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27 may. 2013

Tennessee Williams: El poeta

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El poeta destilaba sus propias bebidas alcohólicas y se había hecho tan competente en ese arte que podía producir licores fermentados a partir de casi cualquier tipo de materia orgánica. El licor lo llevaba en un caneco sujeto en el cinturón, y cada vez que el cansancio se apoderaba de él, hacía alto en algún lugar solitario y se llevaba el caneco a los labios. Entonces, lo mismo que una burbuja de jabón atravesada por un rayo de luz, el mundo cambiaba de color y quedaba atravesado por una gran vitalidad que se abría paso en él como un océano ilimitado. Quedaba desplazada la superficialidad habitual de las impresiones, y sus sentidos se combinaban en un único rayo perceptivo que le dejaba ciego para los fenómenos y experiencias de menos categoría, lo mismo que las velas quedarían eclipsadas en una cámara de cristal expuesta a un sol en su cénit un día sin nubes.
Llevaba una existencia de benévola anarquía, pues nadie de su época era más ajeno que él a la influencia de los estados y las organizaciones. En las zonas pobladas podía subsistir como un carroñero dedicado a alimentarse de los desperdicios de los demás, pero en terreno abierto vivía como un rumiante a base de todo tipo de cosas verdes que le admitiera el estómago.
Hombre alto y anguloso, con ojos turquesa y una piel ámbar clara, poseía la tersura y belleza de una escultura. Esa belleza no le permitía pasar desapercibido. Nunca había buscado el menor contacto con las personas a no ser la ideal de un público ideal y poeta, pero a veces ocurría que el deseo sexual de desconocidos le visitaba. Esto sucedía cuando el agotamiento corporal se apoderaba de él después de una gran expansión de la visión y se arrastraba en busca de refugio en un patio. Mientras descansaba allí, algún ser anónimo que pasase, y que merodeaba por los callejones de noche, podía llegar a fijarse en el poeta y buscar su compañía con dedos cálidos exploradores y labios voraces. Con la luz del día el poeta despertaba y encontraba su ropa desgarrada y a veces no sólo una humedad de bocas en la piel, sino dolorosas magulladuras, y a veces también una moneda o un anillo o alguna otra muestra de agradecimiento metida en el bolsillo o en la palma de su mano, pero se arreglaba la ropa y continuaba su camino sin la menor vergüenza ni resentimiento, y la breve permanencia húmeda de esos abrazos duraba más que su recuerdo de ellos.

Por suerte sucedía que el buscarse la existencia en él se había vuelto algo automático. No ocupaba ninguno de sus pensamientos y no interfería con la vida interior del hombre. No escribía los poemas, pues su genio residía en la palabra hablada. Un periodo anterior de su vida lo había pasado dedicado a una especie curiosa de evangelización. Entonces iba a sitios frecuentados por la gente y soltaba discursos exaltados. Raramente pasaba día sin que ejercieran alguna violencia sobre él. A menudo le encarcelaban y, todavía con mayor frecuencia, le pegaban. Pero poco a poco la rabia fue purificándose de su naturaleza. Veía lo de infantil que tenía. Luego se mantuvo en silencio durante un tiempo. Entraba en los lugares públicos, paseaba la vista alrededor y se marchaba, sin dirigirse a nadie. Durante varios años continuó con esta retirada al silencio. Cuando estaba sin nada de dinero, el carácter de sus discursos cambiaba por completo. La ira moral daba paso a la narración de historias maravillosas que contaba al aire libre. Entonces encontraba su público entre los adolescentes, chicos y chicas que se hallaban en ese breve y vacilante estado breve y dubitativo situado entre la llegada de la sabiduría y su voluntario rechazo, algo que constituye la condición para que los jóvenes sean admitidos por los estados sociales sin que cuente nada de lo que en su modo de ser era puro. El poeta había aprendido que sólo podía encontrar su público en ese grupo de edad concreto. Ahora, fuera donde fuese, reunía a su alrededor a jóvenes y hermosos oyentes de historias. Los captaba a la entrada de los colegios, y en parques y terrenos de juego. Su mera presencia hipnotizaba a los jóvenes. Instintivamente le reconocían como el hombre que se atrevía a oponerse a la voluntad de las organizaciones a las que ellos se verían obligados a rendirse. Los adultos consideraban que era un chiflado inútil, pero a los jóvenes los atraía con su misterioso anhelo y se colgaban de sus palabras como las abejas se arremolinan sobre el cáliz inagotable de una flor.

El que ama a los jóvenes ama también el mar. Por lo tanto era natural que la última fase de la vida del poeta transcurriera en la costa. Ya llevaba diez meses viviendo en una costa tropical cuyo asombroso panorama de mar abierto y cielo proporcionaba a sus historias una mise en scène ideal. Habitaba en una choza hecha con madera rescatada del mar. No recordaba si la había construido él mismo o si ya se la encontró levantada. Estaba situada en un punto donde la playa se curvaba suave y amablemente hacia tierra, y se alzaba en un promontorio semejante a un abanico de dunas doradas. En un gran tambor metálico, devuelto por el mar después de un naufragio, había destilado su licor de abrasadora potencia y mantenía este depósito enterrado en la arena detrás de su refugio de madera.
Todas las veces que les hacía una señal, los miembros de su joven público se reunían a su alrededor, y cada vez venían más, y cada vez desde aldeas que se encontraban más y más apartadas. El poeta ya llevaba largo tiempo considerando que sus historias hasta entonces habían sido poco más que ejercicios previos a una gran efusión auténtica que sería más una creación plástica que verbal. Notaba que tenía esa culminación cada vez más a mano. Su inminencia se anunció en su interior en forma de fiebre. El cuerpo le ardía, se le consumía; y se le encaneció el dorado pelo. Se le había dilatado el corazón. Se le hincharon las arterias. A veces le parecía que un íncubo hacía presa en su pecho, y que aquel pequeño nudo púrpura que era su cabeza golpeaba contra sus costillas, mientras los miembros pataleaban y se retorcían en convulsiones. De cuando en cuando le brotaba sangre arterial por boca y nariz. Notaba que estos anuncios del inexpresable ataque de la muerte le asediaban, pero conservó la fuerza suficiente para mantenerlos a raya hasta que terminó por producirse el acontecimiento para el que vivía. Se produjo aquel verano, a finales del agitado mes de agosto. La noche que precedió a su llegada, el poeta había vagado por la playa en un estado de delirio en el que le parecía subir una empinada cuesta sin el menor esfuerzo ni quedarse sin respiración durante el ascenso, y al alcanzar la cima pudo ver debajo, como la imagen de un rompecabezas con todas sus piezas ajustadas, la totalidad de su vida en la tierra. Consideró triunfante que las dispersas posibilidades habían formado un dibujo y que el dibujo podía encerrarse en una visión. Cuando llegó la mañana, ésta le empujó a desandar todo el camino recorrido, pero él sabía con qué finalidad. Era para llamar a los chicos. Debía encender una hoguera, una señal que convocaría a los chicos. Se puso a prepararla de inmediato. Sin embargo, y por primera vez, resultó difícil reunir materiales inflamables. Los trozos de madera seca parecían separados por kilómetros. Rebuscó en las dunas y entre la maleza enmarañada, hasta que los nudillos le sangraron y el íncubo del pecho se abrió paso entre la jaula de sus frágiles costillas. Cuando finalmente contó con la suficiente para encender la señal, se alzó el viento y tuvo que protegerse contra él. Tuvo que agacharse sobre las llamas hasta que éstas le ennegrecieron el pecho, y tuvo que abrazar los llameantes palos para que no se dispersaran. Entonces, súbitamente, la resistencia cesó. El océano recuperó el viento. El aire estaba detenido y el océano parecía sorprendido como una estatua en un fulgor tranquilo, y ahora la columna de humo se alzaba poco densa y derecha como un árbol sin ramas. El poeta se alejó del punto donde sufría tan terriblemente, arrastrándose sobre pies y manos hasta el misericordioso y reconstituyente contenido del tambor. Con sólo probarlo, volvió a ponerse de pie. Una vez más, y por último, el océano ilimitado se encrespó y rompió en sus venas; aquel océano escarlata donde se balanceaba un endeble barco, lo que es estar vivo.
La columna de humo pronto atrajo la atención de los chicos. Con caras levemente iluminadas por las primeras luces, se alzaron como pájaros de las aldeas para emprender el ascenso de las laderas y dejarse caer dementemente por ellas, pasando junto a los campos cercados donde sus padres trabajaban la tierra, pasando delante de puertas donde había ancianas encogidas en un embotado asombro ante su paso agitado, pasando ante todo lo estático, empujados como estaban por un demonio que los hacía avanzar deprisa, respondiendo como sólo los de su edad podrían responder a algo tan poco sólido como el humo, pero que constituía una visión prometedora.

El poeta distinguió sus gritos desde muy lejos, y supo que se acercaban. Se levantó de junto al tambor y caminó erguido y poderoso hasta el extremo de la playa donde aparecerían los chicos. Habiéndose librado de la ropa durante el trayecto, con el cuerpo desnudo y brillando de sudor, los chicos superaron la última duna que los separaba y rodearon la figura del poeta que esperaba.
El poeta hizo que descansaran delante de su refugio de maderas rescatadas del mar. Se colocó en el centro e inició su historia. El andamiaje de los cielos se mantenía muy alto y el poeta procedió a fabricar unas escaleras de mano para los chicos. Éstos olvidaron sus juguetes. Las muñecas hechas con madera de naufragios que él había tallado para los chicos les cayeron de las manos cuando empezaron a tomar parte en la acción relatada. Se perseguían unos a otros entre las bufandas de espuma. Sus saltos eran prodigiosos, sus gritos eran interminables, y siempre le llamaban para que les diera otra clase, estirando los cansados brazos como el armazón de un barco en un océano borracho. El poeta los empujaba a comprender el éxtasis de su visión y cómo con ésta un hombre podría abandonar su cuerpo. Ante la ladeada pared de la casa de madera rescatada del mar, sus ojos les lanzaban flechas de luz azul pálido, y se echaba hacia adelante, gesticulaba e imitaba al océano. Un enorme caballo de juguete azul parecía haberse soltado entre ellos y sus penachos eran de un azul de humo que el cielo no podía retener y por eso los dejaban irse.
La historia continuó hasta el crepúsculo, y en ese momento los padres de los chicos vinieron a por ellos. Los hombres de las aldeas habían terminado por desconfiar del poeta. Ahora rodeaban su refugio y le llamaban. El poeta salió y se mantuvo exhausto entre ellos, mirándolos casi sin verles las caras, ahora que la poesía había abandonado su cuerpo dejándole viejo, encogido y gris. Sin más explicación, le dijeron que se fuera. El poeta asintió, mostrándose de acuerdo con su orden, y frunció el entrecejo de dolor al ver a los niños que se alejaban por la playa entre sus solícitas madres.
Cuando todos los grupos dispersos se habían perdido de vista, el poeta regresó a su casa. Envolvió en un trozo de trapo salado su pequeña colección de objetos, recuerdos de distancias recorridas junto al océano. Dijo adiós al océano. Se despidió de él gravemente con una de las manos, que eran como aflechados esqueletos de pájaro. Se dirigió tierra adentro después de sus diez meses de estancia a orillas del océano. Cuando hubo coronado con un esfuerzo que le dejó sin respiración la duna más alta y se había vuelto y mirado a sus espaldas hacia donde su refugio de maderas rescatadas del mar parecía más pequeño de lo que de hecho era mientras quedaba al cuidado de la noche creciente y del vacío que ya se imponía al borde de la rompiente, consideró que al fin había gastado todo su oro y que sólo le quedaba el sonido metálico del cobre. De pronto se resistió ante la idea del exilio. Estaba ligado a aquel lugar por más de diez meses de costumbres. Era el sitio donde finalmente había contado su mejor historia, y si le recordaban, sólo le recordarían aquí, y sólo los niños de aquella región costera.
Vacilando de agotamiento, el poeta volvió sobre sus pasos. Todavía durante un momento, mientras se acercaba al océano, el cerebro lo contenía. Su visión todavía lo incluía. Luego el océano se balanceó y se partió, y de él brotó una oscuridad tremenda que se precipitaba hacia él. El poeta cayó en la playa. Su cuerpo permaneció en aquel sitio durante mucho, muchísimo tiempo. El sol, la arena y el agua lo bañaban constantemente y se lo llevaron todo excepto los huesos y las rígidas vestiduras blancas.
Los niños, alejándose más de lo habitual de sus casas sin que ninguna señal los convocase, llegaron al anochecer hasta el esqueleto del poeta. Se habían hecho mayores, pero aún no habían renunciado a sus sentimientos de ternura. Formaron un círculo alrededor del esqueleto del poeta, desconcertados y afligidos, conscientes de una pérdida que no se podían comunicar entre sí . Finalmente, uno de ellos se dirigió al gran tambor metálico que contenía el licor del poeta. Habiendo visto beber una vez al poeta de él, ahuecó la mano y bebió un poco. Los otros le siguieron. El licor les recorrió el cuerpo y los hizo tambalearse. De pronto se pusieron muy borrachos y, de común acuerdo, se tumbaron en la arena junto al enorme tambor metálico detrás de la choza hecha de madera rescatada del mar, estrechando sus cuerpos unos contra otros.

No lejos de la orilla dos navíos entablaban batalla. Uno de ellos se hundió, y cuando cayó la noche, los cuerpos de los marineros ahogados fueron arrojados a la playa. Los niños, por entonces ya agotados, andaban por la playa y miraban los cuerpos, que ya estaban empezando a adquirir un aspecto corrupto. Entre ellos, sólo el esqueleto del poeta parecía inmune a la desintegración. Y por última vez, pues ahora ya todos eran lo bastante mayores como para que estados y organizaciones los alistaran, los niños notaron remotamente la presencia de algo más allá de la región de la materia. Entonces volvieron rumbo a casa. El viento levantaba olores de humo y muerte mientras regresaban a sus aldeas, de las que nunca volverían a alzar el vuelo como golondrinas cuando el humo lejano los convocara. ¡Aquí está la visión!

Publicado en 1948


En La noche de la iguana y otros relatos
Traducción de Mariano Antolín Rato
Barcelona, DeBolsillo, 2006
Foto 1948 © W. Eugene Smith/Magnum Photos