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5 mar. 2013

Gao Xingjian - El yo

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Gao Xingjian © Micheline Pelletier/Corbis


No sé si has reflexionado sobre esta cosa extraña que es el yo. Cambia a medida que se lo observa, como cuando fijas la mirada en las nubes del cielo, tumbado en la hierba. Al principio se asemejan a un camello, luego a una mujer, y por último se transforman en un anciano de luenga barba. Nada sin embargo es fijo, puesto que en un abrir y cerrar de ojos vuelven a cambiar de forma.

Es como cuando vas al retrete de una casa vieja y observas las paredes con manchones. Vas allí todos los días, pero las manchas, por más que sean antiguas, cambian en cada ocasión. La primera vez, distingues un rostro humano, luego un perro muerto, desventrado. La vez siguiente se transforman en un árbol bajo el cual una chiquilla monta un jamelgo enjuto. Diez o quince días más tarde, tal vez varios meses después, una mañana, estás estreñido y descubres de repente que las manchas de agua han vuelto a tomar la forma de un rostro humano.

Echado en la cama, miras al techo. La sombra de la lámpara transforma también el blanco techo. Si concentras tu atención en tu yo, te das cuenta de que se aleja paulatinamente de la imagen que te es familiar, que se multiplica y reviste rostros que te asombran. Es por ello por lo que me sentiría presa de un terror irreprimible si tuviera que expresar la naturaleza esencial de mi yo. No sé cuál de mis múltiples rostros me representa mejor y, cuanto más los observo, más evidentes me parecen sus transformaciones. Finalmente, sólo queda la sorpresa.

También puedes esperar, esperar que las manchas de agua en la pared retornen a su forma original, se vuelvan de nuevo un rostro humano, puedes también desear que un día tu imagen adquiera tal o cual forma. Pero por experiencia sé que cuanto más tiempo pasa, menos evoluciona esta imagen según tus deseos y que, a menudo, por el contrario, se vuelve monstruosa. No puedes ya aceptarla, pero, como se trata de tu yo, al final no te queda más remedio que hacerlo.

Un día vi la foto pegada en mi carnet de autobús que había dejado sobre la mesa. En un primer momento, encontré mi sonrisita más bien agradable, pero acto seguido me pareció más exactamente burlona, un tanto altanera y fría, delatando cierto amor propio mezclado con no poca autosatisfacción, indicaba que me tomaba por un personaje superior. En realidad, percibí en ella una especie de afectación acompañada de una expresión de gran soledad y de vago terror; no era en absoluto el rostro de un triunfador. Podía leerse amargura en ella. Por supuesto que no podía haber en ella la vaga sonrisa habitual que nace de la felicidad involuntaria, sino que era más bien una expresión de duda ante la felicidad. Eso se volvía un poco aterrador e incluso inútil. La sensación de caer sin que pueda encontrarse ningún asidero seguro. Nunca más he querido volver a ver esa foto.

A continuación, me puse a observar a los demás, pero al hacerlo, descubría que ese yo detestable y omnipresente también se entrometía, sin poder dejar de intervenir en la percepción del rostro ajeno. Era algo lamentable: cuando observaba a otra persona, continuaba observándome yo mismo. Buscaba rostros que me gustaran, o una expresión que me resultase aceptable. Si un rostro no conseguía emocionarme, si no conseguía encontrar gentes con las que identificarme entre los que pasaban por delante de mí, los observaba, pues, sin verles. En una sala de espera, en un vagón de tren, en la cubierta de una embarcación, en una fonda o en un parque, o incluso dando un paseo por la calle, no elegía más que los rostros o las siluetas próximas a aquellos que me resultaban familiares y en los que buscaba algún indicio que pudiera hacer resurgir un recuerdo enterrado. Cuando observo a los otros, los considero como espejos que me devuelven mi propia imagen y esta observación depende enteramente de mi estado de ánimo del momento. Incluso cuando miro a una muchacha, trato de aprehenderla con mis propios sentidos, la imagino con mi propia experiencia antes de formular un juicio. Mi comprensión del prójimo, incluidas las mujeres, es de hecho superficial y arbitraria. A través de mi mirada, las mujeres no son nada más que meras ilusiones que me he creado yo mismo y que utilizo para mistificarme. Esto me entristece. Por eso mis relaciones con las mujeres conducen siempre, en última instancia, al fracaso. Y a la inversa, si fuera yo una mujer, no por ello me costaría menos el contacto con los hombres. El problema radica en la toma de conciencia interior de mi yo, ese monstruo que me atormenta sin cesar. El amor propio, la autodestrucción, la reserva, la arrogancia, la satisfacción y la tristeza, los celos y el odio, provienen de él, el yo es de hecho la fuente de la desdicha de la humanidad. ¿Acaso la solución a esta desdicha tiene que pasar por el ahogo del yo consciente?

He aquí porqué Buda enseñó la iluminación: todas las imágenes son mentiras, la ausencia de imagen también lo es.


En La montaña del alma
Traducción de Liao Yanping y José Ramón Monreal
Imagen © Micheline Pelletier/Corbis

13 jul. 2012

Gao Xingjian - El campamento de observación

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Gao Xingjian - Imagen: © Dung Vo Trung/Sygma/Corbis


El campamento de observación de los pandas, situado a dos mil quinientos metros de altitud, está embebido de agua por todas partes. Mi ropa de cama está saturada de humedad. He pasado aquí ya dos noches. Por el día, llevo el anorak que me ha sido proporcionado por el campamento. Mi cuerpo está empapado de humedad. El único momento grato es cuando comemos delante del fuego saboreando una sopa caliente. Un gran caldero de aluminio está colgado por medio de un alambre de la viga del refugio que sirve de cocina. Debajo de él, las ramas que hay apiladas no han sido partidas. Arden poco a poco sobre las cenizas. De ellas se alzan unas altas llamas, que hacen las veces también de iluminación. Cada vez que nos ponemos al amor del fuego para comer, una ardilla viene indefectiblemente al lado de la cocina y hace juegos de ojos, que tiene totalmente redondos. Y no es hasta la hora de la cena cuando los hombres pueden reunirse.

Se bromea. Al final de la cena, el cielo está totalmente negro, el campamento se halla rodeado por el profundo bosque sombrío y los hombres se guarecen en sus refugios para entregarse a sus ocupaciones a la luz de las lámparas de petróleo.

Llevan largos años en lo profundo de las montañas. Se han contado todo lo que tenían que contarse. No reciben ninguna noticia del exterior. Sólo un montañés qiang al que tienen empleado trae cada dos días en una cesta sobre su espalda verduras frescas y piezas de carne de cerdo o de cordero desde la última aldea que hay en la montaña, el Paso de Wolong, situado a dos mil cien metros de altitud. El centro de gestión de la reserva natural está más alejado aún que la aldea. Ellos no bajan por turno más que una sola vez al mes, o incluso menos, para descansar allí uno o dos días. Van a dicho lugar para cortarse el pelo, lavarse, o disfrutar de una buena comida. Cuando han acumulado unos días de permiso, cogen el coche de la reserva natural para ir a ver a sus amiguitas a Chengdu o bien para regresar con sus familias instaladas en otras ciudades. La vida no comienza para ellos más que a partir de ese momento. En el campamento no reciben prensa, ni tampoco escuchan la radio. Reagan, la reforma del sistema económico, la inflación, la supresión de la contaminación espiritual, el premio cinematográfico de las Cien Flores, etc., ese mundo ruidoso, demasiado lejano para ellos, ha quedado en las ciudades. Tan sólo un licenciado universitario que fue destinado el año pasado aquí no se quita en ningún momento los auriculares. Al acercarme a él, caigo en la cuenta de que está aprendiendo inglés. Otro joven estudia a la luz de su lámpara de petróleo. Los dos se están preparando para presentarse a exámenes de posgrado con el fin de poder dejar este lugar. Otro también anota una a una en un plano topográfico aéreo las señales de radio que ha reunido durante el día. Estas señales son emitidas por los emisores de que están equipados los collares de los pandas capturados y posteriormente dejados en libertad en el inmenso bosque.

El viejo botánico que ha recorrido conmigo estas montañas durante dos días se ha echado ya en la cama. Ignoro si se ha dormido. Entre mis mantas húmedas, acostado totalmente vestido, no consigo entrar en calor. Tengo la impresión de que también mi cerebro está helado. Sin embargo, fuera de las montañas, hace ya un tiempo primaveral, pues estamos en el mes de mayo. Siento que una garrapata me está chupando la sangre en la parte interior de mi muslo. Ha debido de subir durante el día por la pernera de mi pantalón cuando caminábamos por entre las hierbas. Es gruesa como la uña del dedo meñique y dura como una cicatriz. La pellizco con fuerza sin conseguir arrancármela. Sé que tirando de ella más fuerte corro el riesgo de partirla en dos, pues su boca agarra firmemente mi carne. No me queda más remedio que pedirle a un trabajador del campamento tumbado en su litera cerca de mí que me preste ayuda. Me hace desnudarme y me asesta un violento manotazo en el muslo apuntando contra este vampiro. La arroja sobre la lámpara que desprende entonces un olor a crepé rellena de carne. Para el día siguiente, me promete unas vendas de paño que me sirvan de polaina.

Dentro del refugio reina una calma absoluta. Tan sólo se oye gotear el agua en el exterior, en el bosque. A lo lejos, el viento se acerca, pero sin llegar hasta aquí, como si diera media vuelta, aullando en los pequeños valles lejanos y profundos. Luego, el agua se pone a rezumar por la pared de tablas, por encima de mi cabeza, hasta caer encima de mi manta. ¿Llueve? Me hago instintivamente la pregunta. Fuera, dentro, todo está igual de húmedo, y el agua cae gota a gota... Más tarde también oigo una detonación a la vez clara y fuerte que se expande por el valle.

—Eso viene de la Peña Blanca —dice uno.

—Mierda, son furtivos cazando —maldice otro.

Los hombres se despiertan todos, a menos que no se hayan dormido aún.

—¿Qué hora es?

—Faltan cinco minutos para medianoche.

Nadie dice ya palabra, como si se esperara una nueva detonación. Pero no se oye nada más. En el silencio roto que permanece en suspenso, tan sólo resuenan en el exterior del refugio las gotas de agua y los remolinos que se desvanecen en el pequeño valle. Uno tiene la súbita impresión de oír los pasos de un animal salvaje. Este es el mundo de las bestias salvajes y, sin embargo, el hombre no las deja en paz. Por doquier, en la oscuridad, se adivina agitación y movimiento. La noche no parece por ello sino más peligrosa y despierta en ti ese temor permanente de ser espiado, seguido, a punto de caer en una trampa. Imposible recuperar la serenidad que tan ardientemente reclamas...

—¡Está allí!

—¿Quién?

—¡Beibei está allí! —grita el estudiante.

Un gran ajetreo en el refugio. Todo el mundo salta de la cama.

En el exterior, la respiración y los gruñidos de un hocico. ¡El panda que había caído enfermo tras parir y que ellos habían salvado estaba de vuelta, hambriento, en busca de comida! Esperaban su venida. Confiaban en su vuelta. Desde hacía más de diez días, contaban los días afirmando que volvería. Tenía que volver antes de que salieran los nuevos brotes de bambú, y en efecto así ha sido. Su pequeño tesoro adorado arañaba con sus garras los maderos de la pared.

Uno de los hombres entreabre primero la puerta y desaparece, con un cubo en la mano lleno de gachas de maíz. Todo el mundo le sigue. En la noche que difumina formas y colores, una gran mole negra avanza contoneándose. El hombre vierte de inmediato su cubo en una cubeta y el panda se adelanta, gruñendo ruidosamente con su fuerte respiración. Todas las linternas enfocan al animal salvaje, con su cuerpo de un gris blancuzco, su cintura negra y sus ojos circundados de negro. Él no presta ninguna atención y no piensa más que en comer, sin levantar la cabeza. Alguien quiere sacarle una foto: la luz del flash taladra la noche. Todos se acercan a él por turno, llamándole, tocándole, acariciando su pelaje tan áspero como cerdas de puerco. Él levanta la cabeza y los hombres se apartan de él a toda prisa para regresar al refugio. Se trata de una bestia salvaje: un panda robusto es capaz de batirse con una pantera. La primera vez que vino a comer en el cubo de aluminio lleno de comida, devoró al propio tiempo el recipiente que luego evacuó a pequeños trozos. Los hombres siguieron entonces el rastro de sus deyecciones. En la granja de crías de pandas situada en el centro de gestión, al pie de la montaña, un periodista que quería demostrar que los pandas eran tan inofensivos como gatitos trató de que le sacaran una foto con uno de ellos sosteniéndole en sus brazos. De un zarpazo, éste le arrancó los órganos genitales y hubo que enviar al pobre hombre en jeep a Chengdu para salvarle la vida.

Cuando ha terminado de comer, muerde en una caña de azúcar mientras agita su enorme cola y desaparece en los bosquecillos de bambúes-flechas de las inmediaciones del campamento.

—Ya dije yo que Beibei volvería hoy.

—Por regla general viene siempre a esta hora, entre las dos y las tres.

—He oído sus gruñidos cuando arañaba la puerta.

—¡Sabe mendigar, el muy cerdo!

—Estaba muerto de hambre, ha devorado todo el cubo.

—Le he tocado y se ha engordado.

Discuten con entusiasmo, volviendo sobre cada detalle: quién le ha oído primero, quién ha sido el primero en abrir la puerta, cómo le han visto por la rendija de la puerta, cómo les ha seguido, cómo ha metido la cabeza en el cubo, cómo se ha sentado al lado del recipiente, cómo ha comido con voracidad. Uno de ellos explica también que han puesto azúcar en las gachas de maíz destinadas al panda. ¡También él prefiere las cosas dulces! Estos hombres que normalmente se comunican muy poco parecen hablar de su propia amante cuando se refieren a Beibei.

He consultado mi reloj, todo ello no ha durado más que unos diez minutos, pero hablan del asunto interminablemente. Las lámparas de aceite están encendidas y varios de ellos se sientan resueltamente en las camas. Este acontecimiento constituye por supuesto un paliativo en su vida monótona y solitaria en la montaña. Luego se ponen a hablar de Hanhan, otro panda. El disparo que acaba de resonar les ha inquietado. Hanhan había sido abatido en la montaña por un campesino llamado Leng Zhizhong. A la sazón, habían recibido señales de Hanhan que indicaban siempre el mismo punto, como si ya no se moviera. Pensando que tal vez había caído enfermo y que la situación era grave, partieron en su busca. Desenterraron en el bosque el cadáver de Hanhan sepultado bajo la tierra recién removida, así como su collar provisto del emisor de radio. Luego, acompañados de un perro de caza, prosiguieron su búsqueda hasta la casa del tal Leng Zhizhong, donde encontraron la piel enrollada del animal que colgaba del alero. Las señales de otro panda de nombre Lili, que había sido capturado y equipado con un collar emisor, se perdieron definitivamente en la inmensidad del bosque. Imposible saber si había sido una pantera la que rompió el collar a dentelladas o bien si había caído en manos de un cazador más astuto que rompió el collar con la culata de su fusil.

Cuando está a punto de despuntar el día, resuenan de nuevo dos disparos por encima del campamento. Su eco, opresivo, se prolonga largamente en el pequeño valle, como el humo del cañón que flota en el momento de la descarga, sin querer disiparse.


En La Montaña del Alma
Traducción de Liao Yanping y José Ramón Monreal
Imagen: © Dung Vo Trung/Sygma/Corbis

7 may. 2007

GAO XINGJIAN - El templo de la bondad perfecta

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Vivíamos ensimismados en la felicidad, absortos en la pasión, la locura, la ternura y el cariño vivíamos el viaje de luna de miel que siguió a nuestro casamiento, indiferentes a la brevedad del medio mes de vacaciones de que disponíamos, los diez días del permiso de boda y una semana más por motivos personales. El matrimonio es un gran acontecimiento en la vida de toda persona, y de hecho para nosotros no existía cosa más importante; ¿cómo no iba a pedir unos días más de vacaciones? Pero el cicatero de mi jefe, tan minucioso en sus cálculos, es especialista en dejar insatisfecho a cualquiera que vaya a pedirle permiso. Las dos semanas de permiso por motivos personales que yo había anotado en mi solicitud fueron reducidas por él a una, incluido el domingo, y no contento con ello me había dicho:

—Espero que volváis con puntualidad a vuestro trabajo.

—Desde luego, desde luego —le respondí—; el sueldo que tenemos no nos da para andar remoloneando por ahí.

Sólo entonces estampó de un plumazo la firma que corroboraba el permiso.

Dejé de ser soltero: tenía una familia. La verdad es que Fangfang y yo habíamos proyectado una y otra vez este viaje. Formábamos una familia, y de allí en
adelante se acabó lo de salir corriendo al restaurante al recibir la paga a principios de mes, o lo de invitar a los amigos o gastar a mi antojo, y también los apuros de finales de mes, el no tener para un paquete de cigarrillos o el andar rascándome los bolsillos y revolviendo los cajones en busca de unas monedas con que salir del paso. Pero no hablemos más de eso. Decía que yo, nosotros éramos felices. Y la felicidad no abunda en esta brevísima vida. Fangfang o yo, cualquiera de nosotros, sabemos lo que es «salir al encuentro de la tempestad y hacer frente al mundo», hemos vivido la época. Nosotros, nuestras familias, hemos sufrido mucho, padecido las desgracias de todos esos años de calamidad nacional, y nuestra generación tiene sobrados motivos para renegar de su suerte. Pero tampoco hablemos de eso. Lo importante es que al fin éramos felices.

Teníamos nuestro buen medio mes de vacaciones, y aunque sólo hubiésemos dispuesto de la mitad de ese tiempo, nuestra luna de miel no podía ser más dulce. De este dulzor tampoco diré más, pues todos sois personas experimentadas, personas que lo habéis vivido, y además es un dulzor que nos pertenece por entero a nosotros mismos. De lo que os quiero hablar es del templo de Yuan'en, el templo de la Bondad Perfecta. El nombre carece de importancia, pues es un templo abandonado, en ruinas, y no un monumento famoso frecuentado por los
turistas. Nadie sabe que existe, excepto las gentes del lugar, y de éstas son pocas las que lo conocen por su nombre. Se trata, por decirlo en dos palabras, de un templo en ruinas del que nadie se ocupa, donde nadie quema incienso ni reza, un templo que descubrimos por casualidad. Tampoco nosotros habríamos sabido que tenía nombre de no habernos esforzado en descifrar los caracteres borrosos de la estela que servía de fondo a la pila contigua a una bomba de agua. Las gentes del lugar lo conocen simplemente por «el templo grande».
Pero no tiene punto de comparación con el templo del Retiro de las Almas de Hangzhou o el de las Nubes Azuladas de Pekín. No es más que un edificio viejo
situado en un cerro de los alrededores de una capital de distrito, una construcción en que sólo destaca el doble tejado de punta curva y el portalón de piedra que aún se mantiene en pie. El muro que rodea el patio ha desaparecido; sus ladrillos y piedras fueron aprovechados quién sabe cuándo por los campesinos de los alrededores para levantar sus casas o el muro de sus porquerizas, y lo único que queda es un cerco de adobe invadido de maleza.

La verdad es que, viéndolo allá en la lejanía desde la calle principal de la ciudad del distrito, con sus tejas amarillas esmaltadas resplandecientes a la luz del sol, el templo del cerro llamaba la atención y no dejaba de tener su encanto. También habíamos ido a parar por pura casualidad a la capital del distrito. El tren seguía estacionado junto al andén pasada ya la hora de su salida, esperando quizá la llegada de algún expreso que venía con retraso. El tráfago de viajeros que subían o bajaban ya había terminado, la plataforma
estaba vacía y los revisores aguardaban charlando junto a la puerta de los vagones. En el valle, más allá del andén, dormitaban los tejados grises de las casas; algo más lejos asomaban en sucesión ininterrumpida los montes cubiertos de fronda. La vieja capital de distrito exhalaba profunda calma y serenidad.

Una idea iluminó mi mente:

—¿Y si vamos a dar una vuelta por la ciudad?

Fangfang me miraba con ternura sentada frente a mí e hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza. Es una persona que habla con los ojos. Nuestros nervios simpáticos vibran a la misma longitud de onda. Sin mediar palabra bajamos a toda prisa las bolsas de la red y corrimos hacia la puerta del vagón; saltamos al andén y rompimos a reír:

—Nos iremos en el siguiente —dije.

—Y si no nos vamos, no importa —dijo Fangfang.

Cierto, estábamos en viaje de bodas y podíamos ir o quedarnos donde se nos antojase. La felicidad de los recién casados nos acompañaba en todo momento y a todas partes. Éramos los más felices del mundo, los más libres. Fangfang me llevaba del brazo, y yo llevaba en el otro las bolsas de mano. Queríamos dar envidia a los revisores que aguardaban en el andén y a los innumerables ojos que nos miraban desde detrás de las ventanillas.

Ya no teníamos necesidad de andar por ahí buscando influencias para ser trasladados a nuestra ciudad, ni de recurrir a fulano o a mengano, ni de vivir
preocupados por la residencia o el trabajo. Y disponíamos además de nuestra propia vivienda, pequeña, es verdad, pero arreglada de tal forma que en ella nos
sentíamos muy a gusto. Teníamos por fin nuestro propio hogar, y yo te tenía a ti, y tú a mí. Sé lo que quieres decir, Fangfang: ¡Bobo! ¿Qué tiene de especial todo esto? Pero queremos haceros partícipes de nuestra felicidad. Bastantes preocupaciones hemos tenido unos y otros, y bastantes molestias os hemos causado, y vosotros os habéis desvivido por nosotros. ¿Cómo podemos agradecéroslo? ¿Sólo con esos pocos caramelos y cigarrillos que os ofrecimos en nuestra boda? Os lo agradecemos con nuestra felicidad. ¿Qué hay de malo en
lo que digo?

Así pues, llegamos a la pequeña capital de distrito, a la antigua y pequeña capital de distrito que dormitaba apaciblemente en medio del valle. En realidad era mucho menos apacible de lo que nos había parecido desde la ventanilla del tren. Bajo aquellos tejados grises, los callejones rebosaban animación y eran un hervidero de gente. Eran justamente las nueve de la mañana y los vendedores de verduras, sandías y melones o manzanas y peras recién cogidas acababan de llegar al mercado. Los carros de mulas y caballos y los camiones se agolpaban
en las calles ya de por sí poco anchas de la ciudad, y el clamor incesante de los látigos y las voces que arreaban el ganado se mezclaba con los bocinazos agudos de los camiones.

Nuestra disposición de ánimo era, en ese momento, muy distinta de la que teníamos al entrar en una ciudad como ésta en los años en que fuimos enviados a trabajar al campo. Éramos visitantes de paso, turistas en la pequeña ciudad, y todos aquellos resquemores y mundos complejos de relaciones pertenecían ya al pasado. Pero todo, el aliento vital de la pequeña ciudad, el polvo que levantaban los camiones a su paso, las lavazas arrojadas al costado de los puestos de verdura, las cáscaras de sandía tiradas por el suelo, las gallinas
de alas batientes que sostenían en la mano los vendedores, el volar de plumas y los cacareos, todo ello nos resultaba familiar. Lo que nosotros experimentábamos suponía, por así decirlo, todo un lujo para gentes como las de aquel lugar. Por eso sucumbíamos, sin poder evitarlo, al complejo de superioridad propio de los habitantes de la gran ciudad que van de visita al campo. Fangfang me cogía con
fuerza del brazo, y yo la apretaba contra mí. Teníamos la impresión de que todo el mundo nos miraba. Pero no éramos gente del lugar, veníamos de otro mundo.
Pasábamos a su lado, pero nadie cuchicheaba a nuestras espaldas, sus murmuraciones sólo iban dirigidas a las personas que les eran cercanas.

De esta manera llegamos al extremo de la calle; no había más puestos de verdura, los peatones eran cada vez más escasos y el barullo y el vocerío del mercado
habían quedado a nuestras espaldas. Miré el reloj: apenas habíamos tardado media hora en recorrer la calle desde que salimos de la estación, y todavía era pronto. Habría sido decepcionante volver a la estación para esperar el próximo tren. ¡Y Fangfang estaba dispuesta a pasar allí la noche!

No decía nada, pero yo la notaba algo desilusionada. De frente se acercaba un hombre con aspecto de cuadro dirigente; los aires que se daba al andar y la manera ostentosa de mover los brazos lo delataban como tal.

Perdone; ¿la hospedería del distrito? —pregunté.

Nos examinó por encima y con gran cordialidad me indicó la dirección, cómo ir de aquí allá, cómo, doblando a la izquierda y marchando hacia el este, veríamos un edificio de tres plantas de ladrillo rojo que era justamente la hospedería del comité del distrito. Me preguntó a quién queríamos ver, con intención quizá de servirnos de guía. Le explicamos la razón de nuestro viaje, nuestra condición de turistas de paso, y le preguntamos qué lugares podíamos ver. Se rascó la cabeza, como si lo hubiésemos puesto en un aprieto, y después de pensarlo un instante dijo:

—Aquí en el distrito no hay nada que ver. Pero allá en el cerro, al oeste, está el templo grande. Hay que escalar y el camino no es bueno.

—Y bien, a escalar hemos venido —dije.

—Es verdad, no nos importa escalar —añadió enseguida Fangfang.

Nos guió hasta una esquina de la calle y nos mostró el viejo templo de tejas amarillas esmaltadas relucientes al sol emplazado en la cumbre del cerro que teníamos enfrente.

—Muy bien, gracias.

Se quedó mirando los zapatos de tacón alto que llevaba Fangfang y dijo:

—Tendréis que meteros en el agua para atravesar el río.

—¿Es profundo? —pregunté.

—No pasa de la rodilla.

Miré a Fangfang.

—No importa, podré cruzar.

Fangfang no quería quitarme la ilusión.

Le dimos las gracias y partimos en la dirección que nos había indicado.

Marchando por el camino polvorientomiré, sin poder evitarlo, los zapatos nuevos de tacón alto y tirillas de cuero entrecruzadas que llevaba Fangfang y me sentí apesadumbrado. Pero ella avanzaba llena de resolución, como siempre.

—Estás loca de remate —le dije.

—Todo con tal de estar a tu lado.

¿Te acuerdas, Fangfang? Lo dijiste apretándote contra mí.

Caminamos hacia la orilla del río. Las cañas rectas de maíz de los campos que nos rodeaban eran más altas que un hombre, y en el sendero que atravesábala cortina verde de los cultivos no había un alma. Abracé a Fangfang y la besé con ternura. ¿Eh, y qué? Bueno, no me deja hablar de esas cosas: volvamos al templo de la Bondad Perfecta. Estaba en lo alto de la vertiente que arrancaba de la orilla opuesta del río. Podíamos ver con claridad los matojos de hierbas que crecían entre las tejas de esmalte amarillo.

El agua del río era cristalina. En una mano llevaba los zapatos de tacón alto de Fangfang y mis sandalias de cuero. Con la otra la guiaba, y ella mantenía la
falda remangada con la que tenía libre. Avanzamos tanteando el fondo con los pies desnudos. Hacía mucho que no caminaba descalzo, y hasta las piedras lisas del lecho del río me lastimaban los pies.

—¿Te duele? —pregunté a Fangfang.

—Me gusta —respondiste a media voz. En nuestra luna de miel, hasta el dolor de pies se nos antojaba sensación de felicidad. Sentíamos que todas las desgracias del mundo huían escurriéndose entre nuestros tobillos. Nos sentíamos devueltos a la infancia, éramos como niños revoltosos que jugaban descalzos en el agua.

Fangfang saltaba de roca en roca y yo la llevaba de la mano y de rato en rato tarareaba una canción. Después de atravesar el río corrimos hacia el cerro riendo y gritando. Fangfang se hizo una herida en el pie y yo me apené mucho, pero ella me tranquilizó, no es nada, se me pasará en cuanto me ponga los zapatos. Dije que era culpa mía y ella dijo que con tal de verme contento
estaba dispuesta a soportar de buen grado cualquier herida en el pie. De acuerdo, no digo más. Pero sois nuestros mejores amigos y habéis padecido tanto por nosotros, que tendríamos que compartir con vosotros nuestra felicidad...

Así pues, al fin subimos hasta lo alto del cerro y llegamos a la puerta de piedra blanca que se alzaba delante del templo. Más allá del muro derruido
discurría un canalillo de agua cristalina procedente del caño de una estación de bombeo. Entre los escombros del que fuera en su día patio del templo crecía un
huerto de hortalizas. Contiguo a él había un silo de estiércol. Volvimos a recordar los años en que nos dedicábamos a vaciar letrinas, la época en que fuimos a trabajar al campo. Aquellos días difíciles habían ido desapareciendo en un lento goteo; de ellos sólo nos quedaban algunos recuerdos tristes y a la vez dulces, y también nuestro amor. Bajo el sol claro y resplandeciente estábamos seguros de que ya nadie podría interponerse en nuestro amor, de que ya nadie
podría hacernos daño.

A las puertas del gran templo, en perenne compañía de las ruinas y guardando su entrada, había un incensario de hierro que, acaso por su enorme peso y grosor, nadie había sido capaz de llevarse o romper. La puerta estaba cerrada con candado. Los listones de madera clavados sobre el enrejado podrido de las ventanas también estaban medio deshechos. En esos momentos el templo debía de hacer las veces de granero del equipo de producción.

No había ningún ser humano en los alrededores y la calma era infinita. Podíamos oír el murmullo de la brisa de montaña en los pocos pinos vetustos que se
alzaban delante del templo. Nadie podía molestarnos, y nos tumbamos a descansar en la hierba rala que crecía a la sombra de los árboles. La brisa de montaña disipaba el calor estival y nos llegaba en ráfagas de frescura.

Fangfang se había recostado en mi pecho y contemplábamos el deshilacharse de una nube blanca en el cielo azul. Era una felicidad inexpresable, y la paz que sentíamos sólo podía ser producto de tal felicidad.

Habríamos continuado extasiados en esa paz de no ser por el sonido de unos pasos pesados, unas pisadas que resonaban en sucesión, una tras otra, sobre las losas
de piedra. Me incorporé y miré en esa dirección, y vi a un hombre que cruzaba la puerta del templo y se dirigía hacia el lugar donde estábamos tumbados. Fangfang
también se sentó. El hombre se acercaba por el camino de losas que había en el centro; era alto, de edad mediana, pelo desgreñado, barba cerrada sin afeitar y
rostro sombrío. Una mirada fría y dura nos escrutaba desde debajo de sus cejas espesas.

Avanzaba paso a paso hacia nosotros. La brisa de montaña murmuraba entre los pinos y teníamos algo de frío. Quizá advirtiera el recelo que traslucían nuestras miradas, pues, alzando apenas la cabeza, paseó la vista por el templo y al punto se entretuvo en contemplar, con ojos entornados, las hierbas silvestres
agitadas por el viento en los intersticios de las tejas vidriadas relucientes que se recortaban contra el cielo azul.

Se detuvo junto al incensario y lo palmeó, arrancando con cada golpe un zumbido. Los dedos que golpeaban eran de hierro colado, dedos armados de articulaciones
gruesas y prominentes. En la otra mano llevaba una bolsa de tela negra vieja y raída. No tenía aspecto de ser un comunero que hubiese venido a vigilar el huerto.

Volvió a escrutarnos con la mirada, deteniéndose en los zapatos de tacón alto que Fangfang había dejado tirados sobre la espesura de la hierba y en las bolsas de viaje. Fangfang se puso enseguida los zapatos. No esperábamos que el hombre nos dijera, a modo de saludo:

—¿De paseo por ahí?

Asentí con la cabeza.

—Hace buen tiempo.

Quería entablar conversación. Los ojos que había bajo las cejas espesas ya no eran tan fríos y duros. Parecía llevar buenas intenciones. Sus zapatos de cuero con suela de goma de neumático estaban descosidos por varios lugares. Llevaba mojados los bajos del pantalón, señal evidente de que había cruzado el río, proveniente de la capital del distrito.

—Aquí hace fresco y el paisaje es bonito —dije, poniéndome de pie.

—Seguid sentados, que yo me voy en un rato.

Había en sus palabras cierta intención de disculpa, que el tono corroboraba. Se sentó en la hierba, junto al camino enlosado, y abrió la bolsa.

—¿Queréis melón? —dijo, sacando uno de la bolsa.

—No, gracias —respondí enseguida. Pero él tiró el melón hacia nosotros. Lo cogí e hice ademán de devolvérselo.

—No es nada; aquí llevo media bolsa—dijo.

Levantó hacia mí la pesada bolsa, como para refrendar sus palabras, y sacó otro melón. Como no era cosa de seguir rechazando el ofrecimiento, yo a mi vez le
tendí, una vez destapado, el pastel envuelto que llevaba en la bolsa:

—Pruebe también nuestro pastel.

Cogió un trozo pequeño y lo colocó sobre su bolsa.

—Con esto me basta. Comed —dijo, presionando entre sus grandes palmas el melón hasta que éste se partió con un chasquido.

—Están limpios, los he lavado en el río.

Con una mano quitó las semillas y gritó en dirección a la puerta del templo:

—¡Descansa un rato; ven a comer melón!

—¡Aquí hay un grillo! —dijo una voz infantil desde más allá de la puerta.

En lo alto de la loma apareció un niño que llevaba en la mano una jaula de grillos de alambre.

—Hay muchos; en un momento los cazo —respondió el hombre.

El niño vino hacia nosotros corriendo y saltando.

—¿Está de vacaciones? —dije, como para retomar la conversación, al tiempo que, imitando al hombre, partía el melón con las manos.

—Hoy es domingo y lo he sacado a dar una vuelta — respondió.

Ensimismados en nuestra particular fiesta, nos habíamos olvidado hasta del día en que vivíamos.

Fangfang me sonrió mientras hincaba el diente al melón que yo había abierto. Quería decirme: es un buen hombre. La gente buena aún predomina en el mundo.

—Come, que es un regalo del tío y la tía —dijo, al ver que el niño miraba el pastel de crema colocado sobre la bolsa.

Saltaba a la vista que el niño, criado en la capital de distrito, nunca había visto un pastel igual. Lo cogió enseguida y se puso a comer.

—¿Es su hijo? —pregunté.

En vez de responder, el hombre dijo al niño:

—Coge el melón y vete a jugar, que en un momento te cazo los grillos.

—¡Quiero que caces cinco! —dijo el niño, sosteniendo el melón.

—Bien, cazaré cinco.

El niño se marchó corriendo con la jaula de alambre en la mano. Profundas patas de gallo surcaban la comisura de ios ojos del hombre que lo veía alejarse. Su aspecto rudo ocultaba el corazón cálido de un padre.

—No es hijo mío —dijo, mientras bajaba la cabeza y sacaba un cigarro. Lo encendió con una cerilla y aspiró una larga bocanada de humo. Luego, advirtiendo nuestra sorpresa, añadió:

—Es hijo de mi primo. Quiero adoptarlo como hijo propio, si es que quiere vivir conmigo.

En un instante comprendimos que en el corazón de aquel hombre rudo bullían en oleadas los sentimientos.

—¿Y su esposa? —preguntó Fangfang, sin poder refrenarse.

Pero el hombre no respondió; siguió aspirando profundas bocanadas, y al cabo se levantó y se alejó.

Sentimos la frescura de la brisa. El viento agitaba las hierbas verdes que habían brotado aquella primavera en la techumbre de tejas amarillas esmaltadas y las viejas hierbas resecas, tan altas unas como las otras. Sobre un extremo del alero curvo flotaba, recortada contra el cielo azul, una nube blanca; mirándola, daba la impresión de que el firmamento estuviese inclinado. En el borde de la techumbre había una teja vidriada que estaba por caer; quizá llevaba así largos años.

De pie sobre el basamento del muro derruido, el hombre llevaba largo rato concentrado en la contemplación del valle que se abría a nuestras espaldas. A lo lejos descollaba una hilera ininterrumpida de cumbres más altas y abruptas que el cerro en que nos hallábamos; a su pie no había terrazas de cultivo ni casas.

—No tendrías que haberle preguntado —dije.

—No hablemos de ello —Fangfang parecía apenada.

—¡Aquí hay un grillo! —dijo el niño desde la ladera con voz que sonaba muy lejana y a la vez muy nítida.

El hombre echó a andar a grandes pasos hacia la ladera. La bolsa de los melones colgaba pesadamente de la mano balanceante que la sujetaba. Bajó por la pendiente. Cogí a Fangfang del brazo y la atraje hacia mí.

—No seas así —dijo, apartándose.

—Tienes una hierba en el pelo —le dije, como explicándome, mientras le quitaba la aguja de pino prendida en su pelo.

—Esa teja se va a caer —dijo Fangfang reparando, ella también, en la teja vidriada rota, la teja amarilla inclinada que estaba por desprenderse—. Más vale que se caiga de una vez, pues puede herir a alguien —añadió en un susurro.

—Quizá aguante aún unos años —dije.

Fuimos hasta el basamento donde antes se había detenido el hombre. El valle estaba moteado de campos de cultivo, densos verdegales de maíz y mijo que
aguardaban la cosecha de otoño. En un rellano de la ladera que se abría a nuestros pies había unas pocas casas de adobe recién blanqueadas con cal nívea hasta media altura; por su mismo costado discurría el camino que bajaba hacia el valle. El hombre caminaba con el niño de la mano por el sendero serpenteante que
atravesaba los cultivos. El niño comenzó de pronto a brincar y a correr como un potro librado del ronzal: corrió un trecho y volvió caminando, y parecía agitar
hacia el hombre la jaula de alambre que llevaba en la mano.

—¿Crees que le cazará los grillos?

¿Te acuerdas, Fangfang? Fue lo que me preguntaste.

—Seguro que sí —te respondí—. Seguro.

—¡Que cace cinco! —dijiste, traviesa. Y bien, esto es lo que quería deciros del templo de la Bondad Perfecta al que fuimos en nuestro viaje de luna
de miel.