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31 ene. 2015

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Descarga: Voltaire - Cartas filosóficas

Las Cartas inglesas o Cartas filosóficas de Voltaire provocaron un enorme escándalo al momento de su publicación, en 1734. La idea general es presentar a Inglaterra como un país modelo, frente a una Francia sumergida en la superstición religiosa. Precisamente, las cartas son en primer lugar una defensa de la tolerancia religiosa. Para la clase media -la burguesía- estas cartas no provocaron el escándalo que despertaron en la nobleza y, por el contrario, fueron uno de los antecedentes de las nuevas ideas de igualdad y libertad que se cristalizarían en 1789.

2 may. 2014

Descarga: Voltaire - Diccionario filosófico

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El presente volumen ofrece una cuidada edición de esta obra clave de la Ilustración, surgida en el círculo de intelectuales reunido en torno a la figura de Federico de Prusia. En sus voces, Voltaire analiza un amplio abanico de cuestiones que van de la estética a la política, con especial hincapié en el hecho religioso, al que dedica buena parte de su penetrante reflexión. El resultado es un libro fundamental del pensamiento moderno, cuya lectura sigue manteniendo en la actualidad buena parte de su vigencia.

26 sept. 2012

Voltaire: Sobre los pensamientos del Sr. Pascal (Apéndices I y II)

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Apéndice I 
Suplemento añadido en la edición de 1742

LVIII. «No se pasa en el mundo por entendido en versos si no se sienta plaza de poeta, ni por ser hábil en matemáticas, si no se la sienta de matemático, pero la verdadera gente de bien no quiere sentar plaza de nada.»

Según esto, ¿estaría mal tener una profesión, un talento marcado y destacar en él? Virgilio, Homero, Corneille, Newton, el marqués del Hospital, sentaron una plaza. ¡Dichoso quien destaca en un arte y entiende algo en los otros!

LIX. «El pueblo tiene opiniones muy sanas: por ejemplo, haber escogido la diversión y la suerte en lugar de la poesía, etc..»

Tal parece que se le haya propuesto al pueblo jugar a la bola o hacer versos. No, sino que los que tienen órganos groseros buscan placeres en los que el alma no interviene para nada; y los que tienen un sentimiento más delicado quieren placeres más finos: todo el mundo tiene que vivir.

LX. «Aunque el universo aplastase al hombre, éste seria aún más noble que lo que le mata, porque sabe que muere;y de la ventaja que el universo tiene sobre él, el universo nada sabe.»

¿Qué quiere decir esa palabra noble? Es muy cierto que mi pensamiento es otra cosa, por ejemplo, que el globo del sol; pero ¿está bien probado que un animal, porque tiene algunos pensamientos, es más noble que el sol que anima todo lo que conocemos de la naturaleza? ¿Le corresponde al hombre decidir? Es juez y parte. Se dice que una obra es superior a otra cuando ha costado más esfuerzo al obrero y es de un uso más útil; pero ¿ha costado menos al Creador hacer el sol que modelar un pequeño animal de alrededor de cinco pies de alto, que razona bien o mal? ¿Qué es más útil en el mundo, este animal o el astro que ilumina tantas esferas? Y ¿en qué unas cuantas ideas recibidas en un cerebro son preferibles al universo material?

LXI. «Elíjase la condición que se prefiera y reúnanse en ella todos los bienes y las satisfacciones que parecen poder contentar a un hombre; si quien se haya puesto en ese estado está sin ocupación ni diversión y se le deja reflexionar sobre lo que es, esa felicidad languideciente no le sustentará.»

¿Cómo se pueden reunir todos los bienes y todas las satisfacciones en torno a un hombre, y dejarle al mismo tiempo sin ocupación ni diversión? ¿No hay aquí una contradicción bien patente?

LXII. «Déjese a un rey completamente solo, sin ninguna satisfacción de los sentidos, sin ningún cuidado en su espíritu, sin compañía, pensar en sí mismo a su gusto, y se verá que un rey que se ve es un hombre lleno de miserias, y que las padece como cualquier otro.»

Siempre el mismo sofisma. Un rey que se retira para pensar está entonces ocupado; pero si no detuviese su pensamiento más que sobre sí, diciéndose a sí mismo: «Reino», y nada más, sería un idiota.

LXIII. «Toda religión que no reconoce a Jesucristo es notoriamente falsa, y los milagros no le pueden servir de nada.»

¿Qué es un milagro? Sea cual fuere la idea que pueda uno formarse de él, es una cosa que sólo Dios puede hacer. Ahora bien, aquí se supone que Dios puede hacer milagros para sostener a una falsa religión. La cosa merece ser profundizada; cada una de estas cuestiones puede llenar un volumen.

LXIV. «Se ha dicho: 'Creed en la Iglesia'; pero no se ha dicho: 'Creed en los milagros', a causa de que lo último es natural y no así lo primero. Lo uno tenía necesidad de precepto y lo otro, no.»

He aquí, según creo, una contradicción. Por un lado, los milagros, en ciertas ocasiones, no deben servir de nada; y, por otro, se debe creer tan necesariamente en los milagros, son una prueba tan convincente, que no ha hecho falta ni siquiera recomendar dicha prueba. Esto es seguramente decir el pro y el contra.

LXV. «No veo que haya más dificultad en creer en la resurrección de los cuerpos y en el parto de la Virgen que en la creación. ¿Es más difícil reproducir un hombre que producirlo?»

Se puede encontrar, por mero razonamiento, pruebas de la creación, pues, viendo que la materia no existe por sí misma y no tiene movimiento por sí misma, etc., se llega a conocer que debe haber sido necesariamente creada; pero no se alcanza, por el razonamiento, a ver que un cuerpo siempre cambiante deba ser resucitado un día, tal como era en los tiempos mismos en que cambiaba. El razonamiento no conduce tampoco a ver que un hombre deba nacer sin germen. La creación es, pues, un objeto de razón; pero los otros dos milagros son un objeto de la fe. A 10 de Mayo de 1738.

He leído, hace poco, unos Pensamientos, de Pascal, que no habían aparecido todavía. El P. Desmoléis los ha obtenido escritos por la mano de ese ilustre autor, y los ha hecho imprimir. Me parecen confirmar lo que yo ya he dicho antes, que ese gran genio había lanzado al azar todas esas ideas, para reformar una parte y emplear otra, etc.
Entre estos últimos Pensamientos, que los editores de las Obras de Pascal habían rechazado de la recopilación, me parece que hay muchos que merecían ser conservados. He aquí algunos que ese gran hombre hubiera debido, según creo, corregir.

LXVI. «En todas las ocasiones, en que una proposición es inconcebible, no por eso hay que negarla, sino examinar la contraria, y si se la encuentra manifiestamente falsa, se puede afirmar la contraria por incomprensible que sea.»

Me parece que es evidente que los dos contrarios pueden ser falsos. Un buey vuela hacia el sur con alas, un buey vuela hacia el norte sin alas; veinte mil ángeles mataron ayer veinte mil hombres, veinte mil hombres mataron ayer veinte mil ángeles: estas proposiciones contrarias son evidentemente falsas.

LXVII. «¡Vanidad de la pintura, que atrae la admiración por el parecido de las cosas cuyos originales no se admiran!.»

No es en la bondad del carácter de un hombre en lo que consiste seguramente el mérito de su retrato: es el parecido. Se admira a César en un sentido, y a su estatua o imagen sobre un lienzo, en otro sentido.

LXVIII. «Si los médicos no tuviesen sotanas y muías, si los doctores no tuviesen birretes cuadrados y ropones muy anchos, no habrían nunca tenido la consideración que tienen en el mundo.»

Por el contrario, los médicos no han dejado de ser ridículos, no han adquirido una verdadera consideración hasta que han abandonado esas libreas de pendantería; los doctores no son recibidos en el mundo, entre la gente de bien, más que cuando están sin birrete y sin argumentos.
Incluso hay países en los que la magistratura se hace respetar sin pompas. Hay reyes cristianos muy bien obedecidos que descuidan la ceremonia de la consagración y de la coronación. A medida que los hombres adquieren más luces, el aparato se hace más inútil; ya sólo es necesario a veces para el pueblo bajo; ad populum phaleras.

LXIX. «Según esas luces naturales, si hay un Dios es absolutamente incomprensible, puesto que no teniendo partes, ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros; somos pues incapaces de conocer ni lo que es ni lo que no es.»

Es extraño que el Sr. Pascal haya creído que se podía adivinar el pecado original por la razón, y que diga que no se puede conocer por la razón si Dios existe. Es, aparentemente, la lectura de este pensamiento lo que incitó al P. Hardouin a poner a Pascal en su ridicula lista de los ateos; Pascal hubiera manifiestamente rechazado esta idea, puesto que la combate en otros sitios. En efecto, estamos obligados a admitir cosas que no conocemos; yo existo, luego algo existe desde toda la eternidad, es una proposición evidente; empero, ¿comprendemos la eternidad?

LXX. «¿Creéis que sea imposible que Dios sea infinito sin partes? Sí. Quiero, pues, haceros ver una cosa infinita e indivisible: un punto que se mueve por doquiera con una velocidad infinita; pues está en todas partes y todo entero en cada lugar.»

Hay cuatro falsedades palpables:
1.° Que un punto matemático exista solo.
2.° Que se mueva a derecha y a izquierda al mismo tiempo.
3.° Que se mueva con una velocidad infinita, pues no hay velocidad tan grande que no pueda ser aumentada.
4.° Que esté todo entero en todas partes.

LXXI. «Homero compuso una novela y la dio por tal. Nadie dudaba de que Troya y Agamenón no habían existido más que la manzana de oro.»

Nunca ningún escritor ha puesto en duda la guerra de Troya. La ficción de la manzana de oro no destruye la verdad de fondo del asunto. La ampolla traída por una paloma y la oriflama por un ángel no impiden que Clovis haya efectivamente reinado en Francia. LXXII. «No intentaré probar aquí por razones naturales la existencia de Dios, o la Trinidad, o la inmortalidad del alma, porque no me sentiría capaz de encontrar en la naturaleza con qué convencer a los ateos empedernidos.»

¿Es posible una vez más, que sea Pascal quien no se siente lo bastante fuerte como para probar la existencia de Dios?

LXXIII. «Las opiniones relajadas gustan tanto a los hombres naturalmente, que es raro que les disgusten.»

¿No prueba la experiencia, por el contrario, que no se tiene crédito sobre el espíritu de los pueblos, sin proponiéndoles lo difícil, incluso lo imposible de hacer y de creer? Los estoicos fueron respetados porque aplastaban la naturaleza humana. No propongáis más que cosas razonables y todo el mundo responde: «Eso ya lo sabíamos». No vale la pena de estar inspirado para ser vulgar; pero mandad cosas duras, impracticables; pintad a la Divinidad siempre armada de rayos; haced correr la sangre ante sus altares; seréis escuchado por la multitud y todo el mundo dirá de vos: «Es preciso que tenga razón, puesto que proclama tan audazmente cosas tan extrañas».


***


Apéndice II  
Últimas acotaciones escritas en 1777, con motivo de la edición 
de los Pensamientos preparada por Condorcet


I. «Lo que va más allá de la geometría nos rebasa, y sin embargo es necesario decir algo sobre ello, aunque sea imposible practicarlo.»

Si es imposible ponerlo en práctica, es por tanto inútil hablar de ello.

II. «No se reconocen en geometría más que las definiciones que los lógicos llaman definiciones de nombres, es decir, las solas imposiciones de nombre a las cosas que han sido claramente designadas en términos perfectamente conocidos; y yo no hablo solamente más que de ésas.»

Eso no es nada más que una nomenclatura, no es una definición. Quiero designar un gran pájaro, de un plumaje negro o gris, pesado, que camina gravemente, al que se lleva a pastar en rebaño, que lleva una excrecencia de carne roja sobre el pico, cuya pata carece de espolón, que lanza un grito penetrante, que abre su cola como el pavo real abre la suya, aunque la del pavo real sea mucho más larga y hermosa. Ya tenemos a este pájaro definido. Es un pavo común; ya lo tenemos nombrado. No veo que haya en esto nada de geométrico.

III. «Parece que las definiciones son algo muy libre, y que nunca están sujetas a contradicción, pues no hay nada tan permitido comodar a una cosa que se haya designado claramente el nombre que se quiera.»

Las definiciones no son libres en absoluto, es preciso inexcusablemente definir per genus propium et per differen-tiam proximam. Lo que es libre es el nombre.

IV. «Parece que los hombres padecen una impotencia natural e inmutable para tratar la ciencia que sea en un orden absolutamente cumplido; pero de esto no se deduce que haya que abandonar todo tipo de orden.»

Los hombres no padecen ninguna impotencia insuperable para definir lo que conocen de los objetos de sus pensamientos, y esto es bastante para razonar consecuentemente.

V. «Ella (la geometría) no define ninguna de esas cosas, espacio, tiempo, movimiento, número, igualdad, ni otras semejantes que hay en gran número porque esos términos designan tan naturalmente las cosas que significan a los que entienden la lengua, que la elucidación que se quisiera hacer aportaría más oscuridad que instrucción.»

Apolonio, ciertamente gran geómetra, quería que se definiese todo eso. Un principiante tiene necesidad de que se le diga: el espacio es la distancia de una cosa a otra; el movimiento es el transporte de un sitio a otro; el número es la unidad repetida; el tiempo es la medida de la duración. Este artículo merecería ser refundido por el genio de Pascal.

VI. «El arte de persuadir consiste tanto en el de agradar como en el de convencer, hasta tal punto los hombres se gobiernan más por capricho que por razón. Pues bien, de estos dos métodos, el uno de convencer, el otro de agradar, no daré aquí más que las reglas del primero, y eso en el caso de que se hayan acordado los principios y de que se permanezca firme en confesarlos; de otro modo, no sé si habría algún arte para acomodar las pruebas a la inconstancia de nuestros caprichos. La manera de agradar es, sin comparación, mucho más difícil, más sutil, y más admirable: de tal forma que si trato de ella, es porque no soy capaz, y porque me siento tan desproporcionado que creo que para mí la cosa es absolutamente imposible.»

La he encontrado muy posible en las «Provinciales»(1).

VII «Hay un arte, y es el que yo doy, para hacer ver la conexión de las verdades con sus principios, sea de lo verdadero, sea del placer, siempre que los principios que se han admitido una vez permanezcan firmes y sin verse nunca desmentidos; pero como hay pocos principios de esta clase, y fuera de la geometría, que no considera más que figuras muy sencillas, no hay casi verdades con las que siempre permanezcamos de acuerdo, y aún menos objetos de placer de los que no cambiemos inmediatamente, no sé si hay medio de dar reglas firmes para conciliar los discursos con la inconstancia de nuestros caprichos. Este arte, que llamamos el arte de persuadir, y que no es propiamente más que la manera de actuar de las pruebas metódicas y perfectas, consiste en tres partes esenciales: en explicar los términos de los que uno debe servirse por medio de definiciones claras, en proponer principios o axiomas evidentes para probar las cosas de las que se trata, y en sustituir siempre mentalmente, en la demostración, lo definido por la definición.»

Pero eso no es el arte de persuadir, es el arte de argumentar.

VIII. «Respecto a la primera objección, que es la de que estas reglas son ya conocidas en el mundo, que es preciso definirlo y probarlo todo, y que incluso los lógicos las han puesto entre los preceptos de su arte, quisiera que la cosa fuera verdadera, y que fuese tan conocida que yo no hubiese tenido el trabajo de buscar con tanto cuidado la fuente de todos los defectos de nuestros razonamientos.»

Locke, el Pascal de los ingleses, no pudo leer a Pascal. Éste apareció después de ese gran hombre y sus pensamientos han visto la luz, por vez primera, más de medio siglo después de la muerte de Locke. Sin embargo Locke, ayudado sólo por su gran sentido común, dijo siempre: Definid los términos.

IX. «De este modo, la lógica ha tomado quizás las reglas de la geometría, sin comprender su fuerza; y poniéndolas así al azar entre las que le son propias, de esto no se sigue que ellos hayan entrado en el espíritu de la geometría; y si no diesen otras muestras de esto más que el haberlo dicho de paso, yo estaría muy lejos de ponerlo con los geómetras, que enseñan la verdadera manera de conducir la razón. Estaré por el contrario más bien dispuesto a excluirlas, y casi de modo inapelable, pues haber dicho de pasada y sin advertencia que todo está encerrado ahí dentro, y, en lugar de seguir esas luces, desviarse hasta perderse de vista tras investigaciones inútiles, por correr tras lo que ellos ofrecen y no pueden dar, es verdaderamente mostrar que no se es muy clarividente, y mucho menos que si se hubiera dejado de seguirlas porque no se ha las había percibido.»

¿Quién es ese las? Sin duda son las reglas de la geometría de las que quiere hablar. 

X. «El método para no errar es buscado por todo el mundo. Los lógicos proclaman conducir a él. Sólo los geómetras lo consiguen; y fuera de su ciencia y de lo que ésta limita, no hay verdaderas demostraciones; todo el arte de éstas está encerrado solamente en los preceptos que hemos dicho. Ellos solos bastan, sólo ellos prueban; todas las otras son inútiles o dañosas.
Esto es lo que sé por una larga experiencia de libros y de personas. El defecto de un razonamiento falso es una enfermedad que se cura con los dos remedios indicados. Se ha compuesto otro de una infinidad de hierbas inútiles, en las que las buenas se encuentran envueltas y en el que permanecen sin efecto por las malas cualidades de esta mezcla.
Para descubrir todos los sofismas y todos los equívocos de los razonamientos capciosos, han inventado nombres bárbaros que asombran a quienes los oyen;y en lugar de que no se puedan deshacer todos los repliegues de ese nudo tan embrollado más que tirando de los dos extremos que los geómetras señalan, ellos han marcado un extraño número de otros, entre los que ésos se hallan comprendidos, sin que sepan cuál es el bueno.»

¿Quiénes son ellos? Aparentemente, los retóricos antiguos de la Escuela. Pero ¡qué obscuro es todo esto!

XI. «Nada es tan común como las cosas buenas.»

¡No tan común!

XII. «Los mejores libros son los que cada lector cree que hubiera podido componer.»

Eso no es verdad en las ciencias; no hay nadie que crea que hubiera podido componer los principios matemáticos de Newton. Tampoco es cierto en las letras clásicas: ¿quién es el fatuo que se atreve a creer que hubiera podido componer la Ilíada y la Eneida?

XIII. «No dudo de que estas reglas, siendo las verdaderas, no deben ser sencillas, ingenuas, naturales, como lo son. No son Bárbara y Baralipson las que hacen el razonamiento. No hay que empingorotar el espíritu; las maneras tensas y penosas le llenan de una tonta presunción por una elevación extraña y por una hinchazón vana y ridícula, en lugar de una alimentación sólida y vigorosa; y una de las razones principales que más alejan a los que entran en estos conocimientos del verdadero camino que deben seguir es la imaginación, que toma la delantera, pretendiendo que las cosas buenas son inaccesibles, dándoles el nombre de grandes, elevadas y sublimes. Eso lo echa todo a perder. Quisiera llamarles bajas, comunes, familiares, esos nombres les convienen mejor; odio las palabras hinchadas.»

Es la cosa lo que odiáis, pues, en lo tocante a la palabra, hace falta una que exprese lo que os disgusta.

XIV. «Los filósofos se creen muy sutiles por haber encerrado toda su moral bajo ciertas divisiones; pero ¿por qué la división en cuatro mejor que la de seis? ¿Por qué hacer más bien cuatro especies de virtudes que diez?»

Se ha hecho notar en un estudio sobre la India y la guerra miserable que la avaricia de la compañía francesa mantiene contra la avaricia inglesa, se ha hecho notar, digo, que los brahamanes pintan la virtud hermosa y fuerte con diez brazos, para resistir a los diez pecados capitales. Los misioneros han tomado a la virtud por el diablo.

XV. «Los hay que enmascaran toda naturalidad. No hay rey para ellos, sino un augusto monarca; no hay París, sino una capital del reino.»

Ese imperio absoluto sobre tierra y mar
ese poder soberano que tengo sobre todo el mundo,
esa grandeza sin límites y ese ilustre rango.

Los que escriben en hermoso francés las gacetillas, para provecho de los propietarios de esas granjas en los países extranjeros, no dejan nunca de decir: «Esta augusta familia oyó vísperas el domingo, y el sermón del verdadero padre N. Su Majestad jugó a los dados con altas personalidades. Se hizo la operación de la fístula a su Eminencia».

XVI. «¡Tan difícil es obtener nada del hombre como no sea por el placer, que es la moneda por la que damos todo lo que se quiera!.»

El placer no es la moneda, sino el alimento por el que se da tanta" moneda como se pida.

XVII. «La última cosa que se encuentra al hacer una obra es saber lo que hace falta poner al principio.»

A veces. Pero nunca se ha comenzado una historia ni una tragedia por el final, ni ningún trabajo. Si a veces no se sabe por dónde empezar, eso ocurre en un elogio, en una oración fúnebre, en un sermón, en todas esas obras de puro aparato, en las que es preciso hablar sin decir nada.

XVIII. «Que los que combaten la religión aprendan al menos lo que es antes de combatirla.»

No hay que empezar con un tono tan imperioso.

XIX. «Si esta religión se gloriase de tener una visión clara de Dios, y de poseerle al descubierto y sin velos, etc..»

Sería muy audaz.

XX. «Pero puesto que dice por el contrario que los hombres están en tinieblas...» 

¡Bonita manera de enseñar! ¡Guíame, porque voy entre tinieblas!

XXI. «En verdad no puedo impedirme decir lo que tantas veces he dicho, que este descuido es insoportable.»

¿A qué viene lo de recordarnos que lo ha dicho a menudo?

XXII. «La inmortalidad del alma es una cosa que nos importa tanto y que nos atañe tan profundamente, que es preciso haber perdido todo sentimiento para estar en la indiferencia respecto a saber qué hay de ella. Todas nuestras acciones y todos nuestros pensamientos deben tomar caminos tan diferentes, según que haya que esperar bienes eternos o no, que es imposible hacer cualquier cosa con sentido y juicio sin orientarla respecto a ese punto, que debe ser nuestro último objeto.»

No se trata siquiera aquí de la sublimidad y santidad de la religión cristiana, sino de la inmortalidad del alma, que es el fundamento de todas las religiones conocidas, excepto de la judía; digo que excepto la judía, porque ese dogma no se ha expresado en ningún sitio del Pentateuco, que es libro de la ley judía; porque ningún autor judío ha podido encontrar ningún pasaje que designase ese dogma; porque, para establecer la existencia reconocida de esa opinión tan importante, tan fundamental, no basta con suponerla, con inferirla de algunas palabras de las que se fuerza el sentido natural, sino que es preciso que sea enunciada de la forma más positiva y más clara; porque, si la pequeña nación judía hubiera tenido algún conocimiento de este gran dogma antes de Antíoco Epifanes, no es creíble que la secta de los saduceos, rígidos observadores de la ley, se hubieran atrevido a elevarse contra la creencia fundamental de la ley judía.
Pero ¿qué importa en qué época la doctrina de la inmortalidad y de la espiritualidad del alma ha sido introducida en el desdichado país de Palestina? ¿Qué importa que Zoroastro entre los persas, Numa entre los romanos, Platón entre los griegos, hayan enseñado la existencia y la permanencia del alma? Pascal quiere que todo hombre, por su propria razón, resuelva este gran problema. Pero ¿puede hacerlo él mismo? ¿Acaso Locke, el sabio Locke, no ha confesado que el hombre no puede saber si Dios puede conceder el don del pensamiento a tal ser que se dignase elegir? ¿No ha confesado de ese modo que no nos está más dado conocer la naturaleza de nuestro sentimiento que conocer la manera en la que nuestra sangre se forma en las venas? Jescher ha hablado de ello y eso basta.
Cuando se trata del alma, hay que combatir a Epicuro, Lucrecio, Pomponacio, y no dejarse subyugar por una facción de teólogos del barrio de Saint-Jacques, hasta el punto de cubrir con un capuchón una cabeza de Arquímedes.

XXIII. «No es preciso tener un alma muy elevada para comprender que no hay aquí satisfacción verdadera y sólida; que todos nuestros placeres no son más que vanidad; que nuestros males son infinitos; y que, en fin, la muerte, que nos amenaza a cada instante, debe ponernos en pocos años, y quizá en pocos días, en un estado eterno de felicidad, o de desdicha, o de aniquilamiento.»

No hay ni desdicha eterna ni aniquilamiento en los sistemas de los brahamanes, de los egipcios, y en varias sectas griegas. Finalmente, lo que pareció a los romanos más probable fue este axioma, tan repetido en el Senado y en el teatro:

¿Qué es del hombre después de su muerte?
Lo que era antes de nacer.

Pascal razona aquí contra un mal cristiano, contra un cristiano indiferente, que no piensa en su religión, aturdido respecto a ella; pero hay que hablarle a todos los hombres; hay que convencer a un chino y a un mexicano, a un deísta y a un ateo; me refiero a deístas y ateos que razonen, y que, por consecuencia, merece que se razone con ellos, no hablo de maestrillos obcecados.

XXIV. «Tal como no sé de dónde vengo, tampoco sé a dónde voy; y sé solamente que al salir de este mundo caigo para siempre en la nada o en las manos de un Dios irritado, sin saber cuál de estas dos condiciones debe corresponderme para toda la eternidad.»

Si no sabéis a dónde vais, ¿cómo sabéis que caeréis infaliblemente o en la nada o en manos de un Dios irritado? ¿Quién os ha dicho que el Ser Supremo puede estar irritado? ¿No es infinitamente más probable que os veáis entre las manos de un Dios bueno y misericordioso? ¿Y no puede decirse de la naturaleza divina lo que el poeta filósofo de los romanos dijo de ella?

Ipsa suis pollens optibus, nihil indiga nostri,
Nec bene promeritis capitur, nec tangitur ira. (2)

XXV. «Este reposo brutal entre el temor del infierno y de la nada parece tan hermoso que no solamente los que están en esa duda desdichada se glorifican de ello, sino que los mismos que no están creen que les será glorioso fingir estarlo. Pues la experiencia nos hace ver que la mayor parte de los que se ven mezclados en esto son de esa última clase, que son gentes que se hacen la violencia a sí mismos, y que no son tales como quieren aparecer. Son personas que han oído decir que las buenas maneras del mundo consisten en hacerse así el arrebatado.»

Esta capuchinada no habría sido nunca repetida por un Pascal si el fanatismo jansenista no hubiese hechizado su imaginación. ¿Cómo no ha visto que los fanáticos de Roma podían decir otro tanto a los que se burlaban de Numa y de Egeria; los energúmenos de Egipto, a los espíritus sensatos que se burlaban de Isis, de Osiris y de Horus; los sacristanes de todos los países, a las gentes de bien de todos los países?

XXVI. «Si pensasen en ello seriamente, verían que eso está tan mal tomado, es tan contrario al sentido común, tan opuesto a la honradez y tan alejado en toda manera de ese buen aire que buscan, que nada es más capaz de atraerles el desprecio y la aversión de los hombres, y de hacerles pasar por personas sin espíritu y sin juicio. Y, en efecto, si se les hiciese dar cuenta de sus sentimientos, y de las razones que tienen para dudar de la religión, dirían cosas tan débiles y tan bajas que más bien persuadirían de lo contrario.»

No es pues con estos insensatos despreciables con los que deberíais disputar, sino contra los filósofos engañados por argumentos seductores.

XXVII. «Es una cosa horrible sentir continuamente escaparse todo lo que se posee, y que uno pueda apegarse a ello sin tener ganas de buscar si no hay algo de permanente.»

Durum, sed levius fit patientia,
quinquid corrigere est nefas.

XXVII. «De engañarse creyendo verdadera la religión cristiana, no hay gran cosa que perder; ¡pero qué desdicha engañarse creyéndola falsa!»

El flaminio de Júpiter, los sacerdotes de Cibeles, los de Isis, todos dicen lo mismo; el muftí, el gran lama, dicen lo mismo. Hay que examinar, pues, las piezas del proceso.

XXIX. «Si un artesano estuviese seguro de soñar todas las noches, durante doce horas, que era un rey, yo creo que sería más feliz que un rey que soñase todas las noches, durante doce horas, que era un artesano.»

Ser feliz como un rey, dice el vulgo embobado.

XXX. « Veo ciertamente que se aplican las mismas palabras en las mismas ocasiones, y que todas las veces que dos hombres ven, por ejemplo, la nieve, expresan los dos la visión de ese mismo objeto con las mismas palabras, diciendo uno a otro que es blanca; y de esta conformidad de aplicación se saca una poderosa conjetura de una conformidad de ideas; pero esto no es absolutamente convincente, aunque se pueda apostar por la afirmativa.»

Siempre hay diferencias imperceptibles entre las cosas más semejantes; quizá nunca ha habido dos huevos de gallina absolutamente idénticos; pero ¿qué importa? ¿Habría debido Leibniz hacer un principio filosófico de esta observación trivial?

XXXI. «Esto es lo que ha dado lugar a esos títulos tan comunes: Principios de las cosas, principios de la filosofía y otros semejantes, no menos fastuosos de hecho, aunque sí en apariencia, que ese otro que salta a la vista: de omni scibili

Que salta a la vista no quiere decir aquí que se muestra evidente, significa todo lo contrario.

XXXII. «No busquemos seguridad y firmeza. Nuestra razón se ve siempre decepcionada por la inconstancia de las apariencias; nada puede fijar lo finito entre los dos infinitos que lo encierran y le huyen. Una vez bien comprendido esto, creo que todos permanecerán en reposo, cada uno en el estado en el que la naturaleza le ha colocado.»

Todo este artículo, por demás oscuro, parece compuesto para asquear de las ciencias especulativas. En efecto, un buen artista en construcción naval, en relojería, en agrimensura, es más útil que Platón.

XXXIII. «La sola comparación que hagamos de nosotros con lo finito, me da pena.»

Habría mejor que haber dicho con lo infinito. Pero recordemos que estos pensamientos lanzados al azar eran materiales informes que nunca fueron utilizados.

XXXIV. «¿Qué son nuestros principios naturales, sino nuestros principios acostumbrados! En los niños, los que han recibido de la costumbre de sus padres, como la caza en los animales.
Una costumbre diferente dará otros principios naturales. Esto se ve por experiencia; y si los hay imborrables por la costumbre, los hay también de la costumbre imborrables por la naturaleza. Eso depende de la disposición.
Los padres temen que el amor natural de los hijos se borre. ¿Qué clase de naturaleza es pues ésta, posible de ser borrada? La costumbre es una segunda naturaleza que destruye la primera. ¿Por qué la costumbre no es natural? Mucho me temo que esa naturaleza no sea en sí misma una primera costumbre, como la costumbre es una segunda naturaleza.»

Estas ideas han sido adoptadas por Locke. Sostiene que no hay ningún principio innato; empero, parece cierto que los niños tienen un instinto: el de la emulación, el de la piedad, el de poner, en cuanto pueden, las manos ante el rostro cuando está en peligro, el de retroceder para saltar mejor cuando saltan.

XXXV. «El afecto o el odio cambia la justicia. En efecto, ¡cuánto más justa encuentra la causa que defiende un abogado bien pagado de antemano!»

Yo contaría más con el celo de una persona que espera una recompensa que con el de un hombre que la ha recibido.

XXXVI. «Censuro igualmente tanto a los que toman el partido de alabar al hombre como a los que toman el de censurarlo o a los que toman el de divertirlo; y no puedo aprobar más que a los que buscan gimiendo.»

¡Ay! Si hubieseis soportado la diversión, hubieseis vivido más.

XXXVII. «Los estoicos dicen: penetrad en el interior de vosotros mismos y ahí encontraréis el reposo, y eso no es cierto. Los otros dicen: salid fuera y buscad la felicidad divirtiéndoos, y eso no es cierto. Vienen las enfermedades; la dicha no está en nosotros ni fuera de nosotros: está en Dios y en nosotros.»

Divirténdoos, tendréis placer, y esto es muy cierto. Tenemos enfermedades: Dios ha puesto la viruela y los pasmos vaporosos en el mundo. ¡Ay y requeay! Pascal, bien claro se ve que estáis enfermo.

XXXVIII. «Las principales razones de los pirrónicos son que no tenemos ninguna certeza de la verdad de los principios, fuera de la fe y de la revelación, salvo en lo de que los sentimos naturalmente en nosotros.»

Los pirrónicos absolutos no merecían que Pascal hablase de ellos.

XXXIX. «Ahora bien, ese sentimiento natural no es una prueba convincente de su verdad, puesto que no habiendo certidumbre fuera de la fe, si el hombre ha sido creado por un Dios bueno o por un demonio malo, si ha existido desde siempre o ha sido hecho por casualidad, duda de si esos principios nos son dados, o verdaderos, o falsos, o inciertos, según nuestro origen.»

La fe es una gracia sobrenatural. Es combatir y vencer la razón que Dios nos ha dado; es creer firmemente y ciegamente a un hombre que osa hablar en nombre de Dios. Es creer lo que no se cree. Un filósofo extranjero que oyó hablar de la fe, dijo que era mentirse a sí mismo. Eso no es la certidumbre, sino el aniquilamiento. Es el triunfo de la teología sobre la debilidad humana.

XL. «Siento que hay tres dimensiones en el espacio y que los números son infinitos;y la razón demuestra que no hay dos números cuadrados de los que uno no sea el doble de otro.»

No es el razonamiento, sino la experiencia y el tanteo los que demuestran esa singularidad y tantas otras.

XLI. «Todos los hombres desean ser felices; esto es algo sin excepción. Sean cuales fueren los diferentes medios que emplean, todos tienden a ese fin. Lo que hace que uno vaya a la guerra y que no vaya, es ese mismo deseo, que está en los dos casos acompañado de diferentes formas de ver. La voluntad nunca ha hecho la menor gestión salvo hacia ese objeto. Es el motivo de todas las acciones de todos los hombres, hasta las de quienes se matan y se ahorcan. Y sin embargo, en tan número de años, nunca nadie, sin la fe, ha llegado hasta ese punto hacia el que todos tienden continuamente. Todos se quejan, príncipes, súbditos, nobles, plebeyos, viejos, jóvenes, fuertes, débiles, sabios, ignorantes, sanos, enfermos, de todos los países, de todos los tiempos, de todas las edades, de todas las condiciones.»

Yo sé que es dulce quejarse; que, en todo tiempo se ha alabado el pasado para injuriar el presente; que cada pueblo ha imaginado una edad de oro, de inocencia, de buena salud, de reposo, de placer, que ya no subsiste. Sin embargo, llego de mi provincia a París, se me introduce en una sala muy hermosa en la que mil doscientas personas escuchan una música deliciosa, después de lo cual, toda esta asamblea se divide en pequeñas sociedades que se van a cenar muy bien, y que después de esa cena no están descontentas en absoluto de su noche. Veo todas las bellas artes honradas en esta ciudad, y los oficios más abyectos bien recompensados, las enfermedades muy aliviadas, los accidentes prevenidos: todo el mundo goza aquí, o espera gozar, o trabaja para gozar un día, y esta última suerte no es la peor. Entonces le digo a Pascal: «Gran hombre mío, ¿estáis loco?»
No niego que la tierra se haya visto a menudo innundada de desdichas y de crímenes, y hemos tenido nuestra gran parte de ellos. Pero ciertamente, cuando Pascal escribía, no éramos tan de compadecer. No somos tampoco tan miserables hoy.

Tomemos todo esto, puesto que Dios nos lo envía;
no siempre tendremos tal pasatiempo.

XLII. «Deseamos la verdad y no encontramos en nosotros más que incertidumbre. Buscamos la dicha y no encontramos más que miseria. Somos incapaces de no desear la verdad y la dicha, y somos incapaces tanto de la certidumbre como de la felicidad. Ese deseo nos es conservado tanto para castigarnos como para recordarnos de dónde hemos caído.»

¿Cómo puede decirse que el deseo de felicidad, ese gran regalo de Dios, ese primer resorte del mundo moral, no es más que un justo suplicio? ¡Oh elocuencia fanática!

XLIII. «Hay que tener un pensamiento recóndito, y juzgarlo todo por él, empero, como el vulgo.»

El autor del Elogio (3) es muy discreto, muy contenido, al guardar silencio sobre esos pensamientos. ¿Lo habrían guardado Pascal y Arnauld si hubiesen encontrado esta máxima en los papeles de un jesuita?

XLIV. «La mayor parte de los que tratan de probar la divinidad a los impíos, comienzan de ordinario por las obras de la naturaleza, y rara vez tienen éxito. Yo no ataco la solidez de esas pruebas, consagradas por la Sagrada Escritura: son conforme a la razón; pero a menudo no son lo bastante conformes y lo bastante proporcionadas a la disposición del espíritu de aquéllos a los que son destinados. Pues hay que hacer notar que no se dirigen esos discursos a quienes tienen la fe viva en su corazón, y que ven de inmediato que todo lo que hay no es sino la obra de Dios al que adoran; es a ellos a quienes toda la naturaleza habla de su autor y a quienes los cielos anuncian la gloria de Dios. Pero para aquellos para quienes esta luz se ha extinguido, y en los que se pretende renovarla, esas personas despojadas de fe y de caridad, que no encuentran más que tinieblas y oscuridad en toda la naturaleza, parece que es el medio más apropiado de atraerlos el darles, como prueba de tan grande e importante tema, el curso de la luna o de los planetas, o razonamientos comunes, y contra los cuales siempre se han endurecido. El empecinamiento de su espíritu les ha vuelto sordos a esa voz de la naturaleza que resuena continuamente en sus oídos;y la experiencia muestra que, por lejos que se les lleve por este medio, nada es tan capaz, por el contrario, de repelerles y quitarles la esperanza de descubrir la verdad, como el pretender convencerles solamente por este tipo de razonamientos y decirles que deben ver en ellos la verdad al descubierto. No es de esta manera como habla la Escritura, que conoce mejor que nosotros las cosas que son de Dios.»

¿Y qué hay entonces de lo de Coeli enarrant gloriam Dei?

XLV. «Es una cosa admirable que nunca un autor canónico se ha servido de la naturaleza para probar a Dios; todos tienden a hacer creer en él, y nunca han dicho: no hay vacío, luego hay Dios. Era preciso que fuesen más débiles que las gentes más hábiles que han venido después, y los cuales se han servido todos de ellas.»

Bonito argumento: nunca la Biblia ha dicho como Descartes: Todo está lleno, luego hay un Dios.

XLVI. «No vemos casi nada de justo o de injusto que no cambie de cualidad al cambiar de clima. Tres grados de elevación del polo invierten toda la jurisprudencia. Un meridiano decide la verdad. Las leyes fundamentales cambian; el derecho tiene sus épocas. ¡Bonita justicia, que un río o una montaña limitan! Lo que es verdad a este lado de los Pirineos, es un error más allá de ellos.»

No es nada ridículo que las leyes de Francia y España difieran; pero es muy impertinente que lo que es justo en Romorantin sea injusto en Corbeil; que haya cuatrocientas jurisprudencias diversas en el mismo reino; y, sobre todo, que, en un mismo parlamento, se pierda en una cámara el proceso que se gana en otra cámara.

XLVII. «¿Habrá algo más divertido que el que un hombre tenga derecho a matarme porque mora más allá del agua, y su príncipe tiene una querella con el mío, aunque yo no tenga ninguna con él?»

Divertido no es la palabra propia; había que decir demencia execrable.

XLIII. «La justicia es lo que está establecido;y de este modo, todas nuestras leyes establecidas serán necesariamente tenidas por justas sin ser examinadas, puesto que están establecidas.»

Cierto pueblo ha tenido una ley por la que se hacía ahorcar a un hombre por haber bebido a la salud de cierto príncipe; hubiera sido justo no beber con ese hombre, pero era un poco duro ahorcarle; eso estaba establecido, pero era abominable.

XLIX. «Sin duda la igualdad de bienes es justa.»

La igualdad de bienes no es justa. No es justo que, cuando se hagan las partes, los extranjeros mercenarios que vienen a ayudarme a hacer mi cosecha recojan tanto como yo.

L. «Es justo que lo que es justo sea seguido. Es necesario que lo que es más fuerte sea seguido.»

Máximas de Hobbes.

LI. «¡Qué quimera es el hombre! ¡Qué novedad! ¡Qué caos! ¡Qué tema de contradicción! Juez de todas las cosas, imbécil, gusano, depositario de lo verdadero, amasijo de incertidumbre, gloria y escoria del universo. Si se alaba, le rebajo; si se rebaja, le alabo, y le contradigo siempre, hasta que comprenda que es un monstruo incomprensible.»

Verdadero discurso de enfermo.

LII. «Todo lo que vemos del mundo no es más que un rasgo imperceptible en el amplio seno de la naturaleza. Ninguna idea se aproxima a la extensión de sus espacios. Por mucho que hinchemos nuestras concepciones, no damos a luz más que átomos en lugar de la realidad de las cosas. Es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.»

Esta hermosa expresión es de Timeo de Locres; Pascal era digno de inventarla, pero hay que darle a cada cual lo suyo (4).

LIII. «¿Qué es el hombre en la naturaleza? Una nada respecto a lo infinito, un todo respecto a la nada, un término medio entre la nada y el todo. Está infinitamente alejado de los dos extremos, y su ser no está menos distante de la nada de la que ha sido sacado del infinito en el que se pierde. Su inteligencia tiene, en el orden de las cosas inteligibles, el mis/no rasgo que su cuerpo en la extensión de la naturales,y todo ¿o que puede hacer es percibir cierta apariencia del punto medio de ¿as cosas, en una eterna desesperarían de conocer el principio o el fin. Todas las cosas han salido de la nada y son llevadas hasta el infinito. ¿Quién puede seguir esas asombrosas trayectorias? El autor de esas maravillas las comprende; ningún otro puede hacerlo.
Este estado, que mantiene el centro entre los extremos se encuentra en todas nuestras potencias.
Nuestros sentidos no perciben nada de extremo. Demasiado ruido nos ensordece, demasiada luz nos deslumbra, demasiada distancia y demasiada proximidad impiden la vista, demasiada longitud y demasiada brevedad oscurecen un discurso, demasiado placer incomoda, demasiadas consonancias disgustan. No sentimos ni el extremo calor ni el extremo frío. Las cualidades excesivas son nuestras enemigas, y no sensibles. No las sentimos, las padecemos: demasiada juventud y demasiada vejez impiden el ingenio; demasiada y demasiado poca comida trastornan sus actividades; demasiada y demasiado poca instrucción le embrutecen. Las cosas extremas son para nosotros como si no fuesen y nosotros no somos respecto a ellas; se nos escapan o nosotros a ellas. Tal es nuestro verdadero estado; lo que encierra nuestros conocimientos en ciertos límites que no pasamos, incapaces de saberlo todo y de ignorarlo todo en absoluto. Estamos en un vasto término medio, siempre inciertos, y flotando entre la ignorancia y el conocimiento^ si pensamos ir más adelante, nuestro objeto se revuelve y escapa a nuestro poder; se harta y huye con una huida eterna; nada puede detenerlo. Esta es nuestra condición natural, y empero la más contraria a nuestra inclinación. A raemos en deseo de profundizarlo todo y de edificar una torre que se eleve hasta el infinito; pero nuestro edificio se cuartea y la tierra se abre hasta los abismos.»

Esta elocuente tirada no prueba nada sino que el hombre no es Dios. Está en su sitio con el resto de la naturaleza, imperfecto, porque sólo Dios puede ser perfecto; o, para decirlo mejor, el hombre es limitado y Dios no lo es.

LIV. «Los que escriben contra la gloria quieren tener la gloria de haber escrito bien, y los que les leen quieren tener la gloria de haberlos leído; y yo, que escribo esto, tengo quizá ese deseo, y quizá los que me lean lo tendrán también.»

Sí, corríais en pos de la gloria de pasar un día por el azote de los jesuitas, el defensor de Port-Royal, el apóstol del jansenismo, el reformador de los cristianos.

LV. «Las buenas acciones ocultas son las más estimables. Cuando veo algunas en la historia me agradan mucho; pero afín de cuentas no han sido completamente ocultas, puesto que se han sabido; y ese poco por el que han aparecido disminuye su mérito; pues lo más hermoso, es haber querido ocultarlas.»

¿Y cómo la historia ha podido hablar de ellas, si no han sido conocidas?

LVI. «Las invenciones de los hombres van avanzando de siglo en siglo. La bondad y la malicia del mundo en general siguen siendo los mismos.»

Quisiera que se examinase qué siglo ha sido más fecundo en crímenes, y por consecuencia en desdichas. El autor de La felicidad pública (5) se propuso este objetivo y dijo cosas muy verdaderas y muy útiles.

LVII. «Mientras que la naturaleza nos hace siempre infelices en todos los estados, nuestros deseos nos fingen un estado feliz, porque unen al estado en que estamos los placeres del estado en que no estamos.»

La naturaleza no nos hace siempre infelices. Pascal habla siempre como un enfermo que quiere que el mundo entero sufra.

LVIII. «Tengo por un hecho que si todos los hombres supiesen exactamente lo que dicen unos de otros, no habría ni cuatro amigos en todo el mundo.»

En la excelente comedia del Plain dealer, el hombre de franco proceder (excelente a la manera inglesa), el Plain dealer dice a un personaje: «Tú pretendes ser mi amigo; veamos, ¿cómo lo probarías? —Mi bolsa es tuya. Y de la primera chica que llegue. Bagatelas. —Me batiré por ti. —Y por un mentís. Eso no es un gran sacrificio. — Hablaré bien de ti a la cara de los que te ridiculicen. —¡Oh, si eso es cierto, me amas.»

LIX. «El alma es arrojada al cuerpo para hacer en él una estancia de corta duración.»

Para decir el alma es arrojada, habría que estar seguro que es una sustancia y no una cualidad. Esto es lo que casi nadie ha investigado, y por aquí habría que emprender en metafísica, en moral, etc.

LX. «El mayor de los males son las guerras civiles. Son seguras si se quiere recompensar el mérito; pues todos pretenden merecer.»

Esto merece una explicación. Guerra civil si el Príncipe de Conti dice: Tengo tanto mérito como el Príncipe de Conde; si Retz dice: Valgo más que Mazarino; si Beaufort dice: Soy más que Turenne; y si no hay nadie para ponerles en su sitio. Pero cuando Luis XIV llega y dice: No recompensaré más que el mérito, entonces se acabaron las guerras civiles.

LXI. «¿Por qué se sigue a la pluralidad? ¿Acaso a causa de que tienen más razón? No, sino más fuerza. ¿Por qué se siguen las antiguas leyes y las antiguas opiniones? ¿Acaso son más sanas? No, pero son únicas, y nos quitan la raíz de la diversidad.» Este artículo tiene necesidad aún de más explicación, y parece no merecerla. LXII. «La fuerza es la reina del mundo, y no la opinión. Pero la opinión es la que usa la fuerza.»

Idem.

LXIII. «¡Qué bien se ha hecho distinguir a los hombres por el exterior en lugar de por las cualidades interiores! ¿Quién pasará antes de nosotros dos? ¿El más hábil? Pero yo soy tan hábil como él. Habrá que batirse por este motivo. El tiene cuatro lacayos y yo no tengo más que uno. Eso es visible. No hay más que contar; soy yo quien debe ceder.»

No. Turenne con un lacayo sería respetado por un tratante que tuviese cuatro.

LXIV. «El poder de los reyes está fundado sobre la razón y sobre la locura del pueblo, y mucho más sobre la locura. La cosa más grande y más importante del mundo tiene por fundamento la debilidad, y este fundamento es admirablemente seguro, pues nada hay más seguro que lo de que el pueblo será débil; lo que está fundado sólo sobre la razón está muy mal fundado, como la estima de la sabiduría.»

Demasiado mal enunciado.

LXV. «Nuestros magistrados han conocido bien este misterio. Sus ropones rojos, sus armiños..., todo este aparato augusto era necesario.»

Los senadores romanos vestían laticlave.

LXVI. «Si los médicos no tuviesen sotanas y muías,y los doctores bonetes cuadrados y ropones demasiado anchos de cuatro partes, jamás habrían engañado al mundo, que no resistirse a esta auténtica exhibición. Sólo los guerreros no se han disfrazado de tal suerte, porque efectivamente su papel es más esencial.»

Hoy sucede todo lo contrario; se burlarían de un médico que viniese a tomar el pulso y a contemplar vuestras deposiciones en sotana. Los oficiales de guerra, por el contrario, van a todas partes con sus uniformes y sus galones.

LXVII. «Los suizos se ofenden de ser llamados gentilhombres y prueban la rotura de raza para ser juzgados dignos de grandes cargos.»

Pascal estaba mal informado. Había un su tiempo, y todavía los hay en el senado de Berna, gentilhombres tan antiguos como la casa de Austria; son respetados y ostentan sus cargos; es cierto que no están en ellos por derecho de nacimiento, como los nobles de Venecia. Incluso es preciso, en Basilea, renunciar a su nobleza para entrar en el senado.

LXVIII. «Los efectos son como sensibles,y las razones son visibles solamente para el espíritu;y aunque sea por el espíritu por el que se ven estos efectos, este espíritu es, respecto al espíritu que ve las causas, como los sentidos corporales son respecto al espíritu.»

Mal enunciado.

LXIX. «El respeto es: incomodaos; esto es vano en apariencia, pero muy justo, pues es decir: me incomodaré ciertamente si lo necesitáis, puesto que lo hago sin que os sirva, además de que el respeto está hecho para distinguir a los grandes. Ahora bien, si el respeto fuese estar en un sillón, se respetaría a todo el mundo y no se distinguiría;pero siendo incómodo se distingue muy bien.»

Mal enunciado.

LXXX. «Ser bizarro no es algo demasiado vano; es mostrar que un gran número de gentes trabajan para uno; es mostrar por los caballos que se tiene un ayuda de cámara, un perfumista, etc., por su pechera, el hilo,y la pasamanería, etc. Ahora bien, no es una simple superficie ni un simple arnés tener varios brazos a su servicio.»

Mal enunciado.

LXXXI. «Es admirable; no quieren que yo honre a un hombre vestido de brocado y seguido de siete y ocho lacayos. ¡Pero, caramba!, me hará dar de correazos si no le saludo. Ese traje, es una fuerza; no sucede lo mismo que con un caballo bien enjaezado respecto a otro.»

Bajo e indigno de Pascal.

LXXXII. «Todo instruye al hombre de su condición;pero hay que entenderlo, pues no es cierto que Dios se descubra en todo, y no es cierto que se oculte en todo; pero es cierto juntamente que se oculta a quienes le tientan y que se descubre a quienes le buscan, porque los hombres son juntamente indignos de Dios y capaces de Dios; indignos por su corrupción, capaces por su primera naturaleza.
Si nunca hubiese aparecido nada de Dios, esta privación eterna sería equívoca, y podría igualmente referirse a la ausencia de toda divinidad que a la indignidad en que estarían los hombres de conocerla; pero el que aparezca a veces y no siempre, disipa el equívoco. Si aparece una vez, existe siempre, y de este modo no se puede concluir otra cosa salvo que hay un Dios y que los hombres son indignos de él. Si no hubiese oscuridad, el hombre no sentiría su corrupción. Si no hubiese luz, el hombre no esperaría remedio. De este modo es no solamente justo, sino útil para nosotros, que Dios esté oculto en parte y descubierto en parte, puesto que es igualmente peligroso para el hombre conocer a Dios sin conocer su miseria y conocer su miseria sin conocer a Dios.
No hay nada sobre la tierra que no muestre o la miseria del hombre o la misericordia de Dios; o la impotencia del hombre sin Dios o la potencia del hombre con Dios. Todo el universo enseña al hombre o que está corrompido o que está redimido. Todo le enseña su grandeza o su miseria.»

Estos artículos me parecen grandes sofismas. ¿Por qué imaginar siempre que Dios, al hacer al hombre, se ha atareado en expresar grandeza o miseria? ¡Qué piedad! Scilicit is superis labor est!

LXXXIII. «Si no hubiera que hacer nada más que por lo cierto, no habría que hacer nada por la religión, pues no es algo cierto. Pero ¡cuántas cosas se hace por lo incierto, los viajes por mar, las batallas1. Digo pues que no habría que hacer nada en absoluto, puesto que nada es cierto; y hay más certeza en la religión que en la esperanza de que veamos el día de mañana. Pues no es seguro que veamos el mañana; pero es ciertamente posible que no lo veamos. No se puede decir otro tanto de la religión. No es seguro que sea; pero ¿quién se atrevería a decir que es ciertamente posible que no sea? Luego, cuando se trabaja por el mañana y por lo incierto, se actúa con razón.»

Habéis agotado vuestro ingenio en argumentos para probaros que vuestra religión es cierta y ahora nos aseguráis que no es cierta; y después de haberos contradicho tan extrañamente, os volvéis atrás: decís que no se puede avanzar «que sea posible que la religión cristiana sea falsa». Sin embargo, sois vos mismo quien acabáis de decirnos que es posible que sea falsa, puesto que habéis declarado que es incierta.

LXXIV. «Comenzad por compadecer a los incrédulos; son bastante desdichados: no habría que injuriarles más que en el caso de que eso sirviese para algo; pero les es dañoso.»

Y vos les habéis injuriado sin cesar; ¡les habéis tratado como a jesuitas! Al decirles tantas injurias, admitís que los verdaderos cristianos no pueden dar razón de su religión; que si la probasen, no mantendrían su palabra; que su religión es una tontería; que si es verdadera, lo es porque es una tontería. ¡Oh, abismo de absurdos!

LXXV. «A los que sienten repugnancia por la religión, hay que comenzar por mostrarles que no es contraria a la razón; después, que es venerable, y suscitar su respeto; después, mostrarla amable y hacer desear que fuese verdadera; y después mostrar, por pruebas incontestables, que es verdadera; hacer ver su antigüedad y su santidad por su grandeza y su elevación; y, finalmente, que es amable, porque promete el verdadero bien.»

¿Acaso no veis, oh Pascal, que sois un hombre de partido que intenta hacer reclutas?

LXXVI. «No hay que conocerse mal, somos cuerpo tanto como espíritu, y de aquí proviene que el instrumento por el que se logra la persuasión no es solamente la demostración. ¡Qué pocas cosas hay demostradas! Las pruebas no convencen más que al espíritu. La costumbre hace nuestras pruebas más fuertes. Inclina los sentidos, que arrastran al espíritu sin pensar. ¿Quién ha demostrado que mañana amanecerá o que moriremos? ¿Y qué cosa es más universalmente creída? Es pues la costumbre la que nos persuade; ella es la que hace tantos turcos y paganos; ella es la que hace los oficios, los soldados, etc.»

¿Por qué querer siempre que Dios esté oculto? Uno preferiría que fuese manifiesto. Costumbre no es aquí la palabra apropiada. No es por costumbre por lo que se cree que amanecerá mañana; es por una extremada probabilidad. No es por los sentidos, por el cuerpo, por lo que esperamos morir; pero nuestra razón, sabiendo que todos los hombres han muerto, nos convence de que nosotros moriremos también. La educación, la costumbre, hace sin duda musulmanes y cristianos, como dice Pascal; pero la costumbre no hace creer que moriremos, como nos hace creer en Mahoma o en Pablo, según que hayamos sido educados en Constantinopla o en Roma. Son cosas muy diferentes.

LXXVII. «La verdadera religión debe tener por distintivo el obligar a amar a Dios. Esto es muy justo. Y, sin embargo, ninguna, salvo la nuestra, lo ha ordenado. Debe también haber conocido la concupiscencia del hombre y la impotencia en que está por sí mismo de adquirir la virtud. Debe haber aportado los remedios para esto, de los que la oración es el principal. Nuestra religión ha hecho todo esto, y ninguna otra nunca ha pedido a Dios amarle y seguirle.»

Epícteto, esclavo, y Marco Aurelio, emperador, hablan continuamente de amar a Dios y de seguirle.

LXXVIII. «Como Dios está oculto, toda religión que no dice que Dios está oculto no es verdadera.El ojo del hombre veía entonces la majestad de Dios. No estaba en las tinieblas que lo ciegan, ni en la mortalidad y en las miserias que lo afligen. Pero no ha podido soportar tanta gloria sin caer en la presunción.»

Fueron los primeros brahamanes quienes inventaron la novela teológica de la caída del hombre, o, más bien, de los ángeles; y esta cosmogonía, tan ingeniosa como fabulosa, ha sido la fuente de todas las fábulas sagradas que han inundado la tierra. Los salvajes de Occidente, tan tardíamente civilizados, y después de tantas revoluciones, y después de tantas barbaries, no han podido ser instruidos en ellas más que en nuestros últimos tiempos. Pero hay que hacer notar que veinte naciones de Oriente han copiado a los antiguos brahamanes, antes de que una de esas malas copias, me atrevo a decir que la peor de todas, haya llegado hasta nosotros.

LXXIX. «En vano, oh hombres, buscáis en vosotros mismos remedio para vuestras miserias; todas vuestras luces no pueden llegar más que a conocer que no es en vosotros donde encontraréis ni la verdad ni el bien. Los filósofos os lo han prometido; no han podido hacerlo. No saben ni cuál es vuestro verdadero bien, ni cuál es vuestro verdadero estado. ¿Cómo habrían dado remedio a vuestros males, puesto que ni siquiera los han conocido? Vuestras enfermedades principales son el orgullo, que os sustrae a Dios, y la concupiscencia, que os apega a la tierra, y ellos no han hecho otra cosa que alimentar, al menos, una de esas enfermedades. Si os han dado a Dios por objetivo, no ha sido más que para ejercer vuestro orgullo. Os han hecho pensar que le sois semejantes por naturaleza. Y los que han visto ¡a vanidad de esta pretensión os han arrojado en el otro precipicio, haciéndoos entender que vuestra naturaleza era semejante a la de los animales, y os han llevado a buscar vuestro bien en las concupiscencias que son lo que corresponde a los animales. Este no es el medio de instruiros de vuestras injusticias; no esperéis, pues, ni verdad, ni consolación de los hombres. Yo (la sabiduría de Dios) soy quien os ha formado, y la única que puede enseñaros lo que sois. Pero no estáis ahora en el estado en que os he formado. He creado al hombre santo, inocente, perfecto. Le he llenado de luces y de inteligencia. Le he comunicado mi gloria y mis maravillas.»

LXXX. «Veo multitudes de religiones en varios lugares del mundo y en todos los tiempos. Pero no tienen ni moral que pueda agradarme ni pruebas capaces de detenerme.»

La moral es en todas partes la misma, en el Emperador Marco Aurelio, en el Emperador Juliano, en el esclavo Epícteto, al que vos mismos admiráis, en San Luis, y en Boncocdar su vencedor, en el Emperador de China, Kien-Long, y en el rey de Marruecos.

LXXXI. «Pero considerando de este modo esta inconstante y extraña variedad de costumbres y de creencias en las diversas épocas, encuentro en una pequeña parte del mundo un pueblo particular, separado de todos los otros pueblos de la tierra y cuyas historias preceden en varios siglos a las más antiguas que tenemos. Encuentro pues ese pueblo grande y numeroso, que adora a un solo Dios y que se conduce por una ley que dicen haber recibido de su mano. Sostienen que son los únicos en el mundo a los que Dios ha revelado sus misterios; que todos los hombres están corrompidos y caídos en desgracia ante Dios; que están todos abandonados a sus sentidos y a su propio ingenio, y de ahí vienen los extraños desvaríos y los cambios continuos que suceden entre ellos, tanto de religión como de costumbres, mientras que ellos permanecían inquebrantables en su conducta; pero que Dios no dejará eternamente a los otros pueblos en esas tinieblas; que vendrá, un liberador para todos, que ellos están en el mundo para anunciarlo, que han sido expresamente creados para ser los heraldos de ese gran advenimiento, y para llamar a todos los pueblos a unirse a ellos en la espera de ese liberador.»

¡Cómo podrá cegarse hasta ese punto y ser lo bastante fanático como para no servir su ingenio más que en pretender cegar al resto de los hombres! ¡Gran Dios! ¡Un hato de árabes ladrones, sanguinarios, supersticiosos y usureros serían los depositarios de tus secretos! ¡Esa horda bárbara sería más antigua que los sabios chinos; que los brahamanes, que han enseñado a toda la tierra; que los egipcios, que la han asombrado con sus inmortales monumentos! ¡Esa escuálida nación sería digna de nuestras miradas por haber conservado algunas fábulas ridículas y atroces, algunos cuentos absurdos infinitamente por debajo de las fábulas indias y persas! ¡Y es esta horda de usureros fanáticos la que se os impone, oh Pascal! ¡Y torturáis -vuestro espíritu, falsificáis la historia, y hacéis decir a ese pueblo miserable todo lo contrario de lo que sus libros han dicho! ¡Le imputáis todo lo contrario de lo que ha hecho, y eso para agradar a unos cuantos jansenistas que han subyugado vuestra imaginación ardiente y pervertido vuestra razón superior!

LXXXII. «Es un pueblo todo compuesto de hermanos; y, en lugar de ser como todos los otros, que están formados por la reunión de una infinidad de familias, éste, aunque tan extrañamente abundante, ha salido todo de un solo hombre.»

No es en absoluto extrañamente abundante; se ha calculado que no existen hoy seiscientos mil individuos judíos.

LXXXIII. «Este pueblo es el más antiguo que haya en el conocimiento de los hombres, lo que me parece que debe atraerle una veneración particular, y principalmente en la investigación que nosotros hacemos, puesto que si Dios se ha comunicado en todo tiempo a los hombres, es a éstos a los que hay que recurrir para obtener la tradición.»

Ciertamente no son anteriores a los egipcios, a los caldeos, a sus maestros los persas, a los indios, inventores de la teogonía. Uno puede hacer como quiera su genealogía: esas vanidades impertinentes son tan despreciables como comunes; pero ¿se atreve un pueblo a proclamarse más antiguo que los pueblos que han tenido ciudades y templos más de veinte siglos antes que él?

LXXXIV. «Como la creación del mundo comenzaba a alejarse, Dios ha dispuesto de un historiador contemporáneo.»

Contemporáneo: ¡ah!

LXXXV. «Moisés era un hombre hábil, eso está claro. Luego, si hubiera tenido intención de engañar, lo hubiera hecho de suerte que nadie pudiera demostrar su engaño. Ha hecho todo lo contrario, pues si ha divulgado fábulas, no habría judío que no hubiera podido reconocer la impostura.»

Sí, si hubiera escrito en efecto sus fábulas en un desierto para dos o tres millones de hombres que hubieran tenido bibliotecas; pero si algunos levitas hubiesen escrito esas fábulas varios siglos después de Moisés, como es lo probable y verdadero... Además, ¿hay alguna nación en la que no se hayan divulgado fábulas?

LXXXVI. «En la época en la que escribía esas cosas, la memoria de ellas debían aún ser muy reciente en el espíritu de todos los judíos.»

¿Acaso los egipcios, sirios, caldeos e indios, no han dado siglos de vida a sus héroes, antes de que la pequeña horda judía, su imitadora, existiese sobre la tierra?

LXXXVII. «Es imposible afrontar todas las pruebas de la religión cristiana, reunidas en conjunto, sin experimentar su fuerza, a la que ningún hombre razonable puede resistirse.
Considérese su implantación: que una religión tan contraria a la naturaleza se haya establecido por sí misma, tan suavemente, sin ninguna fuerza ni opresión, y, empero, tan fuertemente, que ningún tormento pudo impedir a los mártires confesarla; y que todo esto se haya hecho no solamente sin la asistencia de ningún príncipe, sino pese a todos los príncipes de la tierra que la han combatido.»

Felizmente estuvo en los decretos de la divina Providencia que Diocleciano protegiese a nuestra santa religión durante dieciocho años antes de la persecución comenzada por Galerio, y que después Constancio el Pálido, y finalmente Constantino, la establecieran en el trono.

LXXXVIII. «Los filósofos paganos se han elevado a veces por encima del resto de los hombres por una manera de vivir más regulada y por sentimientos que tenían alguna conformidad con los del cristiano; pero nunca han reconocido como virtud lo que los cristianos llaman humildad.»

Eso se llama tapeinoma entre los griegos: Platón la recomienda; Epícteto, todavía más.

LXXXIX. «Considérese esa serie maravillosa de profetas que se han sucedido unos a otros durante dos mil años, y que todos han predicho, de tantas maneras diferentes, hasta las menores circunstancias de la vida de Jesucristo, de su muerte, de su resurrección, etc.»

Pero considérese también esa serie ridícula de pretendidos profetas que anuncian todo lo contrario que Jesucristo, según esos judíos, que sólo entienden la lengua de esos profetas.

XC. «Considérese, en fin, la santidad de esta religión, su doctrina, que da razón de todo, hasta de las contrariedades que se encuentran en el hombre, y todas las otras cosas singulares, sobrenaturales y divinas, que brillan por doquiera; y que se juzgue, después de todo esto, si es posible dudar de que la religión cristiana sea la única verdadera, y si nunca alguna otra ha tenido nada que se le aproximase.»

Lectores discretos, notad que este corifeo de los jansenistas no ha dicho en todo este libro sobre la religión cristiana más que lo que dicen los jesuitas. Lo ha dicho tan sólo con una elocuencia más apretada y vigorosa. Los port-royalistas y los ignacianos han predicado todos los mismos dogmas; todos han gritado: creed en los libros judíos dictados por Dios mismo, y detestad el judaísmo; cantad las oraciones judías, que no entendéis, y creed que el pueblo de Dios ha condenado a vuestro Dios a morir en un cadalso; creed que vuestro Dios judío, la segunda persona de Dios, co-eterno con Dios padre, ha nacido de una virgen judía, ha sido engendrado por una tercera persona de Dios, y ha tenido, sin embargo, hermanos judíos que no eran más que hombres; creed que habiendo muerto en el suplicio más infame, por ese mismo suplicio, ha quitado de sobre la tierra todo pecado y todo mal, aunque después de él y en su nombre, la tierra se haya visto inundada de más crímenes y desdichas que nunca.
Los fanáticos de Port-Royal y los fanáticos jesuitas se han reunido para predicar estos dogmas extraños con el mismo entusiasmo; y, al mismo tiempo, se han hecho una guerra mortal. Se han anatemizado mutuamente con furor, hasta que una de esas dos facciones de poseídos ha destruido finalmente a la otra.
Recordad, lectores discretos, los tiempos mil veces más horribles de esos energúmenos, llamados papistas y calvinistas, que predicaban en el fondo los mismos dogmas, y que se persiguieron por el hierro, por la llama y el veneno, durante doscientos años, por unas cuantas palabras diferentemente interpretadas. Pensad que fue yendo a misa cuando se cometieron las matanzas de Irlanda y de la noche de San Bartolomé; que fue después de la misa y por la misa cuando se degollaron tantos inocentes, tantas madres, tantos hijos, en la cruzada contra los albigenses; que los asesinos de tantos reyes no les han asesinado más que por la misa. No os engañéis, los convulsionarios que todavía quedan harían otro tanto si tuviesen por apóstoles a las mismas cabezas ardientes que incendiaron el cerebro de Damiens.
¡Oh, Pascal! He aquí lo que han producido las querellas interminables sobre los dogmas, sobre los misterios que no podían producir más que querellas. No hay un artículo de fe que no haya engendrado una guerra civil.
Pascal ha sido geómetra y elocuente; la reunión de estos dos grandes méritos era entonces muy rara; pero no les añadía la verdadera filosofía. El autor del elogio indica con habilidad lo que yo aventuro audazmente. Ha llegado por fin el tiempo de decir la verdad.

XCI. «Él (Epícteto) muestra de mil maneras lo que el hombre debe hacer. Quiere que sea humilde.»

Si Epícteto ha querido que el hombre fuese humilde, no debíais decir que la humildad no ha sido recomendada más que entre nosotros.

XCII. «El ejemplo de la castidad de Alejandro no ha hecho tantos continentes como intemperantes ha hecho el de su embriaguez. No se tiene vergüenza de no ser tan vicioso como él.»

Habría que haber dicho de ser tan vinoso como él. Este artículo es demasiado trivial e indigno de Pascal. Está claro que si un hombre es más grande que los otros, no lo es porque sus pies están tan bajos como los demás, sino porque su cabeza está más elevada.

XCIII. «Temo que hubiera escrito mal, viéndome condenado; pero el ejemplo de tantos escritos piadosos me hace creer lo contrario. Ya no está permitido escribir bien. Toda la Inquisición está corrompida o es ignorante. Es mejor obedecer a Dios que a los hombres. No temo a nada, no espero nada. Port-Royal teme, y es una mala política separarlos, pues cuando ya no se teman, se harán temer más.
La Inquisición y la Sociedad son los dos flagelos de la verdad.
El silencio es la mayor persecución. Los santos nunca se han callado. Cierto es que hace falta vocación. Pero no es por medio de decretos del Consejo por los que hay que enterarse si se es llamado, sino por la necesidad de hablar.»

En estos cuatro últimos artículos se ve al hombre de partido un poco arrebatado. Si algo puede justificar a Luis XIV por haber perseguido a los jansenistas, son seguramente estos últimos artículos.

XCIV. «Si mis Cartas son condenadas en Roma, lo que yo condeno en ellas está condenado en el cielo.»

¡Ay! El cielo, compuesto de estrellas y de planetas, del que nuestro globo es una parte imperceptible, nunca se ha mezclado en las querellas de Arnauld con la Sorbona y de Jansenius con Molina.


Notas

[1] Estas «provinciales» son las cartas que bajo el titulo general de Cartas escritas a un provincial por uno de sus amigos, sobre el tema de las disputas presentes de la Sorbona recogen la defensa que Pascal realizó de los jansenistas y su ataque a los jesuitas. Comenzaron a aparecer en 1655.
[2] Lucrecio, en su De rerum natura.
[3] La obra que Pascal preparaba —cuyos apuntes y fragmentos son los «Pensamientos»— iba a titularse Elogio de la religión cristiana.
[4] También figura en De docta ignorantia, de Nicolás de Cusa.
[5] Chastellux.



Cartas Filosóficas (Vigésimoquinta: ver en Ignoria)
Traducción Fernando Savater
Barcelona, Altaya, 1993
Imagen: Cabeza de Voltaire esculpida por Sally Fama Cochrane

Voltaire: Sobre los pensamientos del Sr. Pascal

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Os envío las acotaciones críticas que tengo hechas desde hace mucho tiempo sobre los Pensamientos del Sr. Pascal. No me comparéis aquí, os lo ruego, a Ezequías, que quiso hacer quemar todos los libros de Salomón. Respeto el genio y la elocuencia de Pascal; pero cuanto más los respeto, más persuadido estoy de que habría él mismo corregido muchos de esos Pensamientos, que había lanzado al albur sobre el papel para examinarlos después, y, admirando su genio, combato algunas de sus ideas.

Me parece que en general el espíritu con el que el Sr. Pascal escribió esos Pensamientos era el de mostrar al hombre desde una perspectiva odiosa. Se encarniza en pintarnos a todos malvados y desdichados. Escribe contra la naturaleza humana poco más o menos como escribía contra los jesuitas. Imputa a la esencia de nuestra naturaleza lo que no pertenece más que a ciertos hombres. Dice elocuentemente injurias contra el género humano. Yo me atrevo a tomar el partido de la humanidad contra este misántropo sublime; me atrevo a asegurar que no somos ni tan malos ni tan desdichados como él dice: estoy, además, completamente persuadido de que, si hubiera seguido en el libro que meditaba el designio que aparece en sus Pensamientos, habría hecho un libro lleno de paralogismos elocuentes y de falsedades admirablemente deducidas. Incluso creo que todos esos libros escritos hace poco para probar la religión cristiana, son más capaces de escandalizar que de edificar. ¿Pretenden estos autores saber más que Jesucristo y los apóstoles? Es como querer sostener un roble rodeándolo de cañas; se pueden apartar esas cañas inútiles sin temor de hacer daño al árbol.

He escogido con discreción algunos pensamientos de Pascal; pongo mis respuestas debajo. Vos juzgaréis si tengo o no razón.

I. «Las grandezas y las miserias del hombre son tan visibles que es necesariamente preciso que la verdadera religión nos enseñe que hay en él algún gran principio de grandeza y al mismo tiempo algún principio de miseria. Pues es preciso que la verdadera religión conozca afondo nuestra naturaleza, es decir, que conozca todo lo que tiene de grande y todo lo que tiene de miserable y la razón de lo uno y lo otro. Es preciso también que nos dé razón de las grandes contrariedades que en ella se encuentran.»

Esta manera de razonar parece falsa y peligrosa, pues la fábula de Prometeo y Pandora, los andróginos de Platón y los dogmas de los siameses darían cuenta igualmente bien de esas contrariedades aparentes. La religión cristiana no dejará de ser verdadera aunque no se saquen de ella esas conclusiones ingeniosas que no pueden servir más que para hacer brillar el ingenio.

El cristianismo no enseña más que la sencillez, la humanidad, la caridad; querer reducirlo a metafísica es hacer de él una fuente de errores.

II. «Que se examine sobre este punto a todas las religiones del mundo y que se vea si hay otra fuera de la cristiana que lo satisfaga. ¿Acaso será la que enseñaban los filósofos que nos proponen por todo bien un bien que está en nosotros? ¿Es ese el verdadero bien? ¿Ha encontrado el remedio a nuestros males? ¿Acaso es haber curado de la presunción al hombre el haberle igualado a Dios? Y los que nos han igualado a los animales y nos han dado los placeres de la tierra por todo bien, ¿han aportado el remedio a nuestras concupiscencias?»

Los filósofos no han enseñado religión; no es su filosofía lo que se trata de combatir. Nunca un filósofo se ha proclamado inspirado por Dios, pues entonces hubiera dejado de ser filósofo y se hubiera hecho profeta. No se trata de saber si Jesucristo debe vencer a Aristóteles; se trata de probar que la religión de Jesucristo es la verdadera y que las de Mahoma, los paganos y todas las otras son falsas.

III. «Y, sin embargo, sin ese misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles para nosotros mismos. El nudo de nuestra condición toma todos sus recovecos y pliegues en el abismo del pecado original, de suerte que el hombre es más inconcebible sin ese misterio que lo que ese misterio es inconcebible para el hombre.»

¿Acaso es razonar el decir: el hombre es inconcebible sin ese misterio inconcebible? ¿Por qué querer ir más lejos que la Escritura? ¿No hay temeridad en creer que tiene necesidad de apoyo y que esas ideas filosóficas pueden dárselo?

¿Qué habría respondido el Sr. Pascal a un hombre que le hubiera dicho: «Sé que el misterio del pecado original es objeto de mi fe y no de mi razón. Concibo muy bien sin misterio lo que es el hombre; veo que viene al mundo como los otros animales; que el alumbramiento de las madres es más doloroso a medida que son más delicadas; que algunas veces las mujeres y los animales hembras mueren en el parto; que hay a veces niños mal conformados que viven privados de uno o dos sentidos y de la facultad de razonar; que los que están mejor organizadosson los que tienen las pasiones más vivas; que el amor a sí mismo es igual en todos los hombres y que les es tan necesario como los cinco sentidos; que este amor propio nos es dado por Dios para la conservación de nuestro ser, y que nos ha dado la religión para regular este amor propio; que nuestras ideas son justas o inconsecuentes, oscuras o luminosas, según que nuestros órganos sean más o menos sólidos, más o menos dúctiles, y según que seamos más o menos apasionados; que dependemos en todo del aire que nos rodea, de los alimentos que tomamos, y que, en todo eso, no hay nada de contradictorio. El hombre no es un enigma, como vos os figuráis para tener el placer de adivinarlo. El hombre parece estar en su lugar en la naturaleza, superior a los animales, a los que es semejante por sus órganos, inferior a otros seres, a los que se parece probablemente por el pensamiento. Es, como todo lo que vemos, una mezcla de mal y de bien, de placer y de dolor. Está dotado de pasiones para actuar y de razón para gobernar sus acciones. Si el hombre fuese perfecto, sería Dios, y esas pretendidas contrariedades, que llamáis contradicciones, son los ingredientes necesarios que entran en el compuesto del hombre, que es lo que debe ser?»

IV. «Sigamos nuestros movimientos, observémosnos a nosotros mismos, y veamos si no encontraremos los caracteres vivos de esas dos naturalezas.
¿Acaso tantas contradicciones se encontrarían en un sujeto simple?
Esta duplicidad del hombre es tan visible que hay quien ha pensado que teníamos dos almas, pues un sujeto simple les parecía incapaz de tales y tan súbitas variaciones, de una presunción desmesurada a un horrible abatimiento del corazón.»

Nuestras diversas voluntadas no son contradicciones en la naturaleza y el hombre no es un sujeto simple. Está compuesto de un número innumerable de órganos: si uno sólo de esos órganos está un poco alterado, es necesario que cambie todas las impresiones del cerebro, y que el animal tenga nuevos pensamientos y nuevas voluntades. Es muy cierto que estamos ora abatidos por la tristeza ora hinchados de presunción, y así debe ser cuando nos encontramos en situaciones opuestas. Un animal al que su dueño acaricia y alimenta, y otro al que se degüella lentamente y con habilidad para hacer una disección, experimentan sentimientos muy contrarios, lo mismo hacemos nosotros; y las diferencias que hay entre nosotros son tan poco contradictorias que sería contradictorio que no existiesen.

Los locos que han dicho que tenemos dos almas podían por la misma razón darnos treinta o cuarenta, pues un hombre, bajo una gran pasión, tiene a menudo treinta o cuarenta ideas diferentes de una misma cosa, y debe necesariamente tenerlas, según que este objeto se le aparezca bajo diferentes caras.

Esa pretendida duplicidad del hombre es una idea tan absurda como metafísica. Igual me daría decir que el perro que muerde y que acaricia es doble; que la gallina, que tiene tanto cuidado de sus pequeños y luego los abandona hasta desconocerlos, es doble; que el árbol que está ora cargado, ora despojado de hojas es doble. Confieso que el hombre es inconcebible; pero todo el resto de la naturaleza lo es también y no hay más contradicciones aparentes en el hombre que en todo lo demás.

V. «No apostar por que Dios existe, es apostar a que no existe. ¿Qué elegiréis entonces? Pesemos la ganancia j la pérdida, tomando el partido de creer que Dios existe. Si ganáis, lo ganáis todo; si perdéis no perdéis nada. Apostad pues a que existe, sin vacilar. —Sí, hay que apostar; pero quizá apuesto demasiado. —Vamos, puesto que hay semejante albur de ganancia y pérdida, aunque no tuvierais más que dos vidas que ganar por una, podríais aún apostar.»

Es evidentemente falso decir: «No apostar por que Dios existe, es apostar a que no existe», pues el que duda y pide iluminarse no apuesta ciertamente ni por ni contra.

Por otra parte, este artículo parece un poco indecente y pueril; esta idea de juego, de pérdida y ganancia, no conviene a la gravedad del tema.

Además, el interés que tengo en creer una cosa no es una prueba de la existencia de esa cosa. Os daré, me decís, el imperio del mundo si creo que tenéis razón. Yo deseo entonces de todo corazón que tengáis razón; pero, hasta que me lo hayáis probado, no puedo creeros.

Comenzad, podríamos decir al Sr. Pascal, por convencer a mi razón. Tengo interés, sin duda, en que haya un Dios; pero si, en vuestro sistema, Dios ha venido para tan pocas personas; si la pequenez del número de los elegidos es tan amedrantadora; si no puedo nada en absoluto por mí mismo, decidme, os lo ruego, ¿qué interés tengo en creeros? ¿No tengo acaso un interés visible en estar persuadido de lo contrario? ¿Con qué cara osaréis mostrarme una dicha infinita a la que, de un millón de hombres, apenas uno sólo tiene derecho a aspirar? Si queréis convencerme, arreglaos de otra manera, y no vayáis tan pronto a hablarme de juego de azar, de apuesta, de cara y cruz, tan pronto a espantarme con las espinas que sembráis en el camino que quiero y debo seguir. Vuestro razonamiento no serviría más que para hacer ateos, si la voz de toda la naturaleza no nos gritase que hay un Dios, con tanta fuerza como debilidad tienen esas sutilezas.

VI.«Viendo la ceguera y la miseria del hombre, y esas contradicciones asombrosas que se descubren en su naturaleza, y mirando a todo el universo mudo,y el hombre sin luz, abandonado a sí mismo, y como perdido en este rincón del universo, sin saber quién le ha puesto en él ni qué ha venido a hacer aquí, ni lo que será de él cuando muera, me lleno de espanto como un hombre que hubiera sido llevado mientras dormía a una isla desierta y sin tener ningún medio de salir de ahí;y además me admiro de cómo no se desespera uno en tan miserable estado.»

Leyendo esta reflexión, recibo una carta de uno de mis amigos, que mora en un país muy alejado. He aquí sus palabras:

«Estoy aquí como vos me dejasteis, ni más alegre, ni más triste, ni más rico, ni más pobre, gozando de una salud perfecta, teniendo todo lo que hace la vida agradable, sin amor, sin avaricia, sin ambición y sin deseo, y mientras esto dure, me llamaré audazmente un hombre muy feliz.»

Hay muchos hombres tan felices como él. Sucede con los hombres como con los animales; tal perro come y se acuesta con su querida; tal otro da vueltas a la noria y tan contento; tal otro se vuelve rabioso y se le mata. En lo que a mí respecta, cuando miro París o Londres, no veo ninguna razón para caer en esa desesperación de que habla el Sr. Pascal; veo una ciudad que no se parece en nada a una isla desierta, sino poblada, opulenta, urbana y donde los hombres son tan felices como la naturaleza humana lo consiente. ¿Qué hombre sabio está dispuesto a ahorcarse porque no sabe cómo ver a Dios cara a cara, y porque su razón no puede dilucidar el misterio de la Trinidad? Lo mismo sería desesperarse por no tener cuatro piernas y dos alas.

¿Por qué horrorizarnos de nuestro ser? Nuestra existencia no es tan desdichada como se nos quiere hacer creer. Mirar el universo como una celda y todos los hombres como criminales a los que se va a ejecutar es la idea de un fanático. Creer que el mundo es un lugar de delicias donde no se debe tener más que placer, es el sueño de un sibarita. Pensar que la tierra, los hombres y los animales son lo que deben ser en el orden de la Providencia es, creo, de un hombre sabio.

VII. «(Los judíos piensan) que Dios no dejará eternamente a los otros pueblos en esas tinieblas; que vendrá un liberador para todos; que ellos están en el mundo para anunciarle; que han sido creados expresamente para ser los heraldos de ese gran acontecimiento, y para llamar a todos los pueblos a unirse a ellos en la espera de ese liberador.»

Los judíos han esperado siempre un liberador; pero su liberador es para ellos y no para nosotros. Esperan un Mesías que hará a los judíos dueños de los cristianos, y nosotros esperamos que el Mesías reunirá un día a los judíos y a los cristianos: ellos piensan precisamente sobre esto lo contrario de lo que nosotros pensamos.

VIII. «La ley por la que ese pueblo es gobernado es juntamente la más antigua ley del mundo, la más perfecta y la única que haya sido siempre observada sin interrupción en un Estado. Esto es lo que Filón, judío, mostró en diversos lugares, y /ose/o admirablemente contra Appio, donde hace ver que es tan antigua que el nombre mismo de ley no ha sido conocido de los más antiguos sino mil años después, de tal suerte que Homero, que ha hablado de tantos pueblos, nunca se sirvió de él. Y es fácil juzgar la perfección de esa ley por su simple lectura, en la que se ve que ha previsto todas las cosas con tan admirable sabiduría, tanta equidad, tanto juicio, que los más antiguos legisladores griegos y romanos que tuviesen algunas luces han tomado de ella sus principales leyes: eso es lo que parece por la que ellos llaman de las Doce Tablas, y por las otras pruebas que da Josefa.»

Es muy falso que la ley de los judíos sea la más antigua, puesto que antes de Moisés, su legislador, moraban en Egipto, el país más renombrado de la tierra por sus sabias leyes.

Es muy falso que el nombre de ley no haya sido conocido hasta después de Homero; él habla de las leyes de Minos; la palabra ley está en Hesíodo. Y aunque el nombre de ley no se encontrase ni en Hesíodo ni en Homero, eso no probaría nada. Había reyes y jueces; luego había leyes.

Es también muy falso que los griegos y los romanos hayan tomado las leyes de los judíos. Eso no puede ser en los comienzos de sus repúblicas, pues entonces no podían conocer a los judíos; no puede ser en el tiempo de su grandeza, pues entonces tenían por esos bárbaros un desprecio conocido en toda la tierra.

IX. «Ese pueblo es además de sinceridad admirable. Guardan con amor y fidelidad el libro en que Moisés declara que han sido siempre ingratos hacia Dios y que sabe que lo serán aún más después de su muerte; pero que pone al cielo y a la tierra como testigos contra ellos, de que él bastante se lo había dicho; que finalmente Dios, irritándose contra ellos, los dispersará por todos los pueblos de la tierra; que, tal como le han irritado adorando dioses que no eran sus dioses, él los irritará llamando a un pueblo que no es su pueblo. Sin embargo, a ese libro, que les deshonra de tantas maneras, lo conservan a expensas de su vida. Es una sinceridad que no tiene ejemplo en el mundo, ni su raíz en la naturaleza.»

Esa sinceridad tiene ejemplos en todas partes y no tiene su raíz más que en la naturaleza. El orgullo de cada judío está interesado en creer que no es su detestable política, su ignorancia de las artes, su grosería lo que le ha perdido, sino que es la cólera de Dios que le castiga. Piensa con satisfacción que ha hecho falta milagros para abatirle, y que su nación sigue siendo la bienamada del Dios que la castiga.

Que un predicador suba al pulpito y diga a los franceses: «Sois miserables que no tenéis corazón ni decencia; habéis sido derrotados en Hochstedt y en Ramillies porque no habéis sabido defenderos»; se hará lapidar. Pero si dice: «Sois católicos queridos de Dios; vuestros pecados infames habían irritado al Eterno, que os entregó a los herejes en Hochstedt y en Ramillies; pero cuando habéis vuelto al Señor, entonces ha bendecido vuestro valor en Denain»; estas palabras le harán ser amado por el auditorio.

X. «Si hay un Dios, no hay que amarle más que a él y no a las criaturas.»

Hay que amar, y muy tiernamente, a las criaturas; hay que amar a su patria, a su mujer, a su padre, a sus hijos, y hay que amarlos hasta tal punto que Dios nos los hace amar pese a nosotros mismos. Los principios contrarios no son propios más que para hacer bárbaros razonantes.

XI. «Nacemos injustos, pues cada uno tiende hacia sí mismo. Eso va contra todo orden. Hay que tender hacia lo general; y la inclinación hacia uno mismo es el comienzo de todo desorden en guerra, en policía, en economía, etc..»

Eso es algo perfectamente dentro del orden. Es tan imposible que una sociedad pueda formarse y subsistir sin amor propio, como sería imposible hacer hijos sin concupiscencia, pensar en alimentarse sin apetito, etc.. Es el amor a nosotros mismos el que asiste de amor a los otros; es por nuestras necesidades mutuas por lo que somos útiles al género humano; es el fundamento de todo comercio; es el eterno lazo entre los hombres. Sin él no se habría inventado ni un arte ni se hubiera formado nunca una sociedad de diez personas. Es este amor propio, que cada animal ha recibido de la naturaleza, el que nos advierte que respetemos el de los otros. La ley dirige este amor propio y la religión lo perfecciona. Es muy cierto que Dios hubiera podido hacer criaturas únicamente atentas al bien de otro. En tal caso, los mercaderes habrían ido a las Indias por caridad y el albañil hubiera cortado la piedra para dar gusto a su prójimo. Pero Dios ha establecido las cosas de otro modo. No acusemos al instinto que él nos da y hagamos el uso que manda de él.

XII. «(El sentido oculto de las profecías) no podía inducir a error, y sólo un pueblo tan carnal como ése podía equivocarse al respecto. Pues cuando le son prometidos bienes en abundancia, ¿quién les impedía entender los verdaderos bienes, sino su avaricia, que determinaba ese sentido a los bienes de la tierra?»

Es buena ley, ¿habría acaso el pueblo espiritual de la tierra entendido de otro modo? Eran esclavos de los romanos; esperaban un libertador que les hiciese victoriosos y que hiciera respetar Jerusalén en todo el mundo. ¿Cómo, con las luces de su razón, podían ver a ese vencedor, a ese monarca en Jesús pobre y crucificado? ¿Cómo podían entender por el nombre de su capital una jerusalén celeste, ellos, a quienes el decálogo no había hablado siquiera de la inmortalidad del alma? ¿Cómo un pueblo tan apegado a su ley podía, sin una luz superior, reconocer en sus profecías, que no eran su ley, un Dios oculto bajo la figura de un judío circunciso, quien con su nueva religión ha destruido y hecho abominables la circuncisión y el sábado, fundamentos sagrados de la ley judaica? Una vez más, adoremos a Dios sin querer penetrar en la oscuridad de sus misterios.

XIII.«El tiempo de la primera venida de Jesucristo ha sido predicho. El tiempo de la segunda no lo ha sido, porque la primera debía ser oculta, mientras que la segunda debe ser triunfal y tan manifiesta que sus mismos enemigos la reconocerán.»

El tiempo del segundo advenimiento de Jesucristo ha sido predicho aún más claramente que el primero. El Sr. Pascal había aparentemente olvidado que Jesucristo, en el capítulo XXI de San Lucas, dice expresamente: «Cuando veáis un ejército rodear Jerusalén, sabed que la desolación está próxima... Jerusalén será pisoteada, y habrá signos en el sol y en la luna y en las estrellas; las olas del mar harán un gran ruido... Las virtudes de los cielos serán trastocadas; y entonces verán al hijo del hombre, que vendrá sobre una nube con un gran poder y una gran majestad.»

¿No se ve aquí por ventura la segunda venida predicha distintamente? Pero si eso no ha sucedido todavía, no somos nosotros quienes debemos atrevernos a interrogar a la divina providencia.

XIV.«El Mesías, según los judíos carnales, debe ser un gran príncipe temporal. Según los cristianos carnales, ha venido a dispensarnos de amar a Dios, y a darnos sacramentos que lo obren todo sin nosotros. Ni lo uno ni lo otro es la religión cristiana ni la judía.»

Este artículo es más bien un rasgo satírico que una reflexión cristiana. Se ve que es a los jesuítas a quienes se ataca aquí. Pero ¿en verdad algún jesuita ha dicho nunca que Jesucristo ha venido a dispensarnos de amar a Dios. La disputa sobre el amor de Dios es una pura disputa de palabras, como la mayoría de las otras querellas científicas que han causado odios tan vivos y desdichas tan espantosas.

Aparece aún otro defecto en este artículo. Y es que se supone en él que la espera de un Mesías era un punto de religión entre los judíos. Era solamente una idea consoladora extendida entre los miembros de esta nación. Los judíos esperaban un libertador. Pero no les estaba ordenado creer en él como artículo de fe. Toda su religión estaba encerrada en los libros de la ley. Los profetas no han sido mirados nunca por los judíos como legisladores.

XV. «Para examinar las profecías, hay que entenderlas. Pues si se cree que no tiene más que un sentido, es seguro que el Mesías aún no ha venido; pero si tienen dos, es seguro que ha venido en Jesucristo.»

La religión cristiana es tan verdadera que no tiene necesidad de pruebas dudosas. Ahora bien, si algo pudiera trastocar los fundamentos de esta santa y razonable religión es esta opinión del Sr. Pascal. Quiere que todo tenga dos sentidos en la escritura; pero un hombre que tuviese la desdicha de ser incrédulo podría decirle: El que da dos sentidos a sus palabras quiere engañar a los hombres, y esta duplicidad está siempre penada por las leyes; ¿cómo podéis, sin enrojecer, admitir en Dios lo que se castiga y se detesta entre los hombres? ¿Qué digo? ¿Con qué desprecio y con qué indignación tratabais los oráculos de lospaganos porque tenían dos sentidos? ¿No se podría decir más bien que las profecías que se refieren directamente a Jesucristo no tienen más que un sentido, como las de Daniel, Miqueas y otros? ¿No podríamos decir incluso que, aunque no tuviésemos ningún conocimiento de las profecías, la religión no estaría menos probada?

XVI. «La distancia infinita de los cuerpos a los espíritus figura la distancia infinitamente más infinita de los espíritus a la caridad, pues ella es sobrenatural.» 

Es de creer que el Sr. Pascal no habría empleado ese galimatías en su obra, si hubiera tenido tiempo de hacerla.

XVII. «Las debilidades más aparentes son fuerzas para quienes saben tomar bien las cosas. Por ejemplo, las dos genealogías de San Mateo y de San Lucas. Es visible que eso no ha sido hecho concertadamente.»

¿Habrían debido los editores de los Pensamientos de Pascal imprimir este pensamiento, cuya sola exposición es quizá capaz de hacer daño a la religión? ¿A qué viene decir que esas genealogías, esos puntos fundamentales de la religión cristiana, se contradicen, sin decir en qué pueden concordar? Era preciso presentar el antídoto junto con el veneno. ¿Qué se pensaría de un abogado que dijese: «Mi defendido se contradice, pero esta debilidad es una fuerza para quienes saben tomar bien las cosas?

XVIII. «Que no se nos reproche la falta de claridad, pues hacemos profesión de ella; pero que se reconozca la verdad de la religión en la oscuridad misma de la religión, en la poca luz que tenemos de ella y en la indiferencia que tenemos de conocerla.» 

¡He aquí las extrañas marcas de la verdad que propone Pascal! ¿Qué otras marcas tiene entonces la mentira? ¡Pues qué! Entonces bastaría para ser creído decir: ¡Soy obscuro, soy ininteligible! Sería mucho más sensato no presentar a los ojos más que las luces de la fe, en lugar de esas tinieblas de erudición.

XIX. «Si no hubiese más que una religión, Dios estaría demasiado manifiesto.»

¡Qué! ¡Decís que si no hubiese más que una religión, Dios estaría demasiado manifiesto! ¡Eh! ¿Acaso olvidáis que decís a cada página que un día no habrá más que una religión? Según vos, Dios estará entonces demasiado manifiesto.

XX. «Yo digo que la religión judía no consistía en ninguna de esas cosas, sino solamente en el amor de Dios, y que Dios reprobaba todas las otras cosas.»

¡Qué! ¡Dios reprobaba todo lo que ordenaba él mismo con tanto cuidado a los judíos, y en un detalle tan minucioso! ¿No es más cierto decir que la ley de Moisés consistía no sólo en el amor sino también en el culto? Reducir todo al amor de Dios huele menos a amor de Dios que al odio que todo jansenista tiene por su prójimo molinista.

XXI. «La cosa más importante de la vida es la elección de un oficio; el azar la dispone. La costumbre hace los albañiles, los solados, los reparadores de tejados.»

¿Qué puede entonces determinar los soldados, los albañiles y todos los obreros mecánicos, sino lo que llamamos azar y costumbre? Sólo a las artes de genio se determina uno mismo. Pero, para los oficios que todo el mundo puede hacer, es muy natural y muy razonable que sea la costumbre quien disponga.

XXII. «Que cada uno examine su pensamiento; lo encontrará siempre ocupado en el pasado y en el provenir. No pensamos casi en el presente; y si pensamos en él, es sólo para iluminarnos y preparar el porvenir. El presente no es nunca nuestra meta; el pasado y el presente son nuestros medios; sólo el futuro es nuestro objeto.»

Es preciso, lejos de quejarse, agradecer al autor de la naturaleza por lo que nos da ese instinto que nos lleva sin cesar hacia el porvenir. El tesoro más precioso del hombre es esa esperanza que suaviza nuestros pesares, y que nos pinta placeres futuros en la posesión de los placeres presentes. Si los hombres fuesen lo bastante desdichados para no ocuparse más que del presente, no se sembraría, no se edificaría, no se plantaría, no se prevería nada: se carecería de todo en medio de ese falso goce. ¿Cómo puede un espíritu como el del Sr. Pascal caer en un lugar común tan falso como ése? La naturaleza ha establecido que cada hombre gozaría del presente alimentándose, teniendo hijos, escuchando sonidos agradables, ocupando su facultad de pensar y de sentir, y que saliendo de esos estados, a menudo en medio mismo de esos estados, pensaría en el día siguiente, sin lo cual perecería de miseria hoy.

XXIII. «Pero cuando he mirado más de cerca, he encontrado que este alejamiento que los hombres tienen del reposo, y del permanecer consigo mismos, viene de una causa bien efectiva, es decir, de la desdichada naturaleza de nuestra condición débil y mortal, y tan miserable que nada puede consolarnos cuando nada nos impide pensar en ella y no vemos sino a nosotros mismos.»

Esa frase no ver sino a nosotros no tiene sentido. ¿Qué es un hombre que no actuase y que se dedicase supuestamente a contemplarse? No solamente digo que ese hombre sería un imbécil, inútil a la sociedad, sino que digo que ese hombre no puede existir, pues ¿qué contemplaría? ¿su cuerpo, sus pies, sus manos, sus cinco sentidos? O sería un idiota o haría uso de todo eso. ¿Permanecería contemplando su facultad de pensar? Pero no puede contemplar esa facultad más que ejerciéndola. O no pensará en nada, o pensará en las ideas que le hayan venido ya, o compondrá otras nuevas; ahora bien, no puede tener idea más que del exterior. Helo aquí, pues, necesariamente ocupado o de sus sentidos o de sus ideas; helo ahí, pues, fuera de sí o imbécil.

Insisto una vez más, es imposible a la naturaleza humana permanecer en ese embotamiento imaginario; es absurdo pensarlo; es insensato pretenderlo. El hombreha nacido para la acción, como el fuego tiende hacia arriba y la piedra hacia abajo. No estar ocupado y no existires todo uno para el hombre. Toda la diferencia consiste en las ocupaciones suaves o tumultuosas, peligrosas o útiles.

XXIV. «Los hombres tienen un instinto secreto que les lleva a buscar la diversión y la ocupación fuera, que viene del resentimiento de su miseria continua; y tienen otro instinto secreto que queda de la grandeza de su naturaleza primera, que les hace conocer quela dicha no es efectiva más que en el reposo.»

Como ese instinto secreto es el primer principio y el fundamento necesario de la sociedad, proviene más bien de la bondad de Dios y es más bien el instrumento de nuestra dicha que el resentimiento de nuestra miseria. Yo no sé lo que nuestros primeros padres hacían en el paraíso terrestre; pero si cada uno de ellos no pensaba más que en sí mismo, la existencia del género humano corría grandes riesgos. ¿No es absurdo pensar que tenían sentidos perfectos, es decir, instrumentos de acción perfectos, únicamente para la contemplación? ¿Y no es gracioso que cabezas pensantes puedan imaginar que la pereza es un título de grandeza y la acción un rebajamiento de nuestra naturaleza?

XXV. «Por eso, cuando Cíneas decía a Pireo que se proponía gozar de reposo con sus amigos después de haber conquistado una gran parte del mundo, que haría mejor avanzando él mismo su dicha y gozando desde entonces de ese reposo, sin ir a buscarlo tras tantas fatigas, le daba un consejo que entrañaba grandes dificultades y que no era en nada más razonable que el designio de ese joven ambicioso. Uno y otro suponían que el hombre puede contentarse consigo mismo y con sus bienes presentes, sin llenar el vacío de su corazón de esperanzas imaginarias, lo que es falso. Pirro no podía ser dichoso ni antes ni después de haber conquistado el mundo.»

El ejemplo de Cíneas está bien en una sátira de de Despréaux, pero no en un libro de filosofía (1). Un rey sabio puede ser feliz en su tierra; y de que se nos presente a Pirro como un loco, no se concluye nada para el resto de los hombres.

XXVI. «Debemos reconocer que el hombre es tan desdichado que incluso se aburriría sin ninguna causa extraña de hastío, por el propio estado de su condición.» 

Por el contrario, el hombre es dichoso a ese respecto y debemos gran agradecimiento al autor de la naturaleza por haber unido el hastío a la inacción, a fin de forzarnos de ese modo a ser útiles al prójimo y a nosotros mismos.

XXVII. «¿De dónde viene que ese hombre que ha perdido hace poco su hijo único j que, abrumado de procesos y de querellas, estaba esta mañana tan turbado, ya no piense en ello ahora? No os asombréis; está muy ocupado en ver por dónde pasará un ciervo que sus perros persiguen con ardor desde hace seis horas. El hombre no necesita más, por muy lleno de tristeza que esté. Si se puede lograr hacerle entrar en alguna diversión, ya le tenemos feliz durante ese tiempo.»

Ese hombre hace maravillosamente: la distracción es un remedio más seguro contra el dolor que la quinina contra la fiebre; no censuremos por esto a la naturaleza, que siempre está lista a socorrernos.

XXVIII. «Imaginarse un grupo de hombres encadenados, y todos condenados a muerte, de los que unos cuantos son cada día degollados a la vista de los otros, viendo los que quedan su propia condición en la de sus semejantes y, mirándose unos a otros con dolor y sin esperanza, esperan su hora. Esta es la imagen de la condición de los hombres.»

Esta comparación ciertamente no es justa: los desdichados encadenados a los que se degüella uno tras otro son desdichados, no solamente porque sufren, sino porque experimentan lo que otros hombres no sufren. La suerte natural de un hombre no es estar encadenado ni ser degollado; pero todos los hombres están hechos, como los animales y las plantas, para crecer, para vivir un cierto tiempo, para producir un semejante y para morir. Se puede en una sátira mostrar al hombre por el lado malo como se quiera; pero, por poco que uno se sirva de la razón, se confesará que, de todos los animales, el hombre es el más perfecto, el más feliz y el que vive más tiempo. En lugar, pues, de asombrarnos y de quejarnos de la desdicha y de la brevedad de la vida, debemos asombrarnos y felicitarnos de nuestra dicha y de su duración. Razonando sólo como filósofo, me atrevo a decir que hay mucho orgullo y temeridad en pretender que por nuestra naturaleza debemos ser mejores de lo que somos.

[Los dos pensamientos suplementarios que siguen fueron intercalados en 1739. N. del T.]

I. «Pues, en fin, si el hombre no hubiese sido corrompido, gozaría de la verdad de la felicidad con seguridad, etc.: hasta tal punto es manifiesto que hemos estado en un grado de perfección del que hemos caído.»
Es seguro por la fe y por nuestra revelación, tan por encima de las luces de los hombres, que hemos caído; pero nada está menos manifiesto a la razón. Pues yo quisiera saber si Dios no podía, sin derogar su justicia, crear al hombre tal como es hoy; e incluso, ¿no lo ha creado para llegar a ser lo que es? ¿El estado presente del hombre no es un beneficio del Creador? ¡Quién os ha dicho que Dios os debía más! ¿Quién os ha dicho que vuestro ser exigía más conocimiento y más dicha? ¿Quién os ha dicho que comporta más? Os asombráis de que Dios haya hecho al hombre tan limitado, tan ignorante, tan poco dichoso; ¿por qué no os asombráis de que no lo haya hecho aún más limitado, más ignorante, más desdichado? Os quejáis de una vida tan corta y tan infortunada; dad gracias a Dios de que no sean aún más corta y más desventurada. ¡Pues qué! ¡Según vos, para razonar consecuentemente, haría falta que todos los hombres acusasen a la providencia, excepto los metafísicos que razonan sobre el pecado original!
II. «El pecado original es una locura ante los hombres; pero se le da por tal.» 
¿Por qué contradicción demasiado palpable decís, pues, que ese pecado original es manifiesto? ¿Por qué decís que todo nos advierte de él? ¿Cómo puede ser al mismo tiempo una locura y estar demostrado por la razón?

XXIX. «Los sabios de entre los paganos que han dicho que no hay más que un Dios han sido perseguidos, los judíos odiados, los cristianos aún más.»

Han sido a veces perseguidos, lo mismo que lo sería hoy un hombre que viniese a enseñar la adoración de un Dios, independiente del culto admitido. Sócrates no ha sido condenado por haber dicho: No hay más que un Dios, sino por haberse elevado contra el culto exterior del país y por haberse hecho enemigos muy poderosos inoportunamente. Respecto a los judíos, eran odiados, no porque no creyesen más que en un Dios, sino porque odiaban ridículamente a las otras naciones, porque eran bárbaros que pasaban a cuchillo sin piedad a sus enemigos vencidos, porque ese vil pueblo, supersticioso, ignorante, privado de artes, privado de comercio, despreciaba a los pueblos más civilizados. En cuanto a los cristianos, eran odiados por los paganos porque intentaban derribar la religión y el imperio, lo que finalmente lograron, tal como los protestantes se han hecho los dueños en los mismos países en que fueron mucho tiempo odiados, perseguidos y asesinados.

XXX. «Los defectos de Montaigne son grandes. Está lleno de palabras sucias y deshonestas. Esto no vale nada. Sus opiniones sobre el homicidio voluntario y sobre la muerte son horribles.»

Montaigne habla como filósofo, no como cristiano:dice el pro y el contra del homicidio voluntario. Filosóficamente hablando, ¿qué mal hace a la sociedad un hombre que la abandona porque ya no puede servirla? Un viejo tiene el mal de piedra y sufre dolores insoportables; le dicen: «Si no os hacéis abrir, moriréis; si os abren, podréis todavía parlotear, babear y arrastraros durante un año, convertido en una carga para vos mismo y para los otros». Supongo que el buen hombre toma entonces el partido de no ser más una carga para nadie: he aquí más o menos el caso que Montaigne expone.

XXXI. «¿Cuántos astros que no existían para nuestros filósofos de antaño nos han descubierto los telescopios? Se atacaba audazmente a la Escritura por lo que se encuentra en tantos lugares de ella sobre el gran número de las estrellas. No hay más que mil veintidós, decían; ahora ya lo sabemos.»

Es cierto que la Sagrada Escritura, en materia de física, se ha adaptado siempre a las ideas aceptadas; de este modo, supone que la tierra está inmóvil, que el sol se mueve, etc.. No es en absoluto por un refinamiento de astronomía por el que dice que las estrellas son innumerables, sino para conciliarse con las ideas vulgares. En efecto, aunque nuestros ojos no descubran más que alrededor de mil veintidós estrellas, sin embargo cuando se mira al cielo fijamente, la vista deslumbrada cree entonces ver una infinidad. La Escritura habla, pues, según este prejuicio vulgar, pues no nos ha sido dada para hacernos físicos; y, según todas las apariencias, Dios no reveló ni a Habacuc ni a Baruch ni a Miqueas, que un día un inglés llamado Flamstead pondría en su catálogo más de siete mil estrellas descubiertas con el telescopio.

XXXII. «¿Acaso es valor en un hombre moribundo el ir, en medio de la debilidad y la agonía, a ofender a un Dios todopoderoso y eterno?»

Eso nunca ha sucedido; y no es quizá más que un violento arrebato del cerebro si un hombre dice: «Creo en un Dios y le desafío.»

XXXIII. «Creo gustoso en las historias cuyos testigos se hacen degollar.»

La dificultad no reside solamente en saber si se creerá a los testigos que mueren para sostener su declaración, como han hecho tantos fanáticos, sino también si esos testigos han muerto efectivamente por eso, si se han conservado sus declaraciones, si han habitado en los países en que se dice que han muerto. ¿Por qué Josefo, nacido en los tiempos de la muerte de Cristo, Josefo, el enemigo de Herodes, Josefo, poco apegado al judaismo, no dice ni una palabra de todo eso? Eso es lo que el Sr. Pascal podría haber desentrañado con éxito, como han hecho después tantos escritores elocuentes.

XXXIV. «Las ciencias tienen dos extremos que se tocan. El primero es la pura ignorancia natural en que se encuentran todos los hombres al nacer; el otro extremo es aquel al que llegan las grandes almas, que habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber encuentran que no saben nada, y vuelven a hallarse en esa ignorancia de la que habían partido.»

Este pensamiento es un puro sofisma, y la falsedad consiste en esa palabra ignorancia, que se toma en dos sentidos diferentes. Quien no sabe leer ni escribir es un ignorante; pero un matemático, por el hecho de ignorar los principios ocultos de la naturaleza, no está en el punto de ignorancia del que partió cuando empezó a leer. El Sr. Newton no sabía por qué el hombre mueve su brazo cuando quiere, pero no por eso era menos sabio sobre lo demás. El que no sabe hebreo y sabe latín, es sabio por comparación al que no sabe más que francés.

XXXV. «No es ser feliz el poder verse alegrado por la diversión, pues ésta viene de otra parte y de fuera, y de este modo es dependiente y en consecuencia, sujeta a verse turbada por mil accidentes que hacen las aflicciones inevitables.»

Es actualmente feliz quien tiene placer, y ese placer no puede venir más que de fuera. No podemos tener sensaciones e ideas más que por los objetos exteriores, del mismo modo que no podemos alimentar nuestro cuerpo más que haciendo entrar sustancias extrañas que se transforman en la nuestra.

XXXVI. «El extremado ingenio es acusado de locura, como la extremada ausencia de él. Nada pasa por bueno salvo la mediocridad.»

No es el extremado ingenio, sino la extremada vivacidad y volubilidad del ingenio lo que se ve acusado de locura. El extremado ingenio es la extremada justeza, la extremada finura, la extremada extensión, lo diametralmente opuesto a la locura.

La extremada carencia de ingenio es una falta de concepción, un vacío de ideas; no es la locura, sino la estupidez. La locura es un desorden en los órganos, que hace ver varios objetos demasiado deprisa o que detiene la imaginación sobre uno sólo con demasiada aplicación y violencia. No es tampoco la mediocridad lo que pasa por buena, es el alejamiento de los dos vicios opuestos, lo que se llama justo medio y no mediocridad.

XXXVII. «Si nuestra condición fuese verdaderamente feliz, no haría falta distraernos de pensar en ella.»

Nuestra condición es precisamente pensar en los objetos exteriores, con los que tenemos una relación necesaria. Es falso que se pueda distraer a un hombre de pensar en la condición humana, pues, a cualquier cosa que aplique su ingenio, lo aplica a algo unido necesariamente a la condición humana, y repito una vez más, que pensar en sí mismo con abstracción de las cosas naturales, es no pensar en nada en absoluto, téngase mucho cuidado.

Lejos de impedirle a un hombre pensar en su condición, nunca le entretienen más que las ventajas de su condición. Se habla a un sabio de reputación y de ciencia; aun príncipe, de lo que tiene relación con su grandeza; y a todo hombre se le habla del placer.

XXXVIII. «Los grandes y los pequeños tienen los mismos accidentes, los mismos enfados y las mismas pasiones. Pero los unos están en lo alto de la calle y los otros cerca del centro, y de este modo menos agitados por los mismos movimientos.»

Es falso que los pequeños sean menos agitados que los grandes; por el contrario, sus desesperaciones son más vivas porque tienen menos recursos. De cada cien personas que se matan en Londres, hay noventa y nueve del pueblo bajo, y apenas una de condición elevada. La comparación de la calle es ingeniosa y falsa.

XXXIX. «No se enseña a los hombres a ser gente honrada, y se les enseña todo lo demás, y, sin embargo, no se precian de nada tanto como de eso. De tal modo que no se precian de saber más que la única cosa que no aprenden.»

Se enseña a los hombres a ser gente honrada y, sin eso, pocos llegarían a serlo. Dejad a vuestro hijo tomar en su infancia todo lo que encuentre a mano, y a los quince años será salteador de caminos; alabadle por haber dicho una mentira y llegará a ser falso testigo; halagad su concupiscencia y será seguramente un libertino. A los hombres se les enseña todo, la virtud, la religión.

XL. «¡Qué tonto proyecto ese de pintarse que tuvo Montaigne! Y eso no de pasada y contra sus máximas como le termina por pasar a todo el mundo, sino por sus propias máximas y por su designio primero y principal, pues decir tonterías por azar o debilidad es un mal ordinario, pero decirlas a propósito, eso ya no es soportable, y además, decir tales como esa.»

¡Qué encantador proyecto tuvo Montaigne de pintarse ingenuamente, tal como hizo!, pues así pintó la naturaleza humana; ¡y qué pobre proyecto el de Nicole de Male-branche o de Pascal, de censurar a Montaigne!

XLI. «Cuando he considerado de dónde viene lo de que se conceda tanta fe a tantos impostores que dicen que tienen remedios, hasta poner a menudo la vida en sus manos, me ha parecido que la verdadera causa es que hay verdaderos remedios, pues no sería posible que hubiera tantos falsos, y que se concediese tanto crédito, si no ¡os hubiera verdaderos. Si nunca los hubiera habido, y todos los males hubieran sido incurables, es imposible que ios hombres se hubiesen imaginado que podían darles remedio, y lo que es más, que tantos otros hubiesen dado crédito a los que se hubieran jactado de tenerlo. Lo mismo que si un hombre se jactase de impedir morir, nadie le creería, porque no hay ningún ejemplo de eso. Pero como ha habido cantidad de remedios que han sido encontrados verdaderos por el conocimiento mismo de los más grandes hombres, el crédito de los hombres se ha plegado por ahí, y por lo de que la cosa no podía ser negada en general (puesto que hay efectos particulares que son verdaderos) el pueblo, que no puede discernir cuáles de entre esos efectos particulares son los verdaderos, los cree todos. De igual modo, lo que hace que se atribuyan tantos falsos efectos a la luna, es que los hay verdaderos, como el flujo del mar.
Del mismo modo, me parece con igual evidencia, que no hay tantos milagros, falsas revelaciones, sortilegios, más que porque los hay verdaderos.»

Me parece que la naturaleza humana no tiene necesidad de lo verdadero para caer en lo falso. Se le han imputado mil falsas influencias a la luna antes de que se imaginase la,menor relación verdadera con el flujo del mar. El primer hombre que se puso enfermo creyó sin esfuerzo en el primer charlatán. Nadie ha visto hombres-lobo ni brujos, y muchos han creído. Nadie ha visto trasmutación de los metales, y varios han sido arruinados por dar crédito a la piedra filosofal. ¿Acaso los romanos, los griegos, todos los paganos creían en los falsos milagros de que estaban inundados porque habían visto verdaderos?

XLII. «El puerto orienta a los que están en un barco; ¿pero dónde encontraremos ese punto en la moral?»

En esta única máxima, aceptada por todas las naciones: «no hagas a otro lo que no quisieras que te hicieran a ti mismo».

XLIII. «Ferox gens nullan esse vitam sine armis putat. Prefieren ¿a muerte a la paz; los otros prefieren la muerte a la guerra. Toda opinión puede ser preferida a la vida, cuyo amor parece tan fuerte y tan natural.»

Es de los catalanes de quien Tácito ha dicho esto; pero no hay de quien se haya dicho o se pueda decir: «Prefiere la muerte a la guerra».

XLIV. «A medida que se tiene más ingenio, se encuentra que hay más hombres originales. Las gentes vulgares no encuentran diferencia entre los hombres.»

Hay muy pocos hombres verdaderamente originales; casi todos se gobiernan, piensan y sienten por influencia de la costumbre y dé la educación; nada es tan raro como un espíritu que marcha por un camino nuevo; pero entre esa multitud de hombres que van en compañía, cada uno tiene pequeñas diferencias en el paso, que las vistas finas advierten.

XLV. «Hay pues dos clases de ingenio: el uno penetra vivamente y profundamente en las consecuencias de los principios, y es el ingenio de justeza; el otro comprender un gran número de principios sin confundirlos, y ese es el ingenio de geometría.»

El uso quiere, según creo, que hoy se llame ingenio geométrico al espíritu metódico y consecuente.

XLVI. «La muerte es más fácil de soportar sin pensar en ella, que el pensamiento de la muerte sin peligro.»

No se puede decir que un hombre soporte la muerte fácilmente o difícilmente, cuando no piensa en ella en absoluto. Quien no siente nada no soporta nada.

XLVII. «Suponemos que todos los hombres conciben y sienten de la misma forma los objetos que se presentan a ellos; pero lo suponemos muy gratuitamente, pues no tenemos de ello ninguna prueba. Yo veo sin duda que se aplican las mismas palabras en las mismas ocasiones, y que todas las veces que dos hombres ven,por ejemplo, nieve, expresan los dos la vista de ese mismo objeto por medio de las mismas palabras, diciendo uno a otro que es blanca; y de esta conformidad de aplicación se saca una poderosa conjetura de conformidad de idea; pero esto no es absolutamente convincente, aunque haya motivo para apostar por la afirmación.»

No era el color blanco lo que había que haber aportado como prueba. El blanco, que es una reunión de todos los rayos, parece brillante a todo el mundo, deslumbra un poco a la larga, hace a todos los ojos el mismo efecto; pero se podría decir que quizá los otros colores no son advertidos por todos los ojos de la misma manera.

XLVIII. «Todo nuestro razonamiento se reduce a ceder al sentimiento.»

Nuestro razonamiento se reduce a ceder al sentimiento en materia de gusto, no de ciencia.

XLIX. «Los que juzgan una obra por medio de una regla son respecto a los otros los que tienen un reloj respecto a los que no tienen. Uno dice: "Hace dos horas que estamos aquí", el otro dice: "No hace más que tres cuartos de hora" Yo miro mi reloj; le digo a uno: "Os aburrís"; y al otro: "El tiempo se os hace corto".»

En obras de gusto, en música, en poesía, en pintura, es el gusto el que hace el papel de reloj; y el que no juzga más que por reglas, juzga mal.

L. «Me parece que César era demasiado viejo para divertirse conquistando el mundo. Este entretenimiento era bueno para Alejandro; era un joven al que resultaba difícil detener; pero César debía ser más maduro.»

La gente cree de ordinario que César y Alejandro salieron de su país con la intención de conquistar el mundo; no es eso en absoluto: Alejandro sucedió a Filipo en el generalato de Grecia, y fue encargado de la justa empresa de vengar a los griegos de las injurias del rey de Persia: batió al enemigo común y continuó sus conquistas hasta la India, porque el reino de Darío se extendía hasta la India; lo mismo que el duque de Malborough hubiera llegado hasta Lyon si no fuera por el Mariscal de Villars.

En lo tocante a César, era uno de los primeros de la república. Regañó con Pompeyo como los jansenistas con los molinistas; y entonces la cosa fue ver quién exterminaba a quién. Una sola batalla, en la que no hubo ni diez mil muertos, lo decidió todo. Por lo demás, el pensamiento del Sr. Pascal es quizá falso en todos los sentidos. Hacía falta la madurez de César para desenvolver entre tantas intrigas; y es asombroso que Alejandro, a su edad, renunciase al placer para hacer una guerra tan penosa.

LI. «Es una cosa divertida de considerar el que haya gentes en el mundo que, habiendo renunciado a todas las leyes de Dios y de la naturaleza, se han hecho otras ellos mismos, a las que obedecen exactamente, como por ejemplo, los ladrones, etc.»

Eso es algo más útil que divertido de considerar; pues eso prueba que ninguna sociedad de hombres puede subsistir un sólo día sin reglas.

LII. «El hombre no es ni ángel ni animal; y la desdicha quiere que quien quiere hacerse el ángel haga el animal.»

Quien quiere destruir las pasiones, en lugar de regularlas, quiere hacerse el ángel. LIII. «Un caballo no busca hacerse admirar por su compañero: se ve entre ellos cierto tipo de emulación en la carrera, pero sin mayores consecuencias, pues, cuando están en el establo, el más pesa y el peor conformado no cede por eso su avena al otro. No sucede lo mismo entre los hombres: su virtud no se satisface por sí misma;y no están contentos si no sacan ventaja contra los otros.»

El hombre peor conformado tampoco cede su pan al otro, pero el más fuerte se lo quita al más débil; y tanto entre los animales como entre los hombres, los grandes se comen a los pequeños.

LIV. «Si el hombre comenzase por estudiarse a sí mismo, vería hasta qué punto es incapaz de ir más allá. ¿Cómo una parte podría conocer el todo? Aspirará a conocer al menos las partes con las que guarda proporción. Pero las partes del mundo tienen todas tal relación y tal engarzamiento las unas con las otras, que creo imposible conocer una sin la otra y sin el todo.»

Sería no apartar al hombre de buscar lo que le es útil, por esa consideración de que no puede conocerlo todo.

Non possis oculo quantum contendere Lynceus,
Non tamen idcirco contemnas lippus inungi (2).

Conocemos muchas verdades; hemos encontrado muchos inventos útiles. Consolémonos de no saber las relaciones que puede haber entre una araña y el anillo de Saturno, y continuemos examinando lo que está a nuestro alcance.

LV. «Si el rayo cayese sobre los lugares bajos, los poetas y los que no saben razonar más que sobre cosas de esta naturaleza carecerían de pruebas.» Una comparación no es prueba ni en poesía ni en prosa: sirve en poesía de embellecimiento, y en prosa sirve para iluminar y hacer las cosas más sensibles. Los poetas que han comparado las desdichas de los grandes al rayo que cae en las montañas harían comparaciones contrarias, si sucediese lo contrario.

LVI. «Es esta composición de espíritu y de cuerpo la que ha hecho que casi todos los filósofos hayan confundido las ideas de las cosas, y atribuido a los cuerpos lo que no corresponde más que a los espíritus, y a los espíritus lo que no puede convenir más que a los cuerpos.»

Si supiésemos lo que es el espíritu, podríamos quejarnos de que los filósofos le hayan atribuido lo que no le pertenece; pero no conocemos ni el espíritu ni el cuerpo; no tenemos ninguna idea del uno, y no tenemos más que ideas imperfectas del otro. Luego no podemos saber cuáles son sus límites.

LVII. «Tal como se dice belleza poética, se debería decir belleza, geométrica y belleza medicinal. Sin embargo, no se dice, y la razó» estriba en que se sabe bien cuál es el objeto de la geometría, y cuál es el objeto de la medicina, pero no se sabe en qué consiste el agrado que es el objeto de la poesía. No se sabe qué es ese modelo natural que hay que imitar; y, a falta de ese conocimiento, se han inventado ciertos términos extraños: siglo de oró, maravilla de nuestros días, fatal laurel, hermoso astro, etc.;y se llama a esa jerga belleza poética. Pero quien se imaginase a una mujer vestida según ese modelo, vería a una bonita señorita toda cubierta de espejos y de cadenas de latón.»

Eso es muy falso, no se debe decir belleza geométrica ni belleza medicinal, porque un teorema y una purga no afectan a los sentidos agradablemente, y no se da el nombre de belleza más que a las cosas que encantan a los sentidos, como la música, la pintura, la elocuencia, la poesía, la arquitectura regular, etc.

La razón que aporta el Sr. Pascal es igualmente falsa. Se sabe muy bien en qué consiste el objeto de la poesía: consiste en pintar con fuerza, nitidez, delicadeza y armonía; la poesía es la elocuencia armoniosa. Es preciso que el Sr. Pascal tuviese muy poco gusto para decir que fatal laurel, hermoso astro, y otras tonterías son bellezas poéticas; y es preciso que los editores de esos Pensamientos fuesen personas muy poco versadas en literatura para imprimir una reflexión tan indigna de su ilustre autor.

No os envío mis restantes acotaciones sobre los Pensamientos del Sr. Pascal, que exigirían discusiones demasiado largas. Es suficiente haber creído advertir algunos errores de inadvertencia en ese gran genio; es un consuelo para un espíritu tan limitado como el mío estar completamente persuadido de que los grandes hombres se equivocan como el vulgo.

Notas
1. Opinión de la que discrepa Simone de Beauvoir, que tiene un ensayo sobre moral precisamente titulado Pirro y Cíneas.
(2) Horacio: Epístolas, I, 1, 28-29

Cartas Filosóficas (Vigésimoquinta) (1734)
Traducción Fernando Savater
Barcelona, Altaya, 1993
Imagen: Busto de Voltaire por Jean-Antoine Houdon. Foto Barney Burstein Corbis

Ver Apéndices I (1742) y II (1777) en Ignoria