5 ene. 2019

Fernando Pessoa - El sensacionista


Fernando Pessoa - El sensacionista


En este crepúsculo de las disciplinas, en que las creencias mueren y los cultos se cubren de polvo, nuestras sensaciones son la única realidad que nos queda. El único escrúpulo que preocupa, la única ciencia que satisface son los de la sensación.

  Un decorativismo interior se me acentúa como el modo superior y esclarecido de dar un destino a nuestra vida. Pudiese mi vida ser vivida en paños de raso del espíritu y yo no tendría abismos que lamentar.

  Pertenezco a una generación —o más bien a una parte de generación— que perdió todo el respeto por el pasado y toda la creencia o esperanza en el futuro. Vivimos por ello del presente con las ganas y el hambre de quien no tiene otra casa. Y, como es en nuestras sensaciones, y sobre todo en nuestros sueños, sensaciones inútiles sólo, donde encontramos un presente, que no recuerda ni al pasado ni al futuro, sonreímos a nuestra vida interior y nos desinteresamos con una soñolencia altiva de la realidad cuantitativa de las cosas.

  No somos tal vez muy diferentes de aquellos que, por la vida, sólo piensan en divertirse. Pero el sol de nuestra preocupación egoísta está en el ocaso, y es entre colores de crepúsculo y contradicción como nuestro hedonismo se enfría.

  Convalecemos. En general somos criaturas que no aprendemos ningún arte u oficio, ni siquiera el de gozar de la vida. Extraños a relaciones prolongadas, nos cansamos en general de los mayores amigos, después de estar con ellos media hora; sólo ansiamos verlos cuando no pensamos en verlos, y las mejores horas en que los acompañamos son aquellas en que solamente soñamos que estamos con ellos. No sé si esto indica poca amistad. Es posible que no lo indique. Lo que es seguro es que las cosas que más amamos, o creemos amar, sólo tienen su pleno valor cuando simplemente soñadas.

No nos gustan los espectáculos. Despreciamos a actores y danzarines. Todo el espectáculo es la imitación degradada de lo que había solamente que soñar.

  Indiferentes —no de origen, sino por una educación de los sentimientos que varias experiencias dolorosas en general nos obligan a hacer— a la opinión de los otros, siempre corteses para con ellos, e incluso gustándonos ellos, a través de una indiferencia interesada, porque todo el mundo es interesante y convertible en sueño, en otra gente, pasamos □

  Sin habilidad para amar, nos cansan de antemano aquellas palabras que sería preciso decir para conseguir ser amado. Además, ¿quién de nosotros quiere ser amado? El «on le fatigait en l’aimant» de René no es el lema más apropiado para nosotros. La propia idea de ser amados nos fatiga, nos fatiga hasta la alarma.

  Mi vida es una fiebre perpetua, una sed siempre renovada. La vida real me desazona como un día de calor. Hay una cierta bajeza en el modo como desazona.

En Libro del desasosiego