Desde las primeras Navidades, Santa Claus nos obsequiaba con juguetes que sirvieran para educar a los niños y las niñas (por separado) en la construcción de objetos: bloques de piedra cortados como sillares para levantar castillos, juguetes de hojalata, mecanos. Papá nos fabricaba cometas muy elaboradas, y para volarlas caminábamos con ellas fuera de la ciudad, a un prado lo suficientemente amplio (y a mi padre no le asustaba que los caballos o las vacas nos mirasen) para que él echase a correr con un extremo del cordel mientras mi madre sostenía el huso y nosotros la cometa, que se estremecía entre nuestras manos, como dotada de vida propia. Eran cometas hermosas, recias, en forma de caja, que mantenían un delicado olor a cola de pegar durante sus fugaces vidas. Y, cómo no, en cuanto los chicos alcanzaron la edad, recibieron de regalo un tren eléctrico con una locomotora alumbrada por un faro del tamaño de un guisante, con sus vagones, sus agujas de las vías y sus semáforos, con su estación, su túnel y sus dos pasos a nivel que bloqueaban el tráfico en el vestíbulo del primer piso. También se escuchaba el traqueteo del tren en la planta baja, mezclado con los gritos de excitación de los niños a través de la tarima del techo, corre que te corre, surcando una y otra vez el ocho que trazaban las vías.
Todo esto, pero, por encima de todo, el tren, representaba las más hondas creencias de mi padre: el progreso, el futuro. Con estas dádivas preparaba a sus hijos.
En La palabra heredada


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