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14 jul. 2015

Descarga: Kurt Vonnegut - Matadero cinco

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Descarga: Kurt Vonnegut - Matadero cinco

Matadero Cinco catapultó a Kurt Vonnegut como uno de los grandes ídolos de la juventud norteamericana y se convirtió de inmediato en un clásico de la literatura contemporánea. Una historia amarga, conmovedora y a la vez divertidísima, de la inocencia confrontada con el apocalípsis, «una novela con ribetes esquizofrénico-telegráficos», en palabras de su autor.

Kurt Vonnegut fue hecho prisionero en la Segunda Guerra Mundial y se encontraba en Dresde cuando esta ciudad fue bombardeada y arrasada por la aviación norteamericana; este hecho le marcó profundamente y decidió escribir un libro en torno a ese tema: Matadero Cinco. La historia de un superviviente de la matanza que, muchos años más tarde, es raptado y transportado al planeta Trafalmadore es una de las muchas tramas que se entrecruzan en una obra profundamente innovadora, en la que resplandecen cegadoras metáforas de la nueva era y en la que los pasajes de ciencia-ficción funcionan a la manera de los payasos de Shakespeare. El humor, a menudo muy negro, es esencial en la obra de Vonnegut, quien ha afirmado que «lo cómico es parte tan integral en mi vida que empiezo a trabajar en una historia sobre cualquier tema y, si no encuentro elementos cómicos, la dejo».

25 ago. 2014

Kurt Vonnegut: La Epizootia

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Aunque las nuevas y jóvenes viudas desfilaban de luto en cantidades extraordinarias y a la vista de todos, ningún dirigente había reconocido todavía que la tierra sufría una plaga. La prensa y la población en general, inmunizadas contra un mundo que se había vuelto loco, tampoco habían caído en la cuenta de que el asunto había empeorado en los últimos tiempos. Las noticias estaban llenas de muerte. Las noticias siempre habían estado llenas de muerte. Las compañías de seguros de vida fueron las primeras que notaron lo que pasaba, y tenían buenos motivos para ello; habían asegurado a millones de personas con índices basados en una esperanza de vida de sesenta y ocho años, pero ahora, en un período de seis meses, la expectativa vital de los hombres casados de Estados Unidos con más de veinte mil dólares invertidos en un seguro de vida había caído a la atroz cifra de cuarenta y siete años.
—Ha caído hasta los cuarenta y siete años... y sigue cayendo —dijo el director de la American Reliable and Equitable Life and Casualty Company de Connecticut—. El propio director sólo tenía cuarenta y seis años, demasiado poco para dirigir la octava compañía de seguros más importante del país. Era un joven ambicioso, escuálido y sin sentido del humor a quien el director anterior había descrito como «horripilantemente capaz». Se llamaba Millikan.
El director anterior, al que habían pegado una patada hacia arriba para llevarlo al puesto de presidente de la junta directiva, estaba en ese momento con Millikan en la sala de reuniones de Hartford. Era un caballero viejo y afable, un solterón que se llamaba Breed.


El doctor Everett, un joven epidemiólogo del Departamento de Salud y Asistencia Social de Estados Unidos, era el tercero de los presentes. El doctor Everett había sido quien dio a la plaga el nombre que finalmente se quedó. La llamó «la epizootia».
—Cuando dices cuarenta y siete años, ¿es un dato exacto? —preguntó el doctor a Millikan.
—Me temo que andamos algo cortos de datos exactos en este momento —ironizó Millikan—. Nuestro actuario de seguros se suicidó hace dos días—, se lanzó por la ventana de su despacho.
—¿Un hombre de familia? —dijo el doctor.
—Por supuesto —respondió el presidente de la junta—. Y gracias a un seguro de vida, su familia goza ahora de todas las ventajas... Sus deudas se han pagado, su esposa tendrá un salario adecuado hasta que muera y sus hijos podrán ir a la universidad sin tener que trabajar para pagarse los estudios. —El viejo caballero lo dijo todo con un sarcasmo pesado y triste—. Los seguros son algo maravilloso—, sobre todo cuando han pasado más de dos años desde el momento en que entran en vigor. —Se refería a que, en la mayoría de los casos, las aseguradoras no pagaban por suicido hasta que transcurrían más de dos años desde la firma del contrato—. Todos los hombres de familia deberían tener uno.
—¿Dejó una nota? —preguntó el doctor Everett.
—Dejó dos —dijo el presidente—. Una dirigida a nosotros, en la que sugería que lo sustituyéramos por una pitonisa gitana, y una dirigida a su esposa e hijos que decía, sencillamente: «Os amo más que a nada en el mundo. He hecho esto para que podáis disfrutar de todas las cosas que merecéis». —Guiñó un ojo con gesto compungido al doctor Everett, la mayor autoridad del país en la epizootia—. Me atrevería a afirmar que ese tipo de sentimientos te resultan familiares a estas alturas.
El doctor Everett asintió.
—Tan familiares como la varicela para un médico de cabecera —dijo con cansancio.
Millikan pegó un fuerte puñetazo en la mesa.
—Lo que yo quiero saber es si el Gobierno piensa hacer algo al respecto —declaró—. ¡Con el índice de fallecimientos actual, esta empresa tendrá que cerrar dentro de ocho meses! Doy por sentado que al resto de las compañías de seguros les ocurre lo mismo. ¿Qué va a hacer el Gobierno?
—¿Qué sugieres que haga? —preguntó el doctor Everett—. Estamos completamente abiertos a sugerencias... incluso penosamente abiertos.
—¡Muy bien! —exclamó Millikan—. ¡Acto gubernamental número uno!
—¡Número uno! —repitió el doctor Everett, preparándose para tomar nota.
—¡Que haga pública la enfermedad, para que podamos luchar contra ella! ¡Basta de secretismo!
—¡Maravilloso! —dijo el doctor—. Convocaremos a los periodistas de inmediato. Daremos una conferencia de prensa aquí mismo, con todos los hechos y los datos... y todo el mundo lo sabrá en cuestión de minutos. —El doctor Everett se giró hacia el anciano presidente de la junta—. Las comunicaciones modernas son maravillosas, ¿no te parece? Casi tan maravillosas como un seguro de vida. —Alcanzó el teléfono que estaba en la larga mesa y descolgó el auricular—. ¿Cómo se llama el periódico de la tarde?
Millikan le arrebató el auricular y colgó.
Everett le dedicó una sonrisa burlona, simulando sorpresa.
—Pensaba que ése era el acto número uno. Sólo pretendía llevarlo a cabo para que podamos pasar al número dos.
Millikan cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz. El joven presidente de la American Reliable and Equitable tenía muchas cosas que considerar tras la intimidad violeta de sus párpados. Tras el primer paso, que implicaba inevitablemente la divulgación del mal estado de las compañías de seguros, se produciría el peor colapso financiero de la historia del país. En cuanto a la cura de la epizootia, la publicidad no se limitaría a provocar que la enfermedad matara con más rapidez, sino que además causaría varias semanas de pánico con más muertes que en unos cuantos años difíciles.
Sin embargo, a Millikan no le importaban las cuestiones de carácter global, como que Estados Unidos se convirtiera en un país débil y despreciable o que el dinero pasara a tener más valor que la propia vida. Su mayor preocupación era personal e inmediata. El resto de las repercusiones de la epizootia palidecían ante el hecho descarado y estridente de que la empresa estaba a punto de hundirse y de hundir la brillante carrera de Millikan con ella.
El teléfono de la mesa sonó. Breed respondió, recibió la información sin hacer ningún comentario y colgó.
—Se acaban de estrellar dos aviones más —dijo—. Uno en Georgia, con cincuenta y tres personas abordo y otro en Indiana, con veintinueve.
—¿Hay supervivientes? —preguntó el doctor Everett.
—Ninguno —contestó Breed—. Este mes ya van once. Hasta el momento.
—¡Vale! ¡Vale! ¡Vale! —bramó Millikan, que se puso en pie—. Acto gubernamental número uno... ¡Que mantenga todos los aviones en tierra! ¡Que ponga fin a la navegación aérea!
—¡Excelente! —dijo el doctor Everett—. También deberíamos poner barrotes en todas las ventanas que estén por encima del primer piso, además de sacar todos los cursos de agua de los centros de población y prohibir las ventas de armas, cuerdas, venenos, navajas, cuchillos, automóviles, barcos...
Millikan se dejó caer en su silla, derrotado. Sacó una fotografía de su familia de la cartera y la observó con apatía. En el fondo de la imagen se veía su casa de la playa, valorada en cien mil dólares; y más allá, anclado, su yate de quince metros de eslora.
—Dime —se dirigió Breed al joven doctor Everett—, ¿estás casado?
—No. El Gobierno ha establecido una norma que impide que los hombres casados trabajen en la investigación de la epizootia.
—¿Y eso? —dijo Breed.
—Descubrieron que los hombres casados que trabajaban en la epizootia solían morir antes de presentar su primer informe —respondió el doctor Everett, que sacudió la cabeza—. No lo entiendo; no lo entiendo en absoluto. Aunque a veces lo entiendo... y luego lo dejo de entender.
—¿Los fallecidos tienen que ser personas casadas para que atribuyáis su muerte a la epizootia? —se interesó Breed.
—Deben tener esposa e hijos —puntualizó el doctor Everett—. Es el patrón clásico. Tener sólo esposa no significa demasiado. Y curiosamente, tener esposa y un solo hijo tampoco significa demasiado. —El doctor se encogió de hombros—. Bueno, supongo que algunos casos excepcionales, de hombres inusualmente unidos a su madre, a otro familiar o incluso a su universidad, se podrían clasificar desde un punto de vista técnico como víctimas de la epizootia... pero son estadísticamente irrelevantes. Para un epidemiólogo que sólo trabaje con datos de los que asombran, la epizootia es una enfermedad que afecta abrumadoramente a hombres casados, ambiciosos, con éxito y con más de un hijo.
Millikan no tenía interés en la conversación. Con un desdén monumental, plantó la fotografía de su familia delante de los dos solteros. La imagen mostraba una madre bastante corriente con tres niños bastante corrientes, uno de los cuales era un bebé.
—¡Mirad a los ojos a estas personas maravillosas! —declaró con voz quebrada.
Breed y el doctor Everett intercambiaron una mirada de aflicción antes de hacer lo que Millikan les había pedido. Contemplaron la fotografía con gesto sombrío porque acababan de confirmar la sospecha de que Millikan era víctima de la epizootia y estaba mortalmente enfermo.
—¡Mirad a los ojos a estas personas maravillosas! —insistió Millikan, tan trágicamente resonante como el Viejo Marinero—.Yo siempre he podido mirarlos a los ojos... hasta ahora.
Breed y el doctor Everett siguieron mirando sus ojos, completamente carentes de interés, porque preferían su visión a la visión de un hombre que iba a morir en poco tiempo.
—¡Mirad a Robert! —ordenó Millikan, refiriéndose a su hijo mayor—. ¡Imaginaos diciendo a ese gran chico que ya no puede ir a Andover, que a partir de ahora tendrá que estudiar en un colegio público! ¡Mirad a Nancy! —ordenó, refiriéndose a su única hija—. No más caballos, no más veleros, no más clubs de campo para ella... y mirad al pequeño Marvin en brazos de su madre. ¡Imaginad que traéis un bebé a este mundo y que luego caéis en la cuenta de que no le podréis conceder ninguna ventaja! —La voz se le entrecortó por el sentimiento de vergüenza y de culpabilidad—. ¡Ese pobre niño tendrá que luchar por cada milímetro del camino! ¡Todos tendrán que hacerlo! ¡Y cuando la American Reliable and Equitable se hunda, su padre no podrá hacer nada por ellos! ¡Tendrán que luchar con uñas y dientes! —gritó.
Millikan invitó a los dos solteros a mirar a su esposa, una mujer que por otra parte era sosa, gorda y de aspecto indolente. Cuando volvió a hablar, su voz se suavizó por el horror.
—Imaginad que tenéis una mujer tan maravillosa como ésta; una compañera de verdad que os ha acompañado en los tiempos buenos y en los malos, que dio a luz a vuestros hijos y que les ofreció un hogar decente. Imaginad —continuó tras un silencio prolongado— que sois un héroe para ella. Imaginad que le habéis dado todas las cosas que pudiera desear e imaginad después que os veáis obligados a decirle que lo habéis perdido todo.
Millikan empezó a sollozar. Salió corriendo de la sala de juntas, entró en su despacho y sacó un revólver cargado del cajón de la mesa. Mientras Breed y el doctor Everett salían tras él, se voló la tapa de los sesos y se hizo efectivo el pago de varias pólizas de seguros de vida que ascendían a la friolera de un millón de dólares.
Ante ellos yacía un caso más de la epizootia, la práctica epidémica de suicidarse para crear riqueza.
—¿Sabes una cosa? —dijo el presidente de la junta—. Antes me preguntaba lo que pasaría con todos los estadounidenses como él, esa raza nueva, brillante y lustrosa que creía que la vida no merecía la pena si no consistía en lograr que su familia fuera más y más y más rica. Me preguntaba qué sería de ellos si volvían los tiempos malos y descubrían de repente que sus bienes netos estaban bajando —Breed apuntó al techo y luego al suelo— en lugar de subir.
Los malos tiempos habían vuelto. Más o menos, cuatro meses antes de que se declarara la epizootia.
—Son los hombres unidireccionales... sólo están pensados para subir —dijo Breed.
—Y sus mujeres unidireccionales y sus hijos unidireccionales. —El doctor Everett se acercó a la ventana y echó un vistazo al invernal Hartford—. Dios mío... la industria más importante de este país se muere por una forma de vida.



En Mientras los mortales duermen
Trad.: Jesús Gómez Gutiérrez
Madrid, 2011
Foto: KV with Pumpkin, New York City, 1982, by Jill Krementz

6 feb. 2014

Kurt Vonnegut - Tango

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En todas las solicitudes de trabajo que relleno, se piden los datos y las fechas de todo lo que he hecho hasta ahora con mi vida adulta y se advierte severamente contra la posibilidad de dejar períodos en blanco. Daría lo que fuera por un permiso para obviar los tres últimos meses, cuando trabajé de profesor particular en un pueblo llamado Pisquontuit; cualquiera que llame a mi antiguo jefe en busca de una evaluación sobre mi carácter, acabará con las orejas ardiendo.
En todos los formularios hay una pequeña sección titulada Observaciones donde puedo contar mi versión de lo acaecido en Pisquontuit, pero hay pocas posibilidades de que alguien entienda mi versión si no ha visto Pisquontuit. Y las posibilidades de que un hombre normal vea Pisquontuit son más o menos las mismas de tener una mano con dos escaleras reales de picas seguidas.
Pisquontuit es una palabra india que significa aguas brillantes y que los pocos privilegiados que conocen la existencia de la localidad pronuncian Ponit. Es una colección secreta de mansiones junto al mar. Se llega por un camino poco prometedor y sin señalización alguna que se separa de la carretera principal y desaparece en un bosque de pinos. En el bosque, junto a la rotonda de la entrada del camino, vive un guardia que se encarga de que los vehículos que no sean del término de Pisquontuit den la vuelta y se marchen por donde llegaron. Los coches de Pisquontuit son muy grandes o muy pequeños.
Trabajé allí como profesor particular de Robert Brewer, un amable y mediamente espabilado joven que estaba preparando el examen de acceso a la universidad y necesitaba ayuda.
Creo que puedo afirmar sin temor a equivocarme que Pisquontuit es la comunidad más selecta de los Estados Unidos. Mientras estuve allí, un caballero vendió su casa con el argumento de que sus vecinos eran «un bonito montón de estirados» y se volvió al lugar al que pertenecía, el elitista barrio de Beacon Hill, en Boston. Mi jefe, el padre de Robert, Herbert Clewes Brewer, dedicaba casi todo su tiempo a las regatas de veleros y a escribir cartas llenas de indignación que luego enviaba a Washington. Estaba indignado porque todas las mansiones de la localidad aparecían en los mapas del Estudio Geodésico de los Estados Unidos, que prácticamente cualquiera podía comprar.
Era una comunidad tranquila. Sus miembros habían pagado sumas espléndidas a cambio de paz y cualquier onda pequeña parecía un maremoto. En el corazón de mis problemas no había nada más violento ni bárbaro que el tango.
El tango es, por supuesto, un baile de origen hispanoamericano, generalmente en compás de cuatro por cuatro, con inclinaciones muy marcadas y pasos de tuerca sobre las puntillas de los pies. Un sábado por la noche, durante el baile semanal del Club Náutico de Pisquontuit, el joven Robert Brewer, mi alumno, que no había visto la ejecución de un tango en sus dieciocho años de vida, empezó a doblarse lentamente y a retorcer las puntillas de los pies. Sus movimientos eran vacilantes al principio, tan involuntarios como un escalofrío. La mente y la cara de Robert estaban en blanco cuando ocurrió. La embriagadora música hispana se introdujo por sus oídos, no encontró a nadie en casa bajo su marcial corte de pelo y tomó posesión de su largo y delgado cuerpo.
Algo hizo clic y atrapó a Robert en el mecanismo de la música. Su compañera, una sencilla y saludable chica con tres millones de dólares y un centro bajo de gravedad, forcejeó avergonzada y luego, al ver la expresión feroz de los ojos de Robert, sucumbió. Los dos se fundieron en uno. En uno que se movía muy deprisa.
Nunca se había hecho nada igual en Pisquontuit.
Bailar en Pisquontuit consistía en un cambio de peso casi imperceptible de un pie a otro, con los dos pies en el suelo y separados por una distancia de entre siete y catorce centímetros. Ese cambio de peso tan recatado servía para todos los tipos de música, desde la samba, el vals y la gavota hasta el fox-trot, el bunny hogy el hokey pokey. No importaba qué baile nuevo se pusiera de moda, porque Pisquontuit lo sofocaba con facilidad. Si la sala de baile hubiera estado llena de gelatina transparente hasta la altura de los hombros, no habría dificultado los movimientos de los bailarines. Ya puestos, se podría haber llenado hasta un punto situado justo por debajo de sus narices, porque su acuerdo en todos los temas era tan absoluto que las discusiones se habían reducido a una especie de taquigrafía verbal que se parecía al asma.
Y allí estaba Robert, cruzando y volviendo a cruzar la sala de baile como una motora.
Nadie prestó la menor atención a Robert y su acompañante mientras navegaban a toda velocidad y se escoraban. La indiferencia equivalía a la decisión de atar a un hombre al timón o de arrojarlo a una mazmorra en otros lugares y épocas. Robert se acababa de incluir en la misma categoría que el pobre diablo de Pisquontuit que pintó de negro la parte inferior de su barco, de otro que descubrió demasiado tarde que nadie salía a nadar antes de las once de la mañana y de uno más que no se pudo quitar la costumbre de decir «vale» por teléfono.
Cuando la canción terminó, la compañera de Robert se excusó, sonrojada y temblorosa, y el padre de Robert se unió a él junto al quiosco de música.
Cuando el señor Brewer estaba enfadado, metía la lengua entre los dientes y hablaba por los lados, retirándola únicamente para pronunciar las palabras con s.
—¡Por todos los santos, Bubs! —dijo a Robert—. ¿Qué crees que eres, un gigoló?
—No sé lo que ha pasado —se defendió Robert, colorado—. Nunca había bailado ese tipo de música... ha sido como si me volviera loco. Como volar.
—Considérate arrojado a las llamas —declaró el señor Brewer—. Esto no es Coney Island y no se va a convertir en Coney Island. Y ahora, pide disculpas a tu madre.
—Sí, señor —dijo Robert, conmocionado.
—Parecías un maldito flamenco jugando al fútbol —insistió el señor Brewer, que después asintió, metió la lengua en la boca, cerró los dientes con un clac y se marchó ofendido.
Robert pidió disculpas a su madre y se fue directamente a casa.
Robert y yo compartíamos una suite de dos dormitorios, un salón y un cuarto de baño, situada en el tercer piso de lo que se conocía como el chalet Brewer. Robert parecía dormido cuando volví a casa, poco después de la medianoche.
Pero a las tres de la mañana me despertó una música suave que procedía del salón y los sonidos de alguien que iba de un lado a otro, agitado. Abrí la puerta y sorprendí a Robert en el acto de bailar un tango en soledad. En el instante anterior a que me viera, sus narinas estaban ensanchadas y sus ojos, entrecerrados, parecían los ojos ardientes de un jeque.
Soltó un grito ahogado, apagó el tocadiscos y se dejó caer en el sofá.
—Sigue —dije—. Lo estabas haciendo bien.
—Supongo que nadie es tan civilizado como le gustaría creer —declaró Robert.
—Hay mucha gente decente que baila tango —alegué.
El apretó y relajó los puños.
—¡Ordinario, necio, grotesco! —exclamó.
—No está pensado para dar buena imagen, sino para sentirse bien.
—Eso no se hace en Pisquontuit —dijo.
Yo me encogí de hombros.
—¿Qué pasa con Pisquontuit?
—No pretendo ser maleducado, pero no lo entenderías.
—He dado suficientes vueltas por el mundo como para distinguir la clase de maniobras que se ejecutan por aquí —dije.
—Para ti es fácil hacer comentarios. Cuando no se tienen responsabilidades, reírse de todo es muy fácil.
—¿Responsabilidades? —pregunté—. ¿Tú tienes responsabilidades? ¿Hacia qué?
Robert miró a su alrededor con expresión malhumorada.
—Hacia esto... hacia todo esto —contestó—. Es de suponer que algún día estaré a cargo de todo esto. Tú, en cambio, eres libre como el viento; puedes ir y venir y reírte tanto como quieras.
—¡Pero Robert! Sólo es una propiedad inmobiliaria. Si te deprime, véndela cuando sea tuya.
Robert se quedó anonadado.
—¿Venderla? Mi abuelo construyó este lugar.
—Pues era un gran albañil.
—Es una forma de vida que está desapareciendo a toda prisa, en todo el mundo —afirmó Robert.
—Que vaya con Dios —dije.
—Si Pisquontuit se hunde, si todos abandonamos el barco, ¿quién va a preservar los viejos valores?
—¿Qué viejos valores? ¿Ponerse lúgubre con el tenis y las regatas?
—¡La civilización! —exclamó—. ¡El liderazgo!
—¿Qué civilización? ¿Te refieres al libro que tu madre insiste en que leerá algún día, aunque la mate? ¿Es que hay alguien aquí que vaya a alguna parte?
—Mi bisabuelo fue vicegobernador de Rhode Island —bramó.
Como necesitaba una réplica para la sentencia de Robert, encendí el tocadiscos. La habitación se volvió a llenar de tangos.
Llamaron suavemente a la puerta. Abrí y resultó ser Marie, la joven y bella criada del piso de arriba, que estaba en bata.
—He oído voces y he pensado que podían ser merodeadores —explicó. Sus hombros se movían levemente al ritmo de la música.
La tomé entre mis brazos, con facilidad, y fuimos bailando tango hasta el salón.
—Con cada paso que damos —dije—, traicionamos nuestros orígenes de clase media baja y hundimos la estaca un poco más en el corazón de la civilización.
—¿Cómo? —preguntó Marie, con los ojos cerrados.
Sentí una mano en el hombro. Robert, cuya respiración se había acelerado, tomó el relevo.
—Tras nosotros, el diluvio —sentencié mientras llenaba el cargador del tocadiscos.
Así empezó el vicio secreto de Robert. Y el de Marie y el mío.
Repetíamos el ritual casi todas las noches. Encendíamos el tocadiscos, Marie bajaba a investigar y después bailaba conmigo ante la mirada huraña de Robert. Luego, Robert se levantaba dificultosamente del sofá, como un anciano con artritis, y me sustituía sin decir nada. Era el equivalente en Pisquontuit a una misa negra.
Al cabo de tres semanas, Robert se había convertido en un bailarín magnífico y se había enamorado locamente de Marie.
—¿Cómo ha pasado? —me preguntó—. ¿Cómo ha podido pasar?
—Tú eres un hombre y ella es una mujer —respondí.
—Pero somos absolutamente diferentes.
— ¡Vive la diferencia absoluta!
—¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? —repitió, desconsolado.
—Proclamar tu amor.
—¿Por una criada? —preguntó con incredulidad.
—La realeza ha desaparecido o ha pasado a ser una simple palabra, Robert. Los descendientes del vicegobernador de Rhode Island no tienen más opción que casarse con plebeyos. Es como el juego de la silla.
—No tiene ninguna gracia —protestó amargamente.
—Bueno, no te puedes casar con nadie en Pisquontuit, ¿verdad? Ha habido un guardia en el bosque durante tres generaciones y, en la actualidad, todas las personas que están dentro son primos segundos por lo menos. El sistema lleva la semilla de su propia destrucción, salvo que se empiece a mezclar con los chóferes y con las criadas del piso de arriba.
—Recibimos sangre nueva constantemente —alegó Robert.
—No. La sangre nueva se marchó. Volvió a Beacon Hill.
—¿En serio? No lo sabía. Me he fijado en pocas cosas además de Marie. —Se llevó una mano al corazón—. Esta fuerza hace contigo lo que quiere hacer contigo; hace que sientas lo que quiere que sientas.
—Tranquilo, chico, tranquilo —dije, y empecé a interrogar a Marie, con cierta brusquedad, sobre si estaba o no estaba enamorada de Robert.
Por encima del ruido de la aspiradora, me dio respuestas evasivas y equívocas.
—Me siento como si hubiera creado a Robert a partir de la nada —declaró.
—Dice que le has mostrado al salvaje que lleva dentro.
—Eso es lo que quería decir. Que dudo que hubiera un salvaje en él cuando empezamos.
—Qué lástima. Con todas las molestias que se han tomado para mantener a los salvajes a distancia... Ya sabes que, si te casas con él, tendrás un salvaje muy rico.
—De momento, sólo es un bebé en una incubadora —afirmó con malicia.
—Para Robert, la vida está perdiendo todo su sentido. No eres consciente de lo que le estás haciendo. Ya ni siquiera le importa si gana o pierde en el tenis y las regatas.
Mientras yo hablaba del amor de otro y miraba a través de las anchas y azules ventanas del alma de Marie, un anhelo denso e insistente inundó mis sentidos.
—Ni siquiera sonríe cuando alguien pronuncia Pisquontuit como se deletrea —susurré, alargando las últimas sílabas de la frase.
—Supongo que lo siento terriblemente —declaró, picara.
Yo perdí la cabeza. La agarré de la muñeca.
—¿Me amas? —dije con voz baja y ronca.
—Quizás.
—¿Me amas? ¿O no me amas?
—Nunca se sabe con una chica a la que criaron para que fuera afectuosa y amable. Y ahora, permite que esa chica honrada siga con su trabajo.
Me dije a mí mismo que no había visto a una joven tan bella y tan honrada en toda mi vida. Cuando volví con Robert, yo era un rival celoso.
—No puedo comer, no puedo dormir —confesó.
—No me llores en el hombro —estallé—. Ve a hablar con tu padre y cuéntaselo. Que te compadezca él.
—¡Dios mío, no! ¡Menuda idea!
—¿Has hablado alguna vez con él, de alguna cosa?
—Bueno, durante una temporada tuvimos lo que él llamaba conocer al niño —respondió Robert—. Cuando yo era pequeño, solía reservar las noches de los miércoles para eso.
—Muy bien, entonces tienes un precedente para hablar con él. Recrea el espíritu de aquellos días. —Yo quería que se levantara del sofá para poder tumbarme y mirar el techo.
—Pero no se puede afirmar que habláramos exactamente. El mayordomo venía a mi habitación e instalaba el proyector de cine. Después, mi padre subía y proyectaba una película de Mickey Mouse durante una hora. Nos limitábamos a sentarnos en la oscuridad mientras la película pasaba.
—¡Erais uña y carne! ¿Qué puso fin a esa borrachera emocional?
—Una mezcla de cosas. Sobre todo, la guerra. Era jefe del servicio contra incursiones aéreas de Pisquontuit; estaba a cargo de la sirena y de todo, y le exigía mucho... Yo le cogí el tranquillo a pasar los carretes de película sin ayuda de nadie.
—Los niños de este lugar maduran pronto —dije, afrontando un bonito dilema. Como tutor de Robert, tenía la responsabilidad de que madurara; pero su inmadurez era mi mayor ventaja en nuestra rivalidad por Marie. Tras pensarlo mucho, tracé un plan que prometía convertir a Robert en un hombre y arrojar a Marie, libre y sin obstáculo alguno, a mis brazos.
—Marie —dije, tras alcanzarla en el pasillo—. ¿Es Robert? ¿O soy yo?
—¡Ssssss! Baja la voz. Abajo hay una fiesta, y el sonido baja por la escalera.
—¿Te gustaría liberarte de todo esto? —susurré.
—¿Por qué? Me gusta el olor a cera de muebles. Gano más dinero que mi amiga de la fábrica de aviones. Y conozco a gente de clase social muy alta.
—Te estoy pidiendo que te cases conmigo, Marie. Yo nunca me avergonzaría de ti.
Ella dio un paso atrás.
—¿Qué has querido decir con eso? Exijo saber quién se avergüenza de mí.
—Robert —respondió—. Te ama, pero su vergüenza es más fuerte que su amor.
—Pues parece contento de bailar conmigo. Nos lo pasamos bien.
—En privado —puntualicé—. A pesar de todos tus encantos, ¿crees que daría un solo paso de baile, contigo, en el Club Náutico? No lo haría por nada del mundo.
—Lo haría —dijo lentamente— si yo lo quisiera, si yo lo quisiera de verdad.
—Preferiría morir a bailar contigo. ¿Has oído hablar de los borrachos que sólo beben a solas? Pues bien, te has buscado un amante que sólo ama en privado.
La dejé con aquel pensamiento inquietante y me sentí satisfecho cuando, bien entrada la noche, vino a bailar y me lanzó una mirada de desafío. Sin embargo, no hizo nada fuera de lo común hasta que Robert se acercó a sustituirme. Normalmente, pasaba de mí a Robert sin abrir los ojos ni perder el paso. Esta vez se detuvo, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Robert, descendiendo hasta abajo y girando las puntillas de los pies mientras ella se quedaba rígida como un poste de hierro—. ¿Pasa algo malo?
—No —respondió Marie, brusca—. ¿Por qué iba a pasar algo malo?
Más tranquilo, Robert empezó a descender otra vez y a girar las puntillas, pero fracasó de nuevo al intentar que Marie aflojara el cuerpo.
—Pasa algo malo — afirmó él.
—¿Me encuentras atractiva, Robert? —preguntó Marie con frialdad.
—¿Atractiva? ¿Atractiva? —dijo Robert—. ¡Por Dios que sí! Debería haberlo dicho. Se lo diré a todo el mundo.
—¿Tan atractiva como cualquier chica de Pisquontuit de mi edad?
—¡Más! —exclamó Robert, vehemente, mientras retomaba el baile y volvía a fracasar—. ¡Mucho más! ¡Mucho, mucho más! —añadió, renunciando poco a poco a moverse.
—¿Y tengo buenos modales?
—¡Los mejores, Marie! —dijo Robert, perplejo—. Los mejores, rotundamente.
—Entonces, ¿por qué no me llevas al próximo baile del Club Náutico?
Robert se quedó tan rígido como ella.
—¿El Club Náutico? ¿El Club Náutico de Pisquontuit?
—El mismo.
—Marie te está preguntando —intervine yo, servicial— si eres un hombre o un ratón. ¿La vas a llevar al baile del Club Náutico? ¿O tiene que salir de tu vida para siempre y marcharse a la fábrica de aviones?
—En la fábrica de aviones necesitan una buena chica —comentó Marie.
—Nunca hubo una chica mejor —dije yo.
—En la fábrica de aviones, no se avergüenzan de sus chicas —dijo Marie—. Tienen picnics, fiestas de Navidad, despedidas de solteras y todo tipo de cosas... y los capataces, los jefes, el encargado y el interventor van a todas las fiestas, bailan con las chicas y se lo pasan bien. El interventor suele llevar a mi amiga a todas partes.
—¿Qué hace un interventor? —preguntó Robert, ganando tiempo.
—No lo sé, pero sé que se gana el pan con el sudor de su frente y que no ama sólo en privado.
Robert se quedó sin habla.
—¿Hombre? ¿O ratón? —dije yo, volviendo al tema original.
Robert se mordió el labio y, por fin, masculló algo que no pudimos entender.
—¿Qué has dicho? —preguntó Marie.
—Ratón —contestó Robert con un suspiro—. He dicho ratón.
Ratón —repitió Marie, suavemente.
—No lo pronuncies así —declaró Robert, desolado.
—¿Es que hay otra manera de decir ratón? —dijo Marie—. Buenas noches.
La seguí hasta el pasillo y dije:
—Bueno, ha sido duro para él, pero...
—Marie... —Robert apareció en la puerta, pálido—. No te gustaría. Lo odiarías. Lo pasarías terriblemente mal. Todo el mundo lo pasa terriblemente mal. Por eso he dicho ratón.
—Mientras suene la música y el caballero se enorgullezca de su dama, lo demás no importa —dijo Marie.
—Hum —dijo Robert. Volvió al salón y oímos crujir los muelles del sofá.
—¿Qué estabas diciendo? —preguntó Marie.
—Estaba diciendo que hacerlo pasar por esto ha sido duro —contesté—; pero a largo plazo, le hará bien. Se reconcomerá durante años, pero existe la posibilidad de que al final se convierta en el primer ser humano íntegro de la historia de Pisquontuit. Será una reacción larga, lenta y profunda.
—Escucha. Está hablando solo. ¿Qué dice?
—Ratón, ratón, ratón —decía Robert—. Ratón, ratón...
—Hemos encendido la mecha de una bomba espiritual de relojería —dije yo.
—Ratón, hombre, ratón, hombre... —continuó Robert.
—Y dentro de un par de años —añadí—, ¡pum!
—¡Hombre! —gritó Robert—. ¡Hombre, hombre, hombre! —Se había levantado y corría hacia el pasillo—. ¡Hombre! —exclamó como un salvaje antes de inclinar a Marie hacia atrás y besarla apasionadamente.
Después, la puso derecha y la llevó por las escaleras, hasta el segundo piso.
Yo los seguí, consternado.
—Robert —dijo Marie, asustada—, ¿qué pasa?
Robert golpeó la puerta del dormitorio de sus padres.
—Ya lo verás. ¡Le voy a decir a todo el mundo que eres mía!
—Oye, Robert —intervine—, tal vez deberías calmarte un poco y...
—¡Ajajá! ¡El gran desenmascarador de ratones! —exclamó, desaforado, y me derribó de un puñetazo—. ¿Qué te ha parecido eso? No está mal para un ratón, ¿verdad? —Volvió a golpear la puerta—. ¡Levantaos de la cama!
—No quiero ser tuya —declaró Marie.
—Iremos al Oeste, a alguna parte, y criaremos ganado o sembraremos soja —bramó Robert.
—Yo sólo quería ir a bailar al Club Náutico —susurró Marie, con temor.
—¿Es que no lo entiendes? —preguntó Robert—. ¡Soy tuyo!
—Pero yo soy de él —dijo Marie, señalándome. Se apartó de él y corrió escaleras arriba hacia su habitación, con Robert pisándole los talones. Cerró la puerta de golpe y echó el cerrojo.
Yo me levanté lentamente y me froté la mejilla dolorida.
La puerta del dormitorio del señor y la señora Brewer se abrió de repente. El señor Brewer se quedó en la entrada, mirándome fijamente, con la lengua entre los dientes.
—¿Y bien? —dijo.
—Yo... Esto... —acerté a decir con una sonrisa pétrea—. No importa, señor.
—¿Que no importa? —rugió—. ¿Golpea la puerta como si hubiéramos llegado al fin del mundo y ahora dice que no importa? ¿Está borracho?
—No, señor.
—Pues yo tampoco lo estoy. Mi mente está tan despejada como el cielo, y usted está despedido. —Cerró de un portazo.
Regresé a la suite que compartía con Robert y empecé a caminar de un lado a otro. Robert estaba tumbado otra vez en el sofá, mirando el techo.
—Ella también está haciendo las maletas —anunció.
—¿Qué?
—Supongo que os casaréis, ¿verdad?
—Supongo que sí. Tendré que buscar otro trabajo.
—Deberías dar gracias por lo que tienes. Le podría pasar a cualquiera, pero te ha pasado a ti.
—Tranquilízate un poco, ¿quieres?
—De todas formas, no quiero saber nada más de Pisquontuit —afirmó.
—Creo que haces bien.
—Me estaba preguntando si Marie y tú me podrías hacer un favorcito antes de que os vayáis.
—Lo que quieras.
—Me gustaría bailar con ella en la escalera. —Robert entrecerró los ojos y le brillaron como cuando lo sorprendí bailando un tango a solas—. Ya sabes, como Fred Astaire.
—Eso está hecho. No me lo perdería por nada del mundo.
El volumen del tocadiscos estaba al máximo y las veintiséis habitaciones del chalet Brewer latían al alba con el ritmo de la música.
Robert y Marie, una bonita pareja, se doblaron hacia el suelo y retorcieron las puntillas de los pies mientras bajaban por la escalera de caracol. Yo los seguí con mi equipaje y el de Marie.
De nuevo, el señor Brewer salió bruscamente de su habitación, con la lengua entre los dientes.
—¡Bubs! ¿Qué significa esto?
Cada vez que relleno una solicitud de trabajo, pienso que la respuesta de Robert a la pregunta de su padre fue innecesariamente heroica. Si no lo hubiera dicho, la actitud del señor Brewer hacia mí se habría suavizado con el tiempo. Pero ahora, cuando tengo que escribir su nombre, el de mi último jefe, lo emborrono con el pulgar con la esperanza de que mis patrones potenciales acepten mi sonrisa honrada como referencia suficiente.
—Significa, señor —respondió Robert—, que debería dar las gracias a mis dos amigos, aquí presentes, por haber sacado a su hijo de entre los muertos.




En Mientras los mortales duermen (cuentos)
Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez
Copyright © 2011, Kurt Vonnegut
Título original While Mortals Sleep
Ilustración: © Kurt Vonnegut/Origami Express, LLC
Foto: Dmitri Kasterine, London 1981

10 ago. 2009

Kurt Vonnegut - Síndrome de abstinencia

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Publicado en These Times el 10 de mayo de 2004

Hace muchos años era yo tan inocente que todavía consideraba posible que llegáramos a ser el Estados Unidos humano y razonable con el que muchos miembros de mi generación soñábamos. Soñamos con un país así durante la Gran Depresión, cuando no había empleos, y luego combatimos y con frecuencia morimos por ese sueño en la Segunda Guerra Mundial, cuando no había paz.

Pero ahora sé que no existe ni una mendiga posibilidad de que Estados Unidos se vuelva considerado y razonable. Porque el poder nos corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los seres humanos son chimpancés que se emborrachan de poder hasta la locura. Al decir que nuestros líderes son chimpancés ebrios de poder, ¿corro el riesgo de arruinar la moral de nuestros soldados que combaten y mueren en Medio Oriente? Su moral, como muchos cuerpos, ya ha estallado en pedazos. Los tratan -como nunca me trataron a mí- cual juguetes que le regalaron de Navidad a un niño rico.

Cuando ustedes lleguen a mi edad, si es que llegan -tengo 81 años-, y si para entonces se han reproducido, se verán preguntándoles a sus hijos, que serán ya de edad madura, de qué se trata la vida. Yo tengo siete hijos, cuatro adoptivos. Muchos de ustedes que me leen ahora tienen tal vez la edad de mis nietos. A ellos, como a ustedes, los engatusaron y les mintieron de regia manera las corporaciones y el gobierno surgidos de la generación del Baby Boom. 1

Le pregunté sobre la vida a Mark, mi hijo biológico. Mark es pediatra, autor de unas memorias, The Eden Express, en las que narra su colapso, con camisa de fuerza y celda de paredes acolchonadas, del cual se recuperó lo suficiente para recibirse en la escuela de medicina en Harvard.

El doctor Vonnegut le dijo a su decrépito papi: "Papá, estamos aquí para ayudarnos unos a otros a cruzar esta cosa, sea lo que sea". Así que se las paso al costo. Escríbanla y pónganla en su computadora, para que puedan olvidarla.

Debo decir que la frasecita muerde bien, casi tanto como aquella de "Trata a los demás como quisieras que te trataran a ti". Muchos creen que la dijo Jesús, porque se parece mucho a las cosas que le gustaba decir. Pero en realidad la dijo Confucio, el filósofo chino, 500 años antes de que existiera el más grande y humanitario de los seres humanos, de nombre Jesucristo.

Además de eso los chinos nos legaron, vía Marco Polo, la pasta y la fórmula de la pólvora. Los chinos eran tan tontos que sólo usaban la pólvora para hacer fuegos artificiales. Y todo el mundo era tan tonto entonces que nadie en ningún hemisferio sabía que había otro.

Pero regresemos a personas, como Confucio y Jesús y mi hijo el doctor, Mark, que han dicho cómo podríamos portarnos más humanitarios y tal vez hacer de este mundo un lugar menos doloroso. Una de mis favoritas es Eugene Debs, de Terre Haute, en mi estado natal de Indiana. Échense ésta:

Eugene Debs, quien murió en 1926, cuando yo tenía cuatro años, fue cinco veces candidato a la presidencia por el Partido Socialista, y en 1912 obtuvo 900 mil votos, 6 por ciento, en 1912, si pueden ustedes imaginar semejante resultado. Durante su campaña dijo: "Mientras haya una clase baja, yo estoy en ella. Mientras haya un elemento criminal, soy parte de él. Mientras alguna alma desfallezca en prisión, no soy libre."

¿No les dan ganas de vomitar con todo lo que huela a socialismo? ¿Por ejemplo escuelas públicas dignas y seguro médico para todos? ¿Y el Sermón de la Montaña de Jesús, las Bienaventuranzas?

Bienaventurados los humildes porque ellos heredarán la Tierra

Bienaventurados los misericordiosos porque para ellos habrá misericordia.

Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Y así por el estilo.

No son precisamente puntos de la plataforma republicana. Ni frases estilo Donald Rumsfeld y Dick Cheney. Por alguna razón, los más grandilocuentes cristianos entre nosotros nunca mencionan las Bienaventuranzas. Pero con cuánta frecuencia, con lágrimas en los ojos, exigen que los Diez Mandamientos se fijen en carteles en los edificios públicos. Por supuesto ése fue Moisés, no Jesús. Nunca he sabido que alguno exija que el Sermón de la Montaña, las Bienaventuranzas, se fije en sitio alguno.

¿"Bienaventurados los misericordiosos", en un juzgado? "¿Bienaventurados los que buscan la paz", en el Pentágono?

¡No me chinguen!

Hay una trágica deficiencia en nuestra preciosa Constitución, y no sé qué podamos hacer para enmendarla. Es ésta: sólo los chiflados quieren la presidencia. Pero si lo pensamos tantito, sólo un chiflado o chiflada desearían ser humanos si tuvieran opción. ¡Así de traicioneros, poco fiables, mentirosos y ambiciosos animales somos!

Nací ser humano en el año 1922 dc. ¿Qué significa "dc"? Conmemora a un interno de este manicomio que llamamos Tierra, que fue clavado a una cruz de madera por un grupo de otros internos. Todavía consciente, le martillaron clavos a través de las muñecas y los empeines hasta penetrar la madera. Luego enderezaron la cruz, de modo que él colgara donde hasta la persona más bajita de la multitud pudiera verlo retorcerse de un lado a otro.

¿Pueden imaginar que la gente le haga esto a una persona? No hay problema. Eso es entretenimiento. Pregúntenle al devoto católico Mel Gibson, quien, en un acto de piedad, acaba de ganar una fortuna con una película sobre la forma en que torturaron a Jesús. Lo que dijo Jesús no importa para nada.

Durante el reinado de Enrique VIII, fundador de la Iglesia anglicana, el monarca mandó hervir vivo en público a un falsificador. Otra vez el negocio del espectáculo.

La siguiente película de Mel Gibson debería ser El falsificador. Una vez más se romperán todos los récords de taquilla.

Una de las pocas cosas buenas de los tiempos modernos es que si mueres horriblemente por televisión, no habrás muerto en vano. Nos habrás entretenido.

¿Y qué fue lo que el historiador británico Edward Gibbon, 1737-1794 dc, comentó sobre la trayectoria de la humanidad hasta sus tiempos? Dijo: "La historia en realidad es poco más que el registro de los crímenes, delirios e infortunios de la humanidad".

Los mismo puede decirse de la edición de hoy del New York Times.

El escritor franco-argelino Albert Camus, ganador del Nobel de Literatura 1957, escribió: "Sólo existe un problema filosófico realmente serio: el suicidio". He aquí otra carretada de risas provocada por la literatura. Camus murió en un accidente automovilístico. ¿Sus fechas? 1913-1960 dc.

Escuchen. Toda gran literatura se refiere a lo deprimente que es el ser humano: Moby Dick, Huckleberry Finn, La Ilíada, La Odisea, Crimen y castigo, La Biblia, La carga de la brigada ligera.

Pero algo tengo que decir en defensa de la humanidad: en cualquier época de la historia, incluido el Edén, el ser humano sólo llegó allí. Y excepto en el Edén, ya estaban en marcha todos esos jueguitos locos, los cuales podían empujarlo a uno a actuar con locura aunque al principio no hubiera estado loco. Algunos de los juegos que ya estaban en marcha cuando ustedes llegaron eran el amor y el odio, el liberalismo y el conservadurismo, los automóviles y las tarjetas de crédito, el golf y el basquetbol femenil.

Más loca que el golf, sin embargo, es la moderna política estadunidense, en la cual, gracias a la televisión y en beneficio de ella, sólo podemos ser uno de dos tipos de seres humanos: liberales o conservadores.

En realidad, esto mismo le ocurría a la gente de la Inglaterra de varias generaciones atrás. Sir William Gilbert, del radical dueto de compositores Gilbert y Sullivan, escribió al respecto una letra de canción:

La naturaleza siempre se las ingenia
Para que todo chico y toda chica
Que nace vivo en el mundo
Sea un pequeño liberal
O un pequeño conservador. 2

¿De cuáles son ustedes, en este país? ¿Es prácticamente una ley de la vida que se tiene que ser lo uno o lo otro? Si no son lo uno ni lo otro, entonces tal vez sean donas. 3

Si algunos de ustedes todavía no se deciden, se las pongo fácil. Si me quieren quitar mis armas, y están de acuerdo en asesinar fetos, y les encanta que los homosexuales se casen y hasta les quieren regalar electrodomésticos en sus despedidas de solteros, y están en favor de los pobres, son ustedes liberales. Si están en contra de todas esas perversiones y en favor de los ricos, son conservadores. ¿Qué puede ser más sencillo?

Mi gobierno ha declarado la guerra a las drogas. Pero capten esto: las dos sustancias de las que más se abusa, las más adictivas y destructoras, son perfectamente legales.

Una, por supuesto, es el alcohol etílico. Y el presidente George W. Bush, ni más ni menos -así lo admitió en persona-, anduvo de borrachote, empinando el codo, perdido en el alcohol buena parte del tiempo entre los 16 años y los 41. Cuando cumplió 41, eso dice, Jesús se le apareció y lo conminó a dejar de regar la salsa y no seguir atragantándose con agua de colonia.

Otros ebrios ven elefantes rosas.

¿Y saben por qué creo que está tan encabronado con los árabes? Inventaron el álgebra. También inventaron los números que usamos, inclusive el símbolo de la nada, algo que nadie había hecho. ¿Creen ustedes que los árabes son idiotas? Intenten hacer divisiones largas con números romanos.

Pero estamos difundiendo la democracia, ¿cierto? Del mismo modo en que los exploradores europeos trajeron la cristiandad a los indígenas, esos que ahora llamamos "nativos americanos".

¡Qué ingratos fueron! Cuán ingratos son hoy los habitantes de Bagdad.

Así que otorguemos otra rebaja de impuestos a los súper ricos. Eso le dará a Bin Laden una lección que nunca olvidará. Loor al Jefe. Ese jefe y sus cohortes tienen tan poco que ver con la democracia como los europeos con la cristiandad. Nosotros, el pueblo, no tenemos voz ni voto en lo que decidan hacer. En caso de que no lo hayan notado, ya vaciaron las arcas y les pasaron el tesoro a sus compinches en las tranzas de la guerra y la seguridad nacional, y dejaron a la generación de ustedes, y a la siguiente, con una deuda perfectamente enorme que les pedirán pagar a ustedes.

Ninguno de ustedes dijo ni pío cuando les hicieron esto, porque desconectaron todas las alarmas contra robos que existen en la Constitución: la Cámara de Representantes, el Senado, la Suprema Corte, la FBI, la prensa libre (que como está tan infiltrada se olvidó de la Primera Enmienda) y la soberanía del pueblo.

Sobre mi historia personal de abuso de sustancias extrañas. He sido un cobarde en cuanto a la heroína, la cocaína, el lsd y otras por el estilo, porque me da miedo que me lleven más allá del límite. Me fumé algún carrujo de mariguana una vez con Jerry García y el Grateful Dead, sólo para ser sociable. No me pareció gran cosa, así que no volví a probarla. Por la gracia de Dios o por lo que sea no soy alcohólico, cuestión de genes en gran parte. Me tomo un par de copas de vez en cuando y lo voy a hacer de nuevo hoy en la noche. Pero dos es mi límite. No hay problema.

Por supuesto, es notorio que estoy colgado del cigarrillo. Conservo la confianza en que un día me mate. Fuego en un extremo y un idiota en el otro.

Pero les diré algo: una vez tuve una pasión que ni el crack puede igualar. Fue cuando me dieron mi licencia de manejo. ¡Cuidado todo el mundo, ahí viene Kurt Vonnegut!

Y mi carro de entonces, un Studebaker, según recuerdo, adquiría su potencia -como todos los medios de transporte y otras máquinas, como las plantas de energía eléctrica y los grandes hornos-, de la droga más adictiva y destructora de todas, y de la que más se abusa: los combustibles fósiles.

Cuando ustedes llegaron a este mundo, e incluso cuando yo llegué, ya el mundo industrializado estaba colgado sin remedio de los combustibles fósiles, y muy pronto no quedará ninguno. Se vendrá el síndrome de abstinencia.

¿Puedo decirles la verdad? Digo, no estamos en un noticiero de la tele, ¿verdad?

He aquí lo que para mí es la verdad: todos somos adictos a los combustibles fósiles, a punto de entrar al síndrome de privación, de que nos entre el mono, la pálida, la fría, la ericez.

Y como tantos otros adictos a punto de que les entre el mono, nuestros líderes cometen crímenes violentos para apoderarse de lo poquito que quede de aquello de lo que están colgados.



Notas

[1] La generación del Baby Boom (o explosión de la natalidad) fue la de la postguerra, que desplegó por primera vez en la historia un movimiento cuasi global de rebeldía, con manifestaciones en lo político, lo cultural, el erotismo, cuestionando la sociedad de consumo y la vida cotidiana. Es la generación del 68, la del rock y los movimientos hippie y yippie, la "contracultura" y la experimentación con drogas, las comunas y los movimientos estudiantiles y guerrilleros. Paradójicamente, muchos de los miembros de dicha generación terminaron en puestos de poder en corporaciones multinacionales y gobiernos. En cierta forma, los cuadros actuales en el poder provienen de la generación del Baby Boom. (N de T.)

[2] Versión bastante libre de la letra citada.

[3] Donuts.


Traducción: Ramón Vera Herrera



2 oct. 2007

Kurt Vonnegut - Purgatorio

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Respecto a ese purgatorio mío en la ciudad de Nueva York: lo padecí durante quince años.

Desaparecí de Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial. Reaparecí –nadie me reconoció– en Greenwich Village. Allí alquilé un apartamento deprimente en la azotea de un edificio. Las ratas chillaban y arañaban las paredes. Seguí viviendo en esa buhardilla hasta hace un mes, cuando me trajeron a Israel para el juicio.

Pero había algo agradable en mi buhardilla ratonera. La ventana del fondo daba a un pequeño parque privado, un minúsculo Edén formado por la conjunción de los fondos de varias casas. Ese parque, ese Edén, quedaba aislado de las calles por los edificios circundantes.

Era lo bastante grande como para que los niños de la vecindad jugaran al escondite en él.

A menudo oía un grito que provenía de aquel pequeño Edén; un grito de niño que siempre me detenía a escuchar. Era el dulce y triste grito que significaba la terminación del juego del escondite: los que todavía permanecían escondidos debían salir de sus escondites y ya era la hora de volver a casa.

El grito era: ¡Li-li-liii-breees tooo-dos!

Y yo escondido de mucha gente que quizá pretendiese herirme o matarme, deseaba que alguien también me gritase lo mismo y acabase aquel interminable juego mío del escondite con un dulce y triste

–¡Li-li-li-liii-breeees tooo-dos!


Madre noche, capítulo 6