3 dic. 2018

Walter Benjamin - Antigüedades


Walter Benjamin - Antigüedades


Medallón. En todo lo que con razón se denomina bello resulta paradójico que se aparezca.

  Molino de oraciones. Solo la imagen representada mantiene a la voluntad con vida. Ante la mera palabra puede por el contrario inflamarse con fuerza para luego seguir ardiendo sin llama. No hay voluntad sana sin la representación gráfica exacta. No hay representación sin inervación. Ahora bien, el aliento es su regulación más sutil. El sonido de las fórmulas es el canon de esta respiración. De ahí la práctica del yoga que medita respirando sobre las sílabas sagradas. De ahí su omnipotencia.

  Cuchara antigua. Una cosa está reservada a los épicos más grandes: poder dar de comer a sus héroes.

  Mapa antiguo. En un amor la mayoría busca una patria eterna. Otros, pero muy pocos, el eterno viajar. Estos últimos son melancólicos que han de rehuir el contacto con la madre tierra. Buscan a quien mantenga alejada de ellos la nostalgia de la patria. A ese le son fieles. Los libros medievales sobre los temperamentos saben del anhelo de largos viajes de este tipo de hombres.

  Abanico. Se habrá hecho la siguiente experiencia: cuando uno ama a una persona, incluso cuando solo piensa intensamente en ella, casi en cada libro encuentra su retrato. Es más, aparece como protagonista y como antagonista. En los relatos, novelas y cuentos se la encuentra en metamorfosis siempre nuevas. Y de ahí se sigue que la facultad de la fantasía es el don de interpolar en lo infinitamente pequeño, de hallar para cada intensidad, como una extensión, su nueva plenitud comprimida; en pocas palabras, de tomar cada imagen como si fuera la del abanico cerrado que solo al desplegarse toma aliento y muestra con la nueva expansión los rasgos de la persona amada en su interior.

  Relieve. Si uno está junto a la mujer a la que ama, habla con ella. Luego, semanas o meses más tarde, cuando uno se ha separado de ella, recuerda uno de qué se habló entonces. Y ahora el tema resulta banal, disonante, sin profundidad, y uno se da cuenta de que solo ella, inclinándose sobre él por amor, lo cubrió con su sombra ante nosotros y lo protegió para que, como un relieve, el pensamiento viviera en todos los pliegues y en todos los rincones. Si estamos solos, como ahora, resulta plano, sin consuelo, sin sombra bajo la luz de nuestro pensamiento.

  Torso. Solo quien supiera contemplar el propio pasado como engendro de la coacción y la necesidad, sería capaz de sacarle el máximo provecho para sí en cualquier presente. Pues lo que uno ha vivido es en el mejor de los casos comparable a una hermosa estatua que al ser transportada hubiera ido perdiendo todos los miembros y que ahora no ofreciera nada más que el valioso bloque en el que él tiene que tallar la imagen de su futuro.

En Calle de sentido único