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10 sept. 2014

Virginia Woolf: El desván elisabetiano

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Quizás estos magníficos volúmenes309 no se leen a menudo de un extremo al otro. Parte de su hechizo consiste en el hecho de que Hakluyt no es tanto un libro como un gran haz de mercancías, no muy bien atado, un bazar, un desván sembrado de viejos costales, anticuados instrumentos náuticos, enormes pelotones de lana, y pequeñas talegas de rubíes y esmeraldas. Uno está siempre desatando este paquete aquí, buscando en ese montón allí, y sentándose en la penumbra para sentir los extraños olores de sedas y cueros y ámbar gris, mientras afuera saltan las olas tremendas del mar elisabetiano, ese mar falto de mapas.

Porque esta mezcla de semillas, sedas, cuernos de unicornio, colmillos de elefantes, lana, piedras comunes, turbantes y barras de oro, esos saldos y retazos de inapreciable valor y completa inutilidad, fueron el fruto de innúmeras travesías y descubrimientos en tierras desconocidas en el reinado de la reina Isabel. Las expediciones eran dotadas con «jóvenes aptos» del Oeste310 y costeadas en parte por la gran reina misma. Los navíos, dice Fronde, no eran mayores que los yates modernos. Ahí, en el río, junto a Greenwich, estaba toda la flota, cerca del Palacio. «El Consejo Privado miraba por las ventanas de la corte...; al punto los navíos descargaban sus cañones... y los marineros gritaban de tal modo, que el cielo volvía a repicar con el ruido de sus gritos.» Luego, mientras los navíos se balanceaban corriente abajo, un marinero tras otro aparecían por las escotillas, se trepaban a los obenques, se paraban sobre las vergas para dar a sus amigos un último adiós. Muchos no iban a volver. Porque apenas Inglaterra y la costa de Francia se hundían bajo el horizonte, los barcos navegaban en lo poco menos que ignoto; el aire tenía sus voces, el mar sus leones y serpientes, sus evaporaciones de fuego y tumultuosos remolinos. Pero también Dios estaba muy cerca; las nubes apenas podían ocultar a la Divinidad misma; casi podían verse las piernas de Satán. Los marineros ingleses azuzaban familiarmente a su Dios contra el Dios de los turcos, que «si jamás puede decir palabra, por ser necio, mucho menos puede ayudarles en semejante aprieto... Pero como quiera que su Dios se comportase, nuestro Dios se mostraba un Dios de veras...» Dios está tan cerca en el mar como en la tierra, decía Sir Humfrey Gilbert surcando la tormenta. De repente una luz desapareció: Sir Humfrey se había hundido bajo las olas; cuando llegó la mañana su bajel fue buscado en vano.  Sir Hug Willoughby se dio a la vela para descubrir el pasaje del Noroeste, y no pudo volver. Los hombres del conde de Cumberland, arrinconados por los vientos contrarios, que les impidieron acercarse a la costa de Cornualles por espacio de dos semanas, lamieron en la cubierta, agonizantes, el agua barrosa. Y a veces un hombre andrajoso y agobiado llamaba a la puerta de una casa de campo inglesa y afirmaba ser el muchacho que la había dejado años atrás para surcar los mares. «Sir William su padre, y Milady su madre, no lo reconocieron como hijo suyo, hasta que hallaron una marca secreta, que era una verruga en una de las rodillas.» Pero traía consigo una piedra negra, veteada de oro, o un colmillo de marfil, o un lingote de plata, e incitaba a los jóvenes de la villa, hablándoles del oro esparcido en la tierra como están esparcidas las piedras en los campos de Inglaterra. Una expedición podía frustrarse, ¿pero qué, si el paso a la fabulosa tierra de innumerables riquezas quedaba sólo un poco más allá? ¿Qué si el mundo conocido era solamente el preludio a un panorama más espléndido? Cuando, tras el largo viaje, los bajeles anclaban en el gran Río de la Plata y los hombres salían a explorar a través de las ondulantes tierras, asustando greyes de venados que pacían, viendo piernas de salvajes entre los árboles, se llenaban los bolsillos de guijas que podrían ser esmeraldas, o arena que podría ser oro; o a veces, rodeando un promontorio, veían, muy lejos, una hilera de salvajes que bajaban lentamente a la playa, llevando sobre sus cabezas, o transportando sobre sus hombros, pesadas cargas para el rey hispano.

Éstas son las bellas historias empleadas eficazmente de señuelo en toda la región del oeste, para incitar a los «jóvenes aptos» que holgazaneaban junto al puerto a abandonar sus redes e ir a la pesca del oro. Pero los viajeros eran graves comerciantes que se ocupaban del negocio, cuyo fondo encerraba la capacidad del comerciante inglés y la comodidad del trabajador inglés. Se recuerda a los capitanes lo muy necesario que es encontrar en el extranjero mercado para los tejidos ingleses; descubrir de qué hierba se extrae la tintura azul; sobre todo indagar métodos de producir aceite, pues todas las tentativas por extraerlo de la semilla del rábano han fracasado. Se les recuerda la miseria del pobre inglés, cuyos crímenes, causados por la pobreza, hacen que «la horca los consuma día a día». Se les recuerda cómo habíase enriquecido en el pasado el suelo inglés por los descubrimientos de los navegantes; cómo el doctor Linaker trajo simientes de rosa encarnada y tulipanes, y cómo bestias, plantas y hierbas, «sin las cuales nuestra vida diríase bárbara», han ido viniendo paulatinamente a Inglaterra del extranjero. En busca de mercados y de mercancías, de la fama inmortal que habría de traerles el éxito, los jóvenes aptos se hacían a la vela hacia el Norte, y eran dejados, una pequeña compañía de ingleses aislados y rodeados por la nieve y las chozas de los salvajes, para que hicieran todos los negocios posibles y recogieran todos los conocimientos a su alcance antes que los barcos volvieran en el verano para llevarlos de vuelta a sus hogares. Allí sufrían, aislada compañía, abrasándose en la orilla de la noche. Uno de ellos, llevando una carta de privilegio de su compañía de Londres, se internaba hasta Moscú y ahí veía al emperador «sentado en su trono, con la corona sobre su cabeza, y un bastón de orfebrería en la mano izquierda». Escribe cuidadosamente toda la ceremonia que vio, y la escena que ve primero el mercader inglés tiene el esplendor de un vaso romano desenterrado y expuesto un instante al sol, hasta que, a merced del aire, visto por millones de ojos, se empaña y desmorona. Allí, todos estos siglos, en los arrabales del mundo, las glorias de Moscú, las glorias de Constantinopla han florecido, invisibles. El inglés estaba perfectamente ataviado para la ocasión, guiaba «tres bellos mastines con funda de paño rojo», y llevaba una carta de Isabel «cuyo papel tenía la suma fragancia del alcanfor y el ámbar gris, y tinta de perfecto almizcle». Y a veces, como los trofeos del asombroso nuevo mundo se esperaban ansiosamente en el país propio, junto con astas de unicornios y cargamentos de ámbar gris y bellas historias de engendros de ballenas y «debates» de elefantes y dragones cuya sangre, mezclada, se congelaba en bermellón, habría de enviarse un ejemplo con vida, un salvaje cogido cerca de la costa del Labrador, llevado a Inglaterra y exhibido como si fuese una fiera. A poco lo traían de vuelta, y llevaban a bordo a una mujer salvaje para que le hiciera compañía. Al verse se ruborizaban; se ruborizaban profundamente, pero los marineros, si bien lo percibían, no sabían por qué. Luego los dos salvajes sentaban casa a bordo del barco, juntos, ella atendiendo a las necesidades de él, él cuidándola en su enfermedad. Pero, como volvían a notar los marineros, los salvajes vivían juntos en perfecta castidad.

Todo esto, las nuevas palabras, las nuevas ideas, las olas, los salvajes, las aventuras, se abrieron paso en los dramas y comedias que se representaban sobre las riberas del Támesis. Había un público fino para captar lo de color y altisonante; para asociar esas 

fragatas cimentadas con ricos tablones de Sethin, 
rematadas con encumbrados abetos del Líbano, 

con las aventuras ultramarinas de sus propios hijos y hermanos. Los Verney, por ejemplo, tenían un alocado muchacho que se había dedicado a pirata, más tarde a turco, y desaparecido allí, enviando a Claydon, para guardar como reliquias de él unas sedas, un turbante y un cayado de peregrino. Un abismo se abría entre el espartano oficio doméstico de las mujeres del Paston y los gustos refinados de las damas de la corte elisabetiana, que, ya en la vejez, dice Harrison, pasaban el tiempo leyendo historias, o «escribiendo volúmenes propios, o traduciendo los de otros a nuestra inglesa lengua y al latín», mientras las damas más jóvenes tañían el laúd y la cítara y ocupaban sus ratos de ocio en el goce de la música. Así con el canto y con la música, va tomando cuerpo la característica extravagancia elisabetiana; los delfines y danzas antiguas de Greene; la hipérbole de Ben Jonson, más sorprendente en escritor tan terco y muscular. Así hallamos a toda la literatura elisabetiana veteada de oro y plata; con plática de rarezas de la Guayana y referencias a esa América -«¡Oh, mi América!, mi tierra recién hallada»- que no era meramente una tierra en el mapa, sino que simbolizaba los desconocidos territorios del alma. Así, sobre las aguas, la imaginación de Montaigne cavilaba, fascinada, sobre salvajes, caníbales, sociedad y gobierno. 

Pero la mención de Montaigne sugiere que si bien la influencia del mar y los viajes, del desván henchido de bestias marinas, y astas, y marfil, y viejos mapas e instrumentos náuticos, ayudó a inspirar la época más excelsa de la poesía inglesa, sus efectos no fueron en modo alguno tan benéficos sobre la prosa inglesa. La rima y el metro ayudaban a los poetas a mantener ordenado el tumulto de sus percepciones. Pero el prosista, sin estas restricciones, acumulaba cláusulas, disminuía el filón con interminables catálogos, daba traspiés y se enredaba en los pliegues de sus ricos ropajes. Cuán poca prosa elisabetiana se adecuaba a su oficio, cuánta prosa exquisitamente francesa ya se había adaptado, puede verse comparando un pasaje de la Defense of Poetry (Defensa de la Poesía) de Sidney con uno de los Ensayos de Montaigne:

«Empieza, no con oscuras definiciones, que empañan la acotación con interpretaciones y cargan a la memoria con duda, sino con palabras engastadas en encantadora proporción, ya acompañada con muy hechizante destreza musical, o preparada para ella, y con un cuento (ciertamente) se nos llega, con un cuento que aparta a los niños de sus juegos y a los ancianos del rincón del hogar; y no pretendiendo más, se aplica a ganar para la virtud el espíritu impío; así como suele a menudo llevarse al niño a tomar cosas más saludables escondiéndolas en otra de sabor agradable: que si uno empezara a decirles la naturaleza de los acíbares o ruibarbos que deberían recibir, antes llevaría las medicinas a sus oídos que a su boca, así también los hombres (la mayor parte de los cuales son infantiles en sus cosas mejores, hasta cuando yacen en la cuna de sus sepulturas) escucharán con agrado las historias de Hércules...»

Y así sigue durante setenta y seis palabras más. La prosa de Sidney es un monólogo ininterrumpido, con súbitos relámpagos felices y espléndidas frases, que se presta a lamentos y moralejas, a largas acumulaciones y catálogos, pero que nunca es ágil, nunca familiar, siempre incapaz de asir fuerte y firmemente una idea, o de adaptarse flexible y exactamente a las grietas y cambios del entendimiento. Comparado con esto, Montaigne es dueño de un instrumento que conoce sus fuerzas y limitaciones, y es capaz de insinuarse en grietas y hendiduras a donde nunca puede llegar la poesía; capaz de cadencias diferentes, pero no menos bellas; de sutilezas e intensidades que la prosa elisabetiana ignora por completo. Está considerando la manera con que parte de los antiguos enfrentaban a la muerte: 

...ils l'ont faicte couler et glisser parmy la lascheté de leurs occupations accoustumées entre des garses et bons compaignons; nul propos de consolation, nulle mention de testament, nulle affectation ambitieuse de constance, nul discours de leur condition future; mais entre les jeux, les festins, facecies, entretiens communes et populaires, et la musique, et des vers amoureux. 311

Un siglo parece separar a Sidney de Montaigne. Los ingleses, comparados con los franceses, son como niños comparados con hombres.

Pero los prosistas elisabetianos si tienen la informidad de la juventud, tienen también su frescura y audacia. En el mismo ensayo Sidney da forma al lenguaje, magistral y suavemente, a su gusto; libre y naturalmente extiende la mano para coger una metáfora. Para llevar esta prosa a la perfección (y la prosa de Sidney se acerca mucho a la perfección) sólo se necesitaban la disciplina de la escena y el crecimiento de la conciencia de sí. Es en las obras dramáticas, y especialmente en los pasajes cómicos de las obras dramáticas, donde ha de hallarse la mejor prosa elisabetiana. La escena fue la escuela donde la prosa aprendió a dar los primeros pasos. Porque sobre la escena la gente tenía que encontrarse, decir chanzas y fantasear, sufrir interrupciones, hablar de cosas comunes.

«CLERIMONT.- ¡Una erupción de su rostro otoñal, su remendada belleza! No hay hombre a quien hoy pueda recibir, fuera de este mozuelo, hasta estar preparada, hasta haberse pintado, y perfumado, y lavado, y fregado; y en él limpia ella los aceitados labios, como en una esponja. He compuesto una canción sobre este asunto, que te ruego escuches. (Canta el Paje.

Asearse aún, vestirse aún, etc. 

TRUEWIT . - Y yo estoy abiertamente del otro lado: amo más un buen aliño que cualquier belleza del mundo. ¡Oh!, la mujer se asemeja entonces a un delicado jardín; ni tampoco de una sola suerte; ella puede variar en cada hora; pedir a menudo consejo a su espejo, y escoger el mejor. Si tiene buenas orejas, que las muestre; buen cabello, que lo exhiba; buenas piernas, que lleve vestidos cortos; buenas manos, que las descubra a menudo; que practique todo arte para mejorar el aliento, limpiar los dientes, componer las cejas; que se haga afeites y lo manifieste.»

Así mana la conversación en The Silent Woman («La mujer silenciosa») de Ben Johnson, tomando forma a fuerza de interrupciones, agudizada por los choques y jamás permitida de afirmarse en el estancamiento o aumentar en turbieza. Pero la notoriedad de la escena y la perpetua presencia de una segunda persona eran hostiles a esa creciente conciencia de sí mismo, ese cavilar en soledad sobre los misterios del alma, que, andando los años, alcanzarían expresión y encontrarían un campeón en el genio sublime de Sir Thomas Browne. Su inmenso egotismo ha preparado el terreno para todos los novelistas psicológicos, autobiógrafos, traficantes de confesiones y negociantes en las curiosas sombras de nuestra vida privada. Él fue quien primero se volvió de los contactos de hombres con hombres a sus solitarias vidas interiores. «El mundo que contemplo soy yo mismo; es el microcosmos de mi propia estructura a donde vuelvo la mirada; porque al otro lo uso sólo como a mi globo terráqueo, y lo hago girar a veces para recrearme.» Todo era misterio y tinieblas cuando el primer explorador recorría las catacumbas, balanceando su linterna. «A veces siento un infierno dentro de mí; Lucifer tiene su corte en mi pecho; la Legión revive en mí.» En estas soledades no había guías ni compañeros. «Estoy en las tinieblas para todo el mundo, y mis más íntimos amigos no me ven sino en una nube.» Los más extraños pensamientos e imaginaciones han jugado con él a medida que iba haciendo su obra, por afuera el más cuerdo de los hombres y estimado como el más grande médico de Norwich. Ha deseado la muerte. Ha dudado de todas las cosas. ¿Que si estamos dormidos en este mundo y las vanaglorias de la vida son como meros sueños? La música de la taberna, la campana del Ave María, el cacharro roto que el obrero ha desenterrado del campo: a la vista y sonido de estas cosas se detiene y queda inerte, como traspasado por la pasmosa perspectiva que se abre ante su imaginación. «Llevamos en nosotros las maravillas que buscamos fuera de nosotros; toda el África y sus prodigios existen en nosotros.» Un halo de maravilla rodea todo lo que ve, vuelve su luz paulatinamente sobre las flores e insectos y hierbas a sus pies, de modo de no perturbar nada en los misteriosos procesos de la existencia de todos ellos. Con la misma reverencia, mezclada a una sublime satisfacción, registra el descubrimiento de sus propias cualidades y prendas. Era caritativo y valeroso y renuente de nada. Estaba lleno de ternura para los demás y era despiadado consigo. «En cuanto a mi conversación, es como la del sol, para todos los hombres; y amigable para el bueno y el malo.» Sabe seis idiomas, las leyes, costumbres y políticas de varios estados, los nombres de todas las constelaciones y de la mayoría de las plantas de su país, y sin embargo, tan vasta es su imaginación, tan ancho el horizonte en que ve caminar a esta pequeña figura que, «me parece que no conozco tantas como antes, sino apenas un centenar, y que apenas pasé alguna vez más allá de Cheapside».

Es el primero de los autobiógrafos. Descendiendo y remontándose a las más elevadas alturas, se inclina de pronto con amante particularidad sobre los detalles de su propio cuerpo. Su talla era regular, nos dice, sus ojos grandes y luminosos, su piel oscura pero constantemente cubierta de rubores. Vestía con mucha sencillez. Rara vez se reía. Coleccionaba monedas, conservaba cresas en cajas, disecaba los pulmones de las ranas, arrostraba la hediondez del esperma de ballena, toleraba a los judíos, tenía una frase justa para la deformidad del sapo, y combinaba una actitud científica y escéptica hacia la mayoría de las cosas con una aciaga creencia en las brujas. En resumen, como decimos cuando no podemos dejar de reírnos ante las excentricidades de las gentes que más admiramos, era todo un carácter, y el primero que nos hizo sentir que las más sublimes especulaciones de la imaginación humana surgen de un hombre en particular, a quien podemos amar. En medio de las solemnidades del Entierro de la Urna, sonreímos cuando observa que las tribulaciones producen callosidades. La sonrisa se ensancha hasta la carcajada cuando proferimos los espléndidos fastos, las sorprendentes conjeturas de Religio Medici. Todo lo que escribe lleva el sello de su propia idiosincrasia, y por vez primera percibimos esas impurezas que en adelante manchan la literatura con tantos caprichosos colores que, por mucho que nos esforcemos, nos es difícil estar seguros de si miramos a un hombre o sus escritos. Ahora estamos en presencia de la imaginación sublime; vagamos por uno de los desvanes más bellos del mundo: una estancia repleta hasta el techo de marfil, hierro viejo, cacharros rajados, urnas, astas de unicornios, y vidrios mágicos llenos de luces esmeralda y misterio azul.


Traducción de B. R. Hopenhaym 

Notas

309. Hakluyt's Collection of the Early Voyages, Travels, and Discoveries of the English Nation. (Colección de Hakluyt de las primeras travesías, viajes y descubrimientos de la nación inglesa.)

310. En Inglaterra, región que se extiende al oeste de una línea imaginaria que va desde Southampton hasta las bocas del río Severn. (N. del Trad.) 

311. «...la hicieron transcurrir y deslizarse entre la dejadez de sus ocupaciones habituales, entre mozas y compañeros de jolgorio: ni el menor propósito de consuelo, ni mención de testamento, ni afectación ambiciosa de constancia, ni plática sobre su condición futura; sólo entre juegos, festines, donaires, chácharas corrientes y triviales, y músicas y versitos galantes.»


En Ensayistas Ingleses
Varios Autores
Estudio Preliminar de Adolfo Bioy Casares
Selección de Ricardo Baeza
Buenos Aires, Océano, 2000
Foto by Lady Ottoline Morrell 1926 NPG London

11 jun. 2014

Descarga: Virginia Woolf - Orlando (Traducción de Jorge Luis Borges)

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Novela difícilmente clasificable en la que —como escribió en su día Jorge Luis Borges, traductor de la obra— «colaboran la magia, la amargura y la felicidad», Orlando (1928) narra los avatares a lo largo de cerca de trescientos años del que empieza siendo un caballero de la corte isabelina inglesa. Producto en parte de la ambigua pasión de Virginia Woolf (1882-1941) por Vita Sackville-West y antecedente singular del realismo fantástico, la historia de su protagonista, ambientada siempre en sugerentes escenarios e impregnada por la particular obsesión de su autora por el transcurso del tiempo, se desliza como un deslumbrante cuento de hadas ante los fascinados ojos del lector.

Virginia Woolf: La muerte de la polilla

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No es propio llamar polillas a las que vuelan durante el día. No estimulan en nosotros esa placentera sensación de noches veraniegas oscuras y de hiedra en floración que la variedad más común, de alas secundarias amarillas y que duerme a la sombra de la cortina, nunca deja de provocarnos. Son criaturas híbridas, ni alegres como las mariposas ni sombrías como las de su propia especie. No obstante ello, el espécimen presente, con sus estrechas alas color paja, orladas con borlas del mismo color, parecía satisfecha con la vida. Era una mañana placentera a mediados de septiembre, suave, benigna y sin embargo con un aire más nítido que el de los meses de verano. El arado dejaba ya surcos en el campo frontero a la ventana y allí donde la reja había estado la tierra quedaba plana y brillaba de humedad. Tal vigor llegaba de los campos y de las colinas lejanas, que era difícil la exigencia de mantener los ojos sobre el libro. También las cornejas se dedicaban a una de sus festividades anuales; planeando sobre las copas de los árboles hasta simular que una red vasta, hecha con miles de nudos negros, había sido lanzada al aire; la cual, tras algunos momentos, se hundía lentamente en los árboles, hasta que cada rama parecía tener un nudo negro en la punta. Mas de pronto la red era lanzada al aire de nuevo, en un círculo mayor ahora, en medio de un clamor y una vociferación extremos, como si el verse lanzado al aire y vuelto con lentitud a las copas de los árboles fuera una experiencia tremendamente excitante.

  La misma energía que inspiraba a las cornejas, a los labriegos, a los caballos e incluso, se diría, a las leves colinas desnudas, enviaba a la polilla, en plena agitación, de un lado al otro del cuadrado formado por el panel de la ventana. Era imposible no observarla. Se estaba, de hecho, consciente de un extraño sentimiento de piedad por ella. Esa mañana las posibilidades de gozo parecían tan enormes y tan variadas, que sólo tener en la vida el papel de polilla, y encima de una polilla diurna, sonaba a un destino duro, como patético era su celo de disfrutar en plenitud esas magras oportunidades. Volaba con energía hasta una esquina de su compartimento y, tras aguardar allí un segundo, hacia la opuesta. ¿Qué le quedaba sino volar hasta la tercera esquina y luego la cuarta? Era lo único que podía hacer a pesar del tamaño de las colinas, la anchura del cielo, el humo lejano de las casas y, de vez en cuando, la voz romántica de un vapor allá en el mar. Lo que podía hacer lo hacía. Observándola, se diría que una fibra, muy delgada pero muy pura, de la enorme energía del mundo había sido introducida en ese cuerpo débil y diminuto. Tan a menudo como ella cruzaba el panel podía yo imaginar que se hacía visible un hilo de la luz vital. Era apenas o solamente vida.

Sin embargo, por ser una forma tan pequeña y tan sencilla de la energía que se iba introduciendo por la ventana abierta y forzando su curso por tantos corredores estrechos e intrincados de mi cerebro y del de otros seres humanos, algo había en ella de maravilloso y a la vez patético. Es como si alguien hubiera tomado un abalorio de pura vida para dotarlo, del modo más ligero posible, de vello y plumas, poniéndolo a danzar y a zigzaguear para mostrarnos la verdadera naturaleza de la vida. Así expuesto, era imposible olvidar la maravilla de todo aquello. Se es proclive a olvidarse de la vida, viéndola encorvada y dominada y aderezada y oprimida de modo tal que ha de moverse con la mayor circunspección y dignidad. Uña vez más, la idea de todo lo que esa vida pudiera haber sido de nacer con cualquier otra forma, nos hace ver con una especie de piedad sus sencillas actividades.

Al cabo de un tiempo, al parecer cansada de sus danzas, se posó en el borde de la ventana, al sol. Habiendo terminado el curioso espectáculo, me fui olvidando de ella. Luego, cuando levanté la vista, atrajo mi mirada. Intentaba reanudar su baile, pero parecía tan rígida o tan torpe que sólo pudo aletear hasta la base del panel. Y en el intento de cruzarlo de un vuelo, fracasó. Ocupada en otras cuestiones, por un tiempo observé aquellos intentos fútiles sin pensar, esperando inconscientemente que la polilla reasumiera su vuelo, tal como se aguarda que una máquina, detenida por un momento, arranque de nuevo sin buscarle la razón del fallo. Al cabo de tal vez siete intentos, resbaló del borde de madera y cayó, con un revoloteo de alas, de espaldas en el antepecho de la ventana. El desamparo de su actitud me alertó. De pronto me vino la idea de que estaba en dificultades, de que ya no podía levantarse, de que sus patas luchaban en vano. Pero cuando acerqué el lápiz pensando en ayudarla a enderezarse, comprendí que ese fracaso y esa torpeza eran el acercamiento de la muerte. Abandoné el lápiz.

Las patas se agitaron una vez más. Miré como buscando al enemigo contra el cual la polilla luchaba. Miré hacia el exterior. ¿Qué había ocurrido allí? Presumiblemente era mediodía y toda labor había cesado en los campos. Calma y silencio reemplazaban a la animación anterior. Los pájaros se habían alejado, para alimentarse en los arroyos. Los caballos estaban inmóviles. Sin embargo y pese a todo allí fuera estaba el poder, masivo, indiferente, impersonal, sin prestar atención a nada en lo particular. Por alguna razón opuesto a la pequeña polilla color paja. Era inútil intentar algo. No quedaba sino observar los esfuerzos extraordinarios hechos por aquellas patas diminutas contra un destino cercano que podía, de proponérselo, sumergir una ciudad entera y no sólo una ciudad sino masas de seres humanos. Nada, lo sabía, tenía oportunidad alguna contra la muerte. No obstante, tras una pausa de agotamiento, las patas volvieron a estremecerse. Esta protesta última era soberbia; y tan frenética, que la polilla consiguió al fin enderezarse. Desde luego, nuestras simpatías estaban todas con la vida. Además, no habiendo nadie que se preocupara o se interesara, este esfuerzo gigantesco por parte de una polilla insignificante y en contra de un poder de tal magnitud, para conservar lo que nadie más valoraba o deseaba, conmovía de un modo extraño. De nuevo, de alguna manera, veíamos vida, un puro abalorio. Levanté el lápiz una vez más, incluso sabiéndolo inútil. Pero según lo hacía, asomaron las señales inequívocas de la muerte. El cuerpo se relajó para en un instante quedar rígido. La lucha había terminado. Aquella criatura pequeña e insignificante conocía ya la muerte. Al mirar esa polilla muerta, me llenó de asombro este diminuto triunfo marginal de una fuerza tan grande en contra de un antagonista así de menor. Tal y como la existencia había sido extraña unos minutos antes, extraña era en este momento la muerte. La polilla, habiéndose enderezado, yacía ahora en un sosiego de lo más decente y resignado. Ah sí, parecía decir, la muerte es más fuerte que yo.


En El viejo Bloomsbury y otros ensayos
Traducción Federico Patán
Mexico 1999
Foto: Virginia Woolf en 1895

2 jun. 2013

Descarga: Virginia Woolf - La señora Dalloway

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Descarga: Virginia Woolf - La señora Dalloway

La novela sigue a Clarissa Dalloway a través de un sólo día en Inglaterra después de la Gran Guerra en una narrativa de estilo de flujo de consciencia. Construida a través de dos pequeñas historias que Woolf había escrito previamente («La señora Dalloway en Bond Street» y su inconclusa «El Primer Ministro») la historia de la novela son los preparativos de Clarissa para una fiesta que va a ofrecer esa noche. Usando la perspectiva interior de la novela, Woolf se mueve hacia atrás y adelante en el tiempo, y dentro y fuera de la mente de varios personajes para construir una imagen completa, no solo de la vida de Clarissa, sino de la estructura social de entreguerras.

Debido a similaridades estructurales y estilísticas, comúnmente se cree que La señora Dalloway es una respuesta al "Ulises" de James Joyce, un texto que es admirado como una de las grandes novelas del siglo XX, algo que Woolf anticipó, elogiando la obra en su ensayo "Modern Fiction". Sin embargo la Hogarth Press, administrada por ella y su esposo Leonard, no pudo publicar el "Ulises" en Inglaterra debido, entre otras causas, a las restricciones de uso de lenguaje obsceno que regían en Inglaterra en la época. Fundamentalmente, sin embargo, "La señora Dalloway" explora en nuevos terrenos y busca presentar un aspecto diferente de la experiencia humana.

21 nov. 2012

Virginia Woolf: Una novela no escrita

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Aquella expresión de desdicha bastaba para que los ojos de una resbalaran sobre el papel hasta más allá de su borde, hasta la cara de la pobre mujer —insignificante sin aquella expresión, casi símbolo del destino humano con ella. La vida es lo que se ve en los ojos de la gente; la vida es lo que la gente aprende y, después de haberlo aprendido, jamás, pese a que procura ocultarlo, deja de tener conciencia de... ¿qué? Que la vida es así, parece. Cinco rostros en frente —cinco rostros maduros— y el conocimiento en cada rostro. ¡Pero cuan extraño es que la gente intente ocultarlo! Rastros de reticencia se ven en todos estos rostros: labios cerrados, ojos velados, cada uno de los cinco hace algo para ocultar su conocimiento, o para adormecerlo. Uno fuma, otro lee, un tercero comprueba las anotaciones de su agenda, el cuarto contempla el mapa de la vía férrea enmarcado ante él, y el quinto rostro —lo terrible del quinto rostro es que la mujer no hace absolutamente nada. Mira la vida. ¡Mi pobre y desdichada mujer, juega al juego! ¡Hazlo por nosotros, ocúltalo!

Como si me hubiera oído, la mujer levantó la vista, rebulló levemente en su asiento y suspiró. Parecía pedir disculpas y, al mismo tiempo, decirme: «Si usted supiera...» Después volvió a mirar la vida. En silencio, con la vista fija en el Times por mor de los modales, le contesté: «Es que lo sé. Lo sé todo. La paz entre Alemania y las potencias aliadas quedó ayer oficialmente garantizada en París... El Signor Nitti, primer ministro italiano... Un tren de pasajeros chocó ayer, en Doncaster, con un mercancías... Todos lo sabemos —lo sabe el Times—, pero fingimos que no lo sabemos.» Una vez más, mi vista se había deslizado por encima del borde del papel. La mujer se estremeció, torció en extraño movimiento el brazo hacia la parte media de su espalda, y sacudió la cabeza negativamente. Una vez más me sumergí en mi gran depósito de vida. «Escoge lo que quieras», proseguí, «nacimientos, defunciones, matrimonios, anuncios judiciales, las costumbres de los pájaros, Leonardo da Vinci, el asesinato de Sandhills, la elevación de los sueldos y el coste de la vida... Sí, escoge lo que quieras», repetí, «¡todo está en el Times!» Una vez más, con infinito cansancio, la mujer movió la cabeza a uno y otro lado hasta que, como una peonza agotada de tanto dar vueltas, la cabeza reposó sobre el cuello.

El Times no ofrecía protección contra un dolor como el de aquella mujer. Pero los otros seres humanos no permitían el establecimiento de comunicación. Lo mejor que cabía hacer contra la vida era doblar el periódico de manera que formara un perfecto cuadrado, crujiente, grueso, impermeable incluso a la vida. Después de hacerlo, levanté la vista rápidamente, protegida por un escudo exclusivamente mío. Pero la mujer atravesó mi escudo; me miró a los ojos como si buscara un sedimento de valentía en su fondo y lo mojara, convirtiéndolo en barro. Sólo su estremecimiento denegó toda esperanza, echó a un lado toda ilusión.

Y así, traqueteando, cruzamos Surrey y entramos en Sussex. Pero, por tener la vista fija en la vida, no vi que los otros pasajeros se habían apeado, uno a uno, dejándonos solas, con la salvedad del hombre que leía. Estábamos llegando a la estación de Three Bridges. Lentamente avanzamos junto al andén y nos detuvimos. ¿Nos dejaría solas el pasajero? Recé pidiendo las dos cosas; en último lugar, recé para que se quedara. Y, en aquel instante, el pasajero se levantó, estrujó el periódico despreciativamente, como si se tratara de un asunto liquidado, abrió con violencia la puerta y nos dejó solas.

La desdichada mujer, inclinándose un poco al frente, se dirigió pálida y descoloridamente a mí; habló de estaciones y de vacaciones, de hermanos en Eastbourne, y del tiempo del año, que era, lo he olvidado, principio o finales. Pero por fin, mirando a través de la ventana y sólo viendo, me di cuenta, vida, dijo con voz leve: «Vivir lejos, éste es el inconveniente...» Ah, ahora se acercaba la catástrofe: «Mi cuñada»; la amargura de su tono era como limón sobre hierro, y hablando, no a mí, sino para sí, musitó: «Tonterías, diría, esto es lo que todos dicen», y mientras hablaba rebullía como si la piel de su espalda fuera la de un ave desplumada en el escaparate de una pollería.

«Oh, ¡esa vaca!», exclamó con acento nervioso, como si la gran vaca de madera en el prado la hubiera escandalizado, salvándola así de una indiscreción. Después se estremeció, y efectuó aquel torpe movimiento angular que le había visto hacer antes, como si, después del espasmo, un punto situado entre los omóplatos le escociera o picara. Después, una vez más, adquirió el aspecto de la mujer más desdichada del mundo, y una vez más se lo afeé, aun cuando no con idéntica convicción, ya que, si concurriera alguna razón, y si yo hubiera sabido la razón, la causa de aquel estigma se encontraría fuera de la vida.

«Las cuñadas», dije...

Frunció los labios como si se dispusiera a escupir veneno sobre el mundo. Y fruncidos quedaron. Lo único que hizo fue coger un guante y frotar con él fuertemente una manchita en el vidrio de la ventanilla. Frotaba como si quisiera borrar algo para siempre jamás, una mancha, cierta indeleble contaminación. Pero, a pesar de tanto frote, realmente la mancha siguió allí, y la mujer volvió a hundirse en el asiento, con un estremecimiento, y torciendo el brazo de aquella manera que yo había ya llegado a esperar. Algo me impulsó a coger mi guante y frotar el vidrio de mi ventana. También había en él un puntito. Pero a pesar de los frotes, allí quedó. Y entonces el espasmo me estremeció; torcí el brazo y me rasqué la parte media de la espalda. También mi piel causaba la sensación que produce la húmeda piel de un pollo en el escaparate de una pollería; un punto entre los hombros me picaba y me irritaba, estaba húmedo, pelado. ¿Lo alcanzaría? Lo intenté subrepticiamente. La mujer me vio. Una sonrisa de infinita ironía, de infinita tristeza, pasó por su cara y desapareció. Pero la mujer había entrado en comunicación, había compartido su secreto, había transmitido su veneno. Ya no hablaría más. Reclinándome en mi rincón, protegiendo mis ojos de sus ojos, viendo sólo las laderas y los hoyos, los grises y los morados, del paisaje invernal, leí el mensaje de la mujer, descifré su secreto, lo leí bajo su mirada.

La cuñada de Hilda. ¿Hilda? ¿Hilda? Hilda Marsh, Hilda la lozana, la de abundante seno, la matrona. Hilda está en pie junto a la puerta, mientras el taxi se acerca, con una moneda en la mano. «Pobre Minnie, parece más que nunca un saltamontes... con el mismo abrigo que el año pasado. En fin, con dos hijos, en los presentes tiempos, no se puede hacer gran cosa. No, Minnie, ya lo tengo en la mano. Tome, taxista... No, Minnie, no lo permitiré. Entra, Minnie. ¡Claro que llevo el cesto, hasta contigo podría cargar!» Y así entran en el comedor. «Niños, la tía Minnie.»

Despacio, los cuchillos y los tenedores descienden de la alacena. Bajan (Bob y Barbara), ofrecen rígidos la mano, y vuelven a sentarse, mirando entre las masticaciones reanudadas. [Pero esto nos lo vamos a saltar; los adornos, las cortinas, la fuente de porcelana con tréboles, amarillos rombos de queso, blancos cuadrados de bizcocho... Nos lo saltamos pero, oh, ¡esperemos! A mitad del almuerzo, uno de aquellos estremecimientos; Bob la mira, con la cuchara en la boca. Pero Hilda le reprende: «Cómete el pudding, Bob. ¿Y a qué se debe este estremecimiento?» Saltémonoslo, saltémonoslo, hasta llegar al descansillo del piso superior; escaleras con barandilla de latón; linóleo desgastado; oh, sí; ¡pequeño dormitorio desde el que se ven los tejados de Eastbourne, tejados en zigzag, como la espina dorsal de las orugas, hacia aquí y hacia ella, a rayas rojas y amarillas, con pizarra negro azulada.] Ahora, Minnie, la puerta se ha cerrado; Hilda baja pesadamente a la planta baja; y tú desatas las correas del cesto, dejas sobre la cama un deslucido camisón, quedas en pie junto a unas zapatillas de felpa forradas de piel. El espejo... no, tú evitas el espejo. Dispones metódicamente las horquillas. ¿Habrá algo dentro del estuche de concha? Lo sacudes; es el mismo botón de nácar del año pasado. Y nada más. Y después el respingo, el suspiro, el sentarse junto a la ventana. Las tres de una tarde de diciembre, la llovizna, allá abajo un resplandor en el tragaluz de la pañería, otra luz en el dormitorio de una criada. Esta se apaga. Con eso, nada hay que mirar. Un momento de vacío... ¿En qué piensas pues? (Séame permitido mirarla, sentada ahí, ante mí; duerme o lo finge; por lo tanto, ¿en qué pensaría sentada junto a la ventana a las tres de la tarde? ¿En la salud, en el dinero, en las colinas, en su Dios?) Sí, sentada en el mismísimo borde de la silla, con la vista en los tejados de Eastbourne, Minnie Marsh reza a Dios. Nada hay que objetar; y también puede trotar el vidrio, como si quisiera ver mejor a Dios; pero, ¿a qué Dios ve? ¿Quién es el Dios de Minnie Marsh, el Dios de las callejas de Eastbourne, el Dios de las tres de la tarde? También yo veo tejados, veo cielo; pero, oh pobre de mí, ¡este ver Dioses! Se parece más al Presidente Kruger que al Príncipe Alberto. Esto es lo sumo a que llego, con respecto a él; y le veo sentado en una silla, con un chaqué negro, y no muy alto; puedo proporcionarle una nube o dos a la que estar subido; y su mano, reposando en la nube, sostiene una vara, ¿o será un garrote? —negro, grueso, con púas—, ¡un viejo bruto el Dios de Minnie! ¿Le mandó acaso el picor, la mancha y el estremecimiento? ¿Será por eso que Minnie reza? Lo que frota en la ventana es la mancha del pecado. ¡Minnie cometió un delito!

Puedo escoger entre varios delitos. Los bosques se deslizan y vuelan. En verano, aquí hay campanillas; y en los calveros, cuando la primavera llega, belloritas. ¿Fue una separación, hace veinte años? ¿Una promesa rota? ¡No la rompería Minnie!... Ella fue fiel. ¡Y cuánto cuidó a su madre! Se gastó todos sus ahorros en la lápida de la tumba, flores protegidas con vidrio, narcisos en jarras. Pero me estoy desviando. Un delito... Dirían que se guardó su dolor, que reprimió su secreto —su sexo, dirían— los hombres de ciencia. Pero, ¡qué tontería dar a Minnie la carga del sexo! No, lo siguiente es más probable. Pasando por las calles de Croydon hace veinte años, los círculos violeta de cinta en el escaparate de la pañería reluciendo a la luz eléctrica atrajeron su vista. Se detiene, han tocado las seis. Pero, si se da prisa, llegará a casa a tiempo. Empuja la puerta de vidrio con resortes. Es hora de ventas. Hay lisas bandejas rebosando cintas. Se detiene, tira de ésta, toquetea la otra con las rosas realzadas; no hace falta elegir, no hace falta comprar, y oada bandeja tiene sus sorpresas. «Hasta las siete no cerramos», y, después, realmente ya son las siete. Corre, se angustia, y llega a casa, pero llega tarde. Vecinos — el médico — el hermano lactante — el cazo — escaldado — hospital — muerto — ¿o acaso todo se debió únicamente a la fuerte impresión, y a ésta hay que culpar? ¡Los detalles nada importan! Es lo que Minnie lleva dentro; la mancha, el delito, lo que debe expiar, siempre allí, entre los omóplatos. «Sí», parece decirme con un movimiento afirmativo de la cabeza, «eso es lo que hice.»

No me importa que lo hicieras o lo que hicieras. No es esto lo que busco. El escaparate de la pañería con sus aros de violeta me basta; quizá sea un poco adocenado, un poco vulgar, habida cuenta de que puedo escoger delitos, aunque hay demasiados (miremos una vez más ahí, al frente —¡sigue durmiendo o fingiéndolo!, blanca, fatigada, cerrada la boca —un matiz de tozudez, más de la que cabría imaginar— sin rastro de sexo), tantos delitos no son tu delito; tu delito fue adocenado, y sólo el castigo fue solemne. Ahora se abre la puerta de la iglesia, el duro banco de madera la recibe, se arrodilla en las baldosas pardas. Todos los días, invierno, verano, ocaso, alba (y ahora está haciéndolo) reza. Todos sus pecados caen, caen, eternamente caen. La mancha los recibe. Es realzada, es roja, es ardiente. Y luego Minnie se estremece. Los niños pequeños la señalan con el dedo. «Hoy, Bob viene a almorzar.» Pero las mujeres entradas en años son lo peor.

Realmente, ahora ya no puedes seguir rezando. Kruger se ha hundido en las nubes —borrado cual por el líquido gris del pincel de un pintor, al que Kruger ha añadido un poco de negro—, incluso la punta del garrote ha desaparecido ahora. ¡Es lo que siempre pasa! Precisamente cuando se le consigue ver, sentir, llega alguien a interrumpir. Ahora es Hilda.

¡Cómo la odias! Incluso cierra con llave la puerta del cuarto de baño, por la noche, a pesar de que lo único que quieres es agua fría, y algunas veces, en las noches malas, parece que lavarse pueda aliviar. Y John a la hora del desayuno — los niños — las comidas son lo peor, y a veces hay amigos — los heléchos no los ocultan del todo — y también ellos lo adivinan. Por esto te vas al muelle, donde las olas son grises, y los papeles vuelan, y los cobijos de vidrio son verdes y con corrientes de aire, y las sillas valen dos peniques, que es demasiado, por cuanto en la arena forzosamente habrá predicadores. Ah, ahí aparece un negro, es un hombre divertido, es un hombre con cotorras, ¡pobres animalitos! ¿Es que no hay aquí nadie que piense en Dios? Precisamente ahí, arriba, encima del mueÚe, con su vara, pero no, nada hay salvo el gris del cielo o si es azul las nubes le ocultan, y la música —es música militar—, ¿y qué pescan?, ¿realmente atrapan algo? ¡Y cómo miran los niños! Y, después, bueno, volvamos a casa. «¡Volvamos a casa!» Las palabras tienen significado; hubiera podido decirlas el viejo con patillas, no, no, éste realmente no habló; pero todo tiene significado — las maderas con carteles apoyadas en los quicios de los portales — los nombres sobre los escaparates de las tiendas — fruta roja en cestos — cabezas de mujer en la peluquería — todo dice «¡Minnie Marsh!» Pero se produce una sacudida. «¡Los huevos van más baratos!» ¡Es lo que siempre ocurre! Estaba yo camino de arrojar a Minnie al agua, llevada por la locura, cuando Minnie da media vuelta y se me escapa por entre los dedos. Los huevos van más baratos. No hay para la pobre Minnie Marsh delito alguno, ni penas, ni rapsodias, ni enajenamientos entre cuantos se encuentran amarrados a las orillas del mundo, jamás llega tarde a almorzar, nunca la tormenta la ha pillado sin impermeable, nunca ha estado en la total ignorancia en lo tocante a la baratura de los huevos. Y así, llega a casa. Se frota las suelas de los zapatos.

¿Te he interpretado correctamente? Pero la cara humana, la cara humana encima de la más repleta hoja de letra impresa contiene más, retiene más. Ahora se abren los ojos, mira, y en los humanos ojos —¿cómo definirlo?— hay una ruptura, una división, igual que, cuando una agarra el tallo, la mariposa vuela — la mariposa nocturna que se pone al anochecer en la flor amarilla—, se va, al alzar la mano, lejos, hacia lo alto. No levantaré la mano. Estáte pues quieto, temblor, vida, alma, espíritu, lo que fueres, de Minnie Marsh — y yo también, sobre mi flor — el halcón sobre la colina — solo, o lo que fuere el valor de la vida. Un leve movimiento de la mano, ¡y se va arriba! Después se vuelve a posar. Sola, sin ser vista, viéndolo todo tan quieto ahí abajo, todo tan hermoso. Sin que nadie te vea, sin que importes a nadie. Los ojos de los demás son nuestras cárceles; sus pensamientos nuestras jaulas. Aire arriba, aire abajo. Y la luna y la inmortalidad... ¡Pero me caigo al césped! ¿También te has caído, tú, la que estás en el rincón, como sea que te llames, mujer, Minnie Marsh, o cualquier otro nombre parecido? Ahí está, pegada a su flor, abriendo el bolso del que saca una cascara vacía —un huevo— ¿y quién decía que los huevos iban más baratos? ¿Tú o yo? Fuiste tú quien lo dijo al regresar a casa, ¿recuerdas, cuando el anciano caballero de repente abrió el paraguas... o acaso estornudó? De todas maneras, el caso es que Kruger se fue, y tú «regresaste a casa» y te restregaste las suelas de los zapatos. Sí. Y ahora te pones sobre las rodillas un pañuelo en el que dejas caer pequeñas y angulosas porciones de cascara de huevo —fragmentos de un mapa—, un rompecabezas. ¡Me gustaría juntarlas! Si al menos te estuvieras quieta. Movió las rodillas; el mapa volvió a quedar fragmentado en porcioncillas. Por las laderas de los Andes los grandes bloques de mármol caen botando y rebotando y entrechocando, y aplastan y matan a una cuadrilla de muleros españoles, junto con su reata — el botín de Drake, oro y plata. Pero volvamos...

¿A qué, a dónde? Abrió la puerta, y poniendo el paraguas en el paragüero, como no podía dejar de ser; y también el aroma a buey procedente de abajo; punto, punto, punto. Pero no puedo eliminar tanto, lo que debo, baja la cabeza, cerrados los ojos, con la valentía de un regimiento y la ceguera de un toro, atacar y dispersar son, sin la más leve duda, las figuras detrás de los heléchos, los viajantes de comercio. Los he tenido escondidos ahí, durante todo este tiempo, con la esperanza de que, de una manera u otra, desaparecieran o, mejor todavía, aparecieran, tal como deben, si es que el relato ha de seguir adquiriendo riqueza y redondez, destino y tragedia, tal como deben los relatos, metiendo dentro de él a dos, cuando no tres, viajantes de comercio, y todo un campo de aspidistra. «El follaje de la aspidistra sólo parcialmente ocultaba al viajante de comercio...» Los ponsetias lo ocultarían del todo, y, de propina, me darían ese macizo de rojo y blanco que tanto ansio y tanto busco; pero ponsetias en Eastbourne, en diciembre, en la mesa de los Marsh... No, no, no me ateevo; todo ha de basarse en cortezas de pan, vinagreras, lechugas y helechos. Más adelante, quizá haya un momento junto al mar. Además siento, cosquilleándome agradablemente, a través de los verdes calados y por encima de la barrera de cristal tallado, el deseo de mirar y examinar disimuladamente al hombre ante mí —sólo puedo permitirme uno. ¿No será James Moggridge, a quien los Marsh llaman Jimmy? [Minnie, debes prometerme que no te estremecerás hasta que haya solucionado este asunto.] James Moggridge es viajante de comercio de —¿botones, por ejemplo?—, pero todavía no ha llegado el momento de meter los botones en la historia, grandes y pequeños en los largos cartones, algunos como ojos de perdiz, otros de oro mate, y los hay de coral y otros como piedrecillas, pero ya he dicho que no ha llegado aún el momento. Viaja, y el jueves es su día de Eastbourne, día en que come en casa de los Marsh. Su cara roja, sus menudos ojos grises de quieto mirar —en modo alguno totalmente vulgares—, su enorme apetito (esto elimina riesgos; ya que no mirará a Minnie, hasta que el pan haya absorbido toda la salsa), con la servilleta colgando en forma de rombo — esto es primitivo, y sea cual fuere el efecto que pueda producir al lector, no voy a picar en este cebo. Ahora pasemos a la familia de Moggridge, pongamos este asunto en marcha. Todos los domingos, el propio James se encarga de remendar los zapatos de su familia. Lee Truth, lee «la verdad». Pero, ¿cuál es su pasión? Las rosas — y su esposa es una enfermera de hospital retirada — interesante —, pero, por el amor de Dios, ¡séame permitido poner a una mujer con un nombre que me guste! Pero no; esta mujer pertenece a los hijos nonatos de la mente, es ilícita, aunque no por ello la amo menos, al igual que a mis rododendros. Cuántos son los que mueren en todas las novelas que se escriben: los mejores, los más amados, en tanto que Moggridge vive. La culpa la tiene la vida. Aquí tenemos a Minnie comiéndose el huevo, en este instante sentada ante mí, y al final de la fila — ¿hemos pasado ya por Lewes? — forzosamente ha de estar Jimmy — ¿ya qué se debe el estremecimiento de Minnie?

Forzosamente ha de estar Moggridge, por culpa de la vida. La vida impone sus leyes; la vida corta el camino; la vida está detrás del helécho; la vida es el tirano; ¡pero no el bruto dominante! No, por cuanto os aseguro que acudo voluntariamente, acudo impulsada por qué sé yo qué necesidad, por entre vinagreras y heléchos, mesa manchada y botellas mojadas. Acudo, sin poderme resistir, para alojarme en algún lugar de la firme carne, de la robusta espina dorsal, de cualquier lugar en el que pueda penetrar, en que pueda encontrar firme base, de la persona, del alma, de Moggridge el hombre. La enorme estabilidad de su estructura, la espina dorsal dura cual hueso de ballena, recta cual roble; las costillas irradiando ramas; la carne como lona tensa; sus rojos orificios; la succión y esponjamiento de su corazón; mientras que, de lo alto, la carne comestible cae en pardos cubos y la cerveza fluye, para que el hervor lo transforme todo en sangre... y así llegamos a los ojos. Detrás de la aspidistra, estos ojos ven algo: negro, blanco, desmañado; ahora, la fuente con la comida otra vez; detrás de la aspidistra ven a la mujer entrada en años; «la hermana de Marsh, prefiero a Hilda»; ahora el mantel. «Marsh seguramente sabe cuál es el problema de los Morris...», será cuestión de hablar del asunto; han traído el queso; la fuente otra vez; le da la vuelta, los enormes dedos; ahora la mujer sentada enfrente. «La hermana de Marsh, en nada se parece a Marsh; mujer vieja y desdichada... debiera quedarse en casa... Gran verdad, vive Dios, ¿y por qué se retuerce ahora? ¿Qué habré dicho? Oh, oh, oh... ¡esas mujeres entradas en años! Oh, oh...»

[Sí, Minnie, ya sé que te has estremecido, pero espera un momento — James Moggridge.]

«Oh, oh, oh...» ¡Cuan bello es este sonido! Como el golpe de un martillo en madera antigua, como el latir del corazón de un viejo ballenero, cuando se alza la mar gruesa y las nubes cubren el cielo. «Oh, oh...», qué campana ambulante para tranquilizar las almas de los inquietos, para solazarlas, para envolverlas en sábanas, diciéndoles «¡Hasta la vista! ¡Buena suerte!», y, después, «¿Qué desea usted?», por cuanto si bien es cierto que Moggridge hubiera sido capaz de despepitarse por ella, esto es ya cosa pasada, esto terminó. ¿Y qué viene a continuación? «Señora, va usted a perder el tren», porque los trenes no esperan. 

El hombre es así; este es el sonido que resuena; esto es la catedral de San Pablo y los autobuses. Pero ya estamos barriendo las migas. Oh, Moggridge, ¿no se queda? ¿Debe irse? ¿Va a recorrer Eastbourne, esta tarde, en uno de esos carritos? ¿Es usted ese hombre entre muros de cajas de cartón verdes, sentado a veces solemnemente, con mirada de esfinge, y siempre con aire sepulcral, con algo propio de pompas fúnebres, de ataúd y de ocaso, envolviendo al caballo y a quien lo lleva? Dígame... pero las puertas se han cerrado bruscamente. Jamás nos volveremos a ver. ¡Adiós, Moggridge!

Sí, sí, ya voy. A lo más alto de la casa. Me quedaré un momento. El barro da vueltas y revueltas en la mente... qué torbellino dejan estos monstruos tras sí, alzadas las aguas, las algas ondulándose, verdes aquí, negras allá, golpeando la arena, hasta que poco a poco los átomos vuelven a ordenarse, todo se sedimenta, los ojos vuelven a ver clara y serenamente, y a los labios acude una oración por los que se han ido, como una exequia para las almas de aquellos a los que se despide con un movimiento de la cabeza, aquellos a los que una jamás volverá a ver.

Ahora, James Moggridge ha muerto, se ha ido para siempre. Bueno, Minnie... «No puedo aguantarlo más.» Si esto dijo. (Voy a mirarla. Empuja la cascara de huevo por profundos declives.) Ciertamente lo dijo, apoyándose en la pared del dormitorio, y dando tirones a las pequeñas bolas que bordean la cortina de color de vino tinto. Pero, cuando el yo habla al yo, ¿quién habla?, el alma enterrada, el espíritu conducido a, a, a, la catacumba central; el yo que profesó y abandonó el mundo, un cobarde quizá, pero en cierta manera hermoso al deslizarse con su linterna arriba y abajo, inquieto, por los oscuros pasillos. «No puedo aguantarlo más», dice el espíritu de Minnie Marsh. «Ese hombre que ha venido a almorzar — Hilda — los niños.» ¡Oh, cielos, su sollozo! Es el espíritu llorando su destino, el espíritu llevado de aquí para allá, posándose en alfombras cada vez más pequeñas — pobres bases — encogidos restos de un universo que se desvanece: amor, vida, fe, marido, hijos, no sé qué esplendores y fiestas vislumbrados en la adolescencia de una mujer. «No es para mí, no es para mí.»

Pero, en este caso, ¿los mojicones y el viejo perro pelado? Debieran gustarme las esterillas de la cama y el consuelo de la ropa interior. Si Minnie Marsh fuera atropellada y trasladada al hospital, las enfermeras e incluso los médicos exclamarían... Ahí está el panorama y la visión, ahí está la distancia, el punto azul al final de la avenida, en tanto que, a fin de cuentas, el té es bueno, el mojicón está caliente, y el perro — «¡Benny, a tu cesto, caballerete, y verás lo que te ha traído tu mamá!» Y así, quitándote el guante con la punta del pulgar desgastada, desafiando una vez más a ese persistente demonio que incita a incurrir en círculos viciosos, renuevas tus fortificaciones, cosiendo la lana gris, pasándola y traspasándola.

Pasándola y traspasándola, del derecho y del revés, tejiendo una tela de araña a través de la cual ni el mismísimo Dios... ¡chitón, no pienses en Dios! ¡Cuan firmes son las puntadas! Has de estar orgullosa de tu manera de zurcir. Que nada la perturbe. Que la luz caiga suavemente, que las nubes revelen el tejido interno de la primera hoja verde. Que el gorrión se pose en la ramita y haga caer la gota de lluvia que colgaba de su extremo... ¿Para qué levantar la vista? ¿Fue un sonido, un pensamiento? ¡Oh, cielos! ¿Tendrás que volver a hacer lo que antes hacías, el vidrio con los aros violeta? Pero Hilda vendrá. Ignominias, humillaciones, ¡oh! Cierra esta brecha.

Después de haber remendado el guante, Minnie Marsh lo guarda en el bolso. Cierra el bolso con decidido ademán. Veo fugazmente su cara reflejada en el vidrio. Tiene los labios prietamente cerrados. Alta la barbilla. Después se ata los zapatos. Después se toca el cuello. ¿De qué es tu gargantilla? ¿De muérdago o de quilla de ave? ¿Y qué ocurre? O mucho me equivoco, o el pulso se ha acelerado, se acerca el momento, las amenazas se ciernen, la avalancha está ahí. ¡Ya ha llegado la crisis! ¡Que la fortuna te acompañe! Minnie desciende. ¡Valor, valor! ¡Da la cara, enfréntate con ello! ¡Por el amor de Dios no esperes sobre el felpudo! ¡Ahí está la puerta! ¡Estoy contigo! ¡Habla! ¡Enfréntate con ella, confunde su alma!

«¡Oh, mil perdones! Sí, es Eastbourne. Se la voy a bajar. Permítame.» [Pero, Minnie, a pesar de que mantenemos las apariencias, te he interpretado correctamente, y, ahora, estoy contigo.]

«¿No lleva más equipaje?»

«Muchas gracias, no, no llevo más.»

(Pero, ¿por qué miras alrededor? Hilda no vendrá a la estación, y John tampoco; y Moggridge está con su pequeño carruaje en el otro extremo de Eastbourne.)

«Esperaré junto a la maleta, señora, es lo más seguro. Dijo que vendría a recibirme... ¡Ahí está! Es mi hijo.»

Y se van juntos.

Realmente, estoy pasmada... ¡Realmente, Minnie, no eres tan loca como eso! Un joven desconocido... ¡Deteneos! Diré a este muchacho — ¡Minnie! — ¡Señorita Marsh! — pero, realmente, no sé... Algo raro hay en el vuelo de la capa de Minnie. Pero no es verdad, es indecente... Mira cómo se inclina el muchacho al llegar a la puerta de salida. Minnie encuentra el billete. ¿Qué hay de raro en ello? Salen, descienden juntos por la calle, el uno al lado del otro. En fin, ¡mi mundo ha quedado destruido! ¿Dónde estoy? ¿Qué sé? Esa no es Minnie. Moggridge no existe. ¿Quién soy? La vida ha quedado pelada como un hueso.

Y, sin embargo, la última imagen de los dos —él bajando de la acera, y ella siguiéndole al doblar la esquina del gran edificio— me llena de maravillada curiosidad, me arrastra de nuevo. ¡Misteriosas figuras! Madre e hijo. ¿Quién sois? ¿Por qué camináis calle abajo? ¿Dónde dormiréis esta noche, y dónde dormiréis mañana? ¡Oh, cómo gira y embiste, cómo me vuelve a poner a flote! Comienzo a caminar tras ellos. La gente pasa hacia aquí y hacia allá. La luz blanca destella y se extiende. Vidrios de escaparate. Claveles, crisantemos. Enredaderas en oscuros jardines. Carritos de leche ante las puertas. Vaya a donde vaya, misteriosas figuras, os veo doblando la esquina, madres e hijos: tú, tú, tú. Aprieto el paso, les sigo. Tengo la impresión de que esto sea el mar. Gris es el paisaje; mate cual ceniza; el agua murmura y se mueve. Si caigo de rodillas, si cumplo la ceremonia, el antiguo rito, sois vosotros, figuras desconocidas, a quienes yo adoro; si abro los brazos, vosotros sois a quienes abrazo, a quienes hacia mí atraigo, ¡mundo adorable!



En La casa encantada y otros cuentos
Traducción de Andrés Bosch
Barcelona, Lumen, 2° ed., 1983
Foto: Barbara Strachey, 1938 - bromide print (NPG, London)


25 sept. 2012

Virginia Woolf: Kew Gardens

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Del parterre ovalado quizá surgían cien tallos que se ramificaban en hojas en forma de corazón o de lengua, desde la mitad hacia arriba, y en su extremo superior se abrían pétalos rojos o azules o amarillos, con puntos de color realzados sobre su superficie; y de la penumbra roja, azul o amarilla se alzaba una recta barra a la que el polvillo dorado daba aspereza y cuya punta se hallaba levemente hinchada. Los pétalos tenían el volumen suficiente para que la brisa de verano los agitara, y, cuando se movían, las luces rojas, azules o amarillas pasaban cada una de ellas sobre las otras, tiñiendo una pulgada de la tierra parda, debajo, con una mancha del más intrincado color. La luz caía, ya sobre un suave guijarro gris negro, ya sobre la cascara de un caracol, con sus vetas castañas y circulares, o caía sobre una gota de lluvia, con lo que adquiría tal intensidad de rojo, azul y amarillo que las delgadas paredes de agua parecía fueran a reventar y desaparecer. Sin embargo, en menos de un segundo, la gota volvía a quedar gris plata una vez más, y ahora la luz se posaba sobre la carne de una hoja, revelando los hilos ramificados de las fibras bajo su superficie, y volvía a moverse, proyectando su iluminación en los vastos espacios verdes bajo la cúpula formada por las hojas en forma de corazón y en forma de lengua. Luego, la brisa soplaba un poco más fuerte en lo alto, y el color ascendía al aire, arriba, y a los ojos de los hombres y de las mujeres que pasean por Kew Gardens en julio.

Las figuras de estos hombres y de estas mujeres pasaban junto al parterre con un movimiento curiosamente irregular, no muy diferente a aquel de las mariposas blancas y azules que cruzaban volando en zigzag las zonas de césped, de un parterre a otro. El hombre caminaba unas seis pulgadas delante de la mujer, y con un aire distraído, en tanto que la mujer avanzaba con decisión, volviendo la cabeza de vez en cuando sólo para comprobar que los niños no se habían rezagado en exceso. El hombre iba adelantado, con respecto a la mujer, adrede, aunque quizás inconscientemente, debido a que quería pensar.

«Hace quince años, estuve aquí con Lily», pensó. «Nos sentamos no sé exactamente dónde, junto a un lago, y durante toda aquella ardiente tarde le supliqué que se casara oonmigo. La libélula daba vueltas y vueltas a nuestro alrededor. Con cuánta claridad veo a la libélula dando vueltas y la cuadrada hebilla de plata en la punta del zapato* de Lily. Mientras yo hablaba, veía el zapato de Lily, y cuando se movió con impaciencia supe, sin necesidad de alzar la vista, lo que me diría; toda ella parecía encontrarse en el zapato. Y todo mi amor, todo mi deseo estaban centrados en la libélula: no sé por qué razón pensaba que si la libélula se posaba allí, en aquella hoja, la hoja ancha, con una flor roja en medio, si la libélula se posaba en la hoja, Lily me diría sí inmediatamente. Pero la libélula siguió dando vueltas y vueltas, y no se posó en parte alguna, claro que no, felizmente no, ya que de lo contrario no estaría paseando aquí, con Eleanor y los chicos. Dime, Eleanor, ¿piensas alguna vez en el pasado?»

«¿Y por qué me lo preguntas, Simón?»

«Porque he estado pensando en el pasado. He estado pensando en Lily, la mujer con la que hubiera podido casarme... ¿Y por qué guardas silencio? ¿Te molesta que recuerde el pasado?»

«¿Y por qué ha de molestarme, Simón? ¿Acaso uno no piensa siempre en el pasado, cuando se encuentra en un parque con hombres y mujeres tumbados bajo las copas de los árboles? ¿No son nuestro pasado, cuanto de él queda, estos hombres y estas mujeres, estos duendes que yacen bajo los árboles... nuestra felicidad, nuestra realidad?» «Para mí, una cuadrada hebilla de plata, de un zapato, y una libélula...»

«Para mí, un beso. Imagina a seis niñas de corta edad, sentadas ante sus caballetes, hace veinte años, en la orilla de un lago, pintando los nenúfares, los primeros nenúfares rojos que había visto en mi vida. Y de repente un beso, ahí, en la nuca. Y la mano me tembló durante toda la tarde, de tal modo que no pude pintar. Extraje el reloj y decidí la hora en que me permitiría pensar en el beso, sólo cinco minutos —tan precioso era—, el beso de una vieja señora de cabello gris, con una verruga en la nariz, madre de todos los besos de mi vida. Vamos, Caroline, vamos, Hubert.»

Siguieron caminando, rebasaron el parterre, y ahora andaban los cuatro a la misma altura, y pronto su tamaño fue disminuyendo entre los árboles y parecían medio traslúcidos cuando la luz del sol y las sombras flotaron sobre sus espaldas, formando grandes manchas irregulares y temblorosas.

En el parterre ovalado, el caracol, cuya cascara había estado manchada de rojo, azul y amarillo por un período de dos minutos más o menos, se movía muy levemente dentro de su cascara, y a continuación comenzó a avanzar sobre los sueltos grumos de tierra, que se desplazaban y rodaban al pasar el caracol por encima de ellos. Parecía que el caracol tuviera una meta claramente definida ante él, y esperó durante un segundo, con sus cuernos temblorosos, como si deliberase, y luego se puso en marcha, rápida y sorprendentemente, en la dirección opuesta. Pardos acantilados con profundos lagos verdes al fondo, árboles planos cual hojas que se balanceaban desde las raíces a la cima, redondos peñascos grises, vastas y arrugadas superficies de frágil textura, todos estos objetos se encontraban en el camino por el que el caracol avanzaba, entre etapa y etapa, hacia su meta. Antes de que el caracol decidiera si dar la vuelta a la arqueada tienda de una hoja muerta o si pasar por ella, junto al parterre cruzaron pies de otros seres humanos.

En esta ocasión, los dos eran hombres. El más joven de los dos tenía una expresión de calma quizás extraña, poco natural. Levantó los ojos y miró muy fijamente al frente, mientras su compañero hablaba, e inmediatamente después de que su compañero hubiera hablado, volvió a mirar al suelo, y a veces abría los labios, aunque sólo después de una larga pausa, y otras veces no los abría. El hombre mayor caminaba de manera curiosamente irregular, lanzando violentamente la mano al frente y echando con brusquedad la cabeza atrás, al modo del caballo de tiro impaciente de tanto esperar ante una casa. Pero, en el hombre, estos movimientos eran indecisos e inútiles. Hablaba casi sin cesar, sonreía para sí, y de nuevo comenzaba a hablar, como si su sonrisa hubiera sido una respuesta. Hablaba de espíritus, de los espíritus de los muertos que, según él, incluso en aquellos momentos, le contaban toda suerte de cosas raras, referentes a sus experiencias en el cielo.

«Los antiguos daban al cielo, William, el nombre de Tesalia, y ahora, con esta guerra, la materia espiritual rueda por entre las montañas cual el trueno.» Hizo una pausa, pareció escuchar, sonrió, echó la cabeza atrás, y prosiguió: «Cojamos una pequeña batería eléctrica y una porción de caucho para aislar el hilo —¿aislar, se dice?—, en fin, más valdrá que nos saltemos los detalles, de nada sirve entrar en detalles que no serían comprendidos, y, en resumen, la maquinita se coloca, en la debida posición, digamos que a la cabecera de la cama, sobre un limpio soporte de caoba. Todo ello debidamente ejecutado por obreros bajo mi dirección, y entonces la viuda aplica el oído e invoca al espíritu mediante la seña convenida. ¡Las mujeres! ¡Las viudas! Mujeres vestidas de negro...»

En este momento, el hombre causó la impresión de haber divisado a lo lejos un vestido de mujer, que, en la sombra, parecía negro morado. El hombre se quitó el sombrero, se puso la mano sobre el corazón, y avanzó presurosamente hacia la mujer murmurando palabras y gesticulando febrilmente. Pero William le cogió por la manga y tocó una flor con la punta de su bastón, con la finalidad de distraer la atención del viejo. El viejo, después de mirar la flor durante unos instantes, en cierto estado de confusión, acercó la oreja a la flor, y pareció contestar a una voz salida de la flor, por cuanto el hombre comenzó a hablar de los bosques del Uruguay, que había visitado cientos de años atrás, en compañía de la más bella mujer de Europa. Se le oía murmurar acerca de los bosques del Uruguay, cubiertos de tropicales rosas con pétalos de cera, con ruiseñores, playas, sirenas y mujeres ahogadas en el mar, mientras permitía que William le hiciera seguir su camino, en tanto que, en la cara de William, la expresión de estoica paciencia se hacía, lentamente, más y más profunda.

Siguiendo los pasos de este hombre tan de cerca que sus ademanes las intrigaban levemente, venían dos mujeres entradas en años, de la clase media baja, una de ellas robusta y corpulenta y la otra con las mejillas sonrosadas y cuerpo leve. Cual la mayoría de las personas de su condición, quedaban francamente fascinadas por todo signo de excentricidad que indicara un desorden de la mente, especialmente en las personas de desahogada posición. Sin embargo, no estaban lo bastante cerca para saber con certeza si aquellos ademanes eran meramente excéntricos o propios de un loco de veras. Después de haber examinado, en silencio, y durante un momento, la espalda del viejo, y de haber intercambiado una extraña y disimulada mirada, prosiguieron enérgicamente la tarea de ir componiendo su muy complicado diálogo:

«Nell, Bert, Lot, Cess, Phil, Pa, dice, yo digo, ella dice, yo digo, yo digo...»
«Mi Bert, Sis, Bill, el abuelo, el viejo, azúcar,
azúcar, harina, arenques, verduras,
azúcar, azúcar, azúcar.»

La corpulenta miró, a través de las formas de las palabras que caían, las flores frescas, firmes y rectamente arraigadas en la tierra, con curiosa expresión. Las contemplaba como el durmiente que, al despertar de un profundo sueño, ve un candelabro de bronce reflejando la luz de manera extraña, y que cierra los ojos y los vuelve a abrir, y vuelve a ver el candelabro, con todos sus sentidos. Y la pesada mujer se detuvo ante el parterre ovalado, e incluso dejó de fingir que prestaba atención a lo que la otra mujer decía. Se quedó allí, permitiendo que las palabras cayeran sobre ella, balanceando lentamente la parte superior del cuerpo hacia delante y hacia atrás, fija la vista en las flores. Después propuso sentarse y tomar el té. Ahora el caracol había estudiado todos los métodos posibles de llegar a su meta, sin tener que rodear la hoja, ni subirse a ella. Prescindiendo del esfuerzo preciso para trepar sobre una hoja, era dudoso que la delgada textura que vibraba con tan alarmante crujido, incluso cuando el caracol la tocaba con la punta de sus cuernos, pudiera soportar su peso. Por esto, el caracol decidió, al fin, pasar por debajo de la hoja, ya que había un lugar en el que la hoja se curvaba hasta alzarse del suelo a una altura que permitía el paso del caracol. Acababa, el caracol, de meter la cabeza en la apertura, y estaba examinando el alto techo pardo, y se estaba habituando a la fresca luz parda, cuando dos personas más pasaron por el césped. En esta ocasión ambas personas eran jóvenes, un hombre joven y una mujer joven. Se hallaban ambos en la flor de la vida, e incluso, quizá, en aquella edad que precede a la flor de la vida, la edad anterior al momento en que los suaves y sonrosados pétalos prietos de la flor rompen su elástica envoltura, la edad en que las alas de la mariposa, a pesar de estar plenamente desarrolladas, permanecen inmóviles al sol.

«Suerte tenemos que no sea viernes», dijo él.

«¿Por qué? ¿Crees en la suerte?»

«Los viernes hacen pagar seis peniques.»

«¿Y qué son seis peniques? ¿Es que esto no vale seis peniques?»

«¿Qué es esto, qué significaba esto?»

«Bueno, cualquier cosa — quiero decir — bueno, ya sabes lo que quiero decir.»

Largas pausas mediaron entre las frases de uno y otro; fueron pronunciadas en voces monótonas. La pareja se estaba quieta, junto al parterre, y los dos, juntamente, oprimieron la sombrilla de la muchacha, haciendo penetrar profundamente su punta en la tierra suave. El hecho de que la mano del joven estuviera encima de la mano de la joven expresaba los sentimientos de ambos de una extraña manera, como si aquellas breves e insignificantes palabras también expresaran algo, palabras con cortas alas en proporción con su pesado cuerpo de significado, insuficientes para llevarlas lejos, por lo que se posaban torpemente sobre los muy comunes objetos a su alrededor, y que eran, a su inexperto tacto, excesivamente densas, pero ¿quién sabe (así pensaban, mientras oprimían la sombrilla contra la tierra) los precipicios que quizás en ellas se oculten, o las laderas de hielo que resplandecen al sol al otro lado? ¿Quién sabe? ¿Quién lo ha visto, con anterioridad? E incluso cuando ella preguntó qué clase de té darían en Kew Gardens, él sintió que algo se alzaba detrás de las palabras, algo que se cernía, vasto y sólido, detrás de las palabras; y la niebla muy lentamente se disipó, revelando —oh, cielos, ¿qué eran aquellas formas?— mesillas blancas y camareras que lo miraban primero a él, y luego a ella; y había una cuenta que él pagaría con una verdadera moneda de dos chelines, y era verdadero, todo verdadero, se aseguró a sí mismo, mientras toqueteaba la moneda en el bolsillo, verdadero para todos, salvo para él y para ella; incluso a él comenzó a parecerle verdadero; y, entonces... pero la intensa excitación no le permitía seguir en pie pensando, y arrancó de la tierra la sombrilla, de un tirón, y sintió impaciencia por ir al lugar en donde se tomaba té con otra gente, igual que la otra gente.

«Vamos, Trissie, es la hora de tomar el té.»

«¿Y dónde se toma el té?», preguntó la muchacha con un sumamente extraño temblor de excitación en la voz, mirando vagamente alrededor, y dejándose arrastrar por el sendero de hierba, arrastrando la sombrilla, volviendo la cabeza hacia aquí y hacia allá, olvidándose del té, con el deseo de ir allá y después de ir allá, con el recuerdo de orquídeas y geranios entre flores silvestres, de una pagoda china o de un pájaro de cresta carmesí; pero el muchacho la arrastraba.

De esta manera, pareja tras pareja, todas con muy parecidos movimientos irregulares y carentes de propósito, pasaron junto al parterre, y fueron envueltas, capa tras capa, en vapor azulenco verdoso, en el que, al principio, sus cuerpos tenían substancia y un toque de color, pero luego tanto la substancia, como el color, se disolvía en la atmósfera azulencoverdosa. ¡Qué calor hacía! Tanto que incluso el tordo prefirió saltar, como un pájaro mecánico, a la sombra de las flores, con largas pausas entre un movimiento y el otro; en vez de trasladarse en vago vuelo de un lugar a otro, las blancas mariposas danzaban unas sobre otras, trazando con sus móviles alas blancas la línea de una rota columna de mármol sobre las más altas flores; las techumbres de vidrio del invernadero de las palmeras relumbraban como si todo un mercado repleto de relucientes paraguas verdes se hubiera abierto al sol; y en el zumbido del avión la voz del cielo de verano murmuraba su alma altiva. Amarillo y negro, rosa y blanco de nieve, formas de todos estos colores, hombres y mujeres y niños, quedaban delineados durante un segundo en el horizonte, y luego, al ver la extensión de amarillo proyectada sobre el césped, vacilaban y buscaban la sombra bajo las copas de los árboles, disolviéndose como gotas de agua en la atmósfera amarilla y verde, que manchaban levemente de rojo y de azul. Parecía que todos los materiales y pesados cuerpos se hubieran hundido inmóviles en el calor, y yacieran amontonados en el suelo, pero sus voces seguían surgiendo vacilantes de ellos, como llamas ondulantes nacidas en los cuerpos de densa cera de las velas. Voces. Sí, voces. Voces sin palabras, rompiendo bruscamente el silencio con un contento profundo, con grandemente apasionado deseo, o, en las voces de los niños, con fresca sorpresa. ¿Rompiendo el silencio? Pero no había silencio; en todo momento giraban las ruedas de los autobuses y su motor cambiaba la marcha; como un vasto nido de cajas chinas, todas ellas de hierro forjado, girando sin cesar cada cual dentro de la otra, la ciudad murmuraba; y en lo alto de ella, las voces gritaban y los pétalos de miríadas de flores lanzaban sus colores al aire.


En La casa encantada y otros cuentos
Traducción de Andrés Bosch
Barcelona, Lumen, 2° ed., 1983
Foto: VW (née Stephen) by Lady Ottoline Morrell, 1926 (NPG, London)

26 ene. 2012

Ernesto Schoo: Encuentro de Virginia Woolf y George Bernard Shaw

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Hace años que vengo leyendo los "Diarios" de Virginia Woolf. Me lleva tanto tiempo porque son cinco tupidos tomos, en la edición de bolsillo de Penguin, 1982-87, editados por su sobrino, Quentin, y la mujer de éste, Anne Olivier Bell. En el tercer volumen, que abarca de 1925 a 1930, Virginia se ve obligada por cortesía y contra su voluntad , a asistir a un garden-party ofrecido por el célebre economista John Maynard Keynes (1883-1946) y su mujer, que había pertenecido a los Ballets Rusos de Diaghileff, Lydia Lopokova, en su casa en Londres, 46 Gordon Square. La fecha es el 19 de diciembre de 1929.

Allí, Virginia se encuentra con George Bernard Shaw. Ella cumpliría, el 25 de enero de 1930, 48 años; él tiene en ese momento 63 años y es, sin duda, el más famoso de los dos, aunque Virginia ya ha publicado "Al faro", "La señora Dalloway", "Orlando", y su ensayo "Un cuarto propio". La anotación en el "Diario" comienza con esta frase de Shaw : "En toda mi vida no he escrito otra cosa que poesía". La Woolf no dice nada y él continúa (hablar de sí mismo le fascinaba, como a casi todo el mundo): "Alguien ha escrito un libro demostrando cómo, con la simple alteración de una palabra o dos, todo un acto de mi obra «El dilema del doctor» es rimado. En verdad, mi gusto por rimar es tan fuerte que el otro día, cuando tuve que copiar una página de Wells, en la mitad mi pluma se detuvo. Yo estaba deseando escribir con mi propio ritmo, pero hasta ese momento ignoraba cuán fuerte es esa tendencia en mí. La mejor de mis obras es «Heartbreak House». La escribí después de encontrarme con usted y su marido en casa de los Webb, en Sussex. Acaso usted la inspiró".

Virginia, que solía alarmar a sus amigos por su franqueza, le dice a su interlocutor: "Pero usted escribe en irlandés, señor Shaw" (GBS había nacido en Irlanda). "Sí - le contesta él, sin molestarse - y lo mismo pasaba con George Moore, de quien Emile Zola me dijo un día que era el mayor novelista inglés" (Moore, 1852-1933, es considerado un escritor menor, más conocido como personaje pintoresco de la bohemia de París, donde pasó casi toda su vida y alternó en los cafés con los impresionistas y con Oscar Wilde). Prosigue Shaw: "Estoy recopilando mis trabajos. Descubrí que he escrito millones de palabras sobre el teatro, como crítico. No sé qué hacer con todo eso. Mi mujer quiere que no lo incluya en las obras completas, pero a mí me parece que es una curiosa visión de aquellos tiempos. ¡Me avergüenza pensar que alguna vez pude escribir tan mal! La colección se limitará a veintiún tomos. Se van a vender en los Estados Unidos con diferentes encuadernaciones. Algunas en cuero, carísimas; otras, mucho más baratas. No soy modesto, pero yo mismo me sonrojé ante lo que tuve que escribir como publicidad, para mis editores. Cosas como «esencial para cada hogar» y otras por el estilo".


* * *


Según el diario de Virginia, a continuación GBS hace una declaración inesperada, aunque evidentemente dirigida a ella, conocida por su lucha a favor de la emancipación de la mujer ("Un cuarto propio"): "Yo pienso que, digamos, entre doce personas siempre habrá tres mujeres tan inteligentes como los hombres. Lo que siempre les he dicho a las mujeres es que se dirijan a las instituciones del gobierno. No insistan en el voto, busquen representantes. Las mujeres son mucho más entusiastas en el trabajo que los hombres. Hacen cosas. Los hombres se la pasan chismorreando en el club".

Virginia lo halaga: "Pero usted ha hecho más que nadie por nosotras. Gracias a usted, mi generación es diferente".

Virginia se suicidó el 28 de marzo de 1941, ahogándose en el río Ouse. GBS murió en su cama el 2 de noviembre de 1950.







En La Nación, 18 de marzo de 2006



22 sept. 2011

Virginia Woolf - La mancha en la pared

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Quizá fue a mediados de enero del presente año cuando levanté la vista y vi por primera vez la mancha en la pared. A fin de concretar el día es preciso recordar lo que una vio. Por esto, ahora, pienso en el fuego, la constante película de luz amarilla sobre la página del libro, los tres crisantemos en el redondeado cuenco de vidrio sobre la repisa de la chimenea. Sí, seguramente era invierno, y acabábamos de tomar el té, por cuanto recuerdo que fumaba un cigarrillo, cuando levanté la vista y vi la mancha en la pared por primera vez. Levanté la vista, a través del humo del cigarrillo, y mi vista se fijó durante unos instantes en los carbones ardiendo, y a la mente me vino aquella vieja fantasía de la bandera roja ondeando en lo alto de la torre del castillo, y pensé en la cabalgata de los caballeros rojos ascendiendo por la ladera de la negra roca. Con cierto alivio por mi parte, la visión de la mancha interrumpió mi fantasía, ya que se trata de una fantasía vieja, mecánica, quizá nacida en mi infancia. La mancha era pequeña y redonda, negra sobre el blanco de la pared, situada seis o siete pulgadas más arriba de la repisa de la chimenea. 

Con cuánta rapidez se arremolinan nuestros pensamientos alrededor de un objeto nuevo, levantándolo un poco, de la misma manera en que las hormigas transportan una pajilla muy febrilmente, y luego la abandonan... Si aquella mancha era una marca dejada por un clavo, el clavo no pudo ser colocado allí para colgar un cuadro, sino para una miniatura, la miniatura representando a una señora de blancos rizos empolvados, empolvadas mejillas y labios como claveles rojos*. Una falsificación, desde luego, por cuanto la gente que vivía en esta casa antes que nosotros hubiera escogido pinturas así, una vieja pintura para una vieja estancia. Era gente así, gente muy interesante, y si pienso en ella tan a menudo y en tan extraños lugares, ello se debe a que jamás la volveré a ver, ni sabré qué fue de ella. Dejaron esta casa porque querían cambiar el estilo de sus muebles, eso fue lo que él dijo, y estaba, él, en trance de decir que, a su parecer, el arte debe tener ideas detrás, cuando fuimos separados, tal como se queda separado de la vieja dama en trance de verter el té y del joven a punto de golpear la pelota de tenis en el jardín trasero de la villa en el barrio residencial, cuando se pasa rápidamente en tren. 

Pero, en lo referente a la mancha, realmente no estoy segura. A fin de cuentas, no creo que fuera una marca dejada por un clavo; era demasiado grande, demasiado redondeada. Hubiera podido levantarme, pero si me levantaba y la miraba, había diez probabilidades contra una de que no supiera averiguarlo con certeza; debido a que, cuando se hace una cosa, una nunca sabe cómo ocurrió. Oh, sí, el misterio de la vida, la inexactitud del pensamiento... La ignorancia de la humanidad... Para demostrar cuan poco dominio tenemos sobre nuestras posesiones —cuan accidental es nuestro vivir, después de tanta civilización—, séame permitido enumerar unas pocas cosas entre todas las que perdemos a lo largo de nuestra vida, comenzando por la pérdida que siempre me ha parecido la más misteriosa entre todas: ¿qué gato es capaz de masticar o qué ratón es capaz de roer, tres estuches azul pálido de herramientas para encuadernar libros? Luego vinieron los casos de las jaulas de pájaros, de los aros, de hierro, de los patines metálicos, del recipiente para carbón estilo Reina Ana, del tablero de bagatela, del organillo... todo ello desaparecido, y también las joyas. Ópalos y esmeraldas, enterrados están entre las raíces de los nabos. ¡Qué difícil e irritante asunto es la certeza! Lo increíble es que lleve ropas puestas y esté rodeada de sólidos muebles en este instante. En realidad, si se quiere comparar la vida a algo, debe compararse a que la lancen a una por el túnel del metro a cincuenta millas por hora, para acabar en el otro extremo, sin siquiera una horquilla en el pelo. ¡Que la lancen a una a los pies de Dios totalmente desnuda! ¡Cruzar, rodando los prados de asfódelo igual que los paquetes de papel castaño son lanzados por el tobogán en correos! Con el cabello al viento, como la cola de un caballo de carreras. Sí, esto parece expresar la rapidez de la vida, el perpetuo destrozo y reparación, todo tan al azar, tan sin sentido... 

Pero después de la vida. El lento arrancar gruesos tallos verdes, de manera que el cáliz de la flor, al inclinarse, no arroje sobre una un diluvio de luz roja y morada. A fin de cuentas, ¿por qué no habría una de nacer allá, tal como nació aquí, indefensa, sin habla, incapaz de centrar la vista, a tientas entre las raíces del césped, entre los dedos de los pies de los Gigantes? Y en lo tocante a decir lo que son árboles, lo que son hombres y mujeres, o si semejantes entes existen, no se estará en condiciones de hacerlo en el curso de cincuenta años aproximadamente. No habrá nada, salvo espacios de luz y de tinieblas, cruzados por recias vallas, y quizá, bastante arriba, manchas en forma de rosa de confuso color —oscuros rosados y azules— que, al paso del tiempo, se harán menos confusas, se convertirán en... No sé en qué. 

Pero esa mancha en la pared no es un agujero, ni mucho menos. Puede haber sido causada por una sustancia redonda y negra, como un pequeño pétalo de rosa, resto del pasado verano, ya que no soy un ama de casa muy esmerada —y, como demostración, basta mirar, por ejemplo, el polvo en la repisa del hogar, polvo que, según dicen, enterró a Troya tres veces, y sólo algunos fragmentos de cerámica se resistieron a ser aniquilados, lo cual parece cierto. 

El árbol junto a la ventana golpea muy levemente el vidrio... Quiero pensar tranquilamente, en calma, anchamente, sin ser jamás interrumpida, sin tenerme que levantar jamás del sillón, deslizarme fácilmente de una cosa a otra, sin sensación de hostilidad, de obstáculos. Quiero hundirme más y más, lejos de la superficie, con sus duros y separados hechos. Para tranquilizarme, voy a fijarme en la primera idea que se me ocurra... Shakespeare... Importa tanto como cualquier otro. Un hombre que se sentaba firmemente en un sillón, y contemplaba el fuego, de modo que... un diluvio de ideas caía perpetuamente desde un cielo muy alto sobre su mente. Apoyaba la frente en la palma de la mano, y la gente miraba por la puerta abierta, ya que esta escena ocurre, supuestamente, en una noche de invierno... Pero cuan aburrido es esto, esta novela histórica... No me interesa nada. Me gustaría encontrar unos pensamientos agradables, unos pensamientos que fueran un camino que indirectamente me reportara prestigio, ya que éstos son los pensamientos más agradables, y se encuentran muy a menudo incluso en la mente de la gente de modesto color ratonil, que sinceramente cree que no le gusta oír que les canten alabanzas. No son pensamientos que la alaben a una directamente; esto es lo bueno. Todos ellos son pensamientos como el siguiente: 

«Entonces entré en el cuarto. Estaban hablando de botánica. Dije que había visto una flor que crecía en un montón de tierra, en el solar de una vieja casa de Kingsway. La semilla, dije, seguramente fue sembrada durante el reinado de Carlos I. ¿Qué flores había en el reinado de Carlos I?» Esta fue mi pregunta. (Pero no recuerdo la contestación.) Altas flores con bolas moradas quizás. Y así sucesivamente. Todo el tiempo no hago más que evocar mi figura en mi mente, amorosamente, furtivamente, sin adorarla a las claras, ya que, si lo hiciera, me reprimiría, e inmediatamente alargaría la mano en busca de un libro para protegerme a mí misma. De hecho, es curioso ver cuan instintivamente una protege de la idolatría a la propia imagen, así como de cualquier otro tratamiento que pudiera ponerla en ridículo, o que la alejara tanto del original que no se pudiera creer en ella. ¿O quizá no sea tan curioso, a fin de cuentas? Desde luego, es asunto de gran importancia. Cuando el espejo se rompe, la imagen desaparece, y la romántica figura, rodeada de un bosque de verdes profundidades, deja de existir, y sólo queda la cascara de aquella persona que es lo que los demás ven, ¡y cuan sofocante, superficial, pelado y abrupto se vuelve el mundo! Un mundo en el que no se puede vivir. Cuando nos miramos los unos a los otros en los autobuses o en los vagones del metro, miramos el espejo; y esto explica la vaguedad y el vidriado brillo de nuestros ojos. Y en el futuro los novelistas se darán más y más clara cuenta de la importancia de estos reflejos, por cuanto, desde luego, no hay un solo reflejo, sino un número infinito de ellos. Estas son las profundidades que explorarán, éstos son los fantasmas que perseguirán, apartándose más y más de la descripción de la realidad, en sus historias, dando por supuesto el conocimiento de ellas, tal como hacían los griegos y quizá Shakespeare... Pero estas generalizaciones carecen de todo valor. Traen a la memoria artículos de fondo, ministros del gobierno; en realidad, toda una clase de cosas que, en la infancia, pensábamos eran la cosa en sí misma, la cosa clásica, la cosa real, de la que una no se podía apartar sin riesgo de una condena sin nombre. No sé por qué razón, las generalizaciones evocan los domingos en Londres, los paseos de la tarde del domingo, los almuerzos del domingo, y también maneras de hablar de los muertos, así como las ropas y las costumbres, como la costumbre de estar todos reunidos en una estancia, sentados, hasta cierta hora, a pesar de que a nadie le gustaba. Para todo había una norma. La norma referente a los manteles, en aquel período determinado, decía que debían ser bordados, con pequeños compartimentos amarillos, como los que se ven en las fotografías de las alfombras que cubren los pasillos de los palacios reales. Los manteles de diferente especie no eran manteles verdaderos. Cuan sorprendente y, al mismo tiempo, cuan maravilloso fue descubrir que esas cosas verdaderas, los almuerzos del domingo, los paseos del domingo, las casas de campo y los manteles no eran totalmente reales, que en el fondo eran medio fantasmales, y que la condena que recaía sobre el que se mostraba incrédulo ante ellas sólo consistía en una sensación de libertad ilegítima. Y me pregunto qué es lo que ahora ocupa el lugar de aquellas cosas, aquellas cosas corrientes, reales. Un hombre quizá debiera ser una mujer; el masculino punto de vista que gobierna nuestro vivir, que ha sentado la norma, que ha establecido la Tabla de Precedencia del Whitaker, que se ha convertido, a mi parecer, después de la guerra, en su mitad fantasmal para los hombres y para las mujeres, que pronto, cabe esperar, será arrojada entre risas al cubo de la basura al que van a parar los fantasmas, los aparadores de caoba, los grabados de Landseer, los dioses y los demonios, etcétera, dejándonos con un ilegítimo sentido de libertad. Si es que la libertad existe... 

Bajo ciertas luces, la mancha en la pared parece surgir de la pared. No es totalmente circular. No estoy segura, pero parece proyectar una visible sombra, de manera que, si pasara el dedo por esta parte de la pared, el dedo ascendería y descendería sobre un pequeño promontorio, como aquellos que se ven en los South Downs y que son, según se dice, cementerios o castros. De entre una cosa y otra, preferiría que fueran tumbas, por cuanto me gusta la melancolía al igual que a la mayoría de los ingleses, y me parece natural, al término de una paseata, pensar en los huesos enterrados bajo la hierba... Seguramente hay un libro que trata del asunto. Algún anticuario habrá desenterrado esos huesos y les habrá dado nombre... ¿Y qué clase de hombre es un anticuario? Me atrevería a decir que, en su mayoría, son coroneles retirados, al mando de ancianos obreros allí, arriba, que examinan piedras y grumos de tierra, y que entablan correspondencia con los clérigos de la vecindad, lo cual, debido a que abren las cartas a la hora del desayuno, les da sensación de importancia, y la comparación de puntas de flecha exige efectuar viajes a través de los contornos para ir a las poblaciones cabezas de partido, agradable necesidad, tanto para los clérigos como para sus esposas ya entradas en años que desean hacer jalea de ciruela o limpiar el estudio, y tienen muy buenas razones para mantener en estado de perpetua duda la cuestión de si es cementerio o castro, mientras el coronel se siente placenteramente filosófico, al acumular pruebas en uno y otro sentido. Cierto es que, a fin de cuentas, el coronel prefiere creer que se trata de un castro. Y, al ser su tesis contradicha, el coronel pergeña un folleto que se dispone a leer en la reunión trimestral de la sociedad local, cuando la apoplejía le ataca, y su último pensamiento consciente no se centra en su mujer, ni en sus hijos, sino en el castro y en la punta de flecha, que ahora se encuentra en una vitrina del museo de la localidad, juntamente con el pie de una asesina china, un puñado de clavos de los tiempos de Isabel I, gran número de pipas de barro Tudor, una jarra romana y el vaso en que Nelson bebió... algo que no sé. 

No, no, nada está demostrado, nada se sabe. Y si ahora me levantara, en este mismo instante, y comprobara que la marca en la pared es realmente —¿qué voy a decir?— la cabeza de un viejo y gigantesco clavo, clavado hace doscientos años, que ahora, gracias al paciente desgaste producido por largas generaciones de criadas, ha asomado la cabeza por la capa de pintura, y tiene la primera impresión de la vida moderna, en esta estancia de paredes pintadas de blanco e iluminada por el fuego del hogar, ¿qué ganaría, yo, con ello? ¿Conocimientos? ¿Más posibilidades de elaborar hipótesis? Sentada, soy tan capaz de pensar como en pie. ¿Y qué es el conocimiento? ¿Qué son nuestros hombres eruditos sino los descendientes de brujas y ermitaños que vivían agachados en cuevas y bosques, cociendo hierbas e interrogando a ratones campestres, y consignando el lenguaje de las estrellas? Y además menos honores les rendimos, a medida que nuestras supersticiones menguan, y que nuestro respeto por la belleza y la salud de la mente aumenta... Sí, cabe imaginar un mundo muy agradable. Un mundo tranquilo y amplio, con flores muy rojas y azules en los campos bajo el cielo. Un mundo sin profesores ni especialistas ni caseros con perfil de policía, un mundo que se pudiera cortar con el pensamiento tal como el pez corta el agua con sus aletas, rozando los tallos de los nenúfares, quedando suspendido sobre conglomerados de blancos huevos marinos... De cuanta paz se goza en este fondo, enraizados en el centro del mundo, y mirando hacia lo alto, a través de las aguas grises, con sus bruscos rayos de luz, y con sus reflejos... ¡si no fuera por el Almanaque de Whitaker!, ¡si no fuera por su Tabla de Precedencias! 

Debo ponerme en pie de un salto y ver por mí misma qué es realmente esta marca en la pared, ¿un clavo, un pétalo de rosa, una grieta en la madera? 

Y aquí tenemos a la naturaleza jugando una vez más al viejo juego de la autoconservación. La naturaleza se da cuenta de que esta clase de pensamiento no hace más que amenazar con un derroche de energías, incluso con cierta colisión con la realidad, por cuanto, ¿quién se atreverá jamás a alzar un dedo contra la Tabla de Precedencias de Whitaker? Detrás del Arzobispo de Canterbury va el Lord Presidente de la Cámara de los Lores; y el Lord Presidente de la Cámara de los Lores va seguido por el Arzobispo de York. Siempre hay alguien que va detrás de alguien, según la filosofía de Whitaker; y lo más importante es saber quién va detrás de quién. Whitaker sabe, y tú deja, aconseja la naturaleza, que esto te consuele, en vez de enfurecerte; y si no puedes quedar consolada, si tienes que destruir esta hora de paz, piensa en la mancha en la pared.

Comprendo el juego de la naturaleza, su invitación a actuar, a fin de poner término a todo pensamiento que amenace con excitar o causar dolor. De ahí, supongo, surge nuestro desprecio por los hombres de acción: hombres, presumimos, que no piensan. De todas maneras, nada malo hay en poner punto final a los pensamientos desagradables, por el medio de mirar una mancha en la pared. 

Realmente, ahora que he fijado la vista en la mancha, tengo la sensación de haberme asido a una tabla en el mar, siento una satisfactoria impresión de realidad que inmediatamente convierte a los dos arzobispos y al Lord Presidente de la Cámara de los Lores en proyecciones de sombras. Aquí hay algo definido, algo real. De la misma manera, al despertar a medianoche de una pesadilla horrorosa, una enciende apresuradamente la luz, y yace pasivamente, adorando la cómoda, adorando la solidez, adorando la realidad, adorando el mundo impersonal que es demostración de una existencia que no es la nuestra. Esto es aquello de lo que una quiere tener certeza... Es agradable pensar en madera. Procede de un árbol; y los árboles crecen, y no sabemos cómo crecen. Crecen durante años y años, sin prestarnos la más leve atención, en prados, en bosques, en las riberas de los ríos... Todo ello cosas en las que a una le gusta pensar. Bajo los árboles, las vacas agitan la cola en las tardes calurosas; los árboles pintan a los ríos tan verdes que, cuando una cerceta se lanza a las aguas, una espera verla salir con las plumas teñidas de verde. Me gusta pensar en los peces, en equilibrio contra la corriente, como una bandera tensada por el viento; y los escarabajos peloteros levantando despacio cúpulas con el barro del río. Me gusta pensar en el árbol en sí mismo: primero la inmediata y seca sensación de ser madera, después su movimiento en la tormenta, después el lento y delicioso correr de la savia. También me gusta pensar en el árbol, alzado en las noches invernales en un campo solitario, con todas sus hojas prietamente enroscadas, sin que nada tierno de él quede expuesto a las balas de hierro de la luna, un mástil desnudo sobre la tierra que cae y cae durante toda la noche. El canto de los pájaros forzosamente ha de tener un sonido muy alto y raro en el mes de junio; y qué sensación de frío causarán las patas de los insectos sobre el árbol, a medida que avanzan trabajosamente por las hendiduras de la corteza, o toman el sol en la delgada y verde cúpula de las hojas, y miran rectamente al frente con sus ojos rojos tallados como diamantes... Una tras otra, las fibras se quiebran bajo la inmensa y fría presión de la tierra, y entonces llega la última tormenta, y las más altas ramas, al caer, penetran de nuevo profundamente en la tierra. A pesar de todo, la vida no ha terminado; quedan millones de pacientes y vigilantes vidas para un árbol, a lo largo y ancho del mundo, en dormitorios, en buques, en pavimentos, en cuartos de estar donde hombres y mujeres se reúnen después de tomar el té y fuman cigarrillos. Rebosa pensamientos de paz, pensamientos felices, este árbol. Me gustaría considerar por separado cada árbol, pero hay un obstáculo que lo impide... ¿Dónde estaba? ¿De qué trataba? ¿Un árbol? ¿Un río? ¿Colinas? ¿El Almanaque de Whitaker? ¿Campos de asfódelo? Nada recuerdo. Todo se mueve, cae, resbala, se desvanece... Hay una vasta conmoción de la materia. Alguien se encuentra en pie junto a mí, y dice: 
«Salgo a comprar el periódico.» 
«¿Sí?» 
«Aunque no vale la pena comprar el periódico... Nunca pasa nada. Maldita guerra; que Dios la maldiga... De todas maneras, no veo por qué hemos de tener un caracol en la pared.» 

¡Ah, la mancha en la pared! Era un caracol. 


 En La casa encantada y otros cuentos 
Traducción de Andrés Bosch 
Barcelona, Lumen, 2° ed., 1983