Oscar Wilde - El poeta en los Infiernos

15 abr 2019

Oscar Wilde - El poeta en los Infiernos

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Oscar Wilde - El poeta en los Infiernos


En los Infiernos, entre toda la excelente compañía que siempre se encuentra allí de amantes, hermosas damas, sabios, poetas y astrólogos, en medio del incesante movimiento de cuerpos condenados, revolviéndose y debatiéndose para librarse del tormento de sus almas, veíase a una mujer sentada aparte, sola y sonriente. Su ademán era el de quien escucha, levanta la cabeza y en lo alto los ojos, como si una voz de las alturas la atrajese.

  —¿Quién es esa mujer? —inquirió un recién llegado, sorprendido por la extraña hermosura de su rostro y aquella mirada cuya expresión no alcanzaba a leer—. ¿Quién es esa mujer de suaves miembros marfileños y larga cabellera que la envuelve desde los brazos hasta las manos, inmóviles sobre el regazo? Es aquí la única alma cuyos ojos se hallan siempre fijos en lo alto. ¿Qué secreto es el que guarda allá arriba, en la alacena de Dios?

  Apenas había acabado de hablar, cuando un hombre, que llevaba en la mano una corona de hojas mustias, apresuróse a contestarle:

  —Dicen —replicó— que en un tiempo, sobre la tierra, era una gran cantante, con voz comparable a las estrellas que caen de un cielo claro. Así, cuando la hora de su condenación llegó, Dios la despojó de su voz, que lanzó a los ecos eternos de las esferas, juzgándola demasiado hermosa para dejarla morir. Ahora, ella la escucha con gratitud, y recordando que un día fuera suya comparte aún el deleite que Dios siente al oírla. No le hables, no le digas nada, pues se imagina que está en el cielo.

  Pero apenas hubo acabado el hombre de la corona marchita, otro dijo:

  —No, no es ésa su historia.

  —¿Cuál es, entonces?

  —La siguiente —explicó el segundo hombre, mientras el de la corona marchita se alejaba—: Una vez en la tierra, un poeta hizo un canto sobre ella, de manera que su nombre quedara eternamente asociado a sus versos, que aún suenan en los labios de los hombres. Y si ahora ella aguza el oído, es para oír sus alabanzas resonando doquiera se habla lengua humana. Ésta es su verdadera historia.

  —¿Y el poeta? —preguntó el recién venido—. ¿Lo amó ella mucho?

  —Tan poco —repuso el otro—, que se tropieza con él todos los días y ni aun le reconoce.

  —¿Y él?

  El otro se echó a reír y replicó:

  —Él es quien acaba de contarle a usted ese cuento sobre la voz de ella, continuando aquí las mentiras que acostumbraba forjar sobre ella cuando estaban juntos en la tierra.

  Pero el recién llegado dijo:

  —Si es capaz de procurar alguna felicidad en el Infierno, ¿cómo puede ser mentira lo que dice?

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