Mostrando las entradas con la etiqueta Wagensberg Jorge. Mostrar todas las entradas

16 jun. 2010

Jorge Wagensberg - Sobre el alma de las medusas

No hay comentarios. :



Acuario de Nápoles, sábado 7 de marzo de 1998. Un pequeño local de paredes de ladrillo aloja el acuario más antiguo y exquisito de Europa. El agua se escapa, muy poco, de algunos de los tanques primorosamente cuidados. Invertebrados filtradores de agua como la ascidia (el visitante atento puede observar cómo las partículas en suspensión entran de repente por uno de los orificios y cómo, en otro repente, salen por el otro orificio; ¡pensar que es un genuino antepasado nuestro!); una escuadra de calamares translúcidos con inestables irisaciones (nadando contracorriente para no moverse); sepias atigradas (en la más perfectísima flotabilidad neutra); caballitos de mar junto a otra especie parecida a un pez trompeta que se diría es... ¡un caballito de mar antes de enrollarse sobre sí mismo! (de donde la regla de tres: un ortoceras es a un amonites lo que el pez trompeta a un hipocampo...); un cangrejo ermitaño que representa una cuádruple simbiosis (todo un miniecosistema ambulante);... nunca antes había visto tanta belleza. ¿ O sí?

Sí. Acuario de Monterrey, Monterrey, California, la primera de varias veces a partir de 1988. Ante mí, un tanque oscuro atravesado por nítidos segmentos rectos de luz. De vez en cuando dos o tres medusas atraviesan uno, o dos, de los rayos de luz. Nunca antes había visto tanta belleza. Ahora sí.



Salíamos de la ciudad después de desayunar. Almorzábamos a medio camino (lo que el calenturiento Fiat Hispania celebraba con resoplidos de ballena) y llegábamos con tiempo sobrado para comprar y preparar la cena. De eso hace ya más de treinta años. El otro día invertí exactamente veintidós minutos para alcanzar la urbanización que ha engullido aquel pequeño pueblo, escenario de los interminables veranos de mi infancia. Supongo que en tiempos de Proust no era difícil buscar el tiempo perdido por el sencillo truco de encontrar lugares a la vez tan remotos y tan próximos. Pero el pasado ya no es lo que era. La calle central había desaparecido (o no era ya central), inútil preguntarse por los bosquecillos de pinos o por los caminos de carro o por los campos de melocotones (especie de piel morada, me temo que extinguida). La geología es más fiel que la biología o la cultura, así que recorrer el curso natural de las aguas no parecía mala idea. Tras cuatro mil metros de paseo, el corazón me dio un vuelco: las mismas aguas semiestancadas del arroyo, la misma tierra casi roja de la orilla, los mismos juncos, las mismas plantas acuáticas, las mismas libélulas, la misma higuera con su mismo hueco en el tronco, ¡el escondite en el que mi hermano y yo guardábamos nuestros secretos!, el mismo tufillo del limo, los mismos sonidos... Para alcanzar la perfección sólo sobraban dos cosas, un tendido de alta tensión que pasaba a unos trescientos metros y una granja de ladrillo para cerdos con su metálico silo de pienso brillando en una ladera cercana. Encontré una forzada posición que eliminaba ambas molestas novedades y entonces sí, entonces pude ver, emocionado, a aquellos mismos indomables aventureros de ocho y nueve años que acudían hasta aquel santuario con la siempre renovada ilusión de pescar una rana con un imperdible retorcido (el anzuelo) y una miga de pan (el cebo). El poder de evocación de aquel rincón era portentoso, pero atención, porque aquí empieza la reflexión.

En realidad, está más que claro que las moléculas de agua no eran las mismas, ni tampoco las moléculas de las plantas, ni las de las libélulas, ni las que estimulan los olores en la nariz y las texturas en la yema de nuestros dedos. ¡Ni las de nuestros dedos! Treinta años atrás los átomos y moléculas eran otros. Desde entonces la materia ha sido mil veces sustituida. ¿Qué es lo que permanece entonces? No son las partículas, sino sus relaciones mutuas, su orden..., es decir, una información. La esencia de las cosas está más en la forma que en la materia. Erwin Schrödinger cuenta algo parecido en algún lugar de sus memorias. Un ser vivo, cualquiera de nosotros, goza de un soporte material, pero, a diferencia de otras estructuras no vivas (como una casa, por ejemplo), nuestros «ladrillos» no permanecen. La calidad de vivo se mantiene, precisamente, a través del intercambio. Átomos antaño bien ordenados en el cuerpo vagan hoy ociosos por el universo... y viceversa. El lector de estas líneas apenas si conserva algunos átomos de su infancia, pero se resistirá a admitir que ya no es la misma persona cuando se evoca a sí mismo como el mismo individuo irrepetible. La identidad soporta muy bien el cambio de materia, pero muy mal el cambio de información. La identidad de un individuo vivo, lo esencial de sus caracteres físicos y psicológicos, sus filias y sus fobias, el potencial de sus prestaciones, todo eso está escrito en un texto genético que puede escribirse con materia, pero que es traducible, ¿por qué no?, a cualquier otro formato. ¿Cómo llamar a ese mínimo, no necesariamente material, que contiene la identidad de un individuo vivo? A la mayor parte de los seres vivos les hace mucha ilusión su propia existencia; algunos de ellos, inteligentes y caprichosos, incluso sueñan con la eternidad. Walt Disney hizo guardar su cuerpo en un congelador. Una solución más elegante pasa hoy por ir mirando cómo guardar la información del genoma en algún tipo de disco duro. Luchar contra el deterioro de la información es luchar contra el ruido. Longevidad significa entonces redundancia ¿Cómo llamar a esa identidad cuya existencia puede alargarse más allá de su eventual soporte material? Nada hay en contra de la resurrección de la carne si no se pierde el folleto completo de instrucciones ¿Cómo llamar al folleto de instrucciones? ¿Alma? Vale, aunque para ello haya que admitir que las medusas también tienen alma, y la sospecha de que podamos llegar a ser siempre los mismos sea una noticia fatigosa.

En Ideas para la imaginación impura

20 ago. 2009

Jorge Wagensberg – La primera broma de la historia

No hay comentarios. :

 

 

Jorge Wagensberg Barcelona, 28 de octubre de 1997. Una escena insólita en el restaurante La Balsa. En torno a la mesa, entre otros, Jordi Agustí, director del Museu de Paleontología de Sabadell, Jordi Serrallonga, del Grup de Homínids de la Universidad de Barcelona, y el padre de la paleoantropología moderna, el celebérrimo suda­fricano Phillip V. Tobías. El local, muy concurrido a esta hora de la cena, se ha quedado mudo de repente. Todos miran con asom­bro a una figura encorvada que evoluciona entre las mesas cami­nando a extraños trompicones. Es el profesor Tobías haciendo, muy serio, una demostración técnica de cómo debía arreglárselas el primer bípedo del que se tiene noticia, Australopitecus afarensis. Hacía pocos segundos que le había explicado el contenido de este artículo, publicado años antes en el diario La Vanguardia.

Nada más remoto en el tiempo que unas pisadas dejadas por unos homínidos durante el Plioceno. Nada menos fami­liar, en principio, que el paisaje de la meseta de Eyasi en Tanzania donde, en 1977, se encontraron tales huellas fósi­les. Y, sin embargo, hay algo muy íntimo en estos restos. Tres individuos bípedos, quizás un varón, una hembra y un niño, caminaban durante un cálido atardecer, poco antes de que una lluvia de ceniza volcánica sacara un molde de su rastro en el húmedo terreno: una auténtica fotocopia en pie­dra de veinticinco metros de longitud. Un testimonio de tres millones y medio de años para un suceso que apenas había durado unos segundos. Algo había oído decir de las pisadas fósiles de Laetoli atribuidas a Australopithecus afarensis. Ponerse de pie y liberar las manos es lo primero que hace falta para desarrollar la inteligencia. Disponer del concepto mano es condición necesaria para poder convertir ideas en objetos, teoría en práctica, y para, en definitiva, empezar a hacer ciencia, probablemente la forma de conocimiento más antigua del mundo (he aquí, por cierto, el tapón evolutivo con que se enfrenta, pongamos por caso, el ya de por sí des­pabilado delfín). Pasmado ante una fiel reproducción de las célebres huellas en el Musée de l'Homme, a uno le daba casi por jalear mentalmente a la evolución biológica: «¡ánimo Australopithecus, ya estás en pie!». Era el principio de un largo camino: aún habían de transcurrir más de un millón de años para la industria lítica, tres millones de años para des­cubrir el fuego y casi tres y medio para enterrar a los muer­tos. Pero nadie me había comentado nunca un detalle extraor­dinario de las huellas de Laetoli. Las huellas del paseante de tamaño medio están ¡todas! meticulosamente sobreimpresas en el interior de las huellas del adulto. Éste era el detalle en­trañable. Entrañable... ¿por qué?

 

Pisadas de homínido en Laetoli, Tanzania Pisadas de homínido en Laetoli, Tanzania

 

El adulto va delante. La huella de tamaño intermedio es necesariamente posterior a la de mayor tamaño. Poco im­porta si su autor, llamémosle Lucy, iba sólo unos metros de­trás o si pasó por allí al día siguiente (según los expertos, la diferencia no pudo ser superior a unas dos semanas). Lo que sí está claro es que Lucy caminaba mirando al suelo, atentí­sima a las huellas que la precedían y, dada su menor estatura, acaso se viera obligada a forzar el paso o incluso a dar gra­ciosos saltitos. ¿Había alguna razón para un comportamiento así? Un peligro tipo campo de minas no parece muy verosí­mil, ni tampoco cierto raro automatismo, pues, en tal caso, el tercer individuo hubiera actuado de la misma manera. ¿De qué se trataba entonces? ¿De un juego?

Seguro, pero de un juego muy especial. De hecho, los cachorros de muchos animales juegan y el juego les sirve para aprender a ser mayor. Pero el juego de Lucy tiene unas reglas demasiado rigurosas y caprichosas, casi obsesivas. Lucy no tiene ni un solo fallo en su absurdo juego. Y sobre todo eso: su juego no sirve para nada. Lucy, sencillamente, se aburre. Juega para matar el aburrimiento. El juego no está al alcance de la otra cría, demasiado joven, y el aburrimiento no afecta al cabeza de familia, tal vez preocupado por alcan­zar un refugio antes del anochecer. En otras palabras, se tra­taba, literalmente, de hacer el burro. Y, como todo el mundo sabe, ciertas burradas requieren inteligencia, en especial las deliberadamente inútiles.

Hace unas semanas le sugería a un eminente paleoantropólogo que en Laetoli quizá se había encontrado la primera broma fósil de la historia. «¿Cómo lo sabe usted?», preguntó no sin cierto fastidio. «Lo sé por pura casualidad...», res­pondí, «¡yo hacía exactamente lo mismo en la playa, cuando era un niño!» (Y todavía lo hago, aunque ahora sólo cuando estoy seguro de que nadie se fija en mí y de que no se ave­cina ninguna erupción volcánica en la comarca.)

 

Ideas para la imaginación impura

Tusquets Editores S.A.

.

18 abr. 2008

Jorge Wagensberg - El herrero, el biólogo y la ética científica

No hay comentarios. :

Supongamos en primer lugar que un afamado herrero fa­brica buenos cuchillos para carniceros. La tradición familiar, su profesionalidad y espíritu de superación le han llevado a producir unas herramientas casi perfectas. Son herramientas bien templadas y prestas a cortar con precisión músculos y cartílagos con el mínimo esfuerzo. Supongamos ahora que un delincuente se hace con uno de tales útiles y comete con él una de esas horripilantes fechorías que estremecen a la co­munidad entera. Está claro que la policía, la justicia y el resto de la sociedad concentrará su interés y preocupación en el delincuente, en su historia, su psicología y sus relaciones con el prójimo. El arma del crimen, debidamente etiquetada, no será más que una prueba en el proceso judicial. Nadie se volverá hacia el herrero para pedirle explicaciones o respon­sabilidades. Supongamos ahora otro caso: un biólogo mole­cular desarrolla una depurada técnica para manipular genéti­camente tomates convencionales y conseguir así tomates perfectamente cúbicos. La sociedad celebra el invento por­que supone una gran ventaja a la hora de embalar los frutos para su transporte. Pero sigamos. Supongamos también que esa misma técnica permite que un desalmado manipule seres humanos y consiga inventar otra especie de humanoide, di­gamos, por ejemplo, un homínido de proporciones muy pe­queñas (de un kilo de peso individual), laborioso, resistente, semiinteligente y manso. Un esclavo perfecto. Las conse­cuencias del engendro de origen humano son imprevisibles, pero, en este caso, la mayor parte de la sociedad se volverá, horrorizada, hacia el biólogo de los tomates cúbicos.
Estamos ante el problema central de la ética en la ciencia y tecnología. ¿Qué es lo común entre ambos casos? ¿Por qué nadie plantea siquiera la responsabilidad del herrero? ¿Por qué todos cuestionan la del biólogo? ¿Es inocente el herrero y culpable el biólogo? ¿Son inocentes los dos? ¿Será que ambos casos no son comparables? ¿Por qué no lo son? ¿Es la investigación totalmente libre? ¿Será que los investigadores son siempre inocentes y que los aplicadores de tales investi­gaciones son los únicos que pueden ser culpables? ¿Será que no pueden dictarse normas morales generales y que cada caso, como el del herrero y el del biólogo, deben resolverse con una especie de «sentido común particular»?
El problema es cada día más importante en una sociedad cada día más dependiente de la ciencia y la técnica (si en verdad existe alguna diferencia fundamental entre ambas, y creo que no) y en una sociedad que pretende avanzar cada día en su autogestión democrática. La cuestión parece com­pleja y confusa, pero, y a ello voy a dedicar estas breves lí­neas, a lo mejor resulta ser de una sencillez casi brutal. Vea­mos lo que la fábula del herrero y del biólogo da de sí.
La clave está, creo, en que ambos casos son más que comparables. De hecho sólo existe una diferencia fundamen­tal entre ellos. Y en el análisis de tal diferencia está la solu­ción. ¿Por qué tendemos a considerar inocente al herrero? Sólo por una razón. Todos conocemos y aceptamos el peli­gro de que el cuchillo de carnicero llegue a tener un mal uso. Es un riesgo perfectamente evaluado y asumido por la socie­dad entera. Y, como lo asumimos todos, el herrero es tan inocente y tan culpable como cualquier otro ciudadano. En otras palabras, el herrero comparte su presupuesto de riesgos y beneficios. ¿Por qué tendemos a considerar responsable al biólogo? Porque ese presupuesto no se comparte. Atención, no se trata de que el riesgo no esté claro (podría no estarlo, podría ser incluso difícil de evaluar), pero esa falta de clari­dad, el riesgo del riesgo, es justamente lo que hay que conse­guir compartir. Si el biólogo hiciera tomates cúbicos com­partiendo el riesgo de sus trabajos con la sociedad entera, entonces su caso no se distinguiría en nada del caso del buen herrero. Y ahora la clave de la clave. ¿Por qué no se comparte el riesgo? He aquí algunas razones, sólo dos, por las que tal clase de riesgos no se comparte:
Primera: Para que dos entes compartan algo, en princi­pio debe poseerlo uno de ellos. Y, en general (y aunque la si­tuación ya ha empezado a invertirse), el científico no suele detenerse a evaluar los riesgos de las consecuencias de lo que produce. En otras palabras, la comunidad científica ge­nera muy poca opinión científica. Y si la comunidad cientí­fica no la genera (no tiene costumbre de debatir dentro de la propia comunidad científica este tipo de temas), entonces di­fícilmente se generará opinión científica en la sociedad. Compárese por ejemplo el volumen de opinión científica con el volumen de opinión política, económica, artística y, sobre todo, ¡deportiva! que manejamos cada día. Recuérdese el desconcierto cósmico de los legisladores a la hora de tratar temas sobre la vida humana (aborto, eutanasia... ¿qué es la vida?), sobre el medio ambiente (calidad del agua, del aire, basuras... ¿dónde están los límites?) o la energía (centrales nucleares, pantanos... ¿cuáles son los riesgos?). Está claro que la creación de opinión científica entre científicos todavía necesita estímulos.
Segunda: Un sentimiento común dentro y fuera de la co­munidad científica podría expresarse más o menos así: «El hombre de la calle, pobre hombre, no está preparado para se­guir los complicados argumentos de un especialista. Su opi­nión, por tanto, jamás tendrá el mismo valor. Por lo tanto, no queda más remedio que confiar en los científicos. Que in­venten ellos, que ellos sean los responsables».
Falso. Una buena hipótesis de trabajo es:

Todo (absolutamente todo) lo científico es transmisible y comprensible.

Las hipótesis de trabajo son principios y como tales no son verdaderas ni falsas. Funcionan o no funcionan. La men­cionada hipótesis se asume, por ejemplo, en los modernos museos de ciencia. Hay que admitir que en ciencia funciona mejor que en otras formas de conocimiento, como en el caso del conocimiento político, económico, artístico o místico. Pero entre asumir la hipótesis o rechazarla, mejor asumirla. El conocimiento, cualquiera que sea su forma, no es una ri­queza aplazable a ninguna otra. El conocimiento es, literal­mente, materia de subsistencia, no menos, por ejemplo, que la mismísima salud.
El pensamiento es libre, libérrimo, y ello afortunada­mente para el concepto idea. Y la prueba está en que, de mo­mento y en condiciones normales, no se puede «pinchar» un cerebro como se pincha un teléfono. En el mundo de las ideas todo es posible y, por lo tanto, todo está permitido. Pero cuando uno pasa del mundo de las ideas al mundo de los objetos, cuando uno altera la realidad, cuando uno expe­rimenta, entonces uno se encuentra con que en esa realidad preexisten otras libertades que en muchos casos pagan, go­zan y sufren tales experiencias. En ese mundo no todo es po­sible. Ese mundo tiene sus ligaduras. Son las limitaciones del progreso, es decir, las limitaciones que hacen que el pro­greso sea posible. Y ésta es la conclusión:

La comprensión pública de la ciencia no es ni un gramo menos trascendente que la comprensión que de la ciencia tienen los científicos.

Éste es, sin duda, el pilar central de la llamada ética científica.

Jorge Wagensberg - Ideas para la imaginación impura
Barcelona, 1998

14 nov. 2007

Jorge Wagensberg - Sobre la extrema pequeñez de la realidad

No hay comentarios. :




Un vuelo de alguna parte del norte de Europa a Barcelona, un día de 1986. Llevo tres días leyendo el libro Les objets fractals de Benoit Mandelbrot. Acabo de decidir hacerlo traducir para la co­lección Metatemas. Y me hago la pregunta: ¿por qué hay tantos fractales en la naturaleza? ¿Es la autosímilitud una estrategia en algún sentido rentable? Me extraña que en el libro no haya ningún intento de respuesta. Bueno, no tan extraño. Tampoco hay asomo alguno de la pregunta. Es como si la dimensión fractal fuese algo estable, un número límite de alguna tendencia, el fruto de un prin­cipio variacional... Vuelvo a abrir el libro. Si encontrara la ma­nera de definir una entropía de la forma ¿Y la encuentro! La cele­bérrima curva de Koch, socorrido modo intuitivo y visual de introducir la dimensión fractal, me da la idea. Cuando el avión aterriza ya he escrito una primera forma sencilla de la recién in­ventada entropía de forma. Durante los días siguientes intento ge­neralizar sin éxito la expresión. Me faltan matemáticas especiali­zadas que me da pereza aprender. Durante los años siguientes intento seducir a un doctorando tras otro. A la tercera va la ven­cida. Romualdo Pastor se interesa. Le explico la idea y le propor­ciono algunos artículos. Al día siguiente los ha leído todos menos uno. Cuando le pregunto por qué, me dice que no sabe francés. Cuatro días después le consigo una traducción inglesa, pero me dice que ya no le hace falta. Cuando le preguntó por qué, me dice, sin sonreír, que ya sabe francés. Después de comprobar que lo que dice es cierto, me doy cuenta de que el problema de la genera­lización de la entropía de forma, tarde o temprano, se resolverá. Instalo una pizarra en mi despacho del museo en la que sólo se ha discutido sobre este tema. Decenas de horas, centenares de horas. El propio Mandelbrot pasa por delante de ella, pero el problema no le llega a interesar del todo. El problema se resuelve y es parte de la tesis doctoral en física que Romualdo defiende el lunes 11 de diciembre de 1995. La maximización de la entropía de forma, usada como principio variacional, define qué grupo de configura­ciones inventadas tiene más verosimilitud de acceder a la reali­dad. La verosimilitud de la autosimilitud. El resultado se publica en tres artículos especializados. El último acaba de aparecer ahora, doce años después de aquel vuelo cerca de las musas, en la revista Physica A. Se puede resumir en una frase que nos atreve­mos a escribir en las conclusiones: «la dimensión fractal es la temperatura de la autosimilitud». ¡Qué bonito! Hoy, miércoles 14 de enero de 1998, me doy cuenta de que Mandelbrot aún no tiene por qué saber nada y le envío los tres trabajos. Me contesta a vuelta de correo electrónico: «... he recibido tus artículos. Toda­vía los he de leer con cuidado. Dimensión fractal, entropía y tem­peratura... ¡qué maravilla de lío de relaciones! Saludos a Ro­mualdo y a su novia»... Pero hay reflexiones que nunca dejaría pasar un referee de una revista de física. Ésta que sigue es una de ellas.


El primer principio del conocimiento científico es: «todo lo real es imaginable». Quizá parezca un juicio eufórico so­bre las prestaciones de la mente humana, pero las hipótesis metodológicas no son verdaderas ni falsas. Sencillamente, se asumen o no. Ésta, en particular, no se puede confirmar ni se puede negar. No es falsable. Pero el científico vive así su quehacer diario, como si todo lo real fuese imaginable. Lo necesita para empezar, con buen ánimo, cualquier proyecto de investigación. Y no le va mal...

La afirmación inversa es otra cosa: «todo lo imaginado es realizable». Ésta sí es falsable. Y no sólo eso. Además es falsa. Pero también da mucho de sí. La mente puede, en efecto, representar objetos imposibles. Hay imposibles de dos familias: los imposibles lógicos y los físicos. Los impo­sibles lógicos son los que tienen contradicciones internas, es decir, son incoherentes. Imaginar imposibles lógicos es pa­sión de matemáticos y de psicólogos. El célebre triángulo de Penrose y Escher, dos tangentes a una curva plana en un mismo punto o una máquina del tiempo que permita corregir la historia son objetos que ni siquiera pueden aspirar a acce­der a la realidad. En cambio, los imposibles físicos son cohe­rentes, pero tienen contradicciones externas, es decir, son in­compatibles con las cosas o las leyes que gobiernan el mundo de lo que ya existe. Imaginar imposibles físicos es gracia (o riesgo) de escritores de ficción y riesgo (o gracia) de científicos: un insecto de quince metros de envergadura, un objeto más frío que cero grados Kelvin o una señal lan­zada a una velocidad superior a la de la luz quizá puedan ac­ceder a una realidad..., pero al parecer no a la nuestra. Luego está el mundo de lo posible. Es el de los objetos coherentes y compatibles que, aunque no existan, podrían hacerlo o ha­berlo hecho con mayor o menor verosimilitud. Imaginar ob­jetos de este mundo se llama (atención) hacer predicciones científicas. Muchos habitantes de este mundo nunca escapa­rán de él, o sea, jamás accederán al mundo siguiente: el de la realidad. Sólo cuando los caprichos del azar y las ligaduras de lo preexistente se alían por rarísimo pacto, entonces ocu­rre que un verosímil nace a la existencia. Por ejemplo, cual­quiera de nosotros procede de un espermatozoide victorioso en una loca carrera contra centenares de miles de competido­res. Por ello, cada uno de nosotros, improbabilísimo habi­tante de la realidad, tiene, en el mundo de lo verosímil, una colosal multitud, no se sabe si envidiosa o compasiva, de fra­ternales probabilidades frustradas.

Reunamos fuerzas. La idealidad es el mundo de todo lo que la mente puede representar. En ella están todas las partidas de ajedrez, incluso las ilegales, las que ni son de aje­drez, como las infinitamente largas. La idealidad es, se diría, infinita. La posibilidad es el mundo de todos los objetos y sucesos que pueden ocurrir en una realidad determinada. En ella están todas las partidas de ajedrez jugables, es decir, las que son respetuosas con el reglamento. La posibilidad es, digamos, indefinidamente grande. Y la realidad es lo que queda, el mundo de los objetos y sucesos que ocurren en el espacio y en el tiempo. En ella están todas las partidas de ajedrez que se han jugado alguna vez. La realidad es, digá­moslo ya, pequeña.

Ocurren menos cosas de las que pueden ocurrir y pueden ocurrir menos cosas de las que se pueden imaginar. La ima­ginación acaso sea una parte de la realidad, pero es mayor que la realidad entera.


En Ideas para la imaginación impura
Barcelona, 1998

12 sept. 2007

Jorge Wagensberg - Sobre el acto creador

1 comentario :

Sea el universo el conjunto de todo lo que existe. Estoy seguro de que el universo existe porque creo en la existencia de al menos una cosa: la mente (la mía, claro): «Cogito, ergo sum». Pero como la frase no es mía, es casi seguro que mi mente no es un caso insólito del universo. Parece, pues, más que razonable concluir que las mentes no sólo existen, sino que además tienen la facultad de influirse mutuamente. Divi­damos ahora el universo en dos partes. Sea una de las partes una mente cualquiera de las que habitan el universo y sea la otra parte el resto del universo. Tal desproporcionada parti­ción puede hacerse, claro, para todas y cada una de las men­tes. Si las mentes se influyen mutuamente es porque algo fluye entre unas y otras. Es decir, parece claro que la mente es capaz de producir algo y que al menos parte de ese pro­ducto mental es exportable, y no menos claro parece que al menos parte de ese producto mental exportable es, a su vez, importable por otra mente que, tampoco está descartado, acusaría tal importación. ¿Qué puede ser ese algo producido por la mente capaz de alcanzar otras mentes? Llamemos imágenes a los productos de la mente, esto es, a las represen­taciones que la mente se hace del universo o de parte del uni­verso. Algunas de estas imágenes tienen la facultad de alte­rar el estado de otras mentes, son transmisibles. Llamemos a tales imágenes de otra manera. Llamémoslas conocimiento. Conocimiento es, pues, el producto mental capaz de pertur­bar el estado mental ajeno. Admitiremos incluso, como caso particular, que la mente productora y la mente receptora puedan ser la misma mente; pero, dado que para recibir prime­ro hay que emitir, el conocimiento en el que sólo se involu­cra una única mente debe, necesariamente, rebotar en algún punto del mundo exterior.

¿Qué es crear? Crear es crear conocimiento. Según esto, el mismo universo sería el conocimiento de Dios, y el arte y la ciencia el conocimiento de los hombres.

La ciencia es en el fondo la creación más dolorosa para el hombre, pues el primer principio del método científico obliga a la mente a excluirse del objeto del conocimiento. El beneficio es conocimiento objetivo y universal, el precio es la soledad cósmica del científico. El científico no está pre­sente en el modelo del mundo. Es, como máximo, una anéc­dota curiosa. Su objetivo es formular buenas preguntas a la naturaleza. La respuesta es lo de menos, porque cada pre­gunta llega en realidad con la respuesta a cuestas. La res­puesta es pura rutina. El momento de íntima trascendencia para el creador científico es cuando una pregunta rebota en alguna parte y se refleja en forma de una nueva pregunta. Es justamente en ese momento cuando el científico es cons­ciente de su acto creador. Pero no hay ciencia si los demás no dicen que la hay. El científico nunca está seguro de haber hecho ciencia.

El arte no sirve a tan cruel principio. Más bien al contra­rio. La mente creadora se empeña en estar presente en el ob­jeto de conocimiento. El verdadero y acaso único principio del arte es el que asegura la probabilidad de una especie de milagro: la comunicabilidad de complejidades ininteligibles. El acto artístico es un acto entre pares de mentes, la produc­tora de conocimiento y la receptora. La emoción del arte está siempre en la mente receptora que cree recibir. Y el mo­mento de trascendencia para el creador artístico es, claro, cuando experimenta su propio milagro. Una sola mente es suficiente para la existencia de arte. El artista siempre sabe muy bien si ha hecho arte.

En Ideas para la imaginación impura
Barcelona, Tusquets Editores, 1998

8 sept. 2007

Jorge Wagensberg - Beethoven versus Newton

No hay comentarios. :

Barcelona, un sábado en el estudio de mi amigo compositor Jordi Cervelló. Está desesperado. Nos conocemos desde el año 1972. Jordi se había comprado un enorme y ultramoderno mag­netofón profesional. Pero las instrucciones estaban en alemán, así que, por mediación de un amigo común, requirió mi ayuda para hacerlo funcionar. Desde entonces hemos conversado mu­cho sobre música y, sobre todo, hemos escuchado mucha música juntos. Sin embargo, aquella tarde estaba desesperado. Su estu­dio está instalado en el sobreático de la vivienda y tiene un am­plio ventanal que da sobre una vegetación relativamente silvestre del barrio de Sarria. Al fondo se ve Vallvidrera y la montaña del Tibidabo. Es un lugar espléndido para pensar la música. Pero está desesperado. Hace dos meses que no escribe ni una corchea. Un vecino de una torre cercana se ha comprado un perro que la­dra de sol a sol. Lo ha probado todo, pero la normativa sólo se ocupa de los perros que ladran de noche. Y todos, empezando por el dueño del animal, se encogen de hombros. Ha escrito al al­calde, a los periódicos: «Piedad, yo soy un compositor...». Y mien­tras el cachorro ladra hasta a los caracoles, él se pasa el día imaginando venganzas ultrasónicas, croquetas narcotizadas, pro­yectiles sedantes, anónimos con sugerencias, campañas pro lin­chamiento en el vecindario... He acudido a su llamada de socorro para ver si se me ocurre algo y, lo confieso, porque me he com­prometido a dar una conferencia sobre Beethoven. Recordaba que un día, analizando la partitura del concierto de violín en aquel lugar, acabamos construyendo toda una teoría y yo acabé citando a Newton. ¿Cómo iba todo aquello? La conversación nos atrapó de nuevo y nos olvidamos del perro, que hoy, por cierto, ya no ladra. Se ha hecho mayor.


El Concierto de violín en Re de Ludwig van Beethoven, opus 61, está ahí, en la historia de la música, como una torre visible desde cualquier distancia y dirección. Conviene un sencillo ejercicio doble: escucharlo y leerlo a la vez. Para se¬guir una audición de esta obra con la partitura bastan unos rudimentos intuitivos de solfeo (más arriba, más agudo; más blanco, más largo). Lo primero que se percibe es un claro contraste entre lo que se oye y lo que se ve. Por el oído entra todo un mundo de serena belleza y espiritualidad luminosa: es una grandiosidad. Pero ante la vista desfilan elementos muy simples, dibujos melódicos y rítmicos casi geométricos, escalas cromáticas, acordes arpegiados en séptima, largos trinos, octavas..., se diría incluso que se trata de estudios de mecanismos para dedos y golpes de arco. Ni una fórmula virtuosística. Es la grandeza: lo extenso y complejo es inteli¬gible porque se comprime en lo breve y lo simple. ¿Dónde he visto antes la grandeza de una grandiosidad?

Este tipo de grandeza, la de la comprensión por compre¬sión, no es obligatoria en música. No ocurre, por ejemplo, en el concierto de violín de Brahms (enorme, pero de compleji¬dades poco reducibles). Ni siquiera ocurre con los íntimos cuartetos o las densas sonatas de piano del propio Beethoven. En ciencia, sin embargo, este tipo de inteligibilidad es, como mínimo, prioritaria. Ocurre con las leyes de la mecánica de Newton, cuya grandeza está en comprimir grandiosidades tan dispares como el movimiento de un planeta o el vuelo de un insecto. Estas leyes son aún, para muchos, la referencia cen¬tral de la ciencia moderna. Muchas otras disciplinas se cons¬truyen sumando, combinando, simulando o emulando tales fundamentos. Digamos que este tipo de inteligibilidad es, en ciencia, una exigencia y, en arte, una opción, como la de Beethoven en este concierto. ¿Por qué?

El concierto de violín de Beethoven es una investigación científica sobre la inteligibilidad del instrumento. ¿Cómo sa¬ber, de una vez por todas, cuál es la eficacia de un violín? El primer tiempo, el Allegro ma non troppo, lleva el peso de la prueba. El violín no se pelea contra la orquesta, sino que re¬quiere su colaboración, pregunta, contrasta, duda, confirma, dialoga, busca... y encuentra. En el segundo tiempo, el Larghetto, se aplican los resultados con emoción contenida. Un tema, bellísimo, se mueve, oscila, evoluciona, acepta nuevas ideas frescas y, de repente..., se hace la luz. La belleza es casi insoportable. ¡Funciona! El científico que ha vivido esta clase de júbilo reconoce también el tipo de inquietud que le sigue inmediatamente después. ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo convencer a los demás de esta trascendencia? ¡Hay tantas aplicaciones posibles! ¿Y si resulta que es incluso más uni¬versal de lo que parece? ¡Queda tanto por hacer! ¿Y si no es tan trascendente? ¿Y si no lo es nada? Es el momento justo de valorar la conquista, de la autocrítica, la hora de desdra¬matizar, de recurrir a una mínima dosis de humor. Es el Rondó, el movimiento final. El violín y la orquesta juegan el uno con el otro y la tensión se esfuma: se insinúa cierta continuación, pero el violín da un quiebro y, en lugar de ce¬der la palabra a la orquesta, la retoma, sin permiso aparente, en un registro más agudo... El cerebro acepta gozoso el reto de ahora predecir, ahora sorprenderse. No vayamos a olvidar que cualquier verdad tiene un límite y una vigencia.

La obra divide hondamente la historia de la música en dos. Preguntemos a los violinistas, a los compositores, a los melómanos. Alguien tenía que escribir los fundamentos de la mecánica, alguien tenía que escribir este concierto.


En Ideas para la imaginación impura