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25 oct. 2014

David Foster Wallace - Encarnaciones de niños quemados

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David Foster Wallace - Encarnaciones de niños quemados


El Padre estaba a un lado de la casa poniendo una puerta para el inquilino cuando oyó los chillidos del niño y la voz alterada de la Madre entre los mismos. Pudo moverse deprisa, y el porche trasero daba a la cocina, y antes de que la puerta mosquitera se cerrara de un golpe a su espalda el Padre pudo contemplar toda la escena, la olla volcada en la baldosa del suelo que quedaba justo delante de la cocina y la llama azul del fogón y el charco de agua en el suelo todavía humeando mientras sus muchos brazos se extendían, el bebé con el pañal holgado de pie y rígido mientras le salía vapor del pelo y del pecho y los hombros de color rojo intenso y los ojos en blanco y la boca muy abierta y dando la sensación de estar de alguna manera separada de los ruidos que estaba emitiendo, la Madre apoyada en una rodilla intentando secarlo absurdamente con el trapo de fregar los platos y soltando gritos tan fuertes como los de su hijo, tan histérica que estaba casi paralizada. La rodilla de ella y los piececitos descalzos y suaves seguían en el charco humeante, y lo primero que hizo el Padre fue coger al niño por las axilas y levantarlo del charco y llevarlo al fregadero, donde tiró varios platos y accionó el grifo de un golpe para que corriera agua fría por los pies del niño mientras con la mano ahuecada recogía agua y se la derramaba o bien se la arrojaba sobre la cabeza y los hombros y el pecho, con el objeto de que antes que nada dejara de salirle vapor, y la Madre detrás de su espalda invocando a Dios hasta que él la mandó por toallas y vendas si es que tenían, el padre moviéndose deprisa y bien y con su mente masculina vacía de todo salvo aquello que estaba haciendo, sin darse cuenta todavía de la ligereza con que se estaba moviendo o del hecho de que había dejado de oír los chillidos porque oírlos lo paralizaría y le impediría hacer lo que hacía falta hacer para ayudar a su hijo, cuyos gritos eran tan regulares como la respiración y tardaron tanto en apagarse que acabaron por convertirse en una cosa más de las que había en la cocina, algo más que eludir para moverse con presteza. La puerta trasera para el inquilino, fuera, colgaba a medio atornillar de su bisagra superior y el viento la movía un poco, y un pájaro posado en el roble del otro lado de la entrada para coches parecía observar la puerta con la cabeza inclinada mientras seguían saliendo gritos del interior. Las peores quemaduras parecían estar en el brazo y el hombro derechos, el color rojo del pecho y la barriga se fue volviendo rosado bajo el agua fría y el Padre no podía ver ampollas en las suelas suaves de sus pies, a pesar de lo cual el bebé todavía tenía los puños cerrados y chillaba, aunque tal vez ahora de forma puramente refleja y por miedo, el Padre no sabría hasta más tarde que había pensado en aquella posibilidad, con la carita dilatada y venas nudosas abultándole en las sienes, y el Padre no paraba de decir que estaba allí, que estaba allí, a medida que le bajaba la adrenalina y que una furia hacia la Madre por permitir que pasara aquello empezaba a acumularse de forma intermitente en el fondo más recóndito de su mente, todavía a horas de distancia de ser expresada. Cuando la Madre regresó él no estuvo seguro de si envolver o no al niño con una toalla pero acabó por mojar la toalla y envolverlo, lo lió bien fuerte y levantó a su bebé del fregadero y lo puso en el borde de la mesa de la cocina para tranquilizarlo mientras la madre intentaba examinarle las plantas de los pies, agitando una mano en las inmediaciones de su boca y emitiendo palabras absurdas mientras el Padre se inclinaba y ponía la cara delante de la del niño sentado en el borde a cuadros de la mesa repitiendo el hecho de que estaba allí y tratando de calmar los chillidos del niño, pero el niño seguía gritando sin aliento, con un sonido agudo, puro y brillante que podía pararle el corazón y con los labios y las encías granulosas ahora teñidas del color azul claro de una llama baja o eso le pareció al Padre, gritando casi como si siguiera debajo de la olla inclinada y sufriendo el mismo dolor. Así pasaron un minuto o dos que parecieron mucho más largos, con la Madre al lado del Padre hablando en tono cantarín a la cara del niño y la alondra en la rama con la cabeza inclinada a un lado y una línea blanca apareciendo en la bisagra como resultado del peso de la puerta inclinada hasta que la primera voluta de vapor apareció perezosamente desde debajo del borde de la toalla y los padres intercambiaron una mirada y abrieron mucho los ojos: el pañal, que cuando abrieron la toalla e inclinaron a su niño hacia atrás sobre el mantel a cuadros y desabrocharon las lengüetas reblandecidas e intentaron quitarlo se resistió un poco provocando más chillidos y resultó estar caliente, el pañal de su bebé les quemó las manos y vieron dónde había caído realmente el agua y dónde se había acumulado y había estado quemando a su bebé todo aquel tiempo mientras él gritaba pidiendo ayuda y ellos no lo habían ayudado, no se les había ocurrido, y cuando se lo quitaron y vieron el estado de lo que había allí la Madre dijo el nombre propio de su Dios y se agarró a la mesa para no perder el equilibrio mientras el padre se daba la vuelta y le pegaba un puñetazo al aire de la cocina y se maldecía a sí mismo y también al mundo y no por última vez, y ahora su hijo podría haber estado dormido si no fuera por el ritmo de su respiración y por los ligeros movimientos acongojados de sus manos en el aire de encima del sitio donde estaba tumbado, unas manos del tamaño del pulgar de un hombre adulto que habían agarrado el pulgar del Padre en la cuna mientras el niño miraba cómo la boca del padre se movía al cantar una canción, con la cabeza inclinada y dando la impresión de mirar algo situado más allá, algo que hacía sentirse solo a su Padre, como apartado. Si nunca han llorado ustedes y quieren llorar, tengan un hijo. «Break your heart inside and something will a child» es la canción gangosa que el Padre vuelve a oír casi como si la mujer de la radio estuviera allí a su lado mirando lo que han hecho, aunque horas más tarde lo que el Padre menos podrá perdonarse es lo mucho que quería un cigarrillo justo mientras estaban envolviendo la entrepierna del niño lo mejor que podían con vendas y con dos toallas de mano cruzadas, después el Padre lo levantó en brazos como si fuera un recién nacido, cogiéndole el cráneo con la palma de la mano, se lo llevó corriendo a la camioneta recalentada y quemó los neumáticos hasta llegar al pueblo y a la sala de urgencias del hospital dejando la puerta del inquilino abierta y colgando durante el día entero hasta que la bisagra cedió, pero para entonces ya era demasiado tarde, para cuando la cosa fue irreversible y ellos no llegaron a tiempo el niño ya había aprendido a salir de sí mismo y ver cómo sucedía todo lo demás desde un punto en lo alto, y lo que fuera que se perdió entonces nunca más volvió a importar, y el cuerpo del niño se expandió y echó a caminar y ganó un sueldo y vivió su vida sin inquilino, una cosa entre cosas, y el alma de su yo fue en gran medida vapor en lo alto, que caía como la lluvia y luego se elevaba, y el sol subía y bajaba como un yoyó.


En Extinción
Traducción de Javier Calvo
Foto original color en su casa, Bloomington, Ill., 1996 
© Gary Hannabarger/Corbis


24 ago. 2014

David Foster Wallace: Sin ningún significado

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He aquí una historia extraña. Fue hace un par de años, yo tenía diecinueve y estaba a punto de irme de casa de mis padres para instalarme por mi cuenta; un día estaba atareado con los preparativos cuando de pronto me vino el recuerdo de mi padre meneándose la polla en mi cara cuando yo era un niño pequeño. El recuerdo pareció salir de la nada, pero era tan detallado y resultaba tan real que supe que era totalmente verídico. De pronto comprendí que había pasado de verdad, aunque el recuerdo produjera la misma sensación extraña y grotesca que los sueños. Este era el recuerdo que tuve de pronto. Yo tenía ocho o nueve años, y estaba solo en la sala de estar, después de la escuela, viendo la tele. Mi padre bajó, entró en la habitación, y se quedó de pie delante de mí, entre la tele y yo, sin decir nada, y yo tampoco dije nada. Sin decir palabra, se sacó la polla y empezó a meneársela delante de mi cara. No recuerdo que hubiera nadie más en casa. Creo que era invierno porque recuerdo que hacía frío en la sala de estar y yo estaba tapado con la manta de punto que usaba mi madre para ver la tele. En parte el incidente de mi padre meneándose la polla allí conmigo resulta grotesco porque no dijo nada en ningún momento (lo recordaría si hubiera dicho algo), y tampoco me ha quedado ningún recuerdo acerca de qué había en su cara, de cuál era su expresión. Ni siquiera recuerdo si me miró. Lo único que recuerdo es la polla. La polla, por decirlo de algún modo, acaparó mi atención. Estaba allí meneándosela delante de mi cara, sin decir nada ni hacer ningún comentario, meneándosela como uno se la menea en el retrete, como cuando te la estás cascando, pero recuerdo que también había algo amenazador y vagamente bravucón en el modo en que lo hacía, como si la polla fuera un puño que me estaba poniendo en la cara desafiándome a que dijera algo, y recuerdo que yo estaba tapado con la manta de punto y no me podía levantar ni apartarme de la polla, y lo único que recuerdo haber hecho era mover la cabeza en todas direcciones, intentando quitármela de delante de la cara (la polla). Fue uno de esos incidentes totalmente grotescos que resultan tan extraños que parece que no están sucediendo incluso mientras están sucediendo. Hasta aquel momento solamente le había visto la polla a mi padre en los vestuarios. Recuerdo que yo movía la cabeza en todas direcciones, torciendo el cuello, y la polla me seguía todo el tiempo, y mientras tanto me pasaban por la cabeza toda clase de ideas raras, como por ejemplo: «Estoy moviendo la cabeza como si fuera una serpiente». Mi padre no la tenía dura. Recuerdo que su polla era un poco más oscura que el resto de su piel, era grande y tenía una vena grande y fea en un lado. El agujero de la punta tenía forma de raja y se abría y se cerraba ligeramente mientras mi padre se meneaba la polla y la mantenía junto a mi cara en gesto amenazador sin importar que yo apartara la cabeza en todas direcciones. En esto consistía mi recuerdo. Después de tenerlo (el recuerdo), yo iba por casa de mis padres completamente aturdido, o sea, como si flotara en las nubes, absolutamente alucinado, sin contárselo a nadie y sin preguntar nada. Yo sabía que aquella había sido la única vez que mi padre había hecho una cosa así. Aquello sucedió mientras yo estaba luciendo las maletas y yendo por las tiendas en busca de cajas viejas para hacer el traslado. A veces caminaba por casa de mis pudres en estado de shock y sintiéndome completamente extraño. No me quitaba de la cabeza aquel recuerdo inesperado. Iba al dormitorio de mis padres y luego a la sala de estar. El equipo de televisión de la sala de estar era nuevo, pero la manta de punto de mi madre seguía allí, extendida sobre el respaldo del sofá cuando nadie la usaba. Era la misma manta que en mi recuerdo. No paré de preguntarme por qué mi padre había hecho una cosa así, y en qué podría haber estado pensando, o sea, qué podía significar aquello, e intenté recordar si había habido alguna clase de emoción en su cara mientras lo hacía.
Luego todo se volvió más extraño, porque, por fin, el día que mi padre se tomó media jornada libre y fuimos a alquilar una camioneta para meter mis cosas y hacer el traslado, mientras estábamos en la camioneta, en el camino a casa de vuelta del local de la compañía de alquiler, por fin saqué el tema y le pregunté por el recuerdo. Se lo pregunté de golpe. No había una manera de llegar gradualmente a algo como aquello. Mi padre había pagado el alquiler de la camioneta con su tarjeta y era el que estaba al volante. Recuerdo que la radio de la camioneta no funcionaba. Allí en la camioneta, sin venir a cuento de nada (desde su punto de vista), de pronto fui y le dije a mi padre que hacía poco me había acordado del día en que bajó y se meneó la polla delante de mi cara cuando yo era niño, luego le describí brevemente lo que recordaba y le pregunté: «¿Qué coño pasó allí?». Como se limitó a seguir conduciendo la camioneta sin decir nada ni hacer nada parecido a responder, yo insistí, mencioné otra vez el incidente y volví a hacerle la misma pregunta. (Fingí que tal vez la primera vez no había oído lo que le había dicho.) Y lo que hizo entonces mi padre —estábamos en la camioneta, a falta de un trecho para llegar a casa de mis padres, donde yo estaba haciendo los preparativos de mi traslado—, sin apartar las manos del volante ni mover un solo músculo más que el cuello, fue girar la cabeza para mirarme y clavar en mí aquella mirada. No fue una mirada de cabreo ni tampoco una mirada perpleja como si creyera que no me había entendido. Y no fue como si me dijera «¿Qué coño te pasa?» o «Sal de aquí cagando leches» ni ninguna de las cosas que solía decir cuando era obvio que estaba cabreado. No dijo una palabra, y sin embargo aquella mirada que clavó en mí lo decía todo, como si no pudiera creer que acabara de oír aquella porquería saliendo de mis labios, como si no se lo pudiera creer y se sintiera completamente asqueado, como si no solamente jamás en su vida se hubiera meneado la polla delante de mí sin razón alguna cuando yo era niño, sino que el mero hecho de que yo hubiera sido capaz de imaginar que se hubiera meneado la polla delante de mí y me lo hubiera creído y luego hubiera sido capaz de sacar el tema en su presencia en aquella camioneta de alquiler y llegar a acusarlo, etcétera, etcétera. La mirada que me dirigió en aquel momento en la camioneta mientras conducía, después de haberle mencionado el recuerdo y habérselo preguntado abiertamente... aquello fue lo que me sacó completamente de mis casillas, en lo que respecta a mi padre, la mirada que me dirigió después de girarse lentamente decía que se avergonzaba de mí y que se avergonzaba de sí mismo por el mero hecho de estar emparentado conmigo. Imaginaos que estáis en un banquete o en una cena elegante de los de traje y corbata con vuestro padre y de pronto os levantáis, os bajáis los pantalones y os cagáis allí mismo, encima de la mesa y delante de todos los asistentes al banquete: pues así es como os miraría vuestro padre si lo hicierais (si os cagarais). Una fracción de segundo más tarde sentí un cabreo tan grande que creí que lo iba a matar. Era extraño: el recuerdo en sí, cuando lo tuve, no me había cabreado, solamente me había dejado aturdido, como flotando en una nube. Pero aquel día en la camioneta de alquiler, el hecho de que mi padre no dijera nada, sino que se limitara a seguir conduciendo hacia casa en silencio, con ambas manos en el volante y con aquella mirada que me recriminaba el hecho de habérselo preguntado, aquello sí que me cabreó. Siempre había creído que eso que dicen de verlo todo «rojo» cuando tu cabreo pasa de cierto límite era una forma de hablar, pero es real. Después de meter todas mis cosas en la camioneta me trasladé y no me puse en contacto con mis padres durante más de un año. Ni una palabra. Mi apartamento estaba en la misma ciudad y apenas a un par de kilómetros, pero ni siquiera les di mi número de teléfono. Fingí que no existían. Me sentía cabreado y asqueado. Mi madre no tenía ni idea de por qué yo había roto el contacto, pero estaba claro que no iba a ser yo quien le explicara una sola palabra del tema, y en cuanto a mi padre, me apostaba mis pelotas a que tampoco iba a ser él quien lo explicara. Todo lo que yo veía permaneció rojo durante dos meses después de que me trasladara y rompiera el contacto, o al menos de un tono ligeramente rosáceo. No recordaba muy a menudo el episodio de mi padre meneándose la polla delante de mí cuando yo era niño, pero apenas pasaba un día sin que me acordara de aquella mirada que me clavó en la camioneta cuando volví a sacar el tema. Tenía ganas de matarlo. Durante meses estuve pensando en ir a casa cuando no hubiera nadie y darle una paliza. Mis hermanas no tenían ni idea de por qué yo había roto el contacto con mis padres, decían que me había vuelto loco y que le estaba rompiendo el corazón a mi madre, y cuando las llamaba me echaban la bronca por haber roto el contacto sin dar explicaciones, pero yo estaba tan cabreado que no me cabía duda de que me iba a ir a la tumba sin decir una puta palabra sobre el asunto. No es que me diera miedo hablar de ello, pero estaba tan fuera de mis casillas que me daba la impresión de que si volvía a sacar el tema y alguien volvía a mirarme iba a pasar algo terrible. Casi a diario me imaginaba que iba a casa, me ponía a zurrar a mi padre y todo el tiempo él no paraba de preguntarme por qué lo estaba haciendo y qué significaba aquello, pero yo no le contestaba y mi cara no mostraba ninguna emoción mientras le iba pegando.
Luego, a medida que pasó el tiempo, me fui sobreponiendo poco a poco. Seguía convencido de que el recuerdo de mi padre meneándose la polla era real, pero poco a poco empecé a darme cuenta de que el mero hecho de que yo recordara el incidente no comportaba necesariamente que mi padre lo recordara. Empecé a sospechar que tal vez él hubiera olvidado el incidente. Era posible que aquel incidente fuera tan extraño y carente de explicación que mi padre hubiera bloqueado psicológicamente aquel recuerdo fuera de su memoria, y que cuando yo, sin venir a cuento de nada (desde su punto de vista), había sacado el tema en la camioneta, él no recordara haber hecho algo tan grotesco y carente de explicación como bajar y menearse la polla con gesto amenazador delante de un niño, y que por eso creyera que yo me había vuelto loco como una puta cabra y me dirigiera una mirada de completa repulsión. No es que creyera totalmente que mi padre se había olvidado de todo, pero poco a poco empecé a admitir que era posible que hubiera bloqueado el recuerdo. Poco a poco, empecé a pensar que la moraleja de un incidente tan extraño era que todo es posible. Después de aquel año mi actitud cambió y pensé que si mi padre quería olvidar el momento en la camioneta en que yo le había recordado el incidente y no quería volver a sacar el tema nunca más, entonces yo estaba dispuesto a olvidarlo todo. Si algo tenía claro, y me podía apostar mis pelotas, era que yo jamás iba a sacar el tema de nuevo. Adopté esta nueva actitud sobre el asunto a principios de julio, justo antes de la fiesta del Cuatro de julio, que es también el cumpleaños de mi hermana pequeña, de manera que, sin venir a cuento de nada (para ellos), llamé a casa de mis padres y les pregunté si podía ir al cumpleaños de mi hermana y reunimos en el restaurante favorito de mi hermana al que tradicionalmente la llevamos por su cumpleaños porque a ella le encanta (el restaurante). Se trata de un restaurante que está en el centro de la ciudad donde vivimos, italiano, un poco caro, con decoración de madera más bien oscura y los menús en italiano. (Nuestra familia no es italiana.) Resultaba irónico que fuera en aquel restaurante, en una celebración de cumpleaños, cuando yo volviera a ponerme en contacto con mis padres, porque de niño la tradición era que aquel era «mi» restaurante favorito, adonde íbamos siempre por mi cumpleaños. Cuando era niño saqué de alguna parte la idea de que aquel restaurante lo dirigía la mafia, que a mí me tenía fascinado, de manera que siempre estaba dándoles la paliza a mis padres para que me llevaran por lo menos el día de mi cumpleaños, luego poco a poco fui creciendo y me hice mayor para todo aquello y entonces, por alguna razón, pasó a ser el restaurante favorito de mi hermana, como si lo hubiera heredado. Tiene unos manteles a cuadros negros y rojos, los camareros parecen matones de la mafia y en las mesas siempre hay botellas de vino vacías con velas encajadas en el cuello que se han derretido de manera que hay chorreras endurecidas de cera de varios colores por los lados de la botella formando líneas y dibujos diversos. De niño, recuerdo haber sentido una extraña fascinación por aquellas botellas de vino con su cera seca y que mi padre tenía que estar pidiéndome todo el tiempo que no les arrancara la cera. Cuando llegué al restaurante, con traje y corbata, ellos ya habían llegado y estaban sentados a una mesa. Recuerdo que mi madre parecía entusiasmada y feliz por el mero hecho de verme y me di cuenta de que estaba dispuesta a olvidar el año entero que yo había pasado sin ponerme en contacto con ellos, de tan contenta que estaba porque volviéramos a parecer una familia.
—Llegas tarde —dijo mi padre. No había ninguna expresión en su cara.
—Me temo que ya hemos pedido. Espero que no te importe —dijo mi madre.
Mi padre dijo que como llegaba un poco tarde ya habían pedido ellos por mí.
—Tu madre te ha pedido un pollo «presto» o algo así —dijo mi padre.
—Odio el pollo —dije—. Siempre lo he odiado. ¿Cómo podéis olvidaros de que odio el pollo?
Todos nos miramos durante un segundo, sentados a la mesa, incluso mi hermana pequeña y el melenas de su novio. Durante una fracción de segundo todos nos miramos. Mientras tanto, el camarero iba trayendo el pollo para todos. Entonces mi padre sonrió, blandió un puño en gesto burlón y dijo: «Sal de aquí cagando leches». Luego mi madre se llevó la mano a la parte superior del pecho como hace siempre que tiene miedo de reírse demasiado fuerte y se echó a reír. El camarero me puso el plato delante, yo fingí que miraba hacia abajo y hacía una mueca y todos nos reímos. Estuvo bien.



En Entrevistas breves con hombres repulsivos
Título original: Brief interviews with hideus men
Traductor: Javier Calvo
Autor: David Foster Wallace
©2001, Mondadori

5 jun. 2014

Descarga: David Foster Wallace - La niña del pelo raro

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David Foster Wallace es uno de los escritores con mayor talento y más audaces de la actual narrativa norteamericana. En La niña del pelo raro, la presente recopilación de diez relatos, recrea -de manera exquisita y perturbadora a la vez- la realidad en la que vivimos. Desde la evocación de personajes históricos como el presidente Lyndon Johnson, de los concursos televisivos de máxima audiencia o de los presentadores estrella de programas al filo de la medianoche, hasta el relato que da título a la obra, en que el nihilismo punk y las juventudes republicanas se dan la mano, Wallace siempre consigue que lo increíble parezca comprensible; lo raro, normal; lo absurdo, hilarante, y lo familiar, extraño.

16 mar. 2014

David Foster Wallace: Todo es verde

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Ella dice me da igual que me creas o no, es la verdad, puedes creer lo que quieras. Por tanto está claro que está mintiendo. Cuando dice la verdad se vuelve loca intentando que la creas. Por tanto creo que la he pillado.

Enciende un cigarrillo y aparta su mirada de mí, tiene un aspecto perverso con el cigarrillo encendido y mirando por la ventana mojada, y no sé muy bien qué decir.

Le digo Mayfly, no sé muy bien qué hacer ni qué decir y ya no me creo nada de ti. Pero hay cosas que sí sé. Sé que soy mayor y tú no. Y te doy todo lo que tengo que darte, con las manos y con el corazón. Todo lo que tengo dentro te lo he dado. He estado aguantando y trabajando duro todos los días. Te he convertido en la razón por la cual hago todo lo que hago. He intentado construir una casa para dártela, para que vivas en ella, y he intentado que sea un sitio agradable.

Enciendo otro cigarrillo y tiro la cerilla en el fregadero junto con otras cerillas, platos sucios, una esponja y cosas de esas.

Le digo Mayfly, mi corazón las ha pasado canutas por ti, pero ya tengo cuarenta y ocho años. Ya es hora de que no me deje arrastrar por las cosas. Tengo que tomarme una parte del tiempo que me queda para intentar sentirme bien conmigo mismo. Tengo que intentar sentirme como debería. Dentro de mí tengo necesidades que tú ya ni siquiera puedes ver, porque tú tienes demasiadas necesidades que te las tapan.

Ella no dice nada y yo miro por su ventana y noto que ella sabe que yo sé la verdad, y cambia de postura en mi sofá de jardín. Lleva unos pantalones cortos y se sienta encima de las piernas.

Le digo no importa en realidad lo que he visto o lo que he creído ver. Esa ya no es la cuestión. Sé que soy mayor y tú no. Pero ahora me siento como si yo te lo diera todo y tú ya no me dieras nada.

Tiene el pelo recogido con un pasador y varias horquillas y la barbilla apoyada en la mano, es muy temprano, parece que ella está fantaseando con salir afuera a la luz brillante que hay al otro lado de la ventana mojada junto a mi sofá de jardín.

Todo es verde dice ella. Mira qué verde es todo Mitch. Cómo puedes decir que sientes todo eso cuando fuera todo es tan verde.

La ventana que hay junto a mi cocinilla se ha limpiado gracias a las lluvias torrenciales de anoche y muestra una mañana soleada, todavía es temprano y fuera todo está muy verde. Los árboles son verdes y la hierba más allá de los badenes es verde y está empapada. Pero no todo es verde. Las demás caravanas no son verdes, y mi mesa de camping que está ahí fuera toda llena de agua y de latas de cerveza y de colillas flotando en los ceniceros no es verde, ni tampoco mi camión, ni la gravilla del aparcamiento, ni ese juguete de ruedas enormes tirado de lado bajo una cuerda de tender vacía de ropa junto a la caravana de al lado, en donde vive un tipo con unos crios.

Todo es verde dice ella. Lo dice con un susurro y yo sé que ese susurro ya no es para mí.

Tiro mi cigarrillo y le doy la espalda a la mañana con el regusto en la boca de algo que es del todo cierto. Me giro y la miro sentada bajo la luz en mi sofá de jardín.

Ella está mirando fuera, sentada en el sofá, y yo la miro a ella, y hay algo en mí que no consigue cicatrizar cuando la miro. Mayfly tiene un cuerpo hermoso. Y ella es mi mañana. Digo su nombre.



En La niña del pelo raro
Título Original: Girl with curious hair (2009)
Traductor: Javier Calvo
Foto: Suzy Allman / The New York Times

13 nov. 2013

David Foster Wallace: La naturaleza de la diversión

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La mejor metáfora que conozco de la condición de escritor de narrativa se encuentra en Mao II, donde Don DeLillo representa un libro en proceso de escritura como un niño repulsivamente deforme que sigue al escritor a todas partes, yéndole eternamente detrás a cuatro patas (es decir, reptando por el suelo de los restaurantes donde el escritor está intentando comer, apareciendo a primera hora de la mañana a los pies de su cama, etcétera), repulsivamente defectuoso, hidrocefálico y sin nariz y con aletas en vez de brazos e incontinente y retrasado y babeando líquido cerebroespinal por la boca mientras lloriquea y gorgotea y llama al escritor, pidiéndole amor, pidiéndole eso que su misma repulsividad le garantiza que va a obtener: la atención total del escritor.

El tropo de la criatura deforme es perfecto porque capta la mezcla de repulsión y de amor que todo escritor de narrativa siente hacia la obra en la que está trabajando. La narración siempre nace horrorosamente defectuosa, siempre constituye una traición repugnante a todas las esperanzas que habías puesto en ella... una caricatura cruel y repelente de la perfección de su concepción... sí, a ver si lo entiendes: es grotesca por imperfecta, y sí, es tuya, esa criatura, eres , y tú la quieres y la meces en tu regazo y le limpias el fluido cerebroespinal de la barbilla caída con el puño de la única camisa limpia que te queda porque llevas tres semanas sin lavar ropa puesto que por fin parece que cierto capítulo o personaje está a punto de acabar de dibujarse y funcionar y a ti te aterra dedicar tiempo a cualquier cosa que no sea trabajar en él porque si apartas la vista ni aunque sea un segundo lo perderás todo, condenando a la criatura a la repugnancia continuada. Y sucede que tú amas al niño deforme y te compadeces de él y lo cuidas, pero también lo odias -lo odias- porque es deforme y repelente, porque algo grotesco le sucedió durante el parto de la cabeza a la página; lo odias porque su deformidad es tu deformidad (puesto que si fueras mejor escritor de narrativa tu criatura, por supuesto, se parecería a esos bebés de los catálogos de venta de ropa para bebés, perfectos y rosados y cerebroespinalmente continentes) y cada una de sus respiraciones repugnantes e incontinentes es una acusación devastadora dirigida a ti, a todos los niveles... de manera que lo quieres ver muerto, por mucho que lo adores y lo quieras y lo limpies y lo mezas y a veces hasta le apliques la reanimación cardiopulmonar cuando parece que su propia condición grotesca le ha obstruido la respiración y corre riesgo de morirse.

Todo esto es muy sucio y triste, sí, pero al mismo tiempo es tierno y conmovedor y noble y mola -es una relación genuina, por decirlo así-, e incluso en lo peor de su repugnancia el niño deforme consigue conmoverte y despertar cosas en ti que tú sospechas que se cuentan entre las mejores que tienes dentro: cosas maternales y oscuras. Tú quieres mucho a tu criatura. Y quieres que lo amen también los demás, cuando por fin llegue el momento de que el niño deforme salga y haga frente al mundo.

De manera que ocupas una posición algo incierta: amas a la criatura y quieres que la amen los demás, pero eso quiere decir que confías en que los demás no la vean de forma correcta. Es algo así como que quieres engañar a la gente: quieres que vean como perfecto lo que tú en tu corazón sabes que es una traición de toda perfección.

Mejor dicho, no es que quieras engañar a esa gente; lo que quieres es que esa gente vea y ame a un bebé de anuncio, encantador, milagroso y perfecto, y que tengan razón, que estén en lo cierto en lo que ven y sienten. Quieres ser tú el que se equivoca terriblemente: quieres que la repugnancia del niño deforme resulte no ser nada más que una extraña alucinación engañosa que has tenido. Pero eso significaría que estás loco: que en realidad esas deformidades repulsivas que has visto, que te han perseguido y te han hecho encogerte de asco no existen (o por lo menos otros te convencen de eso).

Lo cual quiere decir que te falta más de un tornillo y más de dos, está claro. Y lo que es peor: también significaría que ves y desprecias la repugnancia de algo que tú has hecho (y amas), en tu propio vástago, que en cierta forma eres . Y esta última esperanza preferible representaría algo mucho peor que el mero hecho de ser un mal padre; sería una modalidad terrible de asalto a ti mismo, prácticamente una tortura que te infligirías a ti mismo. Y sin embargo, sigue siendo lo que más quieres: equivocarte de forma garrafal, demente y suicida.

Pese a todo, es muy divertido. No me malinterpreten. En cuanto a la naturaleza de esa diversión, no puedo dejar de recordar una pequeña y extraña historia que oí en catequesis cuando yo era más o menos del tamaño de una boca de incendios. Tiene lugar en China o en Corea o en algún sitio por el estilo. Parece ser que había una vez un viejo granjero en las afueras de una aldea de las colinas que trabajaba en su granja con la única ayuda de su hijo y su amado caballo. Un día el caballo, que no solo era muy querido, sino que también resultaba vital para el fatigoso trabajo de la granja, abrió la cerradura de su cuadra o lo que fuera y se escapó a las colinas. Todos los amigos del viejo granjero lo visitaron para lamentarse de que hubiera tenido tan mala suerte. El granjero se limitó a encogerse de hombros y a decir: «Mala suerte o buena suerte, ¿quién lo sabe?». Al cabo de un par de días el amado caballo regresó de las colinas en compañía de toda una valiosísima manada de caballos salvajes, y todos los amigos del granjero acudieron a felicitarlo por la buena suerte en que se había convertido el hecho de que se le escapara el caballo. «Buena suerte o mala suerte, ¿quién lo sabe?», fue lo único que les dijo a modo de respuesta el granjero, encogiéndose de hombros. Ahora que lo pienso, el granjero me suena un poco yiddish para ser un viejo granjero chino, pero es así como yo lo recuerdo. De manera que el granjero y su hijo se pusieron a domar a los caballos salvajes, y uno de los caballos se encabritó y descabalgó al hijo con tanta brutalidad que el hijo se rompió una pierna. Y pronto llegaron otra vez los amigos a compadecerse del granjero y maldecir la mala suerte que le habían traído aquellos malditos caballos salvajes a su granja. El viejo granjero se volvió a encoger de hombros y dijo: «Mala suerte o buena suerte, ¿quién lo sabe?». Al cabo de unos días el Ejército Imperial sino-coreano o quien fuera que entró desfilando en la aldea, reclutando a la fuerza a todo hombre físicamente apto de entre diez y sesenta años para convertirlo en carne de cañón en algún conflicto repulsivamente sanguinario que al parecer se estaba cociendo, vio la pierna rota del hijo y lo dejó en paz por no cumplir con los criterios de aptitud física feudal, de manera que en lugar de ser llevado a la fuerza el hijo pudo quedarse en la granja con el viejo granjero. ¿Buena suerte? ¿Mala suerte?

Esta es la clase de esperanza alegórica a la que te aferras desesperadamente cuando te planteas la cuestión de la diversión como escritor. Al principio, cuando empiezas a probar a escribir narrativa, todo está orientado a divertirte. No esperas que nadie más te lea. Lo escribes prácticamente todo para excitarte a ti mismo. Para permitirte tus fantasías y tu lógica desviada y también para eludir o bien transformar partes de ti mismo que no te gustan. Y funciona, y es muy divertido. Luego, si tienes buena suerte y parece que a la gente le gusta lo que escribes, y encima te pagan por ello, y consigues ver tus cosas impresas de forma profesional y encuadernadas y acompañadas de frases promocionales de otros autores y reseñadas y hasta (en una ocasión) leídas en el metro por la mañana por una chica guapa a la que ni siquiera conoces, todavía parece que la cosa sea más divertida. Al principio. Luego las cosas empiezan a complicarse y a volverse confusas, y hasta a dar miedo. Ahora tienes la sensación de que estás escribiendo para otra gente, o por lo menos en eso confías. Ya no estás escribiendo únicamente para excitarte a ti mismo, lo cual -puesto que toda masturbación es solitaria y vacía- probablemente esté bien. Pero ¿qué reemplaza a la motivación onanista? Has descubierto que disfrutas mucho del hecho de que a la gente le guste tu escritura, y también descubres que tienes muchas ganas de que a la gente le gusten las cosas nuevas que escribes. La motivación de la pura diversión personal empieza a ser suplantada por la motivación de gustar, de que haya gente guapa a la que no conoces que te aprecie y te admire y te considere buen escritor. El onanismo da paso al intento de seducción, como motivación. Ahora bien, el intento de seducción resulta muy trabajoso, y su diversión se ve compensada por un miedo terrible al rechazo. Sea lo que sea el «ego», tu ego acaba de entrar en juego. O tal vez «vanidad» sea una palabra mejor. Porque te das cuenta de que gran parte de tu escritura se ha convertido en puro exhibicionismo, en intentar que la gente te considere bueno. Y es comprensible. Ahora estás poniendo mucho de ti mismo en juego, cuando escribes; y también está en juego tu vanidad. Descubres algo peliagudo que tiene la escritura de narrativa: que para ser capaz de escribirla es necesaria cierta cantidad de vanidad, pero que cualquier cantidad de vanidad por encima de la estrictamente necesaria resulta letal. Llegado este punto, más del noventa por ciento de las cosas que estás escribiendo ya están motivadas e informadas por una necesidad abrumadora de gustar. Y esto genera una narrativa de mierda. Y la obra de mierda debe acabar en la papelera, no tanto por una cuestión de integridad artística como por el simple hecho de que la obra de mierda va a hacer que no gustes. Llegado este punto de la evolución de la diversión del escritor, la misma cosa que siempre te ha motivado para escribir ahora te está motivando también para tirar lo que escribes a la papelera. Se trata de una paradoja y de una especie de dilema irresoluble, que puede provocar que te pases encerrado en ti mismo meses o incluso años, durante los cuales te dedicas a lamentarte y rechinar los dientes y quejarte de tu mala suerte y preguntarte con amargura adónde se puede haber ido toda la diversión de la escritura.

La respuesta inteligente, creo yo, es que escapar de ese dilema pasa por conseguir regresar lentamente a tu motivación original: la diversión. Y si consigues volver a la diversión, descubrirás que a fin de cuentas el repulsivamente desgraciado dilema irresoluble que experimentaste durante tu periodo de vanidad te ha traído buena suerte. Porque la diversión a la que regresas ahora ha sido transfigurada por lo desagradable de la vanidad y el miedo, que ahora tienes tantas ansias de evitar que la diversión que redescubres pertenece a una modalidad mucho más plena y generosa. Tiene algo que ver con el concepto del Trabajo Como Juego. O bien con el descubrimiento de que la diversión disciplinada es mucho más divertida que la diversión impulsiva o hedonista. O bien con darte cuenta de que no todas las paradojas tienen que ser paralizantes. Bajo la nueva administración de la diversión, escribir narrativa se convierte en una forma de adentrarte en ti mismo e iluminar esas mismas cosas que no querías ni ver ni que nadie más viera, y resulta (paradójicamente) que estas cosas son justamente las cosas que todos los escritores y lectores comparten y sienten, y a las que reaccionan. La narrativa se convierte en una forma extraña de aceptarte a ti mismo y de decir la verdad en lugar de ser una forma de escapar de ti mismo o de presentarte a ti mismo de una forma que supones que hará que le gustes al máximo número de personas. Se trata de un proceso complicado, que confunde y da miedo, y también muy trabajoso, pero que resulta ser la mejor diversión que existe.

El hecho de que ahora puedas mantener la diversión de la escritura justamente por medio de hacer frente a las mismas partes no divertidas de ti mismo que antes habías intentando evitar o camuflar por medio de la escritura ya no constituye ninguna clase de paradoja. Se trata, en cambio, de una especie de milagro, y, comparada con él, la recompensa del afecto de los desconocidos no es más que polvo o pelusa.

1998


En cuerpo y en lo otro
Título original: Both Flesh and Not
Traductor: Javier Calvo
Barcelona, 2013
Foto por Steve Rhodes, 16 enero 2006

2 sept. 2013

David Foster Wallace: La muerte no es el final

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El poeta americano de cincuenta y seis años, Premio Nobel, conocido en los círculos literarios americanos como «el poeta de poetas» o simplemente como «el Poeta», estaba tumbado afuera en la terraza, con el torso desnudo, haciendo gala de un ligero sobrepeso, en una hamaca parcialmente inclinada, bajo el sol, leyendo, haciendo gala de un sobrepeso moderado, aunque no grave, ganador de dos National Book Awards, de un National Book Critics Circle Award, de un Lamont Prize, de dos subvenciones del National Endownient For the Arts, de un Prix de Rome, de una Beca de Investigación de la Fundación Lannan, de una Medalla McDowell y de un Premio Vitalicio Harold Strauss de la American Academy and Institute of Arts and Letters, presidente emérito del PEN Club, poeta al que dos generaciones distintas de americanos habían proclamado la voz de su generación, de cincuenta y seis años, ataviado con un bañador seco Speedo de la talla XL, tumbado en una hamaca de lona de inclinación graduable en la terraza embaldosada adyacente a la piscina de la casa, poeta que estuvo entre los diez primeros americanos que recibieron una «subvención para genios» de la prestigiosa Fundación John D. y Catherine McArthur, uno de los tres únicos americanos vivos que cuentan en su haber con un Premio Nobel de Literatura, de metro setenta y noventa kilos, pelo y ojos castaños, frente desigualmente despejada debido a la aceptación/rechazo inconsistente de diversos sistemas de regeneración del cabello/trasplantes capilares, sentado, o tumbado —o tal vez sería más preciso decir simplemente «reclinado»— con un bañador negro Speedo junto a la piscina en forma de riñón de la casa,1 en la terraza embaldosada de la piscina, en una hamaca portátil cuyo respaldo estaba ahora inclinado cuatro muescas en un ángulo de 35 grados respecto al mosaico de baldosas de la terraza, a las 10.20 del 15 de mayo de 1995, el cuarto poeta más antologado de la historia de las belles lettres americanas, junto a un parasol pero no en la misma sombra del parasol, leyendo la revista Newsweek,2 usando la ligera curva de su abdomen como soporte inclinado para la revista, provisto también de unas chanclas, con una mano detrás de la cabeza y la otra colgando a un lado y rozando la decoración afiligranada pardusca y ocre del caro embaldosado de cerámica española de la terraza, humedeciendo ocasionalmente un dedo para pasar la página, con unas gafas de sol graduadas cuyas lentes habían sido tratadas químicamente de la luz a la que estuvieran expuestas, con un reloj de pulsera de calidad y precio medios en la mano colgante, con chanclas de imitación de goma en los pies, con las piernas cruzadas a la altura del tobillo y las rodillas ligeramente separadas, bajo el cielo sin nubes y cada vez más luminoso a medida que el sol matinal se elevaba hacia lo alto y hacia la derecha, humedeciendo un dedo no con saliva ni sudor sino con la condensación del esbelto vaso de té helado que ahora reposaba al borde de la sombra de su cuerpo en la parte superior izquierda de la silla y que pronto habría que mover para que continuara estando dentro de aquella sombra fresca, pasando ociosamente un dedo por el costado del vaso antes de llevar ese mismo dedo húmedo ociosamente hasta la página, pasando de vez en cuando las páginas del ejemplar del 19 de septiembre de 1994 de la revista Newsweek, leyendo sobre la reforma del sistema sanitario de Estados Unidos y sobre el trágico vuelo 427 de USAir, leyendo un sumario y una reseña favorable de los populares libros de no ficción Zona caliente de Richard Preston y La plaga que viene de Laurie Garrett, pasando eventualmente varias páginas de una vez, saltándose ciertos artículos y sumarios, eminente poeta americano a quien ahora le faltaban cuatro meses para su quincuagésimo séptimo cumpleaños, poeta a quien la principal competidora de Newsweek, la revista Time, una vez había calificado absurdamente de «lo más parecido a un inmortal literario que vive hoy en día», con las espinillas casi desprovistas de pelo, con la sombra elíptica del parasol haciéndose un poco más densa cada vez, con la goma de las chanclas provista de granitos por los dos lados, la frente llena de gotitas de sudor, el bronceado intenso y oscuro, la parte interior de los muslos casi desprovista de pelo, con el pene enroscado sobre sí mismo en el interior del bañador ajustado, con la barba en punta casi al rape, con un cenicero sobre la mesa de hierro, sin beberse su té helado, carraspeando de vez en cuando, cambiando de postura a intervalos en la hamaca de color pastel para rascarse ociosamente el empeine de un pie con el dedo gordo enorme del otro pie sin sacarse las chanclas y sin mirarse los pies, aparentemente concentrado en la revista, con la piscina azul a su derecha y la gruesa puerta corredera de cristal de la casa en ángulo oblicuo a su izquierda, con una mesa redonda de barrotes blancos de hierro entrelazados entre él y la piscina, empalada en el centro por un enorme parasol de playa cuya sombra ahora ya no tocaba la piscina, poeta de talento indiscutible, leyendo su revista en su silla en su terraza junto a su piscina de detrás de su casa. La piscina y la terraza de la casa están rodeadas en tres de sus lados por árboles y arbustos. Los árboles y los arbustos, plantados años atrás, están densamente enmarañados y enredados y cumplen el mismo cometido esencial que un seto de secoyas o un muro de piedra. Ya está avanzada la primavera, y los árboles y arbustos tienen todas las hojas y hacen gala de un verde intenso y están inmóviles y dibujan sombras caprichosas; el cielo es azul intenso y está inmóvil, de manera que el retablo que forman la piscina, la terraza, el poeta, la silla, la mesa, los árboles y la fachada trasera de la casa permanece inmóvil y bien compuesto y casi por completo en silencio, siendo los únicos ruidos el suave zumbido de la bomba y el desagüe de la piscina y el ruido ocasional del poeta carraspeando o pasando las páginas del Newsweek; no hay un solo pájaro, no se oyen cortadoras de césped a lo lejos ni a nadie podando los setos ni máquinas de desbrozar hierbas ni aviones en lo alto ni el ruido lejano y amortiguado de las piscinas de las casas adyacentes a la del poeta; nada salvo la respiración de la piscina y la carraspera ocasional del poeta, todo inmóvil y bien compuesto y cerrado en sí mismo, sin ni siquiera un asomo de brisa para agitar las hojas de los árboles, los arbustos o la vegetación circundante viviente y silenciosa de un color verde inmóvil, nítido e inescapable al que nada en el mundo se puede comparar en apariencia o capacidad de sugestión.3 


Notas 

1 También era el primer poeta nacido en América en los noventa y cuatro años de historia de los prestigiosos Premios Nobel que recibía el codiciado Premio Nobel de Literatura. 

2 Sin embargo, nunca recibió una beca de la Fundación John Simon Guggenheim: después de ser tres veces rechazado al principio de su carrera, tuvo razones para creer que existía alguna campaña personal y/o política que involucraba al comité de las Becas Guggenheim, así que decidió que lo mandaba a tomar viento y que se dejaría morir de hambre antes que volver a contratar a un ayudante licenciado para rellenar por triplicado los agotadores formularios de las Becas de la Fundación Guggenheim y pasar de nuevo por aquella deleznable y agotadora farsa de la consideración «objetiva». 

3 Esto no es del todo cierto. 


Entrevistas Breves Con Hombres Repulsivos 
Traducción de Javier Calvo 
Madrid, Mondadori, 2001
Foto David Foster Wallace por Janette Beckman Redferns


25 jun. 2013

David Foster Wallace: El suicidio como una especie de regalo

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Había una vez una madre que lo pasaba muy, pero que muy mal, emocionalmente, por dentro.

Por lo que ella recordaba, siempre lo había pasado mal, incluso de niña. Recordaba pocos detalles específicos de su infancia, pero sí recordaba haber sentido un odio hacia sí misma, un terror y una desesperación que parecían haberla acompañado desde siempre. 

Desde una perspectiva objetiva, no sería descabellado decir que aquella futura madre tragó mucha mierda psíquica cuando era una niña y que parte de aquella mierda podía describirse como abusos sexuales por parte de sus padres. Sin embargo, aunque todo esto era verdad, no era el problema.

El problema era que, hasta donde alcanzaban sus recuerdos, aquella futura madre se odiaba a sí misma. Percibía todas las situaciones de la vida con aprensión, como si cualquier ocasión u oportunidad fueran una especie de examen importante y terrible y ella hubiera sido demasiado estúpida o perezosa para prepararse con antelación. Se sentía como si tuviera que sacar la nota máxima en todos aquellos exámenes para evitar algún castigo terrorífico.41 Se sentía aterrorizada por todo y le aterrorizaba que se notara.

La futura madre sabía perfectamente, desde una edad temprana, que aquella presión constante y horrible venía de su propio interior. Que no era culpa de nadie más que de ella. Aquello la hacía odiarse más todavía. Esperaba de sí misma una perfección absoluta, y cada vez que no la conseguía la colmaba una desesperación profunda e insoportable que amenazaba con romperla en pedazos como si fuera un espejo barato.42 La futura madre proyectaba aquellas expectativas tan altas en todos los ámbitos de su vida futura, particularmente en aquellos que involucraban la aprobación o desaprobación de los demás. Por esta razón, durante su niñez y su adolescencia, todos la percibían como a una chica brillante, atractiva, popular y admirable; la elogiaban y la aprobaban. Sus compañeras parecían envidiar su energía, su dinamismo, su aspecto, su inteligencia, su disposición y su atención infalible a las necesidades y sentimientos ajenos;43 tenía pocas amigas íntimas. A lo largo de su adolescencia, las autoridades como, por ejemplo, profesores, patrones, líderes militares, pastores y asesores de asociaciones de alumnos universitarios comentaron que la joven «parec[ía] tener expectativas muy, muy altas de [sí misma]», y aunque a menudo aquellos comentarios se emitían desde una voluntad de preocupación o reprobación amables, casi siempre se podía distinguir en ellos una nota ligera pero inconfundible de aprobación —de que la autoridad había emitido un juicio objetivo e imparcial y había otorgado su aprobación—, y en todo caso la futura madre se sentía (por entonces) aprobada. Se sentía tenida en cuenta: sus criterios eran altos. Sentía una especie de orgullo abyecto por la falta de piedad que mostraba hacia sí misma.44

Cuando llegó a la vida adulta, ya resultaba adecuado afirmar que la futura madre lo estaba pasando interiormente muy, pero que muy mal.

Cuando se convirtió en madre, las cosas fueron todavía más duras. Las expectativas de la madre hacia su criatura resultaron también ser imposiblemente elevadas. Y cada vez que la criatura no lograba algo, la inclinación natural de la madre era odiarla. En otras palabras, cada vez que él (la criatura) amenazaba con comprometer los criterios elevados que eran lo único que la madre creía tener, para sus adentros, el odio instintivo de la madre hacia sí misma tendía a proyectarse hacia el exterior y hacia la criatura. A aquella tendencia se le añadía el hecho de que en la mente de la madre no había más que una separación minúscula e imprecisa entre su propia identidad y la de la criatura. La criatura parecía en cierto sentido ser el reflejo de la propia madre en un espejo que reducía las imágenes y las distorsionaba de forma grotesca. Por tanto, cada vez que la criatura era maleducada, codiciosa, grosera, dura de mollera, egoísta, cruel, desobediente, perezosa, tonta, testaruda o infantil, la inclinación más profunda y natural de su madre era odiarla.

Pero no podía odiarla. Ninguna buena madre puede odiar a su criatura, juzgarla, abusar de ella o desearle ningún daño de ninguna clase. La madre lo sabía. Y los criterios que usaba consigo misma como madre era, tal como uno podría esperar, muy elevados. Y era por esta razón por la que siempre que «metía la pata», «hablaba con brusquedad», «perdía la paciencia» o expresaba (aunque fuera mentalmente) odio (por breve que fuera) hacia la criatura, la madre se hundía instantáneamente en un abismo de recriminaciones hacia sí misma y de desesperación que le resultaba imposible de soportar. De modo que la madre entró en guerra. Sus expectativas libraban un conflicto fundamental. Un conflicto en el que sentía que su propia vida estaba en jaque: no poder vencer la insatisfacción instintiva que sentía hacia su criatura daría lugar a un castigo terrible y devastador que en su interior sabía que ella misma iba a infligir. Estaba decidida a tener éxito, desesperada por tenerlo, por satisfacer las expectativas que tenía de sí misma como madre sin importar cuál fuera el precio.

Desde una perspectiva objetiva, la madre tuvo un éxito tremendo en sus esfuerzos por controlarse. En su conducta externa hacia la criatura, la madre mostró un cariño infatigable, fue compasiva, comprensiva, paciente, amable, efusiva, incondicional y desprovista de toda capacidad aparente de juzgar, desaprobar o negar de cualquier forma su amor. Cuanto más abyecta era la criatura, más cariño se exigía a sí misma la madre. Su conducta resultaba impecable de acuerdo con cualquier criterio de lo que ha de ser una madre excelente.

A cambio, la criatura, a medida que crecía, quiso a su madre más que a todo lo demás que hay en el mundo. Si hubiera tenido la posibilidad de hablar verdaderamente acerca de sí misma, la criatura habría dicho que se percibía a sí misma como una criatura realmente perversa y repulsiva a quien, gracias a algún golpe inmerecido de buena suerte, le había tocado la mejor madre del mundo entero, la más cariñosa, paciente y guapa.

Pero por dentro, a medida que la criatura crecía, la madre seguía llena de odio hacia sí misma y de desesperación. Probablemente, se decía, el hecho de que la criatura mintiera, hiciera trampas y aterrorizara a las mascotas del vecindario era culpa de su madre. Probablemente la criatura no estaba haciendo más que expresar para que lo viera todo el mundo los defectos grotescos y patéticos que ella tenía como madre. Por tanto, cuando la criatura robó el dinero para UNICEF de su clase o agarró a un gato de la cola y lo golpeó varias veces contra la esquina afilada de la casa de ladrillo vecina a la suya, la madre asumió como suyos los grotescos defectos de la criatura, recompensando las lágrimas de la criatura y las recriminaciones que ésta se hacía con una generosidad y un amor incondicional que hizo que la criatura la considerara su único refugio en un mundo de expectativas imposibles, juicios implacables y mierda psíquica sin fin. A medida que él crecía (la criatura), la madre asumió todas sus imperfecciones, las guardó en su propio interior y de ese modo lo absolvió, lo redimió y lo regeneró, sin importar que estuviera acrecentando su propio fondo interior de odio hacia sí misma.

Y así fue durante toda la infancia y la adolescencia de su criatura, de manera que, para cuando la criatura fue lo bastante mayor como para solicitar diversas licencias y permisos, la madre se sintió casi colmada de odio en su interior: odio hacia sí misma, hacia su criatura defectuosa e infeliz y hacia un mundo de expectativas imposibles y de juicios implacables. No podía, por supuesto, expresar nada de aquello. De manera que fue el hijo —desesperado, igual que todas las criaturas, por devolver ese amor perfecto que solamente se puede esperar de las madres— el que lo expresó todo por ella.


Notas

41 Sus padres, por cierto, nunca le pegaron ni trataron de imponerle mu güila disciplina, ni tampoco la presionaron.

42 Sus padres habían sido gente con pocos recursos, físicamente imperfectos y no muy inteligentes, y la niña se disgustaba con ella misma por ser capaz de percibir aquellos rasgos.

43 Por entonces todavía no se usaban las expresiones ser positivo ni tampoco relajarse psicológicamente (ni tampoco, por cierto, mierda psíquica; ni abusos sexuales por parte de los padres ni perspectiva objetiva).

44 De hecho, una explicación que los padres de aquella chica a la que ya le faltaba poco para ser madre solían darle para imponerle tan poca disciplina era que su hija parecía reprenderse a sí misma sin piedad por cualquier pequeño fracaso o transgresión, de tal modo que imponerle alguna disciplina habría sido, entre comillas, «un poco como darle patadas a un perro».


Relato incluido en Entrevistas breves con hombres repulsivos
Título original: Brief interviews with hideus men
Barcelona, Literatura Mondadori, 2001
Traducción de Javier Calvo
Foto: Marion Ettlinger, Bloomington, Illinois, USA, 2001/Corbis

15 mar. 2013

David Foster Wallace: Actúen con naturalidad

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Los narradores como especie suelen ser mirones. Suelen acechar y observar. Son observadores natos. Son espectadores. Son esos tipos del metro cuya forma disimulada de mirar resulta inquietante. Casi depredadora. Es porque las situaciones humanas son el alimento de los escritores. Los narradores miran a otros seres humanos de la misma forma que los curiosos frenan para ver un accidente de coche: codician la imagen de sí mismos como testigos.

Pero al mismo tiempo los narradores tienden a ser terriblemente conscientes de sí mismos. A la vez que dedican montones de tiempo productivo a estudiar con atención qué impresión produce en ellos la gente, los narradores también dedican montones de tiempo menos productivo preguntándose, nerviosos, qué impresión causan ellos a los demás. Qué tal caen, qué imagen tienen, si se les ve el faldón de la camisa por la bragueta, si tal vez tienen pintalabios en los dientes, si la gente a la que están mirando con disimulo los estarán considerando seres siniestros, como esos locos que acechan a la gente.

El resultado es que la mayoría de los narradores, observadores natos, suelen odiar ser objeto de la atención de la gente. No les gusta que los miren. Las excepciones a esta regla —Norman Mailer, Jay Mclnerney— a veces dan la impresión de que muchos literatos ansían la atención de la gente. No sucede así con la mayoría. El resto nos limitamos a mirar.

La mayoría de los narradores que conozco son americanos de menos de cuarenta años. No sé si los narradores de menos de cuarenta años ven más televisión que otras clases de americanos. Las estadísticas informan de que en el hogar americano medio se ven más de seis horas diarias de televisión. No conozco a ningún narrador que viva en un hogar medio americano. Sospecho que Louise Erdrich tal vez sí. En realidad nunca he visto un hogar medio americano. Solamente en la tele.

A primera vista hay dos cosas en la televisión que parecen potencialmente apasionantes para los narradores americanos. En primer lugar, la televisión lleva a cabo por nosotros gran parte de nuestra investigación humana depredadora. En la vida real los americanos son un grupo humano bastante esquivo y cambiante, y resulta endiabladamente difícil adjudicarles ninguna clase de distintivo general. Pero la televisión viene equipada con ese distintivo. Es un indicador increíble de lo genérico. Si queremos saber qué es la normalidad americana —es decir, lo que los americanos perciben como normal—, podemos confiar en la televisión. Porque la razón de ser misma de la televisión es reflejar lo que la gente quiere ver. Es un espejo. No el espejo stendhaliano que refleja el cielo azul y el charco de barro. Más bien el espejo iluminado del baño ante el cual el adolescente calibra sus bíceps y decide cuál es su mejor perfil. Esta clase de ventana a la autopercepción nerviosa de los americanos tiene un valor incalculable a la hora de escribir narrativa. Y los escritores pueden tener fe en la televisión. Después de todo, hay un montón de dinero en juego. Y la televisión posee los mejores demógrafos que la ciencia social aplicada puede ofrecer, investigadores que pueden determinar con precisión lo que los americanos de los noventa son, quieren y ven: cómo los miembros del público queremos vernos a nosotros mismos. La televisión, desde la superficie hacia sus profundidades, trata del deseo. Y el deseo es a la narrativa lo que el azúcar es a la comida humana.

El segundo atractivo aparente es que la televisión parece ser un regalo absoluto de Dios para esa subespecie de la humanidad a quienes les encanta ver gente pero odian ser vistos. Porque la pantalla de la televisión solamente permite ser traspasada en un sentido. Es una válvula de compuerta psíquica. Podemos verlos a ellos; ellos no pueden vernos. Podemos relajarnos sin ser vistos mientras miramos. Creo que esta es la razón por la que la televisión gusta tanto a la gente solitaria. A los que se encierran de forma voluntaria. Todos los solitarios que conozco ven más televisión que las seis horas de promedio en América. A los solitarios, como a los narradores, les encanta la visión en un solo sentido. Porque la gente solitaria no suele serlo por culpa de ninguna deformidad repulsiva ni de su olor corporal ni su mal carácter: en realidad hoy día existen grupos de apoyo y asociaciones para personas con estas características. En cambio, la gente solitaria suele serlo porque no quieren soportar los costes psíquicos de estar entre otros seres humanos. Son alérgicos a la gente. La gente les afecta demasiado. Llamemos al solitario americano medio Joe Briefcase. Joe Briefcase teme y odia esa carga de autoconsciencia que parece afectarle únicamente cuando hay otros seres humanos reales a su alrededor, mirando, con sus antenas sensoriales humanas erizadas. Joe Briefcase tiene miedo de cómo lo van a ver quienes lo miren. Elige prescindir de ese juego tremendamente estresante que es el póquer americano de las apariencias. Pero la gente solitaria, en sus casas, solos, siguen ansiando imágenes y escenas, compañía. Por eso ven la televisión. Joe puede mirarlos a Ellos en la pantalla; Ellos no pueden ver a Joe. Es casi voyeurismo. Yo conozco a gente solitaria que percibe la televisión como un verdadero Deus ex machina para voyeurs. Y muchas de las críticas, de las críticas verdaderamente furibundas, no tanto dirigidas como arrojadas contra las cadenas, los anunciantes y el público por igual, tienen que ver con la acusación de que la televisión nos ha convertido en un país de voyeurs sudorosos y boquiabiertos. Esta acusación no es cierta, y no lo es por razones interesantes.

El voyeurismo clásico es una modalidad del espionaje, es decir, ver a gente que no saben que estás ahí mientras desarrollan las actividades mundanas pero llenas de erotismo de su vida íntima. Es interesante que gran parte del voyeurismo clásico requiera instrumentos con pantallas de cristal: ventanas, telescopios, etcétera. Pero ver la televisión es distinto a la actividad de los mirones genuinos. Porque la gente a la que estamos viendo a través de la pantalla de cristal de la tele no ignora el hecho de que alguien está viéndolos. En realidad, que un montón de gente está viéndolos. En realidad, la gente de la televisión sabe que es en virtud de esta multitud gigantesca de mirones que están en la pantalla llevando a cabo toda clase de actividades poco mundanas. La televisión no permite un verdadero espionaje porque la televisión es actuación, espectáculo, lo cual por definición requiere espectadores. En este caso no somos voyeurs en absoluto. Simplemente espectadores. Somos el público, megamétricamente múltiple, aunque a menudo observamos en soledad: E unibus pluram.2

Una razón de que los narradores den un poco de miedo en persona es que por vocación son voyeurs. Necesitan ese auténtico robo visual que es mirar a alguien que no haya preparado una identidad para ser vista. El único engañado en la actividad del espionaje es el espiado, que no sabe que está cediendo imágenes e impresiones de sí mismo. Un problema de muchos de los escritores americanos de menos de cuarenta años que usamos la televisión como sustituto del espionaje verdadero, sin embargo, es que el «voyeurismo» de la tele requiere que el pseudoespía que está mirando se haga una espléndida orgía de ilusiones. La ilusión n° 1 es que somos voyeurs: los «espiados» tras el cristal de la pantalla solamente fingen ignorancia. Saben perfectamente que estamos viéndolos. Y también saben que estamos aquí quienes están tras la segunda pantalla de cristal, a saber: las lentes y los monitores mediante los cuales los técnicos y escenógrafos aplican su enorme ingenio para enviarnos imágenes. Lo que vemos no lo estamos robando en absoluto; nos lo están ofreciendo: ilusión n° 2. La ilusión n° 3 es que lo que estamos viendo a través de la pantalla enmarcada no es gente en situaciones reales que existen o podrían tener lugar sin la conciencia de un Público. Es decir, que los jóvenes escritores están buscando datos acerca de una realidad por ficcionalizar que ya se compone de personajes ficticios dentro de narraciones muy formalizadas. Y n° 4, ni siquiera estamos viendo «personajes»: no existe el mayor Frank Burns de M*A*S*H, aquel arrogante y patético capullo de Fort Wayne, Indiana; el que existe es Larry Linville, de Ojai, California, un actor lo bastante estoico como para soportar miles de cartas (que siguen llegando aunque la serie se esté reponiendo) de pseudovoyeurs que lo insultan por ser un capullo de Indiana. Además, n° 5, por supuesto ni siquiera estamos espiando a actores o personas reales: se trata de ondas electromagnéticas analógicas, corrientes de iones y reacciones químicas en el interior de la pantalla que arrojan fosfenos en racimos de puntos no mucho más realistas que los comentarios impresionistas de Seurat acerca de la ilusión perceptiva. Y Dios mío, n° 6, esos puntos están saliendo de un mueble, lo único que estamos espiando realmente es uno de nuestros muebles, mientras que nuestras sillas, lámparas y los lomos de los libros siguen siendo visibles alrededor pero dejamos de verlos cuando contemplamos «Corea» o nos llevan «en directo a Jerusalén» o miramos las sillas más cómodas o los lomos más elegantes de los libros de la «casa» de los Huxtable, pistas ilusorias de que ahí hay un interior doméstico cuya membrana hemos violado de forma sutil y secreta: ilusiones n° 7, n° 8 y ad infimitum.

No es que esas realidades sobre actores y fosfenos y muebles nos pasen desapercibidas. Es que elegimos pasarlas por alto. Son parte de la creencia que anulamos. Pero es una carga realmente dura de soportar durante seis horas al día; las ilusiones de voyeurismo y de acceso privilegiado requieren una gran complicidad del espectador. ¿Cómo pueden conseguir que aceptemos de buen grado la ilusión de que la gente de la tele no sabe que los estamos mirando, la fantasía de que estamos trascendiendo de alguna forma la privacidad de alguien y alimentándonos de su actividad humana espontánea? Puede haber muchas razones para que esos camelos sean tan creíbles, pero una de las principales es que los actores del otro lado de la pantalla son —al margen de los diversos grados de talento dramático— genios absolutos a la hora de fingir que nadie los ve. No se equivoquen: actuar delante de una cámara de televisión como si nadie estuviera mirándolos es un arte. Fíjense en cómo actúan los no profesionales cuando los enfoca una cámara: a menudo actúan de forma espasmódica, o bien se quedan rígidos, paralizados por la timidez. Incluso los relaciones públicas y los políticos son, cuando se trata de estar ante la cámara, simples aficionados. Y nos encanta burlarnos de lo rígidos y afectados que aparecen en televisión los no profesionales. Poco naturales.

Pero si alguna vez han sido objeto de esa terrible mirada vacía y redonda de cristal, sabrán a la perfección lo espantosamente conscientes de sí mismos que les hace sentirse. Un tipo estresado con auriculares y un portafolios te dice que «actúes con naturalidad» y entonces tu cara empieza a moverse de forma espasmódica, intentando adoptar una expresión como si nadie estuviera mirándote que resulta del todo imposible porque «simular que nadie te mira» es como «actuar con naturalidad», un oxímoron. Intenten golpear una pelota de golf después de que alguien les pregunte si al tomar impulso aspiran el aire o lo expulsan, o después de que les ofrezcan una recompensa sustanciosa por no pensar en un rinoceronte verde durante diez segundos, y se harán una idea de las contorsiones verdaderamente heroicas de cuerpo y mente que necesitan llevar a cabo David Duchovny o Don Johnson para actuar como si nadie los mirara mientras son observados por una lente que constituye un emblema abrumador de lo que Emerson, años antes de la televisión, llamó la «mirada de los millones».3

Para Emerson solamente hay una especie muy rara de persona que pueda soportar esa mirada de los millones. No es el americano normal, trabajador y silenciosamente desesperado. El individuo capaz de soportar la megamirada es una imago andante, cierta clase de semihumano trascendente que, en palabras de Emerson, «lleva el reposo en la mirada». El reposo emersoniano que los actores de televisión llevan en la mirada es la promesa de un respiro de la autoconsciencia humana. No preocuparte por la impresión que causas. Una falta total de alergia a las miradas ajenas. Es un heroísmo contemporáneo. Es aterrador y fuerte. Es también, por supuesto, una acción, porque hay que tener una autoconsciencia y un autocontrol anormales para simular que nadie te mira delante de las cámaras, las lentes y los hombres de los portafolios. Esa ficción autoconsciente de falta de autoconsciencia es la verdadera puerta al salón de espejos lleno de ilusiones que es la televisión, y para nosotros, el público, es al mismo tiempo una medicina y un veneno.

Porque observamos a esa gente rara, perfectamente adiestrada para simular que nadie los mira durante seis horas diarias. Y amamos a esa gente. En tanto que les atribuimos cualidades sobrenaturales y deseamos emularlos, se podría decir que los veneramos. En el mundo real de Joe Briefcase que se está desplazando de forma cada vez más cruda de una comunidad de relaciones personales a redes de extraños conectados por el interés propio y la tecnología, la gente a la que espiamos en la televisión nos ofrece familiaridad y comunidad. Una amistad íntima. Pero dividimos lo que vemos. Los personajes pueden ser nuestros «amigos íntimos», pero los actores son más que extraños: son imagos, semidioses, que se mueven en una esfera distinta, salen y se casan solamente entre ellos, incluso como actores parecen accesibles al público únicamente con la mediación de la prensa sensacionalista, los programas de entrevistas y la señal electromagnética. Y sin embargo tanto los actores como los personajes, tan terriblemente alejados y filtrados, parecen terrible y gloriosamente naturales cuando los miramos.

Dado lo mucho que miramos y lo que comporta mirar, resulta inevitable, para los narradores o los Joe Briefcase que nos creemos voyeurs, hacernos la ilusión de que esas personas de detrás del cristal —personas que a menudo son la gente más vistosa, atractiva, animada y viva de nuestra experiencia— son también gente que ignora que los están mirando. Esta ilusión es tóxica. Es tóxica para la gente solitaria porque crea un círculo de alienación («¿Por qué no puedo yo ser así?», etcétera), y es tóxica para los escritores porque nos lleva a confundir la investigación para crear narraciones con una extraña forma de consumo de narraciones. La hipersensibilidad de la gente tímida a los seres humanos tiende a ponernos delante de la televisión y su ventana de un solo sentido en una actitud de recepción relajada y total, absorta. Vemos a diversos actores interpretar a diversos personajes, etcétera. Durante trescientos sesenta minutos per diem, recibimos la confirmación inconsciente de la tesis profunda de que la cualidad más importante de una persona viva es tener buena imagen, y que el valor genuino de una persona no solamente equivale sino que radica en el fenómeno de la observación. Además, está la idea de que la parte principal de tener una buena imagen es simular que no te das cuenta de que alguien te está mirando. Actuar con naturalidad. Las personas a las que los jóvenes narradores y los solitarios voluntarios escrutamos, con quienes empatizamos y confraternizamos de forma más intensa están, en virtud de una capacidad genial para fingir falta de consciencia de sí mismos, preparados para soportar las miradas de la gente. Y nosotros, intentando desesperadamente parecer despreocupados, sudamos de forma siniestra en el metro.


Notas

2 Esta frase, y por tanto parte del título de este ensayo, recuperan la genial expresión usada en «Faking It» de Michael Sorkin, publicado en Todd Gitlin, ed., Watching Television, Random House/Pantheon, 1987. [También juega con el lema del escudo de Estados Unidos: «E pluribus unum», ‘Uno compuesto de muchos’ o ‘La unidad en la pluralidad’. (N. del E.)

3 Citado por Stanley Cavell en Pursuits of Happiness, Harvard University Press, 1981 [hay trad. cast.: La búsqueda de la felicidad: la comedia de enredo matrimonial en Hollywood, Paidós, Barcelona, 1999].


En "«E unibus pluram»: televisión y narrativa americana"
Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997)
Título Original: A Supposedly fun thing I'll never do again
Traductor: Javier Calvo
©2001, Mondadori
Foto: David Foster Wallace 1996 © Gary Hannabarger/Corbis

21 oct. 2012

David Foster Wallace: La niña del pelo raro

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A William F. Buckley y Norman O. Brown

Gimlet soñó que si anoche no iba a un concierto se convertiría en algún tipo de líquido, así que anoche mis amigos Mr. Wonderful, Big, Gimlet y yo fuimos a ver un concierto de piano de Keith Jarrett en el Irvine Concert Hall de Irvine. ¡Qué concierto! Keith Jarrett es un Negro que toca el piano. Disfruto mucho viendo actuar a Negros en cualquier disciplina de las artes interpretativas. Creo que son una raza de intérpretes encantadores y con talento, que a menudo resultan muy entretenidos. En particular disfruto viendo actuar a los Negros a distancia, puesto que de cerca es frecuente que emitan un olor desagradable. Desgraciadamente Mr. Wonderful también emite un olor desagradable, pero es un buen tipo y un amigo y se ríe cuando digo que no me gusta su olor, y va con cuidado de mantenerse a cierta distancia de mí o de colocarse en la dirección del viento. Uso colonia English Leather, que me proporciona un olor muy atractivo a todas horas. English Leather es esa colonia masculina del anuncio de televisión en que una mujer muy guapa y sexy que juega al billar mejor que un profesional afirma que todos sus hombres llevan English Leather o no llevan nada en absoluto. Me parece una mujer muy seductora y sexualmente excitante. Tengo el anuncio de colonia English Leather grabado en mi nuevo vídeo Toshiba VCR y me gusta recostarme en mi sillón abatible de pelo de caballo y masturbarme mientras el anuncio pasa una y otra vez en mi VCR. Gimlet me ha visto masturbarme mientras veo el anuncio de colonia English Leather y está de acuerdo conmigo en que la mujer es muy seductora y afirma que le gustaría lamerle la vagina a la mujer. Gimlet es una bisexual entusiasta del sexo oral.

Tuvimos que hacer cola en el Irvine Concert Hall durante mucho rato para poder ver a Keith Jarrett en concierto porque llegamos tarde y no nos evitamos el gentío. Llegamos tarde porque Big tuvo que parar para vender LSD a dos personas en Pasadena y a dos mujeres en Brea, e incluso en la larga cola para ver a Keith Jarrett les vendió LSD a dos tipos, Grope y Cheese, que habían venido en moto hasta Irvine para comprarle LSD. Big es un buen músico punk que también fabrica LSD en la habitación que tiene en casa de mi amiga, y lo vende. A mí me gusta evitarme el gentío y no llegar tarde, pero Gimlet se puso a hacerme una felación en el instante mismo en que ella y Big y Mr. Wonderful pasaron a recogerme en su camión de reparto de leche usado por mi casa nueva de Altadena y tuve un orgasmo en la autopista 210 y me sentí muy bien, de modo que Gimlet consiguió que no me importara llegar tarde ni pagar las entradas, que era muy caras, incluso para ver a un Negro.

Grope y Cheese se colocaron inmediatamente en la lengua el LSD que habían comprado y decidieron quedarse e ir al concierto de Keith Jarrett con nosotros después de que Gimlet se ofreciera a hacerme pagar sus entradas. Gimlet me presentó a Grope y Cheese, que a duras penas tenían edad de ir al instituto.

Gimlet me presentó a Grope y Cheese; dijo Grope, Cheese: Sick Puppy. Y luego también me presentó a mí. Me llamo Sick Puppy aunque no me llamo así en realidad. Todos mis buenos amigos son punks y casi nunca tienen nombres salvo nombres como Tit y Cheese y Gimlet. El verdadero nombre de Gimlet es Sandy Imblum y es de Deming, Nuevo México. Cheese le preguntó a Gimlet si podía tocarle la punta del pelo y ella le mandó a sentarse en una cerca de estacas, lo que me causó risa.

Cheese parecía muy inmaduro para ser un auténtico punk y desgraciadamente no era atractivo. Llevaba la cabeza rapada pero con algunos mechones de pelo desperdigados aquí y allá y unas gafas rosadas y tenía el cuello delgado aunque parecía buena gente, pero a Grope no le gustó mi traje nuevo que había comprado en Rodeos de Rodeo Drive ni mi Top-Siders ni mi corbata de la escuela secundaria con sus bordados de la academia militar de Westminster y la bandera americana. Dijo que yo no parecía un buen tipo ni buena gente y que mis ropas resultaban poco atractivas. Tampoco le gustó el olor de mi colonia English Leather.

Las declaraciones de Grope fastidiaron a Gimlet y esta le dijo a Mr. Wonderful que le hiciera daño a Grope, por tanto, Mr. Wonderful dio una patada a Grope en la zona intermedia con sus pesadas botas negras de puntera reforzada para combatir en las filas de la «contra» en Centroamérica. Grope sufrió un dolor extremo y se vio obligado a sentarse en el bordillo justo en medio de la cola para ver a Keith Jarrett, sosteniéndose su zona intermedia pateada. Gimlet metió sendos dedos en los orificios nasales de Grope y le dijo que me pidiera disculpas, porque si no, intentaría separarle la nariz del resto de las facciones. El dolor y las actitudes desagradables resultan muy desagradables para la gente que tiene LSD en la lengua, y Grope se disculpó al instante sin siquiera mirarme.

Informé a Grope de que su disculpa había sido plenamente aceptada y que a mí me parecía una persona correcta, y le estreché la mano para hacerle saber que Sick Puppy no era ningún aguafiestas, y Big lo ayudó a incorporarse y le dejó que se apoyara en él durante un rato mientras yo pagaba a la cara que había en la ventanilla del Irvine Concert Hall seis entradas para ver a Keith Jarrett, lo cual costó ciento veinte dólares. Grope le dijo a Big que su LSD era de primera mientras todos entrábamos en el vestíbulo del Irvine Concert Hall, decorado con gusto, cómodo y balsámico. Gimlet me susurró al oído que como compensación por pagar las entradas para ver a Keith Jarrett y evitar que ella se licuara, intentaría mantener mi pene erecto dentro de su boca durante varios minutos sin tener un orgasmo, y que, asimismo, me dejaría que la quemara con cerillas en la parte posterior de las piernas, lo que me alegró mucho, y Gimlet y yo metimos nuestras lenguas en la boca del otro mientras nuestros amigos formaban un corro alrededor y demostraban su aprobación oral. Los otros grupos de personas que venían a ver el concierto de Keith Jarrett dieron su aprobación al desenfado de nuestra pandilla y nos concedieron un espacio y una privacidad generosos en el amplio vestíbulo del Concert Hall.

Mr. Wonderful y Big y Gimlet habían tomado una gran cantidad del LSD de Big, que es de una clase especial que fabrica para conciertos y no tiene anfetaminas que podrían poner nervioso a alguien. Grope y Cheese también habían tomado LSD de Big, de modo que todos estaban bajo los efectos del LSD, que los hacía una compañía de lo más divertida. Yo no había tomado LSD porque desgraciadamente el LSD y otras sustancias controladas no me afectan ni influyen en mi estado de conciencia normal. No puedo flipar ingiriendo drogas, y a todos mis amigos punks esto les parece muy fascinante y de lo más divertido. Fui un compañero muy popular y sociable en la escuela secundaria y en la facultad de empresariales y en la facultad de derecho, pero tampoco en esos ambientes conseguí que las sustancias controladas me afectaran. A mis amigos los punks les gusta que compre cantidades enormes de drogas y me las tome y que no flipe mientras todos ellos están afectados. El mes pasado para mi cumpleaños me hicieron ponerme en la lengua más de dos cuadrados del LSD de Big y luego todos salimos a dar una vuelta en el nuevo deportivo que me había regalado mi madre por mi cumpleaños. Es un Porsche con seis velocidades, dos marchas atrás e interior de cuero. ¡Y turbo! Gimlet y Big también se pusieron droga en la lengua y salimos disparados como un relámpago engrasado marcha atrás por la autopista de la costa del Pacífico hasta que nos paró un policía y tuve que regalarle mil dólares para que no encarcelara a Gimlet cuando esta decidió que el revólver del policía en realidad era un desecho químico radiactivo e intentó quitárselo de la pistolera y lanzarlo contra una palmera para matarlo. Sin embargo, el agente era un hombre caballeroso y refinado y se alegró mucho de recibir un regalo en metálico de mil dólares. Nos alejamos conduciendo de frente y Big empezó a reírse de Gimlet por haberse creído momentáneamente que podría matar un revólver de la policía tirándolo contra una palmera, y se rió tanto que mojó los pantalones y podría haber estropeado parte del interior de cuero de mi Porsche nuevo, y tengo que admitir que me molestó, y le hice el vacío a Big, pero Gimlet me dejó que le quemara un pezón a Big con mi mechero de oro en un área de descanso, de modo que volví a alegrarme y a pensar que Big era un gran individuo.

Anoche llegamos a nuestra fila de seis asientos en el Irvine Concert Hall y nos sentamos. Mi nuevo amigo Grope se sentó lejos de mí, al lado de Big, y Mr. Wonderful también se sentó junto a Big. Yo me senté entre Cheese y Gimlet, que estaba al final de nuestra fila de seis asientos. Al fondo del escenario del Irvine Concert Hall había un piano con un banco. La mujer que estaba sentada detrás de Gimlet me tocó en el hombro acolchado de mi nueva americana y se quejó de que el pelo de Gimlet le planteaba problemas para ver el piano y el banco del escenario. Gimlet le dijo a la mujer Que te jodan, pero el bueno de Cheese estaba preocupado por la situación y educadamente intercambió el asiento con Gimlet para solucionar los problemas de visión de la mujer, que se estaba quejando de lo que había dicho Gimlet. Cheese era un tapón y tenía muy poco pelo en la cabeza que se proyectara hacia el aire, de modo que estaba bien para sentarse detrás de él. Gimlet solo tenía pelo en el centro de su cabeza redonda, pero estaba esculpido muy hábilmente en forma de pene erecto y gigante; por lo demás es calva como Cheese. Sin embargo, el pene de su pelo es muy grande y tumescente y puede ocasionar problemas en espacios bajos y a las personas que se encuentren detrás de ella y deseen ver lo mismo que Gimlet. Su amiga y confidente Tit esculpe el pelo de Gimlet y la provee de productos especiales para el cuidado del cabello que obtiene gracias a su profesión como estilista peluquera y que mantienen la escultura capilar de Gimlet siempre rígida y realista. A mí me cuidan el pelo en el salón de moda unisex Julios, en West Hollywood, con una parte muy atractiva a la derecha del peinado y una técnica de corte horizontal a ambos lados gracias a la cual mis orejas, que son extremadamente atractivas y bien formadas, siempre resultan visibles. Vi mi fantástico corte de pelo en Gentleman's Quarterly y recorté la fotografía para enseñarle el corte a Julio. Mr. Wonderful lleva una cresta que anoche era de un violeta muy claro, pero que en muchas ocasiones es naranja. El pelo de Big es extremadamente largo y espeso y negro y le cubre la cabeza y los hombros y el pecho y la espalda, incluida la cara. Big tiene una máscara de plástico para ver bien que se ha hecho entrelazar con el pelo a la altura de los ojos mediante la técnica de Tit. El pelo alrededor de lo que probablemente sea la boca de Big tiende a resultar poco atractivo debido a que los alimentos atraviesan esta zona cuando come. No recuerdo cómo llevaba el pelo Grope.

Cheese se inclinó por encima de mí y le dijo a Gimlet que siempre estaba dispuesta a echar una mano por haber intercambiado los asientos para que la mujer pudiera disfrutar de la actuación, porque Keith Jarrett era un artista Negro excepcional que todo el mundo debería ver actuar por el bien de su educación musical y me pidió que me mostrara de acuerdo con él. Me alegró darle la razón a Cheese y tranquilizar a Gimlet para que no se pusiera pesada, y de hecho Cheese estaba en lo cierto cuando el Negro Keith Jarrett apareció en escena con pantalones informales, zapatos y una camisa de terciopelo holgada que le venía demasiado grande y se sentó al piano en su banco. Como muchos Negros, Keith Jarrett llevaba el pelo a lo afro, desde la ubicación de nuestros seis asientos en el Irvine Concert Hall solo pude ver la espalda de Keith Jarrett y su pelo afro mientras tocaba.

¡Pero tocó estupendamente! Le dije a Gimlet que aquel intérprete era sensacional para no ser un punk como Gimlet y Big y Mr. Wonderful, que juntos formaban una excelente banda punk conocida en todas partes como Esfínter Poderoso, y Gimlet, que en ese momento se encontraba bajo los efectos del LSD, me miró como si hubiera algo extremadamente interesante detrás de mí. Me lamió la mejilla durante más de treinta segundos pero enseguida se detuvo y me llamó la atención sobre una niña rubia sentada en una fila inferior y afirmó que el pelo de la niña era fascinante y raro. Se quedó mirando fijamente a la niñita que se encontraba un poco más abajo que nosotros con gran intensidad mientras Keith Jarrett seguía con el concierto.

Anoche, mientras mis amigos y yo escuchábamos tocar el piano a Keith Jarrett en el Irvine Concert Hall, estuve pensando que mis amigos eran un grupo de chicos y chicas estupendo y que estaba encantado de ser amigo de unas personas tan divertidas. Son únicas y diferentes de los viejos amigos con los que crecí en Alexandria, Virginia, y con los que fui a buenas escuelas y universidades tales como la academia militar de Westminster, la Brown University, la facultad de empresariales Wharton de la Universidad de Pensilvania y la facultad de derecho de Yale. Todos mis antiguos amigos tenían nombres de verdad y vestían igual que yo, y eran muy atractivos y hábiles y a menudo divertidos, ¡pero nunca una panda de payasos como mis nuevos amigos de la zona de Los Angeles! Conocí a mis nuevos amigos punks en una fiesta que se celebró poco después de que llegara a la zona de Los Angeles debido a mi nuevo trabajo, que me reporta más de cien mil dólares al año.

Asistí a la fiesta de Los Angeles para las juventudes republicanas de Los Angeles con la señorita Paisley Campbell-Greet, una buena chica a quien intentaba convencer de que me practicara una felación y me dejara quemarla después, y llevaba horas charlando y bromeando con ella y con algunos jóvenes republicanos cuando varios punks vestidos de cuero y metal, enfrentados políticamente con los jóvenes republicanos en numerosos temas de carácter social, aparecieron espontáneamente de la nada, se colaron en la fiesta y empezaron a comerse los caros refrigerios que el cuerpo auxiliar de jóvenes republicanas había preparado y a drogarse y a romper objetos. Al anfitrión de la fiesta le metieron un dedo en el ojo cuando se quejó a los punks más corpulentos, que eran Big y los colegas de Big, Death y Boltpin, de que debían mostrarse más amables y distinguidos.

Poco después del incidente del dedo en el ojo me vi envuelto en un altercado con un joven demócrata de la fiesta que había estudiado en la facultad de derecho de Berkeley, California (¡me gustaría saber cómo es posible que le dejaran entrar!). Paisley Campbell-Greet conocía a este individuo y estábamos charlando amigablemente cuando yo, inocente y orgulloso, saqué a colación el tema de mi padre y mi hermano y el ascenso reciente de mi hermano, su honor y responsabilidad.

Cheese se inclinó hacia mí y afirmó que el Negro Keith Jarrett era un músico con talento y agradable porque su interpretación de música jazz en realidad era improvisada, que Keith Jarrett iba componiendo su interpretación a medida que la interpretaba. Gimlet se echó a llorar por eso y por la niñita del pelo raro y le presté uno de mis pañuelos de seda a juego con el color y el estampado de varios conjuntos de mi guardarropía.

En la reunión de las juventudes republicanas anuncié que mi familia por parte materna posee una empresa que fabrica productos farmacéuticos de alta calidad, mientras que mi familia por parte paterna pertenece a la aristocracia militar. Mi padre es uno de los individuos de rango más alto en el cuerpo de marines de Estados Unidos y él, mi hermano y yo somos parientes del mejor general de combate que ha tenido la nación norteamericana desde los tiempos de Ulysses S. Grant. Mi hermano tiene treinta y cuatro años y en la actualidad es teniente coronel del cuerpo de marines de Estados Unidos y tiene el honor de servir como portador de la caja negra que contiene los códigos nucleares para el presidente de Estados Unidos. En sus comienzos mi hermano no era más que el portador nocturno y se limitaba a sentarse muy rígido en una silla por la noche con la caja negra atada a su muñeca y delante del dormitorio privado del presidente de la nación, pero ha demostrado ser tan buen portador de códigos nucleares que ahora es el oficial responsable de esta obligación durante el día, por lo que puede vérsele con frecuencia en televisión y en todo tipo de medios de comunicación, rígido en todo momento y a menos de tres metros del presidente, portando la caja negra de los códigos nucleares que son fundamentales para el equilibrio de poder en nuestro país.

Al joven demócrata que se había colado en la fiesta no le gustaron mis comentarios acerca de mi hermano el oficial de día encargado de los códigos y empezó a comportarse de forma terriblemente maleducada y a hablar en voz alta y a gesticular como un demócrata agitando en el aire sus brazos enfundados en una americana de pana, hasta que en un momento dado me dio con el dedo en el pecho. Paisley Campbell-Greet afirmó que el joven demócrata estaba borracho al tiempo que emocionado por los asuntos relacionados con la política de defensa de nuestra nación pero me cabrea de verdad que me den con el dedo en el pecho y saqué mi mechero de oro y prendí fuego a la barba del demócrata de la facultad de derecho de Berkeley. Se alteró muchísimo y empezó a correr de aquí para allá y a golpearse la barba con la mano, y Paisley estaba realmente muy molesta, sin embargo yo me alegré de haberle prendido fuego a su barba con mi mechero de oro.

Conocí a mis nuevos amigos punks y me convertí en Sick Puppy porque Gimlet y su amiga Tit habían estado intentando atrapar las rodajas de limón de la ponchera de Tiffany's de las juventudes republicanas y el abogado cuya barba yo había incendiado ardía por la zona de la cabeza, y las apartó de la ponchera de un empujón para apagarse la cabeza sumergiéndola en el líquido. Gimlet se enfadó con él por lo que había hecho y trató de mantenerle la cabeza por debajo de la superficie del ponche con el objeto de dejarle sin oxígeno. Paisley Campbell-Greet trató de separar a Gimlet del abogado demócrata y esto sacó de quicio a Tit, que rasgó la parte delantera del caro vestido de tafetán de Paisley dejando los pechos de Paisley Campbell-Greet a la vista de muchos de los asistentes a la fiesta. Me alegró que Gimlet hubiera intentado herir al abogado en llamas, y empecé a prever que Paisley Campbell-Greet se negaría a practicarme una felación puesto que había prendido fuego a su amigo de Berkeley, además sus pechos resultaron ser extremadamente pequeños y respingones, así que me reí de buena gana ante la visión de lo que el vestido de cóctel de Paisley mostró y felicité a Gimlet y alabé su pene de pelo y le dije que me alegraba de que hubiera intentado ahogar al abogado que me había dado con el dedo porque mi hermano portaba la caja negra de los códigos nucleares para el presidente de Estados Unidos. Y cuando Gimlet y su camarilla formada por Tit y Death y Boltpin y Big y Mr. Wonderful descubrieron que mi hermano portaba los códigos nucleares para el presidente de nuestra nación y que me gustaba incendiar abogados que me cabreaban, se reunieron en asamblea y decidieron que yo era el mejor y más destacado joven republicano de la historia del planeta Tierra y, como por arte de magia, me hicieron desaparecer del cóctel republicano en su camión de la leche negro, de segunda mano y con símbolos druídicos cuidadosamente dibujados sobre la pintura, antes de que llegara la policía que Paisley y el abogado encendido habían llamado y me metieran en problemas que podrían hacerme perder el trabajo que me reporta una enorme cantidad de dinero.

Aquella noche Gimlet y Tit me practicaron sendas felaciones, y también Boltpin. Gimlet y Tit me hicieron feliz pero Boltpin no; por lo tanto, no soy bisexual. Gimlet me dejó que la quemara superficialmente y me pareció que era una persona extraordinaria. Big se hizo con un cachorro del callejón de detrás de su casa en la zona este de Los Angeles y lo empapó de gasolina y me permitieron que le prendiera fuego en el sótano de su casa alquilada, y todos retrocedimos para dejarle espacio libre y que diera varias vueltas corriendo a la habitación.

Anoche en el Irvine Concert Hall, Grope se acarició la zona intermedia y dijo que Keith Jarrett le estaba lanzando formas eléctricas desde la zona exterior de su peinado afro de Negro y se puso como loco. Gimlet ya no lloraba pero se mostró todavía mucho más interesada y fascinada por el pelo rubio y rizado de la niña sentada junto a un hombre mayor vestido con una bonita americana sport dos filas de asientos por debajo de nuestros seis asientos. Gimlet afirmó que el pelo raro de la niña representaba el poder mágico contra la inmolación que tienen los desechos químicos radiactivos y que si Gimlet podía cortarlo y colocárselo en la vagina bajo el porche de la casa de su padrastro en Deming, Nuevo México, podrían quemarla una y otra vez sin sentir dolor ni ninguna molestia. Estaba llorando y peleándose contra llamas ficticias y acto seguido intentó incorporarse y lanzarse desordenadamente hacia el pelo de la chica saltando por encima de los asientos, pero Mr. Wonderful retuvo a Gimlet y le aseguró que intentaría conseguirle algunos ejemplares de aquel pelo raro durante el intermedio, y colocó algo en la boca de Gimlet por cortesía de Big.

Junto a mí, al final de nuestra fila de asientos, Cheese se mostró muy interesado por mi persona y empezó a hablarme mientras escuchábamos a Keith Jarrett improvisando su interpretación en ese mismo momento, sentado en su banco. Cheese afirmó que así como resultaba evidente que yo era un individuo elegante, se preguntaba cómo había trabado amistad con mis amigos punks de Los Angeles, Big y Gimlet y Mr. Wonderful, puesto que no me parecía a ellos ni me vestía como ellos ni llevaba un peinado que me identificara como punk, ni era pobre ni desvalido ni nihilista. Cheese y yo iniciamos una conversación profunda que resultó muy fascinante y absorbente. Hablamos en profundidad mientras Mr. Wonderful refrenaba a Gimlet y Big refrenaba al inquieto Grope, en voz baja, para poder escuchar las exquisitas melodías que nuestro ameno intérprete Negro no cesaba de ofrecernos.

Informé a Cheese de que mis amigos punks y yo éramos uña y carne y que a pesar de que yo no podía vestirme como ellos por razones de trabajo y de tradiciones familiares, admiraba el gusto de mis amigos para la ropa. Puesto que Gimlet sabe que mi excelente trabajo y mi acaudalada familia me proveen de grandes sumas de capital en todo momento, Gimlet no se siente infeliz porque no me pueda vestir de cuero y metal ni afeitarme la cabeza, ni esculpirme el pelo como un auténtico punk. Mi trabajo es muy fascinante y agradable y me dedico a él desde hace menos de un año. En el bufete de abogados para el que trabajo me encargo de resolver los problemas de responsabilidad legal de las empresas. En ocasiones los productos que fabrican determinados fabricantes tienen fallos o defectos que podrían herir al consumidor, y cuando el consumidor pierde los estribos porque ha resultado herido e intenta litigar contra uno de los clientes de mi bufete, me llaman para que arregle el problema. Esto ocurre a menudo con productos tales como juguetes infantiles y electrodomésticos. Soy extremadamente efectivo solucionando problemas de responsabilidad legal de las empresas porque me encantan los retos y me gusta lanzarme al ruedo con el espíritu del cuerpo militar y ganar la competición de calle. En mi carrera me siento especialmente satisfecho y motivado cuando se da el caso de que el producto del fabricante realmente tiene un defecto que ha herido al consumidor, porque entonces es un reto aún mayor intentar convencer al jurado o a un jurista de que lo que de verdad ocurrió en realidad no ocurrió y de que el producto del fabricante no hirió al consumidor. El reto es aún mayor cuando el consumidor está presente en el juicio y está herido, puesto que los tribunales tienden a sentir lástima por las personas heridas, sobre todo si la persona pertenece a una minoría racial y tiene un enjambre de hijos, como suele ocurrir con las minorías raciales que se presentan a un juicio. Pero aunque ya he tenido que solucionar muchos problemas de responsabilidad legal empresarial, solo he sido incapaz de llevarme el gato al agua una o dos veces, porque disfruto participando en una buena competición y también porque, instintivamente, a la gente le gusto por mi aspecto. El hombre de la calle se sorprendería si supiera hasta qué punto los jurados se dejan impresionar por las apariencias. Afortunadamente yo soy un tipo guapo de la cabeza a los pies y aparento menos de veintinueve años. Tengo aspecto de joven bien cuidado, de vecinito de al lado, de buen tipo, y una vez mi madre afirmó que tengo cara de ángel. Tengo los ojos de un bello marsupial, la piel blanca y suave como la de un bebé y estoy bien proporcionado. Ni siquiera tengo necesidad de afeitarme, llevo un buen corte de pelo y no tengo ni los picores ni ese polvillo tan antiestético de la caspa. Mantengo mi pelo perfectamente cuidado, bien peinado y corto en todo momento. Tengo unas orejas excepcionalmente atractivas.

Le expliqué a Cheese que vestir de forma convencional y tener aspecto de ángel es bueno para mi carrera y que Gimlet lo comprende. Mi carrera me reporta más de cien mil dólares anuales y además mi madre me envía cheques de su patrimonio personal, así que dispongo de una gran liquidez gracias a la cual Gimlet y Big y Mr. Wonderful son un grupo de punks muy felices.

Antes de enfadarme con Cheese, me caía muy bien. A diferencia de Gimlet y Grope, anoche en el concierto de Keith Jarrett la ingestión de LSD convirtió a Grope en un tipo bastante despreocupado. No vio espejismos ni se puso nervioso, sino que se limitó a explicar que gracias al papel que tenía en la lengua podía captar la música del Negro Keith Jarrett con varios de sus cinco sentidos. Podía oírla, pero también ver y oler y saborear la música. Según Cheese algunos temas olían al terciopelo rojo de un baúl en un desván, a vitaminas, a medicinas o a una mañana. Afirmó que también podía ver las composiciones improvisadas de Keith Jarrett. Intentó describir esforzadamente con sus propias palabras el aspecto que tiene una puesta de sol mediante el fuego, los albaricoques y el color azul, y luego mediante el humo, las ciruelas y el negro. Dijo que la música a veces se parecía a una luz tenue detrás de un trozo de hielo. Simplemente escuchando las sensuales explicaciones de Cheese me sentí feliz, y cuando Gimlet colocó la mano en mi pene por dentro de mis pantalones de tela de gabardina y aseguró que en el pelo raro de la niñita rubia había serpientes y gusanos escondidos que no paraban de moverse y deletrear los nombres de la familia de Gimlet, los Imblum de Deming, Nuevo México, le di un besazo.

Cheese sabía un montón sobre otros géneros musicales además del punk. Pensaba que Keith Jarrett era un intérprete negro de mucho talento. Según él, solo un genio podía haberse sentado en su banco ante miles de espectadores indiferentes y empezar a tocar las viejas melodías que flotaban dentro de su cabeza peinada a lo afro. Cheese postuló que para Keith Jarrett existen millones de esas cancioncillas que toca, y posteriormente me maravilló que Keith Jarrett no solo tocara las tonadillas con destreza, sino que además las uniera de formas únicas e interesantes, improvisando, de modo que cada uno de sus conciertos de piano era diferente de los otros. El subconsciente de Keith Jarrett, afirmó Cheese, disponía la manera en que las melodías se enlazaban, por lo que sus conciertos eran lineales, la interpretación de Keith Jarrett al piano era una línea en lugar de un círculo compuesto. La línea era como una pequeña historia vital de los sentimientos y las experiencias del Negro. Informé a Cheese de que yo no sabía que los Negros tuviesen subconsciente pero que me gustaba muchísimo el sonido de aquella música, y Cheese frunció el entrecejo. Gimlet empezó a gemir de un modo que me excitó mucho sexualmente y ni siquiera le dijo a la mujer quejica de detrás de Cheese que se jodiera cuando la mujer de detrás de Cheese nos pidió que bajáramos el tono de voz para que todo el público del Irvine Concert Hall pudiera disfrutar del concierto, pero Cheese ya estaba frunciendo el ceño e informó a la mujer de que machacaría a su marido si no desaparecía de su vista, así que ella cerró la boca y yo cogí la mano de Gimlet y me llevé a la boca uno de sus dedos con uñas pintadas de blanco con sabor a vainilla.

La niñita del pelo amarillo que Gimlet consideraba químico y paranormal parecía estar dormitando apoyada en el hombro del hombre mayor con la americana de buen corte. Admiraba la americana y deseé que me perteneciera a mí en lugar de a aquel hombre. Quería que el hombre se girara para poder ver a quién pertenecía la americana y empecé a tratar de decidir si le lanzaba un centavo a la parte posterior de la cabeza para inducirle a que se girara.

Sin embargo, además de ser un buen punk con toda la cabeza rapada y gafas rosadas, Cheese también podía ser inteligente y listo. Estaba muy interesado en la persona de un servi dor y, sin que yo me diera cuenta, Cheese pasó de debatir acerca de los géneros musicales y las experiencias y emociones de negro de Keith Jarrett a no hablar de ningún género y sí de mis experiencias y emociones de blanco. Cheese reveló que estaba ansioso por saber por qué mantenía unas relaciones tan satisfactorias con mis amigos punks. Dijo que quería comprender a un Sick Puppy como yo. Al principio estaba muy serio mientras viajaba con el LSD, pero después se volvió divertido de un modo que a mí me pareció entretenido y encantador. Divulgó su opinión de que los punks eran niños nacidos en un espacio muy pequeño, sin ventanas, rodeados de paredes de cemento y metal, a menudo arrasadas con pintadas, que cuando llegaban a adultos intentaban abrirse camino a través de las paredes. Intentaban avanzar rápidamente por el filo de algo y conseguían dicha proeza despreocupándose del peligro de caerse del filo. Cheese afirmó que toda mi camarilla punk se sentía como si no tuvieran nada y nunca fueran a tenerlo y, por tanto, convertían la nada en todo. Sin embargo, Cheese afirmó que yo era un Sick Puppy que ya lo tenía todo y, en consecuencia, quería averiguar por qué cambiaba mi enorme todo por una enorme nada. Cheese estaba mostrándose curioso y divertido en su asiento de la punta, pero insistía en contemplar mi bello perfil, y apoyaba la mano en la manga de mi americana nueva, lo cual no me gustó nada puesto que tenía las uñas sucias. Me preguntó por qué me llamaban Sick Puppy.

Le comuniqué a Cheese que me parecía un buen tipo y que estaba disfrutando mucho con nuestra conversación profunda y que admiraba su pendiente. Su pendiente estaba fabricado con hueso. Cheese respondió a tales afirmaciones mostrándose nuevamente malhumorado y le dije que dejara de fruncir el ceño.

Gimlet miró el centavo de mi mano mientras yo me fijaba en la nuca del hombre mayor, y leyó en mí como en un libro abierto. Me pidió al oído que le tirara el centavo a la niña del pelo raro para hacerle daño y que se girara y Gimlet aprovecharía la oportunidad para observar la cara de la niña del pelo raro. Dijo que predecía que la cara de la niña sería la de una auténtica gigante con planetas orbitando en las cuencas de sus ojos, y que su aliento olería a manzana. Afirmó que el pelo raro, una vez arrancado de la niña y colocado en la vagina afectada por el LSD de Gimlet, haría que Gimlet dejara de ser una tal Sandy Imblum y la transformaría en un área de fuego con los brazos, las piernas y la vagina de calor puro. Cheese preguntó educadamente a Gimlet si le importaría tomarse unas pastillas de vitamina B12 con el fin de atenuar la fuerza de su dosis de sustancia controlada, sin embargo Gimlet había dejado de notar la presencia de Cheese. Gimlet situó la mano en las proximidades de mi pene cubierto de tela de gabardina y acto seguido afirmó que cuando estuviera llena de pelo raro radiactivo y de fuego iría a visitar a mi padre a su despacho del cuerpo de marines de Estados Unidos y se lanzaría a sus brazos de guerrero y realizaría el acto sexual con él y cuando él llegara al orgasmo se incendiaría con el fuego de Gimlet y se inmolaría mientras ella le abría su garganta de guerrero para que yo pudiera bañarme en su sangre. Gimlet es una chica de primera pero debo admitir que estas declaraciones me cabrearon: Gimlet hablando de mi padre y del acto sexual en público, en el Irvine Concert Hall. Cheese sugirió que quizá Gimlet estaba pasando por una mala experiencia con el LSD y aconsejó a Mr. Wonderful que mantuviera su brazo fornido alrededor de ella para mayor seguridad de diversas personas, y Big le dijo a Cheese que cerrara la boca y se metiera en sus propios asuntos.

Yo estaba soberanamente molesto con Gimlet y mientras la nuca afro de Keith Jarrett empezaba a balancearse de un lado al otro y su música subió de volumen y se acercaba más al punk, me crucé de brazos y empecé a respirar por los agujeros de la nariz con furia provocada por Gimlet. Acto seguido la miré hasta obligarla a bajar la vista y le clavé una mirada llena de rabia. Las pupilas negras de los ojos de Gimlet se agrandaron tanto que no dejaban ver el color de sus ojos y empezó a sentir miedo de un servidor y a llorar, lo cual me hizo un poco más feliz. Cheese apoyó otra vez su mano sucia en la manga de mi americana nueva y yo me giré hacia él con los brazos previamente cruzados y también a él debía parecerle extremadamente harto de que pusiera la mano en mi manga, porque sus ojos inmaduros también se vieron extremadamente grandes y morados detrás de sus gafas rosadas y se palpó los mechones de la cabeza y dijo en voz baja que debíamos ir al vestíbulo interior del Concert Hall para charlar un momento, y esperar a que los demás vinieran con nosotros al vestíbulo dentro de poco, en el intermedio. Yo estaba como loco y entre la espada y la pared porque no sabía si lanzarle el centavo a la niña con la cabeza del pelo o quemar a Cheese con mi encendedor en el vestíbulo, y decidí quemar a Cheese y lo seguí por las escaleras laterales hasta el agradable y estupendo vestíbulo del Irvine Concert Hall. Gimlet me preguntó ¿Adónde vas, Sick Puppy?, pero yo pasé.

Solo que cuando entramos en el vestíbulo no conseguí querer quemar a Cheese porque no habría sido nada divertido porque cuando entramos en el vestíbulo, Cheese se sentó espontáneamente en un bonito banco propiedad del Concert Hall enfundado en sus pantalones de cuero y sus botas negras de combate y su camisa de cuero con montones de cadenas y municiones colgadas de su pecho poco fornido y su espalda y cabeza con pelos y mechones y se echó a llorar, de modo que las lágrimas de Cheese empezaron a brotar de debajo de sus gafas de color rosa. Cheese comenzaba a parecer tan joven como en realidad era, esto es, un menor. Yo sabía que el LSD de Big que tenía en la lengua estaba afectando al bueno de Cheese y que, a diferencia de la mía, su conciencia se veía influida por las sustancias controladas.

Sin dejar de llorar, Cheese afirmó que no me entendía y que le daba miedo. Yo le aseguré que era la monda que un punk con municiones como Cheese tuviera miedo de un civil guapo y pulcro como Sick Puppy. Dije que no pasaba nada y me ofrecí para pedirle a Gimlet que le practicara una buena felación; sin embargo, Cheese obvió mi oferta y tomó la mano que le brindé en prueba de amistad y con su mano descuidada me hizo sentarme a su lado en el atractivo banco. Desde el vestíbulo costaba oír a Keith Jarrett.

Cheese repitió que era incapaz de formarse un concepto de un Sick Puppy como yo, y afirmó que tampoco entendía la felicidad que emanaba de mí en todo momento. Le llevó cierto tiempo dar con la palabra «feliz». Sabes lo que quiero decir, inquirió. Tienes un aire de felicidad total, Sick Puppy. Le expliqué pacientemente a Cheese otra vez mi gran abundancia de ingresos y vestimenta y productos de calidad para el ocio doméstico, sin embargo Cheese sacudió su cabeza mayoritariamente calva y afirmó que él quería decir otra cosa con la palabra «feliz». Después de seguir preguntándome por qué era feliz, me preguntó si quería a Gimlet. Rodeé los hombros de cuero de Cheese con el brazo de mi americana nueva y le informé de que Gimlet para mí era una tía legal, y que en muchas ocasiones me hacía feliz porque me practicaba felaciones y me proporcionaba orgasmos placenteros, y me permitía quemarle partes del cuerpo. Dejaron de caer lágrimas por detrás de las gafas rosadas de Cheese pero él continuó mirándome fijamente de una manera que volvió a darme ganas de hacerle daño hasta que me planteé la hipótesis de que hubiera entrado en algún tipo de hipnosis inducida por alguna sustancia que pudiera provocar que una persona se quedara mirando los objetos como si estos fueran demasiado grandes para poder abarcarlos, a menudo durante largo rato. No sabía si debía dejar a Cheese en el vestíbulo en estado de hipnosis pero quería escuchar tocar a Keith Jarrett, por tanto, me olvidé de Cheese y me alejé de él en dirección al bebedero público y luego hacia las puertas del auditorio. Sin embargo, antes de franquear las puertas del auditorio oí la voz de Cheese que me llamaba y volví a acordarme de Cheese, que ya no me miraba sin verme como un conejito deslumbrado por los faros de mi coche cuando regresé a su banco y ni siquiera tuvo que mirarme transfigurado para decirme que si le confesaba la naturaleza de la felicidad que emanaba de mí en todo momento, me permitiría que le quemara un poco y también me permitiría quemar a su prometida, que era medio Negra.

Le comuniqué a Cheese que me había hecho una oferta que no podía rechazar pero que, sin embargo, su pregunta frustraba a un servidor porque ya le había explicado pacientemente que existían miríadas de momentos y ocasiones en que me sentía feliz. El hecho es que han existido muy pocas cosas que históricamente me hayan hecho infeliz y me hayan dejado el ánimo por los suelos. A modo de ejemplo, una de esas cosas ocurrió cuando en la facultad, en la Brown University, quise alistarme en el programa R.O.T.C. del cuerpo de marines de Estados Unidos para continuar los pasos de mi padre y mi hermano, que sirven con honor en el ejército, y el coronel de reclutamiento nos obligó a pasar un test de personalidad estúpido y yo suspendí y más adelante, cuando regresé para presentar mis quejas con educación, me sometieron a otro test estúpido y dijeron que también lo había suspendido, y entonces me entrevistó un médico que vino a las oficinas del R.O.T.C. y luego el coronel de reclutamiento de la Brown University telefoneó a mi padre, que estaba muy ocupado debido a su trabajo en Washington D.C., y todo el asunto cabreó muchísimo a mi padre. El coronel se dirigió constantemente a mi padre como señor y se disculpó por interrumpirle en su trabajo, sin embargo, nunca llegué a alistarme en ningún programa R.O.T.C. para la formación de oficiales ni en la Brown University ni en ningún otro lugar. Y a modo de ejemplo, otra cosa fue aquella ocasión en Alexandria, Virginia, cuando tenía ocho años y mi hermana diez y mi hermano que ahora porta los códigos nucleares para el presidente estaba en la academia militar de Westminster y mi hermana y yo nos encontrábamos en la habitación de mi hermano jugando en su mesa y descubrimos unas revistas en los cajones de abajo y las revistas, que eran eróticas, estaban llenas de hombres y mujeres practicando actos sexuales y leímos las revistas y vimos las fotografías de hombres colocando sus penes en agujeros situados entre las piernas de las mujeres y los hombres y las mujeres parecían muy felices y yo le saqué las bragas a mi hermana y me quité los calzoncillos y coloqué mi pene, que estaba muy excitado debido a las revistas, en un agujero que mi hermana y yo encontramos entre sus piernas, que era su vagina, pero colocar mi pene en el interior de su vagina no hizo feliz a mi hermana y mi padre entró en la habitación cuando ella lo llamó y nos vio practicando el acto sexual y me llevó a su taller, que estaba junto al cuarto de los juegos en el sótano de casa, y me quemó el pene con su mechero de oro del ejército de Estados Unidos y afirmó que si volvía a tocar a su niñita me abrasaría el pene por completo con su mechero de oro y tuve que ir al médico y conseguir una pomada para mi pene quemado, y estuve triste y con el ánimo por los suelos.

Si no fuera de mala educación airear asuntos familiares en público, tal como me enseñaron de niño mis padres, habría inundado a Cheese con ejemplos de ocasiones en las que históricamente había sido infeliz y también le habría comunicado que para mí Gimlet es una tía legal y me hace feliz con frecuencia practicándome felaciones y dejándome que la queme, puesto que estos son los dos únicos acontecimientos que me hacen feliz en cuestión de flores y abejas. Desgraciadamente, incluso a pesar de que soy un tío guapo y atractivo para gran parte de las chicas que he conocido en la escuela y en la vida, cuando quieren practicar el acto sexual mi pene se niega a levantarse, y solo se levanta si me hacen una felación, y si me hacen una felación deseo intensamente quemarlas con cerillas o con mi mechero y a la mayoría de las mujeres eso no les gusta y son infelices cuando las queman y en consecuencia tienen miedo de hacerme una felación y solo quieren practicar el acto sexual.

Sin embargo Gimlet no tiene miedo y lo hace. Es más, Gimlet sabe que lo que me convertiría en el solucionador de problemas de responsabilidad legal de empresas más feliz de la historia del planeta Tierra sería matar a mi padre, y que mataré a mi padre y me bañaré en su sangre en cuanto pueda hacerlo sin que me atrapen ni me hallen culpable de su muerte, quizás cuando se haya jubilado y mi madre ya esté débil, y Gimlet promete ayudarme y matar también a su padrastro y me practica felaciones y a veces me deja que la queme.

Conversé con Cheese y mi voz me sonó densa y torpe porque rememorar acontecimientos históricos del pasado afecta con frecuencia mi estado normal de conciencia del modo en que las sustancias controladas afectan a otras personas, y me influye. Comuniqué a Cheese que sintiéndolo mucho no podría responder a su pregunta pero que, no obstante, le daría un regalo en metálico de mil dólares si conseguía que su prometida negra me bañara y luego me practicara una felación y luego me permitiera que le quemara con cerillas la parte posterior de las piernas.

Cheese miró a un servidor durante un rato largo como si estuviera medio hipnotizado y pensé que iba a aceptar el regalo y que cerraríamos el trato, sin embargo en ese momento el concierto de piano jazz de Keith Jarrett llegó a la hora del intermedio y la gente empezó a entrar en el vestíbulo del Irvine Concert Hall. La gente se movía despacio y el corazón me latía despacio en el pecho. La gente salía por las puertas del auditorio conversando, con movimientos a cámara más lenta todavía que en Momentos estelares de la NFL, un programa en el que suelen pasar aquel anuncio en el que la mujer bella y sexy que juega al billar afirma que todos sus hombres llevan colonia English Leather o no llevan nada en absoluto. Mi estado normal de consciencia se vio históricamente afectado aún más a medida que Cheese persistió en mirarme fijamente y la gente del vestíbulo pasó a pulular y a comprar refrigerios y bebidas en el bebedero público y a entrar en los servicios extremadamente despacio, y el aire del Irvine Concert Hall se volvió igual que el hielo iluminado, y la voz de Cheese que empezó a declinar mi ofrecimiento inicial de un trato llegaba desde muy lejos, y sus gafas rosadas empezaron a adoptar el aspecto de dos puestas de sol apagadas, vistas a través del hielo.

Desde el banco atractivo de aquel vestíbulo que iba a cámara lenta intenté ver si Gimlet y Big y Mr. Wonderful y Grope venían a ayudarme a convencer al bueno de Cheese de que aceptara mi ofrecimiento de un regalo, pero en cambio me encontré observando con interés extremo la lenta carrera del hombre atlético, canoso, distinguido y mayor de la americana. La americana había parecido buena de verdad desde los asientos superiores del Irvine Concert Hall, sin embargo ahora, en el vestíbulo, resultó tener unas solapas estrechas nada atractivas y un corte que no era europeo, características ambas que me desagradan en la ropa. El hombre corría con una lentitud divertida, cargando con la niña del pelo raro, y lo perseguían por el vestíbulo lento y atestado Mr. Wonderful y Gimlet, que habían dejado atrás a Grope y a Big en su persecución del hombre y la niña del pelo raro. Las bocas de mis amigos Mr. Wonderful y Gimlet estaban muy abiertas como resultado de la risa y la excitación, y Mr. Wonderful sostenía algo metálico y brillante en la mano y el pene capilar de Gimlet empezaba a despeinarse por encima y sus ojos seguían siendo una pupila negra en lugar de un conjunto de blanco, color y pupila, y Gimlet corría despacio vestida de cuero y plástico estirando la mano para atrapar el pelo raro de la niña del pelo raro que dormía en los brazos protectores del hombre mayor distinguido que pasó por mi lado corriendo con sus solapas estrechas. Y cuando vi el rostro bello y pálido de la niña dormida por encima del hombro bamboleante del hombre que corría, aquel rostro me llenó de un gran júbilo y una gran excitación. Y cuando Gimlet y Mr. Wonderful atraparon a cámara lenta al hombre por la parte posterior de su fea americana junto a la entrada del vestíbulo del Irvine Concert Hall, y las uñas con sabor a vainilla de Gimlet y el objeto brillante de Mr. Wonderful casi estaban ya en su pelo raro, la niña del pelo pareció despertarse en los brazos del hombre mayor y clavó una mirada fija e incesante en un servidor, que estaba sentado muy rígido en el banco de Cheese y retirando la mano de Cheese y sus antiestéticas uñas del puño de la manga de mi americana. Y a cámara lenta adopté una expresión tranquilizadora y reconfortante y feliz dirigida a la niña rubia y me levanté del banco mientras las manos de Gimlet empezaban a moverse todavía más despacio en el pelo, radiante de la niña y Mr. Wonderful le hizo algo con la cosa brillante al hombre que era el padre de la niña. Y he aquí lo que hice yo.


En Girl with curious hair
Traductor: Javier Calvo
Barcelona, Debolsillo, 2011
Foto: 1996 © Gary Hannabarger-Corbis