04/2007

12 abr. 2007

Juan José Saer - En la costra reseca

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Al día siguiente de rendir el examen de geometría, Tomatis consiguió que el padre le renovara el carnet de socio del Club de Regatas, así que pasó casi toda la tarde en la secretaría del club haciendo los trámites de la renovación. Mientras esperaba el carnet nuevo, sentado en una salita de la secretaría, concibió el plan del mensaje y cuando le entregaron el carnet pasó por el bar y llamó a Barco por teléfono. Barco estuvo de acuerdo con la idea. Dijo que él tenía lacre -porque había que lacrar el pico de la botella- y que era necesario reunirse esa misma noche para discutir el contenido del mensaje. Así que a eso de las nueve, cuando acababa de oscurecer, Tomatis oyó desde su cuarto la voz de Barco que hablaba con su padre en la cocina, y después sus pasos subiendo la escalera hacia la terraza. La ventana de la pieza estaba abierta y después de entrar sin saludar Barco dijo algo sobre el cielo estrellado cuando se asomó por ella. Se desabrochó dos botones de la camisa y empezó a sacudírsela a la altura del pecho para secarse el sudor. Tomatis le gritó a su madre desde la ventana que preparara una sangría, porque en su casa había inclinación a darle todos los gustos desde el día anterior, en que con el examen de geometría había terminado su bachillerato. Mientras esperaban la sangría Barco le ayudó a colgar en la pared amarillenta, sobre el sofá cama, al costado de la biblioteca, la reproducción del Campo de trigo de los cuervos que Tomatis había hecho enmarcar esa mañana en un taller de cuadros.

Discutieron el texto del mensaje durante más de dos horas, tomando la sangría que Barco revolvía con una cuchara para que el azúcar no se asentara en el fondo y el hielo que tintineaba en el interior de la jarra helada se fundiera más rápido. La idea de que el texto debía escribirse en verso, propuesta por Tomatis, fue descartada inmediatamente. "Pueden llegar a creer que hablábamos así", objetó Barco. En seguida comenzaron a barajar posibilidades: una reseña de la historia de la ciudad, o bien un catálogo de los inventos de la época, o mejor todavía una síntesis biográfica de Carlos Tomatis y Horacio Barco, y hasta una descripción deliberadamente falsa del cuerpo humano para inducir en el futuro una teoría errónea de la evolución. Por un momento, esta última posibilidad los tentó y estuvieron riéndose un buen rato, a las carcajadas, tan fuertes que el padre de Tomatis, que se había acostado hacía rato, les chistó desde abajo, desde la oscuridad, para que bajaran la voz. Entonces Barco dijo que la inclinación al humor siempre echaba todo a perder y que, al fin de cuentas, el contenido del mensaje no importaba, que lo fundamental era el mensaje mismo, porque lo importante de un mensaje no era lo que decía, sino su facultad de revelar que había hombres dispuestos a escribir mensajes. Dijo que si un mensaje le daba tanta importancia al contenido no era en realidad un mensaje, sino una simple información.

"Lo mejor que puede decir un mensaje -dijo Barco-, es justamente, mensaje. Por lo tanto, aun cuando todo pareciese indicar que deberíamos escribir ¡Socorro!, propongo que escribamos: Esto es un mensaje o lisa y llanamente mensaje." Tomatis estuvo pensando un momento y por fin aceptó, y en seguida planteó la cuestión nueva, la de quién escribiría la palabra. "Teniendo en cuenta -dijo Barco-, de que la idea ha sido tuya y de que hay fuertes razones para pensar que con el tiempo te vas a convertir en escritor de profesión, propongo que la redacción del texto corra por tu cuenta." Así que Tomatis separó una hoja blanca, la colocó sobre la mesa bajo la luz de la lámpara, limpió la pluma de su lapicera, la probó en el margen de su cuaderno de geometría y después, lentamente, con gran cuidado, sintiendo la mirada de Barco por encima de su hombro, fija en la mano firme que sostenía la lapicera, fue escribiendo en grandes letras de imprenta, negras, la palabra: MENSAJE; y a medida que la mano iba moviéndose, de izquierda a derecha, la hoja blanca, rectangular, salía de la blancura extrema indiferenciada, del limbo, del horizonte plano y anónimo, sacada al azar por una mano ciega de entre el montón de hojas idénticas que yacían polvorientas y mudas en el cajón del escritorio, hasta que la palabra estuvo toda escrita, nítida y pareja, y la identidad de la hoja se borró otra vez, comida por la titilación oscura del mensaje. Al otro día se levantaron al amanecer. Tomatis telefoneó a Barco diciéndole que en un minuto bajaba a tomar el tranvía, que esperara el próximo tranvía número dos porque en ése iba él y después vio, por la ventanilla, en la esquina de la casa de Barco, que éste traía la pala, la botella y la barra de lacre. El, por su parte, llevaba una lata de sardinas, tomates y duraznos, y una botella de vino que había sacado de la heladera. El mensaje lo llevaba doblado en cuatro, cuidadosamente, en el bolsillo derecho de la camisa. Llegaron al club, se pusieron los trajes de baño, guardaron todo en una bolsa de lona, salvo la pala, pusieron la pala y la bolsa en el fondo de la canoa, y después metieron la canoa en el río. Barco empezó a remar alejándose del muelle del club y del puente colgante, se metió por entre islas y riachos, bordeando orillas que por momentos se estrechaban, y cuando por fin fue maniobrando con pericia y aproximándose a la costa, eran más de las once. Barco tenía la cara roja y estaba cubierto de sudor. El sol estaba blanco, árido, y sus rayos perforaban la fronda de por sí porosa y abierta de los sauces llorones y proyectaban manchas de luz sobre el agua. Dejaron la canoa a la sombra -la canoa recibió las manchas de luz en el fondo- y se internaron en la isla con la pala y la bolsa de lona. Vagabundearon cerca de media hora. Barco descubrió una culebra y con el filo de la pala de punta le sacó la cabeza, limpia, de un solo golpe; después eligieron el lugar. Era un claro rodeado por un círculo de árboles, pero tan chicos que sus ramas no se entreveraban en la altura para formar ninguna bóveda de sombra. El sol había resecado el suelo y la hierba de alrededor era rala y amarillenta. Tomatis empezó a cavar: los primeros golpes de la pala sonaron secos y la pala rebotaba contra la tierra, descascarándola y haciendo saltar astillas de barro endurecido en todas direcciones, pero la capa superficial cedió en seguida y después vino la tierra profunda, blanda, fría y oscura cuyo peso tiraba suavemente hacia abajo los brazos de Tomatis cada vez que sacaba una palada y la dejaba caer sobre el montón que iba formándose al lado del pozo. Después de un rato siguió Barco y Tomatis se apoyó jadeando en uno de los árboles irrisorios y se dedicó a mirarlo trabajar. Cavaron un hoyo de casi dos metros, lo suficientemente ancho como para enterrar a un hombre en posición vertical. Después se sentaron a la sombra y Barco dobló cuidadosamente la hoja de papel, la introdujo por el pico de la botella, puso el corcho golpeándolo con la palma de la mano hasta hundirlo lo suficiente, y en seguida preparó el lacre y los fósforos, y encendiendo uno comenzó a hacer girar la barra de lacre en la punta de la llama cuidando de que las gotas fuesen cayendo sobre el pico de la botella y la superficie redonda del corcho. Gastó muchos fósforos antes de terminar. Y la mirada de Tomatis iba alternativamente de la punta de la llama en la que la barra se fundía (a veces seguía la caída de las gotas rojas que destellaban diseminándose sobre el pico de la botella, gotas a las que Barco terminaba de empastar y distribuir con la punta fofa de la barra) al interior de la botella en el que podía ver, a través del vidrio verde, la hoja doblada muchas veces hasta adquirir la forma de una cinta rígida una de cuyas puntas se apoyaba en la base de la botella y la otra en la pared verde, en posición oblicua. Aun cuando Barco moviese la botella, la hoja de papel quedaba inmóvil. Y cuando terminó, Barco la recogió y la sostuvo con tanta delicadeza que Tomatis se preguntó si no se trataba de otra de las bufonadas de Barco, pero en seguida, viéndolo alejarse hacia el hoyo sosteniendo la botella con las dos manos, y arrodillarse después junto a la boca e inclinarse metiendo el brazo con la botella para depositarla lo más suavemente posible en el fondo, hasta casi tocar la tierra con la frente, Tomatis comprobó que Barco no bromeaba, y que si bien no estaba rebajándose hasta la solemnidad, se sentía lisa y llanamente dispuesto a llevar las cosas hasta el fin. Barco dejó caer la botella en el fondo, consideró el resultado de la caída, lo juzgó adecuado, y después se incorporó y empezó a echar tierra con la pala. Después le pasó la pala a Tomatis y cuando la tierra cubrió el hoyo hasta la superficie, volvió a tener la pala entre sus manos y empezó a emparejar la superficie tratando de no dejar rastros de la excavación. "Si esta noche llega a llover -dijo, cuando terminó, apoyándose en la pala y secándose el sudor-, mañana no va a quedar rastro de la tierra removida."

Y llovió. Tomatis oía la lluvia golpear contra el techo, en la oscuridad, acostado en su cuarto de la terraza. Después habían dejado otra vez la pala en la canoa, se habían dado un chapuzón, habían comido las sardinas y los duraznos y se habían tomado la botella de vino, habían dormitado un rato bajo los árboles y después habían vuelto remando lentamente, turnándose, río abajo, y llegaron tan tarde que cuando amarraron la canoa al muelle del club, enredados en una nube de mosquitos, ya era el anochecer, azul y lleno de ruidos y de voces que llegaban desde la playa y desde el bar iluminado. Tomaron el tranvía y Barco bajó de un salto y desapareció por la puerta de su casa. Tomatis se dio una ducha fría, comió algo y se acostó. Casi en seguida estuvo dormido. Más que el rumor lo despertó el olor de la lluvia que hacía chisporrotear los techos caldeados, y después la frescura, como gruesa, del agua, entrando por la ventana abierta de par en par. Cuando estuvo lúcido, Tomatis pensó en la botella enterrada en la oscuridad de la tierra, como él mismo estaba enterrado en la oscuridad del mundo, y se preguntó cuál sería el destino del mensaje. Porque podía pasar que, o bien quienes lo encontraran hablasen ya un idioma diferente, o el mismo idioma conocido en el que, no obstante, la palabra mensaje tenía ya un significado diferente, incluso opuesto al que ellos le habían dado, incluso el sentido de "información" que Barco había querido eliminar, o bien que nadie encontrara jamás la botella, se borrara la raza de los hombres, y la botella continuase perpetuamente enterrada en el interior de un planeta vacío, reseco, girando en el espacio negro. Pero, finalmente, antes de dormirse, Tomatis consideró que aun cuando hombres capaces de comprenderlo encontraran el mensaje, ellos, Barco y Tomatis, no estarían en él, así como no estaban tampoco las orillas que cabrilleaban, los sacudones lentos de la canoa a cada golpe firme del remo, el bar iluminado que divisaron desde el muelle, engastado en la oscuridad azul, y el olor de la lluvia fría que entraba por la ventana, de a ráfagas, en ese mismo momento.

ISAÍAS GARDE, textos en transición

Augusto Monterroso - La oveja negra

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En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.



Extraído de Isla negra/76

Francisco de Quevedo - El reloj de arena

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¿Qué tienes que contar, reloj molesto,
en un soplo de vida desdichada
que se pasa tan presto?
¿En un camino que es una jornada
breve y estrecha de este al otro polo, 5
siendo jornada que es un paso solo?
Que si son mis trabajos y mis penas,
no alcanzaras allá, si capaz vaso
fueses de las arenas,
en donde el alto mar detiene el paso. 10
Deja pasar las horas sin sentirlas,
que no quiero medirlas,
ni que me notifiques de esa suerte
los términos forzosos de la muerte.
No me hagas más guerra, 15
déjame y nombre de piadosa cobra,
que harto tiempo me sobra
para dormir debajo de la tierra.
Pero si acaso por oficio tienes
el contarme la vida, 20
presto descansarás, que los cuidados
mal acondicionados
que alimenta lloroso
el corazón cuitado y lastimoso,
y la llama atrevida 25
que amor, ¡triste de mí!, arde en mis venas
(menos de sangre que de fuego llenas),
no sólo me apresura
la muerte pero abréviame el camino:
pues con pie doloroso, 30
mísero peregrino,
doy cercos a la negra sepultura.
Bien sé que soy aliento fugitivo;
ya sé, ya temo, ya también espero
que he de ser polvo, como tú, si muero; 35
y que soy vidrio, como tú, si vivo.


Imagen: Retrato de Francisco de Quevedo por Juan Van der Hammen  Tradicionalmente considerado copia de un retrato perdido de Velázquez


Edgar Bayley - Ni razón ni palabra

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cada noche los sueños inmolan tu pena y tu culpa
de frente al olvido
a la pregunta y la canción inexcusable

es necesario empaparse herirse hundirse
buscar el estallido hasta decir: perdón no soy el mismo
pero el fuego desgrana tus razones de tierra
debes perder la luz plena
los motivos de la victoria
agrio pesado cruel
la ciudad te vuelca te vacía
corazón vacío
miseria burbujeante

no es preciso razón ni palabra
para este airado hogar
que nadie sume después su nieve o su festejo
despierto queda allí en su momento
en cambio y permanencia
en nube recia
en la libre mano
y el cabalgar del sueño



En Edgar Bayley, La vigilia y el viaje, poemas 1944-1960
Buenos Aires, La razón ardiente, 1961

ISAÍAS GARDE, textos en transición

René Char: Huésped y amo

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¿Qué podría consolarnos? ¿Y qué necesidad hay de consuelo? El hombre y el tiempo nos han revelado todo. El tiempo no es en absoluto votivo, y el hombre sólo cumple designios ruinosos.

Deseo de un corazón cuyo umbral no se modifique.

Íbamos a tomar lo que anhelábamos. Pero la mano brillante se rendía, parecía fea.

Fuente verde suele dar frutos pochos.

Nuestro sueño era un lobo entre dos ataques.

Habíamos prolongado poderosamente el camino. No llevaba a ninguna parte. Habíamos multiplicado los destellos. Al fin y al cabo, ¿a dónde llevaba? A las brumas disipadas, a la evocada niebla. Y la naturaleza entera estaba aquejada de pandemia.

Incluso en el mejor, en uno u otro momento, encarnaba el crimen.

Astros y desastres, cómicamente, se han enfrentado siempre en su desproporción.

Hombres de presa altamente civilizados se afanaban por cubrir el rostro embrutecido con la máscara de la espera afortunada. ¡En qué términos, su invitación! ¡Qué perfil porcino el de su prosperidad!

¿De nuevo a solas con lo que llama desde tan lejos, tan evasivamente?

Tiempo, amo mío y huésped mío, ¿a quién ofreces, si es que lo haces, los días gozosos de tus fuentes? ¿Al que viene secretamente, con su acre olor, a vivirlos cerca de ti, sin falsedad, y sin embargo delatado por sus irreparables heridas?


En El espanto del gozo
René Char, El desnudo perdido
Traducción y notas: Jorge Riechmann
Madrid, Poesía Hyperión, Madrid, 1989

Patricia Damiano, entexto

11 abr. 2007

René Char: El perro de corazón

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En la noche del tres al cuatro de mayo de 1968 el rayo al que tan a menudo yo había mirado con envidia en el cielo me estalló dentro de la cabeza, ofreciéndome, sobre un fondo de tinieblas mías propias, el rostro aéreo del relámpago tomado de la tormenta más material que cupiese imaginar. Creí que la muerte venía, pero una muerte en la que, colmado por una comprensión sin precedentes, me quedase un paso que dar antes de adormecerme, antes de ser devuelto en dispersión al universo de siempre. El perro de corazón no había gemido.

El rayo y la sangre, lo aprendí, son una y la misma cosa.


El perro de corazón en El desnudo perdido
Traducción y notas Jorge Riechmann
Madrid, Poesía Hyperión, 1989

Marosa di Giorgio - La flor de lis (tres fragmentos)

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Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Se alimenta de muchas especies y de sólo una. La busca en la noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.
Mi alma tiene miedo y tiene audacia.Es una muñeca grande, con rizos, vestido celeste.
Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.


* * *



El sol era un disco redondo, plano, con esplendor, y en todo su entorno una guirnalda de hierros breves, dorados, retorcidos. Parecía un espejo.
Y que se pudiera quitar y usar.
Lo saqué, lo agarré. No me costó nada. Estuve un rato indecisa. Y luego lo puse en el tocador. Pero no me atreví a mirarme en él. Mi cara en el sol… No era tan audaz. Como siempre, de todos los ámbitos, de todos los rumbos, me llamaron; y no acudí.
Desde hace muchísimo tiempo estoy quieta cuidando al sol.


* * *



Soberbio señor y muchacho, a ratos te ponía en la cumbre de los cerros o te encerraba en sus raíces, para tenerte encerrado, para ponerte más lejos. Me parecía que bailábamos un tango en la vereda de mi casa, cuando no pasaba nadie. Tú, vestido de príncipe, y yo desnuda.
Todo era real e irreal como es siempre en la vida.
Volaron los años y en la noche oscura, allá en lo alto, muy alto, aún hay una estrella azul que nos mira y mira.



Marosa di Giorgio, La flor de lis, Buenos Aires, El cuenco de plata / latinoamericana, 2004

Felisberto Hernández - El sueño

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En un pedazo grande de sueño, yo me encontraba en un dormitorio y era de no-che. La silla en que yo estaba sentado había quedado arrimada a una gran cama, y en esa cama y entre las cobijas estaba sentada una joven. La joven era de esa edad insegura, entre niña y señorita; se movía continuamente y acomodaba y ju-gaba con cosas que a ella le parecía que a mí me interesaban; a mí me parecía mentira que ella, estando preocupada en cosas de niña y teniendo ese placer que tienen las niñas cuando están acomodando cosas y en continuo movimiento, tam-bién sintiera el placer casi puramente espiritual de un amor profundo como el que yo sabía que ella sentía por mí.
A veces parecía que ella se daba cuenta de lo que yo pensaba y que eso lo hacía a propósito: le gustaba que yo la mirara mientras hacía eso. Pero de pronto interrumpía su juego y ponía su cara muy cerca de la mía; en ese momento, en su cara había un poco de tristeza, de súplica y de dolor precoz; pero de pronto me daba un beso corto y seguía jugando como antes; eso me hacía pensar que pre-dominaba en ella el placer de su juego, de ese juego que yo no sabía bien a qué ni con qué era, y al que atendía y fingía interés como se atiende y se finge interés a los niños cuando en realidad son ellos, más que sus juegos, los que nos interesan. Entonces yo la miraba como a una niña y le perdonaba esas cosas que ella hacía como hacemos con los niños cuando no saben que molestan: ella se movía mu-cho, y me molestaba al inquietar durante tanto rato los rayos de luz y la sombra que salían de una lámpara portátil de pantalla verde que quedaba del lado contra-rio del que estaba yo. Mi manera de perdonarla tenía también cierta malicia, cierta indulgencia interesada, porque yo sabía que después que yo hubiera atendido a su juego durante un buen rato, le pediría que me besara y ella me colmaría de be-sos y de mimos.
Sin embargo, al momento me encontré besándola, y sentía que no la ama-ba, que no estaba en una situación franca conmigo mismo y que hacía por encon-trar agradable un compromiso complicado en que me había metido; entonces la besaba en las mejillas, donde le corrían abundantes lágrimas, y yo hacía lo posible por esquivar esas lágrimas, porque al encontrarlas me creía en el deber de sorber-las, y el líquido era cada vez más salado y abundante.
Tan pronto me encontraba en la silla y muy arrimado a la cama, como me encontraba a una distancia imprecisa de la cama y me veía a mí mismo sentado en la silla y con un traje claro.
Cuando yo estaba en la silla y ella se hallaba cerca de mí, yo sentía la rea-lidad de las cosas sin darme cuenta que la sentía, y además tenía el espíritu an-gustiado. Tan pronto me sentía contemplándola a ella, como sentía que hacía co-sas que no eran las que yo quería hacer. Otras veces ella jugaba muy lejos de mí, en todos sus movimientos no había el más leve ruido, y esos movimientos se pa-recían a los de las películas pasadas sin música. Pero entonces tenía conciencia de ese silencio y de mi mutismo —yo no debía de hablar nada—, porque en vez de estar yo junto a la cama de ella, debía de estar otro que era el novio que los padres conocían y con quien le permitían hablar.
Cuando yo estaba retirado de la cama y me veía a mí mismo sentado en la silla y con el traje claro, me sentía menos angustiado, y ella y el "yo" que yo veía a esa distancia imprecisa eran una cosa más íntimamente conciliada.
En una de las veces que yo me hallaba cerca, ella tenía el cuerpecito de un niño de meses y su cabeza era muy grande; jugaba con un papel y tan pronto se lo ponía sobre los hombros o se lo ceñía al cuerpecito; el papel crujía fuertemente; los padres, que estaban en la habitación próxima, se inclinaron sobre los pies de la cama de ellos, y desde allí nos veían —porque la puerta que comunicaba las dos habitaciones estaba abierta—. De pronto, en la habitación de nosotros apare-ció la madre, en camisa, y me dijo: "No esperaba este triunfo de usted". ¡Cuánto sufrí por eso!… Sentí mi traición, y el dolor de la persona traicionada al conceder-me el triunfo… Mi sombrero estaba tan pronto en su sitio como en otro; yo no lo podía tomar sin salir; pero en seguida dije: —Escuche, señora —y se me ocurrió esta mentira—: Estoy muy enamorado de una amiga de su hija; y al pasar por aquí, pensé que su hija me diría cosas de la mujer que amo; entonces, como vi luz, me atrevía a llamar y ella me hizo pasar. Cuando terminé de decir eso, ella lloraba desconsoladamente, y lo que yo había dicho se iba haciendo verdad…

"Al despertarme me ocurrió lo de muchas veces: empezaba a darme cuenta de por qué habían ocurrido algunas cosas, y esas soluciones me caían como fi-chas: los padres se habían despertado por el ruido que hacía el papel al crujir; ella lloraba porque sabía que yo amaba a otra, etc. Pero lo que más me asombró al despertarme fue comprobar que la madre de ella era mi propia madre.
»También recordé lo que me sucedió antes de dormir y al terminar el sueño: pensaba en las leyes físicas y humanas y veía pasar mis deseos por mí, como nubes por un cielo cuadriculado.
Al ir pasando al sueño, esa red se rompía; pero yo seguía pensando y sin-tiendo como si estuviera entera: los pedazos rotos estaban como enteros; y había un cuadro tan bien escondido debajo de otro, que la madre de ella era la mía…" El joven no quiere ir describiendo los hechos en el mismo orden que ocurrieron; tampoco quiere hablar de los personajes que tuvieron que ver con la mujer que amaba: ni siquiera los de su familia. Pero se le ha antojado describir la nariz de ella, aunque le resultara ridículo.

"En muchos de los instantes que viví cerca de ella, concentré toda mi aten-ción y toda mi adoración en su nariz. También me parecía que muchos extraños pensamientos que vagaban por el aire se metían por mi cabeza y me salían por los ojos para ir a detenerse en su nariz. Entonces creía que su manera de sentar-se, erguida; su manera de levantar la cabeza, adelantando la barbilla, y todo lo físico y espiritualmente bello que había en su persona, era un ardid de su natura-leza para preparar y llevar al espíritu a adorar su nariz.
»La nariz de ella sobresalía de su cara, como un deseo apasionado; pero ese deseo estaba insinuado disimuladamente, y hasta un poco recogido después de haber sido insinuado; y este recogimiento parecía hecho con un poco de perfi-dia. Cuando la miraba de frente y sus grandes ojos azules estaban entornados, su nariz parecía haber sido muy sensible a las lágrimas que salieron de aquellos ojos y que se habían secado en ella; también las lágrimas parecían haber dejado ras-tros en dos pequeñísimos bultitos pálidos que brillaban en la misma punta de su nariz.
»En los momentos que era yo quien le insinuaba mis deseos apasionados —pero por medio de palabras, y palabras que salían a ser oídas como saldrían a bailar por primera vez hombres grotescos y tímidos—, su nariz parecía que oía, y como sus ojos estaban casi cerrados, también parecía que era la nariz la que veía; y cuando asomaba la cabeza a la ventana para ver lo que ocurría en la calle, pa-recía que la nariz esperaba a que llegaran lentamente a posarse sobre ella unos impertinentes".
"No puedo dedicarme a pensar por qué necesito explicar cómo anduvo hoy vagando en mí un terrible pensamiento.
Pero lo cierto es que ahora quiero desparramarlo en esta página.
»Primero me senté en mi cama y miré la mesita pintada con nogalina; des-pués miré muchas cosas de mi cuarto…
—Me doy cuenta que tengo deseos de decir cómo son todas las cosas que hay en mi cuarto, para tardar en recordar exactamente cómo llegó hasta mí ese pensamiento; pero no me torturaré tanto, porque es la primera vez que tengo que recordar esto—. De pronto sentí en el alma un espacio claro, donde vagaba una especie de avión. Voy a suponer que mis ojos miraran para adentro en la misma forma que para afuera; entonces, al ser esféricos y moverse para mirar hacia adentro, también se movían mirando hacia fuera, y por eso yo miraba los objetos que había en mi cuarto, sin atención: yo atendía al avión que andaba adentro y en el espacio claro.
»Después resultó que la parte de los ojos que miraba para afuera y sin atender, miró —como hubiera podido mirar un enamorado vulgar— una fotografía de ella que estaba en la mesita pintada con nogalina; entonces, en vez de atender al avión de adentro, atendí a la foto de afuera. Después quise volver a ver el avión, pero éste se había perdido en el espacio claro; entonces yo dije para mí: /Ya vol-verá, y si tarda es porque debe de estar cargando algo/. Cuando volvió, no sólo me pareció que traía carga, sino que no era el mismo. También sentí que se diri-gía a mí a mi estúpida persona de aquel momento; y lo único que atiné fue a sa-carme un trapo de otro lugar del alma, y a hacerle señas de que siguiera… pero le debo de haber hecho señas de que se detuviera, porque llegó hasta mí, y me rompió la cabeza y todos los escondidos lugares de mi estúpida persona".

Creo que me durará mucho tiempo el asombro de lo que me pasó hoy: he visto al joven de la historia y me ha dicho que no tiene más ganas de seguir escri-biéndola y que tal vez nunca más intente seguirla.
Yo lo siento mucho; porque después de haber conseguido esos datos que me parecen interesantes, no los podré aprovechar para esta historia. Sin embargo guardaré muy bien estos apuntes; en ellos encontraré siempre otra historia: la que se formó en la realidad, cuando un joven intentó atrapar la suya.


En Nadie encendía las lámparas (1947)



ISAÍAS GARDE, textos en transición

René Char – Rubor de los matinales

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I

Jubiloso es el estado del espíritu del sol naciente a pesar del día cruel y del recuerdo de la noche. El tinte del cuajarón ya es rubor de aurora.


II

Cuando uno tiene la misión de despertar, comienza por asearse en el río. Para sí mismo es el primer encantamiento no menos que el primer sobrecogimiento.


III

Impón tu suerte, sujeta tu felicidad y ve hacia tu riesgo. Ya se acostumbrarán a mirarte.


IV

En lo más vivo de la tormenta hay siempre un pájaro para sosegarnos. Es el pájaro desconocido. Él canta antes de tomar vuelo.


V

La cordura estriba en no aglomerarse sino en encontrar en la creación y en la naturaleza comunes nuestro nombre, nuestra reciprocidad, nuestras diferencias, nuestro paso, nuestra verdad y ese poco de desesperanza que es su acicate y su bruma tornadiza.


VI

Id a lo esencial; ¿no necesitáis árboles jóvenes para repoblar vuestro bosque?


VII

La intensidad es silenciosa. Su imagen no lo es (Amo a quien me deslumbra, después acentúa lo obscuro de mi interior).


VIII

¡Cuánto sufre este mundo para ser el del hombre, para ser moldeado entre las cuatro paredes de un libro! Que luego sea puesto en manos de especuladores y de extravagantes que lo apremian a avanzar más rápido que su propio movimiento, ¿cómo no ver en ello algo más que una desventura? Combatir mal que bien esta fatalidad con la ayuda de su magia, abrir en la ladera del camino, de lo que hace las veces de tal, insaciables caminatas, ésta es la misión de los matinales. La muerte no es sino un sueño íntegro con el signo más que le guía y le ayuda a hendir el oleaje del devenir. ¿Por qué has de alarmarte de tu estado aluvial? Deja de tomar la rama por el tronco y la raíz por el vacío. Es un pequeño comienzo.


IX

Hay que atizar algunos resplandores para alumbrar buena luz. Bellos ojos encendidos consuman el don.


X

Hembra terrible el conocimiento, con la rabia en su mordedura y un río mortal en sus flancos, surgida de una ambición noble, termina por encontrar su medida en nuestras lágrimas y en nuestro sometimiento a su yugo. No os dejéis confundir, los mejores de entre vosotros, cuyo brazo codicia, cuya flaqueza acecha.


XI

Frente a toda presión por romper con nuestras posibilidades, con nuestra moral y someternos a tal modelo simplificador, aquello que no debe nada al hombre, pero que quiere nuestro bien, nos exhorta: “insurrecto, insurrecto, insurrecto…”


XII

La aventura personal, la aventura prodigada, comunidad de nuestras auroras.


XIII

Conquista y conservación indefinida de esta conquista por delante de nosotros que murmura nuestro naufragio, desconcierta nuestra decepción.


XIV

A veces tenemos esta singularidad de balancearnos al caminar. El tiempo nos resulta ligero, fácil el suelo, nuestro pie sólo se tuerce a propósito.


XV

Cuando decimos: el corazón (y lo decimos a despecho) se trata del corazón que atiza, recubierto de la carne milagrosa y común, y que puede a cada instante cesar de batir y de otorgar.


XVI

Entre tu bien más grande y su mal menor se ruboriza la poesía.


XVII

El enjambre, el rayo y el anatema, tres oblicuos de una misma cima.


XVIII

Mantenerse firmemente en tierra y, con amor, dar el brazo a un fruto no aceptado por aquellos que os apoyan, edificar lo que uno cree ser su casa sin el concurso de la primera piedra que, inconcebiblemente, siempre faltará, éste es el infortunio.


XIX

No te lamentes de vivir más cerca de la muerte que los mortales.


XX

Parece que uno nace siempre a medio camino entre el comienzo y el fin del mundo. Crecemos en revuelta abierta casi tan furiosamente contra lo que nos arrastra como contra lo que nos retiene.


XXI

Imita a los hombres lo menos posible en su enigmática manía de hacer nudos.


XXII

La muerte sólo es odiosa porque afecta separadamente a cada uno de nuestros cinco sentidos, luego a todos a la vez. En rigor, el oído la desdeñaría.


XXIII

Sólo se construye multiformemente sobre el error. Ello nos permite presumirnos felices a cada renuevo.


XXIV

Cuando el navío zozobra se salva nuestro interior. El pone su arboladura en nuestra sangre. Su nueva impaciencia se ensimisma para otros viajes obstinados. ¿No eres tú ciega en el mar? ¿Tú que vacilas en todo ese azul, tristeza elevada sobre las olas más lejanas?


XXV

Somos caminantes dedicados a pasar, a sembrar, pues, la confusión, a infligir nuestro calor, a decir nuestra exuberancia. Por eso intervenimos. Por eso somos intempestivos e insolentes. Nuestro copete está de sobra. Nuestra utilidad se vuelve contra el que la emplea.


XXVI

Puedo desesperar de mí y guardar mi esperanza de Vosotros. He caído de mi destello, y a la muerte, por todos vista, sólo vosotros no la notáis, helecho en el muro, paseante en mi brazo.


XXVII

En fin, si destruyes, que sea con herramientas nupciales.



René Char, Los matinales seguido por La palabra en archipiélago
Traducción: Javier Zugarrondo
Córdoba (Argentina), Alción Editora, 1998

Octavio Paz - Elegía interrumpida

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Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al primer muerto nunca lo olvidamos,
aunque muera de rayo, tan aprisa
que no alcance la cama ni los óleos.
Oigo el bastón que duda en un peldaño,
el cuerpo que se afianza en un suspiro,
la puerta que se abre, el muerto que entra.
De una puerta a morir hay poco espacio
y apenas queda tiempo de sentarse,
alzar la cara, ver la hora
y enterarse: las ocho y cuarto.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
La que murió noche tras noche
y era una larga despedida,
un tren que nunca parte, su agonía.
Codicia de la boca
al hilo de un suspiro suspendida,
ojos que no se cierran y hacen señas
y vagan de la lámpara a mis ojos,
fija mirada que se abraza a otra,
ajena, que se asfixia en el abrazo
y al fin se escapa y ve desde la orilla
cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
y no encuentra unos ojos a que asirse...
¿Y me invitó a morir esa mirada?
Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al que se fue por unas horas
y nadie sabe en qué silencio entró.
De sobremesa, cada noche,
la pausa sin color que da al vacío
o la frase sin fin que cuelga a medias
del hilo de la araña del silencio
abren un corredor para el que vuelve:
suenan sus pasos, sube, se detiene...
Y alguien entre nosotros se levanta
y cierra bien la puerta.
Pero él, allá del otro lado, insiste.
Acecha en cada hueco, en los repliegues,
vaga entre los bostezos, las afueras.
Aunque cerremos puertas, él insiste.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Rostros perdidos en mi frente, rostros
sin ojos, ojos fijos, vaciados,
¿busco en ellos acaso mi secreto,
el dios de sangre que mi sangre mueve,
el dios de yelo, el dios que me devora?
Su silencio es espejo de mi vida,
en mi vida su muerte se prolonga:
soy el error final de sus errores.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
El pensamiento disipado, el acto
disipado, los nombres esparcidos
(lagunas, zonas nulas, hoyos
que escarba terca la memoria),
la dispersión de los encuentros,
el yo, su guiño abstracto, compartido
siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
el deseo y sus máscaras, la víbora
enterrada, las lentas erosiones,
la espera, el miedo, el acto
y su reverso: en mí se obstinan,
piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
beber el agua que les fue negada.
Pero no hay agua ya, todo está seco,
no sabe el pan, la fruta amarga,
amor domesticado, masticado,
en jaulas de barrotes invisibles
mono onanista y perra amaestrada,
lo que devoras te devora,
tu víctima también es tu verdugo.
Montón de días muertos, arrugados
periódicos, y noches descorchadas
y amaneceres, corbata, nudo corredizo:
—saluda al sol, araña, no seas rencorosa...—

Es un desierto circular el mundo,
el cielo está cerrado y el infierno vacío

ISAÍAS GARDE, textos en transición

Wallace Stevens - Infanta marina

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Eran su terraza
la arena y las palmeras y el crepúsculo.

Ella extraía de los movimientos de su muñeca
los gestos grandiosos
de su pensamiento.

Las arrugas del plumaje
de esta criatura vespertina
volvíanse juegos de destreza
de los veleros sobre el mar.

Y así vagaba
en el ir y venir de su abanico,
participando del mar,
y del ocaso,
que le corrían en torno
y exhalaban su declinante sonido.



En Domingo a la mañana y otros poemas
Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1988

ISAÍAS GARDE, textos en transición

Jorge Luis Borges - El otro tigre

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Pienso en un tigre. La penumbra exalta
la vasta Biblioteca laboriosa
y parece alejar los anaqueles;
fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo,
él irá por su selva y su mañana
y marcará su rastro en la limosa
margen de un río cuyo nombre ignora
(en su mundo no hay nombres ni pasado
ni porvenir, sólo un instante cierto.)
Y salvará las bárbaras distancias
y husmeará en el trenzado laberinto
de los olores el olor del alba
y el olor deleitable del venado.
Entre las rayas del bambú descifro
sus rayas y presiento la osatura
bajo la piel espléndida que vibra.
En vano se interponen los convexos
mares y los desiertos del planeta;
desde esta casa de un remoto puerto
de América del Sur, te sigo y sueño,
oh tigre de las márgenes del Ganges.
Cunde la tarde en mi alma y reflexiono
que el tigre vocativo de mi verso
es un tigre de símbolos y sombras,
una serie de tropos literarios
y de memorias de enciclopedia
y no el tigre fatal, la aciaga joya
que, bajo el sol o la diversa luna,
va cumpliendo en Sumatra o en Bengala
su rutina de amor, de ocio y de muerte.
Al tigre de los símbolos he opuesto
el verdadero, el de caliente sangre,
el que diezma la tribu de los búfalos
y hoy, 3 de agosto del 59,
alarga en la pradera una pausada
sombra, pero ya el hecho de nombrarlo
y de conjeturar su circunstancia
lo hace ficción del arte y no criatura
viviente de las que andan por la tierra.

Un tercer tigre buscaremos. Éste
será como los otros una forma
de mi sueño, un sistema de palabras
humanas y no el tigre vertebrado
que, más allá de las mitologías,
pisa la tierra. BIen lo sé, pero algo
me impone esta aventura indefinida,
insensata y antigua, y persevero
en buscar por el tiempo de la tarde
el otro tigre, el que no está en el verso.



JORGE LUIS BORGES, El hacedor, en Obra poética 1923-1985, Buenos Aires, Emecé, 1989

Jorge Luis Borges - Tres versiones de Judas

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There seemed a certainity in degradation.
T. E. Lawrence: Seven Pillars of Wisdom, CIII



En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides publicaba que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles deficientes, Niels Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los coventículos gnósticos. Dante le hubiera destinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates; algún fragmento de su prédicas, exonerado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una bibilioteca monástica devoró el último ejemplar del Syntagma. En cambio, Dios le deparó el siglo veinte y la ciudad universitaria de Lund. Ahí, en 1904, publicó la primera edición de Kristus och Judas; ahí, en 1909, su libro capital Den hemlige Frälsaren. (Del último hay versión alemana, ejecutada en 1912 por Emili Schering; se llama Der heimliche Heiland.)

Antes de ensayar un examen de los precitados trabajos, urge repetir que Nils Runeberg, miembro de la Unión Evangélica Nacional, era hondamente religioso. En un cenáculo de París o aun en Buenos Aires, un literato podría muy bien redescubir las tesis de Runeberg; esas tesis, propuestas en un cenáculo, serían ligeros ejercicios inútiles de la negligencia o de la blasfemia. Para Runeberg, fueron la clave que descifra un misterio central de la teología; fueron materia de meditación y análisis, de controversia histórica y filológica, de soberbia, de júbilo y de terror. Justificaron y desbarataron su vida. Quienes recorran este artículo, deben asimismo considerar que no registra sino las conclusiones de Runeberg, no su dialéctica y sus pruebas. Alguien observará que la conclusión precedió sin duda a las “pruebas”. ¿Quién se resigna a buscar pruebas de algo no creído por él o cuya prédica no le importa?

La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido, años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas (De Quincey, 1857). Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma; Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar la superfluidad del acto de Judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apostol. Ello, sin embargo, ocurrió. Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos tolerable es admitir un hecho casual en el más precioso acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la trición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. Prosigue Runeberg: El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la carne; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fye ese hombre. Judas, único entre los apóstoles intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesus. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aun más la Reprobación. Así dilucidó Nils Runeberg el enigma de Judas.

Los teólogos de todas las confesiones lo refutaron. Lars Peter Engström lo acusó de ignorar, o de preterir, la unión hipostática; Axel Borelius, de renovar la herejía de los docetas, que negaron la humanidad de Jesus; el acerado obispo de Lund, de contradecir el tercer versículo del capítulo 22 del Evangelio de San Lucas.

Estos variados anatemas influyeron en Runeberg, que parcialmente reescribió el reprobado libro y modificó su doctrina. Abandonó a sus adversarios el terreno teológico y propuso oblicuas razones de orden moral. Admitió que Jesús, «que disponía de los considerables recursos que la Omnipotencia puede ofrecer», no necesitaba de un hombre para redimir a todos los hombres. Rebatió, luego, a quienes afirman que nada sabemos del inexplicable traidor; sabemos, dijo, que fue uno de los apóstoles, uno de los elegidos para anunciar el reino de los cielos, para sanar enfermos, para limpiar leprosos, para resucitar muertos y para echar fuera demonios (Mateo 10: 7­8; Lucas 9: 1). Un varón a quien ha distinguido así el Redentor merece de nosotros la mejor interpretación de sus actos. Imputar su crimen a la codicia (como lo han hecho algunos, alegando a Juan 12: 6) es resignarse al móvil más torpe. Nils Runeberg propone el móvil contrario: un hiperbólico y hasta ilimitado ascetismo. El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer.[1] Premeditó con lucidez terrible sus culpas. En el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación; en el homicidio, el coraje; en las profanaciones y la blasfemia, cierto fulgor satánico. Judas eligió aquellas culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza (Juan 12: 6) y la delación. Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. Pablo ha escrito: El que se gloria, gloríese en el Señor (I Corintios 1: 31); Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres.[2]

Muchos han descubierto, post factum, que en los justificables comienzos de Runeberg está su extravagante fin y que Den hemlige Frälsaren es una mera perversión o exasperación de Kristus och Judas. A fines de 1907, Runeberg terminó y revisó el texto manuscrito; casi dos años transcurrieron sin que lo entregara a la imprenta. En octubre de 1909, el libro apareció con un prólogo (tibio hasta lo enigmático) del hebraísta dinamarqués Erik Erfjord y con este pérfido epígrafe: En el mundo estaba y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció (Juan 1: 10). El argumento general no es complejo, si bien la conclusión es monstruosa. Dios, arguye Nils Runeberg, se rebajó a ser hombre para la redención del género humano; cabe conjeturar que fue perfecto el sacrificio obrado por él, no invalidado o atenuado por omisiones. Limitar lo que padeció a la agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio.[3] Afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles. Kemnitz admite que el Redentor pudo sentir fatiga, frío, turbación, hambre y sed; también cabe admitir que pudo pecar y perderse. El famoso texto Brotará como raíz de tierra sedienta; no hay buen parecer en él, ni hermosura; despreciado y el último de los hombres; varón de dolores, experimentado en quebrantos (Isaías 53: 2­3), es para muchos una previsión del crucificado, en la hora de su muerte; para algunos (verbigracia, Hans Lassen Martensen), una refutación de la hermosura que el consenso vulgar atribuye a Cristo; para Runeberg, la puntual profecía no de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad, del Verbo hecho carne. Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.

En vano propusieron esa revelación las librerías de Estocolmo y de Lund. Los incrédulos la consideraron, a priori, un insípido y laborioso juego teológico; los teólogos la desdeñaron. Runeberg intuyó en esa indiferencia ecuménica una casi milagrosa confirmación. Dios ordenaba esa indiferencia; Dios no quería que se propalara en la tierra Su terrible secreto. Runeberg comprendió que no era llegada la hora: Sintió que estaban convergiendo sobre él antiguas maldiciones divinas; recordó a Elías y a Moisés, ,que en la montaña se taparon la cara para no ver a Dios; a Isaías, que se aterró cuando sus ojos vieron a Aquel cuya gloria llena la tierra; a Saúl, cuyos ojos quedaron ciegos en el camino de Damasco; al rabino Simeón ben Azaí, que vio el Paraíso y murió; al famoso hechicero Juan de Viterbo, que enloqueció cuando pudo ver a la Trinidad; a los Midrashim, que abominan de los impíos que pronuncian el Shem Hamephorash, el Secreto Nombre de Dios. ¿No era él, acaso, culpable de ese crimen oscuro? ¿No sería ésa la blasfemia contra el Espíritu, la que no será perdonada (Mateo 12: 31)? Valerio Sorano murió por haber divulgado el oculto nombre de Roma; ¿qué infinito castigo sería el suyo, por haber descubierto y divulgado el horrible nombre de Dios?

Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica, Nils Runeberg erró por las calles de Malmö, rogando a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el Infierno.

Murió de la rotura de un aneurisma, el primero de marzo de 1912. Los heresiólogos tal vez lo recordarán; agregó al concepto del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del mal y del infortunio.

1944


[1] Borelius interroga con burla: ¿Por qué no renunció a renunciar? ¿Porqué no a renunciar a renunciar?

[2] Euclydes da Cunha, en un libro ignorado por Runeberg, anota que para el heresiarca de Canudos, Antonio Conselheiro, la virtud «era una casi impiedad». El lector argentino recordará pasajes análogos en la obra de Almafuerte. Runeberg publicó, en la hoja simbólica Sju insegel, un asiduo poema descriptivo, El agua secreta; las primeras estrofas narran los hechos de un tumultuoso día; las úttimas, el hallazgo de un estanque glacial; el poeta sugiere que la perduración de esa agua silenciosa corrige nuestra inútil violencia y de algún modo la permite y la absuelve. El poema concluye así: El agua de la selva es feliz; podemos ser malvados y dolorosos.

[3] ­Maurice Abramowicz observa: “Jésus, d'aprés ce scandinave, a toujours le beau rôle; ses déboires, grâce à la science des typographes, jouissent d'une réputabon polyglotte; sa résidence de trente­trois ans parmi les humains ne fut en somme, qu'une villégiature”. Erfjord, en el tercer apéndice de la Christelige Dogmatik refuta ese pasaje. Anota que la crucifixión de Dios no ha cesado, porque lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue cobrando las monedas de plata; sigue besando a Jesucristo; sigue arrojando las monedas de plata en el templo; sigue anudando el lazo de la cuerda en el campo de sangre. (Erlord, para justificar esa afirmación, invoca el último capítulo del primer tomo de la Vindicación de la eternidad, de Jaromir Hladík).



En Ficciones (Artificios, 1944), Obras Completas, Tomo I
Buenos Aires, Emecé, 1996 (Copyright María Kodama)
Foto by Willis Barnstone in Buenos Aires in 1975 and 1976

Edgar Bayley - Es infinita esta riqueza abandonada

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esta mano no es la mano ni la piel de tu alegría

al fondo de las calles encuentras siempre otro cielo

tras el cielo hay siempre otra hierba playas distintas

nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada

nunca supongas que la espuma del alba se ha extinguido

después del rostro hay otro rostro

tras la marcha de tu amante hay otra marcha

tras el canto un nuevo goce se prolonga

y las madrugadas esconden abecedarios inauditos islas remotas

siempre será así

algunas veces tu sueño cree haberlo dicho todo

pero otro sueño se levanta y no es el mismo

entonces tú vuelves a las manos al corazón de todos de cualquiera

no eres el mismo no son los mismos

otros saben la palabra tú la ignoras

otros saben olvidar los hechos innecesarios

y levantan su pulgar han olvidado

tú has de volver no importa tu fracaso

nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada

y cada gesto cada forma de amor o de reproche

entre las últimas risas el dolor y los comienzos

encontrará el agrio viento y las estrellas vencidas

una máscara de abedul presagia la visión

has querido ver

en el fondo del día lo has conseguido algunas veces

el río llega a los dioses

sube murmullos lejanos a la claridad del sol

amenazas

resplandor en frío



no esperas nada

sino la ruta del sol y de la pena

nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada



En La claridad y otros poemas, Buenos Aires,CEAL, 1989
ISAÍAS GARDE, textos en transición

10 abr. 2007

Salvatore Quasimodo - Dos poemas

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Las muertas guitarras

Mi tierra está sobre los ríos fundida con la mar,
no existe otro lugar de voz tan lenta
donde vagan mis pies
entre juncos sobrecargados de caracoles.
En verdad, es otoño: desgarradas en el viento
las muertas guitarras alzan sus cuerdas
sobre la boca negra y una mano agita los dedos
de fuego.
En el espejo de la luna
se peinan muchachas con pechos de naranja.
¿Quién llora? ¿Quién fatiga los caballos en el aire
rojo? Nos detendremos en esta orilla
a lo largo de urdimbres de hierba y tú, amor,
no me lleves delante de ese espejo
infinito: en él se contemplan muchachos
que cantan y árboles altísimos, y aguas.
¿Quién llora? Yo no, créeme, sobre los ríos
discurren exasperados chasquidos de un látigo,
los oscuros caballos y los relámpagos de azufre.
Yo no, mi raza posee cuchillos
que arden y lunas y heridas que queman.



Anno Domini MCMXLVII
(La vitta non e sogno 1946-1948)

Habéis terminado de golpear los tambores
con cadencia de muerte en cada horizonte,
detrás de ataudes rodeados de banderas,
de entregar llagas, lágrimas a la piedad
en ciudades destruidas, ruina sobre ruina.
Y ya ninguno grita:"Dios mío,
¿por qué me has abandonado?" Y ya no mana leche
ni sangre del pecho acribillado. Y ahora
que habéis escondido los cañones entre las magnolias,
dejadnos un día sin armas sobre la hierba,
con el rumor del agua que discurre,
de las hojas de frescos tallos en los cabellos,
mientras abrazamos a la mujer que nos ama.
Que no suene de golpe, antes de que la noche llegue,
el toque de queda. Un día, un solo día
para nosotros, oh dueños de la tierra,
antes de que aún redoblen aire y hierro,
y una esquirla abrase nuestra frente.


Versión Teódulo López Meléndez

Edgar Lee Masters - John Horace Burleson

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I WON the prize essay at school
Here in the village,
And published a novel before I was twenty-five.
I went to the city for themes and to enrich my art;
There married the banker’s daughter, 5
And later became president of the bank—
Always looking forward to some leisure
To write an epic novel of the war.
Meanwhile friend of the great, and lover of letters,
And host to Matthew Arnold and to Emerson. 10
An after dinner speaker, writing essays
For local clubs. At last brought here—
My boyhood home, you know—
Not even a little tablet in Chicago
To keep my name alive. 15
How great it is to write the single line:
“Roll on, thou deep and dark blue Ocean, roll!”


***

Gané el premio de ensayo en el colegio
aquí en el pueblo,
y publiqué una novela antes de los veinticinco años.
Fui a la ciudad en busca de temas y para enriquecer
mi arte;
allá me casé con la hija de un banquero,
y más tarde llegué a ser presidente del banco;
esperando siempre estar desocupado
para escribir una novela épica sobre la guerra.
Entretanto era amigo de los grandes, y amante de
las letras,
y huésped de Matthew Arnold y de Emerson.
Un orador de sobremesa, escritor de ensayos
para los círculos locales. Al final me trajeron aquí
—el hogar de mi infancia, sabéis—,
sin siquiera una pequeña lápida en Chicago
para mantener vivo mi nombre.
Oh la grandeza de escribir este solo verso:
"¡Agítate, profundo y tenebroso Océano azul,
agítate!"


Edgar Lee Masters (1868–1950). Spoon River Anthology. 1916
Versión de Alberto Girri

ISAÍAS GARDE, textos en transición

Henri Michaux - Etapas

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Antes tenía mi desgracia. Los dioses malignos me la quitaron. Pero entonces dijeron: “En compensación, vamos a darle algo. ¡Sí, sí! Es absolutamente preciso que le demos algo.”
Y al principio, yo no vi más que ese algo y estaba casi contento. Sin embargo me habían quitado mi desgracia.
Y como si eso no bastara me dieron un balancín. Y yo, que había dado tantos pasos en falso, me puse contento; en mi inocencia, me puse contento. El balancín era cómodo, pero saltar se volvió imposible.
Y como si esto no bastara, me quitaron mi martillo y mis herramientas. El martillo fue reemplazado por otro más liviano, y éste a su vez por otro más liviano todavía, y así sucesivamente, y mis herramientas desaparecieron una tras otra, incluso los clavos. Cuando pienso en la manera en que lo hicieron, todavía hoy me quedo boquiabierto.
Luego me quitaron mis trapos, mis botellas rotas, todos los residuos.
Entonces, como si eso no bastara, me quitaron mi águila. El águila tenía la costumbre de posarse sobre un viejo árbol seco. Y lo arrancaron para plantar árboles verdes y vigorosos. El águila no regresó.
Y se llevaron además mis chispazos.
Me arrancaron las uñas y los dientes.
Me dieron un huevo para empollar.



De La noche agitada (1935)
En Henri Michaux, Antología poética 1927-1986
Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2005

Patricia Damiano, entexto

Edgar Bayley - Albergue río claridad la mano

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no sé
ya no sé más
si alguna vez me llamé
juan o pedro o nazareno
no sé más
si te quise alguna vez
o me quisiste
no sé más
si hubo noches días
una alegría
al despertar entre tus brazos
no sé más si fui cereal acuario llama
albergue río claridad la mano
vara túnel grito mudez
una mañana rapto eslabón sollozo
no sé más
si te llamé o me has llamado
si estuve alguna vez donde creía
y si viajé y te busqué o me buscaste
que los que más de amor se abrasaron
a su menor centella no llegaron
este árbol razón toque de queda
vaivén sueño rigor camino luz
y cerrazón y amago
y certidumbre y duda
llevan al sol la tierra visitada



En El día (1960-1963)
Obra poética, Buenos Aires, 1976

ISAÍAS GARDE, textos en transición

Jorge Luis Borges - Fragmentos de un evangelio apócrifo

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3. Desdichado el pobre en espíritu, porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra.

4. Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto.

5. Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria.

6. No basta ser el último para ser alguna vez el primero.

7. Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen.

8. Feliz el que perdona a los otros y el que se perdona a sí mismo.

9. Bienaventurados los mansos, porque no condescienden a la discordia.

10. Bienaventurados los que no tienen hambre de justicia, porque saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar, que es inescrutable.

11. Bienaventurados los misericordiosos, porque su dicha está en el ejercicio de la misericordia y no en la esperanza de un premio.

12. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ven a Dios.

13. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque les importa más la justicia que su destino humano.

14. Nadie es la sal de la tierra, nadie, en algún momento de su vida, no lo es.

15. Que la luz de una lámpara se encienda, aunque ningún hombre la vea. Dios la verá.

16. No hay mandamiento que no pueda ser infringido, y también los que digo y los que los profetas dijeron.

17. El que matare por la causa de la justicia, o por la causa que él cree justa, no tiene culpa.

18. Los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni los cielos.

19. No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz.

20. Si te ofendiere tu mano derecha, perdónala; eres tu cuerpo y eres tu alma y es arduo, o imposible, fijar la frontera que los divide...

24. No exageres el culto de la verdad; no hay hombre que al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces.

25. No jures, porque todo juramento es un énfasis.

26. Resiste al mal, pero sin asombro y sin ira. A quien te hiriere en la mejilla derecha, puedes volverle la otra, siempre que no te mueva el temor.

27. Yo no hablo de venganza ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón. Hacer el bien a tu enemigo puede ser obra de justicia y no es arduo; amarlo, tarea de ángeles y no de hombres.

29. Hacer el bien a tu enemigo es el mejor modo de complacer tu vanidad.

30. No acumules oro en la tierra, porque el oro es padre del ocio, y éste, de la tristeza y el tedio.

31. Piensa que los otros son justos o lo serán, y si no es así, no es tuyo el error.

32. Dios es más generoso que los hombres y los medirá con otra medida.

33. Da lo santo a los perros, echa tus perlas a los puercos; lo que importa es dar.

34. Busca por el agrado de buscar, no por el de encontrar...

39. La puerta es la que elige, no el hombre.

40. No juzgues al árbol por sus frutos ni al hombre por sus obras; pueden ser peores o mejores.

41. Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena...

47. Feliz el pobre sin amargura o el rico sin soberbia.

48. Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas.

49.Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio o de Cristo, porque éstas darán a luz a sus días.

50. Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor.

51. Felices los felices.



En El oro de lo tigres (Obra poética, Buenos Aires, Emecé Editores, 2001)

Henri Michaux - El día, los días, el fin de los días

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Sin que hablen, lapidado por sus pensamientos

Un día más de menor nivel.Gestos sin sombras
¿A qué siglo hay que asomarse para darse cuenta?

Helechos, helechos, suspiros diríamos, en todas partes suspiros
El viento desparrama las hojas sueltas

Firmeza de las camillas, hace ciento ochenta mil años se nacía
ya para podrirse, para perecer, para sufrir

Aquel día ya tuvimos semejantes
cantidad de semejantes

día en que el viento se abalanza
día de insostenibles pensamientos

Veo a los hombres inmóviles
acostados en barcazas

Partir.
De todos modos partir.

El largo cuchillo del chorro de agua
detendrá la palabra.


De Momentos (1973)

En Henri Michaux, Antología poética 1927/1986

Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2005

Henri Michaux - ¿Dónde poner la cabeza?

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PEREZA

Pereza: sueño sin fin que sueña la vida sin molestias,
paréntesis fluido.
Alrededor, proyectos, planes, inicios
Edificios caen, montan, remontan,
Pereza sueña
sobre su pozo que se profundiza


PLANOS DONDE SE PLANEA

Planos
sobre los altos planos de nubes
se planea
se planea
donde se planeará toda la vida
Para acabar la tierra vuelve débilmente
baja, edificada, muy edificada, aplanada
largo tapiz recorrido de lo alto, de muy alto
hacia imperiosos trazos con largas líneas.
La gran ala, en la que se está, gira
... se posa
Regreso, redes, corredores... el aire tan insípido
topos obscuros entrando en lo obscuro


SITUACIÓN COLUMNA

Columna sin cabeza, adiós a la cabeza, esta comparsa
que siempre interfiere
Sonrisas que espían, la columna prescinde
de palabras, hilos que anudan
reanudan
retienen
Completa sin explicación, la columna
igual que un Faraón
¿Quién puede desollar una columna?
Ahora, conjuntos
Se ven pasar columnas


¿DÓNDE PONER LA CABEZA?

Un cielo
un cielo porque ya no hay tierra
sin un ala, sin un cobertor, sin una pluma de pájaro
sin un vaho
estrictamente, únicamente cielo
un cielo porque ya no hay tierra
Después de la explosión de grisú en la cabeza,
el horror, la desesperación
después de que nunca hubo nada, todo devastado
naufragado, toda salida perdida
un cielo glacialmente cielo
Actualmente obstruido, atrancado, lleno de despojos;
cielo a causa de la migraña de la tierra
desprovista de cielo
un cielo porque no hay ninguna parte dónde poner
la cabeza
Atravesado, encogido, perforado, recortado, deshecho
intermitente. Irrespirable en las explosiones y las humaredas, bueno para nada
un cielo desde ahora inencontrable.


DICTADOS

Agachadas
Cabezas esforzadas
Ninguna se levanta
El dictado no lo permite
Las enseñanzas se agregan a los años
Los movimientos son percibidos
los actos a veces siguen especies de certezas
Insistentes atractivos: respuestas a un dictado
inscrito en cada uno, en pequeño, pequeñito
¿No les molesta obedecer a un dictado?
Anteriormente en su grandeza
el Inmenso de los nombres sagrados...
Permaneciendo solo, menudo, tenaz
a través de los años, las arrugas,
el sordo dictado continúa, siempre en silencio
los ínfimos dioses incorporados ordenan sin hablar

*

Sin arruga, sin debilidad, seguro de él
mirada de dientes de lobo
debajo de sus cejas negras como aspilleras
el profeta invasor –poseedor de cien poderes
ordenando a los inocentes de cejas débiles
hace acudir el porvenir
creando rumores, creando tumores–
Liberándolo de los acontecimientos, de la inercia
de lo cotidiano, empujando la idea utópica,
espiral incontrolable
bajo la frente de los ingenuos
donde se hunde sin resistencia
Luego, prisión, el Poder inquietándose.
Olvido, Desaparición.
Pero la idea, de nuevo ahí, bajo otros nombres
regresando a la época siguiente,
a la que le estaba destinada
y a la que esperaba sin saberlo,
esta vez todo invadido, irresistible.

*

De lejos, en grupos de todas partes vienen
a los palacios, a los monumentos, para admirar
Aparte, sobre el adoquín, un hombre simple parado,
a sus pies un charco,
en el fin de las ciudades, azar infinito
Después de la gran, enorme destrucción por venir
después de la pauperización por doquier,
del aniquilamiento, siempre quedarán charcos

*

Brazos en todos los sentidos
regresan a él
Al hombre cualquiera,
al desvalido que nadie percibe
al insignificante
en esos momentos de cansancio
ellos regresan a él
Actualmente no siente realmente más necesidades
con tantos brazos en el espacio, en movimientos
en todos los sentidos

*

Después de años
de años como días
el examen de admisión recomienza
El Gobernador después de ese tiempo
en nueva ceremonia es elegido ayudante de cocina
mozo después actualmente recibido de barrendero
Así humillado de rango en rango
un día será encontrado en los establos, en la
porqueriza
¿Llegará más abajo?
Hasta ahí lo llevarán

*

El tiempo más propicio para nacer
no fue
no es hoy
La Torre de la Muerte se levanta
se ve ya de todas partes
no tendrá su igual
En un círculo, un círculo inmensamente grande
los ciclos se acaban.
Víctimas sin tardanza estarán ahí, presentes.
Simultaneidad siempre tan notable
de los sacrificados y de los armados

*

Ellos comparan
Comparan sin cesar
Mal componen
Mucho más se descomponen
de repente a veces en alas de molinos
se recomponen
después menhires, sin moverse más
Espacios lagunosos
Un pescado enorme ocupa un gran estanque
acercándosele muchos
Alrededor siempre rumores
sin ser desalojada todavía
La lejanía de las estrellas hizo bajar las cabezas


Traducción de Yanga Villagómez


De Desplazamientos, desprendimientos, 1985

Wallace Stevens - De poesía moderna

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El poema de la mente en el acto de hallar
Lo que habrá de bastarle. No siempre hubo de hallar:

La escena era precisa: repetía
Lo que había en el guión.
Entonces el teatro
Cambiaba en algo más. Y su pasado era un recuerdo.

Ha de vivir. Saber el habla del lugar.
Ha de encarar a los hombres del tiempo,
Hallar a las mujeres del tiempo; pensar acerca de la guerra
Y hallar lo que habrá de bastarle. He de
Edificar un escenario nuevo, estar sobre el escenario
Y, tal actor insaciable, lentamente y con
Meditación decir palabras que en el oído
En el más delicado oído de la mente, repitan
Exactamente lo que quiere oír, en cuyo
Sonido, un invisible auditorio escucha
No la pieza, sino a sí mismo, expresada en una
Emoción como de dos personas, como de
Dos emociones convirtiéndose en una. El actor es
Un autor metafísico en lo oscuro, tañendo
Un instrumento, tañendo tensas cuerdas que producen
Sonidos que atraviesan súbita equidad, que contienen
En su totalidad la mente, debajo de la cual no puede
Descender, fuera de la que no habrá de subir. Debe
Ser el encuentro de una satisfacción, y
Quizá de un hombre patinando, una mujer que baila, una
Mujer peinándose. El poema del acto de la mente.


En Domingo a la mañana y otros poemas, Buenos Aires, CEAL 1988
Traducción Andrés Sanchez Robayna
Selección y prólogo Daniel Chirom

ISAÍAS GARDE, textos en transición

9 abr. 2007

Juan José Arreola - Topos

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Después de una larga experiencia, los agricultores llegaron a la conclusión de que la única arma eficaz contra el topo es el agujero. Hay que atrapar al enemigo en su propio sistema.
En la lucha contra el topo se usan ahora unos agujeros que alcanzan el centro volcánico de la tierra. Los topos caen en ellos por docenas y no hace falta decir que mueren irremisiblemente carbonizados.

Tales agujeros tienen una apariencia inocente. Los topos, cortos de vista, los confunden con facilidad. Más bien se diría que los prefieren, guiados por una profunda atracción. Se les ve dirigirse en fila solemne hacia la muerte espantosa, que pone a sus intrincadas costumbres un desenlace vertical.

Recientemente se ha demostrado que basta un agujero definitivo por cada seis hectáreas de terreno invadido.