La compasión guió la vida de mi madre: con ella pretendía abarcar el mundo. Durante la Segunda Guerra Mundial escuchó un reportaje radiofónico sobre los chinos que, temerosos de la destrucción de su gran biblioteca, se dedicaron a rescatar los volúmenes, se los echaron a las espaldas y los transportaron a pie por los altos senderos de las montañas hasta un lugar seguro. Mi madre lloró por ellos y también por sus libros: pero lo que desató sus lágrimas, más que la eventualidad del desastre, fue la valentía de aquellas gentes y la esperanza que esta llevaba implícita. Ella también se permitía albergar esperanzas: cuando lloraba por los viejos eruditos chinos que transportaron sus preciosos volúmenes a lo alto de la montaña, en realidad lo hacía por causas que más bien le atañían a ella. No hacía mucho que su hijo menor había sido enviado a servir en la Marina, y en aquellos momentos luchaba en la batalla de Okinawa.
En La palabra heredada




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