10 oct. 2019

Peter Handke - Cansancios que escinden

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Peter Handke - Cansancios que escinden


¿Pero sólo entre hombre y mujer hay cansancios que escinden?, ¿no los hay igualmente entre amigos?

  No. Todas las veces que, en compañía de un amigo, he experimentado una sensación de cansancio, esto nunca ha sido una catástrofe. Lo he vivido como perteneciendo al curso de las cosas. A fin de cuentas, sólo estábamos juntos un tiempo, y, después de este tiempo, cada uno seguiría de nuevo su camino, consciente de la amistad, incluso después de una hora gris. Los cansancios entre amigos no eran peligrosos; por el contrario, los que se daban entre parejas jóvenes, las más de las veces entre parejas que no llevaban mucho tiempo saliendo juntas, eran un peligro. A diferencia de lo que ocurría en la amistad, en el amor —¿o cómo llamar a este sentimiento de plenitud y totalidad?—, al estallar el cansancio, de repente todo estaba en juego. Fin del hechizo; de pronto, las líneas de la imagen del otro desaparecían; él, ella, en el lapso de tiempo de un segundo de espanto, ya no daba ninguna imagen; la imagen del segundo anterior había sido simplemente un espejismo; de este modo, de un momento a otro era posible que entre los dos seres humanos se hubiera acabado todo; y lo más espantoso era que, debido a esto, también en uno mismo parecía que se había acabado todo; uno se encontraba a sí mismo tan feo, o, incluso, insignificante, como el otro, con el cual hacía un momento que, de un modo perceptible, había encarnado una forma de existencia («un solo cuerpo y una sola alma»); uno quería que a uno mismo, al igual que al maldito ser que tenía delante, le quitaran inmediatamente de allí, lo eliminaran; incluso las cosas que le rodeaban a uno caían hechas pedazos y se convertían en inutilidades («con qué cansancio y qué gastado pasa volando el tren rápido» —recordando los versos de un amigo): aquellos cansancios de pareja tenían el peligro de degenerar y, desbordándole a uno mismo, convertirse en cansancio de la vida, incluso en cansancio del Universo, de las hojas desmayadas de los árboles, del río que de repente avanza como paralizado, del cielo que palidece. Pero como tal cosa sólo ocurría cuando hombre y mujer estaban juntos, sin nadie más, con los años fui evitando todas las situaciones prolongadas del «estar a solas» (lo que tampoco era una solución, o era una solución cobarde).

En Ensayo sobre el cansancio

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