29 de may. de 2007

Guillermo Cabrera Infante - Capa, hijo de Caissa

1 comentario :

“¿A dónde vas tan de prisa?” “Al café de Flore. Echan una partida Céline y Henry Miller” “¡Eah! Escritores menores” “Pero es que juegan contra Capablanca” “¿A qué esperamos?”


La primera vez que vi a Capablanca fue la última. Mi madre me llevó a verlo. Mi madre, tengoque decirlo, no tenía idea de lo que era el ajedrez pero sí sabía quién era Capablanca. Una tarde casi a primera noche nos arrastró a mi hermano y a mí a ver a Capablanca. Salimos después de comer y llegamos a nuestro destino, el Capitolio Nacional, cuando casi era de noche. El enorme edificio blanco estaba iluminado para una fiesta, a la que íbamos. Subimos la alta, ancha escalinata de granito hasta el salón de los Pasos Perdidos (buen nombre, lástima que fuera prestado) y allí en medio estaba Capablanca en su posición de eminente jugador de ajedrez que ha sufrido un jaque mate. Cuando nos acercamos, con reverencia, pude ver todo lo que se podía ver de Capablanca: sólo su rostro. Estaba terriblemente pálido, gris más bien y en la nariz y en los oídos tenía torpes tapones de algodón. Capablanca se veía inmóvil y sin edad: estaba muerto, era evidente, aunque era un inmortal.

El catafalco, palabra nueva, quedaba justo encima del diamante en el centro del enorme salóndonde se perdían nuestros pasos. En medio del medio, central, estaba el diamante, protegido por un grueso cristal que aseguraba su posesión y al mismo tiempo aumentaba su tamaño y su valor. El diamante aparecía como muchas mujeres, a la vez atractivo e inaccesible. Era, lo han adivinado, una versión cubana del colosal Kohinoor que Raffles, sus manos de seda nunca sobre la piedra trunca, soñó con robar. El diamante, además, no sólo era una piedra preciosa sino un mojón miliar: marcaba el kilómetro cero de la carretera central, por orden del general Gerardo Machado, tirano de turno. Ahora, joya sobre joya, el ataúd en que descansaba Capablanca, su estuche, se posaba, pesado, con su carga preciosa sobre el duro diamante popular y la acumulación de riquezas era casi insoportable para un niño que trataba de comprender qué significaba tanta veneración. Mi madre, una loca por la cultura, dijo definitiva: “Es una gloria de Cuba”. No dijo fue sino es. Capablanca es. La vida de Capablanca comienza donde empieza el ajedrez.

Su juego es su vida.

Jugadores de ajedrez, ¡apártense!

José Raúl Capablanca y Graupera nació en La Habana el 18 de noviembre de 1888, hijo de un militar español y de una dama catalana. Acaban de cumplirse pues cien años de su nacimiento. Como dijo el gran Golombek: “Todo en Capablanca fue legendario, excepto que por supuesto se sabe que nació”. Según cuenta la leyenda, a los cuatro años Capa (su apodo favorito) se burló de su padre que jugaba al ajedrez porque hizo uso ilegal de un caballo. No se refería Capita a un “animal solípedo que se domestica con facilidad y es útil al hombre” (y a veces a la mujer también, aunque el Real Diccionario de la Real Academia no lo especifica), sino a la pieza de ajedrez que se llama caballero (knight) en inglés y saltarín (Springer) en alemán. Nunca nadie dio lecciones de ajedrez al precoz jugador.

La versión de Capablanca: “No tenía cinco años todavía cuando, por accidente, entré a la oficina de mi padre y lo encontré jugando con otra persona. No había visto nunca un juego de ajedrez: las piezas me interesaron y al día siguiente volví a verlos jugar. Al tercer día, mientras miraba, mi padre, muy pobre en las aperturas, movió un caballo de un escaque blanco a otro del mismo color. Aparentemente su oponente, que no era mejor, no se dio cuenta. Mi padre ganó y yo le dije que era un tramposo y me reí de él. Después de un regaño casi me sacó de la habitación, pero le pude mostrar lo que había hecho. Mi padre me preguntó qué sabía yo de ajedrez. Le contesté que lo suficiente para derrotarlo: me dijo que era imposible, considerando que ni siquiera sabía colocar las piezas. Probamos con las conclusiones y yo gané. Así empecé”.

Capablanca, padre, entre otros, se quedó mudo de asombro y luego clamoroso de entusiasmo. Pepito, así lo llamaba su madre, derrotó a su padre, primero, a los amigos de su padre después y, aunque se le prohibió que jugara en público, a los once años derrotó al futuro campeón de Cuba, Juan Corzo, que en un curso es recurso aparece en todas las historias de ajedrez sin haber ganado sino perdido. “Capa bate a Corzo” es, en efecto, una de las partidas más memorables completadas por un niño prodigio y los dos, como Napoleón y Wellington, hicieron historia al ganar y al ser derrotados.

Capablanca fue un sobreviviente desde niño: otro hermano murió muy joven. La trama que quiere que el ajedrez tenga una motivación edípica (advenedizo mata al rey) queda aquí coja. Fue el hermano mayor muerto el que debió retar al padre. Capablanca deviene un Edipolipo. La teoría freudiana que explica el ajedrez en términos del complejo de Edípo (que no es, Edipo Rey, más que una obra de teatro griega con poco público) siempre me ha parecido freudulenta. Sin embargo es cierto que Capablanca aprendió solo a jugar ajedrez sólo para vencer a su padre —y Jo ha conseguido. El verdadero Capablanca, el viejo, ha sido obliterado hasta el olvido. Cuando se dice Capablanca todos pensamos en el jugador al que se conocía como la “máquina de jugar ajedrez”.

Cuatro meses después de derrotar a Corzo, que era ahora campeón nacional, Capablanca participa en el primer campeonato cubano y queda en cuarto lugar. Corzo alienta a Capa para que se haga jugador profesional, pero papá dice que no. Corzo sin embargo vive lo suficiente para ver a Capablanca coronado campeón internacional del juego de los reyes y los peones, y muere sólo cuatro años antes que Capa. Un industrial cubano (ya en Cuba republicana) se ofrece a costear la educación del joven maestro. Capablanca se enrola en la Universidad de Columbia que queda, afortunadamente para él, en Nueva York, donde también está el Club de Ajedrez de Manhattan. Allí pasa Capa el tiempo que le dejan libre las muchachas de Manhattan.

En el Club de Ajedrez es donde el prodigio que se hizo amateur en Nueva York fue profesional: Capablanca from Havana. Aquí fue donde Capablanca se llamó Capa, nombre que le divertía porque era más corto que el propio y lo hacía, como jugador, el igual del personaje de Chaucer que sonreía pero llevaba una daga bajo la capa. Capa tenía debajo un alfil o su pieza preferida, el peón envenenado. Aquí jugó cientos de juegos con los principales jugadores de Nueva York. Fue aquí donde jugó también contra Lasker, Mr. Emanuel, el campeón mundial de origen alemán de origen judío y a quien muchos señalan como el mejor jugador de todos los tiempos —un poco por debajo de Capablanca. El trío del terror está compuesto de hecho por Capablanca, Lasker y Paul Morphy (18371884), el sureño que temía tener sangre negra: una tragedia americana. Fischer pudo haber completado la tríada, pero su brillante triunfo sobre Boris Spassky en Reikiavik en 1972 quedó borrado por su demencia juvenil de la que nunca sanó. Fischer, fanático anticomunista, es curioso, no padecía del complejo de Edipo: jugaba, literalmente, contra su madre que era tan comunista que la llamaban la Reina Roja.

En el Club de Ajedrez de Manhattan, Capablanca intimó con uno de los grandes jugadores americanos, Frank Marshall, a quien derrotaría decisivamente en 1909. Capablanca tenía veintiún años, Marshall treinta y tres. Marshall relata la ocasión en que un muy aburrido Capablanca, jugando en su contra, cabeceó más de una vez. Con un sentido del humor muchas veces ausente del tablero, contó Marshall: “Cometí el peor movimiento del juego: desperté a Capablanca”. Capa ejecutó un jaque mate fulminante.

Capablanca se hizo un maestro del zugzwang que es mejor que maestro del zen. El zugzwang indica en alemán la posición en que el jugador obtiene un resultado peor (Pace Marshall) si le toca mover una pieza que si no le toca. Capa, el bien parecido, el elegante, el urbano se sonreía observando la cara de su contrincante cuando producía Jo que parecía un zigzag y era un zugzwang.

Hubo un jugador llamado Johann Hermann Zukertort que se enfurecía cuando le traducían su apellido. Todos le llamaban Torta de Azúcar, Capa no se molestaba cuando en Nueva York, cosas de colegiales, lo llamaban Wbite Cloak. Era, claro, el disfraz del lobo cuando visitaba a Caperucita en invierno. Pero cuando empezaba a funcionar el mudo motor de sus células grises, lo comparaban con la eficiencia silente de un Rolls Royce en marcha.

En sus días de estudiante (no de ajedrez, que nació sabiéndolo; por eso le llamaron el “Mozart del ajedrez”) Capablanca jugaría más de una vez con Lasker. Ninguno de los dos sabía que Capablanca arrebataría a Lasker la reina y la corona. En el ajedrez no se intuye sino se sabe, como en una ciencia exacta, qué va a ocurrir muchas movidas más tarde. El ajedrez es un juego autista. Lo saben los espectadores sentados frente a la doble muralla invisible. Lo saben los jugadores encastillados en la defensa y la ofensa. Círculos concéntricos del ejercicio mental hecho juego, muchas veces la partida termina en el jaque de la locura. Al juego de Bobby Fischer, el único candidato a la corona eterna de Capablanca, lo han llamado “maniobras lunáticas”. Fischer nunca estuvo Joco, ni siquiera ahora en que se ha convertido en Ja Greta Garbo del juego. Pero hay casos de genuina locura.

Como la paranoia patética de Paul Morphy, que fue el primer campeón moderno, cuyos paseos solitarios y sombríos tenían por escenario la vieja Nueva Orleáns que lo vio nacer. Morphy fue un apestado social en Inglaterra y celebrado en Francia. En París le ganó al duque de Brunswick jugando junto con el conde Vauvenargues en el palco del duque en la ópera, en el intermedio de la puesta en escena de El barbero de Sevilla. Fígaro aquí, Fígaro allá.

Capablanca jugaba con tal velocidad que en el famoso torneo por el campeonato, celebrado en La Habana, Lasker, su oponente, se quejó de que el reloj Timer de Capablanca había sido arreglado por los cubanos para que corriera más lento. Pero durante el torneo Capablanca perdió siete kilos. Capablanca solía decir: “Hubo un momento en mi vida en que estuve muy cerca de creer que no podía perder un juego”. Lasker, siempre generoso, cuando Capablanca entró en el torneo de Nueva York de 1924, declaró: “Capablanca podía descansar en un récord que nadie había conseguido nunca ni nadie igualará después. En diez años había jugado noventa y nueve torneos y juegos decisivos y ¡perdido sólo un juego!”

Como los apaches según Miguel Inclán, Capablanca era un hombre orgulloso. Cuando estaba a punto de perder un juego contra Marshall en La Habana en 1913, partida sin importancia, hizo que el alcalde de la ciudad en que nació vaciara el salón de juego antes de admitir la derrota. Sin embargo, cuando perdió tan extraña y sorpresivamente contra Alejin en Buenos Aires en 1927, se asegura que la noche del juego decisivo estuvo bailando tango tras tango con una belleza local. (A Capablanca, como a Borges, le gustaban las argentinas.) Dice Alexander Coburn, comentarista inglés: “Uno de los aspectos más interesantes de la personalidad de Capablanca es que, como a ningún maestro antes, le interesaban mucho las mujeres”.

Es verdad. Capa, hijo de Caissa (Caissa es la diosa del ajedrez y su musa no sumisa), estaba más interesado en el juego con las mujeres que en el ajedrez. En un torneo celebrado en Londres, antes de perder el campeonato, fue convidado con Alejin, que entonces posaba de ser su mejor amigo, al music hall que adornaban las famosas Bluebell Girls (todas altas, todas rubias, todas piernas) y todo el tiempo que duró el espectáculo, Alejin no dejó de consultar su ajedrez de bolsillo, mientras Capablanca era todo ojos al escenario. ¡Cuidado con la dama! Es la pieza más peligrosa del juego.

Al ser preguntado por el sexo, propio o ajeno, Bobby Fischer respondió: “Prefiero jugar al ajedrez”. A Alejin, por su parte, no le interesaba más que estudiar a Capablanca, su juego, su rejuego. Estuvo, según confesión propia, trece años estudiando al campeón de cerca. Esa noche en Londres lo estudiaba todavía y anotó críptico en su diario: “It takes two to tango”.

Capa permaneció en los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial, jugando, y se escribía sobre asuntos de ajedrez (¿de qué otra cosa?) con el campeón Lasker, ciudadano alemán y judío patriota. Un día de 1918 vinieron a visitarlo dos discretos caballeros de Washington. Eran del servicio de contrainteligencia que investigaban su correspondencia extranjera, llena de extraños símbolos: 10BXe7 Qxe7 1100 NXC3 12RXC3 e5. “¿Qué clave es ésta?” Muy serio, Capablanca respondió: “Son símbolos para una maniobra de liberación”, “¿Cómo?”, dijeron los dos agentes al unísono. Capa a carcajadas escapa: “Son signos del ajedrez, una convención internacional”. Después de explicaciones y ejemplos con el auxilio de un tablero y varias fichas, los policías comprendieron. “¡Ah, es como las damas!” “¡Efectivamente —dijo Capa—, como las damas pero con caballeros!” Capablanca se dio cuenta de que la contrainteligencia es lo contrario de la inteligencia. Y sin embargo, sin embargo: Emanuel Lasker había ya inventado un tanque de guerra para el enemigo que era todavía su amigo.

Morphy, que se llamaba Morfeo pero no podía dormir, antes de entrar al primer círculo de la espiral de la locura, laberinto sin Dédalo, estuvo en 1864 en La Habana, “que ya era centro del ajedrez”, para dar varias exhibiciones con los ojos vendados. El resto fue el ensordecedor silencio de la mente del jugador en una partida que no cesa. Capablanca, que jamás imaginó la presión social sobre su sanidad mental que sufrió Morphy, se comportó siempre por encima de los pares y los nones que lo creían un aristócrata español. En Londres lo tenían por un hombre frío cuando sólo era calmo: cool not cold.

Según Gerald Abraham en La mente del ajedrez, Capablanca “poseía un juicio calculado para prevenirle de perder el control mental”. Dice George Steiner en su ensayo White Knights of Reykjavik, sobre el combate Bobby Fischer-Boris Spassky: “Más que ningún otro maestro (Capablanca) pudo ver la armazón exacta de la pura lógica”. Parecía tener, añade, “la apretada dirección que tienen las computadoras que juegan al ajedrez”. Capablanca, según Steiner todavía, “tenía la monotonía de la perfección”. Capablanca, Steiner dixit, ganó una famosa partida al eterno Lasker “con impecable rigor” y en cincuenta y una calladas movidas consiguió que “un peón avance hasta la fila final para ser coronado reina”, en el más peligroso travestí del juego: para el peón es morir después de reinar.

Capablanca, ahora, pareció por un momento lamentar que su viejo amigo Lasker perdiera una partida que tenía ya ganada y no se movió de su asiento sobre el tablero ni cuando retumbaron los aplausos. Su actitud durante el juego, después del juego, era bien diferente a la de BobbyFischer. Así describe el International Herald Tribune a Fischer, jugando por el campeonato mundial de Reikiavik, Islandia, en julio de 1972; “Fischer no se está nunca quieto y continuamente da vueltas en redondo sobre su silla giratoria especial (que le costó $ 470). Mientras Spassky se sume en una meditación profunda sobre el siguiente movimiento, Fischer se come las uñas, se saca los mocos y se limpia los oídos entre movida y movida”.

Fischer, que con su estatura, sus excentricidades y su adicción a los cómics fue el Howard Hughes del juego ciencia más que de la ciencia del juego, no jugaba ajedrez sino que practicaba continuos ejercicios de anulación de la personalidad del contrincante. Capablanca era la gentileza, la seguridad y la absoluta convicción de que el juego era suyo: el ajedrez se había inventado para él. Caíssa lo hizo. Sin embargo, más que con aquel indeciso de Morphy (en su cara se veía siempre la sombra de una duda por más que se afeitase), demente, delirante, se compara a menudo a Capablanca con Fischer. Sería el caso de dos hermanos gemelos unidos por un tablero, pero, como las piezas, uno blanco y otro negro.

Como final analogía de contrarios, se ha imaginado una partida única para resolver (palabra clave en el juego) el último problema de ajedrez. ¿Podría Fischer haber derrotado a Capablanca? Fischer buscó siempre demoler a su oponente, física y mentalmente. La única manera en que Fischer habría podido acabar con Capablanca sería que aprovechara cuando Capa apretara el botón de su Timer para hacer desfilar a espaldas de Fischer coristas, modelos y stripteasers con que distraer el ojo desnudo del cubano. Capablanca podría, en revancha, recordarle a Fischer a su madre, la bestia negra que era, para su hijo, roja como la plaza donde están las altas torres del Kremlin.

Capablanca fue acusado muchas veces de fácil porque el juego le era tan fácil como a Mozart la música. Era una suerte de respiración. También lo llamaron haragán otras veces, como a Rossini. Cuando el joven Gioacchino, que siempre componía en la cama por miedo al frío (como Capablanca, Rossini padecía de frío incoercible), de donde se levantaba tarde o no se levantaba, vio caer al suelo una de las hojas, de su Barbero, no se molestó en bajar de la cama ni a perturbar las otras páginas, sino que la escribió de nuevo. Ésta es la mejor parte de su “Obertura”. Capablanca, por su arte, no estudió una apertura en su vida.

Dijeron que Capa era un incurable mujeriego como si padeciera una enfermedad venérea. “Como cubano al fin”, dijo Alejin, que se había casado cuatro veces, les pegaba a sus mujeres y bebía hasta. En una ocasión el campeón, Noncbalant, se apareció a reanudar una partida interrumpida ¡vestido para jugar al tenis y con una raqueta en la mano! Era que había hecho cita con una damita de sociedad adicta al juego de la pelota.aparecerse borracho a jugar en un torneo importante. Ese hábito que no hace un monje le costó el campeonato mundial en 1935. Antisemita hasta el punto de escribir artículos difamando a los judíos en el ajedrez, publicados en la prensa nazi durante la ocupación de Francia, padecía agudos ataques de violencia, como cuando, al perder una partida fácil, destruyó los muebles de su habitación de hotel en Pskov.

Pero Alejin fue el primer gran jugador de ajedrez ruso sin las trampas soviéticas de Stalin. Hoy tiene un torneo en su nombre en Ja Unión Soviética y las autoridades rusas han intentado varias veces llevarse a Moscú sus restos que descansan (si es que pueden) en el cementerio de Pére Lachaise en París. Sobre su tumba hay un busto idealizado del jugador, abajo hay un tablero de ajedrez y en el medio una inscripción en bronce que exalta la memoria de un gran jugador que fue también un miserable.

Alejin fue el Salíeri de Capablanca. Después de la inesperada, increíble derrota del cubano de manos del ruso blanco en Buenos Aires en 1927, Alejin se negó sistemáticamente a conceder a Capablanca la revancha por el campeonato mundial (entonces las reglas del juego eran diferentes) y aunque prometió hacerlo muchas veces, nunca cumplió. Como ironía y jaque mate, Alejin perdió el campeonato mundial a manos del soso y serio Max Euwe. En 1937, sin embargo, Euwe, holandés cabal, le dio a Alejin una lección de caballerosidad (por demás inútil) y le concedió una revancha ancha. El torneo no le sirvió de nada a Euwe que fue derrotado de mala manera. Como dice de Alejin Richard Eales en The History of a Game: “El contraste de su comportamiento con Capablanca fue francamente obvio”.

Las relaciones entre Capablanca y Alejin llegaron a ser tan malas que Capablanca se negaba a participar en torneos internacionales si tenía que jugar con Alejin. Capa tenía en las blancas su nombre, pero Alejin decidió jugar con las negras hasta el final. En 1940, viviendo en la Francia ocupada, Alejin (a quien mi madre llamaba “un verdadero villano”) pidió permiso para emigrar a Cuba y prometió que, si lo admitían en la isla, jugaría contra Capablanca por el campeonato mundial. Batista, gran amigo de la Unión Soviética entonces, era el presidente de Cuba y le negó el permiso. Ironías del tablero, poco después de su muerte, Stalín decidió considerar a Alejin una gloria rusa.

La carta de renuncia de Capablanca a Alejin es uno de los documentos más elocuentes de la historia del ajedrez. “Cher Monsieur Alekhine”, escribió Capablanca en francés y hay un borrón donde debió de haber una e que convertía el cher en chére: Alejin era una mujer. O Capa tenía poca práctica en renunciar o demasiada maña en conquistar mujeres. Sigue la carta: “J’abandonne la partie” y por un momento leí “la patrie”. Capa renuncia a continuar jugando y pierde la partida y el campeonato mundial de ajedrez. Todavía tiene saludos “pour Madame”. La carta está fechada en noviembre 29 de 1927 y el lugar en que fue escrita es Buenos Aires, Argentina. Era el fin de un campeón y de una era del ajedrez moderno. A esa edad Mozart había compuesto su Réquiem.

Alejin, que nunca se sintió culpable por no haber dado la revancha a Capablanca y mantuvo el título hasta su muerte, contaba un cuento, ya al final de su vida, como Casanova pero sin tener la generosidad con las mujeres que tuvo Casa en sus memorias. Enfermo y firme, relata lo que le ocurrió jugando con Capablanca en Petersburgo en 1914. Una noche, en pleno torneo, y como en “La reina de espadas” de Pushkin, tocaron a su puerta. Abrió y se encontró con un viejo campesino ruso en harapos que le pidió entrar porque había encontrado un secreto de suma importancia para el ajedrez. El hombre era insistente y Alejin lo dejó entrar pero no lo invitó a sentarse. “¡He encontrado la manera de que las blancas den jaque mate en doce jugadas!” Alejín se dio cuenta de que tenía en su cuarto de hotel a un loco y trató de echarlo de la mejor manera. Pero el viejo visitante insistía. “Se lo voy a demostrar”, decía. Para acabar con el enojoso asunto Alejin dispuso el tablero y las fichas. Doce jugadas más tarde el campeón ruso y futuro rey del ajedrez deponía su rey de madera. Pálido y como de yeso Alejin casi suplicó: “Repita sus jugadas, por favor”. El viejo repitió su performance y volvió a derrotar a Alejin otra vez y otra vez más. Alejin cogió al viejo jugador por un brazo, salió al pasillo y al cuarto de Capablanca. Como de costumbre, el cubano no dormía sino que tocaba la balalaika para que una cimbreante gitana bailara una salmonela o como se llame ese baile ruso, rudo. Con gran trabajo Alejin hizo que Capablanca dejara de hacer música o lo que estaba haciendo para atender al viejo patán. Que procedió a derrotar al campeón sin corona del ajedrez una vez y otra y otra, siempre en doce jugadas. “¡Doce fatídicas jugadas!”

Aquí Alejin pareció dar por terminada la historia.

“Pero”, quería saber el impaciente interlocutor, “¿qué pasó?”

“¿Qué pasó?”, preguntó retóricamente Alejin. “Pues que Capablanca y yo matamos al viejo. Ahí mismo en su cuarto y luego lo echamos al Neva. Eso fue lo que pasó. De no haberlo hecho ni Capablanca ni yo habríamos sido campeones de ajedrez del mundo. ¡Del mundo! Yo todavía lo soy”, aseguró Alejin en su cama en medio del blanco cuarto, luchando una vez más por quitarse como un Houdini ruso su camisa de fuerza, al tiempo que miraba a su alienista con ojos en que se reflejaba un tablero de ajedrez.

Este cuento incompleto apareció en The Complete Chess Addict y lo reproduzco aquí porque revela el carácter del jugador de ajedrez y la personalidad de Alejin, hombre capaz de llegar al asesinato por ganar una partida o el campeonato del mundo. Es lo mismo. Por otra parte asegura el doctor Félix Martí Ibáñez: “Darle jaque mate al rey opuesto en ajedrez equivale a. castrarlo y devorarlo, haciéndose los dos uno solo en un ritual de homosexualismo simbólico y comunión canibalística, respondiendo así a los remanentes del complejo de Edipo infantil”. Escrito en 1960 esta sarta de infelices frases freudianas no es menos fantástica que la historia de Alejin y el jaque mate en doce jugadas, juegan las blancas. La fábula puede haber sido cocinada por lord Dunsany, uno de los maestros del cuento fantástico y el doctor Ibáñez bien puede estar emparentado con Blasco Ibáñez. Capa, por su parte, hizo tablas con lord Dunsany, que era un aficionado de cuidado.

Más tarde en San Petersburgo las noches blancas de un peón negro. El director soviético Vsevolod Pudovkin hizo en 1925 una peliculita titulada El jugador de ajedrez y su protagonista era, ni más ni menos, Capablanca. Ahí se juega con su nombre y con la blanca nieve. El film comenzó como un documental sobre el Torneo de Moscú en 1925, cuando Capablanca era todavía campeón del mundo. Capa, en medio de una sinfonía de tableros y una tocata de fichas, aparece envuelto en un asunto romántico con la bella heroína rusa. Todo el mundo parece presa de la fiebre del ajedrez (que es el título alterno) pero una pregunta detiene el tránsito: “¿Tal vez el amor es más poderoso que el ajedrez?” Capablanca va aún más lejos al decir: “Cuando veo una mujer bella, también empiezo a odiar al ajedrez”. Pero carga con la heroína, al torneo. Al final, devuelta la novia rusa a su novio ruso, Capa con capa y sobre la nieve parece decir adiós. En ese momento cae sobre la blanca acera un peón negro. Koniesh filma.

Capa siempre sintió una vaga antipatía por los que no saben jugar al ajedrez. “Es tan melancólico”, afirmaba, “como un hombre que nunca haya tenido relaciones con una mujer que no sea su madre”. En una palabra, no comprendía al soltero empedernido ni al ignorante que no sabe cómo se manipula el peón, esa pieza que se parece extrañamente a un clítoris que se mueve inexorable hacia la reina opuesta. Capablanca propuso una vez que se extendiera el tablero al añadir dos peones extra a cada lado y dos nuevas piezas. Capa pensaba que las posibilidades del juego se habían agotado ya. Algunos dicen que nuestro hombre en la dama concibió esta variante del juego si no del espacio del juego (que significaba a la vez una alteración de las reglas del juego) porque estaba harto del número de partidas que terminaban en tablas, sobre todo en torneos internacionales y en campeonatos. Otros, más personales, dicen que Capablanca encontraba el juego tan fácil que se aburría y las nuevas piezas y el nuevo espacio del juego serían como meter otra mujer en la cama.

Capablanca, que era un gran cocinero y presumía de gourmet, rara vez se levantaba antes del almuerzo y de los postres y el café (Capa, cuyo nombre es esencial al cígarro, no fumaba ni bebía) y se iba a jugar siempre impaciente por terminar la partida, musitando: “A la cena, a la cena”, haciendo un juego de palabras por preferir el juego abierto. Al clásico Capablanca se le acusó de ser el primer jugador narcisista, que es un mal romántico.

Capablanca fue derrotado, en el tablero, por una mujer, Mary Bain, que lo venció en simultáneas. Miss Bain tiene el récord del jugador de simultáneas que más rápido derrotara a Capablanca. Mary no sólo era joven sino bonita y existe la sospecha entre los viejos ajedrecistas de que Capa se dejó ganar. La derrota, la concesión, lo que fuera, ocurrió en sólo once movimientos. “El ajedrez”, dijo sir Richard Burton, jugador de ajedrez y traductor del Kama Sutra, código de amor hindú concebido por los inventores del ajedrez, “es un juego erótico: todo consiste en poner horizontal a la reina”. Para los que creen en la importancia de ser serio, Capablanca adelantó una teoría: “El ajedrez es una ciencia que parece un juego”.

Una anécdota revela a un Capablanca compasivo, casi sentimental. Jugaba con Lasker en Moscú en 1914 y Capablanca notó cómo el entonces campeón Lasker se puso pálido, ceniza casi, al darse cuenta de que había cometido un error tan grave que tal vez le costana el juego. La mano de Lasker temblaba tanto que casi no podía asir la pieza que quería mover. Capablanca supo en ese momento que muy pronto sería el campeón mundial. Pero, declaró, no podía evitar sentir una gran piedad al ver el efecto paralizante que la inminente derrota tenía en Lasker. “Había esgrimido el cetro del ajedrez durante veinte años”, escribe Capablanca, “y en ese instante supo que había llegado a su fin”. La ironía del momento es que no había llegado el fin para Lasker todavía. El campeón se las arregló para hacer tablas y ganar el torneo. Capablanca, llamado Capa, era Jo que no era Alejin, por ejemplo, o Bobby Fischer: un jugador placable, nada implacable.

Capablanca, sin embargo, rara vez perdonaba a una mujer: era un Donjuán capaz de convidar al Comendador a una partida de piedra y entre jugada y jugada acostarse con Inés, con Ana y con su hermana. Para él un ménage a trois no era una partida extraña. Capa, además, era un atleta experto: las tablas de baloncesto le eran tan familiares como las del ajedrez, practicaba esgrima con la idea de que el ajedrez era otro duelo y había estudiado más libros de cocina que de ajedrez. Nunca jugaba al ajedrez más que en torneos y competencias. Tenía una segura posición social (que los envidiosos llamaban sinecura) convertido en propagandista de Cuba a sueldo del Gobierno cubano, no muy diferente a la posición de los jugadores soviéticos, amateurs sólo de nombre, Lasker dejó escrito que Capablanca era, por encima de todo, un hombre modesto. “Tenía la modestia fundamental que es la marca de la verdadera inteligencia.” Quería, sí, ganar siempre en todo, pero no tenía ese impulso asesino ni contra sus contrincantes ní con sus amantes que tenían Lord Byron o Hemingway. Como Mozart, era un clásico que se hacía romántico en su juego.

¿Era todo eso lo que estaba dentro de la caja lujosa en el túmulo en medio del Salón de los Pasos Perdidos?

En 1913 Capablanca fue nombrado una especie de embajador cultural de Cuba. Los gobiernos de la isla, a pesar del sol, nunca fueron muy iluminados. Pero ahora comprendían que Capablanca era un valor publicitario (la propaganda no se había asentado todavía sobre La Habana) y que su nombre valía tanto como cualquier marca local. Digamos La Corona, Partagás o Por Larrañaga. Capablanca era una suerte de Montecristo que no fuma. Sus colegas, en Cuba y en el mundo del ajedrez, objetaron a lo que llamaban una sinecura sine die. Sólo Lasker, siempre apremiado, comprendió que Capablanca era un hombre con la suerte de tener a su país detrás. Los rusos, al hacerse soviéticos, harían otro tanto.

Capablanca se hizo un jugador tan invulnerable que cogió fama de invencible y ganó el mote de la “máquina de jugar ajedrez”, con todas sus implicaciones: el autómata del Maelzel, las investigaciones de Poe, las astucias del doctor Mabuse llamado Der Spieler, el tahúr. Un nuevo desafío del joven maestro al viejo matrero de Lasker sólo obtuvo que Lasker renunciara a su título en favor de Capablanca. Pero como dice Procol Harum, “la muchedumbre quería más”. Quería, en efecto, un torneo de madera en que las lanzas se trocaran por peones, las mazas por alfiles, los caballos por caballos y enrocar en esas distantes torres que son el Morro y la Cabana a la entrada de la bahía de La Habana. La bolsa era como para tentar a un monje en retiro: 25.000 pesos en una época en que el peso cubano valía más que el dólar: era la era de las vacas gordas. Jugando como el gran maestro que era, Capablanca ganó la victoria más decisiva jamás lograda por un desafiante al campeonato mundial. Capa quedó tan extático que cometió el primer error de su vida con las mujeres: se casó. Su novia de blanco para colmo se llamaba Gloria. Capablanca siguió su carrera en ascenso. De las 158 partidas y juegos de torneo desde 1914 había perdido sólo cuatro juegos. Conocido por multitudes que sabían que ajedrez se escribía sin hache pero no con zeta, Capablanca se hizo la primera estrella del ajedrez. Tal vez sea, a pesar de Alejin, a pesar de Fischer, Ja más grande, la mayor. Capablanca no sólo era el campeón del mundo sino el campeón de simultáneas de su tiempo. Por lo que Petronio habría llamada elegantiae, Capablanca se negó siempre a jugar con los ojos vendados. Ahora se echó hacia atrás, arrojó a un lado el último cigarrillo que no había encendido y dijo resuelto al teniente del ejército español de ocupación que se parecía tanto a su padre: “¡No quiero la venda!”

Con excepción de Lasker, Capablanca no era muy apreciado por los jugadores de su tiempo. Lo encontraban remoto pero era un terremoto: una fuerza destructiva natural que sacudía el tablero y derribaba las piezas, sobre todo al rey y a la reina. Pero, peor, había un jugador que lo halagaba, lo alababa siempre: Aleksander Alejin. “¡El malvado y miserable!”, como me enseñó mi madre a mis diez años, haciéndome un espectador prodigio. (Creo que fui la última persona que vio a Capablanca muerto.) Mi madre lo llamaba Alekine. Para mi madre, Alekine era de lo peorcito: un ruso blanco. Alejin, el diablo más a mano, tentó a Capablanca como si él fuera Capanegra, un mal Mefísto: ¡Alejin, aléjate! Pero Capablanca aceptó el reto y Alejin, sombra y asombro, derrotó a Capablanca para siempre. Declaró Alejin con falsa modestia que era sin embargo dato cierto: “No creo que yo fuera superior a Capablanca. Tal vez la razón por la que le gané fue que se sobrestimaba y no me estimaba”. Eran las razones del diablo: Dios nunca me quiso, Mefisto. Metafísicas aparte, la verdad verdadera es que Alejin se hizo campeón del mundo y se hizo con el campeonato por logro y por truco. Hasta su muerte. Sólo Dios sabe lo que le dijo al diablo.

A partir de su inesperada derrota, Capablanca comenzó a venirse abajo, como una torre de nieve: las blancas hacen enroque y pierden, las negras ganan y se van. Su matrimonio se hizo divorcio, pero siguió jugando: ganó algunas y perdió algunas. En 1987 su viuda, Olga Capablanca de Clark, vendió el manuscrito inédito de una partida Capablanca-Tartakower en $ 10.000. Todavía era endiosado en el mundo del ajedrez y en el mundo: Capablanca era una cerveza, un helado de chocolate y vainilla, un cóctel de ron con crema batida. En Rusia, que ahora se llamaba la Unión Soviética, era más popular que nunca lo fue en tiempos de los zares: el ajedrez era rey y Capablanca su príncipe consorte. Capablanca se casó con una rusa, de París, que conoció en 1934. La boda ocurrió en 1938 en París, pero tuvo su peor repercusión en La Habana. La familia de su primera mujer consiguió algo más que Alejin: Capablanca dejó de ser embajador at large de Cuba y lo degradaron a agregado. Pero Capablanca no dejó de jugar y ganar: Caissa lo hizo.

Mozart podía, vuelto de espaldas al piano, decir el número y nombre de las notas de un acorde que tocara otra persona: de preferencia una mujer. Capablanca, de sólo echar una mirada al tablero, veía todas las piezas y su disposición y sabía exactamente cuáles eran las posibilidades del juego. Desdeñoso de las aperturas (nunca, según él, estudió una sola) mostró siempre una habilidad pasmosa para los fines de partida. Tal vez influyera que aprendiera a jugar cuando ya las fichas estaban sobre el tablero y el juego había comenzado.

Su adversario de siempre, Luzbel extraordinario, Alejin, decía que no había visto otro jugador con su “rapidez para la comprensión” que era su aprensión. Un condiscípulo, jugador fuerte, declaró que Capablanca “nunca aprendió a aprender”. Es que para Capa el ajedrez era un juego y no por gusto se le declaró el playboy del ajedrez occidental, en oposición a la emergente escuela rusa encabezada por Alejin, que era todo estudio, esfuerzo y mala fe.

La palabra playboy sugiere a un Porfirio Rubirosa, tenientillo que se abrió paso en la isla de Trujillo y en el mundo a golpes de pene y olvido. Rubirosa era un chulo compensado, Capablanca era exactamente lo contrario. Todavía se cree que Capablanca pertenecía a la alta sociedad criolla. Nada más erróneo. Capablanca padre no era más que un teniente del ejército español en la siempre fiel isla de Cuba. Su madre era un ama de casa. Los dos no tenían más que sus nombres memorables y un hijo formidable.

Incluso el patrón cubano que le pagaba los estudios en Estados Unidos concluyó que Capablanca empleaba su tiempo más en jugar (al ajedrez pero también al baseball y al basketball) que en estudiar y le retiró el estupendo estipendio. Ese mismo año la universidad lo suspendió ominosa. Fue entonces cuando Caissa vino a rescatar a Capa de la ignominia: Frank Marshall acordó jugar contra Capablanca calculando que sería comida de bobo. Capablanca lo derrotó decisivamente. Hazaña sin precedentes que un mero aficionado derrotara a un cujeado campeón. Marshall, impresionado por su derrota (es decir por la victoria de Capablanca), hizo que lo invitaran al torneo de San Sebastián en 1911. Capablanca ganó un torneo mayor en su primer intento, lo que era la hazaña sin precedentes. El resto es historia: la del ajedrez precisamente.

Una tarde de 1942 (era marzo y nevaba) Capablanca entró como tantas veces al Club de Ajedrez de Manhattan, que había sido su refugio favorito de joven estudiante y después de aspirante a cualquier torneo y aún más tarde de gran maestro del juego real y campeón del mundo finalmente. Capa, friolento pero no lento, se dirigió rápido a la sala de juego sin siquiera quitarse su sobretodo. A pesar de los años pasados en Nueva York y en Europa, a pesar de la nieve rusa, Capa siempre tenía frío. Excepto, por supuesto, cuando jugaba, con alguna mujer en la nieve. El portero, la girl del guardarropa y hasta los miembros del club estaban acostumbrados a ver a Capablanca de negro gabán hasta el tobillo moviéndose de tablero en tablero, en silenciosas simultáneas: mirando, observando y captando de un solo golpe de ojo el estado de cada escaque y el conjunto de piezas derramadas en orden sobre el tablero. Para él todo era un todo, el juego. Ahora vio que no había un solo jugador de su edad. Eran todos muy jóvenes o viejos: eran tiempos de guerra no de juego o del juego de la guerra. Sobre otro tablero y por encima de un jugador joven vio de un vistazo que el otro, un viejo, tenía la partida perdida. El jugador joven quiso iniciar una jugada decisiva, lo pensó sin pensarlo, se arrepintió y no fue más allá Pero había tocado su dama y según las reglas del juego cuando se roza una pieza propia hay que moverla adelante. El otro jugador, el viejo, ensimismado en la derrota, no había advertido el leve movimiento del otro y el jugador joven hizo como si no hubiera pasado nada. Tal vez Capablanca recordara la primera vez que notó, hacía más de medio siglo, una jugada para anotar un fraude. Ahora no dijo nada, por supuesto: era todavía un caballero. Pero levantó los brazos de manera extraña, se llevó las manos enguantadas al cuello y pidió casi con un grito:

“¡Ayúdenme con la capa!” en español. Esa fue su frase final. No dijo más y cayó al suelo, muerto.

Había sufrido, según la autopsia, un derrame cerebral masivo. El patólogo dijo que no se mostraba nada sobrenatural (“específico” fue lo que dijo) en el cerebro de Capablanca, que era particularmente normal.

Es obvio que el ajedrez y las muchas mujeres no se ven en el cerebro. ¿Era eso todo lo que había en su cabeza embalsamada?

Noviembre de 1988

En Vidas para leerlas

La octava maravilla

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Un descamisado 45 metros más alto que la Estatua de la Libertad. Una base más grande que el Luna Park. 14 ascensores. Un salón grecorromano con paredes de mármol, frisos y columnas. Una cúpula revestida de mosaicos con pepitas de oro. Una basílica laica. Y un sarcófago de 400 kilos de plata para albergar el cuerpo de Eva Perón. Sin embargo, los restos de la obra faraónica más grande de la Argentina yacen enterrados cerca de ATC.

El Coloso: el Descamisado peronista iba a tener 45 metros por encima de la Estatua de la Libertad de Nueva York y a ser tres veces más alto que los 38 metros del Cristo Redentor de Río de Janeiro.

Por Ignacio Jawtuschenko

El monumento más grande del mundo iba a ser en honor a Eva Perón. Un Aconcagua peronista, con un templo laico en la base. Un megaproyecto, el primero de la larga historia de alternativas fallidas para guardar el cuerpo de Eva Perón. Pero el emplazamiento de un coloso de cara al Río de la Plata, tan mítico como el del puerto de Rodas en la antigua Grecia, no se frustró como aquél –derribado según la leyenda por un terremoto en el 223 a.C.–. Al monumento a Evita se lo tragó el golpe de la Libertadora de 1955.

A lo largo de la historia, regímenes políticos de lo más diversos han invertido gran parte de sus riquezas en proyectos monumentales. Desde las pirámides de Egipto o Teotihuacán, los arcos del triunfo y hasta las catedrales góticas de la Europa medieval, enseñan la invencibilidad de los que gobiernan y la gloria del cielo. Por eso también, aquí, el gobierno de Perón anunciaba que un monumento a Eva Perón perpetuaría su obra por los siglos de los siglos. Pero el proyecto chocó con una maldición: la historia de las “realizaciones justicialistas” en materia escultórica es, curiosamente, la de una larga lista de promesas fallidas.

El Megaperonista
El monumento, con 137 metros de altura, sería casi tan alto como la catedral de Notre Dame. Con 100 metros, el diámetro de su base superaría al estadio Luna Park. Contaría con escaleras helicoidales y 14 ascensores, tantos como las extintas Torres Gemelas neoyorquinas, y un sarcófago de 400 kilos de plata.

Los planos lo muestran de pie en la cúspide, recubierto de cobre como la cúpula del palacio del Congreso. Es un descamisado de 67 metros de altura que, parado sobre un basamento de 70 metros, transforma todo alrededor en precipicio.

Es un titán sin semejantes que pesa 43 mil toneladas, rasca el cielo para representar con elocuencia el poder de Juan y Eva Perón. Aunque odiosas, las comparaciones son ilustrativas. Una maqueta comparativa lo muestra 45 metros por encima de la Estatua de la Libertad de Nueva York y triplica los 38 metros del Cristo Redentor de Río de Janeiro.

Con gesto de haber perdido la ternura pero no la cautela, saca pecho. Un viril trabajador, esbelto, sobrio, aseado, delante de su herramienta –un yunque–, con la camisa arremangada y puños firmemente apretados –crispados– que anticipan las tensiones de una lucha que deberá ganar. Es un caucásico sin rasgos de argentinidad: es el descamisado universal. Centinela de aplastante presencia erigido para acompañar la nueva aurora soñadora de mañanas mejores, y representar una evolución: la superioridad del trabajador justicialista por sobre todos los pasados.

Nacido el 4 de julio
La idea apareció a mediados de 1951 en el cenit del primer gobierno peronista: el mismo año en que Ezequiel Martínez Estrada somatizaba en la piel su antiperonismo y caía enfermo por una severa psoriasis “negra como el carbón y dura como la corteza de un árbol”, Eva Perón deseaba erigir el monumento más grande del mundo al “Descamisado de la Patria”. Había visitado en París la tumba de Napoleón y había quedado impresionada por su diseño.

“Que sea el mayor del mundo. Tiene que culminar con la figura del Descamisado, en el monumento mismo haremos el museo del peronismo, habrá una cripta para que allí descansen los restos de un descamisado auténtico, de aquellos que cayeron en las jornadas de la Revolución. Allí espero descansar también yo cuando muera”, fueron las instrucciones de Evita a su escultor favorito, el italiano León Tommasi, quien por entonces, instalado en un taller en San Isidro, ya trabajaba sobre otras figuras de líneas neoclásicas que fueron destinadas a decorar por poco tiempo la parte superior del inmenso edificio grecorromano de la Fundación Evita, hoy sede de la Facultad de Ingeniería de la UBA. En diciembre de 1951 Tommasi llevó a la residencia presidencial una maqueta que le alegró a Evita la poca vida que le quedaba. “Es genial porque es grande y sencillo”, dicen que dijo.

Su deseo se trasladó al texto de la ley 14.124, sancionada tras ocho días de discursos el 4 de julio de 1952, pocos días antes de su muerte. Asegurar su inmortalidad pasó a ser una cuestión de Estado. El monumento eternizaría a Eva Perón. Se establecieron dos años como plazo de finalización y también se ordenó el emplazamiento de “réplicas del monumento en la capital de cada provincia y de cada territorio nacional”.

Se financiaría con aportes populares y se autorizaba al Poder Ejecutivo a adelantar 4 millones de pesos. El Correo puso en circulación estampillas “pro monumento”, y a partir de la ley se formó una Comisión Nacional del Monumento a Eva Perón, presidida por la senadora Juana Larrauri.

En el interior de la ballena
En el primer aniversario de su muerte, el 26 de julio de 1953, se expusieron al público en el Ministerio de Trabajo y Previsión la maqueta, los gráficos y planos finales de la obra. En un momento se discutió si reemplazar el gigante Descamisado por una estatua de Evita. Finalmente resultó que las proporciones de su fisonomía no se correspondían con las dimensiones colosales requeridas, y se decidió que una imagen de Eva Perón se corporizara en mármol de Carrara, con una estatua de dimensiones apenas mayores a las reales, y que a sus pies tuviera las figuras de dos trabajadores: uno de músculo y otro de intelecto. El conjunto se colocaría en la cripta al lado de su sarcófago de plata, cuya tapa se levantaría según la ocasión para mostrarla dentro de una caja de cristal.

En la base del monumento se abriría una basílica laica, un santuario pensado para que de todo el mundo llegaran a venerarla. Según el plano, los accesos al templo serían a través de tres puertas de bronce con bajorrelieves de la Argentina socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana. Allí aparecían representados los momentos imborrables en la vida de Evita y el movimiento peronista: el 17 de octubre de 1945, el abrazo con Perón el 1 de mayo de 1951, la condecoración de Eva Perón el 17 de octubre de 1951, Eva Perón y el descamisado, Eva Perón y las mujeres, Eva Perón y los trabajadores, las lágrimas de su pueblo, Evita y los niños y el último saludo del 4 de junio de 1952. Había, también, un salón grecorromano con paredes de mármol, rodeado por frisos y columnas, con techo alto de cúpula revestida de mosaicos con pepitas de oro y tan amplio que permitió planear bordearlo con una frase kilométrica como la cordillera de los Andes extraída del capítulo XVII de La razón de mi vida: “Hubo al lado de Perón, una mujer que se dedicó a llevarle al Presidente las esperanzas del Pueblo, que luego Perón convertía en realidades. De aquella mujer sólo sabemos que el Pueblo la llamaba, cariñosamente, Evita”.

Las manos a las obras
El 11 de enero de 1955 se adjudicó la licitación de la obra a la empresa del Estado Wayss y Fritag. El inicio de la construcción se demoró. Para ubicar los cimientos tuvieron que realizar excavaciones, desplazar cables de alta tensión y un colector cloacal. Fue una obra faraónica sólo empatada por el rellenado de la Ciudad Deportiva de la Boca. Se volcaron 18 mil metros cúbicos de tierra para tapar dos antiguas piletas de filtros de Obras Sanitarias de la Nación y levantar ahí el obrador, depósitos de materiales y maquinarias. Con 400.000 kilos de hierro y 4000 metros cúbicos de hormigón se hicieron los cimientos que permanecen allí enterrados. Superados los inconvenientes, la obra llegó a inaugurarse y el mismo Perón colocó la primera cucharada de mezcla en la estructura a levantarse. Corría el 30 de abril (y ya en pocos meses más el convaleciente Martínez Estrada iba a sanar, sintomática o milagrosamente, con el shock anímico de la caída del Régimen).

El lugar de emplazamiento era al norte de la ciudad. La maqueta muestra al monumento, de cara al río, en el parque ubicado en el hueco dejado por la primitiva cancha de River Plate, entre las avenidas Libertador y Figueroa Alcorta, y las calles Tagle y Libres del Sur, frente a la residencia presidencial, por entonces ubicada en la barranca en la que se alza hoy la Biblioteca Nacional. Como referencias cercanas se destacan también el Automóvil Club Argentino y la Facultad de Derecho. Aseguraban que allí sería visto, sin obstáculos, desde muy lejos.

Los fósiles
Para entonces, el italiano León Tommasi pudo terminar un conjunto secundario de cinco esculturas de 2,2 x 2 metros de base, 4 metros y medio de alto y 35 toneladas cada una. Estas piezas, del peso de un elefante africano, materializaban las emociones e imágenes de redención e igualdad nacidas a partir de octubre de 1945. Decapitadas y con los brazos rotos, fueron arrojadas al fondo del Riachuelo con la caída de Perón. Décadas después, obreros de Obras Públicas las rescataron. Algunas están hoy en el añoso bosque de acacias y cipreses de la ex Quinta 17 de Octubre que perteneciera a Perón, casi como metáforas: La Independencia Económica, El Conductor, El Justicialismo, La Razón de mi Vida y Los Derechos del Trabajador, enormes saurios fosilizados sin cabeza, asomados desde la orilla de otra edad.

El Altar de tu Patria

Tras su peregrinación por el mundo, el cadáver de Evita reapareció en 1971, y sólo fue traído al país en el ‘74, tras la muerte de Perón. Ese año, en la misma zona, López Rega insistiría intentando emplazar otro supermausoleo, el Altar de la Patria. Fue un sueño, uno de los tantos que tuvo en torno a Eva Perón, que por faraónico fue de los que más polvareda levantó. Y no sólo por los trabajos de excavación que hicieron, sino por lo controvertido.

El creador de la Triple A, un brujo adorador de los poderes esotéricos que irradiaba el cuerpo de Evita (hasta entonces con un kilometraje que la hizo recorrer todos los husos horarios), soñaba con organizar una insólita mudanza: caravanas de ataúdes desde las bóvedas y criptas de cementerios de todo el país que convergerían en este centro/cementerio energético nacional, que daría cobijo al profanado cuerpo de Eva Perón, pero también a San Martín, Rosas, Yrigoyen, Facundo Quiroga y Fray Mamerto Esquiú, a Pedro Eugenio Aramburu si los Montoneros se servían devolverlo y, aunque no lo dijo, es de suponer que a él mismo en un futuro. Por agosto de 1975, quienes transitaban la avenida Figueroa Alcorta, a metros de la Facultad de Derecho, se topaban con un enorme y entusiasta cartel de la Secretaría de Vivienda y Urbanismo que anunciaba la construcción de ese cementerio nacional. Pero los obreros sufrieron un sinfín de inconvenientes desde su misma iniciación y finalmente se pararon los trabajos. Bajo tierra había gran cantidad de cables de alta y media tensión de Segba, viejas colectoras cloacales y –olvidada– la base de hormigón del Monumento a Eva Perón que no fue.

Para 1978, el Proceso construyó allí ATC, destinada a transmitir al exterior un mundial a todo color, que para los argentinos apenas fue blanco y negro. En los estertores de la dictadura alguien propuso un monumento a los caídos de Malvinas. Pero al final, sobre suelo tan roturado sólo germinó una curiosa flor de metal que se abre cuando le da el sol.

El Grupo Mausoleo


En estos días, mientras no está muy claro qué va a terminar siendo el peronismo, Antonio Cafiero y el pesado aparato bonaerense mostraron al conjunto de la sociedad un proyecto para un país en serio: el del Grupo Mausoleo. Como reacción ante el agotamiento de una hegemonía, renovaron la muy convocante idea de construir un mausoleo que albergue el cuerpo de Eva Perón, esta vez en el actual “Museo Histórico Quinta 17 de Octubre” ubicado en San Vicente.

En esa quinta que había sido adquirida por Perón y Evita durante su primer gobierno, tenía alojamiento el famoso caballo pinto del General. De aquellos años felices, en un rincón del parque queda la extraña tumba de un caniche con una lápida con su imagen y una leyenda en latín. En esa quinta también fue donde los militares confinaron entre 1978 y 1981 a la ex presidenta, y tercera esposa de Perón: la riojana Isabel. Durante su estadía se reconstruyó la pileta de natación.

Siguiendo un calendario que atrasa, en mayo de este año, para el aniversario del natalicio de Evita, comenzaron las obras. Inauguraron una primera etapa el 1 de julio, cuando se cumplieron los 30 años de la muerte de Perón y planean finalizarla para el 17 de octubre, cuando se celebra el Día de la Lealtad. Lo componen un muro de agua, un oratorio, la Plaza del Abrazo, y la Plaza del Encuentro, donde se ubicará el panteón para el féretro de Perón. Estará todo dispuesto para llevar allí también el cuerpo de Evita, si es que sus hermanas lo permiten.

En http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/subnotas/1734-271-2004-10-10.html

28 de may. de 2007

Carolina Coll

Las madres ausentes de El Quijote
Convergencia especular de supuestos andróginos

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La figura del andrógino ha venido seduciendo a filósofos y literatos desde que Platón la indagara por extenso en El simposium. Según Mircea Eliade, la deidad andrógina puede encontrarse en los mitos de creación de todas las culturas. En la cultura occidental, el mito de la unidad armónica total ha sido resaltado en diferentes períodos históricos, y aplastado por la concepción del pensamiento lineal en otros. Durante el Renacimiento y en la etapa posterior a los estudios junguianos, la integración de los opuestos en un balance perfecto encuentra afinidad en el consciente universal proponiendo un pensamiento circular a tono con las pulsaciones del universo natural. La Cábala, el Hermetismo y la Alquimia manejaron el concepto en detalle y con gran interés. La obra de Platón y la tradición gnóstica de considerar andróginos a Dios, Adán y Jesús eran conocidas en España en el siglo XV. En el siglo XVI, con el Neoplatonismo resurgen las discusiones alrededor del concepto, y podemos estar seguros que por su erudición y curiosidad humanística, Cervantes estaba informado sobre estos debates.

En este trabajo me propongo estudiar los pares de Marcela-Grisóstomo, Cardenio-Luscinda, Dorotea-Fernando y Zoraida-Capitán Ruy Pérez desde el presupuesto andrógino de búsqueda de la mitad perdida para complementarse en una totalidad con el otro. El deseo por la otra mitad materializa en la persecución de esa parte que se considera proveerá el estado original de satisfacción antes de ocurrir el corte de las mitades. Según Aristophanes la división de Zeus provocó la eterna búsqueda y nostalgia de la parte perdida, y la imposibilidad de satisfacer este deseo. Jacques Lacan y Julia Kristeva también identifican al deseo insatisfecho del niño por la madre fálica como la fuerza mayor en la constitución de la identidad del sujeto hablante. Para incorporarse al orden Simbólico, y eventualmente a la cultura de la Ley del Padre, se le exige al niño la negación de la madre. Pero esta división impulsada por la amenaza de castración no logra rechazar totalmente la atracción al nivel semiótico, ya que la presencia de ésta se presenta latente aunque subyugada.[1]

La historia de Marcela es la primera historia intercalada que aparece en el tomo I de El Quijote. Este personaje muestra una autonomía de decisión inusual para la mujer, todo su comportamiento dentro del marco contrarreformista español resalta aun más.[2] Si bien el personaje de Marcela entronca con la novela pastoril sería erróneo considerarla un modelo tradicional de este género. Al legarle la libertad de su destino, Cervantes presenta en Marcela los bosquejos de La Galatea en su triunfo final.

Recordemos que a Marcela se le muere la madre al dar a luz y poco después su padre muere de pena. No la cría otra mujer, sino un tío solteron. Marcela exhibe las características masculinas del sujeto incorporado al órden simbólico: desea vivir sola, sin casarse, y para peor, en los montes, tentando a todos los hombres que se le cruzan en el camino con su belleza y retándoles con su libertad. La autonomía de Marcela desafía el órden patriarcal, pero sobre todo su aberración al casamiento y su deseo de vivir al aire libre, lejos de la celda del convento o el espacio privado, es la amenaza de la fuerza caótica e incontrolable que provoca la desharmonía del andrógino.

A su vez, Grisóstomo encarna la mitad ‘femenina’ en búsqueda de su ideal armónico. Todos se enamoran de Marcela, pero solo Grisóstomo se enamora al punto de cometer suicidio por su rechazo. Marcela es una belleza que mata. La asociación a la muerte se encuentra enlazada con ella desde el principio. Cabe preguntarse, qué fuerzas ocultas atraen a Grisóstomo a esta Artemis carente de arco y flechas. Por boca del cabrero Pedro sabemos que Grisóstomo fue estudiante muy prometedor en Salamanca, que es aficionado a la astronomía y un poeta de gran mérito, ya que componía los villacincos en su villa para la noche del Nacimiento del Señor y también los autos sacramentales para las fiestas. El padre, se nos da a entender, no está del todo complacido con estas artes creativas del hiijo, ya que lo prefiere ganadero y bueno para los negocios. Es justamente después de la muerte del padre cuando Grisóstomo da rienda suelta a sus deseos amatorios, y abandonando gran cantidad de fortuna y ganados, se viste de pastor saliendo a saltar por los montes detrás de Marcela. Primero la rica y única heredera Marcela se viste de pastora abandonando las riquezas por la vida agreste y luego la sigue Grisóstomo. Los infelices villanos quedan desquiciados con este capricho del azar que les ha dado en suerte tener a los dos pastores más ricos de la comarca.

Si bien Grisóstomo quedó irremediablemente ‘flechado’ por la belleza de Marcela en cuanto la vio, no fue sin embargo hasta que desapareció de su vida la prohibición de la figura del padre severo de carne y hueso cuando el nivel Semiótico invade el Simbólico empujándole al monte, donde se la pasa componiendo versos a Marcela, o sea, en completa energía creativa. De la madre de Grisóstomo no se nos dice nada, resaltando de esta manera, la autoridad y severidad del padre en el hogar. Volviendo a la narración de Pedro, es interesante notar las irrupciones freudianas en su discurso, alteraciones por otra parte que don Quijote le reprocha, pues trocaba los términos. Pedro asocia a la madre de Marcela con la luna, un símbolo andrógino. La huida de Marcela al bosque es simbólicamente un retorno al estado primigenio y uterino. Marcela necesita regresar al regazo materno de la naturaleza, empaparse en la chora[3] semiótica para poder equilibrar los estados Simbólicos e Imaginario. Las descripciones de la naturaleza constituyen el cuerpo sepultado de la madre, el texto subsemióico que informa y controla la búsqueda del héroe para la re/unión con la madre. Este útero puede convertirse fácilmente en tumba. El desbalance de los niveles resulta en las fuerzas negativas invadiendo la conciencia y puede ocasionar la muerte. La vasta naturaleza puede balancear los opuestos y reconciliar el nacimiento o la muerte. Marcela y Grisóstomo no logran la armonía deseada del andrógino porque la ausencia de la madre en la etapa especular les impide neutralizarla en la etapa adulta.

El tercer par de las Historias Intercaladas, Cardenio y Luscinda, sí logra confrontar a la madre fálica y asimilarla aunque sea temporalmente. Cardenio como Grisóstomo perdió el juicio por amor. Su indecisión y miedo de tomar una resolución sobre el amor de Luscinda lo lleva a esconderse en el bosque. Cardenio no se atreve a confrontar la ley del padre. Desde su punto de vista, él sufre como víctima de una afrenta hecha contra él. Le sobra amor y sufre de deficiencia moral. Se refugia en el pretexto de la superioridad de la clase de don Fernando para no actuar. Cardenio es un testigo pasivo en el casamiento de Luscinda y don Fernando, le falta valentía para poder intervir y limpiar la mancha a su honor. Opta por huir al bosque como un cobarde.

Es un personaje con la carencia de no poder enfrentar lo que su posición demanda de él. Sin la intervención de Dorotea la historia de Cardenio no se hubiese solucionado. Prefiere el refugio del monte a desafiar los deseos de su padre y pedir a Luscinda por mujer. Es su cobardía la que facilita todo el negocio del casamiento de don Fernando con Luscinda. Y es esta quien exhibe la conducta esperada del varón: ella escribe las cartas a Cardenio informándole de los acontecimientos y rogándole que vuelva y la pida por esposa. Es Luscinda quien huye de su esposo después de casada, violando los deseos de su padre y de su marido y se oculta en un convento. De allí la secuestra don Fernando. Podemos especular una futura huida al convento o una muerte en manos de su esposo por no resignarse a ser su mujer. Cardenio, por otra parte, en un acto mujeril decide ocultarse en el bosque y enloquecer de pena. La historia de Cardenio y Luscinda es una historia interpolada con la de Dorotea y don Fernando. El descubrimiento por don Quijote de un maletín con unos papeles en la sierra comienza una serie de historias intercaladas que no terminan hasta el feliz encuentro en el locus amenus de la venta.

Dorotea, por otra parte, aunque aparentemente débil y en necesidad de protección toma las riendas de la situación: abandonada por don Fernando, se viste de paje y marcha en su búsqueda. Don Fernando es para Dorotea su mitad deseada y necesitada. Es la única hija de un matrimonio de campesinos viejos que fue criada en completo aislamiento del mundo. Está determinada a sacarle provecho a su belleza, quiere subir la escala social. Sólo un casamiento con un noble como don Fernando puede llegar a satisfacerle este deseo. Dorotea es presentada por primera vez en la simbología del andrógino: vestida de hombre con los pies en el agua. El cura y el barbero la toman por un mozuelo, aunque les deslumbra la belleza fetichista del pie.

Recordemos que primeramente llegan las palabras de lamento de Dorotea a los oídos de los escuchas. El narrador identifica a la voz con una voz varonil, aunque mucho se nos elogia la belleza delicada de Dorotea poco se nos dice de su tono de voz, un tono por otra parte lo suficientemente bajo como para evitar identificarle con una voz femenina. Nos dice el narrador “todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban, y por parecerles, como ello era, que allí junto las decían, se levantaron a buscar el dueño, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detrás de un peñasco vieron sentado al pie de un fresno a un mozo vestido como labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo(4)".

Dorotea narra su propia historia, se ve víctima del inflexible código de honor de la época. Trasgrede los códigos sociales pues al verse engañada por don Fernando decide ir en su búsqueda. El deseo de Dorotea no se ajusta a los paradigmas pre-establecidos. Tampoco el deseo de Zoraida encuentra satisfacción sin tener que tomar ella una posición activa en su realización. Zoraida, como Marcela, es huérfana de madre. Pero a diferencia de aquélla, a Zoraida la cría una nodriza española que le inculca su amor por la Virgen María. La búsqueda del reencuentro con la madre para Zoraida asume la inevitable necesidad de emigrar a un país cristiano, en este caso España. Es ella quien es la actuante en la relación que establece con el Capitán Ruy Pérez. Recordemos que ella le habla desde una ventanita de su torre cuando éste tomaba el sol en el patio presidiario. Ya en su primer diálogo con el cautivo le pide que se case con ella, puesto que si acepta, ella le enviará dinero suficiente para que pueda comprar la libertad. En este caso, el andrógino consigue la unión deseada después de transar comercialmente los estatutos de las partes interesadas. Como todo contrato económico, ambas partes deben de sentirse satisfechas para que el negocio sea un éxito. Zoraida desea adorar a la virgen María. Esto no lo puede hacer en su sociedad musulmana. Tiene que solventar el inconveniente de emigrar a un país cristiano y para ello no hay otra salida que no sea el poder casarse con un cristiano. A su vez, al cautivo le interesa poder comprar su rescate. Esta es, de las cuatro, la pareja más despareja de todas.

Simbolizan la diferencia en varios niveles: de edad, de género, de culturas y de etnias. Contradicen la noción de la eterna armonía, mientras que su unión proclama la original confusión y caos también acompasada en la figura del andrógino. La proyección de un deseo satisfecho consigue reconciliar las diferencias entre estos opuestos; el andrógino está marcado no sólo por la paridad, también por la devoción religiosa y un profundo deseo sexual. Tan pujante como el deseo de regresar a su madre patria encontramos en el discurso del Capitán la atracción física que siente hacia la mora. Zoraida por su parte se encuentra en un estado quasi-sublime de adoración al culto mariano, sólo construye espacios terrestres temporales y utilitarios, con el solo fin de acercarla a la meta de su objeto deseado. Estos dos se encuentran finalmente en un espacio que erradica los límites de género, clase, raza y perspectivas psicológicas. Aparecen como diseñadores de una unicidad única, un micromundo utópico dentro del macro social de destrucción y antagonismos. Su unión fusiona los opuestos polares, sugiriendo la utópica realización de la divinidad andrógina en el plano humano. Metafóricamente, Zoraida encuentra en el Capitán a la madre cristiana que nunca tuvo, hecho que armoniza la tensión del misterio. El doble masculino/femenino está usado por Cervantes con la intención de complementar uno a otro y satisfacer sus respectivas carencias. En el siglo XX, Viriginia Woolf desarrollá este concepto de androgismo. En Mrs. Dalloway Woolf encarna -literalmente- el androgismo en el par de Clarissa y Septimus ilustrando el vínculo de intercambio entre estos dos personajes que trasciende las divisiones de género. Ninguno de los dos es completo cuando están separados. Septimus encarna el yo de Clarissa, incompleto por la división física. En las parejas de El Quijote esta circularidad queda mentada como posible realización futura. Aunque podemos especular en el éxito matrimonial de cada una de las parejas, tal vez sea esta última la que más se acerque a la promesa de felicidad completa.

Encontramos que los personajes de las cuatro historias intercaladas transitan un período de indeterminación, donde los cambios de ropa van más allá de la estratagema de intriga común en la época. Estos cambios de vestidos y comportamiento sexual apuntan a una disrupción en la identidad del sujeto, ya que los géneros sexuales se transmutan en un intento de buscar la satisfacción primigenia del deseo. El desasosiego y la alienación de los personajes, femeninos y masculinos y la incapacidad de balancear las demandas que les impone el código social está inspirado en la ausencia de la figura de la madre. Puesto que en la sociedad occidental la mujer ha sido reducida a una imagen del deseo del varón, la madre sirve como la imagen nostálgica del retorno al origen y a la vez como una promesa utópica de totalidad. Cervantes nos presenta caracteres femeninos dispuestos a actuar en su propio destino. Mientras que los personajes masculinos quedan abandonados en toda su esplendente virilidad, esperando ser rescatados por la dama quien resuelve el impasse gestionando un rescate simbólico que aunque carezca de corcel blanco logra, en tres de las parejas, restaurar la armonía amenazada.


Notas

[1].Lacan, ex-discípulo de Freud, adopta la teoría freudiana del inconsciente a una teoría de la adquisición del lenguaje. Lo Imaginario y lo Simbólico constituyen la base de la teoría lacaniana. Lo Imaginario corresponde a la face pre-Edipo, cuando el niño cree formar una unidad con el cuerpo materno y el mundo exterior. En esta face no hay diferencias o ausencias, solo identidad y presencia. La crisis de Edipo simboliza la introducción al Orden Simbólico. Lacan la asocia con la adquisición de la lengua. El padre interrumpe la afiliación madre-niño imposibilitando las relaciones. La Ley del Padre, representada por el falo y la amenaza de castración lleva a significar la separación y distanciamiento para el niño. De aquí en adelante, la pérdida del cuerpo materno sitúa al niño en una búsqueda y un deseo que deberán ser reprimidos. La fase del espejo corresponde al nivel Imaginario, cuando el niño comienza a tener presencia de un cuerpo. No el suyo, sino una unidad de cuerpo. En lo Imaginario no hay división, ya que lo propio está siempre alienado en el Otro. La fase del espejo sólo permite relaciones duales. Cuando el padre interviene y desmembra la diada el niño puede ocupar su lugar en el orden Simbólico, y logra definirse a sí mismo como separado del Otro. La frase lacaniana “le nom du pére” sugiere la identificación de lo simbólico con el padre, y por ende, lo semiótico con connotaciones maternales.

[2].Tanto en el espacio público del templo o el privado del hogar se le asignan a la mujer pautas de comportamiento que tienen como propósito final mantenerla ajustada a los roles específicos de madre, esposa o monja. En los albores de la reforma luterana y como causa específica para evitar una repetición de las tan temidas alumbradas, surgen en España varios compendios prescriptivos de cómo formar a la mujer perfecta. Entre estos se destacan La perfecta casada de Fray Luis de León y De femina christiana por Luis Vives, ambos basados en las enseñanzas paulinas. El domínico Martín de Córdoba en Tratado que se intitula Jardín de las nobles doncellas expone la incapacidad genérica de las mujeres a hacer uso de la razón ya que la pasión domina su temperamento "en ellas no es tan fuerte la razón como en los varones, que con la razón que en ellos es mayor, refrenan las pasiones de la carne; pero las mujeres más son carne que espíritu; e, por ende, son más inclinadas a ellas que al espíritu" (90). De hecho, la opinión de Martín de Córdoba refleja la creencia generalizada en la época sobre la constitución femenina. Kraemer y Sprenger especularon sobre la etimología de la palabra fémina sin llegar a fundamentar sus análisis en base seria más que la influencia ambiental. Constataron que fémina deviene de fe y minus, señalando, de esta manera, la proclividad innata de las mujeres a los engaños (Malleus Malleficarum). Dice E. Llamas al respecto, "esta teoría en vez de ser considerada como una aberración de dos personas obsesas por los temas diabólicos y de magia, crédulas hasta la ridiculez, se convirtió en un conjunto y oráculo, a cuyo son danzaron todos los antifeministas del Renacimiento" (Teresa de Jesús: 152).

[3].Esta palabra en griego significa útero, lugar cerrado. Platón en Timaeus la define como una entidad invisible y sin forma, receptáculo de todo, que está en todo, misteriosa e inteligible. Kristeva apropia y ajusta el concepto platoneano: “a wholly provisional articulation that is essentially mobile and constituted of movements and their ephemeral stases...Neither model nor copy, it is anterior to and underlies figuration and therefore also specularization, and only admits analogy with vocal or kinetic rhythm” (1984: 24).

Canadá, 2002


Obras citadas

Aristóteles (1965). Politics and Poetics. Nueva York: Viking Press.

Cervantes, Miguel de (1986). El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Ed. Luis Andrés Murillo. Madrid, Editorial Castalia, vols. I and II.

Córdoba, Martín de (1946). Tratado que se intitula Jardín de las nobles doncellas. Ed. Fernando Rubio. Madrid: Aguilar.

Derrida, Jacques (1974). Of Grammatology. Baltimore: Johns Hopkins UP.

Frye, Northrop (1976). The Secular Scripture. Cambridge: The Harvard UP.

Jung, Carl (1959). The Archetypes and the Collective Unconscious. Princeton UP.

Kristeva, Julia (1980). Desire in Language. A Semiotic Approach to Literature and Art. New York: Columbia, UP.

Kristeva, Julia (1984). Revolution in Poetic Language. New York: Columbia UP.

Mircea, Elíade (1969). Méphistophelès et l’Androgyne. New York: Harper and Row.

Lacan, Jacques (1988). The Seminar of Jacques Lacan: Book I:Freud’s Papers on Technique, 1953-54. Nueva York: Norton.

León, Luis de, fray (1966). La perfecta casada. Madrid: M. E. Editores.

Lewis, C.S. (1936). The Allegory of Love. Oxford: The Clarendon Press.

Platón (1989). The Symposyum. Indianapolis: Hackett.

Vives, Luis (1944). De femina christiana. Madrid: Aguilar.

Woolf, Virginia (1925). Mrs Dalloway. Nueva York: Penguin.

Bertolt Brecht
Las argucias para difundir la verdad entre muchos

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Muchos, orgullosos de poseer el valor de expresar la verdad, dichosos por haberla encontrado, fatigados quizás por el trabajo que cuesta presentarla en una forma manejable, esperando impacientes la intervención de aquellos cuyos intereses defienden, no consideran necesario además el empleo de argucias especiales en la difusión de la verdad. A menudo pierden así toda la eficacia de su trabajo. En todos los tiempos se empleó la argucia para la difusión de la verdad, cuando la misma era reprimida y ocultada. Confucio falsifica un viejo calendario histórico patriótico. Sólo modifica ciertas palabras. Donde decía: "El gobernador de Kun hizo matar al filósofo Wan por haber dicho tal y cual cosa", Confucio sustituyó "matar" por "asesinar". Si se decía que el tirano Fulano murió a causa de un atentado, él escribía "fue ejecutado". De esa manera, Confucio abrió el sendero de un nuevo modo de juzgar la historia.

Quien en nuestro tiempo diga población en lugar de pueblo y propiedad rural en lugar de tierra ya estará dejando de apoyar numerosas mentiras. La palabra pueblo implica una cierta homogeneidad y alude a intereses comunes, por lo cual sólo debería empleársela cuando se hable de varios pueblos, puesto que a lo sumo entonces cabe imaginar una comunidad de intereses. La población de una comarca tiene intereses diferentes, incluso mutuamente opuestos, y ésta es una verdad que se reprime. Así, aquel que dice "tierra" y describe los campos con destino a narices y ojos, al hablar de su olor a tierra y de su color, sostiene también las mentiras de los que mandan; pues lo que importa no es la fertilidad del suelo ni el amor que le tenga el hombre, ni su empeño, sino principalmente el precio del cereal y el precio del trabajo. Aquellos que extraen el lucro de la tierra no son los mismos que extraen de ella el cereal, y en las Bolsas se desconoce el olor de los terrones. Las Bolsas tienen otro olor. En cambio "la propiedad rural" es la expresión adecuada; con ella puede engañarse menos. Allí donde reina la opresión habría que elegir, a cambio de la palabra disciplina, la palabra obediencia, porque la disciplina también es posible sin gobernantes, por lo cual tiene en sí algo más noble que la obediencia. Y mejor que la palabra honor resulta la palabra dignidad humana. Con ella, el individuo no desaparece tan fácilmente del campo de observación. ¡Pues ya sabemos qué clase de canalla pugna por poder defender el honor de un pueblo! Y con qué derroche distribuyen el honor los saciados a quienes los sacian, al tiempo que ellos mismos pasan hambre. La argucia de Confucio aún puede emplearse hoy en día. Confucio sustituía juicios injustificados de procesos nacionales por otros justificados. En inglés Tomás Moro describió, en su Utopía, un país en el cual imperaban condiciones justas; tratábase de un país muy diferente al país en el que vivía, pero se le asemejaba mucho, salvo en esas condiciones.

Lenín, amenazado por la policía del zar, quiso describir la explotación y el sojuzgamiento de la isla Sajalin por la burguesía rusa. Cambió a Rusia por Japón y a Sajalin por Corea. Los métodos de la burguesía japonesa recordaron a todos los lectores los métodos rusos utilizados en Sajalin, pero ese escrito no fue prohibido ya que el Japón estaba enemistado con Rusia. Muchas cosas que en Alemania no pueden decirse sobre Alemania, sí pueden decirse referidas a Austria.

Existen variadas argucias mediante las cuales es posible engañar al receloso Estado.

Voltaire combatía la creencia en milagros de la Iglesia escribiendo un poema galante sobre la Doncella de Orleans. Describió los milagros que indudablemente debieron haber ocurrido para Juana siguiese siendo doncella en un ejército, en una corte y entre los monjes.

Mediante la elegancia de su estilo y describiendo aventuras eróticas, provenientes de la opulenta vida de los gobernantes, tentó a estos a abandonar una religión que les procuraba los medios para esa vida relajada. Más aún, de ese modo creó la posibilidad de que sus trabajos llegaran por vías ilegales hacia aquellos a quienes estaban destinados. Los poderosos de entre sus lectores fomentaban o toleraban su difusión. Abandonaban así a la policía que defendía sus diversiones. Y el gran Lucrecio subraya expresamente que mucho espera de la belleza de sus versos para la difusión del ateísmo epicúreo.

En efecto, un alto nivel literario puede servir de protección a un testimonio. Sin embargo, a menudo también despierta sospechas. Entonces puede ocurrir que se lo haga descender adrede. Ello sucede, por ejemplo, cuando se introducen de contrabando, en la forma desdeñada de la novela policial, descripciones de situaciones anómalas en lugares que no llamen la atención. Esta clase de descripciones justificarían por entero una novela policial.

Partiendo de consideraciones de mucha menor monta, el gran Shakespeare hizo descender el nivel cuando creó en forma intencionalmente carente de fuerza el parlamento de la madre de Coriolano con el que ésta enfrenta a su hijo que se dirige contra su ciudad patria, pues quería que lo que detuviera a Coriolano en su plan no fuesen razones verdaderas o una profunda emoción, sino una cierta inercia, con la cual se entregaba a una antigua costumbre. En Shakespeare encontramos también una muestra de difusión de la verdad mediante una argucia en el discurso de Antonio junto al cadáver de César. Antonio subraya incesantemente que Bruto, el asesino de César, es un hombre honorable, pero también describe su acción, y la descripción de esa acción es más impresionante que la de su autor; de este modo, el orador se deja vencer por los propios hechos; les confiere mayor elocuencia que "a sí mismo". (...)

En un folleto, Jonathan Swift propuso que, a fin de que el país llegara al bienestar, se ahumaran los brazos de los niños y se los vendiera como carne. Formuló cálculos exactos, que demostraban cuánto podía ahorrarse de no arredrarse ante nada.

Swift se hacía el tonto. Defendía una determinada manera de pensar, que le era odiosa, con mucho fuego y gran minuciosidad, en un problema en el cual todo el mundo podía reconocer claramente toda su infamia. Todo el mundo podía ser más inteligente, o cuando menos más humano que Swift, sobre todo quien hasta el momento no había examinado ciertos puntos de vista en cuanto a las consecuencias que de ellos resultaban.

La propaganda a favor del pensamiento, cualquiera sea el terreno en el que tenga lugar, resulta útil a la causa de los oprimidos. Una propaganda de esa índole es sumamente necesaria. Bajo gobiernos que sirven a la explotación, se considera como bajo al pensamiento.

Se considera bajo lo que es útil a quienes son mantenidos a bajo nivel. Se considera baja la preocupación constante por saciar el hambre; el desdén por los honores que se prometen a los defensores del país en el que pasan hambre; la duda respecto al líder, cuando éste nos lleva hacia la desgracia; la aversión al trabajo que no alimenta a quien lo realiza; la rebeldía contra la obligación de tener un comportamiento carente de sentido; la indiferencia hacia la familia, a la cual de nada sirve ya el propio interés. Se denuesta a los que pasan hambre llamándoselos glotones que nada tienen que defender, cobardes que dudan de su opresor, gentes que dudan de sus propias fuerzas, que pretenden un salario a cambio de su trabajo, haraganes, etc. Bajo esta clase de gobiernos, el pensar se considera en forma totalmente general como algo bajo y cae en descrédito. No se lo predica ya en ninguna parte, y se lo persigue allí donde se presente. Sin embargo, existen siempre terrenos en los cuales se puede señalar impunemente los resultados del pensamiento; se trata de aquellos terrenos en los cuales las dictaduras necesitan el pensamiento. Así, por ejemplo, es posible demostrar los resultados del pensamiento en el terreno de la ciencia y la técnica bélicas. También el racionamiento de las reservas de lana a cargo de organizaciones y el invento de sucedáneos requiere el pensamiento. El empeoramiento de los alimentos, la instrucción de los adolescentes para la guerra, todo ello requiere el pensamiento; es posible describirlo. Se puede eludir con argucias el elogio a la guerra, del fin impensado de ese pensamiento; de ese modo el pensamiento que surge de la cuestión acerca del mejor modo de llevar a cabo una guerra, puede llevar al interrogante de si esa guerra tiene sentido, y ser empleado en la cuestión acerca de la mejor manera de evitar una guerra sin sentido.

Desde luego, difícilmente pueda plantearse esta cuestión en forma abierta. Entonces, ¿no es posible aprovechar el pensamiento que se ha propagado, es decir no puede dársele una forma en la que intervenga? Es posible.

Para que en una época como la nuestra siga siendo posible la opresión que sirve a la explotación de una parte (mayor) de la población por parte de la otra parte (menor), se requiere una muy determinada posición fundamental de la población, que debe extenderse a todos los terrenos. Un descubrimiento en el terreno de la zoología, como el del inglés Darwin, súbitamente pudo volvérsele peligroso a la explotación; sin embargo, durante un tiempo sólo la Iglesia se preocupó por él, mientras que la policía nada advertía aún. Las investigaciones realizadas por los físicos durante los últimos años llevaron a conclusiones en el terreno de la lógica que, con todo, pudieron tornarse peligrosas para una serie de dogmas que sirven a la represión. El filósofo estatal prusiano Hegel, ocupado en complejas investigaciones en el terreno de la lógica, suministró a Marx y Lenín, los clásicos de la revolución proletaria, métodos de incalculable valor. El desarrollo de las ciencias tiene lugar en forma conexa pero despareja, y el Estado no está en condiciones de vigilarlo todo. Los adalides de la verdad pueden escoger sitios de combate relativamente no observados. Todo depende de que se predique un pensamiento correcto, un pensamiento que interrogue a todas las cosas y procesos acerca de su aspecto transitorio y modificable. Los dominadores tienen una gran aversión a las grandes modificaciones. Querrían que todo quedase tal cual, de ser posible durante mil años. Lo mejor sería que la luna se detuviese y que el sol cesara en su carrera. Entonces ya nadie tendría hambre ni querría comer por la noche. Una vez que han disparado querrían que el adversario ya no pudiese disparar; su propio disparo tendría que ser el último. Un enfoque que destaque especialmente lo transitorio es un buen medio para alentar a los oprimidos. También el hecho de que en cada cosa y en cada situación se anuncie y crezca una contradicción es cosa que debe oponerse a los vencedores. Un enfoque tal (como la dialéctica, la teoría del flujo de las cosas) puede practicarse en la investigación de objetos que se le escapan a los dominadores durante un tiempo. Se lo puede emplear en la biología o en la química. Pero también puede ser aplicado a la descripción de las vicisitudes de una familia, sin despertar demasiado la atención. La dependencia de todas las cosas con respecto a muchas otras que se modifican constantemente, es un pensamiento peligroso para las dictaduras y puede manifestarse en variadas formas sin ofrecer asidero a la policía. Una descripción completa de todas las circunstancias y procesos que afectan a un hombre que abre una venta de tabacos puede ser un rudo golpe a la dictadura. Todo aquel que reflexione un poco descubrirá por qué. Los gobiernos que conducen a las masas humanas hacia la miseria deben evitar que se piense en el gobierno en medio de la miseria. Hablan mucho acerca del destino. Este, y no ellos, es el culpable de la escasez. Quien investigue la causa de la escasez es arrestado antes de toparse con el gobierno. Pero es posible enfrentar en general el palabrerío acerca del destino; se puede mostrar que el hombre depara su destino al hombre.

A su vez, esto puede ocurrir de múltiples maneras. Por ejemplo, se puede relatar la historia de una granja, verbigracia una granja de Islandia. Toda la aldea comenta que una maldición flota sobre esa granja. Una campesina se ha arrojado al pozo y un campesino se ha ahorcado. Un día tiene lugar una boda; el hijo del campesino se casa con una muchacha que aporta algunos campos al matrimonio. La maldición se aleja de la granja. La aldea no se pone de acuerdo al juzgar el feliz viraje. Algunos se lo atribuyen a la radiante naturaleza del joven campesino, y otros a los campos aportados por la joven campesina, sólo gracias a los cuales la granja puede vivir. Pero incluso en un poema que describe un paisaje se puede lograr algo, cuando se le incorporan a la Naturaleza las cosas creadas por el hombre.

En Escritos políticos (Editorial Tiempo Nuevo)
Fuente: DDOOSS


Jorge Luis Borges - Deutches Requiem

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Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.

Job 13:15



Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio[1]. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.

Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.


Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.

Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe[2] sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido.

Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.

Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar[3]. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.

En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades, más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz.

El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem.

Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der Zeit, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y [4]... A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte[5].

Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.

Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota.

En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera.

Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.

Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.

Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.


[1] Es significativa la omisión del antepasado más ilustre del narrador, el teólogo y hebraísta Johannes Forkel (1799-1846), que aplicó la dialéctica de Hegel a la cristología y cuya versión literal de algunos de los Libros Apócrifos mereció la censura de Hengstenberg y la aprobación de Thilo y Geseminus. (Nota del editor.)

[2] Otras naciones viven con inocencia, en sí y para sí como los minerales o los meteoros; Alemania es el espejo universal que a todas recibe, la conciencia del mundo (das Weltbewusstsein). Goethe es el prototipo de esa comprensión ecuménica. No lo censuro, pero no veo en él al hombre fáustico de la tesis de Spengler.

[3] Se murmulla que las consecuencias de esa herida fueron muy graves. (Nota del editor.)

[4] Ha sido inevitable, aquí, omitir algunas líneas. (Nota del editor.)

[5] Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura alemana. No creo, sin embargo, que se trate de un personaje falso. Por orden de Otto Dietrich zur Linde fueron torturados en Tarnowitz muchos intelectuales judíos, entre ellos la pianista Emma Rosenzweig. “David Jerusalem” es tal vez un símbolo de varios indivíduos. Nos dicen que murió al primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit. (Nota del editor.)

En El Aleph, 1949