El cabrilleo lento, y después de una inmóvil
fugacidad, el incendio, que prolonga,
en la noche cerrada, un crepúsculo
chisporroteante. Hay una franja móvil
de fuego bordada en el tejido
tenso del bastidor de la amplia oscuridad.
Gritos de pájaros enloquecidos, cenizas en el viento.
El alba ¿encontrará los rescoldos finales, o aquella
vieja amenaza que día y noche
nos acompaña
llegará hasta este mundo con su fuego irreal
para escribir, por fin, borrándonos, la ardiente profecía?
En El arte de narrar



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