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17 dic. 2014

Simone Weil - El ateísmo purificador

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Simone Weil - El ateísmo purificador


Caso de contradictorios verdaderos. Dios existe, Dios no existe. ¿Dónde está el problema? Estoy completamente segura de que hay un Dios en el sentido de que estoy completamente segura de que no hay nada real que se parezca a lo que yo puedo concebir cuando pronuncio ese nombre. No obstante, lo que no puedo concebir tampoco es una ilusión. 

Existen dos ateísmos, uno de los cuales resulta una purificación de la idea de Dios. 

Tal vez todo aquello que es el mal tiene un segundo aspecto que es una purificación en el proceso de acercamiento al bien, y un tercer aspecto que es el bien superior. 

Tres aspectos que conviene distinguir bien, porque confundirlos supone un gran peligro para el pensamiento y para la conducta efectiva en la vida. 

De dos hombres sin experiencia de Dios, aquel que le niega es quizás el que más cerca está de él. 

El falso Dios, que se parece en todo al verdadero, con la excepción de que no se le llega a tocar, impide para siempre acceder al verdadero. 

Creer en un Dios que se parece en todo al verdadero, con la excepción de que no existe, pues no se encuentra en el punto en el que Dios existe. 

Los errores de nuestra época forman parte de un cristianismo carente de lo sobrenatural. La causa de ello es el laicismo –y anteriormente el humanismo. 

La religión como fuente de consuelo constituye un obstáculo para la verdadera fe: en ese sentido, el ateísmo es una purificación. Debo ser atea en aquella parte de mí misma que no está hecha para Dios. De entre los hombres que no tienen despierta la parte sobrenatural de sí mismos, los ateos tienen razón y los creyentes se equivocan. 

Un hombre cuya familia entera hubiera perecido torturada, y él mismo hubiera sido sometido a tortura durante largo tiempo en un campo de concentración. O un indio del siglo XVI que hubiera sido el único que hubiera escapado al exterminio completo de todo su pueblo. Si alguna vez hombres así creyeron en la misericordia de Dios, después de eso o bien dejan de creer en ella, o bien la conciben de manera muy distinta a como la concebían. Yo no he pasado por ese tipo de cosas. Pero sé que existen: así que, ¿qué diferencia hay? 

Debo aspirar a tener de la misericordia divina un concepto que no desaparezca, que no cambie, independientemente de lo que el destino me tenga reservado, y que pueda ser transmitido a cualquier ser humano. 


En La gravedad y la gracia
Traducción: Carlos Ortega

12 jun. 2014

Simone Weil - Belleza

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La belleza es la armonía entre el azar y el bien. 

Lo bello es lo necesario que, aun estando en conformidad con su propia ley y solamente con ella, obedece al bien. 

Objeto de la ciencia: lo bello (es decir, el orden, la proporción, la armonía) en lo que tiene de suprasensible y necesario. 

Objeto del arte: lo bello sensible y contingente visto a través de la red del azar y del mal. 

Lo bello en la naturaleza: unión de la impresión sensible y del sentimiento de la necesidad. Así debe ser (en primer término), y así precisamente es. 

La belleza seduce a la carne con el fin de obtener permiso para pasar al alma. 

Entre otras unidades de contrarios, lo bello encierra la de lo instantáneo y lo eterno. 

Lo bello es lo que se puede contemplar. Una estatua, un cuadro que podemos estar mirando durante horas. 

Lo bello es algo a lo que se puede prestar atención. 

Música gregoriana. Cuando se cantan las mismas cosas varias horas al día todos los días, aquello que se halla incluso algo por encima de la suprema excelencia acaba resultando insoportable, y desechándose. 

Los griegos miraban sus estatuas. Nosotros soportamos las estatuas del Luxemburgo  porque no llegamos a mirarlas. 

Un cuadro como el que podría colocársele en la celda a un condenado a aislamiento perpetuo, sin que fuera una atrocidad, sino al contrario. 

El teatro inmóvil es el único auténticamente bello. Las tragedias de Shakespeare son de segundo orden, con excepción de Lear. Las de Racine, de tercer orden, con excepción de Fedra. Las de Corneille, de enésimo orden. 

Toda obra de arte tiene un autor, pero cuando es perfecta, sin embargo, tiene algo de anónima. Imita el anonimato del arte divino. La belleza del mundo, por ejemplo, es muestra de un Dios a la vez personal e impersonal, y ni lo uno ni lo otro. 

Lo bello supone un atractivo carnal distante y lleva aparejada una renuncia. Incluida la renuncia más íntima, la de la imaginación. A los demás objetos de deseo queremos comerlos. Lo bello es lo que deseamos sin ánimo de comérnoslo. Deseamos que exista. 

Permanecer inmóvil y unirse con aquello que se desea sin acercarse a ello. 

A Dios nos unimos de esa forma: sin poder acercarnos. 

La distancia es el alma de lo bello. 

La mirada y la espera representan la actitud que se corresponde con lo bello. Mientras podemos pensar, querer, desear, lo bello no se presenta. Ésa es la razón de que en toda belleza haya contradicción, amargura y ausencia irreductibles. 

Poesía: dolor y gozo imposibles. Toque punzante, nostalgia. Así son la poesía provenzal y la poesía inglesa. Un gozo que, a fuerza de ser puro y sin mezcla, duele. Un dolor que, a fuerza de ser puro y sin mezcla, sosiega. 

Belleza: una fruta a la que se mira sin alargar la mano. 

Semejante a una desgracia a la que se mira sin retroceder. 

Doble movimiento descendente: volver a hacer por amor lo que hace la gravedad. ¿No es ese doble movimiento descendente la clave de todo arte? 

El movimiento descendente, espejo de la gracia, es la esencia de toda música. Lo demás sólo sirve para encajonarla. 

La subida de las notas es subida meramente sensible. Su descenso es descenso sensible y subida espiritual. Ahí se encuentra el paraíso que todo ser anhela: que la pendiente de la naturaleza propicie la subida hacia el bien. 

En todo aquello que nos provoca una auténtica y pura sensación de lo bello existe realmente presencia de Dios. Hay como una especie de encarnación de Dios en el mundo, cuya marca es la belleza. 

Lo bello es la prueba empírica de que la encarnación es posible. Por esa razón, todo arte de primer orden es por esencia religioso. (Cosa que hoy en día ya se ha olvidado.) Tan testimonial es un canto gregoriano como la muerte de un mártir. 

Si lo bello es presencia real de Dios en la materia, si el contacto con lo bello es, en el pleno sentido de la palabra, un sacramento, ¿cómo es que hay tantos estetas perversos? Nerón. ¿Es su caso parecido a la avidez de los adictos a las misas negras por las hostias consagradas? ¿O tal vez resulta, con mayor probabilidad, que esas personas no se inclinan por lo auténticamente bello, sino por una mala imitación? Pues, así como hay un arte divino, hay también un arte demoníaco. Ése es sin duda el que le gustaba a Nerón. Una gran parte de nuestro arte es demoníaco. 

Un apasionado aficionado a la música puede perfectamente ser un hombre perverso –aunque me resultaría difícil creerlo de alguien amante del canto gregoriano. 

Algunos crímenes que nos han hecho malditos hemos debido cometer para que ahora hayamos perdido toda la poesía del universo. 

El arte no tiene futuro inmediato porque todo arte es colectivo y hoy ya no hay vida colectiva (no hay más que colectividades muertas), y también debido a esa ruptura del verdadero pacto entre el cuerpo y el alma. El arte griego coincidió con los comienzos de la geometría y con el atletismo, el arte de la Edad Media, con el artesanado, el arte del Renacimiento, con los inicios de la mecánica, etc... A partir de 1914, se produce un corte completo. Incluso la comedia es casi imposible: sólo hay lugar para la sátira ( ¿cuándo se ha comprendido más fácilmente a Juvenal?). El arte no podrá renacer si no es del seno de la gran anarquía –épica, sin duda, porque la desgracia habrá simplificado mucho las cosas... De manera que es ocioso por tu parte envidiar a Vinci o a Bach. En nuestros días, la grandeza debe tomar otros rumbos. Sólo puede ser solitaria, oscura y sin eco... (aunque no hay arte sin eco ). 


En: La gravedad y la gracia
Traducción: Carlos Ortega
Imagen: s/d

14 ago. 2013

Simone Weil - El gran animal

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Simone Weil - El gran animal


El gran animal es el único objeto de idolatría, el único ersatz de Dios, la única imitación de un objeto que está infinitamente alejado de mí y que es yo.

Sería muy agradable poder ser egoístas. Sería el descanso. Pero literalmente, no podemos.

Me es imposible tomarme como fin, y, por consiguiente, tomar como fin a mi semejante, puesto que es mi semejante. Y tampoco a cualquier objeto material, porque la materia es menos capaz aún que los seres humanos de recibir la finalidad.

Sólo hay una cosa aquí abajo que puede ser tomada como fin, porque posee una especie de trascendencia respecto de la persona humana: lo colectivo. Lo colectivo es el objeto de toda idolatría, ello es lo que nos ata a la tierra. La avaricia: el oro pertenece al ámbito de lo social. La ambición: el poder pertenece al ámbito de lo social. La ciencia y el arte también. ¿Y el amor? El amor constituye más o menos una excepción; ésa es la razón de que se pueda llegar a Dios por medio del amor, y no por medio de la avaricia o de la ambición. Pero lo social no se halla, sin embargo, ausente en el amor (las exaltadas pasiones por los príncipes, por las personas famosas y por todos aquellos que gozan de prestigio...).

Hay dos bienes con la misma denominación, pero radicalmente distintos: el contrario del mal y el absoluto. El absoluto carece de contrario. El relativo no es el contrario del absoluto; deriva de él en virtud de una relación que no es conmutativa. Lo que nosotros queremos es el bien absoluto. Lo que podemos conseguir es el bien correlativo al mal. Nos entregamos a él como el Príncipe que se apresta a amar por equivocación a la criada en lugar de amar a la dama. Es el vestido el que induce al error. Es lo social lo que tiñe a lo relativo con el color de lo absoluto. El remedio se halla en la idea de relación. La relación sale violentamente de lo social. Es el monopolio del individuo. La sociedad es la caverna, la salida es la soledad.

La relación es propia del espíritu solitario. Ninguna multitud concibe la relación. Ésta es buena o es mala con respecto a..., en la medida en que... Y eso queda fuera del alcance de la multitud. Una multitud no constituye una suma.

El que está por encima de la vida social, entra en ella cuando quiere, pero no así el que está por debajo de ella. Del mismo modo con lo demás. Relación no conmutativa entre lo mejor y lo menos bueno.

Lo vegetativo y lo social son los dos ámbitos en los que el bien no tiene cabida.

Cristo liberó a lo vegetativo, pero no así a lo social. No rezó por el mundo.

Lo social representa irreductiblemente los dominios del príncipe de este mundo. Respecto de lo social no se tiene otro deber que el de tratar de cercar el mal (Richelieu: la salvación de los Estados no está más que en este mundo[1]).

Una sociedad con pretensiones divinas, como la Iglesia, resulta tal vez más peligrosa por el ersatz de bien que contiene que por el mal que la ensucia.

Una etiqueta divina en lo social: una mezcla delirante que encierra toda clase de licencias. Diablo disfrazado.

La conciencia se ve embaucada por lo social. La energía complementaria (imaginativa) queda en gran parte supeditada a lo social. Hay que desprenderla de ello. Es el más difícil de los desprendimientos.

La reflexión acerca del mecanismo social resulta a este respecto una purificación de primera importancia.

Detenerse a contemplar lo social constituye una vía tan buena como retirarse del mundo. Por esa razón no he ido desencaminada si durante tanto tiempo he seguido en la política.

Sólo con la entrada en lo trascendente, en lo sobrenatural, en lo auténticamente espiritual, puede el hombre llegar a ser superior a lo social. Mientras tanto, haga éste lo que haga, de hecho lo social resulta trascendente en relación al hombre.

En un plano no sobrenatural, la sociedad es lo que queda separado del mal (de algunas formas del mal) por una especie de barrera; una sociedad de criminales o de depravados, por más que estuviera integrada por unos cuantos hombres, suprimiría esa barrera.

¿Pero qué es lo que empuja a entrar en una sociedad como ésa? O bien la necesidad, o bien la liviandad, o bien, lo más a menudo, una mezcla de ambas; nos creemos que no participamos de ellas porque ignoramos que, con excepción de lo sobrenatural, es la sociedad únicamente la que impide que pasemos de un modo natural a las más tremendas formas del crimen y de la depravación. No sabemos que vamos a convertirnos en otros distintos porque ignoramos hasta dónde llega en nosotros mismos ese ámbito que puede ser modificado desde el exterior. Siempre se participa sin saberlo.

Roma es el gran animal ateo, materialista, que sólo se adora a sí mismo. Israel es el gran animal religioso. Ni uno ni otro son dignos de ser amados[2]. El gran animal es siempre asqueroso.

¿Es viable una sociedad en la que únicamente reine la gravedad o bien es vitalmente necesaria alguna porción de lo sobrenatural?

Acaso en Roma, únicamente gravedad.

Acaso en los hebreos también. Su Dios era pesado.

Acaso el único pueblo antiguo absolutamente sin mística: Roma. ¿Por qué clase de misterio? Ciudad artificialmente hecha de fugitivos, como Israel.

El gran animal de Platón[3]. El marxismo, en lo que tiene de verdad, está contenido por entero en la página de Platón sobre el gran animal, lo mismo que su refutación. 

La fuerza de lo social. El acuerdo entre varios hombres entraña un sentimiento de realidad. También entraña un sentimiento de deber. El apartamiento, con respecto a ese acuerdo, se presenta como un pecado. Por ese lado, caben todo tipo de inversiones de la situación. Un estado de conformidad es una imitación de la gracia.

Merced a un singular misterio –que depende del poder de lo social–, la profesión proporciona a los hombres medios, para los fines que se avienen con ellos, unas virtudes que, si se extendieran a todas las circunstancias de la vida, los convertirían en héroes o en santos.

Sin embargo, el poder de lo social hace que esas virtudes sean naturales. Por eso necesitan una compensación.

Fariseos: «En verdad os digo que ya recibieron su recompensa»[4]. A la inversa, Cristo podía haber dicho de los publicanos y de las prostitutas: en verdad os digo que ya recibieron su castigo –o sea, la reprobación social. En cuanto que la han recibido, Dios, que está en el secreto, no los castiga. Mientras que, por otro lado, los pecados que no van acompañados de la reprobación social reciben enteramente su parte de castigo por parte del Padre, que está en el secreto. De ese modo, la reprobación social es un favor del destino. Pero se vuelve mal complementario para aquéllos que, bajo la presión de dicha reprobación, se fabrican un medio social excéntrico, en el interior del cual tienen licencia. Medios criminales, homosexuales, etc.

El servicio al falso Dios (a la Bestia social, cualquiera que sea su encarnación) purifica el mal mediante la eliminación de su horror. A quien le sirve nada le parece mal, salvo el incumplimiento de ese servicio. Pero el servicio al Dios verdadero deja que subsista, e incluso que se vuelva aún más vivo, el horror al mal. A ese mal, del que se siente horror, se le ama al propio tiempo como emanación de la voluntad de Dios.

Los que hoy creen que alguno de los adversarios está del lado del bien creen igualmente que éste obtendrá la victoria[5].

Contemplar un bien, amarlo como tal, como condenado por el inmediato desarrollo de los acontecimientos, produce un dolor intolerable.

La idea de que lo que ha dejado de existir para siempre pueda ser un bien es dolorosa, y la apartamos. Se produce entonces un sometimiento al gran animal.

La fuerza anímica de los comunistas proviene del hecho de que se dirigen no sólo hacia lo que consideran que es el bien, sino hacia lo que consideran que está próximo a producirse de manera ineludible. De tal modo que sin ser santos –ni mucho menos–, pueden soportar simplemente por la justicia algunos peligros y algunos sufrimientos que sólo un santo soportaría.

En ciertos aspectos, la disposición anímica de los comunistas es muy parecida a la de los primeros cristianos.
Esa propaganda escatológica explica muy bien las persecuciones del primer periodo.

«A quien poco se le perdona, poco ama»[6]. Esto en el caso de alguien en quien la virtud social ocupa un gran lugar. La gracia encuentra en él poco espacio libre. La obediencia al gran animal conforme al bien constituye la virtud social.

Fariseo es el hombre que es virtuoso por obediencia al gran animal.

La caridad puede y debe amar en todos los países todo aquello que es condición del desarrollo espiritual de los individuos, es decir, por un lado, el orden social, aunque sea malo, en cuanto es menos malo que el desorden, y por otro lado el lenguaje, las ceremonias, las costumbres, todo cuanto participa de lo bello, toda la poesía que envuelve la vida de un país.

Pero una nación no puede, como tal, ser objeto de amor sobrenatural. No tiene alma. Es un gran animal.

Y sin embargo, una ciudad...

Pero aquí no se trata de lo social; se trata de un medio humano del que no se tiene una consciencia mayor que la que se tiene del aire que se respira. Un contacto con la naturaleza, el pasado, la tradición.

Echar raíces es distinto de lo social.

Patriotismo. No debe haber más amor que la caridad. Una nación no puede ser objeto de caridad. Pero un país puede serlo, como medio portador de tradiciones eternas. Todos los países pueden serlo.



[1] Simone Weil asociaba a la figura del cardenal francés Richelieu la invención del Estado como entidad totalitaria, como una «máquina anónima y ciega, productora de orden y poder», que envilecía mediante el servilismo obligado a sus súbditos. Es, después de la Antigüedad, «el primer precursor de Hitler». (OG, 11,3, «Quelques réflexions sur les origines de l'hitlérisme», p. 173). Cf. supra, p. 60, n. 2.

[2] Roma constituye la materialización de la mayor de las perversiones de la historia para Simone Weil. Ya con siete años declamaba las imprecaciones de Camilo: «Roma, el único objeto de mi resentimiento». En E (pp. 290 y 342) puede verse el análisis de lo que, según Simone, supuso Roma para la Humanidad. En cuanto a Israel, era «la ciudadela de todas sus oposiciones; el modo de todas sus resistencias» (J-M. Perrin y G. Thibon, Simone Weil telle que nous l'avons connue, Fayard, París, 1967, p. 69). Cf. igualmente infra, pp. 197ss. y n. 1.

[3] Si adorar al gran animal (República, VI, 493a-c; cf. supra, p. 191, n. 1) es pensar y actuar conforme a los prejuicios y a los reflejos de la muchedumbre, el marxismo, por su entronización de lo colectivo, se perfila como un sistema igualmente propenso a mantener ese estado de cosas. Simone Weil se dedicó a analizar desde temprano las contradicciones del marxismo en algunos artículos llenos de lucidez: «Méditation sur I'obéissance et la liberté»; «Sur les contradictions du marxisme»; «Éxamen critique des idées de révolution et progrès». Cf. OC, II, pp. 132-148.

[4] Mt 6, 2: «Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa».

[5] Este fragmento data de 1942. Los bandos a los que se refiere son, por lo tanto, los de la Segunda Guerra Mundial.

[6] Lc 7, 47.


En La gravedad y la gracia
Traducción: Carlos Ortega

8 may. 2013

Descarga: Simone Weil - Profesión de fe (antología crítica)

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Descarga: Simone Weil - Profesión de fe (antología crítica)

Nació en París en 1909 y murió treinta y cuatro años después en Ashford, cerca de Londres. Ingresó en el Lycée Henri IV y estudió filosofía con Alain, para ser más tarde profesora de filosofía en París, Le Puy, Auxerre y Roanne. Militante de izquierdas y comprometida con el movimiento obrero, a finales de 1934 abandona temporalmente la vida docente para llevar una existencia obrera, trabajando en diversas fábricas. Participa brevemente en la guerra civil española, en la «Columna Durruti», reincorporándose luego a su labor docente, hasta que el agravamiento de una enfermedad crónica la obliga a abandonar definitivamente las clases. Durante la segunda guerra mundial, y en contra de su deseo de integrarse en la Resistencia, fue destinada a labores burocráticas por los servicios de la Francia Libre. Su solidaridad con los franceses de la zona ocupada la lleva a negarse a comer más de lo que ellos comían. Esta anorexia voluntaria agrava una recién diagnosticada tuberculosis, y muere en agosto de 1943.

30 mar. 2013

Simone Weil - Azar

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Simone Weil, autor desconocido


Los seres a los que amo son criaturas. Han nacido del azar. También mi encuentro con ellos es un azar. Morirán. Lo que piensan, lo que sienten y lo que hacen está limitado y es mezcla de bien y de mal. 

Saber esto mismo con toda el alma, y no por ello dejar de amarlos. 

Imitar a Dios, que ama infinitamente a las cosas finitas en cuanto cosas finitas. 

Querríamos que todo lo que tiene un valor fuera eterno. Mas todo lo que tiene un valor es fruto de un encuentro, dura lo que el encuentro, y cesa una vez se separa lo que se había reunido en el encuentro. Ésa es la idea central del budismo (idea heraclitiana). Conduce directamente a Dios. 

La meditación sobre el azar que propició el encuentro de mi padre y mi madre es todavía más salutífera que la meditación sobre la muerte. 

¿Existe algo en mí que no tenga su origen en ese encuentro? Sólo Dios. Pero incluso mi idea de Dios tiene su origen en ese encuentro. 

Estrellas y árboles frutales en flor. La completa permanencia y la extrema fragilidad proporcionan por igual el sentimiento de la eternidad. 

Las teorías acerca del progreso y del «genio que siempre acaba apareciendo» provienen del hecho de que resulta insoportable imaginarse que lo más valioso del mundo esté supeditado al azar. Precisamente por ser insoportable, debe tenerse en cuenta. 

La creación es eso mismo. 

El único bien que no está sujeto al azar es el que está fuera del mundo. 

Esa vulnerabilidad de las cosas valiosas es hermosa porque la vulnerabilidad es una marca de existencia. 

Destrucción de Troya. Caída de pétalos de árboles frutales en flor. Saber que lo más valioso no está enraizado en la existencia. Es hermoso. ¿Por qué? Proyecta al alma fuera del tiempo. 

La mujer que desea un hijo blanco como la nieve, y rojo como la sangre, y lo consigue, pero muere, y el niño queda en manos de una madrastra. 


En La gravedad y la gracia
Traducción: Carlos Ortega