Los enfermos respiran
bajo las aguas, en su linfa propia,
y a la vez en el aire del mundo enrarecido.
No son enteramente de este reino.
Si se muestran tan frágiles a veces,
es porque participan de la inmortalidad
en el grado en que pueden hacerlo los mortales:
con el eco de un eco imperceptible.
Son sujetos anfibios. Se resignan
a su naturaleza paradójica,
que idolatra la carne que aborrece.
Como se han despojado de todo lo superfluo,
su tiempo se contagia de esencia intemporal.
Su catalepsia explica una virtud sonámbula
para ver el envés de cuanto nos ocurre.
No viven en la edad, son unos niños
partícipes de un viejo horror clarividente.
Pertenecen al orden del conocer andrógino,
que mezcla lo terreno y lo impalpable.
Vuelven de su inmersión, rumbo a la superficie,
colmados por el ansia feroz de estar con vida.
Por eso nadie quiere mirar a los enfermos.
Son pacíficos monstruos inocentes
que saben recordar el porvenir.´
En El entusiasmo de la decepción


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