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15 jul. 2019

Fogwill - Los pasajeros del tren de la noche

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Fogwill - Los pasajeros del tren de la noche


Nadie conoce bien cómo se inició. La primera noticia se conoció un jueves, pero eso no demuestra nada: las cosas pudieron empezar días o semanas antes de aquel jueves de diciembre, cuando el mayorista de cigarrillos y el vendedor de diarios de la estación dijeron que volvían los soldados y que esa mañana de comienzos de verano, ellos mismos, juntos, habían visto con sus propios ojos a Diego Uriarte bajando del tren que lleva los tarros de los tambos y trae los diarios del día anterior y los paquetes con los pedidos de los comerciantes.

  Jiménez, del quiosco de revistas, y el cigarrero Kentros hicieron correr la noticia esa misma mañana y por eso en el pueblo creen que fue aquel día que comenzaron a volver, pero todo bien pudo haber comenzado antes, el día anterior, o el jueves anterior, en otro tren, o en el mismo tren, que es el que llega de madrugada y sale de la Capital justo cuando oscurece y por eso lo llaman el tren de la noche.

  Que habían visto a Diego Uriarte bajar del tren de la noche. Que vieron cómo se despedía de unos soldados con yesos y vendajes que se amontonaban en el segundo vagón y que saltó al andén desde el furgón postal y que después bajaron otros dos con ropa de soldados. Que uno de ellos debía ser Miguel Sanders, cree el del quiosco y que al otro, uno negro y menudo, ninguno de los dos lo reconoció, ni Jiménez ni Kentros.

  Eso contaron y dijeron haber visto cómo los tres muchachos se despidieron de los que iban en el vagón y miraron hacia el pueblo ya iluminado por el sol pero con las luces eléctricas de la plaza de la estación y de algunas vidrieras de los negocios grandes todavía encendidas.

  Los tres muchachos se separaron enseguida y tomaron cada uno para su lado: Uriarte, por la calle principal, hacia su casa; el morocho que no era conocido tomó el camino de la vía para el lado de las quintas, y el otro, el que Jiménez dijo debía ser Miguel Sanders, cruzó los terraplenes y enfiló para el lado de la mina de cal. Kentros a ése no lo reconoció, pero bien pudo ser el muchacho de Sanders, porque los Sanders viven atrás de la loma blanca, pasando la mina de cal, y para llegar a la casa de la madre de Sanders es obligado tomar aquella dirección.

  Y esa mañana comenzó todo. A saberse comenzó todo, pero bien pudo haber comenzado antes, días atrás o semanas atrás. Esa mañana se lo comentó mucho porque los dos que estaban en la estación esperando la llegada del tren reconocieron al Diego entre los tres soldados que volvían, y Diego Uriarte era un muchacho muy querido de todos, porque era el hijo del patrón del buffet del Club Social donde funcionaba el casino, porque había sido capitán del equipo de básquet y campeón de pelota y porque en el pueblo se daba por seguro que Diego Uriarte había muerto en el frente hacía dos años y hasta le hicieron unas misas. Por eso, más que por otra cosa, corrió la voz y todos se acuerdan del día y suponen que los soldados comenzaron a volver aquel jueves cinco de diciembre.

  Claro que nadie le iba a contar a Diego que lo estuvieron dando por muerto y que hasta le habían hecho misas. Él ha de haber llegado a la casa del padre, se habrá quitado para siempre la ropa militar y en medio de la alegría de la familia y de la impresión por verlo vivo y de vuelta nadie ha de haberle comentado nada y se habrá ido a dormir, cansado por el viaje, contento de acostarse por fin en una cama limpia después de tanto tiempo.

Por el centro, a la vereda de la confitería y a las mesas de juego del Club Social recién se lo vio aparecer en la tarde del sábado, cuando ya todos conocían que estaba vuelto al pueblo y se estaban empezando a olvidar los homenajes y las misas.
Aunque después no pudo haber faltado alguien que por curiosidad, o por hacer un chiste, hablara de las misas con él, o con los otros que siguieron llegando. Con Sanders no. Los Sanders viven del otro lado de la sierra, más allá de la mina de cal, y casi nunca bajan a este pueblo; hacen compras en el almacén de campo de Santiago Nasar y para fiestas y para bailes se van al otro pueblo, donde la madre de Sanders tiene las hermanas y los hijos le estudiaron la escuela primaria. Pero a Diego Uriarte o a cualquiera de los que volvieron después, no ha de haber faltado algún curioso o un bromista que les hicieran entender que todos en el pueblo, hasta las propias madres, los habían estado dando por muertos.
Hay cuestiones de lógica: la madre de Federico Ortiz consta que recibió telegramas de pésame mandados del ejército, con los bordes del papel teñidos de negro, y que después le vino un cheque con la indemnización que le pagaron en el Banco Provincia. Si no todas, bastantes madres han de haber recibido cheques o telegramas por los parientes muertos. Es algo lógico: tarde o temprano, la madre de Ortiz, o la de Uriarte —si también ella recibió telegramas o cheques— o cualquier otra madre que hubiera recibido cheques o telegramas, debió hablar con el hijo de la cuestión, y más de una habrá andado pensando si a la plata del cheque —unos pesos miserables— no iría a empezar a reclamársela el gobierno.
Pero no consta que la madre de Ortiz ni alguna de las otras lo hayan hablado con los hijos, ni con las amistades de ellas ni de los hijos. A la cuestión de los telegramas y los cheques se la callaron, tal como se callaron muchas cosas las madres. ¿O fue que adivinaban todo desde el comienzo…?
Al comienzo fue el tren del 5 de diciembre, el primer caso que se conoció, aunque todo bien pudo haber comenzado antes. Después, durante aquel verano, los trenes de la noche del miércoles, que llegan siempre entre las cinco y media y las seis menos cuarto de la mañana de los jueves, siguieron dejando soldados de vuelta y muchas madres de soldados, que sabían que a los hijos los iban licenciando, se ponían desde temprano en los andenes a esperar y esperaban, y después, cuando el tren seguía viaje trepando despacito la cuesta de la sierra baja, quedaban en el andén un montón de mujeres llorando alrededor de unos pocos soldados muertos de sueño. Todas llorando: unas de emoción porque acababan de recibir al hijo; otras porque se habían puesto a esperar que de ese tren bajara el hijo que no le había llegado.
La guerra tiene esas cosas, y las madres, que son tan resignadas para traer hijos al mundo y para servir a los hijos de ellas y a los hijos de otras, no saben resignarse cuando les faltan los hijos y siguieron yendo al andén de la estación a esperar y esperar, muchas con los maridos, o con los otros hijos civiles o con nueras y nietos, y así los jueves desde temprano se producían montones de gente esperando la llegada del tren de la noche.
Aunque las últimas semanas, para marzo, o abril, cuando vino la época de las lluvias, muy pocas madres esperaban.
El último soldado llegó a fines de abril, solo. Fue Sergio Guebel, hijo de los judíos de la semillería. En la estación estaban nada más que la madre de él, unas vecinas, la chica que había sido la novia y Jiménez y Kentros, el cigarrero, que hablaban de la guerra con el padre de Sergio y contaron que el viejo fumaba un cigarrillo atrás del otro en el andén, empapado por la lluvia, esperando.
Parece que Sergio Guebel bajó desde el segundo vagón, besó a la madre que lloraba llorando también él, no tanto por encontrarse con la familia sino por despedirse de los soldados que venían en el vagón con él, que habían hecho con él toda la guerra juntos y seguramente se bajarían en otros pueblos, en los últimos ramales de este ferrocarril.
A la madre de Guebel no le habían dado pésame ni cheque. En cambio le había llegado una carta del Comando con felicitaciones, porque el hijo, decía la carta, había tenido una acción heroica contra unos tanques. Verlo después a Guebel, con su uniforme holgado y viejo, los borceguíes deslucidos, sin medallas y sin siquiera una jineta de cabo o de sargento, hacía pensar que el telegrama decía eso como pudo haber dicho cualquier otra cosa.

  —Con todo lo que pasó, ¿quién va a ser tan boludo como para creer lo que digan los telegramas…? —pregunta Emilio Renzi, que justo había ganado el Teleloto y salía de depositar el cheque en el correo cuando se lo cruzó a Guebel.

  Eran los días en que el pobre Sergio andaba como un pavote por el centro, con disfraz de soldado porque el viejo todavía no le había comprado la ropa nueva ni lo había puesto a trabajar en la camioneta, donde todavía hoy se lo ve cargando bidones con herbicida, y bolsas de semillas y de comida balanceada para chanchos.

  —Con la bronca del cheque y de todo lo que me descontaron y de los tres días que tenía que esperar para que me lo cambiaran ni me acordaba de la guerra. Salgo del correo, enfilo para la Municipalidad y lo veo ahí, parado como un muñeco… ¡Casi me caigo de orto…!

  Siempre cuenta lo mismo el Renzi, que salió del correo, casi se cae de culo, y que aunque le hubieran hecho la cara de nuevo y cambiado la voz, igual lo hubiera reconocido al ruso por los chistes boludos: afortunado en el juego, desafortunado en el amor, dice que le dijo Guebel como jactándose de estar al tanto de todos los chismes del pueblo.

  La guerra es una cosa llena de errores. Por ejemplo: En la batalla del 22 de agosto, artillería necesitaba bombardear una fábrica Dupont clausurada donde los enemigos almacenaban municiones y remedios y bombardearon otra fábrica, la Dinam, porque en el plano viejo de la ciudad que estaban tratando de ocupar figuraban equivocados los nombres de las fábricas. Quién sabe cuántos que estaban trabajando en la fábrica habrán muerto por el error de un dibujante que copió mal la guía de la Capital. ¡Cientos, o miles de personas inútilmente muertas por un error del plano…! El cañoneo de la fábrica Dinam es un ejemplo: tanta destreza de los artilleros y tanto estudio para volver escombros una fábrica equivocada.

  Pero la gente se acostumbra, se amolda. Lo mismo en las ciudades grandes, como en los pueblos chicos y en los pueblos medianos como éste, se amolda. Cayetano Sain, que hizo una fortuna como revendedor de flores de las quintas, lo explica así:

  —Yo estaba tratando de dejar de tomar. Tomaba todo lo que quería en las comidas —tomaba vino— pero no probaba un vermouth ni una gota de alcohol fuera de las comidas. Un sábado fui a la confitería, a la parte de atrás, y me senté en la mesa de Jesús Noble, otro de los soldados vueltos. Ya había pasado mucho tiempo de la época de las llegadas del tren de la noche, pero a Noble no lo había vuelto a ver. Lo saludé como si nada. Él estaba amistoso conmigo, pero también me saludó como si no hubiésemos pasado más que una semana sin vernos. Quién sabe fue casualidad, quién sabe él, de tanto ver gente en la confitería, pensó que me había vuelto a ver también a mí. Tomaba vino blanco, yo me prendí. A la segunda vuelta ya estábamos contando cuentos y hablando de pavadas. Creo que tomé como diez vasos de vino, que no me hicieron nada. Él tomaba a la par, igual que yo. Estaba medio borracho, le costaba levantarse de la mesa y cuando hablaba medio se le trababa la lengua. Pero para mí fue como sentarme con cualquier otro, como si hubiera estado mi capataz Rogelio en vez de él en la mesa. Se hace una cosa natural…

  Porque las costumbres pueden más que cualquier otra cosa. Según Pugliese, el martillero, las costumbres siempre acaban ganando. Cuenta que un día estaba con su socio viendo una chacra y que Avelino, el socio, quería ir a visitar a un cliente, pero él tenía que volver a la ciudad, entonces le dejó el auto porque Quirós, otro de los soldados vueltos, le ofreció arrimarlo con su camión, un Scania.

  Dice Pugliese que se sentó en el Scania y que no se hubiera acordado de nada si no fuese porque notó que en el parabrisas, colgada de la visera que en el camión se usa para tapar el sol, había una medallita de la guerra, esas de níquel con Cristo Vencedor y la cara del General grabada. Dice que se acordó, y que por un momento hasta sintió impresión:

  —Acuérdense —dice— que yo era de la comisión del templo, así que estuve en todas las misas, contando la de él, la de Quirós.

Pero Pugliese se entretuvo tanto hablando con Quirós sobre radios y cosas de radioaficionados que se olvidó de todo enseguida y era como si el que manejaba el Scania fuese su propio socio, Avelino, y no un soldado vuelto.

  —Y ojo, que yo ya sabía, por la comisión de la parroquia, de lo que había pasado en los otros pueblos… —aclara Pugliese.

  Aunque uno sepa todo, lo que más pesa es lo que hacen los otros: lo que los otros le colocan frente a los ojos es la verdad y lo demás no cuenta. Hasta Torraga, que no quería que su hija se casara con Horacio, un soldado vuelto con el que había ennoviado de chica, lo reconoce:

  —No es que pensara que mi chica no lo quería, o que el muchacho fuera malo. Pero cuando Horacio, que venía siempre a casa, me pidió de casarse con ella, le dije que lo necesitábamos pensar, porque yo ya había visto que la hija de Orlando se había casado con uno de los vueltos hacía tres años y no había tenido hijos. Y la partera, la viuda del doctor Álvarez, que después se casó con ese otro soldado vuelto, Márquez, hacía dos años que quería encargar y no quedaba, y eso que era partera. Era por ese miedo, no por desprecio del muchacho, por lo que le pedí que lo tenía que pensar. Pero hoy en día nadie puede oponerse a que los jóvenes se casen, y si el padre se opone, es peor, se encaman en los moteles de la ruta y los sábados cuando pasa por ahí los ve llenos de gente joven que va en los autos de los padres y uno mira la fila de coches estacionados y ya sabe quiénes están ahí revolcándose como perros alzados…

  Así son las costumbres y la gente se amolda, y más que lo que cada uno puede saber importa lo que los demás le muestran. Ahora se acepta que los jóvenes saquen el auto de los padres y se vayan con las chicas del pueblo al motel de la ruta, a medianoche, los viernes y los sábados, y los mismos que cuando estaban de novios con la que ahora es su mujer ni se les hubiera cruzado la idea de hacer esas cosas dejando el auto a la vista de todos, frente a la ruta, ahora permiten que las hijas vayan al motel como si fueran a una kermesse. Y uno como Pugliese, que estuvo en la misa que le hicieron a Quirós, puede tranquilamente irse a cazar liebres con Quirós y hasta Avelino sabe perderse las noches jugando al póker con Diego Uriarte, que no se casó y se volvió un timbero empedernido que deja en las mesas de monte todo lo que durante el día se gana atrás del mostrador, en el buffet del mismo club.

  Tampoco ellos han hecho nada para llamar la atención. Nadie habla de que hayan disimulado, pero tampoco se ha visto que naciera de ellos algo que llame la atención de la gente, como si ellos mismos hubiesen sabido —tal vez sabían— que con el tiempo todo el pueblo daría por natural tenerlos con ellos, a fuerza de amoldarse.

  Alguna vez se los ve juntos, de a dos, de a tres, por esas casualidades que suceden. Marina Echagüe una vez fue a la carrera de autos para llevar a los alumnos y vio que en la curva, donde la mayoría de los muchachos jóvenes quiere ponerse para ver cómo los autos preparados entran a toda máquina, clavan los frenos, rebajan a segunda y salen derrapando, estaba Federico Ortiz, que cerca suyo estaba Diego Uriarte con una barra de hombres del club social, y a un paso de allí vio a Juan Molina, que también es uno de ellos. Tal vez fuera casualidad, pero dice Marina que cuando la gente se adelantó para sacar el coche de Rubolino que se había ido contra los alambrados, los tres —Diego, Juan y Rubolino— quedaron juntos hablando entre ellos y que, aunque había pasado tanto tiempo, eso daba impresión.

  Hay veces —fiestas de bautismos, inauguraciones de negocios, casamientos— en las que en un lugar cerrado se encuentran dos o más de ellos, y entonces no ha de faltar quien los mire hablar y divertirse entre ellos y vuelva a pensar. Mucho se pensó cuando se supo que esto no había pasado en otros pueblos. La noticia llegó por gente de la parroquia, que fue a una asamblea en Coronel Insúa, habló el tema y los de Insúa se asombraron, y entonces se pusieron a averiguar y todos terminaron sabiendo que nada más a este pueblo habían vuelto todos los soldados. En esos días dio curiosidad de mirar qué hacían ellos, si cabildeaban juntos, o comentaban entre ellos algo, pero nadie les notó nada diferente. Una vez más —se ve— confiaron en que con el tiempo también al hecho de que esto nada más ocurriera en el pueblo se lo iban a olvidar.

  Y tuvieron razón, porque con los años todo se olvidó. En un tiempo en el que muchas parejas se ponen a edificar casas, a hacer viajes afuera y pasan la noche en fiestas para copiarse las costumbres y hacerse ver la ropa y mirarle a los otros la ropa o las cosas nuevas que siempre estrenan, las parejas sin hijos son cada vez más comunes y no es raro que ellos, que no son más que una parte de tantas parejas sin hijos que se la pasan mostrándose la ropa, tampoco tengan hijos. Total, chicos siempre siguen naciendo.

  Los que nacieron el verano cuando la vuelta de soldados comenzó, deben andar ahora por los diez años de edad y seguro que no saben nada de ellos. Para estos chicos, todo lo de la guerra es un cuento de viejos y cuando hablan con uno de ellos, cuando por caso, los sobrinos de Ortiz o de Vigliani se quedan con el tío, juegan como si estuvieran con cualquier otro y los tíos los alzan en brazos, o los llevan al circo o al cine cuando hay películas permitidas como cualquier tío del pueblo se ocupa de los sobrinos chicos. Así, estas criaturas crecen sin saber nada, iguales que los grandes, que saben, pero que andan por ahí sin darse por enterados de lo que estuvo pasando todos estos años.

  Por eso nadie los va a enterar, y los chicos van a crecer, van a vivir, van a hacer otros hijos y se van a morir sin saber estas cosas, aunque muchos se las escriban y las guarden para ver si pasados los años a alguien le puede interesar. Morizzi es profesor en el colegio: llegó como suplente por unos meses, se entusiasmó y se quedó en el pueblo. Tiene diploma de filosofía, le gustan las letras y se pasa los días libres y las vacaciones juntando escritos de la gente y armando los concursos de la Secretaría de Cultura del municipio. Él puede confirmar esta impresión de que los chicos de ahora nunca van a saber lo que pasó.

  —Es —dijo una noche en el bar— como con los peces: podrán saber de todo, pero lo último de lo que un pez se entera es de que vive en el agua…

  —Hasta que alguien lo pesca… —razonó el turco.

  —Claro —contestó él—, pero entonces ya es un pescado, y poco le va a servir saber que se pasó la vida en el agua…

  Cuando no hay viento, en las noches sin viento de verano, y también en invierno, antes de las tormentas, desde cualquier lugar de la ciudad se puede oír el paso de los trenes. A las doce pasa el Norteño, iluminado, porque siempre va llevando turistas de lujo que justo en el momento de cruzar por el pueblo están de sobremesa en el gran coche comedor. A la una y media pasa el Rápido, un tren de carga que viene vacío y que a pesar del nombre llega despacito para enganchar sin riesgo el cambio de las vías. A las cuatro está el Mixto, que sale a las seis de la tarde desde la Capital, con vagones de carga y otros de pasajeros. Ése no para en el pueblo, pero el guarda saluda hamacando el farol verde y colorado cuando cruzan por la casilla del señalero que le hace los cambios. Todo el pueblo conoce y sabe oír esos trenes y a veces da el temor, al despertar sobresaltado a medianoche, que un tren que llega de repente no sea el Norteño, ni el Mixto ni el Carguero de las cuatro, y pueda ser un Tren Nuevo, viniendo en dirección contraria que se pare en el pueblo dando una larga pitada triste y vaya arrancando despacito, en dirección hacia la Capital, y se los lleve a todos, otra vez, para siempre.

  1981

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