12 sep. 2018

Gustav Meyrink - El miedo


Gustav Meyrink - El miedo


Rechinan las llaves y una cuadrilla de presos baja al patio. Son las doce del mediodía y tienen que ir dando vueltas en círculo, en filas de a dos, para respirar un poco de aire.

  El patio está pavimentado. Sólo en el centro hay unas cuantas manchas de césped oscuro, como otras tantas tumbas. Cuatro árboles delgados y un seto de ligustro melancólico.

  Alrededor, los viejos muros amarillos con pequeñas ventanas de presidio provistas de rejas.

  Los presos, con sus trajes grises de presidiarios, apenas hablan y sólo dan vueltas en círculo, uno tras otro. Casi todos están enfermos: escorbuto, articulaciones inflamadas. Los rostros grises como de masilla, los ojos apagados. Con los corazones sin alegría guardan el mismo paso. El vigilante con gorra y sable está de pie junto a la entrada y mira inexpresivamente delante de sí.

  A lo largo de los muros la tierra está desnuda. Nada crece allí: la pena se filtra a través de las paredes amarillas.

  —¡Lukawsky acaba de estar con el presidente! —un preso comunica la noticia a media voz a los demás, asomado a la reja de su ventana.

  La cuadrilla sigue dando vueltas.

  —¿Qué le pasa a ése? —pregunta un novato a su vecino.

  —Lukawsky, el asesino, está condenado a la horca, y hoy, me parece, debe decidirse si se cumple la sentencia o no. El presidente le leyó en su despacho la confirmación del fallo. Lukawsky no dijo palabra, sólo se tambaleó. Pero una vez fuera empezó a rechinar los dientes y le dio un ataque de furia. Los vigilantes le pusieron la camisa de fuerza y le ataron con correas al banco, de manera que no pueda moverse hasta mañana por la mañana. También le pusieron un crucifijo al lado. —El preso se lo ha ido diciendo a los demás, fragmentariamente, a medida que pasaban delante de él.

  —Está en la celda 25 el Lukawsky ése —dice uno de los presos más antiguos. Todos miran hacia arriba, a la ventana enrejada del N.° 25.

  El vigilante sigue junto la puerta sin pensar en nada; aparta con el pie un trozo de pan duro que le estorba en medio del camino.

  * * *

  En los estrechos pasillos de la vieja cárcel las puertas de las celdas están muy juntas. Son puertas bajas de roble, empotradas en el muro, con flejes de hierro y fuertes cerrojos. Cada puerta tiene una mirilla enrejada, apenas un palmo cuadrado. A través de ellas penetró la nueva y ahora corre a lo largo de las rejas, de boca en boca:

  —¡Mañana le cuelgan!

  En los pasillos, como en toda la casa, reina el silencio, pero, sin embargo, se percibe como un leve ruido. Quedo, inaudible. Sólo puede sentirse. Penetra a través de los muros y juguetea en el aire, como un enjambre de mosquitos. ¡Es la vida, la vida maniatada, enjaulada!

  En medio del pasillo principal, allá donde éste comienza a ensancharse, hay un arca vieja y vacía, casi oculta por la oscuridad.

  Despacio, sin un ruido, se levanta la tapadera. Algo como un mortal terror atraviesa a la casa entera. Los presos se quedan con la palabra en la boca. Ningún sonido en los pasillos: se oye palpitar el corazón y zumbar los oídos.

  Los árboles y los arbustos en el patio no mueven ni una hoja; sus ramas otoñales se estiran en el aire nublado. Es como si se tornasen aún más oscuros.

  La cuadrilla de presos se detiene como a una señal dada: ¿No ha gritado alguien?

De la vieja arca se arrastra despacio un gusano asqueroso. Una sanguijuela de formas gigantescas. De color amarillo oscuro con motas negras, se arrastra, succionando el suelo, a lo largo de las celdas. Tan pronto se vuelve gruesa, como otra vez delgada. Así sigue adelante y palpa y busca. A cada lado de la cabeza cinco ojos de mirada fija, muy juntos, sin párpados e inmóviles. Es el miedo. Se arrastra hacia los condenados y les chupa la sangre caliente debajo de la laringe, allí donde la gran vena lleva la vida del corazón a la cabeza. Y con sus anillos escurridizos se enrosca alrededor del tibio cuerpo humano.

  Ahora ha llegado a la celda del asesino.

  Un grito largo, espantoso, sin interrupción, como un solo sonido sin fin, penetra al patio.

  El vigilante, junto a la entrada, se sobresalta y abre de golpe las dos hojas de la puerta.

  —¡En marcha, todos, a sus celdas! —grita, y los presos suben corriendo, sin mirarle, las escaleras de piedra. Tap, tap, tap, con sus burdos zapatos claveteados.

  Todo vuelve a estar en silencio. El viento baja al patio desierto y arranca un viejo tragaluz que cae, saltando en pedazos, con un ruido de vidrios rotos, sobre el mugriento suelo.

  El condenado sólo puede mover la cabeza. Mira delante de sí, a la pared encalada de la prisión. Impenetrable. Mañana, a las siete, vendrán por él. Quedan todavía diez y ocho horas hasta entonces. Siete horas más y será de noche. Pronto llegará el invierno, después la primavera y el verano caluroso. Entonces se levantará temprano, ya al amanecer, y saldrá a la calle, a mirar el viejo carro lechero y al perro delante… ¡La libertad! Como que puede hacer lo que quiera.

  Ahora siente de nuevo un nudo en la garganta: si tan sólo pudiera moverse. ¡Maldita sea, maldita sea!, y golpear las paredes con los puños. ¡Salir! Romperlo todo, morder las correas. No quiere morir ahora, no quiere, ¡ahora no! Podrían haberlo colgado entonces, cuando mató al viejo, que ya estaba con un pie en la tumba. ¡Ahora ya no volvería a hacerlo! El defensor no lo dijo. ¿Por qué no lo habrá dicho él mismo a los jurados? Entonces le juzgarían de otro modo, muy distinto. Tiene que decírselo todavía al presidente. El vigilante tiene que llevarle. Ahora mismo. Mañana será demasiado tarde; mañana estará el presidente de uniforme y él no podrá acercársele. Y el presidente no le escucharía. Mañana sería demasiado tarde. ¿Quién les diría a tantos policías que se fueran? El presidente no haría eso.

  El verdugo le ajusta el nudo corredizo, tiene los ojos pardos y le mira severamente a la boca. Ahora tiran de la cuerda: todo está dando vueltas: paren, paren, él quiere decir todavía algo, algo muy importante.

  ¿Vendrá todavía el vigilante a desatarle del banco? El no puede quedarse así las diez y ocho horas enteras. No puede ser. Claro que no, si todavía tiene que venir el confesor; ha leído que siempre es así. Es la ley. El no cree en nada, pero lo va a exigir, es su derecho. Y le romperá la cabeza al fraile descarado: con este botijo se la romperá. Tiene la lengua como de corcho. Quiere beber, tiene sed. ¡Por Dios Santo! ¿Por qué no le dan nada de beber? Se quejará. Se saldrá al frente y presentará la reclamación la semana que viene, cuando pase la inspección. ¡Ya le pondrá él las peras a cuatro al vigilante, al perro piojoso ése! Se pondrá a gritar y gritará hasta que vengan a desatarle, dará voces y más voces hasta que se caigan las paredes. Y entonces se pondrá a descansar, al aire libre, arriba, bien alto, para que no puedan encontrarle cuando estén husmeando y dando vueltas alrededor de él.

  Tendrá que haberse caído en alguna parte, piensa; le dio una estrepada el cuerpo…

  ¿O se habrá dormido? Está anocheciendo.

  Quiere agarrarse de la cabeza: sus manos están atadas. Desde la vieja torre retumba el tiempo, un, dos… ¿Qué hora será? Las seis. ¡Padre en los cielos, sólo quedan trece horas!, y le quitan el aliento del pecho. Van a ejecutarle, despiadadamente; le van a ahorcar. Los dientes le castañetean de frío. Algo le está chupando el corazón, no puede verlo. Ahora le sube al cerebro, negro, negro. Grita y no se oye gritar; todo grita en él: los brazos, el pecho, las piernas, el cuerpo entero, sin cesar, sin cobrar aliento.

  * * *

  Un hombre se acerca a la ventana del despacho, la única que no tiene reja. Es un hombre viejo, con barba blanca y un rostro duro y adusto. Se asoma y mira al patio. Los gritos le molestan, frunce el ceño, murmura algo y cierra la ventana de golpe. Algunas nubes cruzan el cielo y forman ganchudos jirones. Jeroglíficos desgarrados, como una vieja escritura extinguida: «No juzguéis si no queréis ser juzgados».

En La esfera negra y otros cuentos extraños