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Mirta Rosenberg - Mujeres a la página

Mirta Rosenberg - Mujeres a la página


Fuimos a derivar como una isla sin continente

y el mar empieza a ser visible. Seremos mujeres

al borde del agua y allí nos miraremos bajo el sol

que enrojece a las mujeres que se miran en el agua

con la intención más bella de encontrarse

en el cielo, desdichas invisibles.


Aunque seamos tan feas como es posible,

una pintura que nadie quiso pintar,

un desacuerdo tónico de las notas,

una mala manera de decir que hay bellas

palabras que no llegarán y esperaremos,

un vaso donde el agua no ha querido

encontrar su forma, y la dejarás correr.


A la página, mujer.


¡Oh esos dos dulces átomos de hidrógeno,

la bomba de la guerra más el óbolo

de oxígeno! ¡Nos dice que el mundo

es mundo! ¡No se puede,

mujeres, escribir con agua!


¿No se puede escribir con agua?


Sin embargo, este cuerpo que no es

ejemplar de la escultura ni accidente todavía

de la pura geografía, se sienta aquí como un objeto

y ya su propia manera de imitarlo:

agua para el corazón que es agua para la cabeza.

Agua es tres cuartas partes de lo que pesa.


¿Se puede escribir con agua?


A la página, mujer.


Después de todo, el fin del arte es el placer,

del que bien podríamos abstenernos

como de una moda. Seamos esta vez

la sed y el placebo de la sed,

hablando como amigas que sumergen

las piernas en el agua, sabiendo que depende

de la luna y también que regidas por la luna,

cuando ella salga difícilmente

estaremos a su altura, enrojecidas por el sol,

ruborizadas por el propio calor,

como sardinas nadando en aguardiente.


Eso es el mundo, etc. Una metáfora imposible

como agua de la luna. Y también está una:

digamos eau-de-vie, aqua vitae, agua de vida.

Y agua regia, como la vía, agua de rito

que no siempre podemos trasegar

pero que hay que beber lo mismo para que el pozo

no se seque y haga arena ciega, agua sin sed.


¿Se puede escribir con ella?


A la página, mujer.


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