Los artistas sin empleo y los que lo tienen departen en el café de artistas. Allí descansan de los trabajos de su profesión. Allí pueden entregarse a sus inclinaciones, a sus temperamentos. Allí no tienen que negar su naturaleza. El payaso puede sentarse en una silla sin antes caerse diez veces. El domador de serpientes puede dar libre curso a su miedo innato a los perros. El funambulista puede resbalar a pie firme y el ventrílocuo emplear su laringe para hablar. Vi cómo un malabarista dejaba caer una taza de café, vi que se rompía, por voluntaria torpeza. Noche tras noche lanza por los aires diez, veinte platos de porcelana, y los atrapa con las dos manos. Por una vez en la vida, le gusta ser torpe.
Joseph Roth en El café de la undécima musa



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