En el centro exacto de la mesa
una fuente de manzanas en torno
tres sillas desiertas. El conjunto
donde hubo una intención de belleza
atiende ahora su propia degradación.
Nada eterno me rodea. Mi nervio principal
palpa las primeras señales de un desorden
incubándose en algún sitio de mi cabeza
donde se organizaba un final suntuoso
de acordes musicales alcanzando el cielo.
Pero mi carne perpleja
entre objetos condenados y paredes que oscurecen
gira buscando el fraude
de una suave anestesia. Juro
que nunca había apostado a la humillación
de este dolor de huesos en un cuarto cerrado.
En Violìn obligado, 1984



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