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11 jun. 2011

Stefan Zweig - La séptima soledad

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 Un gran hombre se ve empujado, oprimido y
martirizado por su soledad.


« ¡Oh, soledad, soledad, patria mía!», tal es el canto melancólico que sale del mundo glacial del silencio. Zarathustra compone su canto precursor de la última noche, su canto de eterno regreso a la patria. Pues, ¿no ha sido la soledad la eterna posada del viajero, su frío hogar, su techo de piedra...? En mil diversas ciudades ha vivido Nietzsche en su peregrinaje espiritual; a veces, ha tratado de huir de su soledad trasladándose a otro país; pero siempre ha vuelto a ella, herido, agotado, desilusionado, como quien vuelve a su patria.

Pero esa soledad que ha acompañado a Nietzsche en sus metamorfosis se ha ido metamorfoseando a su vez, y, cuando él la mira a la cara, queda asustado, pues, a fuerza de convivencia, la soledad se parece ya a él. Se ha vuelto dura, cruel, violenta como él; también ella parece que ha aprendido a hacer daño y a engrandecerse en el peligro. Y cuando él la llama cariñosamente «su querida y vieja soledad», hace ya tiempo que ese nombre no es muy apropiado, porque se ha convertido en un aislamiento completo, en la séptima y última soledad; eso ya no es estar solo, eso es estar completamente abandonado. Alrededor del Nietzsche de los dos últimos años se hace un vacío terrible, un silencio horroroso; nunca un eremita o un anacoreta del desierto han estado tan abandonados, pues esos fanáticos de su fe tienen todavía un Dios que llena, con su sombra, toda la cabaña. Pero Nietzsche, «el asesino de Dios», no tiene a su lado ni a Dios ni a persona alguna; cuanto más se aproxima a su «yo», tanto más se aleja del mundo; cuanto más camina, tanto más vasto es el horizonte de su desierto. Ordinariamente, los escritores más solitarios ven cómo aumenta silenciosa y lentamente el poder magnético que ejercen sobre los hombres; por raro misterio, van atrayendo a un círculo cada vez más amplio de hombres a la órbita de su presencia aún invisible; pero la obra de Nietzsche tiene un efecto repulsivo: va alejando de sí a todos los amigos y se aísla del presente con una violencia cada vez mayor. Cada nuevo libro le cuesta un amigo, cada obra le hace perder una nueva relación. Poco a poco, la última hierbecilla de interés que pueda haber hacia su obra se va secando; primero perdió a los filólogos, después vio alejarse a Wagner de su círculo espiritual y, por fin, a sus compañeros de juventud. Acaba por no encontrar editor en Alemania; el trabajo de veinte años, acumulado en un sótano, pesa sesenta y cuatro quintales; se ve obligado a recurrir a su propio dinero, que procede de lo poco que ha podido ahorrar o que le ha sido dado para que siguiera publicando sus obras. Pero no sólo no las compra nadie, sino que, incluso cuando Nietzsche las regala, nadie las lee. De la cuarta parte de Zarathustra, que imprime por su cuenta, sólo hace tirar cuarenta ejemplares y, entre los sesenta millones de alemanes, sólo encuentra siete a quienes pueda enviarles un ejemplar; porque Nietzsche, que está ahora en el apogeo de su obra, es un ser desconocido por su época. Nadie le concede la menor confianza ni el menor crédito, ni le muestra agradecimiento; al contrario, para no perder a su último amigo de juventud, Overbeck, se ve obligado a darle excusas por escribir libros: «Mi viejo amigo (se ve en estas palabras un gesto de ansiedad; se ve en su rostro contraído, en sus manos tendidas, el porte de alguien que ha recibido golpes y espera aún algún otro), lee este libro desde el principio hasta el fin; no lo turbes ni lo extrañes. Concentra toda lo benevolencia en mi obra. Si el libro es insoportable, quizá sus detalles no lo lo sean.» Así es cómo, en 1887, el más grande espíritu de su siglo ofrece a sus contemporáneos los más grandes libros de su época, y no encuentra nada más heroico y elogiable en una amistad que el hecho de no haberla podido destruir, « ni aun el Zarathustra» «¡El Zarathustra!» ¡De tal manera ha llegado a hacerse insoportable la actividad creadora de Nietzsche para los que lo rodean! ¡Tan intolerable se ha vuelto! ¡De qué manera se ha hecho infranqueable la distancia que media entre su genio y la inferioridad de su época! Crece el vacío a su alrededor y el silencio se hace cada vez mayor.

Ese silencio convierte en un verdadero infierno la última, la séptima soledad de Níetzsche; el muro metálico del aislamiento le rompe el cerebro. «Después de Zarathustra, que es un grito de llamada salido de lo más íntimo de mí alma, ¡no he oído ni una sola palabra de contestación!; ¡nada, nada, siempre el mismo silencio de la soledad, mil veces más penosa! ¡Es algo más terrible de lo que se pueda concebir y que hace sucumbir aun al más fuerte!», dice gimiendo; después añade: «Y yo no soy el más fuerte. Me parece a veces que estoy herido de muerte.» Pero lo que él pide no son aplausos, ni muestras de agrado, ni gloria; al contrario, nada sería más agradable a su temperamento combativo que la ira, la indignación, el desprecio y hasta la mofa. « Para un arco tan tenso que hasta corre el peligro de romperse, todo sentimiento apasionado es favorable, mientras sea violento»; pero nada, ni una sola contestación fogosa o fría o siquiera tibia; nada que le dé la prueba de que existe espiritualmente. Hasta sus amigos evitan contestar, y en sus cartas pasan por encima de ese asunto, sin expresar su juicio porque les es penoso. Y ésta es la herida que lo corroe cada vez con más fuerza, que inflama su amor propio y su orgullo, "la herida de no recibir contestación». Esa herida es la que envenenó su soledad hasta convertirla en un estado febril. 

Y esa fiebre, después de haberse incubado largamente, rompe un día de pronto su prisión y surge hirviente. Si uno ausculta los escritos de Nietzsche o las cartas de sus últimos años, puede oír el batir precipitado de su sangre bajo la monstruosa presión del aire enrarecido. El corazón de los alpinistas o de los aviadores ha experimentado el ritmo martilleante de unos pulmones sometidos a tan ruda prueba; las últimas cartas de Kleist tienen también ese pulso y esa presión violenta: las vibraciones peligrosas y el zumbido de una caldera que va a estallar. En el porte tranquilo de Nietzsche surge un rasgo de impaciencia: «El silencio tan prolongado ha exasperado mi orgullo.» Ahora quiere, exige a cualquier precio una contestación. Estimula, azuza al impresor con cartas y telegramas para que imprima deprisa, rápidamente, como si la demora fuese perjudicial. Ya no espera -como era su primitivo proyecto- a que La voluntad de poder, su obra principal, esté acabada, sino que, lleno de impaciencia, arranca algunos fragmentos de la obra y los arroja como si fueran antorchas en medio de su época. « El acento alciónico» ha desaparecido; hay en sus últimas obras gemidos de dolor, de un dolor reprimido; hay gritos de una cólera terriblemente irónica, arrancados a su espíritu por el látigo de la impaciencia; hay gruñidos de mastín, mastín de labios llenos de baba y de dientes blanquísimos. La indiferencia, en su orgullo exaltado, acaba empujándole a provocar a su época para que ésta reaccione contra él con un grito de rabia. Y, como un reto más provocador, se pone a narrar su vida en Ecce Homo con un cinismo que pasará a la historia. Nunca ningún libro había sido producido con este deseo, con una sed tan febril y una tal impaciencia por la respuesta como esos últimos libelos de Nietzsche: así como Jerjes ordenó castigar al mar insensible y rebelde con fuertes latigazos, Nietzsche quiere ahora también, en una locura semejante, desafiar la indiferencia que lo rodea por medio de esos escorpiones que son sus libros. Hay en su deseo urgente de respuesta una inquietud demoníaca, un temor terrible de no poder vivir el tiempo suficiente para ver el resultado, el éxito. Y se siente claramente cómo a cada golpe de látigo que da, le sigue un momento de pausa. Es entonces cuando se asoma fuera de sí mismo para escuchar ansioso el grito de sus víctimas; pero no hay ningún grito; nada se conmueve; ninguna respuesta sube hasta las regiones de su soledad de azur. El silencio forma como un anillo de hierro alrededor de su garganta y no se rompe ni aun con el grito más terrible que ha conocido el hombre. Y él se da perfecta cuenta de que ningún dios podrá ya librarle del tormento de su suprema soledad. Entonces se apodera de Níetzsche una cólera apocalíptica. Cual Polifemo ciego, arroja Nietzsche a su alrededor bloques de piedra que silban en el aire, sin ver si acierta o no; y como no tiene a nadie que sufra con él, que sienta con él, se coge a sí mismo, se coge su corazón tembloroso. Como ha matado a todos los dioses, hace de sí mismo un nuevo dios. «¿No debemos convertirnos en dioses, para parecer dignos de tal acción?» Ha destruido todos los altares, y por eso se construye uno nuevo, el Ecce Homo, con el fin de celebrar sobre él su propio sacrificio; ensalzarse, ya que nadie lo ensalza; vanagloriarse, ya que nadie lo alaba. Amontona ahora las más grandes piedras del idioma; resuenan golpes de martillo furiosos como no han resonado otros en el siglo; entona con entusiasmo su canto fúnebre de embriaguez y exaltación, el pean de sus actos y victorias. Empieza como un crepúsculo, y hay en él aullidos de una tempestad que se acerca; después resuenan carcajadas, unas carcajadas de loco, malignas, estridentes, como la alegría de un desesperado, que rompen el alma; eso es su Ecce Homo. Pero ese canto se hace cada vez más violento, más estridente; las carcajadas resuenan agudamente en medio de silencios glaciales, y Nietzsche, como transportado lejos de sí mismo, eleva sus manos y agita sus pies ditirámbicamente; y de pronto empieza la danza, la danza sobre el abismo; el abismo de su horrible caída.


En La lucha contra el demonio(Hölderling, Kleist y Nietzsche)
Imagen: © Bettmann/CORBIS