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25 mar. 2014

Franz Kafka: Un viejo manuscrito (1917)

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Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.

Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.

Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.

Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.

También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.

Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios en torno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.

Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.

-¿En qué terminará esto? -nos preguntamos todos-. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómadas, pero no sabe cómo hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.


En Un médico rural
Trad.: Juan Rodolfo Wilcock
Foto: Franz Kafka Praga. 1988 (Frank Kafka Mueum)


26 nov. 2012

Juan Rodolfo Wilcock - Escriba

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Juan Rodolfo Wilcock por Anatole Saderman


En cualquier momento podría abrirse la puerta y aparecer en su marco la visión más o menos luminosa que todos por prudencia simulamos no esperar. También podría sonar el teléfono. Mientras tanto, el escriba musita y ordena vocablos en la sombra:

«Como de la consideración de un objeto inconsiderable lo invisible se hace visible.

«Kitty Bauer, incómoda en la popa de un barco delante de una columna plateada que junto con ocho objetos longilíneos similares sostenía el puente superior, observaba a plena luz su tubo de hierro de dos metros de alto, las cuatro aletas deltoides de la base y las cuatro del remate, además de un zócalo de diez centímetros de ancho pintado, como la sustancia antioxidante de la cubierta, del color de la hez del vino. En varios puntos del caño bajo observación la sal del mar había corroído el fierro y un marinero cubierto a continuación las escoriaciones con capas de ocre amarillo-limón disuelto en un vehículo de aceite de lino. El estilo del conjunto era vistoso sin pretender ser hermoso.

«Fráulein Bauer regresaba del Brasil a Zürich tratando de consolarse con el título por ella misma recientemente inventado y aprobado de Princesa de la Isla Decepción; yaciente en su banco de listones horizontales paralelos frente al pilar descripto declamaba en el más duro suizo-alemán del cantón de Uri, entre dientes y entre sueños (cubriéndose los ojos ante esa imagen que ella creía de Príapo, como una catecúmena cristiana en el jardín de su tío en Corinto) su presente íntimo anatema sistemático contra la acrópolis funicular del Pan de Azúcar, erróneamente suponiéndola un antiguo Pan como ella exiliado de un río indoeuropeo de panteras a ese río indefinido de eneros y bananeros.

«En dicha plena luz en efecto de eneros y bananeros, mientras las primeras ondas del mar que se abre conmovían el barco que se va, surgió la primera cosa del objeto bariolé: una noche con prácticamente todas sus estrellas. Al principio era angosta pero momentos después se descorrió como una cortina desplegando desde Orion al Centauro ciento sesenta grados, varios puntos fijos de referencia, un gran plan y dos o tres planetas, la vía láctea, la mancha gris y la bolsa negra. La mima soñadora bostezó. Sin esforzarse en prestarle atención advirtió distraídamente en el primer cielo de esa noche falsa desgarraduras con bordes de coloide sólido y del otro lado sombras medusiformes que se obnubilaban mutuamente entre ambos nocturnos gobelinos, el segundo también mutilado.

«Reflejos de olas y de sardinas frivolas royeron pronto esta primera visión en orden de aparición. El fuste ferrometálico se hinchó un poco y emitió a manera de rueda las cuatro personificaciones que más odiaba nuestra amiga, tres machos y una hembra de raza mediterránea, sin piernas, unidos por el eje sexual. El triste huso o doble cuadrumano giraba lentamente moviendo los brazos por el aire como un grupo antiguo de actores ambiguos o como un fresco de Medusas que revuelve sus ofidios, pipiando sobre un fondo rúnico su juicio definitivo en escandinavo:

«—¡Échenla del club! (Voz del juez.)

«—Que antes nos entregue las llaves de los roperos. (Voz del usurpador.)

«—Secretas deformidades la afectan. (Voz de la rival.)

«—Si les dirige la palabra, escúpanle. (Voz del padre de familia.)

«El tetratronco trunco aceleró su rotación hasta deshacerse en mucílago mientras del dolmen monóstilo manaba como un suspiro un pulpo aéreo que se alejó sobre el mar con su estela de gas violeta. En ese momento Kitty Bauer oraba sonriendo la última canción de Marlene Dietrich y por el puente pasaba con su balde un marinero italiano, calibrado entre cuatro hileras de…»

Con su crepitación habitual estalla el teléfono. Las astillas del espejo del silencio se esparcen velozmente por el interior de un paralelepípedo de tres con diez por tres con setenta por tres con veinticinco metros. Es el señor Viminal, supereditor.

Señor Viminal: —¿Usted me llamó esta mañana?

Escriba: —Pretendí inquirir qué han decidido hacer con mis cuentos.

Señor Viminal: —Gracias al cielo, traigo buenas noticias para usted. Los leyó el señor Esquilino y dijo que eran aburridos pero que de algún modo hay que llenar la cuota anual de autores locales. Quedan en pie las objeciones del señor Vaticano, fácilmente atendibles: debemos cambiar el título de dos cuentos, suprimir en total quince párrafos peligrosos, reemplazar esas palabras que tanto disgustaron al señor Quirinal, y abolir el epigrama que parecería aludir al viejo Janículo.

Escriba: —No cuenten conmigo.

Señor Viminal: —No contamos. El corrector señor Celio se encargó de las sustituciones, y el libro corregido ya fue presentado al censor palatino monseñor Pincio. Si lo rechaza, como es probable, le devolvemos el manuscrito y usted queda bien con todos.

Escriba: —¿Y si lo acepta?

Señor Viminal: —No cante victoria antes de tiempo. El censor tarda siempre sus buenos meses en gestar alguna opinión. Bástele saber que su libro se encuentra en franco proceso de publicación. Después de todo, recuerde que usted escribe en castellano, a todas luces una lengua muerta.

Escriba: —A ratos intento revivirla.

Mientras los treinta y siete metros cúbicos de silencio roto se calman, el escriba sigue anotando, eligiendo, descartando, coleccionando, repartiendo:

«…pestañas e inmediatamente refutado; cuando las pestañas regresaron a adornar como Bernini el poste mágico, las niñas doradas que esos pelos protegían constataron la entrada en escena de dos niñas rubias de edades diversas y un automatón varón. Cada uno sostenía su pata de una estufa francesa; ambas fleurties babeaban meretriciamente y el joven de buena sociedad joco-gorjeaba: 'Quietas que me voy.' Posaron el horno sobre cubierta y juntando las seis manos como un loto de voto entraron en el antro de fundición; con chillidos de gozo cerraron la puerta ribeteada de amianto y salamandra. El involucro mixto vibró, tembló, retumbó, saltó, despidió humo, pintura marrón, agujas de reloj, guedejas de relay, tenias, pararrayos y paratruenos, para desmenuzarse finalmente in toto y ex cathedra silbando Sur le Pont de Max, con Gran Bulla.

«—¡Qué desagradable! —ronroneó Kitty-Marlene, decidida a conceder cada vez menos atención a las exageraciones de esa herrumbre picróstila de donde emergían ahora camellos damasquinados con gualdrapas de películas en tecnicolor, locomotoras de lona, convoyes de osos hormigueros y una gran bola de nieve maculada; tres procesiones en lambreta: el desfile del Circo Universal, el desfile del Primero de Mayo y el desfile de los años; la precesión de los equinoccios, la nutación de los polos, la erección de los pelos y numerosas discrepancias paralácticas; los ases fallecidos del volante, las mejores mareas observadas y una gran perra; las meninas (solas), una mise-en-scéne del Coronel Mizansén, las premiadas en el concurso Colgate y las preñadas el Día del Cartero, los nuevos elementos radiactivos y como número especial las más bonitas marcas de la milla, convirtiéndose sucesiva o alternativamente en foseólos y túsculos marinos al tuntún de las olas.

«Kitty acarició el lomo de cuero de las reflexiones de Schopenhauer sobre…».

Sobre los surcos recientes de las ondas anteriores cunde con más facilidad un segundo llamado. Es el joven Efraín Nazakis, dudosa propaganda de una loma contigua a Salónica.

Nazakis: —¿Cómo le iba? ¿Por casualidad no lo molesto? ¿Qué hacía?

Escriba: —Pongo en orden algunas palabras.

Nazakis: —¿Puedo ayudarle? Subo instantáneamente. Estoy en la esquina de su casa, para ser exacto. Pasaba, y ahora lo llamo. Pensé: mejor que lo llame porque la otra vez no le gustó nada.

Escriba: —En este momento salía.

Nazakis: —¿Entonces lo espero?

Escriba: —No. Estoy con una persona que no quiere que la vean.

Nazakis: —Siempre el mismo picaro. Tengo que contarle lo que me contó de usted Jesús Blanco, el director de la revista En Blanco.

Escriba: —Sí, sí. Hasta pronto, Efraín, ya te llamaré un día de estos.

El silencio se encarga inmediatamente de lamer y roer estos ecos repugnantes hasta aislar al escriba decidido a evocar, convocar, provocar, equivocar, revocar:

«…la muerte en treinta-y-dosavo. Levantó una ceja, luego la otra, y por fin las manos, gorgoteando un pareado de tragedia familiar:

«—Sé que suscito, Nurse, comentarios
[desfavorables
por coquetear decúbito con jóvenes
[indeseables…

«Estos escasos pobres versos le inspiraron placidez; los repitió. Mientras tanto, de su modesta imitación de Piazza Colonna o Place Vendóme (las apariciones son como sigue: el tubo vibra, su temblor se degrada progresivamente en ondulación, hasta que de la última sacudida se desprende con intenso placer la visión) emergían dos perros bailarines antropomorfos especializados en camuflaje mimético ejecutando una danza siamesa plurisecular que con minusculísimas evoluciones de las uñas y de las colas, siempre paralelas, lograban sugerir todo, desde la agitación superficial de la joven vietnamita enamorada del prisionero vietcong hasta la pesadez del señor feudal malayo que regresa de un banquete bajo la luna. Al final los perros se colocaron frente-atrás y juntando cuidadosamente al azar las patas y los hocicos más próximos formaron una vaina fluorescente que el más mínimo soplo de viento hizo volar allende la borda hacia la estela de champagne azul que la chupó.

«Del cilindro…»

El teléfono ataca una vez más la Sinfonía Italiana. Es finalmente la voz esperada de Puella de Luxe.

Puella: —¿Te interrumpo?

Escriba: —Como un pájaro que entrara por la ventana y se posara en el respaldo de la silla.

Puella: —Justamente te llamo para que me digas esas cosas, que él no me dice. Es lo único que le falta, ser inteligente como vos. Pero es tan fuerte y pesa noventa kilos. Decime otra cosa linda como la del pajarito.

Escriba: —«Al final los perros se colocaron frente-atrás».

Puella: —Ésa es una cosa fea. Hoy tenes voz de malo.

Escriba: —¿También ayer lo viste?

Puella: —Sí, nos vemos todas las noches. Tratamos de hundirnos cada vez más uno adentro del otro.

Escriba: —Corren peligro de atravesarse.

Puella: —¿Estás celoso?

Escriba: —Oye, tocaron el timbre. Tengo que cortar.

Puella: —Mañana te llamo y te cuento más.

Invisible y fuera del tiempo, el mecánico lingual prosigue su carta telescópica al porvenir:

«…tricolor brotaba ahora un bicho jaspeado de tubos de goma estriada sobre una armazón de alambres flojos con rueditas neumáticas en las seis patas, temblando como una gelatina mientras del hueco de su boca manaba jugo de violín…».


En El caos
Imagen: Anatole Saderman

12 sept. 2012

Juan Rodolfo Wilcock - Henrik Lorgion

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Juan Rodolfo Wilcock


Una lista de sustancias ideales, prolongadamente buscadas y jamás encontradas, incluiría la favorita de Wells, que abole la fuerza de la gravedad; el polvo de cuerno de unicornio, que hace inocuos los venenos; también de Wells, el líquido que nos convierte en invisibles; el flogisto, que es la sustancia del fuego, y que en lugar de poseer peso posee ligereza; los biones de Wilhelm Reich, burbujitas llenas de energía sexual localizables en la arena; la piedra filosofal, que convierte los metales inferiores en oro y plata; los dientes de los dragones, que ahuyentan a los enemigos; el anillo de los Nibelungos, que da el poder; el agua de la fuente que Ponce de León buscó en Florida; los cuatro humores de Galeno, hipocondríaco, melancólico, colérico y flemático, que guerrean en el cuerpo e instauran jerarquías; el ánima, que según Durand Des Gros es una compacta colonia de animillas, y según las últimas teorías una sustancia química que establece los contactos entre sinapsis; la sangre de Cristo, recogida en una copa por José de Arimatea; el elemento 114, que según los cálculos debiera ser estable.

A esa lista, tal vez infinita, quiso añadir un término más el médico Henrik Lorgion, de Emmen, Holanda; el cual, durante muchos años, buscó en la linfa de los hombres y de las plantas, en el fuego y en la luz, en los peces alados llegados de las colonias y en todo lo que es mudable la sustancia de la belleza.

Lorgion sostenía que cada cosa perfecta, armoniosa y simétrica que hay en la naturaleza extrae su perfección, su armonía y simetría de una sustancia circulante, llamada por él eumorfina, y que desaparece cuando la vida muere; es la misma que ocasiona que sobre todo lo que es muerte —hombre, bestia o vegetal— se abata el desorden y la falta de armonía. Con la muerte, esta sustancia se difunde de los cuerpos a los elementos circunstantes, hasta que los procesos orgánicos normales de los seres vivientes la reabsorben y se apoderan de nuevo de ella. Cosa que parece posible si se piensa que cualquier forma de vida que nace, nace desmañada, y sólo poco a poco extrae del aire, de la luz y de la nutrición forma, color y proporción.

Alejado de los grandes centros de investigación, de París, de Leida, de Viena, Lorgion sólo disponía de un antiguo microscopio de Amsterdam, un conocimiento más bien aproximado de la ciencia química, que como ciencia estaba aún en sus inicios, y una terca convicción, puramente idealista, de que todo es materia, o se puede reducir a la materia. Ante cualquier cosa que examinara en su aparato, el holandés quedaba sorprendido por la belleza, por las formas, por el resplandor de los colores: infusorios, cabellos, ojos de insecto, mucosas aterciopeladas, estambres y pistilos y polen, gotas de rocío, cristales de nieve y silicatos, diminutos huevos de araña, plumas de oca, todo hablaba a sus ojos de un Creador, un Artista, un Esteta inagotable, infinitamente inventivo, un músico de las combinaciones; aquel Creador de las sustancias también era para Lorgion una sustancia.

A nadie se le permite en este mundo ser totalmente original, a partir del momento en que todo o casi todo ya ha sido dicho por un griego. Reducida a su esencia, la teoría de Lorgion era, en cualquier caso, un desafío al mandamiento de Occam de no multiplicar inútilmente los entes. Lo que para otro habría sido un prisma de espato de Islandia, para el médico de Emmen era una aleación o combinación de calcitas y eumorfina: el mineral en sí era una masa informe, la eumorfina lo hacía prismático, transparente, incoloro, brillante, birrefringente, en suma: bello. Calentadas a temperatura suficiente, es posible que las dos sustancias llegaran a separarse, y, en efecto, en el crisol siempre era posible reducir el cristal a una masa amorfa; pero Lorgion no disponía todavía del instrumental necesario para recoger una eumorfina tan evaporada.

Había probado con el alambique, calcinando mariposas; pero de setenta y cinco Papilio Machaon sólo había conseguido obtener media gota de agua, un agua densa y turbia, como la de los lagos alquitranados, desprovista evidentemente de eumorfina. Había probado a dejar herméticamente cerrado dentro de un globo de cristal un tulipán, y, extrañamente, el tulipán se había mantenido intacto durante mucho tiempo; al final, se había derrumbado reducido a polvo. Tal vez su belleza se había condensado en la superficie interna de la esfera. Lorgion rompió el globo pero no encontró en su interior nada concreto.

Dichos experimentos, y una plausible explicación de su parcial fracaso, están descritos en el extenso informe publicado en Utrecht en 1847, con el sencillo pero no menos enigmático título de Eumorphion (enigmático porque era preciso leer el libro para entender su título). El volumen está dividido en 237 breves capítulos, cada uno de los cuales está dedicado a un experimento diferente. De las 237 pruebas, al menos nueve, por lo que afirma el autor, dieron un resultado tangible y positivo: en total, siete gotas de eumorfina, cuidadosamente conservadas durante casi un siglo en una redomita del Museo Cívico de Emmen. Ochenta y dos bombas alemanas destruyeron en 1940 redomitas y Museo; en cuanto al extracto de belleza que contenían, habrá vuelto a la naturaleza, al ser la belleza, según Lorgion, indestructible.

Después de la aparición del libro —que no tuvo mucho éxito, entre otras cosas porque Emmen parecía entonces muy alejado del mundo científico— Lorgion prosiguió tenazmente su investigación. En 1851 fue condenado, primero a morir ahorcado, después a reclusión perpetua en un manicomio, por haber calcinado en una adecuada caldera de cobre a un jovencito de catorce años, ordeñador de oficio.


En La sinagoga de los iconoclastas

19 jun. 2012

Juan Rodolfo Wilcock: La fiesta de los enanos

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I

La señora Marín vivía sola con dos enanos, que físicamente más que personas parecían animales, aunque desde el punto de vista intelectual hubiera sido difícil imaginar compañía más agradable. De noche, una vez apagadas todas las luces de la casa, la señora se tendía en su cama de bronce, exhalando un suspiro de satisfacción, y así se quedaba las horas, inmóvil, con los ojos bien abiertos, generalmente fijos en el cielo raso; en la penumbra cambiante de un lejano aviso luminoso que se encendía con isócrona regularidad, los enanos la entretenían con su conversación. Temas no faltaban, y todos parecían interesarles.

Aunque un tema habrían preferido no tocar: la muerte del señor Marín. Sin embargo Güendolina —que así se llamaba la señora— lo traía a colación por cualquier motivo, con gran irritación de sus interlocutores. En efecto, se trataba de un acontecimiento que para ellos no revestía casi ninguna importancia, y que por otra parte había tenido lugar varios años atrás, cuando el enano más joven, Anfio, no había aún nacido, y el mayor, Présule, vivía todavía en la casa de la calle Lavalie, con la tía de su patrona actual.

La verdad era que Güendolina se consideraba culpable de esta muerte, porque una noche, profundamente ofendida por ciertas observaciones que su marido le había hecho el día antes sobre una blusa nueva de terciopelo que se había comprado, no quiso abrirle la puerta de calle cuando aquél volvió del partido de fútbol nocturno. El señor Marín, que era enfermo del corazón e incapaz de hacer daño a una mosca, se sintió mal, probablemente por el disgusto, y como no le daban las fuerzas para llegar hasta un hotel, se acurrucó en el umbral, donde a la mañana siguiente, al abrir la puerta, la señora tuvo la desagradable sorpresa de encontrarlo muerto de frío, al lado de la botella de leche vacía, que al parecer el agonizante se había bebido en sus últimos momentos. Por más que lo arrastró adentro, por más que lo desvistió y lo acostó bien abrigado en la cama, el hombre no revivió, y la señora se quedó con ese peso sobre la conciencia.

Salvo en lo que se refiriera a este episodio tan desagradable, los enanos de la casa de la calle Solís se distinguían por el eclecticismo de su conversación, por la originalidad con que encaraban los más diversos problemas, y también por su buena educación, especialmente cuando se encontraban en presencia de su dueña; aunque a veces perdieran la compostura cuando se hablaba de pescado, dada la pasión casi irracional que ambos sentían por este tipo de alimento, especialmente las sardinas en lata y las anchoas.

Tan entretenidas eran sus observaciones, y en verdad toda su conversación nocturna, que poco a poco la señora Marín se había habituado a prescindir casi por completo de la sociedad de sus amigas, y se pasaba las tardes leyendo revistas, en perpetua soledad, escogiendo aquí y allá noticias y comentarios de actualidad, así como apotegmas de carácter general, que luego le permitirían durante la noche mantener encendida la llama del diálogo con los enanos.

Anfio era jovencito todavía, y de día sólo pensaba en comer. Pero apenas la señora se tendía en su alto lecho, el enano, que era todo peludo y rizado, se acostaba sobre la alfombra, a su lado, con la rubia pancha al aire, y gorgoteando de placer jugueteaba con los flecos de la colcha, o de vez en cuando acariciaba el pie desnudo de Güendolina, cuando ésta, que se aburría de estar siempre en la misma posición, lo dejaba asomar pícaramente por un costado de la cama. Ninguno de los dos enanos salía jamás de la casa, si se exceptúa el jardincito del fondo cuyos muros demasiado elevados no podían de todos modos escalar, lo que tarde o temprano habría terminado por provocar situaciones desagradables, ya que las urgencias masculinas de las personas bajas no son menores que las de las altas, si no hubiera sido por una feliz circunstancia: tanto Présule como Anfio eran eunucos desde la primera infancia —como por tradición siempre lo habían sido los enanos de la familia de Güendolina— y en consecuencia vivían libres de preocupaciones carnales.

Es así que durante las largas veladas convivíales en el dormitorio, Présule se reducía a extenderse sobre el diván, apoyando la cabeza sobre su almohadón preferido, un almohadón de pana roja con un gran bordado en punto cruz que representaba una pecera de cristal con dos carpas doradas en su interior. Desde allí reclinado, con la curiosa mirada levemente estrábica de sus pupilas dilatadas por la oscuridad, el enano solía contemplar con afecto el retrato en colores de un loro de gran tamaño que se alisaba las plumas de las alas; era el loro Camel, muerto también él algunos años antes en circunstancias trágicas, ya que se lo había comido su compañero Anfio en un momento de extravío.

—¡Qué frío hace esta noche! ¿No le parece?— decía de pronto Présule, que era muy morocho y un poco calvo.

—Un frío horrible. ¿No me dejaría acostarme un rato debajo de las cobijas?— suplicaba con voz meliflua Anfio a la señora, seguro por otra parte de no ser complacido.

—Más frío hacía la noche que murió mi marido— observaba con melancolía Güendolina, suspirando y subiéndose las frazadas hasta la barbilla.

A veces la señora, entre observación y observación, se rascaba nostálgicamente el abdomen; entonces los dos enanos, al ver esa mano que se movía bajo la colcha, cediendo a la atracción que sienten ciertas personas y también ciertos animales hacia todo movimiento encubierto, se abalanzaban para aferrar el bulto fascinador. Güendolina sonreía con beatitud, sintiéndose flotar en la calma y en la seguridad de una vida sin sobresaltos.

Así pasaban las noches, en familia. La señora se dormía un poco antes del amanecer, y se levantaba con el sol ya alto, para hacer la limpieza de la casa e ir al mercado, donde compraba el mondongo o la cabeza de ternera para los enanos (nunca pescado, aunque les gustaba tanto, porque por más cuidado que pusieran, siempre dejaban alguna cabeza o cola abandonada en un rincón, y la casa se llenaba de mal olor), y también alguna cosita para ella; poco, porque era de poco comer. Cuando volvía, abría la ventana del comedor, barría el piso y luego pasaba un trapo por los muebles y los bibelots. Adoraba su juego de comedor, todo de nogal oscuro, traído de Francia por un ex patrón de su marido; las sillas eran de esterilla, pero graciosamente labradas con arabescos florales, y sobre los diversos estantes desiguales del aparador barroco se exhibían en silenciosa pompa los más hermosos adornos que habían jalonado con su variado esplendor la vida de casada de la dueña de casa: estatuitas, bomboneras, porcelanas, cristales tallados, y en el medio de todo, sobre el mármol veteado de Italia, un bronce de gran tamaño que representaba a un indio a caballo atacado por un puma. Herido por el zarpazo, el caballo reculaba, relinchando espantado, mientras el indio, siempre certero, hundía su lanza en la garganta misma de la fiera. El grupo había sido comprado muchos años antes por el señor Marín, en un momento de especial prosperidad, y desde entonces había constituido la gloria indiscutida del comedor.

Los enanos almorzaban a mediodía, y se iban inmediatamente al vestíbulo, a dormir un rato, cada uno en su sillón. Por la tarde llegaba un poco de sol al jardincito del fondo; entonces salían a tomar el sol. Güendolina, en cambio, se quedaba adentro, detrás de la ventana, leyendo sus revistas y sus novelas de amor, hasta que el sol desaparecía, con la misma brusquedad con que había llegado; los enanos entraban, volvían a comer en la cocina, y se iban a dormir otra horita en el vestíbulo. No era extraño por lo tanto que con ese régimen de vida regular y descansado, estuvieran todos tan despiertos y tan frescos por la noche, cuando se reunían en el dormitorio.

Y sin embargo Présule, que era el más inteligente e instruido de los dos enanos, sentía a veces (muy de vez en cuando, es cierto) aletear en el fondo recóndito de su pequeño corazón la sombra de un temor: que un día todo esto pudiera terminar. A pesar de su reducida experiencia del mundo, no ignoraba que la calma y la relativa felicidad que las semanas, los meses y los años les deparaban con tan homogénea regularidad, no eran más que un respiro provisional concedido por el destino, ese dragón que está siempre alerta esperando un momento nuestro de distracción para golpearnos con la aparente ferocidad de sus zarpazos (que en el fondo no es más que una de las tantas manifestaciones de su indiferencia). No ignoraba que el mundo exterior está poblado de fuerzas incontrolables, influencias que por su misma inocencia no merecerían ser llamadas malignas, pero que son de todos modos capaces de hacernos mucho más mal que una hueste de demonios; ya que los demonios, para decir la verdad, se reducen a obedecer órdenes confusas y poco inteligentes, órdenes que además presentan la ventaja de ser hasta cierto punto previsibles, no habiendo sufrido —por lo menos esa es la impresión que se desprende de un examen más o menos atento— modificaciones de consideración durante el transcurso de estos últimos cuarenta o cincuenta siglos, y en definitiva tanto al hombre alto como al enano les basta abandonarse a su mero instinto animal para librarse de cualquier coalición de demonios.

En cambio esas fuerzas exteriores que amenazan a los que con paciencia y renunciamiento han conseguido asegurarse un refugio —si bien provisional— tolerablemente habitable de paz y de olvido, son como aquellos astros del sistema solar llamados cometas, que nadie sabe de dónde vienen ni cuándo aparecerán, y menos todavía qué destrucciones ni qué aniquilaciones de materia o de energía hasta ese día indestructible acarrearán a su paso.

Así ocurrió en efecto. Una mañana Güendolina recibió una carta; en ella le comunicaban la muerte de su cuñada, hermana de su difunto marido, que acababa de ser aplastada por un camión cargado de ladrillos en circunstancias en que éste daba marcha atrás. De la existencia de esta mujer la señora Marín tenía apenas una vaguísima idea; sabía de ella solamente que era viuda y que trabajaba como cocinera en una lejana estancia catamarqueña. Como entre los escasos efectos personales de valor que había dejado al desaparecer se contaba en primer término un hijo de catorce años, los propietarios de la estancia habían decidido enviar al huérfano a casa de su tía, para que la señora se hiciera cargo de él y si fuera necesario le diera de comer, lo vistiera y lo alojara, ya que era la única pariente de quien se tenía noticia cierta.

Este anuncio causó profunda consternación en el ménage de la calle Solís. Présule no pudo contenerse de mencionar a un chico que había conocido cuando vivía en la calle Lavalle, que a veces le hacía cosas inenarrables, y en cierta ocasión lo había obligado a bañarse en una pileta con agua y jabón. Anfio lo escuchaba aterrado, intentando vanamente esconderse debajo de la cama; porque tanto él como Présule odiaban el agua. Como una posible solución, para eludir la inminente intrusión que al parecer amenazaba destruir para siempre la tranquilidad de los enanos, y por ende la suya, Güendolina (que en casos como este no se distinguía justamente por la brillantez de su ingenio) les propuso que se mudaran a otro apartamento, sin decir adonde iban; de ese modo el chico no se encontraría nunca con su tía, y tendría que volverse a Catamarca.

Pero los enanos, para quienes el mundo habitable se reducía a las cuatro o cinco piezas de esa casa, no querían ni oír hablar de la posibilidad de mudarse a otra parte, y la proposición cayó en el vacío. Fue una noche más bien triste para los tres, especialmente porque no se pudo llegar a ninguna decisión; para decir verdad, los enanos estaban un poco descontentos de la actitud de Güendolina, ya que en el fondo no les había parecido suficiente mente perturbada por la perspectiva de recibir a un pariente desconocido en casa.

Dos días después, en momentos en que la señora sacudía el polvo del indio a caballo, cantando «No volverá el amor, a abrir mi corazón, con sus dedos de mago oriental», tocaron el timbre de la puerta de calle. Era el sobrino del señor Marín, Raúl Castañeda, con una valijita de cartón imitación cuero. Tenía bigotes y pantalones cortos, una corbata negra con el nudo mal hecho y las orejas también negras por el polvo del largo viaje en tren.

La tía le asignó un cuartito al lado de la cocina, que en otras épocas había sido el cuarto de la sirvienta, y le recomendó que no fastidiara a los enanos. Raúl era un chico serio, de pocas palabras, y esas pocas con fuerte tonada catamarqueña. No hizo comentarios sobre su casa nueva; cuando abrió la valija sacó de su interior una pelota de goma pintada de verde y blanco como una sandía, con un monigote cómico que representaba un perro jugando a la pelota, y la depositó con cuidado sobre el mármol de la cómoda.


II

A diferencia de los enanos, la señora Marín parecía haberse resignado a la presencia de su sobrino, ya que Raúl se portaba bien, era obediente y no daba motivos de queja. Se pasaba los días encerrado en la pieza, leyendo unos cuadernitos que había traído en la valija, con figuras de ratones y gatos y otros animales que realizaban rápidos viajes siderales. Comía todo lo que le servían, se hacía la cama y se lavaba él mismo la ropa; antes de acostarse se lavaba los dientes, y apagaba en seguida la luz.

Pero de noche, en el dormitorio, no se hablaba de otra cosa, con gran disgusto de Güendolina, que hubiera preferido hacer como si nada hubiera ocurrido, ignorar la presencia del recién llegado, y dejar que las veladas siguieran su antiguo curso, tachonado de lentas observaciones de carácter general. No le habían gustado nunca las referencias a hechos materiales, exceptuando esas interesantes noticias sobre reinas y artistas de cine que suelen traer las revistas ilustradas, personas que de todos modos se encuentran suficientemente distantes del lector como para parecer inmateriales; y también, como ya hemos dicho, la muerte de su marido, que le parecía el acontecimiento más interesante de su vida. Pero los enanos, que ahora se pasaban los días agazapados en un rincón, espiando la puerta cerrada del cuarto de Raúl, estaban demasiado perturbados por la novedad para poder ocuparse de otra cosa. Sentían celos, aversión y desprecio por ese ser para ellos casi sobrenatural, ese marciano negruzco descendido de las fabulosas provincias del norte con la clara intención de perturbar el orden público de la sedante, ilustrada y aristocrática Capital.

Una tarde —hacía ya una semana que Raúl se había instalado en la casa de la calle Solís— Anfio y Présule se encontraban como de costumbre gozando del último rayo de sol en el patiecito, mientras Güendolina leía sus revistas femeninas detrás de la ventana, cuando de pronto se abrió la puerta del cuarto de la sirvienta, y el muchacho apareció en el corredor que daba al patio. Présule lo miró con aire ultrajado, Anfio con terror; se habían quedado inmóviles donde estaban, como dos enanos embalsamados, pero con los cinco sentidos intensamente alerta.

En la mano izquierda Raúl traía la pelota. Se acercó a Présule, se arrodilló, y tendiéndole la mano derecha le dijo:

—Lindo enanito, ¿jugamos?

Al enano se le erizaron todos los pelos de la frente; ante la humillación sólo atinó a huir, refugiándose en el vestíbulo. Anfio observaba atónito la escena. Pero el chico ya se había levantado, y sin dar importancia a la fuga del enano se había puesto a jugar con la pelota, haciéndola rebotar contra la alta pared del fondo. En ese paisaje gris y húmedo, apenas iluminado por un postrer haz de sol declinante, bajo la mirada impasible de las persianas del primero y del segundo piso, siempre cerradas, parecía un chico cualquiera en una casa cualquiera. La señora Marín, que detrás de los vidrios había visto toda la escena, dirigió una última mirada indiferente al niño ensimismado, y luego se retiró también ella al interior del apartamento.

Esa misma noche, apenas se hubieron acomodado los tres en sus respectivos lugares habituales, Anfio exclamó con su voz más aguda, golpeando la alfombra con los puños:

—¡No se soporta, no se soporta un día más! Présule suspiró profundamente; luego levantó la cabeza, que ya había apoyado sobre el almohadón de la pecera, y apoyándose sobre un codo, sin desviar la mirada del retrato de Camel, dijo recalcando las palabras:

—Así es. Su insolencia no conoce límites. Tendría que irse.

—No puedo echarlo— protestó débilmente Güendolina—, el juez de menores me ha declarado tutora responsable.

—¡De un idiota —exclamó Anfio— que juega a la pelota en el patio!

—Siendo la tutora —opinó Présule— no estaría bien que lo echara a la calle; pero nada le impide envenenarlo poco a poco, como hacen los franceses con los parientes antipáticos. El juez de menores no anda hurgando en los platos de los menores.

—Le harían la autopsia y descubrirían todo —dijo Güendolina, moviendo los ojos de derecha a izquierda, como quien no sabe de qué lado tomar.

—Entonces, ahogúelo en la bañera llena de agua —propuso Présule, sin poder reprimir un escalofrío.

—No puedo, es más fuerte que yo; el otro día cambió de lugar el ropero del cuartito, que yo no había podido nunca mover.

—Hágale lo que el otro chico le hacía a Présule —dijo Anfio, con una risita.

Al oír esto, el enano mayor se arrepintió de haber jamás hablado del jardín secreto y salvaje de su adolescencia; prefería que no le recordaran aquella otra criatura que lo había humillado tanto, primero obligándolo a cometer ciertas indecencias que él no podía compartir, y luego burlándose de él por haber aceptado participar en ellas.

Pero no dijo nada, porque las palabras de Anfio acababan de sugerirle un plan para deshacerse de Raúl. El plan era bastante sencillo: Güendolina lo invitaría a venir al dormitorio, y una vez allí lo induciría a hacer el amor con ella, tantas veces como fuera necesario, hasta reducirlo a la más completa extenuación. Recordaba haber leído en un opúsculo escrito por un jesuíta, una verdadera autoridad en la materia, que la insistencia en el pecado solía provocar las más serias enfermedades en el organismo, desde el cáncer hasta la tuberculosis. Cuando el chico se hubiera enfermado gravemente, se desembarazarían de él mandándolo a un hospital; la señora Marín, en cambio, era mujer y según el sabio jesuíta podía hacer el amor cuantas veces quisiera, sin debilitarse.

Sin duda Güendolina opondría algunas objeciones; diría que ya no le interesaban esas cosas (lo que no era cierto, como lo demostraba el género de novelas que leía habitualmente: Tutor y amante, Del altar al arroyo, Mariposas de madrugada, etcétera); alegaría que su cuerpo había perdido la elasticidad de sus años juveniles, y que ya no era más que una bolsa de huesos; que la vida espiritual y contemplativa que llevaba en compañía de sus enanos no constituía una preparación adecuada para la vida galante; que no era, en fin, una Circe, como solía llamarla Anfio: «Nuestra Circe en su gruta encantada». Pero ninguna de estas objeciones representaba un obstáculo serio. Podía decir lo que quisiera; en última instancia Présule contaba siempre con un poderoso argumento a su favor: el notable parecido que existía entre Raúl y su difunto tío.

Instintivamente, siempre había callado cuando alguien mencionaba dicho parecido, que por otra parte saltaba a la vista. Porque si algo habían odiado más que el agua los enanos (aunque retrospectivamente, y como se odia a un fantasma del pasado, al cual después de todo siempre se le puede conceder un lugarcito en la felicidad presente, ya que no existe el peligro de que una vez instalado se apodere de lo que no le corresponde, como hacen las personas vivas) era el señor Marín. Pero ya no era el momento de detenerse en consideraciones de simpatía o de antipatía: si quería que Güendolina desempeñara la parte que le había sido asignada en el plan de liberación, lo mejor sería invitarla a una sesión de espiritismo, en el curso de la cual el señor Marín se aparecería y declararía que Raúl era su reencarnación.

Preparar la sesión le llevó casi toda la mañana siguiente. Anfio, que en el momento oportuno debía esconderse detrás del amplio cortinaje rojo que cubría desde el techo hasta el suelo una de las paredes del dormitorio, se encargaría de personificar el oráculo. Aunque esa mañana parecía perfectamente incapaz de aprender el breve discurso que su compañero le había encomendado. Confundía las palabras; cuando imitaba la voz gruesa del muerto, se distraía, olvidándose por completo de lo que estaba haciendo, para prorrumpir en chillidos incoherentes; intercalaba bromas, se rascaba, se interrumpía para alisarse el pelo de los hombros, y en el momento menos pensado se echaba al suelo y se quedaba dormido. Pero a fuerza de insistir, terminó por aprender su papel, y Présule pudo por fin dedicarse a los demás detalles, por cierto no menos importantes, de la representación.

Llegada la noche, mientras Güendolina se encontraba en el cuarto de baño, lavándose los pies como siempre hacía antes de irse a la cama, Anfio se escondió, temblando de emoción, detrás del cortinaje, mientras Présule se acomodaba sobre el diván, para esperar a su dueña. Cuando ésta entró en el dormitorio, Présule se apresuró a explicarle la ausencia de su compañero:

—Le he dicho que se quedara afuera porque esta noche hacemos sesión de espiritismo.

Güendolina suspiró, halagada, y se acostó en seguida en su cama; la apasionaban las sesiones de espiritismo, aunque en ese sentido muy raramente condescendían los enanos a complacerla, porque la viuda siempre quería evocar el espíritu de su marido, y este género de evocaciones (aparte de que el señor Marín no acudía nunca al llamado, o si acudía sólo era para manifestarse mediante un rasqueteo casi inaudible, o un vulgar crujido) constituía tanto para Présule como para Anfio motivo de ilimitado aburrimiento; un aburrimiento al cual se mezclaba, como era natural, su buena dosis de repugnancia.

Las sesiones eran por otra parte sencillísimas. Nada de mesitas de tres patas ni de esferas de cristal de roca: bastaba que Güendolina y los enanos (aunque Anfio no siempre asistía, porque le resultaba imposible mantenerse inmóvil y callado) se redujeran a estarse quietos, mirando fijamente el techo, para que inmediatamente el tenebroso silencio les ofreciera toda clase de crujidos, chirridos, temblores, sacudidas y pasitos de ratones, que cada uno de ellos interpretaba a su manera.

Y así habrían hecho también esa noche, si no hubiera sido que, en un momento dado, cuando más sepulcral era el silencio, se oyó una voz gruesa y desigual, al parecer proveniente de la cortina que decía:

—Soy Marín, Güendolina.

—Te oigo —contestó la señora, rígida como la muerte.

—Debo decirte una cosa —dijo la voz.

—Dila, soy toda oídos —dijo Güendolina.

—Por obra de la metempsicosis, mi espíritu se ha alojado en el cuerpo de Raúl —dijo la voz.

—¡No digas! —exclamó Güendolina.

—Por lo tanto, debes tratarlo como si fuera tu marido —dijo la voz.

Y por esa noche no dijo más nada, porque Anfio se había puesto a toser, tal vez por influjo de la humedad de la pared contra la cual se en contraba acurrucado, o tal vez por la emoción.

Pero Güendolina, que hasta ese día no había recibido nunca una comunicación tan clara de su marido, ya se había levantado de la cama, y trepada a una silla se había puesto a besar apasionadamente el vidrio del retrato del señor Marín, colgado en la pared.

—Gracias, gracias —repetía—, veo que la muerte no te ha cambiado, siempre pensando en todo.

Mientras tanto, Anfio salía a cuatro patas de su escondite, y sin ser visto escapaba al vestíbulo, tratando de contener la tos.


III

La noche siguiente, después de la cena, Raúl se encontraba en el cuarto leyendo con aplicación, en un Hogar de 1923, la descripción para él todavía emocionante de una carrera de automóviles de la época, cuando entró Güendolina y le ordenó que la acompañara, así en pijama como estaba, a su cama. En el dormitorio, Présule y Anfio se habían escondido detrás del cortinaje, una especie de tapicería de terciopelo borgoña con borlas ocres, para espiar por los agujeros de la polilla.

Una vez frente al lecho, la señora Marín, que para la ocasión había adoptado una actitud hierática, como de sacerdotisa, se despojó del salto de cama que la cubría y se reveló desnuda. Los senos, como dos medias de Navidad, cada una con su modesto regalito en la punta, le llegaban hasta el vientre, que a su vez pendía sobre el sexo como una almohada que ha perdido la mayor parte del relleno de pluma; las piernas no parecían tan fláccidas como los brazos, pero en cambio eran arqueadas.

Luego se soltó las peinetas que retenían su rala cabellera gris, y se recostó en la cama, en la pose de Paolina Borghese. Encendió la radio; un segundo después se elevó por la habitación una voz gangosa que cantaba la segunda estrofa de «Te vi en el bote, entre los cisnes, por la primera vez», la parte que dice «Como el soldado, ante el obús, del enemigo». Raúl contemplaba atónito a su tía, porque era la primera vez que veía a una mujer desnuda.

—Desvístete y acuéstate a mi lado —le ordenó Güendolina, lanzando al mismo tiempo una rápida mirada hacia el cortinaje que ocultaba a los enanos, como para agradecerles este su segundo himeneo. Detrás de la felpa roja, Anfio se retorcía de nerviosidad, y de vez en cuando se le escapaba una risita histérica; Présule, en cambio, observaba la escena como un director de teatro observa a sus actores el día del estreno, cuando las suertes ya están echadas y el hilo del destino se suelta de sus manos.

Raúl sentía cierto pudor de quitarse el pijama, pero ante la mirada entre imperiosa y solemne de Güendolina decidió obedecer, si bien conservando el slip triangular que aun de noche cubría su timidez. Pero apenas se hubo deslizado entre las sábanas, la mujer le arrancó el calzoncillo; luego se colocó sobre el muchacho desnudo, a cuatro patas, sosteniéndose con las manos y las rodillas, en la posición que le había enseñado el señor Marín.

Suavemente acariciado por el peso muelle de los largos senos y del vientre acolchado, Raúl se abandonó al placer natural de la situación; se sentía flotar en el aire, como en un sueño, suspendido sobre miríadas de mariposas que insensiblemente lo elevaban hacia el cuerpo de su tía. La momia desgreñada sonreía, repitiendo en voz baja palabras sin sentido.

En el momento en que se consumaba la unión, Anfio, que ya no podía contenerse un instante más, profundamente agitado por la emoción para él inexplicable que la extraordinaria escena suscitaba en su espíritu, apartó la cortina y gritando: «¡Hurra! ¡Bravo! ¡Hurra!», se lanzó hacia el tálamo y se puso a saltar de entusiasmo en torno de los celebrantes, como un niño en presencia de un espectáculo de circo, o delante de una torta de cumpleaños.

También Présule parecía conmovido, pero el origen de su emoción era más complejo; secándose con el dorso de la mano las lágrimas que a pesar suyo brotaban de sus ojos negros, salió de la habitación y se acurrucó en un rincón del vestíbulo. Poco después sucedió un hecho tan significativo como inesperado: Raúl se levantó de la cama, y aferrando al enanito rubio por el cuello de la blusa de gabardina, lo echó del dormitorio, bruscamente. Güendolina, exhausta sobre el lecho, no hizo ningún comentario.


IV

Noche tras noche se repitió la escena, pero no ya en presencia de los enanos. La señora Marín había demostrado ser como esos planetas o asteroides que avanzan incansablemente sobre la misma órbita, durante años y siglos, sin cambiar de trayectoria, hasta que un día sufren la incalculable sacudida de algún cataclismo interestelar, y cambian de dirección para siempre, sin darse realmente cuenta, sumisos y obedientes a las leyes newtonianas; como si tuvieran en el fondo la seguridad de que todo el espacio está a su disposición, que una trayectoria no es mejor ni peor que otra, y que lo esencial es girar cíclicamente. Tanto más si la órbita nueva resulta ser una de las anteriores. Poco importa, por otra parte, si en ese cataclismo el planeta se desprende de alguno de sus satélites: un astro siempre puede prescindir de sus satélites, o procurarse otro.

Indudablemente, Güendolina no parecía la misma persona de antes. Ya no se pasaba las mañanas limpiando el comedor o quitando el polvo a los libros de la biblioteca de su difunto marido, sino preparando nutritivos y esmerados platos para Raúl, postres de los cuales los enanos sólo podían aprovechar los restos, lamiendo las fuentes con avidez y envidia. Sin mencionar los magníficos sambayones y sandwiches de pollo que el chico devoraba a cualquier hora, de mañana y de tarde: tenía un verdadero estómago de avestruz.

Los primeros días, Anfio había tratado de entrar en el dormitorio, pero le habían cerrado la puerta con llave; había golpeado, y le habían contestado de mal modo que se fuera a otra parte; había llorado delante de la puerta de Güendolina, y nadie lo había consolado. Ya no se lamía incesantemente como antes el pelo dorado del vientre —que siempre había sido su mayor orgullo— para alisárselo y mantenerlo en buen estado. Sucio, despeinado, con los rizos de los muslos enredados en basuras y pelusas que ya ni trataba de arrancarse, se escondía debajo de las mesas para morderse con rabia los nudillos de las manos, mientras la señora llenaba de flores los floreros y llamaba con voz melosa:

—¡Raulito! ¿No te agradaría un rico sandwich de huevo y tomate?

Desde su cuarto, tendido en la cama ahora cubierta de revistitas en colores que Güendolina le compraba en el puesto de diarios de la esquina Raúl bajaba el volumen de la radio (también la radio había sido trasladada a su pieza) y contestaba:

—Sí, tía, con mucha manteca.

Y la señora Marín corría a la cocina y preparaba el sandwich prometido, canturreando mientras tanto: «Soy la abeja melodiosa, que vuela de flor en flor, ocupada y laboriosa». Anfio se sentía morir de hambre y de envidia.

Présule, por su parte, había empezado a dudar de la eficacia de su plan: pensándolo bien, no sólo no había dado el resultado deseado, sino que había provocado un desastre. En efecto, las relaciones de los enanos con su protectora se reducían ahora al mero acto de comer el mísero mondongo hervido que ésta les dejaba en un plato. ¡Adiós conversaciones, adiós brillantes comentarios, adiós noches de verano lentamente saboreadas, mientras un rayo de luna llena se desplazaba con pereza desde la cómoda hasta el tocador, y el perfume de los paraísos en flor entraba desde la calle por la ventana entreabierta, para mezclarse con los perfumes baratos y familiares de Güendolina!

Por otra parte, el chico no adelgazaba un solo gramo; al contrario, generosamente nutrido y fortificado por las constantes atenciones de su compañera de lecho (¡con qué íntimo desgarramiento, como si un alambre de púas le ciñera el corazón, el enano aplicaba esta nueva denominación a aquella que había sido intocable deidad protectora de sus vidas, venerado numen de tantas veladas exquisitas y hoy más lejanas que un sueño irrealizable, perfecta inspiradora de entusiasmos y afectos!), Raúl crecía y se hacía más corpulento: pocos días antes había tenido que afeitarse los bigotes y las patillas.

Para colmo de males, Güendolina ya no los dejaba entrar tampoco durante el día en el dormitorio; tendidos en el mosaico helado del vestíbulo, delante de la puerta, o cuando hacía demasiado frío acurrucados míseramente sobre los incómodos sillones de esterilla, Présule y Anfio debían conformarse con oír de vez en cuando algún suspiro, que como ahogado entre sábanas emergía de la habitación a oscuras; o a veces el ruido de algún objeto pesado que caía al suelo, apagado por las gruesas alfombras, pero suficiente para suscitar en la imaginación de los enanos pensamientos lúgubres, incógnitas que se ramificaban incesante mente sin llegar nunca a una explicación concreta. La verdad era que por más que se esforzaran ninguno de los dos conseguía dormir hasta que Raúl abandonaba el dormitorio, en pijama y pantuflas, para encerrarse en su pieza, de la cual no salía nunca hasta el mediodía.

Lo que hacía en el dormitorio de la señora, ya lo habían visto la primera noche, a través de los cortinajes. Pero ¿qué fabricaba encerrado en su cuarto todo el día? No podía estar siempre leyendo: hasta las personas más instruidas se aburren de leer siempre historietas en colores. Por fin, una noche que Raúl había dejado sin llave la puerta de su pieza, los enanos pudieron entrar a curiosear. Fue así como descubrieron que el muchacho se dedicaba a la construcción de planeadores.

En desorden por el suelo y sobre la cama se veían varillas, rollos de tela de avión, tarros de cola espesa y líquida, trozos de madera de balsa a medio tallar, una botellita de aguarrás; sin contar con el cuchillo de caza con el mango incrustado que había sido del señor Marín, un punzón, un mechero a alcohol, y varias hojas de papel de lija, de grano grueso y fino.

El primer impulso de Anfio, al ver estos implementos para él insólitos, fue llevárselos todos a la cocina y quemarlos. Présule trató, sin embargo, de explicarle que un gesto incendiario de este tipo habría sido, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo: Raúl protestaría, y Güendolina aprovecharía la oportunidad para regalarle un equipo de planeadores mucho más completo y más caro, por ejemplo el codiciado equipo norteamericano «Construya su Propio Cohete Interplanetario», que siempre anunciaban por la radio. Y para colmo de males se enojaría con los enanos, cuando supiera que habían entrado en la pieza del muchacho sin permiso. Lo mejor sería resignarse a escupir simbólicamente sobre las herramientas. Pero Anfio no quiso darse por satisfecho con esta modesta manifestación de desaprobación, y antes de abandonar el cuarto orinó sobre la almohada de Raúl.

La inesperada revelación de las actividades secretas del provinciano había sido un rudo golpe para Présule. Como siempre hacía en estos casos, apenas salió de la habitación prohibida se encerró con llave en la letrina de servicio, que por un acuerdo tácito había sido reservada para uso exclusivo de los enanos. Una vez seguro de que nadie lo molestaría, se sentó en el inodoro y se echó a llorar desconsoladamente. El mundo parecía decidido a seguir su propio curso imprevisible. El enano se sentía arrastrado por una marea de voluntades adversas que amenazaban arrastrarlo hacia Dios sólo sabía qué playas desoladas e inhóspitas. Estaba solo, como una hoja perdida en la tormenta. Porque ¿de qué podía servirle la compañía de Anfio en una situación semejante? Sin duda era un enanito gracioso, rizado, casto, a veces divertido, a veces afectuoso; pero más no se podía decir en su favor: en cualquier otro sentido era un verdadero cero a la izquierda. ¿Acaso había sido capaz de sugerir una sola proposición constructiva, para impedir por ejemplo que Raúl siguiera construyendo planeadores? Lo único que se le había ocurrido había sido: primero, quemar el equipo en la cocina económica; segundo, hacer pis en la almohada. Ni más ni menos que una criaturita de cuatro años.

Fuera como fuera, solo o acompañado, no podía quedarse con los brazos cruzados y dejar que el destino lo sofocara, sin esbozar siquiera un gesto de resistencia. El, que siempre había corrido por toda la casa alegremente, cazando las moscas, hurgando en los roperos, escondiéndose detrás de los libros para esperar el paso de Güendolina y asustarla haciéndole «Cucú»; él, el rey de la casa, consejero de todos, el enano respetado y querido, hoy ni siquiera se atrevía a salir de la letrina, por temor de encontrarse con Raúl. No era posible.

Entreabrió un poco la puerta y espió: el corredor estaba desierto. Sacando pecho en señal de desafío, Présule abandonó su encierro. No había sido derrotado todavía: la desesperación aguzaría sus armas. Y apenas se le presentara una oportunidad, se desharía de ese negro concupiscente; si fuera necesario lo haría desaparecer empleando medios químicos, como en la novela Sin dejar huellas.


V

Aunque nunca lo usaba, Güendolina tenía en el cajón de la mesa de luz un tubo viejo de somnífero, recuerdo del triste período que había seguido a la muerte del señor Marín, cuando nada conseguía mitigar sus insomnios de viuda, y las largas noches se confundían con los días en una cadena ininterrumpida de aburrimientos. Hasta que finalmente había tenido la feliz idea de procurarse los enanos (uno venía de casa de su tía, y el otro era una oportunidad que le había ofrecido a muy poco precio, recién nacido, una amiga que se iba al extranjero); desde ese momento no había tenido que tomar nunca más una pastilla.

El tubo estaba casi lleno; Présule lo había sustraído por la mañana, mientras la señora se encontraba en el mercado. Porque había decidido envenenar a Raúl.

Para esto debía esperar que Güendolina y el muchacho hubieran terminado de cenar. Todas las noches, después de la cena, la señora Marín preparaba una taza de chocolate, según ella para hacer bajar la comida. Bastaría disolver el narcótico en el chocolate; por suerte la taza de Raúl era más grande que la de Güendolina, lo que simplificaba notablemente la operación, impidiendo fastidiosas confusiones. Luego le dejaría el tubo sobre la mesa de luz, y la gente pensaría que se había suicidado.

Larga fue la espera, y solitaria; no había querido participar su proyecto al otro enano para que no lo delatara. Encerrado en su cuartito de baño, mirando constantemente el reloj, Présule espiaba los movimientos de Güendolina en la cocina, sintiéndose sofocar por esa nerviosidad que algunos llaman la «angustia de los asesinos», y que en el fondo no es más que la angustia de todos los que intentan forzar el destino, un juego muy semejante al de la ruleta, imprevisible y a menudo insatisfactorio.

Apenas vio que Güendolina vertía el chocolate en las tazas, se deslizó sin hacer ruido hasta la ventana de la salita, la abrió y se puso a gritar:

—¡Vengan pronto, vengan a ver el camión de propaganda del Circo Máximo, con los monos amaestrados!

Mientras la señora se precipitaba hacia la ventana abierta, Présule entraba subrepticiamente en la cocina y echaba todas las pastillas del tubo en la taza de Raúl, revolviendo con la cucharita.

—No veo nada —dijo Güendolina, decepcionada.

Escrutó una vez más la calle vacía, luego cerró la ventana y volvió ai comedor.

—Habrán dado vuelta a la esquina —dijo Présule, corriendo a esconderse debajo del sofá del vestíbulo, para calmarse los nervios.

Cuando Raúl se llevó el chocolate a los labios hizo una mueca:

—Tiene un gusto raro —dijo.

Güendolina probó el chocolate de su taza.

—No le siento ningún gusto raro —dijo.

Pero para conformar a su sobrino cambió las tazas, y por gentileza habría muerto envenenada, si el narcótico hubiera sido más fuerte.

De todos modos, apenas hubo bebido el chocolate sintió sueño, y se fue a la cama sin lavar los platos. Cuando Raúl vino a hacer el amor con ella, la señora roncaba tan ruidosamente que el muchacho decidió regresar a su habitación y acostarse.

Poco después apagó la luz y se quedó dormido también él, porque tenía quince años.

Présule, que lo espiaba por el ojo de la cerradura, se preguntaba si ya se habría muerto; no se atrevía todavía a entrar para dejar el tubo vacío sobre la mesa de luz, como había planeado. O tal vez fuera mejor dejárselo apretado en la mano; aunque si esperaba demasiado se le endurecerían los dedos. En ese momento se le acercó Anfio y le preguntó qué espiaba.

—Estoy esperando que se muera —contestó Présule.

—¡Qué divertido! —exclamó Anfio—. ¿Quién te dijo que se va a morir?

—Lo dijeron por la radio —mintió Présule con una sonrisita nerviosa.

La reacción de Anfio fue, como siempre, inesperada: se precipitó hacia el cuarto de baño, destapó el frasco de agua de Colonia de Güendolina, y empezó a bebérsela a grandes sorbos, cantando al mismo tiempo «La Violeta, la va, la va», una canción italiana que había aprendido a fuerza de oírsela cantar a un mendigo que solía estacionarse junto a la ventana de la sala.

A las dos de la mañana, el enano decidió poner fin a la espera. Un silencio de catacumba cristiana envolvía la casa, apenas interrumpido por las esporádicas carcajadas de Anfio, que se paseaba por el vestíbulo con el mantón de Manila de Güendolina atado al cuello a guisa de manto de coronación; estaba completamente borracho, porque se había bebido todo el contenido del frasco de agua de Colonia, más de medio litro.

Présule abrió lentamente la puerta de Raúl, y encendió la luz: el muchacho dormía, con una mano bajo la mejilla. Despertarlo, sin haber tomado antes las necesarias precauciones, habría sido demasiado peligroso. Procurando no hacer ruido, el enano abrió el armario del corredor y extrajo de su interior un rollo de cordón eléctrico que había sido del señor Marín. Volvió a entrar en la pieza, siempre en puntas de pies, y con toda la delicadeza que le era posible ató firmemente las muñecas y los tobillos de Raúl a los barrotes de la cama; cuando hubo terminado, le volcó el resto de la botella de leche sobre la cara. El muchacho abrió lentamente los ojos.

—¿Qué hora es? —dijo, medio dormido todavía.

En la cara peluda de Présule se dibujó una expresión de curiosidad, que no podía ser fingida porque nadie lo estaba mirando. Después de un instante de desconcierto, el enano se abalanzó hacia el dormitorio de Güendolina, que ya no roncaba, y trató de despertarla también a ella, primero llamándola a gritos y después sacudiéndola. Pero la señora Marín no se despertó, y Présule supuso que se había muerto.

Completamente desnudo bajo su mantón bordado de grandes rosas rojas, Anfio se asomó a la puerta del dormitorio y preguntó qué pasaba.

—La señora ha pasado a mejor vida— le contestó Présule, mordiéndose los labios.

Las lágrimas corrían copiosamente por sus negras mejillas.

—Yo, en cambio, no tengo nada de sueño— exclamó Anfio.

Pero Présule ya no lo escuchaba. Apartándolo de la puerta con un empellón, se había precipitado hacia la cocina. Allí se puso a hurgar nerviosamente en el cajoncito de las herramientas, hasta dar con lo que buscaba, un soldador eléctrico para radioaficionados que nadie usaba nunca. Blandiendo el soldador como una espada entró en el cuarto de Raúl, insertó la ficha en el enchufe contiguo a la mesa de luz, y esperó que la herramienta se calentara.

—¿Por qué estoy atado? —le preguntó Raúl, que no entendía todavía lo que ocurría.

Sin tomarse la molestia de contestarle, el enano procedió a arrancarle el pijama y la camiseta, con la ayuda del cuchillo de caza; luego, para probar la temperatura, le trazó una raya sobre el pecho con el soldador, desde la garganta hasta el ombligo. Al oír el grito prolongado del muchacho, entró Anfio, arrastrando su cola roja y negra: traía en la mano el gran cisne blanco de Güendolina, con el cual acababa de empolvarse el pelo de la cara y del cuello. Pero apenas vio el soldador dejó caer el cisne y trató de apoderarse del aparato eléctrico.

Présule no quería dárselo; tanto insistió y tironeó sin embargo su compañero, que finalmente le concedió permiso para que también él hiciera un dibujo sobre el vientre de Raúl. Con una sonrisa angelical en los labios, Anfio trazó sobre la piel tersa y morena una carita provista de ojos, nariz, boca y orejas. Cuando terminó, el muchacho se había desmayado.

Como ya no le quedaba leche en la botella, Présule tuvo que reanimarlo vertiéndole el frasco de cola líquida sobre la cara; luego le hizo beber un sorbo de la botella de aguarrás, para disolverle la cola que eventualmente le hubiera entrado en la boca. Atado de pies y manos, Raúl se sacudía espasmódicamente, mientras el otro enano, armado del punzón, se esforzaba por extraerle el menisco de la rodilla derecha; aunque todos sus esfuerzos en este sentido habrían sido vanos, si Présule no lo hubiera ayudado con el cuchillo de caza. No sabiendo qué hacer con el menisco ensangrentado, se lo metieron a Raúl en la boca, para que no gritara tanto.

Como embriagado por el olor a pelo quemado, Présule pasaba el soldador del cabello a las cejas, de las cejas a las pestañas. El humo amargo de Raúl, confundiéndose con el humo picante de la pelota y de los planeadores que Anfio había empezado a quemar en el mechero a alcohol, llenaba la habitación; el aire se había vuelto irrespirable. De pronto, a través del humo, Présule vio que Anfio se llevaba a la boca la mano exánime del muchacho, y de un mordisco le comía el dedo meñique; esto le produjo tanta impresión, que lo echó del cuartito a empellones.

Luego cerró la puerta con llave, para seguir haciendo uso del soldador, esta vez bajo las axilas. Ponía los cinco sentidos en la operación; tanta era su concentración, que inadvertidamente le asomaba entre los dientes la punta rosada de la lengua. Raúl ahora gemía, en vez de gritar; de sus ojos quemados sólo quedaban dos protuberancias rojas, de la boca le chorreaba hacia el cuello un hilo de saliva entremezclada con cola y con sangre. Las contracciones de su cuerpo se hacían cada vez más violentas, hasta el punto de que Présule se vio obligado a cortarle con el cuchillo de caza el tendón de Aquiles de ambos tobillos.

Excitado extrañamente por el color brillante de la sangre, volvió a empuñar el soldador, murmurando entre dientes: «Para qué sirve la nariz, para qué sirve la nariz». Por un resabio de consideración humana ponía especial cuidado en agrandar progresivamente los agujeros a medida que la destrucción avanzaba, para que no le faltara el aire. Los gemidos del muchacho, el cual muy probablemente ya se había tragado el menisco que los enanos le habían introducido en la boca para calmarlo, aumentaron otra vez hasta convertirse en aullidos penetrantes.

Del otro lado de la puerta, Anfio suplicaba con voz monótona a su compañero que le permitiera entrar. Présule no le hacía caso; pero un rato después, ahogado por el humo porque la habitación en vez de ventana sólo contaba con un respiradero al parecer insuficiente, se vio obligado a abrir y salir un momento al exterior en busca de aire puro. Anfio aprovechó inmediatamente la oportunidad para entrar en el cuarto, armado esta vez de un abrelatas con el cual efectuó diversas incisiones en los muslos de Raúl. También a él la vista de la sangre lo excitaba estéticamente; para hacer más rápido, renunció al abrelatas y escogiendo el papel de lija de grano más grueso se puso a lijar la superficie del cuerpo del muchacho, que en pocos minutos fue adquiriendo un color rojo subido; salvo donde estaba cubierto por los calzoncillos, ya que ninguno de los dos enanos se hubiera atrevido a tocar esa prenda de vestir que ellos creían de mal agüero.

En esta tarea se encontraba absorto el enano rubio, cuando Présule, habiéndosele disipado en parte la sofocación provocada por el humo, advirtió desde el corredor un fuerte olor a pescado. Se acercó a su compañero y le olió la boca, en torno de la cual una sustancia grasa que parecía aceite, mezclándose con los restos de la espesa capa de polvo de arroz que el enano se había aplicado poco antes con el cisne, había formado una especie de máscara blanca de aspecto desagradable.

—¿Has robado pescado? —le preguntó.

Anfio dejó el papel de lija sobre el vientre de Raúl, que ya no gritaba y al parecer se había desmayado otra vez, y asintió avergonzado.

Los ojos de Présule brillaban. Entró en la cocina; sobre una silla vio la lata, vacía. Y en el armario abierto de par en par, pilas de latas sin abrir: latas de anchoas, de sardinas, de atún, y una más grande, redonda, de arenques salados.

Ávida, febrilmente, ante la mirada golosa de Anfio que lo había seguido, Présule empezó a abrir las latas. Era uno de esos regalos que manda el destino a los que a fuerza de luchar con él terminan por convencerlo de que se merecen un premio por su valor y por su tenacidad. Con la punta de los dedos, con delicadas muecas de satisfacción, se servían un poco de cada lata: un trozo de salmón, una anchoa, un arenque salado. El deleite los exaltaba por encima de las miserias de la carne, más allá del presente y del pasado, en un futuro que bien podía ser eterno; el pescado resolvía las contradicciones de la realidad. Ya nadie entraría en esa casa; clavarían las puertas, construirían barricadas de muebles, y el día que se acabaran las latas se comerían los cadáveres de Raúl y de Güendolina. Para neutralizar el exceso de sal de los arenques, habían descorchado una botella de vino del Elba; cuando éste se terminó, bebieron caña quemada, anís, vodka y marsala al huevo. La luz eléctrica suscitaba reflejos dorados en las latas abiertas, centelleaba sobre el vidrio de las botellas vacías, destacaba las rosas rojas del mantón de seda abandonado en un rincón de la cocina.



El caos
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1974
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8 oct. 2011

Juan Rodolfo Wilcock - Absalón Amet

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Absalón Amet, relojero de La Rochelle, puede llamarse en cierto modo el precursor  oculto de una parte no despreciable de lo que más adelante sería denominado la filosofía moderna -tal vez de toda la filosofía moderna-, y más exactamente de aquel amplio sector de investigación con fines superfluos o decorativos que consiste en la casual aproximación de vocablos que en la práctica corriente rara vez mantienen contacto entre sí, con la consiguiente deducción del sentido o de los sentidos que eventualmente se puedan desprender del conjunto; por ejemplo: «La Historia es el movimiento de la nada hacia el tiempo», y combinaciones semejantes. Hombre del siglo XVIII, hombre habilidoso, Amet jamás pretendió la sátira o el conocimiento; hombre de mecanismos, no quiso mostrar otra cosa que un mecanismo. En el cual se ocultaba amenazador -pero él no lo sabía- un hormigueante futuro de deshonestos profesores de semiótica y de brillantes poetas de vanguardia.

Amet había inventado y fabricado un Filósofo Universal que al comienzo ocupaba la mitad de una mesa pero que al final llenaba toda una habitación. El aparato consistía esencialmente en un conjunto bastante sencillo de ruedas movidas por muelles y reguladas en su movimiento por un mecanismo especial de resorte que detenía periódicamente el engranaje. Cinco (en la versión inicial) ruedas coaxiales, de diámetro diferente, con otros tantos cilindros gruesos y pequeños, enteramente recubiertos de etiquetas, cada una de las cuales llevaba escrito encima un vocablo. Estas etiquetas iban pasando sucesivamente ante una pantalla de madera dotada de ventanillas rectangulares de modo que en cada pausa, mirando por el otro lado de la pantalla, podía leerse una frase, siempre casual pero no siempre desprovista de sentido. Marie Plaisance Amet, única hija del relojero, leía estas frases y transcribía las más curiosas o apodícticas en su grueso cuaderno de contable.

Los vocablos del primer cilindro eran todos sustantivos, precedido cada uno de ellos del correspondiente artículo. En el segundo cilindro estaban los verbos. En el tercero, las preposiciones, propias e impropias. En el cuarto, estaban escritos los adjetivos y en el quinto de nuevo los sustantivos, diferentes, sin embargo, de los del primero. Los cilindros se podían hacer subir o bajar a voluntad, lo que permitía una variedad casi infinita de combinaciones. De todos modos, esta primera forma del Filósofo Universal, à six mots, seguía siendo evidentemente demasiado rudimentaria, a partir del momento en que sólo podía ofrecer pensamientos del tipo: «La vida-gira-hacia-igualpunto », «La mujer-elige-bajo-bajos-impulsos», «El universo-nace-de-mucha-pasión», u otros más frívolos todavía.

Para un mecánico experto como Amet, confeccionar un Filósofo más evolucionado, capaz, por tanto, de producir giros sintácticos más atrevidos y sentencias más memorables, sólo era cuestión de paciencia y de tiempo, dos cualidades que estaba claro que la desaparecida comunidad protestante de La Rochelle no regateaba a sus miembros. Añadió adverbios de todo tipo: de modo, lugar, tiempo, cantidad, calidad; añadió conjunciones, negaciones, verbos sustantivados y cien refinamientos semejantes. A medida que el relojero insertaba ruedas, cilindros, y ventanillas en la pantalla de lectura, el Filósofo aumentaba de volumen, y también de superficie. El ruido los engranajes evocaba a la joven Plaisance el rumor interior de un cerebro atareado, mientras a la luz de una, dos y finalmente tres velas, cada paso le ofrecía un pensamiento, cada combinación un motivo de reflexión, en sus largas tardes de otoño frente al gris océano.

No es que no anotase en su cuaderno frases del tipo: «El gato es indispensable para el progreso de la religión», o bien «Mañana casarse no vale un huevo inmediatamente»; pero ¡cuántas veces sin saberlo registró su pluma conceptos entonces oscuros y que un siglo, dos siglos después, serían llamados frases luminosas! En la colección publicada en Nantes en 1774, a nombre de Absalón y Plaisance Amet con el título de Pensées et Mots Choisis du Philosophe Mécanique Universel, encontramos por ejemplo una frase de Lautréamont: «Los peces que alimentas no se juran fraternidad», otra de Rimbaud: «La música sapiente falta a nuestro deseo», una de Laforgue: « El sol depone la estola papal». ¿Qué sentido de la irrealidad futura indujo a la joven -o a su padre en su lugar- a elegir entre millares de frases insensatas éstas que un día merecerían ser antologiadas?

Pero tal vez son más notables las de carácter estrictamente filosófico, en el sentido más amplio de la palabra. Sorprende leer en un libro de 1774: «Todo lo real es racional »; «El hervido es la vida, el asado es la muerte»; «El infierno son los demás»; «El arte es sentimiento»; «El ser es devenir para la muerte»; y tantas otras combinaciones del mismo tipo convertidas hoy en más o menos ilustres.

No sorprende, en cambio, saber que los tres únicos ejemplares que quedan del libro de los Amet se encuentran ahora, los tres, en la pequeña y desordenada biblioteca municipal de Pornic, Bajo Loira. Tal vez ya sea tarde para descubrirlos: no tardará en llegar un día, en efecto, si es que no ha llegado ya, en que todas las proposiciones del Filósofo Mecánico Universal, y otras muchas más combinaciones de vocablos, habrán sido acogidas con el debido respeto en el seno generoso de la Historia del Pensamiento Occidental.


En La sinagoga de los iconoclastas