conocerla fácilmente si sienten curiosidad por ella o simplemente si no la rechazan? Sí, es por este interrogante como se llega a las orillas del gran misterio. Las sociedades abiertas, para utilizar el adjetivo de Henri Bergson y de Karl Popper, son a la vez la causa y el efecto de la libertad de informar y de informarse. Sin embargo, los que recogen la información parecen tener como preocupación dominante el falsificarla, y los que la reciben la de eludirla. Se invoca sin cesar en esas sociedades un deber de informar y un derecho a la información. Pero los profesionales se muestran tan solícitos en traicionar ese deber como sus clientes tan desinteresados en gozar de ese derecho. En la adulación mutua de los interlocutores de la comedia de la información, productores y consumidores fingen respetarse cuando no hacen más que temerse despreciándose. Sólo en las sociedades abiertas se puede observar y medir el auténtico celo de los hombres en decir la verdad y acogerla, puesto que su reinado no está obstaculizado por nadie más que por ellos mismos. Además, y esto no es lo menos intrigante, ¿cómo pueden actuar hasta tal punto contra su propio interés? Pues la democracia no puede vivir sin una cierta dosis de verdad. No puede sobrevivir si esa verdad queda por debajo de un nivel mínimo. Este régimen, basado en la libre determinación de las grandes opciones por la mayoría, se condena a sí mismo a muerte si los ciudadanos que efectúan tales opciones se pronuncian casi todos en la ignorancia de las realidades, la obcecación de una pasión o la ilusión de una impresión pasajera. La información en la democracia es tan libre, tan sagrada, por haberse hecho cargo de la función de contrarrestar todo lo que oscurece el juicio de los ciudadanos, últimos decisores y jueces del interés general. Pero ¿qué sucede si es la misma información la que se las ingenia para oscurecer el juicio de los jueces? Ahora bien, ¿acaso no se ve muy a menudo que los medios de comunicación que cultivan la exactitud, la competencia y la honradez constituyen la porción más restringida de la profesión, y su audiencia, el más reducido sector del público? ¿No se observa que los periódicos, emisiones, revistas o debates televisivos, las campañas de prensa que agitan las profundidades y originan los más poderosos oleajes, se caracterizan, salvo excepciones, por un contenido informativo cuya pobreza corre parejas con su falsedad? Incluso lo que se llama periodismo de investigación, presentado como ejemplo típico de valentía y de intransigencia, obedece en buena medida a móviles no siempre dictados por el culto desinteresado a la información, aunque ésta fuera auténtica. Frecuentemente se pone de relieve un dossier porque es susceptible, por ejemplo, de destruir a un hombre de Estado, y no por su importancia intrínseca; se deja de lado o se minimiza tal otro dossier, infinitamente más interesante para el interés general, pero desprovisto de utilidad personal o sectaria a corto plazo. Desde fuera, el lector distingue apenas, o en absoluto, la operación noble de la operación mezquina. Pero dígase lo que se quiera del periodismo (y más adelante diré mucho más), debemos guardarnos de incriminar a los periodistas. Si un número demasiado reducido de ellos, en efecto, sirve realmente al ideal teórico de su profesión es porque —repito— el público apenas los incita a ello; y es, pues, en el público, en cada uno de nosotros, donde hay que buscar la causa de la supremacía de los periodistas poco competentes o poco escrupulosos. La oferta se explica por la demanda. Pero la demanda, en materia de información y de análisis, emana de nuestras convicciones. ¿Y cómo se forman éstas? Tomamos nuestras decisiones más importantes en medio de tales abismos de aproximación, de prevención y de pasión que luego, en un hecho nuevo, husmeamos y sopesamos menos su exactitud que su capacidad para acomodarse o no a un sistema de interpretación, a un sentimiento de comodidad moral o a una red de alianzas. Según las leyes que gobiernan a la mezcla de palabras, de apegos, de odios y de temores que llamamos opinión, un hecho no es real ni irreal: es deseable o indeseable. Es un cómplice o un conspirador, un aliado o un adversario, no un objeto digno de conocer. Esta prelación de la utilización posible sobre el saber demostrable a veces la erigimos incluso en doctrina; la justificamos en su principio.

Que nuestras opiniones, aunque sean desinteresadas, proceden de influencias diversas, entre las cuales el conocimiento del sujeto figura demasiado a menudo en último lugar, detrás de las creencias, el ambiente cultural, el azar, las apariencias, las pasiones, los prejuicios, el deseo de ver cómo la realidad se amolda a nuestros prejuicios y la pereza de espíritu, no es nada nuevo, desde el tiempo en que Platón nos enseñó la diferencia entre la opinión y la ciencia. Tanto menos nuevo cuanto que el desarrollo de la ciencia desde Platón no cesa de acentuar la distinción entre lo verificable y lo inverificable, entre el pensamiento que se demuestra y el que no se demuestra. Pero comprobar que hoy vivimos en un mundo más modelado que antaño por las aplicaciones de la ciencia no equivale a afirmar que más seres humanos piensen de manera científica. La inmensa mayoría de nosotros utiliza las herramientas creadas por la ciencia, se cuida gracias a la ciencia, hace o no hace niños gracias a la ciencia, sin tomar parte, intelectualmente hablando, en el orden de las disciplinas de pensamiento que engendran los descubrimientos que disfrutamos. Por otra parte, incluso la ínfima minoría que practica estas disciplinas y accede a este orden adquiere sus convicciones no científicas de manera irracional. Sucede que el trabajo científico, por su naturaleza particular, conlleva e impone de manera predominante criterios imposibles de eludir de modo duradero. De la misma manera que un corredor pedestre, por muy demente o estúpido que sea fuera del estadio, acepta en el momento de entrar en él la ley racional del cronómetro. De nada le serviría multiplicar, como el político o el artista, los anuncios y los carteles publicitarios, o convocar reuniones públicas para proclamar que él es campeón del mundo, que corre los cien metros en ocho segundos, cuando todos saben y pueden comprobar que nunca se los cronometran en menos de once. Obligado, por la misma ley de la pista, a la racionalidad, es muy capaz en el metro de emplear la escalera mecánica en sentido inverso. Un gran sabio puede forjarse sus opiniones políticas y morales de manera tan arbitraria y bajo el imperio de consideraciones tan insensatas como los hombres carentes de toda experiencia sobre el razonamiento científico. No existe dentro de su persona una osmosis entre la actividad en que su disciplina le obliga a no afirmar nada sin pruebas y sus opiniones sobre las cosas de la vida y los asuntos corrientes, en que obedece a las mismas incitaciones que cualquier otro hombre. Puede, igual que éste, de manera idénticamente imprevisible, inclinarse por el buen sentido o por la extravagancia, y eludir la evidencia cuando ésta contradice sus creencias, sus preferencias o sus simpatías. Por consiguiente, vivir en una época modelada por la ciencia no nos hace a ninguno de nosotros más aptos para comportarnos de manera científica fuera de los ámbitos y de las condiciones donde reina inequívocamente la obligación de los procedimientos científicos. El hombre, hoy, cuando tiene opción no es ni más ni menos racional ni honesto que en las épocas definidas como precientíficas. Incluso se puede afirmar, para volver a la paradoja ya evocada, que la incoherencia y la falta de honradez intelectual son tanto más alarmantes y graves en nuestros días precisamente porque tenemos ante nuestros ojos, en la ciencia, el modelo de lo que es un pensamiento riguroso. Pero el investigador científico no es, por naturaleza, más honrado que el hombre ignorante. Es alguien que se ha encerrado voluntariamente en unas reglas tales que le condenan, por así decirlo, a la honradez. Por temperamento un ignorante puede ser más honrado que un sabio. En las disciplinas que, por su mismo objeto, no presuponen una sujeción demostrativa total, que se imponga desde el exterior a la subjetividad del investigador, por ejemplo, las ciencias sociales y la historia, se ve fácilmente reinar la ligereza, la mala fe, la trituración ideológica de los hechos, las rivalidades de clan, que ocasionalmente se anteponen al puro amor de la verdad, que se pretende reverenciar.

Conviene recordar estas nociones elementales porque no se comprenderán nada las angustias de nuestra época, que se supone científica, si no se ve que por «comportamiento científico» no hay que entender exclusivamente el conjunto de diligencias propias de la investigación científica en un sentido estricto. Comportarse científicamente, en otras palabras, unir racionalidad y honradez, es no pronunciarse sobre una cuestión más que después de haber tomado en consideración todas las informaciones de que se puede disponer, sin eliminar deliberadamente ninguna, sin deformar ni expurgar ninguna, y después de haber sacado lo mejor que se sepa y de buena fe las conclusiones que parezcan autorizar. Nueve de cada diez veces la información no será suficientemente completa y su interpretación lo bastante indudable para conducir a una certeza. Pero si el juicio final tiene, pues, en raras ocasiones un carácter plenamente científico, en cambio la actitud que a él nos lleva puede tener siempre ese carácter. La distinción platónica entre la opinión y la ciencia o, para traducirlo mejor (en mi opinión), entre el juicio conjetural (doxa) y el conocimiento cierto (episteme), proviene de la materia sobre la que se opina y no de la actitud del que opina. Se trate de simple opinión o de conocimiento cierto, en ambos casos Platón supone la lógica y la buena fe. La diferencia resulta de que el conocimiento cierto se refiere a objetos que se prestan a una demostración irrefutable, mientras que la opinión se mueve en esferas donde no podemos reunir más que un conjunto de probabilidades. Y, sin embargo, aún queda que la opinión, aunque simplemente plausible y desprovista de certeza absoluta, puede ser alcanzada o no de manera tan rigurosa como fuera posible, basándose en un honrado examen de todos los datos a que se tuviera acceso. La conjetura no es lo arbitrario. No requiere ni menos probidad, ni menos exactitud, ni menos erudición que la ciencia. Por el contrario, requiere tal vez más, en la medida en que la virtud de la prudencia constituye su principal parapeto. Pues el interés por la verdad, o por su aproximación menos imperfecta, la voluntad de utilizar de buena fe las informaciones a nuestro alcance, derivan de inclinaciones personales totalmente independientes del estado de la ciencia en el momento en que se vive. Según toda probabilidad, el porcentaje de seres humanos provistos de esas inclinaciones no debía, en las épocas precientíficas, ser inferior al de hoy. O más bien quisiéramos saber si la existencia ante nuestros ojos de un modelo de conocimiento cierto determina entre nosotros la aparición de un mayor porcentaje de personas inclinadas a pensar de modo racional. Sin arriesgarnos a emitir hipótesis sobre ello, de momento sólo recordemos que de todos modos la mayor parte, con mucho, de las cuestiones sobre las cuales la humanidad contemporánea forma sus convicciones y toma sus decisiones corresponde al sector conjeturable y no al sector científico del pensamiento. Pero no por ello dejamos de gozar de una superioridad considerable sobre los hombres que vivieron antes que nosotros, pues en ese mismo sector conjeturable podemos explotar una riqueza de informaciones que les era desconocida. Incluso prescindiendo de la ventaja que constituye la ciencia, nuestras posibilidades son, por consiguiente, mayores que nunca, también en las otras esferas, de encontrar bastante a menudo lo que Platón llamaba la «opinión verdadera», es decir, la conjetura que, sin basarse en una demostración obligatoria, resulta ser exacta. Pero ¿aprovechamos estas posibilidades tanto como podríamos? De la respuesta a esta pregunta depende la supervivencia de nuestra civilización.


En El conocimiento inútil 
Traducción: Joaquín Bochaca
Imagen: AFP

25/6/2012

Naguib Mahfuz - El traje del prisionero

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Naguib Mahfuz © Reza/Webistan/Corbis


El Buche, el cerillero, llegaba antes que nadie a la estación de al-Zagazig cuando iba a pasar el tren. Recorría los andenes incomparablemente ligero, ojeando a los clientes con sus ojos pequeños y expertos. Si alguien hubiese preguntado al Buche por su trabajo, el Buche habría echado pestes de él. Porque el Buche, como la mayoría de la gente, estaba harto de su vida, descontento con su suerte. Si hubiese sido dueño de elegir, hubiera preferido ser chófer de algún rico y vestir ropa de effendi y comer lo mismo que el bey y acompañarle a sitios selectos en todo tiempo, una manera de ganarse la vida que parecía diversión, placer. Tenía además otros motivos particulares y razones sutiles para desear un trabajo como aquel; lo deseaba desde un día en que vio cómo el Fino, el chófer de uno de los Importantes, paraba a la Nabawiyya, la criada del comisario, y la requebraba, descarado y seguro. Incluso, una vez, oyó que le decía frotándose las manos satisfecho: "Pronto vendré con el anillo…" Y vio que la joven sonreía con arrumaco mientras levantaba el borde de la milaya como si lo estuviese arreglando (lo que quería es que se viera su pelo negrísimo y abrillantinado). Vio aquello y el corazón se le inflamó y los celos le mordieron dolorosamente; los ojos de ella eran sus dolores y sus enfermedades. La siguió a poca distancia y en una calleja le salió al paso aquí y allí e hizo volver a sus oídos lo que le había dicho el Fino: "Pronto vendré con el anillo". Pero ella torció la cabeza, frunció la frente y dijo desdeñosa: "Mejor cómprate unos zuecos". Y él se miró los pies como si fueran una sima de significados misteriosos, su galabeyya sucia, su taqiyya mugrienta y se dijo: "Este es el motivo de mi miseria y el ocaso de mi estrella", y envidió al Fino, su trabajo y su suerte… Sólo que estas esperanzas, en lugar de apartarle de su oficio le hacían enfrascarse en él con mayor afán y satisfacer sus esperanzas con sueños.

Aquella tarde subió a la estación con su caja a atender al tren del crepúsculo que todavía no era más que una nube de humo en el horizonte, pero que avanzaba, se acercaba. Ya se distinguían las distintas unidades y se percibía el estrépito; ya está parado junto a los andenes… Al lanzarse a los vagones vio el Buche con sorpresa que en las puertas había centinelas y que por las ventanillas asomaban caras extrañas con ojos ausentes, rotos. Preguntó y le enteraron de que eran prisioneros italianos que habían caído a montones en manos del enemigo y que les conducían a campos de concentración.

El Buche se quedó perplejo pasando los ojos por los rostros polvorientos, y luego le tomó la desilusión; cuando estuvo cierto de que aquellas caras pálidas, hundidas en la miseria y la necesidad difícilmente podrían saciar su ansia de cigarrillos… Se dio cuenta de que devoraban su caja y les repelió con una mirada irritada y desdeñosa. Pensaba darles la espalda y volver por donde había venido cuando oyó que una voz le gritaba en árabe con acento europeo: "cigarrillos". Le echó una mirada sorprendida y desconfiada, luego frotó el dedo índice con el pulgar: "¿hay dinero?". El soldado comprendió y contestó afirmativamente con la cabeza. El Buche se acercó cauteloso y se detuvo fuera del alcance de las manos del soldado, El soldado se quitó calmosamente la guerrera y le dijo mostrándosela: "Este es mi dinero". El Buche quedó deslumbrado y escudriñó la guerrera gris con botones dorados entre sorprendido y ávido. Le había ganado el corazón, pero como no era un cándido ni un palurdo disimuló lo que se había levantado en él para sacar ventaja de la avidez del italiano. Con estudiada parsimonia exhibió una cajetilla y extendió el brazo para recoger la chaqueta. El soldado frunció la frente y le gritó: "¿Una cajetilla por la guerrera?… ¡Diez!" El Buche dio un respingo y se echó para atrás; su deseo recedió. Iba a irse por otro lado, pero el soldado le gritó: "Una cosa razonable… nueve… ocho…" El Buche sacudió la cabeza negando tercamente. "Entonces, siete." Pero él sacudió la cabeza como antes y fingió que se iba. El soldado se dio por satisfecho con seis y luego bajó a cinco. El Buche hizo un gesto con la mano: nada que hacer. Se volvió hacia un banco y se sentó. El soldado le gritó enloquecido: "Ven… me conformo con cuatro…" Ni se dio por aludido, y para demostrar su falta de interés encendió un cigarrillo y se puso a fumar paladeándolo pausadamente. La desazón del soldado aumentó, se puso rabioso, parecía que el único fin de su existencia era conseguir cigarrillos. Bajó su demanda a tres, luego a dos. El Buche siguió sentado, dominando sus violentas ganas y su dolorosa impaciencia. Pero cuando el soldado hubo bajado a dos no pudo evitar un movimiento delator. El soldado, nada más verlo, extendió la mano con la guerrera: "Toma", y el Buche no tuvo más remedio que levantarse, acercarse al tren, recoger la guerrera y dar al soldado las dos cajetillas. Escudriñó la guerrera con ojos alegres y satisfechos y rompió sus labios una sonrisa triunfante. Dejó la caja en el banco y se puso la guerrera y la abotonó. Le quedaba ancha, pero no le importó.

Estaba maravillado, feliz. Recogió la caja y empezó a cortar el andén orgulloso, transportado. Evocó la imagen de Nabawiyya envuelta en su milaya y murmuró: "Si me viese ahora". Sí, a partir de ahora no me evitará ni me apartará la cara con desdén, y el Fino no tendrá motivo de qué presumir delante de mí. Aquí recordó que el Fino llevaba uniforme completo, no una simple guerrera. ¿Cómo conseguir los pantalones? Caviló un tiempo, luego echó una mirada de inteligencia a las cabezas de los prisioneros que asomaban por las ventanillas del tren. El deseo le jugaba en el corazón y le inquietaba el alma cuando casi la tenia satisfecha. Se lanzó al tren pregonando decidido: "Cigarrillos, cigarrillos. Un pantalón la cajetilla si no hay dinero. Un pantalón la cajetilla". Repitió el pregón por segunda y tercera vez. Temiendo que no comprendiesen lo que pretendía, señaló la guerrera que llevaba puesta y mostró una cajetilla. Su gesto produjo el efecto apetecido: un soldado no vaciló en quitarse la guerrera. El Buche corrió hacia él y le hizo gestos de que fuese despacio y le indicó los pantalones. El soldado se encogió de hombros desdeñoso, se quitó los pantalones y el cambio se completó. La mano del Buche se engarfió en los pantalones; casi volaba de gozo. Volvió al banco de antes y se puso los pantalones en un santiamén: estaba hecho todo un soldado italiano… ¿o le faltaba algo?… Era una auténtica pena que estos soldados no llevaran tarbús… ¡Pero llevan botas! Las botas le son indispensables para estar a la altura del Fino, que le amarga la vida. Cargó con la caja y se abalanzó al tren gritando: "Cigarrillos… un par de botas la cajetilla". Como la otra vez, se ayudaba de gestos… Pero antes de que diera con un cliente el tren hizo oír su pito; iba a arrancar. Se produjo una ola de agitación entre los centinelas. El manto de la sombra había cubierto los rincones de la estación; el pájaro de la noche planeaba en el espacio. El Buche se detuvo desconsolado, en los ojos una mirada de aflicción y rabia. Cuando el tren se puso en marcha le vio el centinela del vagón delantero y la exasperación apareció en su cara. Le gritó, primero en inglés, luego en italiano: "Sube ligero. Tú, preso, al tren". El Buche no entendió lo que decía y quiso consolarse remedándole, seguro de que no podía hacerle nada. El centinela gritó otra vez mientras el tren se alejaba lentamente: "Sube, te lo advierto, sube". El Buche apretó los labios desdeñoso y le volvió la espalda dispuesto a marcharse. El centinela crispó el puño que esgrimió amenazante, apuntó su fusil contra el inocente Buche y disparó. A la detonación, que atronó los oídos, sucedió un grito de dolor y de espanto. El cuerpo del Buche perdió el movimiento, la caja se le cayó de las manos y se desparramaron las cajetillas de cigarros y cerillas. Luego, la cara del Buche se mudó en la de un cuerpo exánime.


En Cuentos ciertos e inciertos
Traducción: Marcelino Villgas y María J. Viguerra
Imagen: © Reza/Webistan/Corbis

24/6/2012

William Faulkner: Ninfolepsia

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Pronto su sombra se vio descabezada por la cortante línea de la cima de la colina; empujada ante él como si fuera una serpiente, la vio gradualmente convertirse en nada. Al final se quedó sin sombra alguna. Sus pesados e informes zapatos, grises en el camino polvoriento; su mono de trabajo, gris por el polvo: el polvo era como una bendición sobre él y sobre el día de trabajo que dejaba tras él. No recordaba la caída del trigo muerto, y sus músculos habían olvidado las estocadas y el levantamiento de horca y grano, y sus manos habían olvidado la sensación de un mango gastado de madera, suave y dulce al tacto como seda; y había olvidado el abrirse de un pajar y la suerte de danza inmortal de la paja girando en el aire a la luz del sol.

Detrás quedaba un día de faena; ante él, la burda comida y el torpe sueño en cualquier ocasional casa de huéspedes. Y al día siguiente, otra vez el trabajo y otra vez su siniestra sombra rotatoria señalando el paso de un nuevo día. Pronto, breve y bruscamente, la colina llegó a su fin: la cima dejó de ser una línea cortante. Allí estaba el valle en sombras, y la colina opuesta, en dos dimensiones y dorada por el sol. Y en el interior del valle, la ciudad, entre sombras de color lila. Entre sombras de color lila se hallaban los alimentos que comería y el sueño que lo aguardaba; acaso una chica, como música fúnebre y húmeda por el calor y vestida de algodón azul, se cruzaría en su camino fatalmente; y también él, en aquella tierra lunar, sería uno más entre los hombres jóvenes que con su sudor hacen saltar oro del trigo.

Pero allá estaba la ciudad. Por encima de los muros grises había ramas de manzano un día dulces y floridas y hoy todavía verdes; los establos y las casas eran colmenas de donde habían huido las abejas de la luz del sol. Desde allí, el Palacio de justicia era un sueño soñado por Tucídides: uno no llegaba a ver que las pálidas columnas jónicas estaban accidentalmente manchadas de tabaco. Y del taller del herrero llegaba un acompasado tañido de yunque y martillo, como una llamada a vísperas.

Privado de movimiento, su cuerpo sintió la sangre, que se apaciguaba por momentos, sintió la tarde, que fluía y se iba como agua; sus ojos vieron la sombra de la aguja de la iglesia, como un prodigio en medio de aquella tierra. Miró el polvo que se derramaba de sus zapatos invertidos. Sus pies estaban veteados y mugrientos por el polvo; apacigua- do, agradeció la humedad placentera y caliente de sus zapatos. 

El sol era la boca roja y descendente de un horno; su sombra, que él creía perdida, se agazapaba a sus pies como un perro que trata de esconderse. El sol estaba en los árboles, goteando de hoja en hoja; el sol era como una pequeña llama de plata que se moviera entre los árboles. Oh, era algo vivo, pensó al mirar una luz dorada entre los pinos oscuros: una pequeña llama que, habiendo perdido de algún modo su vela, anduviera buscándola.

Cómo supo a aquella distancia que era una mujer o una chica, no habría podido decirlo, pero lo sabía; y durante un tiempo miró con curiosidad vacía los movimientos sin objeto de la figura. La figura se detuvo, recibió el último fulgor del rojo sol en un plano delgado y dorado que, retornando el movimiento, desapareció.

En el curso de un nítido instante hubo una. vieja y aguda belleza detrás de sus ojos. Luego, sus un día limpios instintos, groseros después, lo hicieron ponerse bruscamente en movimiento. Saltó una cerca ante la mirada contemplativa y fija del ganado y corrió torpemente hacia los bosques a través de un campo de maíz recolectado. Viejos y blandos surcos se deslizaban bajo sus zancadas, haciendo que sus rodillas martilleantes entrechocaran, y quebradizos tallos de maíz obstaculizaban su veloz marcha con sensual y estática indiferencia.

Alcanzó los bosques después de saltar otra cerca, y se detuvo un instante y el oeste transmutó alquímicamente el plomizo polvo que lo cubría, dorando las puntas de su barba sin afeitar. Los árboles, los troncos de arces y hayas eran franjas gemelas de oro rojo y de lavanda erguidas en la tierra, y las ramas extendidas conferían al ocaso colores indecibles; eran como manos de avaro derramando a regañadientes monedas doradas de crepúsculo. Los pinos eran mitad hierro, mitad bronce; esculpidos en símbolo de quietud eterna, derramaban también oro sobre la hierba rala, que lo hacía correr de árbol en árbol como fuego que se extiende, para apagarse luego en la sombra de los pinos. Sobre una rama oscilante, un pájaro lo miró brevemente, cantó y se alejó volando.

Ante la verde catedral de árboles se quedó quieto unos instantes, vacío como una oveja, percibiendo cómo el día moribundo se iba del mundo como agua de una bañera o de un cuenco rajado; y oyó al día repetir lentas plegarias en la nave verde. Luego volvió a moverse hacia adelante, lentamente, como si esperara que fuera a surgir ante él un sacerdote para detenerlo y descifrar su alma.

Pero nada sucedió. El día fue lentamente muriendo sin un ruido en torno a él, y la gravedad lo condujo colina abajo entre apacibles sendas de árboles. Pronto lo envolvió la sombra violeta de la colina. No había sol allí, aunque las copas de los árboles seguían siendo como maleza bañada en oro, y los troncos de los árboles de la cima eran como una verja listada más allá de la cual la tarde se consumía lentamente. Y él se detuvo de nuevo, y sintió el miedo.

Recordó fragmentos del día: los tragos de agua fresca de una jarra, mientras otro esperaba su turno, el trigo rompiéndose ante la hoja de la segadora mientras los caballos de tiro hacían fuerza contra la collera, los caballos que soñaban con avena en un establo dulce por el amoníaco y el olor de los arneses sudorosos, los mirlos que sesgaban el aire sobre el trigo como trozos de papel quemado. Pensó en el haz de músculos bajo una camisa azul mojada por el sudor, y en alguien a quien atender o con quien hablar. Siempre alguien, algún otro miembro de su raza, de su género. El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio conoció el miedo. 

Porque había algo que ni siquiera el deseo del cuerpo de una mujer tenía en cuenta. O que, al utilizar tal instinto con el propósito de apartarlo de los caminos de la seguridad, en donde otras gentes de su género comían y dormían, lo había traicionado. «Si la encuentro, estoy a salvo», pensó, sin saber si lo que quería era la cópula o compañía. Allí no había nada para él: las colinas, que descendían en ambos lados, que se aproximaban, que sin embargo se hallaban separadas por un pequeño arroyo. El agua discurría parda bajo alisos y sauces, sin luz, y parecía inhóspito y oscura. Como la mano del mundo, como una línea en la palma de la mano del mundo, una arruga insignificante. «¡Sin embargo podía ahogarse en ella!», pensó con terror, mientras miraba revolotear sobre ella a los mosquitos, mientras miraba los árboles calmos e indiferentes como dioses y el remoto cielo, que era como un sedoso paño mortuorio que ocultara su disolución repulsiva.

Había pensado que los árboles eran una cantidad determinada de madera, pero aquéllos tan silenciosos eran más que eso. La madera había servido para hacer casas que lo protegían, la madera había alimentado el fuego que lo calentaba, le había dado calor para cocinar su comida; la madera había servido para hacer barcos que surcaban las aguas de la tierra. Pero no estos árboles. Estos lo miraban fija e impersonalmente, tomándose una venganza lenta. El ocaso era un fuego que ningún combustible había alimentado jamás; el agua emitía un murmullo en un oscuro y siniestro sueño. Ninguna embarcación surcaría estas aguas. Y sobre todo ello se cernía algún dios a cuyas compulsiones él debía responder mucho después aún de que sus más cómodas creencias se hubieran gastado como una prenda de uso diario.

Y ese dios ni lo reconocía ni lo ignoraba: ese dios parecía no tener conciencia de su entidad, salvo para considerarlo un intruso en un lugar donde nada tenía que hacer. Se agachó, sintió la tierra áspera y cálida contra sus rodillas y sus palmas; y, arrodillándose, esperó una brusca y horrenda aniquilación.

Nada sucedió, y abrió los ojos. Por encima de la cumbre de la colina, entre los troncos de los árboles, vio una única estrella. Fue como si allá a lo lejos hubiera visto un hombre. Era algo familiar, algo demasiado remoto para preocuparse por lo que él hiciera. Así que se levantó y, con la estrella a su espalda, empezó a caminar en dirección a la ciudad. Allí estaba el arroyo que había de cruzar. La demora al buscar un vado engendró de nuevo en él el miedo. Pero lo apartó mediante un acto de voluntad, pensando en la comida y en su esperanza de encontrar una mujer.

Apartó de sí aquella sensación de inminente disgusto y cólera de un Ser a quien había ofendido. Pero seguía en torno, suspendida sobre él como unas alas niveladas. Su miedo primero había desaparecido, pero pronto se encontró a sí mismo corriendo. Habría deseado convertir la carrera en paso, siquiera para probarse la firmeza de su integridad integral, pero sus piernas se negaban a detener su carrera. Allí, en el crepúsculo evasivo, había un tronco que hacía de puente en el arroyo. ¡Camina sobre él! ¡Camina sobre él!, le dijo su sentido común. Pero sus piernas le impelieron a tomarlo a la carrera.

La corteza podrida se escurrió bajo sus pies y se desprendió y cayó sobre el oscuro y susurrante arroyo. Fue como si él, aún en la orilla, hubiera resbalado y se debatiera por, mantener el equilibrio mientras maldecía su cuerpo torpe. Vas a morir, dijo a su cuerpo, y volvió a sentir en torno aquella inminente Presencia, una vez que su concentración mental se vio vencida por la gravedad. Durante un fragmento detenido de tiempo sintió, a través de la vista, sin mediación del intelecto el agua oscura a la espera, el tronco engañoso, los troncos de los árboles latiendo y respirando y las ramas como una invocación a un dios oscuro y oculto; luego los árboles y el cielo exaltado de estrellas describieron un arco ante sus ojos. En su caída estaba la muerte, y una risa triste y burlona. Murió una y otra vez, pero su cuerpo se negaba a morir. Entonces lo aprehendió el agua.

Entonces lo aprehendió el agua. Pero era algo más que agua. El agua se deslizó oscuramente entre su cuerpo y el mono de trabajo y la camisa, y él sintió que su pelo se escapaba hacia atrás húmedamente. Pero sintió que un muslo sobresaltado se escurría bajo su mano como una serpiente, sintió una pierna veloz entre oscuras burbujas; y, hundiéndose ya, la punta de un pecho le raspó la espalda. En medio de una conmoción de agua agitada vio la muerte como una mujer ahogada y rutilante y a la espera, vio un cuerpo brillante y atormentado por el agua; y sus pulmones vomitaron agua y tragaron aire húmedo.

Agua turbada golpeaba contra su boca, tratando de entrar en ella, y la luz del día aprisionada bajo el arroyo saltó de nuevo sobre la superficie en forma de ondas. Relucientes planos de luz incidían y quebraban la superficie, y se alejaban de él; y, pisoteando agua, sintiendo los zapatos empapados y el pesado mono de trabajo, sintiendo pegado a la cara el pelo, vio cómo ella, chorreando, ascendía oscilante por la orilla.

El avanzó agitando el agua, persiguiéndola. Nunca parecía alcanzar la orilla opuesta. Sus ropas, pesadamente empapadas, se pegaban a él como sirenas importunas, como mujeres; vio el agua quebrada de su empeño coronada de estrellas. Al fin se vio a la sombra de los sauces, y sintió bajo su mano la tierra húmeda y resbaladiza. Aquí y allá, raíces y ramas. Se incorporó mientras el agua chorreando de la ropa, mientras sentía que la ropa se volvía primero liviana y pesada luego. Sus zapatos avanzaban aplastándose blandamente y su indumentaria anodina y adherida a la piel obstaculizaba pesadamente su carrera. Podía ver cómo su cuerpo, fantasmal en el crepúsculo sin luna, ascendía por la colina. Y él corrió, maldiciendo, con el agua chorreándole del pelo, con el lamento húmedo de ropas y zapatos, maldiciendo su suerte y su destino. Creyó desenvolverse mejor sin los zapatos, y, mientras seguía mirando la apagada llama de la mujer corriendo, se los quitó y prosiguió la marcha en pos de ella. La ropa mojada le pesaba como plomo; jadeaba cuando alcanzó la cima de la colina. Y allí estaba ella, en un campo de trigo, bajo la ascendente luna llena del equinoccio de otoño, como un barco en un mar de plata.

Echó a correr tras ella. El surco de su marcha hacía saltar plata en el trigo, bajo la insensible luna; plata que se alejaba de él en ondas y se apagaba y volvía a ser el oro intocado y sin brillo del grano erguido. Ella estaba ya lejos, y la perturbación de su paso por el trigo se esfumaba siempre antes de que él llegara. Más allá de la onda que el paso de la mujer levantaba en arco a ambos lados, él vio cómo su cuerpo se internaba en una franja boscosa, como la llama de una cerilla; luego ya no la vio más.

Sin dejar de correr, cruzó el trigo dormido sobre la tierra lunar, y se adentró entre los árboles, fatigado ya. Pero ella había desaparecido, y él, en una oleada recurrente de desesperación, se echó a tierra boca abajo. «¡Pero yo la toqué!», pensó sumido en una auténtica agonía de decepción, sintiendo la tierra a través de sus ropas húmedas, sintiendo las pequeñas ramas bajo los brazos y la cara.

La luna seguís ascendiendo, la luna navegaba como un barco cargado y grueso ante un alisio azur, mirándole con rotunda complacencia. Y él se retorció pensando en el cuerpo de ella bajo su cuerpo, en el oscuro bosque, en el ocaso y en el camino polvoriento, que deseó no haber dejado. ¡Pero yo la toqué!, se repitió, tratando de levantar sobre tal certeza una consumación incontrovertible. Sí, su muslo veloz y asustado y la punta de su seno; pero el recordar que ella había huido de él impulsivamente le resultaba más insufrible que nunca. No te hubiera hecho ningún daño, gimió, no te hubiera hecho daño en absoluto.

Sus músculos laxos, vaciados, sintieron un rumor de trabajo pasado y de trabajo futuro, compulsiones de horca y grano. La luna lo apaciguaba, examinando detenidamente su pelo húmedo, experimentando con sombras; y él, al pensar en el día siguiente, se levantó. Aquella perturbadora Presencia se había alejado, y la oscuridad y las sombras ya sólo se mofaban de él. La luz de la luna se deslizó a lo largo de una cerca de alambre, y él supo que allí estaba el camino.

Sintió cómo a su paso se agitaba el polvo, vio el maíz de plata en los campos, los árboles oscuros como tinta derramada. Pensó en cómo había sido ella cual movedizo mercurio, en cómo había huido de él cual moneda echada al aire; pero pronto se hicieron visibles las luces de la ciudad; el reloj del Palacio de justicia y una luminosidad sugerente de calles; era, pese a su pequeñez, como una tierra encantada. Pronto quedó en el olvido la mujer, y él pensó sólo en un cuerpo relajado en una cama triste, y en el despertar y en el hambre y en el trabajo.

El largo y monótono camino se extendía ante él bajo la luna. Ahora su sombra iba a su espalda, como un perro tras su amo, y más allá de ella quedaba un día de sudor y de trabajo. Y ante él esperaba el sueño y la ocasional comida y otra vez el trabajo; y acaso una chica, cual fúnebre música, vestida de calicó frente al calor. Al día siguiente su sombra siniestra volvería a describir un círculo en torno a él, pero el día siguiente quedaba aún muy lejos.

La luna navegaba cada vez más alto: pronto se deslizaría por la colina del cielo, recuperando con creces la plata que hubo prestado a árbol y trigo y colina y ondulada y monótona tierra fecunda. Abajo, un establo tomó un perfil de plata de la luna, un silo se convirtió en un sueño soñado en Grecia, los manzanos lanzaron plata como fontanas gesticulantes. La ciudad, planos de luz de luna; las luces del Palacio de justicia, fútiles ante la luna.

Tras él, trabajo; ante él, trabajo; en torno, todas las viejas desesperanzas del aliento y del tiempo. Las estrellas eran como flores hechas añicos que flotaban en agua oscura y que engullían el oeste; el polvo seguía pegado a sus pies aún húmedos, y descendió lentamente por la colina.



El 10 de marzo de 1922 Faulkner publicó una pieza corta titulada La colina en The Mississippi, periódico estudiantil de la Universidad de Mississippi, donde había publicado dos años antes un poema titulado “L.aprés-midi d.un faune”. Ninfolepsia, que parece datar de principios de 1925, durante el primer o segundo mes de su estancia en Nueva Orleans, combina elementos de esas dos obras anteriores.


23/6/2012

Pierre Michon: Volvemos a la Vulgata

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Volvemos a la Vulgata.

Dicen que Arthur Rimbaud, en ese combate en el que pugnaba pie ante pie con el hada mala, pues es posible que el obturador del tabuco interno no estuviese cerrado del todo, hizo para sacudírsela de encima alguna escapada que otra por la campiña de las Ardenas; y que, en circunstancia tal, sus zancadas lo condujeron hasta rincones solemnes y tétricos como cañonazos, como pañuelos metidos en la boca, Warcq, Voncq, Warnécourt, Pussemange, Le Theux; y que estaba hambriento de esos lugares, esos pañuelos y esos cañonazos, y los versos que iba dejando caer por el camino así lo decían; y que tenía un apetito voraz y distraía el hambre con piedrecitas cadenciosas, y era ogro y Pulgarcito, tal y como lo afirma su leyenda. Dicen que una escapatoria de mayor alcance, un sueño, a finales de verano, lo condujo hasta Bélgica, por las inmediaciones de Charleroi, recorriendo senderos en que probablemente había moras, molinos en los árboles, fábricas que se alzaban al final de un campo de avena, y nunca sabremos con exactitud por dónde pasó, ni dónde su joven mente cazó al vuelo determinado cuarteto más conocido hoy en este mundo que Charleroi, ni dónde se le quedó en la mano el lazo del zapatón, bajo la Osa Mayor, pero sabemos que, de regreso, se detuvo en Douai, en casa de las tías de Izambard, tres dulces Parcas en lo hondo de un jardín grande, modistas, hostigadoras de piojos, y que esos días en un jardín grande, a finales de verano, fueron los más hermosos de su vida, los únicos hermosos quizá. Dicen también que en ese jardín escribió ese poema que todos los niños saben, en el que convoca a sus estrellas igual que silbamos para que acudan nuestros perros, en el que acaricia a la Osa Mayor y se tiende a su lado; y ese final de verano no fue sino cadencia, casi siempre de doce pies, y él, colgado de la varilla en el Septentrión, aunque, al tiempo, con ambos pies bajo la mesa en la posada verde, conseguía que todo cupiera a la vez en la varilla, la bonita muchacha que sirve el jamón, la glorieta en donde se come ese jamón, y la Estrella Polar que sube por el cielo hasta situarse encima. Y todo ello es dicha pura. Es la sencillísima manifestación de lo verdadero, que se parece a Dios o a una niña muerta, tras un macizo de flores en septiembre. Dicen que hubo, ante todo, dos escapatorias, pero sin estrellas, lejos de los jardines, lejos de lo verdadero, que lo condujeron hasta París. Y nadie lo estaba esperando.

Existe la duda de si en París combatió junto con los partidarios de la Comuna; de si sintió el placer y el temor de estar apuntando con un fusil de aguja a un enemigo patente, la maldad en carne y hueso, es decir, y de propina, un pobre infeliz de alguna zona rural remota a quien había entregado el señor Thiers en Versalles penacho y fusil; y la duda de si, con los dos platillos antitéticos sonándole a todo sonar en el corazón, llegó a disparar; o de si fue un tamborcillo en lo más alto de la barricada; y de si, al pie de la barricada, compartió rancho con los míseros, los obscenos, los lelos inofensivos, y fumó picadura con ellos; hay a quien le agradaría mucho creer tal cosa, pero bien parece que no es posible. Esa historia está en Los miserables del Viejo, y no en la vida de Arthur Rimbaud. Pudo ser partidario de la Comuna o no serlo, pero el caso es que volvió a Charleville condecorado con unos cuantos huevos fritos sobre el corazón. Dicen que desde Charleville, en mayo, el 15 de mayo, escribió a Paul Demeny, poeta de Douai, autor de Las espigadoras, a quien también los nitratos de plata aprehendieron de forma definitiva e hicieron llegar hasta nosotros por razones que nada tienen que ver con el libro de poemas Las espigadoras, y en esa foto, en la página cincuenta y cuatro, después de la de Izambard, después de la de Banville, vemos la perilla del poeta, los quevedos pequeños, la melena al viento, el arrogante perfil, la mirada clavada deliberadamente en la lontananza del horizonte azul de las glorias póstumas: es sabido que Rimbaud envió a ese destinatario famoso y con muy pocos méritos para serlo, famoso porque recibió en una ocasión diez o veinte cuartillas, esa carta a la que llaman del Vidente, que es un avatar de la veterana justificación idealista, voluntariosa, misionera, maga, del poeta; fanfarronada, cortina de humo pro domo, que luce el atuendo recién estrenado del orfismo democrático, pues lo que pretende es agradar a los poetas de Douai, y a los demás, aunque la carta es mucho más que eso, porque la escribe un muchacho que hace cuanto puede por creer fervientemente en lo que escribe. Pero, trátese de una fanfarronada o de un rasgo de genialidad, leemos la carta y la rumiamos, inclinados sobre nuestros escritorios de poetas, la contestamos, igual que lo hizo la primera vez Demeny: pues «dar con una lengua» y «hacerse vidente» son palabras literales de esa carta. Y todas esas cosas que estaban en el aire desde hacía veinte años, o dos siglos, esas cosas que ya dijeron de forma más o menos escandalosa el chaleco rojo, el Viejo, y el otro chaleco rojo, el auténtico, el que lucía de verdad un chaleco rojo bajo el frac en la algarada de Hernani, Gautier, y que también dijeron Baudelaire, que llevaba un chaleco negro y largo, y Nerval, y Mallarmé, todas esas cosas se dicen aquí de forma más convincente, más juvenil, más belicosa: y es, pues, justo que, en nuestros escritorios de poetas, estemos tácitamente de acuerdo en que aquí se dicen por vez primera. A nosotros nos parece algo nuevo, sempiternamente nuevo; pero quiero creer fervientemente que, para Rimbaud, eran ya antiguallas poéticas en el preciso instante en que echó la carta al buzón, quizá en el preciso instante en que la estaba firmando, por mucho que se esforzase en creer fervientemente en todo aquello. Dicen que envió al joven Verlaine una carta del mismo tenor, voluntariosa, cautivadora, espléndida; no se ha conservado. Dicen que Verlaine mordió el anzuelo y se lo tragó del todo; y que a finales de otro verano, en septiembre de 1871, un tren soltó por tercera vez a Rimbaud en París; pero, esta tercera vez, es probable que Cros y Verlaine estuvieran esperando a aquel queridísimo corazón cabal en la estación del Este; y Rimbaud, en el bolsillo de aquel pantalón demasiado corto por el que le asomaban los calcetines de perlé azul, lo sabemos de buena tinta, que el hada mala le había tejido sintiendo por él algo de lo que no estamos seguros, amor quizá, en aquel bolsillo llevaba los deberes impecablemente hechos de El barco ebrio pulidos y repulidos de cabo a rabo para agradar al Parnaso y ser, en ese Parnaso, el primero.

Verlaine, sabido es, entra en esta historia tocado con sombrero derby y en el andén de la estación del Este; y su historia personal entra ahora en derechura en la prisión de Mons, el tonel de ajenjo y la baladronada trágica, el jergón y la Leyenda Dorada; y, junto al jergón, monjas de calendario, putas y aquel jovencito, Létinois, que era una muchacha muy bien plantada; pero a todos, por muy menesterosos que fueran, los vemos inclinarse hacia Verlaine, que se halla aparentemente mucho más abajo que ellos, como si anduviera tirado por los suelos; pues él también se vio rebajado y dio en tierra, igual que Izambard.

Cierto es que no necesitaba para nada a Rimbaud; tenía ya edad suficiente para liquidarse a sí mismo y gran empeño en hacerlo; pero Rimbaud fue el pretexto soñado, la piedra en la que tropieza un destino. Y, más que ninguna otra cosa en el mundo, a Verlaine le gustaba tropezar.

Por el momento, luce sombrero derby, duerme en una estupenda cama con una mujer hermosa. Sólo él sabe que tropieza a cada paso, es joven y todavía no se le nota. Dicen que, con o sin sombrero, tropezando o sin tropezar, agradó a Arthur Rimbaud y, ciertamente, fue algo recíproco: sin disimulos, sin más reserva mental que la pretensión de cada uno de ser el primero, cosa que admitían ante el otro, sabemos que les gustaban sus mutuos escritos, que se tomaban mutuamente por videntes, o hacían como si lo creyesen porque por aquel entonces estaba de moda suponer que de la videncia, nebulosa, inefable, secreta, postulada, nacían los poemas más rotundos, los soberbios sistemas semejantes a sistemas planetarios, donde en doce sílabas crecen árboles, en los que el universo se encarna; y de esa encarnación segunda ambos se decían que quizá el otro poseía la llave. Ambos se alegraron al percatarse de que esa llave, si es que existía, estaba en manos de un compadre que les caía simpático. Pero es sabido que pocos días después de la estación del Este, jóvenes ambos y exaltados, se gustaron de forma diferente: y sucedió que a veces, en un cuarto oscuro tras las contraventanas cerradas, estuvieron ambos desnudos, erguidos ante el otro, y, rebasando las armonías y los números fruto de la videncia, rebasando todo poema, se entendieron; tras esas contraventanas brincaron marcando los pasos de la antigua danza de los cuerpos desnudos, buscándose mutuamente la flor del ojo moreno; y, habiéndola encontrado, a ese dique se arrimaron y, suspendidos de ese mástil que no era la varilla, sucedió que a veces se estremecieron y se desvanecieron por unos instantes de este mundo, del cuarto oscuro, de las contraventanas de septiembre, y sus cuerpos se expandieron universalmente sin dejar por ello de concentrarse totalmente en el mástil, con la mirada muerta y la lengua perdida. Y esa primera danza que juntos trenzaron, sin que sepamos ni dónde ni cómo, de cuya turbación sabe todo el mundo, ese trajín doméstico del palo mayor levantó por el mundo de las letras un vendaval tan fuerte como la tempestuosa ola de Hernani, pues los hombres de letras son fútiles. No cabe, empero, duda alguna de que acontecimiento tal, ya fuera tempestad o brisa, oreó los escritos de Arthur Rimbaud y les resultó beneficioso: pues el joven había estado muy hambriento de esa danza, de la flor de ese ojo, que quizá andaba buscando por las inmediaciones de Charleroi el verano anterior, y, al no encontrarla, para engañar el hambre y convocarla, fue dejando caer piedrecitas por el sendero: cierto es que las piedrecitas resultan muy gratas, pero no le bastan a una Obra que es de la raza de los ogros; y si la longitud de la varilla no da cabida también, además de a la bonita muchacha y la posada verde, además de a la Wanderlust bajo el frufrú de las estrellas, si la varilla no da cabida también a la sombría, la ridícula flor del ojo moreno, es que la aleación de la varilla es mala, y se doblará, como se doblaba en manos de Banville.

Dicen que ese amor se les metió en el alma y acabó mal, como suele suceder cuando se mete el amor en el alma; dicen también que, al tocar todos los palillos e interpretar todos los papeles, el de amante, el de compadre, el de poeta, sacaron de quicio a la esposa, a la auténtica, a la de Verlaine, con las mil tretas arteras que dicta el ajenjo; pues eran unos bromistas; pulsaron cuanto pudieron la cantarela del destino poético, esa misma que, en resumidas cuentas, tanto pulsó Baudelaire hasta que se atascó en el famoso me cago en diela; hay quien piensa que, de los dos, era Rimbaud el que más la pulsaba; y la esposa tenía a su favor la ya antigua cantarela de Eva, que no tolera que le vengan con esas coplas: de forma tal que las vomitonas órficas a cuatro patas a las cuatro de la mañana en las escaleras conyugales dieron pie a la ya antigua penitencia conyugal, y la mujercita de Verlaine lo puso de patitas en la calle. Cuentan que los dos poetas, expulsados de aquel paraíso conyugal, tras muchas vueltas y revueltas y muchas evasivas de borracho en casa de Cros, en casa de Banville, en el Hotel de los Forasteros, donde paraban los miembros del grupo de los Zutistes, tomaron el camino del Este y se fueron a otra parte con la música de aquella danza luminosa, brincadora, sin que ésta decayera, por más que la agusanase el vermiforme verso del sentimiento; y que, primero en Bruselas y luego en Londres, quizá para recuperar el puro fulgor anterior al sentimiento, cortejaron con ahínco aún más feroz al hada verde, el ajenjo, y también el oro intenso del whisky y la cerveza inglesa y el cieno de la cerveza negra; y que entonces, al fondo de esos pubs, se los veía enfrentados, cantarela contra cantarela, con la cara encendida y la nota atascada; y, por supuesto, en otras ocasiones, se inclinaban, frente a frente, aplicados y formales, sobre un mismo escritorio de poeta de Londres, en la ciudad de Londres, negra y destripadora, como la mismísima boca de Baal o las letrinas de Baal, encima de cuya cortina de humo está subido, sentado a lo moro, el Capital, en flagrante delito subido, pues corrían a la sazón los tan añorados tiempos del capitalismo duro, cuando estaba muy claro quién tenía que apuntar con el fusil y quién tenía que estar en el punto de mira, en qué culata había que hincar el diente, por qué sangre concreta había que pisar; en esa ciudad de Londres de Antiguo Testamento, frente a frente en un escritorio de poeta, quiero creer que uno escribió las Romanzas sin palabras y el otro las Canciones ningunas, a las que, más adelante, puso otro título, y todas esas composiciones llenas eran de gracia, hechas de liviano aire, casi inexistentes, escritas en la boca de Baal, aunque muy por encima de Baal y del cieno de la cerveza negra; pues a la sazón pulsaban como es debido la cantarela, sólo para sí y también para los muertos; y, cuando amainaba el canto, ante ese escritorio se gastaban bromas, se envidiaban, se perdonaban. O se recitaban esas composiciones aéreas, uno de pie, sentado el otro, igual que en Saint-Cyr las muchachas ante el rey; y el que estaba sentado sentía pasar la gracia y la fuerza y la elevada retórica; y ninguno de los dos sabía que nunca más tendrían un público así, un escenario así. Pero cuando la composición hecha de aire ya había salido volando, ellos, que allí seguían (así es al menos como lo veían ellos, el vuelo remontado del poema y el desmoronamiento de los cuerpos, pues sus almas seguían vistiendo subrepticiamente el chaleco rojo), ellos, que allí seguían, se ponían la hopalanda y se metían arrojadamente en la boca de Baal, que es también sus letrinas, y al fondo de un pub se enfangaban en unas jarras de cerveza negra. Entre esa pez de Antiguo Testamento, sus devotos consiguen diferenciarlos sin dificultad y atribuir fácilmente a cada cual lo suyo: aquí, el vidente, el innovador; y acá, el infeliz apegado a las lunas viejas; aquí, el hijo del sol, que camina en cabeza, y, a la cola, el tropezador, hijo de la luna; los devotos tienen el don de videncia; yo, en cambio, no veo nada: los rasgos de ambos se confunden en el smog de Babilonia. ¿Quién tiene barba y quién cara de pocos amigos? Está demasiado oscuro para saber quién es la virgen loca y quién la esposa infernal: en ambos hay igual violencia bajo los chalecos igualmente negros. Son dos destripadores, tal para cual, que se abren paso hasta el fondo del pub como un cuchillo por la mantequilla; y el cochero que carga con lo que de ellos queda al salir del pub, a las cuatro de la madrugada, los sujeta del brazo, los recoge, los arroja como puede al fondo del carruaje con las hopalandas revueltas; el coachman encaramado allá arriba, que habla a los caballos en la lengua de Babel y se desvanece, lleva un gabán igual. El látigo restalla escondido en la niebla, es posible que Rimbaud, dentro del carruaje, vaya voceando: mierda. Van a la estación, regresan a Europa; pues es sabido que acabaron por tener una bronca por un asunto de arenques; que, tras ese asunto, se marcharon de Babilonia; y que se dejaron caer de nuevo por Bruselas muy trastornados, desencajados, aterrados, y uno de los dos, el del sombrero derby, a las tres de la tarde, con doce o veinte hadas verdes aposentadas en permanencia en el cuerpo y pataleándole dentro desde las ocho de la mañana, fue a las Galerías Saint-Hubert y, aterrado, compró una browning, que no era una browning, sino un revólver, de seis tiros y siete milímetros, de cuya marca no estoy al tanto, y con él le metió cierta cantidad de plomo en el ala al arcángel aterrado. Y helo aquí en la prisión de Mons; da en tierra, y el otro se larga a su Patmos, a Roche, en las Ardenas, cerca de Rilly-aux-Oies. En el tabuco interior, Verlaine yace, muy formal, junto a Izambard. Y, por lo que a Rimbaud y a él se refiere, la danza ha concluido.

Dicen que si se agredieron así fue porque tenían formas de ser idealmente opuestas, como opuestos son el sol y la luna; porque de uno de ellos eran el fulgor del día, la fogosidad del día, la fuerza y las botas de siete leguas, mientras que el otro aspiraba a titilar apenas, a asomar apenas entre unas ramas, a dar en tierra, a huir; porque uno de ellos propiciaba la poesía moderna mientras que el otro se conformaba con las antiguallas, es decir, recurría a la antiquísima y eficaz mezcla de sentimiento y pies forzados que nos hemos acostumbrado a disculpar en Malherbe, en Villon, en Baudelaire, mas no en Verlaine; porque además éste, Verlaine, indeciso y dividido como la luna, no se entregaba con toda el alma, no estaba del todo en Londres y había dejado una parte de sí mismo en París, desde donde su mujercita le escribía cartas y pulsaba con tino la cantarela de Eva. Formas de ser tan dispares tienen que ser artificiales por fuerza, las hemos pulido sentados ante nuestros escritorios de poetas.

Dicen también, para explicar lo de los arenques y el revólver de seis tiros, que los había minado aquel desenfreno de todos los sentidos en el que, sin andarse con rodeos, ponían ambos gran empeño, pues vestían subrepticiamente el chaleco rojo; y en ese desenfreno pusieron gran empeño; no consiguieron hallar en él la condición de videntes y buscaron la videncia en la borrachera pura, que tanto se le parece; y no nos extraña nada que diez meses de cogorzas compartidas convirtieran a dos jóvenes impetuosos en esos convulsionarios de Bruselas el día en que en el caldero de la cerveza negra salió a flote como una flor la boca del revólver de seis tiros. No me creo esa explicación tan vista que afirma que Rimbaud, consciente de su genialidad, como solemos decir con el bonete de seda encasquetado, despreciaba a Verlaine, despreciaba la poesía de Verlaine y le echó en cara que careciese de genialidad; pues Verlaine tenía genialidad; y Rimbaud, aunque destrozado e incurable, era moderno de forma menos absolutista que nosotros. Pero ya he dicho que opino que sus respectivas cantarelas se desgastaban de tanto oponerse: esa cuerda pequeña que ambos poseían, la cantarela órfica, la del destino poético sin par, desmedido, que Baudelaire les enseñó a tocar a ambos, y que se atasca con tanta facilidad, esa que pulsaban cuanto podían, con la que hay que tocar para sí, convencerse a sí mismo, y no se puede pulsar mucho rato si hay otra cantarela chirriando cerca. Por la sencilla razón de que era imposible que, en una única habitación de Camden Town, dos fueran al tiempo el verso en persona. Es algo que dos seres vivos no pueden compartir, una de las dos cantarelas tiene por fuerza que romperse.

Y hete aquí que Rimbaud la pulsaba con más brío.

Rimbaud tocaba con mayor vehemencia, apostaba más fuerte. Ansiaba ser la poesía en persona con mayor intensidad que Verlaine, es decir, excluyendo a todos los demás: pues sólo cumpliendo esa condición podía tener la esperanza de calmar a la vieja que llevaba en el pozo interior, permitirle que descansara un poco, olvidada al fin de los dedos negros, dejando la mano abierta, dejando de manipular, adquiriendo ese mimo que hay siempre en la carne dormida. La vieja de dentro, para consolarse y adormecerse, precisaba que el hijo fuera el mejor, que es como decir el único, y no tuviera maestro alguno. De esto tengo la seguridad: Rimbaud rechazaba y aborrecía a todo maestro, y no tanto porque quería y creía serlo él cuanto porque su propio maestro, es decir, el del hada mala, el Capitán, lejano al igual que el zar y difícilmente concebible al igual que Dios, y soberano aún en mayor grado, al igual que ellos, por el hecho de vivir recluido tras unos kremlins, tras unas nubes, ese maestro suyo de toda la vida era una efigie fantasmal que inefablemente emanaba de las cornetas fantasmales de guarniciones remotas, una efigie perfecta, fuera del alcance de cualquiera, infalible y muda, postulada, cuyo Reino no era de este mundo; y el haberlo visto aparecer en este mundo ni tan siquiera como aparición sino como amago de ella, apariencia de ella, sombra proyectada, lugarteniente, encarnación venida a menos que trasegaba cerveza negra por entre las barbas y escribía versos hermosos, sacaba de quicio a Rimbaud, lo despojaba; y es muy probable que se enrabietase, en el colmo de la indignación y sin saber por qué, igual que un fariseo a quien el Dios opaco de las Tablas selladas inflige la injuria de manifestarse con absoluta claridad en el piojoso de Nazaret. Verlaine se secaba la barba húmeda de cerveza negra y miraba, risueño, a aquel muchachote al que tanto quería; y éste, indignado, escupía en el suelo, daba media vuelta y salía con un portazo. A ese rechazo de un maestro visible se lo llama, en el caso de Rimbaud, rebeldía, rebeldía juvenil, pero es algo muy antiguo, como la antigua serpiente en el antiguo manzano, como la lengua que hablamos. Está en la lengua que dice yo, cuando esa lengua se remonta por encima de todas las criaturas visibles y no se digna dirigirse sino a Dios. Y el desventurado Verlaine, ese ser superlativo que resultaba, con su barba y sus bromas, de lo más manifiesto, que tenía veintisiete años, era poeta de Escuela y auspiciado por las Escuelas, que conocía al Viejo del chaleco rojo y estaba en posesión de cartas suyas, que manejaba la retórica de arte mayor con mucha más soltura que un chiquillo de dieciocho años, Verlaine, a pesar suyo, tenía a la fuerza que resultar decano, y regio por más que llevase la corona torcida, maestro a medias: y no quedaba más remedio que abatirlo para conseguir ser Rimbaud del todo, que desbaratar ese verso, forzosamente imperfecto porque otros también lo usaban, que pulsar con fuerza, apostando fuerte por ella, la cuerda pequeña de las prosas no mensurables y pudrirse prolongadamente en el Cuerno inútil de África, entre tribus sin violines, allí donde no hay más maestros que el desierto, la sed, la Suerte, soberanos todos ellos poco manifiestos y enterrados en la arena como esfinges, pero soberanos empero, capitanes, susurrando inefables zafarranchos entre el viento que sopla sobre las dunas, las cornetas fantasmales del viento. Así pues, de camino hacia ese desierto, abatió a Verlaine; a Verlaine que, no obstante, no era Izambard, que lo miraba todo cara a cara, que sabía que el hada mala de los combates danza en el corazón de la lengua y no sólo en Sedan o en el Capital, antiguas lunas; y que, pese a saberlo, quizá precisamente porque lo sabía, fue a toda prisa a las Galerías Saint-Hubert y volvió con un revólver de seis tiros para abatir a la lengua en persona, para ser maestro y amo suyo, disparó dos veces contra la lengua, que lo estaba mirando con ojos de niño, enfurruñados, claros, soberanos, sabiendo pese a todo, antes incluso de apretar el gatillo, que no se puede abatir a la lengua, es imposible cargársela, porque el tiro rebota y se vuelve hacia el que lo disparó. Y, tras ese rebote, dio en tierra con un rosario en las manos.


Ya no me escuchas, te has puesto a hojear la Vulgata. ¡Qué razón tienes! Todo está ahí: las pasiones y los hombres, la poesía aérea y las cogorzas plúmbeas, la rebeldía de altos vuelos, los mezquinos arenques, e incluso el rosario en las manos de Verlaine, al que Rimbaud aludió así: un rosario en las zarpas. Y la luminosa danza con la que todo empezó, esa que bailaron tras las contraventanas de septiembre, también está ahí. Pero, con gran delicadeza, la Vulgata, en lo referido a este asunto, insinúa y calla.

Es la Vulgata, nunca mejor dicho; no tiene ni un fallo. No da pie a polémica alguna. Pero polémica hay, no obstante, respecto al capítulo ese de la danza: que si a Rimbaud sólo le gustaban los hombres o si le daba igual un sexo que otro con tal de que la cosa resultara pasional; que si lo que quería era abrazar por fin la sombra del Capitán o la desdichada carne de Vitalie Cuif. Nada se sabe. Y lo más seguro es que, desde el punto de vista de ese gran sofisma mágico de doce pies que quiso morir en Londres, estuvo a punto de desbaratarse, se rehízo y, en vaivén tal, late igual que un corazón, lo más seguro es que desde el punto de vista de la poesía semejante polémica sea vana.

La Vulgata no tiene fallos, y en ningún momento es tan intachable como al referirse a esa temporada de Londres y Bruselas, la de los desvalidos amores y el revólver de seis tiros; pero no refiere cómo en esos pocos meses Rimbaud, que tenía diecisiete años, envejeció en lo tocante al verso, tanto como si en Londres hubiese escrito de un plumazo La leyenda de los siglos, que no estaba rematada, Las flores del mal, que ya lo estaban, y una Divina Comedia que hubiera podido nacer de los tiempos del capitalismo duro, en el noveno círculo, de la pocilga más pocilga, entre las zarpas del Capital en persona. Nada sabemos. De Baal, de los amorosos abrazos, del escritorio de poeta de Camden Town, de eso estamos seguros; y también de otros detalles más mimosos, que nos enternecen: lo jóvenes que eran los dos, su torpeza de cachorro, sus dientes de cachorro; que a uno se le caía el pelo a puñados mientras que el otro lo llevaba más largo que en 1830; lo esperanzados que estaban y ese gusto por las bromas que nunca perdieron pese al martillo pilón de Baal, ni tampoco, mucho más adelante, tras todos los suicidios. Y esas ternezas nos dan pie para no leer la poesía, pues leer no puede nadie, salvo quizá quienes creen en la existencia de una clave cifrada. ¿Y acaso leen más ésos? Somos unos crápulas románticos. No, no leemos, yo tampoco. Lo que hacemos es escribir un poema, cada cual a nuestro aire, con los bonetes de seda calados, como se hacía antaño, dando vueltas a las lucidas tramas de Troya y Grecia. Es nuestro poema, y los poemas de Rimbaud andan escondidos dentro del nuestro, bien recónditos, reservados, como postulados: nuestro poema abulta tanto que, a veces, al abrir ese libro delgado en el que yacen los escritos de Arthur Rimbaud, nos asombramos de que existan. Nos habíamos olvidado de ellos. Volvemos a echarles una ojeada, presurosos, ciegos, medrosos como la hormiguita que, sin importarle nada las líneas, cruza al bies por nuestra página cuando la dejamos en el suelo, a nuestro lado, en el jardín.

En el jardín, echamos una ojeada a esos poemas de 1872. Los soñamos. Pensamos en cómo llegaron a este mundo, en la primera vez, aquella en que una mano de lavandera dio a la luz esas canciones sencillas, como del pueblo, de muchacha del pueblo, donde el antiguo alejandrino tararea que ha de morir y no consigue resignarse a ello, se convierte en dos versos separados de seis pies, pero perdura. Y da la impresión de que también el corazón de Rimbaud se parte en dos: quizá es que ahora ya sabe que no hay Salvación para la poesía, que no hay día de reparto de premios con Dios padre haciendo las veces de subprefecto y la madre de uno, una chiquilla aún, mirando, tan orgullosa, sentada, con el vestido de los domingos, detrás de los macetones del paraíso. Oímos cómo se rompen ambas cosas, el corazón y el verso. Lo que nos llega es el eco de una batalla muy lejana, las derrotas conjuntadas de una infancia de provincias y del alejandrino. El alejandrino ha querido perecer con ese corneta humilde. Están juntos en lo alto del cerro, al caer la tarde tras la batalla. La antigua bandera ha ido hacia las líneas enemigas demasiadas veces, ahora está hecha jirones; el anciano general, que ha perdido ambas piernas, titubea. Y, mientras titubea, le late el corazón, como un redoble; los tambores se alejan; desplomado contra un árbol, recuerda sus batallas, Saint-Cyr, Guernesey, y piensa que ahora toca morir; y es quizá por eso por lo que le pasa rozando esa brisa de infancia, de alborada, bajo unos árboles de verano. Ése es el susurro que suena dentro del breve padrenuestro; y suena bien afinado porque, con el anciano general, es la infancia de Arthur Rimbaud la que muere. Lleva puesta la miniatura de quepis de artillero. Toca la corneta con todas sus fuerzas. Y eso es lo que suena tan bien afinado, lo que lo iguala todo con el mismo rasero, la tarde cayendo tras la batalla y la siguiente alborada, la hormiguita y la Eternidad, el pozo hondo y las estrellas, igual que en los recuerdos de un hombre que va a morir. Ese es el vínculo entre las témporas y los castillos, de la misma forma que, cada día que Dios hace, el tiempo y el espacio se vinculan, se alza junio despreocupadamente sobre una fachada clara, y enseguida ya es diciembre. Está oscuro. Miramos el cometa. Llevamos las manos colgando. En el jardín, dejamos de leer, un soplo de viento pasa por los avellanos de más arriba; de repente sabemos, como si lo contase la brisa, que la muerte del alejandrino no es más trascendental ni más cierta que la Vulgata popular, esa historia un tanto simple de dos jóvenes a los que les rebosa el genio, que se aman y se pegan tiros. Es otra Vulgata, la del alejandrino, no mucho menos bobalicona que la Vulgata de la videncia, que hemos cocido bajo nuestros bonetes de seda, para uso de nuestros iguales. Una Vulgata completamente moderna.

Bajo los avellanos, volvemos a titubear, sin saber ya a qué carta quedarnos; damos de lado la letra, cerramos el librito, regresamos a la carne del poeta de la que nada sabremos; no veremos esa mano de lavandera sin misterio, ni videncia, ni código cifrado, tan sencilla, que acomoda en una única línea las témporas y los castillos; ni la ardorosa paciencia y, de pronto, el chasquido de arranque, la exultante certidumbre de la mano que escribe, que deja blancos donde es menester, añade una breve línea, otra, con certidumbre se detiene; no sabremos si es Dios o Baal quien mueve esa mano, y rezamos para que no sea Baal. Si en ese preciso instante, a la sombra de los avellanos, nos fuera dado ver aquella mano como la vio Verlaine, y, algo más arriba, superponiéndose gradualmente a las frondas, aquella cara de pocos amigos, aquel pelo revuelto, si la boca dijese mierda, si, más probablemente, dijese: lee, tendiéndonos un poema con cara pordiosera, enfurruñada, soberana, si leyéramos mientras nos mira, sólo sabríamos lo que es lícito saber en esta tierra, lo que sabe la hormiga que, indiferente a las líneas, sigue su camino presuroso por mi página, muda como el jardín.



En Rimbaud el hijo
Título Original: Rimbaud le fils
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Barcelona, Anagrama, 2001 
Foto: Sophie Bassouls/Corbis