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15 nov. 2014

Descarga: Virgilio - Eneida

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Descarga: Virgilio - Eneida

Publio Virgilio Marón (70-19 a. C.) gozó, más que de la admiración, de la veneración de todos los romanos, puesto que fue decisivo en la educación espiritual de su sociedad. Pero, al margen de su ascendencia y prestigio nacionales, el Mantuano sigue atrayendo a multitud de lectores que aprecian la exquisita sensibilidad de sus versos, su enorme capacidad para expresar todo tipo de pasiones y sentimientos.

Hasta el final de su vida, y durante más de diez años, Publio Virgilio Marón (70-19 a. C.) estuvo dedicado a la composición de la Eneida, el más perfecto exponente del clasicismo latino. Virgilio ofreció con ella al pueblo romano la gran epopeya de sus orígenes, y una justificación y exaltación del nuevo régimen impuesto por el emperador Augusto. El resultado sería esta magistral combinación entre el pasado legendario de Roma y su historia reciente. Más allá de las evidentes funciones políticas y sus distintos niveles temáticos, la Eneida nos ofrece la gesta de un héroe exiliado de su patria. Tras la quema de Troya, Eneas parte hacia una tierra extraña, en la que hallará su nuevo hogar. En su viaje por mar, el hijo de Venus arrostrará numerosas dificultades hasta llegar a su destino en la costa italiana, e incluso allí se verá obligado a entablar una guerra contra los pueblos itálicos, para conseguir al fin fundar una ciudad llamada a convertirse en cabeza del mundo.

6 abr. 2007

Virgilio: Égloga II - Alexis

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El pastor Coridón ardía de amor por el hermoso Alexis, delicias de su dueño, y ni aun esperanzas alcanzaba. Frecuentemente se iba a la sombra de unas frondosas hayas, y allí, solitario, con inútil afán, confiaba a los montes y a las selvas estos desaliñados acentos: "¡Oh cruel Alexis! ¿Nada se te importa de mis cantos? ¿No te compadeces de mí? ¿Así me dejas morir? Esta es la hora en que los ganados buscan las sombras y la frescura, en que los verdes lagartos se esconden bajo las cambroneras, y en que maja Testilis ajos y serpol, yerbas olorosas, para los segadores fatigados por el ardiente estío, y yo entretanto voy buscando tus pisadas por entre los arbustos, que bajo un sol abrasador resuenan con el canto de las roncas cigarras. ¿No me hubiera estado mejor sufrir las iras y los orgullosos desdenes de Amarilis? ¿No me hubiera valido más servir a Menalcas aunque él sea moreno y tú blanco? No fíes demasiado en el color, ¡oh hermoso mancebo! Se deja perder la blanca alheña y se cogen los oscuros jacintos. Me desprecias, Alexis, y ni siquiera preguntas quién yo sea, cuán rico soy, cuánto abunda la blanca leche en mis majadas. Mil ovejas mías vagan por los montes de Sicilia; no me falta leche fresca ni en verano ni en el rigor del frío. Canto como solía Anfion Tebano en el monte Aracinto de Acaya, cuando juntaba sus rebaños. Ni tampoco soy tan feo; ha poco me vi en la playa, estando el mar muy sosegado, y si no mienten las aguas, no temo competir con Dafnis, juzgándome tú. ¡Oh! ¡Plázcate solamente habitar conmigo estos campos, para ti enojosos, y estas humildes chozas, y herir los ciervos y guiar con la verde vara de malvavisco un hato de cabritillos! Cantando conmigo en las selvas imitarás al dios Pan, que nos enseñó el primero a juntar, con cera, varias cañas: Pan protege a los ganados y a sus rabadanes. No temas herirte el labio con la caña; por aprender estos cantos ¿qué no hacía Amintas? Tengo yo una zampoña formada de siete cañas desiguales, antiguo regalo de Dametas, el cual me dijo al morir: "Tú eres el segundo que la posee". Esto dijo Dametas, y el necio de Amintas tuvo envidia. Tengo también dos cabritillos manchados de pintas blancas, que me encontré, no sin riesgo, en un valle; cada día apuran la leche de dos ovejas, y los guardo para ti. Grande empeño tiene Testilis, tiempo ha, por sacármelos, y al cabo lo conseguirá, pues te repugnan mis dádivas. Ven ¡oh hermoso mancebo!, verás cómo las ninfas te traen canastillos llenos de azucenas; para ti la blanca náyade, cogiendo pálidas violetas, amapolas y narcisos, los enlaza con la flor del flagrante eneldo, y entretejiendo el espliego con otras yerbas olorosas, colora los suaves jacintos con la amarilla caléndula. Yo miso cogeré para ti membrillos cubiertos de blando vello, y castañas, a que era tan aficionada mi amarilis, y a ellas añadiré doradas ciruelas, que también te gustarán. Y os cogeré, además ¿oh laureles!, y a ti, ¡oh mirto!, que naces junto a ellos, para que así colocados mezcléis vuestros gratos olores. Necio eres, Coridon; Alexis no hace caso a tus dones, y en porfía de dádivas no te cedería Iolas el campo. ¡Ah! ¿Qué he deseado, miserable de mí? Ciego de amor, he precipitado el Austro sobre las flores y a los jabalíes? También los dioses, también el troyano Paris, habitaron algún día en las selvas. Recréese Palas en las fortalezas que levantó ella misma; ¡plázcannos sobre todo a nosotros las selvas! Sigue al lobo la torva leona, el lobo a la oveja; la oveja triscadora sigue al florido cantueso; a ti, ¡oh Alexis!, te sigue Coridon; cada uno va en pos de la afición que le arrastra. Mira, los bueyes vuelven de la labor, pendientes del yugo los arados, y el sol en ocaso dobla las sombras, a cada instante mayores; yo entretanto me abraso de amor; para este mal de amor ¿qué término hay? ¡Ah Coridon, Coridon! ¿Qué locura se ha apoderado de ti? Medio podadas tus vides entre esos frondosos olmos. ¿Por qué no preparas a lo menos canastillos de mimbres y blandos juncos, que tanto necesitas? Otro Alexis encontrarás, si te desdeña éste.


Virgilio, Églogas, Madrid, Espasa Calpe, 8ª edición, 1975



factor serpiente

Virgilio: Egloga IV - Polión

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Cantemos, ¡oh musas sicilianas!, asuntos algo más levantados. No a todos agradan los arbustos y los humildes tamariscos; si cantamos las selvas, sean las selvas dignas de un cónsul.

Ya llega la última edad anunciada en los versos de la Sibila de Cumas; ya empieza de nuevo una serie de grandes siglos. Ya vuelven la virgen Astrea y los tiempos que que reinó Saturno; ya una nueva raza desciende del alto cielo. Tú ¡oh, casta Lucina!, favorece al recién nacido infante, con el cual concluirá, lo primero, la edad de hierro, y empezará la de oro en todo el mundo; ya reina tu Apolo. Bajo tu consulado ¡oh Polión!, tendrá principio esta gloriosa edad y empezarán a correr los grandes meses; mandando tú, desaparecerán los vestigios, si aún quedan, de nuestra antigua maldad, y la tierra se verá libre de sus perpetuos terrores. Este niño recibirá la vida de los dioses con los cuales verá mezclados a los héroes, y entre ellos le verán todos a él, y regirá el orbe, sosegado por las virtudes de su padre. Para ti ¡oh niño! producirá en primicias la tierra inculta hiedras trepadoras, nardos y colocasias, mezcladas con el risueño acanto. Por sí solas volverán las cabras al redil, llenas las ubres de leche, y no temerán los ganados a los corpulentos leones. De tu cuna brotarán hermosas flores, desaparecerán las serpientes y las falaces yerbas venenosas; por doquiera nacerá el amomo asirio, y cuando llegues a la edad de leer las alabanzas de los héroes y los grandes hechos de tu padre, y de conocer lo que es la virtud, poco a poco amarillearán los campos con las blandas espigas, rojos racimos penderán de los incultos zarzales, y las duras encinas destilarán rocío de miel. Todavía quedarán sin embargo, algunos rastros de la antigua maldad, que moverán al hombre a provocar en naves las iras de Tetis, a ceñir las ciudades con murallas y abrir surcos en la tierra. Otro Tifis habrá, y otra Argos, que llevará escogidos héroes; otras guerras habrá también, y por segunda vez caerá sobre Troya un terrible Aquiles. Mas luego, llegado que seas a la edad viril, el nauta mismo abandonará la mar y cesarán en su tráfico las naves; todo terreno producirá todas las cosas. La tierra no consentirá el arado, la vid no consentirá la podadera, y el robusto labrador desuncirá del yugo los bueyes. No aprenderá la lana a teñirse con mentidos colores; por sí mismo el carnero en los prados mudará su vellón, ya en suave púrpura, ya en amarilla gualda; con sólo pastar la yerba se vestirán de escarlata los corderillos. ¡Corred, siglos venturosos!, dijeron a sus husos las Parcas, acordes con el incontrastable numen de los Hados. Ya es llegado el tiempo; crece para estos altos honores, ¡oh cara estirpe de los dioses, oh glorioso vástago de Júpiter! Mira cómo oscila el mundo sobre su inclinado eje, y cómo las tierras y los espacios del mar, y el alto cielo y todas las cosas se regocijan con la idea del siglo que va a llegar. ¡Ojalá me alcance el último término de la vida y me quede aliento bastante para decir tus altos hechos! No me vencerá en el canto ni el tracio Orfeo, ni Lino, aun cuando asistan a éste su padre y a aquél su madre, Calíope a Orfeo, a Lino el hermoso Apolo. Si el mismo Pan compitiese conmigo, siendo juez la Arcadia, el mismo Pan se declararía vencido delante de la Arcadia. Empieza, ¡oh tierno niño!, a conocer a tu madre por su sonrisa; diez meses te llevó en su vientre con grave afán; empieza, ¡oh tierno niño! El hijo que no ha alcanzado la sonrisa de sus padres no es admitido a la mesa de los dioses ni en el lecho de las diosas.

Virgilio, Églogas, Madrid, Espasa Calpe, 8ª edición, 1975


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