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10 dic. 2014

Descarga: Lou Andreas-Salomé & Rainer Maria Rilke - Correspondencia

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Descarga: Lou Andreas-Salomé & Rainer Maria Rilke - Correspondencia

A lo largo de su correspondencia con Rilke, Lou Andréas-Salomé ejerció una cura de alma sobre el poeta, convencida de que las fuerzas oscuras de la persona constituían la única fuente tanto de «curación» como de creación del poeta. Lou trata de convertirse en mediadora entre el alma deprimida del poeta y las angustias que regularmente le confiesa en sus horas de esterilidad, y así aparece esencialmente como la intérprete tanto de esas fuerzas oscuras como de las primeras interpretaciones que da el mismo poeta.

21 nov. 2013

Rainer Maria Rilke: A Lou Andreas-Salomé (bilingüe)

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I

Me abrí de par en par pero olvidaba
que ahí afuera no sólo están las cosas y animales
habitados en ellos plenamente, cuyo ojo,
desde la redondez que son sus vidas,
no alcanza más que un cuadro tras su marco;
olvidaba que sin cesar dejaba
irrumpir las miradas entretanto en mí mismo:
curiosidad, miradas, pensamientos…
Quizás se forman ojos dentro de nuestro espacio
y presencian. Ay sólo en ti mi rostro
se proyecta y no cae en la intemperie.
Dentro de ti se planta oscuro e infinito;
va creciendo abrigado junto a tu corazón.


II

Cual pañuelo delante de una respiración amontonada,
o no, más bien tal vez, como si se apretase aquella herida
desde la cual la vida de un tirón
quisiera derramarse: me aferraba así a ti;
así enrojecías con mi sangre. ¿Quién articulará
lo que tuvo lugar entre nosotros?
Recuperamos todo: cada cosa
para la cual no hubo nunca tiempo.
Maduré extrañamente en cada impulso
de alguna postergada juventud.
Y tú, Amada, viviste, no sé qué infancia libre
sobre mi corazón.


III

Pero ahora no basta recordar.
El puro existir debe alzarse desde cada
uno de esos instantes, sobre mi propio fondo:
sedimento de una solución
colmada sin medida.
Porque yo no recuerdo: me conmueve por ti lo que soy.
Yo no te invento en los lugares tristes,
de perdido calor, donde tú ya no estás,
porque incluso a tu ausencia en esos sitios
tú le das calidez y es más veraz
y es mucho más que una privación.
A menudo el anhelo conduce a lo impreciso.
A qué lanzarme fuera si tu influencia en mí
es suave cual el rayo
de luna hacia un lugar cercano a la ventana.

Duino, noviembre o diciembre de 1911


An Lou Andreas-Salomé

I

Ich hielt mich übertroffen, ich vergaß,
daß draußen nicht nur Dinge sind und voll
in sich gewohnte Tiere, deren Aug
aus ihres Lebens Rundung anders nicht
hinausreicht als ein eingerahmtes Bild;
daß ich in mich mit allem immerfort
Blicke hineinriß: Blicke, Meinung, Neugier.
Wer weiß, es bilden Augen sich im Raum
und wohnen bei. Ach nur zu dir gestürzt,
ist mein Gesicht nicht ausgestellt, verwächst
in dich und setzt sich dunkel
unendlich fort in dein geschütztes Herz.

II

Wie man ein Tuch vor angehäuften Atem,
nein: wie man es in eine Wunde preßt,
aus der das Leben ganz, in einem Zug,
hinauswill, hielt ich dich an mich: ich sah,
du wurdest rot von mir. Wer spricht es aus,
was uns geschah? Wir holten jedes nach,
wozu die Zeit nie war. Ich reifte seltsam
in jedem Antrieb übersprungner Jugend,
und du, Geliebte, hattest irgendeine
wildeste Kindheit über meinem Herzen.

III

Entsinnen ist da nicht genug, es muß
von jenen Augenblicken pures Dasein
auf meinem Grunde sein, ein Niederschlag
der unermeßlich überfüllten Lösung.
Denn ich gedenke nicht, das, was ich bin
rührt mich um deinetwillen. Ich erfinde
dich nicht an traurig ausgekühlten Stellen,
von wo du wegkamst; selbst, daß du nicht da bist,
ist warm von dir und wirklicher und mehr
als ein Entbehren. Sehnsucht geht zu oft
ins Ungenaue. Warum soll ich mich
auswerfen, während mir vielleicht dein Einfluß
leicht ist, wie Mondschein einem Platz am Fenster.



Título original: Poemas a la noche y otra poesía póstuma y dispersa
Traducción, selección y notas: Juan Andrés García Román
Kiel 2008
Foto: Rilke at Muzot (Fall of 1923)

16 ago. 2013

Rainer María Rilke: "Viraje decisivo" (bilingüe) en la correspondencia con Lou Andreas Salomé

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Carta enviada a Göttingen desde París hacia mediados de junio

París, sábado 20 de junio de 1914

Lou querida, he aquí un extraño poema escrito esta mañana, que te envío ahora mismo, y al que espontáneamente he titulado «Wendung» porque representa el viraje decisivo que se producirá probablemente con toda necesidad si tengo que vivir, y comprenderás en qué sentido lo concebí.

Tu carta en respuesta a mi estudio sobre las «Muñecas» la había presentido, suponiendo que me escribirías una de consuelo, que manifestara una impresión apropiada para ordenarlo. Y, en efecto, comprendo perfectamente lo que reconoces en ella, así como la última frase que las «palabras» son incapaces de expresar, esa última frase con relación a la unidad que la muñeca forma con lo corporal y sus más horribles fatalidades.

Pero, qué espantoso es que uno escriba semejante cosa sin darse cuenta de nada, so pretexto de hablar de un recuerdo de la más original intimidad, y que a continuación deje uno la pluma con ansias de revivir una vez más lo fantasmal, pero de manera ilimitada como nunca antes lo había hecho; hasta que, lleno a rebosar de estopa el cuerpo de títere en que uno mismo se ha convertido, se quede con la boca reseca.

Tu Rainer


Viraje decisivo

                                            El camino que lleva de la intimidad
                                           a la grandeza pasa por el sacrificio
.

                                                                                             Kassner

Lentamente se la ganó con la mirada en reñida lucha.
Los astros doblaban la rodilla
bajo la violencia de sus ojos alzados.
O volvía a contemplar arrodillado,
y el perfume de su insistencia
doblegaba algo divino,
ella le sonreía, adormecida.
Las torres que así contemplaba, se estremecían:
edificadas otra vez, hacia las alturas, de un vistazo.
Mas cuan a menudo, de día
sobrecargado, el paisaje, al anochecer
reposaba, tendido sobre su silencioso percibir.

Los animales entraban confiados
en la abierta mirada, paciendo,
y cautivos los leones
los observaban con sus ojos fijos cual una libertad inconcebible;
unos pájaros lo atravesaban con su vuelo,
a él, el insensible; unas flores
se reflejaban en él
grandes como en un alma infantil.

Y el rumor de que existía un contemplativo tal
conmovía a los menos
improbablemente visibles,
conmovía a las mujeres.

¿Mirando desde hace cuánto tiempo?
¿Desde hace cuánto tiempo privándose ya íntimamente
suplicando en el fondo de la mirada?
Cuando él, que vivía en la espera, un país extranjero,
sentado en la habitación de un albergue,
sentado en la habitación dispersa, alejada de él, que
lo rodeaba de un ambiente taciturno, y en el espejo evitada
de nuevo la habitación,
y más tarde, vista desde el fondo de su torturadora cama, otra vez
la habitación: entonces deliberaba esto al vacío,
imperceptiblemente, deliberaba a propósito de su corazón sensible,
en el fondo de su cuerpo trastornado de dolor,
de su corazón a pesar de todo sensible,
esto deliberaba y juzgaba ese corazón:
no poseía nada del amor.
(Y le eran rechazadas nuevas consagraciones).
Ya está, se ha puesto un límite a la mirada.

Y el universo mirado
quiere alcanzar su plenitud en el amor.
La labor de la vista está hecha,
haz en adelante la labor del corazón
con respecto a tus imágenes, esas imágenes cautivas; pues tú
las habías vencido: pero sigues sin conocerlas.
Mira, hombre interior, tu interior muchachita
conquistada en reñida lucha
contra mil naturalezas,
esta criatura sólo conquistada, todavía no amada.



Wendung

                                   Der Weg von der Innigkeit zur Größe
                                   geht durch das Opfer.
                                                                                     Kassner

Lange errang ers im Anschaun.
Sterne brachen ins Knie
unter dem ringenden Aufblick.
Oder er anschaute es knieend,
und seines Instands Duft
machte ein Göttliches müd,
dass es ihm lächelte schlafend.

Türme schaute er so,
dass sie erschraken:
wieder sie bauend, hinan, plötzlich, in Einem!
Aber wie oft, die vom Tag
überladene Landschaft
ruhete hin in sein stilles Gewahren, abends.

Tiere traten getrost
in den offenen Blick, weidende,
und gefangenen Löwen
starrten hinein wie in unbegreifliche Freiheit;
Vögel durchflogen ihn grad,
den gemütigen; Blumen
wiederschauten in ihn groß wie Kinder.

Und das Gerücht, dass ein Schauender sei,
rührte die minder,
fraglicher Sichtbaren,
rührte die Frauen.

Schauend wie lang?
Seit wie lange schon innig entbehrend,
flehend im Grunde des Blicks?

Wenn er, ein Wartender, saß in der Fremde; des Gasthofs
zerstreutes, abgewendetes Zimmer
mürrisch um sich, und im vermiedenen Spiegel
wieder das Zimmer
und später vom quälenden Bett aus
wieder:
da beriets in der Luft,
unfassbar beriet es
über sein fühlbares Herz,
über sein durch den schmerzhaft verschütteten Körper
dennoch fühlbares Herz
beriet es und richtete:
dass es der Liebe nicht habe.

(Und verwehrte ihm weitere Weihen.)

Denn des Anschauns, siehe, ist eine Grenze.
Und die geschaute Welt
will in der Liebe gedeihn.

Werk des Gesichts ist getan,
tue nun Herz-Werk
an den Bildern in dir, jenen gefangenen; denn du
überwältigtest sie: aber nun kennst du sie nicht.
Siehe, innerer Mann, dein inneres Mädchen,
dieses errungene aus
tausend Naturen, dieses
erst nur errungene, nie
noch geliebte Geschöpf.


Correspondencia Rainer Maria Rilke- Lou Andreas Salomé
a partir de la establecida y publicada por Ernst Pfeiffer 
(Max Niehans Verlag Zurich u. Insel Verlag Wiesbaden 1952) 
Prólogo de Pierre Klossowski
Postfacio de Miguel Morey
Traducción de José María Fouce
Barcelona, Hesperus, 1981 y 1997
Fuente del texto original en alemán
Foto: Rainer Maria Rilke, 1906, por George Bernard Shaw

22 sept. 2010

Carta de Lou Andreas Salomé a Rilke, en París

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Göttingen, 27 de junio de 1914
sábado por la mañana


Querido Rainer, fue solo hace unos días, una vez enviada mi carta, cuando empecé a vivir con el poema mismo, pues en los primeros momentos su sentido objetivo me subyugó demasiado como para poder hacerlo. Y ahora lo leo, o mejor: no paro de recitármelo a mí misma. Hay en él como un reino recientemente conquistado, todavía no se distinguen bien sus fronteras, se extiende más allá del espacio que se puede recorrer en él; se lo adivina más amplio; se presienten muchos viajes y peregrinaciones por hacer a través de caminos en los que las brumas jamás se disipan. Y solo un poco de fulgor diurno, justo el necesario para avanzar un paso, sería —de un poema al otro— como un modo real nunca practicado de seguir asentándose en un terreno donde (al contrario que en el simple «arte») el esclarecimiento y la acción siguen siendo una y la misma cosa; esto sólo puede ser poema en la medida en que se lo vuelva a conquistar en provecho de la experiencia vivida. En alguna parte, en la profundidad, todo arte vuelve a empezar como en sus más remotos orígenes, tal la fórmula mágica, el conjuro —evocación de la vida bajo su forma humana desde el fondo de sus abismos hasta entonces impenetrables—. En efecto, en aquello en que la oración y la suprema explosión de potencia no eran todavía más que una y la misma cosa.

No me canso de reflexionar sobre esto.

Luego volví a leer, súbitamente, el poema de Narciso cuyo texto me escribiste el verano pasado. Y vi entonces en él como la prehistoria de la Muñeca. Ya que, por el efecto que produce este poema, parece que hubiera en él como una singular profundización de la tristeza de Narciso (esa tristeza emanada de la leyenda y del amor rechazado sobre sí mismo) en favor de lo inorgánico, por decirlo así, de lo no-viviente en que se contempla. («Ahora eso yace en el agua indiferente y dispersada... allí donde no hay más que la igualdad de humor de las piedras arrojadas»). Esta parte de él mismo que huye al exterior, no detenida por el «flexible medio», sólo adquiere su pleno efecto en virtud de lo-que-está-muerto, en lo que esta parte fugitiva se detiene, para convertirse así en lo-que-le-hace-frente. Al mismo tiempo, sin embargo, aparece alusivamente en lo-que-huye-al-exterior el por qué es así, el por qué esta experiencia llena de tristeza es talmente ineluctable: el hecho de que él mismo se disuelva también en el sentido creador («en el aire y en el sentimiento de los bosques»), el hecho de que no se enfrente a ninguna hostilidad—, el hecho de que por su parte dé vida a lo que se declaró muerto, a lo exterior, a lo-que-le-hace-frente, llegando a extinguirse su vida más allá de todo esto. Y en tercer lugar aparece, además, cómo esos dos procesos se acrecientan imperceptiblemente en un punto determinado, transformándose así en una tristeza erótica: «Lo que se forma ahí y me es seguramente semejante, y asciende temblando entre signos ahogados en lágrimas, pudiera ser que naciera así en el interior de una mujer, esto permanecía inaccesible». El hecho de enfrentarse a lo inorgánico, el hecho de convenirse en muñeca, expresado al mismo tiempo como el hecho de enfrentarse a nuestro propio cuerpo, que (aunque sea lo orgánico viviente) no deja de ser para nosotros lo exterior y lo externo en el sentido más íntimo, la primera cosa diferenciada con relación a nosotros mismos en tanto que nosotros somos los interiorizados que habitamos en el interior del cuerpo, como la cara del erizo; y sin embargo, lo que concierne precisamente a nuestro cuerpo, nuestros pies, nuestros ojos, nuestras orejas, nuestras manos, es ciertamente lo que se dice ser «nosotros-mismos»; este inquietante, desorientador fenómeno, de ordinario no se disipa completamente más que en el comportamiento amoroso de otro, y es sólo él quien legitima de manera soportable nuestro cuerpo en tanto que «nosotros-mismos». En lugar de eso, las partes integrantes se asocian y disocian de nuevo en el «creador»: por ello lo que viene de él es una realidad nueva en vez de una simple repetición.

Es eso lo que a ti te hace daño; a través de tu mal presiento la felicidad.

Perdóname.

Lou



Extraída de la correspondencia entre Rainer María Rilke y Lou Andrés-Salomé, establecida y publicada por Ernst Pfeiffer (Rainer María Rilke/Lou Andrés-Salomé: Briefwechsel. Max Niehans Verlag Zurich u. Insel Verlag Wiesbaden 1952).

En Rainer María Rilke-Lou Andreas Salomé,
Correspondencia
Trad. José María Foucé
Barcelona, Hesperus, 1997




14 abr. 2008

Lou Andreas Salomé - Vivencia de los amigos

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En Roma, por lo pronto, ocurrió algo que sopló a favor nuestro: fue la llegada de Friedrich Nietzsche a nuestro círculo, puesto al corriente por carta por sus amigos Malwida y Paul Rée, y que inesperadamente vino desde Mesina a compartir nuestra compañía. Pero sucedió algo aún más inesperado: y es que apenas supo del plan de Paul Rée y mío, Nietzsche se convirtió en el tercero en el pacto. Incluso quedó fijado el lugar de nuestra futura trinidad: iba a ser París (originalmente Viena), donde tanto Paul Rée como yo, él desde antes y yo por St. Petersburgo, estábamos relacionados con Iván Turgueniev. Esto tranquilizo un poco a Malwida, porque allí nos veía protegidos por sus hijas adoptivas Olga Monod y Natalie Herzen; la segunda mantenía además una pequeña tertulia, donde leía cosa bellas rodeada de muchachas jóvenes. Pero lo que más le habría gustado a Malwida habría sido que la señora Rée hubiese acompañado a su hijo y la señorita Nietzsche a su hermano.

 

Nuestras bromas eran alegres e inofensivas, ya que todos queríamos mucho a Malwida, y Nietzsche estaba a menudo en un estado tal de agitación que pasaba a segundo término su manera de ser más comedida, o dicho más exactamente, algo solemne. Esta solemnidad la recuerdo ya desde nuestro primer encuentro, que tuvo lugar en la Iglesia de San Pedro, donde Paul Rée se entregaba a sus notas de trabajo con ardor y devoción, en un confesionario orientado de manera especialmente favorable hacia la luz, y en donde por eso había citado a Nietzsche. Su primer saludo al mío fueron las palabras: “ ¿Desde qué estrella hemos venido a caer aquí, uno frente a otro?”. Lo que tan bien comenzara sufrió sin embargo posteriormente un giro diferente que nos hizo pasar, a Paul Rée y a mí, nuevas preocupaciones por nuestro plan, en la medida en que éste se vio incalculablemente complicado por un tercero. Por cierto que Nietzsche lo veía más bien como una simplificación de la situación: hizo que Rée hiciese valer ante mí sus buenos oficios para una proposición de matrimonio. Profundamente preocupados, nos pusimos a pensar cuál sería la mejor manera de solucionarlo sin poner en peligro nuestra trinidad. Se acordó explicarle claramente a Nietzsche, antes que nada, mi fundamental aversión hacia el matrimonio en general, pero además también la circunstancia de que yo viví sólo de la pensión de viuda de general, y que la casarme perdería mi propia pequeña pensión, que le estaba concedida a las hijas únicas de la nobleza rusa.

 

Cuando salimos de Roma, el asunto parecía liquidado; además en los últimos tiempos Nietzsche venía sufriendo con mayor frecuencia de sus “ataques” -la enfermedad que le había obligado en su día, a abandonar la cátedra de Basilea, y que se manifestaba como una jaqueca terriblemente fuerte-; por tal motivo, Paul Rée se quedó con él todavía un tiempo en Roma, mientras que mi madre -según creo recordar- tuvo por más conveniente partir conmigo primero, de manera que sólo durante el viaje volvimos a reunirnos todos. Luego juntos, hicimos estación por el camino, por ejemplo en Orta, en los lagos del norte de Italia, donde el Monte Sacro, situado en las cercanías, parece que nos cautivo; al menos hubo un mal humor de mi madre ajeno a nuestras intenciones, al habernos demorado Nietzsche y yo, más de la cuenta en el Monte Sacro y no haber regresado puntuales a recogerla, cosa que también anotó con bastante enojo Paul Rée, quien le había hecho compañía. Luego que abandonamos Italia, Nietzsche hizo una escapada a casa de los Overbeck, en Basilea, pero desde allí volvió a reunirse con nosotros en Lucerna, porque los buenos oficios romanos de Paul Rée en su favor le parecían insuficientes y quería conversar el asunto personalmente conmigo, cosa que ocurrió en el Löwengarter de Lucerna. Al mismo tiempo, Nietzsche se empeño en hacer la fotografía de nosotros tres, a pesar de las violentas protestas de Paul Rée, que conservó toda su vida un terror enfermizo a la reproducción de su rostro. Nietzsche en plena euforia, no sólo insistió en hacerla, sino que se ocupó, personalmente y con celo, de la preparación de los detalles -como la pequeña carreta (¡que resultó demasiado pequeña!), o incluso en la cursilería del ramo de lilas en la fusta, etcétera. 

 

[...]

 

Desde Bayreuth quedó planeada una convivencia de varias semanas entre Nietzsche y yo en Turingia -Tautenburg bei Dornburg-, donde vine por casualidad a vivir en una casa cuyo huésped, el predicador del lugar resultó ser un antiguo discípulo de mi principal profesor en Zurich, Alois Biederman. Parece que al comienzo hubo algunas disputas entre Nietzsche y yo, con motivo de toda clase de habladurías, que hasta el día de hoy me siguen resultando incomprensibles porque no se compadecían con ninguna especie de realidad, y de las cuales también pronto nos deshicimos para gozar abundantemente de la compañía mutua, dejando en lo posible de lado a molestos terceros. Aquí tuve ocasión de adentrarme en el circulo de los pensamientos de Nietzsche mucho más profundamente de lo que me había sido posible en Roma o durante el camino: yo no conocía todavía nada de sus obras, aparte de la Gaya Ciencia, que aún tenía en su último estadio de elaboración y de la cual ya nos había leído en Roma: en las conversaciones de esta especie Nietzsche y Rée se arrebataban las palabras de la boca, hacía tiempo que pertenecían a la misma tendencia espiritual, o en todo caso desde que Nietzsche se había distanciado de Wagner. La predilección por el modo de trabajo aforístico -a la que Nietzsche se veía obligado por su enfermedad y su forma de vida- le había sido propia desde un comienzo a Paul Rée; siempre andaba con un Larochefoucauld o un La Bruyère en el bolsillo, de la misma manera como, desde su primera obra, Sobre la vanidad, permaneció siempre del mismo espíritu. Pero en Nietzsche era posible sentir ya lo que había de llevarlo más allá de sus colecciones de aforismos y hacia el Zaratustra: el profundo movimiento de Nietzsche el buscador de Dios, que venía de la religión e iba hacia la profecía de la religión.

 

En una de mis cartas a Paul Rée desde Tautenburg la del 18 de agosto, ya puede leerse: “Muy al comienzo de mi relación con Nietzsche le escribí a Maldiwa que éste era una naturaleza religiosa, despertando con ello la más fuerte resistencia de su parte. Hoy quisiera subrayar doblemente esta expresión” “Veremos el día en que se presente como heraldo de una nueva religión, y será entonces una religión que reclute héroes como discípulos. Cuán igual pensamos y sentimos al respeto, y cómo nos quitábamos cabalmente las palabras y los pensamientos de la boca. Literalmente nos matamos hablando estas tres semanas, y lo notable es que, de pronto, él soporta ahora charlar cerca de diez horas al día.” “Es extraño que con nuestras conversaciones vayamos a dar involuntariamente a los abismos, a aquellos lugares de vértigo a los que alguna vez uno ha llegado trepando solo, para asomarse a las profundidades. Constantemente hemos escogido los senderos de las gamuzas, y si alguien nos hubiese escuchado habría creído que eran dos diablos conversando.”

 

No podía ser de otra manera, que en el modo de ser de Nietzsche y en lo que decía me fascinara justo aquello que entre él y Paul Rée menos ocasión tenía de acceder a la palabra. Ya que en ello vibraban recuerdos o sentimientos a medias ignorados provenientes de mi niñez, infantilísima, y sin embargo personalísima e indestructible. Sólo que, al mismo tiempo, era precisamente esto lo que no me habría permitido nunca convertirme en su discípula, en su seguidora: caminar en la dirección de la que había tenido que desprenderme para encontrar la claridad, me habría hecho desconfiar en todo momento. Lo fascínate y, al mismo tiempo, un íntima repulsa, eran una y la misma cosa.

 

Luego de que hube regresado a Stibbe por el otoño, volvimos una vez más a reunirnos con Nietzsche en Leipzig en octubre, por tres semanas. Ninguno de nosotros presentía que sería la última vez. Y sin embargo ya no era como al comienzo, aunque seguían firmes nuestros deseos de un futuro común para los tres. Si he de preguntarme qué es lo que, antes que nada, comenzó a afectar mi disposición interior para con Nietzsche, diré que fue la acumulación creciente, por parte suya, de insinuaciones destinadas a perjudicar a Paul Rée ante mis ojos -y el asombro, también, de que pudiese tener este método por efectivo.

 

Sólo después de nuestra despedida en Leipzig se desataron igualmente los ataques contra mi persona, reproches cargados de odio de los cuales yo sólo llegué a conocer una carta precursora. Lo que depués siguió parecía contradecir de tal manera la esencia y la dignidad de Nietzsche, que sólo puede ser adscrito a la influencia ajena. Así por ejemplo, cuando nos hacía a Rée y a mi objeto de sospechas cuya falta de fundamento él conocía mejor que nadie. Pero parece ser que lo más odioso de este período me fue simplemente disimulado por los cuidados de Paul Rée -cosa que no supe sino muchos años más tarde; incluso parece que hubo cartas de Nietzsche a mí persona que no me llegaron jamás, ahorrandome improperios que me habrían resultado incomprensibles. Y no sólo esto: Paul Rée me ocultó también el hecho de hasta qué punto las calunmias que circulaban habían soliviantado contra mí también a su familia, hasta el extremo de que ésta me odiaba, en lo cual, es verdad, tenía especialmente que ver la disposición enfermizamente celosa de la madre, cuyo deseo era retener al hijo para sí sola.

 

El propio Nietzsche, mucho más tarde, parece haber mostrado también su disgusto por los rumores que habia puesto en circulación; ya que por intermedio de Heirich von Stein, que era amigo nuestro, nos enteramos del siguiente episodio de Sils-Maria, donde éste visitó una vez a Nietzsche (no sin antes pedirnos conformidad). Abogó ante él por la posibilidad de terminar con los malentendidos que habían surgido entre nosotros tres; pero Nietzsche respondió, sacudiendo la cabeza: “Lo que yo hice no puede perdonarse.”

 

Posteriormente yo misma seguí conmigo el método de Paul Rée: mantenerme alejada de todo el asunto, no leer nada más al respecto y no ocuparme ni de los ataques de la casa Nietzsche ni, en general, de la literatura sobre Nietzsche después de su muerte. Mi libro Friedrich Nietzsche en sus obras lo escribí todavía completamente sin prevención, motivada tan sólo por el hecho de que con su acceso a la fama, se habian apoderado de él demasiados adolescentes literatos que no lo entendían; a mí misma la imagen espiritual de Nietzsche se me había revelado en sus obras, pero sólo después de nuestro trato personal; mi intención no fue otra sino comprender la figura de Nietzsche a partir de estas impresiones objetivas. Y tal como se me reveló su imagen en la pura fiesta retrospectiva de lo personal, tenía que seguir ante mis ojos.

 

De Mirada retrospectiva. Compendio de algunos recuerdos de mi vida

Edición original al cuidado de Ernst Pfeiffer. Trad. A. Venegas

Madrid, Alianza Editorial, 1980

Fuente: www.ddooss.org 

18 nov. 2007

Friedrich Nietzsche - El nuevo Colón (poema)

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Cuando en 1882, Nietzsche finalizaba el Gay saber, su India desconocida se había transformado en realidad: pensaba haber desembarcado en las costas de un mundo ignorado, formidable, sin nombre, del cual todavía nada sabía, salvo que se hallaba ahí lo que el pensamiento puede atacar o destruir. Creía haber colocado un océano infranqueable entre él y toda posibilidad de refutación intelectual, y se imaginaba encontrar una tierra virgen, situada más allá de toda crítica.

Oímos cómo resuena el júbilo altivo de esta certidumbre en los versos que escribió, a modo de dedicatoria, en mi ejemplar del Gay saber:

El nuevo Colón

"No te fíes nunca, amiga mía,
de un genovés" -así Colón decía-;
todos ellos sepultan con codicia
en los mares lejanos la mirada.
A mí sólo me gustan las remotas,
desconocidas y extranjeras playas.
Génova desaparece allá a lo lejos.
¡Se hiela el corazón! ¡Mano a la barra!
Ante mí el mar sin fin. ¿Cuándo la imagen
surgirá de la tierra codiciada?
¡A pie firme esperemos impacientes!
Es imposible ya la retirada.
Arriba, en el espacio, nos saludan,
agitando las alas:
una dicha común, la misma muerte,
y, al fin, la misma fama.

Pero se equivocaba con respecto a la novedad del continente que había descubierto. No estaba ubicado "más allá de todos los mundos conocidos". Su error estaba del lado opuesto al de Colón, quien, buscando un mundo antiguo, descubrió uno nuevo. Ya que Nietzsche, habiendo realizado la vuelta a la tierra sin darse cuenta, había ido a parar a la costa opuesta que creía irrevocablemente haber abandonado el día en que se había alejado a la metafísica.


En Lou Andreas Salomé, Nietzsche,
México, Juan Pablos Editor, 1985

13 mar. 2007

Lou Andreas Salomé - Retrato de un filósofo con bigote

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Al contemplador fugaz no se le ofrecía ningún detalle llamativo. Aquel varón de estatura media; vestido de manera muy sencilla pero también muy cuidadosa, con sus rasgos sosegados y el castaño cabello peinado hacia atrás con sencillez, fácilmente podía pasar inadvertido. Las finas y extraordinariamente expresivas líneas de la boca quedaban recubiertas casi del todo por un gran bigote caído hacia delante; tenía una risa suave, un modo quedo de hablar y una cautelosa y pensativa forma de caminar, inclinando un poco los hombros hacia delante; era difícil imaginarse a aquella figura en medio de una multitud -tenía el sello del apartamiento, de la soledad. Incomparablemente bellas y noblemente formadas, de modo que atraían hacia si la vista sin querer, eran en Nietzsche las manos, de las que él mismo creía que delataban su espíritu.

Similar importancia concedía a sus oídos, muy pequeños y modelados con finura, de los que decía que eran los verdaderos 'oídos para cosas no oídas'. Un lenguaje auténticamente delator hablaban también sus ojos. Siendo medio ciegos, no tenían, sin embargo, nada de ese estar acechando, de ese parpadeo, de esa no querida impertinencia que aparecen en muchos miopes; antes bien, parecían ser guardianes y conservadores de tesoros propios, de mudos secretos, que por ninguna mirada no invitada debían ser rozados. La deficiente visión daba a sus rasgos un tipo muy especial de encanto, debido a que, en lugar de reflejar impresiones cambiantes, externas, reproducían sólo aquello que cruzaba por su interior. Cuando se mostraba como era, en el hechizo de una conversación entre dos que lo excitase, entonces podía aparecer y desaparecer en sus ojos una conmovedora luminosidad: mas cuando su estado de ánimo era sombrio, entonces la soledad hablaba en ellos de manera tétrica, casi amenazadora, como si viniera de Profundidades inquietantes..."