26 jun. 2019

Gustav Meyrink - La esfera negra

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Gustav Meyrink - La esfera negra


La noticia llegó al principio como una leyenda, un rumor. De Asia penetró a los centros de cultura occidentales, y decía que en Sikkhim, al Sur del Himalaya, unos penitentes totalmente incultos y semibárbaros, los llamados gosaines, habían hecho un descubrimiento realmente fabuloso.

   Aunque los diarios anglo-hindúes publicaron el rumor, parecían estar peor informados que los rusos, pero los entendidos no se extrañaban de ello, pues es sabido que Sikkhim elude con asco a todo lo inglés.

   Ese sería, sin duda, el motivo por qué el misterioso descubrimiento llegase a Europa dando rodeo a través de San Petersburgo-Berlín.

A los círculos científicos de Berlín por poco les dio el baile de San Vito al serles presentados los fenómenos.

   La gran sala, destinada exclusivamente a conferencias científicas, estuvo totalmente llena.

   En el centro, sobre un estrado, estaban los dos experimentadores hindúes: el gosain Deb Shumsher Dshung, con la cara hundida, cubierta de sagrada ceniza blanca, y el moreno brahmán Radshendralamitra, sólo identificable como tal por el delgado cordel de algodón que le colgaba sobre la mitad izquierda del pecho.

   Desde el techo de la sala pendían de alambres, a la altura de un hombre, matraces químicos de vidrio en los que podían verse huellas de un polvo blancuzco, presumiblemente yoduros, según explicaba el intérprete.

   Entre el silencio del auditorio el gosain se acercó a uno de los matraces, ató una delgada cadenilla de oro al cuello del recipiente y enlazó los extremos alrededor de las sienes del brahmán. Después se puso detrás de aquél, lanzó los brazos y murmuró los mantrams, fórmulas mágicas, de su secta.

   Las dos ascéticas figuras parecían estatuas, con esa inmovilidad que sólo se encuentra en los arios asiáticos cuando se entregan a sus meditaciones religiosas.

   Los negros ojos del brahmán miraban fijamente al «matraz. La multitud estaba como hechizada.

Muchos tuvieron que cerrar los ojos o mirar a otra parte para no desmayarse. La visión de tales figuras petrificadas tiene algo de hipnótico, y más de uno preguntó en un susurro a su vecino si no le parecía a él también que la cara del brahmán se desvanecía a veces, como envuelta en niebla.

   Esta impresión, sin embargo, la producía tan sólo el aspecto del signo sagrado del Tilak sobre la oscura piel del hindú, una gran U blanca, que todo fiel lleva en la frente, el pecho y los brazos, como símbolo de Vichnú, el sostenedor.

   De súbito brilló en el matraz de vidrio una chispa que hizo explotar la pólvora. Un instante: humo, después apareció en el frasco un paisaje indio de indescriptible belleza. ¡El brahmán había proyectado sus pensamientos!

   Era el Tadj-Mahal de Agrá, aquel castillo encantado del Gran Mogol Aurungzeb, donde éste hizo encerrar a su padre hace cientos de años.

   La construcción de la cúpula, de un blanco azulenco como nieve cristalina —con esbeltos alminares a los lados—, de un esplendor que obliga al hombre a ponerse de rodillas, se reflejaba en una infinita vía de agua reluciente, entre cipreses mecidos por el ensueño.

   Una imagen que despierta una oscura nostalgia de campiñas olvidadas en el hondo sueño de la transmigración de las almas.

   * * *

Rumor de voces de los espectadores, asombro e interrogación. El frasco fue destapado e iba de mano a mano.

   —Tales imágenes del pensamiento fijadas se mantienen durante meses —tradujo el intérprete—, sobre todo por proceder de la inmensa fuerza de imaginación permanente de Radshendralamitra. Las proyecciones de los cerebros europeos, en cambio, no tienen ni aproximadamente tal duración ni esplendor de colorido.

   Se hicieron muchos más experimentos todavía, y en parte fue de nuevo el brahmán, en parte éste u otro de les sabios solicitados que se anudaba la cadenilla alrededor de las sienes.

   Sólo las proyecciones de la imaginación de los matemáticos fueron realmente claras; bastante extraños fueron, en cambio, los resultados salidos de las cabezas de las lumbreras de la jurisprudencia. Y la esforzada proyección del pensamiento del famoso profesor de psiquiatría, consejero de Sanidad, Chacharero, causó general asombro. Incluso los solemnes asiáticos se quedaron con la boca abierta: una cantidad increíble de migas incoloras, seguidas de un conglomerado de grumos y carámbanos desvaídos, se habían formado en el matraz mágico.

   —Parece ensaladilla rusa —dijo, desdeñosamente, un teólogo, que por precaución se abstuvo de participar en los experimentos.

   Sobre todo en el centro, donde, según lo subrayó el intérprete, se precipitaban, en los pensamientos científicos, las imágenes relativas a la física y la química, había una materia gelatinosa del todo.

Los hindúes no se dejaron inducir a dar explicaciones acerca de cómo se producían propiamente los fenómenos. «Más tarde, más tarde», decían en su alemán chapurrado.

   * * *

   Dos días más tarde hubo otra presentación de los aparatos —esta vez semipopular— en otra metrópoli europea.

   De nuevo la tensión del público, el aliento suspendido y las mismas exclamaciones de admiración, cuando, bajo la influencia del brahmán, apareció la imagen de la extraña fortaleza tibetana Taklakot.

   De nuevo siguieron las proyecciones del pensamiento de los notables de la ciudad que, más o menos, no decían nada.

   Los médicos sonreían con superioridad, pero esta vez fueron inconmovibles en su negativa de trasegar su imaginación a la botella.

   Cuando, finalmente, se acercó un grupo de oficiales de la milicia, todo el mundo les hizo sitio respetuosamente. ¡Vaya, es natural!

   —Qué te parece, Gustavín, si pensaras algo —dijo un teniente, con peinado de raya, engominado, a su compañero.

   —No, hombre, con todos estos civiles por aquí…

   —Pero, caballeros, uno de ustedes… —les conminó, irritado, el mayor.

   Un capitán salió al frente:

—A ver, usted, intérprete, ¿se puede pensar algo ideal? ¡Me gustaría pensar algo ideal!

   —¿Y qué será, mi capitán? («A ver, a ver, lo que piensa la fuerza armada», gritó uno de la multitud.)

   —Bueno —dijo el capitán—; pues nada, que voy a pensar en las disposiciones del nuevo código de honor. ¡Esto es!

   —Ejem —el intérprete se sobaba la barbilla—. Ejem, yo, ejem, yo pienso, mi capitán, ejem, que las botellas, ejem, no sean tal vez lo bastante resistentes para esto.

   Un teniente primero se abrió paso:

   —Entonces, déjeme a mí, compañero.

   —Sí, sí, que vaya Kátchmatchek —gritaron todos—. Es un pensador de primera.

   El teniente primero se anudó la cadenilla alrededor del cráneo.

   —Por favor —el intérprete, turbado, le alcanzó un paño—, por favor…, es que la gomina actúa como aislante.

   Deb Shumsher Dshung, el gosain, con su taparrabo rojo y la cara embadurnada de blanco, se puso detrás del oficial. Parecía aún más lúgubre que en Berlín.

   Después levantó los brazos.

   Cinco minutos…

   Diez minutos…, nada.

   El gosain apretó los dientes con el esfuerzo. Gotas de sudor le corrían por la cara.

   ¡Ahora! Por fin. La pólvora, ciertamente, no hizo explosión, pero una esfera de color negro terciopelo, del tamaño de una manzana, flotaba libremente dentro del frasco.

—Este chisme no sirve para nada —se disculpó, con una risa forzada, el oficial, y descendió del estrado.

   La multitud bramaba de risa.

   El estupefacto brahmán tomó el frasco. ¡Ahí va! Apenas lo miró cuando la esfera que flotaba adentro tocó la pared de vidrio. Esta saltó al instante, y los cascos, cual atraídos por un imán, volaron hacia la esfera para desaparecer en ella sin dejar rastro.

   Ahora el cuerpo redondo de color negro terciopelo flotaba libremente, inmóvil, en el espacio.

   Propiamente dicho, la cosa no parecía en absoluto una esfera, y daba, más bien la impresión de un agujero. Y, en realidad, no era otra cosa que un agujero.

   Era la «nada» absoluta, matemática.

   Lo que ocurrió después no fue sino el fenómeno necesariamente consecuente de esa «nada». Toda cosa colindante con esa «nada» se precipitaba inexorablemente adentro, para convertirse a su vez en «nada», es decir, desaparecer sin dejar rastro.

   Efectivamente se produjo en seguida un fuerte zumbido, que cobraba una violencia cada vez mayor, ya que el aire de la sala era absorbido por la esfera. Trozos de papel, guantes, velos de señora, todo lo arrastraba consigo en la succión.

   Y cuando uno de los militares pinchó la misteriosa esfera con su sable, la hoja desapareció como si se hubiese fundido.

   —Esto pasa de castaño oscuro —exclamó el mayor, a la vista de ello—. Esto no lo puedo tolerar. Vámonos, señores, vámonos. Por favor.

—¿Y qué es lo que has pensado, Kátchmatchek? —preguntaron los caballeros al abandonar la sala.

   —¿Quién, yo? Bueno…, lo que uno puede pensar así…

   * * *

   La multitud, que no sabía explicarse el fenómeno y sólo oía el terrorífico zumbido que crecía sin cesar, se apretujaba, asustada, junto a las puertas.

   Los únicos que se quedaron fueron los dos hindúes.

   —Todo el universo que Brahma creara, que Vichnú sostiene y Siva destruye, se precipitará, poco a poco, en esta esfera —dijo, solemnemente, Radshendralamitra—. ¡Es la maldición de haber ido a los países del Occidente, hermano!

   * * *

   —¿Qué importa? —murmuró el gosain—. Una vez hemos de llegar todos al reino negativo del ser.

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