Ernest Hemingway - Ezra Pound y su bel esprit

6 feb 2019

Ernest Hemingway - Ezra Pound y su bel esprit



Ernest Hemingway - Ezra Pound y el Bel Esprit


Ezra Pound se portó siempre como un buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer favores a todo el mundo. El estudio donde vivía con su esposa Dorothy, en la rué Notre-Dame-des-Champs, tenía tanto de pobre como tenía de rico el estudio de Gertrude Stein. El de Ezra sólo tenía mucha luz y una estufa para calentarlo, y había pinturas de artistas japoneses amigos suyos. Eran todos nobles en su país de origen, y llevaban el pelo muy largo. Era un pelo de un negro muy brillante, que basculaba adelante cuando hacían sus reverencias, y a mí me impresionaban todos mucho, pero no me gustaban sus pinturas. No las comprendía, pero no encerraban ningún misterio, y en cuanto llegué a comprenderlas me importaron un comino. Lo lamentaba muy sinceramente, pero no pude hacer nada por remediarlo.

Los cuadros de Dorothy sí que me gustaban mucho, y Dorothy me parecía muy hermosa, con un tipo maravilloso. También me gustaba el busto de Ezra que hizo Gaudier-Brzeska, y me gustaron todas las fotos de obras de este escultor que Ezra me enseñó, y que estaban en el libro del propio Ezra sobre él. A Ezra también le gustaba la pintura de Picabia, pero a mí me parecía entonces que no valía nada.

Tampoco me gustaba nada la pintura de Wyndham Lewis, que a Ezra le entusiasmaba. Siempre le gustaban las obras de sus amigos, lo cual está muy bien como prueba de lealtad, pero puede ser un desastre a la hora de dar juicios. Nunca discutíamos sobre cosas de éstas, porque yo guardaba la boca callada cuando algo no me gustaba. Si a una persona le gustaban las pinturas o los escritos de sus amigos, yo lo miraba como algo parecido a lo de la gente que quiere a su familia, y es descortés criticársela. A veces, uno puede pasar mucho tiempo antes de tomar una actitud crítica ante su propia familia, la de sangre o la política, pero todavía es más fácil ir tirando con los malos pintores, porque nunca cometen maldades horribles ni le destrozan a uno en lo más íntimo, como son capaces de hacer las familias. Con los pintores malos, basta con no mirarles. Pero incluso cuando uno ha aprendido a no mirar a las familias ni escucharlas ni contestar a las cartas, la familia encuentra algún modo de hacerse peligrosa. Ezra era más bueno que yo, y miraba más cristianamente a la gente. Lo que él escribía era tan perfecto cuando se le daba bien, y él era tan sincero en sus errores y estaba tan enamorado de sus teorías falsas, y era tan cariñoso con la gente, que yo le consideré siempre como una especie de santo. Claro que también era iracundo, pero acaso lo han sido muchos santos.

Ezra quiso que yo le enseñara a boxear, y un día que le daba una lección en su estudio, a última hora de la tarde, conocí allí a Wyndham Lcwis. Ezra boxeaba desde muy poco tiempo, y me avergonzaba que se mostrara torpe ante un amigo suyo, y procuré que diera la mejor impresión posible. Pero no podía darla muy buena, porque la práctica de la esgrima le había resabiado, y yo estaba todavía intentando lograr que concentrara su boxeo en la mano izquierda y guardara el pie izquierdo adelantado, y que cuando tuviera que adelantar el pie derecho lo hiciera paralelamente al izquierdo. O sea que estábamos todavía en lo básico. No llegaba nunca a enseñarle cómo se dispara un gancho de izquierda, y en cuanto a enseñarle el hábito de retirar su derecha, eso lo reservaba para el futuro.

Wyndham Lewis llevaba un sombrero negro de alas anchas, como un personaje del barrio, y se vestía como un cantante en La Bohème. Su cara me recordaba la de una rana, y ni siquiera de una rana toro sino de una rana cualquiera, y París era una charca que le venía ancha. Por aquellos tiempos, pensábamos que un escritor o un pintor puede llevar cualquier vestimenta de la que sea poseedor, y que no hay uniforme oficial para el artista; pero Lewis llevaba el uniforme de un artista de antes de la guerra. Daba grima mirarle, pero él nos observaba muy engreído, mientras yo; esquivaba las izquierdas de Ezra o las bloqueaba en la palma de mi guante derecho.

Quise dejarlo, pero Lewis insistió para que continuáramos, y me di cuenta de que, como no comprendía nada de lo que hacíamos, estaba al acecho, en la esperanza de que Ezra recibiera daño. Nada ocurrió. No contraataqué nunca, y mantuve a Ezra persiguiéndome, con su izquierda adelantada, pero lanzando de vez en cuando una derecha, y al fin dije que ya estaba bien por aquel día, y me lavé en una palangana, me sequé con una toalla y me puse mi chandail.

Nos servimos algo de beber, y yo escuché mientras Ezra y Lewis hablaban, haciendo comentarios sobre gentes que vivían en Londres o en París. Observé a Lewis con cuidado, pero fingiendo no mirarle, como hace uno cuando boxea, y creo que nunca he conocido a un hombre tan repelente. Ciertas personas traslucen el mal, como un gran caballo de carreras trasluce su nobleza de sangre. Tienen la dignidad de un chancro canceroso. Pero Lewis no traslucía el mal; sólo resultaba repelente.

Caminando de vuelta a casa, intenté enumerar las cosas en que Lewis me hacía pensar, y encontré varias cosas. Pero eran todas de orden médico, excepto el sudor de pies. Quise descomponer su cara en sus distintas facciones e írmelas describiendo, pero sólo recordé los ojos. Debajo del sombrero negro, en el primer instante en que le vi, me parecieron los ojos de un violador fracasado.

—Hoy he conocido al hombre más repelente con quien me he encontrado nunca — dije a mi mujer.

—Por favor, Tatie, no me hables de él —contestó—. No me digas nada. Estamos a punto de comer.

Cosa de una semana más tarde, hablé con Miss Stein y le dije que había conocido a Wyndham Lewis, y le pregunté si ella le conocía.

—Yo le llamo «la Tenia Métrica» —me dijo—. Llega de Londres y ve un buen cuadro, y se saca un lápiz del bolsillo y se pone a medir los detalles del cuadro, y dale de tomar medidas con el pulgar en el lápiz. Y toma sus vistas y sus medidas y apunta exactamente cómo está hecho. Luego se vuelve a Londres y rehace el cuadro, y no le sale. No se ha dado ni cuenta de por dónde va la cosa.

De modo que me acostumbré a pensar en él como la Tenia Métrica. Un término más amable y más provisto de piedad cristiana que cualquiera de los que yo mismo había inventado para designarle. Más tarde, hice lo posible por apreciarle y mostrarme amistoso con él, como hice con todos los amigos de Ezra cuando él me los explicaba. Pero aquella impresión tuve, el día que le conocí en el estudio de Ezra.

Ezra era el escritor más generoso y más desinteresado que nunca he conocido. Corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio tanto si tenía fe como si no. Se preocupaba por todo el mundo, y en los primeros tiempos de nuestra amistad la persona que más le preocupaba era T. S. Eliot, quien, según me dijo Ezra, tenía que estar empleado en un banco en Londres, y, por consiguiente, no disponía de tiempo ni seguía un horario apropiado para dar un buen rendimiento poético.

Ezra fundó una institución llamada Bel Esprit, asociándose con Miss Natalie Barney, que era una americana rica, protectora de las artes. Miss Barney había sido amiga de Rémy de Gourmont (eso fue antes de mis tiempos), y tenía en su casa un salón donde recibía en cierto día de la semana, y en su jardín un templete griego. Muchas mujeres, americanas y francesas, provistas de dinero suficiente, tenían sus salones, y comprendí pronto que eran unos lugares excelentes para que yo me guardara de poner en ellos los pies. Pero creo que Miss Barney era la única con un templete griego en su jardín.

Ezra me mostró el folleto anunciador del Bel Esprit, y Miss Barney le había permitido usar una viñeta del templete griego para la portada. La concepción encarnada en el Bel Esprit era la de que cada cual aportaría una parte de sus ingresos, y entre todos constituiríamos un fondo con el que sacaríamos a Mr. Eliot de su banco, y él tendría dinero para escribir poesía. A mí me pareció una buena idea, y una vez que tuviéramos a Mr. Eliot fuera de su banco, Ezra calculó que la cosa progresaría en línea recta y labraríamos un porvenir para todo el mundo.

Yo metí un poco de claroscuro en la cosa al referirme siempre a Eliot bajo el titulo de Comandante Eliot, fingiendo le confundía con el Comandante Douglas, un economista cuyas ideas entusiasmaron grandemente a Ezra. Pero Ezra comprendió que a pesar de todo mi corazón latía como los buenos y que yo estaba imbuido de Bel Esprit, por mucho que a Ezra le irritara oírme solicitar de mis amigos fondos para sacar al Comandante Eliot del banco, y oír a alguien replicar que qué diablos estaba haciendo un comandante en un banco, y que si le habían dado el retiro, no se comprendía que no tuviera una pensión, o que por lo menos no hubiera recibido una indemnización al retirarse.

En casos tales, yo explicaba a mis amigos que todo aquello no venía a cuento. Uno estaba dotado de Bel Esprit o no lo estaba. Si tienes Bel Esprit, contribuirás para que el Comandante salga del banco. Si no lo tienes peor para ti. ¿Comprendes por lo menos el significado del templete griego? ¿No? Ya me parecía a mi. Adiós, muy buenas. Te metes tu dinero donde te convenga. No lo aceptamos aunque nos lo implores de rodillas.

Mi actividad como agente del Bel Esprit fue muy enérgica, y por entonces mis sueños más felices eran aquellos en que veía al Comandante salir a grandes zancadas por la puerta del banco, transformado en hombre libre. No logro acordarme de cómo se cascó por fin el Bel Esprit, pero me parece que tiene alguna relación con el hecho de que el Comandante publicó The Waste Land y el poema ganó el premio del Dial, y poco después una dama con título financió para Eliot una revista llamada The Criterion, y ni Ezra ni yo tuvimos que preocuparnos más por él. Creo que el templete se encuentra todavía en su jardín. Para mí fue una decepción eso de que no hubiéramos logrado sacar al Comandante de su banco mediante la operación única del Bel Esprit, según yo lo visualizaba en mis sueños, con lo que tal vez se hubiera venido a vivir en el templete griego, por donde podríamos dejarnos caer de vez en cuando, Ezra y yo, a coronarle de laurel. Yo conocía un lugar donde había laureles muy hermosos, y yo hubiera podido ir a cortar unas ramas y traerlas en bicicleta, y hubiéramos podido coronarle cada vez que se sintiera solo, o cada vez que a Ezra le fuera dable revisar los manuscritos o las pruebas de otro poema tan grande como The Waste Land. Para mí, la empresa aquella resultó moralmenle perniciosa, como han resultado tantas otras cosas, porque me metí en el bolsillo el dinero que había destinado a sacar al Comandante del banco, y me lo llevé a Enghien y lo aposté en caballos que saltaban bajo la influencia de estimulantes. En dos reuniones hípicas, los estimulados caballos por los que yo apostaba dejaron atrás a los animales sin estimulo o con estímulo insuficiente, salvo en una carrera en la que nuestro angelito querido se estimuló hasta tal punto que antes de la salida arrojó a su jockey al suelo y se escapó, y dio una vuelta entera al circuito del steeplechase, saltando hermosamente en su soledad, tal como uno salta a veces en sueños. Cuando lo cazaron y lo volvieron a montar, arrancó en cabeza y, como dicen los franceses, hizo una carrera honrosa, pero el dinero fue para otro.

Me hubiera sentido más dichoso si el dinero de la apuesta hubiera ido a parar al Bel Esprit, que había dejado de existir. Pero me consolé pensando que, con las apuestas acertadas, hubiera podido contribuir al Bel Esprit con una suma mucho mayor que mi primera intención.


En París era una fiesta