Gianni Rodari - Me marcho con los gatos

25 sept 2019

Gianni Rodari - Me marcho con los gatos

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Gianni Rodari - Me marcho con los gatos


Don Antonio, jefe de estación jubilado, tiene un hijo, una nuera, un nieto de nombre Antonio, al que le llaman Nino, una nietecita llamada Daniela, pero nadie que le haga caso.

  —Recuerdo —empieza a contar— cuando era subjefe de estación en Poggibonsi…

  —Papá —lo interrumpe su hijo—, ¿me dejas leer el periódico en paz? Estoy vivamente interesado por la crisis de gobierno en Venezuela.

  Don Antonio se dirige a su nuera y vuelve a empezar por el principio:

  —Me acuerdo de cuando era jefe de estación adjunto en Gallarate…

  —Papá —lo interrumpe su señora nuera—, ¿por qué no se va a dar una vuelta? ¿No ve que estoy abrillantando el pavimento con la cera Chas, que brilla más?

  Don Antonio no tiene más suerte con su nieto Nino, el cual tiene que leer el apasionante cómic Satán contra Diabolus, prohibido para los menores de dieciocho años (él tiene dieciséis). Pone todas sus esperanzas en su nietecita, a la que permite de vez en cuando tocarle con su gorra de jefe de estación para jugar al choque de ferrocarril con cuarenta y siete muertos y ciento veinte heridos; pero Daniela está muy ocupada y le dice, en efecto:

  —Abuelo, no me hagas perderme el programa infantil de la tele, que es muy instructivo.

  Daniela tiene siete años, pero le gusta muchísimo la instrucción. Don Antonio suspira: «En esta casa no hay sitio para los jubilados de los Ferrocarriles Estatales con cuarenta años de servicios. Un día de éstos agarro y me voy. Palabra. Me marcho con los gatos».

  Y en efecto, una mañana sale de casa, diciendo que va a comprar lotería; pero en cambio se va a la plaza Argentina, donde entre las ruinas de la antigua Roma están acampados los gatos. Baja los peldaños, salta la barra de hierro que separa el reino de los gatos del de los automóviles y se convierte en gato. Enseguida empieza a lamerse las patas, para estar completamente seguro de no arrastrar, en su nueva vida, el polvo de los zapatos humanos, y mientras tanto se le acerca una gata un poco pelada que lo mira. Y lo mira. Y lo mira fijamente. Finalmente le dice:

  —Perdona, ¿tú no eres don Antonio?

  —No quiero ni acordarme. He presentado la dimisión.

  —Ah, ya me parecía. ¿Sabes?, yo era la maestra jubilada que vivía enfrente de tu casa. Me has tenido que ver. O quizá has visto a mi hermana.

  —Os he visto, sí: os peleabais siempre a causa de los canarios.

  —Eso es. Estaba tan harta de pelear que decidí venirme a vivir con los gatos.

  Don Antonio se queda sorprendido. Creía ser el único en haber tenido esa buena idea. Pero se entera de que entre aquellos gatos de allí, de la Argentina, apenas la mitad son gatos-gatos, hijos de madre gata y de padre gato; los demás son todos personas que han presentado la dimisión y se han convertido en gatos. Hay un barrendero que se escapó del asilo de ancianos. Hay señoras solas que no se llevaban bien con la criada. Hay un juez de los tribunales: era aún un hombre joven, con mujer e hijos, coche, un piso de cuatro habitaciones con dos cuartos de baño, no se sabe por qué se ha venido a estar con los gatos; pero no se da aires, y cuando las «mamás de los gatos» llegan con cucuruchos llenos de cabezas de pescado, pieles de embutidos, restos de spaghetis, cortezas de queso, huesecitos y asaduras, agarra su parte y se retira a comerla en el escalón más alto de un templo.

  Los gatos-gatos no están celosos de —Pues a nosotros ni se nos pasaría por la cabeza convertimos en hombres, con lo caro que está el jamón.

  —Somos un grupo realmente simpático —dice la gata-maestra—. Y esta noche hay una conferencia de astronomía. ¿Vendrás?

  —Natural, la astronomía es mi pasión. Recuerdo que cuando era jefe de estación en Castiglion del Lago coloqué un telescopio de doscientos aumentos en la azotea y por la noche observaba el anillo de Saturno, los satélites de Júpiter, todos en fila como las bolitas en el ábaco, la nebulosa de Andrómeda, que se parece a una coma.

  Muchos gatos se acercan a escuchar. Nunca han tenido entre ellos un ex jefe de estación; quieren saber muchas cosas sobre los trenes, preguntan por qué en los váteres de los coches de segunda falta siempre el jabón, etcétera. Cuando es la hora exacta y en el cielo se ven bien las estrellas, la gata-maestra pronuncia su conferencia.

  —Vamos a ver —dice—, mirad hacia allá: esa constelación se llama la Osa Mayor. Esa otra es la Osa Menor. Volveos como yo me vuelvo, mirad a la derecha de la Torre Argentina: ésa es la Serpiente.

  —Me parece un zoo —dice el gato barrendero.

  —Además está la Cabra, el Carnero, el Escorpión.

  —¡Hasta eso! —se asombra uno.

  —Allí, aquella constelación de allí, es el Can.

  —Maldita sea —rezongan los gatos-gatos.

  El que rezonga más es el Corsario Rojo, así llamado porque es completamente blanco, pero tiene un carácter aventurero. Y él es el que pregunta en cierto momento:

  —¿Y hay una constelación del Gato?

  —No la hay —responde la maestra.

  —¿No hay ni siquiera una estrella, aunque sea pequeña, pequeñísima, que se llame Gato?

  —No la hay.

  —Es decir —estalla el Corsario Rojo—, que han dado las estrellas a perros y a cerdos, y a nosotros, nada. Muy bonito.

  Se oyen maullidos de protesta. La gata-maestra alza la voz para defender a los astrónomos: ellos saben lo que hacen, cada uno a lo suyo; y si han creído conveniente no llamar Gato ni siquiera a un asteroide, habrán tenido sus buenas razones.

  —Razones que no valen lo que la cola de un ratón —replica el Corsario Rojo—. Oigamos qué opina el juez.

  El gato juez precisa que él presentó su dimisión justamente para no tener que juzgar nada ni a nadie. Pero en este caso hará una excepción:

  —Mi sentencia es: a los astrónomos, ¡peste y cuernos!

  Aplausos fragorosos. La gata-maestra se arrepiente de su admiración por los hechos consumados y promete cambiar de vida. La asamblea decide organizar una manifestación de protesta. Se envían mensajes espelos gatos-personas: los tratan absolutamente como iguales, sin soberbia. Entre sí, de ciales en mano a todos los gatos de Roma: a los de los Foros, a los de los mataderos, a los del San Camilo, alineados bajo las ventanas de las salas a la espera de que los enfermos les tiren el rancho, está claro que debe de ser un asco. A los gatos del Trastévere, a los vagabundos de los arrabales, a los bastardos de las chabolas. A los gatos de clase media, si quieren asociarse, olvidando por una vez las ventajas del pulmón picado, del cojín de plumas, de la cintita al cuello. La cita es a medianoche en el Coliseo.

  —Magnífico —dice el gato-don Antonio—. He estado en el Coliseo de turista, de peregrino y de jubilado, pero de gato todavía no. Será una excitante experiencia.

  A la mañana siguiente se presentan a visitar el Coliseo americanos a pie y en automóvil, alemanes en autobús y en calesa, suizos con saco de dormir, abruzzeses con la suegra, milaneses con el tomavistas japonés; pero no pueden visitar nada de nada porque el Coliseo está ocupado por los gatos. Ocupadas las entradas, las salidas, el circo, las gradas, las columnas y los arcos. Casi ni se ven las viejas piedras, sino sólo gatos, cientos de gatos, miles de gatos. A una señal del Corsario Rojo aparece una pancarta (obra de la maestra y de don Antonio) que dice: «Coliseo ocupado. ¡Queremos la estrella Gato!».

  Turistas, peregrinos y transeúntes —que por quedarse a ver se han olvidado de transitar— aplauden con entusiasmo. El poeta Alfonso Gatto pronuncia un discurso. No todos entienden lo que dice, pero sólo con mirarlo es evidente que si se puede llamar «Gato» un poeta, también podrá llamarse así una estrella. Una bellísima fiesta. Del Coliseo parten gatos viajeros hacia París, Moscú, Londres, Nueva York, Pekín, Monteporzio y Catone. La agitación se desplegará en el plano internacional. Está prevista la ocupación de la torre Eiffel, del Big Ben, de las torres del Kremlin, del Empire State Building, del Templo de la Paz Celeste, del estanco de la esquina; en suma, de todos los lugares ilustres. Los gatos de todo el planeta presentarán su petición a los astrónomos en todas las lenguas. Un día, mejor dicho una noche, la estrella Gato brillará con luz propia.

  A la espera de noticias, los gatos romanos regresan a sus sedes. También don Antonio, con la gata-maestra, se encamina a buen paso hacia la plaza Argentina, haciendo proyectos para sucesivas ocupaciones.

  —Qué bien estaría —piensa, y lo dice— la Cúpula de San Pedro toda adornada de gatos con la cola tiesa.

  —¿Y qué te parecería —pregunta la gata-maestra— ocupar el estadio Olímpico el día del partido Roma-Lazio?

  Don Antonio empieza a decir «¡formidable!», con sus signos de exclamación, pero no llega ni a la mitad de la palabra porque repentinamente se oye llamar:

  —¡Abuelo! ¡Abuelo!vez en cuando, murmuran:

¿Quién será? ¿Quién no será? Es Daniela que está saliendo del portal de la escuela y lo ha reconocido. Don Antonio, que ya ha adquirido cierta práctica de gato, finge no haber oído. Pero Daniela insiste:

  —Abuelo, malo, ¿por qué te has marchado con los gatos? Hace días que te busco por tierra y por mar. Vuelve ahora mismo a casa.

  —¡Qué niña más guapa! —dice la gata-maestra—. ¿En qué curso está? ¿Tiene buena letra? ¿Se limpia bien las uñas? ¡No será una de esas que escriben «abajo el bedel» en la puerta del váter!

  —Es muy buena —explica don Antonio, un poco conmovido—. Casi, casi la acompaño un ratito, así tengo cuidado de que no cruce la calle con el disco rojo.

  —Ya comprendo —dice la gata-maestra—. Bueno, yo también iré a ver cómo está mi hermana. A lo mejor le ha dado artritis deformante y no consigue atarse los zapatos ella sola.

  —Vamos, abuelo, vente —ordena Daniela—. La gente que la oye no se asombra, porque cree que aquel gato se llama Abuelo. No tiene nada de raro: hay también gatos que se llaman Bartolomé o Gerundio.

  En cuanto llega a casa el gato-don Antonio salta a su butaca preferida y agita dignamente una oreja en señal de saludo.

  —¿Has visto? —dice Daniela muy contenta—. Es el abuelo.

  —Es cierto —confirma Nino—. También el abuelo era capaz de mover las orejas.

  —Está bien, está bien —dicen los padres ligeramente confusos—. Y ahora, moraleja: a la mesa.

  Pero los mejores bocados son para el gato-abuelo. Para él chicha, leche con azúcar, galletas, caricias y besos. Quieren ver cómo ronronea. Hacen que les dé la patita. Le rascan la cabeza. Le ponen debajo un cojín bordado. Le preparan un váter con serrín.

  Después de comer el abuelo sale al balcón. Al otro lado de la calle, en otro balcón, está la gata-maestra que vigila a los canarios.

  —¿Qué tal ha ido? —le pregunta.

  —Como la seda —responde ella—. Mi hermana me trata a cuerpo de rey.

  —Pero ¿te has dado a conocer?

  —¡No soy boba! Si sabe que soy yo, es muy capaz de hacer que me encierren en el manicomio. Me ha dado la manta de nuestra pobre mamá, que antes ni me permitía mirar.

  —Yo no sé —dice el gato-don Antonio—, a Daniela le gustaría que yo volviese a ser el abuelo. Me quieren todos una barbaridad.

  —Qué necio. Te encuentras en Jauja y lo echas a perder. Ya verás cómo te arrepientes.

  —No sé —repite él—, casi, casi lo echo a cara o cruz. Tengo tantas ganas de fumarme una tagarnina…

  —Pero ¿cómo harás para cambiar de gato a abuelo?
—Es sencillísimo —dice don Antonio.

  Y en efecto, va a la plaza Argentina, salta la barra de hierro en sentido contrario a la primera vez y en lugar del gato reaparece un anciano señor que enciende su cigarro. Regresa a casa con un poco de susto. Daniela, cuando lo ve, salta de alegría. En el otro balcón la gata-maestra abre un ojo en señal de buena suerte, pero farfullan para sí: «Qué necio».

  En el balcón está también su hermana, que mira a la gata con ojos dulces y mientras tanto piensa: «No debo encariñarme demasiado con ella, porque después, si se muere, sufro y me dan palpitaciones».

  Es la hora en que los gatos de los Foros se despiertan y salen a cazar ratones. Los gatos de la Argentina se congregan a la espera de las mujercitas que les llevan cariñosos cartuchitos. Los gatos del San Camilo se disponen en los parterres y los senderos, uno bajo cada ventana, esperando que la cena sea mala y los enfermos se la tiren a escondidas de la monja. Y los gatos vagabundos que antes eran personas, se acuerdan de cuando conducían automotores, hacían girar tornos, escribían a máquina, eran guapos y tenían una novia.

En Cuentos escritos a máquina



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