Lorrie Moore - Enemigos

13 dic. 2019

Lorrie Moore - Enemigos

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Lorrie Moore - Enemigos

Bake McKurty no era un extraño a las mezclas parasitarias del arte y el comercio, la literatura y los ricos. «¡Fondos de inversión y haikus!», había exclamado a su mujer, Suzy, y, sin embargo, esas mezclas nunca parecían perder su capacidad repentina y poderosa de horrorizar. Los chanchullos que se hacían por dinero se encontraban con los chanchullos que se hacían por la virtud, y todo el mundo se lavaba las manos con respecto a los demás. Era algo bastante común, aunque ¿había suficiente jabón para limpiar la grasa? «Para eso está el limón», decía Suzy, señalando el detalle del martini que no debía estar bebiendo. Aun así, de vez en cuando, al levantar la vista entre el cóctel de cangrejo y el sorbete rociado de polvo de polen de hinojo que purificaba el paladar, se sintió conmocionado por todo el asunto.

—Es una simbiosis —dijo Suzy cuando se vestían para marcharse—. Piensa en ello como el camarón que acicala y ayuda al pez de roca. O ese pájaro que quita los bichos de la piel del rinoceronte.

—Entonces nosotros somos el pez lazarillo —dijo él.

—¡Sí!

—Somos los picabueyes.

—Bueno, no iba a decir eso —dijo ella.

—Muchas cosas de este mundo tienen que ver con bichos —dijo Bake.

—Comida —dijo ella—. Muchas cosas tienen que ver con acicalarse y comer. ¿Vas a ponerte eso?

—¿Qué tiene de malo?

—Quítate el… ¿Qué te has puesto…?

—Son unos tirantes.

—Son rojos.

—Vale, vale. Pero ya sabes, yo nunca te lo haría.

—Soy el pez que ve —dijo. Se alisó el pelo, que hacía poco se había convertido en un extraño pompón de plata y maíz.

—¿Y yo soy el chico ciego?

—Bueno, tampoco iba a decir eso.

—Te queda bien. Sea lo que sea que llevas. ¿Ves? ¡Yo te digo cosas agradables!

—Es un pareo. —Se lo subió un poco.

Él se quitó los tirantes.

—Bueno, mira. Igual los necesitas.

Se alojaban en un Bed and Breakfast de Georgetown para ahorrar un poco de dinero, un chalé cuya pareja de propietarios dejaba galletas calientes ante la puerta de todo el mundo por la noche para compensar por su ruidoso hijo, que a las 6 h estaba ladrando órdenes y ordenando a su madre que cogiera una cosa u otra. Al cabo de un día de turismo —todos esos museos pagados de antemano con sus impuestos; como si fueran unos filántropos que iban a investigar qué aspecto tenía su propio dinero—, Suzy y Bake ya estaban cansados. Pararon un taxi y recitaron la dirección del acto al taxista, que asintió ominosamente: «Ah, sí».

No había que preocuparse por el buen gusto, en esa gala incluso el habitual revestimiento de decoro había sido lanzado a los vientos del negocio: el acto destinado a recaudar fondos para la Lunar Lines Literary Journal —3LJ, como la conocían sus lectores y colaboradores; «la revista», como la llamaba su equipo, como si no existiera ninguna otra— se celebraba en un banco. O al menos en un antiguo banco, una entidad que se había hundido hacía poco y que ahora vendía orecchiette con tinta de calamar bajo sus techos abovedados, martinis y vino garnacha en las antiguas cajas. La madera y el mármol se habían conservado y abrillantado, se habían apartado las barreras de cristal. A la luz de la tarde el lugar era dorado. ¡Era divino! ¿Qué más daba que se hubieran abandonado las sutiles fronteras entre oportunidad y transacción? ¿Qué más daba que éste fuera un mausoleo de avaricia donde ahora todos bailaban? Él y Suzy habían sido invitados. Siempre se podía usar la voz pasiva para oscurecer la culpa.

La invitación, sin embargo, a ese acto de recaudación de fondos en D. C. se le antojaba a Bake un poco de chiripa, ya que Un hombre en una moneda, un hombre a caballo, la biografía poco vendida que Bake había escrito sobre George Washington (en un año en el que todo el mundo estaba obsesionado con Lincoln, ni siquiera el eficientemente fusionado Día de los Presidentes había ayudado a las ventas de su libro), no parecía situarlo en ninguna de las categorías de invitados. Pero Lunar Lines, que tenía la redacción en Washington, había publicado un fragmento, a modo de homenaje a la ciudad. Y así Bake recibió dos invitaciones para cenar. Tendría que mezclarse y seducir a los otros invitados: los ricos, los patrocinadores de la revista, que pagaban quinientos dólares por cubierto. ¿Podía conseguirlo? ¿Podía ser el bufón de la corte, el payaso local, el escritor de cuota en la mesa? «Por supuesto», mintió.

¿Por qué había ido? Aunque llevaba el nombre del hombre a quien había dedicado años de afectuosa reflexión e investigación, nunca le había gustado esa ciudad. Una ostentosa localidad fabril construida sobre un pantano: un enorme y pomposo departamento de vehículos a motor, plagado de burocracia y dirigido por gladiadores. Corruptos de alto nivel, con la cabeza llena de eslóganes estúpidos y recuerdos falsificados. «¡Sí! ¿Cómo estás? Hacía tiempo.» Ni siquiera: «Hacía mucho tiempo» porque, ¿quién sabe?, a lo mejor no. Era preferible decir, neutralmente, «Hacía tiempo», y nadie podía discutir.

Se aferró a Suzy. «Al menos el vino es bueno», dijo. En realidad no se estaban mezclando, sino que era algo más parecido a oscilación rígida, una deriva y un balanceo. La acústica hacía que fuera imposible hablar con normalidad y se descubrieron gritándose inanidades y luego quedando en silencio. El ruido era ensordecedor como un mar, y la estruendosa calidez de los demás parecía ahogar toda posibilidad de felicidad para ellos.

—Pronto tendremos que buscar nuestra mesa —gritó él, mirando la amplia sala llena de cien círculos vestidos de blanco que parpadeaban a la luz de las velas. En el centro de las mesas había pequeños jarrones con ramitos de brezo que se podían incendiar fácilmente. También había pequeños tarjeteros cromados que declaraban los números de las mesas—. ¿Qué número somos?

Suzy sacó la tarjeta de lo que había llamado jocosamente «mi querido bolsito», después volvió a meterla dentro.

—Setenta y nueve —dijo—. Espero que esté cerca del servicio.

—Espero que esté cerca de la salida.

—¡Vamos a buscarla ahora!

—¡Vamos a gritar «fuego»!

—¡Vamos a fingir un ataque al corazón!

—¿Tienes maría?

—Vinimos en avión. ¿Te acuerdas? No se me ocurriría llevar marihuana en un avión.

—Estamos perdiendo nuestro sentido de la aventura. En todo.

—¡Esto es una aventura!

—Ya ves, eso es lo que quiero decir.

Después de que sonara una pequeña campana todo el mundo iba a sentarse, no sólo los que ya estaban en sillas de ruedas. Bake dejó que Suzy fuera delante mientras se abrían paso, con las bebidas en la mano, entre las docenas de mesas que había entre ellos y el número 79. Fueron los primeros en llegar, y cuando miró las tarjetas y vio que alguien había colocado a Suzy lejos de él, cambió rápidamente la disposición de los sitios y la puso a su lado, a su izquierda. «No he venido tan lejos para no sentarme a tu lado», dijo, y ella sonrió lánguidamente, apretándole la mano. Ese tipo de gestos era necesario, porque no habían tenido relaciones sexuales en seis meses. «Tengo sesenta años y tomo antidepresivos —dijo Bake la ocasión en que Suzy (¿por qué sólo una vez?) se quejó—. Tengo suerte de que no se me haya caído el pene».

Permanecieron sentados en sus sillas, esperando a que se llenara su mesa: pronto apareció una joven pareja de inversores de Wall Street que todavía no se habían quedado sin trabajo. Luego una escultora y su hijo. Después un asistente editorial de 3LJ. Finalmente, para ocupar el asiento a su derecha, una asiática joven y brusca con sonoros tacones. Alargó la mano para saludarlo. Tenía las uñas largas y pintadas de blanco. Quizá fueran falsas: Suzy lo sabría, aunque ahora Suzy hablaba con la escultora que estaba a su lado.

—Soy Linda Santo —dijo la mujer de su derecha, sonriendo. Su pelo era negro, brillante y lo bastante largo como para que, con un movimiento de la cabeza, pudiera balancearlo por detrás del hombro, y lo bastante corto como para que cayera rápidamente hacia delante otra vez. Llevaba un vestido de satén azul marino y una sarta de perlas. Colocó en el respaldo de la silla el chal rojo que le envolvía los hombros. Sintió una leve excitación. Siempre le habían atraído las mujeres asiáticas, aunque sabía que no debía comentárselo a Suzy, ni en realidad a nadie.

—Soy Baker McKurty —dijo él, estrechando su mano.

—¿Baker? —repitió ella.

—Normalmente me llaman Bake. —Le guiñó el ojo por accidente. Había que ser muy estable para guiñar un ojo a una persona y no espantarla.

¿Bake? —Parecía un poco horrorizada, si es que era posible horrorizarse sólo un poco.

Estaba un tanto asustada, y él empujó la silla hacia fuera para mostrar que era inofensivo. En cuanto todos estuvieron sentados llegaron los aperitivos. Tomates rellenos de aguacates y aguacates rellenos de tomates. Era un chiste, con un aire navideño, aunque faltaba mucho, mucho, para la Navidad.

—Entonces, ¿dónde están los escritores? —preguntó Linda Santo mientras miraba por encima de sus dos hombros. El pelo brillante voló—. Me dijeron que habría escritores.

—¿No eres escritora?

—No, soy una malvada lobista —dijo, con una sonrisa leve—. ¿Eres escritor?

—En cierto modo, supongo —dijo.

—¿De verdad? —Se iluminó—. ¿Qué podrías haber escrito?

—¿Qué podría haber escrito? ¿O qué he escrito en realidad?

—Cualquiera de las dos.

Se aclaró la garganta.

—He escrito varias biografías. Boy George. King George. Y ahora George Washington. Ésa es la más reciente. Realmente un hombre fascinante, con una habilidad tremenda para los asuntos inmobiliarios. Y molesto por que no lo hubieran ascendido cuando sirvió en el Ejército británico. ¡Las cosas por las que empieza una guerra! Y no soy como otros de sus biógrafos. No descarto que fuera gay.

—Eres biógrafo de Georges —dijo, asintiendo y sin conmoverse. Estaba claro que esperaba a Don DeLillo.

Eso lo irritó. Se hundió en una ira demente.

—En realidad, he ganado el Premio Nobel.

—¿De verdad?

—¡Sí! Pero, bueno, lo gané en un año en que los medios no estaban prestando mucha atención. Así que más o menos se perdió con ese jaleo. Gané… justo después del 11S. A la sombra del 11S. De hecho gané justo cuando el ataque a la segunda torre.

Ella frunció el ceño.

—¿El Premio Nobel de Literatura?

—Oh, ¿de literatura? No, no, no: no el de literatura. —Ahora su pene estaba blando como un melocotón que se encogía en sus pantalones.

Suzy se inclinó hacia la izquierda y habló sobre el plato de Bake, hacia Linda. «¿Te está molestando? Si te molesta, avísame. Soy Suzy.» Sacó la mano del regazo y las dos mujeres se la estrecharon sobre el aguacate de Bake. Vio que las uñas de Linda eran falsas. O, si no eran falsas, algo. Parecían garras.

—Ésta es Linda —dijo Bake—. Es una malvada lobista.

—¿De veras? —dijo Suzy, bonachona, pero la escultora no tardó en tocarle el brazo y tuvo que volverse para que le presentara al hijo.

—¿Es duro ser lobista?

—Es interesante —dijo ella—. Es un trabajo duro pero interesante.

—Ésos son los mejores.

—¿De dónde eres?

—De Chicago.

—Ah, ¿de verdad? —dijo, como si él hubiera mencionado su estrecha conexión con Al Capone. Cualquier persona a quien le mencionara Chicago sacaba el tema de Capone. O Capone o los Cubs.

—Entonces, ¿conoces al candidato demócrata a la presidencia?

—¿Brocko? ¡Me encanta! Ahora es lo más. También es escritor. Me pregunto si está aquí. —Ahora Baker, como si la imitara, se volvió y miró por encima de sus hombros.

—Probablemente estará con sus amigos terroristas —dijo Linda.

—¿Tiene amigos terroristas? —El propio Bake tenía un amigo terrorista. A la gente del Medio Oeste le encantaban sus amigos terroristas, por lo general estupendos y aburridos ciudadanos que todavía se alimentaban del mito construido por los pecados de una juventud remota. Nunca habían matado a nadie, al menos a propósito. Envejecían y engordaban con normalidad. Se habían reinsertado. Habían cumplido sus condenas. Y, bueno, si no, a causa del indignante privilegio de clase que les permitía seguir adelante como si nada hubiera ocurrido, bueno, criaban a sus hijos y obtenían posgrados y compensaban a la sociedad de otras maneras. Suponía. En realidad no sabía mucho de Chicago. En realidad era de Michigan, pero cuando iba a algún sitio siempre salía del aeropuerto O’Hare.

—Sí. El que intentó volar varios edificios federales en esta ciudad.

—¿Cuando Brocko era un crío? ¿El de los sesenta? Pero si a Brocko ni siquiera le gustan los sesenta. Le parecen tan… de los sesenta. Los sesenta le quitaron a su madre en una loca aventura.

—Los sesenta lo crearon, amigo mío.

Bake la miró más de cerca. Ahora veía que no era asiática. Sencillamente se había hecho alguna especie de cirugía plástica: la piel estaba estirada y se recogía de forma extraña en torno a los ojos. Una operación chapucera en los ojos. Un mal estiramiento facial. Un peeling químico. Lo que fuera. Suzy lo sabría.

—Bueno, era un crío.

—Eso dice.

—¿Hay alguna polémica sobre su edad?

—¿Dónde está su partida de nacimiento?

—No tengo ni idea —dijo Bake—. No tengo ni idea de dónde está la mía.

—Te voy a decir mi verdadero problema: los que fundaron este país y los que lo mantienen unido son personas que trabajaron muy duro para llegar donde están.

Bake se encogió de hombros y meneó la cabeza. No era el momento oportuno para hablar de oportunidades. Sería desafortunado hablar de fortuna. ¿Podía hablar de gente que tenía cosas que no merecía, en una sala llena de gente de esa clase? Ella continuó: «Y si no entiendes eso, amigo mío, entonces no podemos continuar esta conversación».

La forma súbita en que toda la posibilidad de comunicación estaba en juego lo asombró.

—Veo que has investigado la fundación de este país. —Buscaría un terreno común.

—He visto John Adams en la HBO. Todos los episodios.

—¿No era asombroso el tipo que hacía de George Washington? Me distraía mucho que Jefferson se pareciera tanto a Martin Amis. Me pregunto si Martin estará por aquí. —Volvió a mirar por encima de los hombros. Necesitaba que Martin Amis se acercase y lo ayudara.

Linda lo miró con fiereza.

—Era una gran miniserie y un gran recordatorio de los principios fundamentales de nuestro país.

—¿Sabías que George Washington tenía miedo de que lo enterrasen vivo?

—No lo sabía.

—El tipo prácticamente no tenía miedo de nada, salvo a eso. ¿Sabías que liberó a sus esclavos?

—Hmmm.

Ella estaba comiendo; él no. Eso no actuaría en su favor. Sin embargo, siguió:

—Hablando de gente que ha trabajado duro en este país. Y sí, para no discutir tu tesis demasiado, no todos esos esclavos salieron adelante.

—Tu colega Barama, amigo mío, ni siquiera estaría compitiendo si no fuera negro.

Ahora todo el apetito lo abandonó por completo. La comida en su plato, dondequiera que estuviera, manchas de gris topo, grumos naranjas, se volvió abstracta como un cuadro. Su presión sanguínea subió; notaba el pulso en la sien.

—¿Sabes?, ¡nunca lo había pensado, pero tienes razón! ¡Ser negro es la forma más rápida y fácil de llegar a la Casa Blanca!

Ella no dijo nada, así que añadió:

—A menos, claro, que vayas en taxi, y entonces, bueno, puedes retrasarte un poco.

Masticando, Linda lo miró, con un destello en los ojos. Tragó.

—Bueno, supuestamente ya hemos tenido un presidente negro.

—Ah, ¿sí?

—¡Sí! ¡Lo dijo un escritor que ha ganado el Premio Nobel!

—Eh. Te diré una cosa de primera mano: no creas todo lo que te diga un premio Nobel. No creo que un presidente negro llegue a ser presidente cuando su amante que canta en un club nocturno da ruedas de prensa durante la campaña. Eso sería… eso sería un presidente blanco. Por favor, pásame la sal.

El salero apareció a su lado. Echó un poco de sal en torno a su plato y lo miró.

Linda ofreció una sonrisa severa y forzada, mientras intentaba cortar algo con su cuchillo. ¿Era carne? ¿Era pollo? Era un consuelo pensar que, por una vez, los ricos habían tenido que pagar un ojo de la cara por el pollo mientras que el suyo era gratis. Pero no era suficiente consuelo.

—Si crees que yo, como mujer, no sé un par de cosas sobre la discriminación, estás lamentablemente equivocado.

—Eh, tampoco es tan fácil ser un hombre —dijo Blake—. Tienes que gastar un montón de pasta en porno y, créeme, es dinero que nunca recuperas.

Luego se retiró, se volvió hacia su izquierda, en dirección a Suzy, y se inclinó hacia ella.

—Ayúdame —le susurró al oído.

—¿Estás seduciendo a los patrocinadores?

—Me da miedo que salga volando algún objeto.

—Tienes que seducir a los patrocinadores.

—Lo sé, lo sé. Lo estaba intentando. Pero es una de los que llaman Barama a Brocko todo el rato. —Ya había violado la mayoría de las reglas de conversación para las cenas de Suzy: nada de política, nada de religión, nada de consejos bursátiles. «Y, a menos que veas asomar la cabeza, nunca le mires la barriga a una mujer y le preguntes si está embarazada.» Había aprendido todo eso a base de errores.

Pero, en un año como aquél, no había forma de mantenerse apartado de ciertos temas.

—Vuelve —dijo Suzy. La escultora estaba dándole golpecitos otra vez en el brazo.

Lo intentó una vez más con Linda Santo la malvada lobista.

—Así es como yo lo veo, y creo que sabrás valorarlo. Sería estupendo tener por fin en la Casa Blanca un presidente cuyo apellido acabe en vocal.

—¿Nunca hemos tenido un presidente cuyo apellido termine en vocal?

—Bueno, no cuento a Coolidge.

—¿De qué parte de Chicago eres?

—De las afueras.

—¿Dónde en las afueras?

—Michigan.

—¿Michigan no está muy lejos de Chicago?

—¡Sí! —Notaba el aire frío en la piel entre los calcetines y los pantalones. Cuando miró sus manos parecían haberse congelado en forma de garra.

—La gente habla de la dulzura sólida del corazón del país, pero tengo que decir una cosa: Chicago parece una ciudad que está demasiado orgullosa de su actividad criminal. —Sonrió con seriedad.

—No creo que eso sea cierto. —¿O lo era? Intentaba darle una oportunidad. ¿Y si tenía razón?—. A lo mejor tenemos una vena incumplida de anhelo mítico. O quizá no vivimos con tanto miedo como la gente de otros lugares —dijo. Ahora sólo estaba especulando.

—Espera, amigo mío, hay algunas personas diabólicas observando la Torre Sears mientras hablamos.

Ahora él se quedó en silencio.

—Y si estás allí cuando suceda, y espero que no estés, pero si estás, si estás, si estás comiendo en lo alto o en una reunión más abajo o haciendo lo que sea que hagas, cambiarás. Porque yo he estado allí. Sé cómo es que te ataquen los terroristas. Estaba en el Pentágono cuando estrellaron ese avión y te diré una cosa: me quemé viva pero no morí. Me quemé viva. Ardí por dentro. Por eso sé más que nunca qué importa en este país, amigo mío.

Ahora vio que las uñas eran en realidad de plástico, que en realidad la mano era una garra de plástico, que la cara que le había parecido intrigantemente exótica había sido marcada por el fuego y sólo parcialmente reparada. Veía cómo estaba revestida de una valiente e intensa fealdad. El pelo era hermoso, pero ahora suponía que probablemente era una peluca. La piedad fluía por su interior: nunca se había sentido más apenado por nadie. ¿Cómo podía haber sufrido tanto una persona? ¿Cómo podía alguien haber estado tan cerca de la muerte, de forma tan injusta, tan dolorosa y heroica, y cómo era posible que aun así él quisiera estrangularla?

—¿Eras una lobista del Pentágono? —Fue todo lo que consiguió decir.

—¿Algún faux pas? —preguntó Suzy en el taxi de regreso al Bed and Breakfast, donde unas galletas calientes los esperarían junto a la puerta, y unas tiras para evitar los ronquidos sobre la mesilla de noche.

—Muchos faux —dijo Bake. Lo pronunció foux—. Beaucoup verboten foux. Pronunciar mi nombre era como ponerme de pie y mear en una copa de vino.

—¿Qué? Vamos, por favor.

—Me temo que he hablado de política. No he podido controlarme.

—Brocko va a ganar. A sus hijas les gustará la ciudad. Todo irá bien. Quédate tranquilo —dijo ella mientras el taxi aceleraba hacia Georgetown, y las aceras aparecían anaranjadas y enrojecidas por las primeras hojas caídas.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Le daba miedo decir más.

No sabía cuánto tiempo les quedaría a Suzy y a él, y un final de veloces citas geriátricas —todo el mundo sordo y con aspecto idéntico: «¿Qué? No te oigo. ¿Qué? ¿Otra vez tú? ¿No acabamos de vernos?»—, que transcurría por completo entre bancarrota y guerra, podría ser el auténtico círculo del infierno destinado para ellos.

—No me dejes nunca —le dijo él.

—¿Por qué razón en el mundo haría eso?

Hizo una pausa.

—Es una petición no sólo para el mundo, sino para después de eso.

—De acuerdo —dijo ella, y apretó su muslo carnoso. Al menos en el pasado a él le gustaba pensar que era carnoso.

—Me temo que pronto descubrirás alguna forma totalmente obvia de percibirme como mucho menos que adecuado.

—Eres adecuado —dijo ella.

—Soy bastante adecuado.

Mantuvo la mano sobre su pierna, y sobre la de Suzy él puso la suya, la que llevaba el anillo que le había dado en su boda, idéntico al de ella. Envió todo su amor al extremo de las yemas de los dedos, y mientras su mano apretaba la de Suzy observó la firme y deliberada actividad hidráulica de sus nudillos y articulaciones. Pero ella ya había apartado la cabeza y miraba por la ventanilla, tranquilamente, el resto del camino, mostrándole únicamente su hermoso cabello, que era dorado y brillante a la luz de las farolas que pasaban, como si fuera algo que no estaba en absoluto unido a ella.

En Gracias por la compañía

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